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jueves, 20 de diciembre de 2012

Enséñame a bailar


"First I was afraid, I was petrified…." Sonó en el equipo cuando puse el cd de "música para no aburrirse limpiando" que tengo precisamente para eso. Irina, mi mujer, había salido a comprar croissants para el desayuno, y mientras, en lugar de quedarme dando vueltas en la cama a lo bobo, pensé que podía ir adecentando la casa un poco, así que me armé con el plumero, abrí las ventanas para ventilar, y mientras limpiaba el polvo del salón, empecé a bailotear…. Me llamo Oliver y hasta a los bibliotecarios aburridos como yo, nos gusta un poco de música disco de vez en cuando.

Aprovechando que estaba solo y nadie me veía, me puse a hacer un poco el tonto, dando pasos de baile que había visto en películas y haciendo playback, usando el plumero como micrófono. Movía las caderas por el salón, imitaba los bailes que había visto hacer a los Sims o a los personajes del World of Warcraft, nadando, dándome palmadas en las rodillas y deslizándome hasta quedar en cuclillas por los quicios de las puertas, mientras Diana Ross seguía diciéndome que tenía por delante toda una vida para vivir, todo su amor para dar, e iba a sobrevivir…. ¡sobreviviiiiiiir……!

-¡Serás….! ¡Pero si tienes ritmo! – Pegué un salto del susto, Irina estaba detrás de mí, no la había oído entrar con la música, y no me esperaba que me estuviera mirando… Bajé la cabeza, sin saber a dónde mirar, muerto de vergüenza porque me hubiese pescado haciendo el ganso. En realidad, lo peor, no era eso; Irina es mi mujer, con ella tengo confianza absoluta, aunque pase corte, puedo soportarlo… lo peor, es que ella llevaba dos meses intentando enseñarme a bailar, y no había manera humana. Yo le decía siempre que no tenía oído para bailar, que no tenía ritmo, y ella se lo había creído porque verdaderamente me quedaba rígido y era incapaz de enlazar dos pasos… y ahora se había dado cuenta que era mentira podrida. Me había descubierto. Tamborileó en el suelo con la punta del pie – Bueno, señor "Notengooído", ahora vas a explicarme porqué no hay manera de que bailes en las clases, y aquí estabas dejando sin trabajo a Travolta…

Quité la música del equipo y tomé aire, mirándola con apuro… ¿qué podía decir? Los dos sabíamos la respuesta, pero Irina quería oírlo de mis labios, aunque no le gustase demasiado…

-Es que… cuando estoy aquí… no es igual que en las clases… aquí….

-Aquí, nadie puede verte, ¿verdad? – me dijo suavemente, tomándome de las manos. Irina nunca se enfada, ni siquiera por engañarla de esa manera… Me conoce bien y sabe que puedo ser tímido hasta niveles enfermizos. Asentí. – Cielo, está bien que tengas un saludable miedo al ridículo, pero es absurdo que te prives de hacer algo que te gusta, sólo porque te da vergüenza que te miren los demás… es como… como no querer coger la última croqueta de la bandeja, porque te da corte que los demás piensen que eres un glotón. ¿Qué más te da? Si te apetece, la coges, y listo…. O privarte de darme un beso en público porque te da corte que nos miren… el que mire, que rabie, y punto.

-Eso es muy fácil de decir, Irina… pero yo no soy tan atrevido como tú… siento los ojos de la gente que se me clavan encima, esperando que cometa un error y todo el mundo se ría de mí… y además, todos esos espejos que hay en la clase… ¡brrrrrrr! – di un escalofrío sin querer, sólo con recordarlo me sentía mal… Irina se rio, y nos tomamos los croissants para desayunar.

