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lunes, 11 de septiembre de 2017

Reconciliación

    
   Le encantaba el queso, no podía evitarlo. A veces le daba un poco de apuro que alguien fuese a sospechar de él por comer tanto, pero era superior a sus fuerzas. Miró por encima de la puerta de la nevera, hacia el salón. Tasha, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, dormía con la boca entreabierta. Sonrió y siguió embutiéndose queso en las mejillas que luego iría mascando con los incisivos delanteros. Parecía un globo. En ese momento llamaron a la puerta y se tragó un buen pedazo sin masticar, de puro milagro no se atragantó; se dio unos golpecitos en el pecho y pasó el trozo, pero no dejó de maldecir para sus adentros, ¿quién sería el inoportuno?

     —¡Ah!… ¡Ya voy yo! – Tasha pegó un respingo y corrió a la puerta. “¡Genial!” pensó Raji, eso le daba unos momentos para masticar y tragárselo todo. — ¡Sonya! – oyó que decía su mujer en la puerta.

     —¡Hola, chata! – saludó la hermana pequeña de Tasha. Ésta estaba sorprendida, pero Sonya la abrazó y le dio dos besos antes de que ella pudiera hablar – Pasaba por aquí, y me dije, “¡voy a saludar a mi gordi!”, ¿cómo estás?

     Sonya había pasado hasta el salón y se había acomodado en el sillón mientras lucía una enorme sonrisa. Si se hubiera tratado de otro asunto, Tasha habría “olvidado” que estaba enfadada con su hermana, pero en aquella ocasión, no se iba a dejar vencer así de fácil con un par de zalamerías fraternales.

     —Sonya, ¿qué pasa? – su hermana pequeña la miró con fingida inocencia – Quiero decir… ¿a qué vienes?

     —¿Necesito una razón para venir a ver a mi hermana preferida? – no tenían más hermanos y esa era una broma típica entre ellas. Tasha puso los brazos en jarras y la interrogó con la mirada – Víctor y yo queremos invitaros a cenar.

     —Ni hablar. – contestó Tasha.

     —¡Pero qué idea tan buena! – dijo Raji, que llegaba desde la cocina. La prudencia y la experiencia le decían que no debía meterse en una conversación entre su esposa y su cuñada, pero aquello de una reconciliación envuelta en comida gratis, era demasiado tentador.

     —Raji, si tú quieres ir, me parecerá estupendo, ¡así podréis reíros los tres de mí, y de cómo engañasteis a la tonta de Tasha! – se sentó cerca de Sonya, pero le dio la espalda, cruzando brazos y piernas y elevando la nariz. Toda ella era una imagen de princesa ultrajada. Sonya suspiró.


     —Hasta que me dé la gana.

     —Nenita, yo creo que… — empezó Raji, pero las dos hermanas le miraron de forma muy similar, y rectificó — …yo creo que voy a hacer mushaté calentito, ¿vale? Lo que sea, me llamáis. – e hizo mutis en dirección a la cocina, pero no por ello dejó de escuchar.

     —Tasha, oye, no puedes seguir enfurruñada eternamente.

     —¡No me digas lo que no puedo o no puedo hacer, niña! ¡En primer lugar, esto no es “estar enfurruñada”, es estar cabreada! Y lo estoy, porque mi única hermana se rio de mí en mis narices acostándose con un tío del que la previne mil veces.


     —¿Qué tonterías dices? ¡Si tú ni conocías a Raji!

     —Justo. Y lo creas o no, tu tampoco conocías a Víctor. – Tasha intento meter baza, pero Sonya la cortó – No, hermana, escúchame. No le conocías y sigues sin conocerle. Te formaste un prejuicio, y no hay quien te saque de él. De acuerdo, colecciona retroporno y lo vende, sí. Le gusta el erotismo más que a los tontos las tizas, sí. Es bastante mayor que yo, sí… Y es un hombre encantador, Natasha, el mejor que he conocido nunca. Ya sé que no te cae bien, pero no es ningún violador, ni me va a ser infiel, ni me va a prostituir, ni me va a maltratar, ni NADA.

     —Sonya, no es eso lo que me molesta. Bueno, sí me molesta, pero no es eso lo que me molesta más – se corrigió la mayor – Lo que más me enfada, es que llevases ese lío a mis espaldas, ¿Por qué no confiaste en mí y me lo dijiste a las claras?

     —¡Tasha, porque no podía! ¿No te das cuenta de que te hubiera dado un patatús? ¡Hubieras puesto el grito en el cielo! – su hermana se llevó la mano al pecho en un gesto de dignidad, y Sonya insistió – Sí, lo hubieras hecho y lo sabes. Sé que no te gusta oír esto, pero no era la primera vez que me acostaba con un tío a poco de conocerle, y sé que no es algo que diga mucho de mi sensatez, y hace tiempo que yo misma me dije que no volvería a hacerlo… pero surgió y surgió. Ninguno de los dos pretendíamos que pasara, pero también te digo que ninguno de los dos quiso evitarlo.

     Tasha, sentada frente a su hermana, tamborileaba en el suelo con el pie. Sonya se acercó más a ella.

     —Hermanita… si tuvieras una manera más calmada de tomarte las cosas, hubiera confiado en ti al momento. No es que no te lo hubiese ocultado, es que ni hubiera esperado al día siguiente, esa misma tarde te hubiera dicho cuánto me gustaba y… pero no podía. Tuve miedo de cómo te lo tomarías. Y el caso es que esto va para largo, Tasha. No es una aventura, no quiero que lo sea. He pasado unos días en casa de Víctor y me ha pedido que me mude con él.

      —¡¿Qué?! – rugió Tasha y, de la cocina, llegó un estrépito de cacharro roto.

     —Y yo he aceptado. Su casa queda más cerca de aquí, y de mi trabajo… y quiero vivir con él. Por lo menos una temporada, pero te aviso que yo voy a poner todo de mi parte para que sea definitivo. Quiero que sea definitivo. – Natasha, mirando al vacío, negaba con la cabeza – Y no quiero que sigas enfadada por más tiempo. Quiero a Víctor y te quiero a ti, no me apetece perder a ninguno de los dos, no te voy a dejar que me hagas elegir… — buscó la mirada de su hermana mayor – Porque sé qué elegiría, ¡y te lo estaría echando en cara el resto de nuestras vidas!

      Natasha la miró con tristeza, haciendo casi un puchero. Enseguida sucumbió y la abrazó con fuerza.

      —¡Oh, maldita sea! ¡Eres una enana repelente y chantajista! – dijo. – Iremos a cenar con vosotros, ¡pero espero que ese novio tuyo sepa comportarse! Como se le ocurra mover las manos de donde yo pueda verlas, le estrello el plato en la cara, ¿me oyes?

      —¡Ya está acostumbrado, ya se lo hiciste una vez! – sonrió la pequeña, devolviendo el abrazo con ganas. Desde la cocina, Raji terminó de barrer los escombros de la taza rota. Bueno, al menos la peor parte había pasado ya; estaba harto de que su costilla anduviese tristona y enfadada por lo de su hermana y Víctor… Cuando salió de la cocina con tres tazas de mushaté humeante, fue vitoreado por las dos mujeres.




     En otro tiempo, en otro lugar, y en otro planeta…


  —Gertrudis, ¿te importa ir a buscarme un bocadillo vegetal? — Zacarías Fíguerez, empresario y traficante de porno asomó por la puerta de su despacho con un billete de diez en su mano llena de anillos. Trudy asintió y lo tomó muy deprisa, para evitar que él la rozara o le acariciara los dedos, como intentaba siempre — Con mucha mayonesa, por favor. 

     La mujer tomó su abrigo y salió. Zacarías sabía que tenía al menos diez minutos de soledad, así que abrió una página de vídeos X, escogió uno de sus favoritos y lo puso a reproducir en bucle, a todo volumen. 

     Trudy salió del local y se dirigió al supermercado que preparaba los bocadillos favoritos de su jefe. Se trataba de un pequeño comercio de sólo dos cajas que solía poner productos caducados como “oferta de la semana”, vender casi regalados los botes abollados o hinchados y empapar en salsas la carne que empezaba a oler raro, pero tenía un puesto de sándwiches y bocadillos preparados al momento que sí valía la pena, y por ello siempre había que esperar cola. Entró en el supermercado y pasó por entre los típicos clientes que lo frecuentaban, hombres y mujeres llenos de joyas, relojes de oro y abrigos de piel, que se peleaban por llevarse los productos más baratos o un paquete más de yogures caducados, y llegó al puesto de bocadillos, llenito de gente que esperaba turno. Muchos de los clientes eran muy jóvenes, algunos venían de la Universidad o se iban de fiesta, y era una opción para cenar no muy cara, pero de mejor calidad que una hamburguesería. Tomó su número y esperó. Sabía que los dos encargados eran ágiles, pero aún así tendría que esperar un ratito. Se puso a pensar en sus cosas, y al cabo oyó que alguien la llamaba por su nombre:

     —¿Señorita Gertrudis… Trudy? — se volvió y vio una cara conocida y una sonrisa muy bondadosa. Se trataba de Malaquías, el hermano gemelo de su jefe. Sonrió. 

     —Buenas tardes, señor Malaquías, ¿cómo está?

