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miércoles, 24 de abril de 2013

Cuestión de labia



     -Vamos a ver si lo he entendido…. ¿pretendes chantajearme sentimentalmente y aprovecharte de que me hiciste un favor que no te costó nada y que además te gustó, para convertirme en una especie de esclava sexual a tu antojo?

     -No, por favor… Lo que quieres decir es que, en sincero agradecimiento por salvar tu reputación y tu carrera, a lo que acudí en tu ayuda sin dudarlo un instante e hice con mucho gusto, tú me concedes tu amistad, por la cual accedes a pasar ocasionalmente conmigo ratos agradables, de los cuales ambos sacaremos un mutuo placer indescriptible sin necesidad de compromiso alguno por ninguna de las dos partes, más que el de intentar complacernos dulcemente el uno al otro. 

    Reconozco que me quedé sin palabras durante unos segundos, y finalmente titubeé:

    -Pues… si eso es lo que quería decir, yo en realidad no pretendía que sonase tan bien… 




     Mi teléfono móvil sonó una vez más y de nuevo, no lo cogí. Reconocí el número como el de mi exjefe, el señor Fidel, quien me había seducido vilmente aprovechándose de mi debilidad… en realidad, yo tenía una especie de alergia a la música, y, en una pequeña fiesta improvisada en la oficina, la música me había hecho desbocarme yacabar manteniendo sexo durante toda la noche con él. En realidad, Jean Fidel no tenía ni idea de que a mí podía sucederme eso… ¡pero no había intentado impedírmelo! Una chica tímida como yo se lanza en sus brazos de repente sin ningún tapujo, y él no lo encuentra extraño y viva la vida, me lleva a su “rincón de juegos”, y allí… no quería ni recordar lo poco de lo que era capaz de acordarme, era demasiado humillante. 

    A la mañana siguiente, cuando desperté desnuda junto a él, me llevé el susto de mi vida. No podía ser que hubiera caído otra vez, llevaba casi dos años logrando contenerme, y en unas pocas horas me rebajaba más de lo que hubiera podido hacerlo en todo el tiempo que llevaba de abstinencia. Qué pervertido… Jean era un asqueroso pervertido, al punto que tenía una cama de agua oculta en su propio despacho, un espejo en el techo, un mueble bar, y un sinnúmero de juguetitos. Sólo con lo que debía gastar en pilas, la fábrica Duracell ya debía haberle nombrado hijo adoptivo, pensé. Después de aquello, dimití. Me marché esa misma mañana, y no había vuelto a la oficina para despedirme de nadie, no quería correr el riesgo de verle, sería demasiado vergonzoso… 

    Pero la pega es que Jean sí insistía en verme a mí. Había intentado llamarme, y como no le contestaba, dejaba mensajes en mi contestador, me mandaba correos a mi dirección electrónica, a mi propia casa, me mandaba flores, venía a esperarme a mi portal y me perseguía por las calles… Pensé en denunciarle por acoso, pero enseguida recordé que el señor Fidel era uno de los mejores abogados del país, experto en representar acusaciones particulares. Con sólo chasquear los dedos, podía no sólo salir indemne de cualquier acusación, sino volverla contra mí encima. Me sentía desprotegida ante sus desesperados intentos de acercarse a mí, yo sólo podía no cogerle el teléfono, no contestar a sus correos y comprarme una peluca, grandes gafas oscuras y volverme del revés el abrigo por si acaso me encontraba por la calle. 

     “Podrías pensar que, habiéndome acostado contigo, ya he conseguido lo que quería de ti, pero no es así” – decía uno de sus correos. Es cierto, no se los contestaba, pero… alguno que otro, sí los leía – “Fue demasiado bueno para dejarlo así. He tenido relaciones con muchas mujeres, todas siempre muy satisfactorias… debe haber muy pocas filias que yo no haya practicado por lo menos una vez, salvando la coprofilia… con esto quiero decir que tú no podrías haber hecho nada que yo no conociera ya, pero aún así lo hiciste. No esperaba encontrar TODAS las fantasías que había hecho con chicas distintas, juntas en una sola, y más tan tímida como tú. Necesito repetirlo. Y sé que tú también quieres, sé que lo pasaste bien conmigo. Las contracciones que hacían vibrar tu coñito sobre mi pene, no se pueden fingir”.

