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martes, 1 de enero de 2013

Jugando a ciegas


Bufffffff… Estaba muy cansado, pero satisfecho. O satisfecho, pero muy cansado, depende de cómo lo pensara. Beto volvía a casa en autobús, la parada estaba en la puerta de su trabajo y le dejaba casi a la puerta de su casa, era tontería gastar en gasolina cuando el abono salía por lo mismo y encima le llevaban y podía echar una cabezadita cuando no estaba muy lleno, como hoy. Habían terminado la documentación de una inspección que había llevado a Carvallo (el más despiadado y eficiente de los inspectores, le llamaban Zorro Carvallo) más de dos meses, pero el inspector casi no cabía por la puerta: veinticinco enchironados, varias cuentas millonarias congeladas, diez locales cerrados, doce pisos a subasta pública y un sinnúmero de objetos de arte y valiosos en general no declarados, requisados. El culpable de tamaña afrenta a la hacienda pública (como la definía Carvallo) había intentado esquivarles declarándose insolvente por aquí, no residente por allá, y mediante esas y otras triquiñuelas de leguleyo, lo había ido logrando durante años, pero cuando al Zorro Carvallo se le metía algo entre ceja y ceja… por una amante del culpable, le habían pescado y luego tocaba ordenar todas las pruebas documentales para el juicio que le costaría, como poco, once añitos de prisión. Lo habían hecho en tiempo récord, y en gran parte gracias a Dulce, que era una máquina calculando y, modestamente, gracias también a él, que era un fiera reteniendo datos.

Esa tarde, eso sí, Dulce había pedido permiso para marcharse un poco antes, alegando que se encontraba mal. Puesto que ya todo estaba prácticamente hecho y que los días anteriores se habían quedado más, Carvallo se lo permitió sin dudarlo y hasta le ofreció lo mismo a Beto, pero él se había negado, podía seguir. Ahora, con la satisfacción del deber cumplido, se iba para casa, estaba deseando descalzarse, tirarse en el sofá y ponerse a ver alguna película. Luego podría llamar a Dulce, quizá le apeteciera cenar con él, y, quién sabe… puede que después, quisiera hacerle cositas…

Beto sonrió pícaramente al pensar en aquello. La verdad es que nunca en su vida recordaba haberse divertido tanto y menos, en compañía de alguien. Dulce y él llevaban muy poco tiempo saliendo, aún no hacía ni un mes, aunque… quizá fuera más correcto decir que en lugar de saliendo, estaban entrando, porque casi lo único que hacían era entrar el uno a la casa del otro y allí… tener relaciones. A Dulce le gustaba mucho cocinar, y el cine, y generalmente preparaban juntos algo de comer, empezaban a tontear con la comida en plan "coge la mitad del panecillo con la boca y yo muerdo la otra mitad", y cosas así. El bueno de Beto intentó hacer memoria de sus relaciones, y tuvo que reconocer que, con toda probabilidad, había tenido más sexo en las últimas tres semanas que en toda su vida. Sobre todo si se tiene en cuenta que su ex mujer no había sido muy concesiva en ése aspecto y ni siquiera le dejaba eyacular.

El autobús llegó a su parada y Beto se bajó, arrebujándose en su abrigo, la tarde amenazaba lluvia y hacía frío. "Ojalá el tiempo se arregle un poco para el sábado…" pensó echando a andar, porque el sábado era el primer partido de fútbol de la liga aficionada que hacían entre los ministerios, el ayuntamiento y las asociaciones vecinales que compartían el edificio de oficinas donde trabajaban. Los Incorruptibles de Hacienda contra Los Buitres de Urbanismo, sería una pena suspenderlo por lluvia… Cruzó la calle y recorrió los escasos metros hasta su portal, devolvió el saludo al portero con una sonrisa y subió hasta el segundo, pero al ir a sacar la llave para abrir, descubrió una notita adhesiva en la puerta:

"Hola. Quería estar contigo y he venido a verte, espero que no te importe, estoy dentro.
Dulce".

