¿Te ha gustado? Mira mi libro:

domingo, 24 de febrero de 2013

We are the chaampioooooons...


El equipo de fútbol los Incorruptibles de Hacienda estaba firmes, en formación, mientras su entrenador, Zorro Carvallo (por mejor nombre, Luciano Carvallo, pero el mote estaba bien ganado) paseaba frente a ellos mirándolos con su maliciosa sonrisa y sus entornados y astutos ojillos zorrunos. Estaba satisfecho, y se notaba, pero dado que su satisfacción podía provenir tanto del partido recientemente ganado contra los Buitres de Urbanismo, como de cualquier otro suceso que pretextara un entrenamiento brutal de seis horas, los jugadores permanecían serios y en guardia… por si acaso. El once titular (y único, porque no contaban con suplentes), y Gema de Blas, colaboradora habitual de Carvallo, seguían con la mirada al feroz inspector de Hacienda que les entrenaba, mientras éste gozaba retrasando el momento de hablar, jugueteando con una mano con su eterno silbato y con la otra, con dos canicas que solía llevar cuando hablaba a "sus muchachos"… lo cierto es que eso de las canicas se lo había visto hacer a Humphrey Bogart, y desde luego, fuese por las canicas o fuese por él mismo, pero ni uno sólo de los funcionarios osaba ni respirar fuerte.

-Muchachos… Estoy orgulloso de vosotros. De todos. – dijo, finalmente, sonriendo, y el ambiente se relajó de forma casi palpable. – Nos hemos esforzado muchísimo, sobre todo yo mismo, por sacar algo deportivo de todos vosotros, y lo hemos logrado. Es cierto, que alguien de aquí, y no voy a decir quién, cometió un fallo imperdonable chutando un quilo de hierba en lugar del balón… - se volvió de espaldas para no clavar la mirada en Serrano, pero éste agachó la cabeza de todos modos. Serrano tenía las piernas muy largas y eso le permitía correr muy deprisa, pero también era muy desgarbado de cuerpo y con frecuencia se le escapaban los chuts. – Pero en fin, supongo que todos tenemos fallos, y mi labor es puliros para intentar eliminarlos. Desde luego, con excesiva frecuencia mi trabajo es ingrato, insatisfactorio, ciertamente inútil y tan realizador como lanzarse a cabezazos contra un muro de granito. Pero, de vez en cuando, muy de vez en cuando, veo que mis esfuerzos valen para algo. Porque no hay nada más agradable que ganar… y ganar de tal modo que el contrario se sienta picado en lo más vivo, herido en su orgullo y exija una revancha… como es el caso.

Los jugadores se miraron entre sí, pero nadie se atrevió a cuchichear. Carvallo se volvió con una gran sonrisa y soltó la bomba:

-Vamos a jugar contra un equipo prácticamente profesional, de Tercera División, y nos concentraremos en un parador de la Sierra, a gastos pagados… pagados por el ministerio de Urbanismo, que nos ha retado contra ellos.

El griterío fue general, Beto y Dulce se abrazaron dando saltos y el resto de jugadores chillaban, daban saltos y puñetazos al aire y se lanzaron a dar palmadas en la espalda de Zorro Carvallo y a acribillarle a preguntas:

-¿Cuándo?

-¿Qué equipo será?

-¿Cómo lo han conseguido?

-¿Nos harán fotos?

-¿Podremos llevar a la mujer y a los chicos?

Carvallo pidió silencio y explicó que a los de Urbanismo les había fastidiado muchísimo el perder el partido, decían que las animadoras les habían distraído con su numerito de quitarse las camisetas y que todo había sido un truco de los de Hacienda, y tenían razón, desde luego, pero eso no cambiaba que habían perdido y querían sacudirse la humillación sufrida. En palabras de uno de los concejales: "que nos ganen, tiene pase, pero que encima nos toreen…". Así que el susodicho concejal, González, que había comprado recientemente un modesto club de fútbol ("por pura afición, dice él… Pero de ese asunto, ya me ocuparé yo personalmente con él, largo y tendido…" – había especificado Carvallo, y todos pensaron que no querrían estar en la piel del concejal ni por todo el oro del mundo), les había arrojado el guante de jugar la revancha contra ellos, según decía "porque con un equipo casi profesional, no os van a servir los trucos de poner a un montón de chavalas en bikini, y entonces quedará patente que no sois más que unos vulgares tramposos".

