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jueves, 7 de marzo de 2013

Feliz Navidad...


-Hoy, quieres demostrar que eres mayooor… tu éxito será el sabooor… - Es cierto, lo más apropiado para una fiesta de Navidad, serían villancicos y no canciones de viejos anuncios publicitarios, pero a Gema de Blas se le había metido en la cabeza esa canción, y teniendo en cuenta que la comida había sido preparada por ella, Dulce y otro par mas de trabajadoras del ministerio de Hacienda, tampoco estaba tan mal elegida.

-Buen sabor, todo en casa sabe mejooor… - coreó Dulce, desde la otra silla, donde sostenía el extremo de la tira de espumillón que ambas colocaban. Era 24 de Diciembre y estaban preparando la pequeña fiesta de Navidad que daban esa tarde, después del trabajo, y tenían por delante un fin de semana de tres días gracias al día de Navidad. Esa misma mañana apenas había venido nadie, la contabilidad estaba cerrada hasta Año Nuevo, todo estaba muy tranquilo y el trabajo era casi inexistente, todo el mundo estaba más concentrado en la fiesta de por la tarde que en otra cosa.

Beto no dejaba de mirar las piernas de Dulce, subiendo y bajando de las sillas para colgar espumillón, pero había otra cosa que lo atraía aún más. Ella llevaba un jersey con escote de pico que le dejaba un balcón que ponía bizco a Beto… y además, era un jersey navideño, mostraba una casita y un abeto nevados sobre fondo azul con copos de nieve, era tan bonito… A Beto le encantaba la Navidad, era su fiesta favorita del año, y le encantaba Dulce y los corsés que usaba para resaltar sus preciosos pechos, así que tenía juntas las dos cosas que más le gustaban (salvando los helados) y no podía dejar de mirarla, sonriendo con su aire de bobo encantador. Finalmente no pudo aguantar más y se levantó de la silla para ir a ver si podía hacer algo que justificase estar cerca de ella.

-Sujeta ahí, Dulce- pidió Gema mientras ella tomaba la guirnalda para sujetarla con celo a la pared. Dulce se estiraba todo lo que podía, pero aún así el techo estaba demasiado alto, y la tira de espumillón no quedaba bien.

-No llego más arriba… - se quejó la joven, de puntillas sobre la silla y con un pie sobre la fotocopiadora, intentando estirarse más aún. Entonces, emitió un grito de sorpresa que acabó en una carcajada, porque Beto llegó por detrás, le metió la cabeza entre las piernas sujetándola de los muslos y la sentó sobre sus hombros para auparla.

-¿Llegas ahora? – preguntó Beto desde debajo de la falda escocesa de Dulce, que le tapaba casi media cara.

-Ahora sí, gracias. – contestó ella entre risas. Puede que Beto no fuese demasiado alto, ni tampoco excesivamente inteligente, pero sí que era muy servicial. La propia Gema se reía sin disimulos. – Tal vez sea mejor usar la escalera – sugirió Dulce cuando su novio la dejó nuevamente en el suelo – Aunque sólo sea para no destrozarte los hombros.

-Pues si tú puedes irte ocupando de las guirnaldas, yo iré trayendo la comida – dijo Gema y se marchó a ir sacando pasteles, sándwiches y tortillas de diversas tarteras, y Dulce se subió a la escalera para colocar espumillón.

Beto sostenía en sus brazos la tira de espumillón para que ésta no se despegara por el peso mientras Dulce la colgaba, y estaba justo bajo la escalera. Sabía que no debía mirar hacia arriba, no debía hacerlo, no era caballeroso… Pero los ojos se le escapaban por mucho que bajase la cabeza. "Tiene unas piernas tan redondeadas… y unos muslos tan gorditos y fuertes…" pensaba el funcionario, intentando concentrarse en los botines negros de Dulce, y no en lo que vería si miraba más hacia arriba. La falda a cuadritos rojos y verdes de su novia se elevaba ligeramente cuando ella se estiraba, dejando ver un poco más arriba de la mitad del muslo. Ella llevaba medias abrigadas, pero transparentes, lo que daba a sus piernas un brillo realmente tentador, y, Beto lo sabía, no ocultaban su ropa interior si a él le diese por mirar hacia arriba. Pero no iba a hacerlo, porque era un caballero. Aunque Dulce fuese su novia, él no iba a ser tan grosero de mirar para arriba para verle las bragas.