Mi mujer ha ido a clases de baile desde que era pequeña. Ballet, bailes de salón… conoce de todo, no hay nada que no sepa bailar, y lo hace muy bien, es muy ágil. La primera vez que la vi bailar, una tarde que fui a recogerla al gimnasio, me quedé embobado… el aula estaba llena de chicas, pero yo no vi a ninguna. Sólo a ella. Era como si se deslizase, como si tuviera ruedas en los pies, como si flotase… era elástica como un gato, se movía como si no pesara nada… Desde aquél día, fui a recogerla siempre que podía y me gustaba llegar antes de la hora, para poder mirarla bailar, y ver cómo se movía. Me avergüenza reconocerlo, pero mis pensamientos al mirar cómo se contoneaba, no siempre eran puros ni poéticos. Me parecía verla de un modo que no la había visto ni desnuda… las mallas le insinuaban el cuerpo de una manera increíblemente erótica, y aún estando casados, a veces, cuando se inclinaba, o se doblaba, o se subía la pierna hasta la altura de la cabeza y yo miraba su cuerpo, me daban ganas de desviar la mirada para que no se notase demasiado que me la estaba comiendo con los ojos… Irina fingía no darse cuenta, estar a lo suyo, pero me consta que, dentro de lo que podía, exageraba los movimientos sólo para ponerme contento.

Pero una tarde que fui a buscarla, estaban ensayando baile por parejas, y a Irina le tocó hacer dúo con uno de sus compañeros masculinos, un tipo mucho más alto que yo y que, para ser francos, bailaba muy bien. Mi mujer no sonrió ni una vez mientras bailaba con su compañero, y a pesar de que lo hacía tan bien como los otros días, tenía simplemente la mirada fija en un punto y no mostraba la menor emoción, como si estuviera ausente. Supe que lo hacía para no herir mis sentimientos ni ponerme celoso de verla bailar con otro, que la levantaba de la cintura, y tenían forzosamente que abrazarse y coordinar los movimientos para hacer las figuras… Yo no tendría motivos para sentir celos ni aunque Irina hubiese puesto más pasión en su ejercicio; yo sé que ella me quiere y tengo confianza en ella… pero admito que un poco triste sí que me sentí. Mi mujer, con lo bien que bailaba, estaba condenada a los ejercicios en solitario y a no poder lucirlo nunca, dado que ella nunca querría bailar con otro en reuniones ni fiestas, para no correr el riesgo de hacerme daño a mí… eso me hizo sentir mal, y por eso le insinué que no me molestaría aprender a bailar… Irina quedó encantada y ahí empezó todo.

Yo había pensado que ella podía ser que me enseñase estando solos, en casa… desde luego, no en un gimnasio lleno de gente y de espejos. Resulto ridículo con mi chándal gris, pero todavía lo resulto más aún en pantalones cortos. Yo hago ejercicio, sí, pero lo hago en casa, donde si me caigo, me hago daño o me equivoco en lo que sea, nadie va estar para reírse. Donde, si me apetece, puedo quitarme la camiseta y nadie se va a escandalizar por ello ni se va a reír de que sea un poco peludo. Donde no tengo que compartir la ducha con nadie… Aquélla primera tarde pasé una vergüenza como no recordaba desde mis años de instituto. Sentía que todo el mundo me miraba y se reía, desde las niñas de cuatro años que empezaban ballet, hasta el último de mis compañeros. Pero cuando Irina intentó enseñarme, fue lo peor…

Con los nervios, no daba pie con bola, y a pesar de que toda la clase estaba en sus ejercicios, yo no dejaba de oír risitas. "Tú tranquilo" me decía mi mujer "Nadie nace enseñado, al principio te será difícil, ya irás cogiendo soltura". Pero yo no dejaba de tropezar, como si en lugar de sólo dos pies, tuviera veinticinco. Me notaba la cara ardiendo y no podía dejar de pensar en que todos aquéllos tipos que bailaban tan bien, que sabían que Irina bailaba tan bien como ellos… sin duda pensarían que yo era un pobre inútil y que mi mujer se había casado conmigo poco menos que por compasión… irina no perdió la paciencia en ningún momento, pero de vuelta a casa, pude notarla agotada… no era para menos, yo no había logrado dar un solo paso. Ni uno solo siquiera.