La indignación corrió entre los Incorruptibles, aunque había que reconocer que el concejal de Urbanismo, había tenido redaños para hablarle así a Carvallo, alguien a quien incluso su familia sanguínea tenía un gran respeto, sus dos cuñados todavía le hablaban de usted y cuando su hijo mayor quiso trabajar sin darse de alta en la Seguridad Social durante un verano, probó el cinturón de su padre por vez primera en su vida, y efectivamente, trabajó, pero no para comprarse la moto que quería, sino para pagar la multa por fraude que su propio padre le impuso, a él, y al local que le cogió sin contrato.

-¡No se puede tolerar que le hablen así a nuestro entrenador! – gritó Jimeno, y todo el mundo lo coreó.

-¡Los barreremos del campo!

-¡Ganaremos!

-No esperaba menos de vosotros – voceó Carvallo, para que se le oyera entre el tumulto y hacer silencio – El partido se jugará este puente. El jueves por la tarde iremos allí en autocar, el viernes tendremos entrenamiento, el sábado el partido, y el domingo a casita. Como todo es a gastos pagados por nuestros eternos rivales, he pensado que, naturalmente, no sería ético separar a los jugadores de sus familias que les animan, así que al menos a la mujer, la podéis llevar tranquilamente – todo el equipo se puso a dar saltos de alegría, pero el entrenador volvió a elevar la voz – PERO…. Pero que nadie se vaya a pensar que vamos a un picadero. Vosotros, dormiréis en un ala del hotel, y vuestras mujeres en otra, concentración significa precisamente eso, CONCENTRACIÓN. Y para dar ejemplo, yo, personalmente, no llevaré a mi esposa para dedicarme plenamente a vosotros. – El desencanto hizo presa en todo el equipo, que ya se había hecho ilusiones de pasar una noche agradable en un hotel con encanto… Carvallo especialmente clavó la vista en Dulce, porque era la única chica del equipo y estaba con Beto, que jugaba también. Ella, por ser jugadora, forzosamente tendría que dormir con los demás, pero estaba más que claro que no compartiría habitación con su novio. El Zorro era muy exigente respecto al sexo antes de un partido.

-Mi consejo, queridos muchachos, es que esta noche os acostéis pronto y aprovechéis para hacer… lo que tengáis que hacer, y no me refiero sólo al equipaje, porque mañana por la tarde, ¡salimos rumbo a la victoria!

El ambiente final no fue tan espectacularmente bueno como a Carvallo le hubiese gustado, pero era animado a pesar de todo. Les recalcó como veinte veces que quería los chándales impecables y los uniformes de revista "ellos tienen uniformes reglamentarios, y nosotros corremos en bermudas y camisetas, pero que se note que tenemos nuestro orgullo", había dicho. Lo cierto es que le preocupaba mucho la imagen que iban a dar sus muchachos, con sus uniformes "de estar por casa", sus camisetas que cada quien se había impreso por su cuenta mediante un diseño común, los chándales con bolitas y sobre todo, una chica en las filas, pero era su valía lo que estaba en juego. Que el equipo de tercera del Concejal de Urbanismo luciese tipito, mientras ellos marcaban los goles.

El jueves por la tarde, todo eran saludos y besos en el autocar. Carvallo intentó organizar los asientos poniendo a los jugadores delante y a sus esposas detrás, pero una de las mujeres se quejó de que Dulce bien que iba al lado de Beto, y por más que el entrenador intentó hacerla entender que la chica era jugadora, no hubo manera, y acabó dejando que se sentaran como les diera la gana, a fin de cuentas, la concentración, empezaba en el hotel, mejor que se aprovechasen ahora. Vista la pequeña relajación, a Dulce le faltó tiempo para empezar a hacerle cucamonas a su Beto, pasándole el brazo por los hombros y haciéndole cosquillas en el cuello mientras éste se reía, entre complacido y vergonzoso. "Pero qué mono eres…" pensaba la joven, dándole besitos suaves en la cara, buscándole las orejas "eres tan adorable con tu timidez…"

-¿Qué? ¿Divirtiéndoos? – preguntó Carvallo con no muy buenas intenciones.