-Beto, ¿quieres por favor correr la escalera hacia la izquierda, y así no tendré que bajarme? – pidió Dulce, y el funcionario agarró la escalera con ambas manos y tiró de ella con cuidado, con Dulce agarrada a las guías. - ¿Qué te pasa? Te encuentro raro… - Beto alzó la cabeza para asegurar que estaba bien, y el corazón le dio un vuelco; sin querer, había visto más de lo debía, las piernas de Dulce casi enteras y en medio de la sombra de la falda, el inicio de un pequeño triangulito blanco. De inmediato agachó la cabeza, colorado como un tomate y con una risita de timidez - ¡Ay! Serás sinvergüenza… ¿Con que era eso? – Dulce se encogió instintivamente y Beto asintió, mudo, él había intentado contenerse, aquello había sido accidental, pero Dulce parecía más divertida que enfadada, y con mirada de picardía, volvió a estirarse, subió un escalón más arriba y subió una pierna al último escalón.

"No, no, no…." Se dijo Beto con la mirada fija en el tobillo de Dulce, luchando con todas sus fuerzas, pero finalmente sus ojos fueron más fuertes que su voluntad, y se elevaron sin que pudiera evitarlo. Con calor creciente, recorrieron las pantorrillas, luego las rodillas, llegaron a los muslos, la pierna izquierda se separaba por un escalón, y finalmente, arriba de todo, en medio de ellas, la blanca tela de las bragas que cubría el sexo de Dulce. Las bragas estaban estampadas con ramitas de muérdago y campanitas. "Bragas navideñas…" pensó el funcionario, que también llevaba sus calzoncillos de fiesta, rojos con dibujos de gorritos de Papá Noel. Antes de poderse dar cuenta, tenía la cara vuelta hacia arriba, con una adorable sonrisa tontorrona abierta en su cara, encantado con lo que veía, bebiéndose hasta el último detalle, mientras le parecía oír de lejos la risita de su novia… el vuelo de la falda aleteando en torno a sus muslos, el bulto que hacían los labios vaginales de Dulce; la rayita que se adivinaba en medio de ellos y que era la entrada donde tanto le gustaba meterse; la tensión que hacía la tela en la parte delantera, que era donde más se abultaba la rosada rajita y donde Dulce tenía su puntito mágico, y… anda, ¿y esa manchita en el centro? No estaba hace un momento… y entonces cayó en la cuenta de lo que sucedía, Dulce sabía que la estaba observando, que se la estaba comiendo con los ojos, y eso la ponía contenta, tenía ganas de hacer cositas con él… Beto soltó su risita de timidez, pero lo cierto es que él también tenía ganas, era tan bonito lo que estaba mirando…

-Betito… - susurró Dulce, y éste cambió el foco – eeeh… ponte frente a la pared, anda, que se te nota mucho.

El funcionario puso carita de no entender, pero entonces bajó la vista y vio a qué se refería su novia, sus ganas eran demasiado evidentes y hacían un ángulo de 90con sus piernas… y aumentando. Se sonrojó violentamente y se volvió hacia la pared, recitando para sí los tramos de lecciones más aburridos, de cuando estudiaba el bachillerato, que se le venían a la cabeza; "Las rocas minero-metamórficas cornubianitas Gutiérrez que le veo son aquellas que han sido formadas a partir de otra roca mediante un proceso llamado metamor silencio al fondo metamorfismo…" (Beto tomaba los apuntes al pie de la letra y se los aprendía igual; de no haber sido por Oli, su primo favorito, que le corregía los apuntes a pesar de ser cinco años menor que él, hubiera sido la primera persona en suspender estrepitosamente teniendo un examen perfecto a pesar de todo…), hasta que logró que su cuerpo se calmase. Dulce le sonrió y se dejó deslizar por las guías de la escalera para bajar de la misma, su falda revoloteó dándole una apariencia de ingravidez por unos instantes, y su novio le sonrió.

Dulce agarró una bolita de muérdago de adorno y la sostuvo por encima de la cabeza de Beto para tener un pretexto para darle un tímido beso.

