¿Te ha gustado? Mira mi libro:

jueves, 25 de abril de 2013

Mala, egoísta, promiscua... y la quiero.



Virgo había pasado muchos momentos embarazosos en su vida, recordó el joven lavandero de la universidad mientras cargaba con el pesado barreño lleno de bolsas de ropa sucia para meter en las lavadoras. Se le había escapado el pis cuando tenía seis años el día de las notas, delante de medio colegio. Se le habían roto los pantalones el día de la boda de una prima suya, cuando él tenía ocho años y era el niño que llevaba los anillos. Le había venido una erección espontánea justo un día que le preguntaron por las capitales de Europa en octavo de básica… sabía lo que era pasar vergüenza y desear que se te trague la tierra, pero nada era comparable al terrible apuro que sintió cuando Coral le pescó. 

Todo el mundo le decía que Coral no era chica para él, que la loba Coral no le convenía, que la Cometíos Coral ni siquiera se fijaría en él… a lo mejor tenían razón, pero Virgo se había enamorado de ella como un burro y no podía hacer nada por remediarlo. En un intento de desahogarse había traicionado una de sus ideas más fieles: no hacer nunca guarradas con la ropa sucia. Como encargado de la lavandería de la residencia universitaria femenina, Virgo tenía acceso a todo tipo de prendas de todas las chicas… bragas, sostenes, combinaciones, corsés y lencería de lo más sugerente pasaba por sus manos todos los días y encima, repleta de los más tentadores aromas: sudor femenino, perfumes, jabón, olor corporal natural, olor mezclado femenino y masculino… pero Virgo era el lavandero, y tenía que ser de hierro, inmune a las tentaciones, se enorgullecía de haber sido así… hasta la otra noche.

No pudo evitarlo. Triste por pensar que era imposible que Coral fuese a dirigirle nunca la palabra, había sucumbido a la tentación, y había empezado a masturbarse oliendo una de sus bragas, una deliciosa prenda de color rojo y perfume embriagador… y ella le había pescado. No se había enfadado con él, se había reído de él, y eso había sido casi peor todavía. Desde entonces, no se atrevía ni a mirarla a la cara, y cuando se la encontraba en algún pasillo de la residencia, se ocultaba donde podía o se tapaba la cara con el barreño de ropa si lo llevaba. De nada servía. La joven parecía detectarlo… o eso, o es que él era muy torpe escondiéndose, que también era una posibilidad; y le gustaba… bueno, no sabía cómo definir exactamente lo que hacía Coral con él. 

El caso es que él iba bajando las escaleras con el barreño, como ahora, ¿no? Pues llegaba ella, y cuando él se tapaba, ella bajaba el barreño y le decía "hola, conejito…", con una voz que hubiera podido fundir el queso, y cuando él intentaba marcharse, ella le daba un azotito en el trasero. A Virgo le daba corte que ella hiciera eso, todas las chicas se reían muchísimo cuando ella lo hacía, y algunas ya estaban empezando a llamarle "conejito" en lugar de "lavabragas"… pero por otra parte, le gustaba que lo hiciera. Aunque le diese corte, era un corte agradable… ahora, Coral sabía que él estaba en el mundo, era algo más que simplemente el chico de la lavandería. Y, qué demonios, cuando ella le tocaba el trasero, a él le temblaban las piernas.

Virgo no dejaba de soñar con ella. De acuerdo, soñaba con sexo con ella, con que ella, en lugar de darle un simple cachetito, le apretara fuerte de las nalgas, con poder besarla, tocarla… pero también quería poder charlar con ella, fantaseaba con ver juntos una película mimándose mutuamente… Pero ni siquiera se atrevía a mirarla la cara cuando ella pasaba junto a él. A Virgo le hubiera gustado tener un amigo con quien sincerarse y a quien pedirle consejo, pero lo más cerca que estaba de algo así, era Rino el Rompebragas, gamberro institucional de la Universidad, que pasaba más noches en la residencia femenina que en la masculina, por más que el Decano lo hubiese prohibido. Y Rino apenas hablaba con él unos minutos antes de subir y después de bajar de ver a su prima, y su consejo era siempre el mismo:

-Quítatela de la cabeza, Virgo. Es muy guapa, pero no es para ti. Créeme, yo he estado con ella, y te aseguro que para sexo, es divertida… un pedazo de bestia, pero muy divertida. Pero no se va a enamorar de ti, nunca. Esa chica te arrancará el corazón de un mordisco, lo devorará a bocados y te escupirá a la cara los restos. – Virgo se quedaba mustio después de que Rino le dijera eso, y el Rompebragas, en un intento de animarle, un día le llevó un libro con tapas verdes y sin título. – Procura que Coral no te lo pesque, y si lo hace… no le digas que te lo he pasado yo, me buscarías un jaleo con… con mi prima, y Coral me mataría, me hizo jurar que nunca se lo diría a nadie. 