     —Malaquías sólo, por favor — Una sonrisa de dientes sin manchas de nicotina. Un hombre larguirucho, pero que caminaba derecho y no encorvado. Un traje barato, pero bien arreglado y sin restos de caspa en los hombros. Un cabello ligeramente largo y una barbita redonda pegada a un bigote, pero bien lavados y peinados. Una persona que, si te pedía que le tuteases, lo hacía por cortesía y no porque fantaseara con llevarte al catre. La joven dio un paso hacia él. — Parece que voy a quedarme unos días, unos asuntillos que resolver con mi hermano y con la familia… Zaca me dijo que aquí hacían buenos bocadillos, y se me ocurrió llevarme uno para cenar. 

     —Precisamente yo vengo a buscarle uno a él. 

     —Vegetal con mucha mayonesa, ¿verdad? — aventuró, y la joven asintió — Desde niño es su favorito. Recuerdo que lo probó por primera vez en un cumpleaños de un primo nuestro. Lo cogió por que sólo quedaba ese en el plato que sacaron, y le encantó. Se comió catorce sándwiches vegetales aquélla tarde. Cogió un entripado… 

     —¿Por qué será que no me sorprende ese proceder en él? — sonrió ella, y Malaquías le hizo coro.

     —Sí, en cuanto algo le gusta, no tiene freno. — en la voz del hermano de su jefe, se notaba el cariño que sentía por él —  De niño, no le gustaba demasiado estudiar, pero en quinto de básica nos dio clase una mujer joven, muy guapa y simpática… A Zaca le hizo una pregunta el primer día, él contestó bien y ella le alabó. Mi hermano se quedó tan prendado de ella, que se convirtió en el número uno de la clase, estudió todos los días, hizo los deberes perfectos y sacó todo sobresalientes, sólo para que ella le siguiese felicitando y estuviese contenta de él. 

     —Usted le quiere mucho, ¿verdad? — Malaquías asintió, con una sonrisa triste. 

     —Siempre digo que yo nací junto a mi mejor amigo. — suspiró. — Por desgracia, él… bueno, él también me quiere mucho, pero… Su estilo de vida es muy poco comprendido por el resto de la familia. Él tiene un carácter mucho más fuerte que el mío, sabe sobrevivir solo; si echa de menos al resto de nuestros hermanos, a nuestros padres y tíos, no lo deja ver. Se las apaña. Yo necesito estar con ellos, con todos. No sé vivir separado de mi familia. No es que la nuestra sea una familia perfecta… 

   —Ninguna lo es. — intervino Trudy, quien tenía que ayudar económicamente a su madre mientras ella intentaba recuperarse del alcoholismo en el que se metió cuando quedó viuda. 

    —Cierto, ninguna lo es. Pero ellos son lo que tenemos, quienes nos criaron y cuidaron. Les debemos cariño y respeto. — Mala parecía a la vez incómodo y aliviado, como si estuviera soltando algo que le pesase mucho y que tuviese ganas de decir. Trudy ya lo había notado la primera vez que habló con él, y asintió, escuchando con simpatía, animándole a soltarlo todo. — Adoro a mi hermano, Trudy, y sé que él me quiere a mí. Pero llegó un momento en que los dos hubimos de decidir si continuar con la familia o seguir adelante juntos, pero solos. Él decidió seguir solo, y yo decidí quedarme. Él rompió lazos y yo los conservé. A mí no me importa a qué se dedique, ni cómo se gane la vida, ni a quién meta en su cama, si me perdona la franqueza. Pero a nuestra familia sí le importa. A mi madre le hiere que sea así, ella sigue pensando que es un enfermo. Y yo estoy entre los dos. Cada vez que le llamo, cada vez que hablo con él, en casa me miran mal. Y cada día que no le llamo, yo mismo me siento mal y él me lo reprocha. Ahora han tenido que pedirle ayuda, y me siento como un canalla por venir yo a dar la cara, pero me sentiría como un cobarde de no haberlo hecho. 

     El rostro de Malaquías se contraía de vergüenza y de dolor; era indudable cuánta falta le hacía hablar con alguien. Gertrudis no pudo evitar sentir empatía hacia alguien tan sincero y se acercó aún más a él, para que pudiese hablar en susurros si así lo deseaba.

     —Malaquías, no es preciso que me cuente cosas que usted no quiera contar. – dijo y le apretó suavemente el brazo – Pero diga lo que diga, que sepa que no saldrá de aquí; será como si se lo hubiera contado a una tumba.

     El hombre la miró con una gratitud infinita, y al tocarle notó que el pobrecito hasta temblaba. Era una persona muy sentida, estaba claro. Mala fue a abrir los labios, y entonces dijeron un número desde el mostrador.

     —¡Cuarenta y uno! El cuarenta y uno… A ver, cuarenta y uno a la una, cuarenta y uno a las doooos….

      —Es el suyo. – musitó Trudy, que vio el tiquet en los dedos de Malaquías. Temiendo que este pudiera sentirse demasiado emocionado para hablar, la joven lo tomó de entre sus dedos, y no por casualidad le tomó la mano al cogerlo. Ella misma se lo dio al dependiente y tomó el pedido, un humilde sándwich de maíz y huevo duro. – Tenga.

     —Gracias. – Malaquías tomó aire y parpadeó muy deprisa. – Es usted la persona más amable que he conocido desde que salí de casa. – Había intentado no mirarla a los ojos al decir esto, pero al final se le escapó la mirada y Trudy se dio cuenta de otra gran diferencia entre aquellos gemelos; Malaquías era vergonzoso. De hecho, era un gran tímido. Es posible que ella le gustase, que le gustase incluso tanto como le gustaba a Zacarías, pero su modo de conducirse ante una mujer era radicalmente distinto. Entre la simpatía y la comprensión que le inspiraba, no pudo evitar sentirse también un poquito halagada.

     —Yo sé bien que Zacarías puede ser un poco exagerado con las cosas que le gustan, y el sexo le gusta a niveles casi enfermizos, seguro que usted lo sabe aún mejor que yo. – dijo ella – Pero eso no significa que no sea buena persona. – Malaquías la miró, con algo de asombro, y ella sonrió – Oh, sí, me cae bien. Sé que es un poco sátiro, y al principio, tuve muchas dudas sobre aceptar el empleo, pero él es… ¿cómo se dice él mismo…? “Un pervertido apacible”, eso es. Puede perseguirla a una, pero nunca le faltará el respeto. Y si alguna vez se pasa de la raya, ni siquiera intenta esquivar el bofetón. Es justo como jefe y como persona.

     —Ojalá mi madre le oyese a usted decir esas cosas. Allí siempre me están diciendo que yo le quiero demasiado, que el cariño me ciega, y yo creo que es al revés, que son ellos quienes están ciegos, y sólo quieren ver su defecto. – Dijeron entonces el número de Trudy y la joven se apresuró al mostrador. Para cuando volvió, Mala sonreía. - ¿No le importa que la acompañe de vuelta al club, verdad?

       La mujer aceptó encantada, y caminaron juntos. Gertrudis no pudo evitar fijarse en que hasta el modo de caminar, sin dejar de ser similar al de su hermano, era distinto. Malaquías caminaba con mayor rigidez, daba pasos más largos, parecía caminar con mayor decisión, mientras que Zaca siempre caminaba un poco encorvado y como si estuviera siempre aburrido o cansado. En conjunto, Malaquías hacía mejor uso de su cuerpo, pero de forma que parecía un tanto forzada, como si alguien le hubiera estado machacando con que anduviese derecho. Indudablemente, a ambos hermanos les habían dado esa cantinela; uno había intentado hacer caso, y el otro no. Y es probable que hubieran sido igual en todos los aspectos de la vida.

     —Un hermano nuestro pasa dificultades. – dijo vagamente Malaquías. – No es que Zaca le tenga una especial simpatía. Tampoco yo moriría por Jero, si a eso vamos, pero es nuestro hermano y nos necesita. Yo no podía dejar de ayudarle, tenía que intentar por lo menos… Jerónimo necesita dinero, una buena cifra. Zacarías ha accedido a dármela, y yo quiero quedarme aquí unos días, hasta que vea el cheque cobrado y le mande el dinero a él, y me asegure de que todo está bien. – Tenía un aspecto tan triste y buenazo, tan necesitado de cariño, que Gertrudis se estaba muriendo de ganas por tomarle de la mano, pero se contuvo. Casi llegaban al callejón, cuando Mala continuó – Yo… voy a pasar aquí unos cuantos días. No conozco la ciudad, y sólo conozco aquí a mi hermano, y él no querrá pasar conmigo más tiempo del necesario. Me preguntaba si quizá no le molestaría a usted tomar un café conmigo...

     —Con mucho gusto – sonrió Trudy con sinceridad. - ¿Mañana le iría bien? ¿Por la tarde?

     —¡Sí, perfecto! ¿A eso de las seis?

     —Estupendo. ¿Le viene bien quedar aquí? Así quedamos en un punto que conoce, y no le hago callejear buscando sitios…

     —¡Sí, sería estupendo! Mi hotel está muy cerca, allí. – asintió, señalando un hotel muy cercano. Era de habitaciones por horas; si había pedido alojamiento para varios días, el encargado tenía que estar dándole tratamiento poco menos que de ilustrísima. – Hasta mañana entonces. Y gracias.

     —¿Por qué? – preguntó suavemente.

     —Por escucharme. – Malaquías y ella se quedaron mirando un segundo, y enseguida él le tendió la mano a modo de despedida. Trudy la estrechó, no sin dejar de pensar que, de él, no le hubiera molestado pero nada que le hubiese dado dos besos.