-¡Hep, vosotros! ¡Id a un hotel! – les llamó la atención Carvallo, el más temido de los inspectores de Hacienda, que acababa de entrar de la calle con una caja llena de hojas, ramitas y el verde que había podido encontrar entre la nieve y la escarcha, para decorar el belén. Lo cierto es que los apreciaba mucho, pero el pasteleo que se traían Beto y Dulce le parecía inapropiado en el lugar de trabajo aunque fuese fiesta, sus coqueteos ya le habían traído algún disgusto y además estaba de un humor poco recomendable debido a la congelación que había pasado para recoger las ramitas (pero todos estaban de acuerdo: si había alguien en el mundo capaz de encontrar algo verde bajo una nevada, ese era el Zorro Carvallo… sería capaz de encontrar el Santo Grial si le decían que formaba parte de un fraude fiscal). Beto y Dulce se rieron, hacer rabiar un poco a Carvallo era muy divertido. Sin soltarle de los brazos, Dulce preguntó en voz baja si, después de la fiesta, querría ir a cenar con ella…

-¿A tu casa, quieres decir? – preguntó, y ella asintió. -Chí – susurró Beto, encantado con la idea, porque sabía que la perspectiva incluía no sólo cena, sino también "cositas", y le gustaba tanto una cosa como la otra.

Una vez todo colocado, finalmente echaron el cierre un poco antes e hicieron el amigo invisible que habían preparado. A Dulce le cayó un frasco de perfume con aroma a chocolate, y a Beto un par de calcetines gruesos tejidos a mano.

-Lo confieso, le habías tocado a Carvallo, pero le pedí que me lo cambiara – le murmuró su novio, muy colorado, que no dejaba de mirarla el escote por más que quisiera disimularlo. Dulce le besó en la mejilla y mientras todos empezaban a brindar, nadie notó que el regalo de Gema de Blas, aparentemente un libro de moda, llevaba entre las páginas, cuidadosamente dobladas, prendas íntimas reducidas a la mínima expresión. Su mirada se cruzó con la de Carvallo que, fingiendo que se rascaba el puente de la nariz, le guiñó un ojo.

La celebración empezó amigablemente sirviendo cava y brindando, pero el bueno de Beto estaba a otras cosas. La verdad que había dudado entre regalarle el perfume de chocolate o un bonito juego de corsé "mamá Noel" que había visto, pero temiendo que ella pudiera incomodarse por recibirlo delante de todos, lo tenía en casa para dárselo al día siguiente… pero no podía dejar de pensar en lo guapísima que iba a estar con ello puesto. Y lo cierto que ya estaba guapísima ahora, con ese escote que dejaba ver el travieso canalillo. Sin que pudiera evitarlo, se le venía a la cabeza cuando ella le enseñó a coger chupitos de él, y el dulce aroma que emanaba de su piel cada vez que se inclinaba, el roce de su nariz contra su piel cálida, los pezoncitos rosados abultándose contra la tela del sostén… de pronto, tenía mucho calor. Y antojo, un antojo tremendo de tocarle los pechos.

"Me bastaría con tocárselos un poquito…" pensaba "No hablo de… llegar hasta el final, me conformaría con poder tocarlos, notar su calor en mis manos, siempre los tiene tan calentitos y huelen tan bien… es como acariciar dos panecillos redondos recién hechos". Se dio cuenta que Dulce le estaba mirando y le sonreía, irguiéndose y echando un poco hacia atrás los hombros, porque sabía a dónde estaba mirando su Beto, y la verdad es que a ella le gustaba que lo hiciera. Él le devolvió la sonrisa, un poco apurado por verse descubierto, y la joven sonrió más y apretó los brazos para resaltar el canalillo. A Beto se le tensó un músculo de la cara y luchó por desviar la vista, pero casi al segundo estaba mirando otra vez, con las mejillas de un tono más rosado de lo habitual. Dulce se acercó a él y le ofreció un pedazo de tarta de nata que ella misma había hecho.

-Me parece que "alguien" de por aquí me encuentra muy guapa hoy… - susurró.

- ¿Quién? – preguntó Beto mirando hacia todos lados, con curiosidad genuina.

-Tú, corazoncito… - Dulce sonrió. Ya debería estar acostumbrada a que su novio era incapaz de pescar una sencilla indirecta, ni una pregunta retórica, ni una ironía, pero lo cierto es que a veces, lo olvidaba. Beto agachó la cabeza, sonriendo como el adorable bobo que era.

