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jueves, 9 de agosto de 2018

El mordisco.


     Cálida y luminosa. Si la miraba fijamente, el mundo se iba diluyendo poco a poco hasta desaparecer en la luz. “Quizá morir sea así, quizá sea sólo que el mundo se desvanece alrededor de una luz. Y a lo mejor, por eso todos los insectos vuelan hacia ella, quizá también quieran ver desaparecer el mundo”. Violeta jugueteó con la cerilla encendida hasta dejarla caer en el cenicero lleno de papeles y miró cómo estos ardían, se consumían y convertían en ceniza mientras las llamas crecían y bailaban. “Como si estuvieran vivas”, pensó. “Parecen más vivas que otras cosas aquí”.

     Desde pequeña le había fascinado el fuego, quizá por lo mucho que lo temía la abuela. Parecía que era lo único que hacía callar a la vieja. “Algún día, no dejaré caer la cerilla en el cenicero. Algún día dejaré los papeles sobre la moqueta, y tiraré la cerilla en ellos, y haré que esta maldita casa arda como una tea, hasta los cimientos. Así me libraré de ti de una vez para siempre.”

     Vertió un poco de agua para apagar las llamas y abrió la ventana para ventilar. Apenas había amanecido. Era el momento perfecto para salir, la abuela aún estaría durmiendo pegada a la bombona de oxígeno; para cuando despertarse, ella ya estaría en la calle.

     Silenciosa, bajó las escaleras. En el sillón, de espaldas a ella, Violeta podía ver a la vieja. Esta detestaba que la joven saliera de casa. Entre semana lo soportaba porque Violeta iba "al colegio", ya la Universidad, donde estudiaba con beca, pero los fines de semana le exigía estar en casa, cuidando constantemente de ella y atendiendo a sus caprichos. Violeta siempre agradecía que la abuela fuese tan mayor cuando se vio obligada a recogerla; podía enfadarse con ella, podía gritar hasta ponerse azul, pero no tenía verdaderas energías para oponerse a nada o pegarle. Aun así, para evitar molestas escenas, salió con el mayor sigilo posible. Ya en la calle, sintió un gran alivio y sonrió abiertamente. Se apresuró a alejarse, recordando que lo hizo igual de pequeña, para quedar fuera del alcance de la voz, o de cualquier otro ruido que pudiera hacer la vieja.

      Era maravilloso sentirse libre, aunque sólo fuera por unas horas. Sabía que cuando regresase, estaría presa otra vez, presa de la vieja, imposibilitada para hacer nada con tranquilidad, ni siquiera para dormir a gusto. Pero de momento, era libre. Y pensaba aprovecharlo.

     Kapsi echó la cerradura de la alcoba de su tío y escondió la llave. Era sábado y tocaba cambiar el escondite, así que la ocultó detrás de la cisterna del inodoro. Después, salió a dar su vuelta de reconocimiento alrededor de la casa mientras fingía barrer o rastrillar el jardín. Más tarde tendría que limpiar toda la casa y repasar la ropa de su tío; los fines de semana, el tío Tánaso tenía más trabajo en su cargo como relaciones públicas de la discoteca, de modo que tenía que lucir impecable, deslumbrante. Eso significaba un trabajo extraordinario para su sobrino, quien tenía que pasar revista a todo el vestuario de su pariente, de todo menos modesto, amén de sacar brillo a todos sus zapatos, y tenerle preparado tabaco, mechero, preservativos… El tío Tánaso no se ocupaba de nada que pudiese encalomarle a su sobrino. “A veces, me extraña que no me mande que le sostenga la chorra para mear”, se dijo. Y sólo lo pensó, porque no quería decirlo muy alto, por si acaso. Sostenía el rastrillo mientras escuchaba y sentía a su alrededor, y por eso antes de verla, la sintió.

     Venía de camino. Y quería verle A ÉL. Kapsi, aunque pudiese transmitir su pensamiento a otros semejantes, no podía leer mentes ni nada parecido, pero cuando alguien se acercaba, sí podía sentir si tenía malas intenciones o no, y desde luego, las intenciones de Violeta podían haber sido calificadas de “malas” quizá por un cura, una madre o un vigilante hermano mayor, pero él no pensaba que fueran malas en absoluto. Corrió a la parte delantera de la casa para verla llegar. No podía ir a su encuentro, su tío no le había dado permiso para abandonar la casa, pero podía quedarse en el caminito de entrada y esperarla allí.

     Violeta le vio, aún lejos, y sonrió. Kapsi llevaba pantalones negros, zapatos rojos y un jersey muy gracioso, marrón con rombos amarillos y naranjas. Nada combinada con nada, y daba la sensación de que se vistiera con ropa prestada o de segunda mano. Violeta sabía reconocerlo bien, porque así era todo su propio vestuario.

     —Hola. — sonrió la joven cuando llegó a su altura, y Kapsi le regaló una enorme y luminosa sonrisa. Sólo espera que no se notase por fuera el pánico que llevaba por dentro, con todas sus neuronas chillando como histéricas, “¡Ha venido a verme! ¿Qué le digo? ¡¿Qué le digo?!”

     —Hola — atinó a decir y prácticamente no tartamudeó —. Me alegra que hayas venido.

     —¿Te apetece ir a algún sitio? — preguntó ella y a Kapsi se le quedó cara de tonto (haciendo honor a la verdad, no era una expresión para la que tuviese que esforzarse mucho), hasta que se dio cuenta de qué quería ella decir. No era sólo que quisiese una cita, es que le estaba preguntando su parecer, quería saber si él tenía alguna apetencia en particular. Algún deseo. Casi sintió ganas de llorar. Era la primera vez en décadas (si no en toda su vida), que alguien no sólo no le daba órdenes, sino que le preguntaba directamente qué quería hacer. Por desgracia, él no podía moverse de la casa, pero aquélla maravillosa atención, nadie podría quitársela.

     —Yo no… no puedo salir de casa, mi tío no me deja. ¡Pero podemos quedarnos aquí! — añadió enseguida, temeroso de que ella se fuera. —. Nos podemos sentar en el porche trasero. Hay un balancín.

     Violeta sonrió y asintió. Si tenía que ser fiel a la verdad, la posibilidad de pasearse con él y encontrarse quizá a algún conocido que le pudiese ir con el cuento a la abuela, no le atraía nada, y menos aún la idea de que nadie les hiciese preguntas o bromitas estúpidas. En el porche trasero nadie les vería, y no le tendría que compartir con nadie.

     Kapsi sabía que no podrían quedarse mucho rato, no con todo lo que tenía que hacer, pero un ratito… Se sentaron juntos en el balancín, frente a la mesa con las velitas de citronela, y se dejaron mecer suavemente. Kapsi buscó a la desesperada algo que decir. “Tengo que decirle algo que la deje estupefacta, algún cumplido genial de esos que suelta mi tío y que las deja patidifusas…”

     —¿Sabes? Sólo con lo que me haces pensar cuando te miro, ya corro grave riesgo de quedarme ciego — apenas lo dijo, la sonrisa se le escurrió, e intentó arreglar como pudo aquélla burrada, pero Violeta, colorada como un tomate, no parecía ofendida en absoluto.

     —Nadie me había dicho nunca algo así — Reconoció —. Nadie había hablado nunca mucho conmigo. Mi abuela mete miedo a todo el mundo.

     —Mi tío hace lo mismo — Kapsi recordó algo —. Tengo que decírtelo, mi tío es una persona… bueno, él es… — resultaba muy difícil prevenirla sin decirle una verdad que no podía decir — ¡Un cleptómano! — sonrió, satisfecho de su salida —. Así que tú nunca le invites a entrar en tu casa, por si acaso. Y tampoco le dejes que se acerque mucho a ti, porque a la que te descuidas, te puede quitar la cartera, o… No lo hace por maldad, es sólo que no puede evitarlo.

     Violeta le miró con asombro. Esos ojos violetas… se podía ver reflejado en ellos, hundido en aquél color. “¿¡Quieres dejar de ser tan guapa?!” Pero como Violeta no podía hacerlo, tampoco Kapsi pudo evitar seguir hablando y empezar a darse pisto.

