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martes, 12 de marzo de 2013

Os presento a Dulce.


Reconozco que estaba un poco nervioso. Desde luego, no quería romperle el corazón… pero tampoco deseaba que otra persona volviera a hacerle lo propio, antes que lo lastimase otra mujer, prefería lastimarlo yo, pero deseaba sinceramente que no fuera así. Mi primo Beto me había pedido quedar a pasar un par de días con nosotros para presentarnos a su novia, una mujer llamada Dulce a quien yo, no conocía de nada. Soy Oli, bibliotecario de profesión, casado con la mejor chica del mundo, Irina, y en plena… "celebración" de NocheBuena, mi primo me mandó un mensaje con la noticia. Reconozco que no me alegré todo lo que me hubiera gustado, antes bien me sorprendí. Yo sabía que, a pesar de todo, Beto seguía queriendo a Cristina.

Mi primo siempre ha sido muy bueno. Demasiado bueno tal vez, porque muchas veces la gente se ha aprovechado de él por eso. Decían en el colegio que era retrasado, y yo sabía que no era cierto. Puede que no tenga muchas luces, vale, pero no es retrasado, es muy listo cuando uno sabe llevarlo, tiene paciencia con él y le trata bien. Es cinco años mayor que yo, pero siempre nos llevamos de maravilla, desde niños. Yo, como siempre he sido lector empedernido, solía saber cosas que él no entendía, o cuando menos, podía averiguar cómo se hacían para explicárselas después. Me tocó aprender a hacer raíces cuadradas en tercero de básica, sólo para decirle cómo se hacían, porque yo me apañaba con lo que decía el libro de texto, pero él no era capaz, la maestra no se esforzaba con él, y su padre casi ni le hablaba. Eso le dolía mucho. Su padre es mi tío y yo le respeto, pero no me resulta fácil quererle habiendo tenido que ver cómo lo despreciaba constantemente.

Beto, mi hermana mayor y yo pasábamos juntos las vacaciones de verano, en el pueblo de los abuelos. Beto y yo dormíamos en el mismo cuarto, y mi hermana Alba en otro. Alba es apenas un mes mayor que mi primo, y siendo yo muy pequeño (puede que tuviese cuatro años, me acuerdo a retazos), se pasaron un verano "jugando a los novios". Esto es, que Alba se pasaba el día mandándole cosas al bueno de Beto, usándole de guardaespaldas (es más alto que yo, y hay que reconocerlo, mucho más fuerte. Los matones hasta tres años mayores que él le tenían miedo, no sólo por su fuerza, sino porque no veía el peligro, se lanzaba contra cinco sin calibrar consecuencias… y a lo mejor no les podía, pero se marchaban bien servidos), de niño de los recados, divirtiéndose con él, cargándole la culpa de todo cuanto ella hacía, y de vez en cuando, le recompensaba con un beso cerca de los labios.

Al verano siguiente, Beto estaba ansioso por continuar el juego, pero a Alba le faltaban ya pocos meses para cumplir los once años y quería interesarse por chicos y jugar con las otras niñas que leían revistas de música y chicos, y entre las que había alguna que ya usaba sostén o se pintaba los labios alguna que otra vez, y no quedarse con "su primo el tonto". El bueno de Beto se llevó una decepción enorme, y yo, que ya tenía mis cinco años y podía salir por ahí de aventuras (hasta entonces, entre mi corta edad y ser el hijo menor, mi abuela siempre me había considerado demasiado pequeño para abandonar el jardín), me convertí en su mejor amigo. Desde entonces, nos hicimos poco menos que inseparables, siempre jugábamos e íbamos juntos a todas partes. Nos inventamos un código secreto por señas y un alfabeto por signos, y me sorprendió lo rapidísimo que se lo aprendió, cuando yo estaba harto de oír decir a todo el mundo lo tonto que era Beto, y a su propio padre diciéndole subnormal e insinuando que en realidad no era hijo suyo.

Cuando conoció a Cristina, estaba en la universidad, llevaba allí dos años, estudiando Historia del Arte. Según decía, no era difícil, porque sólo era cuestión de memorizar, lo único que le hacía falta eran libros y un grabador (y menos mal, porque me había pasado sus años de bachillerato corrigiéndole los apuntes… tenía el vicio de tomarlos al pie de la letra, con lo que los datos de la vida de Mozart se mezclaban con amenazas de quitar puntos de examen o peticiones de silencio). Cristina, al parecer, venía de una familia de moral muy estricta, y no es que tuviese a Beto en gran estima, pero con eso de que era un almacén de datos con gafas, era útil tenerle de amigo. Y en una ocasión, según parece, metió a un chico en casa de sus padres y la pescaron. El chico logró escaparse nadie sabe cómo, pero sus padres le dijeron que estaba deshonrada y que o se casaba o la repudiaban y echaban de casa. Cristina sabía que el tipo con el que se había divertido no iba a casarse con ella ni loco, y probablemente ella no quisiera tampoco… así que dijo que había sido Beto.

