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viernes, 29 de marzo de 2013

Esto otra vez no, por favor.


-¡NO! ¡¿Pero qué he hecho, Dios mío, qué es lo que he hecho…?!

-Virguerías, Thais… verdaderas maravillas…





Colonia barata y alcanfor… y un poco a humo de cigarrillos, ese era su olor. Jean Fidel era mi jefe, abogado de cierta fama, especializado en representar a la acusación particular. Aunque también era un gran defensor, sólo raramente aceptaba casos de defensa, lo suyo era acusar y destrozar defensas… y si podía ser, también a las personas. En realidad se llamaba Juan, pero desde siempre le habían llamado Jean porque su madre era francesa, y él mismo insistía en ser llamado así fuera de la audiencia, incluso por sus trabajadores, entre los que yo me contaba. Lo de "señor Fidel", se quedaba sólo para los juicios.

No tenía pasantes masculinos, ni secretarios, todo éramos chicas, y casi la única cosa que se podía decir a favor de Jean en ese aspecto, era su sinceridad: no se ocultaba. No es que él hiciese de menos a las chicas que no le reían las gracias o que exigiese intimidad de alcoba para conservar el empleo, ni siquiera daba trato de favor a aquéllas que sí le concedían sus deseos… lo que le gustaba, era la sensación de la caza. El tener un lugar de trabajo lleno de chicas bonitas a las que tiraba los trastos de forma puramente sexual, sin demasiada cortesía y en ocasiones, hasta de forma ciertamente patética, era lo que le encantaba. Que yo supiera, del trabajo se había acostado sólo con dos o tres, y ninguna de ellas seguía ya allí. Una se había casado y había decidido dejar de trabajar, otra había formado su propio despacho de abogados y la tercera se había metido en política. Todas ellas seguían manteniendo con él una amistad, o cuando menos, le respetaban. El señor Fidel era un gran profesional, pese a su poca profesionalidad con sus ayudantes. No obstante, aunque no se acostase con nosotras, le gustaba el tonteo.

Había quien se lo consentía, quien se reía porque él la despidiese de un azotito en el culo… había quien no se lo consentía, quien le llamaba constantemente "señor Fidel" en lugar de Jean, quien le exigía que fuese más profesional… ambas cosas le encantaban. Y quizá la segunda más que la primera, porque le daba ocasión de insistir y luchar. De haberlo sabido entonces como lo sé ahora, sin duda hubiera usado otra estrategia, pero cuando entré a trabajar con él como su secretaria no lo sabía, y por eso me puse a la defensiva.

-Por favor, no se lo tome a mal… - me sonrió cuando, la primera vez que le entregué unos informes y vio que estaba todo perfecto, me despachó dándome juguetonamente con la carpeta en el trasero y yo brinqué ahogando un grito y le pregunté "¿¡qué hace?!". – Siempre trato así a mis chicas. A todas. Soy un hombre cariñoso…

"Habla de nosotras como si fuera un chulo o cosa así…", pensé, y salí, o escapé de su despacho tapándome el culo con la carpeta vacía. En los días sucesivos procuré no acercarme mucho a él, pero vi que decía la verdad: no es que me hubiera cogido a mí, es que a todas nos trataba igual. A todas nos decía picardías, con todas se propasaba. Me extrañaba que ninguna le hubiera denunciado por acoso, ése hombre parecía conducirse como si tuviera un harén propio… pero enseguida mis compañeras me contaron que era inútil.

-Una intentó denunciarle una vez. Lo hizo, de hecho, contó todo lo que hacía. Le llevó a juicio. Y Jean logró que la declararan culpable por acoso a ella. Él, quedó como un hombre sociable y expansivo que simplemente trataba a sus trabajadoras con afabilidad y fomentaba un ambiente de trabajo desenfadado y ameno, y ella, como alguien que había malinterpretado su comportamiento, que había intentado seducir al jefe para medrar, y cuando no lo logró, intentó destruirle. Ella tuvo que indemnizarle, perdió su puesto, su credibilidad… Si no estás dispuesta a aguantarle tal cual es, mejor búscate otro empleo. No te lo impedirá y además te dará buenas referencias, pero no intentes nada contra él, llevas todas las de perder… Jean lograría condenar a la silla eléctrica a la Madre Teresa.

Y tenían razón. Y por eso había querido trabajar con él, sabía que era de lo mejorcito del país, trabajar con él era una buena recomendación para cualquiera, después de eso, no tendría problema en abrir mi propio despacho o trabajar para quien me diera la gana… pero tenía que aguantar un año por lo menos, o dos, para que quedase como experiencia a poner en el currículum. No tendría ningún valor haber trabajado con él por tres meses. Así que sólo me quedaba aguantar o volver a hacer trabajitos administrativos y no llegar nunca a ser una abogada de verdad.