-Decir… ¿el qué? – preguntó Virgo, sin atreverse a coger el libro. 

-Que tengo un colega fotógrafo y la convencí de que posase para él. – Las orejas del lavandero se pusieron coloradas y Rino le sonrió, corriendo hacia la escalera. Apenas se quedó solo, Virgo se sentó en un rincón, sobre un cesto de ropa sucia, tapándose tras una lavadora y abrió el libro. Coral le miraba desde todas las páginas, desnuda, en poses sensualísimas. La mayoría de las fotos eran en blanco y negro e insinuaban más que mostrar. La joven aparecía medio de espaldas, o con un brazo sobre el pecho, o tumbada boca abajo, o boca arriba con una sábana, o tapada por sus largos cabellos… Virgo suspiró. Nunca le había parecido tan lejana. Ella era guapísima, preciosa, perfecta… él era el lavabragas. Efectivamente, nunca se fijaría en él… pero al menos, tenía que intentarlo, aunque ni siquiera supiera cómo hacerlo. Era demasiado tímido para hablarle francamente, escribirle cartas anónimas le parecía deshonesto, escribirle cartas dando la cara le daba miedo… la posibilidad de que ella le mirase de arriba abajo y empezase a partirse de risa era demasiado grande, y demasiado horrorosa. Si no decía nada, aún tenía la incertidumbre, y en ella tenía un poquitín de esperanza. 

Virgo temía que ella pudiese reconocer el álbum si lo veía, así que sacó todas las fotos y con un cuidado extremo, tomándolas con pinzas para no marcarlas con los dedos, las colocó en otro álbum distinto, más pequeñito, y para evitar que nadie pudiera cogerlo, lo llevaba con él a todas partes. Todos los días lo llevaba a la lavandería y todas las tardes lo devolvía a su casa. Y todas las noches lo miraba una y otra vez, y escribía sus pensamientos, con mariposas en el estómago y terribles erecciones que tenía que calmar antes de irse a dormir, siempre cuidando de no manchar ninguna foto, a pesar de que estaban protegidas por las hojas plásticas del álbum. 

"Cuánto me gustaría tener valor para decirle todo lo que significa para mí…" pensaba el joven lavandero aquélla fría tarde de sábado, sentado en su rincón de la lavandería, mientras hacía punto, con el álbum abierto por una página cualquiera, junto a él. Esperaba que las secadoras terminasen el ciclo, luego sacaría las prendas y las plancharía, las subiría a los cuartos de sus dueñas, y luego a casita. El domingo, no trabajaba, pero el sábado era un día descansado de por sí, por eso aprovechaba para hacer jersey. Las labores de aguja le gustaban mucho, no era la primera vez que remendaba las bragas rotas de las chicas o zurcía sábanas… no obstante, era algo de lo que sabía que no debía presumir, a no ser que quisiera que todo el mundo empezase a llamarle costurerita y cosas similares, de modo que tejía medio escondido en el rincón de la esquina, entre dos lavadoras, sentado en su cojín, un viejo cojín a cuadros rojos y verdes, que en su día había sido el asiento de un sofá, y mientras hacía punto, hablaba con la foto de Coral. 

-Es increíble lo guapísima que saliste ahí… - decía a media voz, imaginando que ella le contestaba – Sí, sí, no te exagero, estás guapísima…. Ah, ¿Que qué estoy haciendo….? Me hago un jersey…. No, no es difícil… podría enseñarte si quisieras… - suspiró - …Ojalá fuera así de fácil hablar contigo… Pero cada vez que te miro, se me atasca la lengua y empiezo a tartamudear… y el corazón me late tan rápido que me ahogo… no, no te lo digo como cumplido, es la ve-verdad… mi-mira, ahora mi-mi… mismo, sólo pienso en la po-posibilidad y… y ya me atasco… 

-¿Lavabragas….? – Virgo pegó un bote y se apresuró a envolver el álbum con la labor y ocultarlo todo a su espalda. Entre las lavadoras, asomó de nuevo ELLA, con un sobrecito de sal de desatascar tuberías en las manos. Le miraba inquisitiva y sonriente - ¿qué haces ahí? ¿Con quién hablabas? 

El lavandero, con las manos a la espalda, notó que su cara empezaba a arder. 

-Na-na-nada… - titubeó – no… no hablab-blab… hablaba con nadie… - Coral sonrió más abiertamiente.

-No me digas que he vuelto a pescarte dándole a la zambomba, ¿otra vez con mis bragas, o se la dedicabas a otra? Vas a acabar por despellejártela, conejito.

