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lunes, 18 de febrero de 2013

Aullidos (primera parte)


A Bobby le gustaba mirarla. No era de su raza, ella era humana, como el resto de la servidumbre de la lujosa casa de Nueva Inglaterra, pero aún así, era bonita para mirarla. Bobby era el menor de los hermanos, herederos de los terrenos, los negocios, la casa y todo ese renombre, abolengo y lujo asociados al apellido, y sobre todo a la condición. A la raza. Sí, los Wolfson pertenecían a ese tipo de cosas, de seres que… vosotros, los enteramente humanos preferís ignorar. Esas cosas que decís a vuestros niños que "no existen", pero que ellos siguen temiendo, porque el temor se hereda, se lleva dentro de la memoria y no se olvida. Es una medida de seguridad de la propia Naturaleza, como el despreciar las cosas que saben amargas porque pueden estar fermentadas y ser venenosas. Bobby Wolfson era un licántropo.

Dentro de las familias de licántropos, donde hasta para hacer la corte una pareja se enfrenta físicamente, las cosas no son siempre fáciles, en especial cuando eres el menor, y más aún cuando tu temperamento no es tan ardiente como el de otros miembros de tu raza o de tu clan. De hecho, Bobby había sido el tercero, pero ahora ya sólo quedaban dos hermanos, él y el primogénito, Allan. El mediano había muerto cuando Allan contaba sólo once años y aquél diez. Se habían peleado y el mayor había vencido; el mediano se había tumbado boca arriba, adoptando la postura de la súplica. Esta postura era poco menos que sagrada, no se hacía ningún daño a quien la tomaba, aunque fuese un enemigo mortal… Allan había tendido la mano a su hermano como si fuese a ayudarle a levantarse, y en lugar de eso, le desgarró el vientre y la garganta, separándole la cabeza del cuello. Bobby tenía sólo seis años entonces. Su madre había llorado. La debilidad entre los licántropos era algo en lo que ni siquiera se pensaba, pero a una hembra le estaba permitido tener un momento débil en circunstancias como aquélla, por más que fuese un orgullo para su padre el que su hijo mayor fuera tan cruel, pero de todos modos, eso no evito que Allan fuese salvajemente castigado por sus progenitores. "Si me he librado de él, ha merecido la pena" declaró cuando salió del coma. Y en parte tenía razón, el hermano mediano había caído en el olvido, su nombre borrado de los registros familiares y todo el mundo se comportaba como si nunca hubiese existido. Había sido débil, y la familia renegaba de él por completo.

Bobby sabía que en su clan se mezclaban la sangre de su padre y su madre, y las ramas de la familia se dividían entre los más salvajes y los más moderados. Su madre pertenecía a esta última rama, a aquéllos licántropos que defendían una existencia pacífica, sin luchas entre clanes, sin abusar de los humanos… Su padre, por el contrario, pertenecía a la rama más exaltada. Pensaban que cualquier medio era bueno para conseguir un fin, que los humanos eran carne, ganado, y no merecían consideración alguna, eran simples bestias. Por eso, Allan era el favorito de su padre, y Bobby el de su madre, y bien sabía él que eso los abocaba tarde o temprano a una lucha, por más que el mismo primogénito intentase retrasar ese momento, y no porque tuviera ningún miedo, sino porque, mal que le pesase, quería a su hermano.

En una familia de licántropos, la sucesión, por defecto, recae en el primogénito varón, para él es todo, nunca se reparte nada, salvo que éste así lo desee, pero puede dejar desposeídos a sus demás hermanos si es su capricho. Por regla general, los licántropos fuertes permiten a sus hermanos vivir y les dejan algo para hacerlo dignamente, porque saben que el instinto de estos les forzará a luchar entre sí, hasta que uno sólo controle a los demás o los destruya y finalmente se enfrente con él. Estas luchas fratricidas mantienen alerta a los miembros de la familia y proporcionan… sal, a las largas vidas de los licántropos. Los licántropos débiles suelen ejecutar a los demás miembros de su familia porque temen enfrentarse a ellos en el terreno de la astucia. Pero la sucesión se complica cuando los padres tienen como favorito a uno que no sea un primogénito varón, como es el caso, que cada progenitor tenía como preferido a uno de sus hijos. Entonces, la sucesión se convertía en un juego de apuestas, en una especie de carrera, en la que los hijos debían demostrar quién de ellos era el mejor.

