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sábado, 27 de abril de 2013

Móntame, Vaquero.



       -“A lo loco, a lo loco, hay que ver cómo vive Fulano….” – iba cantando para sí y haciendo un poco el bobo bailoteando por los pasillos, aún desiertos, del instituto. Amador Yagüe, cuarenta y tres años, profesor de Geografía e Historia, tenía motivos para sentirse contento. Sabía que era, con mucho, el más guapo del profesorado masculino, y quizá no tanto por serlo realmente, sino por creer que lo era. Todos los alumnos decían de él que era un cachondo mental y tenían razón, se ganaba el corazón de todos con sus bromas y las anécdotas históricas que contaba. Sabía ser severo cuando se terciaba la ocasión, pero realmente se terciaba muy poco, porque su buen humor permanente hacía muy difícil enfadarle, y su manera de reírse de sí mismo, inútiles todas las pullas o motes contra él.

    A Amador le encantaba el teatro y se apuntaba a todas las obras que planeaba Nazario, el jefe de estudios, y más si eran cómicas… sólo había puesto una pega en la última que habían hecho para Navidad, porque era un poco picantona, y no quería representar el papel masculino principal, el del Fontanero, porque eso implicaba tener unas cuantas escenas algo subidas de tono con Viola, una profesora muy joven. No es que le diese corte, pero eso le podía haber buscado un bollo con su mujer, y a él le convenía ser muy discreto… Finalmente, había hecho de secundario, cosa poco habitual en él, y el papel de Fontanero lo había interpretado Cristóbal el de Químicas, que por más señas, había acabadoliándose con Viola, pero esa era otra historia. 

     Camino al vestíbulo para recoger el correo en conserjería, se detuvo frente a la pecera que había en la pared del mismo, pero no quería mirar a los pececitos, sino su reflejo en el cristal. Se peinaba hacia atrás, y es cierto que tenía entradas en las sienes, pero le quedaban muy bien. El pelo se le rizaba en la nuca y lo llevaba ligeramente más largo de lo que hubiera sido formal. Tenía unos ojos pequeños y pícaros y una nariz, aunque curvada, no demasiado grande. Su boca era una eterna sonrisa. Es cierto que no era muy alto, pero estaba bien hecho, ancho de pecho y todavía estrecho en la cintura… hay que reconocer que esa estrechez se estaba empezando a perder por lo mucho que le gustaban todos los fritos, pero con la ropa puesta, todavía pasaba por tener bien poca tripa. Entre las alumnas se decía, y él lo sabía, que tenía pinta de cantante de rumbas, de esos que sólo cantan en verano y que ya tienen unos añitos pero no sólo no resultan ridículos en absoluto, sino que siguen haciendo las delicias de madres… e hijas. Sonriendo a su propia imagen, se alisó el cabello de los lados y se dedicó un rugido a sí mismo. 

     -Buenos días, señor Yagüe. – dijo el conserje de noche, que, ya a punto de irse, entraba con varios sobres en las manos. 

     -¡Muy buenos, Alfonso! Y Amador, nada de “señor Yagüe”, hombre, que llevas veinte años aquí… - El anciano conserje sonrió, pero antes de poder contestar, el profesor se dirigió a cogerle el correo. – Ah, ¿has recogido el correo?

     - Sí, como siempre, pero antes recogí el correo – Vladimiro era el conserje de noche, trabajaba hasta las siete u ocho de la mañana, y entre que era ya algo mayor y que debía afectarle lo del sueño cambiado, con frecuencia hablar con él era como pretender hacerlo con un personaje de “Alicia en el País del Espejo”. Los estudiantes le llamaban “Vladi DosVeces”, porque solía repetirlo siempre todo. – Por cierto, una cosa algo rara, mire… publicidad, publicidad… y mire qué cosa más rara, una carta dirigida a un tal “Vaquero”, ¿usted lo entiende?

   -¿El Vaquero? – se rió Amador – Ni idea, me suena alguna bromita, o publicidad… bueno, dame, ya veremos. ¡Hasta luego! Oh, y, ¡acuérdate de abrir las puertas!