-Sí… - reconoció – Es que estás muy guapa hoy. Quiero decir, todos los días estás guapa, nunca estás fea, siempre me gustas… pero hoy, más. Me encanta la Navidad y me encantas tú, y es la primera vez que tengo juntas dos cosas que me gustan tanto. – Probó la tarta y se corrigió – Bueno, tres cosas.
Dulce le miró con sus ojos ambarinos, esos ojos medio verdes, medio amarillos, con esa mirada tan tierna que ella sabía poner y que a él le daban ganas de gemir como un cachorrito y acurrucarse contra sus pechos… Eso le encantaría, notar el tacto cálido de sus pechos contra su mejilla, podía oír los latidos de su corazón cuando lo hacía, se le movían con la respiración y podía ver cómo los pezones cambiaban, cómo se ponían tiesos enseguida apenas los medio rozaba con un lado de la boca… "quiero hacerlo, quiero hacerlo ahora" pensó "tengo que tocarla, quiero tocarle los pechos ahora mismo". Se apuró la tarta mientras pensaba y Dulce escuchaba las conversaciones a su alrededor.

-Eeeh… Dulce… - la joven se volvió a mirarle - ¿Te ha enseñado Carvallo lo que tiene en su despacho?
-¿En su despacho…? No, ¿qué es?

-Es un secreto. – Beto se llevó un dedo a los labios, intentando que no se le escapase la risa – Si vienes conmigo, te lo enseño.

Dulce le miró de soslayo, sonriendo. Mentía fatal… pero miró a la sala, donde vio que todo el mundo estaba a lo suyo, y luego volvió a mirarle a él, y le tendió la mano. Beto se la agarró con una sonrisa triunfal y se fueron. El despacho de Carvallo tenía las persianas bajadas y cerradas y estaba a oscuras, sólo una débil penumbra permitía adivinar contornos de los muebles, y Beto cerró el pestillo cuando entraron, y le pareció que hacía un chasquido que se habría oído en todo el edificio, pero Dulce pareció no darse cuenta de aquello.

-Bueno… ¿cuál era ese gran secreto? – preguntó. Beto resopló.

-Dulce… te he mentido. – confesó, sin dejar de sonreír – No hay ningún secreto. Sólo quería… sé que he hecho mal, sé que he sido malo, pero… quería…. Eeeh… estás muy guapa, Dulcita, y…

-Beto… - Dulce estaba casi fascinada, ya suponía qué quería su novio, pero… ¿¿¿un tipo tan inocentón como él haciendo algo semejante??? - ¿me estás diciendo que me has traído hasta aquí con engaños para seducirme….?

-Eeeeh… bueno… yo… en realidad, yo… sólo quería tocarte los pechos… - Admitió, y Dulce estuvo a punto de soltar la risa, pero sólo sonrió, se acercó a su novio, le tomó de las manos y las llevó a sus tetas, Beto tartamudeó un gemido y las piernas le temblaron como si fueran de gelatina, ¡qué calentitas eran!

-¿Era esto lo que querías, corazoncito…? – preguntó. Beto tuvo que conformarse con asentir, mordiéndose el labio inferior e intentando mirarla a los ojos, pero por más que lo intentaba, sus ojos se desviaban hacia el canalillo. El funcionario tenía las manos quietas sobre sus pechos, le encantaba simplemente sentirlos en sus manos, le excitaba muchísimo permanecer así un rato, sin moverse, sólo notando su firmeza, su blandura, su calor… aún por debajo del sostén y el jersey de lana, podía notar cómo los pezoncitos se ponían erectos contra sus palmas, y la cara se le desencajó en una sonrisa de placer, mientras sus pantalones volvían a quedarse pequeños. No quería que eso sucediera, pero su cuerpo tenía el feo vicio de pensar sin él, y la situación era demasiado agradable para oponer resistencia.

Dulce le acariciaba muy despacio las manos que él conservaba quietas sobre sus pechos. "A veces, creo que le gusta esta inmovilidad porque es una forma de hacerse a la idea de que son para él… disfruta pensando que son "suyos" en cierto modo, que son para que él disfrute…. Mmmh… qué calientes tiene las manos, me excita muchísimo que no las mueva, me hace sufrir un poquito…". Finalmente, Beto no aguantó más y un travieso dedo índice empezó a acariciar el escote, siguiendo la línea de la ropa, deteniéndose en el canalillo. Dulce le tomó con ternura la mano y le hizo meter la punta del dedo entre sus pechos, y al funcionario se le escapó un gemido al notar el tórrido calor, y un maravilloso latigazo de intenso placer le atacó, reflejándose hasta su pene, que pareció gritar por atención.