-¡Sí, mucho! – confesó Beto, poniéndose colorado. Si de algo era incapaz el bueno de Beto, era de entender una ironía, una pregunta retórica, o un comentario con segundas. – jijijijiji, me gustan las cosquillas… ¡mmmh! – se estremeció adorablemente, porque su novia, pese a la presencia del entrenador, no había parado de juguetear en el cuello de su novio. Viendo que a él era imposible llamarle la atención, Carvallo cambió el foco.

-¡Dulce!

-¿Qué….? Si a fin de cuentas, no hemos llegado aún… ¿No has dejado que nos sentemos con nuestras parejas? Ya que no vamos a poder hacer nada en la concentración, déjanos disfrutar un poquito hasta que lleguemos… - dijo, melosa.

"Cuánta mano dura voy a tener que usar aquí…." Carvallo se sentó junto a Gema, su colaboradora, y empezó a dictarle el programa, que ella iba anotando en su inseparable libreta. Como iban en la primera fila y nadie les veía, Gema, con mucho disimulo, frotó su rodilla contra la de su jefe. El Zorro se sorprendió gratamente. A fin de cuentas, si él no se había traído a su señora, no había sido enteramente por la concentración… fingiendo rascarse la pierna, colocó su mano en el muslo de su colaboradora y lo acarició, apretándolo. Gema no movió un músculo de la cara, pero sus ojos castaños brillaron pícaramente. "Usaré mano dura… y quizás otras cosas duras".


******


-Halaa…. ¿es aquí? ¿Hemos llegado? – preguntó Dulce, al ver el lujoso hotel que se presentaba ante ellos.

-Es aquí, hemos llegado – sentenció Carvallo – Hotel Montes de la Princesa, cinco estrellas, spa, sauna, piscina climatizada, discoteca, y televisión por cable, bañera jacuzzi y equipo de música en todas las habitaciones… lástima que de todo eso, apenas vayáis a ver nada. – sonrió maliciosamente.

-¡Carvallo, aguafiestas! – le gritaron todos los jugadores, pero Dulce, viendo que se les acababa el tiempo, agarró de la nuca a su novio y le plantó un beso con lengua que hizo el silencio en el autocar. - ¡Chica, que lo ahogas, déjale respirar un poco! – bromeó alguien, mientras a Beto se le escapaba un gemido que le salía del alma.

-Qué ganas de llamar la atención, ¡eso no es más que ganas de llamar la atención! – susurró alguna mujer, pero Carvallo directamente les sacudió un capón doble para que se soltaran.

-¡Se han terminado los cariñitos! – voceó - ¡Y esto, va por todos! ¡A partir de ahora, sois mis jugadores y me pertenecéis a mí! Las señoras, pueden pasar a recepción, sólo digan que vienen con el equipo visitante y les darán sus habitaciones. ¡Los demás, conmigo! ¡Y bien firmes para bajar del autocar! ¡Alineados por estatura!

Por ser la más bajita, Dulce iba en primer lugar, justo detrás del entrenador, bajaron del vehículo y a pesar de ir en formación y seguir a Carvallo, era imposible no distraerse, el hotel era precioso, enorme, con ventanales inmensos y rodeado de fuentes musicales y jardines bellísimos. Como ya estaba anocheciendo, las fuentes estaban iluminadas y el agua salía de colores, morada, azul, rosa, verde… el aire olía a flores y hasta ellos llegaba la tentadora música en directo del salón donde debían estar sirviendo la cena.

En la recepción hicieron entrega a Carvallo de las llaves de todos, y unas risitas llegaron a sus oídos. Sentados en los mullidos sofás de la recepción, estaban el Concejal de Urbanismo y el entrenador del equipo con el que iban a enfrentarse, Los Rangers Universitarios. Señalaron a los jugadores, en especial a Dulce. Ella no se molestaba demasiado, ya estaba acostumbrada a que le hicieran bromitas estúpidas con eso de que era la única chica, ¿qué había de malo en formar equipos mixtos? Ella era buena defensa, eso era lo único que importaba. Carvallo les sonrió para saludarles, una sonrisa nada amistosa. Si alguno de los dos hubiera conocido al Zorro la mitad de bien que cualquiera de los Incorruptibles, hubiera salido corriendo en dirección contraria, pero aquéllos dos imprudentes, no contentos con las risitas, se acercaron a hablar con él.