¡Dulce había venido! Beto empujó la puerta, ella tenía su llave y había dejado sin cerrar, se quitó el abrigo y dejó la cartera en el suelo. Qué calorcito tan rico, había tenido el detalle de poner la calefacción. En la pared del perchero había otra nota:

"Estoy algo malita y me he metido en tu cama. En cuanto llegues, por favor, entra a verme".

Ay, pobrecita, ¿qué le pasaría? Quizás había cogido frío en los días anteriores, saliendo tan tarde, era normal… o tal vez estaba con el mes… fuera como fuese, Beto cruzó el salón sin beber ni agua y se dirigió a la alcoba, de la que salía una música bajita. Entró lentamente, a lo mejor se había dormido… la lamparita de la mesilla de noche estaba encendida, pero Dulce había puesto un pañuelo rojo sobre ella, de modo que la habitación estaba en una penumbra rojiza. Estaba claro que tenía sueño la pobre, por eso había tapado la lámpara. Pero estaba despierta, metida en la cama, tapada hasta el pecho, vuelta de lado hacia él, sólo su brazo desnudo salía de entre las mantas. Le sonreía. Beto se acercó a ella de inmediato, sonriéndola con ternura.

-¿Cómo te encuentras? – preguntó bajito.

-…Yo preferiría que me encontraras tú, cielo. – la voz de Dulce era un susurro grave, y Beto se quedó desconcertado. La joven sonrió, ¿cómo era posible que pudiera ser tan guapo con tanta cara de alelao…? - ¿Rojo, blanco, o negro….?

Beto tenía expresión de indecisión. A veces, cuando estaba confuso, sonreía con apuro o tristemente, pero ahora ni eso podía hacer… tenía esa dulce cara de extrañeza que se le quedaba cuando sentía que había algo que no entendía, pero ni siquiera sabía qué.

-….¿Negro? – musitó, vacilante.

-Oh, vaya… - contestó ella y se destapó, dejando ver un delicioso conjunto de corsé de encaje con motivos de flores en vivo color rojo, con tanga igual y sin medias. Sus piernas se cruzaban y deslizaban suavemente sobre el colchón – Pensé que te gustaría de rojo…

Beto se había quedado literalmente sin habla. Sabía que debía mirarla a los ojos, no era educado mirar tan fijamente su cuerpo, sus pechos redonditos aupados por el corsé, su cintura estilizada, sus caderas anchas y sus piernas torneadas.

-Me… me gusta el rojo. El rojo está bien – logró balbucir. – Te gustan mucho los corsés… - de pronto, le vino la iluminación – Tú no estás malita.

Dulce se rió alegremente y con mirada pícara sacó su pie de la cama y lo dirigió al incipiente bulto que hacía el pantalón de su novio, que soltó su risita tonta y se dobló ligeramente de gustito, pero se arrimó un poco más a la cama.

-Estoy malita de amor por ti. – dijo ella con aquélla voz un tono más baja de lo normal que a Beto le hacía pensar en lenguas de alquitrán caliente extendiéndose por una acera – Ven aquí a curarme, corazoncito…

El pie de Dulce frotaba y apretaba la virilidad de Beto, que no dejaba de sonreír notando, encantado, cómo "su tita" como él la llamaba, crecía imparablemente. Nunca le habían acariciado con los pies, de hecho, ni se le había ocurrido que pudiese hacerse…

-¿Tú… tú lo que quieres, es que hagamos cositas…? – preguntó con timidez. Dulce sonrió más abiertamente.

-Muy bien, mi chico, ¿cómo lo has adivinado?

-Eeeh… bueno, no ha sido fácil, has sido muy sutil… Lo de tu pie, podía ser sólo una caricia juguetona, pero has empezado a frotarme y ahí ya lo he deducido… - Beto podía ser muy sensible a las caricias, pero absolutamente impermeable a las ironías. Dulce le hizo signos de que se acercara con el dedo índice mientras se hacía un poco a un lado para dejarle sitio en la cama. El funcionario hizo ademán de desnudarse pero ella le llamó.

