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viernes, 1 de febrero de 2013

Internado disciplinario para chicas.


Sus ojos daban miedo. Pero sólo hasta que te tocaba… entonces, daban terror, verdadero pánico. Aún recuerdo la primera vez que le vi, con mis padres, el día en que llegué al Colegio. Colegio Mayor – Centro Disciplinario de La Madre Penitente, se llamaba el centro al que me enviaban. Un centro interno que se jactaba de conseguir domar y enderezar a cualquier chica, por rebelde que fuera. En principio, yo no entendía muy bien qué hacía allí… es cierto, había tenido un par de novios, y esa parecía haber sido la causa, ya que me habían pescado en la cama de mi cuarto con uno de ellos. Mis padres no se lo habían tomado nada bien, y habían decidido darme un buen castigo y mejorar mi conducta. De ello precisamente le hablaban a él, al Rector. Yo apenas les oía, me dedicaba a mirar con gesto de aprensión todo cuanto me rodeaba, y a pesar que tenía ya casi diecisiete años y era más alta que mi madre y casi tanto como mi padre, me parecía aún así que la conversación se desarrollaba muy por encima de mi cabeza. Había otras chicas en la sala de recepción, y el Rector fue hablando con los padres de cada una. Le oía decir cosas como "no se preocupe por nada… cuando regresen, ni la van a conocer…", y los padres, igual que los míos, decían siempre las mismas tonterías: "nos tiene sin sueño… por favor, mano dura, que usted no la conoce… le damos entera libertad…"

Finalmente, acabó la presentación y los padres se despidieron de sus hijas y se marcharon. Muchos de ellos hicieron advertencias a las chicas, otros se limitaron a encogerse de hombros y algunos parecieron realmente contentos de dejarnos allí. Pude ver que debía ser la más joven de mi grupo, había alguna que otra que incluso sería ya universitaria. El Rector, una vez se fueron nuestros padres, nos miró con aquellos ojos fríos y hambrientos. No me gustó su mirada… me dieron ganas de llevarme las manos a los pechos para cubrírmelos, pero me contuve. Lo cierto es que no era un hombre de aspecto desagradable, de hecho, era agraciado y parecía muy educado y lleno de aplomo. Vestía un impecable traje negro que le daba un aspecto ciertamente elegante, tenía abundante cabello rubio oscuro, largo hasta los hombros, patillas, barbita y bigotito muy cuidados del mismo color… había algo en él que recordaba a un león joven, a pesar de sus buenos cuarenta años… pero también tenía aspecto zorruno, astuto, lleno de falsedad. Sonrió con malicia mientras nos observaba y sin dejar de mirarnos, golpeó con los dedos en una puerta de cristal. Apareció una joven, algo mayor que yo, que llevaba ropas en los brazos.

-Prepáralas. Volveré enseguida – dijo sólo, y se marchó. Tenía una voz profunda, masculina y bonita, como la de un actor de teatro o alguien que se dedicase a leer novelas por la radio… pero la chica que acababa de entrar, acaparó nuestra atención. Enseguida las chicas mayores se arremolinaron en torno a ella, pero la joven se limitó a darnos los blusones azules que llevaba.

-Ponéoslos enseguida, va a venir a seleccionaros y se enfadarán si no estáis vestidas.

-¿Seleccionarnos? – preguntó alguien.

-Sí, seleccionaros. Va a elegir a cuál de vosotras va a domar primero y quién se quedará con cada una de vosotras, daos prisa… desnudaos, dejaros solo las bragas y poneos los blusones, ¡pronto!

Algunas fueron obedeciendo, otras quisieron poner objeciones:

-Un momento, ¿porqué debemos desnudarnos…?

-¿Eres idiota o te lo haces…? – preguntó la joven - ¿Para qué va a querer un tío que te desnudes, para pintarte….? ¡Venga! – apremió, lanzando los blusones

-Pero… pero… no puede… ¡llamaré a mi padre si me toca!

- Lo dicho, idiota perdida… mira, guapa, tu padre ha firmado algo que se llama "concesión de libertad total", con lo cual, está de acuerdo con TODO lo que te hagan aquí,… y probablemente, sabe de sobra que te lo van a hacer.

-Pero yo no quiero…

-Lo que tú quieras o no quieras, ha dejado de importar. – le cortó – Sólo te digo que si cuando él llegue no estás preparada, me la cargo yo, ¡y si haces que me castiguen, lo vas a lamentar! ¡DESNÚDATE! – la joven levantó el puño cerrado y la otra se asustó y obedeció de inmediato.