-¡No estaba….! – Virgo se indignó en medio de su vergüenza, ya era bastante embarazoso que ella le hubiera pillado aquélla vez, como para que se estuviera imaginando que lo hacía constantemente. – No… no hacía eso que estás pensando… 

-Entonces, dime qué hacías. ¿Qué has escondido tan deprisita cuando me has visto? – el lavandero agachó la cabeza e intentó hacerse hacia atrás, pero Coral dio un paso hacia él – Enséñamelo, o te lo quito yo, a no ser que prefieras que grite a los cuatro vientos que haces cosas cochinas con la ropa interior de las chicas… 

Virgo palideció, ¡aquello sería hundirle! Sólo había sido aquélla vez, sólo había sido con ella, pero si llegaba a saberse, le despedirían… cerró los ojos de vergüenza y soltó de las manos el álbum para seguirlo ocultando a su espalda, y sacó el jersey que tejía. 

-¿Punto? – Se asombró la joven estudiante - ¿Esto te daba tanto miedo, que hacías punto como las viejas? Déjame ver. – Se agachó y tomó entre sus finos dedos el tejido marrón claro – No lo haces nada mal, quizá un poco demasiado tenso el punto, pero te salen muy bien los ochos… - Coral sonrió y se dio cuenta que Virgo apenas le escuchaba, porque al agacharse, le había dejado el escote casi a la altura de su nariz, y eso era demasiado para él. - ¿Qué estás mirando, conejito? 

-Nnn… nnnnn…. Nada. – mintió con un hilito de voz. Coral se acercó un poco más, y a Virgo le pareció que se le detenía el corazón. A través del escote redondo del top que usaba ella, se podían ver perfectamente sus redondos pechos, y adivinaba sus pezones, pequeños y rosados. En aquél momento, estaban relajados, lisos, pero recordó cuando él los había visto, erectos, puntiagudos… no obstante, él no era el único que había visto algo interesante…

-¿Qué es ese libro que tienes ahí detrás? – al acercarse más, Coral pudo mirar por encima de sus hombros, y había visto el álbum. De inmediato, Virgo llevó de nuevo las manos a la espalda y lo agarró, se levantó como impulsado por un resorte, casi arrollándola al hacerlo, e intento escapar, pero estaba metido en su rincón, ella le tapaba la única salida. – Sea lo que sea, parece que es interesante…. – sonrió Coral. – Venga, déjamelo ver, conejito.

-¡No…no es nada, nada impor-por-por-popopo….!

-¡Pareces una moto! – se rió la joven. – Hijito, yo huelo las mentiras, y no es broma, no quieras hacerme creer que es la libreta de gastos, sea lo que sea lo que tienes ahí dentro, estabas hablando con ello cuando yo llegué. 

-¡Es…. Es un secreto mío! – se defendió amargamente - ¿No… no tengo derecho a tener vida priva-va… privada?

Coral pareció reflexionar y le miró atentamente. Luego se apartó un paso y sonrió amistosamente. 

-Supongo que tienes razón, conejito… si quieres coleccionar fotos del Playboy y hablar después con ellas, no es asunto mío. Yo de niña, también me encapriché de un actor de cine y tenía su foto en mi cuarto, y me gustaba besarla antes de acostarme. – Virgo devolvió la sonrisa y se relajó ligeramente. Y entonces Coral puso cara de susto, mirando a un punto más allá de la cabeza del lavandero, y señaló con terror – Dios mío… ¡¿Qué es eso?!

-¿El qué? ¡NO! – Virgo se volvió para mirar, y más rápida que el pensamiento, Coral le arrebató el álbum que aún tenía a la espalda. Si el joven no hubiera tenido tanto miedo de que ella mirase dentro, se hubiera asombrado de su imposible rapidez, pero en lugar de eso, intentó lanzarse sobre ella para quitárselo, para impedir que mirara, pero Coral estalló en carcajadas, y le colocó el pie izquierdo sobre el pecho, encajonándole contra la pared, para impedirle avanzar. Virgo manoteó inútilmente, haciendo esfuerzos por soltarse o agarrar el álbum, pero la joven tenía una fuerza increíble y le mantenía pegado a la pared sólo con el pie, sin que sus denodadas intentonas la hicieran temblar siquiera. 

-¡Jajajaja, vamos a ver quién es la novia del conejito! – dijo, alborozada. Pero apenas abrió el álbum, la sonrisa se le borró de la cara por completo. Pasó páginas y sus ojos se abrieron desmesuradamente, y ocurrió algo que Virgo jamás hubiera creído posible: fue ella quien se sonrojó. Le quitó el pie del pecho, pero él ya no intentó recuperar el libro. La joven parecía entre confusa y enfadada. – Ribeiro… estás en un buen lío. – No se refería a él, se refería al Rompebragas, que se llamaba Marino Ribeiro. Virgo estuvo a punto de decir algo, pero la joven le agarró del cuello y de un soberbio tirón, le hizo arrodillarse - ¿cuánto has pagado por esto? ¿¡Quién más las tiene?!

