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martes, 19 de febrero de 2013

Aullidos (segunda parte)


"Su insípido hermano, no es mi tipo", había dicho Coral para referirse a él, y no había sido una bravata, la joven era sincera, Bobby lo sabía. Pero también sabía que él mismo no era un hombre para despreciar, modestamente. Era atractivo, podía ser elegante. Es cierto que su cerrada barba y sus patillas le daban un aspecto algo desastrado, pero aunado a su fuerza, podía tomarse por un toque rebelde y algo salvaje, atrayente a fin de cuentas. No le gustaba la idea, pero sabía que le costaría poco trabajo engatusarla en caso de que fuese preciso para irritar a su hermano y que éste se decidiese a enfrentarse a él. Podía intentar la provocación directa, pero Allan difícilmente cedería a ello, por tempestuoso que pudiera ser. No caería en esa trampa, antes que a él irritaría a su padre, y eso no le interesaba a Bobby, era contra su hermano con quien quería enfrentarse.

No quería tampoco permanecer muchos días en la casa, Padre había dicho después de cenar que al día siguiente hablaría con ambos sobre el futuro de la familia, y eso sólo significaba una cosa: que la sucesión tendría lugar mañana, así que sólo quedaba la posibilidad de conseguir resultados esa misma noche. Sabía que Allan saldría de caza, o cuando menos a dar un buen paseo por los terrenos, así que si él estaba con la joven doncella, era posible que los pescara juntos, y eso pretextaría la pelea que Bobby deseaba. Por lo que le habían contado, en los últimos tiempos, su hermano mayor estaba más calmado, menos agresivo… si bien en los primeros años de su ausencia su rabia había sido mucho mayor, verdaderamente inaguantable y había llegado a matar a antiguos miembros de su partida de caza, después había ido volviendo paulatinamente a sus niveles de brutalidad habituales, y más tarde, se había ido calmando. Seguía yendo regularmente de cacerías, seguía teniendo mal genio, seguía siendo temido por cuantos le rodeaban… pero un poco menos. Su padre decía que estaba alcanzando la madurez y por tanto se haría más tratable, menos salvaje.

A Bobby no le interesa ver cómo podría ser su hermano siendo más tratable. Para él, no era más que un animal, y nunca sería otra cosa. En ese instante, antes de distinguirla, olió a Coral, y eso lo sacó de sus pensamientos. Tenía un extraño olor a recién llovido, fresco y agradable. A lo lejos, pudo verla, estaba trabajando en el jardín a pesar de la avanzada hora nocturna, y sin duda por eso solo llevaba un peto de tela fuerte, bajo el cual aún en la distancia se adivinaban sus pechos, y las toscas botas de trabajo. Algo brillaba en la espalda del peto, pero no se distinguía qué era, sin duda alguna herramienta. Bobby la observó durante un rato… era muy hermosa con su cabello oscuro brillante como la seda, y su piel pálida siempre fría. Si realmente él le parecía insípido, ¿por qué le devolvía las miradas? Estuvo a punto de dar un paso hacia ella, pero se detuvo. El viento había cambiado de dirección, y le traía otro olor. El olor de su hermano.

¿Qué hacía Allan por allí a esa hora? No lo sabía, pero era la ocasión perfecta para provocarle, sin embargo el olor a sangre que acompañaba a su hermano le hizo saber instintivamente que no era el mejor momento, era preferible esperar… y no cruzarse en su camino justo ahora. De un ágil salto se subió a un árbol y trepó a las ramas más altas, sabiendo que el aroma de las hojas húmedas de rocío taparía su propio olor. Por otra parte, conforme su hermano se acercaba al lugar, supo que tal precaución era innecesaria: su hermano volvía de caza, tenía el olor de la sangre metido en la nariz hasta la garganta, sería incapaz de oler nada.

Efectivamente, en poco rato lo vio acercarse. Caminaba a cuatro patas, como hacía cuando acechaba, lentamente. A pesar del olor que desprendía, estaba limpio, debía haber metido la cabeza en alguna fuente o charca antes de acercarse. Iba descalzo y sólo llevaba los viejos pantalones negros que usaba cuando cazaba en los terrenos y no tenía pensamiento de acercarse después al burdel. Bobby tuvo un mal presentimiento, hubiera querido gritar para alertar a la joven, pero, asombrosamente, ésta soltó la regadera que tenía entre las manos y se puso en guardia. No podía ver a su hermano, no sabía que estaba cerca de ella, pero de alguna manera, había podido notar su presencia.

