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miércoles, 14 de noviembre de 2012

Noche de bodas muy deseada (primera parte)


-¿Que quieres QUÉ?

- Por favor, Irina, trata de entender que me hace mucha ilusión… apenas serán tres meses… por favor…

No podía creer lo que me estaba pidiendo… Oli y yo por fin íbamos a casarnos, llevábamos algo más de medio año viviendo juntos, teníamos fecha para casi cuatro meses más tarde, y ahora me salía con que, desde ahora hasta la boda, no deseaba que siguiéramos viviendo juntos ni teniendo sexo…

- Pero… pero, ¿porqué? No lo comprendo… vamos a casarnos, ¿y no quieres vivir conmigo…? Oli, ¿no estás seguro de lo que sientes por mí…?

Oli me sonrió con esa sonrisa suya tan tierna y me cogió la mano sobre la mesa del restaurante en el que cenábamos.

-Claro que estoy seguro. Te adoro. Pero… Irina, tú has sido la primera y la única mujer en mi vida, tú me has hecho un hombre… pero no he tenido tiempo de enamorarme, de desearte… sólo nos vimos tres veces y me hiciste el amor, y fue maravilloso… pero ahora vamos a casarnos, y quiero que nuestra noche de bodas sea algo muy especial… quiero que los dos lo deseemos, que sea algo mágico, algo muy-muy ansiado… me gustaría que fuera una "segunda primera vez"… algo que recordemos siempre. Si estamos acostumbrados a dormir juntos y hacer el amor todas las noches, ¿qué tendrá de especial nuestra noche de bodas…? Por favor…

Cuando ponía esa vocecita tan dulce y esos ojitos de cordero degollado, era imposible negarle nada… pero iba a sufrir tanto sin él durante todo ese tiempo…

-Y voy a tener que verte cada vez que vaya a la biblioteca de la Universidad, y seguiremos quedando…

-Claro que sí – me apretó las manos – quedaremos todos los días, vendrás a mi casa, o yo iré a la tuya, o quedaremos en el pub donde nos conocimos… nos veremos todos los días.

-A eso me refiero… voy a tener que verte sabiendo que eres intocable… va a ser muy duro…

-Lo sé… también va a serlo para mí, pero te garantizo que valdrá la pena… yo te esperé a ti treinta y tres años, y ha valido la pena. Ahora quiero darle… un poco de expectación a un momento especial. Llámalo… una pequeña fantasía masculina.

La cena terminó, y esa misma noche me dejó en mi casa... y él se fue a la suya. Hasta entonces, habíamos vivido por temporadas en la suya y la mía, y teníamos un montón de ropa y cosas propias en la casa del otro. Qué nostalgia sentí al ver en la cesta de la ropa sucia prendas suyas, sus zapatillas junto al sofá, su camiseta con la que dormía detrás de la puerta de mi alcoba, su crema de afeitar en el baño… "Dios mío, ¿es esto lo que se siente cuando alguien te deja,… o alguien se muere?". Nunca en mi vida me había dejado de nadie, porque no había tenido relaciones sentimentales dignas de tal nombre, sólo diversiones, aventuras y me había sentido a gusto así… pero recordaba bien cuándo me padre había fallecido siendo yo adolescente, y la tristeza no había sido tanto en el velatorio o en el funeral, como al regresar a casa y ver sus cosas en ella, el olor que todavía se notaba, y saber que nunca más… Mis ojos estaban empañados y me acosté llorando. Sólo esperaba que aquello realmente valiera la pena para Oli, porque yo me sentía destrozada. Era la primera vez que me enamoraba seriamente y dolía mucho más de lo que jamás hubiera podido imaginar.

