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lunes, 22 de abril de 2013

Hoy te enseño yo.

-Vamos… despacito, si es muy fácil, mira, ya casi podrías ir sola…

-¡No aceleres! Despacio, despacio…. ¿de qué te ríes? – Irina miraba la pista de hielo con aprensión, temblando de arriba abajo, y agarrada a mis brazos con tanta fuerza que me hacía daño, pero no me reía de ella, palabra. 

-Es que me hace gracia la situación… Nunca se me ocurrió pensar que habría algo que yo supiera hacer y tú no. Me enseñaste a hacer el amor, a bailar, y hasta a jugar al póker… siempre pensé que sabiendo bailar, también sabrías patinar. 

-No tiene que ver… tú sabes patinar, y no sabías bailar. Despacio… ¡Despacio, despaaaaaaaaay! – intenté agarrarla, pero sólo logré que nos fuéramos al hielo los dos, al menos ella cayó sobre mí y se hizo menos daño, pero nadie nos quitó la caída, y era como la quinta de aquélla tarde. De todos modos, me reí. – Lo siento… ¿te hice daño? 

-Claro que no, yo sé caerme. – era cierto en parte. Llevo patinando desde los ocho años, y es verdad que acabas cogiendo práctica en aterrizar de nalgas o poner por delante manos, codos y rodillas para hacerte el menor daño posible, pero después de toda una tarde de trastazos, notaba el cuerpo molido. No obstante, lo que más me dolía era saber que Irina sin duda estaba peor, ella no tenía experiencia alguna en llevar patines, y las dos primeras caídas habían sido muy aparatosas; en una de ellas cayó de costado y se hizo mucho daño en la pierna y las costillas por más que quisiera disimularlo, y en otra resbaló mal y cayó de espaldas. Después de ese golpetazo me preocupé por ella y le propuse seguir otro día, pero mi Irina es cabezota de las que se jactan de serlo, y decidió continuar. 

-Tal vez debería intentarlo sola, en la barra… así al menos, si me caigo, no te arrastraré a ti de paso. – me sugirió, pero me negué. Las primeras caídas las tuvo precisamente por ir sola, no estaba dispuesto a que volviese a medir el hielo con la espalda, antes prefería romperme una costilla yo, de modo que me levanté y con mucho cuidado, la ayudé a ponerse nuevamente en pie sobre los patines. Me resultaba muy chocante que Irina pudiese tener tantísimo equilibrio cuando se trataba de bailar, y sin embargo, tan poco cuando patinaba, era indudable que tenía miedo. 

-Espera, se me acaba de ocurrir una idea. No te muevas de aquí. – la dejé sujeta a la barra lateral de la pista y me alejé. Había recordado cómo empecé yo a patinar, era una tontería, pero a mí me había funcionado. El instructor que nos enseñaba hacía que nos agarrásemos a un stick de hockey, él lo sujetaba por el otro extremo y nos llevaba tirando de nosotros, y siempre nos decía que si notábamos que íbamos a caernos, bajásemos el stick y nos pusiéramos en cuclillas, en primera porque así bajábamos el centro de gravedad y era más difícil caernos, y en segunda porque, si finalmente nos caíamos, ya estaríamos cerca del suelo y nos caeríamos de trasero, así que nos haríamos menos daño. Aprovechando que ahora no tenía que cuidar de Irina, aceleré todo lo que quise para recorrer la pista hasta el extremo donde estaba el hombre que alquilaba los sticks. Me advirtió como veinte veces que tuviera cuidado, y eso que había bien poca gente en la pista, como era día laborable... Finalmente me lo llevé y de nuevo patiné hacia Irina, que parecía muy pequeñita y frágil agarrada a la barra con expresión de inseguridad. Mentiría si no admitiera que me sentí… como muy importante, muy fuerte cuando me acerqué de nuevo a ella.
 