    -Desde luego, señor Yagüe…. Enseguida, en cuanto abra las puertas. – murmuró más bien para sí.
    Amador se marchó casi corriendo hacia la sala de profesores, sobre la primera mesa que encontró dejó el correo… menos la carta para el Vaquero, que se guardó en su carpeta precipitadamente, poco antes de que entrasen Cristóbal y Viola… bueno, digamos que entró Cristóbal, porque Viola realmente casi voló por un azote de su compañero, que la proyecto a través de la puerta abierta, entre las risas de la joven maestra. Vivían juntos desde principios de año, pero al parecer, no hacía más que unos días que habían empezado a hacer “otras cosas” juntos, además de compartir el piso, y eso les hacía estar algo retozones. 

     -Formalidad, niños… - les dijo Amador, con una gran sonrisa – Que como os vea Nazario, la va a montar. 

     -No hace falta, ya “la monto” yo… - Bromeó Cristóbal yendo a sacar dos cafés de máquina, mientras Viola soltaba la carcajada y parecía radiante de felicidad. “Qué cabrito” pensó, divertido, Amador “Qué bien le ha salido el tiro de la cornamenta… casi, casi, tan bien como a mí”. 

      Y tenía razón. Él era el Vaquero, y aquélla carta perfumada que se había guardado, era para él. Su esposa no debía enterarse, y para eso, lo mejor era que no se enterase nadie, que todo el mundo siguiese pensando que su matrimonio era feliz y perfecto… En el caso de su compañero, era un secreto a voces que había tenido varias aventuras hasta que su mujer se enteró de lo de Viola y le pegó la patada. Eso, no le pasaría a él, no, señor. Amador sabía que iba sobre seguro, era la discreción personificada y tomaba buenas precauciones. A él no le pescarían en un marrón. 



                                                                           *********



      “Querido Vaquero (decía la carta); no puedo dejar de pensar en ti. Nuestras ardientes conversaciones por internet me humedecen constantemente cuando las recuerdo.  No dejo de pensar en tenerte sobre mí, en que me cabalgues hasta el cansancio, y que me hagas gritar como a la perra que soy… sé que tú también estás casado y quieres a tu esposa. Yo también amo a mi marido, no puedo dejarle… como tampoco tú la dejarás a ella, me lo has dicho, y lo asumo… pero no me resigno a no probar esa maravilla de la Naturaleza que tienes entre las piernas y cuya foto me has mandado… mmmmmh… sólo el pensar en ella me pone como loca, creo que en cuanto acabe de escribirte, voy a ir al baño a tocarme. Sí, es lo que voy a hacer, y te lo pienso dedicar, voy a meterme los dedos como una fiera, sudaré despeinada mientras muevo mis caderas y cuando me corra jadeando como un animal, gritaré tu nombre: “Vaquero”….”

      De haber estado a solas, Amador hubiera silbado de admiración, pero estaba en medio de un control, supuestamente vigilando a sus alumnos, de modo que se aguantó. Miró hacia abajo y dio gracias porque las mesas de los profesores tuvieran una plancha de madera frontal que le tapaba por completo las piernas… y lo que había entre ellas, porque la cartita le había puesto a presentar armas. La idea de tener una aventura a espaldas de su mujer, le excitaba muchísimo. No era la primera vez que se atrevía a ello, era ya la tercera en dos años, y aunque la primera vez se había sentido muy raro y con una culpabilidad enorme, eso ya lo había superado, y ahora sólo quedaba el morbo, los nervios agradables, la impaciencia… Estaba deseando encontrarse con Potrilla, que ese era el nombre de su amante. 

