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domingo, 3 de junio de 2018

Infeliz el impío.


“Infeliz el desterrado, que carece de amigos, que aún sus padres le echarán del nido, que en ningún lado tendrá aliados, y sólo verá por doquier enemigos. Pero más, mucho más infeliz el impío. Dueño de nada, negado de todo, pues no puede su carne atravesar la de otro. Sin vida, esclavo, privado de todo, para él el placer será doloroso, y el fuego persigue su intento de gozo. Dueño de nada, privado de todo, no puede su carne atravesar la de otro. Infeliz el cazado, infeliz el perdido, pero más, mucho más infeliz el impío…”


     Es difícil decir cuándo empezó. Teóricamente, empezó aquélla noche en la que Violeta lanzó la piedra, pero también pudo empezar aquélla tarde en la que Kápsimo salió a tirar la basura en calzoncillos, o incluso aquélla noche en la que una niña empezó a dejar un cuenco de pan y leche en la ventana. Sea como fuere, la historia empezó en un punto indeterminado, pero siempre a través de la mirada de unos ojos de color violeta.

      “Igualitos que los caramelos de lilas”, pensó Kapsi, que no sería muy ducho en poesía, pero era un gran amante del dulce. La veía todas las mañanas desde la ventana del salón. Su tío solía volver bien entrada la madrugada y, una vez acostado, el joven quedaba libre de dedicarse a lo que le apeteciera. Y lo que más le apetecía, era parapetarse en el arcón que había bajo la ventana, tras el visillo blanco, y esperar hasta que aparecía. Era desgarbada y no muy alta, parecía de su edad. Menuda, casi flaca, con largos cabellos oscuros enmarcando una carita fina y pálida. Siempre llevaba ropas de colores oscuros; pantalón vaquero, deportivas negras, el abrigo verde que parecía una chaqueta militar, y la carpeta negra sobre el pecho. Solía caminar mirando al suelo, de modo que los cabellos le caían sobre el rostro, así que Kapsi se pasó días y días soñando con el aspecto que tendría. Cuando una mañana sopló un oportuno golpe de viento, la realidad superó todas sus expectativas.

     “Son como el agua de lavanda del tío”, pensó. La chica del fondo de la calle, como él la llamaba, era bonita, y eso ya lo había sabido él antes de verla. Pero lo que nunca se le hubiese ocurrido imaginar, es que tuviera unos ojos tan peligrosamente lindos. Peligrosos para él, que no podría jamás dejar de pensar en ella. Peligrosos para ella misma, que quién sabe qué atención podría llamar con esos faroles en la cara. Peligrosos para el tío, peligrosos para su forma de vida y su seguridad. Pero, aun así, no podía dejar de mirarlos.

     Aquello había sucedido un par de semanas atrás. El tío Tánaso ya había notado que alguien había conquistado el interés de su sobrino, pero sabía que los gustos del chico eran volubles y casi siempre vulgares, de modo que no le prestó más atención de la habitual, y aún se mostró aburrido cuando se dio cuenta de que Kapsi pretendía hablarle de ello:

     —Creo que deberíamos mudarnos, tío — sonrió el joven mientras le preparaba la cama —. Hay una chica en el barrio.

     —Kápsimo querido, ¿no llevamos aquí medio año y ya te has encaprichado de otra? Allí donde vayamos, siempre va a haber chicas. En lugar de huir de ellas, debes aprender a tolerarlas.

     —¡Pero tío, esta no es como las otras, esta…!

     —Esta es una una chica como cualquier otra, hijo — interrumpió Tánaso. El tío tenía la voz de alguien tan intrínsecamente habituado al mando, tan imposibilitado para concebir que alguien no le escuchase que, si se hubiese puesto a hablar en un estadio de fútbol, en menos de cinco minutos el público estaría pidiendo a los jugadores que no armasen jaleo y les dejasen oír. —. Y ya te he mimado bastante accediendo a que nos mudemos cada vez que una cara bonita o un par de tetas te causaban picores. Es hora de que madures y te hagas a la idea de tus responsabilidades. Si seguimos dejando que te alejes de las tentaciones, no te curtirás nunca. Mírate… ¿quieres seguir siendo un impío toda la vida?

     —No, pero…

     —Pero nada — El tono de su tío era siempre acariciador, siempre tranquilo, pero Kapsi sabía cuándo una conversación se había terminado. —. Me gusta esta ciudad y me gusta este barrio. Me gusta mi trabajo y me gusta vivir aquí. Y mientras me siga gustando, nos quedaremos aquí.

     ¿Qué podía hacer Kapsi, sino asentir? Claro, para su tío era muy fácil, él podía hacer lo que le viniese en gana y, cuando le gustaba alguna chica, le bastaba con ir a por ella y cogerla, pero a Kapsi no. A él, eso le estaba vetado. En tanto que impío, estaba obligado a permanecer virgen. Por la cuenta que le traía.

     Que él supiera, era el único de sus hermanos y primos que seguía siéndolo, y eso implicaba soportar mucho cachondeo. Al tío Tánaso eso le venía de maravilla, porque así tenía un sirviente personal del que no tenía en absoluto que preocuparse por cuidar, pero el pobre Kapsi iba cada día más quemado. Sólo esperaba que, al menos, su tío no se percatase de la existencia de la joven. Ya sería restregárselo demasiado.



     Avanzaba la tarde y hacía frío. Su tío pronto se levantaría para ir a trabajar, y Kapsi estaba fastidiado. El cambio de hora invernal le disgustaba, porque implicaba menos tiempo libre para él, y más tiempo bailando el agua a los caprichos de su tío, “Kápsimo, no me has planchado bien los pantalones, la raya está torcida, ¡hazlo otra vez! Kápsimo, no me has afeitado bien bajo la barbilla; Kápsimo, mis zapatos no brillan bastante.” Kápsimo aquí, Kápsimo allá… le iba a gastar el nombre, pensó. Mientras echaba una mirada a la casa, para asegurarse de que todo estaba en orden, decidió encender la tele un rato, quedaba casi una hora para que su tío despertara. A éste no le gustaba la televisión, decía que era diversión para ineptos y gentuza sin criterio, pero a él, que se pasaba los días metido en casa, que sólo podía salir para hacer recados, y que sólo contaba con los libros que le permitía su tío, le entretenía muchísimo. Fue cambiando de canales, hasta que las imágenes de varias personas gritándose llamaron su atención:

     “¡Para esto, no es suficiente con tener las tetas grandes! ¡Eres una víbora! No sé qué vamos a hacer, cómo saldremos adelante… ¡Este antro da vergüenza ajena! ¡Es machismo!” Decía la televisión, mostrando a diferentes personas y a varias chicas de grandes pechos en camisetas de tirantes. “Hoy, en Pesadilla en la cocina, el Chef Ramsay tendrá que enfrentarse no sólo a una cocina pobre y a una dirección sin rumbo, también a camareras que se creen modelos, a feministas ofendidas y a familias escandalizadas. Probablemente, el reto más delicado asumido por el chef, en el restaurante “¿Muslo o Pechuga?”.”

     Kapsi sonrió, travieso. El programa parecía de lo más interesante. Miró por la ventana para vigilar la luz. Sí, aún tenía tiempo, así que se quitó los pantalones para estar más cómodo y se metió la mano en los slips blancos.

     —Estoy en una de las zonas playeras más turísticas de California — seguían diciendo en el televisor, y Kapsi jugueteaba con su miembro, aun blando, disfrutando del suave cosquilleo inicial, y susurrando “vamos… enséñame algo interesante” —. Aquí veranean miles de familias, es un buen sitio para abrir un restaurante, pero no creo que sea la mejor idea abrir un restaurante erótico. Oh, Dios, “¿Muslo o pechuga?”. Parece un poco básico.

     A Kapsi también se lo parecía, pero a él eso le encantaba. Todas las camareras se paseaban en shorts que casi eran un tanga y en camisetas de gran escote redondo, algunas de tirantes, otras de efecto roto. Al cámara parecía gustarle tanto como a él, porque no dejaba de regalarle primeros planos. El joven, siempre con ganas, necesitaba mucho menos que eso para alegrarse. En menos de un minuto, el jugueteo de su mano se había convertido en un bombeo frenético y el cosquilleo, en fuertes olas de placer que le hacían estremecerse hasta el ano. Su mano volaba dentro del calzoncillo a toda velocidad, sus piernas se ponían tensas y su respiración era un jadeo. El zumbido cosquilleante le recorría la polla cada vez con mayor intensidad, y la tela del calzoncillo le acariciaba el glande. Luchaba por tener los ojos abiertos para no perderse a las chicas, pero los escalofríos de gusto se los cerraban a cada momento. En ese instante, enfocaron a una camarera que se quejaba de algo; Kapsi no la oía, sólo la miraba. La joven gesticulaba y sus tetas se movían dentro del escaso top. Tenía los pezones erectos, se le notaban.

     “No lleva nada… No lleva nada deba… aaah… haaaaaaaaaah…”. Sus nalgas se contrajeron y le hicieron dar varios brincos en el asiento, mientras una sensación dulcísima le bañaba de pies a cabeza y le dejaba derrotado. Un manchurrón apareció en su ropa interior, y un par de gotitas blanquecinas brillaron en la tela y se escurrieron, a la vez que una gran sonrisa se abría en la cara de Kapsi. Su imaginación le había pensar en La chica del fondo de la calle, en que fuese ella la dueña de aquéllas hermosas tetas y le abrazase cariñosamente la polla entre ellas hasta regarlas con su esperma, mmmmmh… Le gustaría montarse fantasías de penetración, pero esas no sólo estaban fuera de su alcance, sino que además no le proporcionarían ningún placer, sólo un gran dolor. Era preferible fantasear con, dentro de lo que cabía, lo posible.

     —Más te vale que me desinfectes el sofá — Kápsimo pegó un brinco y se le escapó un chillido agudo, e intentó taparse o subirse los pantalones, pero sólo atinó a cubrirse con un almohadón —. Y también ese cojín.

     —¡Tío… tío, no es… verás, iba a…! ¡A cambiarme de ropa, eso es! Y… y puse la tele, empezó el programa, y me distraje…

    —No te humilles más aún y sal a tirar la basura, pequeño inútil. — Era como una corriente de hielo en la espalda, pensó Kapsi. No como los escalofríos divertidos de un cubito, sino como una congelación incapacitante, un frío de muerte que se expandía por su columna y dejase sólo dolor; así eran la voz del tío Tánaso y su gesto de asco.