A la mañana siguiente, mi cama estaba fría y vacía. Me faltaba mi Oli despertándose con su erección matutina y su sentirse violento porque esto le sucediera, su tiempo ocupando el cuarto de baño para ducharse, afeitarse, retocarse, higienizarse y empaparse en colonia hasta la exageración, sus intentos de tomar la temperatura de las tostadas del desayuno, cuando no el llevar la cuenta exacta de las galletas que se echaba en la leche, o medir en el vaso milimetrado la cantidad de cereales, sus infinitas manías,… pero sobre todo, me faltaba su calor, su cariño, su ternura… "¿y me esperan casi cuatro meses así…? No podré aguantarlo" Pensé mientras salía en mi coche camino al Instituto donde impartía mis clases de Lengua y Literatura. Afortunadamente, soy bastante rígida como profesora, y no me permito distracciones en mi trabajo, pero cuando a mediodía caí en que tenía que devolver un libro a la biblioteca de la Universidad, mi corazón botó en mi pecho, ¡iba a verle!

Caminando hacia la biblioteca, entendí por primera vez qué quería decir Oli con "algo muy deseado por los dos… algo muy-muy ansiado…" Se refería a esto precisamente, a que los dos sintiéramos nostalgia el uno del otro por estar separados y mariposas en el estómago ante la idea de vernos, aunque fuese por un momento… es cierto que el dolor era inmenso… ¡pero la alegría y la emoción, también lo eran! Entré en la biblioteca de la Universidad, que está casi al lado de mi Instituto, y allí, tras el mostrador, colocando manualmente fichas de libros, absorto en sus tareas administrativas, estaba mi Oli… el bibliotecario jefe. Me acerqué silenciosamente, pero apenas había dado un paso, cuando él ya había levantado la cara y me sonreía abiertamente… era indudable que él también me echaba mucho de menos, porque siempre había sido muy discreto en lo que se refiere a exteriorizar nuestra relación en el trabajo; le daba muchísima vergüenza que nadie se enterase, y temía que hubiera murmullos o que él mismo pudiera distraerse, sin embargo, esa sonrisa era una declaración por megáfono de lo que sentía por mí. Silenciosamente, dejé el libro en el mostrador. La biblioteca estaba desierta, y por un perverso instante, admito que imaginé a Oli encajonándome contra una de las estanterías y poseyéndome salvajemente contra ella, ahogando los gritos de pasión, él tan sólo con el pantalón abierto, yo con las bragas en un tobillo y la blusa desabrochada, mis pechos botando a cada embestida… tuve que ponerme freno, estaba empezando a mojarme y mi respiración se aceleraba.

-Me alegro mucho de verte… - susurró, nervioso - ¿cómo lo estás llevando?

-Fatal… - admití, también en un susurro - … pero tenías razón en que desde luego, vamos a desearlo muchísimo…

Oli sonrió con un poco de picardía y mis piernas temblaron al verle esa expresión… actualizó el programa de devoluciones con la que acababa de hacer, para que el libro volviera al estado de "disponible" y lo dejó a un lado para seguir hablando conmigo.

- He de irme ya, tengo clase en un cuarto de hora… ¿puedo besarte? – musité, casi suplicando.

Oli sonrió y miró a un lado y a otro y luego consultó su reloj… no había nadie en la biblioteca, su ayudante había salido a comer y no volvería al menos, hasta dentro de cincuenta minutos, era mediodía y todos los estudiantes estaban o bien en clase o bien camino de las cafeterías, sino estaban ya en ellas, y tampoco era época de exámenes… no había peligro de que apareciese nadie por la puerta…

-Uno cortito – consintió, y se acercó a mí, cerrando los ojos. Sintiendo que me derretía de impaciencia, acerqué mis manos a su cuello, le abracé y lentamente, sin acabar de cerrar los ojos, posé mis labios sobre los suyos… su boca cálida me supo a gloria… muy lentamente cabeceé, y mi lengua acarició sus labios, Oli abrió desmesuradamente los ojos al sentir que aquello, distaba mucho de un "beso cortito", pero su boca le traicionó, y sus labios se entreabieron un milímetro… y mi lengua rebasó esa frontera, introduciéndose lentamente en su boca, acariciando dulcemente sus dientes, y al tocar su lengua, un gemido se escapó del pecho de ambos… las manos de Oli me apresaron por la espalda, para apretarme más contra él, y su lengua me devolvió las caricias… mis manos acariciaban su nuca, su cuello, sabía que eso le encantaba… Oli intentó emitir un gemido de protesta, pero éste se convirtió en un gemido de derrota cuando mi lengua hizo cosquillas en su paladar y una de mis manos acarició su cara y sus párpados… la lengua de Oli lamía la mía, mi sexo era una cascada, sus manos estaban iniciando una tímida bajada hacia mi trasero… y entonces el chasquido de la puerta nos hizo saltar a ambos y nos retiramos apresuradamente el uno del otro, con el corazón desbocado.

