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domingo, 31 de marzo de 2013

Olvídame, amor mío.


-Así que eras tú la única secretaria que quedaba… - Viola asintió y Cristóbal sintió que su deseo aumentaba más aún. La joven acababa de violarle en el cuartito donde se "conocieron", donde apenas un par de meses atrás, él la había "violado" a ella y había comenzado su relación. La profesora lo había hecho para sacarle del estado de autocastigo al que él mismo se había sometido en un intento de expiar su culpabilidad por su divorcio, causado por sus infidelidades.

-Llevaba allí más de una hora. Me fui a casa para hacer la quiche de la cena, tenía pensado hablar contigo mientras cenábamos, pero viendo que no volvías, la verdad que me harté y decidí tirar por la calle de en medio. Volví, vi que no quedaba ninguna secre, y se me ocurrió esperar allí a que te descuidaras y entonces… hacer lo que he hecho.

Cristóbal no podía dejar de sonreír. Es cierto, Viola estaba como un cencerro, pero era adorable pensar que había sido capaz de hacer algo semejante sólo por intentar animarle, por intentar que reaccionase… ¿Y no había sido él el primero en abordarla a oscuras en el cuartito? ¿Y en darle citas misteriosas "sigue al conejito blanco"? ¿Quién estaba más loco de los dos…? Tóbal no podía imaginarse volviendo a ser feliz tan pronto después de su divorcio, pero lo cierto es que lo era. Y a medida que el cochecito de Viola se acercaba a la casa de ésta y se hacía a la idea de lo que sucedería allí, se sentía menos culpable por ello. Y más trabajo le costaba estarse quieto, en cada semáforo en rojo se arrimaba a ella para besarla y sus manos se lanzaban a rodearla y acariciarla sin que pudiera evitarlo. En un par de ocasiones les dieron una pitada estruendosa porque el semáforo ya estaba verde, pero ellos estaban al rojo… Viola le sonreía con algo de apuro y mucho deseo mientras conducía, y él sólo podía pensar que por un lado, deseaba encontrar verdes todos los semáforos, para llegar cuanto antes, y por otro, deseaban encontrarlos todos en rojo para tener una excusa para besarla y tocarla un poco.

Cuando al fin llegaron al garaje, Cristóbal apenas pudo esperar a que parase el coche para soltarse el cinturón y tirarse sobre ella como un desesperado, bajando el asiento de golpe.

-¡Tóbal! – se rió ella - ¡Aquí no… jijiji… subamos a casa, aquí hay cámaras… el vigilante que está ahí detrás!

-¡Que mire y que rabie! – contestó él, con las manos los pechos de Viola, colándose bajo el jersey rojo y acariciándole los labios con la lengua. Se sentía indeciblemente cachondo, como no lo había estado en semanas, alegre, juguetón, con ganas de reír… de recuperar los días que había perdido sintiéndose culpable. Viola le abrazó con una mano, metiendo la otra dentro de su camisa forzosamente abierta, porque todos los botones habían saltado cuando ella se abalanzó por él en el cuartito. Gemía y se reía sofocadamente, devolviéndole los besos, buscando la cinturilla del pantalón para meter allí la mano, mientras Tóbal se frotaba contra ella, apretándole alternativamente los pezones, sintiendo que su miembro pedía sitio con desesperación… y entonces, unos golpes insistentes en el techo del coche les hicieron parar de golpe, sobresaltados. El vigilante del aparcamiento les miraba con expresión reprobatoria.

-Por mí, pueden hacer lo que quieran – dijo, aunque no daba la impresión de que realmente pensase así – pero a mí, el presidente de la comunidad me ha prohibido que nadie use el garaje como picadero, lo siento.

Tóbal le bajó rápidamente el jersey a Viola mientras él se juntaba la camisa, a pesar de que no podía cerrarla, y la joven se aguantaba la risa. Salieron del coche con el vigilante que les miraba censurándoles volviendo a su garita, y Cristóbal no pudo evitar enganchar de la cintura a Viola mientras esperaban el ascensor y besarla apoyándose en la pared, en parte porque le apetecía, en parte por darle en los morros al vigilante, que si se comportaba así, era porque él era el lío de la hija del presidente de la comunidad, y con esa norma nueva se le había acabado el chollo de cobrar por alegrarse las noches y se tomaba la revancha haciendo la puñeta a todo el mundo. Viola le acariciaba la lengua y gemía bajito, apretándole de las nalgas.

-Viola… - susurró el profesor.

-¿Qué?

