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martes, 18 de diciembre de 2012

Mariposa y yo: el primer encuentro.


Dos días más… miércoles y jueves, y el viernes la vería por fin, la conocería… Mi ama Mariposa me había dejado una carta en la gabardina. Si era obediente y no hacía intentos por descubrir cuál de las compañeras de la oficina era ella, éste viernes la conocería y me había prometido pasar juntos el fin de semana… apenas podía creerlo, me sentía como un colegial, no podía dejar de sonreír, estaba tan nervioso… llevaba conmigo la carta a todas partes, hasta dormía con ella bajo la almohada. Era lo único que, de momento al menos, tenía tangible de mi ama. Mariposa tenía una letra pulcra, estilizada y muy bonita… estaba rabioso por conocerla. A veces pensaba si esa reticencia, ese hacerme esperar, se debía a que no se consideraba una chica guapa, pero acabé desterrando ese pensamiento. En primera, porque yo adoraba a mi ama, si tuviera un tumor que la desfigurase el rostro, la seguiría idolatrando igual, y ella lo sabía… y en segunda, porque ella era mi ama, era imposible que tuviera ningún tipo de temor, yo era su esclavo y mi deber era obedecerla en todo, así lo había aceptado.

Lo de no averiguar nada sobre su identidad, era ya bastante duro, pero además, Mariposa me había impuesto otra condición: no masturbarme durante aquéllos días, hasta que nos viéramos… y eso, en el estado de emoción que me encontraba, era realmente difícil. Si la práctica totalidad de los días me despertaba de presenten armas, aquél miércoles, feroces erecciones me despertaron tres veces a lo largo de la noche, y no podía ni darme en la vuelta en la cama, dolía demasiado… sueños eróticos terriblemente explícitos me atormentaron sin tregua, pero las dos primeras veces que me desperté, pude calmarme pensando en cosas aburridas, ordenando mentalmente mi trabajo del día siguiente, recitando la lista de la compra… la tercera vez, cuando desperté, estaba frotándome casi desesperadamente contra el edredón y las mantas y tuve que levantarme y echarme agua fría en la nuca y la tripa para que mi cuerpo volviera al reposo… estuve tentado de lavarme el miembro directamente en el agua fría, pero no me atreví: temí que si solamente rozaba mi pene, o bien no sería capaz de parar, o bien directamente eyacularía sin remedio.

Cuando sonó el despertador a las siete y cuarto de la mañana, me levanté con la sensación de no haber descansado, y tenía razón, pero pese a todo, me duché rápidamente, desayuné mi tazón de leche con galletas (hasta las cuatro que salía del trabajo, tengo que aguantar bien) y salí disparado hacia el banco. Después de algunas charlitas sin importancia con los compañeros, me senté frente a mi ordenador, y allí estaba el primer correo de Mariposa…

"Buenos días, Imbécil.

Espero que recuerdes que no debes intentar averiguar quién soy, y sobre todo, no debes masturbarte. Sin duda te resultará un poco duro, pero estoy segura que puedes lograrlo, y sinceramente, me divierte mucho hacerte sufrir un poco. Este viernes, si eres obediente y todo va bien, quedaremos en tu casa. Llegaré allí sobre las siete, más o menos. No es preciso que, por esta vez, prepares nada especial para mí, pero sí espero que tu casa y tú mismo estéis presentables para mí, y es importante que tengas en casa todo lo que necesites para pasar el fin de semana, porque es probable que no salgamos de allí hasta el lunes por la mañana… si todo va bien. Si eres desobediente, si no eres bueno con tu ama, si eres descuidado, me marcharé mucho antes, y te habrás hecho merecedor de un castigo. ¿Lo has entendido, Imbécil? Te iré dando más detalles."