-¿Qué tal, Luciano? – Al Zorro le molestaba que le llamasen por su nombre de pila, sólo los que tenían mucha confianza con él hacían tal cosa, y eso, el concejal lo sabía. – Presumo que os ha ido bien el viaje, qué lujos, si hasta tenéis azafata y todo…

Eso iba por Dulce, y Carvallo estuvo a punto de saltar, pero fue el novio de la joven, Beto, quien habló por él:

-Los Incorruptibles de Hacienda, somos espartanos, y no necesitamos servidumbre, no como otros, que ni siquiera son capaces de mantener su palabra ellos mismos, y contratan a terceros para jugar una simple revancha. Es normal que os confundáis, como no estáis acostumbrados a ver a jugadores que se ganen su puesto por su propia valía, y pensáis que las mujeres sólo sirven para hacer bonito en la mesa de las secretarias. - El concejal y el entrenador miraron con desafío a aquél tipo atrevido, pero todo el equipo de Hacienda volvió la cabeza para mirar al funcionario. ¿Era Beto,… su… su Beto, el que había dicho todo aquello? A Carvallo se le escurrió el silbato de entre los dedos, ¿desde cuánto el bueno de Beto decía cosas así? Sólo Dulce no parecía sorprendida, lucía una enorme sonrisa, cogida de la mano de su novio, y éste parecía hacer esfuerzos por contener la risa.

-¿Tus muchachos hablan pisando a su entrenador? – dijo el entrenador de los Rangers, y aquello rompió el hechizo.

-Mis muchachos, tienen mente propia, voz y voto. No precisan de mi permiso para hablar, no son autómatas – defendió Carvallo – Y como habéis visto, tienen además un gran sentido del compañerismo. Dulce es nuestra mejor defensa, porque además, nosotros no discriminamos a nadie por su sexo, si es buena, tiene sitio en nuestro equipo.

-¿Si es buena, o si "está buena"? – rió el concejal – Lo que me extraña es que no juegue de delantera, porque de eso, va sobrada…

¡PLAS!

-¡Grosero! – Dulce acompañó del adjetivo el sonoro cachete que le había sacudido al concejal, y Carvallo no sólo no le llamó la atención, sino que aplaudió su proceder.

-¡Muy bien hecho! Señor González, me cuesta trabajo creer que usted, un concejal, alguien a quien se supone un mínimo de cultura, educación y mundo, pueda hacer bromas machistas de tan mal gusto hoy en día, ¡semejantes costumbres, quedaron ancladas en los años setenta, junto con los chistes de mariquitas y los estereotipos racistas! Y ahora, perdone, pero tengo que ocuparme de que mis muchachos se encuentren cómodos. A diferencia de otros entrenadores, yo velo por ellos día y noche.

-Huy, la matrona Carvallo… - dijo el entrenador del otro equipo, pero éste ya había echado a andar, y no se molestó ni en contestar. Los jugadores pasaron ante ellos mirando de arriba abajo al concejal González.

-Machista…

-¿Y si hubiera sido su hija…?

-¿"Todas iguales, menos mi madre y mi hermana", no…?

-Qué asco de tío…

Iban diciendo conforme pasaban junto a él, de modo que el hombre se sintió realmente incómodo y no le quedaron ganas de hacer más chistecitos de ese estilo para mucho tiempo. Y lo cierto es que los Incorruptibles eran los primeros en meterse con Dulce y hacer chistes de dudoso gusto, pero eso, no lo admitirían ni hartos de grifa, y en segunda, eran sus compañeros… tenían derecho.


******


-¿Pero por qué no podemos dormir en el mismo cuarto, si las camas están separadas y no vamos a hacer nada…? – Después de la frugal cena a base de entremeses, frutas y zumo de naranja, todos habían subido de nuevo a la planta de las habitaciones para distribuirse y los jugadores no dejaban de poner pegas sobre la necesidad de dormir separados de sus parejas.