     —Por eso estoy aquí con él — se empavó —. La familia me encargó cuidarle. Mi tío se cree que me da órdenes, pero en realidad soy yo el que lleva la voz cantante.

     La joven sonrió. No con tanta admiración como él había esperado, pero era una preciosa sonrisa.

     —No necesitas fingir nada conmigo — musitó, y le tomó suavemente de la mano. —. Ya me gustas mucho tal y como eres.

     El cerebro de Kapsi empezó a encenderse con luces de alarma, pero su corazón le atacó por detrás y le amordazó con un pañuelo de cloroformo. Violeta no le soltaba la mano y no dejaba de acercarse a él. Y el chico sabía que no debía, que tenía que retirarse pero, aunque lo intentaba, su cara no dejaba de acercarse a la de ella.

     “No, si no la voy a besar”, se dijo “No va pasar nada, porque no va a ser un beso de verdad; ahora me desviaré y le besaré la cara”. Y realmente tenía esa intención, pero ella le tomó de la mejilla y le dirigió, certera, hacia sus labios. Kapsi no había contado con aquello. Claro, él había fraguado un plan perfecto, ¡pero si a ella se le ocurre contraatacar!

    “Suave… es muy suave”. Logró pensar. Los labios de Violeta apretaron los suyos, pero enseguida se deslizaron, brindándole una caricia maravillosa, húmeda y cálida. La boca de la joven se entreabrió y Kapsi sintió un apéndice, pequeño y travieso, que acariciaba sus labios y pedía paso entre ellos. Gimió, y antes de poder reaccionar de forma consciente, su boca pensó sin él y le dejó entrar. Y explorar. Y jugar. Kapsi se sentía tierno y mimoso como un flan de gelatina, salvo por una zona muy concreta de su cuerpo. Se dejó abrazar y derretir por las sensaciones que le colmaban, mientras un gemido interminable se le escapaba de la garganta. Aquélla lengua juguetona encontró la suya y la sometió a un delicioso tratamiento de caricias, mientras Kapsi temblaba de gusto entre los brazos de su amiga.

     Violeta le soltó la boca suavemente y le besó las mejillas y la nariz. Su compañero boqueaba, jadeante, con un bulto tremendo en el pantalón, un rabioso picor en los colmillos, una mano en la espalda de la joven y la otra crispada en el asiento del balancín. Kapsi sacó la lengua un instante para lamerse los labios entumecidos y hormigueantes por el beso, y Violeta aprovechó la ocasión para capturársela entre los suyos.

     —¡AY! — Kapsi saltó con tal violencia, que la joven creyó que le había mordido sin querer, pero los ademanes de dolor eran excesivos para ello; el chico pateaba el suelo y se tapaba la boca con ambas manos, una lagrimilla le había saltado de los ojos. — ¡Mied-da… duele, duele, duele!

     —¿Qué pasa? ¿Qué te he hecho? — Violeta tenía una expresión más que preocupada, ansiosa, y Kápsimo trató de resistir, por más que notara que la punta de su lengua se desprendía, convertida ya en carbón, después de calcinarse. Se escupió el pedacito en las manos con disimuló y lo dejó caer bajo el balancín, para que ella no lo viera, mientras se abanicaba la boca cerrada con la otra mano. Violeta se horrorizó aun así — ¡Pero si estás quemado!

      Kápsimo intentó sonreír, pero la piel le tiraba y le escocía como si fuese a reventarle. Tenía toda la zona de la boca colorada como un fresón, como si se hubiera quemado bajo el sol.

     —´o impo´ta — logró decir. Su lengua se regeneraba rápidamente, pero la piel se le quedaría roja todo el día. —. Es que… soy algo sensible, tengo muchas alergias.

     —¿Te ha dado alergia mi brillo labial? ¡Cómo lo siento! — Kapsi asintió. No era verdad, pero le dio la oportunidad necesaria para que ella no volviese a besarle y aceptase marcharse por el momento; así él podría limpiar. Violeta prometió volver al día siguiente, aún algo culpable por lo sucedido, ¡qué torpeza! Sí, ella no podía saber que Kapsi era alérgico al cacao de labios, pero siempre tenía que cometer errores así. La abuela era una vieja bruja, pero tenía razón: ella era una inútil. Todo lo estropeaba, y siempre tenía que meter la pata, maldita inútil.

     Kapsi la vio marchar con una mezcla de tristeza y rabia, ¿¡por qué tenía que caerle lo de ser un Impío precisamente a él?! De acuerdo, su padre había sido infiel a su primera esposa, pero, ¿por qué eso tenía que pagarlo él? ¡No era justo! ¡Ni siquiera era el hijo mayor!

     Que él supiera, la impiedad no tenía por qué ser una condición permanente, sino sólo una maldición temporal (¡por favor, por favor, que fuese cierto!), pero él llevaba así desde 1958, y no había visos de que mañana mismo su situación fuese a cambiar, ¿no bastaba ya? ¿Qué tenía que hacer? Estaba condenado a ser siempre el último mono, a ser un esclavo, a sufrir Sed y a seguir virgen. En tanto que Impío, no podía atravesar la carne de otro ser, así que nadie le consideraba de pleno derecho a nada; no podía comer carne o pescado, estaba condenado a tomar sólo fruta y verdura, sólo podía beber leche, ¡ni siquiera podía tomar vino! Y claro está que no podía Besar, pero es que tampoco podía besar, ¡no podía ni dar un beso con lengua como es debido! Ella simplemente le había pescado la lengua entre los labios, y su boca había estallado en llamas hasta carbonizarle la lengua. Pánico le daba pensar en qué podría sucederle si intentaban… Sí, de acuerdo, se regeneraba muy deprisa, ¡pero el dolor nadie se lo quitaba!



     A las cinco y media, con el cielo ya casi oscurecido, Kapsi abrió la habitación de su tío llevando el galán de noche con ruedecitas en el que había varios trajes, para que su tío pudiera elegir. La alcoba estaba presidida por el antiguo y pesado ataúd de roble que descansaba sobre la tarima, bien cerrado. Esa era otra; él ni siquiera podía dormir en un ataúd, el tío le había proporcionado un catre plegable y con eso tenía que contentarse. Suspiró y abrió los pesados cerrojos. Dentro del ataúd forrado de seda, amplio y cómodo, su tío dormía, fuera del estado de latencia ya.

     —Tío… — llamó, en voz baja. — Tío Tánaso, ya es la hora.

     El tío sonrió, aún con los ojos cerrados, y empezó a desperezarse. Su expresión recién despertado, atusándose lentamente los mechones negros que le caían sobre los ojos azules, con su sonrisa de satisfacción, estaba llena de atractivo y ternura. Por más que se divirtiera azotándole, se riera de él y le tuviera hecho un esclavo, Kapsi no podía evitar desearle. Su tío enfocó la mirada y enseguida empezó a reírse con ligereza. Había visto el cerco colorado que tenía su sobrino alrededor de la boca.

     —Me parece que esa deslenguada jovencita de ojos violetas, ha estado aquí de nuevo, ¿verdad? — preguntó al tiempo que salía del ataúd, aunque no necesitaba que Kapsi le contestase, pero le divertía hacerle rabiar. El joven asintió. Las marcas de la piel, a diferencia de las otras, permanecían muchas horas, y escocían. Según su tío, no tenía sentido sufrir una maldición a escondidas y con discreción; el mismo fin de la maldición era hacerle sufrir, y nada hacía sufrir tanto como la vergüenza pública —. Mi pobre sobrino, no te apures tanto.

     —Qué fácil es para ti, tío. — se lamentó Kapsi. Su tío le dedicó una sonrisa torva y empezó a cambiarse. Ya con la chaqueta sobre los hombros, contestó.

     —De veras. No te apures tanto. Hoy eres un Impío, de acuerdo, pero nadie sabe qué serás mañana. Tienes toda la Eternidad para que tu condición se corrija, ¿a qué tanta prisa?

     —¡A que ella no tiene toda la Eternidad! — la sonrisa que le dedicó su tío era más elocuente que cualquier discurso, y Kapsi se asustó. —. No… no tío, por favor, no le hagas daño.

