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sábado, 22 de diciembre de 2012

Traición marital cruzada I


El pecho del anciano se movía lenta, pausadamente… arriba, abajo, arriba, abajo… como un pequeño fuelle que se resistiese a pararse por completo, si bien era aquél su inevitable destino, y todos allí lo sabían, y Margarita la primera. Era la hija mayor del viejo, y la inminente muerte del mismo le había agriado las navidades. No era la primera vez que su padre les hacía algo semejante, se dijo, y no pudo evitar sentirse a la vez, rabiosa y culpable… hacía sólo dos años, en vacaciones, ella y su marido estaban en Cancún y tuvieron que volver precipitadamente porque a su padre le había dado un infarto… una esplendorosa semana romántica que llevaban todo el invierno planeando, se había perdido para siempre, y todo para que al final, ni siquiera se muriera… ¿no pudo hacer como su madre, que se acostó y simplemente ya no se levantó más…? Sabía que no era justo pensar así, ¿qué culpa tenia él…? Pero parecía que, igual que siempre, su padre sólo vivía para amargar la vida a los demás.

Margarita quería a su padre… como sus tres hermanos le querían también, claro está. Pero si vivían a setecientos kilómetros de él, no era por casualidad. A su padre, se le quería mejor de lejos. Era una persona de ira fácil, manipulador en grado sumo… que ella recordara, y era la mayor, no había tenido nunca una palabra amable o una felicitación para ninguno de sus hijos; todo cuanto estos conseguían le parecía siempre poco. Su hermano inmediato, Víctor, era un prestigioso pintor que había expuesto en Nueva York, en Tokio, en París… para su padre, "no era serio que uno de sus hijos se ganase la vida pegando brochazos. Para eso, que se hubiese subido a un andamio a los trece años, y no hubiera tenido que pagar más estudios". Y como eso, con todo… qué decir de Margarita, que era enfermera… para su padre, aquello entraba en cosas como ser maestra o cocinera: ama de casa a gran escala. No le importó que fuese la primera de su promoción universitaria, hacia ya casi veinte años, cuando eso de que una chica estudiase hasta la universidad, era todavía una rareza… "si no vales para nada más que para limpiar cacas de enfermos, meterles un termómetro en el culo y darles papillita, haber pescado a un cretino que te mantuviera, estabas de casada como una señora sin doblar la espalda por cuatro duros, y todo eso que nos hubiéramos ahorrado en casa, que tu carrera de limpiacacas no fue barata… ¡y encima, las guardias! ¿Dónde se ha visto que una chica decente se pase treinta y seis horas fuera de casa? Compadezco al pobre desgraciado que se case contigo, si es que llegas a casarte, porque no creo que haya ninguno tan tonto para aguantar algo semejante….".

Para su padre todo se reducía al dinero que le había costado criar a sus cuatro hijos, como si en lugar de hijos, hubiera sacado Letras del Tesoro… A pesar de todo, Margarita sí había llegado a casarse, aunque ahora estaba sola junto a la cama de su moribundo padre. Pensó en su marido, y no le extrañó en absoluto que Cristóbal se hubiera quedado en casa… no podía aguantar a su padre, ni tenía ganas de montar una escena si le encontraba consciente y arremetía contra él, como era su costumbre… no lo culpaba por haberse quedado allí, de hecho, ojalá ella pudiera hacer lo mismo, pero, ¿qué dirían sus hermanos entonces….? No tenía con ellos una mala relación, pero los conocía bien y era consciente que una vez muerto su padre, empezaría el saqueo. El dinero iría repartido a partes iguales, el piso se vendería y se haría lo mismo… pero las joyas de su madre, los bolsos, la vajilla, los muebles, todo lo aprovechable… se lo repartirían o se rifaría, y si ella no estaba allí para velar al viejo, no le dejarían ni una cucharilla de café. Y ella era tan hija como los otros tres, las mujeres de sus hermanos ya podían irse enterando de eso… si hacía falta quedarse con él, aunque ya ni se enterase de nada, durante cinco meses para obtener su parte, lo haría… aunque de todo corazón, esperaba que a su padre no se le ocurriese tardar en morir cinco meses…

-Señora de Tobero, ¿está usted bien…? – preguntó una voz suave. Margarita se volvió, en la puerta estaba el doctor que atendía a su padre. Era un tipo algo más joven que ella, o al menos lo parecía con ese cabello tan negro y esos ojos tan empáticos. Hablaba en voz baja, como si no quisiera despertar a su padre… como si quisiera fingir que el viejo dormía, y no que estaba sedado – Me pareció que estaba dando cabezadas… puedo traerle un almohadón y una manta, si quiere dormir en el sofá para no dejar solo a su padre…

Margarita sonrió. El doctor Téllez era siempre tan amable… su padre también había descargado sus iras sobre él, mientras aún pudo hacerlo, pero el buen médico jamás había perdido la paciencia, ni la sonrisa, era un encanto de persona… y Margarita le gustaba, se notaba. Pero ahora mismo, no quería pensar en aquello.

-Estoy muy bien, gracias… pero sí es cierto que estoy muy cansada, creo que voy a tomarme un café… - la mujer se levantó trabajosamente de la silla en la que llevaba sentada más de seis horas, intentando estirar sus miembros sin parecer maleducada delante del amable médico, pero la verdad, es que le crujían todos los huesos. Antes de cruzar la puerta, se volvió un momento hacia la cama, mirándolo con aprensión.