    Se habían conocido en un chat. En un principio, ella se llamaba Insaciable, pero al conocer al Vaquero, se había encaprichado de él tanto que se cambió el nick a Potrilla. Habían mantenido conversaciones muy subidas de tono, cibersexo que se llamaba ahora, y finalmente, tras mucho insistir, ella le había mandado su foto… desnuda. Una mujer guapísima, algo menor que él, pero también hecha y derecha, casada ya y con hijos, pero aún atractiva y de buena figura. Y lo más importante: con ganas de sexo, que era lo que él buscaba. Él había correspondido mandándole un par de fotos suyas, una en la que se le veía de cuerpo entero, vestido, y otra en la que sólo se veía… “lo importante”. A Potrilla le había encantado, “el de mi marido, no es ni la mitad”, había dicho, “y lo peor es que él asegura que aunque no sea gran cosa, sabe usarla, pero te garantizo que no es verdad. Mi marido se cree que todo son cariñitos y mimos y miel… y yo necesito que me follen, punto”.
    Hacía unos días, habían decidido quedar para verse, y para concertar la cita, era mejor el correo normal.  Polita, la mujer de Amador (se llamaba Amapola, pero a ella le parecía que era un nombre demasiado pretencioso, y prefería el diminutivo), tenía su contraseña de correo electrónico y cuando miraba el de ella, solía mirar también el de él. No por cotillear, porque Polita tenía confianza absoluta en su marido y ni se le pasaba por la cabeza que hubiese tenido aventuras, sino por leer los chistes que le mandaban y mirar la publicidad del Corte Inglés que recibía en su cuenta. Como, naturalmente, tampoco podía recibir en su propio domicilio una carta dirigida al Vaquero y encima perfumada, le dio a Potrilla la dirección del Instituto. Él hacía lo propio, mandándole la contestación a su trabajo. Potrilla trabajaba como administrativa en unas oficinas de una agencia de viajes, no muy lejos del instituto. 

     “Necesito verte, no puedo aguantar más. El viernes por la tarde, mi marido cree que tengo una reunión de trabajo, tengo que verte este viernes. Necesito tenerte entre mis piernas empujándome tu gran polla, o me volveré loca… Como mi empresa me da cheques de viaje, puedo conseguir una habitación de hotel a muy buen precio. Pásate a eso de las tres por el Hotel Maravillas y pide por la habitación 205, te darán la llave. Es seguro que esté, pero si acaso no he llegado por cualquier motivo, puedes esperarme desnudo, o en ropa interior… si yo llego antes, te esperaré desnuda a ti, no quiero perder tiempo con ropas estúpidas, quiero tenerte dentro en cuanto te vea… pero, eso sí, ¿querrás hacerme un favor? Prométeme que te pondrás un sombrero de vaquero para tu Potrilla, mi semental…”

      Jolín, la niña, había tirado la casa por la ventana, el Maravillas era un hotel de cinco estrellas… le gustaba hacer las cosas bien, no cabía duda. Qué menos que corresponderle. 


                                                                   ***********


    El jueves por la tarde, Amador hizo sus compras y lo guardó todo bien doblado en una bolsa que compró también, en el maletero de su coche. Su esposa tenía coche para ella, y nunca miraba el de él, y aunque lo descubriera, podría hacerlo pasar como un simple traje que se había comprado. Polita estaba tan cariñosa como siempre, Amador era muy bueno con ella, salvando los “pecadillos” que cometía, y como de eso su esposa no estaba enterada, vivía feliz.

     -Polita, que… mañana tenemos claustro, llegaré tarde. 

     -Oh… precisamente me apetecía mucho ir al cine, ¿acabaréis muy tarde?

     -Pues… calculo que a eso de las nueve, más o menos. Si hay sesión a las diez… o mejor aún, cuando salga, te recojo, cenamos algo por ahí, y vamos a la sesión golfa, ¿quieres? Como cuando éramos novios… 

      Polita se rió con ganas, porque sabía qué quería decir su marido. Cuando eran novios, decían a sus padres que iban a la sesión golfa, pero en realidad iban a la de las ocho, tomaban algo después y tenían casi cuatro horas para ellos solitos, que solían aprovechar muy bien… en el asiento trasero del coche de Amador. Polita besó la cara de su esposo y éste le dio un cariñoso azote en el culo. Así daba gusto, pensó Amador. Podía disfrutar del delicioso cosquilleo estomacal del riesgo, y al mismo tiempo, tenía a su santa que le quería con locura. Y él a ella, naturalmente. A fin de cuentas, si hacía lo que hacía, lo hacía por ella, él no quería plantarse en los cincuenta años y darse cuenta que se había hartado de Polita y abandonarla por cualquier guarra de veinte años que le limpiase la jubilación y su pobre mujer se quedase sola para siempre… haciendo de vez en cuando una tontería, se quitaba ese capricho y no existía el peligro, valoraba más lo que tenía en casa. 