     —¿Quién habla de hacerle daño? Voy a hacerle el mejor regalo que un ser puede hacerle a otro. Voy a regalarle la Vida.

     Kapsi boqueó como un pez fuera del agua, dejando ver su gran indignación.

     —¡Eso quería hacerlo YO! — estalló.

     —Sí, pero como de momento tú no puedes, yo lo haré por ti con mucho gusto — Kápsimo intentó protestar, pero su tío le colocó una mano en el hombro —. Te prometo que te contaré su sabor con todo detalle, y quizá hasta te deje mirar, ¿qué te parece?

     En cierta ocasión, años atrás, el tío Tánaso le hizo inclinarse cuando le azotaba para que las puntas del zurriago le golpeasen los cojones, cuando se le ocurrió contestar con sinceridad a una pregunta similar. Por eso, sólo por eso, prefirió no responder lo que le parecía, pero tampoco hacía tanta falta. Su tío ya se hacía una idea.


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     “¡No es justo, no es justo y no es justo!”. Kapsi, viendo marcharse a su tío, sentía tanta indignación que hasta le daban ganas de llorar, ¡precisamente lo que él no había querido que sucediera, que su chica llamase la atención del tío! Ahora él le daría el Beso y adiós, Violeta. Ella ya sólo tendría ojos para él y sería como el resto de sus familiares: se reiría de Kapsi y no querría ni mirarle a la cara. La perdería para siempre. Si pudiera hacer algo…

     Oye, ¿y si SÍ pudiera hacer algo? A fin de cuentas, sólo era darle un mordisco. No podría beber de ella, pero si le daba tiempo a morderla él, ya sería suya. Le dolería muchísimo, quizás hasta se le cayesen los colmillos, pero si a cambio conseguía ser él quien la mordiera, podía soportarlo. “No será una Impía como yo, será pura”, sonrió, mientras corría a la parte trasera, para que nadie le viese, “pero yo le habré dado el Beso, y eso no podrá olvidarlo”. Llegó al jardín de atrás y Cambió. En forma de pequeño murciélago, echó a volar. Ya cerca de la casa, descendió. Y algo enorme y gris se le echó encima de golpe.

     Violeta estaba de camino a casa. Había logrado convencer a la abuela de que tenía que ir a la biblioteca a estudiar, y así pudo salir un rato. Su primera intención había sido pasarse de nuevo por casa de Kapsi, pero luego se arrepintió, ¿y si le molestaba? Y si… ¿y si después de lo ocurrido por la mañana, ya no quería volverla a ver? Pensó que era mejor ir a la biblioteca, a fin de cuentas. De allí volvía, cuando vio al perro.

     Era un gran danés enorme, parecía un caballo, y tenía acorralado a algo, algo que pretendía revolotear, y el perrazo no se lo permitía. Violeta se enfureció, como siempre que veía a alguien abusar de otro más pequeño, y no midió consecuencias; tomó un pedrusco del suelo, se lo lanzó al animal y le acertó en plena oreja. El chucho gañó y se giró y, cuando vio a una joven menuda, sin duda pensó que podría con ella. Rugió y se abalanzó, pero Violeta tenía la segunda piedra en la mano y se la lanzó sin esperar. Esta vez el perrazo gimió de dolor; la pedrada le había dado en todo el hocico y debió hacerle daño, porque el bicho se lo pensó mejor y se desvió. Ya lejos, lanzó un par de fuertes ladridos, como si quisiera hacer entender a la joven que no abandonaba la pelea por miedo ni nada así, era sólo que tenía cosas mejores que hacer. Violeta le ignoró y se acercó a aquello con lo que el perrazo se había estado divirtiendo, y sonrió, ¡pero si era un murciélago! Enseguida se quitó la chaqueta, se la echó encima y le recogió con ella. El animalillo se dejó hacer sin oponer resistencia y, por lo que pudo ver la joven, no estaba herido.

     —Sin duda estás agotado y muerto de miedo, ¿verdad, chiquitín? — le dijo con ternura — No te preocupes, ese abusón no te hará ningún daño. Te llevaré a descansar a mi casa y te pondrás bueno enseguida.

     Cuando el chucho aquél se le echó encima, Kapsi pensó que le haría trizas, ¡él no podía morderle, pero el perro a él, sí! Había pasado un miedo terrible, y entonces había aparecido ELLA. ¡Y le rescató! La dulce y valiente Violeta había hecho huir al maldito perrote, sin pensar en nada que no fuera defenderle, y después de eso, ahora le protegía. Le había tomado entre sus cálidos y delicados brazos, cómodos como una nube perfumada, y le había cobijado junto a su corazón… y sus tetas. Aaaaaaaah… ¡qué blanditas eran! ¡Qué calor tan grande desprendían! A cada paso que su chica daba, le apretaba con sus tetas, cubiertas sólo con una blusa oscura, ¡le parecía estar en la gloria! Su cuerpo empezó a reaccionar y el joven no hizo nada por contenerse, ¡era demasiado agradable! Y como Violeta le llevaba vuelto hacia ella, su pichilla no dejaba de frotarse contra la tela suave y fina, contra aquél delicioso pecho. Cada suave roce le ponía más caliente y le mandaba ráfagas de placer que le hacían sonreír y temblar. El cosquilleo era mejor a cada paso, y si el paseo seguía mucho más, iba a acabar manchándole la blusa, pero no podía (¡ni quería!) hacer nada por evitarlo.

     “Un poquito más… sólo rocecito, que estoy casi a puntooo…” suplicó Kapsi para sí, con su diminuto pitín animal frotándose contra las tetas de su amiga, cuando ésta se detuvo. “¡Mierda! Mmmmh… no me faltaba nada. Por favor, por favor, sólo otro poquito”. Los latidos del corazón de la joven le daban minúsculos, casi imperceptibles golpecitos en su miembro ansioso, y entonces percibió lo que pasaba. Y la erección casi se le bajó de golpe. Su tío estaba cerca.

     Intentó asomarse por el borde de la cazadora con la que le envolvía, y le vio. Estaba frente a la puerta de la que, sin duda, era la casa de Violeta.

     Tánaso sonrió. Era la sonrisa que un gato hambriento le dedicaría a un volantón despistado de su nido, y a Violeta le dio un vuelco el estómago. Sintió ganas de huir, pero en lugar de ello, apretó al pequeño animal contra su pecho, y procuró poner una expresión indiferente.

     —Vaya — sonrió el visitante —. Por fin, los tres solos — Violeta le interrogó con la mirada, y su interlocutor procuró corregirse —. Oh, tú, yo, y tu abuela, claro.

     La joven palideció.

     —Claro. — Asintió. Tánaso pareció estudiarla durante varios larguísimos segundos, hasta que al fin habló de nuevo.

     —Es un poco dura de oído, tu abuela. He llamado varias veces, pero no parece que me haya oído — Violeta le miraba con ojos cada vez más abiertos y no contestó. —. Creo que tú y yo, quizá no empezamos con muy buen pie, pero yo deseo arreglarlo. Te he traído té. Sé que te gusta — Violeta cambió del miedo al asombro, y Tánaso sonrió — Tengo muy buen olfato, y el otro día olías a té negro. Por favor… te prometo que no molestaré a tu abuela.

     ¡Qué más hubiera querido Kapsi que advertir de algún modo a su chica! Pero el tío Tánaso le previno de que no lo hiciera. “No te atrevas, mi querido sobrino… Puede que ella sea inmune al glamour, pero tú no eres inmune a mí”. Kápsimo no se molestó en vaciar la mente, sabía que sería inútil. En su lugar, se dejó inundar por las sensaciones de calor y placer que le colmaban entre los brazos y las tetas de Violeta, y llenó su cerebro de pensamientos sexuales. Sólo por debajo de los mismos, pensó. Lo más juicioso era dejar actuar a su tío. Porque si ella le permitía entrar, él sólo necesitaba un segundo para morderla.