     “Dijiste que seríamos amigos….” –decía en otro correo – “me destrozas el corazón negándome esa misma amistad que me prometiste, yo sólo quiero que aclaremos lo nuestro, nada más. ¿Tanto miedo te da tomar un café conmigo? Conozco un sitio donde hacen el mejor café del mundo. De acuerdo, sí, es también un local de strip-tease mixto donde hasta los clientes pueden practicar la lucha libre en el barro, pero… no hay ningún sitio que sea completamente perfecto. Y digo esto, porque si luchas, puedes quedarte con lo que los demás clientes te metan en el tanga, pero no te dan participación sobre la recaudación”.

    Con frecuencia, no podía creer lo que leía, y me daban ganas de lavarme las manos y desinfectar el ratón después de leer cosas así. Ya debería saber que, con su forma de ser, precisamente cuanto más le esquivaba más crecía su interés, pero no quería ni acercarme a él. Y en el fondo, yo sabía que era más por miedo de mí misma que por el asco que me inspiraba su desmedida afición por el sexo. Jean Fidel era un hombre atractivo, sabía ser simpático, gracioso… era un gran profesional, un excepcional abogado, y a pesar de lo pesado y pegajoso que podía llegar a ser, me constaba que no era mala persona, aunque también hay que decir que solía intentar ocultar sus rasgos de humanidad o bondad. Juntando todo eso, no soy capaz de decir que no me gustaba ni siquiera un poquito… y me daba miedo que ese poquito que me gustaba fuese superior a mí. No quería volver a caer, y menos con alguien tan sexual como él. Si fuese un hombre un poco más tranquilo… alguien que supiese frenarme cuando me ponía fuera de mí por culpa de la música… tal vez no me importaría verle  de nuevo, pero Jean era un potro desbocado, un tigre furioso, un dragón en celo. El más nervioso adolescente desterrado a una isla desierta poblada por amazonas ansiosas de procrear, no le llegaría a la suela de los zapatos en cuestión de lujuria. Realmente no, no era el hombre que convenía a una chica como yo, con un problema como el mío. 

     Ignorando sus intentos de ponerse en contacto conmigo, entré a trabajar en otro despacho de abogados como abogada de oficio, y tenía que contentarme con defender lo que me cayera, generalmente casos de poca importancia; conductores bebidos sin consecuencias que lamentar, fumadores de maría, parejas pescadas teniendo sexo en sitios públicos… Desde luego, eso era muy distinto que ayudar  a un abogado de renombre con el que te hacías un sitio, pero era mejor que nada. Aquélla mañana de jueves iba tranquilamente por los pasillos, había ganado un pequeño caso de falta por una pelea aduciendo que el agredido no había sido golpeado por mi cliente, sino que él se había golpeado a propósito contra mi defendido para intentar lesionarle, y ya me marchaba a casa, aunque me sentía extrañamente insatisfecha pese a mi victoria… ¿qué interés tenía ganar casos así? ¿Qué porvenir me esperaba, defender a gamberros adolescentes en peleas de borrachos toda mi carrera? Sabía que había hecho bien alejándome de Jean, pero a veces sentía que había hecho el tonto, o cuando menos que tenía muy mala suerte… después de haber logrado ser admitida por uno de los mejores abogados del país, éste tenía que ser un depravado sexual que se aprovechaba de mi problema y no me dejaba más opción que largarme y quedarme sin nada a lo que agarrarme en un despacho donde se me ninguneaba y mi superior se apuntaba mis tantos, diciendo que lo que yo conseguía, me lo había enseñado él o directamente él me había dejado lo que debía decir. 

     Pensando en aquello, no me fijaba gran cosa en lo que ocurría a mi alrededor, así que no oí los pasos apresurados a mi espalda hasta que fue demasiado tarde y alguien me tapó los ojos con las manos:

     -¡Cu-cú!

    -¡AH! – dejé caer la carpeta que traía en las manos, el bolso y pegué un bote que hizo que todo el mundo que había en el pasillo se me quedase mirando con una sonrisa. Quise que se me tragara la tierra, y no sólo por el ridículo, sino también por quién había detrás de mí. No me había asustado el ridículo “saludo”, sino él mismo, su olor a colonia barata le delataba a quince metros. Era Jean, y le faltó tiempo para agacharse conmigo a ayudarme a recoger mis cosas, no sin dejar de mirarme descaradamente el trasero ni por un momento. 

     -Me gusta impresionar a las chicas, pero no sabía que lo hiciese hasta ese punto – sonrió. Su nariz gordita pareció expandirse al olerme, y sus negros ojos pícaros brillaron de un modo que casi me asustó - ¿Tanto te excita mi sola presencia…? 