-No te molestes con eso, sólo descálzate y ven aquí de una vez. – Beto se descalzó, pero objetó.

-Vale, pero… es que a mí no me gusta acostarme vestido.

-No vas a permanecer mucho tiempo vestido, es sólo que quiero desnudarte yo… ¡ven aquí con tu Dulce, mi hombretón! – Beto apenas se había inclinado para meterse en la cama y ella le agarró de la camisa y tiró de él, entre las risas de ambos. El funcionario la abrazó por la espalda y sintió que ella le tapaba hasta los hombros y le acariciaba las piernas con las suyas mientras le besaba… qué bien le sabía la boca, primero vainilla del protector labial y enseguida menta del enjuague bucal, y su lengua, su lengua era dulce… Beto se extasió en la maravilla que para él representaba sentir aquéllos besos, lujuriosos, apasionados, profundos, pero tan llenos de cariño… Cuando Dulce besaba, no lo hacía sólo con la boca, era como si besara con todo el cuerpo, porque sus manos no paraban quietas, entre caricias tiraban de la chaqueta para sacársela y aleteaban suavemente por su cuello y su cara. Sus dedos en sus mejillas, bajando hasta su cuello y sus hombros eran tan agradables…

Dulce estuvo tentada de tirar la chaqueta fuera de la cama cuando se la quitó, pero decidió dejarla allí, estaba tan calentita y olía tan bien a su Beto… Quería darle placer, "hacerle cositas" como él decía, era tan adorable en su inocencia, mírale qué carita ponía, parecía a punto de echarse a llorar de lo feliz que se sentía. Era como tener que seducirle todas las veces. Dulce intentó bajar en sus besos, desabrocharle la camisa y lamerle el pecho, pero cada vez que lo intentaba, Beto emitía un adorable gemidito de protesta y la llevaba de nuevo hacia su boca para seguir besándola.

-Qué lindo eres… - musitó entre besos sonoros – cuánto te gusta besar… saca la lengua. – Beto obedeció y Dulce la acarició con la suya, arrancando gemidos de excitación del pecho de su amante. Tenía las gafas completamente empañadas; Dulce sabía que a él le daba mucho miedo estar sin gafas, aún cuando las tuviese sucias, porque lo veía todo borroso, pero aún así, con mucha suavidad, acariciándole la cara, dirigió su mano a una de las patillas para quitárselas. De inmediato, Beto se las aferró como si pretendiese quitarle un salvavidas.

-¡No… no veré nada! Me da miedo no ver nada. – gimió lastimeramente, pero Dulce no soltó. Sin tirar, con mucha ternura, le besó nuevamente.

-No tienes que tener miedo, cielito… yo estoy contigo. No me voy a marchar ni nada, me tendrás agarrada todo el rato, no va a pasar nada malo, y… ¿Quieres que apague la luz? De ese modo, tampoco yo veré nada, estaremos empatados, ¿quieres?

Beto vaciló. Aquélla idea, más que darle miedo, parecía confundirle, ¿si lo hacían sin ver, cómo sabrían…? Dulce le besó de nuevo.

-Tendrás que tocar… para saber dónde tocar. Será divertido. Confía en mí. – Eso fue lo último que dijo Dulce antes de que la mano de Beto saliera de la cama y apretase el interruptor que apagó la luz. De la calle apenas entraba nada de luz diurna, ya casi había oscurecido del todo y la farola más cercana o las luces de otros edificios no llevaban a la alcoba más que un poco de penumbra. La joven sonrió, Beto había sido capaz de vencer uno de sus más feroces miedos sólo porque se fiaba de ella. Sólo por eso, ya tenía que hacer que quedara más que contento, y lo iba a lograr. Se colocó directamente sobre él y le quitó las gafas, dejándolas en la mesilla. En la penumbra del cuarto, podía entrever su carita de susto y sus hombros encogidos, qué tierno… le acarició la cara y las manos de Beto se dirigieron a las suyas. El beso fue tan dulce que hasta ella se sorprendió. Muy lentamente, su boca se posó en la de él, sus labios se apretaron y frotaron cálidamente, y casi enseguida, la lengua de la joven lamió los labios del funcionario. Éste la dejó entrar con un gemidito que partía el alma en su desamparo, y Dulce le exploró la boca hasta dar con su lengua, que parecía querer imitar sus movimientos. Cuando topó con ella, se quedó quieta por un segundo. Haciéndose desear. Saboreando. Cuando al fin acarició, Dulce pudo distinguir que Beto abría por un momento los ojos, para volver a cerrarlos. Los había puesto en blanco de gusto.