-No tema. No va a… - el doctor Téllez se detuvo a media frase, pero Margarita lo entendió – Puede usted tomarse su café tranquilamente… ¿me permite acompañarle? Sé que es meterme donde no me llaman, pero… creo que le vendría bien hablar con alguien. Lleva usted sola casi todo el día. Y es NocheBuena.- sonrió, soñador. Parecía tener un concepto navideño muy hollywoodiense, aunque él mismo estuviese trabajando la noche de la fiesta, y otros pacientes fueran a seguir los pasos de su padre, con independencia de que el calendario dijese que había que estar contentos.

La cafetería del hospital estaba prácticamente desierta… no era de extrañar, teniendo en cuenta que eran ya más de las diez y la noche que era. Sólo algunos médicos que también tenían guardia pululaban por allí, con caras aburridas y en algunos casos, de fastidio. Margarita bebía a sorbitos el espeso café, que, había que reconocerlo, le caía muy bien para calentarse y animarse un poco. Teniendo en cuenta que se quedaría allí toda la noche, falta le hacía que estuviera bien cremoso y fuerte. Téllez la miraba por el borde del suyo, y Margarita dejó que lo hiciera… es cierto que no era ya ninguna niña, iba para los cuarenta y cinco, pero el doctor, por más que fuese dos o tres años más joven, no era tampoco ningún chiquillo ya. Y no hacía ningún mal mirándola… por más que no fuese una jovencita, ella sabía que seguía siendo atractiva. Tenía el cabello rubio natural, aunque últimamente había empezado a teñirlo para ocultar las incipientes canas. Tenía un buen tipo, porque no había dejado nunca el gimnasio y no tenía estrías, ni los pechos caídos, dado que nunca había tenido hijos… ni ganas tenía de ello. No tenía los ojos tan grandes como le hubiera gustado, pero eran de un hermoso color gris azulado.

-Perdone la pregunta, pero no he dejado de pensarlo… ¿su marido no está con usted en ésta situación….? – preguntó Téllez a bocajarro, lo que delataba que, efectivamente, llevaba tiempo dándole vueltas.

-No, él… - Margarita sonrió, pensando en la cara de inmenso alivio de su Cristóbal cuando le dijo que no hacía falta que viniera. – él no se lleva muy bien con mi padre… ni con mis hermanos. Han tenido roces en alguna ocasión, y en un momento tan delicado, no nos pareció bien… propiciar rencillas.

-Entiendo. – Téllez la miró con sus cariñosos ojos negros. No eran grandes, no eran especialmente hermosos, pero siempre parecían sonreír, siempre estaban llenos de comprensión y ternura… Roberto Téllez llevaba muchos años siendo médico, había atendido desde niños hasta ancianos, había ayudado a nacer, a vivir, y a morir a muchas personas, y sabía que a veces, el que precisa más ayuda y consuelo, no es el que yace en la cama, sino el que aguarda en la cabecera. Margarita se vio atrapada por el aura de simpatía y cariño de aquéllos ojos, de aquél rostro que la miraba y la escuchaba atentamente, aunque ella no dijera nada… y por el modo en que se sintió escuchada, empezó a contarle aquéllas desavenencias familiares que habían propiciado que su esposo se quedase en casa.

 Puede que el médico hubiese oído historias similares en otras ocasiones, pero Margarita se dio cuenta que no fingía la atención… la atendía realmente. Asentía, tenía los ojos clavados en los suyos, y sonreía, se sorprendía, y sufría con ella a medida que avanzaba en el relato. Cuando la mujer se quiso dar cuenta, su frente estaba casi pegada a la de Roberto, y las manos de ambos, encima de la mesa, casi se tocaban. El corazón le dio un brinco y algo muy extraño se revolvió en su estómago… algo que hacía años que no sentía. De golpe se sintió desconcertada y casi culpable por la reacción de su cuerpo, y se separó bruscamente del médico.

-Perdóneme… - titubeó débilmente, intentando ocultar su turbación – creo que… que debo volver con mi padre.

Téllez se dio cuenta que había puesto nerviosa a Margarita y se sintió ligeramente culpable, pero aún así sonrió de nuevo. Intentó ofrecerse a acompañarla otra vez hasta la habitación, pero la mujer salió prácticamente huyendo. Sabía que no había sucedido nada malo, pero le pareció haber sido desleal a su padre, a su esposo que estaba tan lejos… pese a que era ya muy tarde, decidió llamarle. Su voz familiar la haría sentir mejor…

El móvil dio varios tonos hasta que al fin lo cogió. La voz de Cristóbal sonaba un poco ahogada, quizá le había despertado:

-Dime.

-Hola, Cristóbal, soy yo…

-Sí, Marga… ¿cómo vais… tú y tu padre?

-…Igual. – le parecía que Cristóbal hablaba como cansado… le daba la impresión de que no tenía demasiadas ganas de hablar - ¿Qué tal tú, bebé?

-Ah, no me llames "bebé", sabes que lo odio – protestó en un tono adorable, pero enseguida pareció de nuevo con ganas de colgar – Yo bien… aburrido, ya sabes… he cenado un sándwich de plástico, y ya estaba por acostarme, estoy muerto… me estaba quedando dormido en el sofá, me voy a dormir ya…

-Bueno, entonces duerme bien… ya te llamaré si hay novedades. Hasta luego.