    La mañana del viernes pasó muy lenta en opinión de Amador, pero por fin llegaron las dos y se preparó para marcharse. Llamó a su Polita por teléfono antes de salir, para decirle que comía con los compañeros y luego se metería a la reunión, que no le llamase al móvil, ya le llamaría él, y que estuviese arreglada para salir por la noche. La voz de Polita sonaba ansiosa por la perspectiva del encuentro posterior… Amador estuvo en un tris de decir “no voy al claustro, digo que me duele la cabeza y me largo” e ir a por su esposa, pero se contuvo. Comió deprisa en una bocatería cercana y se metió en el cuarto de baño a lavarse los dientes y cambiarse. Se puso el traje nuevo que se había comprado, junto con la camisa, las botas y el sombrero de vaquero. Todo era blanco, salvo las botas, negras, con flecos y terribles espuelas. Se miró al espejo y sonrió complacido. Ni el J.R. en sus mejores tiempos, estaría más guapo que él. Salió del local rápidamente y se metió en su coche, siendo consciente de que su indumentaria, en especial por el sombrero, atraía las miradas… y no le molestaba. 

      El trayecto al hotel no era largo y aún faltaba para las tres cuando llegó. Miró por la ventanilla por ver si veía a Potrilla, pero ninguna de las mujeres que entraron al hotel, ni las que se veían por la acera o los locales cercanos, se parecía a ella. A las tres menos cinco ya no pudo aguantar más, y entró en el parking. 

     En el vestíbulo del hotel, le parecía que todo el mundo le miraba, y se puso bien erguido, mirando ligeramente hacia arriba, con una mano en la cintura, y, caminando lentamente, se acercó a la recepción y pidió por la 205. El recepcionista le sonrió abiertamente y le entregó la llave.

     -Que disfrute de su estancia… señor. – Amador sonrió y subió los tres pisos en el ascensor. Cuando metió la llave electrónica en la ranura de la puerta, sintió que le temblaban las piernas y tuvo que respirar hondo para intentar calmar los golpetazos que daba su corazón. 

     -¿Potrilla…. Estás? – susurró a la oscuridad de la habitación, pero nadie le contestó. Entró y cerró la puerta, encendió la luz. La habitación estaba desierta, su Potrilla aún no había llegado. Se sentó en la cama, pero sus pies tamborileaban solos del estado de nervios en que se encontraba. Con prisa, se levantó casi de un salto y empezó a desnudarse, dejando la ropa hecha un gurruño en el sofá. Se quedó sólo en calzoncillos, botas y sombrero. Al cabo decidió desatar las espuelas de las botas, estaban muy afiladas y no quería correr riesgos de hacer daño a Potrilla, y casi de inmediato se puso a doblar la ropa un poco mejor. Acababa de terminar, cuando oyó a alguien trastear en la puerta y se lanzó a la pared para apagar la luz. De momento, quería que todo fuese lo más íntimo posible. 

      -¿Vaquero…? – una vocecita femenina muy dulce acarició los oídos de Amador, a quien se le escapaba una sonrisa hasta las orejas cuando contestó.

     -¡Sí…! – Una risita, la puerta que se cierra, y de pronto un pecho cálido sobre el suyo le abraza con fuerza y se funden en un beso interminable. Potrilla le acaricia la cara hasta dar con el sombrero sobre su cabeza. 

     -Te lo has puesto… lo has traído para mí… mi Vaquero… ¡móntame! ¡Móntame ahora mismo! – la ropa de Potrilla hizo frufrú sobre su cuerpo cuando la mujer se la quitó con la misma prisa que él segundos antes. El Vaquero intentó torpemente ayudarla a librarse de ellas y prácticamente saltaron sobre la cama, frotándose el uno sobre el otro entre jadeos animales. El Vaquero la sujetó de los brazos y le lamió el cuello, llenándola de saliva caliente mientras ella daba golpes de cadera debajo de él y su respiración se agitaba, cabeceaba intentando devolverle las lamidas, intentando morderle, hasta que atrapó su oreja y la mordisqueó, metiendo la lengua a intervalos. El Vaquero dejó escapar un gemido profundo.