     La joven se debatía internamente. Sabía que no debía, que no podía dejarle entrar, pero por un lado quería hacerlo. Era el tío de Kapsi, ella misma se había propuesto pedirle perdón, y ahora era él mismo quien se presentaba con una ofrenda de paz; sería terriblemente grosero rechazarla. Por otro lado, estaba la abuela. No podía dejar que nadie entrase en la casa, sería muy peligroso. “Pero si no le dejo entrar, no sólo será maleducado. También será sospechoso”.

     —Está bien — convino —. Pero, por favor, prométame que hablará lo menos posible — estuvo a punto de pedirle también que no hiciera preguntas, pero se contuvo —. Mi abuela está muy delicada y es… algo huraña.

     La sonrisa de Tánaso exudaba encanto y sinceridad puros.

     —Ni siquiera notará que estoy.

     La joven asintió y se dirigió a la puerta. Kapsi se dijo que no podía esperar más, si no lo hacía ahora, su tío le tomaría la delantera, y se preparó para darle el Beso. “En el pezón”, pensó “Voy a darle el Beso en el pezón. Aunque se me caigan los dientes, va a valer la pena”. Pero apenas entreabrió la puerta, la sorpresa fue tal que ya no le dejó cerrar la boca. De inmediato supo que su tío lo habría olido mucho antes que él y ya lo sabía, pero él se acababa de quedar de piedra.

     —No me extraña que seas inmune al glamour — oyó decir al tío —. Has visto demasiadas cosas. Y sobre todo, has hecho demasiadas cosas, para que nadie pueda engatusarte con trucos de ilusionista, ¿verdad? — Violeta, aún con Kapsi entre los brazos, retrocedió — No debes tener miedo de mí. Aunque te reconozco que me excita que lo tengas.

     —Yo no le tengo miedo, señor — contestó la joven, y su voz sonó mucho más firme de lo que Kapsi habría esperado. —. No por mí, al menos.

     —¿Sabes qué soy? — la voz del tío sonaba muy cerca, como si estuviera frente a ellos, a punto de abrazar a Violeta. Kapsi vio la barbilla de su amiga moverse en un asentimiento.

     —Una fiera.

     —La sonrisa de su tío casi le rozó las orejas. Sus manos acariciaron los hombros de Violeta.

     —Mi querida niña. Mi querida y avispada niña. Y sabiéndolo, ¿por qué dejas entrar en casa a las fieras?

      Kapsi vio la barbilla de su tío acercarse muy despacio al cuello de Violeta, dispuesto a Besarla. Y por el modo en que la joven le apretó contra su pecho, supo qué iba a pasar antes de que ella contestara:

     —…Porque yo también soy una — El tío se dobló de dolor y ahogó un grito, el rodillazo le acertó de pleno. Violeta se escabulló, de un tirón se abrió la blusa y estrujó a Kapsi contra sus tetas desnudas — ¡Ay! — chilló, pero no dejó caer al murciélago. Kapsi hundió el colmillo en el rosado pezón de la joven. La gota de sangre le supo dulce, libre, a ambrosía líquida. Durante un nanosegundo. Después, el dolor fue tan espantoso como instantáneo; una ráfaga de fuego en las encías que le subió al cerebro y se deslizó a través de su garganta por todo su cuerpo y le obligó a soltar el bocado entre agudos chillidos de dolor.

     —¡Estúpida! — masculló el tío, la voz ahogada y la mano en la castigada entrepierna. Alzó la izquierda dispuesto a abofetear a Violeta, pero el pezón goteante de la joven hizo brillar en rojo su mirada. Mientras, Kápsimo convulsionaba de dolor y cambiaba a forma humana, incapaz de mantener la animal por los dolores. El joven se agarraba la boca con los puños, ¡era horrible! Notó que los labios se le caían, hechos pedazos, y se asustó más aún. La garganta, la tráquea, el estómago por donde había pasado la gota de sangre que sorbiera de Violeta, le quemaban como si hubiera tragado cal viva, y podía sentir cómo se desgarraba y calcinaba por dentro. Trató de pedir ayuda, pero al alzar la vista, a través de sus lágrimas vio al tío Tánaso alimentándose de Violeta.

     Con la joven recostada entre sus brazos, sorbía directamente del pezón mientras sus caderas se movían lujuriosamente y su garganta emitía gruñidos de placer. Violeta intentaba en vano resistirse; sus mejillas encarnadas y ojos en blanco delataban que las sensaciones que le provocaba el Beso eran demasiado agradables para luchar contra ellas; trató de decir algo, pero sólo un profundo gemido de placer salió de sus labios. Aquello fue la puntilla. Kapsi quiso gritar, insultar a su tío, pero su mandíbula acababa de caer al suelo hecha cenizas, y ya no podía emitir palabra. Notó que un calor insoportable empezaba a gestarse en su interior y quemar su estómago, a la vez que la carne de sus mejillas empezaba también a cuartearse y caer, convertida en polvo gris. De su boca caía una pequeña cascada de sangre que también se secaba antes de tocar el suelo. ¿Iba a… iba a morirse? El terror y el dolor crecieron en su pecho como la presión en una olla exprés, y quiso gritar de pánico. El alarido salió de su garganta en un desgarro desesperado y carente de aire, pero no fue sólo sonido lo que salió de su boca destrozada.

     —¡Cuidado, idiota! — El rostro de su tío, aún con la mirada roja y los colmillos salientes, se le echó encima en un intento de frenar el torrente de llamaradas que escupió. Kapsi se asustó más todavía, pero un rayito de alivio vino a confortarle en medio de su pavor, ¡podía echar fuera el fuego que le quemaba! Sin pensar en las consecuencias, abrió la boca todo lo que pudo y gritó de nuevo. Las llamas prendieron en las cortinas, en los sofás y los muebles, y el fuego se extendió en segundos por toda la habitación.  — ¡Maldita sea, corred! ¡Los dos!

     El rugido del tío Tánaso no admitía réplica; sin dejar de escupir fuego por boca y nariz, Kapsi consiguió ponerse en pie y dar un par de pasos tambaleantes hacia Violeta, pero antes de poder cogerla, vio al tío echársela al hombro. Acto seguido le agarró a él del pantalón y tiró de él. Un formidable tirón y los tres atravesaron la casa de parte a parte, hasta salir por la ventana trasera de la cocina, en confuso montón de cristales, fuego y sangre. Rodaron por la tierra del jardín, y el tío no le dio tiempo a levantarse; le hundió la cara en la tierra húmeda hasta ahogarle el chorro de llamas.

     —Mi casa… — musitó Violeta, aún tirada en el suelo, con la blusa abierta. Pálida como un papel, sólo sus ojos violetas parecían brillar en su rostro, con un resplandor extraño. Frío y lejano, pero lleno de interés. Kapsi intentaba cubrirse lo que le quedaba de cara con el jersey, pues toda su mandíbula inferior se había carbonizado. El tío Tánaso se acercó a Violeta, la ayudó a incorporarse y la abrazó con suavidad. La joven sintió el brazo del vampiro en torno a sus hombros, más cálido y consolador de lo que había experimentado de ningún ser humano, y supo que la entendía.

     —Tú no la mataste. Sólo… dejaste que la Naturaleza siguiese su curso, nada más. Nadie puede acusar de algo como eso a una niña, claro que no.

     —Claro que no — repitió ella maquinalmente. Un segundo después, interrogó al tío con la mirada, y éste hizo un gesto vago con la mano libre, como si aquéllo careciese de importancia. 

     —Lo olí. Nada más entrar en la casa, olí el cadáver. Cuéntame. Dime cómo fue — Tánaso, con su brazo en los hombros de la joven, la llevaba casi en brazos, y Kapsi prestaba oídos, con el jersey subido hasta la nariz. Su mandíbula se regeneraba, pero, hasta que lo hiciera, no quería correr el riesgo de que ella le viese con esa pinta. Violeta echó a andar como en sueños.