Habló con él, le pidió que la ayudara y a cambio ella le querría mucho. Cristina había llegado a conocer bien a mi primo, sabía que estaba loquito por conocer el amor, el tan cacareado sexo del que todo el mundo hablaba. No se lo reprocho, yo tenía casi veintiún años entonces, no me atrevía ni a hablar con las chicas y mi mayor fantasía era recibir un beso, un simple beso… la diferencia es que yo podía pensar con cierta claridad, y Beto no. Pensó que Cristina le pedía aquello no porque estuviera en una situación desesperada, sino porque tenía interés en él. Pudiendo haber elegido a cualquiera de la universidad para pedirle aquello, se lo había pedido a él… intenté advertirle, pero no quiso escucharme y se casó con ella. Tenía veintiséis años, se había pasado cuatro trabajando como un burro y ahorrando para pagarse la carrera, y se gastó ese dinero en la fianza para un piso de alquiler y en pagarse unas oposiciones para el ministerio de Hacienda. No le gustaba, pero sabía que precisaba un trabajo fijo para poder ofrecer estabilidad a su mujer. Cristina no trabajó nunca. Apenas nos vimos durante los casi diez años que duró su matrimonio, venía a verme a escondidas a la universidad, donde yo estudiaba mi Filosofía y trabajaba, entonces como ayudante del antiguo bibliotecario. Ella no le dejaba hablar conmigo, porque sabía que yo le decía la verdad… pero no servía de nada, pues Beto era el primero que no quería escucharla.

Cuando ella le dejó por otro, no me extrañó, lo que me extrañó fue que hubiera durado tanto, pero cuando mi primo vino a llorar en mi hombro y me contó ciertos extremos referidos a la vida sexual de su matrimonio (ella jamás se movía, se limitaba a tenderse debajo, ni tan siquiera le dejaba eyacular, dormían en camas separadas y sólo ella decidía cuándo se hacía…), le pedí que si acaso algún día volvía a enamorarse de otra mujer, antes de atarse a ella, me la presentase a mí y se fiase de mi criterio para decirle si se lanzaba o no. Bien sabía yo que, a última hora, mi primo haría lo que quisiera, y no sería yo quien le viniese con un "no será que no te lo dije", pero si al menos, podía prevenirle… si podía intentar impedirle un nuevo dolor… Quizá por eso, sentía que iba al restaurante donde habíamos quedado con algo de animadversión inconsciente hacia la nueva novia de mi primo.

-Oli, cielo… no estés tan tenso. Por lo que me has contado, es fácil que tu primo haya aprendido la lección, y su novia no sea como la otra. – A Irina no le pasó desapercibido mi estado. – Para empezar, ésta no parece que se interese por él sólo por salvar su cuello.

-Lo sé… - admití – Es sólo que… bueno, Beto es a veces tan inocentón, que… no debería, pero a veces me siento un poco su padre.

Irina estuvo a punto de decirme una frase de ánimo, pero ya no pudo. Por la puerta del restaurante, vi entrar a mi primo, y me levanté como un resorte, sonriéndole. Beto me vio enseguida y me saludó con la mano izquierda, porque la derecha la tenía entre las de la chica que le acompañaba. Parecía rondar los treinta, el pelo color caoba, por los hombros, graciosamente metido hacia dentro, y unos ojos de color más amarillo que verde, que no me acabaron de gustar… parecían ojos de halcón, de felino… de un ser demasiado listo. Era bastante guapa, hay que reconocerlo, y llevaba un escote que me pareció un poco fuera de lugar… De todos modos, mi Irina y yo les saludamos con dos besos y nos sentamos a cenar, y a charlar.

-Y… ¿cómo fue que os conocisteis? – pregunté casi enseguida.

-En el trabajo. – contestó ella – Nos pusieron a trabajar juntos, en el ministerio.

-En realidad, todo fue porque yo le miraba los pechos y ella se enfadó conmigo por hacerlo… - Beto soltó su risita de tontorrón, y su novia, Dulce se llamaba, se rió con él y le dio un suave cabeceo.

-Si os soy sincera, al principio no le soportaba… pensaba que sólo quería liarse conmigo, que sólo me veía como a un objeto…

-Sí, esa es la paradoja: las mujeres se arreglan para que las mires, pero luego se enfadan cuando lo haces. – Ese fui yo, y a pesar de que tenía la cabeza medio inclinada sobre la copa de vino, noté cuatro ojos taladrándome. Los amarillos ojos de la novia de Beto me miraban con un punto de frustración, como si no entendiera por qué salía yo con aquello, pero sinceramente, me daban igual, y levanté la cara para enfrentarme a ellos – A lo mejor, es porque no las miran los tíos que ellas quieren. – Los que intentaba evitar, eran los azules de Irina, en los que se gestaba una tempestad.

-A lo mejor, porque no es lo mismo mirar, que desnudar con la mirada. – me contestó, perfectamente tranquila, sin dejar de sonreír. Beto la tomó de la mano y me miró casi suplicante.

-En determinados casos, eso es simplemente accidental, dado que la protagonista se ha tomado la molestia de ir ya medio desnuda. – Era un ataque claro a su pronunciado escote, y ahí tuve que apretar los dientes para no soltar un quejido, Irina me acababa de sacudir un puntapié por debajo de la mesa. Dulce pareció a punto de contestar, pero Beto le apretó la mano e Irina intervino:

-Y… ¿qué os parece si pedimos? Aquí hacen un confit de pato verdaderamente delicioso… ¿alguien quiere?

Pedimos y trajeron la cena, Beto parecía aliviado por que la comida hubiera desplazado la conversación, su novia comía con gesto de fastidio. Me hubiese gustado poder decir que eso significaba que la había calado, que no era más que otra que buscaba sacar algo de mi primo… pero lo cierto es que cada vez que su mirada se cruzaba con la de Beto, en su rostro había una expresión que no quería descifrar. Intenté mirar a Irina para intercambiar impresiones con ella, pero sólo me devolvió una mirada indignada. Mi primo parecía descorazonado conmigo, todo el mundo parecía enfadado conmigo. Cuando terminó la cena y llegó la hora de ir a casa, Beto me llevó a un aparte y me pidió si quería que esa noche, durmiese él conmigo….