-Haznos un favor a los dos… aunque tu piso sea el quinto, vamos a subir por la escalera, por favor. Porque si cogemos el ascensor, no voy a poder aguantarlo, voy a frenarlo entre dos pisos y te lo voy a hacer ahí mismo, si subimos por la escalera, por fuerza tendré que cortarme un poco…

Durante un segundo, Viola pareció tentada de hacerle subir en el ascensor, pero Cristóbal tenía razón, ya habían tenido número con el vigilante, no era plan de tenerlo también con el portero y quizá con algún vecino… pero para otro día, no estaba mal dejarlo como "tarea pendiente". Le agarró de la mano y subieron por las escaleras, parándose cada pocos escalones para besarse. Viola se escurría entre sus manos, mientras él intentaba retenerla, la cogió de la manga del abrigo, y entre risas, ella se deslizó fuera de la prenda. Viola se le adelantaba unos escalones, le esperaba, y cuando estaba a punto de cogerla, volvía a echar a correr, sólo de vez en cuando se dejaba pescar, unos escalones siempre por encima de Tóbal, que la miraba sin poder dejar de sonreír, alargando las manos cuanto podía, intentando abrazarla, o al menos, tocar lo que pudiera. La pellizcó, le echó las manos a los pechos, Viola no dejaba de reír, estaban ya casi en su piso, sólo quedaba medio tramo más de escaleras, y en el rellano intermedio del tramo, Viola se dejó atrapar y se besaron entre gemidos, Cristóbal le metió las manos por dentro del jersey y soltó el cierre del sostén mientras ella se reía ahogadamente…

-¿Cristóbal….? – Viola ahogó un grito. Tóbal se volvió y no supo ni qué cara poner. En lo alto de la escalera, estaba su esposa.

-Marga… - sólo entonces pareció darse cuenta de que estaba en brazos de otra mujer y con la camisa abierta, se separó de Viola y se cerró la chaqueta rápidamente, a punto estuvo de escapársele un "puedo explicarlo, no es lo que parece". Su ex mujer le miraba con estupor, como si realmente no se creyera lo que estaba viendo.

-Bueno, ya veo que estás perfectamente y lo has superado con una rapidez asombrosa, me alegro mucho por ti, adiós. – Dijo ella y bajó las escaleras, pero Cristóbal la detuvo por el brazo.

-¡Espera, mujer, no te marches así… dime al menos qué querías!

-Me habían dicho que te habías ido a vivir con una amante, y sinceramente, no me lo había creído. Pensé que yo había significado algo para ti, que al menos durante algún tiempo, estarías aunque fuera un poco triste… pero ya me doy cuenta que nunca te importé, si tuve alguna duda, ya me la has despejado.

-Marga, espera un momento, deja que te lo explique… - Su mujer tenía razón, en realidad no había gran cosa que explicarle, pero… que al menos supiera que era la primera vez desde su divorcio, que no se había lanzado en brazos de Viola nada más irse de casa… La propia Viola, con la cabeza gacha, intentó escurrirse de allí discretamente e irse a su piso, pero también Tóbal la frenó, y se corrigió mentalmente "no, no me fui de casa, me ECHÓ de casa" – No, Viola, no te marches, esto también te concierne.

-¿Que la concierne? – se indignó Margarita – Mira, Cristóbal, ahora ya sé bien qué clase de mujeres te gustan, pero no pienso dejar que me humilles dejando que una cualquiera escuche ninguna conversación privada.

-No es nada privado lo que tengo que decirte, y ella tiene derecho y deber de escucharlo. – su ex mujer intentó de nuevo hablar, pero Cristóbal elevó un poco el tono para hacerla callar, algo que le había visto usar a ella, pero que él nunca había hecho hasta la fecha. Y resultó que funcionaba – Marga, dices que ya has visto qué tipo de mujeres me gustan... No me gusta "un tipo de mujer", me gusta una mujer, ésta mujer – recalcó tomando a Viola de la mano, que estaba pasando una vergüenza que no sabía dónde meterse, pero al oír aquello se le escapó una sonrisa – Y me gusta porque está viva, Marga. Porque no me hace sentir una especie de pervertido por querer tener sexo con ella, porque a ella también le gusta hacerlo y porque me ha demostrado que me quiere como persona… además de como amante. – Margarita intentó de nuevo soltarse, pero Tóbal la retuvo, sonriendo de felicidad – Te lo digo de buena fe, porque has sido mi esposa y aunque no te lo creas, te he querido muchísimo. De no haberlo hecho, te hubiera dejado hace años, y quizá hubiera sido lo mejor para los dos, pero mi culpabilidad no me dejaba darme cuenta de lo que sucedía. Que en realidad eras tú quien no me querías a mí.

-¿Y tienes el cinismo…? ¡Yo nunca te he sido infiel!