"Allan está loco… o piensa matarla" se dijo Bobby, mirando desde el árbol, dispuesto para saltar si fuera necesario, pero, efectivamente, si su hermano pensaba dejarse ver de ese modo delante de la joven, o había perdido el poco juicio que nunca tuvo, o tenía intención de acabar con ella. Bobby, sin apartar la vista de Coral, empezó a bajar lentamente del árbol.

Allan se acercaba despacio, con una sonrisa maliciosa en la boca hambrienta. La joven agarró un rastrillo y lo blandió, mirando en la dirección en que se acercaba el licántropo, intentando alcanzar más lejos en la oscuridad del jardín. Allan no emitía el menor ruido, podía verla desde donde estaba agazapado, acercándose lentamente, preparándose para lanzarse. Coral abrió la boca y dejó caer saliva en las púas del rastrillo. Bobby no entendió porqué, Allan tampoco, y de repente la hierba crujió y un rugido atronó los campos cuando el primogénito se abalanzó sobre la joven. Y un aullido de dolor rasgó la noche cuando Allan se echó hacia atrás, con la piel del pecho quemada y echando humo. Bobby casi se cayó del árbol al ver aquello.

-Lo sabía… - murmuró su hermano, casi triunfal a pesar del dolor – tenemos una renegada en casa. ¿Qué clan va a agradecerme que les lleve tu cabeza?

-El mismo que me admitirá a mí cuando les lleve la tuya – Coral echó mano a la espalda y sacó dos afilados estiletes tan largos como sus antebrazos, eso era lo que brillaba, se dijo Bobby. Parecían hechos de plata, y probablemente así era. Si no le cortaba la cabeza a Allan con ellos, tanto daría que fuesen de hojalata, pero desde luego, le dolerían muchísimo más. En los pomos, podía verse un líquido verdoso moverse dentro de ellos, pero Allan no se dejó arredrar, lanzó un zarpazo, atacando desde el suelo, buscándole el vientre, pero Coral era asombrosamente rápida, se deslizaba sobre el suelo como si no tuviera pies, como si fuera… A Bobby la respuesta le pegó en la cabeza como un mazazo, Coral no era una licántropo normal, no era una loba… pertenecía a otra familia de animales, animales veloces y venenosos; era una serpiente.

Allan también se había dado cuenta, y viendo que los ataque flanqueados no servían de nada, atacó de frente, embistiéndola. Coral sonrió, dejando ver sus relucientes colmillos por primera vez, y le clavó en los hombros hasta la empuñadora los dos estiletes, apretando los pomos. El veneno se vació dentro del cuerpo de Allan, y éste gritó de dolor, sintiendo que se quemaba por dentro, era mucho más doloroso que un tiro o un navajazo, y en su rabia, hundió sus garras en el pecho de la joven. Coral dejó escapar un grito agudo, Allan apretó, pero ella se revolvió y le mordió en la mano. El licántropo tuvo que retirarse lleno de odio, el dolor cuando su piel empezó a desprenderse por el ácido veneno fue superior a su resistencia.