-¡Na… nadie, nadie más las tiene, lo juro! – jadeó, agarrando el brazo que le atenazaba la garganta - ¡El Rompebragas me las dio… para darme las gracias por dejarle subir a ver a su prima, cuando le dije que estaba enamorado de ti!

Coral le miró con estupor. ¿El Rompebragas se las había pasado sin cobrárselas? ¿Por agradecimiento? ¿No las había vendido? Y lo que era mucho más alarmante… ¿El lavabragas decía que estaba enamorado de ella?

-Ya arreglaré yo cuentas con ese cerdo de Rino Rompebragas. Y en cuanto a ti… - apretó más aún el cuello del lavandero – Será mejor que no vuelvas a ponerte delante de mi vista. Si tienes un calentón conmigo, ya me has usado bastante las bragas y ahora esto, ¡cómprate una muñeca hinchable y olvídame!

Le dio un empellón y le lanzó sobre el cojín, mientras ella se marchaba hecha una furia, Virgo casi podía asegurar que veía rayos sobre su cabeza cuando se alejaba. Por un lado, tenía ganas de llorar, se le había llevado el álbum, le había regañado e insultado… por otro, las piernas le temblaban de excitación y tenía una erección de caballo, no podía evitarlo. Le gustaba tantísimo lo mala que era. "Sé que dicen que se acuesta con todos… con todos, menos conmigo. ALGO tengo que tener que le resulta especial para que no se atreva a hacerlo conmigo. ¡Y qué fuerte es! Nadie diría que tiene esa fuerza, pero me ha manejado como a un muñeco, me ha lanzado sobre el cojín sólo con el brazo, sin apoyarse en el resto del cuerpo, creo que podría levantarme con una sola mano si se le antojara…". Suspiró, y a pesar de todo, se le escapó una sonrisa, sería tan dulce, tan maravillosamente delicioso sentirse a su merced, estar entre los brazos de una chica tan fuerte… entonces, nadie se atrevería a reírse de él. No si ella le protegía.

Al día siguiente, domingo por la tarde, Virgo no dejaba de pensar en ella, sentado en el diminuto salón de su pequeña casita. Es cierto que no cobraba gran cosa como lavandero, pero tenía la vivienda gratis, eso sí. Su alojamiento era más bien modestito, una casita de dos plantas realmente pequeña, en la planta baja estaba el saloncito, la cocina y un aseo, y en la superior, el único dormitorio y un baño completo. Todo muy pequeño, pero dado que era sólo para él, más que suficiente. Sentado junto a la estufa, tejía su jersey, pero adelantaba muy poco, porque tenía la cabeza en otra parte… Ahora que había pasado casi un día entero, la pena ganaba terreno al esfumarse el subidón de adrenalina causado por el empujón, pero aún así… "no puedo evitar quererla como un burro" pensaba "Haría cualquier cosa por ella, lo que fuese… He tenido alguna que otra novia, pero ninguna me ha hecho sentir así. Nunca había querido a nadie como la quiero a ella, aunque me desprecie… bueno, tampoco es que me tuvieran mucho aprecio las demás, eso hay que reconocerlo…"

Y tenía razón. Virgo, durante su adolescencia, se había besado o toqueteado con… cuatro chicas. De las cuales, dos habían llegado a ser novias dignas de tal nombre. Al menos una de ellas lo había sido, la otra no quiso que nadie se enterase de lo suyo, pero se acostaron igualmente, así que Virgo no estaba muy seguro de si ella contaba o no… fuera como fuese, la mayor parte de las chicas habían sido poco cariñosas con él. Alguna fue simpática, pero apenas llegaban al terreno de sexo, la simpatía se acababa. Todas le reprochaban que era demasiado bruto, y tenían razón. Virgo era nervioso, impaciente. Era cariñoso, desde luego que sí, sabía ser sensible, pero le costaba mucho tener la delicadeza que ellas deseaban. Cuando él acariciaba, parecía estar amasando pan; cuando abrazaba, estrujaba; en los besos, clavaba los dientes… cuando tocaba un pecho, exprimía naranjas o sintonizaba la radio, apretaba y retorcía sin ningún cuidado, ¡pero no podía evitarlo! Sus manos pensaban sin él y sólo gritaban por cerrarse en torno a todo lo que veían sus ojos. Era un torpe, y tampoco nadie había querido enseñarle. "Pero de eso, no tienen ellas la culpa" se dijo "es muy difícil pensar en enseñar nada a alguien que casi te arranca los pezones a pellizcos". Virgo recordaba aquello porque la última chica con la que estuvo, tenía los pechos muy sensibles en sus días de menstruación y le dolían mucho, cuando él se los estrujó, ella gritó de dolor y le puso un ojo morado de un derechazo. Y naturalmente, le dejó. Y en ese punto de sus pensamientos, sonó el timbre de la puerta.
Virgo no esperaba a nadie, pero sabiendo que su casita no podía confundirse con ningún otro edificio del complejo, se levantó a abrir. Y se quedó de piedra al ver en el vano a Coral, con el álbum en las manos. No fue capaz de hablar. 