Me dejé deslizar por la pista, el aire helado me cortaba la cara, pero me gustaba, siempre me ha gustado esa sensación de casi flotar por el aire, moverse prácticamente sin ningún esfuerzo, el silbido de las cuchillas sobre el hielo… e Irina mirándome con una sonrisa tan tierna y agradecida como si yo fuese Superman que viniese a rescatarla. Sólo por vanidad, para lucirme un poco, di una vuelta entera por la pista, hice un amplio ocho y finalmente me frené ante ella, derrapando. Diminutas esquirlas de hielo salpicaron su ropa. 

-Bueno, aquí está mi ide… ¿Irina? – Me corté por el modo en que ella me miraba. Mi mujer estaba colorada hasta las orejas, tan ruborizada que apenas podía respirar, y parecía que le saliesen chispas de los ojos brillantes. 

-Oli…. Vuelas. – susurró, mirándome a medio camino entre la dulzura, la lujuria y la admiración. Conozco bien esa mirada, y mis piernas temblaron ligeramente, y admito que se me escapó la sonrisa, porque sé que mi Irina me adora, pero nunca había visto en sus ojos un sentimiento de admiración tan enorme. – Es como si no tocases el suelo… es maravilloso… nunca había visto nada tan bonito… 

Me daba corte. Allí, delante de gente, de desconocidos, me daba corte, pero aún así, cuando ella se acercó a mí, no opuse resistencia ni traté de distraer su atención con nada, sino que me dejé abrasar por su mirada y la apreté contra mí cuando me besó. Irina me abrazó con una sola mano, porque no quería soltarse por completo de la barra, y el tacto de su guante rojo era áspero, pero a mí me gustó, y cuando sentí su lengua traspasar mis labios y rozar la mía, sentí que todo mi cuerpo se derretía como mantequilla cortada por un cuchillo caliente… Cuando nuestros labios se separaron lentamente y abrí los ojos, vi un deseo muy elevado en los ojos de mi mujer. 

-Oli, una curiosidad que tengo… ¿crees que se podría…?

-No. – contesté sin necesidad de que ella acabase la frase. – el hielo te adormecería el cuerpo, y se correría riesgo de hipotermia, aún yendo vestidos, porque se te empaparía la ropa. Por no hablar de que una pulmonía, no te la quitaba nadie.
Irina sonrió, encantada de que yo hubiera adivinado su idea.


*********


-Au…. Ay… Ay, si me tocan, me rompo… - Decía Irina lastimeramente, caminando hacia los vestuarios. Con la idea del stick la verdad que se había caído mucho menos, había llegado a soltarse de una mano e incluso se había atrevido a patinar un poquito ella sola y había logrado guardar el equilibrio, pero aún así, la tarde había sido dura. Yo mismo tenía dolores y eso que no me había caído tanto como ella. Se me ocurría la idea de darle un masaje que le aliviaría, pero, sinceramente, tenía miedo de lo que podría suceder si se lo sugería. 

-Ánimo… - le dije, dejando que se recostara en mi brazo – ahora, cuando lleguemos a casita, te das un baño bien caliente, alcohol de romero, y verás qué bien te sientes luego. – Mi Irina me sonrió, y llegamos al vestuario donde habíamos dejado los zapatos y abrigos, y por los que había que pasar forzosamente para salir. Y aquello, fue mi perdición. Los vestuarios, que lindan con las duchas y la sala de masajes estaban completamente desiertos. Irina no conocía el gimnasio de la pista de hielo, y por eso le chocó ver una sala con una camilla. 

-¿Qué es eso, una enfermería…? – preguntó. 

Pude haberle dicho que sí, que era una enfermería, y ahí se hubiera acabado el tema, pero si soy bastante malo mintiendo, para mentir a Irina soy nulo. Puedo valerme de subterfugios a veces, del típico "nunca dije tal cosa"… pero ante una pregunta así, si encima me pescaba en una mentira, que me pescaría porque se me nota, sería peor aún. 

-No exactamente… es una sala de masajes. 

-¿Masajes? – Como había supuesto, Irina estaba muy interesada. 