     —Había que cambiarle la bombona de oxígeno. A veces le duraba un par de semanas. Otras, sólo algunos días. En aquél verano ya le duraban cada vez menos. Odiaba cambiarle la bombona. Olían muy mal, estaban heladas y pesaban muchísimo, aún vacías. La vieja siempre me gritaba que yo la iba a matar, que si estaba enferma era por culpa mía. Que yo había matado a mi padre, que nadie me quería, que era una zorra como mi madre, que era odiosa, malcriada, llorona, maleducada, inútil, un fracaso, un estorbo…

     El tío Tánaso siseó para acallarla. A distancia prudente, los tres se volvieron para contemplar la casa en llamas, en la que los bomberos se afanaban y a cuyo alrededor se arremolinaban los curiosos, pero a ellos tres nadie les prestó atención, ni tan siquiera pareció que les vieran. “Arde como una tea, como una antorcha. Como yo quería quemarla”, pensó la joven. Sonrió. Oyó las voces que, a pesar de la distancia, escuchaba sin esforzarse, y todas eran lamentos por ella y la abuela.

     —Nunca me dejaba hacer nada. Ni salir a jugar, ni tener amigos, ni hablar con nadie — siguió contando —. Tenía que estar pendiente de ella, día y noche. Tampoco me dejaba dormir. Puso un timbre en mi cuarto y, cuando ella lo tocaba yo tenía que ir, aunque estuviese dormida, para hacerle lo que fuese. Traerle agua, o comida, o apagarle la tele, o darle otra bombona. Según ella, cuando se dormía yo debía quedarme despierta junto a ella a vigilar el manómetro y ver cuánto aire quedaba en la botella y cambiársela si hacía falta.

     Kapsi, aún con el jersey subido hasta las narices, se acercó a Violeta y la tomó de la mano. El tío se lo permitió, pero no se apartó un milímetro de la joven. Ella llevó la mano de su amigo a su mejilla (aaaaaaaah, qué suave era….) y continuó:

     —Durante días enteros me dejaba sin dormir. Y también sin jugar, sin leer, sin hacer nada que no fuera estar de pie junto a ella y vigilar el manómetro. Estaba harta. La odiaba. Todos los días veía en las noticias cómo morían niños, gente joven y sana… y ella, enferma y vieja, no se moría jamás. No era justo — la voz de Violeta estaba teñida de impotencia —. Recé y recé porque la vieja se muriera, pero sabía que Dios no me concedería una muerte. Así que esperé.

     —¿A qué? — El tío Tánaso sonreía, parecía encontrar todo aquello muy entretenido; era como si ella le estuviese contando una aventura infantil, una travesura.

     —A que se durmiera. Todas las tardes se quedaba dormida viendo la telenovela. Yo tenía que estar allí, de pie a su lado, ni siquiera me dejaba sentarme, vigilando por si había que cambiar la botella — una sonrisa asomó al rostro de Violeta —. Yo sabía que la bombona se estaba acabando. Sabía que debía cambiarla, y le dije a la vieja que lo haría, y fui a buscar el repuesto que estaba en la cocina. Pero en lugar de eso, traje una ya vacía. La puse a su lado y ella me chilló que la cambiara sólo cuando la aguja lo señalara, no antes. Y me insultó. Yo asentí y le prometí que no la cambiaría antes de tiempo. “Te lo prometo, abuelita”, le dije.

     El tío le acarició la mejilla con el dorso de los dedos, para animarla a seguir.

     —Esperé a que se durmiera. Y cuando lo hizo, muy despacio, empecé a caminar hacia la puerta. A cada paso, me parecía que la vieja se despertaría y me descubriría, pero no lo hizo. También me parecía que me iba a arrepentir y me quedaría allí como siempre, pero eso tampoco pasó. Salí a la calle y cerré muy despacio. Y echó a correr. Me fui al parque y jugué toda la tarde, con todos los niños… fue fantástico. Me quedé allí hasta que se hizo del todo de noche, hasta mucho después de que ya no quedase ningún niño. No tenía miedo de lo que hubiese en la calle. Lo que me daba miedo, era lo que pudiese haber en casa. Pero volví. No sabía qué iba a encontrarme. Cuando abrí la puerta, sólo vi a la vieja en el sofá, exactamente igual que antes. Y eso sí que me dio miedo.

     Kapsi aún no podía hablar, pero ya tenía con ella enlace telepático; “¿Porque estaba inmóvil y ya no reaccionaba?”, preguntó. Violeta volvió la cara hacia él, y le sonrió con ternura.

     —No. Porque temí que siguiese viva.

     Kapsi abrió unos ojos redondísimos, pero el tío Tánaso soltó la carcajada.

     —¡Kapsi querido, tu chica es un amor! ¡No me extraña que perdieras la cabeza por ella, es una asesina natural, y lo bastante astuta como para que no la descubran en todos estos años! Estoy seguro que llevas a todo el mundo recuerdos de tu abuelita, ¿verdad?

      Violeta se sonrojó.

     —No, señor, no se equivoca — Tánaso apretó ligeramente el hombro de la joven y echaron de nuevo a andar. De muy lejos llegaban los lamentos de la gente “¡oh, pobre chica! ¡Pobre anciana! Es imposible que hayan quedado con vida…” Violeta se daba cuenta de que al fin, al fin se había librado de la vieja de una vez para siempre, y se sentía más ligera a cada paso que daba. — Yo sabía que tenía que esconder el cuerpo. Lo bajé al sótano, que tenía piso de tierra, cavé el agujero y lo enterré en él. Todo en una noche.

     —Pero aún así, la vieja seguía allí, ¿verdad? — el tono de voz del tío era tan amable, tan cariñoso… — Aún seguí controlándote.

     —Sí. No podía hacer cosas que no hiciera cuando estaba ella, hubiera sido sospechoso. Seguía yendo directamente del colegio a casa, seguía sin hablar con nadie, seguía sin tener un amigo… seguía estando sola. Tuve que aprender a llevar cuentas, a hacer la compra, a guisar, a mirar las facturas. Cuando alguien tenía que entrar en la casa, decía que la abuela estaba dormida y enferma, para que nadie sospechara y se marcharan enseguida. Temía lo que me pasaría si alguien descubría que yo… ¡en realidad no había hecho nada!

     —Claro que no, Violeta. No hiciste nada. Esa fue la clave, no hacer nada — contestó Tánaso —. Y esa etapa de tu vida ha terminado. Ya no está. Ni tu vida, ni la vieja; ya nadie puede seguir controlándote.

     Violeta permaneció pensativa unos segundos, y contestó:

     —¿Ahora me va a controlar usted, señor?

     El tío la miró como quien hubiera podido mirar a un bebé que echa a andar por primera vez. O a un cachorro de león que mata su primer ratoncito.

     —Qué lista es mi niña. Sí — admitió — Pero en el buen sentido. Verás, ahora mismo no eres humana ya. He bebido tu sangre, y sabes demasiado sobre mi sobrino y sobre mí, no puedo dejarte ir. Ni quiero. Como te dije, la mayoría de los humanos son insulsos y carecen de interés, pero tú eres muy aprovechable. Los huérfanos suelen serlo. Planeaste un asesinato con sólo once años. Te deshiciste del cadáver y mantuviste la tramoya eficazmente durante más de ocho años. Tienes talento, Violeta. Y eso es algo que los vampiros siempre necesitamos.

     —Pero yo quiero a Kapsi, ¿puedo quedármelo? — al chico se le aceleró el corazón, ¡le quería! ¡Decía que le quería!

     —¡Zí! — dijo sin poder contenerse, y lamentó haberlo hecho, ¡qué dolor le laceró las encías!

     —Claro que no puedes — sonrió el tío —. Es MÍO. Es mi sirviente, es lo que llamamos… un Impío.

     —Pues si no puedo quedármelo para mí, ya puede matarme, porque no hay trato — sentenció Violeta. Tánaso dejó de sonreír. Se dio cuenta de que había hablado demasiado; la chica sabía que tenía interés en ella, que no estaba dispuesto a perderla, y eso la hacía poder negociar. Él no estaba dispuesto a renunciar a Kapsi, pero tampoco a ella. No obstante, aún tenía una baza en su favor.

     —Has hecho que te mordiese él — Sonrió —. Eso significa que aún no eres una de Nosotros de pleno derecho.

     “¿¡Qué?!” Se dijo Kapsi.

   —Sí, querido sobrino — contestó el tío —. Claro que no lo sabías, ¿pensabas que tu Beso, vale tanto como el mío? Puede que yo me haya alimentado de ella, pero has sido tú quien la has infectado, y si quieres saber qué le gustó más, no la haré quedar por embustera dejando que le preguntes; te bastara con recordar quién la hizo gemir, y quien gritar.