-Pero… pero no irán a … no irán a violarnos, …. ¿verdad que no….? – pregunté en voz muy bajita mientras me apresuraba a abrocharme el blusón, que dejaba un buen escote, tenía largas mangas y apenas llegaba por medio muslo. La chica de la ropa me miró y sonrió con tristeza.

-Mira… a la mayoría nos han traído aquí porque nos pescaron masturbándonos, o mirando videos o fotos guarras, o porque nos acostamos con un tío, …. ¿verdad?

Asentí.

-Entonces, nuestros padres pensaron que no podían consentir que sus hijitas se descarriaran con el sexo y se convirtieran en unas de esas guarras que disfrutan del sexo, porque una buena niña de buena familia, religiosa y formal, no mira esas cosas, ni tiene esos deseos, ni se toca, ni se acuesta con chicos… o chicas, ¿verdad? – Asentí de nuevo. – Entonces, ¿qué mejor manera de "curar" esos deseos, que hacerte que aborrezcas el sexo? Y para hacerte aborrecer el sexo, ¿qué mejor forma que te obliguen a practicarlo con quien no quieres, cuando no quieres y como no quieres….? De eso trata el Centro de la Madre Penitente.

Me sentí asqueada… quise llorar y gritar que quería irme, correr detrás de mis padres y decirles que no volvería a hacerlo nunca… pero ya era tarde para arrepentimientos, me recordé. En ese momento, se abrió la puerta, y el Rector entró por ella, acompañado de otras dos mujeres vestidas con cortas batas blancas. Parecían enfermeras. El Rector hizo un gesto con la cabeza a la joven que nos había entregado los blusones, y ésta se marchó corriendo, llevándose las ropas que traíamos puestas antes. El Rector paseó por la fila de sus nuevas alumnas, observándonos como quien miraría ganado para la feria. Decía alguna frase como "yérguete… enséñame los dientes… suéltate el pelo". Empecé a oír sollozos ahogados mientras el Rector decía destinos: "éstas dos para ti… no les marques la piel… Estas tres para Ruiz, se jubila este año y quiero hacerle un regalo de despedida, que le chupen hasta dejarle seco…. Esta es algo mayor, que se la quede Serrano el jardinero; como es jorobado, no puede poner exigencias, acuérdate de darle lubricante, ya sabes que prefiere por el culo… Estas dos, de momento, pueden irse… esta me la han recomendado muy especialmente, para Lopetegui, así que avisad a la enfermera que esta noche tendrá que quedarse para atenderla cuando él acabe con ella…". Mis piernas temblaban conforme la fila decrecía y llegaba mi turno. Quedábamos cuatro chicas, yo era la anteúltima. El Rector nos miró, como valorándonos, y yo no me atrevía a mirarle a la cara. Otra de mis compañeras lo hacía, desafiante, la otra lloraba… la otra, no alcanzaba a verla.

- Tú, desabróchate la blusa. – Dijo el Rector, y casi salté en el sitio, pero no se refería a mí, sino a otra de las chicas, que bajó la cabeza como si no hubiese oído. – Obedece, ¿qué esperas?

-N…no…. ¡yo quiero IRME A CASAAA…! – La joven, pese a ser algo mayor que yo, se había derrumbado, rompió a llorar a gritos encogiéndose sobre sí misma. Pero un bofetón de una de las mujeres que acompañaban al Rector, la calló de golpe.

-Ahora, y hasta que YO diga lo contrario, ésta es tu casa – dijo el Rector. La joven sorbía por la nariz y yo, que nunca había visto pegar a nadie, estaba aterrada. El Rector hizo un gesto con la cabeza y la misma mujer que la había golpeado, se llevó a la chica que lloraba. – vosotras tres, abríos la blusa. –Mis compañeras obedecieron de inmediato, y yo me llevé también las manos a los botones, pero con voz temblorosa, intentando a la desesperada evitar lo inevitable, balbucí:

-Pero… pero, señor, los… los míos no van a gustarle… s-son… son pequeños… - Apenas me salía la voz y mis manos temblaban tanto que no atinaba con los botones. El Rector se acercó a mí y yo cerré los ojos con fuerza y volví la cara, preparándome para recibir la bofetada… pero me quedé con las ganas, porque no llegó.