-¿Te gusta lo calentito que está, Culito Mullido…? – preguntó ella en un susurro grave mientras se acercaba más a él, y a su Beto se le escapaba por un momento la risa tonta, como siempre que ella le llamaba por ese apodo - ¿te imaginas lo que sentirías si metieras entre ellos tu cosita? Tu tita siendo apretada por mis pechos, le daría golpecitos con ellos, la estrujaría entre ellos mientras la lamo por la punta… ¿te gustaría?

-Haaah… Dulce… no… no me digas esas cosas, por favor… No podré resistir… - Beto casi se inclinaba sobre su novia, con el cuerpo temblándole de excitación, mientras su mano libre reptaba hacia las nalgas de Dulce y terminó apretándolas con fuerza y su dedo, guiado por ella, entraba y salía de entre sus pechos. Su boca se abría buscando más aire y la joven le besó, lamiéndole los labios, después la lengua, y finalmente depositando su boca sobre la suya, abrazándole con la mano libre y una pierna.

-Pues no resistas, corazoncito… vamos a hacerlo, anda, venga… siéntate y deja que te lo haga, ya verás qué bueno…

Beto intentó aguantar, sabía que había sido él quien había empezado aquello, pero su intención era sólo la de tocarla, palabra, no la de llegar hasta el final, y menos aún hacer algo tan perverso como aquello… pero Dulce le besó y tiró suavemente de él para llevarle a la silla de Carvallo y el funcionario fue incapaz de oponerse, se dejó llevar y sentar, y ni el darse cuenta que estaban a punto de mancillar el reducto sagrado de su jefe y el más feroz inspector de Hacienda, le hizo recobrar la cordura, sólo fue capaz de agarrarse a los reposabrazos y sudar de excitación cuando su novia se arrodilló entre sus piernas y le desató nerviosamente el cinturón y el pantalón del traje. "Carvallo nos mata, esta vez nos va a matar de verdad", pensó Beto torpemente, pero no hizo nada para intentar que ella desistiera, sólo la ayudó a retirar la ropa y dejar al descubierto su erección. Dulce la contempló durante unos segundos.

-Es tan hermosa… me encanta cuando está así, erecta… - la joven se la comía con los ojos, acercándose ligeramente, con los labios entreabiertos, a punto de rozarla. Beto podía notar el calor de su vaho, y le pareció que a ella le pasaba con su tita algo parecido a lo que a él con sus pechos: que una vez se la ponían delante, ya no podía dejar de mirarla. Dulce se sacó el jersey por la cabeza y empezó a dar lametoncitos muy suaves en el glande de su novio. Beto gimió y se encogió de gustito, la sensación era tan agradable que le parecía que iba a perder el sentido, y eso que ella apenas había empezado. El delicioso cosquilleo se extendía por todo su miembro y se cebaba en su estómago y en los muslos, pero casi se le paró el corazón cuando vio que Dulce se echaba las manos a la espalda para desabrocharse el sostén, blanco y con estampado de hojitas de muérdago y campanitas, a juego con las bragas que había visto pocas horas antes.

"De verdad lo va a hacer, me va a estrujar la tita con sus pechos redonditos…" Beto se mordió el puño, convencido de que iba a enloquecer de placer, no iba a poder aguantarlo. Dulce le miró con una sonrisa pícara, casi maliciosa. Tenía las mejillas coloradas y se agarraba los pechos con las manos. Se acercó más a él y empezó a acariciarle con ellos, y el pobre funcionario la abrazó con las piernas entrecruzando los pies a su espalda, preso de una convulsión. Su novia pasaba sus pechos arriba y abajo por su miembro, lo agarró con una mano y le dio golpecitos contra sus tetas, moviéndoselas, jugueteó con sus pezones hasta que una gotita de jugo transparente supuró, mojándole el pezón, haciendo que el glande resbalara limpiamente por la piel… cada roce, cada caricia, era una corriente de chispas que electrificaban el miembro del bueno de Beto y le hacían estremecer de placer.