-Bueno… a veces entrenan aquí profesionales, y…. o puedes pagar tú mismo porque te lo hagan, deportivamente hablando, por supuesto, nada… ¡nada de lo que estás pensando!

Mi mujer me sonrió. 

-Oli, exageras. Te garantizo que con los dolores que tengo, lo último que puedo querer, es sexo, de veras… pero si me dieras un masajito, no diría que no. 

Quise contestarle que de acuerdo, pero en casa. En casa donde podríamos tomarnos todo el tiempo que nos diese la gana, y sobre todo, donde yo no tendría que tener miedo porque nos pescaran, eso quise contestarle… pero miré sus ojos tiernos, recordé todas las veces que se había caído aquella tarde, recordé que el capricho de ir a patinar y enseñarle había sido mío. Hubiera sido cruel posponerlo ya que ella lo estaba pidiendo. Suspiré y asentí. Irina me sonrió y me besó en la cara, fugazmente, mientras se dirigía al biombo para desnudarse. Las salitas de masaje son individuales y la puerta de ellas, aunque no tenga batiente, hace esquina, para proporcionar una cierta intimidad. Desde el exterior no se ve nada, es preciso entrar para mirar qué pasa dentro, pero desde luego, nadie puede ponerse a gemir, porque se oye todo.

"Es cierto que no debe tener ganas de sexo… no muchas, al menos", pensé, al darme cuenta del detalle del biombo. En otras circunstancias, mi Irina no sólo no se hubiese tapado lo más mínimo, sino que hubiera hecho poco menos que un striptease para mí en un intento de "animarme". Envuelta en una toalla, salió sonriente de detrás del biombo, y se tendió en la camilla, donde yo había colocado una sábana limpia. Al salir tendríamos que pagar esos extras, pero no me importaba gran cosa. 

-Con cuidadito, eso sí, ¿vale, cielo? Es que me duele todo… - me pidió Irina, y asentí. Solté la toalla y estuve a punto de quitársela, pero lo pensé mejor y la dejé sobre sus nalgas, tapándoselas, porque había sido verlas y mirarlas con demasiada atención. Buf, mi pobre Irina tenía un moratón tremendo en el costado, donde se había caído la primera vez, y por lo que había podido ver antes de cubrirlas, también tenía otro en una nalga… Cuando decía que le dolía todo, no exageraba en absoluto. 

-Esto es normal… caerse, es normal. – dije, tomando alcohol alcanforado y frotándome bien las manos para que no estuviese demasiado frío. – Con el tiempo, te irás acostumbrando a saber caer para hacerte menos daño, y llegará un momento en que ya no te caerás, aprenderás enseguida. Con lo ágil que eres, aprenderás muy deprisa. 

Mi Irina me miraba sonriéndome con ternura. Parecía que tuviera ganas de decirme algo, pero como si no se atreviese… llevaba así varios días y estaba empezando a preocuparme. 

-Irina, si… si no quieres seguir, si no te gusta patinar, no tienes por qué hacerlo sólo por mí, lo dejamos y ya está… - pensé que podía ser eso lo que no se atrevía a decirme, pero mi mujer me miró con sorpresa y negó. 

-Sí que me gusta, quiero aprender y que tú me enseñes, ¿por qué crees que no?

-Bueno… parece como si quisieras decirme algo que te diese miedo… ¿qué es? – Me dio la impresión de que Irina se sonrojaba ligeramente, pero fue algo tan fugaz, que al segundo siguiente ya no pude asegurarlo. Me sonrió y volvió la cabeza. 

-Anda, dame el masaje, cielito. – Ni lo negaba ni lo confirmaba. Era raro en ella eludir un tema tan declaradamente, pero pensé que si yo tenía razón y realmente me estaba ocultando algo, si ya sabía que lo sabía, no tardaría en decírmelo… si estaba equivocado, ya me explicaría el porqué de su actitud. De cualquier modo, me coloqué frente a ella y empecé a frotarle los hombros. 