En los días sucesivos, las mejoras habían sido prácticamente inexistentes, y las risitas no cesaban ni por asomo. Empecé a decirle a Irina que yo no tenía oído, que no servía para bailar… que igual que hay personas que tienen el ritmo en el cuerpo, las hay que nacen sin él, y yo era del segundo grupo. No estaba dispuesto a abandonar, pero era bueno que se fuese haciendo a la idea de que yo, no iba a saber bailar nunca. Y después de que ella estaba prácticamente resignada a que yo fuera un inútil para el baile, me descubría bailando con tantas ganas como si estuviera haciendo una danza de fertilidad… Claro está, ya no se creería que yo no tenía oído, y me dijo "si quieres dejarlo, Oli, si no te interesa aprender a bailar, déjalo ahora… porque a partir de ahora, ya no me voy a rendir, y vamos a trabajar en serio para que aprendas". Quizá lo más sensato hubiera sido dejarlo… pero si algo tengo, es que soy muy terco, y una vez tomo una decisión, hasta el final con ella. Lamentándome de antemano, dije que continuaba. La sonrisa de orgullo que me dedicó mi Irina esperaba que sirviese para darme ánimos por la vergüenza que iba a pasar en adelante…

-Paso lateral… despacio, uno-pausa-dos. Eso es… Ahora atrás, uno.. ¡ay!

-¡Lo siento! – dije, e Irina me miró resoplando con una sonrisa traviesa. Yo estaba intentando poner de mi parte todo lo que podía, mirándome los pies, estando bien atento a las señales de cambio de dirección (Irina había empezado diciéndome "izquierda" o "derecha", pero aunque ella me decía la dirección que tenía que tomar yo, yo por inercia, tomaba a su izquierda o derecha, motivo por el cual Irina había desistido de decirme la dirección, me decía sólo "paso lateral" o "vuelta", y me apretaba la mano o el hombro, según el sitio hacia el que debía moverme), e intentando aislar todo lo que no fuese Irina y las indicaciones que me daba… pero no era tan sencillo como parecía. Si bien habíamos logrado enlazar unos cuantos pasos sin accidentes, lo que ya era un logro, yo seguía tan rígido como una tabla, y de vez en cuando la pisaba, o, como había sido el caso, le daba una patada sin querer, porque había ido hacia delante en lugar de hacia atrás. De nuevo se oyeron risitas.

-Oli, no hagas caso… - me susurró Irina. - ¿Sabes qué es lo que pasa…? Que te tienen envidia, nada más. – Casi se me escapó la risa… desde mi madre, que no oía una excusa tan burda, ¿envidia de mí….? Cuánto me quería Irina… -Lo digo en serio, bobo. Con alguno de estos tíos me acosté antes de conocernos, y más de la mitad me han pedido salir y les he dicho que naranjas, porque no me gustaron o porque ya estaba contigo – Mi mujer había tenido una vida erótica bastante tumultuosa antes de conocernos, yo lo sabía y no me importaba, ahora estaba conmigo y lo que hubiera podido hacer antes, no contaba para mí. – Y ahora se encuentran que han sido rechazados por ti. Ellos piensan que son perfectos y maravillosos, muchos son actores y creen que cuando bailan todo el mundo debe contemplarles… y de golpe, ven que una chica guapa, que podría tener a cualquiera de ellos, renegó de todos por ti, un hombre más bajo que ellos, menos ágil, más tímido… mientras ellos son bailarines, tú tendrías más cuerpo de boxeador… No lo comprenden. No entienden que una chica pueda fijarse en alguien como tú, estando ellos en el mundo, por eso te envidian… porque tienes algo que me conquistó, y ellos no saben qué es ni lo sabrán nunca. Te has quedado con la chica, y no lo soportan. Lo creas o no, te tienen unos celos terribles, y por eso intentan destruirte.