Y aquí, llegamos a lo peor. Eso de aguantar, no me seducía, pero podía lograrlo. Lo peor, era mi desventaja. Mi problema. Siempre he sido tímida y poco sociable precisamente por eso. Cuando era niña no me importaba, entonces no había que tener miedo, todo era divertido… pero cuando llegué a la adolescencia, las cosas empezaron a cambiar. Entonces, tuve que tener cuidado. No debía… si iba de discotecas, me ponía en severo peligro, porque no sería capaz de aguantar, de dominarme, de controlar a mi propio cuerpo. Evitaba las fiestas, los excesos y las juergas. Cuando salía con mis escasas amigas, la fiesta se terminaba para mí apenas ellas proponían ir de bailoteo o cosa similar. Mis salidas eran al cine y hablar, y poco más. Con el tiempo, y por cada vez que fracasaba, me había ido volviendo más y más introvertida. Había tenido sólo un novio en toda mi vida, y fui yo quien le dejé, porque no podía salir con él a casi ningún sitio. Él quería ir a cenar y eso podía hacerlo… pero en el restaurante había después música en directo, y eso no podía soportarlo.

Si accidentalmente Jean, o alguien, se enteraba de mi rareza… sería mi ruina, no podía permitirlo. Y Jean tenía el vicio de invitarnos a todas a tomar lo que fuese cada vez que ganaba un caso. Naturalmente, me negué. Me negaba siempre, siempre ponía excusas. Que mi madre estaba enferma… que tenía que ir a la compra… que me iba a llegar un paquete y tenía que estar en casa… Mis negativas sólo tenían un efecto: cicatear a Jean más y más. Mi reticencia hizo que se interesase por mí más que por cualquier otra chica, yo me convertí en la plaza que deseaba tomar por encima de todo, para él era impensable tener una mujer guapa en la oficina y que ésta se negase taxativamente a reírle las gracias, a juntarse con los demás, y a considerar divertida la caza. El resto de chicas, cuando se negaban a dejarse tocar, era siempre con una sonrisa, con un comentario divertido… un: "Jean, esa camisa pronto va a parecer el chaleco si sigue usted alargando las manos…"; "Los ojos, los tengo un poco más arriba, ¿sabe?", y todo dicho siempre con picardía, con humor. Yo no entraba en ése juego, yo directamente escapaba, incómoda y avergonzada.

En cierta ocasión estaba dictándome una carta. Yo estaba sentada frente a él, con el bloc en las rodillas, las piernas cruzadas para llegar mejor sin doblarme demasiado, y no dejaba de estirarme de la falda, a pesar de que casi me llegaba a los tobillos, porque notaba que él me miraba. Finalmente, dejó de dictar. Yo esperé, con el boli pegado al papel, hasta que no aguanté más y alcé la mirada. El señor Fidel me miraba con sus ojos oscuros y pícaros, y me encontré mirándole con atención sin darme cuenta. Era ciertamente atractivo. Tenía el pelo negro muy abundante, peinado ligeramente hacia arriba, dándole aspecto de erizo aseado. Una cara simpática, donde destacaban los ojos tan negros como su cabello, brillantes y llenos de malicia, que hacían pensar en chistes verdes… que de hecho, parecían decir "Sí, no es una impresión tuya, realmente te estoy desnudando con la mirada… y me encantaría hacerlo también con las manos". Una nariz recta y bien delineada, aunque graciosamente gordita, y una boca cuya sonrisa prácticamente permanente le hacía aparecer graciosos hoyuelos en las mejillas. Era muy alto, altísimo, de hombros anchos, piernas muy largas y cuerpo delgado, pero no flaco. Además, se vestía bien, solía llevar traje terno y el chaleco le hacía un talle francamente tentador, los pantalones le marcaban tan deliciosamente las nalgas… mentiría si no admitiera que era un hombre deseable, aunque para mí fuese un baboso obsesionado con el sexo. Si un hombre como él podía querer algo de mí, pensé, sería sólo para apuntarse el tanto o por morbo. Tras unos larguísimos minutos, por fin habló:

-Tú no eres divertida. – sonrió, y no supe qué decir, sólo me sentí indignada. – No te ofendas, no todo el mundo es divertido, cada quien es como es… lo que quiero decir es que no eres divertida no porque seas aburrida, sino porque pareces ocultarte. Mírate. Llevas una falda que te llega más abajo de las rodillas, y aún así no dejas de estirártela. Una blusa gris cerrada hasta el cuello, y encima un lacito en él, para evitar que se suelte ni un botón, y además, la chaqueta. Llevas unos zapatos planos que parecen barcas, y toda tu ropa es pardusca. Y el pelo corto. No digo que no vistas con discreción, he conocido a muchas mujeres que preferían vestir discretamente, pero aún así, se sentían elegantes y guapas a su manera, porque se arreglaban para ellas mismas… tú no. – sonrió más, como si acabara de comprender un chiste muy divertido – Tú no te sientes bien con esas ropas, ni cómoda, ni nada… sólo las usas para ocultarte. De algún modo, te sirven como una barrera detrás de la cual puedes esconderte. Sólo te faltan las gafas, estoy seguro que lamentas no tener que llevar gafas, porque entonces podrías usar unas lentes enormes que te cubrieran media cara y que llevases sujetas al cuello con una cadenita… entonces, seguro que nadie se acercaría a ti, ¿verdad?