-Uh… mmmh… - mi mujer emitió un gemido ligero y se le puso la piel de gallina cuando apreté. Tenía la piel suave y mis manos resbalaban en ella y el alcohol. Me puse junto a ella para trabajarle la espalda, y empecé a masajear las vértebras. A Irina se le escapaban gemiditos a cada presión de mis manos sobre su columna. Gemía muy suavemente, con una voz muy dulce, y empecé a notar que una sonrisita tonta se abría en mi cara al oírla. Llegué a la zona del moratón, y a pesar de que apenas rocé, ella respingó y dejó escapar un gemido de dolor. Me sentí enternecido y sin poder contenerme, me agaché y besé el morado. – Qué tierno eres, Oli. 

Irina me miraba con dulzura pícara, con esa mirada que yo no soy capaz de sostener. Me incorporé de inmediato, y casi me sentí un poco culpable… ella estaba destrozada, y yo estaba poniéndome tontón. Irina me sonrió abiertamente y me acarició el brazo. 

-Ese alcohol huele muy fuerte, y me va a resecar la piel, ¿no hay algo más suave con lo que masajear…? ¿Algún aceite? – "Peligro. Peligro", dijo mi cerebro. La verdad que lo ambiguo de la situación me estaba dejando descolocado… estaba desnuda delante de mí, le estaba dando un masaje, pero ella decía que no quería sexo. Me acababa de pedir que usase aceite en lugar de alcohol, pero decía que estaba rota y que no quería…. ¿Quería, o no quería? ¿Me estaba seduciendo como hacía siempre, o se estaba forzando a ello por mi? De todos modos, sí había aceite, le dije. Un aceite perfumado con aloe vera, lo cogí y me vertí una porción en las manos. Si antes resbalaba, ahora me deslizaba en su piel como si fuese de agua. 

"Es como patinar, pero por su cuerpo", ese pensamiento se coló en mi cabeza sin que pudiera hacer nada, y de nuevo froté su columna, recreándome en los gemiditos que emitía, en el dulce olor del aceite… intentaba evitar el moratón, pero de vez en cuando lo frotaba también, para que el aceite calmante lo relajara. Mis manos seguían la curva de su espalda casi como si la moldearan, y me encantaba… sus hombros hacían pendiente por su espalda, recorría sus costillas que se estrechaban en la cintura, la curva de sus riñones y otra vez la elevación… aunque no pasaba más allá, apenas llegaba a rozarlo con los dedos. No quería reconocerlo, pero mi miembro estaba empezando a agitarse. No lo suficiente como para que se notase con el vaquero, afortunadamente, pero sí para notar esa especie de travieso cosquilleo que se aloja allí cuando la excitación no es aún grande, pero sí intuye una diversión inminente, como cuando me cuentan un chiste verde o cosa así… Podría pasarme horas y horas haciendo pasadas interminables por su espalda y oyéndola gemir quedamente, pero mi Irina me miró y me dijo con vocecita desamparada:

-Oli, cielo… también tengo un moratón en las nalgas, ¿no vas a masajear allí…? – Creo que se me escapó una sonrisa, aunque no quería en realidad. – Sólo un poquito, por favor… por favor. – Un monje asceta castrado al nacer no hubiera sido capaz de resistir aquél ruego desmayado, aquéllos ojos azules brillantes en medio de unas mejillas encendidas y yo, que desde luego no soy un monje ni estoy castrado, resistí mucho menos. Sabía que no iba a ser "sólo un poquito", sabía qué iba a desencadenar, sabía que me daba una vergüenza y un miedo espantosos… pero me producía una extraña excitación el pensar que mi esposa era capaz de sacar cualquier cosa de mí, de convencerme prácticamente de todo lo que quisiera… y me gustaba eso de ser el buenecito tímido, me gustaba mucho que ella me sedujera.