     La mujer entró en el local por el callejón. La verdad que parecía imposible que fuera hermano gemelo de su jefe. Mala era un hombre tan educado, tan amable, tan sensible… Del despacho de Zacarías le llegó el sonido del vídeo porno a todo volumen. Trudy murmuró un “ecs” y esperó. No pensaba ni llamar a la puerta para decir que ya estaba allí hasta que aquéllos exagerados mugidos dejaran de oírse, y apenas un minuto después, pararon, y poco después Zacarías salió del despacho, con una gran sonrisa y aspirando con fuerza de su cigarro.

     —Haaaaaaaaah… - suspiró – Me he quedado más a gusto… Y ahora, mi cena, ¡gracias!

     —Al menos, se habrá lavado las manos, ¿no? – Trudy le señaló la bolsa en la que estaba el bocadillo. No pensaba tendérsela.

     —Con jabón de lavanda, ¿quieres olérmelas?

     —No hace falta, le creo. Buen provecho. – Zacarías dio las gracias con un asentimiento. Cogió la bolsa y enseguida pegó un bocado – Mmmh, con mucha mayonesa, justo como me gusta. – dijo con la boca llena de lechuga, huevo duro y atún.

     —Me encontré con su hermano, por cierto. – comentó ella de pasada, mientras abría el programa de contabilidad y repasaba los últimos arqueos. – Estaba también comprando cena, me dio recuerdos para usted.

     Zacarías torció el morro.

     —Cómo no. Malaquías el niño bueno de mamaíta, siempre acordándose de los demás y pidiendo por su hermano el bala perdida. Valiente meapilas.

     Gertrudis pensó que no tenía derecho a opinar que… pero, ¿qué cuernos? ¿Acaso su jefe tenía derecho a hacer alguna de las cosas que había hecho con ella? NO.

     —Su hermano le quiere muchísimo. Y es un hombre muy sensible, no me parece justo que hable así de él.

     —Trudy, mi hermano es un cursilón de dramón de sobremesa. – parecía sorprendido porque ella le defendiera – Le quiero, claro que sí, pero me resulta muy difícil tenerle respeto, cuando él mismo no se lo tiene. Sé de qué hablo, en casa le han mangoneado desde que empezó a caminar. Es la típica persona que vive quejándose de lo desgraciadito que es, pero que no mueve un dedo por solucionarlo. Está tan horrorizado porque nadie le pueda comparar conmigo, que es incapaz de disfrutar como un hombre, ¡ha tenido dos novias, y siempre hacía el amor a oscuras! Y oye, hacerlo así por morbo, vale, pero por vergüenza…

      Gerturdis resopló. Sólo Zacarías sería capaz de soltar algo tan íntimo sin concederle importancia, ni pensar en cómo se sentiría su pobre hermano si se enterara de que iba contando cosas así.

     —Para mí, es una persona muy agradable. – se limitó a decir. – Lo que haga en su vida privada, no me incumbe, sólo digo que no me parece bien que hable con tanto desprecio de alguien tan bueno y que le quiere bien. No tiene usted a tantísimas personas que le quieran como él, como para andar despreciando un cariño, la verdad.

     Zacarías pareció fastidiado. Trudy tuvo miedo de haber tocado donde no debía; su jefe era un hombre muy solo, bien lo sabía. Pero enseguida él hizo un cómico puchero.

     —Si lo sabré yo… y por más que pido cariño para el pobre infeliz que vive en mis pantalones, nadie quiere darle ni un poquito. – parpadeó muy deprisa, y Trudy tuvo que reír. Zacarías le dio otro mordisco al bocadillo y se metió en su despacho. Y durante mucho rato, no dejó de sonreír.

     En la puerta del local, un sintecho cenaba bien. Un hombre que pasó junto a él le había dado un sándwich de maíz y huevo duro.


***************

    
     —¡Aceptó! – Sonya estaba triunfal y Víctor la abrazó, todo sonrisas. Era una muy buena noticia que Tasha se hubiera avenido a cenar fuera con ellos; estaba harto de que las dos hermanas estuvieran enfadadas, y sabía que su relación con la menor de ellas corría peligro si la riña continuaba. Sonya tampoco soportaba estar a malas con su hermana. Al abrazar a Víctor, notó lo bien que olía, y por un segundo se extasió en aquel olor, pero enseguida se retiró – Estás duchado. Víctor, no me gusta que te duches solo…

     El viejo soldado sonrió con ternura.

     —Sonya, llevo duchándome solito desde los siete años. – sabía a qué se refería ella. Víctor estaba impedido de las piernas. Usaba un esqueleto externo para caminar erguido, pero como el agua lo deterioraba, tenía que bañarse sentado o utilizar un soporte que tenía en el baño si quería ducharse de pie. Para él era tan normal como para otra persona podía serlo regular el agua de la ducha, pero a la mujer le aterraba la posibilidad de una caída en el baño, de un resbalón.

     —Aún así, podías haber esperado al menos que estuviera en casa yo, por si lo que fuera.

     —Luego, di que tu hermana tiene complejo de clueca. – Sonya estuvo a punto de indignarse – Nena, te lo agradezco, pero sabes que no necesito que veles por mí; eres mi chica, no eres mi mamá, ni mi enfermera, y no quiero que lo seas.

     Sonya asintió poco convencida, y decidió ir a ducharse ella también para estar lista cuando Tasha y Raji viniesen por ellos. Víctor se quedó pensativo mientras se sentaba en el sofá. Esperaba que no se hubiese picado por lo que le había dicho. La propia Sonya había tenido que llevar esqueleto externo de pequeña, ella sabía lo molesto que podía ser que los demás te tomasen por un inválido, y es cierto que ella se ofrecía sin artificios y sólo en lo referido a la ducha, pero aun así a Víctor no le gustaba que lo hiciera. No es que le hiciese sentir inútil, pero sí que le resultaba incómodo. Por su parte, a Sonya le disgustaba que él se negase por lo menos a que ella estuviera en casa “por si acaso” para lo único que le daba miedo. Víctor jamás se había caído ni le había fallado el esqueleto externo, podía llevar una vida normal casi por completo. Pero la idea de una habitación de baldosines lisos y resbaladizos llena de vapor de agua, la asustaba. No lo podía evitar.

      Víctor se acomodó en el sofá. Como para sus piernas lo mejor era estar estiradas y ligeramente elevadas, el sofá no era un sillón al uso, sino más bien una cama. Era un gran colchón rectangular con un cómodo respaldo y reposabrazos plegables, en los cuales estaban los botones para la imperiovisión, el lector, la música y hasta un HotExpress para servirse bebidas calientes o frías sin necesidad de levantarse. Mientras ponía la imper para ver qué había, una molesta vocecita empezó a hablarle.

     “Sabes que a ella le molesta. Es lo único para lo que te pide estar presente. No ya ayudarte, ni nada así, sólo estar en casa. ¿Tanto te cuesta ceder en eso? ¿Piensas que vas a estar menos inválido sólo porque ella no esté en casa cuando te duchas?”. Detestaba esas ideas. Uno cedía en eso, y cuando se quería dar cuenta, Sonya podía estar poniéndole las zapatillas y trayéndole la comida a la cama. Había cosas en las que no podía ceder, y su independencia era una de ellas, no quería que ella pensase que… “¿Qué? ¿Quizá que la necesitas?”. Claro que sí. Claro que la necesitaba, pero no así. No como “cuidadora del pobrecito inválido”, sino como mujer y punto. Era lo mejor que le había pasado en muchos años. No la quería perder, pero tampoco quería perder la autosuficiencia que tanto se había empeñado en tener. No había gastado precisamente poco dinero en la casa para tenerla toda automatizada y no tener que depender nunca de una persona que viniese a limpiar, ni menos aún a cuidarle a él. Sólo esperaba poder hacérselo entender a ella, si pudiera saber lo que estaba pensando…

     Y entonces, cayó en lo automatizada que estaba su casa. Si Sonya pensaba en voz alta, quizá sí pudiera saber qué pensaba.

     —Cámara del baño – ordenó, y la imagen de la imperiovisión que había estado mirando sin ver, desapareció para mostrar el cuarto de baño, en el que Sonya se quitaba la ropa. La joven tenía una expresión triste en el rostro. No decía nada, sólo se terminó de quitar la camiseta que llevaba y se quedó en ropa interior. Víctor no pudo evitar mirar su cuerpo. Llenita y con deliciosas curvas, Sonya era una mujer muy hermosa, pensó. Mucho más de lo que ella pensaba. La joven se quitó el sostén y las bragas, y a Víctor se le escapó una sonrisa.

      —Bah, supongo que no le puedes borrar las manchas a un leopardo. – musitó Sonya. No era mucho, pero ahora Víctor ya tenía una idea de qué pensaba, y estaba más resignada que molesta. Ahora podía quitar la cámara. Debía quitarla, debería quitarla, sí. Sonya tomó el bote de gel, vertió un poco en la esponja apenas húmeda, y empezó a enjabonarse el cuerpo sin meterse en la ducha primero.

      No.

