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jueves, 12 de septiembre de 2019

Partido por la mitad.




     Es fácil decir que la sangre no te da asco mientras no has tenido nunca que comértela, pensó Violeta. La joven dejó escapar un suspiro y alzó la vista. Delante de ella, el sr. Tánaso partía en pequeños pedazos un filete de corazón crudo y se lo llevaba a la boca con el tenedor de plata, como si estuviera tomando su cena en el Ritz. Su sobrino Kapsi le miraba con cierta envidia mientras comía con cara aburrida su ensalada de frutas. A Violeta no le hubiera importado cambiar el plato con Kapsi.


     Como impío, su amigo Kápsimo no era un vampiro de pleno derecho, estaba maldito y no podía atravesar la carne de otro ser. Ello implicaba que no podía comer carne, ni pescado, ni podía morder o beber sangre, y ni siquiera podía hacer el amor o besar con lengua; estaba condenado a alimentarse de fruta y verdura, y eso no le hacía demasiada gracia, porque el que estuviera imposibilitado para satisfacerlos, no implicaba que no tuviese apetitos. Violeta en cambio, había sido humana hasta hacía escasos días. Entre Kapsi y su tío la habían vampirizado y liberado de su existencia mortal, de su dominante abuela y muchas cosas más, sí, pero también la habían condenado a muchas otras. La alimentación era una de ellas. 


     Viioleta habría dado cualquier cosa por un poco de pollo frito bien crujiente y un cuenco de sabrosa ensalada con pepino y mucho queso. Pero no podía ser. El sr. Tánaso decía que necesitaba comer como la vampiresa que ya era para ir adquiriendo poder y fuerza, y eso significaba vísceras y sangre.


     —Violeta, te garantizo que el filete no a desgastarse por mucho que lo mires — sonrió el sr. Tánaso, mientras se limpiaba los labios con una esquina de la servilleta de hilo. La joven pinchó un extremo de la loncha de carne, rojiza y cruda, con el tenedor y la levantó. Se escurrió y volvió a caer al plato con un “plotch” nada apetecible.


     —Es que no me gusta… — No, Violeta no había sido criada precisamente con caprichos; la vieja abuela acostumbraba a echarla del comedor si ponía el mínimo gesto de asco y la dejaba sin comer. La joven, siempre de escaso apetito, había hecho ayuno muchos días de su vida y se había acostumbrado a comer lo que le gustaba o no comer en absoluto; el hambre no le picaba por pasarse un día entero con un vaso de leche y dos manzanas, y a la vieja le daba igual lo que hiciera. Pero el sr. Tánaso no era la vieja. La miró con gesto paternal.


     —Ni siquiera lo has probado, ¿cómo vas a saber si te gusta o no, si no lo pruebas? — Violeta pareció a punto de discutir, pero el tío habló antes — Es una carne muy cara, de primera calidad, ¿sabes a cuántos cretinos he de meter en el Carmilla´s para ponerla en la mesa?


     Violeta le miró con carita de pena, y el tío le dedicó una tierna sonrisa, pero insistió:


     —Mi niña, es que tienes que comer vísceras. Tienes que alimentarte. Un vampiro saca sus fuerzas y su poder sobre todo de dos sitios: dormir en el ataúd y comer bien. Mira, esto es un poco como el sexo: la primera vez duele un poco, pero enseguida te encanta. Anda, pruébalo… dale ese gusto al tío.


     Violeta sonrió, no podía evitarlo. A ella jamás la habían tratado como a una niña, ni mimado para nada. Cuando el sr. Tánaso la trataba así, era difícil negarle nada. Kapsi lo sabía también. Odiaba el modo en que ella miraba al tío, pero sabía por experiencia que era inevitable: cuando su tío se proponía ser amable, derramaba encanto como quien abría un grifo. La joven cortó un pedacito minúsculo del filete, cerró los ojos y se lo acercó a la boca. Sacó la lengua y lo lamió, recogió la lengua e inició un gesto de repulsión, pero no llegó a terminarlo. De inmediato relajó la cara en una sonrisa de placer.


     Era como si su paladar hubiera descubierto la ambrosía. Un maravilloso sabor empezó a expandirse por su lengua, creció en su boca y se extendió, cálido, hacia su garganta, conforme masticaba y tragaba. ¡Nunca había probado nada tan exquisito! La risa del sr. Tánaso le hizo abrir los ojos.


     —¿Ves como te gusta, boba? — sonrió, cariñoso — Es imposible que seas vampiro y que no te guste.


     —Está delicioso, señor Tánaso — asintió la joven, sus ojos violetas llenos de chispas traviesas, y atacó otra porción. El vampiro asintió, satisfecho, y el impío se la quedó mirando, embobado. Qué bien se movían sus mandíbulas, qué preciosa era su sonrisa cuando saboreaba. Cuando un hilillo de sangre se deslizó por la comisura de sus labios, Kapsi se descubrió a sí mismo relamiéndose y sintió un feroz tirón en los pantalones. Ay.




***************



     —Estaré de vuelta sobre las seis o seis y media de la mañana — dijo el tío mientras se ponía los guantes blancos y se preparaba para salir. Con su abrigo blanco, sus pantalones impecables y su peinado perfecto, estaba hecho un pincel, pensó Kapsi. No era extraño que tuviese tanto éxito como relaciones públicas, y más sabiendo que le daba a mujeres tanto como a hombres. Kapsi nunca había ido al Carmilla´s, ni a ningún otro local nocturno, porque su tío no le dejaba, pero no le costaba imaginarse a chicos humanos de ambos sexos poco menos que haciendo cola para acercarse al tío —. Podéis jugar un rato, pero recordad que no debéis salir de la casa bajo ninguna circunstancia. Y, Violeta, como muy tarde a las cuatro, quiero que estés en el ataúd.


     —¡Oh! Por favor, señor Tánaso, ¿no puedo esperarle? — la joven hizo un puchero. El deseo que se leía en sus ojos, no era nada compatible con la inocencia de su semblante, pero ambos sabían que si ella estaba ya en trance cuando él llegase, no despertaría hasta el anochecer y no podrían jugar. Tánaso pareció a punto de negarse, pero aquellos enormes y suplicantes ojos violetas le desarmaron.


     —No debe… Bah, mira, si ves que dan las seis y no he llegado, métete en el ataúd, pero puedes esperarme despierta. Y sola — añadió mirando a Kapsi, y éste asintió. Tenían muchas horas por delante para divertirse, él y Violeta. Es cierto que le daba rabia que ella jugase también con su tío, sobre todo porque él podría follarla, pero los orgasmos que iba a tener con ella no dejaban de ser orgasmos porque no pudiese penetrarla.




     Tánaso abrió la puerta y respiró el áspero aire de la noche invernal. Hacía mucho frío y la humedad calaba hasta los huesos, pero para él era agradable; le pareció que aquel aire gélido le acariciaba con una violencia extrañamente agradable, "como si te besase un cuchillo", pensó. Podía oler en él la tierra húmeda, el verdín, el musgo fresco. Y entonces su corazón pareció volverse del revés.


      Su mirada recorrió la calle de punta a punta. Había sido una vaharada tenue, levísima, pero creyó notar un perfume que llevaba más de treinta años sin oler y que le golpeaba el corazón con la misma cruel ternura que el aire frío. Su nariz buscó de nuevo, pero ya no estaba allí. Y nunca había estado, se dijo. Sólo era nostalgia. Tánaso se encogió de hombros con una pequeña sonrisa triste, y echó a andar.



     —Haaaah… aaah, Violeta, ¿no estaríamos más cómodos arriba, e-en la camita? — logró musitar Kapsi. La risita de su amiga le acarició las orejas y le puso la piel de gallina en la nuca. Apenas el tío hubo salido por la puerta, la joven se le echó encima allí mismo, en el recibidor, y no dejaba de besarle, mientras sus manos le acariciaban sin parar.


     —Kapsi, mi juguete — su voz quemaba como las gotitas de cera derretida que a veces el tío le vertía para divertirse. Le pareció que las piernas no le iban a sostener —. Voy a acariciarte tanto que te despellejaré, voy a darte tanto placer que querrás ir corriendo a ponerte un cinturón de castidad, no querrás ni dejar que me acerque a ti, te la dejaré tan escocida como si hubieras querido follarte un montón de ortigas… ¿quieres eso, verdad que sí?


      El impío estaba tan caliente que le parecía que su cerebro se derretía, y su polla, dentro aún de las ropas, le estaba mojando hasta los pantalones. Incapaz de hablar, asintió, goloso, saboreando por anticipado la idea de que ella le masturbase. Pero cuando la joven se agachó y le abrió el pantalón tirando de la cremallera con los dientes, se horrorizó.


     —¡No! ¡Con la boca, no! ¡Me quemaré vivo! — chilló, pero Violeta siseó para acallarle mientras tiraba de su pantalón y le acariciaba los muslos. Kapsi temblaba. Si a ella se le ocurría chuparle, su maldición le haría arder por el pene. Su erección había bajado tan deprisa como si su miembro quisiera esconderse dentro de su vientre, pero no podía desobedecer. Por primera vez, tuvo miedo de Violeta.


     La joven lo notó. Una parte de sí misma quería calmar a Kapsi, abrazarle contra su pecho y asegurarle que no tenía nada que temer. Otra, en cambio, quería abofetearle por ser tan pusilánime y no confiar en ella, ¿la creía estúpida? …Y ahí fue donde la propia Violeta se asustó, porque a esa otra parte, no la conocía de nada. “Yo no quiero hacerle daño”, pensó, pero notó que sus colmillos crecían y le pedían, le exigían morder a su amigo, atravesarle y alimentarse de él. Violeta vio frente a sí el muslo de Kapsi, donde sabía que estaba la femoral, y sus ojos parecieron arder. Todo su cuerpo ardía en algo que iba mucho más allá de la mera excitación sexual o aún de la lascivia. Ansia. Quizás aquello era lo que más se acercase.


     Kapsi vio la mirada de su amiga brillar en rojo, como un vampiro hambriento, ¡era la primera vez que lo hacía! Estaba preciosa, pero supo que le iba a morder, y resistió la tentación de cambiar a murciélago y escaparse, pero no hizo falta; Violeta se tapó la boca con ambas manos, apartó la cara y, en medio de un rugido de frustración, se inclinó sobre el sofá y mordió con fuerza el cabecero. Segundos después, soltó y escupió un pedazo del tapizado. Su mirada volvía a ser violeta y, cuando se posó en Kapsi, decía muchas cosas. Y preguntaba aún muchas más.


      —Es normal — titubeó el impío —. Conforme pase el tiempo, te harás más fuerte, tendrás más poder… te harás más vampiro, y querrás morder. No pasa nada. — “Y es probable que yo deje de gustarte y sólo te guste el tío”, pensó, pero prefirió no decirlo.


     —Kapsi, yo… yo no quiero hacerte daño, pero si alguna vez te lo hago, tienes que prometerme que me lo devolverás, ¿de acuerdo? ¡No te dejes que te pegue!


     —¿Estás loca? ¿Para que cobre por el tío también? ¡Ni harto de ajo haría algo así!


     Violeta sonrió. Suavemente, besó los muslos desnudos de Kapsi y comenzó a subir por ellos a besos húmedos. El deseo de morderle apareció de nuevo, pero enseguida lo reprimió. El pene de su amigo, aún asustado, colgaba lánguido y pequeñito entre sus piernas, y Violeta le dio un beso suave, sin abrir los labios, pero conservando su boca pegada a él. El impío dejó escapar un gemido, y un dulce cosquilleo se extendió por su bajo vientre. Violeta sabía que no podía mamar a su amigo, pero sí podía hacerle mimos, y se los dedicó sin pausa. Acarició y besó los muslos de Kapsi, cosquilleó su bajo vientre y apretó sus nalgas, y en pocos segundos su polla se alzó nuevamente, orgullosa, y la joven la tomó entre sus manos y la restregó contra su cara.