-La fidelidad, sólo es una parte del cariño a una persona. Nunca te fiaste de mí, siempre pensaste lo peor de mí, que era un pervertido, que sólo quería sexo, que no te amaba… no se quiere a una persona en la que no se confía y de la que siempre sospechas. Sé que no era culpa tuya, sé que focalizabas en mí lo que habías sufrido en tu casa… pero yo tampoco tenía la culpa, Marga, y me lo hiciste pagar. Me castigaste por algo que era inocente. Y me has seguido castigando después, porque, no te lo creerás, pero es la primera vez que cedo a hacer el amor con Viola desde el divorcio. Si querías hacerme sentir culpable, enhorabuena, lo conseguiste… sólo que me he dado cuenta de que no merecía la pena. Podría decir que lo siento si eso hiere tu autoestima, pero sería mentira… ya no me importa si lo hace o no. – Sonrió. No había cinismo en su sonrisa, ni crueldad… sólo alivio. Se volvió a mirar a Viola. La joven le miraba casi emocionada - ¿Querías algo más, aparte de ver si seguía sufriendo?

Margarita parecía ofendida en lo más profundo. De un tirón, se liberó del brazo de Cristóbal, y éste ya no se lo impidió.

-Había venido como una estúpida a ver si podíamos arreglar como adultos el asunto del reparto de bienes, pero ya veo que prefieres insultarme, así que despídete de una solución amistosa, nos veremos en el juicio. – dijo, y se marchó. Si esperaba alguna reacción de Tóbal después de aquello, ésta no se produjo. Su ex marido había tomado las manos de Viola y la miraba con deseo, y cariño. La joven no podía hablar, se lanzó a sus brazos y le besó, apretándole contra ella. De muy lejos les pareció oír un portazo, pero no estaban seguros.

Tóbal nunca pudo recordar qué había pasado con exactitud, cómo se habían movido, pero lo siguiente que notó, fue que estaban ya dentro del piso, frente a la cama de Viola, desvistiéndose rápidamente el uno al otro, entre risas. Sus pantalones desabrochados bailaban en su cintura mientras él tiraba de la falda de la profesora y ella se sacaba el jersey rojo por la cabeza, y sus pechos quedaron al descubierto, porque el sostén, flojo de antes, salió con el jersey. Cristóbal se lanzó sobre ella y la tiró en la cama, en medio de un alegre grito de ella.

Viola, sin poder parar de reír, tiró con los pies de los pantalones de su amante para ayudarle a deshacerse de ellos, acariciando su pecho y sus brazos peludos, ¡qué cálidas eran las tetas de Viola! Cristóbal creyó enloquecer de alegría cuando notó ese maravilloso calor bajo su cuerpo, tiró de sus calzoncillos apenas lo justo para dejar salir su pene ansioso, mientras ella asentía, sonriente, llena de deseo, besándole con algo de torpeza por lo desatado de la situación. El profesor hubiera querido retrasar un poco el momento, hacerse desear… pero no podía. Tenía que saciar un apetito de muchos años, el apetito de sentirse por igual querido, pero también físicamente deseado; el apetito de tener debajo suyo a alguien que quería tener sexo con él, no por compasión, ni obligación, ni por hacerle un favor… sino porque lo deseaba tanto como él mismo. Porque le quería, sí, pero también porque le deseaba y le gustaba el sexo en sí. No fue capaz de esperar más, apenas notó el dulce calor húmedo de la entrada del cuerpo de Viola, embistió desesperado.

La joven profesora dejó escapar un grito de placentera felicidad y sus piernas se crisparon en torno a Cristóbal, apretándole contra ella, fundiéndose… Tóbal se dejó inundar por la maravillosa sensación de plenitud y gusto, por el delicioso calor y bienestar que le inundaron… y enseguida empezó a bombear, incapaz de contenerse. Viola le abrazó, lamiéndole el cuello y las orejas, susurrando sus gemidos muy cerca de su oído.

-Más… haah… sigue… sigue… - jadeaba en voz baja. Su aliento erizaba la piel de Cristóbal, que se estremecía de gusto a cada embestida, ¡cuánto le excitaba saber que Viola estaba gozando…! Para él, era algo poco menos que exótico. Siempre le daba un placer extraordinario saber que sus compañeras sexuales gozaban con él, era una inyección de autoestima que su esposa le negaba tajantemente, ella era incapaz de sentir nada… por eso, el saber que al menos, no era culpa de él, que no era un inútil en el sexo, le aliviaba un poco. Pero con sus anteriores amantes, no se había implicado emocionalmente… quizá porque a ninguna le había dado oportunidad, siempre había tenido relaciones de "sólo diversión", y la que mantenía con la propia Viola había empezado también así… pero la joven maestra le había demostrado que no sólo era capaz de satisfacer a una mujer, sino también de inspirar amor. Ella le había recogido y cuidado, y ofrecido su cariño cuando más lo necesitaba… Le había demostrado que, a pesar de ser un adúltero, un marido infiel, un cerdo… quizá, sólo quizá, la culpa no había sido suya por completo. Quizá tenía derecho a ser feliz él también, hubiera hecho lo que hubiera hecho. El saber que Viola, la mujer que le quería, estaba disfrutando gracias a él, hacía que su placer se elevara a cotas que muy pronto no podía controlar…