     -¿Porqué no te compras un desierto y te entretienes barriéndolo? – mascullé, arrebatándole mis papeles de las manos, intentando controlar el temblor de las mías - ¿Cómo hay que decirte las cosas? ¡Déjame en paz! – Sin dejar de sonreír, se me quedó mirando unos segundos. Cada vez sonreía más y me miré, por si acaso tenía una mancha, o, peor aún, algún botón abierto de la blusa. Finalmente logró ponerme aún más nerviosa - ¿¡Qué?!

     -Mmmh… te sonrojas cuando te enfadas – dijo con una vocecita aguda, como si le hablase a un cachorrito o a una niña pequeña - ¡Estás monísima! Tienes la cara del mismo color que el pelo, si te pusiese un lacito color verde, serías un tomate de rama. – Estuve a punto de soltarle un bofetón, pero alguien dijo mi nombre y reconocí la voz como la de mi actual jefe, así que me contuve. 

     -¡Tonada! ¡Señorita Tonada, qué bien que la haya pescado antes de irse! – Mi jefe actual me llamaba siempre por el apellido. Era un hombre rubio, de ojos claros y buen tipo. Era un tipo guapo, sin duda, pero si no se creyese tan guapo, hubiera resultado más guapo. A mí no me caía ni bien ni mal, sólo deseaba que me dejaran en paz entre unos y otros, pero estaba claro que el mundo no estaba por satisfacer mis deseos – He presenciado su defensa. Ha estado usted brillante… Sin duda sabrá que esto representa mucho para mí, todos sus méritos son gracias a mí, y no sabrá las felicitaciones que recibo por usted. De parte de clientes, de socios… ¡aprende usted que es una maravilla!

      Era difícil recibir una enhorabuena de parte de alguien que la convertía en una “auto cepillada”, pero aún así sonreí, y estuve a punto de decir una palabrita de circunstancias y alejarme de aquél engreído cuando Jean tuvo que meter baza.

     -Bueno, concédame también algún mérito a mí, ya que ella estuvo trabajando conmigo primero…. Su primera vez, fue conmigo. – dejó aquí un silencio muy elocuente, y fingiendo embarazo, continuó - …En la profesión, quiero decir, naturalmente.

     -Oh, sí, señor Fidel… ¿cómo está usted? – Se dieron la mano, mirándose con mutua hipocresía. Ni a mí, que soy bastante inocentona, se me escapaba – Sí, recuerdo que trabajó para usted… ¿no dimitió por motivos… muy inconclusos?

     Alcé la mano para intentar impedir que Jean contestara y explicarme en su lugar echando alguna mentira, pero él fingió no ver el gesto y cogiéndome de los hombros, habló por mí. 

       -Señor Álvarez, la señorita Thais es demasiado modesta para contestar y teme que su respuesta pueda perjudicarme, por eso ella fue la primera en pasar ligeramente por alto los motivos de su dimisión. En el caso de El Topero contra Alonso, donde el ladrón demandó a la víctima de su robo porque el coche que intentaba robar tenía una marcha puesta y salió disparado chocando contra la pared del garaje y produciéndole una lesión cervical y heridas leves en la frente por el choque, y en el cual mi despacho logró que la condena fuese efectivamente para El Topero, por mejor nombre Alejandro Gavilla… aquí, la señorita Thais logró encontrar un precedente mediante el cual podían destruir mi acusación, y que a mí se me había pasado por alto, casi en el último momento. Yo, consciente de mi propia valía, y quizás algo pagado de la misma, pensé que nadie se fijaría en un detalle semejante, pero efectivamente lo hicieron, y por un momento me creí desarmado, hasta que ella me pasó los datos que había recopilado del caso, cosa que había hecho sin que yo se lo pidiera y me los dio en mitad de la vista, delante de todo el mundo. Ella, en su respeto hacia mí, sigue pensando que su comportamiento fue soberbio y provocó dudas de mi profesionalidad. En vano he intentado convencerla que fue todo lo contrario, pues incluso me han felicitado en ocasiones del celo y la autodeterminación que yo inculco a mis pasantes, a la vista de su ejemplo. 

     Álvarez, mi jefe se  había quedado literalmente sin habla ante la rapidísima exposición de Jean. Yo misma no podía creer que pudiera tener tantísima inventiva (pues su historia era completamente falsa) y un aplomo tan descarado. 