       -Oooh… qué animal tan travieso… vamos a tener que domar a ésta potra salvaje. 

      -Oh, sí, sí… - susurró ella. Tan pronto sintió que El Vaquero se levantaba, Potrilla se puso a cuatro patas, de rodillas sobre el colchón, mientras oía que él se deshacía de los calzoncillos. La mujer esperaba que la penetrase en ese instante, pero relinchó literalmente de placer cuando sintió que le metía la cara entre las nalgas - ¡¿Qué me haces?! – gritó alborozada, sintiendo mil cosquillas en su sexo y su clítoris haciendo chiribitas. - ¡¿Qué me haces…?! Mmmmh…. Más, más…. 

      -Así… inclínate, Potrilla, esto te hará doblegarte… - bromeó El Vaquero entre lamidas. Metió su lengua entre los labios vaginales de su amante y exploró en su sexo, sorbiendo, moviendo su lengua de dentro a fuera, haciendo círculos dentro de ella, dando golpecitos muy cerca del ano, mientras con los dedos no dejaba de acariciar el clítoris hinchado y tembloroso. Tenía los dedos empapados hasta los nudillos y los jugos de la mujer le escurrían por la barbilla, mezclados con su propia saliva, ¡y le encantaba! Con Polita hacía el amor, y era estupendo, porque era tierno, lleno de sentimiento… con Potrilla podía simplemente follar, hacer guarradas, sólo existía el placer, daba igual si era sucio, pegajoso, lleno de babas… ¡era estupendo!

    Potrilla jadeaba sin ningún reparo. Aquí no había niños que pudieran despertarse, no había vecinos con los que coincidir en el ascensor o la escalera más tarde, no había un marido empeñado en darle sólo mimitos… lo único que había era un hombre ansioso de placer y que ahora mismo le estaba metiendo la lengua en el coño hasta casi el útero, ¡y era maravilloso! ¡Qué suave y qué caliente, se retorcía dentro de ella como un delicioso tentáculo, explorando sus puntos sensibles, apretando aquí y allá, frotándose de forma deliciosamente húmeda…! Y todo ello sin dejar de acariciar su clítoris con los dedos, la estaba volviendo loca de gusto… Tenía las caderas elevadas, la cabeza apoyada en el colchón, y sus piernas querían estirarse, elevar aún más las caderas… El Vaquero le pegó un azote en el culo y le apretó las nalgas, y ella gritó y rió de placer. 

      -No te pares… aaah… no… no te pares ahora…. Por… por favor, dame más… - suplicó Potrilla, notando que su orgasmo era inminente. Oyó la risa ahogada del Vaquero a su espalda, y éste continuó con su masaje, y con la mano izquierda, empezó a coquetear en el ano de su compañera - ¡Aaaaaah….mmmh, sí, sí, sigueee! – Potrilla desorbitó los ojos, sorprendida del intenso placer que sentía por detrás y que nunca había experimentado hasta ese momento, era como si culo ardiera, ¡pero tan maravillosamente! Su clítoris tiritaba, aturdido de gozo, su interior iba a explotar de placer, y su culito se cerraba solo, intentando atrapar el dedo húmedo y resbaladizo del Vaquero que hacía cosquillas en el esfínter, acariciándolo superficialmente, entrando y saliendo sólo de las nalgas, tentándolo sin dejarle probar por entero. 

       Potrilla ya no podía hablar, apresó las sábanas entre sus manos crispadas y apretó los dientes, sus muslos dieron un poderoso temblor y todo su cuerpo se convulsionó sin que ella pudiera contenerlo, en medio de un feroz grito de pasión que taladró los oídos del Vaquero, quien seguía lamiendo como poseído, encantado de notar su lengua aprisionada por las contracciones del sexo de su compañera. Potrilla gemía y chillaba mientras su coño temblaba en titilaciones dulcísimas que repartían un placer inenarrable por todo su cuerpo… El Vaquero lamía, más lentamente, pero no dejaba de lamer, acariciar, tocar… las sensaciones se fueron espaciando y haciéndose más leves, pero también más dulces,  hasta que se calmaron y la dejaron satisfecha. 