     Agachó la cabeza y obedeció. Ya estaba en la cocina cuando se dio cuenta de que había olvidado en el salón sus pantalones, pero no le pareció juicioso volver a buscarlos. “Bah, a fin de cuentas, será sólo entrar y salir, nadie me va a ver”, se dijo y apañó las dos bolsas. Podía haberse acordado de sacarlas antes, ojalá se hubiera acordado. Su tío tenía un olfato de lobo, sin duda había olido la basura aún antes de salir de su alcoba. Que le reprochase un error en la casa, aunque era malo, podía aceptarlo, pero ¡siempre tenían que pescarle cuando se tocaba un poco! Kapsi pensaba que formaba parte también de ser un impío, aunque nadie se lo hubiera mencionado expresamente. Muchos años atrás, en su infancia, ya la primera vez que se dio cuenta que el darse tironcitos producía cosquilleo, su madre le pescó. Y desde entonces, no recordaba una vez en que le hubieran dejado terminarse una paja a gusto. Y quien dice eso, dice cualquier otro fallo. Sus hermanos, sus primos, todos cometían errores, haraganeaban u “olvidaban” hacer cosas, pero siempre era a él a quien descubrían. Siempre.

     —Bonitos calzoncillos.

     —¡AH! — Kapsi pegó un respingo y se tapó detrás de uno de los cubos. La chica le miró a los ojos, y el joven sintió que su cara despedía fuego. Ya era bastante malo que le hubiese visto alguien, pero además había sido precisamente ELLA. La chica del fondo de la calle. La chica de los ojos violetas. Su cerebro, tan poco oportuno como cualquiera de sus parientes, le recordó que hacía menos de un minuto la había imaginado entre sus piernas, abrazándole la polla con las tetas y exprimiéndole hasta sacarle la leche. Sintió con horror que su miembro quería alzarse de nuevo, y si sólo de él hubiera dependido, hubiera salido volando de allí en aquél momento. Pero la mirada de la joven, esa mirada violeta llena de simpatía, quizá algo traviesa incluso, le tenía preso. Buscó a la desesperada algo que decir, pero no se le ocurría absolutamente nada. La chica sonrió. Ella no parecía incómoda.

     —Me llamo Violeta — dijo —. Tenía ganas de pescarte fuera de tu casa. Veo cómo me miras todas las mañanas cuando voy a la Universidad, pero entonces voy siempre con el tiempo justo. Y por las tardes, no te veía ya. He preguntado por ti a mucha gente, pero nadie parecía conocerte. ¿Cómo te llamas?

     En aquél momento, Kapsi no tenía corazón, tenía un solo de batería oligofrénico. Tuvo que hacer el esfuerzo varias veces antes de lograr hablar.

     —Kápsimo. Kapsi, para acortar.

     —Es un nombre bonito. Nunca lo había oído. — Ella había esperado pacientemente, sin el menor gesto de extrañeza, y eso le dio algo de valor para continuar. Se apoyó en la tapa del cubo, mientras intentaba ignorar que tenía que permanecer algo alejado de él, si no quería atravesarlo con la erección.

     —Vivo aquí con mi tío. He salido a tirar la basura. Me estaba poniendo el pijama, pero mi tío no tiene espera, por eso salí así. — “¡AAAAAH, me estoy comunicando! ¡Estoy hablando con ELLA! ¡AAAAAAAH!”, pensó. Si a eso se le podía llamar pensar, lo que daría para un interesante debate, pero que no tiene cabida aquí.

     —A mi abuela le pasa igual, todo ha de ser dicho y hech…— Violeta se quedó con la frase en el aire y miró hacia la puerta principal de la casa. Kapsi no necesitó mirar. Ya sabía quién estaba allí.

     —Buenas tardes. — Su tío sonreía por un lado de la boca.  Con el ondulado cabello negro, los ojos azules y la nariz recta, ofrecía un grotesco contraste con su sobrino de grasientos cabellos rubios que crecían en su cabeza como un pajar revuelto, su piel paliducha con espinillas rojizas del tamaño de monedas de dos céntimos y su nariz torcida. Por no hablar de que éste iba en camisa marrón vieja y desplanchada con marcas de sudor en los sobacos, y los calzoncillos (no muy blancos) que olían al pequeño desahogo de hacía un momento, mientras que su tío llevaba una camisa plateada abierta hasta el pecho, pantalones negros que le hacían parecer aún más alto, y todo en un perfecto estado de revista. Cualquiera se daría cuenta de hacia dónde se inclinaba la balanza, pero Tánaso no se distinguía por su sentido de la compasión:

     —Kápsimo, no seas grosero; preséntame a esta encantadora señorita. — sonrió y bajó los escalones de la entrada tendiendo la mano a la joven, pero ésta le miró con suspicacia y dio un paso atrás.

     —No se moleste. A usted no tengo demasiadas ganas de conocerle, si no le importa. Adiós.

     Se dio la vuelta y se marchó, con su respingona naricilla elevada en gesto de indignación. Tánaso la vio marchar con sorpresa primero, pero enseguida sus puños se apretaron de ira y sus mandíbulas casi rechinaron, ¿pero quién se creía que…? El sonido de una risilla ahogada a sus espaldas, fue la guinda. Se volvió lentamente.

     Kápsimo no podía creer lo que acababa de pasar. Aquello había sido un desaire directo. Más que eso, ¡habían sido unas calabazas con todas las de ley! ¡A su tío le había fallado un acercamiento por primera vez! Que él supiera, no había pasado nunca, y su tío se había quedado sin habla, cosa que tampoco antes había ocurrido nunca. Por más que intentó contenerse, no lo logró: se le escapó la risa. Y claro, su tío Tánaso, ofendido, frustrado y con ganas de pagar esa frustración con alguien, le oyó. “Esta noche tendré que dormir boca abajo. Y en unos cuantos días no podré sentarme”, pensó. Y cuando su tío le sonrió cariñosamente, le tomó por los hombros y le pellizcó una mejilla, se corrigió. “Quizá sean un par de semanas”.



     Aquélla noche, Violeta hizo algo que llevaba más de diez años sin hacer: subió al ático de su casa y miró por la ventana. Desde allí se dominaba casi toda la calle, y podía ver la casa de Kapsi. El chico le había gustado. Le llevaba gustando casi desde la primera vez que le vio, mirándola. Parecía tan solitario, tan retraído, tan tímido como ella. Violeta había perdido a sus padres siendo niña, tanto que apenas los recordaba. Carecía de hermanos y sólo su tía abuela pudo hacerse cargo de ella, una mujer tan mayor que a veces no se sabía con exactitud quién cuidaba de quién, pero lo peor no era eso. En realidad, la anciana nunca había sentido el menor cariño hacia la pequeña, hija de su sobrino favorito con una mujer que ella siempre desaprobó, y no se molestó en ocultarlo a la niña.

      Acostumbrada desde muy pequeña a los gritos y las censuras, Violeta no pudo jamás tener amistades. Todas eran ahuyentadas por su horrible abuela, y nada ansiaba más la pequeña que tener un amigo, un solo amigo. Recordó aquél verano en que leyó que uno podía dejar pan y leche para los pájaros, y empezó a dejar un cuenco en su ventana todas las noches, con la esperanza tener al menos la compañía de los animales. Jamás vio a ningún pájaro, no importaba lo mucho que intentase velar, pero a la mañana siguiente, el cuenco estaba siempre vacío, y eso la llenaba de ilusión. Hasta que su abuela lo descubrió.

     La vieja le gritó y la llamó “mocosa ingrata” por desperdiciar así la leche que tanto costaba. Le dijo que los pájaros eran ratas con alas que transmitían enfermedades y arrojó el cuenco por la ventana. Violeta se echó a llorar y permaneció llorando mucho rato, mucho después de que su abuela amenazase con sacarla a pasar la noche fuera si no la dejaba dormir. Debía ser ya de madrugada cuando oyó ruidos al pie de su ventana. Ruidos de succión, como si alguien sorbiera con pajita.

     Se asomó a la ventana, y lo vio. Al principio no supo qué era, parecía un paraguas plegable pequeñito que se moviera solo, pero enseguida reconoció a su visitante nocturno, ¡un murciélago! Un murciélago pequeño, negro y rojo, que se comía el pan reblandecido y sorbía la leche del cuenco de plástico. Violeta se quedó embelesada mirándolo. Al menos, aunque sólo fuese por una vez, había podido ver quién se había estado comiendo el pan y la leche.

     Esa tarde se había sentido un poco como en aquella ocasión. Kapsi había sido como el murciélago pequeñito, hasta le parecía que se lo recordaba un poco. Y apenas había logrado verle y hablar con él, aparecía aquél desagradable tío suyo, como en su día la vieja, que pretendía fastidiarlo todo. Sí, qué duda cabe que el tipo era atractivo, mucho, pero, ¿no se daba cuenta de que molestaba? ¿No tenía un poquito de tacto? No, no era eso, ahora que lo pensaba. Más bien parecía que estuviera acostumbrado a que todo el mundo le adorase. Sin duda pensó que ella iba a caer rendida a sus pies nada más verle, no parecía concebir otra posibilidad.

      “Quizá he sido grosera con él”, pensó ahora. “El hombre debe pensar que todas las mujeres del mundo le encuentran irresistible, quizá ninguna le haya dicho nunca “no”, y yo he sido muy cortante. Sin quererlo, pero tal vez he sido maleducada”. De pronto se sintió mal por haber herido los sentimientos del tío de Kapsi, y pensó que, al día siguiente sin falta, debía volver a su casa. Para conocer a Kapsi, pero también para pedirle disculpas a su tío. A fin de cuentas, si ella y su sobrino iban a ser amigos (y quién sabe, quizá novios), tendrían que llevarse bien de todos modos. “Disculparse siempre hace bonito”, se dijo, y bajó a acostarse.



     —Estaré aquí a eso de las seis, quizá un poco antes — dijo Tánaso —. Asegúrate de tener mi alcoba lista — Su sobrino asintió, y su tío le dio una palmada en el trasero que le hizo cerrar los ojos y ahogar un grito de dolor. —. No me digas que aún te duele, ¡eres un quejica!

     Kapsi no podía decirle a su tío que era tan cínico que su aliento corrompía los metales, pero podía mirar y tenía miradas muy expresivas. Su tío se rio y se marchó. Pensando en aquélla niña de ojos violetas.