     -Insistió tanto que tuve que aceptar su dimisión ante la tremenda culpabilidad que me profesó y de la cual no fui capaz de librarla – terminó - , pero yo sigo insistiendo en que vuelva a trabajar para mí. Usted mismo ha visto ya su valía… y sabe que en mi despacho, puede optar al mejor porvenir en la profesión. 

     Aquello era una puya directa hacia Álvarez, que sólo me daba casos de poca monta y encima el mérito se lo atribuía él. Yo no tenía ninguna gana de volver a trabajar con ese maníaco sexual de Jean, pero su manera de sacarme del aprieto poniéndome por las nubes… bueno, no quería admitirlo, pero… la verdad que había logrado caerme casi bien. Álvarez no parecía dispuesto a dejarse intimidar en el terreno que a mi futuro concernía, y contraatacó.

     -No lo dudo, aunque sin duda, señor Fidel, usted sabe tan bien como yo lo importantes que pueden ser las relaciones con las personas adecuadas, y precisamente venía a informar a Thais que esta noche un concejal amigo mío da una fiesta, y deseaba invitarla. Si tiene a bien acompañarme… 

    De nuevo estuve a punto de contestar y decir que no, de hecho ya estaba negando con la cabeza, pero de nuevo Jean se me adelantó, echó una de sus más encantadoras sonrisas de falsedad y dominio de la situación, y apretándome del brazo contra él, contestó sin que pudiera impedírselo.

     -¡Oh, desde luego que irá… que iremos, mejor dicho! Yo también estaba buscando acompañante para esa misma fiesta. Thais es una chica muy tímida y sé que le daría mucho apuro ir con su jefe, por lo que los demás puedan pensar, pero como yo soy su ex jefe, no hay peligro de murmuraciones, ¿no es cierto, Thais….? – mientras hablaba, asentía con la cabeza para que yo le imitara, pero yo negaba, boqueando como un pez fuera del agua, una fiesta no, ¡y menos con él! ¡Habría música! ¡Podría terminar….! ¡Noooooooo! Jean, adivinando mi terror, me sacó de allí rápidamente, pretextando ante Álvarez que quería concretar conmigo la cita, y me alejó de él casi en volandas. 

      -¿Se ha vuelto usted loco… más loco de lo que está? – grité en susurros apenas nos alejamos dos pasos. Mientras seguíamos caminando, no paraba de intentar que me soltara - ¡No pienso ir con usted ni a la puerta de la calle, y menos a una fiesta! ¡Suéltame ya!

    -Thais, deberías ser un poco más agradecida. ¿Ni siquiera me tuteas ahora, después de lo que hemos pasado juntos…? – Me dijo cuando ya estábamos lo bastante lejos y me soltó. Yo creía tener alucinaciones, ¿en serio era tan caradura?

    -¿Agradecida? Acabas de comprometerme a que voy a ir donde no quiero ir y con una persona con la que no quiero estar, que va intentar forzarme a que pierda el control, para que me lance a hacer lo que no deseo repetir, ¡¿y se supone que he de estar agradecida?!

     -Thais, aparte de mí, ¿quién conoce tu… secreto?

     -Nadie. ¡A ver si te imaginas que lo voy pregonando por ahí, o que lo de… la otra vez, no pongo yo medios para que no pase!

    -Pues pasó. – sonrió con suficiencia – Y te gustó, que es lo que no soportas. Pero lo importante, es que yo soy el único que puede ayudarte. 

     -¿Qué quieres decir?

     -Quiero decir que tienes que ir a esa fiesta. A esa, y a otras, y a reuniones sociales, a cenas, a recepciones… tienes que hacerlo, no puedes encerrarte en tu concha, un abogado tiene otras responsabilidades además de ganar casos. Tienes que darte a conocer, ser sociable… un abogado, es un poco como un confesor, o un médico. A todos nos gusta un médico competente, pero también queremos que sea amable, que sea una persona que nos dé confianza, simpatía. Y para eso, tienes que alternar. Pero en esa fiesta, y en muchas otras, habrá música. Y estarás indefensa ante tu debilidad. Salvo… si llevas contigo a alguien que esté sobre aviso y te ayude a controlarte. Y ése soy yo. 

    Tenía razón. Me daba cien patadas tener que reconocerlo, pero tenía razón. Lo que no encajaba en ningún sitio, era la música. ¿Podía llevar tapones en los oídos y hablar con la gente leyendo sus labios…? No, aquello era una idiotez. 

     -Jean, no puedes hacerlo, no lo conseguirás, si me suelto, tú no podrás sujetarme. Entre otras cosas, porque te conozco y ni lo intentarás, ¡me llevarás a un baño para aprovecharte!