-Tiene razón la chica, Carvallo, si a fin de cuentas, el partido no es mañana, sino pasado, bien podrías enrollarte y…

-¡El que no se tiene que enrollar eres tú, Jimeno! ¡He dicho que no y es que no! Mañana por la mañana, todos en pie a las cinco para el entrenamiento, así que no quiero que nadie se me desmande esta noche. Os conozco, si os dejo ir con vuestras esposas en un hotel como éste, sois capaces de no acostaros en toda la noche, cada quien a su cuarto y punto.

-Carvallo… somos trece, y hay dos chicas y siete cuartos… ¿quién duerme solo? – preguntó Manzano, era el más llenito de todos y por eso jugaba de portero, no tenía que correr demasiado y cubría mucha portería.

-La señorita Gema de Blas – contestó él – como ella, lógicamente no va a salir a entrenar mañana con nosotros, no me pareció bien ponerla con nadie y despertarla a las cinco.

-¿Eso significa que yo tengo que compartir la habitación con un tío? ¿Estando aquí mi novio? ¿Por qué no puedo compartir con él? – protestó Dulce, taladrando a Carvallo con sus ojos amarillentos.

-Porque tú, tú precisamente, ¡vas a compartir el cuarto conmigo! – contestó el entrenador, señalándole la nariz.

-¿QUÉ? – se horrorizó ella - ¡Ni hablar! Compréndelo, es un cortazo.

-Lo sé. - suspiró Carvallo, con aire agotado – pero me bastará con tu palabra de que no vas a espiarme por la cerradura del baño, en la guerra como en la guerra.

Las risitas de todos pusieron aún de peor humor a Dulce, que tomó a Beto de la mano.

-Carvallo, yo te doy mi palabra de honor de que si nos dejas compartir cuarto, será para dormir, no haremos nada censurable, y ya sabes que yo no sé mentir. – Algunos jugadores estaban ya a lo suyo, entrando en sus cuartos y no prestaron atención, pero Carvallo entornó sus ojos zorrunos para mirar a Beto. Dulce rehuyó la mirada del feroz inspector cuando éste la miró a él y miró las manos cogidas de ambos.

-Suéltale la mano y que me repita eso. – pidió. Dulce intentó objetar, pero Carvallo insistió – Hazlo. ¿Qué me decías, Beto?

-Decía que… que… - A Beto se le borró la sonrisa, miró a Dulce en busca de ayuda y la vio con su bonito chándal rojo que le sentaba tan bien y le resaltaba tanto los pechos, y se ceñía tan bien a sus caderas y al culito, y le recordaba tanto aquélla vez que hicieron cositas en la furgoneta después de un partido, llevando ese mismo chándal… - …que yo no sé mentir, Carvallo.

El inspector no sabía ni a dónde mirar y Dulce estaba colorada como un tomate.

-Eso, es evidente… sácate la camisa por fuera para tapar un poco esa "evidencia", y piensa en cosas aburridas antes de entrar en la habitación, o veo que Serrano es capaz de dormir con una plancha de metal en el culo.

La propia Dulce le ayudó a sacarse la camisa y le quitó la chaquetilla del chándal, "la sostienes doblada frente al cuerpo y así no se nota…", dijo, mientras Beto, visiblemente azorado, se dirigía a su cuarto, que compartía con Serrano. Efectivamente, a la joven no le quedó otra que compartir su cuarto con Zorro Carvallo, y ya en el cuarto, de dos camitas separadas, cuando el inspector le ofreció cambiarse la primera en el cuarto de baño, Dulce dijo bajito:

-Carvallo.

-¿Qué?

-Pues que… pensando que al menos ésta noche, dormiría con Beto o si no, dormiría sola… pues… pues que para dormir, sólo he traído esto… - la joven abrió su bolsa y sacó un camisoncito de tirantes, cortísimo y negro transparente, con el vuelo forrado de plumitas. Dulce no se atrevió a levantar la mirada, sólo oía el pie de Carvallo tamborileando sobre el suelo, y tenía razón. Aquélla prenda olía a lujuria a quince quilómetros.