Como cada vez que recibía noticias suyas, el corazón me latió más deprisa y la sonrisa de tontuelo cachondo se dibujó en mi rostro. Aprovechando los ratos libres del trabajo, empecé a ordenar una compra gigantesca por internet, no quería que faltase de nada en casa: dulces, canela, velas aromáticas, incienso, galletas, leche, comida precocinada, embutidos de los caros, caviar, champán… ¿qué más podría coger? Así pasé casi todo el día… no puedo negar, eso sí, que no dejaba de mirar a las chicas y preguntarme "¿será ella…? ¿será ella…?". Ninguna de mis compañeras parecía nerviosa ni me miraba, ni me prestaba más atención de la estrictamente necesaria. En la cafetería, coincidí con alguna de ellas en varias ocasiones, y no dejaba de mirarlas… desde luego, no podía esperar que ninguna llevase escrito en la frente "soy Mariposa", y temía que mi ama pensara que estaba haciendo esfuerzos por reconocerla, pero desde luego, si lo averiguaba por casualidad… no sería culpa mía, ¿verdad?

Nélida, mi ex princesa, la chica que me había tenido como pagafantas, sí que notó que yo miraba a todas las chicas, y eso pareció ofenderla gravemente, o al menos, puso cara de malestar. A mí ya no me importaba que se quisiera sentir herida o menospreciada, ya sabía muy bien qué pensaba ella de mí, y me doliera o no su crueldad, no iba a hacerla cambiar de idea… ni quería ya, así que me limité a fingir que no había notado nada, igual que antes ella había fingido no notar que yo estaba colado por ella y no había sido capaz ni de decirme que no a las claras, sino que estuvo jugando conmigo durante medio año y hubiera seguido… de no ser por Mariposa.

La noche del jueves fue algo más tranquila, al menos dormí del tirón, aunque a la hora de levantarme mi cuerpo pedía guerra a gritos y tuvo que conformarse con un chorretón de agua fría de la pera de la ducha. Cuando me enjaboné, tuve que hacerlo casi de refilón, para que mi travieso pene no volviera a las andadas…

"Hola, Imbécil". El habitual correo de Mariposa me dio la bienvenida a mi puesto de trabajo. "Una cosa importante, es que quiero que tu casa esté a oscuras o en penumbra. Ya nos ocuparemos de luces después, dije que me verías y lo cumpliré, pero para la primera vez, quiero que sea en penumbra, de modo que ninguna luz eléctrica, te dejo que pongas alguna que otra vela, pero no muchas, y desde luego alejadas de sofás y camas; persianas bajadas, y si tu piso es luminoso, cortinas echadas." No tenía modo de contestar a los correos que me mandaba mi ama, y era una pena, porque me hubiera gustado poder hacerlo, aunque sólo hubiera sido para decirle que haría todo lo que ordenara…

-Hola…. – Pegué un brinco en el asiento, Nélida había venido hasta mi puesto, y se rió de mí. Ahora lo sabía bien y sin espacio para dudas, era de mí, no conmigo – Estaba pensando… últimamente, ya no hacemos nada juntos, ¿no te apetece quedar mañana por la tarde, que es viernes…? Podríamos ir a un café, al cine…

-¡No! – temí haber quedado demasiado brusco, pero lo cierto es que la posibilidad de quedar mañana con ella, se me hacía tan poco atractiva como el romperme una pierna. Intenté arreglarlo un poco, porque una cosa es la incompatibilidad, y otra muy distinta, la grosería… - Es quee… verás, mañana es imposible, he quedado ya y no creo que pueda…

-Bueno, el sábado entonces. – hablaba como si lo diera por hecho, como si fuera imposible que yo tuviera otros planes…

-Verás, es que… to-todo el fin de semana lo voy a tener ocupado… - Ricardo pasaba por allí camino a la fotocopiadora, había oído la conversación, percibió mi apuro y me echó un capote.

-No tienes que guardarlo tan en secreto, tío, no me importa que se sepa… - dijo.

-¿Que se sepa, qué? – preguntó ella.