-Hasta lue…

Margarita pensó que su marido había colgado antes de acabar la frase, sin duda por el sueño que decía tener. Cristóbal tenía temporadas en las que estaba muy cansado, o estaba distante… en fin, era un hombre serio, por eso ella se enamoró de él. No soportaba a los hombres que se hacían los chistositos, o los juerguistas, o los que sólo pensaban en sexo… en ese aspecto, Cristóbal era muy moderado, tal como a ella le gustaba. A fin de cuentas, el sexo no era más que una pulsión animal, lo que contaba era el cariño, y su marido era muy cariñoso…

Eso, era quizá lo único en que hubiera podido estar de acuerdo con Viola, la amante de Cristóbal, si se hubieran conocido. Por lo demás, Viola, colega de Tóbal en el instituto donde ambos impartían clases, profesora de Música y Artes Plásticas, podía atestiguar que su amante era serio sólo en apariencia… en realidad, le encantaba el jolgorio, los chistes verdes, y era insaciable respecto al sexo. Había sido la propia Viola quien había colgado la llamada, y quien había sostenido el teléfono móvil junto a la oreja de Tóbal, dado que éste no podía cogerlo… estaba sentado en una silla, con las manos esposadas a la espalda, y sólo vestía la bata blanca desabrochada con la que solía dar clases, la corbata navideña alrededor de la cabeza, y una tira de grueso espumillón rojo en torno al cuello.

-¿Seguro que has colgado bien…? – preguntó él, jadeante, no sólo porque su esposa pudiera oír algo, sino por la excitación que sufría.

-Sí, tranquilo… he colgado bien, y el teléfono está guardado en tu cartera… aunque no hubiese colgado, ella no podría oír nada.

-Genial…. Más. Por favor, continúa… - suplicó Cristóbal, sudoroso, y Viola, vestida sólo con un tanga y un gorrito de Papá Noel, volvió a sentarse a caballito sobre las piernas de su amante, a la vez cerca y lejos de su pene erecto, y se echó un chorrito de leche condensada sobre uno de sus pezones, agarró la tira de espumillón que él tenía en torno al cuello, y tiró de ella para acercarle a su pecho y que lo mamara, lo que hizo con verdadera ansia…

-¡Mmmmmmmmmh…. Es increíble, qué glotón….! – suspiró Viola profundamente, apretándole contra ella, acariciándole la espalda y su enorme nariz aguileña – No sé cómo puedes tragar tantooo… después del confit de pato, los turrones, y ahora esto, y sigues pudiendo chupar y chupaaaar… aaah, sigueee…

El pezón de Viola ya estaba completamente limpio, pero Cristóbal succionó aún un par de veces más, para arrancar esos deliciosos grititos de gusto que emitía ella, y luego pidió de nuevo:

-Tú turno – sonrió, travieso. Viola dejó escapar una risita y apartó un lado de la tira de espumillón para dejar libre el pecho de su amante, y también sobre el pezón de él, soltó una gruesa lágrima de dulce. Tóbal escalofrió, cerrando los ojos, estaba muy frío… y enseguida soltó un poderoso gemido al notar la boca de Viola pegada a su pezón, succionando la leche condensada, rozándole con los dientes, acariciándole con su cálida y suave lengua… las manos de ella, en sus costados, rozaban haciendo deliciosas cosquillas que le hacían estremecerse de pies a cabeza… - Esto… esto sí que es una "noche buena"… - bromeó cuando recuperó el habla tras el placer, y Viola se rió con él. Se dejó caer un poco de leche en la lengua, y luego le beso, jugueteando con la dulzura a la vez que con sus lenguas. Fuera, la nieve caía blandamente, como plumas que bajasen del cielo.

Muy lejos de allí, Margarita miraba por la ventana su NocheBuena sin nieve, sin cena, sin familia, y sin cariño. Velando en un hospital, esperando que la muerte llegara a su viejo padre… ninguno de sus hermanos había tenido la delicadeza de pensar que ella, siendo enfermera, estaba harta de hospitales, que lo último que quería ver en sus agriadas vacaciones, era otro hospital, que podía querer desconectar, cenar con alguno de ellos, o simplemente irse al cine y tomar algo caliente en el hotel… todas sus cuñadas, que habían venido a cuidar a su suegro, "no como los maridos de otras, que se escaquean a la menor oportunidad…", habían exigido de sus maridos que se quedasen a pasar la fiesta con ellas y sus hijos. Ni siquiera Victor, el mayor, que no había traído a sus hijos porque estos eran ya adolescentes y se habían negado a perderse las fiestas, se había ofrecido a quedarse… la propia Margarita se lo pidió, viendo que no salía de él, pero se negó. "Mi mujer me matará si la dejo sola en el hotel en NocheBuena… bastante le fastidia haber tenido que venir hasta aquí, pensábamos irnos a París… compréndelo, tú has venido sola, no tienes que rendir cuentas a nadie… no tienes niños… ¿qué más te da?".

¡Niños! ¿Acaso era imprescindible tener críos para que los demás entendieran que necesitabas un momento para ti? No, claro, sólo las conejas de sus cuñadas estaban cansadas y tenían ganas de irse cuanto antes, ella, como no tenía niños, no se cansaba nunca, ni tenía necesidades, ni podía querer evadirse un poco ella también… Desde que vio cómo sus padres maltrataban y hacían infelices a sus hijos, cómo los dejaban solos en casa, a cargo de ella, para irse de fiesta… decidió que con eso, ya había tenido bastante, nunca tendría hijos. Por eso le gustaba tanto Cristóbal… él trabajaba de profesor de Química y Matemáticas, estaba harto de cuidar adolescentes y no insistió demasiado cuando ella le dijo que nada de críos. Y era tan serio, tan sensato y formal… No salían de fiesta, eran muy caseros los dos… lo último que ella quería, era tener en casa lo que tuvo en casa de sus padres… se moriría de vergüenza si algún día se viera a sí misma volviendo a casa borracha, como hicieran sus padres, o riendo a carcajadas de chistes de mal gusto.