     “Se ha enfrentado a mí”. Se dijo. “Tenía el glamour activado, y me ha ignorado por completo, es una inmune al glamour. Creo que ya sé quién es la nueva tentación de mi sobrino y, por una vez, ha tenido buen gusto. La haré mía. Y, quién sabe, a lo mejor el chico…”



     Ya a solas, Kapsi sacó un buen montón de hielo del congelador y se lo puso por los hombros, dejando que el agua agradablemente helada se deslizara por sus torturadas espaldas sembradas de cicatrices. Con la mano izquierda se colocó otro puñado en las nalgas. El frío le hacía estremecer, pero ¡qué alivio! Como él pensaba, las señales iban a durar. “Pero me ha hablado. Y le gusto. Le gusto yo, no le tío”, pensó. “Es horrible, pero también es estupendo. Y lo sería más aún si yo no fuese un impío. Sólo quiero eso, por favor… sólo pido una cosa, quiero poder unirme a ella, quiero dejar de ser un impío”.



    Con toda mi simpatía y un fuerte abrazo para Fran, Rubén, José Antonio, Germán, Khalid, Carlos, Javier, Dany, Carlos (el otro) y Fuen, los compañeros de mi curso de doblaje. Y para el profe Jessie, que nos enseñó a doblar docu-reallity.

lunes, 5 de marzo de 2018

Un clavo saca a otro clavo.


    
     Como la mayor parte de las cosas, ocurrió sin querer, pero ocurrió. Nadie lo buscó, fue un cúmulo de circunstancias. PumpkinPie pensaba que su amigo era algo más, y el joven Remo quería serlo, pero no en aquél momento. No tan pronto. Remo tenía apenas veinte años, se había pasado los dos últimos en el ejército porque la nota no le daba para entrar en la Policía, como él quería, y había tenido que hacer entrenamiento militar para conseguir la plaza. Ahora que al fin había logrado entrar en la academia, resultaba que su amiga, dos años menor que él, no sólo había entrado con nota suficiente, sino que había obtenido una beca de excelencia. Era duro para él. Pero lo peor, es que no quería admitirlo.

     —Entiéndeme, Pie, los dos somos muy jóvenes para una relación — dijo, paternal. —. Creo que, de momento, deberíamos centrarnos más en los estudios. Sobre todo tú, que eres más joven y no has tenido el entrenamiento del que he disfrutado yo. Sin duda la academia te costará más a ti, deberías pensar más en superar cursos, y no en noviazgos.

     PumpkinPie no daba crédito a lo que oía. Ella y Remo eran amigos desde que aprendieron a caminar, se habían hecho novios a la edad de siete años ella y nueve él, y al correr los años, sus sentimientos no habían cambiado. Lo que empezó como un juego, cambió a una costumbre que se hizo sólida con el tiempo. Habían llevado juntos dudas e inquietudes, se habían contado todo mutuamente, habían sido el mejor amigo del otro y el perpetuo apoyo. Habían compartido, a escondidas, los primeros besos torpes de la adolescencia y se habían tocado en caricias sorprendidas que hacían reír, volar y retorcían el estómago, que hacían arder la cara y doler el sexo, y siempre había sido ella quien le había parado los pies a él cuando se animaba demasiado. Ahora, por primera vez en su vida, era él quien le paraba los pies, pero no en lo referido al aspecto carnal. Remo le estaba diciendo, con muy buenas palabritas y muchas sonrisas, que su relación había terminado.

     —Te he estado escribiendo, y llamando, y esperando, durante dos años — reprochó la joven, tan indignada que le temblaba la voz. —. Y tú siempre me decías que me echabas de menos. Que te morías de ganas de volverme a ver, ¡que me querías! ¿Y ahora, me sales con que somos muy jóvenes y que tengo que pensar en los estudios?

     Remo sabía que había metido la pata. El rostro, por lo general entre rosa y verde, de su amiga herbos, estaba amarillento de dolor e ira. El joven carraspeo y se rascó el cabello castaño.

     —Vamos, Pie, no hagas un drama — Sonrió, intentando quitar hierro a la situación —. Claro que te he echado de menos y claro que te quiero, ¡eres mi mejor amiga!

     —¡”Amiga”! – se indignó ella.

     —Pie, yo… ¡ahora mismo, no quiero una relación, eso es todo! ¡No creo que sea tan grave, no se acaba el mundo por ello! Quizá más adelante, no te digo que no, pero ahora mismo… Pero podemos seguir siendo amigos.

     Sonrió y le tendió la mano, esperando que todo quedase arreglado así. Pie tenía los ojos brillantes, y no sólo por las lágrimas. Le dio un manotazo en la mano tendida.

    ¡Métete tu amistad por el culo, imbécil! — gritó, y se alejó corriendo, dejando que las lágrimas le cayeran por la cara, para no llevarse la mano al rostro y delatar que lloraba. Remo se sintió mal. La quería, siempre la había querido, pero… ¿era tanto pedir que le permitiese, por una sola vez, no hacer el ridículo? ¿Era tanto pedir no ir detrás de la chica que le superaba siempre en todo, que siempre sacaba mejores notas que él, que había ganado una beca de excelencia, mientras que él había tenido que pudrirse dos años en el ejército? ¿Por qué maldita razón tenía que ser siempre ella la buena en todo? ¿No se daba cuenta de que él también tenía su poquito de orgullo, y que ella lo machacaba con cada éxito obtenido? Cuando llegasen juntos a la Academia de Policía, todo el mundo la felicitaría; la chica que había entrado primera de promoción y con beca de excelencia, y él… el cretino que venía de Infantería, porque era demasiado zote para sacarse el acceso con la nota de Secundaria, y había tenido que convalidar. Si para colmo iba de la mano de Pie, todo el mundo pensaría que ella salía con él por compasión, que Pie le ayudaba, que sin ella él no sabría ni abrirse el traje para mear… No podría soportarlo. Al menos, durante un tiempo, necesitaba estar solo. Tenía que hacerse una reputación por sí mismo, y no por ser “el novio de la número uno”.

      Si le hubiera explicado todo esto a Pie, ella no lo hubiera comprendido. Le hubiese llamado cobarde y le hubiese dicho que no tenía autoestima, que a ella le daba igual lo que pensaran los demás. “Pero ella se puede permitir el lujo de que le importe un huevo lo que piensen los demás”, pensó Remo. “Cuando eres el número uno, puedes decir “al diablo con la gente”. Pero cuando eres un cretino que tiene que pelear por las migajas, porque los platos grandes ya están cogidos, entonces TIENES que preocuparte de lo que piensan los demás. Porque siempre vas a depender de ellos”.


    Pie se detuvo poco antes de llegar al Leche y Miel, el hotel del amor que regentaba su madre. No quería que sus padres ni su hermano la vieran llorar, ni con los ojos enrojecidos, así que se quedó un rato en el parque y se echó en la cara agua de la fuente. Recordó cuántas veces habían jugado ella y Remo en aquél mismo parque y cuántas rodillas heridas habían lavado también en la fuente, y le entraron de nuevo ganas de llorar, pero se contuvo. “Ese cretino no se merece una lágrima mía”, pensó. Y, sentada en el pretil de la fuente, se dijo que lo peor del caso, era que no tenía a nadie a quien contárselo. Remo había sido su mejor, pero también su único amigo. Su madre le había enseñado a desconfiar desde niña, y siempre había demostrado tener razón, y era horrible que la hubiera tenido también con Remo. La joven tenía compañeras de clase, chicas con las que a veces salía a tomar algo o a divertirse, pero no amigas dignas de confianza a las que pudiese contar algo así; les faltaría tiempo para airearlo por ahí, y todo el mundo se reiría de ella.

    A sus padres no podía tampoco contarles algo así. Su madre la abrazaría y le diría cuánto lo sentía, y tendría que soportar su pegajosa compasión durante semanas y meses. Su padre… bueno, Júpiter no era su padre en un sentido biológico, pero ella siempre le había considerado como tal, dado que él siempre se había portado como un buen padre con ella. Quizá demasiado, porque, si se enteraba de que alguien había hecho daño a su niñita, ese alguien ya podía empezar a correr y, probablemente, no tendría Universo suficiente para ello. No, era mejor que Jupi tampoco se enterara. Eso dejaba sólo a Prisco, pero su hermano apenas tenía trece años y era un chico; no servía para un caso así. “Estoy sola” se dijo. Y al darse cuenta de la magnitud de la palabra el llanto quiso escaparse de nuevo, pero respiró hondo y lo reprimió. “Mamá y papá no tienen por qué saberlo”, pensó, mientras caminaba hacia el hotel. “A fin de cuentas, ellos siempre han creído que Remo y yo éramos sólo amigos, y además hoy llega el amigo de Jupi; todo el mundo estará pendiente de él. Para cuando se marche, a mí esto ya se me habrá pasado”.




     Cuando vio a Júpiter a lo lejos, Brödjo sonrió con tranquilidad. La mirada de Jupi desprendía cordialidad y simpatía, y lo mismo cabía decir de Tupami. Bröd no era hombre al que le gustase pedir hospitalidad y temía que la que Jupi le había ofrecido fuese mera educación, pero aquélla mirada daba un mentís a sus inquietudes. Él y Júpiter se habían conocido muchos años atrás, luchando en el local de Und´Thea, pero mientras que Jupi simplemente luchaba, él se había dedicado a redondear sus ingresos menudeando con minx, y tomándolo de vez en cuando. Cuando Jupi se enteró, le aconsejó que lo dejara, que se metería en un buen lío, pero como era imbécil de nacimiento, no lo hizo hasta que ya fue demasiado tarde; llevaba apenas tres meses retirado del tráfico y cerca de un año limpio, cuando un par de mocosos ricos cayeron en coma por una dosis demasiado fuerte y otro directamente se quedó en el sitio. Se removió el asunto y, limpiando a todos los camellos, llegaron hasta él.