Sus lenguas juguetearon una sobre otra, Dulce sonrió para sí, pensando que quizá a Beto le gustaba tanto besar porque sabía que lo hacía bien, para él los besos eran "terreno seguro". La joven le cogió de las manos, que aún tenía sobre las suyas en su cara, y las llevó a sus hombros, para que se sintiera seguro al tenerla agarrada, y empezó a bajar, besando su pecho, abriendo lentamente la camisa y tirando de ella para sacarla del pantalón. Beto jadeaba, lleno de ganas, hubiera querido ayudarla a desvestirlo, pero no la soltó. Dulce le besó el pecho, lamiendo quedamente, mientras su manos se dirigían al pantalón de su amante y soltaban el cierre. Inconscientemente y entre gemiditos, él se deslizó un poco por la cama para que la prenda se bajara y ella subió los pies para pescarla con ellos y tiró, bajándola prácticamente del todo. En sus besos, Dulce dio con uno de los pezones de Beto y lo tomó entre sus labios, succionando de él.

-¡Mmmmmmmmh…! Ay, sí… - musitó él, abrazándola contra su pecho, mientras sentía que su pezón se endurecía entre los labios de su amante y latigazos deliciosos de placer le recorrían el pecho y se reflejaban en su columna. Dulce emitió una risita y mientras lamía ese pezón y buscaba el otro entre el vello, su mano libre bajó a la ropa interior de su amante y asimismo la bajó. "Aún llevo ropa y sin embargo estoy desnudo" pensó Beto deshaciéndose de placer bajo la lengua y las caricias de Dulce "Desnudo entre sus brazos y sin mis gafas, me tiene a su merced… debería darme miedo, pero suena tan bien…". Las manos de su amante pararon por un momento de acariciar para tomar las de él y llevarlas al cierre del corsé. Beto se sintió por un momento como una especie de seductor, él abriendo un corsé… nunca había desnudado a nadie. Antes de con su ex mujer, sólo había estado con una chica de la universidad que había intentado hacerlo con él por una apuesta, y no había sido capaz de llegar al final, dijo que le daba demasiado asco, y desde luego, no le permitió tocarla, y su ex, tampoco le dejaba. En las escasas ocasiones en que le usaba para darse placer, se limitaba a quitarse las bragas, pero jamás el camisón. Que él recordase, sólo un par de veces la había visto desnuda… y tampoco le dejaba tocarle los pechos, siempre decía que le dolían. Las escasas veces que él había intentado meterle mano, ella le frenó bruscamente. Vistas así las cosas, Beto había pensado que lo normal, era aquello y no de lo que disfrutaba ahora… o intentaba disfrutar, ¿cómo se abría este chisme?

Dulce subía dando besitos suaves por el cuello de su amante, notando los inútiles tirones que éste daba del corsé, sintiendo cómo palpaba a la búsqueda del cierre para hacerse a la idea de qué tipo de abrochado llevaba para saber cómo soltarlo, pero sin lograrlo. Riendo tiernamente, llevó las manos a la espalda para coger las de Beto. Éste se dejó hacer, y la joven tiró en sentidos contrarios de cada lado de la prenda para abrir uno de los cierres. Su amante suspiró de felicidad, y repitió la operación en sentido ascendente, con lentitud… era la primera vez que desnudaba a una chica, aunque sólo fuese en ropa interior de hacer cositas, pero quería saborearlo. Le parecía que se oía un suave "tic" cada vez que soltaba un enganche. La espalda suave y curvada de Dulce iba quedando libre a cada tironcito, y cada vez que rozaba la raya de la columna, ella gemía suavemente. Despacio, escalón por escalón, fue soltando el corsé, cuyos cierres parecían no querer acabar nunca, pero al fin, notó que la prenda quedaba floja y suelta sobre su propio pecho. Con manos temblorosas, agarró el corsé y tiró de él, notando cómo se deslizaba por entre sus cuerpos, y enseguida, la piel suave y ardiente de Dulce, los pechos blanditos y tersos, hicieron presión sobre el suyo. Un poderoso escalofrío le hizo temblar de pies a cabeza. Ella se rió suavemente y se deslizó sobre él, hasta dejarle las tetas prácticamente en la cara.