     Kapsi estaba en el cielo, ¡en el Séptimo Cielo! Su cuerpo era mantequilla tibia, una deliciosa sensación de bienestar le había gemir a cada exhalación, y la erección parecía chispearle. Un hormigueo de cosquillas le recorría de las corvas a la nuca cada vez que ella le tocaba, ¡no recordaba haber gozado tanto desde la primera vez que se tocó! Una caricia húmeda le hizo temblar de pies a cabeza y le forzó a abrir los ojos, ¡Violeta le estaba lamiendo! Al no poder alojarle en la boca, pero sí acariciarle, le estaba acariciando con la lengua, haaaah… un calor impresionante se extendía por su cuerpo y su polla comenzó a echar humo, como cada vez que bordeaban los límites de la maldición, pero ninguno de los dos se detuvo. La lengua cálida de Violeta hacía pasadas interminables por la polla de Kapsi, desde los testículos al glande. El joven estuvo tentado de pedirle que le lamiera el ano, pero se calló. Que hiciera con él lo que quisiera, era tan agradable…


     La joven sonreía, sin parar de lamer. La verdad era que se moría de ganas por chuparle entero, meterse la polla de Kapsi en la boca hasta la garganta y succionar, mamarle sin descanso hasta dejarle seco (¡oh, sí, por favor, toda su leche espesa en mi garganta!), pero el jugar así, esa manera de tortura también era muy excitante. Kapsi no paraba de gemir y tiritar, su pierna derecha temblaba sin que él pudiera evitarlo. La joven metió la cara bajo su polla e hizo aletear su lengua directamente contra el frenillo de su amigo.


     Los gemidos de Kapsi se volvieron grititos, ¡qué gusto! ¡Qué ardor tan insoportable! ¡Insoportablemente deliciooooooso! Apretó los puños y reprimió el deseo de pajearse sin piedad. La lengua de Violeta, sus labios pegados a su polla, le acariciaban sin cesar un punto dulcísimo, que él apenas había tocado, y es cierto que quemaba y era torturador en su irritante cosquilleo, ¡pero qué placer daba ese cosquilleo!


     Violeta sonreía y lamía apretando su lengua, sin aumentar la velocidad, cuidando que la polla, cada vez más roja, de Kapsi no traspasase la frontera de sus labios. Notaba las bragas empapadas y tenía muchísimas ganas de tocarse, pero en aquel momento el placer de Kapsi era mucho más bonito. La polla erecta del impío goteaba de puro gusto y, cuando un hilillo transparente se escurrió por la cara de Violeta, un gemido escapó de la garganta de la joven vampiresa, ¡cómo le gustaba darle placer! Las rodillas del impío temblaban y sus gritos ya eran incontenibles. Violeta le clavó la mirada.


     Kapsi veía que se caía de culo, notaba la polla empapada, inundada por igual de jugos, saliva y placer. El cosquilleo, convertido ya en picor tórrido, crecía sin parar, y en ese momento, su chica le miró a los ojos. Ternura y deseo. Cariño y vicio. ¡Y su lengua justo en el capulloooOOOOh…! Una poderosa ola de placer le hizo estremecerse, sus caderas dieron un empellón, y sensaciones de gozo maravilloso explotaron en la punta de su polla y se expandieron en segundos por todo su cuerpo, a la vez que un espeso chorretón de esperma (y enseguida otro, y otro), salió disparado y cayó en las mejillas y la cara de su compañera.




      Al impío le llegó la risa de Violeta como si estuviera a kilómetros de distancia. Se dio cuenta que estaba sentado en el suelo; en el orgasmo al fin le fallaron las piernas y había caído al suelo, casi al borde de la inconsciencia. Uffffff… qué delicia. Había sido maravilloso, perfecto, de primera. Cuando logró enfocar la mirada y vio la cara de Violeta bañada en su esperma, un travieso bordoneo cosquilleó sus testículos. Quería más. La joven sonrió y se dirigió a besarle, y entonces el mundo estalló.


     Un estruendo, y la puerta de entrada saltó en mil astillas, y Violeta se echó sobre Kapsi, intentando protegerle con su cuerpo, a la vez que el impío la apretaba contra sí, pero no le dio tiempo a preguntarse qué sucedía, cuando el dolor llegó. Algo le sacó a rastras de debajo de la joven, le levantó en vilo por la nuca y la pierna, y le dejó caer como lo harían con una rama para partirla por la mitad contra una rodilla. El resultado fue el mismo. Un chasquido espantoso, y un dolor tan horrible que Kapsi no pudo ni gritar, pero supo que su columna se había partido. El chillido de Violeta no fue tanto de dolor como de ira, de rabia, cuando se lanzó contra la figura que había entrado en la casa, pero esta le dio un bofetón con tal fuerza que la nariz de la joven reventó en un arco rojo. Inútilmente trató Kapsi de agarrar a la figura por los tobillos; ésta le pateó desdeñosa, agarró el cuerpo inerte de Violeta, y se marchó.


     Kapsi sabía que no valía gran cosa como vampiro, pero nunca hasta ese momento se había dado cuenta de lo terriblemente indefenso e inútil que era. Apenas podía respirar, y descubrió con horror que no sentía ningún tipo de dolor. Toda la mitad inferior de su cuerpo estaba por completo insensible. Sus piernas estaban tan vacías de dolor como lleno de ello estaba su corazón. ¿Qué había pasado? ¿Qué había pasado? ¿Quién se había llevado a Violeta y por qué? Las lágrimas le quemaban los ojos, y el dolor fue aún más intenso cuando recordó que, hacía sólo unos segundos, otra quemazón, pero en su polla, había sido tan agradable y placentera. Sólo unos segundos… eso había tardado su pobre vida en irse a pique. No es que no hubiera sido capaz de defender a Violeta, es que ni siquiera había sido capaz de presentar batalla, o de identificar a lo que fuera que se la había llevado.


       Notaba sus órganos internos perforados por astillas de hueso, sabía que tenía hemorragias internas y podía morir, pero se sentía tan inútil y miserable que, de haber sido sólo él, allí se hubiera quedado a esperar la muerte, pero si aún había alguien que podía ayudar a Violeta, ese era el tío. Tenía que avisarle como pudiera. Tiró de los brazos hasta que logró darse la vuelta y empezó a arrastrarse hacia el teléfono. A cada movimiento, sus pulmones le enviaban agujas de dolor, y poco después notó un sabor salado en la boca. Sabía que era su propia sangre. Escupió, pero siguió saliendo. Maldijo sus piernas, muertas y que le pesaban tanto. La mesita del teléfono estaba sólo a tres metros. Tenía que poder llegar, vamos, pequeño inútil, arrástrate y luego podrás morir en paz…





      —Piernas, pechos, ¡todo eso es tan obvio! En occidente no se entiende la verdadera naturaleza del erotismo, que está basada en la insinuación, y no en la visión. Son los orientales quienes lo comprenden bien — Tánaso estaba echando cháchara, pero a la chica que le miraba con ojos embobados, tanto le daría que le estuviese hablando de la cotización del berberecho. En medio del estruendo musical, la voz del vampiro era perfectamente audible para ella, sí, pero ella estaba sobre todo hechizada por sus espesos cabellos negros y sus ojos azules — el verdadero erotismo no está ahí. Está en el cuello —Tánaso acarició el cuello de la joven con la punta de los dedos, y esta tembló de pies a cabeza. El vampiro acercó la cara para Besarla, cuando un infernal aparatejo negro fue puesto frente a sus ojos.


     —Llamada para ti, Tánaso — Iana, la dueña del local, le extendía un teléfono móvil. De no ser una vampiresa como él, se hubiera llevado una mala contestación aún siendo su jefa, pero iba de pillo a pillo. Y además, alguna travesura había que concederle a una joven con un embarazo tan avanzado. Pidió disculpas a la joven y tomó el teléfono con cara de fastidio.

     —Kápsimo Impío, espero por tu bien que sea importante.


     —…Se la ha llevado, tío — sólo la vocecita rota y estrangulada de su sobrino ya le hizo sentirse un poco culpable, pero el dato era peor aún.


     —¿Qué dices? ¿Quién se ha llevado a Violeta? ¿¡Qué ha pasado!?


     —No sé quién… ayúdame, tiíto… ven, por favor — pero Tánaso no estaba ya al teléfono. Kapsi tuvo miedo de que le hubiera colgado, pero no. Vendría, estaba seguro. De lo que no lo estaba tanto, era de si él seguiría vivo para entonces.


(¿Continuará?)

jueves, 1 de agosto de 2019

Vibrantes revelaciones




     “No voy a ponerme nervioso”, se dijo Kapsi. Pero como en tantas otras ocasiones, era más fácil decirlo que hacerlo. Apenas los desconocidos llamaron a la puerta, el joven impío supo que estaba ante un buen lío. Aquellos tipos olían a policía a la legua, su tío aún estaba durmiendo y él no sabía mentir como su pariente, siempre se le notaba. Por un momento pensó en fingir que no estaba en casa, pero sin duda si no abría ahora, aquellos tipos volverían más tarde y, cuando su tío se enterase de que había rehuido un enfrentamiento OTRA VEZ, su culo iba a pagar las consecuencias. Con la mejor sonrisa que pudo componer, hizo de tripas corazón y abrió la puerta. 

     —¿Buenos días…?

    —¿El sr. Aiscisiasmó vive aquí? — preguntó a bocajarro el más alto, un tipo con cazadora y con la cara tan cuadrada como si se la hubieran hecho con un nivel. 

     —Sí, es mi tío — repuso el joven con un hilito de voz. “El tío no dejaría que le hablasen así, él habría dicho otra vez “buenos días”, y no hubiese dejado que la conversación se moviese de ahí hasta que le contestaran”, pensó — ¿Por qué? ¿Venden algo?

     El segundo tipo, bajito y con cara de malhumor, sacó la placa y murmuró su cargo. 

     —Estamos investigando el incendio de la casa del final de la calle. Los vecinos dicen que tú y tu tío lleváis poco tiempo viviendo aquí. 

     —¿Es eso un delito? — intentó sonreír, pero su simpatía cayó en saco roto. 
   
     —En el poco tiempo que tu tío lleva aquí, parece haberse ganado una reputación entre las mujeres del barrio. En esa casa vivía una joven, ¿la conocía tu tío?

     —Yo… no sé si la conocía o no. No habla conmigo de sus líos. 

     —¿Podemos hablar con él?—Era la pregunta que había estado temiendo.

     —No — Espetó, pero temió haber sido demasiado seco, y continuó —. Mi tío trabaja de noche, y duerme todo el día. 

     —Entiendo, ¿y si volvemos esta tarde, estará?

     —Supongo que sí, a eso de las siete — Admitió Kapsi. Los policías asintieron y se marcharon sin más despedida. El joven impío tenía un nudo en el estómago. Cuando su tío se levantara, no se iba a tomar muy bien el que no hubiera sabido librarse de ellos definitivamente. 





     —Por favor, pasen y siéntese. Insisto. Kapsi, hijo, prepara café — Eran casi las siete, el cielo llevaba cerca de una hora oscurecido por completo cuando volvieron los agentes. Kapsi intentó sonreír y se dirigió con pasitos cortos hacia la cocina, para hacer el café. —. Por favor, disculpen a mi sobrino; el chico es muy voluntarioso y yo le quiero como a un hijo, pero el pobrecito es un poco… lento, digamos. ¿En qué les puedo ser útil? Me dijo el niño que estaban investigando el incendio de la última casa, debe ser un asunto horrible, ¿verdad?

     “Haaaaah… No podré aguantar mucho más con esto ahí metido, ¡no podré!”. En la cocina, Kapsi temblaba. Apenas había atinado a poner el agua y el café en la cafetera, y ahora que la había puesto al fuego y esperaba pacientemente a que hirviera, pensaba que lo que estaba hirviendo, era él. Una deliciosa y torturadora vibración se extendía por su ano, desplegando sus tentáculos como una red fina y suave de cosquillas enloquecedoras. Con delicadeza, la vibración había crecido desde un agradable bienestar, hasta un picor casi irresistible, y él sabía bien que aún estaba sólo a medio gas; para cuando llegase al punto máximo, no podría aguantarse derecho. Pero aún había algo que le excitaba más aún: el saber quién estaba operando el vibrador.

     “Yo he llegado hasta el nivel tres”, le había dicho a Violeta el tío Tánaso. “Generalmente, no aguanta más allá, es subir al cuarto, y se corre sin remedio”. Violeta le había tenido en el primer nivel mucho rato, apagando y conectando el juguete alternativamente. Por lo que veía en la cámara, Kapsi parecía sufrir tanto como pasarlo bien. 