-Hola, coneji… - quiso saludar ella, pero enseguida se corrigió – oh, esto es absurdo, ni siquiera sé cómo te llamas. 

-Vi-Virgo. – dijo él. La expresión de la joven no cambió. 

-Y…. ¿cómo te llama tu mamá? – y viendo que el lavandero se ponía pensativo, se corrigió enseguida – y las expresiones como "cariñito mío, tesorito de la casa, o maldito crío", no cuentan. Tu nombre-nombre.

-Rodrigo. – confesó, y Coral resopló.

-No me extraña que tú mismo te llames Virgo. Bueno… si no piensas invitarme a entrar, por lo menos saca dos sillas, y hablaremos sentados.

-¡Huy, sí! – Virgo se hizo a un lado para dejarla pasar y Coral examinó su vivienda con ojo crítico. Es cierto, era enana, pero su propietario la tenía limpia y bien recogida. El lavandero apenas podía creer que ELLA, Coral, la chica de sus sueños, estuviese frente a él, en su propia casa, sentándose en su sillón… Virgo se sentó en el contiguo.

-He venido a verte porque…. Me resultas extraño. – dijo ella, y abrió el álbum. – Tienes fotos mías desnuda, te pesqué hablando con ellas, te cogí zumbándotela con mis bragas… y luego, me encuentro esto: - Coral cogió un pedazo de papel que había entre las páginas del álbum, Virgo se puso como un tomate, pero ella fingió no verlo y empezó a leer – "Hoy la he visto de nuevo. La chica de los colmillos blancos. Su afilada sonrisa es luminosa como una sábana recién lavada tendida al sol una mañana de invierno, e igual de fría." O si no, este otro "Sus cabellos, entre negros, rojos y blancos, brillan como la seda lavada a mano con jabón de prendas delicadas, y seguro que son igual de suaves. Cuando mueve la cabeza y sus melenas giran a su alrededor, son como un montón de lencería negra en un tendedero, mecidas por el viento, al que…." – hizo una pausa – Conejito, "envidio", se escribe con V. 

Virgo tenía la cabeza casi oculta por completo entre los hombros, muerto de vergüenza. Por las noches, se le ocurrían pensamientos sobre Coral, y los escribía, y los había guardado entre las páginas del álbum, convencido de que allí nadie los vería nunca. Ni siquiera los había recordado cuando ella se lo llevó, y ahora los había descubierto… Pero la joven no se apiadó de él. 

-Quiero que me lo digas claramente. Conejito, ¿estás enamorado de mí? – Virgo asintió, mudo, y Coral suspiró. – Me lo temía. Mira, Rodrigo… buf, qué nombre tan espantoso, ¿te importa si te llamo… Roy, para acortar? – el lavandero, incapaz de sostenerle la mirada, asintió de nuevo – Mira, Roy, me halaga mucho que sientas esto por mí, pero te has equivocado de chica. Entiéndeme, no me das asco, ni nada; eres simpático, sé que eres bueno… pero precisamente por eso, no te convengo. Yo, no soy para ti. De hecho, creo que no soy para nadie, pero para alguien como tú, aún menos. – Roy sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No le importaba que le rechazase cualquier otra chica de la tierra, pero no ella… y menos aún diciéndole algo así, lo mismo que le decían todos "esa chica no te conviene, no es para ti…", como si él fuera una especie de bebé que no sabía qué le convenía – No te pongas triste. Encontrarás a alguien para ti, una chica buena. No alguien como yo, alguien que sí te convenga. 

-T-to… todo el mmm…mundo me dice lo mismo… - Roy intentaba hablar despacito para atascarse lo menos posible – pero… lo que me conviene o no, ¿no deb-eb… debería poder decidirlo… yo?

-Algunas cosas, no, hijito. – Era la segunda vez que le llamaba "hijito", y eso que él era mayor que ella. – Mira… yo no soy buena. Soy mala, soy promiscua, soy caprichosa, soy egoísta. Me gusta mentir sólo por inventar cosas. No respeto las normas, no soy amiga de nadie más que de mí misma. He estado con algunos chicos más seriamente, y todos han intentado hacerme cambiar, pero no se puede, porque yo no quiero ser de otra manera. A ellos les molestó que no cambiase, pero a ti te haría daño, y aunque seas un pobre lavabragas, no quiero hacértelo… no sería divertido. Das demasiada penita para hacerte daño. 

-Pero es que yo… yo no quiero que tú cambies, Coral. – La joven pareció sorprenderse por primera vez – Tú eres mala… eres fuerte. Haces todo lo que yo no me atrevo a hacer. A ti, nadie te pisotea, ni se ríe de ti, ni se atreve a insultarte. No quiero que cambies, quiero que sigas así, mala y egoísta, Coral… eres única. 