Sentí que mi cara ardía. Me hubiera gustado poder decirle que se metiera en su vida, que me dictara su maldita carta y me dejara en paz, pero no pude. El señor Fidel se levantó de su silla y apoyó las manos en los reposabrazos de la mía. Acercó su nariz a mi rostro y el olor a mentol de su aliento me bañó la cara.

-Soy el primer hombre que se acerca a ti en mucho tiempo. – no era una pregunta. – Y eso te incomoda. Preferirías que te dejara en paz, preferirías que todo el mundo te dejara en paz, meterte en tu caparazón y no tener que volver nunca a hablar con nadie… Lo siento, señorita, eso no se puede. Thais – ése era mi nombre – Si quieres ser abogado algún día, no puedes esperar que la gente no te mire, o que sólo les presentes documentos y se queden convencidos, o no hablar con la gente. Necesitas a la fuerza hablar. Y no sólo hablar, sino convencer. Apabullar. Manipular. Y eso, no se consigue encerrándote en ti misma. Tienes que salir y plantar cara, como lo hacen las demás. Cuando les doy un azote y ellas se molestan, podrían devolverme un bofetón… pero eso, en la audiencia, no podrán hacerlo. Tienen que vencer al contrario con la palabra, aunque sepan positivamente que defienden una causa perdida o a un miserable, o que acusan a alguien que tiene razón. No pueden abofetear al contrario, o decir "señor juez, mire a éste…". Tienen que rebatirle conservando la calma. Te parecerá una tontería, pero si ya están templadas de tratar con un manos largas como yo, conservarán la calma frente a lo que sea. Y tú tienes que hacerlo también. No quiero volver a verte esconder la cabeza como una tortuga, eres una chica valiente, no un animalito asustado.

No supe qué decir. La verdad es que casi nunca sabía qué decir. En un intento de forzarme a reaccionar, alargó la mano y la puso sobre mi pecho. Ahogué un grito.

-¡Por favor…! – susurré.

-En un juicio, cuando presenten una prueba que te haga correr peligro, no podrás decir "por favor"… tendrás que rebatirla. – sonrió, sin mover su mano de mi pecho. – Dime algo que me haga retirar la mano.

-Le… puedo denunciar por acoso si no quita la mano… - musité.

-No, no puedes contestar a un ataque directo con una vaga amenaza que sabes que no podrás llevar a cabo. Estás permitiendo que mi mano sea quien piense por ti. Estás tan ocupada pensando en librarte de mi mano, que no piensas claramente, sólo quieres defenderte… no te defiendas, ataca. – Le miré con los ojos húmedos. – Antes que lo hagas… no insultes. No puedes insultar a un abogado porque te ataque, tienes que contraatacar en el terreno de la dialéctica. Sé mordaz. Estoy intentando ponerte en un aprieto, rebajarte, humillarte con mi acoso… anúlame. Ponme en ridículo. Haz que me retire.

-Si… si está intentando tomarme el pulso, no sabe usted nada de anatomía… el corazón, está en el otro lado… - había tartamudeado y tenía la voz ahogada por el llanto que me producía la impotencia. Pero Jean sonrió.

-Un poco burdo, pero no está nada mal para ser la primera vez. – retiró la mano lentamente. - ¿Ya lo ves? Puedes hacerlo. Y DEBES hacerlo. Tienes que aprender a atacarme con seguridad, y llegará el día en que podrás esquivarme, te adelantarás a mí y no dejarás que te toque. Y cuando te diga algo irónico, me contestarás con el sarcasmo y me harás callar. Thais, sé bien cuándo una chica va a ser una abogada buena, y cuando va a ser excepcional, y tú eres del segundo grupo, porque has sacado las mejores notas y tienes talento… pero persistes en esconderte, y eso no podemos permitirlo. Voy a conseguir sacarte del caparazón en el que te has metido, y me lo agradecerás. Por de pronto, no quiero verte encogida. Si te gusta llevar esas ropas, adelante, pero quiero verte andar erguida, alzar la cabeza y sacar el pecho. Quiero que cuando pases frente a un espejo, o a un escaparate, te mires en él y aprecies lo guapa que eres, y lo buena que estás. Quiero que te convenzas de que eres hermosa y seductora, porque si tú lo crees, lo creerán los demás, y si cuando salgas ante un jurado estos ven una mujer guapa y segura de sí, les caerás más simpática y serán más propensos a creerte que si ven a una criatura que no cree en sí misma y se tiene miedo.