Se miraron retadoramente, jadeantes. Sus profundas heridas sangraban. Allan se lanzó de nuevo, intentando arrebatarle los estiletes, pero la joven se defendía como una experta, saltando hasta por encima de él, chupando los pomos en cada ocasión, para volver a llenar los depósitos de veneno. Allan la golpeaba incansablemente, pero a cada golpe dado, recibía dos, uno de la mano contraria, y el otro de la que había logrado coger cuando se retiraba. Cada vez más rabioso, la pateó el pecho y logró hacerla retroceder, pero aún así ella, en su caída, logró rajarle en la pierna tan certeramente que su sangre manó de una arteria; de no haber sido por su extraordinaria cicatrización, allí se hubiera acabado la suerte de Allan. Sangraba por múltiples cortes que tardaban más en curar debido al veneno. Intentó cogerla por ambos brazos a la vez y desgarrarla el cuello a mordiscos, y casi lo logró, pero Coral se debatió una vez más, mordiéndole el hombro e inyectándole fuego, y Allan tuvo de nuevo que soltar su presa, muy a su pesar. El dolor era enloquecedor, no podía soportarlo. De nuevo se lanzó a por ella, impulsándose con todo el cuerpo, la tumbó en el suelo e intentó inmovilizarla los brazos, y ella contestó pateándole la entrepierna con las rodillas juntas. Allan se dobló de dolor, agarrándose la dolorida hombría, y cayó de lado. Su adversaria le hincó de nuevo ambos estiletes en el estómago y los vació, luego se levantó ágilmente de un salto, caminando a su alrededor mientras guardaba a su espalda los estiletes con una floritura.

-No te levantes. – advirtió, pero Allan se puso de rodillas, intentando vencerse a sí mismo. – ¡He dicho que no te levantes!

Coral lanzó una patada al estómago de su contrincante, y éste tosió sangre, pero no cayó. Hasta Bobby estaba asombrado de aquello, pero no entendía por qué ella no lo mataba ya, lo tenía vencido…

-Estás agotado, no te tienes en pie – la joven le sacudió otra patada, más suave, en un brazo, y su hermano cayó de bruces, pero de nuevo intentó ponerse de rodillas – Has perdido. Te he derrotado. Suplica. – exigió. Allan la miró, pero contrariamente a lo que Bobby pensaba, no había odio en aquélla mirada, sino una extraña expectación, una malicia traviesa, una curiosidad pícara… y entonces entendió. Aquello podía haber empezado como una pelea a muerte, pero se había transformado en otra cosa. Su hermano y aquélla joven se estaban haciendo mutuamente la corte. Coral lanzó otra patada al estómago de Allan, que casi le levantó del suelo y de nuevo le tumbó – Has demostrado todo lo que tenía que demostrar, te he ganado limpiamente, y me ha costado, otra vez me ganarás tú, ya no tienes que aparentar nada… Suplica. – El licántropo hizo un nuevo intento de arrodillarse, y la joven hizo ademán de sacar nuevamente uno de los estiletes.

-Basta. – Bobby no creyó que él fuese a vivir lo suficiente como para oír a su hermano decir, y menos aún, jadear aquélla palabra, pero incluso la repitió, alzando ligeramente una mano – Basta.

-Suplica. – repitió ella. Con una sensación de triunfo verdaderamente arrebatadora, Bobby vio como su hermano, de no muy buena gana, se dejaba caer de lado y después se ponía boca arriba, brazos y piernas encogidos, dejando el vientre expuesto… la postura de súplica que adoptaba por primera vez en su vida. Se ponía en manos de Coral, si ella quisiera, podría matarle ahora, indefenso y agotado… o podía hacerle suyo. Y a juzgar por la mirada, la primera opción quedaba casi completamente descartada.

La joven le miró de arriba abajo mientras se descalzaba, y apoyó un pie sobre su estómago, manchado de sangre seca. Allan se estremeció contra su voluntad. La piel fría de Coral, y sobre todo, el sentirse vencido por primera vez, le proporcionaban sensaciones a las que no estaba acostumbrado.
-Allan, eres un hombre atractivo. – manifestó ella, con voz algo más baja de lo normal cuando hubo acabado de mirarle. – Muy atractivo, diría incluso. Pero lo eres mucho más cuando eres un salvaje, una bestia… no quiero un esclavo. Si lo quisiera, hubiera ido tras tu hermano, él tiene madera de dejarse dominar, y probablemente no me hubiera hecho falta ni luchar. Quiero un igual. Incorpórate.

Con algo de esfuerzo, con todo su cuerpo dolorido quejándose amargamente, pero se incorporó hasta sentarse en el suelo, y ella se arrodilló a su lado.

-Sé que quieres hacerme preguntas. Hazlas. – Allan sonrió. Tenía muchas preguntas en la cabeza, acerca de quién era, su pasado, su familia… pero ahora mismo, no quería pensar en esas cosas.