A Bobby no le cabía ninguna duda: él podía ser más inteligente que su feroz hermano, pero éste era mucho más fuerte que él, más astuto e indefiniblemente más cruel. Aquello había ocasionado algunos problemas durante su vida, pero una familia rica tiene muchos medios de tapar las cosas. Siendo pequeño, su padre los llevaba de caza, pero muy pronto Allan había organizado su propia partida con amigos de su edad, primos suyos en su mayoría, y los asesinatos y secuestros en el pueblo cercano empezaron a ser abundantes. Su padre fingía regañarle en público por su poco disimulo, pero le exaltaba en privado, enorgullecido de su salvajismo. Bobby detestaba aquéllas partidas de caza, y el olor a sangre y miedo que Allan llevaba impregnado en la piel al volver. Su hermano quiso llevarle muchas veces, pero él se negaba, decía que temía no estar a la altura, y su madre le disculpaba diciendo que era demasiado pequeño aún. Por entonces, Allan tenía casi diecisiete años, y Bobby apenas doce. "Yo maté por primera vez siendo más joven que tú", le decía su hermano mayor "no son más que excusas, ¿ya tienes erecciones, verdad? Entonces, estás preparado, vendrás conmigo y te harás un hombre de una vez".

El tono no admitía réplica, y Bobby lo acompañó aquélla noche. Llevaban escopetas y perros, para disimular, como siempre hacían, aunque los rastreadores y las armas, eran ellos. Allan le dijo que se quedase a su lado, y él obedeció, corrió a su lado, ambos aún en forma humana, pero conservando las temibles garras y las afiladas fauces de las que ni en su estado homínido podían deshacerse. Olfatearon su presa, y un hombre solitario quedó en el punto de mira. Llevaba una escopeta de dos cañones, era un cazador furtivo.

-¡Es mío! – rugió Allan y pegó un empujón a su hermano para que lo siguiera, Bobby se lanzó a la carrera, ebrio de las sensaciones de persecución y caza; era mucho mejor de lo que se había imaginado, era emocionante, divertido… Allan le frenó, a pocos metros. El tipo de la escopeta miraba hacia todas partes, sabía que había algo oculto, pero no sabía qué. El primogénito le sonrió y le hizo un gesto con la cabeza. Le cedía el primer golpe. Bobby estaba muy nervioso, y ahora, lleno de dudas, pero ya era tarde para echarse atrás. Su hermano se señaló la garganta, ahí era donde debía atacar… Bobby supo que no cabía esperar más, se abalanzó sobre el hombre, éste levantó la escopeta, un trueno pareció reventar la noche en mil pedazos y el joven aulló de dolor, sintiendo que se abrasaba de dentro a fuera, pero se forzó a continuar su ataque, y sus fauces se cerraron en torno a la garganta del furtivo.

Un sabor salvaje, salado y abrasador inundó su boca cuando la carne y las venas estallaron entre sus colmillos afilados, y entonces una orgía de aullidos resonó a su alrededor, mientras el furtivo daba los últimos estertores, con los ojos desorbitados y las manos convulsas en torno a la inútil escopeta. Su hermano le revolvió el cabello negro mirándole con orgullo. El escopetazo del vientre aún le dolía, pero ya no sangraba, en poco rato habría cicatrizado… los licántropos son difíciles de matar, su cuerpo se cura con mucha mayor rapidez, por eso se mantienen jóvenes durante mucho más tiempo y viven a lo largo de los siglos.

-Ya eres un licántropo completo, hermanito. – bromeó Allan – has dejado de ser un niño. – Una parte de Bobby le decía que aquello era espantoso, que matar seres humanos por deporte, aunque se tratase de uno que hubiera infringido la ley, era una aberración… pero esa parte quedó ahogada por la sensación de salvaje triunfo, de inconmensurable orgullo. Alguno de los amigos de Allan intentó dar un bocado a la pieza, pero éste rugió y los ahuyentó brutalmente, llegando a morder a un par de ellos, que se retiraron asustados, respetando la jerarquía. Allan desgarró con sus garras el vientre del furtivo y las entrañas se desparramaron. Bobby se tragó la emoción que sentía y hundió la cara en las vísceras, comiendo a grandes bocados. Estaban tiernas y calientes, jugosas y sabían a protagonismo, a victoria, a crecimiento. El joven sabía que lo que su hermano acababa de hacer era algo muy valioso. No sólo le cedía el primer bocado, sino también el mejor, el más blando y carente de huesos. No era ninguna tontería, Allan le estaba diciendo lo mucho que le quería y lo orgulloso que se sentía de él. Aquélla noche, Bobby volvió a casa ebrio de sangre por primera vez, con la promesa de que en la próxima cacería, Allan lo llevaría después al burdel para que se desvirgara también en el aspecto sexual. Y cumplió.