     Ahora no podía quitar la cámara. Tenía que verlo, Sonya se enjabonaba todo el cuerpo antes de ducharse. Allí donde pasaba la esponja, su piel quedaba cubierta de espuma azulada y blanca. Sus brazos, su cuello, y enseguida sus pechos estuvieron espumados. Víctor pensó en dar ordena la persiana de cerrarse, porque empezó a acariciarse sobre el pantalón, pero la casa más próxima estaba lejos, nadie le vería. Comenzó a meneársela perezosamente, disfrutando del cosquilleo que le producía y que iba levantando su miembro con rapidez. Sonya paseó la esponja por su cuerpo, en pasadas interminables. Sus largas piernas, sus generosas nalgas y… sí, también se enjabonó el sexo. Primero por encima, y después separó las piernas y lo frotó completamente con la esponja. Canturreaba mientras lo hacía, y después volvió a sus tetas. Las frotó con la mano y la esponja, tenía los pezones duros y los pellizcó, cerrando los ojos por el gustillo que le daba. Víctor se mordió el labio y devoró la imagen con los ojos.

     La joven dio al fin el agua y se metió en la ducha. La cámara, siguiendo el calor del cuerpo de Sonya, cambió al objetivo de la ducha sin interrumpirse. La capa de espuma que ella llevaba sobre la piel burbujeó y se deshizo, dejando su piel húmeda y brillante, limpia. Entonces empezó a enjabonarse el cabello. Lágrimas de agua y jabón se paseaban por el cuerpo de Sonya, sus tetas se elevaban y mecían cada vez que ella movía los brazos, y su chocho estaba empapado. Víctor se abrió el pantalón y se sacó la polla sin dejar de sonreír. Con la punta de los dedos se agarró la piel del glande y empezó a acariciarse despacio. ¡Qué delicioso! Los escalofríos de gusto le subían hasta los hombros, en un placer pícaro y picante, cosquilleante.

    Una parte de sí mismo quería ir al baño y meterse a la ducha con ella, pero esa era una de las pocas cosas que su esqueleto externo no le permitía hacer. En lugar de maldecirlo, prefirió seguir mirando, en primera así Sonya no se enteraría de que la había estado espiando como un crío, y en segunda, era tan excitante que no quería parar. Las manos de la joven retiraban la espuma en caricias y finalmente se quedó unos segundos simplemente bajo el chorro de la ducha, gozando del agua, hasta que la apagó. Empezó entonces a aplicarse aceite hidratante perfumado. Su piel relucía y adquiría un precioso tono rosado por unos segundos, hasta que la loción se absorbía. Sonya hizo círculos interminables en sus tetas, y una lágrima de loción quedó colgando de uno de sus pezones durante unos segundos. Haaaaaaaaaah… Víctor no pudo evitar imaginarse lamiendo ese pezón húmedo y dejando su saliva en él, también temblando en una gota. O frotando su polla entre las tetas resbaladizas y calientes de la mujer hasta el éxtasis, y dejando en el pezón una gota de su esperma. Bajó el ritmo de las caricias, los dedos se deslizaban por su glande húmedo y cada vez más rojo, y no quería acabar tan pronto.

      Tomó aire, y quitó la imagen del proyector; si Sonya salía del baño, no quería que le pescase zurrándosela. En su lugar, pidió la imagen en la pantalla pequeña del reposabrazos, y dio marcha atrás a la cámara, para volver a ver cómo Sonya se enjabonaba. Mientras la miraba, siguió acariciándose. El placer le convertía la columna en mantequilla y le hacía cerrar los ojos, le subía en escalofríos por los brazos y le recorría en caricias los muslos. Saboreó las sensaciones y sus labios se abrieron ligeramente para tomar aire. Y sin duda por estar extasiado con tal deleite, no notó nada más.

     La puerta del baño, como todas las de la casa, era automática y se abría deslizándose, sin ruido. Sonya salió ya con el cabello seco y en albornoz y, como iba descalza, ella tampoco hacía ruido. Vio la persiana de láminas echada y le extrañó, pero al mirar hacia el sofá, vio el hombro de Víctor moviéndose con un ritmo delator. O se había puesto a abrillantar sus medallas, o estaba “sacándole brillo al sable”. Sonrió y se acercó lo más despacito que pudo, pero apenas al tercer paso, el hombre respingo y se volvió; los años en el ejército le habían dejado un oído y un sexto sentido que el placer había abotargado sólo en parte. Y su cara de mejillas coloradas y sonrisa de apuro era una confesión de culpabilidad.

     —¡Hola, nena! – dijo. Pero Sonya siguió sonriendo y se apoyó en el respaldo del sofá para mirarle. Víctor había podido guardársela, pero no cerrarse el pantalón. Víctor se sintió como un idiota, pero cuando Sonya le colocó las tetas, aún tapadas por el albornoz, junto a la cara, se le pasó un poco.

     —¿Qué hacía mi travieso? – susurró, e hizo caminar sus dedos por el pecho de Víctor, en sentido descendente. Él sonrió y le besó el brazo. - ¿Me dejas ayudarte?

     —Claro que sí. Ven aquí. – Sonya pasó por el respaldo y se tendió junto al soldado. La luz del atardecer que se acercaba le daba en la espalda y le hacía parecer que resplandecía, y que su cabello entre sal y pimienta pareciese dorado, como de merengue ligeramente tostado. Estaba guapísimo. Sonya juntó sus labios con los de él e intentó separarse para sonreírle, pero ya no lo logró; su boca se pegó a la de su compañero y se dejó penetrar por la lengua de éste. La joven acarició la barba redonda y las mejillas ásperas del soldado, pero éste le tomó la mano y la llevó a su erección. Ella emitió una sonrisa que cosquilleó su paladar y le acarició la polla con rapidez, intentando igualar el ritmo que le había visto tomar a él.

     Víctor se estremeció bajo la mano de Sonya, ¡qué gusto! Una intensa sensación de calor dulce se extendía por su cuerpo y parecía pellizcar su nuca, en un mordisco placentero. Tenía muchísimas ganas de correrse, pero a la vez no quería hacerlo, quería gozar con ella. Se concedió unos segundos de escalofríos deliciosos y, con no poco esfuerzo, pero frenó la mano de Sonya al tiempo que soltaba su boca y empezaba a besarle el cuello, bajando hacia el escote del albornoz, hacia las tetas… La joven tembló de gusto entre sus labios, toda sonrisas y deseo, entre gemidos que se le escapaban y le hacían botar los pechos y le aflojaban el albornoz.

     —¡Ah! ¡Haah… aaah…! – gimió en espasmos, y la sonrisa de Víctor se hizo pícara y se ensanchó.

     —¿Ya gimiendo? ¿Tanto gusto te doy, sólo besándote?

    —E-esa maldita barba tuyaaaah… mmmh… hace demasiadas cosquilla-aaaaah… - confesó Sonya. Su piel sensible sentía chiribitas de placer allí donde la barba del soldado la tocaba, y Víctor lo aprovechó. Metió la cara en el escote, más flojo cada vez, de la joven y restregó su cara entre las tetas de ella. Sonya pegó un bote y le abrazó contra ellas. La barba suave le daba la sensación de un millón de cosquillas, era como si la acariciaran con un cepillo cálido y provisto de labios. Sus pezones se pusieron erectos al instante y Víctor los besó, moviendo la cara muy despacio, dejando que su barba los rozase. Sonya apenas se daba cuenta, pero se estaba dejando caer más y más, hasta que su espalda dio contra el colchón y se encontró debajo de su compañero; éste, con la polla fuera, se frotaba contra el delicioso calor que emitía el cuerpo femenino y empezó a bajar a besos por su vientre, hasta que sus labios llegaron a la zona de donde salía más calor.

      —Oh, sí… - Sonya, toda colorada, elevó las piernas para dejar su coño expuesto al capricho de Víctor. – Por favor, chúpame… - pidió, bajito.

      Víctor sintió cómo ella le acariciaba el cabello y las orejas, pidiendo con todo su cuerpo que le diera placer también en su rosado sexo. Olía muy bien, olía a jabón perfumado, a talco rosa, a flores y a hembra. Sus dedos acariciaron los muslos y los labios, cubiertos de vello rizado y suave, y los abrieron. Entre ellos, brillaba la abertura húmeda y tentadora, y el clítoris erecto. Víctor besó los labios y aspiró el aroma. Quería hacerse desear, quería torturarla un poquito, pero no fue capaz; su lengua pensó sin él y salió de sus labios para acariciar la perla. Notó cómo Sonya temblaba bajo su lengua, cómo aquél diminuto bultito buscaba su calor, y creyó morir de amor y de deseo. Su lengua aleteó contra él, deleitándose en el sabor salado, en cada dulce escalofrío que provocaba en su chica, en cómo ella gemía y le acariciaba el pelo para que continuase… Su mano derecha reptó por el cuerpo de Sonya y le agarró un pezón.

     —¡Sí! – gritó la joven, y luchó por alzarse un poco y mirarle. Apenas podía, no con todo el cuerpo hecho gelatina por las caricias de su compañero, pero lo logró. El ver los ojillos traviesos de Víctor entre sus piernas hizo que un delicioso golpe de placer le recorriese desde el clítoris a los hombros y ahogar un nuevo gemido. Le encantaba que él le diese aquellas caricias con la lengua, pero de pronto ya no le bastaban. En medio de un gemido le tendió los brazos, lo que la hizo caer de nuevo sobre el colchón, pero fue suficiente para que él entendiese qué quería; dejó de lamer, dio un último beso y se alzó para orientar su polla.