-Tenemos el cuarto pequeñito, donde puedes dormir sólo si es que no quieres dormir con ella… - insinué.

-Sí quiero hacerlo, Oli… pero no quiero que tú te enfades más. Si lo prefieres, dormiré contigo, Dulce e Irina pueden dormir juntas.

No me hacía gracia la idea de dormir sin Irina, pero así desde luego podría hablar con Beto con libertad. Cuando se lo dije a ella, en el coche, tampoco le hizo mucha ilusión.

-¿Por qué has tenido que cargar contra esa chica, Oliver? Ni siquiera la conoces. – Puede que fuese la primera vez desde que nos conocemos, que mi esposa me llama "Oliver" y no simplemente "Oli". Y me dolió.

-Porque… porque no me gusta para él. No sé, la veo demasiado guapa, demasiado sofisticada… y demasiado provocona. Temo que se esté aprovechando de él, que lo esté usando para divertirse… no me parece buena para él, la verdad, ¡no me lo parece! A Beto le vendría bien otro tipo de chica… alguien… más discretito, más como él…

-Es muy curioso que digas eso, porque es EXACTAMENTE lo mismo que dice tu padre acerca de mí.

-¡Irina, no me vas a comparar a esa tía contigo…!

-¿Por qué no? La noche en que nos conocimos, yo llevaba un vestido mucho más provocativo que el suyo… casi no te conocía y me ponía unas minifaldas prácticamente de enseñar el culo, sólo para ver si te ponía burro y te lanzabas, y a la tercera vez te hice subir a mi casa, y poco menos que te seduje… y antes de contigo, he perdido la cuenta de con cuántos tíos estuve, ¿te parece que no hay punto de comparación?

-…¡No, no lo hay! Una cosa es ser una mujer liberada que disfruta de su cuerpo, eso eras tú. Y otra, ser una fresca cazamaridos que va detrás de pescar a uno que la mantenga y que puede hacerle capricornio cuando le apetezca, ¡eso es ella!

-Oli, ¿por qué la prejuzgas con tanta dureza? ¡Tú, no eres así! – Busqué una respuesta lo bastante contundente, un insulto para la novia de Beto que mi Irina no pudiese rebatir… pero no logré encontrarlo.

-No quiero que le vuelvan a hacer daño… no quiero que…

-¿Sabes? Creo que debes recordarte lo que tú mismo dices siempre sobre tu primo: "es mucho más listo de lo que parece". Yo no creo que se vaya a dejar engañar, no una segunda vez. Oli, he visto cómo le miraba esa chica después de tu rapapolvo… si hubiera dependido sólo de ella, te hubiera soltado una grosería y se hubiera levantado de la mesa. Pero sabía que eso, haría infeliz a Beto, y se quedó por él. Si tu primo le importase un pimiento, si sólo quisiese sacar partido de él, ¿no te parece que se hubiera aprovechado precisamente de tu salida de tono para malmeteros el uno contra el otro? ¿No crees que se hubiera levantado y se hubiera llevado a Beto de allí…?

Aquél era un argumento de peso, y por un momento me sentí culpable. Más de una vez hubiera querido decirle cuatro cosas a Cristina… pero tenía que hacerme a la idea de que la nueva novia de Beto, no era Cristina. Es cierto que seguía sin caerme bien, pero al menos, tenía que procurar no andar con ella con la escopeta cargada. Aunque sólo fuese por cariño hacia mi primo.

Llegamos a casa y preparamos el sofá cama del salón, a la novia de Beto tampoco parecía hacerle gracia dormir separada de él, pero no dijo nada, aunque tuve la impresión de que ella pensaba que era culpa mía. Me miraba con agresiva suficiencia, como si deseara decirme que ella iba a hacer lo que quisiera con mi primo y que yo no podría impedírselo, que por cosas peores que por mí había pasado… pero pensase lo que pensase, se lo calló todo, y las chicas fueron a dormir a su cuarto, y nosotros nos acostamos en el salón. No me resulta incómodo dormir en la misma cama que Beto, cuando éramos niños y nos veíamos durante las vacaciones, solíamos hacerlo a menudo. Nos quedábamos de cháchara y jugando durante horas, para los dos era algo genial… pero esa noche, mi primo parecía pensar que iba a pasar un examen, y ciertamente así era.

-Beto… ¿cómo es ella contigo? ¿Cómo te trata? – le pregunté, ya acostados y a oscuras.

-Es muy buena. – dijo, con una voz casi soñadora – Le gusta mucho el helado, como a mí. Cuando nos duchamos juntos, me frota la espalda… Se apuntó al equipo de fútbol del ministerio para estar conmigo… a veces, cuando no salimos a la misma hora, cuando llego a casa, está allí, esperándome… - soltó una risita de timidez, y entendí muy fácilmente cómo le esperaba ella… - luego, hacemos la cena… y muchas veces, me lleva y me trae del trabajo, ella tiene coche…

-¿No es eso… no es eso mucho control, así de golpe? ¿Cuánto hace que os conocéis?

-Conocernos, desde principios de verano… juntos, llevamos juntos desde Septiembre.

-Beto, por favor… lleváis saliendo menos de medio año y ya es casi como si vivierais juntos….

-Vamos a vivir juntos. Ella me lo propuso, y le dije que sí, por eso la he traído.

-Eeeh… se suponía que, según lo que te pedí, la traerías para que yo la conociera ANTES de que le dijeses que sí… - Beto intentó objetar algo, pero negué con la cabeza. – No sé, no sé… me parece muy precipitado, me parece que esa chica quiere ir muy deprisa contigo.