La joven le sonreía con los ojos entornados. Roy no sabía qué había dicho, pero parecía que a ella le había gustado.

-Oh… ¿todo, lo tienes tan dulce como esa lengua, conejito….? – hablaba en susurros, y el joven lavandero no supo bien qué pensar. Le habían dicho que la loba Coral era desinhibida y hacía falta poco para convencerla de pasar un buen rato, pero nunca se imaginó que en realidad lo fuera tanto. – Probablemente, eso sea lo más bonito que me han dicho nunca…. ¿vamos a la camita?

Roy se atragantó en su propia saliva y tosió ruidosamente, pero no tuvo tiempo ni de contestar, Coral estaba de rodillas en el parquet del salón y se mecía frente a él, agarrándole del cuello para que viniese junto a ella. Una parte de él intentó protestar, decirse a sí mismo que no estaba bien ponerse a hacerlo así, de buenas primeras… decirle a ella que no podía convertir su amor en pornografía… pero algo dentro de él le aconsejó callarse "ella ES así, y tú no quieres que cambie, quieres que sea tal como es… déjala serlo, disfruta y no te hagas preguntas". Aquello le parecía lo más increíble que jamás le había sucedido, pero se bajó el pantalón del chándal y los calzoncillos y empezó a acariciarse mientras ella le besaba. 

-Llevas demasiado tiempo teniendo sólo a tu mano derecha por amante, Conejito… - se rio Coral y se sacó el top por la cabeza, bajo el cual no llevaba sostén. Sus pechos se bambolearon y a Roy le pareció que se mareaba. Ella le tomó las manos y las llevó a sus pechos. El joven lavandero intentó negar con la cabeza, no, no, no quería correr el riesgo de estropearlo pegando un apretón que la hiciera daño, pero ya era tarde, sus manos sintieron el calor de sus tetas y una vez más, apretaron como si estuvieran tocando una bocina, sin ninguna delicadeza. Coral ahogó un grito y Roy se preparó para recibir la bofetada, pero se quedó con las ganas. - ¿Qué… qué ha sido… cómo lo has….? – la joven sonreía, con la vista desenfocada, mientras las manos de Roy seguían apresando sus pechos, sin soltarlos, con sus dedos cerrándose cada vez más, apretando más y más fuerte, y Coral tembló de placer y puso los ojos en blanco. Roy no entendía, pero ella tomó aire en estertores y finalmente le abrazó y le tumbó sobre el piso de madera en medio de un grito de felicidad - ¡POR FIN! ¡Un tío generoso con las caricias!

Roy creyó estar soñando, ¿¿¿le gustaba??? Pero… pero si le estaba dejando los dedos marcados, le debería estar haciendo daño… pero Coral no dejaba de sonreír y le besó en medio de un gemido satisfecho. El lavandero sintió cómo la lengua de su compañera, ardiente como un tizón, le violaba la boca, se metía entre sus labios con ferocidad, y se frotaba contra la suya como si quisiera empujársela hasta la garganta. El aire se le escapó del pecho, un escalofrío recorrió su espina dorsal y su mandíbula acalambrada se cerró, pescando la lengua de Coral, que no sólo no se quejó, sino que se arqueó de gusto y emitió un profundo jadeo, frotándose contra él. La joven le agarró del pelo y tiró de él, y Roy se quejó, mientras no dejaba de apretarle las tetas, y sus manos se dirigieron a la cinturilla elástica del pantalón de Coral y le apretaron las nalgas con igual fuerza. 

-Aaaaaaaaaaaaaaah…. Qué bien sabes hacerlo, conejito… mmmmh, ¡tú sí que sabes lo que le gusta a una chica! – jadeó, mientras ella se bajaba el pantalón y las bragas, llevaba esas bragas rojas que Roy conocía bien. No entendía cómo alguien podía decirle algo así a él, si lo único que sabía hacer era dar apretujones a lo burro, ¡pero parecía que a ella le gustaba! Coral se deshizo de la ropa, incorporándose y Roy se lanzó a por sus pezones, los mordió sin ningún miramiento, y de nuevo Coral chilló de placer - ¡Aaaaaaaaaaaaah, SÍ! ¡SÍ! – la joven le agarró de la cara y le estrujó los carrillos para que no dejase de morder y chupar, y a pesar de que le dolía la cara, a Roy le pareció asombrosamente placentero, tanto que tenía miedo de terminar aún antes de que ella le dejase penetrarla. La joven le empujó de los hombros y él le soltó el pezón con un sonido de ventosa, y de un nuevo empujón, le tiró contra el suelo. 

-¡Auh! – Roy se hizo daño en el hombro al caer, pero curiosamente, eso sólo lo excitaba más aún. Tenía los pantalones en los tobillos, el miembro pegado a la tripa y la piel sudada; tiritaba de las ganas que tenía. Coral saltó sobre él y se sentó en su cara, dejándole medio ahogado debajo de ella, pero al joven lavandero no se le ocurría una forma más agradable de morir que ésa. 