Dicho así, sonaba hasta convincente, y empecé a pensar si no tendría razón… A mí, sólo existe un motivo por el cual alguien podría tenerme envidia, y se llama Irina, y me lo han dicho varias veces, "¿cómo hiciste, un tipo tan poco expresivo, tan poco divertido como tú, para conquistar a una chica tan guapa y alegre…? ¡Si sois polos opuestos…!". Y la verdad que yo no hice nada… ella me conquistó a mí, yo tan sólo me dejé querer, pero tratándose de una chica tan simpática, inteligente y, por qué no decirlo, atractiva, a ver quién es el guapo que no se dejaría… Pensando en aquello, volví a desconcentrarme y fallé nuevamente. Irina suspiró y me miró de nuevo con esa sonrisa traviesa, que la verdad, me estaba empezando a hacer desconfiar. Me encanta esa sonrisa, pero sé bien lo que se oculta tras ella, y me daba apuro que me la dedicase fuera de casa.

-Oli, me estás obligando a hacerlo por las malas… - ahí estaba. Algo estaba maquinando.

-Lo siento, es que estoy muy nervioso – balbucí. Irina se acercó a mí e hizo ademán de agarrarme por el hombro y la mano, yo le tendí los brazos, pero entonces me agarró de las muñecas y con decisión, me llevó las manos a sus nalgas; intenté dar un tirón para librarme, pero no me lo permitió.

-¡Ahí quieto! – me dijo, presionándome las manos con las suyas. – Hasta que te calmes, las manitas ahí. Ahora, vas a estar nervioso por algo, así que la posibilidad de bailar normalmente, luego te parecerá relajada. Y no se te ocurra soltarme, ni subir las manos… a no ser que quieras que yo te agarre del mismo sitio.

Las risitas de fondo habían cambiado a risotadas, yo estaba tan colorado que se hubiera podido hacer hervir agua acercándola a mi cara, y apenas me atrevía a mirar a Irina a los ojos. "Bueno, mirándolo por el lado positivo… creo que ya no puedo pasar más vergüenza", me dije.

-Vamos allá. – Irina me presionó ligeramente el hombro izquierdo para hacerme saber que salíamos por ese lado, y empezó a cantar los pasos. – paso lateral, uno-pausa-dos, atrás, uno-dos, giro media vuelta, eso es… ¡muy bien! Agárrate, no te sueltes – no podía creer que hubiera dicho "muy bien", pero lo había hecho… ¡había logrado enlazar más de dos pasos! Al dar el giro temí que me resbalaran las manos y apreté sus nalgas, e Irina me sonrió y me guiñó un ojo mientras seguía diciéndome los pasos, y por primera vez, no me atasqué, me limité a seguirla poniendo atención… por un lado me sentía orgulloso de mí mismo, por otro pensaba que lo hacía bien para intentar que el apuro de estar cogiéndola del trasero delante de tanta gente, pasara cuanto antes… fuera como fuese, acabamos la tabla de compases e Irina me besó en la cara, francamente alegre - ¡Muy bien, cielo, lo has conseguido! ¡Sabía que podías! Te falta coger un poco de seguridad, darle vidilla a los pasos, pero ya lo has logrado, lo has hecho muy bien… por cierto… ya no hace falta que me sigas agarrando si no quieres…

Quité las manos como si su piel quemara y se me cortó la sonrisa, apurado. En mi alegría por haberlo conseguido, ni me había dado cuenta que estábamos parados y ya podía soltarla. Por primera vez, las risas habían cesado. No cabía dentro de mí mismo.

-Uno, dos, tres, vuelta, mano arriba, tirón, abrazo, tumbar, recoger… ¡vas muy bien! – habían pasado casi dos horas y estaba agotado, pero estaba saliendo tan bien que yo mismo no me lo creía y no quería parar. No quedaba nadie en el gimnasio, Irina había pedido permiso al profesor de turno para quedarnos y como ella era profesora del instituto y yo bibliotecario de la universidad (el gimnasio dependía de la universidad, pero además el profesor daba clases también en el pequeño, que era del instituto, por eso conocía a Irina), le había dado la llave para que cerrara cuando nos fuéramos y se había marchado tan tranquilo.