      El coño de Sonya despedía calor a ráfagas, las notó cuando acercó su miembro a ella y más aún cuando lo frotó. La joven emitió un gemido desmayado, no podía aguantar más, casi rogaba con la mirada, toda colorada. Víctor no se hizo esperar, tampoco él podía esperar más. Apoyó su polla en la entrada y de inmediato le pareció que la entrada de la mujer le absorbía, tiraba de él. Un gemido profundo le salió del alma y le hizo cerrar los ojos de gusto, ¡qué placer! ¡Qué placeeeer…!

     En otras circunstancias, Sonya hubiera intentando ponerse encima, cabalgarle… pero en esa ocasión, la excitación era superior a ella y Víctor se aprovechó de llevar puesto el esqueleto externo; podía hacer uso de sus piernas. Empezó a empujar, primero lentamente, pero enseguida el placer pensó por él y pasó a hacerlo más rápido. Los gemidos de Sonya enseguida cambiaron a gritos, ¡era delicioso! ¡La polla de Víctor le quemaba por dentro en un cosquilleo enloquecedor… tan enloquecedor como dulce! Sentía su coño empapado, encharcado de tal modo que sus jugos le manchaban el pubis y los muslos.

      Víctor dejó de apoyarse en las manos; para una vez que podía hacer trabajar a sus piernas, había que aprovecharlo. Se arrodilló en la cama, con las piernas separadas, arrimó a Sonya a su entrepierna, y empujó con las caderas, con fuerza. Sonya le sonreía y gemía de placer, veía cómo le botaban las tetas a cada empellón. La mujer se sentía en la gloria, poseída por su compañero. La mayor parte de las veces lo hacían cuando él se había quitado el esqueleto externo, y eso limitaba mucho las posturas y hacía que casi siempre hubiese de ser ella quien llevase la batuta, ambos sabían que esto no era algo que fuese prudente repetir todos los días, porque el aparato se estropearía por una exigencia tan alta, pero por una vez… ¡Ah, qué maravilla, qué follada! ¡Era delicioso sentirse follada! La dulzura de la sensación estaba empezando a superarla, y no pensó en luchar contra ella.

      —¡Sí! ¡Sí…! ¡Sí, fóllame, Víctor, fóllame, animaaaaal…! ¡Fóllame! – Víctor aceleró más, extasiado por poder ser él hoy quien tenía el mando. La mantenía agarrada de los muslos, las piernas en sus hombros, la empujaba con fuerza y le besó un tobillo, en el que sentía el golpecito del latido, la sangre acelerada por el placer, y lo lamió. Los pies de Sonya se estiraron y las piernas se tensaron. Víctor supo qué le estaba pasando y la miró a la cara para verlo.

     Sonya intentaba mantener los ojos abiertos, pero el placer la superaba; el picor delicioso se cebaba, todo dulzura, en su interior. La recorría por dentro, subía y bajaba de intensidad, la enloquecía de gusto. Y entonces, Víctor le besó los tobillos y sintió ganas de llorar de felicidad, y su placer se desbordó. Su compañero la miró a los ojos, y gritó sin poder contenerse, retorciéndose en el colchón, sintiendo cómo el picor cosquilleante estallaba en su coño y se expandía en olas de saciedad y dulzura por todo su cuerpo, hasta los dedos encogidos de sus pies, hasta sus brazos que se estiraban y relajaban, hasta sus ojos que se ponían en blanco, y al fin lograban enfocar de nuevo… Y lo primero que vieron fue a Víctor. Jadeante y sonriente, el hombre había pasado a empujar más despacio, en embestidas más hondas y lentas para que ella saborease su placer, pero ahora que ella estaba colmada, aceleró de nuevo. Sonya asintió.

      —Córrete, mi amor – pidió, y Víctor gimió al oírse llamar así – Córrete donde tú quieras… échamelo en las tetas, en la cara, córrete dentro, ¡donde tú quieras!

       Víctor jadeó y sintió su orgasmo acercarse a la carrera; ya estaba muy a punto, y oír a Sonya decirle esas cosas sólo le excitaba más. Notó los dedos de ésta acariciarle las piernas, allí donde llegaban y a través del pantalón que aún llevaba, pero fue suficiente. Un subidón de gusto, un cosquilleo infinito, una dulzura maravillosa, y al fin, el placer supremo que le agarraba desde las nalgas hasta la polla y se escapaba por ésta en un chorro de bienestar y alivio que le dejaba en la gloriaaaaah… Sus caderas dieron el empellón final, y al intentar hacia atrás, su polla se salió en mitad del momento mágico y buena parte de la descarga voló y aterrizó en las tetas de Sonya, que la recibió con un alegre gemido, mientras Víctor se acariciaba. Qué delicia, qué incomparable delicia… Ni siquiera notó que Sonya se había escurrido por entre sus piernas, pero cuando se metió su polla en la boca, sí que lo notó. Se estremeció de pies a cabeza.

      —¡Ah… mmmmh! Sonya, mala, malaaa… Basta… - pidió entre sonrisas, y Sonya se la sacó de entre los labios con un sonido de succión. Víctor no pudo evitar fijarse que una gota de su descarga había quedado colgando del pezón, como una lágrima. Como él había soñado. Su compañera, con una sonrisa, le dio un besito cariñoso, juguetón, en el glande. Víctor le acarició la cara y se inclinó para besarla. Sonya y él se abrazaron y estrecharon mientras sus lenguas se acariciaban, seducidos ahora por un cariño inmenso. Estaban tan a gusto, tan mimosos y cómodos que antes de darse cuenta, se habían quedado dormidos el uno en brazos del otro.

      Precisamente por eso, no oyeron el aviso que salió holografiado en la pantalla de la Imperiovisión: “AMONESTACIÓN. Se recuerda a los ocupantes de la vivienda que para mantener relaciones sexuales en zonas habitadas, deben utilizar las debidas precauciones para evitar incurrir en involuntario escándalo. Dado que en esta ocasión sólo han sido vistos por adultos y que es la primera vez, sólo serán advertidos, pero se les informa que, si volviese a repetirse el hecho, serían sancionados con sendas multas de doce créditos cada una. Que pasen un buen día”.

     Fuera de la casa, Tasha y Raji permanecían alejados de las ventanas. Habían ido a buscarles temprano, es cierto, pero lo último que podían imaginar es que iban a pescarles en pleno mete-saca. No era algo que ni el uno, ni la otra, hubieran querido nunca ver, y mucho se temían que no iba a ser algo facilito de olvidar.

      —A plena luz del día, y sin echar las persianas, para que les multen. – reprochó Tasha, mirando hacia el bosquecillo. Al menos, la casa estaba insonorizada, gracias a Lemmy. - ¡Serán… qué par de CONEJOS!

     También a Raji le parecía imprudente, pero el tono de repulsión de su costilla, ya por ahí, no pasaba.

     —Bueno, nenita, tampoco hay para… ¡No vengas ahora haciéndole ascos al sexo, con lo que te gusta chuscar!

      Tasha ahogó un grito de ofendida dignidad, pero su marido tenía demasiada razón, y también ella acabó riendo.



domingo, 25 de junio de 2017

Hotel, correr y carrera (segunda parte).

   
     En la habitación del hotel, Ricardo sonreía y se relamía mirando las fotos de su teléfono. Su única vestimenta era el albornoz blanco del hotel, de rizo suavísimo, prenda que también llevaba Carlota, que dormía a su lado, apoyada en su hombro. Después del primer ayuntamiento, habían pensado en bajar a cenar, pero Cardo recordó que habían dicho que eran primos (“lo dijiste tú, no pluralices” le recordó Lota) y, como no quería cenar sin darse el placer de besarse de vez en cuando o comportarse como pareja de cualquier otro modo, y puesto que no estaba dispuesto a dejar que nadie se diese cuenta de que eran lío (“claaaaaaro, porque los berridos que metimos antes y el ruido que hicimos con la cama, debieron salir de un documental”), decidieron pedir comida a la habitación. Tras la copiosa cena, se pusieron la tele y Lota se fue acodando en su hombro hasta quedarse dormida. Apenas ella se durmió, él aprovechó para buscar un canal erótico y al no encontrarlo, decidió hacerse él mismo los contenidos picantes.

      Con todo cuidado, para no despertarla, empezó a levantar con los dedos la solapa del albornoz de su compañera, y le sacó fotos del escorzo, de las tetas casi tapadas del todo… ¡qué cosa más verde! No podía evitar sonreír, ¡era tan perverso! Sabía que, si le pedía a Lota fotos de su cuerpo, ella se las daría con mil amores, pero era más divertido cogerlas así, daba más morbo, mmmh… Con mucho cuidado, le retiró el vuelo del albornoz y sacó fotos también a sus piernas. Casi se le veía lo más interesante, e intentó aflojar el cinturón para que la tela se retirase más. Lota gimió en sueños y se dejó caer un poco más sobre él. Al hacerlo, el albornoz se deslizó ligeramente debajo de ella; lo justo para que la prenda revelase su tesoro. A Cardo se le escapó una risa de triunfo y de inmediato lo fotografió. Era precioso. Lota lo llevaba arreglado de manera que el vello formaba el dibujo de una luna llena y, recortado en él, la silueta de un gato, como si mirase hacia la luna. También lo llevaba teñido de platino con una pintura especial que brillaba en la oscuridad; a Cardo le resultaba imposible mirarlo sin ponerse como un burro.