     Júpiter y el propio Und´Thea salieron como testigos de su defensa, alegaron que llevaba tiempo retirado (si hubieran tenido que creerles, Bröd habría pasado droga apenas dos o tres veces, jamás se había metido, y era poco menos que una hermanita de la caridad), que aquélla droga no podría haberla pasado él, y a eso tenía que agradecer el haber pasado en prisión sólo cinco años y no veinte. De hecho, le habían condenado a siete, pero su buena conducta y el haber estudiado un ciclo superior durante su cautiverio, había hecho que le redujeran la pena. Ahora, al fin era libre de nuevo. Podía haberse acogido a un programa de reintegración, en el que le alojarían en un albergue controlado hasta que tuviera un empleo y pudiera establecerse, pero ya había pasado demasiado tiempo ateniéndose a normas rígidas; no estaba dispuesto a vivir en albergue lleno de ex convictos como él, teniendo que dar cuenta en todo momento de a dónde iba, con quién estaba y teniendo que volver a horas fijas, acostarse antes de las once y ni poder llevar visitas. Antes que eso, prefería buscarse una pensión en la que le permitieran dormir a cambio de limpiar, o hasta dormir en la calle, pero no hubo necesidad de eso.

     Júpiter sabía que salía y le ofreció quedarse en su casa hasta que se arreglara. Brödjo sabía que su amigo era un hombre de familia, tenía mujer y dos críos, ¿qué diría su señora…? Pero Tupami se mostró conforme. Ella le conocía muy poco, pero tenía qué agradecerle, y accedió encantada a tenerle en su casa. Und´Thea le había llamado también y le había pedido que se pasara por su local. Es cierto que Bröd estaba ya mayor para pelear y el minx también pasaba factura, no podría volver a luchar, “pero algún trabajo habrá para ti si quieres aceptarlo”, le había dicho.

    Al fin el transporte llegó a la altura del hotel y se detuvo para dejar bajar a Brödjo. La puerta apenas se había abierto, y ya tenía los enormes brazos de Júpiter alrededor de él, estrujándole en un gran abrazo. Tupami le dio dos besos y le hicieron pasar al hotel, sin dejar que llevara la bolsa en la que llevaba sus escasas ropas y pertenencias, pues su casa y buena parte de sus ahorros se habían perdido entre el juicio y la condena.

     —Bröd, en serio, ahora el taller es mucho mayor, y yo apenas doy abasto — decía Jupi, los dos frente a una taza de mushaté caliente. Tupami estaba en recepción, y Prisco, el chico que había tenido con ella, estaba sentado también a la mesa. Estudiando, según decía, pero no dejaba de mirar por el borde de su pantalla hacia Brödjo. Sin duda encontraba al ex presidiario tan exótico como éste le encontraba a él; el chico tenía trece años y un rostro de niño todavía suave, pero era ya más alto que su madre y sus brazos y hombros parecían más propios de buey que de un chiquillo. Desde luego, no podía negar de quién era hijo ni intentándolo a dos manos. —. Podrías quedarte a vivir aquí, hay sitio de sobra.

     —Eres muy amable, Jupi — asintió Bröd —. Pero una cosa es un favor, y otra, abusar. Y quedarme aquí para siempre, sería abusar. No te preocupes — continuó, viendo que su amigo quería objetar algo —, iré a ver a Und´Thea, él me dará algún trabajo. No tengo mucho dinero, pero alquilar algún sitio, me bastará. Una semana o dos, y te habrás librado de mí.

     Sonrió, y Júpiter le devolvió la sonrisa. Estaban hablando de cosas triviales, cuando apareció la chica. Jupi la saludó con dos besos y le presentó a su amigo. Bröd se levantó y, tomándola por la niña que era, fue a darle dos besos, pero la joven se apartó y en su lugar, tendió la mano con gesto adusto. El hombre la estrechó, y le agradó comprobar que ella tenía un apretón fuerte y decidido. Pie intentó marcharse enseguida, pero su padre la alcanzó en el corredor.

     —PumkpinPie — si el tono no fuera bastante, el que la llamase por su nombre completo, era muestra del disgusto —, ¿a qué ha venido eso?

     —No me apetecía darle dos besos, eso es todo.

    Júpiter estuvo a punto de sermonearla y decirle que no estaba bien que prejuzgase a una persona por haber estado en la cárcel, que él mismo también había estado… pero se fijó en el semblante que traía su hija, y cambió de idea.

     —¿Qué es lo que no va bien?

    La chica se puso ligeramente tensa y negó con la cabeza mientras intentaba sonreír, pero el gesto volaba de sus labios con la misma rapidez con la que ella intentaba llamarlo.

     —Nada, de verdad — dijo aun así —. Estoy un poco nerviosa por lo de la Academia y eso, pero nada más.

    El forzudo aún intentó hablar con ella, pero Pie casi echó a correr escaleras arriba, a su cuarto. “Genial, no he hecho más que entrar por la puerta y ya me he delatado, ¡soy una idiota!”, pensó. No quería estar sola. Quería poder llorar en el hombro de alguien, contar lo que le había pasado y poner verde a Remo, pero sencillamente no tenía con quién hacerlo. Iba a tener que comérselo solita, y eso le molestaba más que nada.



    
     —No te lo tomes demasiado en serio. Yo la he parido, y a veces ni yo la comprendo — Tupami intentaba quitar hierro al asunto; Jupi había ido a decirle que estaba preocupado por “la niña” —. Lo más fácil, es que sea cosa de ese chico, Remo.

     —¿Quién es ese Remo? — preguntó Bröd. Júpiter, aparte de su preocupación, no había tomado el asunto como necesario para quedarse en privado.

     —Un amigo suyo, se conocen desde chicos. — aclaró el forzudo, y Brödjo sonrió y, mirando hacia Tupami, sonrió. Ya entendía qué quería decir.

     —Queda para estar con él, porque el chico vuelve después de dos años en el ejército, y ella regresa a casa enfadada y casi a punto de llorar. No hay que ser un genio para saber qué ha pasado…

     —¿Insinúas que le ha hecho daño a la niña? — espetó Júpiter.

     —No, cielo, insinúo que le ha dado calabazas como para hacer un plantío, eso es todo — a pesar de la sonrisa, había cierto dolor en la voz de Tupami. — Pie quiere a ese chico. Siempre dice que son sólo amigos, que le quiere como a un hermano, pero a mí no me la da; está por sus fibras. Nunca lo ha podido disimular, aunque ella crea que sí. Y sin duda ese chico, bueno, quizá la quisiera también cuando eran niños y ella era la única chica que le hacía caso. Pero se ha pasado dos años en el ejército…

     —Ése ya ha catado pan de coño. — sonrió Bröd, y los otros dos le hicieron coro.

     —Eso es. Ahora ha visto que hay otras chicas en el mundo, y que Pie no va a ser la única que le haga cara. Nuestra hija se ha llevado el primer chasco — Tupami bebió de su taza, con gesto pensativo, y Júpiter le preguntó si no se podía hacer algo —. Sí, claro, puedo inventar un filtro de amor y dárselo a ese imbécil para que vuelva a enamorarse de la niña. Jupi, Pie tiene que acostumbrarse a cosas así. Ojalá sea la última decepción amorosa de su vida, pero los mestizos como ella y yo tienen que andarse con mucho ojo con la gente. Lo peor es que no querrá hablar conmigo.

     —¿Por qué no? — le tocó ahora preguntar a Bröd.

     —A Pie le gusta pensar que es dura y fuerte. Quiere ser policía — aclaró Júpiter —. Para ella, confiarse ahora a su madre sería una debilidad, “llorar en el hombro de mamaíta como una niña”. Y a mí no querrá decírmelo, porque piensa que iría a matar a ese gilipollas. Y ganas, no me faltan. Desde luego, como me lo encuentre de cara, más le vale cambiarse de acera, porque un par de cosas sí que le voy a decir.

     Tupami palmeó el brazo de su marido, conciliadora, y suspiró, pensando de nuevo en Pie.

     —Tardará en contarlo. De todos modos, esta tarde, cuando volvamos de lo de Prisco, intentaré hablar con ella. ¿No te molestará quedarte solo? — preguntó a Bröd — Tenemos que ir a hablar con el supervisor de Prisco. Al parecer, está haciendo bastante el vago con sus estudios, y no es la primera advertencia que le damos. Como se me hinchen las narices, se está jugando terminarlos en el ejército.

     Bröd asintió. Claro que no le importaba. Es más, iría a ver a Und´Thea y así vería qué trabajo podía ofrecerle.


    
     “Transportista no estaría mal… sería un trabajo fácil y entretenido, y sólo consistiría en ir a recoger botellas y comestibles a otros planetas, y traerlos a éste. Buscador de luchadores y chicas también estaría bien. Sería más inestable, tendría que viajar mucho más y sería menos rutinario. También sería más divertido y ganaría más, pero se me iría mucho sueldo alojándome aquí y allá, y en los viajes…” Brödjo volvía caminando al Leche y Miel. Und´Thea se había alegrado mucho de verle. Aquél cabrón azul había cambiado bien poco en los últimos cinco años, pensó. Si acaso se había vuelto más grande y alto, más rico, pero no más viejo. Le había recibido con una gran sonrisa y un apretón de sus tres manos derechas. La chica que en aquél momento estaba en el despacho con él era una feralihi de largos cabellos rubios y piel negra, moteada de diminutas manchitas blancas que el ex convicto pudo apreciar sin trabas, porque estaba desnuda por completo. Después de cinco años en prisión, una visión como aquélla le hizo difícil concentrarse, y más sintiendo los ojos de la mujer fijos en él. Por más que supiese que los feralihi eran devoradores de carne humana y que ella le deseaba con más gula que lujuria, no pudo evitar fantasear con ella, y asimismo admirar silenciosamente los cojones que tenía Und´Thea para liarse con una criatura muy capaz de matarle en pleno éxtasis.

     Bröd había salido del despacho con la promesa de varios trabajos disponibles, entre los que podía elegir aquél con el que se encontrase más a gusto. Casi todos ellos obligaban a viajar, y esa perspectiva, después de tanto tiempo encerrado, no le disgustaba en absoluto. Estaba barajando las opciones cuando empezó a oír los golpes. Golpes sordos y rítmicos. Alzó la vista y vio a la chica, a Pie. Estaba en la parte trasera del hotel, allí donde Júpiter tenía su taller, frente a una máquina de entrenamiento en esquiva y ataque.