Sin duda porque era la noche que era, se vio a sí misma en una noche similar… ella tendría unos once años. Sus hermanos eran muy pequeños, Víctor que era el mayor, apenas tenía ocho. El día de NocheBuena, sus padres le dijeron a Margarita que se iban a cenar con sus tíos… ellos dos solos. Ella se quedaría a cuidar de sus hermanitos, como una niña buena, les daría la cena y a las diez, a la cama. Les habían dejado solos muchas veces, que ella recordase, desde que ella tuvo ocho o nueve años, estuvo al cuidado de sus hermanos… pero en NocheBuena, no solían salir, o al menos, esperaban a que los cuatro niños estuvieran acostados antes de marcharse… pero aquél día, no. Margarita ya era mayor como para quedarse sola con ellos desde más temprano, servirles la cena y todo. De modo que se quedó sola con tres niños. Calentó la comida en el fogón, sopa de sobre y croquetas de bacalao, mientras sus padres comerían langostinos, y angulas, y pavo relleno y pastel con helado… y quizá bebieran cava. Ellos, brindaron con agua, y comieron en la cocina, en silencio. Sólo Ivancito, el más pequeño de todos, que tenía tres años, preguntaba dónde estaban papá y mamá…

Margarita los acostó y se quedó levantada un rato, soportando que en la televisión, todo el mundo fuera feliz y estuviera con su familia y celebrasen una noche especial, una noche mágica… para ella, la única magia que había en el ambiente, era conectar el lavavajillas para que los platos se fregasen solos. Debió quedarse dormida en el sofá, porque abrió los ojos sobresaltada por un sonido de estruendosas risas y pasos vacilantes. Sus padres volvían. Temerosa de que la descubrieran, apagó el televisor y se fue corriendo a su cuarto, y desde allí les observó. Su padre y su madre parecían haberlo pasado muy bien. Andaban apoyándose en las paredes, sin parar de reír y besándose como dos babosos… su padre empujó a su madre contra la pared y empezó a sobarla de un modo asqueroso… "los niños, Genaro…", la oyó susurrar entre risas, pero su padre contestó "que les den a los niños", y eso hizo reír más aún a su madre. Luego se metieron en la alcoba de matrimonio y cerraron con llave. Se oyeron ruidos sofocados y chirridos del colchón durante una eternidad… A Margarita se le revolvió la cena en el estómago.

La presente NocheBuena no tenía mucho que ver con aquélla, sin embargo se la recordaba… Como cada vez que se le venía a la cabeza su infancia, recordaba a Cristóbal. El hombre que había sido capaz de entenderla y le había dado la serenidad que ella necesitaba. Sólo en una ocasión, siendo aún novios, había querido llevarla de fiesta con unos amigos de él, y tenía que reconocer que la cosa no había empezado mal… pero enseguida empezaron las bromitas, la música alta, el querer alargar la hora más y más… hasta que Margarita se levantó de malos modos y le dijo que no hacía falta que la acompañara, que ya volvería en taxi. Cristóbal se levantó como si le hubieran pinchado y se ofreció a llevarla a casa… en el coche, intentó propasarse un par de veces, y se llevó una nueva amenaza de que ella se bajase, y más tarde un bofetón. "Mi marido, ha de ser un hombre serio" le había dicho entonces. "Si tú lo que quieres es irte de juerga noche sí y noche también, y que demos el espectáculo delante de todo el mundo o que te suba a casa borracho, búscate una pendona, que yo soy una chica decente". Cristóbal se disculpó y le aseguró que aquello, jamás se repetiría… y cumplió.

También había tenido que darle algunos toques en lo que se refería al aspecto del sexo… si por él hubiera sido, la hubiera llevado a un hotel al día siguiente de conocerse, pero ella no era una cualquiera que se fuera a la cama a las primeras de cambio, para casarse de penalti como le pasó a su madre… ella, se daba a valer, porque lo valía. Si Cristóbal lo quería, iba a tener que pagar primero. Y el precio, era pasar por la vicaría antes, como se debía hacer. Aquello había sido causante de muchas discusiones, pero Margarita podía estar orgullosa de sí misma: nunca había cedido. Y también podía estar orgullosa de su esposo, que había sabido aguantar. Al fin, la noche de bodas obtuvo lo que quería… y Margarita seguía sin saber por qué tanta alharaca con el sexo, el sexo… era algo totalmente banal y trivial, pensó echando una nueva mirada al cuerpo sedado de su padre, que no mostraba cambio alguno.

"Para los hombres, es un poco mejor… nosotras, con aguantar hasta que acaben, tenemos bastante", pensó, ahogando un bostezo. Cristóbal, al principio, decía que no podía ser que ella no sintiera prácticamente nada… le hizo preguntas espantosas acerca de si se había masturbado, o había salido con otros chicos antes que con él, o… de no haber sido ya su esposo, hubiera vuelto a abofetearlo, ¿por quién la tomaba? ¡Desde luego que no había tenido ningún otro novio, ni menos aún se había masturbado nunca! Él le propuso entonces que empezase a hacerlo, "que descubriese su placer", lo llamó él… naturalmente que ella se negó, claro está… Ella era una mujer decente, no como su madre o esas guarras de la universidad que se acostaban con tíos a la menor oportunidad y chillaban como cochinillos en mitad del degüello… la respuesta de la mujer al sexo, no era la de gozar, sino la de tener niños, y como ella no quería tenerlos, no tenía por qué tener respuesta alguna. Así lo decían todos los tratados de sexualidad que ella había leído, no era ninguna ignorante que se guiase por la iglesia o lo que le contaban su madre o su abuela, sino que estaba demostrado que la mujer que gozaba del sexo, acababa por no controlar sus impulsos y convertirse en una ninfómana.