-El que estén bien o no de tamaño, soy yo quien lo juzga. Como todo aquí. – Sus dedos pellizcaron mi barbilla y la levantaron, obligándome a mirarle a los ojos. Si antes me habían asustado, ahora sentía deseos de llorar y gritar. Su rostros estaba tranquilo, pero esa mirada… eran ojos de demonio, llenos de lascivia. Sin duda, por saberse poderoso e intocable, por saber conscientemente que éramos suyas igual que animales u objetos… pero el saber la causa, no mejoraba mi situación ni paliaba mi temor…. Se relamió lentamente mientras miraba mi rostro blanco de miedo y tiró de mi barbilla, obligándome a ponerme de puntillas para que viera mejor mi expresión. Pude darme cuenta que era mi miedo lo que en realidad le ponía cachondo. – ¿De veras piensas que no vas a gustarme….? ¿Crees que si no me gustas, te librarás de mí, o realmente temes que te desprecie?

Quise hablar, pero su mano libre se acercó a mi pecho y lo rozó sobre la ropa, y el miedo se hizo aún mayor. Lo cierto es que ya era bastante malo saber que estaba a su merced como para que encima me dijera "no me gustas, tienes el pecho pequeño y las caderas demasiado anchas"… Era demasiado humillante pasar por todo aquello para que finalmente te despreciaran…

-Lo…. Lo s-se…. Segundo – logré balbucir, tan bajito que apenas yo me oí. Pero el Rector sí que debió oírme.

-Llévate a éstas dos a sus cuartos. Quedan para ti. A ésta, llévala a mi despacho. Inmediatamente. – dijo, y me soltó la barbilla de golpe. Mis rodillas fallaron y estuve a punto de caer, pero logré sostenerme en pie. El Rector se marchó sin dignarse mirarnos y la mujer que parecía una enfermera se quedó sonriéndonos. Dio un pequeño empujón a las otras chicas, y a mí me cogió del brazo con tal energía que casi me levantó en vilo. Me parecía andar como en una pesadilla, como si mis pies no tocasen el suelo, me dejaba llevar de modo totalmente maquinal. "Su despacho… me va a violar en su despacho…" pensaba torpemente, como si no acabara de entender la situación. Tenía la impresión de que debía intentar resistirme, gritar o llorar… pero no tenía fuerzas para eso. Sé que cruzamos varios pasillos y mis pies descalzos no hacían ruido alguno en el piso, pero no recuerdo los detalles, todo me parecía confuso… Finalmente, llegamos a una puerta doble de madera y la mujer me soltó.

-No hables a no ser que el Rector te dé permiso o te haga alguna pregunta, – me dijo – y cuando lo hagas, trátale siempre de usted, con respeto, sé obediente y no le disgustes. No se te ocurra mostrar asco o extrañeza ante nada de lo que te ordene. Recuerda siempre que tus padres están de acuerdo con todo lo que te hagamos, y que todo esto lo hacemos solamente por tu bien.

Quise asentir con la cabeza, a pesar de que no podía dejar de pensar que se estaba cebando conmigo, pero para cuando fui capaz de reaccionar, ella se alejaba ya con las otras dos chicas. Ninguna se volvió a mirarme. Me había quedado sola en el pasillo, frente a la puerta del Rector… ¿qué debía hacer? ¿Esperar, llamar a la puerta… intentar huir? Me retorcía los brazos llena de nerviosismo, cuando la puerta se abrió. Tras ella estaba el Rector, que me cogió de la muñeca y me hizo pasar sin miramientos, cerrando la puerta tras de mí. Echó el cerrojo. Inconscientemente, me aparté de él unos pasos. Lo notó, pero no dijo nada, tan sólo sonrió con superioridad… yo no podía escapar a ningún sitio, mi pequeña resistencia sólo lo excitaba más.