-¡Chúpame! ¡Como tú sabes! – ordenó la joven, y Roy obedeció. Coral tenía el sexo depilado, de hecho, parecía que no tuviese vello ni nunca lo hubiese tenido, tal era la suavidad de su piel. El lavandero metió su lengua en el sexo de la joven, y enseguida dio con el clítoris, un bultito rosado y húmedo. Y lo mordió, tirando de él como si quisiera arrancárselo - ¡AAAAAAAAAAAAAAAAH! – Coral se estremeció de gozo, sus muslos dieron un poderoso temblor y se le escapó la carcajada, ¡le encantaba! "Qué hábil es el lavabragas…." Pensó confusamente "es el único hombre en cincuenta años que ha sido capaz de… de… ooooooooh, qué maravilla, qué bien lo hace…." Roy perfilaba la perlita con sus dientes, dándole mordiscos más o menos fuertes, succionando de ella, mientras sentía su cara empapada en jugos desde la punta de su nariz suavemente aguileña a su barbilla prominente. "Tantos tíos… tanto sexo…. ¡y él es el primero que sabe hacérmelo como yo quiero!" Coral le agarraba del pelo, tirando de él con fuerza para que no dejase de morderla. Cada bocado, cada roce de sus dientes, la volvía loca, el placer la recorría en golpes de corriente la columna y la hacía estremecerse de pies a cabeza.

Roy apenas podía respirar, pero no importaba, nada importaba… lo único importante era que tenía a Coral, su soñada Coral, encima de él, le estaba dando sexo oral, ¡y ella estaba disfrutando! Era la primera chica que disfrutaba con él, que no sólo no le molestaba que fuera un poco bruto, sino que le animaba abiertamente a ello. Le parecía que el pene le iba a estallar, sus huevos querían reventar, pero ahora mismo, ella era más importante. Coral jadeaba como una fiera, sin duda la estaban oyendo desde la residencia masculina de estudiantes que estaba al lado, pegada a su pared, pero a Roy no sólo le daba igual, sino que esperaba que lo estuvieran haciendo, que rabiaran. La joven se movía sobre su cara, apretándole contra él, no iba a resistir mucho más semejante placer, y Roy la mordió con el colmillo, apretándole el clítoris, y frotándole la punta con la lengua. 

-¡ASÍIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII, SÍ! – a Coral se le desorbitaron los ojos y una gran sonrisa se abrió en su cara, el chispazo de placer la fulminó y su espalda se arqueó, pero Roy siguió apretando, sorbiendo de su perlita como si se ahogase. La joven le agarró del pelo y le pegó a su sexo, sin dejar de gritar, la voz se le entrecortó y sus muslos temblaron, y feroces convulsiones atacaron su cuerpo. Roy sintió cómo el bultito mágico pretendía escaparse de entre sus dientes, porque el sexo de la joven se contraía… "se… se está corriendo…" pensó, mordiendo de nuevo para impedir que se le escapara, mientras Coral gritaba ahogadamente y sus caderas daban brincos, mientras el placer estallaba en su perlita una y otra vez, la encogía de los hombros a los pies y los estallidos maravillosos la hacían sentir que flotaba… puso los ojos en blanco y su sexo goteó sobre la cara de Roy. Cuando al fin le soltó del pelo, vio que tenía cabellos entre sus dedos, pero el lavabragas, con la cara congestionada y empapada en flujos, la miraba profundamente feliz. 

-Ooooh, Roy… musitó la joven, deslizándose sobre él e inclinándose sobre su pecho – has sido muy bueno conmigo. Has hecho muy feliz a Coral…. Yo también quiero hacerte sentir así… - la joven le besó, sin importarle un pimiento que él estuviera sucio de sus jugos, es más, le lamió la cara entre los gemidos derrotados del lavandero. "Su lengua quema… y su sexo es picante" se dijo "pensaba que todos los coños eran salados y sabían igual, pero el suyo es picante… y quema más que ningún otro, tengo la lengua dormida y quemada, como si hubiera tomado chocolate ardiendo….". Coral se frotaba contra él, haciendo chiribitas en la punta del miembro excitadísimo de Roy, que daba caderazos intentando penetrarla. La joven sonrió y se colocó a su espalda, e intentó dar un golpe de cadera… Roy la miró con extrañeza y ella misma se quitó de allí. - ¡ay, perdón…. Con frecuencia se me olvida que éste, no es mi sitio!