-Y tú, eres la que dice que no ibais a hacer nada… ¡NADA BUENO! ¡Tendría que hacerte tragar ese camisón, no te dará vergüenza, traerte algo semejante a una concentración de partido! ¿Pero tú es que quieres que el pobre Beto no dé una en el clavo? ¡Que me lo vas a matar a base de sexo! – Dulce se encogió sobre sí misma ante la regañina. – Si todas las mujeres fueran como tú,…. Mira, lo hacemos así, yo me cambio en el baño, tú aquí, te metes en la cama y te arropas hasta la nariz, y cuando pueda salir, me das una voz, ¿de acuerdo?

Dulce asintió, y Carvallo cogió su pijama azul de rayas (su mujer le había dado uno de los buenos) y se metió con él en el baño. Muy poco más tarde, la joven le llamó que ya podía salir, y el Inspector vio con agrado que efectivamente, estaba tapada hasta los ojos y se había echado por los hombros la chaquetilla del chándal para cubrirse también los brazos. Lo que no le agradó tanto, fue que estaba leyendo un libro.

-¿Qué estás haciendo?

-Pues… leer. Leo un poquito antes de dormir, eso no perjudica la forma física, ¿no?

-Menos ironías, niña. – Como Carvallo estaba ya en la década de los cincuenta, a veces trataba a los menores que él con un poco de paternalismo, tanto en el buen, como en el mal sentido. – Mañana, todos en pie a las cinco, y mira la hora que es, casi las nueve y media, así que a dormir ahora mismo, venga.

-¿Pero, no puedo ni terminar el capítulo…?

-¡NO! Mañana por la mañana, no querrás haber terminado el capítulo, querrás haber aprovechado hasta el último segundo de sueño, así que ya lo sabes.

Dulce juntó las manos y miró suplicante al entrenador.

-¡Sólo me quedan un par de páginas, nada más, porfa, Zorro, porfa…! – gimoteó, mirándole fijamente a los ojos. Carvallo vacilo y finalmente suspiró, desalentado.

-Si todas las niñas son como tú, ¡me alegro de haber tenido varones! – susurró – Voy a mirar que toda esa panda de gamberros estén ya acostados, mientras tanto, acábate el capítulo, y para cuando vuelva, más te vale estar ya dormida, ¿entendido?

-¡Ay, qué bueno eres! ¡Gracias!

-¡No me des las gracias, o te apago la luz! – Dulce sonrió, y Carvallo salió al pasillo para hacer su ronda de inspección. En el primer cuarto, estaban Beto y Serrano echándose a suertes las camas, porque los dos querían la de la ventana.

-Venga, menos sorteos y a dormir, recordad que mañana a las cinco os llamo, y no quiero remoloneos, el que no se levante cuando lo llame, entro a la habitación y le vuelco la cama.

-¿Y tú, cómo es que no estás dormido ya? – preguntó Serrano.

-En primera, porque tengo que vigilaros a vosotros, y en segunda, porque la novia de aquí el señorito – dijo señalando a Beto – no ha tenido más ocurrencia que traerse la mínima expresión de un camisón para dormir, y la he dejado para que se cambie sola.

-¿¡Que se ha traído un picardías?! ¡Carvallo… Zorro! –Serrano le lanzó un cojín sin poder contenerse - ¡Tú lo sabías, y te has guardado la ración de vista para ti!

-¡No digas estupideces, ¿cómo iba a saber yo algo así?! ¡Y más respeto a tu míster!

-¿Se ha traído el camisolín negro….? ¿E-el de plumitas…?– Beto parecía a punto de llorar. – Era para mí… lo compró estando conmigo, y no me dejó pasar al probador, porque dijo que quería que fuese una sorpresa… Carvallo, ¿no puedo pasar a verla un momentín? Sólo mirarla desde la puerta, nada más…

El Zorro perdió la paciencia.

-¡¿PERO BUENO, yo estoy entrenando a un equipo de fútbol de tíos que tienen los huevos negros, o de patinadoras adolescentes?! ¡Nadie mira nada, Beto, nada de pensar en chicas, y lo mismo para ti, Serrano! ¡A dormir!