-Tus padres me han dicho que te has portado como una buscona – dijo a bocajarro y noté que me ruborizaba violentamente. Me cubrí el rostro con las manos, y al hacerlo, el blusón subió más por mis piernas, dejando casi a la vista el inicio de mis bragas – Estoy seguro que te lo pasaste muy bien haciendo esas guarradas con tu novio… o con ese chico que se aprovechó de ti, porque si en realidad fuese tu novio y te quisiera, no estarías aquí, ¿verdad que no…? – Tenía razón, y estuve a punto de echarme a llorar de vergüenza. Mis padres habían ofrecido la posibilidad de un matrimonio reparador de lo sucedido, pero él se negó tajantemente. No es que yo lo amase ya, pero él me había dicho que sí lo hacía y yo le había creído… había sido tan estúpida… El Rector no se apiadó de mí, y siguió hablando – Te está bien empleado por guarra… por hacer esas cosas con el primero que encuentras… los hombres, sólo buscamos aprovecharnos de las chicas tontas y calentonas como tú… Usaros como objetos para satisfacer nuestras ansias… y voy a demostrártelo. Siéntate en la silla.

En el despacho, además de la gran mesa, había una silla con aspecto de ser muy cómoda, de alto respaldo, muy ancha, acolchada y con gruesos reposabrazos, y justo frente a ella, un sillón muy amplio, de al menos tres plazas. Obedecí y me senté en la silla. El Rector se sentó en el sofá, frente a mí, con las piernas ligeramente abiertas. El bulto que se formaba bajo su pantalón era más que considerable… empezó a acariciárselo mirándome obscenamente. Desvié la mirada, pero eso le molestó.

-¡Mírame! –exigió – Mírame, no apartes los ojos… tienes que aprender bien la lección, darte cuenta de que eres una cosa, un objeto para los hombres… mira como me toco delante de ti… - su voz empezaba a entrecortarse, por más esfuerzos que hacía por dominarse – no te tengo ningún respeto…. Eres una cosa, eres carne, eres una zorra… sólo sirves para… para que yo me desahogue contigo… igual que hizo él… igual que harán todos si no aprendes… - Quise gritar que ya era suficiente, que ya había aprendido… pero la lección apenas acababa de empezar. Con una sonrisa pérfida, se desabrochó el pantalón y la cremallera, hizo a un lado el slip que llevaba y se sacó el miembro. Ahogué un grito. A pesar de lo que había sucedido entre aquél chico y yo, yo nunca había visto un pene… en la intimidad con él, nunca había tenido deseos de verlo, sólo sabía cómo era por los libros de anatomía y me parecía un colgajo feo y asqueroso en el que no había nada digno de mirar… pero nunca había visto uno erecto como aquél. Y lo cierto es que me sentí culpable de lo hermoso que me pareció. Para mí, era enorme… El Rector podía agarrarlo con ambas manos y aún asomaba el glande… tan tieso, tan orgulloso… tan extraño… era muy atrayente… la piel brillaba, parecía palpitar… y el Rector suspiraba cada vez que se lo acariciaba… No podía apartar la mirada.

El Rector pareció sorprendido de mi reacción, pero no se detuvo. Empezó a pasarse los dedos por el glande, como si se hiciese cosquillas, y a agarrar el tronco y desplazar la piel arriba y abajo. De sus labios se escapaban suaves suspiros… - quítate la blusa, enséñame las tetas… vamos a ver si son tan pequeñas como dices, guarrilla – Me sentí intimidada y aún llena de vergüenza, pero la curiosidad estaba empezando a ganar terreno a la humillación, y muy lentamente, me desabroché el blusón y lo bajé dejándolo en mi cintura. Luchando por sostenerle la mirada, me puse bien derecha en la silla para que observara mis pechos – Es cierto que no son muy grandes… medianos, diría yo… ¿qué te hizo tu enamorado con tus tetitas…? ¿Las besó? ¿Las amasó tal vez…? Dímelo…. Cuéntame… qué hizo con ellas….

Las piernas me temblaron ligeramente. Hubiera preferido no hablar, y menos hablar de algo semejante, pero el Rector debía castigarme. Confesé.

-Él… él las… tocó.

-¿Cómo las tocó? Da detalles… quiero hacerme una buena paja delante de tu cara de guarra, carne, mientras me cuentas cómo ese desalmado te dio el trato que te merecías por estúpida…

-Él… las apretó. Me hizo daño… se lo dije, me haces daño… pero él dijo que era así como se hacía y que yo ya me acostumbraría… Luego escupió en ellas y las babeó… dijo que eso… tenía que gustarme, si no, es que yo era frígida…

-¿Y a ti eso te gustó, guarrita?

-….No, Rector.

Por algún motivo, pareció agradarle que le diese el tratamiento, porque de pronto se estremeció de gusto y empezó a acelerar el ritmo de su mano…

-¿Te da miedo… ser frígida…? – preguntó.