     Al sr. Tánaso no le gustaba la tecnología moderna, decía que le daba jaquecas, pero algunos adelantos pasados ya de moda sí parecía tolerarlos, como la televisión o la radio. Por eso tenía una vieja cámara de vídeo que podía a la vez grabar y reproducir, y enviar las imágenes a través de un circuito interno. Así era como Violeta podía ver a Kapsi retorcerse de gusto en la cocina mientras hacía el café. El joven impío daba golpes con las caderas y se le escapaban las sonrisas, ¡qué gustito! Miró a la cámara con carita de desamparo y susurró: “Basta…”, mientras se mordía el labio inferior. Violeta sonrió y subió de golpe al nivel dos. 

     Un involuntario gemido de derrotado placer se escapó de los labios de Kapsi, y su mano derecha voló a su entrepierna, de donde la quitó con la misma rapidez, pero el zumbido cosquilleante que se extendió por todo su bajo vientre, no desapareció igual. La cafetera silbó, y el joven la retiró del fuego, con el líquido borboteando en su interior. Temerosa de que pudiera quemarse, Violeta bajó de nuevo la intensidad al primer nivel. Kapsi suspiró de alivio y sonrió. 
  
     —Gracias — musitó y lanzó un besito a la cámara. Violeta notó que se ponía colorada y su rajita, húmeda desde hacía un buen rato, picaba y cosquilleaba, le exigía tocarse. Pero no lo hizo. Si Kapsi sufría un poco, ella quería hacerlo también.

     La joven vio como su amigo disponía la cafetera, acompañada del azucarero y la jarrita de leche tibia, en una bandeja con tres tacitas y sus platitos. Todos el juego era de una delicada porcelana inglesa, decorada con pequeñas flores y bordecitos de oro. Violeta pensó, divertida, que su vieja abuela se moriría de envidia si viera aquellas preciosidades. Es decir, si no estuviera ya muerta, claro está.

     Kapsi tomó aire y le guiño un ojo a la cámara antes de salir. Parecía saber que mientras estuviera haciendo equilibrios con la bandeja, estaría a salvo. Y no sólo por las posibles quemaduras; la verdad era también que Violeta no quería saber cómo podía tomarse el sr. Tánaso que parte de su preciosa vajilla se rompiera por causa suya.

     —¿Leche? ¿Un terrón de azúcar? — dijo Kapsi, intentando no mirar a los ojos a los policías, convencido de que se darían cuenta de que ocultaba algo. 

     —Tres terrones para mí — contestó el bajito malacara. El tío Tánaso tomó su taza, sola y sin azúcar.

     —Entonces, ¿lo que me están diciendo es que esa pobre chica, que parecía una mosquita muerta, pudo haber matado a su propia abuela? — la voz del tío parecía traviesa, como si estuviese compartiendo un cotilleo delicioso y no un crimen.

     —Si, eso es lo que parece — el policía asintió con cierta gravedad, pero el bajito sonrió, malicioso —. Pero no sólo lo hizo ella, es que no lo hizo hace un día ni dos. Por los restos que hemos encontrado, es probable que esa pobre mujer llevase ya muerta varios años. 

     El tío fingió sorprenderse mientras se llevaba la taza a los labios. 

     —Pero… entonces esa chica, ¿qué años tenía cuando mató a la anciana? ¿Quince, o dieciséis…?

     La pareja de policías compartió una sonrisa y contestaron con cierta superioridad.

     —Bastantes menos, señor. Puede que apenas llegase a los diez — el tío puso cara de horror. —. Sí, don Tánaso. Me temo que nos encontramos ante una pequeña psicópata, cruel y muy astuta.

     —Ya veo… Perdonen — se volvió hacia Kapsi y le dedicó una sonrisa paternal —, Kapsi, vete a la cocina y corta patatas para la cena y, cuando termines, destiendes la ropa, ¿quieres, hijo? — el impío asintió y se marchó, sonriente —. Disculpen, pero se trata de cosas que prefiero que él no oiga, ¡es un muchacho tan delicado!

     De nuevo a solas en la cocina el “muchacho delicado” notó que el placer crecía y subía en vertical como un yo-yó. Huy-huy-huy… Violeta le estaba dando caña.

     En la alcoba, Violeta, con las piernas cruzadas, se frotaba contra la silla. Tenía la cara muy colorada y unas ganas tremendas de tocarse. O mejor aún, de bajar a la cocina con Kapsi y tocarse frente a él, bajarle los pantalones y terminarle a base de caricias. “Pero no puedo ir, no puedo dejar que la policía me vea”. Oh, pero si hubiera un medio para ir sin que la vieran, si pudiera pasar desapercibida… Y entonces cayó en que sí lo había. Quizá no lo lograra, pero lo podía intentar. Subió de golpe el vibrador al máximo, y, sin quitarse el pantalón, se metió la mano entre las piernas, apretó, y dejó que el dulce escalofrío de placer recorriera todo su cuerpo y se centró en él. Pensando sólo en saborear el hormigueo estremecedor y en Kapsi.



      —…desde luego, después de tanto tiempo, no hay un modo exacto de descubrir la causa de la muerte, pero al menos, se pueden descartar algunos métodos — decía el policía caracubo —. Por lo que hemos visto, no hay señales de golpes o lesiones en los huesos, así que no la mató de un golpe en la cabeza, ni de una paliza. Tampoco hay señales de falta de nutrientes, sólo el desgaste propio de la edad, así que no murió de hambre…

     —¿Es suyo ese gato?

     —¿Perdón? — el sr. Tánaso se volvió y reparó en ella, ¡qué mala pata! Intentó escabullirse, pero en el acto el vampiro sonrió y la tomó en brazos. Él llevaba mucho más tiempo siendo vampiro que ella siendo gato, de modo que era mucho más rápido — ¡Metiche! ¿Qué haces aquí, traviesa? Mala, mala, mala, ¡sabes que debes quedarte arriba si hay visitas, cariño!

     —Miaaau… — A Violeta no se le escapaba el tonillo de reconvención que había bajo las melosas palabras del sr. Tánaso, así que decidió hacerse la buenecita y se dejó tomar en brazos dócilmente.

     —Sí, es mi gata — sonrió el vampiro, tomando asiento de nuevo —. La encontró mi sobrino, se nos coló en casa con toda la desfachatez  del mundo, y no tuvimos corazón para echarla a la calle, por eso la llamamos Metiche. ¿Dónde estábamos?

     En el regazo del sr. Tánaso, Voleta se encontraba muy a gusto. Demasiado. Su intención había sido la de empezar a revolverse pasado un breve rato, para que la dejara en el suelo así poder llegar a la cocina con Kapsi, pero apenas el vampiro comenzó a hacerle caricias, no fue capaz. Tánaso la acariciaba y rascaba tan dulcemente que le pareció que se podía desmayar de gusto. “Debo… ir… Kapsi…” intentó pensar, pero no lo logró, y sólo un ronroneo salió de su garganta. 


     —Bastaaaaa… Violeta, piedad. Basta…— susurraba Kapsi en la cocina, inútilmente. Por lo que podía sentir, la joven estaba muy cerca de él, había ido hacia él, pero se había detenido. Sin saberlo, mucho sospechaba el impío que algo tenía que ver con eso su tío, pero lo grave no era eso. Lo grave es que había puesto el vibrador al nivel cuatro, y ella no lo controlaba ya. Apenas notó la subida de la vibración, supo qué iba a sucederle, ¡odiaba y adoraba ese nivel por igual! Lo adoraba porque el placer era dulcísimo, eléctrico, irresistible. Y lo odiaba por la misma razón, no podía controlarse en él, no aguantaba ni un segundo sin terminar como un burro, ¡y quería aguantar! ¡Quería que ella le viera correrse (o quizás hasta le acariciase, ¡síiiiiiiiii!)! Pero apenas notó el potente terremoto hacer estragos en su culo, el aguantar se hizo imposible. Se agarró al borde de la encimera y apretó los dientes para no gritar, ¡qué placer tan dulce y picante! Se cebaba en su ano y se comunicaba a su polla, dulcemente pero con fuera, imparable. Las olas de cosquilleas eran demasiado agradables, y no pudo resistir más. 

     Feroces convulsiones tiraron de sus caderas y le bañaron en un bienestar delicioso, a la vez que su polla se derretía como mantequilla en un horno, y estallaba en un abundante borbotón de esperma que inundó sus pantalones. Pero el joven apenas pudo saborear el placer porque, sin nadie que lo controlase, el vibrador no se detenía. Su hombría no llegó ni a iniciar la bajada cuando ya estaba de nuevo a punto de caramelo. 




     “Mmmmmmh… el Nirvana tiene que parecerse a estooo…” pensó, con mucha lentitud, Violeta, bajo los efectos de las caricias del sr. Tánaso. La joven no podía explicárselo, ¿cómo podía sentir tanto gusto? Si él sólo le rascaba el cuello y las orejas y… oooh, y un poco la espalda, ahí, por favor, justo ahí. No le tocaba ni siquiera su sensible pezón mordido, pero ella sentía un placer intenso y desconocido que la dejaba completamente incapaz, desmadejada. “Lo siento, Kapsi. Perdóname, pero no… puedo… ronronronronronronronnn”




     “¡Aaah, no! ¡NO! Noooo… ¡otro más no, otro más no!”. Arrodillado en el suelo de la cocina, tembloroso como una gelatina barata y con los pantalones empapados hasta medio muslo, Kapsi había perdido ya la cuenta de los orgasmos que le habían sacudido. Al principio no se había atrevido a sacarse el vibrador, porque lo llevaba puesto por orden de su tío, pero ahora directamente no podía ya. El placer le hacía sudar, temblar y poner los ojos en blanco en medio de una sonrisa idiota (la habitual en él, habría dicho su tío), y el picorcito de un nuevo orgasmo comenzaba a mordisquearle el culo, para expandirse al momento por su polla. Si no supiese que era inmortal, empezaría a preocuparse la posibilidad de palmarla de gusto… o de deshidratación, porque dudaba que le quedase una gota de líquido en el cuerpo. 




     —Bien, encantado de haberles ayudado — sonrió el sr. Tánaso mientras estrechaba la mano de los policías. —. Mucho me temo que esa joven no volverá a aparecer por aquí, pero si llego a verla, les informaré enseguida. 

     Los agentes asintieron y convinieron que ellos tampoco lo creían. “Si ha sido lo bastante lista como para tener a todo el mundo engañado tantos años, no cometerá un error tan estúpido como el de quedarse por aquí, desaparecerá. Pero hemos de intentar apresarla lo antes posible, antes de que se le ocurra volver a matar”. 

     —¿La creen capaz de ello?

     —Naturalmente. Es una chica muy inteligente, fría y lógica. Sabe que puede matar sin ser atrapada y salirse con la suya, ya lo ha hecho una vez. En el momento que alguien sospeche de ella, o simplemente la molesten, no le queda duda que volverá a hacerlo.

     El sr. Tánaso se despidió por fin de los policías y aguardó unos segundos, hasta que estuvo seguro de que se habían largado. Sólo entonces soltó a Violeta y ella, aún bajo la apariencia felina, corrió a grandes saltos hacia la cocina. 



     Kapsi apenas fue consciente de que alguien le bajaba los pantalones sólo lo justo para descubrirle el culo, y notó arañazos y mordiscos suaves en sus nalgas. Pese al agotamiento, aquello le hizo sonreír más aún. Notó un tirón en el cable del vibrador, y a pesar de que un pequeño sonido de decepción salió de su garganta, le invadió una infinita sensación de alivio cuando el juguete al fin abandonó su ano. Se dejó caer de espaldas, deshecho. Aún sus músculos se estremecían y temblaban, pero la relajación había llegado. Se sentía agotado y le quemaba todo el bajo vientre, su pene escocía y ardía… pero se sentía tan a gusto, tan bien, ¡no recordaba haber gozado nunca tanto!

     —¿Miau? — un gato negro de ojos color lila apareció borroso ante su cara. Llevaba el vibrador colgando por el cable, entre los dientes, y le golpeó delicadamente la cara con una de sus patitas. 