Salió de la habitación dando un portazo. Y fue una suerte, porque Beto se puso a preguntarle a Serrano si es que ahora Carvallo entrenaba a dos equipos distintos y se había liado, y el oír aquello, le hubiese puesto aún de peor humor. En el siguiente cuarto deberían estar Manzano y Ruiz, pero el cuarto estaba vacío. Estuvo a punto de asustarse o indignarse, pero al salir de nuevo al pasillo, un aroma muy particular llegó a su nariz y aquello fue la chispa. Se sintió dominado por una ira fría, tranquila y al mismo tiempo, devoradora. Se acercó lentamente a la habitación contigua, la de Jimeno y Vázquez. Muy despacito, acercó la mano al picaporte, lo agarró, y abrió de golpe.

-¡AJAJÁ! – gritó, y los cuatro dieron un salto en el aire por el susto. Manzano ocultó las manos en la espalda, pero el tremendo pestazo que inundaba la habitación no se ocultaba con la misma facilidad. – Parece mentira, a vuestra edad, y fumando esas mierdas… ¡venga, aquí, ahora mismo, toda la maría a la de YA! – dijo, señalándose la mano, y Manzano sacó el porrito, lo chafó en un cenicero y se lo dio. – He dicho TODA. – Manzano murmuró un "joer…" y se sacó un paquetito muy pequeño de la cinturilla del slip y se lo entregó, mientras los demás miraban al suelo. – No os dará vergüenza, teniendo entrenamiento mañana, víspera de un partido importantísimo, y me venís con éstas porquerías… Ruiz, ¿voy a tener que cabrearme? ¡Saca eso que has escondido bajo la almohada ahora mismo!

Ruiz intentó hacerse el loco, pero si él no tenía nada bajo la almohada, pero si Carvallo no le estaba mirando, era imposible que… Pero el Zorro le amenazó: o se lo daba, o lo cogía él mismo. Ruiz, colorado como un tomate, levantó la almohada y se lo dio. Una revista de Playboy. El inspector la cogió y suspiró, mirando al cielo.

-¿Por qué, Señor? ¿Por qué precisamente a mí has tenido que endilgarme la única manada de GILIPOLLAS que se creen que tienen trece años, teniendo cuarenta y tres?

-Bueno, de momento cuarenta y dos, hasta dentro de tres semanas… - corrigió Ruiz.

-Tú sigue arreglándolo, a ver si te hago tragar la revista de canto. ¡A vuestra habitación!

Ya estaban en la puerta, cuando Ruiz le dijo, confidencial:

-Carvallo… no… ¿no le irás a decir nada de la revista a mi mujer, verdad? Ha sido una broma, para vacilar con éstos y echarnos unas risas, pero si ella se entera que he comprado una revista de guarras, me mata. Tírala, rómpela, haz con ella lo que quieras, pero por favor, no me busques un bollo con mi Eva, ¿vale?

-…Tenéis suerte de que en el fondo, tenga el corazón que tengo. Acuéstate tranquilo, esto no saldrá de aquí.

-¡Gracias, tío!

-¡Venga, menos gracias y más pensar antes en las consecuencias, a dormir!

Ya sólo quedaban dos habitaciones, pero finalmente Carvallo sólo tuvo que registrar una, porque García se había traído una baraja, y a él y a Merino les hacían falta otros dos, Martínez y Carretero, para echar un buen póker.

-¡De timba! ¡Esto es lo último!

-¡Me cag… ahora que tenía un full como la copa de un pino! – maldijo García, que estaba en calzoncillos, tirando las cartas al suelo. Sólo la timba y el tabaco (esta vez sin porquerías) ya habían puesto a Carvallo de bastante mal humor, pero el ver una botella de whisky en el suelo y que nadie se molestó en ocultar, le puso de peor leche todavía, pero aún faltaba la guinda.

-García en calzoncillos, Merino sin la chaquetilla, Carretero ha usado el truco de ponerse calcetines, y Martínez va ganando, porque veo que no le falta nada… A lo mejor os descubro un mundo nuevo, pero para que jugar al strip-póker sea divertido, hace falta al menos ¡una chica! – al gritar, Carvallo tomó aire, olfateó… los jugadores se miraron unos a otros con cara de miedo, y el inspector se pasó la mano por la cara. – Vale. Que salga del baño, o la saco yo. Esté como esté.