-Bueno, sólo nos diferencia un mes…

-¿Un mes? ¿Qué mes?

-Contigo y con Irina… la conociste en Enero, precisamente me acuerdo que me dijiste que fue el día de tu cumpleaños, el veintinueve de Enero. Y te casaste con ella en Junio, eso hacen seis meses. De vosotros, sólo nos diferencia un mes.

"Maldita sea su memoria" pensé. Beto tiene una memoria de elefante, y por regla general, se le da de maravilla recordar lo que uno quisiera que olvidase. Y lo peor, no era eso, lo peor es que él no se daba cuenta porque se le daba muy mal calcular, pero si tenemos en cuenta que la fecha que le di (yo la conocí el nueve de Enero, pero le dije el 29, porque además de mi cumpleaños, ahí fue cuando… bueno, cuando me hizo hombre), fue a finales de Enero, y nos casamos a principios de Junio… hacía más bien cinco meses que seis, o sea, los mismos que él llevaba con su Caramelo. Ah, no, Dulce, ese era el nombre. Pero una vez más, me parecía que yo era más "adulto" que él, más responsable. Y sobre todo, que Irina se había interesado por mí sólo porque yo le gustaba, no por razones ocultas. De hecho, no quería pensar que Beto, veía a su novia todos los días, en cambio yo empecé viendo a Irina sólo una vez por semana, y de golpe, después de nuestro primer encuentro íntimo, empezamos a vivir el uno en casa del otro. No quería pensar que yo quedé tan hechizado por ella que si me hubiera pedido la luna, a esas alturas ya tendría listo un cohete. No quería pensar que, con eso de que nuestra primera vez cayó accidentalmente en mi cumpleaños, llegué a pensar si Irina no sería un regalo de algún conocido de la universidad, simplemente para que yo "me estrenase"…. Aquello todavía me avergonzaba, jamás se lo había confesado a Irina porque temía que se ofendiera, pero fue un miedo que tuve durante aquélla noche, y no fui capaz de enfrentarme a él y preguntárselo. Me limité a pensar que, para una vez, una vez que me ocurría algo tan bueno, si luego resultaba ser un montaje al menos, por un ratito, habría sido muy feliz. Verdaderamente eso, por mi parte, no demostraba una gran madurez…

*******
-Sé que le caigo mal, pero, ¿porqué? ¿Qué le he hecho yo? – preguntaba Dulce a Irina justo en ese momento.

-Por favor, no pienses mal de él, te aseguro que es un hombre estupendo, y muy cariñoso. Pero cuando se trata de su familia, sobre todo de Beto, al que quiere tanto… se puede poner un poco picajoso. Él mismo me lo ha dicho, "a veces me siento como si fuese su padre". Le asusta la idea de que le vuelvan a hacer daño.

-Lo comprendo y hasta cierto punto, es de agradecer que se preocupe tanto por él… pero Beto no es ningún niño, sabe defenderse solito. Y yo, desde luego, no le voy a hacer el menor daño. – se notaba una sonrisa cariñosa en su voz– Me conquistó. Me conquistó con su bondad, con su ternura, con su inocencia… no podría vivir sin él. ¿Sabes? Yo soy una persona muy mirada con el buen gusto, con los detalles, la limpieza, con lo que es o no agradable. Antes, me hubiera sido imposible dormir con calcetines, ni en lo más frío del invierno, y me parecía una terrible muestra de pésimo gusto que un tío se metiera con los calcetines, sucios y sudados de todo el día, en la cama… Bueno, pues ahora me parece un detalle de confianza de pareja, de lo tranquilo y a gusto que está conmigo, sólo porque lo hace él.

Irina sonrió. Su Oli sí había tenido el buen gusto de quitarse los calcetines, y aún de dejarlos pulcramente doblados dentro de los zapatos, en su primera vez, pero en cambio…

-Te comprendo. Eeh… esto, no te lo he dicho, ¿vale?, pero, ¿sabes esa figurita de Darth Vader que hay en el salón, en la mesilla del teléfono…? – Dulce asintió – Pues… cuando Oli y yo estamos juntos (ya me entiendes) en el salón, antes de hacer nada, él TIENE que darle la vuelta a la figura. Dice que hay cosas que no puede compartir ni con Lord Vader, y que no podría concentrarse si siente que le está mirando, que le daría vergüenza.

-¿En serio…? – Dulce trataba de no reírse.

-Totalmente en serio. Antes de conocerle, me encuentro a un tío que me dice algo semejante, y le pondría de infantiloide y de inmaduro que no habría por dónde cogerle. Y ahora en cambio, para mí es un toque adorable de ternura, por lo mismo, sólo porque lo hace él.

Dulce intentó que se le pasase el enfado que sentía hacia el primo de su corazoncito. A fin de cuentas, ella con quien iba a vivir, era con Beto, no con el estirado de su pariente. tal vez, con el tiempo, cuando la fuese conociendo mejor, la tratase de otro modo…. Eso esperaba.


*******


Debían ser como las tres de la mañana cuando mi vejiga me despertó, y aunque me resulte molesto levantarme a media noche para orinar, para mi desgracia sé perfectamente que la alternativa es mucho más desagradable, de modo que me levanté lo más silenciosamente que pude para no despertar a Beto, que roncaba suavemente a mi lado. Aún así, cuando salí de la cama, le oí musitar "Dulcita…". Me daba mucha ternura su modo de portarse con ella, por lo que había visto, estaba literalmente colgarrón por esa chica y, no quería admitirlo, pero parecía que ella le correspondía. Pero eso no quería decir nada, Cristina al principio, también sabía ser maja. No era tan cariñosa como la nueva, que había dado como treinta y cinco besitos de buenas noches a mi primo antes de ir a dormir, pero bien podía ser una comedia, pensé mientras caminaba por el pasillo, hacia el cuarto de baño. Giré el picaporte y maquinalmente, di un paso al frente, pero la puerta no se abrió y me pegué de narices contra ella.