Suspiré y retiré la toalla. Es cierto que tenía un moratón en la nalga derecha, pero yo me perdí en la visión de su trasero firme y blandito. Admito que me daba un poco de vergüenza pensar en algo así, pero me mordí ligeramente los labios de deseo, al pensar que no sólo iba a tocárselo, sino que se lo iba a masajear, lo que se parece muchísimo a un magreo… De nuevo me puse aceite en las manos, y éstas me temblaban un poco, así que varias gotas cayeron directamente en su piel, y oí su risita traviesa. Con cuidado de no apretarle en el golpe, empecé el masaje, bajando desde la espalda, cada vez un poco más abajo, hasta que abarqué las nalgas. Un profundo suspiro de satisfacción vació el pecho de mi esposa, que me miró con verdadera pasión. 

Paseé las palmas por su piel suave, las manos me temblaban y hacía esfuerzos por contenerme. Acaricié más que masajeé en círculos, bajando hasta el inicio del muslo, frotándole una nalga con otra, notando cómo el aceite sobrante se introducía en su culito terso y muy lentamente, se escurría hacia la sábana. Mi masaje se iba haciendo más intenso cada vez, reprimía el antojo de darle palmadas y puedo asegurar que me costaba un gran esfuerzo. A mi nariz iba llegando un olor que nada tenía que ver con el aloe… era el aroma inconfundible que emitía mi mujer cuando me deseaba y su cuerpo se abría para mí… 

-Oli, ¿qué te atrae tanto…? – Irina volvía la cara cuanto podía para mirarme, y entonces me di cuenta que yo estaba inclinado sobre ella, casi rozaba su piel con mi nariz. Me había ido acercando sin darme ni cuenta, y hasta tenía la boca entreabierta. Me incorporé como un rayo. – No sientas vergüenza, cariño… me encanta que me desees. Ahora… ¿qué te parece si me das un masaje por otro lado? – Irina se volvió, dejándome ver sus pechos y su sexo, que se había depilado pocos días atrás y estaba totalmente lampiño. Mi corazón dio un vuelco y noté que me ponía colorado y mis rodillas daban un temblor. Mi mujer me sonrió llena de cariño y me tomó de la mano, llevándola a su sexo. – Aquí. 

Aunque mi mano ya estaba moviéndose sola, quise poner alguna pega, pero Irina pareció mirarme casi con pena y susurró:

-Oli, por favor… te necesito. – Ahí estaba de nuevo, otra vez tenía esa mirada, y yo la impresión de que había algo que no me contaba. Quería que se sincerase conmigo, que confiase en mí plenamente, como lo había hecho siempre, como lo hacía yo… tal vez esto era una especie de prueba, yo siempre he sido algo paradito en pedir sexo… "Sea", me dije "Ya nos pescaron una vez, lo peor que puede pasarnos es que acabemos otra vez en la comisaría… Oliver, pudor y miedos fuera, ¡al ataque!". 

Puedo asegurar que los nervios me gritaban en el estómago, que estaba sudando de puro temor a que nos pescaran, pero el gemidito de placer y gratitud que se le escapó a mi Irina, me compensó con creces de mi temor. "Si estuviese en casa de mis padres, no me daría miedo que nos pillasen" pensé para darme ánimos, y tenía razón. Mis padres son muy estrictos en cuanto a moral, sé que se quieren, pero creo que nunca les he visto darse ni un beso en los labios, por eso, cuando estamos en su casa, me resulta muy divertido propasarme con Irina a escondidas… creo que casi, casi, me gustaría que nos pescaran, y ser el niño malo por una vez en lugar de Oli el Perfecto. Aquí no era lo mismo ni de lejos, pero ese pensamiento me sirvió para animarme y me acerqué la botellita del aceite una vez más. No hacía falta, mi Irina estaba ya húmeda de excitación, pero pensé que eso lo haría más especial. Intenté mirarla a los ojos, y vi que mi esposa me miraba sonriente, asintiendo con la cabeza. 