- Que soy un inútil con el bricolaje. – contestó alegremente mi amigo. – Mañana por la tarde, éste y yo nos vamos a comprar unas estanterías que me hacen falta y luego cenaremos en casa, y el sábado me ayudará a montarlas, y el domingo a limpiar la casa, que lo pondremos todo perdido… figúrate, habrá que romper pared y todo para fijarlas, seguramente las tendremos que barnizar, y yo no tengo idea ni de montar con bloques de preescolar… Le pedí que no lo pregonara, sí, pero a ti podemos decírtelo… ¿no querrás apuntarte a un finde bricomaniático? Birras, yeso, chistes verdes y comida de bocatas… ¡un plan irresistible!

-Creo que paso… - sonrió y se marchó. Yo hubiese podido abrazar a Ricardo. Estuve a punto de abrir la boca para agradecérselo, pero me calló con la mano.

-No digas ni media… pero el lunes, quiero saberlo TODO… y espero que ésta vez, sí te la trinques.

Un poco embarazado, asentí… lo cierto es que tenía la impresión de que era ella la que se me iba a trincar a mí, pero no sólo no me importaba, sino que sólo pensar en ello, ya me excitaba.

La noche del jueves al viernes, fue con mucho, la peor… tuve terribles pesadillas, en las que Mariposa me veía y me decía que no quería saber nada de mí, y se iba con Ricardo, o hasta con Nélida… en mi imagen, Mariposa siempre llevaba una máscara sobre la cara, de alas de mariposa, de modo que nunca la veía el rostro. En otra de mis pesadillas, la máscara cobraba vida y se lanzaba sobre mí como el monstruo de Alien, o me penetraba el ano y me devoraba vivo mientras me violaba… Me desperté a mitad de la noche, cubierto en sudor, tembloroso como si tuviera fiebre y lleno de miedo, y tuve que encender la luz para lograr tranquilizarme y volver a dormir, si bien los nervios me seguían gritando en el estómago.

El viernes, en la oficina, apenas me concentraba en lo que hacía… el día anterior había llegado el pedido, pero tenía la dolorosa sensación de que seguro que Mariposa me pediría algo que no tendría… había comprado preservativos de tres clases distintas: normales, de colores variados y acanalados, y aún así, estaba seguro que algo habría hecho mal, algo habría olvidado… el correo de mi ama no había estado esperándome como los días anteriores, y eso me había sacado de quicio más aún, ¿y si finalmente no venía, y si se echaba atrás….? No fue hasta las once que finalmente lo recibí:

"Hola, Imbécil.

Te he visto un par de veces. A juzgar por cómo estás, cualquiera diría que tu silla está llena de tachuelas, relájate un poco, la hora acabará llegando. Sé bien dónde vives y cómo llegar, y no voy a dejar de ir salvo que ocurra algo grave, y si se diese el caso, te avisaría. No te preocupes por quedar bien, si nada más verme te mojas en los pantalones, no será irreparable, tienes otros medios con los que puedes satisfacer a tu ama, y recuerda siempre que mi principal fuente de placer, es tu obediencia y tu modo de actuar. Sé siempre un buen sumiso, Imbécil, y me satisfarás. Ahora, mi orden es que te relajes. Tómate una tila bien cargada si hace falta, pero quiero que estés tranquilo… guarda tu excitación para esta tarde".