     —¿…´oleta? — balbuceó, la boca llena de babas, con voz pastosa. 

     —Sí, pequeño inútil, Violeta — contestó el tío mientras se arrodillaba y rascaba las orejas del animal. — A ver si tomas ejemplo de ella. Mi niña, has sido muy desobediente, pero has Cambiado por primera vez. Estoy orgulloso de ti. 

    El gato agachó la cabeza y en pocos segundos, tomó de nuevo la forma de la joven. Ésta respingó y se cubrió, ¿cómo es que estaba desnuda? El tío sonrió, y acarició los hombros y la espalda de Violeta, mientras ella se estremecía y se le escapaba un gemido.

     —Tu ropa está en la habitación. Cuando Cambiamos, los vampiros machos conservamos la ropa, pero las hembras, no. Su ropa se queda en el sitio donde estuvieran. Es… una de esas pequeñas particularidades que dan diversión a la vida. 

    El sr. Tánaso inspiró profundamente, y Violeta sabía por qué. Ella estaba muy excitada, llevaba mucho tiempo húmeda. Mentiría si dijera que no tenía ganas. Colorada como un tomate, pero se inclinó, elevando el culo para que él le diese gusto. El vampiro dejó ver sus colmillos en la sonrisa hambrienta que le dedicó. 

     —Gatita — musitó, y se colocó tras ella. Mientras se abría el pantalón, no dejaba de acariciar hasta las nalgas la espalda de su niña —. Mi gatita inocente, que no sabe que cuando toma la forma de un animal, toma también sus características. ¿Verdad que el señor Tánaso sabe acariciarte, Metiche? 

     —Miaaaaaau… — fue lo único que pudo decir. Le pareció que tocaba el cielo cuando la polla del vampiro se deslizó, lenta y dulce, al interior de su coño deseoso, ¡qué plenitud! ¡Qué extraordinaria sensación de estar completa, llena! El cosquilleo dulce le picó hasta las orejas, y se inclinó sobre Kapsi, para meterle en la boca el pezón. Apenas el joven impío lo abrazó entre sus labios, la joven arqueó la espalda y puso los ojos en blanco, invadida por el orgasmo más cálido y deliciosamente dulce que había sentido en toda su vida. ¡Qué placer! ¡Qué calor! ¡Qué gustooo!

    Perezosa, cubrió de besitos suaves la cara de Kapsi. El pobre impío apenas podía moverse y reventaba de celos viendo a su chica gozar con la polla del tío. Pero se obligó a pensar que en realidad, le daba igual, todo le daba igual, los celos, su impiedad, su incapacidad de Cambiar, su pinta de bobo, la regañina del tío… todo. Mientras ella siguiera besándole así, le daba igual todo. 




     —He cumplido, madame. Es él. Ahora se llama Aiscisiasmó, pero sigue llamándose Tánaso, es el hombre del dibujo. Vive con él un chico que parece lelo, le llama “Kaxi”, y dice que es su sobrino. Si me pregunta, madame, yo diría que tienen un rollo.

     —¿Qué te hace pensar eso? — el policía bajito, el malacara, no había visto nunca a la madame, sólo hablaba con ella por teléfono. Y él sabía que las voces, con frecuencia, no van parejas a la apariencia física, pero él estaba dispuesto a dejarse cortar un brazo si esa voz no iba acompañando a una puta escultura. La madame tenía una manera grave y cálida de arrastrar las sílabas que ponía cachondo a la primera palabra.

     —Instinto de policía. Maneras de mirarle, o de tocarle cuando se dirige a él. Uno no habla a un sobrino como ese tío lo hace, más bien parece su “sobrinito”, no sé si me entiende. 

     —Perfectamente. ¿Vive alguien más en la casa?

     —Nah, ellos dos y el gato. La gata, más bien.

    —Así que una gata. 

     —Sí, una gata negra, la llama “Metiche”, ¿es importante?

    —No, en absoluto. Has trabajado bien. Sigue así y recibirás tu premio.

    —No quiero meterle prisas, madame, pe…

   —Desde luego que no. Te garantizo que NO quieres meterme prisa. — el policía aún quiso añadir algo, pero la madame se le adelantó —. Te concederé el don que deseas, pero cuando yo lo considere oportuno. Ni un segundo más tarde, pero tampoco un segundo antes. Hoy has dado un gran paso, te lo aseguro. Adiós.

    La madame colgó. Todo su cuarto estaba en la más completa oscuridad, salvo una zona pequeña, iluminada bajo una lamparita redonda, donde se veía el teléfono que acababa de colgar, un viejo modelo, y un retrato. Si su contacto en la policía estaba satisfecho con ella o no, a ella le era completamente indiferente, pero el hallazgo… El hallazgo había sido mucho mejor de lo que ella esperaba. Cuando la niña desapareció, la madame montó en cólera y creyó que moriría de tristeza, pero cuando le llegaron los rumores de un hombre llamado Tánaso viviendo en el barrio, concibió esperanzas. Ahora sus esperanzas se habían confirmado más allá de lo que la madame se hubiese atrevido a soñar. En su escritorio, su mano salió de la oscuridad hasta la zona que iluminaba la pequeña lámpara, y tomó en ella el retrato, la fotografía enmarcada de una niña de unos tres años de edad, y la acarició. La madame se levantó de la silla. Por menos de un segundo, parte de su rostro fue herido por la luz. Si alguien aún hubiese querido mirarlo, se hubiera dado cuenta de que la madame y la niña de la foto, tenían los ojos exactamente del mismo color. Violeta. 


martes, 18 de junio de 2019

101 ovejitas (segunda parte)


   
     “¡Itadakimaaaaasu!” Canturreó el dispensador automático de comida y devolvió un sabroso plato de pasta al queso con carne estofada en salsa. Los spaguetti habían sido moldeados para dar la imagen de la cara de un conejito, y la salsa de la carne era de color rosa pálido. A Queena le encantaban todas esas moñerías, procedentes de una vieja cultura de Tierra Antigua que se había adaptado a los tiempos actuales y que se conocía como “Kauaii”. Gabro no sólo lo encontraba absurdo e infantil, sino también ridículo, pero se encontraba en aquella nave sólo “de prestado”, se consoló. Queena le había robado la suya, y eso y su fuga habían hecho que le forzaran a coger vacaciones en la colonia donde trabajaba de Justicia, así que había decidido aprovechar las mismas para salir en busca y captura de la mujer.

     La comida estaba sorprendentemente buena, pensó. La verdad era que, si se mantenía dentro de los platos corrientes y con nombres normales, podía contar con un alimento bastante decente. Pero tenía que prescindir por completo de comidas con nombres exóticos, postres y pedir las bebidas extra amargas si no quería morir de diabetes; la primera vez que se le ocurrió pedir un chocolate, sus arterias gritaron de terror al comprobar que la cucharilla ni siquiera se movía. Al lado de aquel mejunje, el arrope sería vinagre.

     Gabro llevaba más de dos semanas en la nave, recorriendo planetas y buscando en ellos a la fugitiva, como la llamaba él. Como camaleónico de sangre fría, la ausencia de sol durante tantos días no le era nada cómoda, y eso que Hierbabuena, su colonia, no era tampoco conocida precisamente por la benignidad de su clima, pero allí al menos, se podía contar con sol uno o dos días a la semana, y a veces hasta una semana completa si era verano. Aquí se veía obligado a comer seis veces al día y tener la calefacción tan alta, que un humano hubiera podido ir en bañador, pero todo eso le parecía soportable si lograba dar con ella.

     Todos los días consultaba las noticias locales de la colonia, y allí no había regresado, y comprobaba también los mundos vecinos, para ver si en ellos había alguna noticia relativa a perfumistas o echadoras de cartas. No había descuidado las compras mayoristas de perfumes, jabones, o de ingredientes que ella precisaba para fabricarlos, desde hierbas a grasas animales. Conociendo los gustos de la mujer, también visitaba los foros kauaii y las tiendas que vendían aquellos productos, con la esperanza de encontrar algún rastro de ella allí. Durante los seis primeros días todo fue en vano, pero el séptimo, al conseguir acceder a los diarios de a bordo, encontró su respuesta. Literalmente, porque iba dirigida a él.

     Romper los accesos a los diarios de a bordo no había sido tarea fácil. Protegidos con doble sistema de seguridad, no respondían al reseteo ni a los programas de recuperación de contraseñas habituales, y el intentar averiguar la contraseña al tuntún era imposible, de modo que tuvo que utilizar un generador de contraseñas, y eso sólo después de romper el sistema de bloqueo, que provocaba la inutilización del sistema si se metía mal la contraseña tres veces seguidas. Naturalmente, el generador de contraseñas, a base de probar y probar, acababa encontrando la palabra (o palabras) clave, pero, por rápido que fuese, no lo conseguía en una hora ni en dos. Había tardado siete días en hallar la clave. Claro que después de eso, todo fue muy fácil y el Justicia volvió a cambiar la clave, para evitar que ella pudiera acceder de nuevo, ni siquiera en remoto.

     En los diarios de a bordo estaban todas las rutas usadas por la mujer, pero en el correo estaba el premio gordo. Y un nuevo insulto, eso también. El último correo entrante tenía un asunto dirigido a él: “para Gabro el narizotas, que se obstina en meterlas donde nadie le llama”. El Justicia lo abrió, y el programa proyectó un gran sobre rosa rodeado de gatitos bailarines que cantaban “¡tienes correo electrónicooooooo!”, y el sobre se abrió en un espectáculo de estrellas y chispas que daba vergüenza ajena. Y conjuntivitis.

     “¡Hola, Gabro!” decía el mensaje, en letras rosas con brillantina “Mandé este mensaje poco después de marcharme de Hierbabuena, ¡espero que no te haya costado mucho dar con él! Ya presumo que querrás que te devuelva tu aburrida nave, y como sé que no serás capaz de encontrarme (no es que seas tonto… bueno, un poco sí, pero sobre todo lo que te falla, es la rigidez de pensamiento), te diré dónde quedamos para que tú puedas darme a mi Preciosidad, ¡y espero que esté en perfecto estado de revista! Las coordenadas son las siguientes, sólo tienes que copiarlas en el navegador, y Preciosidad te llevará solita. Si la has cuidado bien, quizá incluso te bese de nuevo, ¡pusiste una carita tan mona cuando lo hice la otra vez...!

      Un abrazo de tu delincuente favorita:
                                                                                                              Queena.”


     Gabro resopló. Lo de “narizotas”, pase; lo de “tonto”, bueno. Pero la condescendencia, la insinuación de que aquella repugnancia le había gustado, eso no. Él tenía la sangre fría en todos los aspectos. Podía parecer humano, pero sólo por fuera; Gabro se jactaba de haber sido separado de su madre antes de los ocho meses, cuando la mayoría de bebés de su raza conservaba el vínculo hasta el año. Su matrimonio había fracasado precisamente porque su esposa le abandonó por un hombre -según ella- “que al menos ofrecía más compañía que una planta”. No había nadie en la colonia, hombre, mujer o niño, que pudiera decir que sentía debilidad por él, y así era como debía ser: un Justicia tiene que ser frío y lógico y como tal, con el menor número de relaciones posibles. Las relaciones humanas eran una fuente de debilidad, de favoritismos y amiguismos. Y los rituales de cortejo y apareamiento eran ridículos hasta la vergüenza. Y aquélla insolente mujer se atrevía a insinuar que a él le había gustado aquella estúpida caricia.

     Gabro recordó cómo, en su juventud, había pensado que debía fomentar las relaciones humanas, ya que iba a vivir entre ellos. Sus supuestos amigos sólo le querían para que consiguiera respuestas de exámenes o cosas semejantes, gracias a su habilidad para el camuflaje. Su esposa se interesó por él y hasta llegó a casarse sólo por dar celos a otro hombre, y pasaron muchos meses hasta que ella sugirió el débito conyugal, por el que Gabro no sentía más que una ligera curiosidad, y que sólo le causó sudor y vergüenza. El efímero escalofrío de la sensualidad era un pago muy pobre por aquella indignidad. Suponía que, igual que él se dio cuenta de su mujer deseaba a otro hombre, ella se dio cuenta de que él no deseaba nada en absoluto, y sólo un puñado de veces tuvo que verse de nuevo en tan incómoda situación. Claro que a él no le disgustaba tenerla allí, su compañía daba cierto calor a la casa, pero cuando quiso irse, tampoco lo lamentó; era como perder un pececito de colores: su presencia podía animar la casa, pero no representaba nada importante. El que ahora viniese aquélla bruja de Queena a hacerle insinuaciones y amenazarle con besitos, le parecía de escuela elemental.