-Sé que no lo soy… pero creo que él… no lo hizo bien…

-¿Cómo crees… que debería haberlo hecho?

-Más bien así, Rector… mire… - en parte tenía que obedecer, en parte, sentía una especie de extraña confianza hacia ese hombre… ¿no era que todo lo hacía por mi bien…? ¿Porqué oponer resistencia…? Dirigí mis manos a mis pechos y empecé a tocar muy suavemente mis pezones – así… suave primero… para que los pezoncitos se levanten… y luego, ya sí algo más fuerte… - agarré mis pechos y empecé a apretarlos, moviéndolos de arriba abajo en círculos, presionando uno contra otro… era muy agradable… pronto empecé a suspirar.

-Carne… - dijo el Rector – pasa a mi otro despacho. Así como estás. Espérame allí.

Me levanté y obedecí. Crucé el despacho casi corriendo y pasé a la otra sala. El corazón me dio un brinco al ver que en ella, en una penumbra rosada, solamente había una enorme cama con un mullidísimo edredón. Sin embargo, el nerviosismo que me mordía las tripas, no se debía tanto a la incomodidad o el miedo… como a la impaciencia. ¿Cómo era posible…? Me había excitado… no, no podía ser, debía dominarme, mis padres me habían mandado allí para castigarme, no para que yo siguiese en mis trece… Pero oí que la puerta se cerraba a mis espaldas, y ya no pude pensar más. Me volví. Frente a mí estaba el Rector, completamente desnudo y erecto. Mi garganta se cerró de puro nervio y durante unos segundos no fui capaz ni de respirar… El Rector se acercó a mí y me agarró la cara con ambas manos. Su miembro se clavaba en mi estómago… sin cerrar los ojos, aquéllos ojos llenos de deseo animal, entreabrió los labios y pegó su boca a la mía. Su lengua acarició la mía, pero enseguida el beso se volvió ansioso, casi brutal, parecía querer absorberme la vida entera… Yo no sabía qué hacer, ni siquiera si debía hacer algo, de modo que simplemente me dejé llevar y froté mi lengua contra la suya… de inmediato, empezó dar caderazos, frotando su pene erecto contra la piel de mi vientre. Sus manos bajaron lentamente por mi espalda, provocando escalofríos en mi columna, hasta llegar a mis nalgas. Las apretaron con fuerza y pude sentir claramente cómo mi sexo se encharcaba hasta empapar mis bragas… mis manos, apresadas entre su pecho y el mío, se deslizaron sibilinas, como si tuvieran vida propia, hasta sus costados, y se abrazaron a su espalda, acariciando su piel… El Rector me apretó contra él y tuvo que soltar brevemente mi boca para tomar aire…

-Eres… eres con mucho, la peor de las zorritas con las que he lidiado nunca… - dijo, y se dirigió la polla a mi entrepierna. Creí que quería penetrarme, pero me hizo cerrar las piernas y cruzar una sobre otra, para apresar su miembro en el estrecho hueco y acariciarnos con sus movimientos de caderas - … qué guarra eres… no sólo no me pides que pare, sino que me animas a seguir… eres una zorra y te alegras de serlo… ¿no te da vergüenza…? Contesta, zorrita, ¿no te da vergüenza? ¿Qué pensarán tus padres de ti….?

-Sí me da vergüenza, Rector, muchísima vergüenza… pero me da más placer que vergüenza…. No puedo evitarlo, no lo puedo resistir… y… y también quiero que usted… que usted goce, Rector…

El Rector de nuevo se estremeció violentamente de placer y dejó escapar un profundo gemido… su polla se humedecía entre mis piernas, mientras no dejaba de frotarse… qué deliciosa sensación, era cosquilleante, eran como chispas de gusto, daba muchísimas ganas de seguir y seguir… qué bueno… quería quitarme las bragas, quería sentirle sobre mi piel calentita y mojada… Como adivinando mi pensamiento, las manos del Rector se metieron bajo la tela y empezaron a acariciar… tirité de placer sin poder contenerme…

-¿Por qué quieres… que yo goce….? Para mí, tú no eres más que carne… una guarrilla, una zorra… ¿porqué pretendes ocuparte de mí, no has entendido nada…?

-Porque… mmmmh…. Porque usted sí lo hace bien, Rectooor…. Lo… lo hace muy bien…. Me da mucho gustitooo… por eso… por eso quiero que usted también tenga su placer conmigo… quiero darle este mismo placer, Rector….