Ella, en el sexo, se quedaba debajo, abrazaba a su Cristóbal, y esperaba que terminase, y cuando lo hacía, le daba cariño, que era para lo que estaba destinada la esencia femenina: para amar. Su esposo había intentado en muchísimas ocasiones que ella cambiara de hábitos… había intentado probar con ella caricias realmente horrorosas, había querido hacérselo, ¡hasta con la boca! ¡Por favor, ¿y luego pretendería besarla?! Esas cosas venían de la pornografía que leía, supuestos "tratados de sexualidad", de autores extranjeros, que no eran más que pornografía disfrazada, nada más… Intentó convencerla de que los libros que ella leía estaban desfasados y eran partidistas, pero ella misma le recordó que a ellos, les iba bien, muy bien… eran un matrimonio honesto, decente, que jamás daban un escándalo, que llevaban una vida tranquila, sin ruidos ni extravagancias… Si él quería una actriz porno en casa, debió haberse casado con una actriz porno, no con una mujer cabal como ella. Desde luego, no estaba dispuesta a convertirse en una zorra sólo para que él se excitase… durante un tiempo, Cristóbal estuvo malhumorado y huraño, Margarita solía llorar y le acusó de no amarla realmente, de pensar sólo en el sexo… aquello había dolido a su marido, y ella lo sabía, y se sintió mal por ello. Pero lo cierto es que a partir de entonces, las cosas empezaron a ir mejor, y finalmente fueron muy bien… Su marido dejó de pedirle ordinarieces, y se limitó a gozar de lo que era realmente honesto y duradero: el cariño.

Margarita se sintió profundamente feliz cuando su esposo, a pesar de quedarse más frecuentemente a reuniones y tutorías, a pesar de implicarse mucho más en la vida del instituto (obras de teatro, seminarios sobre contenidos de libros de texto, clases de recuperación…), a pesar de llegar mucho más cansado a casa, no venía con discusiones acerca de sexo, y la colmaba de atenciones, y luego veían juntos la televisión, cogidos de la mano o del hombro… a veces, Cristóbal se recostaba sobre sus rodillas como un niño, hecho un ovillo, y por eso ella empezó a llamarle "bebé", aunque a él no le gustara tal apelativo… de vez en cuando, seguían haciendo sexo, sí… muy de vez en cuando, y cada vez menos, y ella se alegraba de tener un marido tan serio, tan comprensivo y razonable… se había dado cuenta de que ella tenía razón, su comportamiento era la mejor prueba de ello, y había adoptado un estilo de vida saludable, sin excesos.

Claro estaba que a veces, Margarita había sentido curiosidad… ¿qué sería lo que sentían aquéllas mujeres…? Esas guarras que gozaban, o decían gozar… ¿Qué sería lo que sentirían? ¿Sería mentira? ¿O sería verdad que era tan bueno como decían….? En ocasiones, aquéllas dudas habían ocupado horas en su mente, pero nunca le habían hecho pensar en cambiar su modo de vida. Sólo eran una curiosidad. Su padre seguía inerte. Respirando, pero inerte. El doctor Téllez había dicho que no había nada que hacer más que esperar, su padre podía seguir así un día, dos… no era probable que llegase a Año Nuevo, pero tampoco era probable que muriera esa misma noche, y de hacerlo, sería al amanecer. Bueno, dado que iba a tener que quedarse allí toda la noche, podía hacer algo para entretenerse… su móvil tenía acceso a internet, podía mirar la factura que se estaba generando para éste mes. Mientras pensaba en aquello, su reloj de pulsera emitió un pitido: era medianoche.
Al mismo tiempo, setecientos kilómetros hacia arriba, sonaban campanadas en una iglesia cercana a la casa de Viola, y un reloj de péndulo que tenía, sonó también doce veces… La joven dejó quieta por un momento la pluma que hasta entonces había estado usando para torturar deliciosamente a Cristóbal, y levantó el antifaz que cubría los ojos de su amante. Éste la miró lleno de deseo, sudoroso y sonriente.

-Feliz Navidad, Tóbal… - sonrió ella con ternura y se agachó para besarle. Cristóbal, desnudo, sin llevar siquiera la bata, seguía esposado, tirado en la moqueta del suelo, las manos sujetas a la pata de la cama para que conservase los brazos elevados y las axilas y los costados expuestos, tenía la entrepierna empapada y con un dulce escozor, y aún así su miembro se había erguido una vez más… mientras le devolvía el beso, "sufriendo" por no poder usar las manos para acariciarla y apretarla contra él, pensó en lo hermoso que hubiera sido llegar a disfrutar de algo semejante con su mujer…

-Feliz Navidad, Viola – susurró, con ella todavía a medio centímetro de su rostro. Sacó la lengua, sonriendo con lascivia, y su amante le correspondió; sus lenguas se acariciaron… y aún no se habían separado cuando ella volvió a bajarle el antifaz y continuó con su juego, paseando la puntita de la pluma por la piel de Cristóbal, muy despacito… él se estremecía y se removía a cada centímetro… su amante había descubierto enseguida lo mucho que a él le gustaba jugar, el morbo y el riesgo… dado que allí no era como en el instituto, que podían pescarlos, en lugar de riesgo, le había dado juegos. Después de jugar a Pruébame con la leche condensada, Viola le propuso jugar a Aguanta o Muere, juego de temática muy simple: los dos jugadores debían excitarse mutuamente al mismo tiempo, besándose, acariciándose, o del modo que prefirieran, salvo haciendo sexo en sí… el primero en gemir, perdía y quedaba convertido en esclavo del otro.