"Me encanta hacerle estas cosas… pone unas caritas de gusto y sorpresa tan tiernas…" se decía Dulce, acariciando el miembro de su novio, bamboleándose contra él para que sus tetas le dieran a cada movimiento. Y tenía razón. Beto había estado casado, pero su ex esposa no había sido muy generosa con él en prácticamente ningún aspecto, de modo que la mayoría de juegos sexuales eran una novedad para él, y ella adoraba descubrírselos. Por fin, se agarró los pechos y se dejó caer sobre él, abrazándole la tita entre ellos. Beto ahogó un grito y tiritó, con los ojos desencajados, mirándola con estupor, hasta que su boca se abrió en una sonrisa sorprendida, y el gemido parecía que le quisiera rasgar el pecho de tanta fuerza como lo contenía… ¡le encantaba!

-¿Te gusta, corazoncito…? Dímelo, porque si no te gusta, me paro… - susurró Dulce y su novio negó vigorosamente con la cabeza, pero le costó tres intentos reunir fuerzas para hablar.

-No… no pares, Dulce, por favor, no te pareees… - musitó con una voz algo más aguda de lo normal, lo que le pasaba cuando se excitaba. Su novia sonrió y empezó a moverse, arriba y abajo, apretándole entre sus pechos, ¡qué calor daban! Es cierto, su rajita estaba más caliente y más húmeda, se deslizaba con más facilidad, pero aquí los apretones eran mayores, y el calor era distinto. Era travieso, era hacer cositas de un modo que no debían hacerse porque así no era como él había leído que se hacían en el "¿De dónde venimos?", era como cuando se lo hacía con la boca, romper las reglas establecidas… y le encantaba, le gustaba muchísimo.

Beto miraba sin parpadear siquiera cómo las tetas de Dulce le apretujaban su indefensa tita, que no podía hacer más que estremecerse de gusto y gozar. Le parecía que le picaba, le ardía… la presión en sus testículos se hacía mayor a cada momento, y cada roce de los pechos de su novia le llevaba al cielo. Sus ojos querían cerrarse de gusto a cada frote, pero él pugnaba por mantenerlos abiertos, quería mirar. Dulce le miraba a los ojos con expresión de vicio, y eso le excitaba más aún. Hubiera querido tocar, poner sus manos sobre las de ella, pero no se atrevía, era demasiado perfecto, temía estropearlo, distraerla… sus piernas, enlazadas a la espalda de su novia, daban convulsiones eléctricas cada pocos segundos y sus pies se elevaban del suelo.

-¡Haaaaaaaah… avisa primeroooh, jijiji…! – A Beto se le escapó la risa y le costó Dios y ayuda no elevar la voz al gemir, ¡Dulce se había metido su glande en la boca! ¡Mmmh, qué rico! Chupaba y aspiraba, apretándole también la cabecita, lamiéndole… El funcionario se echó un poco hacia atrás, luchando por respirar, sintiendo su tita exprimida entre las tetas de Dulce y la punta mimada por su lengua, perfilada por sus dientes, entre sus labios esponjosos, ¡estaba en la gloria! Era una lástima que no pudiese seguir sintiéndose así siempre, o por lo menos, más rato, porque el gustirrinín le estaba llegando, no iba a ser capaz de aguantar mucho más… - Dulce… Duuuulce… me… me…

La joven ya sabía qué quería decir, y aceleró. Sabía que Beto tenía vergüenza de que ella lo tragase, y eso precisamente la gustaba más aún, el funcionario supo que ella iba a hacerlo, iba a hacerlo otra vez, no pensaba parar, iba a hacer que él terminase en su boca, y la idea le resultó increíblemente excitante, y se dejó llevar sin poder contenerse. El calor aumentó, sus caderas empezaron a moverse solas, el delicioso placer cálido se centró en su bajo vientre y entonces pareció explotar, derramarse y fundirse por todo su cuerpo en oleadas que lo electrizaban, y en una maravillosa convulsión expulsó el semen en la boca de Dulce, que tragó rápidamente, chupando sin parar, apretándole la tita como si quisiera vaciarle por completo, mientras se le escapaba un "mmmmmmh…." al sentirlo dentro de su boca, tan caliente y espeso, ligeramente agridulce…

-Haah… haaah… mmmmmmmmmmh…. – Beto tenía las gafas casi en la punta de la nariz, se le habían escurrido por el sudor, y no parecía capaz de afrontar el esfuerzo de recolocárselas… ni tampoco que le importase demasiado. Su rostro era la felicidad absoluta y Dulce le sonrió, complacida. Adoraba darle placer. – Dulcita, cuánto te quiero… - logró articular, desmadejado en la silla – pero… pero así, tú no has gozado nada… ¿quieres… puedo…?