Lo cierto es que al leer aquello, me destensé por completo y sentí un gran alivio. Pude notar que mis hombros se dejaban caer suavemente, hasta entonces no había notado que estaba rígido como una tabla… una punzada de dolor me tiró en la espalda, sin duda por la tensión a la que la había sometido hasta entonces, pero enseguida me sentí mejor. Apenas media hora más tarde, me llegó otro correo de mi ama:

"Bueno, Imbécil, la hora se va acercando. Tengo ya muchas ganas de… bueno, mejor no te lo cuento, parece que estás algo más tranquilo, y no quiero volver a ponerte tenso. Cuando salgas de aquí, quiero que vayas a tu casa, comas bien, porque vas a necesitar fuerza, y luego te eches una buena siesta. No me importa si no tienes costumbre, échala y procura estar tranquilo. Cuando despiertes, si aún no es hora de que llegue, aprovecha para lavarte bien. No tengo ninguna preferencia sobre la ropa que lleves, sólo que esté limpia, así que puedes llevar lo que quieras, como si quieres abrirme desnudo. Éste es mi último correo. La próxima vez que sepas de mí, será cuando toque el timbre, y espero que no me hagas esperar ni un segundo".

Me retorcí las manos de impaciencia… los viernes salimos mucho antes, en lugar de a las cuatro, a las dos menos cuarto estamos fuera. Por un lado, lo agradecía, por otro… es menos tiempo de las cuatro a las siete, que de las dos a las siete. Hubiera dado cualquier cosa por saltarme esas horas. Cuando al fin salimos, Ricardo y yo hicimos el paripé de irnos juntos, pero sólo me acercó a la siguiente parada del Metro, se lo agradecí de nuevo y corrí al andén para coger el tren. En apenas media hora, estaba en casa. Tenía serpientes en el estómago… decidí que mejor era bañarme lo primero, y así lo hice. Cuando me limpié el pene, echando hacia atrás la piel del glande, tuve que hacer un grandísimo esfuerzo para no masturbarme, pero recordé que había aguantado muy bien hasta ahora, no merecía la pena echarlo a perder cuando faltaba tan poco. Comí un poco de arroz con maíz y guisantes que había preparado el día anterior y un par de salchichas, pero casi no me enteré de a qué sabía cada cosa… puse en marcha el lavavajillas y me acosté en la cama, tapándome con una manta que tengo en el sofá. Pensaba que los nervios no me dejarían dormir, pero mi estómago lleno hizo magia con ellos, y en pocos minutos roncaba suavemente.

Cuando desperté, el sol había cambiado drásticamente de posición, y faltaba poco para que ella llegase. Puse toda la casa en penumbra, como mi ama me había dicho. Aún entraba luz, pero sólo la justa. Encendí un par de velas en el salón y una en la alcoba, cuidando de dejarla en un sitio bien estable y alejado de telas o papeles. Las siete menos cinco. Empecé a asomarme un poco por la ventana, a ver si veía venir a alguien, pero desde mi quinto piso, no se distinguía gran cosa… pegué la oreja a la puerta de entrada, a ver si oía el portal… quedaban tres minutos… bueno, tampoco es que fuese a venir EXACTAMENTE a las siete, a lo mejor llegaba a las siete y cinco… El panel del portero automático empezó a vibrar, y antes de que emitiese la primera nota, ya había pulsado el botón de apertura de la puerta. Me pareció oír una risita, pero no pude asegurarlo.

"Está subiendo… está en el ascensor…" la misma excitación me mareaba. Me miré al espejo del recibidor… no estaba mal, con una camisa de manga corta que uso para estar por casa porque ya está algo vieja, pero plenamente aprovechable, y unos pantalones cortos de chándal. Cómodo, pero limpito, eso sí. Oí el ascensor detenerse en mi piso, y me lancé a la mirilla. Apenas ella había elevado la mano para llamar al timbre, yo ya había abierto.

-Hola, Imbécil. – su voz… su voz grave, baja, sensual, que quemaba como plomo derretido… me hice a un lado para que pasara, al tiempo que me decía a mí mismo que eso de verla, no era tan sencillo. Mariposa se había colocado un espeso velo negro con un sombrero del mismo color, y un vestido entallado igual. Guantes hasta los codos, zapatos de tacón y abrigo negro completaban el conjunto… hubiera podido parecer que iba a un funeral, pero a mí me pareció enteramente una diosa. Pasó junto a mí con la cabeza alta, la espalda erguida, y señaló el descansillo, donde había dejado una bolsa de deporte. Inmediatamente la cogí y cerré la puerta.