     Kapsi usó toda su fuerza de voluntad para no mirar a Violeta y leerle en la cara la respuesta. El tío apretó su mano en los hombros de la joven, e hizo un gesto a su sobrino para que se arrimase también a él. Con asombro, pero con agrado, Kapsi sintió en sus hombros el otro brazo del tío.

     —Ahora eres nuestra. Y nosotros, tuyos — “pero sobre todo, mía”, pensaron los dos. — Como infectada por un impío, tus colmillos son inmaduros aún, no sabes volar, ni transformarte, ni hipnotizar, ni usar tus poderes de ninguna manera. Tendrás que aprender, y yo te enseñaré. A cambio, igual que él, también serás mi sirviente, harás cuanto yo te ordene. Pero… también tendrás un rango más alto que el suyo.

     —Eso quiere decir… — inquirió Violeta.

     —Es quiere decir que podrás jugar con él como se te antoje.

     La joven miró a Kapsi y sonrió. Una sonrisa que le dio un poco de miedo, pero que hizo que se le removieran las tripas y la polla por igual. Algo le decía que los castigos de Violeta, iban a ser mucho más dulces que los de su tío.

     “Al final he quemado toda la casa hasta los cimientos. Bueno, yo no, ha sido Kapsi, pero ha ardido como una tea, justo como yo quería. Se lo tendré que agradecer”. Para Violeta, el haber perdido su humanidad no le generaba ningún temor, ni siquiera la más ligera ansiedad. A fin de cuentas, había vivido toda su vida con temor y supeditada a los caprichos de un cadáver, ¿qué diferencia había ahora? Quizá mayor libertad, si se paraba a pensar. Quizá estando muerta, podía empezar a vivir.

     “Te pareces tanto a Milena…” Pensaba Tánaso. “Claro que no eres ella, ninguna criatura viva podrá igualarse jamás a ella, pero tienes sus ojos, su voz tímida… Casi podrías pasar por hermana suya. Lo siento, Kápsimo, pero no puedo cedértela. Voy a quedarme con ella”.


domingo, 3 de junio de 2018

Infeliz el impío.


“Infeliz el desterrado, que carece de amigos, que aún sus padres le echarán del nido, que en ningún lado tendrá aliados, y sólo verá por doquier enemigos. Pero más, mucho más infeliz el impío. Dueño de nada, negado de todo, pues no puede su carne atravesar la de otro. Sin vida, esclavo, privado de todo, para él el placer será doloroso, y el fuego persigue su intento de gozo. Dueño de nada, privado de todo, no puede su carne atravesar la de otro. Infeliz el cazado, infeliz el perdido, pero más, mucho más infeliz el impío…”


     Es difícil decir cuándo empezó. Teóricamente, empezó aquélla noche en la que Violeta lanzó la piedra, pero también pudo empezar aquélla tarde en la que Kápsimo salió a tirar la basura en calzoncillos, o incluso aquélla noche en la que una niña empezó a dejar un cuenco de pan y leche en la ventana. Sea como fuere, la historia empezó en un punto indeterminado, pero siempre a través de la mirada de unos ojos de color violeta.

      “Igualitos que los caramelos de lilas”, pensó Kapsi, que no sería muy ducho en poesía, pero era un gran amante del dulce. La veía todas las mañanas desde la ventana del salón. Su tío solía volver bien entrada la madrugada y, una vez acostado, el joven quedaba libre de dedicarse a lo que le apeteciera. Y lo que más le apetecía, era parapetarse en el arcón que había bajo la ventana, tras el visillo blanco, y esperar hasta que aparecía. Era desgarbada y no muy alta, parecía de su edad. Menuda, casi flaca, con largos cabellos oscuros enmarcando una carita fina y pálida. Siempre llevaba ropas de colores oscuros; pantalón vaquero, deportivas negras, el abrigo verde que parecía una chaqueta militar, y la carpeta negra sobre el pecho. Solía caminar mirando al suelo, de modo que los cabellos le caían sobre el rostro, así que Kapsi se pasó días y días soñando con el aspecto que tendría. Cuando una mañana sopló un oportuno golpe de viento, la realidad superó todas sus expectativas.

     “Son como el agua de lavanda del tío”, pensó. La chica del fondo de la calle, como él la llamaba, era bonita, y eso ya lo había sabido él antes de verla. Pero lo que nunca se le hubiese ocurrido imaginar, es que tuviera unos ojos tan peligrosamente lindos. Peligrosos para él, que no podría jamás dejar de pensar en ella. Peligrosos para ella misma, que quién sabe qué atención podría llamar con esos faroles en la cara. Peligrosos para el tío, peligrosos para su forma de vida y su seguridad. Pero, aun así, no podía dejar de mirarlos.

     Aquello había sucedido un par de semanas atrás. El tío Tánaso ya había notado que alguien había conquistado el interés de su sobrino, pero sabía que los gustos del chico eran volubles y casi siempre vulgares, de modo que no le prestó más atención de la habitual, y aún se mostró aburrido cuando se dio cuenta de que Kapsi pretendía hablarle de ello:

     —Creo que deberíamos mudarnos, tío — sonrió el joven mientras le preparaba la cama —. Hay una chica en el barrio.

     —Kápsimo querido, ¿no llevamos aquí medio año y ya te has encaprichado de otra? Allí donde vayamos, siempre va a haber chicas. En lugar de huir de ellas, debes aprender a tolerarlas.

     —¡Pero tío, esta no es como las otras, esta…!

     —Esta es una una chica como cualquier otra, hijo — interrumpió Tánaso. El tío tenía la voz de alguien tan intrínsecamente habituado al mando, tan imposibilitado para concebir que alguien no le escuchase que, si se hubiese puesto a hablar en un estadio de fútbol, en menos de cinco minutos el público estaría pidiendo a los jugadores que no armasen jaleo y les dejasen oír. —. Y ya te he mimado bastante accediendo a que nos mudemos cada vez que una cara bonita o un par de tetas te causaban picores. Es hora de que madures y te hagas a la idea de tus responsabilidades. Si seguimos dejando que te alejes de las tentaciones, no te curtirás nunca. Mírate… ¿quieres seguir siendo un impío toda la vida?

     —No, pero…

     —Pero nada — El tono de su tío era siempre acariciador, siempre tranquilo, pero Kapsi sabía cuándo una conversación se había terminado. —. Me gusta esta ciudad y me gusta este barrio. Me gusta mi trabajo y me gusta vivir aquí. Y mientras me siga gustando, nos quedaremos aquí.

     ¿Qué podía hacer Kapsi, sino asentir? Claro, para su tío era muy fácil, él podía hacer lo que le viniese en gana y, cuando le gustaba alguna chica, le bastaba con ir a por ella y cogerla, pero a Kapsi no. A él, eso le estaba vetado. En tanto que impío, estaba obligado a permanecer virgen. Por la cuenta que le traía.

     Que él supiera, era el único de sus hermanos y primos que seguía siéndolo, y eso implicaba soportar mucho cachondeo. Al tío Tánaso eso le venía de maravilla, porque así tenía un sirviente personal del que no tenía en absoluto que preocuparse por cuidar, pero el pobre Kapsi iba cada día más quemado. Sólo esperaba que, al menos, su tío no se percatase de la existencia de la joven. Ya sería restregárselo demasiado.