    Mi ex jefe puso cara de dolor agarrándose el corazón. 

    -Que sepas que eso, me duele. Me lastima profundamente que pienses en mí como en alguien obsesionado con una sola cosa e incapaz de pensar en nada más, y dispuesto a cualquier bajeza para satisfacer sus instintos más primitivos… ¡por lo menos, buscaría un cuarto oscuro donde estuviéramos a solas! – resoplé y levanté mi maletín para estrellárselo en su estúpido pelo de erizo, y Jean me frenó el gesto a la vez que intentaba cubrirse - ¡Era broma, mujer, era broma!

     -No se va a repetir, Jean. Te aprovechaste de mi debilidad. Puedo entender que no lo sabías, que eres tan increíblemente engreído y pagado de ti mismo… - mascullé las palabras como si las escupiera – que pensaste que realmente me atraías de un modo salvaje. Pero eso, no volverá a pasar. Nunca. Si esta noche te permito acompañarme, es para que verdaderamente me sujetes si la música vuelve a afectarme. Si te pasas de la raya… Álvarez, mi jefe, está deseando vérselas contigo. Nada le gustaría más que llevar una demanda de acoso contra ti. Es posible que no le venzas, es posible que le destroces… pero en el transcurso, el juicio te costará perder clientes, tiempo y dinero, y yo haré todo lo posible por manchar tu imagen como la de un violador machista y acosador… ¡e impotente! – la cara que puso ante esta palabra fue de verdadera ofensa - . Quizá no lo logre en los tribunales, pero sí en la opinión pública, y ninguna mujer se querrá acercar a ti. 

     Jean suspiró y asintió. 

    -Te doy mi palabra de honor que seré muy bueno. Intentaré controlarte todo lo que pueda, y si realmente no lo logro, te sacaré discretamente del punto de mira de los demás hasta que acabe la música, y no me aprovecharé de ti. A no ser que me supliques que lo haga. ¿Paso a buscarte a las ocho?

    -Supongo que no tengo más elección… confío en ti, Jean. – me volví para irme a casa, y sin duda porque estaba de espaldas a él, pensó que no le veía reflejado en el cristal de la puerta pegando saltos y puñetazos al aire. Una cosa estaba clara: en el diccionario particular de Jean, la palabra “vergüenza”, no existía.


                                                                                   **********



      -Y, cuéntame, ¿tus abuelos, a qué se dedicaban?

     -¿No crees que eso son ya muchas preguntas…? Creo que sabes más de mi familia, que de la tuya propia. 

     -Thais, mientras sigas hablando conmigo, primero, el cretino de tu jefe no se te acercará a pedirte que bailes con él, y segundo, estarás concentrada en charlar y no oirás la música. 

     En eso Jean tenía razón, pensé. Ya en la fiesta, todo el mundo hablaba y algunos bailaban, pero afortunadamente la música era tan suave y lenta que bastaba con alejarse lo suficiente y ponerme a hablar para que no me afectara. No demasiado, al menos. Había notado temblequeo de rodillas y calores, y estaba empezando encontrar demasiado guapo a Jean, pero nada más. Y hay que decir que el muy guarro tenía buena percha, iba nada menos que de smoking y le sentaba como hecho a medida (probablemente, así fuera), la chaqueta entallada le hacía un tipo que estaba para… intenté moderarme y miré a otro lado, pero mucho me temía que buena parte de mi atracción por él, no venía motivada por la música. 

    Álvarez, el pelmazo de mi jefe, pretendía lucirme como si yo fuera una especie de obra suya, pero se estaba quedando con las ganas, porque Jean no me dejaba ni a sol ni a sombra. No obstante, no bailaba conmigo, porque los dos temíamos lo que podía suceder, y ese fue nuestro error. Finalmente, Jean se alejó de mí un par de pasos para coger una copa, y Álvarez se acercó como un rayo. 

     -Thais, dado que tu acompañante no te aprovecha como mereces luciéndote en la pista de baile, ¿qué tal si me permites hacerlo a mí?

     -Yo… es.. es que no sé bailar. – atiné a decir rápidamente. 