      La máquina disparaba pesadas pelotas de goma, grandes y de núcleo duro, a intervalos regulares, y la joven las golpeaba para repelerlas, acercándose cada vez más a la máquina. Conforme se acercaba, la máquina reducía el intervalo de lanzamiento. La joven golpeaba las pelotas con saña, con tal rabia que resultaba raro que éstas no se quejaran. Cuando al fin llegó a la máquina, en lugar de pararla con la mano, también la pateó. La máquina se paró con un gemido, y ella le arreó otra patada. Y otra. Bröd sabía reconocer ese nivel de cabreo, y pensó que una buena manera de agradecer a Jupi y Tupami su amabilidad, era consiguiendo apaciguar un poco a su hija. Tomó una de las pelotas que había en el suelo, cerca de él, y gritó al tiempo que la lanzaba:

     —¡Hey! — La chica se volvió y atrapó la bola al vuelo. Miró a Bröd casi con odio. Era indudable que se suponía sola en la casa y el verse interrumpida (y peor aún: descubierta), le escocía profundamente. Giró sobre sí misma y devolvió el pelotazo con todas sus fuerzas. Bröd pudo haber esquivado, pero en lugar de eso, atrapó la pelota con ambas manos. Venía lanzada con tal fuerza, que el picor y el dolor en éstas casi le llegó a los codos, pero no lo dejó ver. En su lugar, corrió hacia la joven, haciendo girar la bola a todo lo largo del brazo. Ella se puso en guardia, mirando fijamente la pelota, tal como Bröd supuso que haría, y por eso no vio el engaño hasta que ya le tuvo encima y la golpeó con el otro brazo.

     Pie encajó el golpe e ignoró el dolor del hombro, lanzó una patada directa al pecho de Bröd, pero éste le agarró el pie y tiró de ella hasta tumbarla de espaldas. Éste intentó entonces alzar las manos para decir que ya bastaba, pero la chica bufó de rabia, se alzó de un salto y se lanzó contra su estómago, le derribó, e intentó atacarle con los puños, pero las manos anchas y fibrosas de su adversario se cerraron en torno a sus muñecas como dos cepos de acero. De un envión la tumbó de lado y se le echó encima, inmovilizándola con su propio cuerpo, para evitar que ella misma se hiciera más daño. La chica gañía de rabia y pataleaba, pero no conseguía zafarse.

     —Tómate el tiempo que quieras. No tengo ninguna prisa — La voz de Brödjo no lograba ocultar del todo el esfuerzo, pero no hacía falta. La joven se debatió, intentó brincar, patear y hasta morder, pero todo fue en vano. El cuerpo, en apariencia delgado, del ex convicto, era recio y nudoso como un cable de metal y la tenía firmemente apresada. Al fin se dio por vencida y la tristeza salió junto con la frustración, en un único gemido que la hizo temblar los hombros y le quemó los ojos con lágrimas. —. ¿Te cansaste? ¿Lo dejamos?

     La joven asintió, sin poder hablar, y Bröd se quitó de encima. Enseguida le tendió las manos para ayudarla a levantarse y le limpió la tierra de las mejillas enrojecidas. Pie mantenía los ojos bajos, rojos y brillantes. En un gesto rápido y brusco, pero no exento de cariño, Bröd la apretó contra él y le frotó la cabeza. Sus cabellos, antes verdes, se habían vuelto amarronados y quebradizos, y no había flores en ellos; todas se habían marchitado de tristeza.

     —Oye… me he traído un poco de licor de esencia de hadas, que hacíamos en el talego. Si, por una casualidad, se me cayese una gotita o dos en un par de tazas de mushaté, tú, ¿no se lo dirías a tu madre, verdad? — Pie le miró y negó con la cabeza. El hombre sonrió y asintió — Entonces vamos.



      La esencia de hadas era un licor tan fuerte, que era ilegal. Según decían, podía provocar esquizofrenia, y la receta era herencia de una vieja bebida de Tierra Antigua a la que llamaban en tiempos “el hada verde”. Fuera como fuese, a Pie le pareció que su olor penetraba por la nariz haciendo chispas en su cabeza hasta cosquillear la nuca, y aquéllas dos gotas (sólo dos para ella; Bröd se echó un chorrito), hicieron que el mushaté tuviera un sabor que parecía fulgurar y brillar en su boca. Casi de inmediato se había sentido mejor y había tenido ganas de soltarlo todo, de hablar sin parar, y así lo había hecho. Brödjo la había escuchado atentamente sin dejar de mirarla.

      “Ese chico es idiota”, había sentenciado, y no lo decía sólo por consolarla. PumpkinPie, aún al borde del marchito, era preciosa, la criatura más linda que él había visto en muchos años. La suciedad del mundo no parecía haberla rozado aún. Tenía los ojos verdes de su madre, y su cuerpo delataba lo mucho que practicaba el ejercicio físico. Sus cabellos estaban amarronados, pero apenas al tercer sorbo de su bebida, la joven se los agarró en la mano y tiró de ellos con decisión hasta arrancárselos de cuajo. El ex convicto se sorprendió, pero ella le aseguró que no dolía. Ahora, conforme hablaban, una suave pelusilla verde estaba cubriendo de nuevo su cabeza y crecía a ojos vista.

     —Ya sé lo que vas a decirme tú, y mi madre, y todo el mundo — dijo la joven —. Lo sé. “Eres muy joven, encontrarás otra persona, y si no la encuentras da igual, no eres la primera ni la última que se queda soltera…”. ¿Y a mí qué con que haya otras solteras? ¿Por no ser la única, ya me tengo que sentir bien? Tú mismo lo has dicho, “es un idiota”, y lo sé, sé que es un idiota… ¡pero era MI idiota!

     Hipó y se limpió la nariz con el dorso de la mano. Los dedos de Bröd se pasearon un momento por su mejilla para llevarse en ellos una lágrima furtiva. Los ojos de la joven se pasearon por el brazo de su confidente hasta mirarle a los ojos. Unos ojos oscuros surcados de diminutas arrugas en una cara casi anciana y tirando a fea, pero que le dedicaba una mirada muy bondadosa. Su boca, enmarcada en una barba corta, negra en el bigote y gris en la perilla, sonrió.

     —Todo el mundo te dice esas tonterías porque quiere animarte. Porque te quieren — aseguró —. Sí, no es la mejor manera de hacerlo, pero siempre se tira de esos tópicos, y aunque tiren de ellos, debes hablar y sincerarte con tus padres, por lo menos con tu madre. Ella y tu padre son quienes más te quieren y quienes siempre van a escucharte, ayudarte, y aconsejarte mejor que nadie, y aunque te digan “anímate”, no se van a extrañar si no lo haces. Sí, se está mejor siendo feliz, qué duda cabe, pero tú tienes derecho a estar molesta, rabiosa, entristecida y de mal humor durante todo el tiempo que quieras.

     Pie le miró. ¿Hablaba en serio? Él asintió.

     —Claro que sí — insistió —. A ver, te acaba de dejar tu novio, tu primer novio, tu chico de toda la vida, a quien conocías desde que eras niña. Ahora mismo, estás hecha una mierda, pensando que quizá nadie más te quiera nunca, o que quizá tú misma no quieras volver a confiar y querer a nadie nunca, que a lo mejor te pasas tu vida entera sola, ¡coño, si eso no es razón para estar triste y furiosa, no sé qué lo es!

     Pie sonrió. Y se sorprendió por ello. Esa misma mañana, hubiese creído imposible el volver a sonreír nunca. Quizá fuera el licor, pero resultaba muy fácil hablar con Brödjo.

     -Te reconozco que me siento frustrada — admitió, con sus mejillas encendiéndose de pronto —. Yo… yo había pensado que, cuando él volviera, en fin… lo habíamos dejado caer a veces. Teníamos pensado “consumar”.

     —Pues mira, eso que te has ahorrado. Así no se lleva un polvo que no se merece.

     —Sí, por un lado, sí, pero… por otro yo me quedo con las ganas. Empiezo a ser de las pocas entre mis compañeras que aún somos vírgenes — Bröd la sonrió con picardía mientras echaba hacia atrás la silla y se balanceaba sobre las dos patas traseras. — Y tuve ocasión, ¿sabes? Otros me lo pidieron, y yo dije que no por él, ¡por él! Y ahora…

     —Y ahora coges, te arreglas, sales, y te encamas con el que te dé la gana, ¡con toda libertad!

     Pie se rio con ganas. Y casi por primera vez, examinó cuidadosamente al hombre que tenía delante. Tenía el cabello negro aún, pero su rostro no decía mentiras acerca de una edad más avanzada aún que la de su padre. Y sin embargo, ella podía atestiguar que seguía en forma y fuerte. Y le había escuchado sin juzgarla, ni regañarla o compadecerla, sino con la complicidad que sólo te da un amigo.

     —Por ejemplo, puedo encamarme contigo.

     Bröd perdió el equilibrio en la silla y casi se cayó de culo. Miró a Pie esperando encontrar una tomadura de pelo en sus ojos, pero lo que vio iba totalmente en serio. Empezó a negar con la cabeza e hizo ademán de levantarse, pero la joven se alzó la camiseta y le enseñó los pechos, cubiertos sólo por el sostén deportivo blanco que, húmedo de sudor, dejaba adivinar perfectamente los pezones.

     —Niña… Llevo cinco años sin estar con una hembra, tápate eso, ¿quieres?

     —No. No quiero — sonrió —. Has dicho que podía encamarme con quien me diese la gana, y quiero que sea contigo, ¿por qué contigo no?

      Al ex convicto le resultaba difícil mirarla a los ojos, y volvió la cara, pero su cabeza quería volverse y mirarla. Su hombría se alzaba en sus pantalones, cálida y deseosa.

     —Te saco edad para ser tu padre, estás dolida, bebida, furiosa y tus padres me han acogido en su casa… ¿te parece que les voy a pagar su hospitalidad tirándome a su hija?

     —Les pagarías su hospitalidad alegrando a su hija — Bröd, con los ojos cerrados, oyó la silla de Pie moverse y la sintió más cerca de él —. ¿Tú también vas a despreciarme? ¿Todos los hombres del universo van a decirme que quieren ser mis amigos, pero ninguno querrá tocarme? ¿Tan odiosa soy…?

     Había tristeza en la voz de la joven. Y calor en su piel. Estaba junto a él, su vientre rozando su cara. Bröd se mordió el labio. Casi sin darse cuenta, volvió el rostro, y su mejilla sin afeitar acarició la piel de Pie. Su nariz se rozó contra ella y se embriagó en su aroma, intenso, a tierra mojada, como huelen los herbos cuando sudan. Un gemido se le escapó, y sus manos agarraron la cintura de la joven. Notó los brazos de ella en su cuello, acariciando su nuca y provocando escalofríos deliciosos, ansia pura, ¡qué maravilloso era el calor de la sensualidad, cuánto tiempo llevaba sin sentirlo…! Su boca empezó a recorrer el vientre desnudo de Pie, su lengua lamió hacia arriba, pero sus manos llegaron antes.