     Como decía el mensaje, siguió el enlace a las coordenadas, y la nave corrigió el rumbo de inmediato. De eso hacía un par de días, y aún no habían llegado. En un primer momento, había desconfiado, ¿y si esas coordenadas le llevaban a algún lugar peligroso? No creía a Queena capaz de algo así, pero, de todos modos, investigó, pero apenas puso las coordenadas en Googlevac, el sistema generó el holograma de una muñequita vestida de policía que guiñaba un ojo y negaba con un dedo: “¡Ah-ah, no estropees la sorpresa! ¡Niño curioso!”, decía una y otra vez. Gabro intentó hackear el sistema, pero después de tres horas oyendo sin parar “¡Ah-ah, no estropees la sorpresa! ¡Niño curioso!” con esa voz de pito, decidió dejarlo y esperar.

     El Justicia estaba dejando el plato vacío en el recuperador de residuos, cuando el ordenador de a bordo le informó que estaba aproximándose a destino. De inmediato comprobó dónde estaba, pero no reconoció nada. Hasta que apareció un planeta que empezó a hacerse paulatinamente mayor, revelando sus colores verde, rosa y azul.

      —No — susurró, casi horrorizado —. Allí no. Debí suponerme algo así, ¡allí no! ¡Ordenador, rectifica el rumbo!

      —Lo siento, orden no reconocida — canturreó la voz de Queena, y no la del ordenador.

      —¿Queena? ¿Cómo…?

     —No te gastes, gatito. Soy una grabación inteligente; contestaré algunas cosas, pero no puedo contestar todo. Si me he puesto en marcha, es porque ya estás muy cerca de nuestro punto de encuentro. Relájate, tu espera casi ha terminado, ¿me has echado de menos?

     —¿Por qué no puedo cambiar el rumbo? — tragó bilis e intentó conservar la calma.

     —Mi ordenador está modificado para que no puedas cambiar el rumbo; una vez metiste las coordenadas del mensaje, se bloqueó. Te llevará al destino intentes lo que intentes, ¡ni siquiera funcionará la autodestrucción! No te apures, que he programado una ruta segura, y el destino es amistoso.

     —¡Demasiado!

     —No te gastes, gatito. Soy una grabación inteligente; contestaré algunas cosas, pero no puedo contestar todo. Si me he puesto en marcha…

     —¿Qué puedo hacer? — se lamentó en voz alta.

     —Vamos, ¿en serio? — contestó la grabación — Estás en mi Preciosidad, en una nave que se conduce sola, que tiene programas holográficos, servicio de comidas amplísimo y prácticamente inagotable, suministro de bebidas, y que te lleva a un destino amistoso por una ruta segura, ¿y me preguntas qué puedes hacer? ¡Relájate y disfruta del viaje!

      Gabro emitió un gruñido de frustración que, afortunadamente, no provocó la respuesta de la grabación. Debía quedar al menos una hora para el aterrizaje, pensó, y a la vista estaba que no tenía manera de evitarlo. Sería mejor que… bueno, que empezara a desnudarse.




      “¡Bienvenidos a Nude Heaven, el primer planeta liberal íntegramente naturista!” Una voz muy alegre saludó la llegada de la Preciosidad. Dentro, y colorado como un pimiento (cosa que podía apreciarse en su totalidad), iba Gabro. “Recordamos a nuestros visitantes que están en una zona de sexo libre; los encuentros íntimos están permitidos en todos los puntos del complejo y todos los visitantes están autorizados a mirar, e incluso a ser invitados si lo desean, pero nunca a participar si no son invitados, ni a ser obligados a participar. Igualmente, les recordamos que los dispositivos de grabación o captación de imágenes están permitidos en todo el complejo”.

     —Encima, eso. — dijo Gabro.

     “Tan pronto como aterricen, encontrarán el marcador de equipajes; marque todo lo que desee tener a mano, y le será enviado a su habitación. También encontrará una guía del complejo, sandalias y una toalla que podrá utilizar si lo desea. Pero le aconsejamos que se integre en el espíritu nudista de nuestra colonia y disfrute íntegramente de la misma, ¡que goce de su estancia en Nude Heaven!”

      La nave terminó de descender y finalmente se detuvo. Casi sin transición, se abrió la puerta lateral y las escaleras plegables. Una riada de luz solar entró sin permiso en la Preciosidad, y al Justicia le pareció que acababa de tragarse una canica; la notaba allí, en su tráquea, subiendo y bajando por su laringe. Reunió valor y se asomó.

     En el aparcamiento no parecía haber nadie, pero sí estaba el brazo mecánico con el marcador prometido, la guía, las sandalias y sobre todo, la bendita toalla. Estiró el brazo todo lo que pudo para cogerla sin salir de la nave, y emitió un hondo suspiro de alivio cuando la tuvo en su poder. Se la enrolló en torno a la cintura, y se sintió mejor.


     Sabía que no dejaba de atraer miradas, y era normal; ver lo que parecía una toalla enrollada en torno al aire y caminando sola, no era cosa de todos los días. Al ser camaleónico, podía mimetizarse con el ambiente de forma casi perfecta, y había que ser buen observador para darse cuenta de que el camuflaje no era completo, sino que parecía más bien que el fondo se moviera ligeramente a cada paso que daba, y que sus ojos verdes flotaban en el aire. Aunque distaba mucho de sentirse cómodo yendo por el caminito entre los hermosos jardines, una parte de él se relajó un poco al ver que algunas personas optaban por llevar la toalla enrollada en torno al cuerpo y sólo se la quitaban para meterse en las piscinas, jacuzzis… o en los arbustos. Nude Heaven era un planeta nudista y tenía muchos complejos de vacaciones como aquél, en el que solteros o casados en busca de nuevas experiencias, acudían a tener sexo al aire libre en presencia de terceros bajo la excusa de la relajación. Había en el planeta muchas zonas nudistas en las que no había sexo libre, sólo nudismo, pero Queena había elegido, cómo no, en la que más incómodo podía sentirse. Gabro procuró mirar sólo al frente y al fin, encontró la recepción. Ni siquiera allí dejó su camuflaje, pero parpadeó repetidas veces para que le vieran los ojos.

      —¿Qué desea el señor? — el lilius del mostrador le sonreía sinceramente.

     —Eeeh… acabo de llegar y estoy buscando a una persona — todo su ser se rebelaba contra la idea de llamarla “amiga” — Se llama Queena Salvaje.

     —Ah, entonces usted debe ser el señor Narizotas; sí, ella nos dijo que vendría — sólo por un ejercicio de control de pensamiento que hubiera hecho palidecer de envidia a un jedi, no notó el recepcionista los sentimientos del Justicia al ser llamado por el estúpido apodo de “Narizotas” —. Tienen ustedes un alojamiento conjunto, ¿desea subir a verlo, o esperarla aquí?

     Gabro echó un vistazo a la recepción. Había una bonita biblioteca, un dispensador de bebidas y snacks, un par de puestos de holografías, uno de DreamScience y varios cómodos sillones. Y en uno de ellos, una mujer tirando a gorda tenía las piernas abiertas, y a un hombremucho mayor con la cara metida entre ellas.

     —Subiré a la habitación.



      El cuarto no era mucho mejor. Sí, era amplio y precioso, con una gran ImperioVisión, un jacuzzi privado, una consola de DreamScience y una enorme cama de agua. Pero también había un espejo sobre la cama, una colección de dildos y vibradores en la estantería junto a la cama, y lo quera infinitamente peor: una sola cama. En las paredes, de colores suaves, se veía pasar una filigrana de ilusión que, si uno miraba bien, notaba que se trataba de un sinfín de figuras de todo sexo teniendo sexo en diferentes posturas. De vez en cuando, sonaba un suave gemido. "¿Es que no hay ningún sitio ni medio normal en este hotel de pervertidos?”, pensó.

     —¡Has venido! — una voz muy cantarina sonó a su espalda, pero antes de poder volverse, ella se le había echado encima y le abrazó por detrás. “Lleva toalla, gracias a Dio, al menos lleva una toalla” — ¡Vine en cuanto me avisaron, ya creí que no llegarías nunca! ¡Me alegro de verte aquí!

     —¿Te alegras? ¡Pues el señor Narizotas está hasta las mismísimas de guarradas y de porno barato hasta en la sopa! No llevo aquí media hora y me han puesto ojitos tres veces, he visto a una pareja teniendo sexo en recepción, y el botones que me ha subido, pretendía hacerme una demostración de dildos anales… estoy más que harto. ¡Ahora mismo se ha terminado tu fiestecita libertina; quedas detenida por el robo de mi nave, nos vamos!

    Queena sonrió, y su colmillo izquierdo robó un destello a la luz.

     —Pero, Gabro, ¡si ya te devolví tu nave! — ante la mirada sorprendida del Justicia, continuó —. Tan pronto como llegué aquí, puse tu nave en piloto automático y la programé para el regreso. A estas alturas, ya debe llevar días allí.

      —Eso no te va a servir, me robaste mi nave, y yo tengo una orden de detención contra ti.

      —¿De veras? ¿Y dónde la llevas? — No iba a hacerlo, pero la mujer hizo ademán de tirar de la toalla del Justicia para mirar si la tenía allí, y éste pegó un brinco y se agarró la entrepierna con gesto de horror, mientras ella se reía sin poder contenerse. Gabro pensó “La orden de detención… la orden estaba entre mis ropas. Sí, esas que NO he marcado porque, ¿qué falta me iban a hacer, si además iba a ser encontrarla y marcharnos? Esta mujer me descentra. Me ataca por donde sabe que soy vulnerable y aprovecha mi disgusto por todo lo carnal para ponerme nervioso. Tengo que hacerme a la idea de que el sexo no debe incomodarme, sólo es una función fisiológica como comer o dormir; así no tendrá poder sobre mí”.

     —Escucha, te aseguro que dejaré que me detengas. Y luego, podrás llevarme a Hierbabuena, juzgarme e imponerme el castigo que creas justo. Pero a cambio de una condición.

     —¿Cuál? — qué poco se fiaba de las condiciones.

     —Que pases aquí una semana conmigo.

     —¡Tú tienes menos seso aún de lo que parece!

    —¡Venga, sé que estás de vacaciones! — el rostro de Gabro reflejó su estupor, ¿cómo sabía ella…? — Me fui en tu nave, ¿recuerdas? Me bastó conectar el intercomunicador de emergencia, así oía todo lo que pasaba en tu despacho sin necesidad de que tú aceptaras la escucha. — sonrió —. Estando de vacaciones, puedes quedarte aquí perfectamente, y el alcalde estaría de acuerdo conmigo. Aquí no todo es sexo a destajo, hay muchas cosas que puedes hacer; arte, deporte, juegos… todo está incluido, pagué el paquete completo.

      —¿Y se puede saber por qué tienes tú tanto interés en que me tome aquí las vacaciones?

     La carita afilada y pálida de Queena era el arquetipo del candor.

     —Gabro… me da mucha compasión todo lo que has ido inútilmente detrás de mí. Te he visto consumirte de rabia cada vez que me escapaba entre tus dedos. He visto tu cara de indignación cada vez que te decían que no presentaban cargos contra mí, de fastidio cada vez que me iba, y de ilusión cada vez que volvía.

     —Cambias el orden de las dos últimas.

     —Como sea, el caso es que no podía dejar de pensar que en Hierbabuena no tienes amigos con los que desahogarte, ni una pareja, ni una mascota, ni nadie con quien distraerte, sólo parecías hablar conmigo, ¡ni siquiera parecías tener aficiones para distraerte un poco, aparte de tus vetustas novelas! Aquí puedes explorar tu ocio. Puedes descubrir qué te gusta, y hacerlo.