Cristóbal pensó que la suerte jugaba de su parte, dado que llevaba fingiendo que no sentía nada con su esposa prácticamente toda la vida y había tenido unas cuantas amantes a las que había satisfecho siempre sin ningún problema, de modo que cuando él y Viola se arrodillaron uno frente a otro y él la besó suavemente en la cara, la abrazó contra su pecho y llevó las manos a su nuca para masajear la espalda, Viola echó la cabeza hacia atrás, y él pensó que era cosa hecha… pero la joven aguantó estoicamente y se tragó los gemidos, pasando al contraataque. Acarició la columna vertebral de Cristóbal, provocándole un escalofrío, se detuvo en el hueco de los riñones, y sin previo aviso, le apretó las nalgas y metió mano entre ellas. ¡El calambrazo de placer, hizo que Cristóbal casi se corriese sólo con esa caricia tan cerca de su ano….! No pudo evitarlo y el gemido le vació el pecho… pero nunca se había sentido tan feliz de haber perdido una partida.

Después de eso, Viola lo había esposado a la pata de la cama, para que no pudiera protegerse los costados con los brazos, y le colocó el antifaz. Cristóbal se sentía nervioso, expuesto… tuvo miedo incluso de que ella se marchara, pero enseguida se calmó, estaban en casa de Viola, ¿a dónde se iba a marchar….? No sabía qué iba a pasarle, hasta que sintió un roce suavísimo en su nariz. Hizo una mueca y le dieron ganas de estornudar, mientras aquélla caricia bajó por sus mejillas, hasta sus labios… el cosquilleo allí le hizo abrir ligeramente la boca, buscando un beso que no llegó, sólo oyó la risita de ella… la suavidad, la infinita suavidad que le rozaba le había hecho saber que se trataba de una pluma, y sintió excitación y temor a la vez… era algo muy perverso, pero él tenía muchas cosquillas, iba a sufrir enormemente…

La pluma se detuvo en su barbilla y bajó por su garganta. Cristóbal se encogió automáticamente de hombros cuando las dulces y traviesas cosquillas se cebaron en su cuello, su estómago se tensó y se le escapó la sonrisa… pero esa sonrisa se acentuó cuando ella bajó hacia las axilas… No, ahí no, no, se dijo Tobal, negando con la cabeza, pero sin dejar de sonreír, sintiendo sin ver cómo la caricia se acercaba más y más… y luego se alejaba por su brazo… la cara interna del mismo era también muy sensible, y se revolvió, intentando bajar el brazo sin conseguirlo, mientras las cosquillas lo torturaban, con la pluma paseándose a su antojo por su piel, deteniéndose en la articulación del codo… en la piel lampiña del interior del antebrazo…

Cristóbal notó un aliento cálido cerca de su cara y se volvió hacia el calor, jadeando… tenía ganas de decir la frase de basta que habían pactado por si uno de los dos se rajaba o el otro se pasaba, "detente, por favor, por favor", pero no lo hizo… una parte de él no podía soportar ese endiablado cosquilleo que le hacía retorcerse, pero una parte mucho mayor quería seguir gozando esa tortura… algo cálido acarició su cara, eran los dedos de Viola.

-Se te pone la piel de gallina… - susurró ella muy cerca de su oído. Se movió, y Cristóbal se asombró cuando se dio cuenta que podía notar dónde estaba ella con exactitud, a pesar de no verla, e intentó elevar la cabeza para besarla. El sonido de la sonrisa de Viola fue la confirmación de que había acertado. Tóbal notó el vaho de la boca de su amante chocar contra sus labios, boqueó, intentó elevarse más, sacó la lengua en un intento de lamerla… Ni de adolescente había deseado tantísimo un beso como en aquél momento, pero Viola no se apiadó de él. Continuó respirando cerca de sus labios, torturándole, se acercó aún un poco más… y fugazmente, tocó sus labios con la punta de la lengua. Cristóbal dejó escapar un gemido desmayado y tembló de arriba abajo… otra vez tenía ganas de correrse, por favor, que ahora le dejase hacerlo dentro…

Mientras la pluma volvía de nuevo a moverse, regresando hacia el hombro, Tóbal evocó los dos orgasmos de la noche, el primero sólo con las manos… Nada más llegar, Viola, vestida sólo con un tanga, el delantal de cocina y el gorrito de Papá Noel, le había encajonado contra la pared, y sin dejar que se quitara ni el abrigo, le había metido mano en la bragueta, frotándole ferozmente… Él intento hacer que desistiera, quería que se tomaran su tiempo, hoy que lo tenían, que podía incluso quedarse a dormir allí, que no iba a ser un "aquí te pillo, aquí te mato"… pero ella no quiso atender a razones, le acarició con la pierna a la vez que con la mano, le sacó el miembro del pantalón y empezó a masturbarlo con ansia, mientras le mordía el cuello… en el estado de excitación que se encontraba Cristóbal, le avergonzaba ligeramente reconocerlo, pero había aguantado bien poco las apasionadas caricias de ella… que también había que reconocer que sabía acariciar… Entre estremecimientos y convulsiones de placer, había intentado conservar un poco de dignidad sacando un pañuelito de papel, pero Viola le detuvo el gesto, los espasmos de gusto le atacaron y se derramó sobre la mano de su amante, con las piernas temblándole y una sonrisa cachonda en los labios…