-Me has vertido tu veneno casi en todas partes, menos en la boca, ¿me quemaría también la boca? – preguntó, sin ocultar el deseo que había tras la curiosidad.

-Eso depende… - susurró ella. – Yo puedo regular mi veneno igual que tú puedes decidir si dar una caricia o un zarpazo con tus garras. ¿Te gustaría probarlo? – Allan asintió. – Cierra los ojos.

El licántropo obedeció. Pudo sentir que ella, de rodillas en el suelo, se paseaba en torno a él, sigilosamente, deslizándose como si no precisase apoyos, como si el aire y el suelo fueran agua. El tener los ojos cerrados le hacía sentir sin ver, muy cerca de su piel, la respiración, la presencia de ella. Bobby no podía verlo desde donde estaba, pero a su hermano se le puso la piel de gallina. Muy lentamente, se detuvo a su lado y se acercó a la boca de Allan. Éste separó ligeramente los labios al sentirla tan cerca, y ella acarició más que besó los labios de su compañero con los suyos. Él dejó escapar un involuntario suspiro. Mientras Bobby bajaba definitivamente del árbol, pudo ver cómo el pantalón de su hermano se abultaba considerablemente.

Coral deslizó su boca por la cara de Allan, por las mejillas redondas y velludas, dejando un rastro de veneno húmedo sobre la piel y el pelo, pero esta vez el ardor no era irritante, sino delicioso… en una piel humana normal hubiera podido despellejar, en la de Allan era de una calidez terriblemente excitante. La licántropo se deslizó hasta el cuello y abrazándolo con una mano, mordió la carne tibia, inyectando allí su veneno. Su compañero abrió desmesuradamente los ojos y ahogó un grito ante la sensación, todo su cuerpo tembló y sus manos crispadas se dirigieron a abrazar a Coral sin que él mismo se diese cuenta de ello.

-…no pares… No pares… - gimió mientras ella lo apresaba entre sus brazos. Allan no entendía ni qué le pasaba, sólo sabía que la corriente de fuego que atravesaba sus venas era lo más asombroso y placentero que había sentido en su vida. Siempre había inspirado miedo en todo el mundo, aún entre sus semejantes, jamás había sido vencido. Nunca había visto nada aparte de temor en los ojos de los demás, incluyendo a su propio hermano, a quien no había sido capaz de matar, y ahora… ahora se encontraba con alguien que no le temía, que había sido capaz de vencerle y que tenía armas, como poco, tan poderosas como las suyas. El torrente dulcemente abrasador se extendía por su cuerpo y le hacía estremecer de gusto como ningún tipo de sexo lo había hecho hasta la fecha. Coral apretaba los colmillos en su cuello, clavados tan certeramente que ni una gota de sangre manaba de la herida en la que inoculaba su enloquecedor veneno. Allan se sentía derrotado, temblando de gusto como la primera vez que se introdujo en una mujer, el placer le nublaba la vista, sus caderas se movían solas y finalmente su cuerpo no fue capaz de resistir aquél maravilloso calor por más tiempo... Su miembro explotó de placer y su pantalón quedó empapado. Bobby alcanzó a ver algunas gotas blancas y brillantes traspasar la tela y derramarse por fuera, y echó a correr sin mirar para atrás. No quería admitirlo, pero sentía celos, unos celos devoradores de su hermano mayor.

"Todo para él, siempre todo para él" pensaba, corriendo hacia la casa "La primogenitura, y con ella, la herencia. El favorito de Padre, el más precoz de la familia matando a un rival, yendo de caza y… hasta follando. El más fuerte, el más cruel… el más lobo. Madre muere, con lo que cualquier apoyo para mí en la herencia queda descartado, sólo me queda obedecer o renegar, y ahora esto. No es justo…"

Pero cualquier sentimiento de Bobby, sus celos y su malestar no eran asunto que pudiese importar a Allan. Ahora mismo, ninguno de sus propios privilegios o favoritismos importaba a Allan. Apenas unos segundos después de la eyaculación, Coral había soltado su presa, y miró divertida cómo las pequeñas heridas de sus colmillos se cerraban lentamente al abandonar la carne. Su compañero tomó aire y la miró con ferocidad maliciosa. Rugió y la tumbó de un empujón, pero Coral se rió, complacida y se estremeció de deseo cuando él desgarró el peto que llevaba con sus garras, dándole zarpazos en la piel. Se despojó de los pantalones húmedos y agarró a Coral de las caderas, colocándola de espaldas a él, arrastrándola brutalmente por el suelo de tierra; su compañera chilló agudamente, pero en su grito no había dolor ni temor, sólo ansia.