Aquello representó para Bobby el descubrimiento de algo desconocido, lleno de placeres, riesgos, y también enterarse de ciertos extremos atinentes a su hermano mayor. Las chicas de la casa pública literalmente temían y odiaban a Allan, y al joven le tomó poco tiempo saber la razón. Su brutalidad era casi mítica, es cierto que su tamaño, como era hereditario en su familia y al propio Bobby le había sido adjudicado también, era bastante apreciable, pero eso no era lo peor; las chicas eran profesionales, se habían hecho cargo de miembros tan grandes como el suyo y hasta verdaderamente grotescos y deformes, sin excesiva dificultad… lo peor, era su salvajismo. La chica que eligiese Allan sabía que aquél sería su último cliente de la noche, y que, con suerte, no podría trabajar en las dos o tres próximas, quedaría dolorida y marcada de mordiscos, moratones y zarpazos de la cabeza a los pies. No era extraño que ninguna chica quisiera irse con él y que tan pronto como veían llegar a la partida de caza más de una se escondiera.

Cuando Bobby llegó allí la primera noche, lo cegó el humo del tabaco y las risas, la música ensordecedora… Oyó a Allan gritar a la Madame que lo tratase bien, que era su estreno, y vio que la mujer, ya entrada en años pero aún atractiva, besaba las mejillas, por entonces ya peludas a pesar de no tener ni la veintena, de su hermano, y luego se quedaba mirándolo a él.

-¿Qué quieres para él, Allan? – Bobby se sorprendió de que una humana tratase a su hermano con tanta familiaridad, pero éste se lo permitía… era indudable que algo debían haber tenido - ¿Una chica madura, con experiencia, o alguien más joven, como de su edad? Puedo incluso darle una virgen, pero si me dices que él también es inexperto, no creo que sea lo mejor…

-Una chica joven, alguien muy cariñoso. Bobby siempre ha sido un cachorrillo sensible – Allan se carcajeó, y en seguida le abandonó para ir a buscarse una, mientras una jovencita, apenas unos años mayor que él, era llamada por la Madame. Se llamaba Dolly. Bobby estaba nerviosísimo y lleno de miedo, ¿lo haría bien? ¿Y si le hacía daño? ¿Qué sentiría exactamente? Él, como adolescente, había jugado consigo mismo, se había acariciado hasta que le parecía que estallaba y se moría dulcemente y había empapado las sábanas, pero ¿sería lo mismo que estar dentro de una mujer? Apenas ella se colocó sobre él y se sintió deslizar al interior de su vientre en medio de dulces caricias y besos, llegó a la conclusión de que no, no era lo mismo ni remotamente. El frenesí había crecido con rapidez, a pasos tan agigantados como la carrera en pos de la presa, y cuando finalmente el placer le laceró el cuerpo haciéndole tiritar y tensarse, un poderoso aullido le rasgó el pecho. Su hermano, que estaba en ese momento penetrando analmente a una de las chicas, correspondió a la llamada al tiempo que tiraba salvajemente del pelo de su montura y acabó sin poder contenerse. A pesar de que Allan la quitó después de un feroz empujón y le hizo limpiarle el miembro con la boca, la chica podía darse por satisfecha. No había durado mucho.