-¿Qué? – y entonces me di cuenta que bajo la puerta, salía un hilito de luz. Había alguien en el baño, y dado que Beto seguía dormido, eso sólo dejaba una posibilidad. El golpe me había puesto de muy mal humor, pero el hecho en sí de trancar la puerta, lo hizo más aún. Me enfurruñé cruzando los brazos y me apoyé en la pared, esperando que la novia de Beto saliera, pero apenas llevaba diez segundos esperando, mi estado de ánimo venció a mi educación y empecé a hablar en susurros a través de la puerta cerrada - ¡Está claro que no lo sabes, pero en esta casa, no tenemos la fea costumbre de echar cerrojos! Si… si se me ha olvidado llamar, te bastaba con decir un "ocupado". ¿También vas a ponerle cerrojos a Beto en su casa, para que no corras peligro de que pueda mirarte por accidente? ¿Separarás las camas como hizo la otra? – La puerta del baño se abrió y me preparé para soltar otra retahíla, pero la voz se me murió en la garganta y quise que se me tragase la tierra cuando vi que era Irina la que me miraba desde el vano.

-Oli…. – sin duda el ver la cara de tremendo apuro que tenía, le había hecho no ensañarse más y no llamarme de nuevo "Oliver" – Sinceramente, ¿no te parece que ya está bien de arremeter contra Dulce? He echado el cerrojo para poder estar tranquila por si querían entrar ella o tu primo, pero no pensaba que tuviera que pedirte permiso primero a ti.

Intenté poner alguna excusa, pero sabía que era inútil y suspiré.

-Me estoy poniendo paranoico, ¿verdad?

-Más bien sí – sonrió Irina. – pasa, y hablaremos. – Entré y cerró la puerta de nuevo. – Cielo, dime la verdad, ¿qué te molesta más, la posibilidad de que ella pueda ser mala con Beto… o la posibilidad de que sea tan buena, que él pueda olvidarse de ti?

Me sonrojé tan violentamente que me dolió la cara. Yo mismo no había querido admitírmelo, ni pensarlo siquiera, pero Irina a veces parece que lea lo que yo pienso. Tenía razón. Yo mismo sabía que, después de casarme con ella, bueno, había seguido llamando a Beto y hablando con él… pero ya no era lo mismo que cuando los dos estábamos solteros. Le había perdido cuando estuvo con Cristina, sólo podía verme a escondidas de vez en cuando, para que ella no sospechase que se veía conmigo… Cuando le dejó, nos veíamos mucho más a menudo, todas las semanas. Es mi mejor amigo, y yo sabía que lo era también para él. Me molestaba perder ese puesto en su corazón por una desconocida. Irina se abrazó a mí.

-¿Acaso tú has dejado de querer a Beto por quererme a mí? – me susurró – Puede que no os veáis tanto como antes, pero le llamas casi a diario, y sé que no quieres verle con tanta frecuencia porque temes que coja celos al verme contigo. – sonreí y me apreté contra ella. Irina se da cuenta de todo – Pero ahora eso, ya no tiene porqué pasar, porque él también tendrá una persona. Oli, Dulce quiere muchísimo a Beto, lo sé… no hay más que ver de qué modo le mira, con qué arrobamiento habla de él. Te aseguro que no debes temer que le trate mal, y si tú eres un poquito más amable, tampoco deberás temer que lo separe de ti. Es una chica de carácter, sí, pero es muy simpática, está deseando que tú la aceptes, porque sabe en cuánta estima te tiene él.

Admito que me sentí un imbécil. Recordé lo borde que había sido durante la cena, lo distante que había estado sólo por… por celos, ahora me daba cuenta, y me sentí estúpido, y así se lo dije a mi Irina.

-El que te des cuenta de ello, ya es muy bueno. Mañana sin falta, le pedirás perdón a Dulce por todo, y empezaremos de nuevo, y... tienes que tener siempre presente, que, pase lo que pase, NUNCA te quedarás sin el cariño de tu mujercita - sonrió con picardía. Y estuve a punto de separarme de su abrazo y darle las buenas noches y volverme al sofá cama, pero en primera ya era tarde, y en segunda, yo mismo tenía ganas. Irina empezó a desabrocharse la chaquetilla del pijama y yo ya tenía las manos metidas en ella, acariciándole la cintura, subiendo ligeramente y apretándola contra mí mientras suspiraba. De verdad lo necesitaba, me hacía falta que me hicieran sentir querido. Después de haberme portado como un cretino, necesitaba ese "estás perdonado", quería mimitos.

Emití un suspiro interminable cuando sentí las manos de mi Irina acariciar mi piel debajo de la camiseta gris que usaba para dormir, y yo mismo me la saqué por la cabeza, dejándome besar el pecho y los hombros. Cada roce de sus labios era un escalofrío delicioso, y mi mujer, que siempre es muy dada a los besos y a los cariñitos, esa noche era aún más generosa con ellos, al intuir, o saber directamente cuánta falta me hacían. Sin apenas darme cuenta, me sentó sobre la taza del baño y se montó sobre mí, aún los dos con el pantalón puesto, y empezó a frotarse suavemente. Su delicioso calor sobre mi miembro, ya erecto, me hacía sentir un placer inmenso, pero sus manos acariciando mi cuello, mi cara, y su boca entreabierta besándome una y otra vez, me hacían sentir increíblemente bien. Me apretó la cabeza contra sus pechos desnudos, tan cálidos y acogedores, acariciándome la espalda y la mejilla, besándome la frente, y sonreí, en parte de placer, en parte de alivio y ternura… Irina tenía razón: pasase lo que pasase, su cariño no lo perdería nunca.