Tenía razón, tenía mucha razón. Asentí. Me sentía sucia por su contacto, abusada… y al mismo tiempo, sin embargo, un poco tonta, y hasta ligeramente excitada. Ahora empezaba a entender el juego de Jean. No se trataba sólo de la caza, del tonteo, de meter mano a sus chicas, sino de un entrenamiento. Una puesta a prueba. En los días sucesivos, me fijé que las chicas que llevaban más tiempo con él eran efectivamente más seguras, y a muchas no llegaba ya a tocarlas. No porque no lo intentara, sino porque ellas se anticipaban a él. El señor Fidel fingía que iba a echarles el brazo por los hombros, pero bajaba descaradamente por la espalda hasta las nalgas… y ellas le detenían la mano en el aire con una sonrisa que él les devolvía. Y las miraba con orgullo, porque habían aprendido. Sólo las chicas muy nuevas como yo, o las inseguras de sí mismas, no eran capaces de leerle así las ideas y protegerse antes de que fuese necesario contestarle. Y me di cuenta que no quería ser una bobita que se limitase a ponerse colorada y a saltar como un minino asustado cada vez que le viese acercarse a mí, sino que quería ser segura y capaz como mis compañeras.

Pasaron los días y empecé a esforzarme. Me miraba al espejo y me daba cuenta que no me gustaba lo que veía en él, y cambié todo mi vestuario. "Por usar unas faldas de chica y no de momia, no va a pasar nada malo…" pensé. Aún no sabía cuánto me equivocaba, pero usando faldas que dejaban que se vieran mis rodillas, blusas en las que podía llevar desabrochado el primer botón, y zapatos coquetos, me sentía mucho mejor, más risueña y atractiva. La mujer que ahora me devolvía la mirada desde el espejo era una criatura mucho más segura de sí misma, más atrevida… por lo menos, ya parecía tener treinta y dos, y no cincuenta y dos, aunque yo siguiera siendo la misma tímida de siempre, aterrada por lo que pudiera suceder si alguien descubría mi debilidad. Pero… eso no tenía porqué suceder, ¿verdad?

-Bueno, se acabó la jornada, ¡fiestaaa! – gritó el señor Fidel aquélla tarde de viernes, y por un momento, sonreí, pero al segundo siguiente me aterré, porque me di cuenta de lo que pretendía. No hablaba de irse de fiesta por ahí, sino de montarla… en la propia oficina. Ante mis ojos, mis compañeras empezaron a juntar mesas a una velocidad endiablada, a sacar comida y aperitivos de cajitas y botellas de champagne, refrescos, copas y vasos de plástico. Yo estaba tan aturdida que apenas podía reaccionar… ¡nadie me había dicho nada! Con disimulo, intenté tomar mi abrigo y marcharme, pero al darme la vuelta, me encontré la pechera de un traje con olor a colonia barata y alcanfor, y al mirar hacia arriba la sonrisita irónica de mi jefe. – Y… ¿a dónde te imaginas que vas?
-Eeeh… ¿a mi casa? – probé suerte – Es que… yo no sabía nada de… de esto, y lo cierto es que hoy no puedo, ten-tengo que llegar pronto a casa…

-…Porque tu madre está enferma, ¿verdad?

-¡Exacto!

-Thais, he llamado a tu madre esta mañana y además de gozar de perfecta salud, ni siquiera está en la ciudad. – sonrió.

-Es mi padre quien está enfermo.

-Tu padre murió hace tres años.

-Tengo que recoger a mi sobrina del colegio.

-Hoy no es día lectivo.

-¡Estoy menstruando!

-¡A verlo!

-¡Protesto! ¡Mi vida privada no es de la incumbencia de mi jefe!

-¡No se acepta! Puede que no lo sea fuera de la oficina, pero es totalmente de mi incumbencia dentro de ella, por eso he decidido celebrar la última victoria aquí, y por eso pedí que nadie te dijera nada, para que ésta vez, no puedas escaquearte. – lució su particular sonrisa de victoria, de "qué listísimo soy"… y me fastidiaba reconocerlo, pero tenía razón. Qué tipo, cómo sabía acorralar, no me extraña que no hubiera letrado, ni fiscal ni defensor, que no le temiera como a la peste.

-Tengo que quedarme, ¿verdad? – El señor Fidel asintió con la cabeza, sin dejar de sonreír con picardía.

-Por lo menos, un par de horas. – sentenció – Qué menos para no ser grosera, dado que en parte ésta fiesta está dedicada a ti.