     —¡Haaaaaaah…! — la joven gimió, tan colorada que su piel ardía, ¡Bröd le estaba apretando las tetas! Las piernas le temblaron y tuvo que sentarse otra vez. Su compañero se arrodilló frente a ella y le alzó el sostén. Las tetas dieron un brinco al salir de su encierro y Brödjo las apretó con codicia entre sus manos. — Sí, sí…

    Las manos le picaban de deseo, de ansia por tocarla, y hundió la cara entre sus pechos, sin dejar de tocarlos, de pellizcar aquéllos pezones dorados. Cada vez que los pellizcaba, Pie gemía y sonreía. En segundos, la joven había separado las piernas y él se alojó entre ellas, aún de rodillas, aún ambos con la ropa puesta, pero aun así, ¡qué delicia estar abrazado entre sus muslos, sentir contra su vientre el calor que ella desprendía!

    Durante su estancia en prisión, había fantaseado muchísimo con estar de nuevo entre los brazos de una mujer, y siempre que lo hizo, pensó que el deseo sería tan fuerte que querría penetrarla enseguida y no duraría nada. Pero ahora que había sucedido por fin, resulta que el deseo, precisamente por su intensidad, quería saborear el momento y no tragarlo de un bocado. Así, sus labios jugueteaban con toda calma con uno de sus pezones, y sus dedos con el otro, mientras la mano libre se paseaba a placer por la espalda de la joven. Ella le abrazaba contra sí, ora cruzando las piernas a su espalda, ora acariciándole con las mismas, y sin dejar de gemir, pidiéndole que siguiera y siguiera.

    Los pezones de Pie sabían ligeramente dulces, una dulzura casi imperceptible, pero que se quedaba entre los labios y en la punta de la lengua. A Bröd se le escapó un suspiro, ¿tendría también ese sabor en el coño? Qué ganas de averiguarlo… El sentido común que aún le aconsejaba parar, le frenaba en ir más lejos, pero notaba cómo la joven intentaba frotarse contra su pecho y eso le provocaba un feroz deseo… pero a la vez, no quería abandonar sus tetas. Lamía sus pezones un ratito cada uno, tiraba de ellos, los apresaba y cosquilleaba. Pie sudaba de excitación y su abrazo se volvía más intenso por segundos; quería más, pero en su virginidad aún era tímida para pedirlo. Brödjo la miró a los ojos. La joven temblaba de excitación y se agachó ligeramente para besarle. En medio de un gemido tierno le ofreció su boca entreabierta y el hombre la penetró con su lengua, apretándola de los hombros. Cuando sus lenguas se juntaron, un espasmo de placer recorrió el cuerpo de Pie y la sintió estremecerse entre sus brazos. Sus lenguas se acariciaron mutuamente en un abrazo cálido, y las manos de Bröd se dirigieron a las nalgas de la joven, cuando el sonido de la puerta principal les hizo brincar del susto. ¡A toda velocidad se sentó Bröd en su silla y Pie se arregló la ropa! Aún jadeantes, se miraron. Y la situación les hizo estallar en carcajadas.

     —¡Vaya! — sonrió Tupami al entrar en la cocina — ¿A qué se deb…? ¡Pie! ¡¿Pero qué has hecho con tu pelo, mi vida?!

     El cabello de la joven, pese a estar recobrándose, estaba aún corto como el de un chico.

     —Se marchitó, mamá… se me puso horroroso. Así que lo corté todo. Pero no importa, ya está creciendo — Tupami sonrió, una sonrisa triste, pero que se iluminó a plena potencia cuando su hija mayor continuó —. Mamá, me gustaría hablar contigo.

    Madre e hija salieron juntas de la cocina, y Júpiter interrogó a Bröd con la mirada. Éste sonrió sin darse importancia y, mientras Jupi se sentaba frente a él y aquél empezaba a explicarle, omitiendo la última parte, cómo habían congeniado él y su hija, el joven Prisco, en medio de un suspiro de alivio, aprovechaba para eclipsarse discretamente.



     “Gracias, gracias de verdad”, había dicho Tupami. Y aunque él había sonreído y asegurado que no tenía importancia, se sentía un embustero canalla. La mujer le había dicho que su hija se había sincerado por completo con ella, hasta llorar en sus brazos, cosa que no hacía desde hacía ya más de diez años. “Después de eso, me dijo que se sentía mucho mejor, y me dijo algo más: que había hablado contigo y que tú le habías aconsejado que confiase en mí.” Tupami le había mirado con verdadera gratitud en sus ojos verdes y le había besado la mejilla. Y le había puesto en una suite.

     Supuestamente él iba a dormir en un cuarto libre que tenían Jupi y ella, pero la mujer había dicho que estaría mejor teniendo más intimidad, que el cuarto libre estaba pared con pared con el suyo y que era temporada baja y había habitaciones libres. Bröd no protestó, pero cuando vio la suite, sí que lo hizo. Aquello era demasiado, de veras, pero Tupami y Júpiter no se dejaron convencer, le dieron la llave digital y le desearon buenas noches.

     Brödjo examinó el cuarto. Estaba decorado como una isla en medio del océano, con el suelo de ilusión, que mostraba una playa. Se veía el mar rompiendo suavemente en la orilla, creando la imagen móvil de un oleaje, que hasta se oía en la distancia. Tenía una bañera excavada en el suelo de la habitación, grande y cuadrada, decorada como una laguna, rodeada de plantas. El techo también era de ilusión, y estaba predefinido para mostrar una imagen cambiante del cielo nocturno, aunque Bröd sabía que se podía ordenar casi cualquier motivo sobre él, desde reproducir la imperiovisión y ver programas, hasta una galería de fotos o animaciones de todo tipo. Casi en el centro, y decorada como una balsita de troncos, estaba la gran cama. Bröd se sentó en ella y sonrió cuando el colchón le meció; era una cama de agua. No era de extrañar que el Leche y Miel fuese un hotel famoso y que su antiguo dueño se maldijese por no haber logrado nunca recuperarlo. Él le alquiló a Tupami en su día un picadero por horas, y ella lo había convertido en un hotel del amor soberbio.

     Brödjo se tumbó en la cama y dejó que el colchón le meciera. Miró las estrellas y pensó que sus anfitriones habían sido con él más amables de lo que se podía soñar. Él llevaba cinco años en una prisión de cemento sin exteriores. Era la primera vez desde su condena, que podía mirar a las estrellas.

    Una parte de sí mismo le decía que él no había hecho nada espantoso, Pie le había pedido que la tocara. Otra parte, en cambio, pensaba que debió haber resistido, haberse negado. Pero eso le hubiera hecho a la chiquilla aún más daño. Quién sabe si hubiera decidido contarle nada a su madre entonces... Por otra parte, maldita fuera, ¿qué esperaba nadie que hiciera un hombre que ha pasado en prisión cinco años, a quien le ponen delante unas tetas y poco menos que le suplican que se las coma? ¡Bastante que no habían acabado follando como dos perros en la cocina!

     Recordó las tetas de Pie y se le escapó una sonrisa. Eran preciosas, perfectas. Tiesas y orgullosas, con esos pezones dorados puntiagudos y dulces. Y los gemiditos que soltaba la chica cada vez que él se los tocaba, por Lemmy, parecía que le fundía el cerebro. Recordaba su tacto, el tacto suave y fresco de su piel, la blandura de sus tetas, mmmh… sí, sabía que no estaba bien, pero, ¡lo que daría por tenerlas otra vez, por darse el gusto completo con ella! Su miembro se alzaba en su pantalón y empezó a tocarse, sin sacarlo del mismo, sólo por encima.

     Estaba pensando si en pedir un canal erótico a la imperiovisión o usar el DreamScience para montarse una fantasía con Pie, cuando oyó unos golpecitos muy suaves en la cristalera. De inmediato apartó la mano del paquete y se alegró de no habérsela sacado, pero cuando miró hacia la ventana, casi se le paró el corazón, ¡era Pie! La chica, muy sonriente y en pijama rosa, le guiñó un ojo y señaló la cerradura del ventanal. Bröd se levantó y fue hacia ella, negó con la cabeza sin dejar de sonreír y, sólo para explicarle que debía irse, abrió la cristalera.

     —¡Hm… mmmh! — Pero la joven no le dio tiempo a hablar; apenas abrió, le estampó un beso con la boca abierta y le metió la lengua con lo que ella esperaba que fuese pasión, aunque sólo era ansia viva adolescente. Brödjo la apretó contra sí, incapaz de quitársela de encima, ¡era demasiado agradable! Su piel estaba muy fresca y el pijama era suave y amplio, ella flotaba dentro de él. Las manos del ex convicto se pasearon por la espalda de Pie hasta casi las nalgas, pero entonces se frenó. — Pie, no deberías estar aquí… de hecho, ¿cómo has llegado aquí? Es un quinto piso.

     —Es un truquito herbos, ¿no has visto nunca una enredadera? Podemos trepar a donde nos plazca — la voz de la joven era apresurada y llena de jadeos, estaba muy rosada en las mejillas y se llevó las manos al cierre-imán del pijama —. Venga, vamos a divertirnos, ¿eh?

    —No. No, Pie, compréndeme, ¡no puedo hacerle esto a tus padres! — Bröd tomó las manos de la joven para impedir que se abriera el pijama, y ella hizo un puchero adorable y le acarició la cara rasposa con las dos manos. El hombre cerró los ojos de placer, eran tan suaves… Pie le acarició con una mano hasta la nuca y le abrazó, mientras con la otra le hacía caricias como cosquillas en el rostro, pasando de vez en cuando sus dedos por la boca de Brödjo, y éste no pudo evitar besarlos.

     —No seas tonto, tú no les haces nada a mis padres — susurró Pie, mientras su brazo descendía por la espalda de su nuevo amigo —. En primera, ellos no se van a enterar, en segunda tú me estás dando algo bueno. En tercera, esto lo hago porque quiero… no es gratitud, ni por chinchar al otro imbécil que tampoco va a enterarse, ni por nada así. Lo hago porque te me has antojado.

    La mano de la joven bajó hasta las nalgas de Bröd, y enseguida pasó al frente. El hombre estaba todavía digiriendo la idea de ser el antojo de ninguna mujer, y más una tan guapa y joven, cuando la caricia de Pie le privó de la capacidad de pensar. El calor de aquélla mano en su erección, la sensación dulcísima después de más de cinco años, le recorrieron las piernas y la espalda en un río de cosquillas eléctricas, de calor picante imposible de soportar, y así lo dijo:

     —No… por favor, ¡no puedo resistir! — sonrió, y Pie le soltó un momento para llevar las manos de nuevo al cierre de su pijama.