"Lo he hecho para que aguantes más…" le había dicho ella, limpiándose a lamidas el semen de la mano. Sólo con ver aquello, a Tóbal le volvían a entrar ganas. "Ahora sigues teniendo ganas, pero tu cuerpo no te traicionará… he preparado unos jueguecitos y no quiero que las prisas por acabar demasiado pronto nos fastidien la velada". Después de eso, habían cenado, pato asado en confit, una delicia que él nunca había probado… espeso, grasiento, pero tan sabroso, se fundía lentamente en la boca… no pudo evitar recordar que su esposa era una devota de la comida sana, y entre eso y que trabajaba, no solía cocinar, sólo hacer ensaladas o calentar platos congelados… Viola había hecho ella misma incluso los aperitivos, croquetas de huevo y gambas con una bechamel tan trabajada que se deshacían entre los dedos; langostinos con mahonesa hecha a mano, bocaditos de paté, cogollitos de coliflor gratinada con salsa rosa… hacía años que no comía nada tan delicioso, a cada bocado gemía y cerraba los ojos con una mezcla de deleite y pasión… Viola no dejaba de sonreírle, halagada, y él tenía la sensación de que podría seguir comiendo días y días… Esperaba que ella no se sintiera mal porque él hubiera cambiado la atención de ella, pese a que el delantal que llevaba apenas le tapaba los pechos, a la comida, pero Viola no parecía molesta en absoluto, sino feliz, mirándole comer con tan buen apetito y sirviéndole vino tinto y acercándole los platos.

Al acabar la comida, empezaron los juegos. Viola trajo la leche condensada y el temporizador de la comida. Lo colocó en treinta segundos y dijo, "si sin tocarte, consigo ponerte una erección que se te note con el pantalón puesto, pagas prenda". Cristóbal aceptó, el temporizador empezó a contar, y ella se soltó el delantal. Se acarició con él ligeramente, y los pezones se adivinaron incluso bajo la tela. Lo dejó caer, y se agarró los pechos, llevándose uno a los labios, y sorbió del pezón. Tóbal intentó mantenerse frío, pero tenía las manos crispadas en las rodillas y Viola empezó a reírse, señalando su pantalón. Se miró, y vio que efectivamente, había un considerable bulto en él… "no, no, no vale, esto es una bolsa que se me hace siempre cuando me siento, no es que esté…" intentó excusarse, pero no era posible, aquello no podía disimularse como un desarreglo de la ropa.

-Desnúdate – pidió ella, sentándose en el suelo para mirarle – empieza por los zapatos y calcetines. Luego, la chaqueta, los pantalones, la cortaba te la dejas en la cabeza, la camisa, y por último los calzoncillos. Y te pones la bata de dar clase.

-¿Es capricho eso de la corbata…?

-Sí – sonrió. Cristóbal obedeció, notando cómo ella le devoraba con los ojos. A él se le escapaba la risa floja, y más cuando se dejó la corbata sin quitar, en la cabeza, pero lo cierto es que la idea de un poco de ridículo, también le resultaba excitante. Finalmente, se quitó los calzoncillos, dejando a la vista una nada despreciable erección, sacó de su cartera la bata blanca que había llevado encima a petición de su amante, y se la puso, sin abrocharla, claro está. – siéntate – dijo Viola, señalando la silla. – La prenda que has de pagar, es que no puedas moverte.

-¿Pero, la prenda no era desnudarme….? – preguntó él, mientras Viola sacaba unas esposas afelpadas del bolsillo del delantal y le apresaba las manos a la espalda.

-No… eso, sólo era igualar condiciones. – sonrió ella. Estuvieron disfrutando de lamerse el cuerpo con leche condensada hasta que ambos perdieron la noción del tiempo, aún después de la llamada de mujer de Cristóbal… hasta que éste dijo la frase, insistiendo en el doble "por favor"… no podía aguantar más, ¡tenía que correrse!, y Viola se arrodilló frente a él, dejó caer una gotita de leche condensada en la punta de su miembro y empezó a succionar con fruición. Tóbal se estremeció, tirando de las esposas que le apresaban, sus caderas se movieron solas y en muy poco tiempo notó que le llegaba. Previno a Viola de que iba a soltarlo, pero ella se limitó a sonreírle… el adivinar qué iba a hacer, fue el detonador, y explotó en su boca… su amante tragó ruidosamente y luego tomó aire, lamiéndole desde los testículos al glande, mientras él jadeaba, agotado pero maravillado…

Mientras la pluma le torturaba ahora entre las piernas, acercándose peligrosamente a sus bolitas, Cristóbal recordaba todo aquello… y ella, sólo se había frotado contra una de sus piernas, cuando se sentó a caballito sobre ellas, sin quitarse siquiera el tanga, aunque la verdad que aquélla prenda, era lo mismo que no llevar nada… él recordó su calor, sus jugos deslizándose por entre el vello de su muslo, los gemidos de ella cuando alcanzó su placer, frotándose con su pierna adelante y atrás, y con el pezón izquierdo metido en la boca de Tóbal, que succionaba con fuerza, hasta que ella se estremeció y gritó, las piernas se le acalambraron y le apretó la cabeza contra sus tetas… le besó con ternura, y eso provocó que él no aguantase más y pidiese que por piedad, le dejara derramarse… Ahora, revolviéndose entre cosquillas que la pluma hacía recorriendo sus muslos, sólo esperaba que esta vez pudiese hacerlo dentro de ella, en su coñito acogedor, mullido, dulce, mojadito, cálido… No debió pensar en todo eso, ahora sí que no podía más.

-Vi-Viola… Violaa… - decir su nombre le encantaba – Detente, por favor… por favor…

-Ooh… ¿ya? – bromeó ella, subiéndole el antifaz. La luz le hirió los ojos, pero el rostro de su amante le sonreía.

-Sí, por favor… no aguanto más… Detente, por favor, por favor… - repitió. Viola sonrió y le besó dulcemente. ¡Dios….! ¡Casi estuvo a punto de correrse ahí mismo….! Qué terribles ganas tenía de que ella le besara, qué antojo de sentir al fin sus labios contra los suyos, frotándose en cálida humedad, y su lengua buscando la suya, jugando juntas… un delicado gemido salió del pecho de Viola, que desde luego, tenía tantas ganas como él… Se despojó por fin del tanga, empapado, y montó a Cristóbal, de espaldas a él, pero antes de ensartarse, él la llamó – Viola, espera, las manos… suéltame las manos, ¿quieres?