     Después de sacarle al menos treinta y cinco fotos, se puso a mirarlas en el móvil. Cada imagen le hacía sonreír más y más, y su albornoz ya no quedaba cerrado por la excitación que sentía. De pronto, Lota se acomodó de nuevo y separó las piernas, doblando una. Cardo casi dejó caer el móvil. Era demasiado bueno para no hacerlo. Acercó la mano muy despacio al pubis de Lota y lo cosquilleó. Esta dio un temblor y sonrió en sueños, y Ricardo jadeó; se sentía como si flotara. Acarició los labios, lampiños, de la vulva de Lota y ella dejó un escapar un “hmmmmmmh…” muy suave, apenas audible. Acercó los dedos a la rajita y notó que estaba húmeda, uff, su dedo corazón quedó empapado al momento. Lo subió al clítoris y empezó a cosquillearlo.

      —¡Mmh! – Lota respingó, pero no despertó, así que no se detuvo. Hizo caricias lentas, circulares, muy suaves, y su compañera no sólo no despertó, sino que pareció disfrutar de ellas. Cada tanto, Cardo la oía gemir en sueños. Se moría por penetrarla, pero si se movía, la despertaría, así que se aguantó por más que su polla, rígida contra el albornoz, le pidiera guerra a gritos. Su dedo se deslizaba, todo suavidad, contra la perlita de Carlota; estaba tan mojada que no precisaba moverse hacia su agujero en ninguna ocasión, su coño era un mar de jugos y, a juzgar por cómo ella gemía y le apretaba más el brazo en el que se apoyaba, también de placer. Cardo sólo lamentaba no poder grabar aquello, pero sólo disponía de una mano y la tenía muy ocupada acariciando sin cesar. Su dedo empezó a moverse de arriba abajo, frotando el indefenso clítoris, y Lota tensó las piernas. Sabiendo que iba a correrse, Cardo aceleró. Lota empezó a gemir sin miramientos y entonces sonó su teléfono a todo volumen. Ricardo se asustó y retiró la mano de golpe - ¡MIERDA!

      —¡Ah, Lota; puedo explicarlo, no es lo que piensas! – dijo Cardo muy deprisa.

    —¡Cállate, bobo, estaba despierta desde hacía horas! – gritó, fastidiada, e hizo un gesto casi de dolor, notaba las contracciones del orgasmo, pero ningún placer en ellas, sólo frustración, maldita fuera… -  ¿Quién será el imbécil que llama JUSTO ahora? – En la pantalla de su teléfono, aparecía la cara de Alvarito. Descolgó - ¡Alva, eres un CRETINO, y será mejor que te estés desangrando!

     —Yo también me alegro de oírte – sonrió Alvarito, contentísimo de molestar – Sólo decirte que se me ha chafado el curro, y que ¿tú no sabrás dónde ha podido ir a parar una tarjeta de “Todo Incluido” para hoteles de hasta cuatro estrellas que tenía yo como parte de mi pago, verdad?

     Cardo vio a Lota palidecer y se pegó al otro lado del teléfono.

      —¿Una tarjeta para hoteles? ¿De “Todo Incluido”? Pues no… no sé, no la he visto, ¿por?

     —Oh, por nada, porque resulta que ha volado, y si doy con el que la tiene, voy a usar su calavera para jugar a los bolos con ella y sus piernas. – A Ricardo no se le había bajado jamás una erección tan deprisa, y su cabeza se encogía más y más entre sus hombros, como si pretendiera ser una tortuga.

     —Ya, claro… - Lota se forzó a sonreír – Bueno, lo siento, si me entero de al… espera un momento, ¿dijiste que se te ha chafado el curro? ¿Quieres decir que vuelves?

     —Sí, justo eso. Vamos, de hecho ya estoy de vuelta, no me queda mucho para llegar; avisaba precisamente para no pescaros en faena. – Alvarito, desde su lado del teléfono, disfrutó del silencio horrorizado que oyó. Él no lo sabía, pero Ricardo tenía la boca tapada y los ojos de pez desencajados de terror.

     —¿No mucho? ¿C-cómo cuánto? – quiso saber Lota.

     —No lo sé seguro, una media hora quizá.

     —Ah, genial, pues… ¡pues voy a pedir una pizza, que seguro que vendrás sin cenar!

     —Mujer, no hace…

     —¡Que sí, que la pido para cuando llegues, hasta luego! – colgó sin más. Ricardo la miraba con cara de pánico, y ahora ya no se tapaba la boca: se había llevado las manos al culo, y le entendía - ¡No te quedes ahí parado! ¡Nos largamos, venga, venga!


     “Nunca más diré que somos primos. Nunca más iré a ningún hotel. ¡Nunca más me desnudaré en un sitio que no sea mi propia casa!” Pensó Ricardo, rojo como un pimiento morrón, mientras corrían por el vestíbulo aún con el albornoz puesto. Pese a lo avanzado de la hora, los clientes que aún quedaban en el vestíbulo no dejaron de mirarlos. Cardo hubiera querido que se le tragara la tierra, y no pudo evitar soltar la lengua:

     —¡Estábamos esperando el parto de mi hermana, y nos acaba de avisar; no podemos hacerla esperar! – gritó a los mirones

     —¡Déjate de excusas, a nosotros sí que nos van a “partir” si no espabilas! ¡Mueve el culo, veeenga! – Carlota le agarró del cordón del albornoz y tiró, con lo que su pecho blanco y lampiño quedó al descubierto. Cardo casi chilló y echó a correr, intentando pensar que lo que oía a su espalda eran toses y no risas. A toda prisa se metieron en el coche y Lota marcó el asfalto con los neumáticos al pegar una arrancada que hubiera hecho aplaudir a Schumacher, y que hizo que Ricardo se preguntara si tenía al corriente el pago del seguro. No, el del coche, no. El de vida.

     —Lota, mi amor… - musitó - ¿No te parece que quizá vas una pizca demasiado deprisa?

     —Coge mi móvil y llama al Pizzaexpress – dijo ella – Pide tres pizzas de lo que sea, y que las manden a casa. Si no estamos allí para cuando llegue Alvarito, estrellarte con el coche te va a parecer un plan estupendo.

     —Cre-creo que no lo estamos enfocando con serenidad… al fin y al cabo, ¡él es tu amigo, tú le has acogido en tu casa! ¡Duerme en tu cama! – recalcó - ¿De verdad, no estamos exagerando la importancia de su enfado?

     —Te diré… - contestó ella mientras cogía una curva a tal velocidad que las ruedas del lateral derecho se separaron del asfalto y Cardo pensó que iba a ensuciar unos pantalones casi nuevos – En cierta ocasión, para gastarle una broma, le dije que la cuerda de tender la ropa estaba hecha de cáñamo, provenía del cannabis y podía uno fumársela como si fuese marihuana; se lo creyó y lo intentó. Cuando vio que le había tomado el pelo, tomó represalias: cuando subí a casa me encontré la puerta entreabierta, y al abrir, me cayó encima la sartén de hierro, que había atado al techo y puesto encima de la puerta – Ricardo ya puso bastante cara de horror, pero como Lota sólo miraba la carretera, no lo vio y siguió contando. – En cada puerta de casa, ató el tío un regalito. La olla exprés, un cajón doble de la cómoda, y hasta el televisor de 21 pulgadas. Y eso fue por una bromita que no le costó dinero; ahora estamos hablando de ha perdido un finde a todo tren, ¿te parece que exageramos con él?

     —Si coges por la carretera de la Universidad, iremos más directos. – Contestó Ricardo y llamó al PizzaExprés. Lo que Lota no le había contado es que, después de aquello, ella llamó a Alvarito y le pidió que subiera, que se había hecho daño de verdad y no podía levantarse. Alva acudió corriendo, encontró la puerta entreabierta pero no sospechó nada y, al abrir, le cayó encima un altillo que Lota había preparado donde se encontraba TODO lo que él le había dosificado en diferentes puertas: sartén de hierro colado, olla exprés, cajón de la cómoda y lo que quedaba de la tele. Cuando Alvarito despertó, se encontró tumbado en el sofá y a Lota poniéndole hielo en el chichón de la frente. Ella abrió sendas cervezas, le ofreció una y dijo “¿tablas?”. Y aunque Alva no sabía qué significaba esa expresión, sí sabía que aquélla era “la birra de la paz”, de modo que brindó con ella y repitió “tablas”. No era preciso que Cardo supiera ciertos extremos acerca de su novia; ya estaba bastante asustado.




      En su propio coche, y a velocidad mucho más moderada, Alvarito estaba llegando a casa de Lota. Le había mentido como un bellaco, estaba mucho más cerca de lo que le había dicho. Su intención era pescarles llegando a casa y sacarles dónde habían estado; es posible que ella lograse soltar una trola convincente y atrincherarse en ella, pero él no. Él se desmoronaría, lo sabía bien. Con toda comodidad, aparcó el coche lo bastante lejos de la tienda de tatuajes y piercing de su amiga, encima de la cual ella tenía su vivienda, y caminó hasta ella tranquilamente. Una vez allí, abrió con su llave, tuvo buen cuidado de volver a cerrar, y se instaló en el tresillo de la sala de espera de la tienda. Él sabía que para entrar en la casa, era preciso pasar por la tienda.



     “Ya no falta nada para llegar”, pensó Lota, sin dejar de mirar la carretera. En menos de diez minutos estarían en casa. Estaba pensando en dar una vuelta de reconocimiento antes de aparcar, por si veía el coche de Alvarito, y en ese momento Ricardo preguntó:

     —Lota, una cosa que no me quito de la cabeza… si estabas despiertas mientras te acariciaba, ¿te estaba gustando?