     —No lo hagas. — De un tirón, se abrió por completo la chaqueta rosa y sus tetas se bambolearon, libres, como aquella tarde. Bröd apretó los puños. La resistencia era una tortura deliciosa. La joven sonrió y se pellizcó los pezones, que se pusieron duros al momento, y el hombre la miraba alternativamente a éstos y a los ojos, viendo por un lado el precioso espectáculo de sus tetas, y por otro la infinita travesura en la cara de Pie.

     —Diablo de niña. Está bien, si quieres guerra… — masculló, y hundió la cara entre las tetas de la joven, que le acogió con un gemido de alegría. Bröd la abrazó con una mano y con la otra le apretó las tetas y se metió en la boca un pezón, tirando de él sin cuidado, y lo mordió con el colmillo.

     —¡Ay! — gritó la chica, pero el momentáneo dolor se convirtió enseguida en un calambrazo de gusto que le hizo entornar los ojos y le picó hasta las orejas. En medio de un escalofrío, sus caderas empezaron a moverse solas. Sin soltar el pezón, sin dejar de acariciarlo con su lengua y frotarlo entre los dientes, el ex convicto bajó la mano libre al pantalón de Pie y frotó su sexo a través de la tela. — Haaah… po-por dentrooo… acaríciame por dentro…

     Bröd estuvo tentado de obedecer, pero, ¡qué demonios! ¿No tenía tantas ganas de jugar? Iba a hacerla sufrir un poquito. Tomó la cinturilla del pantalón y tiró de él hacia arriba, haciendo que la costura se frotara contra su vulva. Pie se le estremeció en los brazos de una forma tan tierna que casi se corrió encima, pero siguió dando tironcitos del pantalón. La joven gemía y se le escapaban las sonrisas, se le agarraba a la camiseta gris y parecía incapaz de soltarla. Ni siquiera parecía capaz de seguir mucho más en pie.

     —¿A que esto también te lo hacías tú cuando eras pequeñita, eh? ¿A que te tirabas del pantalón para darte gustito en el mollete? — Pie, con los ojos cerrados, las mejillas muy coloradas y las piernas apretadas, asintió. Bröd la estrechó contra su pecho, frotó su cara rasposa contra el suave cuello de Pie, y habló a su oído — Yo lo hacía también… me tiraba del pantalón o me apoyaba en la almohada y me apretaba contra ella, hasta que me estremecía, hasta que tiritaba y me parecía que me hacía pis encima… lo llamaba “jugar a los escalofríos”. ¿Y a ti, te están dando ahora escalofríos?

      A Pie se le escapaban los grititos, le estaba dando un placer maravilloso, y no tanto por frotarla contra la costura, sino por hablarla y decirle esas cosas; su aliento caliente le abrasaba la piel, su voz ronca le fundía el cerebro, le parecía sentir cómo se le derretía, y cómo se licuaba, tórrido, por su columna vertebral, dándole calor y dejando placer y más placer a cada paso… pero no el suficiente, ¡no el suficiente!

     —¡E-escalofríos, escalofríos, SÍ!  — gritó sin poder contenerse. — ¡Más, por favor! ¡Más!

     Brödjo se rio en su oreja, una risa entrecortada y tan rasposa como su barba. Pie notó que la presión cedía, y una mano ardiente se colaba en su pantalón. Gimió como una gatita y sus rodillas temblaron, quería ir a la cama, pero su amante no se lo permitió. Aquella mano áspera y nudosa tocó su vulva y la joven puso los ojos en blanco, pero cuando un dedo corazón acarició su clítoris empapado, creyó que se volvía loca de gusto.

      Pie tenía el chocho hecho agua, chapoteaba sólo con tocarlo. Tenía un feroz deseo de tirarla a la cama y beber de ella, empaparse de sus flujos hasta el pecho, meterle la lengua hasta el útero… pero primero, quería que se corriese con ese jueguecito, torturándola un poco, mira qué linda estaba. Bröd empezó a acariciarle el clítoris, y notó que era grande, lo suficiente para pellizcarlo entre el índice y el pulgar y frotarlo así, y lo hizo.

     La joven ya no podía hablar, sólo le miraba con carita de desamparo y se ponía cada vez más tensa. Bröd la agarró de la cintura y la sostuvo, ¡si no pesaba nada! Las piernas de Pie se tensaron y cruzaron, apretando su mano mientras él le frotaba el clítoris más y más rápido. La piel de la joven empezó a cambiar de color, a ponerse verde intenso con vetas azules en lugar de verde rosado, los dedos de sus pies se contraían… Pie respiraba a golpes y apretaba la camiseta gris de Brödjo, el placer era una corriente de cosquillas irritante, pero deliciosa, insoportable hasta la locura, pero de la que quería más. Los dedos de su amante se deslizaban, rápidos y apretados, sobre su punto débil, le parecía que iba a arder, que iba a estallar, y casi fue eso lo que sucedió: un estallido de placer que explotó en su perla y le envió olas de cosquillas y gusto intensísimo por todo su cuerpo, tenso como una goma; tiritó y se estremeció, chilló de placer y las olas fueron cambiando delicadamente a una dulce sensación de bienestar que la dejó satisfecha y sonriente entre los brazos de Bröd. Apenas fue consciente de que sus cabellos habían crecido de golpe hasta llegarle a los pies, y que habían florecido muchos capullos en ellos. Estos estallaban uno tras otro, soltando nubes de polen dorado. Sus pies se relajaron, pero apenas rozaron el suelo. Bröd la levantó en brazos y la llevó a la cama.

     —Nunca había visto nada igual — reconoció el ex convicto — ¿Es así como os corréis siempre los herbos?

     —Las hembras sí… — musitó la joven, recobrando el aliento, mecida por la cama de agua, mientras su amante se despojaba de la camiseta gris, se soltaba el pantalón y se lo quitaba con los calzoncillos para acostarse junto a ella, y comenzaba a acariciarle el vientre con un dedo juguetón. —. Ese polen que soltamos, entre otras cosas, es un estimulante. Un afrodisiaco.

     —Afrodisiaco. A un tío que se ha pasado cinco años en la trena sin oler una tía, le metes un afrodisiaco — Pie sonrió con picardía. Lo hacía su cuerpo solo, ella no tenía la culpa. — . Pues de “esto”, sí tienes la culpa — se cogió la polla erecta con la mano — Anda… dale un besito, venga.

     Pie se incorporó en la cama, entre risas provocadas por el meneo de la misma, y obedeció literalmente. Le dio un besito y le miró con una gran sonrisa inocente. Bröd empezó a sonreír y por fin se le escapó la carcajada.

     —¿Qué pasa? ¿Qué he hecho? — sonrió Pie.

     —Nada, niña, ¡eso es lo que me hace gracia! — se incorporó a su vez y la besó, en medio de botes acuáticos, metiéndole la lengua con mucha más suavidad de lo que había hecho ella, pero también con decisión. Pie se dejó derretir y acarició la piel desnuda de Bröd, sus hombros delgados y fuertes, su pecho casi arrugado, pero cubierto de espeso vello negro aún, y gozó del abrazo de su amante, de su lengua jugando con la suya y acariciando su paladar, explorando su boca. Cuando al fin la soltó, suavemente y sellando la caricia con un besito en su nariz, se explicó — Así. Igual que se besa una boca, se besa una polla. Tienes que metértela en la boca y usar mucho la lengua. Como si me follaras con la boca.

    Pie sonrió; su torpeza delataba su casi nula experiencia, pero Bröd no se había reído de ella, sólo de la situación. La joven se apoyó en el colchón y quiso intentarlo de lado pero, con suavidad, su amante abrió las piernas e hizo que se alojara entre ellas para que lo hiciera más cómoda. Pie, tal como le habían dicho, se la metió entera en la boca sin previo aviso.

     Bröd se agarró a la sábana y sus caderas dieron una convulsión, ¡qué placer! ¡Qué PLACEEER…! La boca de Pie subía y bajaba por su polla, acariciándole con la lengua y moviéndose con rapidez, ¡si seguía así, no iba a durar nada! El placer se cebó en su glande, ¡era demasiado agradable, era demasiado tiempo sin sentir nada tan buenooo…! Notó que el placer se desbordaba y que la oportunidad de poder frenarlo se deslizaba por su polla sin remedio, ¡no era capaz de parar, era delicioso! Se dejó vencer, tomó la mano de Pie y ella entrelazó los dedos en los suyos y le miró a los ojos, y no resistió más. El placer creció, dulce, calentito, y se desbordó, salió a borbotones por su boca; oyó la arcada sorprendida de Pie, pero la joven no le soltó la mano ni la polla. Bröd gimió, sintiendo la gloria expandirse por su cuerpo, desde el miembro hasta la nuca, hasta las piernas que le temblaban, hasta la mano que seguía agarrando la de Pie.

     Recuperó lentamente el aliento mientras veía a Pie limpiarse la boca con el dorso de la mano y sentarse sobre su tripa. La joven sonreía con expresión de orgullo, y empezó a hacerle mimos en la cara y el cuello. Brödjo le tomó una mano y se la beso, dándole pequeñas lamidas en la palma y los dedos.

     —Me parece que te lo hice bien, ¿no?

     —De maravilla, niña… de vicio. — Tampoco era plan de decirle que, después de cinco años en ayunas y usando sólo la mano de vez en cuando, si la hubiera metido en una sandía también se habría corrido en nada. Pie se merecía ponerse la medalla. — Quédate así.

    La joven se quedó quieta, y su amigo se lamió los dedos y los llevó a sus pezones. Pie gimió al notar sus sensibles pezones perfilados sólo con las puntas de los dedos, y sintió la tentación de apretárselos ella misma, pero se contuvo y le dejó seguir. Bröd sentía el coño calentito de la chica pegado a su tripa, mojándole la piel, y, fuesen los afrodisiacos que ella soltaba, fuese que estaba cachondo como un perro, pero notó su polla alzarse de nuevo y pedir con deseo. Y no fue la única que pidió.

     —Bröd… por favor, quiero hacerlo hasta el final — rogó Pie, frotándose contra él —. No sólo caricias como antes, quiero que me la metas… quiero follarte.