En lugar de dejármelo caer en las manos, incliné la botella directamente sobre su pubis rosado. Irina dio un escalofrío de gusto y deseo, y de inmediato empecé a masajear su sexo. Separó un poco las piernas inconscientemente, para dejarme sitio, y acaricié sus labios suaves y brillantes, de arriba abajo, jugueteando con la entrada, pero tocando sólo muy superficialmente. Apretaba sus labios, los frotaba, y me decidí a separarlos. Por la extrema humedad, se oyó un ligero "fop" cuando los abrí y cerré con los dedos, me gustaba. Irina me acariciaba el costado, metiendo la mano bajo mi jersey, y sus caderas se balanceaban muy despacio. 

-Más, cielito… - suplicó, en medio de una sonrisa – hazme feliz… - mis dedos resbalaban en su sexo tan deliciosamente, que yo mismo no podía controlarlos bien, pero como ella misma me pedía más, no me importó que se desviaran hacia su perlita antes de lo que yo mismo había planeado - ¡haaaaaaaaaaaah…..! Sí, sigue… - Irina tembló de pies a cabeza, estaba mucho más sensible de lo que yo había supuesto, y no me resistí a darle lo que me pedía. 

Abrí bien sus labios con una mano y con la otra, acaricié su clítoris, lo hacía en círculos, resbalaba de modo increíble… estaba hinchado y rosado, parecía ansioso por recibir mimos, y a mí me parecía lo más bonito que había visto jamás. A cada caricia de mi dedo sobre él, mi mujer se estremecía, sonreía y gemía. Su mano había bajado hasta mi pantalón, me buscaba el cierre, y yo no podía impedírselo, porque no quería parar de acariciar con toda suavidad, lentamente. Todo lo que hay en Irina me gusta, me enamora, y, reconozcámoslo, me excita… pero la idea de darle placer, el pensar "está gozando y es gracias a mí, soy yo quien le hace tener esas sensaciones tan buenas", es lo que más me saca de quicio. 

Aceleré muy ligeramente, las caderas de mi esposa se movían buscando mi dedo, y yo mismo estaba jadeando. Irina había encontrado mi miembro entre mis ropas, mi pantalón vaquero amenazaba con deslizarse y su mano me frotaba dulcemente, ¡qué cálida era!

-I…Irina… - musité, sin dejar de acariciar – por favor, si… si me haces eso… mmmmh… perderé concentración… - se me escapaba la risa sin que pudiera evitarlo. Sé que mi esposa quiso contestar algo, pero ya no pudo. La miré, y vi que se ponía colorada y me sonreía, mientras se estremecía, y yo me debatía entre mirar su perlita y ver cómo se contraería, o mirarla a la cara y ver en sus ojos su éxtasis… 

-¡Hah… ah… O… Oli! – Aquello me decidió, y la miré a los ojos mientras mi dedo no aceleraba, seguía acariciando, pero sin aumentar el ritmo, haciéndole saborearlo lentamente. Mi Irina elevó las piernas sin darse ni cuenta, sus hombros se encogían y sus ojos se humedecían mientras ella misma no cesaba de frotarme el miembro bajo las ropas. Sus jadeos se hacían más acusados, casi no podía respirar, y entonces su jadeo se convirtió en un gritito, sus caderas dieron una convulsión, se levantó un poco de la camilla mientras sonreía, me sonreía, e intentaba conservar los ojos abiertos, esos ojos en los que se leía el increíble placer que yo le daba… las convulsiones duraron unos segundos, pero yo las recordaría toda la vida.

Sus gemidos eran ahora más suaves, y yo los sentía en la piel de mi rostro, acompañados de sonrisas mudas. Abrí los ojos y me encontré con los suyos, que me miraban muy alegres. La estaba besando. Pero… no recordaba haber comenzado a hacerlo. La miré con cierto apuro, pero no la solté, seguí besándola, acariciando su lengua con la mía, apresando sus labios y dándoles mordisquitos, tragándome sus gemidos. Sólo cuando me pareció que estaba totalmente calmada, me levanté. Y casi de inmediato me doblé, pero de dolor, ¡una punzada terrible en mis partes! Estaba tan excitado que me dolía hasta el bajo vientre. Irina pareció asustarse, y me atrajo hacia ella, frotándome suavemente. 