     -Perfecto, yo puedo enseñarte, soy un gran bailarín, no vendrá de una cosa que te haya enseñado, ¡ven! – No esperó que yo contestara, simplemente me agarró de la muñeca y tiró de mí. Me volví para mirar a Jean y éste me devolvió la mirada con expresión de divertida sorpresa. “Ayúdame” articulé con los labios mientras era arrastrada por mi jefe, y por si no fuese bastante, empezó a sonar una canción bastante más animada: ( http://www.youtube.com/watch?v=QXSocE_M1G4 )

     “Esto ha sido aposta…” pensé confusamente mientras intentaba por todos los medios pensar en otra cosa, repetía las Catilinarias, que me sé de memoria en latín, repetía trabalenguas, oraciones, cualquier cosa menos dejar entrar en mi cerebro la música, “Por favor, otra vez no, otra vez no…”. Las ondas sonoras eran más fuertes que yo misma, la letra parecía hablar de mí, yo también necesitaba que alguien viniera en mi rescate… aunque ese alguien fuera Jean. Estaba empezando a sudar, mi cuerpo, segundos antes tieso como un palo y terriblemente torpe, empezó a contonearse entre los brazos de Álvarez, que me miró muy sonriente. Mis piernas temblaron y mi sexo se empapó sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo. Mi jefe no me gustaba nada, pero mi cuerpo lo deseaba como si fuese el último hombre del mundo, y reprimiendo mal un gemido, me apoyé sobre él y lo abracé. Álvarez pareció sorprenderse, pero enseguida me devolvió el abrazo, bajando peligrosamente la mano… 

    -Cambio de pareja – dijo una voz jovial a mi espalda, y mi cuerpo, llevado por el baile, se volvió instantáneamente, apretándome contra un pecho con olor a alcanfor y colonia barata, que reconocí al instante. Jean estaba aquí. Sonreí como una drogada, notaba mis mejillas encendidas como brasas y oí como de muy lejos a Álvarez protestar… de nuevo, había caído, y en mi cerebro sólo sonaba la música, que, junto con la letra, convirtieron a mi ex jefe en una especie de caballero andante que había cumplido con el deseo de la canción: rescatarme. Alcé la cara con la boca entreabierta y la lengua por delante, dispuesta a besarle, pero Jean elevó la suya fingiendo no verme y casi en brazos me sacó de allí. 

     -Jean… Jeanny… llévame a tu cuarto de juegos y átame a la cama... mi precedente… Mi leguleyo… - Jean me miraba como si le costase mucho esfuerzo no acceder a mis deseos. Me agarró de los hombros y me agitó. Mi cabeza se bamboleaba de un lado a otro como si estuviera bebida. 

     -Thais… ¡Thais, escucha! Estamos en una fiesta, y yo no te gusto, en realidad me detestas, te doy asco y piensas que soy un depravado sexual… - estábamos junto a la mesa del bufé y yo agarré un pedazo de salchicha y me puse a chuparlo explícitamente mirándole a los ojos - …y tienes razón. – De pronto, miró por encima de mi hombro, y puso gesto de terror - ¡El alcalde! 

     Me encontré de rodillas bajo la mesa del bufé sin saber ni muy bien cómo. Me pareció recordar que Jean había dicho que el alcalde no debía verme así, y me había hecho esconderme. Una penumbra rosada, provocada por el larguísimo mantel que se arrastraba por el suelo, me rodeaba, y a mí, en mi estado, me parecía muy divertido y no dejaba de reírme con risa floja. La música me llegaba atenuada, pero la oía, y me dejé llevar por ella, bamboleándome bajo la mesa de un lado a otro. Entonces, vi unos zapatos que me eran familiares. Jean estaba justo frente a mí, y elevé el mantel para mirarle. Le veía desde abajo, qué divertido era ver su barbilla moverse cuando hablaba. Qué puerco, no tenía nada, nada de tripa, el único bulto que se apreciaba era su… huy, qué divertido, lo tenía justo frente a mi nariz. 

     -¡Hah! 

     -¿Le ocurre algo, señor Fidel? Se ha puesto usted pálido… 

     -Nada… eeeh…. Me ha dado un pinchazo el… estómago. Espero que no sea otra vez la úuu… úlcera. 

    Mi risa hacía moverse los pelillos de la base de su pene. Aprovechando que la mesa nos tapaba, le había sacado su pistolita y había empezado a jugar con ella, lamiéndola, acariciándola y metiéndola en mi boca. Mi cerebro parecía una radio mal sintonizada, donde mi deseo se mezclaba con voces que me decían “¡no, estúpida, otra vez no, no lo hagas!”, pero era demasiado divertido para parar, me gustaba chuparle y mirar la cara que ponía cuando miraba hacia abajo y me veía dando interminables lamidas, besando voluptuosamente el tronco, lamiendo juguetonamente su glande… una mezcla de agrado y horror. Le di mordisquitos muy suaves y jugué con mis labios, bajando hasta la base, hasta que sentí que mi entrada de aire quedaba copada y aguanté ahí, presionándole con la lengua, todo el rato que pude. Veía a Jean apretar el mantel con todas sus fuerzas, y finalmente, miró a derecha e izquierda, se agachó como un rayo y se metió conmigo bajo la mesa.