La joven jugó a resistirse y Allan la golpeó contra el suelo, rugiendo sus carcajadas lascivas, obligándola a levantar las nalgas para que pudiese penetrarla. La embistió como el animal que era, haciéndola gritar de dolor y placer al atravesar su carne. El licántropo se dobló de gusto al profanar aquélla intimidad abrasadora y apretada, que quemaba su miembro y le hacía sentir escalofríos de placer y regaba todo su cuerpo de calor… Coral también segregaba veneno a través de sus flujos sexuales "violar a ésta chica sería imposible, ni yo podría soportarlo, te achicharraría literalmente", pensó, aferrando las caderas de su compañera con tal fuerza que le clavaba las garras hasta hacerla sangrar.

La propia Coral empezó a moverse, jadeando, y Allan la correspondió, embistiéndola con tal fuerza que en ocasiones la desplazaba sobre el suelo. La joven se quejaba y se reía, mirándole por encima de su hombro, mostrándole sus colmillos blancos y brillantes, afilados como agujas. Allan la estaba partiendo en dos, pero eso la encantaba, eso era lo que ella quería. Entre licántropos no se da demasiado la delicadeza, pero él era salvaje hasta para los parámetros de su propia raza,… igual que ella.

Allan se sentía estallar de gusto, no iba a poder resistir mucho más, pero a pesar de que no tendría problema en recuperar la erección en pocos segundos, no quería detenerse sin que ella hubiera acabado. Sin dejar de bombear, separó las garras un segundo, y apretó de nuevo, clavándoselas en los costados. Coral chilló y le saltaron lágrimas de los ojos, pero la risa coronó su grito y se estremeció violentamente, sudando, notando su sangre fluir y gotear por su cintura y sus muslos hasta el suelo. Allan pudo sentir cómo ella se convulsionaba, echándose hacia atrás sobre el miembro poderoso de su compañero, tiritando de placer, jadeando bestialmente, poniéndose colorada del inmenso placer que la embargaba, tensándose y gritando… y finalmente, cayó relajada, con los ojos en blanco y una dulce sonrisa de gusto en la cara.

Allan aminoró el ritmo durante unos segundos, notando las maravillosas contracciones de su vagina en torno a él. Nunca antes lo había sentido, ninguna mujer había gozado con él y a él no le había importado. Pero ahora sentía que aquello era inmensamente más satisfactorio que gozar a solas, que preocuparse sólo de sí mismo… pero también Coral no era humana, era su igual, ella tenía derecho a disfrutar, y se lo había ganado al vencerle y mostrarse tan receptiva. En las escasas ocasiones en que él había estado con hembras de su misma especie, ninguna había sido capaz de vencerle, apenas de plantarle cara, y todas le habían tenido miedo. Muchas de ellas eran fuertes, tanto como su propia madre… pero todas le tenían demasiado miedo para enfrentarse a él, temían el dolor, temían ser forzadas, temían la fama de bestialidad, elevada hasta para ellas. Ninguna se había ganado nada, porque tampoco ninguna había ofrecido nada, sólo habían sido compañeras para un desahogo, con la intención de que él acabase cuanto antes el suplicio, y poder presumir a la mañana siguiente que habían estado con el macho más salvaje de cuantos se conocían.

Apenas ella se repuso un poco de su placer, Allan empujó nuevamente con la misma ferocidad de antes, y ella rió y gritó de placer. Se volvió para mirarle, y vio que le faltaba muy poco para llegar. Tensó los músculos de su vagina y de algún modo, Allan sintió que no sólo la presión, sino también el calor se hacía más intenso, más devorador, iba a acabar, no aguantaba más, se sentía aspirado, no podía más… Coral echó hacia atrás la cabeza, moviendo sus negros cabellos incitadoramente, y su compañero entendió, los agarró y tiró de ellos como si quisiera arrancárselos de cuajo.