*********


Sin duda por estar en una casa y una cama que no conocía, el sueño de Dulce era más ligero de lo normal, y al darse la vuelta sobre la cama y no encontrar a Beto junto a ella, se despertó sobresaltada. Hubiera jurado que había oído algo, un gemido quizás, pero no estaba segura. "Qué tonta soy, estoy en casa del primo de Beto", se dijo al recordar. Estuvo a punto de recostarse de nuevo sobre la almohada y recuperar su sueño, pero entonces oyó de nuevo el gemido y vio que estaba sola en la cama. Del pasillo, llegaba un diminuto rayo de luz que provenía del baño. "No… no puede ser", se dijo Dulce, y pensó que debía volver a acostarse, pero la curiosidad fue más fuerte, y salió de la cama.

"Es imposible, no me creo que se hayan metido en el baño para…" pensaba, pero no podía dejar de sonreír, caminando de puntillas sobre el parquet. Sigilosamente, llegó a la puerta del baño y escuchó. No cabía duda, eran gemidos ahogados y risitas sofocadas. Desde luego, no estaban jugando al parchís. "¿Es que mi sino es encontrarme a todo el mundo en la misma situación…? Y menos mal que esta vez, al menos, estoy fuera". Es cierto que la idea de que sus anfitriones estuvieran pasando un rato agradable en el cuarto de baño después que les habían hecho dormir separados era bastante injusta… pero también le daba la oportunidad de aprovechar la ocasión. ¿Ellos lo estaban haciendo, no…? De modo que se alejó de la puerta del baño, entró en el salón, cerró la puerta y miró a su Beto, que dormía panza arriba, con una sonrisa en los labios… y una erección bajo las sábanas.

"Me parece que está teniendo unos sueños muy lindos" se dijo Dulce mientras se colaba lentamente entre las sábanas, a su lado. Sabía que Beto solía tener varias erecciones durante el sueño, pero era la primera vez que ella le pescaba una. Sería una lástima no aprovecharla. Con toda suavidad, se arrimó bien a su corazoncito y metió la mano muy despacio bajo los calzoncillos, acariciando con ternura. Beto se estremeció y su sonrisa se hizo más pronunciada. Dulce le besó la nariz, las mejillas, y su novio contrajo la cara y finalmente parpadeó. Frunció el ceño intentando enfocar la imagen, y cuando vio a Dulce, pegó un brinco del susto e intentó esconderla bajo las sábanas.

-¿Qué haces? – susurró ella, divertida.

-Eso te digo yo, ¿qué haces tú aquí? ¡Oli no debe verte! Eeh… espera, ¿dónde está Oli?

-Beto, corazoncito… tu primo, está con Irina, haciendo más o menos lo mismo que tú y yo, así que puedes relajarte - Dulce acarició más intensamente la tita de su novio, y éste dejó escapar un gemido de gusto. La verdad es que le daba mucho corte, en casa de otra persona, ponerse a hacer cositas… pero Dulce siempre tenía esa manera tan especial de ser convincente, de modo que se dejó hacer, disfrutando de las tiernas caricias que le ponían la piel de gallina, mientras él mismo metía las manos bajo el pantalón de su novia y empezaba a hacer cosquillas en su rajita…


*********


"Delicioso… es… simplemente delicioso" pensaba, con las piernas temblándome, y ayudando a Irina a botar sobre mí. En lugar de montarme como solía, con las piernas separadas, ella se había bajado el pantalón del pijama sólo hasta la mitad del muslo y se había sentado de lado sobre mí. Se había dejado caer muy despacio, haciéndome sufrir tan maravillosamente que sólo a duras penas había sido capaz de contener los gemidos, y aún mi Irina había tenido que taparme la boca para ahogarlos. Era realmente de lo mejor que había sentido, la inusual postura, el hecho de estar en el baño en lugar de en otro sitio más cómodo, la idea de que no estábamos desvestidos del todo, me resultaba increíblemente excitante. Y sobre todo, la estrechez, la dulce estrechez. Al tener ella las piernas juntas, el calor y la presión eran mucho más intensos, y por si fuera poco, ella no dejaba de tensar sus muslos a cada bajada, y cada vez que lo hacía, a mí se me iba el alma.

-Oli… - susurró mi Irina, apenas audiblemente – Eres adorable… - me acariciaba la cara y el cabello con mucha suavidad, con la punta de los dedos, con la boca muy cerca de mi piel, dándome besitos ligeramente húmedos, jugueteando con mis labios cuando pasaba cerca de mi boca. Yo ni siquiera podía contestar. Si abría la boca, iba a ser para gritar el placer y lo feliz que me sentía. Mi mujer me apretaba entre sus piernas y me daba la impresión de que iba a reventar como una uva, y por otro lado, me había sacado un tremendo peso de encima al descubrirme. El tener como pareja a alguien que te conoce tan, tan bien, puede a veces resultar incómodo porque no hay manera de decir una mentirijilla, pero las ventajas eran mucho mayores.