-¿Y si…. Y si te doy placer…. Querrás darme tú también placer a mí, zorrita….?

-Siiiiiiiiiiiiii…

-¿Aunque sepas que para mí, sólo eres una guarrilla….?

-Yo… yo soy para usted, lo que usted quiera que seaaah… si… si me da este placer siempre… yo… yo siempre estaré para darle también… placer a usted…

El Rector parecía hasta emocionado. Yo no sabía lo que decía, me había dejado llevar por el extraordinario gusto que estaba sintiendo, pero lo cierto es que esa sensación me dominaba por completo, ¿cómo era posible que algo cómo una simple caricia me produjera tantísimo bienestar…? Un soberbio empujón me lanzó a la cama y el Rector casi saltó junto a mí. Me despojó de mis bragas y se tumbó sobre mí, aplastándome con su peso, aunque era delgado. Aquello me hizo gritar de alegría, ¡qué bueno tenerle sobre mí….! De nuevo su boca se pegó a la mía, y nuestras lenguas se entrelazaron; su lengua sobre la mía, lamiendo mis labios, me volvía loca de deseo… sus manos se dirigieron a mis pechos y los apretaron, pellizcaron los pezones… ahora que estaba tan excitada, sí que me gustaba que me lo hicieran así, no sólo no me hacía daño, sino que me encantaba… quise pedirle que siguiera, pero tuve miedo de enfadarle y simplemente me dejé hacer, acariciando su nuca y sus cabellos… Su pene se frotaba contra mí y mis caderas se elevaban solas, buscándole… se recolocó sobre mí, y mirándome a los ojos, acercó su polla a mi abertura, dejándome sentir su calor, excitándome…

-Zorrita… te lo estás pasando muy bien, ¿verdad…?

Asentí, abriendo un poco más las piernas, haciéndole sitio, ansiosa porque entrara y me matara de gusto…

-No es ése el objeto de ésta lección. – me horroricé. Temí que parase, que me dejase con ganas, que me despreciase y me humillase una vez más… pero él también había pasado el punto de no retorno. – Pero eres una niña obediente y muy dócil… eso, merece una recompensa. – De un certero golpe de cadera, se introdujo completamente dentro de mí. ¡Me curvé de placer al sentirle! ¡…Qué plenitud… qué maravilla, qué calor….! Era indefiniblemente agradable, ¡eso sí era follar, y no lo que decía el otro cretino….! Pero no pude por menos de estarle agradecida, ya que habían sido sus cretineces las que me habían llevado hasta el Rector… Él mismo parecía estarlo pasando tan bien como yo… de momento, estaba quieto, la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados, la sonrisa lasciva en los labios… disfrutando de mi coñito cálido y estrecho que le abrazaba la polla… mmmh… lentamente, empezó a moverse dentro de mí, besándome sin parar, dándonos lengua casi constantemente, entre gemidos… sus caderas eran como una máquina, se movían de forma maravillosa… sin poder evitarlo, le abracé con las piernas, y soltó un derrotado gemido de placer, con tal cara de gozo que me pareció que iba a echarse a llorar… verle gozar me hacía elevarme más aún, ¡estaba a punto de correrme, no podía evitarlo…! Quise contenerme, pensé que no era correcto hacerlo antes que él, pero su polla, entrando y saliendo de mí, no me daba tregua… mis piernas, cerradas en torno a él, empezaron a elevarse, los dedos de mis pies se contrajeron, y noté que las oleadas de placer que me atacaban desde los tobillos a los hombros eran más cálidas y densas cada vez…

-Oooooooooh…. Oh, Rectooooooooor…. Mmmmmmmh… no… no puedo…. No puedo aguantar máaaaaaaaaaas…..

Al oír aquello, el Rector empezó a bombear más rápidamente, ¡justo lo que necesitaba! Me agarré a su espalda y me dejé ir, grité, el placer me atacó, una ola fuerte me invadió, el placer me hizo estallar de gusto, y empezaron las contracciones que tensaron mi sexo en torno a su polla… me estremecí sobre mí misma, abrazándole, notando las deliciosas sacudidas eléctricas que me envolvían, gozando intensamente mientras me elevaban al cielo… lentamente, empezaron a espaciarse, dejando una sensación de completo bienestar y tranquilidad… me abracé al Rector, llena de felicidad, pero él se rió maliciosamente, sacando su polla de mi cuerpo.