-Chúpalas… - pidió, pero casi ni hizo falta, a Beto le encantaban sus pechos calentitos y dulces, no podía dejar de recordar la primera vez que los lamió, llenos de helado, era algo que quería repetir, pero aún le daba corte pedirlo, ¿y si Dulce le tomaba por un pervertido? No podía ver nada, pero eso ya no sólo no le ponía nervioso, sino que le estaba empezando a gustar eso de que sus manos y toda su piel hubieran ocupado el lugar de sus ojos. La joven dejó escapar un gritito de gusto que le encantó, y él empezó a acariciar suavemente sus pechos, ansioso por que ella gimiera más. Su lengua se paseaba entre ambos pechos, haciendo círculos, deteniéndose deliberadamente en los pezones y atrapando éstos en su boca, mientras los rozaba con la punta de sus dedos. Abría bien la mano, para alcanzar lo más que pudiera, y retrocedía cerrándola hasta llegar al pezón, con mucha suavidad, más cosquillas que caricia… a Dulce debía estarle gustando a juzgar por cómo se reía por lo bajo y cómo se retorcía. Cuando habló, ya no quedó duda – Mmmmh…. Qué rico lo haces… me acaricias tan suavecito… ¿sabes que es un poco una tortura?

-¿Quieres decir que te hago daño? – Beto paró al instante, y ella se corrigió.

-¡No, no cielo…! Por favor, sigue, me encanta, me gusta mucho… Lo que quiero decir es que algo que me gusta, pero que me da más ganas aún, y eso es muy bueno… verás, es algo como esto. – Dulce juntó las piernas y apresó el miembro erecto de Beto entre ellas, rozándolo contra su sexo apenas cubierto por el tanga, húmedo y tan caliente que casi quemaba. Su amante se estremeció y dejó escapar un gemido ronco. Ella le soltó y él se puso inconscientemente a dar meneos de caderas, buscando otra vez esa sensación maravillosa de calor y presión. - ¿Ves? Eso te ha gustado, pero te ha puesto más ganas aún… en el sexo, es lo que se llama torturar, y no hace daño, sino que da gustito, mi vida, ¿lo entiendes ahora?

Beto asintió. Otra vez tenía ganas de llorar, no podía evitarlo. Le pasaba casi siempre que tenían relaciones, y es que ella era tan buena con él. Ninguna chica (ninguna de las dos con las que había estado, se sobreentiende) lo había sido, todas se desesperaban y le decían lo idiota que era. Y puede que tuviesen razón, al principio de conocerse la propia Dulce le había tratado igual, pero luego… luego le había enseñado lo buenísimo que podía ser el estar con una chica, ahora entendía por qué los otros hombres era algo que querían por encima de todo. Sintió que Dulce le cogía de las manos y le besaba los dedos suavemente.

-Sigue chupándomelas, lo haces muy bien… - susurró y le llevó las manos a sus nalgas. – oooh… apriétame aquí. – Se sintió un poco cohibido, pero obedeció y le apretó las nalgas, Dulce gimió de gusto y le movió de nuevo las manos, haciendo que con los pulgares pescase la cinturilla del tanga. – Ahora tú decides… cuando quieras penetrarme, bájalo. Tú tienes el control.