     Avanzaba la tarde y hacía frío. Su tío pronto se levantaría para ir a trabajar, y Kapsi estaba fastidiado. El cambio de hora invernal le disgustaba, porque implicaba menos tiempo libre para él, y más tiempo bailando el agua a los caprichos de su tío, “Kápsimo, no me has planchado bien los pantalones, la raya está torcida, ¡hazlo otra vez! Kápsimo, no me has afeitado bien bajo la barbilla; Kápsimo, mis zapatos no brillan bastante.” Kápsimo aquí, Kápsimo allá… le iba a gastar el nombre, pensó. Mientras echaba una mirada a la casa, para asegurarse de que todo estaba en orden, decidió encender la tele un rato, quedaba casi una hora para que su tío despertara. A éste no le gustaba la televisión, decía que era diversión para ineptos y gentuza sin criterio, pero a él, que se pasaba los días metido en casa, que sólo podía salir para hacer recados, y que sólo contaba con los libros que le permitía su tío, le entretenía muchísimo. Fue cambiando de canales, hasta que las imágenes de varias personas gritándose llamaron su atención:

     “¡Para esto, no es suficiente con tener las tetas grandes! ¡Eres una víbora! No sé qué vamos a hacer, cómo saldremos adelante… ¡Este antro da vergüenza ajena! ¡Es machismo!” Decía la televisión, mostrando a diferentes personas y a varias chicas de grandes pechos en camisetas de tirantes. “Hoy, en Pesadilla en la cocina, el Chef Ramsay tendrá que enfrentarse no sólo a una cocina pobre y a una dirección sin rumbo, también a camareras que se creen modelos, a feministas ofendidas y a familias escandalizadas. Probablemente, el reto más delicado asumido por el chef, en el restaurante “¿Muslo o Pechuga?”.”

     Kapsi sonrió, travieso. El programa parecía de lo más interesante. Miró por la ventana para vigilar la luz. Sí, aún tenía tiempo, así que se quitó los pantalones para estar más cómodo y se metió la mano en los slips blancos.

     —Estoy en una de las zonas playeras más turísticas de California — seguían diciendo en el televisor, y Kapsi jugueteaba con su miembro, aun blando, disfrutando del suave cosquilleo inicial, y susurrando “vamos… enséñame algo interesante” —. Aquí veranean miles de familias, es un buen sitio para abrir un restaurante, pero no creo que sea la mejor idea abrir un restaurante erótico. Oh, Dios, “¿Muslo o pechuga?”. Parece un poco básico.

     A Kapsi también se lo parecía, pero a él eso le encantaba. Todas las camareras se paseaban en shorts que casi eran un tanga y en camisetas de gran escote redondo, algunas de tirantes, otras de efecto roto. Al cámara parecía gustarle tanto como a él, porque no dejaba de regalarle primeros planos. El joven, siempre con ganas, necesitaba mucho menos que eso para alegrarse. En menos de un minuto, el jugueteo de su mano se había convertido en un bombeo frenético y el cosquilleo, en fuertes olas de placer que le hacían estremecerse hasta el ano. Su mano volaba dentro del calzoncillo a toda velocidad, sus piernas se ponían tensas y su respiración era un jadeo. El zumbido cosquilleante le recorría la polla cada vez con mayor intensidad, y la tela del calzoncillo le acariciaba el glande. Luchaba por tener los ojos abiertos para no perderse a las chicas, pero los escalofríos de gusto se los cerraban a cada momento. En ese instante, enfocaron a una camarera que se quejaba de algo; Kapsi no la oía, sólo la miraba. La joven gesticulaba y sus tetas se movían dentro del escaso top. Tenía los pezones erectos, se le notaban.

     “No lleva nada… No lleva nada deba… aaah… haaaaaaaaaah…”. Sus nalgas se contrajeron y le hicieron dar varios brincos en el asiento, mientras una sensación dulcísima le bañaba de pies a cabeza y le dejaba derrotado. Un manchurrón apareció en su ropa interior, y un par de gotitas blanquecinas brillaron en la tela y se escurrieron, a la vez que una gran sonrisa se abría en la cara de Kapsi. Su imaginación le había pensar en La chica del fondo de la calle, en que fuese ella la dueña de aquéllas hermosas tetas y le abrazase cariñosamente la polla entre ellas hasta regarlas con su esperma, mmmmmh… Le gustaría montarse fantasías de penetración, pero esas no sólo estaban fuera de su alcance, sino que además no le proporcionarían ningún placer, sólo un gran dolor. Era preferible fantasear con, dentro de lo que cabía, lo posible.

     —Más te vale que me desinfectes el sofá — Kápsimo pegó un brinco y se le escapó un chillido agudo, e intentó taparse o subirse los pantalones, pero sólo atinó a cubrirse con un almohadón —. Y también ese cojín.

     —¡Tío… tío, no es… verás, iba a…! ¡A cambiarme de ropa, eso es! Y… y puse la tele, empezó el programa, y me distraje…

    —No te humilles más aún y sal a tirar la basura, pequeño inútil. — Era como una corriente de hielo en la espalda, pensó Kapsi. No como los escalofríos divertidos de un cubito, sino como una congelación incapacitante, un frío de muerte que se expandía por su columna y dejase sólo dolor; así eran la voz del tío Tánaso y su gesto de asco.

     Agachó la cabeza y obedeció. Ya estaba en la cocina cuando se dio cuenta de que había olvidado en el salón sus pantalones, pero no le pareció juicioso volver a buscarlos. “Bah, a fin de cuentas, será sólo entrar y salir, nadie me va a ver”, se dijo y apañó las dos bolsas. Podía haberse acordado de sacarlas antes, ojalá se hubiera acordado. Su tío tenía un olfato de lobo, sin duda había olido la basura aún antes de salir de su alcoba. Que le reprochase un error en la casa, aunque era malo, podía aceptarlo, pero ¡siempre tenían que pescarle cuando se tocaba un poco! Kapsi pensaba que formaba parte también de ser un impío, aunque nadie se lo hubiera mencionado expresamente. Muchos años atrás, en su infancia, ya la primera vez que se dio cuenta que el darse tironcitos producía cosquilleo, su madre le pescó. Y desde entonces, no recordaba una vez en que le hubieran dejado terminarse una paja a gusto. Y quien dice eso, dice cualquier otro fallo. Sus hermanos, sus primos, todos cometían errores, haraganeaban u “olvidaban” hacer cosas, pero siempre era a él a quien descubrían. Siempre.

     —Bonitos calzoncillos.

     —¡AH! — Kapsi pegó un respingo y se tapó detrás de uno de los cubos. La chica le miró a los ojos, y el joven sintió que su cara despedía fuego. Ya era bastante malo que le hubiese visto alguien, pero además había sido precisamente ELLA. La chica del fondo de la calle. La chica de los ojos violetas. Su cerebro, tan poco oportuno como cualquiera de sus parientes, le recordó que hacía menos de un minuto la había imaginado entre sus piernas, abrazándole la polla con las tetas y exprimiéndole hasta sacarle la leche. Sintió con horror que su miembro quería alzarse de nuevo, y si sólo de él hubiera dependido, hubiera salido volando de allí en aquél momento. Pero la mirada de la joven, esa mirada violeta llena de simpatía, quizá algo traviesa incluso, le tenía preso. Buscó a la desesperada algo que decir, pero no se le ocurría absolutamente nada. La chica sonrió. Ella no parecía incómoda.

     —Me llamo Violeta — dijo —. Tenía ganas de pescarte fuera de tu casa. Veo cómo me miras todas las mañanas cuando voy a la Universidad, pero entonces voy siempre con el tiempo justo. Y por las tardes, no te veía ya. He preguntado por ti a mucha gente, pero nadie parecía conocerte. ¿Cómo te llamas?

     En aquél momento, Kapsi no tenía corazón, tenía un solo de batería oligofrénico. Tuvo que hacer el esfuerzo varias veces antes de lograr hablar.

     —Kápsimo. Kapsi, para acortar.

     —Es un nombre bonito. Nunca lo había oído. — Ella había esperado pacientemente, sin el menor gesto de extrañeza, y eso le dio algo de valor para continuar. Se apoyó en la tapa del cubo, mientras intentaba ignorar que tenía que permanecer algo alejado de él, si no quería atravesarlo con la erección.

     —Vivo aquí con mi tío. He salido a tirar la basura. Me estaba poniendo el pijama, pero mi tío no tiene espera, por eso salí así. — “¡AAAAAH, me estoy comunicando! ¡Estoy hablando con ELLA! ¡AAAAAAAH!”, pensó. Si a eso se le podía llamar pensar, lo que daría para un interesante debate, pero que no tiene cabida aquí.

     —A mi abuela le pasa igual, todo ha de ser dicho y hech…— Violeta se quedó con la frase en el aire y miró hacia la puerta principal de la casa. Kapsi no necesitó mirar. Ya sabía quién estaba allí.