"No pares" articulé sólo moviendo los labios, y aún así el aire salió casi en gemido de mis labios. Irina me sonrió y aceleró, cerrando los ojos de placer, porque ella también estaba llegando. Los apretones de sus muslos se comunicaban a su clítoris, y yo, que hasta entonces había usado las manos sólo para acariciarle la cintura y las nalgas mientras la ayudaba a moverse, bajé una a su apretada entrepierna y deslicé mi dedo índice entre ellas, para tocar su botoncito. Irina tiritó ferozmente y se llevó una mano a la boca, cerrando los ojos, para intentar no gritar. Se rio muy bajito, mirándome con un poco de tímida sorpresa, porque no está acostumbrada a que yo haga cositas así, suele ser ella quien me lleva la mano, pero hoy, después de cómo me había puesto al descubierto, no tenía más razones para ser tímido, al menos, por un ratito. A pesar del nulo espacio, mi dedo resbalaba en sus abundantes flujos. A pesar de la estrechez, podía sentir perfectamente su perlita, erecta, resbalando sobre mi dedo mientras la acariciaba sin cesar.

Irina puso los ojos en blanco y le besé los hombros desnudos, tenía la chaquetilla por los codos, y sus pechos se balanceaban suavemente a cada movimiento. Hubiera apostado que hoy el primero en acabar sería yo, dado mi estado de ánimo, pero las caricias que le prodigaba en su botoncito eran demasiado para ella, y mirándome con una sonrisa de arrobo, vi que se tensaba más aún, sus piernas se doblaron y los dedos de sus pies descalzos se encogieron, intentó retener los gemidos y se puso muy colorada, y entonces, sentí las maravillosas contracciones en torno a mi miembro, convulsas, eléctricas, mientras ella se estremecía, y me dejé ir, disfrutando de mirar cómo mi mujer gozaba conmigo. Las oleadas de placer que me laceraban, se expandieron por todo mi bajo vientre, y sentí que me estremecía, indefenso ante el inmenso gozo, me abracé a ella con fuerza mientras mis caderas se movían solas, con mi pene maravillado del intenso calor húmedo, deliciosamente exprimido… y fue como si mi virilidad explotase, en un placer dulcísimo que lentamente se expandió por todo mi cuerpo, llenando mi piel de sudor y haciéndome jadear quedamente, buscando aire por el esfuerzo, mientras sentía mi semen brotar y ser aspirado dentro de ella, que me apretaba entre sus brazos. Di un par de tiritonas de gusto, pegado a su pecho, encogido de placer, mientras ella me acariciaba la espalda y los hombros… y al fin los dos nos relajamos.

Mi Irina me miraba con los ojos casi húmedos, dedicándome infinidad de caricias, y la apreté con todas mis fuerzas mientras la besaba, mi lengua jugando con la suya. Sentí su risa dentro de mi boca, y, no supe porqué, pero me vino una especie de absurdo pensamiento de que esa noche, ese mismo instante, acababa de empezar algo nuevo.


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Beto y Dulce se movían al unísono, los dos tendidos de lado en el sofá cama que chirriaba suavemente. Ella abrazaba a su novio con una pierna y sus caderas se separaban y encontraban. El funcionario se mordía los labios y temblaba de gustito, aquélla postura le encantaba porque era muy cómoda al estar tumbado del todo y le permitía tocar a Dulce y mirar todas las sonrisas de placer que se le escapaban. Cada embestida les hacía estremecer, el interior de Dulce ardía y resbalaba tan bien que Beto sólo sentía deseos de acelerar, bombear hasta caer rendido. La tita de su novio era tan caliente y le frotaba en los puntos sensibles de su vagina con una intensidad tan deliciosa, que Dulce sólo ansiaba terminar, ninguno de los dos apenas aguantaba más, era tan bueno… Intentaban hacer el menor ruido posible, cuando se oyó la puerta del baño. Dulce giró la cabeza, asustada por si venían, y Beto intentó pararse, pero sin duda porque el placer había pasado ya el punto de la sensatez, sus caderas en lugar de frenarse, aceleraron.

Dulce ahogó un grito de placer, quiso frenar a Beto, detenerse ella misma, pero ya no fue posible, y en su lugar se apretó contra su novio y también ella aumentó su velocidad, combinando sus movimientos a los de Beto… ya estaba, ya casi… ya casi…. ¡mmmmmmmmmmmmmh….! El estallido de placer fue tan rico y potente que ambos casi saltaron sobre el colchón en sus convulsiones, haciendo protestar a los muelles. Beto besó a Dulce intentando ahogar los gemidos de ambos mientras sus ojos se ponían en blanco y le parecía que perdía la vida por entre las piernas, y Dulce temblaba, sintiendo que el orgasmo la recorría hasta la punta de los cabellos, y su sexo daba apretones a la tita de su novio… apenas podía respirar, ¡qué bien se sentía!

Jadeaban, abrazados el uno al otro, pero nadie entró en el salón. Oli e Irina se habían marchado a su cuarto sin duda al ver que Dulce no estaba en la cama. El funcionario y su novia se miraron a los ojos y no pudieron evitar soltar la carcajada, ¡el susto había sido muy excitante!


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A la mañana siguiente, me levanté para hacer el desayuno para todos. Besé a Irina, que aún seguía dormida, y con paso vacilante, crucé el pasillo, pero unos ruiditos en el salón me hicieron detenerme en seco. Eran risitas, y como si alguien hablase en voz baja. Mi primo se reía sin parar, y por un momento dudé si entrar o no, porque bien podía ser que estuvieran… y por la puerta translúcida del salón, no se distinguía nada. No tenía modo de saberlo con seguridad, así que me agaché para que no vieran mi silueta, no quería que pensaran que estaba espiando… y efectivamente espié, pegando la oreja, a ver si me enteraba de si podía entrar o no. Unos segundos más tarde sonreí, aliviado, y abrí la puerta.