La joven se estremecía debajo de él, acariciándole la espalda con los brazos, espoleándole con las piernas, acariciándole las nalgas con los pies, gimiendo alegre y gustosa; las potentes embestidas de Cristóbal la hacían ver las estrellas, un travieso picor, una insistente sensación de placer empezó a crecer en el interior de su vagina, Viola gimió, el miembro de su compañero frotó varias veces más esa zona mágica, y los gemidos de la joven se transformaron en gritos de pasión cuando el placer se desató en su cuerpo y la hizo sentir que se elevaba del colchón, estremeciéndose de gusto, con su sexo dando contracciones… fue demasiado para Tóbal, y él también se dejó ir, aceleró y casi enseguida su polla estalló de gozo, derramándose dentro de su amante, haciéndole sentir que iba a perder el conocimiento de placer mientras su sangre se agolpaba en su miembro y éste se vaciaba con potencia, dando deliciosos tirones que le agarraban todo el bajo vientre…

Cristóbal sudaba, recostado sobre Viola, que jadeaba con una gran sonrisa en los labios y le acariciaba la cara y la gran nariz ganchuda. El profesor no recordaba haberse sentido tan a gusto, tan feliz, desde NocheBuena, y estaban casi a mitad de Febrero… En aquélla ocasión, recordó que había pensado que si podía existir la felicidad en el amor a una persona, debía parecerse mucho a lo que él sentía con Viola… En su momento, lo pensó para engañarse a sí mismo. Para hacerse pensar que lo que tenía con ella, no era nada más que sexo, que él amaba a su mujer, solamente. Que necesitaba tener desahogos de vez en cuando y Viola era una chica divertida, apasionada y tierna, discreta y sin exigencias personales que le dejaba tenerlos de buena gana. Que en realidad, no la amaba… ahora se daba cuenta de lo falso que había sido consigo mismo.

-Por cierto… la quiche te va a encantar, es pastel de huevo, muy fácil de cocinar y muy rico. Una capa de masa, huevos batidos con los ingredientes que quieras, otra capa de masa y al horno. La que he hecho, lleva pimientos fritos, ajo picado, salchichas en trocitos, champiñones y queso. ¿Te apetece…? – Murmuró Viola desde debajo de él, con los ojos cerrados, y Cristóbal sonrió. Los dos tenían hambre.


**********


Era muy tarde y Viola estaba ya dormida cuando Tóbal salió disimuladamente de la cama que a partir de ahora compartirían. No quería que le viera haciendo lo que iba a hacer. Sin encender la luz, sólo con la débil penumbra que ofrecía la luz de la luna, el profesor, desnudo, rebuscó en su cartera y dio con lo que buscaba. Una vieja foto de él con su mujer. Antes, le había dolido llevarla allí, pero ahora ya sólo sentía indiferencia… en la fotografía se veía a Margarita, que apenas sonreía, y a él, con la cabeza inclinada sobre el hombro de su ex mujer, mucho más sonriente que ella. Había sido en la boda de su hermana, y Marga no estaba de muy buen humor porque odiaba las fiestas. No se había divertido mucho, por más que él había estado pendiente de ella todo el rato, intentando que participara en la alegría general, tratando de convencerla para que saliese con él a bailar, que charlase con los demás… soportando los comentarios y las miradas reprobatorias que le dirigía a su hermana, porque se casaba con una panza de embarazada de cinco meses. Por la noche, en el hotel, se habían oído gemidos en las habitaciones vecinas y él había intentado una vez más… pero ella le heló las ganas casi antes de que él se lo sugiriera, diciendo que aquéllos ruidos la asqueaban y eran denigrantes ganas de llamar la atención…

Recordando todo aquello, Cristóbal sonrió tristemente, y experimentando un alivio inmenso, rompió la foto entre sus dedos, en pedazos tan pequeños como pudo, apretándolos en las manos. Abrió una ventana del salón, y abrió las manos. Los pedacitos de foto salieron volando rápidamente en el frío aire de la noche. Otra vez amenazaba nieve, pero Tóbal permaneció unos segundos en la ventana, mirando los fragmentos volar y alejarse, hasta que un escalofrío le hizo cerrarla otra vez. "Marga… olvídame, amor mío". Fue lo último que pensó cuando volvió a taparse bajo las mantas, al lado de Viola, y ésta le abrazó en sueños.