-¿A mí….? – Eso sí que me cogía de sorpresa. Yo sabía que la semana pasada Jean había logrado aumentar la pena de cinco años a doce, además de la restitución íntegra de los bienes no declarados, más los intereses correspondientes, a un tipo que había defraudado a Hacienda todo lo que había querido durante años. Representaba a la amante despechada del defraudador, quien se consideraba severamente ofendida por él porque le había dado palabra de matrimonio y después se había ido con otra… un inspector de Hacienda, un tal Carvallo, había tenido la amabilidad de facilitarnos todos los informes que nos habían hecho falta, y el señor Fidel había destrozado todos los alegatos de la defensa, apuntándose un buen tanto… estaba incluso pensando en presentarse para concejal, pero esa es otra historia. Eso, es lo que yo sabía. ¿Qué razón tenía nadie para darme una fiesta a mí…?

-Hoy hace seis meses que entraste a trabajar para mí. – me explicó. Y no pude evitarlo, sonreí y noté que mi cara desprendía calor. Me hizo ilusión que se acordara de algo así, cuando ni yo misma me acordaba.

-Está bien… supongo que puedo quedarme un ratito… - susurré – Señor Fidel, ha sido…

-Jean, por favor.

-Jean. – me corregí – Ha sido usted muy amable al pensar en mí, se lo agradezco mucho. – mi jefe sonrió e hizo ademán de darme dos besos. – Pero no tanto. – contesté de inmediato con una sonrisa. Jean se rió alegremente, yo estaba aprendiendo muy deprisa.

La pequeña fiesta transcurría con normalidad, simplemente hablando entre nosotros, haciendo chistes, comiendo y bebiendo un poquito… nada de pasarse, y debo reconocer que me sentía muy a gusto. No quería que algo así sucediera, pero lo cierto es que el señor Fidel me estaba empezando a gustar. No seriamente, desde luego, no es que quisiese acostarme con él… pero me gustaba su persona, su forma de pensar, su manera de unir sus ganas de gamberreo y caza de sexos al trabajo. Aquélla noche noté que me miraba mucho. Hablaba con todas, bromeaba con todas, incluso con los novios de aquéllas que los habían traído… pero a mí no me dejaba ni a sol ni a sombra, y sentía su mirada casi constantemente. Cuando en alguna ocasión me separaba de él, o él mismo iba a hablar con otra persona, si le miraba de refilón podía ver sus ojos clavados en mí. Me empecé a sentir incómoda y quise irme, a fin de cuentas ya había pasado un rato prudencial. Pero entonces, llegó la catástrofe.

-¡Un poco de música ambiente! – dijo una de mis compañeras y sacó un altavoz portátil para conectar a un mp3. Casi grité de pánico e intenté marcharme en el acto, pero una mano se cerró en torno a mi muñeca y me retuvo. Era Jean. Negué con la cabeza, casi suplicando, pero la música empezó a sonar y me apretó contra él.

-No, por favor… - supliqué, mientras el dulce metal de la trompeta de Glenn Miller (http://www.youtube.com/watch?v=n92ATE3IgIs )parecía atravesar mi cerebro y recorrer mi espina dorsal hasta hacer palpitar mi clítoris – Por favor, deje que me marche… yo…

-¿Qué te dije de las súplicas, Thais? Nunca te van a servir de nada. Si quieres que te deje ir, vas a tener que ser mucho más convincente.

…Y a partir de ahí, los recuerdos de Thais eran borrosos, confusos, y sobre todo, vergonzosos. Thais no era una mujer normal, desde niña lo había sabido, y habían intentado tratarla sin éxito. Su cuerpo padecía un extraño síndrome de hipersensibilidad a las vibraciones acústicas. Dicho más claramente, una especie de alergia a la música. Si una persona normal, al oír una música bailable y pegadiza siente ganas de bailar y empieza a mover la cabeza o a balancear un pie sin apenas darse cuenta, el caso de Thais era mucho más alarmante: ella se veía impelida a bailar sin poder controlar su cuerpo, y a actuar en consecuencia a la letra de la canción, y dado que la mayoría de las canciones existentes suelen hablar de amor y sentimientos, acababa arrojándose en brazos, besando y frotándose lujuriosamente contra su pareja de baile, independientemente de que en realidad le gustase o no, o de que fuese hombre o mujer. Thais no se consideraba lesbiana, pero en alguna ocasión, víctima de su enfermedad, había tenido sexo con chicas… claro que tampoco se consideraba promiscua, y sin embargo había tenido sexo con muchos hombres distintos y hasta con grupos. Había intentado reprimirse durante toda su vida, mantenerse alerta de los sitios con música, pero no siempre lo había conseguido. Llevaba un par de años lográndolo, y por tanto, sin practicar sexo, porque, eliminados los riesgos, era una mujer muy tímida e insegura… pero ahora, acababa de caer.