-…Y éste pícaro gordito, ¡se lo comió, se lo comió, se lo comió! – decía Dulce, entre sonrisas.

-¡Jijijijijiji, basta, por favor, no puedo más! – mi primo, aún sin gafas, lloraba de risa. Su novia le tenía cogido de los pies y le hacía cosquillas y le besaba los dedos. Al verme, Dulce paró de inmediato y pareció casi avergonzada. Admito que me sentí culpable, no tenía derecho a portarme como me había portado anoche… Desde luego, una chica que no sintiese amor por Beto, no se habría escapado de la cama para ir a un sofá cama no muy cómodo sólo para estar con él. No le hubiera hecho el amor (hay cosas que no quiero imaginarme de mi primo por mucho que le quiera, pero los sonidos que anoche salían del salón, no era preciso detenerse a escucharlos para identificarlos…), y desde luego, no estaría tampoco jugando de esa manera con él, yo sé que a mi primo le encantan las cosquillas, y tiene muy sensibles los pies… y entonces me di cuenta, ¡sus pies!

-¡Beto! – sonreí - ¡Te has hecho quitar los tatuajes! – Por una broma pesada, a mi primo, en la universidad, le habían hecho unos horribles tatuajes de cerdos apareándose, en los pies. Cuando se animó a decírmelo, le dije que se los quitara, pero se negó. Se negó… porque Cristina le dijo que no lo hiciera, que así tendría presente para siempre lo cerdo que era, y si quería corregirse, no debía olvidarlo. Ella supo convencerle de modo que el bueno de Beto pensase que lo hacía por su bien, para que él mejorara, pero yo sabía que no era más que otra muestra de su crueldad con mi primo, y punto. Era extraño que se hubiera animado a hacer algo así.

-Sí… - asintió, incorporándose en el colchón. – Dulce me dijo que me los podía quitar si quería… Al principio de estar con ella, nunca me quitaba los calcetines. – se sonrojó ligeramente y Dulce le acarició la cara con el dorso de los dedos. – Pero un día, logró que me animase a quitármelos. Y le conté lo que había pasado, y dijo que no tenía importancia. Y dijo que yo tenía unos pies muy bonitos.

Mi primo parecía triunfal, como si me estuviera diciendo "chúpate esa". Me lo merecía, y sonreí.

-Y cuando acabam… eeh, bueno… más tarde, me dijo que si quería, esos tatuajes se podían quitar. – A Beto le temblaba un poquito la voz. Para él, era algo muy emotivo, yo lo sabía bien. Aquélla chica quizá no lo supiera, pero con su gesto de decirle que no tenía importancia, que sus pies eran bonitos pese a los horribles tatuajes y que podía quitarse estos si lo deseaba, le había quitado también de encima muchos años de culpa. Mi primo seguía hablando, pero yo apenas le oía – Mira, casi ni ha quedado señal… y me dijeron que dentro de unos meses, cuando la piel se regenere, se notará mucho menos.

-Me alegro mucho. – contesté maquinalmente, y enseguida añadí – Bueno, ¡es hora de preparar el desayuno! ¿Quién nos va a hacer su mezcla secreta de tostadas francesas? – Beto sonrió y besó la mejilla de Dulce antes de levantarse e ir a la cocina a batir huevos y leche para las tostadas. Me quedé a solas con su novia, que era lo que deseaba. Ella se dispuso a seguirle, pero la retuve. Siempre es cuesta arriba pedir disculpas, sobre todo a alguien casi desconocido, pero si tenía en algún afecto a Beto, tenía que hacerlo – Quería decirte que siento haberte tratado ayer con tanta grosería. – Dulce pareció muy sorprendida por mi reacción – Estuve todo el tiempo pensando en lo mal que se portó su ex mujer con él, y no quise darme cuenta que tú no eres como ella. Beto es muy sensible, enseguida coge cariño a las personas, sé que él te adora… ¿tú le quieres de verdad?

-Más que a nadie en el mundo. – admitió, y supe que decía la verdad. – Entiendo que te preocupes por él, y me alegra que Beto te haya tenido durante todos estos años. Él dice maravillas de ti, te quiere con locura y te admira muchísimo… la verdad es que anoche, no supe qué veía en ti, pero hoy empiezo a darme cuenta. – Sonreí, un poco avergonzado, como siempre que alguien me halaga. Dulce sonrió a su vez, y entonces puso cara de apuro – Ah, por cierto, eeemh… espero que no os enfadéis, tú e Irina, pero… cre-creo que el somier de éste colchón… bueno, tal vez haya que cambiarlo.

Sonreí. A juzgar por lo que se oía anoche, lo que me extrañaba es que el sofá cama todavía siguiese en pie, y de todos modos, ya estaba viejo.

-No importa. – sentencié.

-¿De verdad no te enfadas? Podemos pagároslo nosotros, al fin y al cabo...

-Dulce, no me voy a enfadar porque en mi casa… ¡bueno, hagáis cositas! - Ella se me quedó mirando como si hubiese visto un fantasma y de pronto soltó la risa - ¿Qué…? ¿Qué he dicho?

-¡Nada! –contestó, pero se seguía riendo - ¿Sabes… sabes que, viéndole a él sin gafas, tú y Beto os parecéis pero un montón?

Se marchó, o casi diría que escapó hacia la cocina, y yo me quedé pensativo. Sí es cierto que aunque él sea un poquito más alto y todavía más ancho de espaldas que yo, físicamente nos parecemos mucho, pero, ¿qué tendría eso que ver con su ataque de risa…? De todos modos, en ese momento, Irina se me acercó por detrás y me besó en la oreja, y aparqué mi curiosidad para otro día.