-Hola, ama… - hubiera querido cubrirla de besos, arrancarle el vestido… pero me contuve. No sabía muy bien qué hacer, cómo saludarla… Mariposa extendió su mano y yo me arrodillé de inmediato para besársela. – Oh… oh, ama… qué… qué ganas tenía de veros por fin… - besé su mano una y otra vez.

-No te quedes ahí como un felpudo, Imbécil. Enséñame tu casa. – ordenó con su voz sensual y melosa. Me levanté y le enseñé el salón, la habitación pequeña, el cuarto de baño grande, la cocina… dejé para el final la habitación principal, que tenía baño propio. – Es bonita, Imbécil, y la tienes bien puesta… parece que también tienes otra cosa bien puesta… - aún a través del pantalón de chándal, mi erección era más que patente. No podía evitarlo.

-Lo… lo siento, ama.

-No lo sientas… eso me gusta. Odiaría estar aquí y no producir ningún efecto en ti. – se sentó en la cama y cruzó las piernas. – Empieza a desnudarte. – Ordenó.

No pude reprimir una sonrisa, me quité la camisa casi arrancándomela y me bajé los pantalones y los calzoncillos. Sólo llevaba las pantuflas de estar en casa. Mariposa me dedicó una larga mirada desde debajo de su velo, y yo me puse a hacer un poco el bobo, poniendo posturitas. La oí reír ligeramente.
-Ven aquí y ayúdame a desvestirme. – casi no me aguantaron las piernas, pero obedecí. Mariposa me dio la espalda y me mostró la cremallera de su vestido negro. Con manos temblorosas, lentamente, bajé la cremallera, deleitándome en el siseo interminable de la misma… y en la piel de mi ama, que empezaba a ver… el cierre del sostén negro, su espalda deliciosamente curvada al llegar a las caderas, y el inicio de un tanga negro también. Mi ama dejó caer los brazos y yo tiré suavemente del vestido para quitárselo. El sujetador que llevaba sostenía sus pechos… pero sin cubrirlos, éstos iban totalmente desnudos y me mordí los labios al verlos por primera vez: redonditos, medianos tirando a grandes, pezones erectos… potentes, se podría decir. – Vamos, Imbécil, no te me encantes – dijo mi ama y seguí quitándole el vestido. Me arrodillé para que ella pudiera salir de él cómodamente y casi sin darme cuenta, besé sus zapatos, sus tobillos… las medias le llegaban sólo hasta media pierna, las sujetaba con un liguero negro… Era un sueño, una fantasía, y casi me daba miedo despertar y encontrarme en mi cama, durmiendo la decepción de mi antigua princesa. Arrodillado en el suelo, cogí su mano para quitarle el guante, pero la retiró dulcemente negando con la cabeza. Mi ama paseó por la alcoba mientras yo permanecía de rodillas. Miró el cuarto de baño, comprobó el interior de los muebles y la ducha, la cesta de la ropa sucia… también miró los cajones de la mesilla, y al agacharse para abrirlos, pude entrever su sexo, rosado, depilado completamente, tan atrayente… - Imbécil…¿qué te figuras que estás haciendo?

Respingué, casi asustado, ¿qué hacía…? Entonces me di cuenta que mi mano derecha se movía sola, había agarrado mi miembro erecto sin que yo lo notase siquiera y estaba masturbándome alegremente mientras la veía recorrer desnuda mi alcoba. De inmediato, retiré la mano.

-Ju…juro que no me di cuenta, ama, fue sin querer… - Mariposa me miraba con los brazos cruzados y tamborileando el suelo con el pie.