Durante un tiempo, Bobby siempre quiso estar con Dolly cuando iban al burdel, y su hermano le regañó por ello. "No hagas ninguna estupidez, Bobby" le había dicho, acariciándose los guantes que llevaban para ocultar las garras "Tú eres licántropo, ella no. Tú eres de sangre noble, ella una puta. Págale más si quieres, sé generoso, tenla como favorita entre las chicas… pero no hagas una idiotez. Si ensucias el nombre de la familia, yo mismo le daré caza. A ella, y a lo que pueda llevar en el vientre". Bobby intentó por primera vez enfrentarse a su hermano, pero él le agarró de las manos y se las retorció sin ningún esfuerzo "piensa con la cabeza, estúpido, ¿preferirías que fuese Padre el que se encargase de tu error?". El más joven no quería reconocer que su hermano tenía razón, pero ahí estaba acertado. Si llegaba a oídos de Padre que él tenía una amante humana, no esperaría a la posibilidad. Con el tiempo, su obsesión por la joven prostituta fue decreciendo y acostándose con otras. Si aquello hirió o no los sentimientos de ella, nunca se supo ni Bobby hizo por averiguarlo. Se sentía mal por ello, pero entre llevar en su conciencia un abandono o una muerte, prefería lo primero.

El tiempo transcurría, Bobby llegó a la veintena con espesas patillas y barba en su cara, cuerpo cincelado y abundante cabello negro, igual que su hermano mayor, si bien éste llevaba el cabello más corto. Allan tenía ya casi veintiséis años y Bobby veintiuno, se acercaba el momento de pensar en formar su propia familia, y por ende, la hora de pensar en quién sería el definitivo sucesor, pero la pareja de hermanos parecía no querer pensar en aquello. Al menos, por entonces.

"Ahora es distinto" Se decía Bobby mirando a la doncella, que le devolvía la mirada con ternura mientras podaba los rosales. Sin duda por estar mirándole, no vio las espinas de la planta y se pinchó con ellas, pero no fue nada serio, la herida apenas sangró. "Quiero seguir pensando que Allan me quiere, pero yo no estoy seguro de hacerlo ya. Realmente, quiero matar a mi hermano. Lo haría gustoso, sólo quiero que me dé la oportunidad. No me importa si me mata él a mí, en la pelea pienso hacerle todo el daño posible, se acordará toda su vida… y quizá logre matarlo yo".

Bobby se recordaba a sí mismo como el chiquillo fuerte, pero menos corpulento que su hermano, más delicado que él, más amable, más considerado… y no se reconocía en cómo era ahora. Su corazón se había enfriado desde esa noche horrible. Después de una de las cacerías. Allan parecía desbocado aquélla noche, era como si su sed de sangre no pudiera saciarse jamás, varias víctimas habían caído ya bajo sus garras, y aún así quería más, pero finalmente el agotamiento, que no la satisfacción, lo acabó venciendo y decidieron ir al burdel para terminar la fiesta, como solían hacer. Su hermano mayor estaba ebrio no sólo de sangre, sino también de alcohol, y en aquél estado podía ser peligroso. Bobby habló con la Madame para que le procurara varias chicas y no sólo una, era algo que solían hacer cuando Allan se encontraba así; entre varias, el daño era menor porque no se lo llevaba una sola, y la excitación de estar con varias le hacía terminar antes. Así, le dejó con tres chicas y él se marchó con la suya. No contó con que Allan podría querer repetir.

Cuando acabó con las tres las despidió a patadas y salió del cuarto, desnudo como estaba, a por otra. Agarró a la joven con un solo brazo y la llevó en volandas a la habitación, la chica temblaba de miedo, conocía bien la fama del mayor de los Wolfson e intentó resistirse. Ése fue su error. En los parámetros de Allan, el que una chica humana intentase resistirse a sus deseos, era como si una escopeta se negase a disparar o una pluma a escribir, era algo impensable, así que la forzó. La joven chilló y le arañó la cara, pero la piel de Allan apenas sangró, sólo consiguió despertar su furia. Los atroces alaridos de la joven desgarraron la casa. Bobby saltó de la cama, y poniéndose apresuradamente los pantalones, se dirigió al cuarto que usaba su hermano.

Allan le dirigió una mirada maliciosa, inclinado sobre el cuerpo de la joven con las entrañas abiertas, mientras comía de ella, empapado en sangre hasta el pecho. La chica tenía la cabeza en un ángulo imposible, el pelo revuelto y apelmazado por su propia sangre, la boca entreabierta en un grito mudo, y los ojos vacíos y vidriosos, mirando sin ver. Era Dolly. Durante un espantoso momento, el propio Bobby tuvo que controlarse, porque aquello llamaba a su naturaleza más primitiva, de modo que él no veía una escena dantesca ni un crimen horrendo, sino tan solo a su hermano alimentándose, pero apenas fue un segundo; a continuación se abalanzó sobre Allan, con las lágrimas cegándole los ojos y dispuesto a matarlo allí mismo… pero en lugar de eso, le hizo recoger su ropa y le sacó de allí por la ventana. Echaron la culpa a uno de los perros de caza de la partida. Nunca se supo nada. Sólo Bobby lo sabía todo y odiaba a su hermano desde entonces.