     —Buenas tardes. — Su tío sonreía por un lado de la boca.  Con el ondulado cabello negro, los ojos azules y la nariz recta, ofrecía un grotesco contraste con su sobrino de grasientos cabellos rubios que crecían en su cabeza como un pajar revuelto, su piel paliducha con espinillas rojizas del tamaño de monedas de dos céntimos y su nariz torcida. Por no hablar de que éste iba en camisa marrón vieja y desplanchada con marcas de sudor en los sobacos, y los calzoncillos (no muy blancos) que olían al pequeño desahogo de hacía un momento, mientras que su tío llevaba una camisa plateada abierta hasta el pecho, pantalones negros que le hacían parecer aún más alto, y todo en un perfecto estado de revista. Cualquiera se daría cuenta de hacia dónde se inclinaba la balanza, pero Tánaso no se distinguía por su sentido de la compasión:

     —Kápsimo, no seas grosero; preséntame a esta encantadora señorita. — sonrió y bajó los escalones de la entrada tendiendo la mano a la joven, pero ésta le miró con suspicacia y dio un paso atrás.

     —No se moleste. A usted no tengo demasiadas ganas de conocerle, si no le importa. Adiós.

     Se dio la vuelta y se marchó, con su respingona naricilla elevada en gesto de indignación. Tánaso la vio marchar con sorpresa primero, pero enseguida sus puños se apretaron de ira y sus mandíbulas casi rechinaron, ¿pero quién se creía que…? El sonido de una risilla ahogada a sus espaldas, fue la guinda. Se volvió lentamente.

     Kápsimo no podía creer lo que acababa de pasar. Aquello había sido un desaire directo. Más que eso, ¡habían sido unas calabazas con todas las de ley! ¡A su tío le había fallado un acercamiento por primera vez! Que él supiera, no había pasado nunca, y su tío se había quedado sin habla, cosa que tampoco antes había ocurrido nunca. Por más que intentó contenerse, no lo logró: se le escapó la risa. Y claro, su tío Tánaso, ofendido, frustrado y con ganas de pagar esa frustración con alguien, le oyó. “Esta noche tendré que dormir boca abajo. Y en unos cuantos días no podré sentarme”, pensó. Y cuando su tío le sonrió cariñosamente, le tomó por los hombros y le pellizcó una mejilla, se corrigió. “Quizá sean un par de semanas”.



     Aquélla noche, Violeta hizo algo que llevaba más de diez años sin hacer: subió al ático de su casa y miró por la ventana. Desde allí se dominaba casi toda la calle, y podía ver la casa de Kapsi. El chico le había gustado. Le llevaba gustando casi desde la primera vez que le vio, mirándola. Parecía tan solitario, tan retraído, tan tímido como ella. Violeta había perdido a sus padres siendo niña, tanto que apenas los recordaba. Carecía de hermanos y sólo su tía abuela pudo hacerse cargo de ella, una mujer tan mayor que a veces no se sabía con exactitud quién cuidaba de quién, pero lo peor no era eso. En realidad, la anciana nunca había sentido el menor cariño hacia la pequeña, hija de su sobrino favorito con una mujer que ella siempre desaprobó, y no se molestó en ocultarlo a la niña.

      Acostumbrada desde muy pequeña a los gritos y las censuras, Violeta no pudo jamás tener amistades. Todas eran ahuyentadas por su horrible abuela, y nada ansiaba más la pequeña que tener un amigo, un solo amigo. Recordó aquél verano en que leyó que uno podía dejar pan y leche para los pájaros, y empezó a dejar un cuenco en su ventana todas las noches, con la esperanza tener al menos la compañía de los animales. Jamás vio a ningún pájaro, no importaba lo mucho que intentase velar, pero a la mañana siguiente, el cuenco estaba siempre vacío, y eso la llenaba de ilusión. Hasta que su abuela lo descubrió.

     La vieja le gritó y la llamó “mocosa ingrata” por desperdiciar así la leche que tanto costaba. Le dijo que los pájaros eran ratas con alas que transmitían enfermedades y arrojó el cuenco por la ventana. Violeta se echó a llorar y permaneció llorando mucho rato, mucho después de que su abuela amenazase con sacarla a pasar la noche fuera si no la dejaba dormir. Debía ser ya de madrugada cuando oyó ruidos al pie de su ventana. Ruidos de succión, como si alguien sorbiera con pajita.

     Se asomó a la ventana, y lo vio. Al principio no supo qué era, parecía un paraguas plegable pequeñito que se moviera solo, pero enseguida reconoció a su visitante nocturno, ¡un murciélago! Un murciélago pequeño, negro y rojo, que se comía el pan reblandecido y sorbía la leche del cuenco de plástico. Violeta se quedó embelesada mirándolo. Al menos, aunque sólo fuese por una vez, había podido ver quién se había estado comiendo el pan y la leche.

     Esa tarde se había sentido un poco como en aquella ocasión. Kapsi había sido como el murciélago pequeñito, hasta le parecía que se lo recordaba un poco. Y apenas había logrado verle y hablar con él, aparecía aquél desagradable tío suyo, como en su día la vieja, que pretendía fastidiarlo todo. Sí, qué duda cabe que el tipo era atractivo, mucho, pero, ¿no se daba cuenta de que molestaba? ¿No tenía un poquito de tacto? No, no era eso, ahora que lo pensaba. Más bien parecía que estuviera acostumbrado a que todo el mundo le adorase. Sin duda pensó que ella iba a caer rendida a sus pies nada más verle, no parecía concebir otra posibilidad.

      “Quizá he sido grosera con él”, pensó ahora. “El hombre debe pensar que todas las mujeres del mundo le encuentran irresistible, quizá ninguna le haya dicho nunca “no”, y yo he sido muy cortante. Sin quererlo, pero tal vez he sido maleducada”. De pronto se sintió mal por haber herido los sentimientos del tío de Kapsi, y pensó que, al día siguiente sin falta, debía volver a su casa. Para conocer a Kapsi, pero también para pedirle disculpas a su tío. A fin de cuentas, si ella y su sobrino iban a ser amigos (y quién sabe, quizá novios), tendrían que llevarse bien de todos modos. “Disculparse siempre hace bonito”, se dijo, y bajó a acostarse.



     —Estaré aquí a eso de las seis, quizá un poco antes — dijo Tánaso —. Asegúrate de tener mi alcoba lista — Su sobrino asintió, y su tío le dio una palmada en el trasero que le hizo cerrar los ojos y ahogar un grito de dolor. —. No me digas que aún te duele, ¡eres un quejica!

     Kapsi no podía decirle a su tío que era tan cínico que su aliento corrompía los metales, pero podía mirar y tenía miradas muy expresivas. Su tío se rio y se marchó. Pensando en aquélla niña de ojos violetas.

     “Se ha enfrentado a mí”. Se dijo. “Tenía el glamour activado, y me ha ignorado por completo, es una inmune al glamour. Creo que ya sé quién es la nueva tentación de mi sobrino y, por una vez, ha tenido buen gusto. La haré mía. Y, quién sabe, a lo mejor el chico…”



     Ya a solas, Kapsi sacó un buen montón de hielo del congelador y se lo puso por los hombros, dejando que el agua agradablemente helada se deslizara por sus torturadas espaldas sembradas de cicatrices. Con la mano izquierda se colocó otro puñado en las nalgas. El frío le hacía estremecer, pero ¡qué alivio! Como él pensaba, las señales iban a durar. “Pero me ha hablado. Y le gusto. Le gusto yo, no le tío”, pensó. “Es horrible, pero también es estupendo. Y lo sería más aún si yo no fuese un impío. Sólo quiero eso, por favor… sólo pido una cosa, quiero poder unirme a ella, quiero dejar de ser un impío”.



    Con toda mi simpatía y un fuerte abrazo para Fran, Rubén, José Antonio, Germán, Khalid, Carlos, Javier, Dany, Carlos (el otro) y Fuen, los compañeros de mi curso de doblaje. Y para el profe Jessie, que nos enseñó a doblar docu-reallity.