Era demasiado para él. Beto se conformaba con dejarse llevar… ¿y si no lo hacía en el momento adecuado, lo hacía muy pronto o demasiado tarde? ¿Había alguna señal para ello? ¿Y en caso de que la hubiera, cómo se las iba a arreglar para percibirla sin gafas y a oscuras? Dulce se deslizó un poco hacia abajo para besarle la boca otra vez.

-No tengas miedo, no te pongas nervioso… sólo hazlo cuando tú quieras hacerlo, no te preocupes de más. Yo tengo ganas, corazoncito, muchas ganas, no temas que no esté preparada. Y no se me van a pasar, así que no temas tampoco hacerme esperar. Hazlo cuando tú lo quieras.

Beto sentía que el hilo de tela le quemaba las manos. Sus dedos se movían muy suavemente, haciendo sobre las nalgas las mismas caricias que antes en los pechos.

-Du-Dulce… es que yo… quiero ya. – Sintió que había bajado un poco la cabeza al decir aquello, pero la risita de su amante le tranquilizó.

-Pues hazlo ya. Tira hacia abajo. – Beto sonrió y obedeció, estiró por completo los brazos y la fina prenda dejó al descubierto el pubis caliente y casi chorreante. Se le escapó un gemido tartamudeado por la terrible ola de placer que le invadió al sentirlo pegado a su erección y Dulce se rió del sonido, era de una ingenuidad tan tierna… Sin terminar de quitarse el tanga, la joven se movió, deslizándose hábilmente sobre el cuerpo de su amante y con una mano le guió el miembro. Beto tiritó de placer al notar cómo entraba muy despacio. Dulce dobló las piernas lo poco que pudo con el tanga a medio camino de sus rodillas y empezó a moverse con lentitud.

-Ay… aaay… sí… - susurró él, aún con las manos en las nalgas de Dulce. Sólo veía una sombra borrosa que se movía sobre él, pero las sensaciones que le colmaban le daban mucha más información que si tuviera las gafas puestas y la luz encendida. Los brazos de la joven, apoyados sobre su pecho con las manos intentando acariciarle los hombros, le decían todo lo que le quería. Su rajita moviéndose sobre él, le contaba lo mucho que se divertía con él, el placer que le daba. Sus piernas temblando junto a las suyas le informaban lo cerca que estaba de gozar. El sonido cantarín de su risa y sus jadeos le decían que lo estaba pasando muy, muy bien… y era gracias a él. ¿Quién necesitaba gafas?

-Me gustaaa… - jadeó ella, moviéndose curvando la espalda, como un gato que se estirara – me gusta mucho… mmmh… ¿notas que así, no entra del todo? Eso también es un gustito especial… quieres más, quisieras que entrara hasta el fondooo… pero no se puede, y eso da mucho deseo y mucho placer…

-Sí… sí… da… me da mucho placer… - Beto notó que se había sonrojado, "placer" era una palabra tabú para él, algo prohibido que sonaba casi como un taco… el decirlo le hacía sentirse aún más caliente… quería aguantar hasta que ella terminara, pero tenía tantas ganas de tener el suyo… Qué maravilla sentir cómo Dulce se movía en círculos y de atrás hacia delante sobre su tita… a cada movimiento, la punta se rozaba con el interior tan cálido y suave, se estaba volviendo loco de gusto. El picorcito que anunciaba el orgasmo era un poco más intenso, un poco más largo a cada roce, unos cuantos toques más y no podría contenerse, su momento cumbre llegaría y no podría hacer nada para evitarlo, ¿cómo la satisfaría a ella entonces?

-Ooooh… pero qué bueno eres… - Dulce jadeaba entre los besitos fugaces que le daba – Betito… no es preciso que tengas las manos quietas ahí, salvo que lo quieras… tócame por dónde tú quieras…

Beto puede que no fuese muy listo, pero tenía buena memoria, y al oír aquello recordó el modo en que ella gemía al acariciarle la espalda cuando le quitó el corsé. Quizá pudiera darle más gusto así.