Allan no trató de explicarse, ni menos aún de disculparse. Aquello no tenía importancia, la chica era humana y una ramera, para él, para toda la familia, su vida no valía nada. Cualquier perro de caza, cualquier árbol ornamental, tenía más valor que esa muchacha… pero para Bobby, no. Dolly había sido su primer amor, aunque hubiera sido un amor casi totalmente sexual, un amor adolescente, pero había significado algo para él que le habían arrancado brutalmente. Dos días más tarde se marchó de allí. Allan fue a buscarle, no necesitaba preguntar, le bastaba con seguir el rastro, era su hermano, podía dar con él desde la otra punta del mundo. Pero Bobby se negó a volver y se enfrentaron abiertamente. "No seas niño, Bobby" le advirtió su hermano "No quiero hacerte daño". Pero al joven no le importaba en absoluto lo que su hermano quisiera o dejara de querer, y le provocó. Allan correspondió y por primera vez en su vida, lucharon físicamente y sin piedad.

Tuvo que ser Allan quien diese por terminada la pelea, porque su hermano pequeño, agotado, y sangrando por múltiples heridas quería continuar. Hubiera preferido que Allan lo matara entonces, pero el mayor de los Wolfson lo aplastó contra un árbol con tanta fuerza que se oyó claramente el chasquido de las costillas al partirse. "Puedes quedarte, o puedes irte" – le dijo, apresándole el cuello con el antebrazo – "pero esto se ha terminado aquí. Una zorra no merece que yo mate por ella a mi hermano". Luego le dejó caer y se marchó. Bobby también lo hizo cuando horas después, pudo volver a moverse. Pero por su lado.

Habían pasado más de veinte años desde entonces. Bobby se había hecho mucho más fuerte y duro, despiadado. Había tenido aventuras, pero no se había casado, y había procurado no establecer relaciones demasiado fuertes con ninguna; sabía que su corazón seguía demasiado inclinado al amor, y ese era un lujo que un licántropo no podía permitirse, y menos con una humana. Por lo demás, físicamente apenas había cambiado. Quizá había mayor dureza en los rasgos de su rostro, causada por el sufrimiento, pero nada más. Tampoco su hermano mayor había cambiado en absoluto, Allan tampoco había tomado aún esposa. Cuando Bobby volvió a verlo, enfundando en su elegante levita negra, le pareció más déspota, más orgulloso que antes. Allan y él se miraron casi retadoramente, como calculando las fuerzas del otro. Bobby se sintió confiado. Antes, era joven e inexperto, su hermano contaba con la ventaja de la edad, de un desarrollo físico completo… ahora en ese aspecto estaban empatados y el menor había combatido en la última guerra, se había hecho alguien, como poco, con tanta fuerza como su hermano. Los dos sabían que cuando volviesen a enfrentarse, el resultado no estaría tan claro como veinte años atrás.

Bobby no había vuelto por su propio gusto. Su madre había fallecido prematuramente. Entre la familia, la transformación animal completa casi no se llevaba ya, pero su madre amaba esa libertad, el anonimato absoluto que ofrecía esa forma y de vez en cuando, le gustaba salir a cazar como loba. Unos furtivos la habían abatido. Unos cuantos tiros no iban a matar a una licántropo, sólo estaba inconsciente, pero la desgorjaron antes que tuviera tiempo de despertarse. Mucho se temía Allan que no había sido una caza accidental, que quien lo hubiese hecho sabía que estaba matando a la señora de la casa y librándose de un licántropo, pero eso no tenía remedio ya. Lo que contaba era dar sepultura a los pobres restos de su madre… y vengarla, encontrando cuanto antes a los causantes.