     —¿Si me gustaba? ¡Joder, cuando paraste te hubiera partido los dientes! – contestó ella, y Ricardo puso carita de susto y se arrimó más a la puerta. La mujer suspiró. O aprendía a expresarse de otra manera, o él entendía que su manera de hablar era, eso, una simple manera de hablar. Se corrigió – Quiero decir que me estaba encantando, me estabas haciendo chiribitas en el coño y estaba pasándolo fenomenal; un segundo más y me hubiera corrido tan ricamente en tu dedo.

     La expresión del Cardo cambió radicalmente, dejó escapar una risa de orgullo y alivio, y se recolocó en el asiento. Eliminado el miedo, podía volver a sentarse más cerca de Lota, y ésta no se resistió a regalarle un poco los oídos:

     —Es verdad, me acariciabas de un modo que me hacía unas cosquillas muy dulces y un placer en olitas que me estaba volviendo loca. Me costaba muchísimo fingir que dormía, pero no quería dejar de hacerlo para que no parases, quería que me hicieras llegar así, con esas caricias tan deliciosas. Quiero que me lo vuelvas a hacer. De hecho, quiero que siempre que puedas, me despiertes así, con caricias en el coñ… en el clítoris. – Le pareció que quedaba más fino así. A Ricardo le temblaba un párpado y su sonrisa le daba pinta de lelo, pero de lelo feliz hasta el éxtasis. Lota fue frenando, estaban en casa.

     —No está su coche, podemos ir tranquilos. – sonrió Ricardo, y Lota le frenó.

     —Ni se te ocurra. No hagas ruido, camina agachado y no te acerques a las ventanas. Entraremos por detrás.

     Cardo sonrió con condescendencia, ¡Lota era demasiado desconfiada! ¡Se veía a la legua que Alva no había llegado aún, su coche no estaba por ningún sitio, y él siempre aparcaba pegado a la casa, para no tener que andar un metro! Si pudiera aparcar el coche en el salón, lo haría con tal de no caminar. Pero si así ella se sentía más segura, estaba dispuesto a ceder.

     Agachados, caminaron hasta la parte trasera del edificio. Alva no lo sabía, pero Lota pensaba que era muy razonable para una chica tener un medio que sólo conociese ella, para colarse en su propia casa. En una de las esquinas del edificio, donde debería haber un canalón, había una gárgola cuya boca cumplía el cometido del mismo, y que estaba situada entre las piernas de otra figura mucho más alta, con apariencia de demonio. La cabeza de la estatua llegaba al nivel de la gran terraza de la casa de Lota. Para asombro de Cardo, ella apoyó los pies en la cabeza de la gárgola, y empezó a trepar por la estatua del demonio, con toda facilidad.

     —¡Eh! – susurró en la oscuridad del césped trasero - ¡Eso podrás hacerlo tú, no yo!

     —Sí puedes. Prueba, no hay que trepar, es como subir por una escalera.

     “Supongo que esto vale la pena, a cambio de follar con regularidad” suspiró, y se agarró al cuerpo de piedra del demonio. Puso el pie derecho en la cabeza de la gárgola, y luego el izquierdo. Tanteó con la mano derecha, y encontró asidero con facilidad. Sí, había una hendidura perfecta, como el peldaño de una escalera de mano. Intentó no mirar hacia abajo y subió con relativa rapidez. Pero al llegar arriba, ¿cómo hacía para ganar la terraza? Lota se había aupado sin dificultad en la poca distancia que había y pasado al otro lado sin dificultad, pero él no se veía capaz de hacerlo. La barandilla era sólida y quedaba a una distancia que para él, era imposible de salvar mientras aún estaba agarrado a la estatua. De repente se dio cuenta que estaba atrapado; no podía llegar al balcón, estaba a tres metros del suelo y bajar le daba mucho más miedo que subir, y empezó a hiperventilar. Lota se dio cuenta de que iba a gritar y le agarró del brazo.

     —¡Eh, calma, calma! – susurró – No te vas a caer, no va a pasar nada. Es fácil, es muy fácil.

     —¡Nonononono, no es fácil, no es nada fácil, está muy alto! ¡Me caeré!

      —No te caerás. Tienes que fiarte de mí – sonrió. Por dentro pensaba que de buena gana le daría una colleja, pero en ese momento no cabía ser radical. Si no le convencía, se pasarían allí toda la noche. Se sentó a horcajadas en la barandilla de piedra rojiza y le tendió las dos manos. – Vas a darme la mano derecha. Y yo te tendré agarrado todo el rato, y te la pondré en la barandilla. Y cuando estés bien agarrado, me darás la izquierda, tiraré de ti, y estarás en la terraza.

      —No podrás con mi peso, nos caeremos los dos.

     —Cardo, dame la mano, por favor. – Ricardo se mordió el labio y cerró los ojos, pero soltó la mano derecha del asidero y Lota le colocó el brazo en la barandilla. – Así, ¿ves qué fácil? Ahora, el otro brazo. – Lota se apuntaló hacia atrás. Cardo tendió el brazo izquierdo, la mujer tiró de él, Ricardo perdió asidero y el estómago le dio un vuelco muy desagradable, pero enseguida notó que el tirón se hacía más fuerte y tenía la tripa contra la piedra roja, elevó las piernas y el peso de éstas le hizo caer al interior de la terraza, junto a Lota. La mujer emitió un débil gritito, como si se hubiera asustado, pero al instante, Cardo la dejó sin aire: estaba aferrado a ella con todas sus fuerzas.

     Ricardo no recordaba haber pasado tanto miedo en toda su vida. No estaba precisamente acostumbrado a las emociones fuertes, para él, lo más cercano a asumir riesgos, había sido masturbarse cuando sus padres todavía no se habían acostado. Y ahora, de pronto, había trepado por una pared vertical como Stallone en Máximo Riesgo, y había saltado sobre la barandilla de la terraza. Y todo por Lota. Ella le hacía descubrirse como el ser decidido, arrojado y valeroso que en realidad siempre había sido pero que, en su modestia, no había querido nunca reconocer. Sin ella, él seguiría siendo un pobre encargado de planta, gris y anodino, y no un feroz aventurero capaz de ir a hoteles con su amante sin ninguna vergüenza y de colarse en casas a medianoche… La deseaba, Dios, cómo la deseaba, ¡no podía contenerse!

     —¡Ahora no, aquí no! – dijo Lota muy deprisa, pero Ricardo se rio en su cuello diciendo “sí, sí”, y su mano se perdió en el interior de los vaqueros de la tatuadora. Ésta, aún llena de rabioso deseo y frustración por el orgasmo arruinado, intentó frenarle por un segundo, pero se dio cuenta de que no podía, ¡no en ese estado de lujuria ansiosa! Su clítoris se estremeció de gozo apenas él lo rozó, y ella misma pasó de negarse a desabrocharse el pantalón en un segundo.

     “Aaah, qué malo soy” pensó Cardo, encantado “La acaricio tan bien, que no puede resistirme, ¡qué mojada está!”. Los dedos del hombre resbalaban en la rajita de su compañera, impregnada de humedad, y éste se dedicó a pasearse por ella, arriba y abajo, tentando la abertura, pero enseguida volvió al clítoris y lo frotó en círculos. Círculos que hacían que el culo de Lota diese brincos sobre el enlosado y gimiese de placer.




      Alva no se podía creer lo que estaba viendo. Había oído el golpe en la terraza del piso superior, y subió a comprobar. Lota había preferido entrar a escondidas en su propia casa, antes de dejar que la pescaran. Sólo por eso, ya se merecía no echarle más en cara la dichosa tarjeta, pero lo que era de película es que a su chico le hubiera entrado el calentón justo en aquel momento. Y Lota debía ir tan quemada como él, porque no sólo no le paraba, sino que se había abierto ella misma el pantalón. Alvarito sonrió, travieso, y sacó el móvil. De acuerdo, la tarjeta era agua pasada, pero esto era demasiado apetecible. Era una lástima que al estar tumbada, de nuevo no se le viese la cara, pero daba igual; Zacarías le compraría también ese video, como el otro. Entre todos, estaban haciendo felices a todos los hombres de la barriada que alguna vez habían soñado con jincarse a Lota. Grabando…



     Qué sensación tan agradable, ¡qué dulce! Lota no sabía con cuánta intensidad deseaba su cuerpo ser tocado hasta que Cardo se lanzó. No era la primera vez que se le echaba a perder un orgasmo, pero sí la primera que volvían a tocarla tan pronto, cuando su cuerpo estaba ya recuperado pero aún con deseo, ¡y era maravilloso! Los dedos de su compañero resbalaban de una forma deliciosa y ella no podía dejar de sonreír ante el placer electrizante que la hacía temblar. Cardo movía sus dedos como si hiciese cosquillas en su clítoris, y así lo sentía ella, como cosquillas, unas cosquillas delirantes que la hacían ponerse más y más tensa mientras el placer aumentaba y se hacía más delicioso y más insoportable segundo a segundo. Ricardo, juguetón, sopló en su cuello y la hizo estremecerse y tiritar. Con la punta de la lengua, recorrió su cuello a golpecitos, subiendo hasta la mandíbula, y al fin lamió sus labios entreabiertos y se metió en ellos. Cuando su lengua rozó la de Lota, ella se puso rígida sobre el piso y se le agarró a la gabardina en una pura crispación orgiástica. Lota notó el estallido de su placer en la punta exacta de su clítoris. Como una cerilla que se enciende, sintió el chispazo y cómo después éste hacía surgir la llama que se expandía por todo su cuerpo en una ola de saciedad y gusto, de alivio, de dulzuraaaaah…