-Buenos días, señor Oliverio – Era uno de los profesores de la Universidad, uno de los más antiguos, sólo ellos le llaman por el nombre completo, en lugar de decirle "Oliver" – Venía a dejar éste libro.

El catedrático me saludó gravemente con un gesto de cabeza, afortunadamente no parecía haberse dado cuenta de nada… musité un "hasta luego" y empecé a irme, cuando…

-Señor Oliverio… ¿usa usted brillo de labios…? – un mazazo que me hubieran dado en la cabeza, no me hubiera aturdido tanto. Se hizo un silencio de piedra durante un par de tensos segundos…

-Se me cortan…. Muy a menudo – logró decir Oli, manteniendo rostro inexpresivo y sin eludir la mirada – Y… duele. Sobre todo cuando me río.

-Vaya, y nadie diría que usted sea una persona que se ríe mucho… - bromeó el catedrático, porque Oli suele ser bastante poco expresivo, por su timidez, pero de todos modos, encantado con su propia broma, dejó el libro y se marchó. Oli me dedicó una mirada casi asesina, pero yo no pude evitar sonreír… el evitar que nos descubrieran, no sólo tenía su morbo, sino que también era parte de vivir separados y aguantar sin sexo…

Los días fueron pasando, y los primeros fueron los peores, los más duros… pasadas un par de semanas, me fui acostumbrando a dormir sola. No era agradable, desde luego, pero al menos, no era tan horrible como la primera noche. Me fui acostumbrando por igual a vernos sólo en el trabajo y cuando quedábamos; hablábamos por teléfono todos los días, con frecuencia durante varias horas… no pocas veces le propuse tener sexo telefónico, pero se negó tajantemente, teníamos que aguantar. Me parecía que el tiempo no pasaba nunca… llegué a detestar los fines de semana, porque aunque le veía más, no tenía nada que me distrajera cuando él no estaba, en cambio que entre semana tenía que preparar mis clases, corregir ejercicios, poner exámenes y evaluarlos, preparar actividades, leer, repasar… Los sábados por la noche eran criminales, cuando me dejaba en casa, me parecía que se me caía encima el mundo… ¡y lo peor, es que Oli parecía tan fresco, como si aquello no le afectase lo más mínimo! ¿Acaso no me quería, acaso le daba igual todo…?

-¡Desde luego que no me da igual y claro que te quiero…! – me contestó, casi dolido, cuando se lo pregunté – Lo único que pasa es que yo tengo más experiencia que tú en estar solo, pero eso no implica que no lo pase mal o que no te eche de menos…

Era un alivio saberlo, aunque pareciese llevarlo mucho mejor que yo… yo estaba francamente desesperada, le deseaba con toda mi alma… Eso sí, habíamos redescubierto los besos. Puesto que era lo único que Oli se permitía que hiciéramos, con mucha frecuencia pasábamos la tarde entera besándonos. Por regla general, esto lo hacíamos en cafeterías o pubs, donde por mucho que quisiéramos, no podíamos desbocarnos… cuando lo hacíamos en su casa o la mía, Oli se parapetaba detrás de un cojín en su entrepierna y una gruesa colcha, que agarraba como un ahogado un salvavidas, para que no pudiéramos tocarnos el cuerpo, sólo abrazarnos… sólo por fastidiarle un poco, me gustaba jugar a meter los brazos bajo la colcha, o colar mis manos por el cuello de su camisa… o llevar las suyas a mis pechos o mis nalgas. Aquello lo enloquecía, pero debo decir que tenía una voluntad de hierro, nunca conseguí descontrolarle. Sólo en alguna ocasión empezó a animarse demasiado, pero lo arregló huyendo a la cocina y pasándose hielo por la nuca, la zona que es su punto débil y que yo no cesaba de tentar, pero él aguantaba como un verdadero héroe… llevábamos más de dos meses de abstinencia cuando su necesidad de hielo empezó a hacerse tan frecuente, que cuando quedábamos en casa de alguno de los dos, ya teníamos preparado un cuenco con ellos, para ganar tiempo.