Alguno estuvo a punto de hacerse el longuis, pero ninguno se atrevió. Cuando Carvallo estaba tan calmado y hablaba bajito, era mucho, muchísimo peor que cuando pegaba una voz, nadie quería pasar a la siguiente fase, y el propio García se levantó y abrió la puerta del baño.

-A mí, en vuestro lugar, se me caería la cara de vergüenza. Con vuestras mujeres en éste mismo hotel, y tenéis el valor de…

-El valor de traernos a nosotras – dijo Lucía, la mujer de Merino, que junto con las esposas de los otros tres, salía del baño el camisón. - ¿O qué te pensabas?

Aquello dejó en orsay incluso a Carvallo, pero no tardó en recobrarse.

-Al menos, habéis tenido el juicio de no exponeros a una venérea, pero aún así, es una muestra de irresponsabilidad, de falta de respeto hacia vuestro entrenador, y de inmadurez verdaderamente repulsiva. Mis señoras, tengan la amabilidad de irse a sus habitaciones y si tienen algún interés en que sus maridos no hagan pasado mañana el más despreciable de los ridículos, no me repitan una escenita como ésta, porque el que hagan el ridículo ellos, implica que hacen hacer el ridículo a su entrenador, y Carvallo puede ponerse algo desagradable cuando le ponen la cara en vergüenza… ¿está claro?

El que estuviera hablando en tercera persona, ya daba idea del nivel de cabreo que tenía, y las cuatro mujeres, entre risitas apuradas salieron de la habitación, pero Lucía no conocía a Carvallo tan bien como su marido, y ya desde la puerta, se volvió:

-Puede que mi Benito sea un irresponsable y un inmaduro… pero desde luego, él, no va a dejar nunca tirada a su esposa para divertirse, no como otros. – y salió del cuarto con la cabeza muy alta. Carvallo, puesto que a ella no podía hacerle nada, se volvió hacia Merino dedicándole una sonrisa peligrosa.

-Me debes ochenta abdominales, que me pagarás mañana, y todos los demás, cinco vueltas extras al campo. A ver si después de eso, seguís teniendo ganas de divertir a vuestras mujercitas antes de un partido, o para otra, les pagáis un espectáculo de Boys.

Carvallo requisó la baraja, el tabaco y la botella, y salió triunfal del cuarto mientras sus jugadores volvían a sus habitaciones y oía a Merino decir lastimeramente:

-No será que no se lo digo, "Lucía, mi amor, qué guapa estás calladita", pero nada…

De modo que el Zorro volvió a su habitación habiendo requisado varias cajetillas de tabaco, una botella de coñac, un porro y un paquetito de costo, y una baraja de póker francesa cuyas reinas eran modelos desnudas, y habiendo humillado a todos sus efectivos humanos y a cabreo por habitación. No estaba de muy buen humor, pero eso sus jugadores iban a pagarlo mañana. El único alivio, es que cuando llegó a su cuarto, Dulce al menos había sido obediente y estaba ya dormida. Se había quedado frita abrazada al libro, Manual de Ventriloquía, y Carvallo se lo quitó suavemente de entre las manos. La joven no se despertó, pero al coger el libro, una foto plastificada se deslizó de su interior. El Zorro volvió a dejarla donde estaba, pero no pudo evitar verla, y los ojos se le desencajaron: era una foto de Beto, sonriendo con la boca llena, con un tarro de galletas en las manos,… y desnudo.

"¿Pero es que no hay nadie en éste cochino equipo que se conduzca con un poco de sensatez?" se preguntó el entrenador, cerrando de nuevo el libro para no caer en la tentación de perder él mismo su sensatez, porque la herramienta que le colgaba al bueno de Beto, era muy a propósito para hacer comparaciones y sentirse desplazado, pero no pudo evitar mirar la foto otra vez por un detalle que le llamó la atención. Sí, no se lo había imaginado, estaba ahí. "¿Ese chico se deja los calcetines puestos para hacer el amor…?"

(continuará)