       Cardo gimió en la boca de su chica al sentir cómo ella se contoneaba debajo de él, se ponía tensa primero y se movía como una bailarina después, meneando las caderas bajo sus dedos. El travieso clítoris se había retirado a golpes, a contracciones que delataban su gozo, y él no había sido capaz de dejar de acariciarlo, sólo había bajado el ritmo. En la oscuridad del ambiente sólo distinguía la cara de Lota, pero sabía lo colorada que estaba por el calor que desprendía su cara. Le besó las mejillas, pero ella no le dio tiempo a ponerse tierno; le empujó del hombro y le montó. De inmediato comenzó a frotarse contra su erección mientras se bajaba más los pantalones y los dejaba en los tobillos, ¡estaba dispuesta a penetrarle ahí mismo, y le daba igual si Alvarito les pescaba, si la pizza estaba de camino, o si estaban a dos bajo cero! Ricardo se sentía demasiado feliz y demasiado erecto para hacerla parar. Él mismo se soltó el cinturón y se desabrochó el pantalón, y apenas lo hizo Lota le acarició el miembro aún cubierto por la ropa interior. Cardo se mordió el labio y se forzó a resistir, ¡quería aguantar!

     Lota le sacó la polla por la abertura de los calzoncillos y se la metió dentro de golpe. Temía que, si se ponía a jugar, la excitación de Ricardo le ganase una vez más, pero apenas le tuvo dentro de ella, no fue capaz de ponerse a brincar como había sido su primera intención, ¡era tan cálido y agradable, daba tantísimo gusto estar unidos…! No podía lanzarse como un animal, quería saborearlo. Se movió en círculos lentos, gozando de la simple felicidad de sentirse llena, y sus ojos se cerraron de gusto sin que pudiera evitarlo, ¡qué maravilla! Las manos de Cardo, entre temblores, pasaron de los muslos de Lota a sus tetas y las exprimieron. La mujer gritó, un gritito suave, y se tapó la boca, sin poder olvidar a los vecinos, pese a la oscuridad. Sonrió y se levantó la camiseta y, sin dejar de hacer círculos de calor y gusto sobre la polla de Cardo, metió las manos de éste bajo su sostén y mordió el borde la camiseta para que él pudiese mirarle las tetas todo el rato.


      Dentro de la casa, Alva llevaba ya tres vídeos y rogaba porque la memoria del móvil aguantase, ¡ese polvo era dinamita! ¡En el GirlZ se iban a matar por él! Aunque a Lota no se le viese la cara y estuviese oscuro, con la cámara nocturna se apreciaban bien su cuerpo y sus tatuajes, y lo que era más importante: su manera de follar. Al levantarse la camiseta, había dejado al descubierto su espalda… qué espalda. Sinuosa y flexible, y su precioso culo que no paraba de moverse en torno a la polla de su novio. Las piernas del Cardo daban temblores y se ponían rígidas a cada momento, y no le extrañaba. Alvarito había sido pareja de Lota durante algún tiempo y sabía bien que en la piltra era una puta pantera.


     —Si-sigue… - pidió Cardo con voz quejumbrosa, sin apartar las manos de las tetas de Lota – No pares, me… ¡me das mucho placeer…!

     Lota sonrió y siguió meneando las caderas, sin acelerar nada, llenándole la polla por igual de sufrimiento que de gozo. Y extasiándose a su vez en el sinfín de placeres que él le daba, oooh… Dentro de ella parecía enorme, tan ancho, tan caliente, y tan suave. Cada movimiento de su culo hacía que él tocase puntos sensibles de su interior, que su clítoris se rozase contra él, que su coño se contrajese y le abrazase, y cada apretón le daba escalofríos de lo delicioso que era. Era pícaro, era tierno y era salvaje a la vez. Quería ponerse en cuclillas, hacer sentadillas y vaciarle de dos envites y correrse ella al tercero, pero se contenía, ¡y era precioso! ¡Agradable y caliente! Iba a correrse de nuevo, y quería hacerlo dándole también el mayor gusto posible a él. Se tumbó sobre él, le tomó el lóbulo de la oreja entre los dientes y, después de un mordisco cariñoso, empezó a hablarle en susurros:

     —Fóllame, Cardito… - musitó, entre gemidos. – Agárrame del culo, y apriétame, eso es… Apriétame el culo y atraviésame con tu pollaaa… haaah… tu polla tan grande y caliente. Me encanta que estés ahí, tocando con tu polla mi coño dulce para ti, frotándote, entrando y saliendo… oooh… de mi coño… mmmmh… me matas de gusto. Me… mmmh… me haces correrme una y otra vez… me voy a correr con tu polla dentro, muy dentro, haaaaaaaaaaaah…

     Cardo daba empujones con las caderas como podía, y no podía muy deprisa, no podía moverse bien, y eso le fastidiaba a la vez que le encantaba. La voz de Lota en su oreja, sus gemidos susurrados le estaban volviendo loco de placer y deseo, ¡era insoportable! ¡Era demasiado excitante oírla decir esas cosas tan guarras encima de él! No aguantaba más, no podía... ¡No! ¡Sí! ¡Se corría!

     Lota sintió a su amante estremecerse y temblar, sus manos apresándole las nalgas con tal fuerza que dolían, y le vio cerrar los ojos de gusto y dar un empellón más con las caderas, y tiritar con fuerza mientras gemía lo más bajo que podía. Sintió las contracciones de su polla en su interior y enseguida una corriente cálida y espesa que se deslizaba hacia afuera. Y en ese momento, sí brincó.

      —¡No! ¡Oh, Lota, no… NO… OH, POR FAVOR! ¡SÍ! – Cardo no fue capaz de hablar bajo, ¡no con ese placer quemándole el miembro justo después de correrse; era insoportable! Lota rió a carcajadas y se dejó ir, botó sobre su amante y su placer creció hasta estallar en pocos segundos. Segundos que a Cardo se le hicieron larguísimos pero echó de menos cuando se acabaron; segundos que a Lota la llevaron al cielo y le hicieron agarrarse las tetas, poner los ojos en blanco y jadear de gusto. Un gusto maravilloso que la dejó en la gloria, con una sonrisa interminable en la cara. Cardo aún temblaba bajo ella y también él jadeaba. Nunca había probado a seguirse tocando después de acabar. Era estupendo, pero quemaba. O quemaba, pero era estupendo. La verdad que no se decidía.

     Lota sonreía aún, gozando de la dulce calma satisfecha de después del delicioso orgasmo y, aprovechando esa calma, su sentido común levantó la mano y pidió permiso para hablar ya que, hasta ese momento, intentarlo habría sido perder el tiempo. Y le recordó que Alvarito estaba de camino, que se habían apropiado de una tarjeta que era de él, y que si les pescaba fuera de casa les iba a arrancar los pulmones. Pequeños detallitos de nada. Lota pegó un brinco y sonó el timbre de abajo, ¡la pizza!

      —¡Reza porque Alvarito aún no haya llegado; corre! – dijo a Cardo y él también pegó un respingo del susto, ¡se había olvidado por completo del burro ese!  Entraron a la alcoba y cuando Lota vio la luz que llegaba del piso de abajo, casi se le paró el corazón. Alva estaba allí.

     —¡Chicos, pizza! – canturreó el vozarrón del portero. Ricardo se agazapó detrás de Lota, y ésta se fijó en que los dos estaban sin pantalones y en los pelos que llevaban. A lo mejor, colaba.

     —No te subas el pantalón. Quítate la gabardina y la camisa, corre. – Cardo entendió y obedeció, y bajaron. La luz les hizo entornar los ojos, pero a través de ellos, Lota vio a Alva sentado en su salón con las botazas encima de la mesa y tres cajas de pizza aún humeantes. - ¿Desde cuándo estás aquí? ¿Por qué no nos has avisado que habías llegado? – sonrió ella, todo inocencia.

     —Supuse qué estabais haciendo y no quise molestar. – abrió las cajas y olfateó – Mmmmmmmh… Barbacoa, Pepperoni y Cuatro quesos, ¿por cuál queréis empezar?

     A Lota le extrañó la actitud tan simpática de su mejor amigo, y su repentino olvido de todo lo concerniente a la tarjeta, pero ya que las cosas habían dado un vuelco tan oportuno, no pensaba estropearlo con preguntitas. Era mejor así, y… quién sabía si Alva no le tendría alguna preparada y por eso estaba tan amable, en cuyo caso era mejor no indagar; ya tendría tiempo de enterarse. Por el momento, lo más juicioso era saborear las pizzas y, entre charlas y bromas los tres disfrutaron de una buena cena. En cierto momento, el móvil de Alva sonó por un mensaje y éste sonrió con triunfo. Lota le preguntó si eran buenas noticias, y éste contestó que buenísimas, que le había salido un nuevo dinerillo que compensaba la tarjeta, que ya daba por inencontrable. Lota y Cardo se miraron, aliviados. No lo estarían tanto de haber podido leer el mensaje, que era de Zacarías, el dueño del GirlZ, y decía: “Vídeos sensacionales. Los partiremos en varios para sacar más dinero de ellos. Qué culo tiene la tía, te compro todos los vídeos de ella follando que puedas conseguir”.