Yo no lo sabía, pero Oli tampoco lo llevaba tan bien como aparentaba… empecé a notar que me desaparecía ropa, sobre todo jerseys y los picardías que usaba para dormir, y cuando los encontré en su casa, tuvo que admitir que efectivamente él los había cogido.

-También te voy devolviendo los que tenías aquí… - dijo cómo disculpa – No los he usado para… bueno, para hacer cochinadas, sólo los quería para dormir con ellos… huelen tanto a ti, que así era un poco como tenerte conmigo, y no te echo tanto de menos por las noches… cuando se les gastaba el olor, te los volvía a llevar, y cogía el que estuvieras usando en ese momento para volver a tener tu olor cuando duermo…

No estaba enfadada porque me cogiese ropa, pero aún en caso de haberlo estado, hubiera sido imposible seguirlo estando tras oírle decir aquello… ¿cómo podía nadie ser tan adorable….? Me lancé a su cuello y le cubrí de besos… y de nuevo, necesitó hielo. Intenté convencerle de que aquello era una tontería, ya habíamos aguantado casi tres meses, ¿porqué esperar dos semanas más? Ya habíamos sufrido suficiente… pero de nuevo se negó. Precisamente porque habíamos llegado hasta aquí, teníamos que aguantar hasta el final… hasta nuestra Noche de Bodas.

-Verás cuando lleguemos al hotel, y te pase en brazos por la puerta, y la cerremos, y estemos aislados del mundo… Un maravilloso fin de semana para nosotros solos, sin trabajo, sin teléfono… solos tú y yo… y una suite nupcial… si tuvieras que llegar a un banquete maravilloso, ¿preferirías llegar con hambre, o con la tripa llena…?

Se le iluminaban los ojos pensando en aquello… pero lo cierto es que yo no veía la hora de tenerle entre mis piernas… cada día le deseaba más. Los sueños eróticos, cada vez más explícitos, eran una constante, y las fantasías que inundaban mi mente eran cada vez más salvajes… yo misma estaba empezando a asustarme cuando imaginaba que lo ataba a la cama con cinturones y lo amordazaba con bolas porosas y lo torturaba sexualmente… a veces, imaginaba depilarle con cera, otras, hacerle cosquillas con plumas (tiene la piel muy sensible) y verle retorcerse… oh, sí, aquello de tenerle a mi merced, la idea de hacerle sufrir un poco, me encantaba, me excitaba muchísimo… con frecuencia me masturbaba pensando en aquello, pensando en cómo me suplicaría que parase, en cómo me imploraría piedad… haah… sí, quería que lo hiciera, quería que me suplicara… Oli también empezó a notar ése cambio; yo ya no me lanzaba a besarle los labios, sino que atacaba directamente su cuello, más sensible en el aspecto sexual y que lo traicionaba siempre, produciéndole una erección casi instantánea. En un intento de defenderse, empezó a utilizar jerseys de cuello alto, a pesar de que estábamos en Abril y los días eran cada vez más cálidos.