     -¡Estás loca…! – me dijo con voz aguda, pero sonriendo de oreja a oreja. Los ojos pícaros le brillaban de lujuria. 

     -Házmelo aquí y ahora, Jean… - susurré, mimosa y me puse de espaldas a él, agachándome y ofreciéndole mi trasero, levantándome lentamente el vestido azul que llevaba. Mi compañero no se lo hizo repetir, se encogió de hombros y se arrimó a mí, me bajó las medias y las bragas y estuvo a punto de penetrarme, pero se detuvo en el último instante. Le miré con frustración, pero él me sonrió y me tapó la boca con la mano… y entonces me penetró de golpe. - ¡mmmmmmmmmmmmffhhh….!

    La precaución de taparme la boca se reveló muy necesaria, porque aún con el sonido ahogado, pude oír sobre mi cabeza que alguien decía que debía haber un gato por ahí cerca… Eso fue lo último que me llegó del exterior, a partir de ese momento, las sensaciones inmediatas coparon por completo mis sentidos y me dejé llevar al más absoluto placer. 

    Jean empujaba sin descanso, tragándose sus propios gemidos que humedecían mi espalda descubierta por el traje. Su polla saliendo y entrando de mi cuerpo me llevaba al cielo, y el pensar que sólo a unos centímetros de nosotros había personas que no tenían idea de lo que pasaba bajo ellos, me excitaba de forma increíble, ¡lo nuestro sí que era una fiesta, y no esa murria que tenía lugar sobre nuestras cabezas! Volví la cabeza para mirar a mi compañero, que me miraba con deseo y travesura en sus ojos, le estaba gustando tanto como a mí, y por los mismos motivos. Se inclinó más sobre mí hasta rozar mi oreja con sus labios tórridos. 

     -Nadie me la había chupado en público… hablando con el alcalde – especificó, y me eché a reír bajo su mano, ¿qué perversión no habría probado ese maníaco… oooh, ese maníaco que me estaba matando de gusto? Su cálido aliento sobre mi piel me volvía loca de deseo, mis propias caderas se movían al ritmo de las suyas para conseguir aún más placer, era tan delicioso, tan bueno… mi sexo hacía chispas cada vez que se movía dentro de mí, notaba mi propia vagina latir y contraerse de placer, apretándole en mi interior, qué dulce, qué dulce…

     A Jean se le escapaban gemidos cada vez más fuertes y más explícitos por más que él mismo trataba de contenerse. Yo empezaba a notar mayor claridad de pensamiento, a darme cuenta de lo que estaba haciendo… pero el placer era demasiado agradable para renunciar a él en ese momento, había perdido el control, sólo podía continuar aunque después me despreciase por ello; ahora no podía parar, no cuando sentía ese maravilloso cosquilleo gestarse en mi interior, ese dulcísimo picorcito que aparecía en mis paredes vaginales y amenazaba con estallar de un momento a otro, mientras mis piernas temblaban y mi cuerpo se convulsionaba entre los brazos de Jean. 

    Mi compañero apretó la mandíbula con fuerza y sentí sus caderazos con mayor fuerza, se iba a correr, y yo misma me moví y apreté, deseando sentir su descarga… ¡sí, ahí estaba, qué caliente, se me derramaba dentrooo…! Oooh, qué gustito tan bueno…. Ah, ya llegaba, yo también estaba llegando ya, Jean seguía embistiendo para soltarlo por completo, y finalmente sus embestidas tocaron mi punto mágico más de lo que podía soportar, y sentí una maravillosa fuerza soltarse en mi interior y expandirse por mi cuerpo con un calor delicioso que tensó todo mi ser y me relajó lentamente, entre espasmos de gozo imposibles de describir… 

      Yo recuperaba lentamente la respiración, aún con los ojos en blanco de placer, mientras Jean tenía una enorme sonrisa en su cara de queso y parecía a punto de quedarse frito ahí mismo. Los efectos de la música habían pasado por completo en mí, y conforme la dulce sensación del orgasmo se iba pasando, me iba sintiendo peor… ¿qué clase de estúpida era yo para confiar en ese cerdo? ¡Tiempo le había faltado para volverse a aprovechar!