-Creo que vamos a tener que ponerte un pequeño correctivo. En tanto que yo esté aquí, Imbécil, tu placer me pertenece, y por lo tanto no tienes derecho a gozar si yo no te doy permiso para ello. He de castigarte. Tráeme una toalla.

Corrí al armario y le acerqué a mi ama una toalla, preguntándome para qué la querría… pero deseando averiguarlo, aunque fuese por un castigo.

-Ponte junto a la pared. – me ordenó. – De cara a la pared. Apoya las manos en ella y separa un poco las piernas. – Mientras obedecía, pude ver que extendía la toalla y la enrollaba con un ágil movimiento de muñecas. Se arrimó hasta quedar junto a mí, pegada a mi piel, y sin soltar la toalla, acarició, o más bien cosquilleó mi espina dorsal, haciéndome dar escalofríos.– Voy a darte unos buenos azotes en ése culito redondito que tienes… y tú vas a contarlos uno a uno. Y por cada azote que recibas, me darás las gracias por algo que he hecho por ti, ¿lo has entendido, Imbécil…?

Me di cuenta que estaba sudando, y a pesar que me daba miedo el dolor, mentiría si no confesara que estaba deseando que empezara… Asentí. Volviendo un poco la cara, pude ver a Mariposa tensar la toalla, soltarla con fuerza... ¡tchas! ¡El latigazo en las nalgas casi me hizo saltar! ¡Quemaba!

-¡AUH! – grite.

-Cuenta, Imbécil. – insistió mi ama.

-Uno…

-¿Uno y qué más….?

-Uno… y gracias por haber venido a mi casa, ama…

-Muy bien… sigamos con la lección.

Azotó de nuevo.

-¡Dos! – grité, mientras la quemazón me hormigueaba las nalgas y subía hasta mis hombros – Gracias, ama, por fijaros en mí...

¡Tchas!

-¡Tres! – apreté los dientes – Gracias, ama, por hacerme vuestro…

¡Tchas!

-¡Cuatro… y gracias por elegirme para vuestra diversión!

¡Tchas!

-¡Cinco… y gracias por abrirme los ojos!

¡Tchas!

-¡Seis! Gracias por permitirme miraros cuando os dábais placer, ama…

¡Tchas!

-¡Siete… gracias, gracias por vuestra forma de ser!

¡Tchas!

-¡Ocho… y gracias por darme tanto placer!

¡Tchas!

-¡Nueve! ¡Gracias por lo del Metro!

¡Tchas!

-¡Diez! …Gracias por existir, ama… - Las rodillas me temblaban y tenía escalofríos, pero, curiosamente, no por el dolor… la situación me había excitado muchísimo más de lo que yo pensaba. El sudor me goteaba por la barbilla y tenía que retener el movimiento involuntario de mis caderas.

Mariposa se me acercó, con la toalla ya desenrollada y un sonido de risa en sus labios. Me acarició los hombros, bajó por la espalda y acarició mis torturadas nalgas, apretándolas… la quemazón me producía cosquilleo ahora, cosquilleo en el culo, en mi miembro erecto… no se había bajado ni por un segundo, la sensación de ardor sólo me producía más y más deseo… Tenía la boca abierta, y jadeaba, me di cuenta que estaba babeando de excitación y hubiera dado lo que fuera porque mi ama me concediera un beso, uno sólo, pero necesitaba sentir su lengua acariciar la mía…

-Lo has hecho muy pero que muy bien, Imbécil… - susurró con su voz pecaminosa, mientras no dejaba de apretar mis nalgas alternativamente y estaba tan cerca de mí que sus pezones se rozaban en la curva de mi axila. – Tu culito se ha puesto rojo como un tomate, creo que has aprendido bien la lección…

-Sí, sí, ama… - aseguré enseguida – mi placer os pertenece, no volveré a tocarme a no ser que me deis permiso, seré un esclavo bueno…

Mariposa se rió.