Conforme se acercaba la fecha, creía mi exacerbación, estaba convencida de que no aguantaría la semana escasa que quedaba, estaba dispuesta a violar a Oli si hacía falta… empecé a fantasear con echarle Viagra, o algún estimulante poderoso en el Nesquick, y si no me hubiera dado tanto miedo la posibilidad de matarle de un infarto, lo hubiera hecho… cada vez que venía a comer a mi casa, sazonaba todo con pimienta, canela, clavo y todos los supuestos afrodisíacos naturales que había leído… y debió dar resultado, Oli me miraba con ansia, decía tener un calor espantoso a pesar de que la temperatura en mi casa era agradable, tenía la camisa desabrochada tres botones (algo totalmente inusual en él, que sólo porque le era incómodo llevar las camisas abrochadas hasta arriba dejaba sólo suelto el primer botón y se pasaba todo el día cerrando la abertura con los dedo), de modo que yo podía ver su pecho velludo, y sudoroso… aquélla tarde, los besos fueron más intensos, las manos de Oli se dirigieron a mis nalgas sin tener yo que guiarlas, me apretaron contra él… pero cuando intenté desabrocharle la camisa por completo, se la agarró, negando con la cabeza, con expresión tímida y asustada… no quise dejar de jugar y yo desabroché la mía, dejándole ver mi sostén rojo (le gusta mucho ese color; le recuerda a nuestra primera noche). Devoró la visión por un segundo, y luego desvió la cara, cerrando los ojos y mordiéndose los labios… a pesar de estar cubierto con la colcha, a pesar de llevar los pantalones, el cojín que se ponía en la entrepierna se había deslizado y su erección era apreciable aún así… y potente. Debía incluso dolerle… me recosté sobre él, presionando mis pechos cálidos contra el suyo… aún a través de la camisa, podía notar su calor, su sudor que le quemaba la piel… estaba ardiendo como una plancha metálica recalentada y se ahogaba en su propia respiración jadeante…

-Oli… - gemí, frotándome contra él, buscando su cuello con mi boca – hazme el amor… no resistas más… te necesito…

Quería ceder, lo quería de veras, y estuvo a punto de hacerlo… volvió la cara para besarme, con expresión de estar pasando el peor apuro de su vida, y vi una lagrimita de impotencia y desesperación deslizarse por su cara.

-Piedad… - musitó con su vocecita nasal – ten piedad de mí… por favor… - quise gritar de rabia… ¡estaba irresistible suplicando así…pero no iba a poder aprovecharme de él, no si lo pedía con esa carita! – T-tres días… sólo… sólo faltan tres días, Irina… - sus caderas daban convulsiones, buscando inconscientemente mi calor, mientras él trataba de frenarlas – ten… ten compasión de mí… - Oli crispó los puños sobre la colcha y la mordió a dentelladas, dando rugidos – ten piedad… de éste pobre bibliotecario, ¡que daría hasta su alma por llenarte la cara de esperma!

Se puso colorado como un tomate y supe que debía estar tan excitado como yo misma, si no más, porque Oli nunca dice cosas de semejante calibre… Casi me dio pena haberle puesto de aquélla manera, y por más que me fastidiase su fortaleza de carácter, no puedo negar que me hizo sentir admirada su decisión y su voluntad… si bien cuando se marchó, me masturbé ferozmente en el mismo sofá donde habíamos estado besándonos, recordando su carita de desamparo, sus ojitos suplicantes, su vocecita de ruego tan dulce…. "¡Mira lo que hago!" pensaba, mientras me metía dos dedos hasta los nudillos y me apretaba los pechos con la mano libre "¡Mírame, Oli… haaaaaaah… mira cómo me doy placer pensando en ti….!"

Nunca dos días se me hicieron tan terriblemente largos. Al día siguiente, cuando fui a verle a la biblioteca, Oli no sabía ni dónde meterse. Aunque hubiera logrado ser fuerte, había estado a puntito de ceder, y lo que para él era indefiniblemente peor, había dicho algo que él consideraba una grosería. A pesar de que no teníamos mucho tiempo y que en la biblioteca había varias personas, le dije que no se preocupara por aquello… y que a mí incluso me gustaría si lo hiciera. Oli rió nerviosamente y con timidez, y a pesar de la gente, aceptó darme un besito para despedirnos…. Esta vez, sí fue cortito, aunque al separarnos nos miramos a los ojos y no pudimos resistir besarnos una segunda vez, y Oli aguantó a pie firme las risitas y murmullos entre los estudiantes presentes; a fin de cuentas, pasado mañana era el gran día… Y hasta los bibliotecarios y los profesores son humanos y se enamoran.

El día anterior a la boda, decidimos sólo hablar por teléfono, no vernos… Oli tenía demasiado miedo de caer, a sólo unas horas de haberlo logrado. Había estado demasiado cerca la última vez que cenamos juntos, el día anterior no había sido capaz de resistir el darme un único beso… y no quería arriesgarse. Eso efectivamente, le salvó,… pero no le salvaría de lo que iba a suceder mañana.