Irina había ido poniendo nombres a los pasos para que yo los recordara; el tirón consistía en alejarnos de golpe el uno del otro conservando sólo las manos unidas; el abrazo era el regreso, también de golpe, apretándola contra mí; el tumbar era inclinarme sobre ella y dejar que se curvara hacia atrás lo más que podía, sosteniéndola con el brazo, el recoger era volver a enderezarnos… la verdad que nunca hasta ese momento, me había quedado tan clara la verdad de la frase que dice que "bailar es la frustración vertical de un deseo horizontal". No sabía quién había inventado esos pasos de baile, pero lo hizo con una sola idea en la cabeza, eso estaba claro… Y no podía negarlo: me gustaba, me gustaba mucho. Cada vez que la abrazaba bailando, sus pechos saltarines chocaban contra el mío, y por un segundo podía sentirlos vibrar en mi piel, aún a través de mi camiseta y su maillot, calentitos… Cuando me inclinaba sobre ella, el canalillo me inundaba de su aroma, cálido y sudoroso, un poco salvaje… y cuando la recogía, quedábamos a menos de un milímetro el uno del otro… Irina subió la mano hasta mi nuca (maldito sea mi punto débil) e intentó atraerme para besarme, pero di el paso lateral que seguía a la recogida, intentando disimular los cañonazos que daba mi corazón. Yo también lo deseaba, claro que sí. Mentiría como un bellaco si dijese que no, pero allí… en medio de tantísimos espejos… no podría soportarlo. Finalmente, llegamos al final, ya acumulaba muchos movimientos, y paramos para tomar aire.

-Ya te va saliendo muy bien, Oli, muy pero que muy bien. – me dijo, sonriendo, mientras se quitaba la cinta del cabello y sacudía la cabeza para soltárselo antes de recogerlo de nuevo.

-Gracias… eres una profesora estupenda. – Sonreí. Tenía rodalones de sudor en las axilas, bajo el cuello y en la espalda, y tan largos que me llegaban casi al vientre. Notaba los pies encharcados dentro de las zapatillas y tenía el pelo pegado a la cara. Debía oler a establo que tiraba de espaldas, pero Irina me sonrió y me besó en la mejilla.

-Tú eres un buen alumno. ¿Preparado para continuar? – estuve a punto de decir si nos íbamos a casa, porque mi mujer me miró de un modo que me hizo dudar si llevaba ropa puesta o no, pero lo que dijo, me hizo tener ganas de seguir un poco más – Viene la prueba de fuego… hacerlo con música.

Hasta ahora, lo habíamos estado haciendo sin el acompañamiento musical, porque bastante difícil me era ya contar los pasos, como para combinarlos con el ritmo, pero si ella decía que estaba preparado, no podía dejarlo sin probar… Asentí. Irina buscó entre los cd´s que había y puso uno. Sonó un tango que yo conocía por haberlo oído en películas, y se acercó a mí. La cogí de la mano y la cintura, pero ella me agarró la mano y me hizo bajarla ligeramente hasta su cadera.

-Esto, se baila con la mano ahí… ¿listo? Vamos allá – Mi respiración me golpeaba, pero intenté concentrarme, y no pensar que tenía la mano peligrosamente cerca de sus nalgas y esta vez no me vería nadie si apretaba más tiempo del necesario. Empezamos a dar los pasos, Irina no dijo nada, dejándome a ver si era capaz de recordarlos sin que ella me los cantara, y aunque tenía el estómago del revés por los nervios, intenté no mirar al suelo, repitiéndome los pasos para mí, haciendo lo posible por guardar el ritmo… "esto es como cuando aprendí a conducir" pensé confusamente "tres pedales para dos pies, y mira el volante, la velocidad, los espejos y la carretera, todo al mismo tiempo…", pero a pesar de todo, me notaba más suelto de lo que yo imaginaba, ¡estaba saliendo bien! Entonces, llegó la figura que más temía, "tumbar", pero mi cuerpo y el ritmo pensaron por mí, y la incliné hasta bien abajo, recostándome sobre ella que casi me rozaba la nariz con su pecho. Mi estómago mariposeó y se me cortó la respiración cuando además de eso, Irina se soltó de un brazo y me abrazó con la pierna. Recogí y nos enderezamos, ella bajó el brazo lentamente hasta abrazarme, pero no bajó la pierna, aferrándome contra ella. Mi mano bajó sola hacia sus nalgas y… ay, Dios mío, mi cuerpo estaba pensando él solito y yo no podía hacer nada para evitarlo…