     El Justicia permaneció pensativo unos segundos. La verdad era que trabajaba más de diez horas diarias, incluyendo domingos y festivos. Fuera del trabajo, ni siquiera sabía qué hacer con su tiempo. En una ocasión, su ex esposa le dijo que era “una acelga”, apelativo que no entendía qué quería decir, pero se temía que hacía referencia a su escasa cantidad de gustos.

     —Y piensa… que cuando acabe la semana, dejaré que me detengas. — Queena sonrió. Y el Justicia pensó que Phillip Marlowe, Mike Hammer y los detectives de las novelas que le gustaban, siempre sabían controlar a las mujeres con las que se encontraban a base de alternar los besos y las bofetadas, pero ellos nunca se encontraron a una pieza como Queena. ¿Qué remedio le quedaba? Asintió.



     —¿Hay algún sitio donde no pinten o esculpan “del natural”? — preguntó Gabro con voz calmada, y Queena sonrió y se encogió de hombros.

      Después del almuerzo, el Justicia había accedido a buscar alguna afición para él, y reconoció que el mundo del arte siempre le había llamado la atención, pero en una colonia nudista liberal sólo para adultos, las opciones de arte eran muy variadas, sí, pero los modelos eran todos desnudos o posturas sexuales. Por no hablar de aquéllos que pintaban mientras otra persona los tocaba o chupaba. “¿Por qué lo harán? ¿Para probar el pulso?” pensó Gabro, pero no dijo nada.

     —Bueno, aunque se trate de pintar desnudos, podrías probar — sonrió Queena.

     —La figura humana es muy difícil para empezar; me gustaría intentar algo más sencillo. Un cuenco de frutas, o un jarrón… — el Justicia se había decidido a no dejarse poner nervioso pese a la imperante cantidad de sexo de los alrededores. La mujer estaba extrañada por eso, y se le notaba, pero no parecía que le afectase de ningún modo en particular.

     —¿Baños de barro? — sugirió.

     —Demasiado pringoso.

     —¿Y el solárium? — Gabro titubeó. Después de tantos días en el frío espacial con la calefacción a tope, tomar un poco de sol natural era interesante. Su idea inicial era decir que no a todo, pero aquello podía gusta… podía serle útil. Asintió.

     —¡Ven conmigo! — Queena dio rápido la media vuelta, y le sacudió con el rabo peludo en toda la cara. No era la primera vez, y el Justicia ya no se creía lo que venía a continuación — Huy… fue sin querer.

     —No tiene importancia — contestó. Se había hecho el firme propósito de permanecer calmado, e iba a hacer todo lo posible por lograrlo. La mujer le tomó del brazo y le acompañó hasta el solárium.

     —Si no te importa, yo me iré un ratito a la piscina — sonrió ella y Gabro devolvió el gesto, y lo hizo con sinceridad; lo último que le apetecía, era tenerla pegada a él, aguantar su charla inacabable y sin duda tener que soportar bromitas subidas de tono.

     El solárium era una gran extensión llena de tumbonas acolchadas. Como camaleónico, a Gabro no sólo le encantaba el sol, sino que tenía necesidad de él. Cuando viajaba por el espacio, podía apañarse con suplementos de vitamina D y subiendo la calefacción de allí donde estuviese, pero la luz natural era insuperable. Ocupó una de las tumbonas, y de inmediato una mesita se elevó a su lado y una suave voz le saludó.

     —Bienvenido al solárium. Por favor, no olvide protegerse la piel con el aceite que sea de su agrado. Le recordamos que la cámara está activada. Pulse el llamador si desea un masaje o algún refrigerio. — el Justicia echó un vistazo a los frasquitos de aceites que había en la mesita. Esencia de rosas y robaigas salvajes, hidratante, coco, guraps, bercúlia, aloe… También había un protector ocular y una nota: “No se prive de todos los beneficios del sol por timidez. Quítese la toalla y disfrute sin pensar en nada”. Gabro echó un vistazo a su alrededor. Las otras tumbonas estaban razonablemente lejos, y todas ocupadas por hombres solos; a la hora de la siesta las parejas no frecuentaban aquella zona. Podía permitirse aquél pequeño lujo, pensó, en caso de que se sintiera incómodo siempre podía mimetizarse. Tomó el aceite de flores y se lo untó en la cara y el cuerpo, y, cuando llegó a la línea de la toalla, miró de nuevo en torno a sí. Nadie le prestaba la menor atención. Se abrió la toalla.

     Un pequeño cosquilleo nació en su pene y le hizo sonreír involuntariamente cuando repartió aceite también allí, además de en sus piernas. Se secó las manos a base untarse el aceite sobrante aquí y allá, y finalmente se tumbó y suspiró.

     El sol le acariciaba la piel y el calor parecía llegarle hasta los huesos. Su sangre fría cogía temperatura con rapidez y le devolvía una ligera, creciente sensación de bienestar. Le molestaba reconocerlo, pero aquello no estaba nada mal. Sin darse cuenta, una sonrisa empezó a aparecer en su rostro y, dándose cuenta, su pene comenzó a crecer, pero decidió no darse cuenta. Al fin y al cabo, no había ninguna mujer (Queena) cerca. Una especie de cosquilleo muy dulce acompañó la erección, como si su polla gozase también con el calor del sol. “Si el sexo fuera así, no estaría mal del todo”, pensó.

     No era que no le gustase el placer, claro que le gustaba. Lo que no le gustaba, era la ridiculez y el grotesco desgaste físico al que había que someterse para recibirlo. Claro está que él sólo lo había probado con su ex mujer y no sentía por ella más que una ligera tolerancia, ni siquiera simpatía, pero, por lo que había oído, los humanos eran más que capaces de mantener relaciones sexuales satisfactorias incluso entre desconocidos. Durante un tiempo, se había preguntado por que él no era capaz de encontrarle esa “gracia” que le veían los demás y había llegado a la conclusión inevitable: porque él no era humano.

    Los de su raza eran ferozmente independientes e individualistas. Habían evolucionado en un planeta hostil y lleno de peligros y privaciones, donde las asociaciones eran toleradas sólo como medio de supervivencia. Desde muy pequeños, los camaleónicos aprendían a valerse solos. Habituados a la posibilidad de tener que abandonar a los niños pequeños, a los ancianos o a los débiles, las relaciones familiares eran frías y distantes, y con frecuencia las parejas no vivían juntas. A raíz de mezclarse con otras razas y culturas, habían empezado a variar ese comportamiento, a practicar sexo recreativo y no reproductivo, y hasta a vivir en familia, pero eso no se había escrito para todos. Por lo que parecía, no se había escrito para él, y el pensamiento no dejaba de darle cierto orgullo. Los otros miembros de su raza podían hacer lo que quisieran, pero él seguía siendo un ejemplar fiel a los principios que les habían permitido evolucionar y conquistar el planeta y el espacio. Claro está, eso no significaba que no supiese reconocer un placer cuando lo tenía delante, como en aquél momento.

     La caricia del sol recorría sus miembros dejando en ellos una dulzura cálida y reconfortante. Después de tantos días en el espacio, era muy agradable y relajante. Tan relajante que, sumido en sus pensamientos, poco después se quedó dormido.

      Lo suficientemente lejos como para que no la delatase su propia respiración, pero a la vez lo bastante cerca para no perder detalle, invisible, estaba Queena contemplándole. Hacía mucho que tenía el capricho de ver desnudo al Justicia, y no acababa de creer que hubiera sido tan sencillo. No podía dejar de sonreír al mirarle. Como todos los camaleónicos, que tienen que gastar ingentes cantidades de energía en mantenerse calientes, el Justicia estaba muy delgado. Su cuerpo era un junco, carente de vello salvo en la cabeza, de apariencia casi delicada, aunque la joven sabía bien que no era así, y que aquellos miembros, frágiles en apariencia, escondían una fuerza sorprendente. El colmillo izquierdo de la mujer asomó por la comisura de sus labios, aunque nadie lo pudiera ver, cuando prestó atención a uno muy concreto de sus miembros. “Es muy probable que yo sea la primera mujer en ver eso desde hace más de una década”, pensó, divertida. Por lo que se decía en la colonia, nadie le había conocido relaciones al Justicia, dejando aparte la mujer con la que estuvo casado tiempo atrás. A las mujeres de Hierbabuena no les era indiferente; era atractivo pese a su nariz aguileña y sus cabellos aceitados, quizá lo que más le estropeaba era su poca prodigalidad en sonreír, pero era un hombre amable y educado, a su manera fría, pero cortés. No obstante, todas las intentonas de las mujeres de la colonia habían caído en saco roto. No sólo eso, es que, si le preguntaban a Gabro, él probablemente ni siquiera se hubiera dado cuenta de ello.

      “Yo misma he estado a punto de darme por vencida en alguna ocasión”, se dijo, sin dejar de comerse con los ojos la erección del Justicia. Le estaban dando muchos cosquilleos, así que se llevó las manos a los pezones y los pellizcó, conteniendo un gemido. Queena llevaba mucho tiempo interesada (¿encaprichada? ¿quizás incluso…?) en Gabro, y sin duda por lo antojadizo de su carácter, cuanto más frío era él, más atraída se sentía ella. En realidad, eso de echar las cartas o leer el futuro, era algo que, antes de llegar a la colonia, había pasado años sin hacer. Podía y le gustaba vivir sólo de vender sus propios perfumes y maquillajes, pero el ejercer una actividad de legalidad dudosa le aseguraba la perpetua atención del Justicia. Hacerle rabiar era divertido, y escapar de él le hacía permanecer en un juego de inteligencia permanente. Y era agradable darse cuenta de que, por más que siempre ganase ella, el Justicia no era en absoluto mal enemigo. La mujer sabía que Gabro se reprochaba sus derrotas contra ella, pero lo cierto es que, de no ser por su capacidad de hacerse invisible y expulsar gas apestoso, era probable que la ventaja no estuviese de su parte.

     “Vas a ser mío, Gabro. Quieras o no. Porque ya me encargaré yo de que quieras”, pensó, sonriente, mientras su mano derecha bajaba por su vientre y cosquilleaba su pubis. Queena, en ocasiones, había pensado que le era completamente indiferente al Justicia, y estuvo a punto de abandonar sus esfuerzos alguna vez, pero al final nunca lo había hecho, siempre había pequeños gestos que se lo impedían. Una mirada de excesivo triunfo cada vez que se dejaba coger. Una sonrisa demasiado feliz cada vez que ella volvía a la colonia. Largas conversaciones sólo con ella mientras la tenía encerrada, miramientos que no dedicaba a los otros presos, ni siquiera de sexo femenino. Y lo último, la reacción con el beso.

     Qué duda cabía que un beso por sorpresa afecta a todo el mundo, pero no era sólo eso. Era su paralización. No es que sus brazos hubiesen perdido fuerza, es que se quedó literalmente laxo durante más de dos segundos. Podía parecer poco tiempo, pero en alguien de reacciones tan veloces como un camaleónico, era un tiempo muy largo. Por no hablar de la mirada repentinamente embobada de sus ojos, y el tartamudeo posterior. “Le gusto”. Se dijo la mujer, acariciando su clítoris húmedo sin dejar de mirar al Justicia. “No lo quiere admitir, pero yo le gusto”.

     Los labios de Gabro se separaron ligeramente y su respiración se hizo regular. Se había dormido. Una traviesa tentación invadió la mente de la mujer. No debía… era casi como una violación… pero de todos modos se acercó, tomó una buena porción de loción floral entre sus dedos, y se acercó con todo cuidado a los pezones del durmiente. Antes de tocarle, un pequeño gemido se escapó de sus labios, y formó una palabra:

     —´ueena… — musitó, y la mujer ahogó un grito y retiró las manos de golpe, con tal rapidez, que las gotas de la loción describieron un arco y cayeron en el pecho del Justicia. De inmediato se alejó de allí, sintiendo sus mejillas coloradas como cerezas. Aquello hubiera pasado de travesura. No es que a Gabro le gustara, es que hasta soñaba con ella; sin duda estaba interesado en ella de verdad, y traicionar su confianza de aquella manera, no sería divertido. Estaría mal.