-¡Mmmmmmmmmmmmmh! – Dulce rió entre gemidos y se estremeció visiblemente sobre él cuando Beto, con la punta de los dedos, se paseó a capricho por su columna vertebral. "Le gusta…" pensó, sonriente, y bajó de nuevo hasta el inicio de las nalgas, y empezó a subir despacio, cosquilleando con los dedos, siguiendo el carril de la espalda hasta llegar a la nuca… conforme se acercaba, los temblores de Dulce eran mayores y a él se le escapaba la risita tonta. – Qué bueno… si-sigue… ¡sigue! Mmmmh… me pones la piel de gallina-aaaaah…

Dulce se reía y se retorcía entre sus brazos, a Beto le daba vueltas el estómago, qué pillo se sentía dándole gustito. La joven no podía parar quieta, aquéllas cosquillas en su columna la habían hecho volar, no podía aguantar más, tenía que correrse. Aceleró ligeramente sus movimientos y Beto, entre jadeos, también aceleró sus cosquillas, subiendo más en cada viaje, acercándose a su nuca "si me toca la nuca, me voy a correr, lo sé… ¡nunca me había pasado… pero me encanta!" pensó la joven mientras el frotamiento en su sexo era más intenso cada vez, y las deliciosas olas de placer la invadían sin tregua, no aguantaría mucho más…

Beto siguió subiendo, saboreando cada gemido, cada estremecimiento que sus dedos producían en su amante. Pasó el límite de los hombros y le pareció que ella asentía. Subió un poco más, y sus dedos hicieron cosquillas y llegaron a la nuca.

-¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…..! – el latigazo fue instantáneo, el orgasmo llegó para Dulce sin segundos previos de aviso, fue un escopetazo de placer que la sacudió de pies a cabeza, haciéndola encogerse sobre el pecho de su Beto, que visto lo que había conseguido, siguió acariciando en círculos cosquilleantes la nuca de su amante, que no dejaba de moverse sobre él, rozándole sin parar contra su interior. "Yo tampoco aguanto más…." Pensó con esfuerzo el funcionario y él mismo movió las caderas para aumentar el placer, el picorcito travieso se hizo más potente y finalmente la presión cedió, dando paso a una oleada de esperma tórrido cuya poderosa expulsión le hizo gemir desmayado mientras sentía cómo su cuerpo se contraía para hacerlo salir a presión. Apretó a Dulce contra él y ambos pudieron notar que parte de la descarga se salía, escurriéndose entre el sexo de ambos, espeso y sobre todo caliente, tan caliente…

Notando los jadeos de la joven cerca de su cuello, Beto se dio cuenta por primera vez que la había tenido sobre él todo el rato, y no había notado que pesara… qué curioso… con su ex, siempre estaba encima. Con ella, no hacía cositas. Hacía flexiones. Eso, no era una ironía que se le hubiese ocurrido de pronto, es que para él, era la pura verdad.

"Sí, señor, tonto, corto, lento, incapaz de pescar una simple pregunta retórica y todo lo que tú quieras… pero mira cómo ha sabido encontrarme un punto flaco, aquí el tontorrón…" pensó Dulce, sonriendo aún jadeante, acariciando el pecho de su amante.

-Betito… si quieres, ¿te paso tus gafas y encendemos la luz….?

-Oh… bueno, vale. – contestó él, como tristoncillo.

-¿Qué pasa, corazoncito, es que no te ha gustado?

-Sí, mucho… por eso me da pena, ¿ya no vamos a seguir más hoy?

Dulce sonrió con picardía.

-Betito… tú sabes que el que esté la luz encendida, no implica que no haya sexo…

-Menos mal – dejó escapar su risita de tontorrón, y luego, algo más preocupado, continuó – Porque… me estoy dando cuenta que mi tita, no quiere bajar…

-¡No enciendas! – dijo enseguida la joven, y se metió bajo las mantas como un rayo.

-¿Qué….? – pero el subidón de gusto le interrumpió la frase y le hizo encogerse entre risas y temblores de éxtasis- ¡Auyyyyyyyyyyy…. Mmmmh… Dulceeee… e-eso… eso no se hace sin avisar…! Mmmmh… huy… huyhuyhuy…