Un poderoso aullido de placer rasgó la noche cuando Allan se derramó en el interior de Coral y las feroces contracciones del orgasmo le estremecieron de los hombros a los pies, haciendo que sus testículos se elevaran ligeramente y que sus nalgas se acalambraran… El licántropo apretó más, guiado por su propio instinto, por una naturaleza que hasta entonces, no había conocido. Se inclinó sobre Coral y ésta hizo lo propio, elevando sus nalgas para facilitarle el camino, jadeando en parte de placer y en parte de dolor, sintiendo cómo el miembro de él se hinchaba dentro de su cuerpo hasta que quedaron trabados. Esto a Allan nunca le había pasado, tal suceso es algo que los licántropos controlan porque de otro haría imposible el sexo con humanos, pero ahora su cuerpo estaba pensando por él, pero desde luego, no iba a poner objeciones. Dolía un poco, y más debía dolerle a Coral, pero ésta aguantaba con los dientes apretados mientras su cuerpo se acostumbraba a lo que exigía de él. Su vagina temblaba, abrasadora y tensa. Lentamente, ésta se fue acostumbrando al tiempo que Allan se derramaba dentro de ella, llenándole el útero con su semen en tal cantidad que ningún otro macho pudiera tener una oportunidad de fecundarla si se juntaba con ella. Su cuerpo la había elegido oficialmente como compañera, y él, estaba de acuerdo.

Pasado un rato, Allan, agotado, notó que su miembro por fin volvía lentamente a su estado normal, y se sorprendió al descubrirse a sí mismo lamiendo los hombros de Coral para intentar consolarla. La joven no se había quejado lo más mínimo, y eso que tenía que haberle dolido mucho. Su compañera sonreía. Estaba colorada y los ojos le lloraban, pero se sentía plenamente feliz. Entreabrió los labios y Allan la besó, jugueteando con sus lenguas, notando en su boca el calor dulce y acogedor, tierno y agradable, de su delicioso veneno. Era el primer beso que a Allan le concedían abiertamente. Hasta la fecha, siempre los había robado con violencia, y aunque sentía que era un tanto irónico que su primer beso como pareja fuese después de follar hasta quedar trabados, no por eso dejó de disfrutarlo y saborearlo como se merecía.

Por fin, lentamente, se deslizó fuera de ella, y sólo entonces se permitió Coral emitir un gemido de alivio. Allan se inclinó tras ella y le lamió el sexo dolorido, notando el sabor del veneno picante y de su amargo semen. Nunca antes había sido cariñoso, ni atento, pero una vez más, pensó que Coral se merecía que la tratasen así, dado que ella también le había tratado a él como deseaba. Cuando paró de lamer, ella se dio la vuelta y decidió corresponder a sus atenciones lamiéndole a él a su vez. Esto de ser un poco cariñoso, daba buenos frutos…


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-Allan, no puedes estar hablando en serio… estás loco.

-Lo siento, Padre, pero es la verdad. Bobby es ahora el heredero, pues yo renuncio a todo. Tal derecho me asiste como primogénito, puedo renunciar siempre que exista otro hijo. He elegido a mi compañera, ella es una renegada y no me dejarías quedarme con ella siendo tu heredero, así que dejo mis derechos en pro de mi hermano.

Bobby no había querido exactamente aquello, pero no podía negar que se sentía afortunado. Padre estaba rabioso, lo último que podía esperarse de su hijo favorito era aquello… pero la decisión de Allan estaba tomada, y, tal como solía hacer, no espero argumentos de su padre ni de nadie, simplemente salió de la estancia agarrándome de la cintura y salimos de allí. Sabíamos que su familia no le dejaría escapar así como así, no es lo mismo ser un renegado por desobediencia a un jefe de clan que por voluntad propia, pero aquello no tenía demasiada importancia para nosotros. Hemos tenido que defendernos y ocultarnos de nuestra propia raza durante más de ciento sesenta años, pero los dos sabemos que somos capaces de seguir adelante donde muchos se rendirían o no se atreverían a seguir. Por separado éramos fuertes. Juntos, somos invencibles.