A Jean no le pasó desapercibido el cambio, pero simplemente lo achacó a que por fin su más reciente pasante se estaba soltando la melena. Thais parecía encogerse sobre sí misma, y de pronto le miró, sonriente. Le brillaban los ojos y estaba un poco ruborizada, y parecía… parecía un poco como si flotara.

-¿Has bebido…? – preguntó el abogado, pero la joven negó lentamente con la cabeza, sonriendo más aún, casi embobada. La suave música de baile, el Moonlight Serenade la hacía mecerse suavemente, contoneándose entre los brazos de Jean, que parecía encantado con el giro de su colaboradora. "Creo que no sabe lo bonita y lo seductora que puede llegar a ser", pensaba, aprovechando para pegarse más a ella y empezar a bajar la mano por su espalda, acercándose peligrosamente al trasero de Thais, "o lo sabe, pero tiene miedo de sí misma y de su sensualidad." La joven le miró con los labios entornados e incrustó su cabeza en el pecho de su jefe, abrazándolo intensamente. La canción acabó en ése instante y Thais se detuvo. Parpadeó y ahogó un grito al darse cuenta de qué modo estaba abrazando a Jean e intentó soltarse y recobrar la cordura… pero el modo aleatorio de las canciones le jugó una mala pasada porque entonces empezó a sonar una animada canción pop ochentera, "Muérdeme" (http://www.youtube.com/watch?v=a1epSSUN7nY ), y cualquier posible resistencia se fue a pique.

Thais se rió traviesamente y empezó a moverse entre los brazos de Jean de forma ciertamente provocativa, frotándose contra él sin tapujos. Éste no la retuvo, la animó a ello. El resto de los presentes, bailando también, ni se daban cuenta del espectáculo, y los que se daban cuenta, era para reírse y animarles a seguir. Sin dejar de bailotear, la joven se separó un poco de Jean para quitarse la chaqueta y hacerla girar sobre su cabeza cogiéndola de una manga mientras cantaba, para a continuación, intentar desabrocharse la camisa. No es que a Jean le molestase lo más mínimo que hiciese algo así, pero no estaba dispuesto a que también lo viesen el resto de tíos presentes, así que la abrazó para impedirle que continuase su strip-tease, y al tomarla, Thais le apresó de los mofletes y le besó lujuriosamente, metiéndole la lengua en la boca y acariciándole el paladar por dentro, en medio de gemidos de deseo. Jean la apretó más contra sí, bajando las manos hasta el inicio de sus nalgas, y la propia joven le agarró de la muñeca y se las hizo bajar para que la apretase, lo que hizo ansiosamente, dando caderazos involuntarios allí mismo, delante de todos, notando que su temperatura subía como si tuviera fiebres… y no era lo único que estaba subiendo de forma imparable.

-Thais… - Jean estaba deliciosamente ridículo intentando mantener la poca compostura que aún les quedaba con las manos aferradas a las nalgas de ella y un grueso cerco rosa en torno a la boca. - ¿Quizá te apetece ir a un sitio… más tranquilo?

-¿Habrá al menos un sofá en ese sitio tranquilo…? –jadeó la joven, bañando con su cálido aliento deseoso la cara de Jean - Preferiría no tener que hacerlo de pie. – Jean se rió ligeramente con la nariz, sonriendo tanto que se le cerraban los ojos pícaros. Daba la sensación de que, de haber tenido las manos libres, habría aplaudido.

-Creo que algo podremos conseguir…. – murmuró, travieso, y sin soltarla, llevándola en brazos, la sacó de allí y la llevó a su despacho. Apenas cerró la puerta con llave, la boca de Thais se pegó a la suya con decisión, dispuesta a no soltarle, mientras ella misma se abría la blusa, dejando ver un sostén blanco. Jean caminó hacia atrás hasta una de las librerías, intentando que su boca no se separase de la de su compañera, jugueteando constantemente con sus lenguas. Sin mirar, alzó la mano y agarró uno de los libros de leyes, tiró del lomo y luego avanzó de nuevo un par de pasos, hasta descubrir una cama empotrada bajo la falsa librería.

Si Thais no se hubiese encontrado en su estado, se hubiera sorprendido hasta el horror al ver que el pervertido de su jefe tenía un nidito de amor preparado en su propio despacho, porque el de la cama, no fue el único cambio. Al activarse ésta, otra de las librerías se dio la vuelta dejando ver un lujoso mueble-bar, la iluminación se degradó al rojo, un delicado perfume se expandió en el aire mientras sonaba música muy suavemente y un panel del techo se descorrió, mostrando un gran espejo sobre la cama… de sábanas de látex negro y con un cobertor de leopardo.