Irina notó la presión de mi miembro sobre su estómago, y sonrió, con la boca entreabierta, los párpados entornados y las mejillas encarnadas. Era la viva imagen de la lujuria y admito que tuve algo muy parecido al miedo.
-I-Irina… -musité. Quería seguir bailando, pero tenía los pies clavados al suelo – Aquí no… ¡Nommmmmmmmmmmmmmmmmmfffffffghhh! – la boca de mi mujer se había lanzado a por la mía sin poder contenerse y sus manos me apretaron contra su cuerpo. Era mucho menos de lo que necesitaba, y aunque por una parte quería contenerme y recobrar la cordura, la situación era demasiado erótica para mí. Aún con su pierna enlazada a mi alrededor, se bajó las tiras del maillot y me apretó contra sus pechos, tenía los pezones erectos, y enterré la cara entre sus pechos acogedores, preso de un deseo realmente feroz… me embriagué en su olor, acre y potente… una mezcla de perfume y sudor salado, pero que a mí me pareció el aroma más deseable del mundo y oí su risa sofocada cuando la apreté también de las nalgas mientras me frotaba contra ella y mi erección pedía sitio insistentemente.

-Oli… si llego a saber que esto… mmmmh, te iba a despertar tanta pasión, te hubiera puesto las manos en mi culo mucho antes…. – se me escapó la risa mientras intentaba bajarle también las mallas, todo esto de pie y sin moverme. Irina fue más juiciosa y me agarró de la cara para besarme. Cuando me metió la lengua en la boca, salvajemente, un gemido ronco me atravesó el pecho. Tiró de mí suavemente y la seguí, sin soltarnos la boca, como un corderito… un corderito bastante "contento", la verdad, pero corderito a fin de cuentas. Me hizo arrodillarme en el suelo, sentado sobre los tobillos, frente a ella, y se quitó las mallas y el maillot mientras me tiraba de la ropa a mí también. Un millón de Olis, desnudos y erectos me miraron con cara de asombro desde los espejos y estuve a punto de rajarme por el corte que me dio, qué vergüenza… Me tapé con las manos en un movimiento reflejo, y mi Irina sonrió.

-No te tapes… mírate. – suavemente, me retiró las manos. La imagen de mi mujer, reflejada miles de veces, me miraba con cariño y con lascivia cuando me apresó el miembro con la mano y comenzó a acariciarlo. Un violento estremecimiento de placer me hizo suspirar, sus pechos tan cerca de mí lograron que reaccionase y venciendo mi pudor, acerqué la mano y la acaricié. Irina me sonrió, encantada de que mis manos sudorosas y ardientes le quemasen la piel, y se montó sobre mí. Una parte de mi estaba aterrada por la posibilidad de que alguien nos descubriera, un conserje pasase a limpiar, alguien viniese intrigado porque hubiese luz tan tarde… otra parte de mí mucho más apremiante me llevó a un mundo de sensaciones placenteras y dulces, me inundó de bienestar y de goces imposibles y me dejé llevar por ella. – Oooooh…. Oh, Oli…. ¡qué rico!

Mi esposa gemía entre mis brazos, y podía ver su cara de placer miles de veces en todos los espejos, podía ver cómo sus pechos botaban por todas partes, allí por donde mirase, estaba ella. Empezó a cabalgarme sin compasión, y yo no dejaba de suspirar, apretando sus pechos y llevándolos a mi boca; cada vez que lamía o succionaba, Irina se estremecía, temblaba, y yo me sentía en la gloria. Bajó un poco el ritmo de la cabalgada y me agarró de las axilas, tirando de mí hacia arriba, hasta quedar de rodillas, y, me agarró de los antebrazos, sonriendo… ¿qué se proponía? Sin dejar de moverse, empezó a echarse hacia atrás, como cuando bailábamos, sólo que ahora no podía reclinarme sobre ella, tenía que echarme hacia atrás para hacer contrapeso… quedó perpendicular a mí, estirada, apoyándose en el suelo sólo sobre las puntas de los pies… era increíble la agilidad y la fuerza que tenía. Me apretaba dentro de ella, pero apenas podía moverse por la postura. Sonreí, y empecé a embestirla yo.