Coral se arrodilló y se agachó, elevando las caderas. A Roy le dio vueltas la cabeza cuando entendió que ella quería que se lo hiciese desde atrás, como los perros, él nunca lo había hecho así, y la idea le volvía loco. Rápidamente se arrodilló tras ella y empezó a frotarse, quería jugar primero un poco… pero su miembro pensó que ya había esperado lo suficiente, y apenas notó el calor húmedo del sexo de la joven, tiró ferozmente de sus caderas y le hizo embestir como un animal furioso. Coral gritó de pasión, elevando más aún las caderas y Roy pensó que se moría de gusto, el coñito de Coral era estrecho, cálido… más que cálido, ardiente, quemaba, ¡nunca se había sentido así! Rompió a sudar en un segundo, y sintió su polla masajeada por el sexo de su compañera, que lo hacía latir a su antojo. La joven volvió la cara para mirarle por encima de su hombro, y Roy se estremeció, abriendo la boca en un grito mudo. 

-¿Te gusta… te da placer estar dentro de mí, Roy? – el lavandero tuvo que contentarse con apretar la mandíbula y asentir, incapaz de hablar. El gusto que le inundaba era superior a todas sus fuerzas…. El dulcísimo placer se cebaba en su miembro, atacado por el intenso calor de Coral, y se extendía por su cuerpo como si derramase… y con frecuencia, un golpe de gozo le atacaba sin aviso, haciéndole sentir que iba a perder el conocimiento. La joven sonrió, y empezó a moverse para animarle a hacerlo. Roy no pudo aguantar más, empezó a bombear como si de ello dependiera su vida. Coral gritó y dejó escapar un poderoso gemido de placer, cerrando los ojos lujuriosamente mientras su compañero la embestía con ferocidad, golpeándole con las caderas. 

Roy se sentía salvaje, preso de un ataque de deseo como no había sentido jamás. Por primera vez en su vida se sentía posesivo, quería que Coral fuese suya, solamente para él… sería capaz de hacer frente a cualquiera que quisiera privarle de ella. El placer le laceraba, le subía en oleadas cálidas desde la punta del miembro a la nuca, y el delicioso picor que anunciaba su orgasmo empezó a aparecer en la base de su polla, expandiéndose con aterradora rapidez… iba a terminar, no podía hacer nada para evitarlo… pero tal vez sí podía hacer algo para que ella, llegase también. 

-¡AUH! ¡Sí, serás CABRÓN, oooh, más fuerte! – gritó Coral, temblando de gusto, cuando él le agarró del pelo y tiró con todas sus ganas, haciéndola estirar el cuello. "Le gusta…" se maravilló Roy una vez más "le encanta que le haga daño…". Obedeciendo, siguió empujando con ferocidad al tiempo que daba tirones del pelo a su compañera… le pareció que el sexo de ella quemaba más aún, un picorcito deliciosamente insoportable se cebó en la punta de su polla, se frotó contra las paredes vaginales de Coral, y al fin, ese maravilloso cosquilleo estalló dulce y salvajemente en su miembro, expandiéndose por su cuerpo, haciéndole contraerse desde las nalgas y gemir como si se ahogara… sus miembros temblaron sin control y su pene expulsó esperma dentro de su compañera, que gimió con deleite al notar la cálida descarga en su interior…. Mientras Roy sentía su cuerpo tiritar y restablecerse lentamente, Coral aún se movía, sólo unos segundos más tarde el placer la venció a ella también y en medio de gemidos y mecimientos de cadera, gozó sintiendo en su interior el miembro de Roy. 

El lavandero se dejó caer sobre la espalda de Coral, destrozado de placer, con una sonrisa de bobo cachondo en la cara, y la joven se deslizó hasta quedar tendida en el suelo, con Roy sobre ella y aún dentro de ella. Le gustaba su peso. 

"No lo puedo creer… estoy soñando, no me cabe duda… es demasiado bueno para que sea verdad, de un momento a otro me levantaré en mi cama y tendré el pijama pringoso y las sábanas empapadas… pero mientras tanto, es el sueño más bonito que he tenido nunca", pensaba Roy, dando mordisquitos en los hombros de su compañera. 

"No lo puedo creer… el conejito, el lavabragas… resulta que es una bestia en el sexo. Los humanos piensan que las chicas son una especie de esculturas de porcelana, que hay que acariciarlas con tanta suavidad que ellas apenas lo sientan, que un simple pene que se mete por el mismo sitio por donde nace una cría de tres kilos de peso, las va a hacer daño… y que todas desean ser tratadas como si se fueran a romper. Y hete aquí que el tipo, aparentemente más sosainas de cuantos he conocido, sabe tratarme como al animal que soy… sabe aceptarme tal como soy, y sabe satisfacerme… Creo que me lo voy a quedar. No sé por cuánto tiempo, pero me lo voy a quedar… supongo que tendré que decirle mi secreto, tendrá que saberlo… pero no es tan urgente que lo sepa, de momento, podemos divertirnos sin más…. Mmmmmh, y pensar que vine aquí con la idea de agotarlo para matarlo y comerme sus entrañas…."