     En su tumbona, Gabro despertó con un inusual picor en su miembro. No sólo aún estaba erecto, sino que goteaba alegremente, y las lágrimas transparentes se escurrían por su tronco y le causaban unas cosquillas irresistibles, tenía ganas de frotarse hasta el orgasmo y sólo el recordar que algo semejante sería vergonzoso aún si no estuviera en público, le frenó. Pero lo terrible, era el sueño que había tenido. Su cerebro no había tenido mejor idea que proporcionarle una fantasía sexual de lo más explícita, pero además, ¡con ELLA! Queena se había colado en sus sueños y en ellos, él era el detenido.

     “¡Voy a hacerte confesar!” recordó que le decía, y le acariciaba los pezones con los suyos. Recordarlo hacía que le picasen e involuntariamente se los rascó. Estaban húmedos. Una sustancia aceitosa. La llevó a su nariz y olisqueó. Era el aceite de rosas. Si en todo su cuerpo el aceite se había absorbido ya, ¿cómo era posible que…? Una profunda sensación de indignación se apoderó de él, y se apresuró a cubrirse con la toalla.

     Queena. Había sido ella, se había atrevido no sólo a espiarle desnudo, ¡sino a tocarle mientras dormía! Sin duda eso había provocado su estúpido sueño, ¿cómo se había atrevido? Bien, ahora ya tenía otro cargo más que… No.

     Ahora no era Justicia, ¿verdad? Ahora estaba de vacaciones, no tenía porqué jugar con las reglas legales. Si ella quería hacerlo así, así jugaría él también. Sólo esperaba que Queena no anduviera aún invisible cerca de allí, porque su sonrisa maliciosa lo decía todo.


************


     —¿No te han dicho nunca que eres mágica? — preguntó el Justicia, y Queena sonrió de oreja a oreja. Cuando sugirió a Gabro cenar juntos, no pensó en que él aceptaría, pero además de aceptar, estaba resultando la mejor cena de su vida. El hombre era un prodigio de amabilidad, cortesía, caballerosidad, ¡y hasta le estaba echando piropos! — De veras. Me has hecho descubrir la relajación, la diversión… Yo era incapaz de darme cuenta de que existían más cosas en el mundo aparte de mi trabajo. Mañana, iré al taller de pintura. Me da igual que haya que pintar desnudos, lo haré.

      Queena le miró con arrobo. Después de su sesión de solárium, el Justicia había ido a buscarla con una gran sonrisa, y le dijo que se sentía maravillosamente. En Hierbabuena el clima era muy húmedo; incluso en verano era difícil encontrar más de una semana seguida de sol. Según él, el poder disfrutar de un sol tan intenso en todo su cuerpo, le había hecho un bien maravilloso, y no pensaba privarse de ningún placer que aquél bendito complejo turístico pudiese ofrecerle. A la mujer poco le faltó para aplaudir, y habían pasado una tarde de ensueño en las diversas piscinas del spa, el baño turco, la sauna… y en todos aquellos sitios, tan pronto como ella se despojó de la toalla, el Justicia no demostró el menor embarazo e hizo alegremente lo propio. Bien es cierto que ambos habían intentado mirarse sólo a los ojos, pero el esfuerzo de Gabro por vencer sus prejuicios era evidente, y Queena se lo agradecía. Sus ojos despedían chispas por él. Ahora, de nuevo ambos con sus respectivas toallas, estaban regalándose con la estupenda cena. Y Gabro no dejaba de rellenarle la copa una y otra vez.



      —Quizá me pashé con el licor un poquitín… — la voz de Queena era pastosa y arrastraba las sílabas, sobre todo las eses, letra que también estaría presente en sus pasos, de no ser poqrue el Justicia la tomaba de la cintura y la llevaba casi en brazos.

     —El licor está para eso — sonrió Gabro y tiró de ella hasta llevarla en volandas a la habitación. Mientras él abría con su huella, ella se le quedó mirando, toda sonrisas, ojos brillantes y coloretes, y antes de que pudiera impedírselo, se colgó de su cuello y le besó. Un beso largo, intenso, con sabor a licor de milflores y mushaté. La puerta de la suite se abrió, pero no tanto como los ojos del Justicia.

     —No creash que no shé qué pretendes — sonrió ella, con risa boba —. Me hash hecho beber para pensar que ashí mañana, no me acordaré de nada, y no podré preshumir de que te he hecho el amor. — se rio de nuevo — Ah, pillín, pillín, ¡no me importa! Me acodra… me acroda… bueno, no she me olvidará. ¿Y shabes por qué? Porque te quiero.

     Le besó la mejilla y sonrió. Afortunadamente, no pareció que ella esperase respuesta alguna, sino que entró tambaleándose en la habitación, y se dejó caer de bruces sobre la cama con un gruñido derrotado, y al momento empezó a roncar con suavidad.

      “Bien, llegó la hora”, se dijo el Justicia. “Donde las dan, las toman”, se dijo el Justicia. “Esto es una lección objetiva”, se dijo el Justicia.

     “No voy a ser capaz”, se dijo el Justicia.

     Él no era un hombre sensible. Seamos claros, su mujer le abandonó porque no había diferencia entre vivir con él o con una planta, no era alguien que se emocionase fácilmente. Ni que se emocionase, punto. Pero aquella declaración en la que ella pretendía que fuese él quien no se sintiese incómodo a la mañana siguiente, aquél “te quiero”, eran excesivos hasta para él. Aquello no era una travesura, no era la devolución de una broma. Era aprovecharse de una mujer que sentía algo por él. No podía.

     Con esfuerzo, giró a Queena en la cama para acostarla y, cuando esta se dio la vuelta, se le soltó la toalla, de modo que sus pechos quedaron al descubierto. Gabro no cerró los ojos lo bastante rápido y aquel pecho blanco y rosa, redondo y firme quedó grabado en sus retinas sin que pudiese evitarlo. Se volvió y arropó a la mujer con la colcha térmica, y él se tendió a su lado. Sabía que debía quitarse la toalla, era una guarrería acostarse con la prenda que había usado para secarse todo el día, pero no quería ni pensar en acostarse desnudo junto a la mujer, así que se la dejó. Apenas se acostó, Queena dio un gemido perezoso y se abrazó a él. Una sensación de horror le invadió cuando el brazo de la mujer le rodeó el pecho, pero lo peor fue notar que su pene se elevaba de nuevo, y él no podía hacer nada por evitarlo.

     “Soy un camaleónico”, pensó. “Soy frío, mi cuerpo está completamente bajo mi control, y éste no va a reaccionar si yo no se lo permito”. Se concentró en recordar nombres y modelos de armas clásicas para calmarse; Walter PPK, Browning P38, Beretta… por primera vez, se le ocurrió que los revólveres tenían cierta forma fálica y sin duda por eso, su táctica no funcionó. La tenía tan dura que el mero roce de la toalla le hacía temblar. De forma muy poco oportuna, recordó que llevaba muchos meses sin masturbarse. No era algo que precisase, y lo hacía con muy poca frecuencia; a diferencia de los humanos no tenía poluciones nocturnas porque, con el gasto energético que suponía para él mantener el calor, su cuerpo no almacenaba recursos que no fuese a utilizar de forma inmediata, de modo que no almacenaba esperma. Pero ahora mismo, notaba los testículos hinchados y pesados como si tuviera dos litros de semen en ellos.

     Queena se pegó más aún a su espalda y Gabro fue consciente de la caricia de sus pechos, blanditos y calientes. Cerró los ojos para buscar el sueño, pero fue peor; privado de la vista, su cuerpo se centró en las sensaciones táctiles. En medio de un ronquido suave, la mujer abrazó con la pierna también, y su muslo rozó la erección del hombre. El Justicia tembló de pies a cabeza, ¡qué gusto! Era una calidez deliciosa, ¿por qué daba tanto gusto? ¡Era delicioso! ¿Se había sentido así alguna vez? No. Desde luego que no. “Vacaciones… ¡ja! ¡Nunca más abandonaré Hierbabuena, con su lluvia, sus tormentitas, su mal tiempo y su trempe… su temperatura, que jamás sube de 25º! El calor es cruel, le hace cosas horribles a mi cuerpo”, pensó, fantaseando con una ducha fría. Pero apenas intentó moverse para salir de la cama, Queena gimió una protesta y le atenazó contra ella, y su muslo volvió a rozar… haaaaaaaaaaah… si no quería manchar la cama, era mejor que se estuviese quietecito.

     Estaba sitiado en la orillita de la cama, apresado sin poder moverse, con los ojos como platos y un feroz dolor en los testículos que, muy poco a poco, pero no dejaba de aumentar. Si le esperaban seis o siete horas más así hasta la mañana, no estaba seguro de llegar vivo a ella. Trató de contar ovejitas, a ver si lograba dormir, pero al llegar a la centésimoprimera ovejita, tuvo que convencerse de que nunca había estado tan despierto en toda su vida. Y en ese preciso momento, quién sabe por qué, a Queena debió entrarle nostalgia de su infancia, porque sus labios encontraron el lóbulo de la oreja del Justicia y, después de acariciarlo suavemente con su respiración, lo tomaron entre ellos y empezó a mamarlo con delicadeza.

     El escalofrío que recorrió el cuerpo de Gabro fue tan potente que hasta Queena protestó, pero no sólo no se separó un milímetro, sino que le pegó un cálido lametón en la oreja y le hizo poner los ojos en blanco. ¡Por la Diosa…! ¿Desde cuándo eran tan agradables un simple abrazo y un beso, por muy desnuda que estuviese la abrazadora? ¡No era justo! Cayó entonces en que él aún llevaba la toalla, y… “Si me alivio, mi vergüenza no caerá en la cama, sino en una toalla que ya está sucia y podré cambiar mañana sin que ella me vea”, pensó. Y era fácil hacerse una idea de lo necesitado que estaba, si tenemos en cuenta que no se lo pensó dos veces; en el acto se echó mano a la erección, abrió la toalla y apenas sus dedos rozaron el ansioso glande, una corriente de placer hizo que se le escapase un gemido del centro del alma.

     Ahora sí que se centró en las sensaciones. El suave roce de las tetas de Queena en su espalda, su pierna sobre las suyas, su pie en sus pantorrillas, el delicado calor que desprendía, y la lengua de la mujer acariciando su lóbulo, sus labios apretándolo suavemente, sus caderas frotándose contra él… Espera, ¿qué? Sin dejar de sacar y esconder la sensible punta en su propia piel, notó que la mujer ya no respiraba acompasadamente como hacía poco rato, sino en inspiraciones largas y profundas, y sus caderas se movían. Su pubis se frotaba contra él, de no ser por la toalla (maldita la hora en que NO se la quitó), se frotaría directamente contra sus nalgas. “Se está dando placer con mi cuerpo…” pensó, con un mar de cosquillas entre las piernas. “Debería despertarla y frenarla”, se dijo. “Esto no es correcto, no está bien”. El movimiento rítmico de la mujer acabó por bajarle la toalla y notó el cálido (tórrido) roce de su piel desnuda en el final de su espalda. El aire se le escapó del pecho en un golpe casi doloroso, pero el calor húmedo que notaba tan cerca de sus nalgas le daba un bienestar maravilloso. “Tengo que pararla. No somos pareja, no deberíamos hacer algo así, no está bien para ninguno de los dos, está mal… haaaaaah, qué dulce, ¡qué dulce!”.

     En medio de aquél exquisito tormento de cuerpo y mente podría el Justicia haber pasado horas y horas, pero Queena soltó un gemido algo más fuerte y pareció que intentaba pasar por encima de él. Gabró se llevó un buen susto al pensar que ella se despertaba, e intentó enrollarse en la toalla y taparse para dejarla pasar, pero ante su sorpresa, la mujer no salió de la cama. Le montó.

     —¡Queena! — el grito le salió sin poderse contener, sólo de milagro no le había ella metido hasta el fondo, sino que se montó sobre su vientre, pero el susto se lo llevó igual. La mujer levantó una cara de ojos entornados y fijos, inexpresivos, y empezó a hacer movimientos inequívocamente sexuales — ¿Queena? ¿Estás dormida?

     Como es lógico, la mujer no contestó, siguió saltando y gimiendo, pero no dio muestras de haber oído al Justicia. “Sonámbula. Encima es sonámbula”. El sabía de oídas que no había que despertar bruscamente a un sonámbulo, así que intentó hacerlo lo más despacio que pudo, y le frotó los muslos (suaves, cálidos).