-¿Te gusta mi cuarto de juegos…? – preguntó Jean, despojándose de la chaqueta y bajándose la cremallera del traje, y todo con una sola mano, para no soltar a Thais. La joven contempló su alrededor, sospechando que su jefe tenía aún más secretos en los armarios y cajones del despacho que tenían cerradura, y sonrió, viciosa. Lamió el rostro de Jean desde la barbilla a la nariz, recreándose en el gemido de satisfacción que emitió éste, y se inclinó hacia delante. Los dos cayeron sobre la cama, que debía estar preparada para el juego duro, porque ni protestó, en lugar de ello sonó un glugluteo y ambos botaron y se mecieron de modo que sus estómagos giraron. Era una cama de agua. Thais soltó la risa y montó a su jefe, subiéndose la estrecha falda mientras luchaba contra los botones de la camisa de él. – Eres una tigresa… - susurró Jean, entre risas y lamidas – Siempre tan apocada, pero hoy te has lanzado… mi tigresa tímida.

Thais besó alocadamente y lamió el pecho velludo de su jefe, acariciando sus brazos de piel suave, mientras su mano derecha bajaba sin reparos hacia la bragueta abierta y se introducía para acariciar el miembro enhiesto y ansioso. Jean gimió, encantado, mientras le desabrochaba los corchetes del sostén, en medio de su placer y con una sola mano, lo que delataba que desde luego, tenía sus tablas en estos asuntos… La joven no pensaba, se veía superada por su debilidad y por la arrolladora masculinidad viciosa de su jefe. Muchos hombres se habían sentido intimidados por ella y su modo de lanzarse, otros muchos la habían usado simplemente para un desahogo… pero ninguno le había dedicado un momento privado en una especie de santuario del sexo, ninguno había demostrado ser… tan vicioso como ella misma.

"No, no es cierto, no soy una viciosa, a mí no me gusta hacer estas cosas…" logró pensar la joven mientras se soltaba las cintas de los costados de las bragas para deshacerse de ellas y empezaba a frotarse contra el pene supurante de Jean, quien le pellizcaba alternativamente los pezones con una mano, y con la otra guiaba su miembro para acariciar con él el clítoris hinchado de su compañera. Thais se relamía mirándole, con los ojos entornados, y Jean no podía dejar de sonreír, qué bien lo estaba pasando, sabía que su pasante escondía una fierecilla debajo de su timidez, como la mayoría de las tímidas, pero nunca pensó que pudiera lanzarse tan decididamente. Su polla parecía emitir chispas eléctricas a cada roce con la suave intimidad húmeda de ella. Thais se abría los gruesos labios vaginales para dejar al descubierto su perlita y que ésta fuese acariciada con más intensidad. Jean, con mano temblorosa, agarró una potente lupa que tenía en la mesilla y la llevó al sexo de su compañera, para poder apreciar mejor el clítoris.

-¡Ooooh, ¿cómo puedes ser tan guarro?! – se rió Thais, abriéndose más y estirando la piel para que lo mirara plenamente.

-Thais… - jadeó él, sonriente – No nos hagas sufrir más… ¡ensártate!

La joven sonrió y se dejó caer sobre el miembro de Jean, en medio de un potente grito de placer de ambos.

-Haaaah…. Me…. Me llenaaas…. – Thais tembló de pies a cabeza, casi babeando de gusto al sentirse atravesada por su pene poderoso. Jean se retorcía de gusto, extasiándose en la dulzura de la sensación, su miembro apresado en aquélla intimidad tensa, caliente y apretada. Le hubiera gustado gozar de aquella sensación por unos segundos, pero su compañera, jadeando esforzadamente, empezó a botar con rapidez, riendo entre gemidos.

"Mierda… ¡no vayas tan rápido!" pensó Jean, sintiendo las maravillosas chispas que se cebaban en su pene, haciéndole saber que las ganas de correrse ya eran deliciosamente insoportables, y en pocos segundos se harían físicamente irreprimibles. Intentó pensar en cosas horribles, en Margaret Tatcher, pero cada vez que abría los ojos, veía los pechos redondos y de pezones rojizos de Thais botando alocadamente frente a él, y su cara ruborizada con los ojos en blanco y sonrisas de placer tan intensas que parecía estar drogada… no podía resistirlo, ¡era demasiado bueno! Thais se sentía flotar, era increíble, cada roce del miembro de Jean le activaba sensaciones que ni creía que existieran, y un travieso picor se hacía cada vez más intenso dentro de ella, sus muslos parecían arder por dentro, y todo su cuerpo parecía querer estallar…

-Oh, Jean….. ¡Te quiero! – gritó sin poder contenerse, y su compañero lo hizo también, pero de terror. Su excitación estuvo a punto no ya de caer, sino de contraerse sobre sí misma como la cabeza de una tortuga.

-Oye, Thais, escucha… - vaciló – Mira, me gustan los tacos y las palabras soeces durante el sexo, como a cualquiera… ¡pero hasta YO tengo mis límites!