Beto intentó rehacerse para darle placer a su novia, pero ella sonrió y negó con la cabeza, gateó para acurrucarse contra él y se fundieron en un largo beso. "En casa", susurró la joven, llevando de nuevo la mano de su novio hacia sus pechos aún desnudos, y Beto la acarició, recostando su cabeza en los hombros de la joven. "Es tan dulce…" pensó ella "tan maravillosamente tierno… sé que aún es un poco pronto, pero… sé que me quiere, y yo le quiero a él, ¿qué sentido tiene esperar más?"

-Betito… dime una cosa, ¿quieres vivir conmigo? – Beto casi se sobresaltó, y puso cara de temor.

-…No. – admitió. Dulce se levantó bruscamente.

-¿Qué? ¿Por qué?

-Eeh… pues porque no… no me gusta tu… - Pero Dulce no le dejó ni acabar la frase.

-¿No te gusta? ¿Qué no te gusta de mí?

-Du-Dulce, no te enfades… - Beto parecía a punto de llorar, Dulce era la única mujer que hasta la fecha, nunca se había enfadado con él.

-¿Que no me enfade? ¿Cómo pretendes que me lo tome, esperas que me ponga a bailar de alegría? ¿Cómo quieres que reaccione cuando me dices que no quieres vivir conmigo? ¿Qué pasa, soy muy buena para follar, pero no para tener una relación que vaya más allá, no? – Las lágrimas se le caían de los ojos sin que pudiera evitarlo, y Beto se levantó para intentar consolarla, pero Dulce le rechazó, y se puso el jersey.

-No, no, Dulce, no es eso, palabra, es sólo que…

-¿Que aún sigues colgado de tu mujercita, verdad? ¡De esa arpía que te abandonó y que ni siquiera te dejaba correrte, y te despreciaba, pero como supo manejarte a su antojo, te hizo creer que en realidad te quería mucho! ¡Pues puedes esperar sentado a que ella vuelva, débil mental!

Beto se sintió lastimado en lo más profundo, ni siquiera cuando no se llevaban bien ella lo habría llamado "débil mental"… quizá hubiera pensado que lo era, pero no se lo habría dicho. Le tembló la barbilla y a su pesar, se le escaparon las lágrimas.

-Llora. – dijo ella - ¡Llora! ¡Parece que es lo único que sabes hacer! Y yo pensando como una lela que me querías, y sólo me usabas para desahogarte… ¡No quiero volver a verte en mi vida!

Una parte de Beto quiso decirle que no era verdad, que él la quería, pero el llanto y el orgullo herido le mataron la voz. Dulce salió del despacho reprimiendo las lágrimas, pero éstas le goteaban por la cara. A la carrera, cogió su abrigo y salió de la oficina sin mirar a nadie, corriendo sin mirar para atrás. Beto sintió que el corazón se le partía como si alguien lo agarrara y tirase de él hasta desgajarlo. Nunca en su vida había sentido tanto dolor… en la moqueta, tan abandonado como él, yacía el sujetador navideño de Dulce.


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-¡Felices fiestas a todos! – Gritó Serrano, secundado por los demás.

-¡Un brindis por nuestro entrenador Carvallo! ¡Porque el año nuevo nos traiga otra liga ganada gracias a él! – El Zorro Carvallo sonrió y agradeció a todos el brindis, mientras Gema le acercaba una copa de champagne, pero apenas bebió. A diez metros de distancia, vio a Dulce salir corriendo de la oficina, con una mano delante del rostro. Beto no la seguía. Miró hacia el lado contrario al que había salido corriendo la joven, y vio su despacho entreabierto. Hubiera debido indignarse por lo que sospechaba que podía haber ocurrido en su recinto privado, pero la posibilidad de Dulce llorando y Beto sin ir tras ella era mucho más alarmante.

(Continuará)