     -Levanta, guarro traidor, ¡venga! – susurré. 

     -Oh… vaya, ya se te ha pasado. 

     -¿Si se me ha pasado? ¡Debería matarme aquí mismo! ¿Así es como cumples tú con los tratos?

     -Objeción. Yo te dije que no me aprovecharía de ti, a no ser que tú me suplicases que lo hiciera, y lo has hecho. Y creo que has sido tú quien te has aprovechado de mí, practicándome una felación sin mi permiso y cuando yo no podía defenderme de ninguna manera. Eso, ha sido sexo no consentido. 

    -¿Tienes el cinismo de…?

    -Sinceramente, no creo que ahora sea motivo de discutir de cinismos, sino de intentar idear una manera de salir de aquí sin que nos vean y sospechen, ¿no crees? Ya discutiremos luego los extremos de la vejación a la que me has sometido. 

     Si no lo estuviera oyendo, no lo habría creído, pero decidí hacer caso, y empezamos a gatear bajo la mesa hasta que pudimos asomarnos por un extremo en el que no había nadie. Jean me dejó salir a mí primero y me recomendó que me alejara, para que no nos vieran juntos. Minutos más tarde, llegó de nuevo a mi lado y por fin pudimos irnos a casa. Qué alivio sentí al salir de allí… lástima que Jean me estropeó la sensación con sus condiciones.

     -Bueno, supongo que sabes que esto, me hace acreedor a tu agradecimiento.

    -¿Disculpa? Te pido que no te aproveches de mi debilidad, lo haces, me pones en peligro de perder mi escasa reputación y quedar en ridículo, ¿y encima he de agradecerte algo?

    -Claro que sí. Porque tú me pusiste primero en peligro a mí con tu felación. Está demostrado que cuando el pene masculino está lleno de sangre, su capacidad de raciocinio y decisión se ven afectadas, por lo tanto, yo no era plenamente consciente de mis actos cuando te hice el amor, en tanto que tú, conocedora de tu debilidad, sí lo eras. Si yo te hice esconderte, fue para impedir que el alcalde te viera cuando parecías una borracha lujuriosa, enteramente por tu bien… y tú me lo pagas abusando de mi cuerpo y violándome, y aún así, te protegí hasta el último momento sacándote del apuro en el que TÚ nos habías metido a los dos y salvando tu imagen aún antes que la mía propia. No quiero que te sientas obligada, pero… no sé si te he contado que sufro claustrofobia, para mí, estar debajo de una mesa me produce un gran estrés y ansiedad. Sin embargo, por ti, por ayudarte, he pasado esa situación horrible que me ha causado un terrible malestar de estómago y una feroz jaqueca que probablemente no se me pase en toda la noche ni aún con la bolsa de hielo, me impedirá dormir adecuadamente y mañana probablemente no pueda ir al trabajo, lo que me supone pérdida de dinero y quedar mal con clientes, y todo eso, por ti; yo no he dudado un segundo en ayudarte, pero, claro, tú puedes echarme en cara que eso, no merece ningún agradecimiento… 

     -¡Basta ya! ¿Qué diablos quieres? ¿Otra sesión de sexo, que vuelva a trabajar para ti, qué?

    Jean sonrió. Sonrió más y me miró con picardía. 

     -Quiero explorar tu particularidad. Donde, cuanto y cuando yo desee, me dejarás ponerte música y disfrutar de tus reacciones. 

          -Vamos a ver si lo he entendido…. ¿pretendes chantajearme sentimentalmente y aprovecharte de que me hiciste un favor que no te costó nada y que además te gustó, para convertirme en una especie de esclava sexual a tu antojo?

     -No, por favor… Lo que quieres decir es que, en sincero agradecimiento por salvar tu reputación y tu carrera, a lo que acudí en tu ayuda sin dudarlo un instante e hice con mucho gusto, tú me concedes tu amistad, por la cual accedes a pasar ocasionalmente conmigo ratos agradables, de los cuales ambos sacaremos un mutuo placer indescriptible sin necesidad de compromiso alguno por ninguna de las dos partes, más que el de intentar complacernos dulcemente el uno al otro. 

    Reconozco que me quedé sin palabras durante unos segundos, y finalmente titubeé:

    -Pues… si eso es lo que quería decir, yo en realidad no pretendía que sonase tan bien… 

    -Hijita… cuestión de labia. Nada más que eso.