Irina gritó de placer, desde donde me encontraba, podía ver sus pechos botar a cada empujón que daba, y al estar totalmente perpendicular, quizá fuera cosa mía, pero me daba la impresión de llegar mucho más al fondo que de costumbre… Las piernas de mi mujer daban convulsiones, y podía ver su sonrisa de gusto en los espejos, sus cabellos rozando el suelo… y la entrada de su útero en la punta de mi miembro, no iba a aguantar mucho más, no podía… Irina debió notarlo, porque se enderezó bruscamente y se sentó sobre mí con tanta energía que me sentó a mí de paso, y estuvo a punto de hacerme terminar con el apretón que su sexo sometió al mío al moverse.

-¡Apriétame, Oli…. Dame fuerte… fuerte! – gritó Irina con voz aguda, sin dejar de saltar sobre mí, y la agarré con los dos brazos, estrujándola contra mí, sintiendo sus pechos en mi cara, mientras mis caderas la embestían y me sentía morir de gusto y felicidad… Mi mujer puso los ojos en blanco y soltó un grito desmayado, apretándome más contra ella, y pude notar una vez más su sexo apretando el mío… la sensación y el saber que acababa de alcanzar su placer, me hizo llegar a mí también, y un poderoso escalofrío me recorrió la espalda de la nuca hasta las nalgas, en un placer creciente que reventó en mi sexo y se expandió dulcemente por todo mi cuerpo… pude notar mi trasero contrayéndose, y pequeños estallidos de gustito en mi columna, en mis hombros, en las corvas… y sobre todo en mi miembro que se vaciaba dentro de mi Irina.

Mi mujer jadeaba, con la cabeza apoyada en mis hombros, y los brazos flojos… pude ver en los espejos la amplia sonrisa que yo tenía en la cara, y la hermosa espalda de Irina moviéndose por su agitada respiración. Mmmmmmmh… qué bueno había sido. Irina me daba besos suavecitos en los hombros y la oí susurrar algo como "se acabó la lección del tango… la siguiente, el rock´n roll". Me reí hasta quedarme sin aire.


Dos meses después….


Todos los años, el día de inicio de vacaciones de Navidad, por la tarde, los profesores de la universidad y el instituto hacen una pequeña fiesta, sólo de personal docente, y por ser bibliotecario, estoy invitado, si bien ese era el primer año que iba, porque ahora tenía con quien ir y divertirme.

-Oli, cielo… - me dijo Irina con una adorable sonrisa – Has aprendido de maravilla, nadie diría que "no tenías oído para bailar"… pero ahora que ya has cogido el truco, no es preciso que sigas bajando esa mano… la puedes dejar en mi cintura.

-Es… por cuestiones de ritmo, me concentro mejor bajo presión… - Uno de los profesores, Amador, pasó cerca de nosotros con su señora, y detrás de él venían dos maestros más, Cristóbal y Viola, que bailaban juntos porque la mujer de éste no había podido venir a la fiesta, había tenido que marcharse a ver a su padre.

-Vaya, vaya con el bibliotecario, qué calladito se tenía que era un pies ligeros – bromeó Amador.

-Sí, ¿y a dónde va esa mano, señorito…? – continuó Cristóbal, secundado por las risas de Viola - ¡Mírale, y parecía tonto cuando le compramos en el Rastro!

Me reí y creo que me sonrojé un poco. Ya se alejaban cuando Viola me preguntó:

-En serio, bailas fenomenal… De Irina ya lo sabía, pero de ti no lo esperaba, ¿hace cuánto que aprendiste?

-Oh, no mucho… pero Irina me ha hecho seguir un método por recompensa… muy especial. Es la mejor profesora del mundo. – Al oír esto, mi mujer me sonrió abiertamente y ella misma me cogió de la mano y la bajó por completo hasta su trasero. Y ahí sí que me sonrojé del todo.