-Eres tan tiernote cuando suplicas así… Mira, tu preciosa cosita sigue en pie de guerra… creo que es hora de que le demos una alegría, ya que has aprendido tan bien… Dime una cosa, Imbécil, ¿alguna vez has probado tu semen?

-…No, ama, nunca. – Y era cierto. Durante la adolescencia había sentido curiosidad, pero siempre me daba cosa, y nunca me animé a hacerlo.

-Bueno, siempre hay una primera vez. Y en ésta ocasión, no sólo vas a probarlo, sino que vas a inundarte en él. Vas a recibir tu propio disparo, en pleno rostro. Túmbate boca arriba en la cama, Imbécil.

¿Qué se proponía? ¿Cómo me iba a eyacular en la cara? No podía hacerse algo así… de todos modos, obedecí en el acto.

-Muy bien, ahora, relájate y no hagas fuerza. – Mariposa se arrodilló en la cama, me cogió de las piernas y me las colocó en sus hombros, y enseguida empezó a desplazarse hacia delante, de modo que mi espalda se curvase y mi pene apuntase directamente a mi cara, tal como ella había dicho.

-Augh… esto… esto es muy incómodo, ama… - protesté con voz gutural, pues apenas podía hablar de lo encogido que estaba.

-No intentes apoyarte en el cuello ni en los hombros, apóyate en mí, descarga tu peso en mí. – Intenté echarme hacia atrás, como si quisiera volver a estirarme, y el cuerpo de Mariposa me frenó, y efectivamente, sin dejar de ser una postura poco recomendable, estaba algo menos incómodo. – Ahora, tendrás tu recompensa… voy a hacer que goces, y cuando tu cara esté cubierta de tu propio semen, me quitaré el velo para que puedas ver la mía…

No podía imaginarme nada de lo que tuviera mayor deseo, de modo que apenas noté sus manos enguantadas acariciar mis nalgas, la parte interior de mis muslos, mis testículos y llegar finalmente a mi pene, erecto y deseoso, me abandoné al inmenso placer que sentía, y sólo pensé en saborear cada cosquilla, cada oleada de gusto, cada sensación de bienestar… el terciopelo de sus guantes era increíblemente suave y excitante, sus dedos acariciaban mis bolitas y recorrían mi pene de arriba abajo… su rostro se frotaba contra mis nalgas, podía sentir la tela del velo acariciar mi piel, y debajo de él, los mofletes suaves y blanditos de un rostro que aún no conocía y sin embargo adoraba… el calor de su cara, de su boca echando aliento sobre mí, se deslizaban sobre mi piel y recorrían mi sexo en una tortura deliciosa. Mi ama me masturbaba lentamente…

-Mírate, Imbécil… no cierres los ojos, mira… - obedecí. Y lo cierto es que ver mi pene desde ése ángulo, me produjo cierta aprensión… - ¿Ves tu cosita….? Está cargada y dispuesta para disparar… y vas a ser tú su blanco… vas a empaparte a ti mismo… eres tan guarro, tan vicioso, que eso no te importa, ¿verdad?

-No, ama… me dais demasiado placer como para parar sólo porque vaya a ensuciarme… me da asco, pero no podría parar ahora…

-Oh, qué chico tan perverso… estás tan salido, que no te importa quedar bañado en tu propio semen pegajoso, viscoso… a cambio de un orgasmo… No tienes voluntad, Imbécil… estás totalmente a mi merced…

-Sí, ama…. Sí….. y me gusta… haced de mí… lo que queráis…

-Si quisiera… si yo lo quisiera, ahora podría parar… - mi cara reflejó terror, y Mariposa se rió – o meterte un vibrador por el ano… o atarte las pelotitas, o depilarte con cera… y estoy segura de que tú me lo permitirías, te gustase o no… ¿verdad?