Viola le miró por encima de su hombro, traviesa.

-Y si lo hago… ¿Qué me darás?

-…Todo lo que tú quieras. Pide lo que quieras.

La joven fingió pensar y contestó:

-Tu culito. Vas a dejar que te sodomice.

Cristóbal desorbitó los ojos, y por un momento, un "bueno, la verdad es que puedo aguantar sin tocarla…" pasó por su cerebro, pero su pene fue más rápido en contestar:

-Hecho.

-¡De acuerdo! – Viola se levantó, cogió la llave de las esposas del mismo bolsillo del delantal y se sentó a horcajadas sobre el vientre de Tóbal – No se te ocurra enderezarte, tienes que seguir tumbado… - Él asintió y su amante se agachó sobre él, poniéndole las tetas en la cara, para soltar las esposas. A pesar de estar afelpadas, Cristóbal sentía las muñecas irritadas y adormecidas, pero al fin tenía las manos libres. Viola sonrió cuando él las llevó a su cara, para acariciar sus mejillas, sus cabellos cortos y claros… le cogió la cara con ternura y volvió a besarla, primero con los labios juntos, y enseguida su lengua llamó a la entrada de la boca de Viola, que se dejó abrir, penetrar, explorar… sin ninguna resistencia, con dulzura, entre gemidos… cuando se apartaron lentamente el uno del otro, un hilillo de saliva siguió conectando aún sus lenguas por un segundo. Cristóbal se sentía derrotado, el corazón le quería estallar en el pecho… su amante le sonrió y se enderezó, de nuevo se dio la vuelta para darle la espalda mientras se empalaba en él. Tóbal hubiera preferido hacerlo frente a frente, tocar sus tetas, ver su cara… pero no estaba para poner pegas, quedaban muchas horas y con suerte, un par de días hasta que tuviera que marcharse a casa.

Viola se sentó sobre él, en cuclillas, y agarró la polla de su amante con la mano, acariciándole arriba y abajo… Cristóbal gimió como si exhalara el último suspiro, y ella decidió no hacerle sufrir más. Se aupó ligeramente, orientó el miembro que tenía entre sus manos y bajó ligeramente, no del todo… Temía que si lo hacía de golpe, Tóbal no aguantase más y se corriese sin remedio.

-¡Mmmmmmmmmmmmmh….! – el gemido salió de las gargantas de ambos al unísono, ¡qué placer…! ¡Qué sensación de plenitud…! Viola, presa de un feroz estremecimiento, se dejó caer por completo, ¡qué alegría sentirse llena, llena de él! – Tóbaaaaaaaaaaal…. ¡te adoro! – gritó sin poder contenerse, y empezó a botar, girando la cabeza lo más que podía para mirarle.

Cristóbal no podía ni hablar, los gemidos ya no le dejaban, agarró a Viola de las nalgas, apretándola hasta dejarle marcas en la piel, se le escapó una cachetada sin querer, pero ella le sonrió abiertamente cuando lo hizo, y eso le animó a darle otra sin cortarse, entre risas… las oleadas de placer que le subían por la columna no dejaban de aumentar, sus piernas temblaban, Viola no cesaba de hacer aletear sus manos entre los muslos de él, haciéndole cosquillas… sus gemidos se hicieron más evidentes, y se llevó las manos a la nuca, sin dejar de botar, intentó girarse un poco más para mirarle, y en sus ojos brillantes y sus mejillas encendidas, Tóbal vio que ella se corría… podía medio ver uno de sus pechos botando, y una convulsión la hizo vibrar sobre su polla torturada mientras gemía y el sudor le goteaba de la cara… y él tampoco pudo aguantar más, sus caderas dieron un golpe, y el placer le inundó con un sentimiento de victoria, ¡por fin…! Sintió su miembro aspirado por el sexo de Viola, sus nalgas se contrajeron varias veces para expulsar la descarga, y pudo notar esas mismas contracciones en torno a su polla, mientras su amante gemía y temblaba, exhausta…

Con un jadeo de extenuación, Viola se dejó resbalar hacia un lado, cayendo casi junto a él. Tenía los cabellos empapados, pegados a la frente y al cuello por el sudor que la empapaba el cuerpo, los ojos cerrados aún, y las mejillas rojas como brasas… Cristóbal podía sentir el calor que ella desprendía, a pesar de que él mismo estaba igual, jadeante, sudoroso y emitiendo calor como una estufa de butano… qué increíble había sido… Quiso incorporarse sobre un codo y besarla, pero apenas lo intentó, volvió a caer de espaldas sobre la moqueta, su cuerpo no estaba dispuesto a consentir más esfuerzos, al menos por el momento. Se le escapó la risa por su torpeza, y Viola se rió con él, acercó la mano a la suya, y las apretaron… "si existe la felicidad en el amor a una persona, debe parecerse mucho a esto…" pensó Cristóbal mientras Viola le acercaba la cara, y tirados en el suelo se besaron.

Muy lejos de allí, Margarita intentaba recordar qué número era aquél que salía en la factura de su esposo tan a menudo… ella no lo conocía, no lo tenía en la agenda de su móvil, ¿a quién estaba llamando y mensajeando tanto Cristóbal en la última semana? Podía preguntárselo, pero para eso tenía que esperar a mañana. Para saberlo ahora, sólo había un medio, marcarlo para ver quién contestaba…

(continuará)