-Mira, zorrita… - me dijo, señalando su polla – Mira cómo me has dejado… tú has terminado, pero a mí me dejas a medias, eres una calientapollas, ¿lo sabes…? ¿Qué vas a hacer al respecto?

Tenía razón… por un momento, me sentí mal por haber acabado tan pronto… pero enseguida pensé en cómo dejarle a él tan satisfecho como él a mí, como le había dicho que haría. De espaldas, me deslicé por la cama hasta quedar a su altura, y cogí su polla entre mis manos… estaba chorreando y ardía. La mezcla de mis jugos y los suyos pringaba y me ponía las manos pegajosas, pero no me pareció desagradable. La acaricié unos momentos, y después la metí en mi boca. ¡El Rector respingó de gusto! No parecía que se esperase aquello… yo misma no sabía hacerlo, pero pensé que le gustaría, y estaba claro que había acertado. El Rector se colocó sobre mí, me hizo apoyar la cabeza en la almohada y colocó su polla entre mis tetas… es cierto que no eran muy grandes, pero sí lo suficiente… abrí la boca apresé el jugoso glande en mis labios, lamiéndolo golosamente, con los ojos cerrados, mientras él se follaba mis tetas, apretándolas con las manos para que su polla estuviera lo más estrecha posible… podía oír sus gemidos y me hacían sentir orgullosa y feliz… estaba gozando gracias a mí. Yo le estaba dando ese placer. Le estaba haciendo pasárselo bien, le estaba dando tanto gusto que me iba a regalar un generoso chorro de esperma… ¿Porqué pensaba todo aquello? No podía explicármelo, pero lo cierto es que la idea me encantaba, quería darle placer, quería que gozase, y me parecía que su semen era el mejor premio que podía soñar, su orgasmo por y para mí, su placer supremo, obtenido gracias a mí… lamí más intensa y rápidamente, sorbiendo… mis manos acariciaron las suyas que tenía sobre mis pechos y nuestros dedos se entrelazaron. Le miré a los ojos… esos ojos de demonio, llenos de lujuria y de maldad… emitieron una chispa de simpatía y de pronto se dobló hacia delante; gimiendo como si se ahogara, dominado por el placer, me agarró la cabeza y me obligó a meter más en mi boca; no hice resistencia y le agarré de las nalgas para sujetarme y acariciarle, una poderosa descarga ardiente inundó mi boca, lo tragué rápidamente, pero mi boca seguía llena, tragué con desesperación, notando que una parte de su precioso semen se perdía por la comisura de mis labios… tragué ávidamente y sentí cómo su pene palpitaba para expulsar todo el esperma… lamí tiernamente el glande húmedo, acaricié con mi lengua todo el tronco, desde los testículos hasta la punta, besando, disfrutando de sus gemidos de placer, casi en éxtasis… lo había conseguido… el Rector había gozado gracias a mí… me sentí feliz.




-Es indudable que contigo, no funcionan los mismos métodos de castigo, perrita. A partir de ahora, vas a llamarte así, serás mi perrita, mi mascota – me decía el Rector mientras se vestía. Yo llevaba de nuevo el blusón. Estaba tan contenta… - Yo te cuidaré, te protegeré y te daré placer, y a cambio tú atenderás a mis caprichos y me darás placer a mí siempre que yo te lo pida. Buscarás entre tus compañeras otras chicas obedientes y de vez en cuando, las traerás aquí para que yo las folle. Tú mirarás y me ayudarás. Y otras veces, estaremos con alguien del personal del colegio y serás el juguete para mí y para esa persona, ¿lo has entendido, perrita?

-Sí, Rector – dije, muy sonriente.

-Muy bien, ahora puedes irte. – agarrándome de la nuca me atrajo hacia él y me lamió la lengua una vez más - Una de las celadoras te está esperando en la puerta, y te llevará a tu cuarto, te has ganado una habitación especial. Quizá vaya a verte allí alguna vez, así que debes cuidar que esté siempre presentable. Esta noche, a eso de las nueve, ven a mi despacho. Hay budín de verduras para cenar y no me gusta gran cosa, así que me harás una mamada mientras ceno, así no será una cena tan aburrida.

-¡Sí, Rector! – contesté y salí del despacho casi brincando. Lo único malo es que aún quedaban cuatro horas hasta las nueve…