-No… no hace falta… puedo esperar que estemos en casa… - susurré, pero mi esposa negó con la cabeza y me hizo acercarme más aún a ella. 

-Déjame complacerte… - musitó con esa voz tan sensual que pone para excitarme, y vaya si lo consigue. Me sacó el pene por completo de entre las ropas, y lo acarició muy despacio, deteniéndose en la punta. No pude evitar cerrar los ojos de gusto, pero aún así intenté insistir.

-Irina, de verdad que no… mmmh… si tú estás muy cansadaaa… después de lo de esta tarde, y del orgasmo, no…. – de repente, un latigazo maravilloso de dulzura me recorrió desde las rodillas a la nuca y me pareció que no tocaba el suelo - ¡Haaaaaaaaaaaah….! – bajito, pero se me había escapado de lo más profundo del alma - ¡Con la boca, no… mmmmh… la… la boquita, no… no seas tan mala… Irinaaaah…!

Mi esposa se reía por lo bajo, apresando mi miembro entre sus labios, acariciándolo con la lengua en pasadas interminables, tan calientes y húmedas… su lengua me mimaba, su saliva se escurría deliciosamente por el tronco y a mí me parecía que no iba a ser capaz de durar nada, mi excitación estaba por las nubes… y ya que era así, ya que iba a acabar muy pronto, lo que más me gustaría sería…

-Irina… puedo… ¿por favor, puedo… penetrarte? – Estuve a punto de decir algo como "no te preocupes, no voy a tardar nada", pero mi esposa me miró con una alegría imposible de describir, como si estuviera esperando que yo le dijera precisamente eso, y me soltó, abriendo más las piernas para dejarme sitio entre ellas. 

La camilla era un poco estrecha, sólo esperaba que fuese lo bastante estable. Sujetándome los pantalones que se me caían, me subí de rodillas y me recliné sobre el cuerpo acogedor de mi Irina, que jadeaba de impaciencia, ansiosa por tenerme dentro. Me abracé a ella y me dejé caer con lentitud, mi pene conocía ya bien el camino, y efectivamente, entró deslizándose de forma maravillosamente suave. Una sonrisa de placer me hizo poner los ojos en blanco, ¡qué sensación…! Es algo que no se olvida y que no se puede describir, esa primera entrada es algo glorioso, inenarrable. Mi miembro era dulcemente aplastado, abrazado, cubierto de calor… todo yo me fundía. El aceite lo hacía aún más suave, más calentito si era posible… apenas un ligero movimiento producía un deslizamiento fenomenal, un maravilloso cosquilleo reinaba en todo mi cuerpo y supe que si me movía, aunque sólo fuera un poco, acababa sin remedio. No quería, era tan bueno, ¿por qué no podía disfrutarlo un poco más? Pero a la vez, quería, realmente quería disfrutar del placer máximo, dejarme ir y derramarme dentro del cuerpo de mi mujer. 

Mientras yo gemía apresado en la dulce intimidad de mi Irina, ella me besaba la cara, me acariciaba con manos y pies, buscaba mi cuello y su risita tierna acariciaba mis oídos… no podía aguantar, no quería hacerlo, estar fundido con ella era lo mejor del mundo, pero las ganas de alcanzar el orgasmo eran superiores a mi voluntad. Mis caderas finalmente empezaron a moverse y el aceite caliente mezclado con sus jugos producía una sensación tan tórrida y resbaladiza, increíblemente divertida… me estremecí, y apenas a la tercera embestida, sentí que había pasado el punto, no podía detenerme. Mi Irina notó mi estado y me espoleó con los tobillos en mis nalgas. Quise mirarla a los ojos como había hecho, pero por más que lo intenté, mis ojos se cerraron del placer, cálido e intenso que se cebó en mi sexo y estalló en mi miembro, recorriendo en cosquillas maravillosas toda mi espina dorsal, haciendo que mis nalgas se contrajeran para expulsar mi descarga, absorbida por Irina… el calor, el maravilloso calor me inundó el cuerpo y me hizo sentir satisfecho, a gusto. Casi ronroneé, apretando a mi esposa entre mis brazos mientras ella me devolvía el abrazo y me daba apretoncitos en el pene, contrayendo su sexo a voluntad, que literalmente me exprimían… Mi felicidad era completa, absoluta. No había nada en el mundo que pudiese mejorarla. 