No obstante, Bobby sabía que aquello implicaba otro asunto: la sucesión. Era poco probable que, tras la muerte de su madre, su padre quisiera seguir llevando sólo el clan, era más factible que decidiera pasárselo a alguno de sus hijos y retirarse, bien a guardar luto por su esposa, bien a buscar una nueva compañera. Allan sería el nuevo jefe de la familia y tendría que decidir la suerte de Bobby, y él tendría dos alternativas: obedecer y plegarse a la voluntad de su hermano… o desobedecer y convertirse en un renegado. Un renegado era alguien sin nombre, sin estatus social, alguien despreciado por sus propios congéneres y cuya cabeza había sido puesta a precio. No podía vivir entre los licántropos, ningún clan querría aceptarle, salvo que hiciese servicios muy valiosos o después de un servicio de largos años, tras los cuales podrían aceptarle o no. Ninguna hembra querría tenerle de compañero, ni siquiera por una noche, y su vida estaría en constante peligro, pues cualquiera que quisiera congraciarse con el clan Wolfson intentaría matarle para poner su cabeza a los pies de su hermano… o llevarle vivo.

No era un gran pronóstico, pero Bobby confiaba no tener que condenarse a una existencia tan miserable. Podía provocar lo suficiente a su hermano para contar con una pelea, en la cual uno de los dos moriría a manos del otro. Problema resuelto. Y sabía bien qué motivaría la ira de su hermano contra él… la joven doncella.

Se llamaba Coral. Tenía el cabello negro y los ojos de color azul claro, hermosos y fríos como el hielo, la piel muy pálida y los labios rojos. Se contoneaba sensualmente al andar, ella misma no parecía darse cuenta de ello, pero lo hacía. Se movía como si estuviera nadando, parecía deslizarse sobre el suelo en lugar de caminar, era asombrosamente ágil y tenía reflejos de gato. Que Bobby supiera, llevaba más de un año trabajando para la familia. La suya había sido casi la única cara amable que había visto en su regreso. A Allan, efectivamente, aquello no le hacía gracia. No le gustaba el modo en que su hermano pequeño miraba a la doncella, pero le gustaba menos aún que ella le devolviese las miraditas.

Su padre no se daba cuenta de esto, perdido como estaba en los recuerdos del pasado. No vertió una sola lágrima por su esposa, al menos que sus hijos supieran, pero en las últimas semanas habían muerto seis mujeres, todas esposas de cazadores furtivos. Pero su hijo mayor sí se daba cuenta del juego de la doncella. De cómo le sonreía con los ojitos bajos. De cómo le rozaba accidentalmente al pasar junto a él. De cómo se inclinaba sobre su plato al servirle… Allan estuvo a punto de hablar con su hermano, pero supo que Bobby no le haría el menor caso y aprovecharía la ocasión para provocarle, el necio de su hermano estaba buscando la bala apropiada, no podía contar con él, de modo que habló con ella.

-Deja en paz a mi hermano – dijo solo cuando se halló a solas con ella, en un pasillo.

-¿A qué se refiere el señor…? – preguntó inocentemente la muchacha.

-Lo sabes perfectamente. – sonrió, dejando ver sus afilados colmillos, pero Coral no dio señales de temor – Sé bien lo que pretendes, pero no vas a conseguirlo. No vas a entrar en ésta familia por mucho que te tires a mi hermano, si lo haces, me encargaré de que si te mete algo en el vientre, te lo saquen. Y que, preferiblemente, no sobrevivas a ello.

-El señorito me adula – contestó la joven, sosteniéndole la mirada. Era la primera vez que a Allan le sucedía, y le estaban dando ganas de abofetearla – Tiene demasiada buena opinión de mí, pensando que su hermano pueda volverse loco por las faldas de una humilde doncella. Y por otra parte, dais por sentado que a mí me interese tal cosa. Pierda cuidado el señorito, su insípido hermano no es mi tipo.

Allan lanzó el puño hacia delante para agarrarla del cuello, pero sólo agarró aire. Coral se había hecho atrás con una rapidez impensable, tanto que el licántropo quedó sorprendido unos segundos.

-Tengo que ayudar en la cocina. – dijo ella con orgullo, masticando las palabras como si estuviese aguantando las mismas ganas que él – Espero que el señorito sepa disculparme si le dejo solo.

Allan permaneció pensativo en el pasillo y finalmente se marchó. Lo que quería, lo había obtenido, eso era lo único que importaba. Lo que no sabía es que en lo alto de la escalera, oculto por el inicio del tabique, su hermano pequeño había presenciado aquélla escena.