     —Queena… Queena, despierta — susurraba, subiendo un poco la voz. La mujer se quedó de pronto quieta y emitió un “¿hmmm?” al tiempo que sus ojos parecían enfocar. Miró a su alrededor. Miró frente a sí. Y una expresión de horror absoluto creció en su rostro. Abrió muchísimo los ojos, la nariz y la boca.

     —¡AAAAAAAAAH…mff! — Gabró la tumbó de lado y le tapó la boca.

     —¡No grites! ¿Quieres que venga alguien del hotel y nos pesque… así? — Queena asintió, con la cara tan colorada, que quemaba la mano del Justicia, que éste apartó.

     —Oh, Salvaje, buen Salvaje… ¡te he violado! ¡Te he violado! ¡Yo no quería, Gabro, te juro que no era consciente! ¡Lo siento!

     —Lo sé, no importa. No importa esta vez.

     —¿Qué quieres decir?

     —Esta tarde. El solárium — Queena se subió la colcha hasta los ojos. — El aceite de rosas se había secado en todo mi cuerpo, ¿por qué iba a seguir húmedo en mis pezones? — sonidos inarticulados amortiguados por la colcha — ¿Qué?

     —¡Que yo ni te toqué! ¡Iba a hacerlo, pero retiré las manos tan deprisa, que me gotearon, ¿y quieres saber por qué?! Porque dijiste mi nombre en sueños. — Queena se quitó la colcha para contestar, y el Justicia resopló.

     —El caso, Queena — ¿por qué le gustaba tanto decir su nombre? — es que podría colocarte un cargo de abuso sexual y acoso sólo por intentarlo. Pero no lo voy a hacer — la mujer le miró con tal sonrisa de ternura, que el Justicia sintió dolor, un dolor maravilloso y dulce que estaba seguro de no haber sentido nunca. — He visto que estás muy arrepentida, y eso a mí me basta.

     La mujer le abrazó la cara con ambas manos y pareció achicharrarle con los ojos.

     —Gracias — Trató de atraerle hacia ella, y Gabro casi cedió, pero al momento se detuvo con decisión.

     —No. Queena, no esta bien que me beses, ni que… ¡yo vine aquí a detenerte! Tú eres, no te ofendas, pero eres una estafadora, y yo un Justicia. Vine a detenerte, y sólo me quedé porque me prometiste que vendrías conmigo retenida a la colonia. Esto no es ético.

     —¿Qué no es ético? ¿Que nos acostemos, o que yo también te guste?

     —Ambas co… ¿Qué quieres decir con “tú también”? ¿Cuándo he dicho yo que tú me gustes?

     —Huy, un montón de veces, queridito. No, no resoples así, lo has hecho, sólo que no te dabas ni cuenta. Todas esas veces que dejabas de lado otros asuntos sólo para venir tras de mí…

     —¡Porque impedirte seguir estafando era prioritario!

     —¿Y todas las charlas que teníamos en las celdas, mientras ignorabas a los otros presos?

     —Porque a ti hay que tenerte vigilada, ¡en cuanto me daba la vuelta, te fugabas!

     —¿Y tu tartamudeo tan dulce cuando te robé aquél beso?

     —A cualquiera le pesca de sorpresa que una mujer que le odia, le pegue un beso de golpe.

     Queena parecía emocionada, y su voz tembló ligeramente al contestar:

     —¿Crees que yo te odio?

     —Tú odias todo lo legal, ético y moral. — Gabro la amonestó con el dedo índice, dándole un toquecito en la nariz a cada palabra de la enumeración. Queena sonrió y besó aquél dedo, y él lo apartó como si su boca quemara.

     —Yo no te odio — contestó, cariñosa. Le abrazó por la nuca y el Justicia puso los ojos en blanco; la ola de calor era demasiado agradable —. Yo sólo quería divertirme y que me prestaras atención, y el permanecer fuera de la Ley era la única forma de conseguirlo.

     Gabro se asombró.

     —¿Me estás diciendo que, en lugar de hablar conmigo como una persona normal, te hiciste una delincuente sólo para llamar mi atención?

     —Reconoce que funcionó, ¿habrías ido a buscar a alguna otra mujer a la otra punta de la galaxia? — Gabro se quedó mudo un momento, pensativo. Y aprovechando su vacilación, Queena le atrajo hacia ella y le besó.

      El Justicia intentó separarse. O al menos eso le gustaba pensar. En realidad, sólo se sorprendió del tirón, pero apenas sus labios tocaron los de Queena, no intentó nada, salvo devolver aquélla caricia lo mejor que supiera. Que no era mucho, pero voluntad, le puso.

     “No puede ser” le dijo su cerebro, empeñado en continuar una lucha inútil, derrotado antes de empezar, pero insistente. “Yo odio todo lo relativo al contacto físico, soy un camaleónico orgulloso de mi frialdad, a mí no me gusta que me besen, ni que me abracen”. Pero por más que pensase aquello, su cuerpo se dejó dócilmente tumbar, abrazar, y acariciar, y cuando Queena volvió a montarle, le pareció estallar de felicidad. Si su polla tuviese manos, hubiera batido palmas.

     —Cuánto te he deseado — susurró ella, a la vez que se frotaba contra polla, bañándola en jugos cálidos, buscando la entrada entre deslizadas de tanta suavidad que daban ganas de llorar de felicidad —. Siempre pensé que, cuando llegase este momento, te chuparía, te acariciaría y te haría muchas travesuras, ¡pero no puedo aguantar más!

     Gabro dejó escapar el aire en un gañido que le rasgó el pecho, y se agarró a las caderas de su compañera, ¡estaba dentro! ¿Cómo era posible que nunca hubiera gozado así con su ex mujer? (Quizá porque nunca me entregué realmente, quizá porque a ella siempre la di por sentada. Queena es una delincuente y cada vez que se iba, pensaba que no iba a volver… que no la volvería a ver). El coño de Queena era un paraíso de calor y humedad, pero lo mejor era la mirada de infinita ternura que emitían sus ojos.

      —Haaah… sí, agárrame así, ¡me vas a atravesar la carne! — Gimió la mujer y Gabro estuvo a punto de quitar las manos de sus caderas, pero ella le hizo dejarlas allí, y le animó a apretarla más aún. Los dedos delgados del Justicia se hincaban en sus nalgas temblorosas hasta dejar marcas rojizas en la piel, y la mujer se extasiaba en los regueros de calor y placer que producían esos agarrones.

     “No podía imaginarme que fuera así”. Gabro gemía sólo con la garganta, con la boca cerrada, temeroso de gritar, de soltar en chillidos su placer. “Tan húmedo y caliente, tan suave, ¡tan dulce!”. Su polla estaba encantada, apretada en un lugar ardiente y acogedor, guardado y abrazado con infinito mimo, rodeado de seda. Cada restregón del coño de la mujer sobre ella le recorría desde el glande a los testículos en un picor cosquilleante, un zumbido de placer sencillamente perfecto, que le hacía derretirse de gusto. Aún su cerebro quería hacerle pensar en qué pasaría mañana, qué tipo de relación iban a llevar… pero el mañana iba a tener que cuidarse solo, ahora mismo era momento de saborear, de sentir y gozar, algo que en realidad -como se demostraba- nunca había hecho.

     —Me encantaaa… ¡me encantas! ¡Me encanta botar sobre ti! — Queena no sólo sentía su cuerpo lleno del Justicia, también su clítoris se frotaba contra él. Una quemazón exquisita, asombrosa, combinaba ambos placeres y la hacía estremecerse, con sus tetas botando libremente mientras ella se mecía cada vez con mayor rapidez.

     Fue consciente de que Gabro temblaba, que sus gemidos roncos subían de tono, y que separó las manos de ella para agarrar la colcha en convulsiones. Se iba a correr, ¡se iba a correr en su coño! ¡Le iba a dar El Placer! El pensamiento la hizo gritar y reír, y su placer se desbordó. Un golpe de alegría y gozo por igual, y una oleada de dulces sensaciones se cebó en su interior una y otra vez, contrayendo su interior en éxtasis, dándole goces inenarrables, un baño de saciedad y ternura, de calma deliciosa, de agradable placer colmado por todo su cuerpo.

     Gabro tuvo ahora que abrir la boca para gemir, o se hubiera ahogado, ¡le estaba apretando dentro de ella! Sus puños se crisparon en la sábana y un poderoso estallido de gozo le hizo temblar y estremecerse de pies a cabeza, a la vez que su polla se vaciaba en ella… ¡Diosa! ¡Podía sentir las contracciones de su polla al vaciarse, el semen siendo bombeado con pasión, el delicioso placer final que lo coronaba todooo…! Y la mano de Queena que acarició su brazo hasta la muñeca, buscándole la mano. Se la agarró con fuerza, con los dedos entrelazados, y la apretó.

     El Justicia no supo cuánto tiempo estuvieron fusionados, mirándose a los ojos, acariciándose y besándose las manos y, por fin, abrazándose y estrechándose. Sólo supo que, más tarde, cuando ella de nuevo se quedó dormida abrazada a su pecho y con una pierna rodeando las suyas, ya no le parecía en absoluto una tortura.


*************


     Queena y Gabro pasaron juntos una semana de ensueño, disfrutaron de los spas, juegos, deportes, del calor del sol y de la mutua compañía. Gabro no quería ponerse sentimental, pero no podía evitar pensar que la frialdad de su raza era algo a lo que había que ponerle muchos peros. Era cierto que la cultura camaleónica promovía el individualismo, incluso el egoísmo, bajo la premisa de que las relaciones siempre implican que una parte se aprovecha de la otra y que la soledad es menos dolorosa que la compañía ante casos de muerte, abandono, etc. Y qué duda cabía que podía haber sido práctico en ocasiones en un planeta hostil. Pero ciertamente, había dejado de serlo ahora.

     —Ay… ¡cuánto voy a echar de menos Nude Heaven! — suspiró Queena, ya vestida, ambos en la Preciosidad, dispuestos a volver a Hierbabuena.

     —Bueno, yo no he terminado de gastar del todo mis vacaciones — dijo Gabro — Siempre podemos volver.

     Queena sonrió, le echó los brazos al cuello y le besó. El Justicia devolvió el beso, acariciando los brazos de la mujer hasta las muñecas “Como yo le hice en nuestra primera vez”, pensó ella, e intentó tomarle de las manos, pero algo se lo impidió. Tenía las muñecas esposadas en un campo de fuerza.
     —¡Oh! — gritó, indignada — ¡Esto es una mala pasada, una traición!

     —Tú misma me dijiste que dejarías que te detuviera — sonrió el Justicia, malicioso. — Sólo quiero asegurarme de que no se te olvida.

     De mala gana, Queena se sentó en el sillón del copiloto con cara de indignación, y a Gabro le dio pena.

      —Tenemos casi otra semana de viaje por delante, no te lo tomes a mal. Seguro que podemos hacer muchas cosas con esas esposas — sonrió.

     Queena le miró. No, no le miró. Más bien le congeló con una mirada tan cargada de frialdad, que hubiese extinguido todo el anisakis de doce restaurantes de sushi. Pero apenas un segundo más tarde no pudo evitar echarse a reír.

     —Claro que sí — dijo, y pulsó un botón. Un parpadeo de chispas, y el Justicia se encontró fuera de la nave, sentado sobre el aire, y se cayó de culo, a tiempo para ver a la Preciosidad ponerse marcha y elevarse.

     —¡Eh! ¡Alto! ¡No puedes dejarme aquí, no sale ningún transporte hasta dentro de ocho horas! ¡Detente!

     La ventanilla de la nave se abrió y la cara sonriente de Queena se asomó:

     —Dije que me dejaría detener, ¡pero nadie dijo durante cuánto tiempo permanecería detenida!

     Su brazo se movió para decirle adiós, y se elevó definitivamente. Gabro se quedó con cara de tonto, hasta que se miró las manos y vio sus propias esposas en ellas.

     —¡Será…! ¡No me teletransportó fuera, teletransportó toda la nave y las esposas! — una parte de él quiso enfadarse. A otra se le escapó la sonrisa. Y luego la risa, y enseguida una carcajada que le hizo reír hasta que se le saltaron las lágrimas.