La joven rió con ganas, y cuando lo hacía, sus pechos se movían ligeramente. Consciente de que Jean los miraba, se meneó, haciéndolos bailar en círculos. Su jefe casi movía la cabeza al ritmo de sus pezones.

-De acuerdo, señor Fidel… seremos buenos amigos, ¿de acuerdo? – murmuró, melosa.

-De acuerdo, Thais… muy buenos amigos… - la joven recuperó su alocado movimiento saltarín sobre la polla extasiada de su jefe, ella misma no aguantaba más, el placer la recorría en olas cálidas por la espalda, estaba a punto de llegarle, pero finalmente el inmenso gusto fue demasiado para Jean. Sintió que sus pelotas se elevaban ligeramente, apretó las tetas de su compañera hasta dejarle marcados los dedos, y su cuerpo fue más fuerte que él mismo, no pudo resistir el abrasador cosquilleo que se cebaba en su glande y se sintió explotar dulcemente, el esperma caliente le recorrió por dentro y le hizo sentir bañado cuando inundó el sexo de Thais, que abrió los ojos desmesuradamente al sentirlo, mientras él se contraía de forma maravillosa hasta el ano y el placer le recorría, haciéndole temblar.

-¡Lo noto…. Puedo sentirloooo… me… me quema por dentrooo…! – gritó la joven, con la boca abierta de sorpresa y placer. Sus saltos se hicieron más alocados, buscando a la desesperada su éxtasis, ya cercano, deleitándose en el obsceno chapoteo y el divertido vaivén que se producía a cada bajada. El picorcito delicioso estaba ahí, ahí… la polla de Jean lo excitaba deliciosamente, haciéndolo expandirse por toda su pelvis en espasmos dulcísimos, hasta que al fin estalló, Thais gritó, apretándose los pechos y curvándose hacia atrás, en medio de carcajadas, mientras el inmenso gozo la hacía retorcerse y titilar, ahogándose en su propio grito de placer, con sus muslos dando convulsiones y su sexo contrayéndose, absorbiendo el semen que había empezado a derramarse, de nuevo hacia el interior…

-¿Fumamos un cigarrillo….? – susurró Jean, con voz dulcemente derrotada, mientras Thais se tendía a su lado y se despojaba finalmente de la falda y las mini medias, y lo miraba con deseo.

-Todavía no. – sonrió, viciosa.




-¡NO! ¡¿Pero qué he hecho, Dios mío, qué es lo que he hecho…?!

-Virguerías, Thais… verdaderas maravillas…

Jean estaba desnudo a mi lado, yo estaba desnuda también… estaba en una cama de agua con sábanas, ¿de látex negro? Y pringosas… y un cobertor de leopardo… ¡y un espejo en el techo!

-¿¡Qué ha pasado aquí!?

-¿Te lo cuento por orden cronológico, alfabético, o de importancia….? – me dijo Jean contando con los dedos y una estúpida sonrisa en su mofletuda cara.

-Señor Fidel… usted… ¡se ha aprovechado de mí!

-¿Perdón? ¿No eres tú la que anoche me gritaste, entre otras muchas cosas, "te deseo, Jean; hazme tuya, Jean; otra vez, dame más, como te corras ahora te mato?" Porque te pareces muchísimo a ella… de hecho, tienes el mismo antojo en…

-¡No me toque! – chillé, saliendo de la cama agarrada al cobertor de leopardo como si éste fuese un salvavidas y recogiendo mi ropa, tirada por el suelo.

-Thais… - Jean parecía descorazonado por mi actitud, pero yo no podía ser blanda; había caído otra vez, y encima con mi jefe, y por lo que parecía, había sido bastante denigrante. – Nos acostamos, sí, pero no hicimos nada que tú no quisieras, te aseguro que fue… bueno, fue buenísimo, la verdad. – le taladré con la mirada y preguntó - ¿De veras no recuerdas… nada?

No quería recordarlo, pero hice un esfuerzo pese a todo, y eso fue peor aún.

-Eeeh… recuerdo algo de… miel. Y… antifaces… y… recuerdo algo de… ¿un cocodrilo?

-Jeje, eso es una postura que te enseñé – sonrió, divertido. Le miré como quien mira a un monstruo, y entonces recordé algo más. Negué con la cabeza, horrorizada, y metí la mano bajo la manta, exploré mi intimidad, y efectivamente, hallé un cordoncito. Tiré de él, y, empapadas y en medio de un tintineo, salieron dos bolas chinas.

-¿He… he dormido con ESTO puesto? – mi enfado me hacía incluso temblar la voz.

-Creo que se nos olvidó sacarlas… ya estábamos algo cansados después de eso. De-de hecho, y ahora que lo mencionas, creo que yo… - mi jefe se llevó la mano al trasero, pero antes que pudiera terminar el gesto, grité.

-¡SEÑOR FIDEL…! Me parece que… me despido.


(continuará)