-Oli, cielito… Hay algo que debo decirte. – Mi Irina susurró y yo me incorporé, apoyándome en los codos, para mirarla, muy sonriente. – Y es algo que no sé si te va a gustar. 

Se había puesto muy seria, y reconozco que me asusté. 

-¿Qué es? ¿Qué pasa? – Irina pareció reunir fuerzas y me acarició la cara. 

-Oli… tú sabes que yo te quiero, ¿verdad? Te quiero más que a nadie en éste mundo. 

-Y yo a ti – asentí. 

-Pues… ha ocurrido algo. No lo planeé. Sé que debería habértelo consultado, pero es que ni lo pensé… 

-Dios mío… hay otra persona, ¿es eso?

-¡No! – dijo y estuvo a punto de sonreír, pero se corrigió – Bueno… la verdad es que a lo mejor, sí. 

Un terremoto, un aviso de bombardeo aéreo o hasta de cataclismo nuclear, no me hubieran afectado tanto como aquélla frase, con la cual todo mi mundo se derrumbaba y lo perdía todo en un segundo. Sentí que mis ojos se humedecían. 

-Oli, mi vida… no hay otro hombre. No como tú crees. – Yo no podía ni hablar, y eso fue una suerte, porque de haber podido, hubiera gritado de dolor, pero al permanecer callado, Irina siguió explicando – Cielito… ¿recuerdas que yo, siempre he tomado la píldora? 

Asentí.

-¿Y recuerdas que hace un par de meses, decidí darme un período de descanso de tomarla, y decidimos usar gomas?

Asentí.

-¿Y recuerdas que, cuando vino a vernos tu primo para presentarnos a Dulce… - Irina sonrió – y lo hicimos en el cuarto de baño… como las guardamos en el dormitorio y fue algo sin planear, no usamos nada para….?

-Soy un cretino. – admití. Había tenido miedo por nada, había pasado el peor momento de mi vida, y sólo por no tener seguridad en mí mismo y en Irina… Sin darme cuenta, dirigí mi mano al vientre de mi mujer – Irina… ¿Estamos… e-estás…..? – Ahora sí que estaba llorando, las lágrimas se me caían, pero no eran de tristeza ya. Mi esposa, viendo cómo lo estaba tomando, me devolvió la sonrisa y también sus ojos brillaron. 

-No… no lo sé aún, Oli… - admitió, radiante – No quiero hacerme demasiadas ilusiones, porque puede ser sólo una falsa alarma… un retraso, nada más… 

-¿Cuándo lo sabrás seguro? – la apremié, reprimiendo las ganas de ponerme a dar brincos.

-Dentro de algunos días… el período tendría que bajarme mañana o pasado, ya debería haberme bajado anteayer, así que, si en un par de días no baja, podemos comprar un test de embarazo… - No podía contenerme, la besaba entre risas y no podía parar de reír, yo tampoco quería hacer muchos castillos en el aire, pero la idea era tan fantástica… - Oli, mi vida… no alces las campanas a rebato todavía… - me recordó ella, pero tampoco podía dejar de sonreír – Recuerda que sólo es un retraso de un día, y yo tengo la regla muy irregular… puede no ser nada… puede que sólo… ¡Oli, cariño, ojalá, ojalá, ojalá que lo esté! – me apretó con fuerza contra ella y nos fundimos en un beso larguísimo, mientras yo notaba que mi cuerpo, embriagado de alegría, pedía guerra otra vez.