     El ex convicto sonrió y asintió. Su primera idea fue hacer que la joven su pusiese de rodillas y penetrarla desde atrás, su postura favorita. Pero una pizca de ternura se apoderó de él. Era la primera vez de la chica, y él no quería limitarse a tocarle las tetas. Quería verle la cara cuando gozase con él. Dejó que Pie se colocase lentamente sobre su erección y que se frotase contra ella, para lo que apenas tenía que balancearse y la cama hacía todo el trabajo. La joven disfrutó con las caricias de su polla en su intimidad, ¡qué caliente estaba!, pero enseguida quiso más, y se alzó para colocarle. El hombre sintió el calor infinito que salía de su sexo y cómo ella pretendía meterle en su cuerpo.

     —Despacio — aconsejó Bröd —. Ve poquito a poco, no quieras ir… ¡aaaAAAAAAAH…! ¡DE GOLPEEE…!

      Pie tenía los ojos en blanco y la pelvis pegada a la suya. Sí, se había dejado caer de golpe. El latigazo de dolor había sido intenso, pero apenas había durado un segundo, el calor que ahora sentía era plenamente agradable. Muy, muy agradable.

     De inmediato empezó a moverse y empezó a reír. Se frotó contra su vientre, apretando la polla de Bröd con su cuerpo, y éste agradeció haberse corrido antes, porque era tan tórrido y dulce, que no estaba seguro de aguantar mucho más, ¡qué estrecha era! ¡Qué caliente y apretada! El placer le cosquilleaba en olas de calor delicioso, de picor travieso, desde la polla a los pies, y, por lo que podía ver, Pie lo pasaba igual de bien que él.

     La joven gemía entre risas y le miraba con estrellas en los ojos. “Me llenas”, decía una y otra vez, “me llenas”. Las manos de Brödjo pensaron sin él y le apretó las tetas con fuerza. Pie gritó y le tomó las manos, para que no se las soltara, pero casi enseguida le llevó la derecha a su coño y asintió. Quería que la tocara mientras la follaba. Bröd obedeció de mil amores y, mientras gemía su placer, empezó a acariciar el de ella. Apresó el clítoris rosado entre dos dedos y lo frotó con el pulgar, sin piedad, mientras ella no cesaba de brincar. Pie se llevó una mano a los labios, y él vio cómo empezaba de nuevo el cambio de colores, esta vez más lentamente. La piel de la joven cambió de verde rosado a verde brillante. Vetas de azul eléctrico brillaban en su piel, parecía de diamante. Se estremeció sobre él, chilló y le agarró la mano para que no la moviera más, y su cabello creció hasta llenar el cuarto. Las flores del mismo estallaron en una nube de polvo dorado… Y Bröd quiso parar, pero no pudo.

    Antes de notarlos, los sintió acercarse. Eran como lenguas, lenguas cálidas que salían del coño de Pie y le acariciaban las pelotas, suave, agradablemente… y dentro, dentro de ella había más, eran como pequeños bultitos que le besasen la polla desde dentro de ella. Sabía que tenía que sacarla, intentó sacarla, pero entonces notó otros dos tentáculos, finos y fuertes, que se ataron a sus muslos y cintura y le forzaron a seguir empujando.

     —¡Pie…! — rogó — ¡Voy a…! ¡Tengo que sacártela, deja que me corra fuera!

     —¡Yo no lo hago! — rio la joven — ¡Aaaaaaaaah… e-es mi cuerpo, no lo dominoooooooo…!

    Bröd apretó la mandíbula, trató de contenerse, pero el coño de Pie le acariciaba sin descanso, aunque no se moviera, las lenguas le masajeaban las pelotas y se deslizaban hasta su ano, luchando por sacarle la semilla. Su corazón latía desbocado y el placer subía más y más, luchó por retenerlo, pero la fuerza de éste fue mayor, sus caderas empujaron y el picor rabioso estalló en un gozo indescriptible, una sensación de placer arrolladora que le vació el pecho de aire y la polla de esperma.

     —¡Me vengo! — se rindió, notando la descarga poderosa inundar las entrañas de Pie — ¡Ah! ¡Ah… me vengooo…!

     Su placer no se detenía. Duraba y duraba. Brödjo se estremecía y temblaba sobre la cama, sintiendo cada convulsión de su polla, cada contracción de su ano que le llevaba un nuevo escalofrío de dulzura. Olas de gusto maravilloso le recorrían de la cabeza a los pies, sacándole hasta la última gota de los testículos y dejándole encantado, maravillado de gozo. Pie se dejó caer sobre su pecho y él la apretó contra sí. Sintió que los tentáculos al fin le soltaban, y notó hormigueo en las zonas donde le habían tenido preso.

     —Pie, esto ha sido una locura — musitó, cuando logró recuperar el aliento y el globo del inmenso placer empezó a desinflarse. —. No debí habértela dejado dentro hasta el final, pero yo pagaré el quemado. Lo pediré ahora mismo, le diré a tus padres que…

     —No tienes que decirles nada, ni pagar nada. Bo-bo. Mira mis flores, son todas blancas — contestó ella. Bröd la miró, inquisitivo, y ella sonrió, dándose cuenta de que él no tenía idea de biología herbos — Cuando ovulamos, y lo hacemos sólo un par de veces al año, nuestras flores cambian de color, de blanco a rojo. Si tuviera flores de color rosa, habría riesgo de embarazo. Si fuesen rojas, sería seguro, y cuando cambian a color violeta, es que el óvulo está a punto de perderse. Luego nuestras flores se hacen blancas otra vez. Ahora mismo, todas las flores de mi cabello son blancas, así que no hay el menor riesgo.

    Bröd suspiró, aliviado. Pie se le abrazó, y el hombre la acarició, frotando su barbilla contra su cabello verde, que ya volvía a su longitud normal. No quería encariñarse, pero sonrió mientras la hacía mimos y ella se reía por lo bajo. “Esto no es más que un antojo para los dos, como tú decías”, pensó el ex convicto “Pero si tuviera treinta años menos…”




      Era muy temprano, apenas había salido el sol y la mañana estaba fría. Hacía menos de media hora que Pie había vuelto a su cuarto y dejado a Bröd tumbado en la cama, roncando suavemente. Cuando ella abandonó su lecho, él se abrazó a la almohada como antes la había abrazado a ella, y besó la funda en sueños. Pie se rio y le besó la frente antes de irse, pero de esto no sabía nada Júpiter, que estaba sentado en el banco del parque, afilando un palito con su navaja láser. Esperando.

     Le vio aparecer a lo lejos. Remo era delgado, casi flaco, y vestía estúpidamente con camiseta de manga corta y pantalones cortos blancos; parecía que llevase calzoncillos. Venía corriendo, haciendo ejercicio como todas las mañanas, y cuando vio al forzudo pareció tentado de coger otro camino, pero siguió avanzando. Pasó junto a él y ya creía haberle rebasado, cuando una bota del 43 se metió entre sus pies y le hizo caer sobre el césped cuan largo era.

    —¡Pobre hijito! — exclamó Jupi enseguida y se levantó para ayudarle — ¿Te has caído?

    Remo quiso decir algo, pero una manaza de hierro se cerró en su camiseta y se vio alzado del suelo por un único brazo de la anchura de un jamón. Se encontró mirando el mentón cuadrado de Júpiter, enmarcado por un bigote rubio, su nariz partida y sus ojos azules, y aquélla imagen no le hizo mucha gracia. Sería por los bigotes rubios, sería por la mirada, pero el chico tuvo la impresión de estar mirando cara a cara a un tigre.

    —S-sí, pero ya… ya estoy mejor, señor, puede soltarme. — Por su juventud, Remo no había dominado aún algunas disciplinas psíquicas. La de “quedarse calladito cuando se te acerca el huracán”, era una de ellas. La sonrisa de Júpiter hubiera pulido un diamante.

     —Claro está que te soltaré. Voy a soltarte como la inmundicia que eres, para no mancharme las manos con tu sangre. Voy a soltarte como tú has pretendido soltar a mi niña — Remo intentó hablar, pero el miedo, por puro instinto de supervivencia, le cerró la garganta y se limitó a boquear como un pez fuera del agua —. Ayer llegó llorando a casa. Se destrozó las manos entrenando para desahogarse. Se le marchitó todo el cabello. Y todo porque un despojo como tú, que no valdrá nunca ni para besar el suelo que pisa, jugó con sus sentimientos y se atrevió a despreciarla… Escúchame bien, enano mamón. NADIE hace llorar a mi niña y se libra tan pimpante. ¿Quieres que te suelte? ¡Vas a ver cómo voy a soltarte!

     Remó recuperó la voz sólo para gritar “¡NO, NOOOOOOOO!”, pero de nada le sirvió; Júpiter le agarró a la vez del cuello y la entrepierna, tomó impulso y le lanzó de cabeza a la fuente que, por fortuna, era lo bastante honda para contenerle. Remo sacó la cabeza del agua y el brazo del forzudo se la hundió de nuevo. Después le agarró del pelo y le sacó.

     —A partir de ahora, más te vale hacer tus carreritas en otra parte. Si te vuelvo a ver cerca del hotel, de mi familia o de mi niña, esto te va a parecer una brisita veraniega. ¡Enano!

     Remo asintió compulsivamente, tiritando por igual de frío que de miedo.  Por su parte, Júpiter no se sentía orgulloso de lo que había hecho. Para empezar, no le gustaba emplear su fuerza con aquéllos que sabía más débiles que él. Para seguir, si Tupami se enteraba de cómo había maltratado a aquél muchacho, no le iba a gustar en absoluto. Y qué decir si se llegaba a enterar Pie… la chica le diría que era un metiche, que no tenía derecho a hacer algo así, y sabía que tendría razón. Pero, por otra parte, qué alivio. Joder, qué bendito alivio, era la primera vez que se sentía bien desde ayer. Sabía que era exagerado y un bruto, pero algo dentro de sí le escocía como el fuego al pensar que alguien había hecho daño a su hija y él no le había dado el escarmiento que se merecía.

     El chico marchar a Jupi sin atreverse a salir del agua hasta que éste estuvo bien lejos. La mera verdad es que él había esperado que PumpkinPie saliera también a hacer ejercicio y así poder hablar con ella, disculparse y hacer las paces; era una bobada preferir el orgullo a su compañía… pero ahora, ¡buf! ¡Cualquiera se acercaba!



Antonio Hernan, este cuento está dedicado a ti con toda mi simpatía, ¡que lo presumas!