-Verdad, ama…. Oh…. – mi orgasmo venía a pasos agigantados, cada vez que me hablaba, cada vez que me "regañaba", mi excitación subía imparablemente – Todo eso…. Me dolería muchísimo…. Pero… haaah… por hacer feliz a mi ama… lo soportaría…

Mariposa aceleró el ritmo de su mano, mientras con la otra masajeaba mis testículos.

-Qué increíble falta de voluntad… todo el mundo hace de ti lo que quiere, y ahora yo hago de ti mi capricho… mi total y absoluto capricho… No vales para nada, Imbécil, no sabes alzar la voz, no sabes decir lo que quieres, sólo sirves para obedecerme…

-Sí, ama…. Sólo e-eso… s-sólo para eso vivooooh…

-Mira qué carita pones… pones cara de desamparo… ¿vas a correrte, Imbécil…? ¿Vas a soportar inundar tu propia cara de semen porque no eres capaz de soportar el placer que te doy….?

-Sí, sí, ama…. Voy… voy a correrme… no… no podré….aaah… aguantar… mucho…. Más….

-Entonces, hazlo. Y sigue mi consejo… "abre la boca y cierra los ojos"

Mariposa aceleró más aún el ritmo de la deliciosa paja que me estaba haciendo, mientras con su otra mano acercó un dedo peligrosamente a mi ano y apretó ligeramente. No sé dónde tocó, pero el subidón de placer fue fulminante, me estremecí entre los brazos de mi ama, cerré fuertemente los ojos y gemí, pero enseguida noté un chorretón espeso y tibio caerme sobre la cara, en la boca… estaba muy amargo, pero aún así tragué, mientras notaba una deliciosa sensación de bienestar invadirme de pies a cabeza y una relajación maravillosa se adueño de mí… Sentí vergüenza y ganas de reír a carcajadas, y lo hice, ¡vaya pinta debía tener…! Una risa alegre me llegó desde arriba. Abrí tímidamente un ojo, después el otro… y lo que vi me dejó sin habla: La cara de Mariposa. Estaba apoyada sobre mis nalgas, podía verla entre mis piernas entreabiertas, como asomada a un balcón. Sabía quién era… una compañera que había entrado hacía no mucho, poco más de un año, y la decían "la chica invisible", porque no daba nunca muchas muestras de estar… era tímida, pasaba desapercibida, no hablaba mucho… Tenía el pelo castaño muy claro, o rubio algo oscuro, dependiendo de qué luz le diese. Tenía los ojos a veces verdes, a veces azules, y otras incluso grises, una carita adorable en forma de corazón y nariz respingona. Sabía cómo se llamaba, y estuve a punto de decir su nombre, pero me colocó un dedo en los labios.

-No lo digas. – advirtió, risueña. – Aquí, soy tu ama, como mucho, Mariposa… ése otro nombre, no debe pronunciarse. ¿Te ha gustado tu esperma…? Mira, tienes toda la mejilla manchada, el pecho, y te está resbalando por la tripa…. – Con su dedo enguantado, recogió parte de la descarga y lo acercó a mis labios. Saqué la lengua y lamí cariñosamente el terciopelo empapado de semen, cerrando los ojos… qué bien me sentía… no podía imaginar felicidad mayor. Mi ama recogió las gotas de mi estómago, haciéndome cosquillas con el terciopelo y las llevó a su boca. Probó, e hizo un gesto de disgusto. – Muy amargo. Comes demasiada carne, y muy poca fruta. – me dio un golpecitos en la nariz con su dedo, a modo de advertencia…. Dios mío, cómo me gustaba, cómo me excitaba que me tratase así, que me regañase y a la vez que fuese maternal. Hubiera querido que me abrazara y acunara, por tonto que suene, pero sentía que podía hacerlo, y yo me moría de ganas de que llegase ese momento. – Bueno, Imbécil… tú has tenido tu recompensa. Ahora me toca el turno a mí, vas a hacerme gozar hasta que me corra de gusto. – pero, a la vista de esto, los mimos… podían esperar un poco más.