      -Haaaaaaaah…. Uuuuuuuuuh…. Guauuu… - jadeó Potrilla, con la lengua fuera. – Ha sido bestial… 

    El Vaquero le dio un cachetito en el culo y la hizo caer de un lado de una simple presión en el costado. 

     -Como ahora estás muy cansada, ¿qué te parece si repones fuerzas mamando…? – Dijo, poniéndose de rodillas a cuatro patas sobre ella. Potrilla rió pícaramente y acarició los muslos peludos de su compañero, mirando su instrumento erecto... aún en la oscuridad del cuarto, se distinguían los contornos. Eso era lo que tantas ganas tenía de probar. Es cierto que deseaba probarlo con su sexo, pero mientras ella se reponía, bien podía hacérselo así. Se elevó sobre los codos y se lo metió en la boca. El Vaquero dejó escapar un gemido mientras ella jadeaba con su miembro entre los labios. Potrilla hubiera querido mamar como una desesperada hasta dejarle seco, pero se contuvo. No quería hacerlo tan rápido, no quería arruinarlo haciendo que se corriera demasiado pronto. Lo mantuvo en su boca, llenándolo de saliva como si tuviera un chupa-chup en ella, empapándolo en su calidez, sin apenas moverse. Muy pronto la excitación hizo jadear al Vaquero, que empezó a mover él mismo las caderas, follándole la boca. 

     Potrilla sonrió y comenzó a darle grandes pasadas con la lengua, acariciándolo muy suavemente con los labios, cosquilleándolo con la boca. El miembro del Vaquero goteaba de saliva y líquido preseminal, estaba cada vez más hinchado y más rojo. A cada lamida de Potrilla, pensaba que iba a terminar sin remedio, pero el placer inmenso que le recorría la espina dorsal se detenía justo en el punto crítico y le dejaba respirar para volver a llevarle al límite. Finalmente, la propia Potrilla no aguantó más el hacérselo tan sensualmente y lo atrapó con su boca, se colgó de él como un ternerillo y empezó a succionar con vehemencia, moviendo la cabeza y aspirando profundamente. 

     -¡Sí, SÍ! – Gritó el Vaquero sin contenerse, notando que el latigazo de placer le laceraba desde los riñones a la nuca y estaba a punto de estallar en sus pelotas, ¡qué maravillosa forma de succionar tenía Potrilla! No es que quisiera sólo darle placer, es que quería beber de él, quería que terminase en su boca, se notaba por la pasión que ponía… y… y lo iba a lograr, iba  a sacárselo todo. El Vaquero notaba su pene como al vacío, literalmente aspirado dentro de una calidez maravillosa… no podía más, no aguantaba… en medio de irresistibles temblores, sus testículos parecieron reventar de gozo y una tórrida descarga salió a presión por su miembro derrotado de placer, dándole la impresión de que se le escapaba media vida en la descarga, ¡pero con qué gusto…! Oyó cómo Potrilla tragaba mientras seguía aspirando y su lengua le acariciaba dulcemente, haciendo que se estremeciera de pies a cabeza…. Qué maravilla… qué delicia… 

     -Bueno, Vaquero… - susurró Potrilla – ha llegado la hora de que montes a tu Potrilla. – El Vaquero no se sentía muy capaz después del agotador orgasmo que acababa de tener, pero su miembro aún no había iniciado la bajada, tal vez pudiera recuperarlo. Potrilla se colocó de rodillas frente a él y el Vaquero se frotó contra su sexo, empapado y pringoso. Apenas unas caricias, notó que de nuevo su miembro se hinchaba y pedía guerra. Potrilla se inclinó para dejarle paso, y él decidió no hacerla esperar, embistió sin previo aviso - ¡Mmmmmmmmmmmmmh! – su amante se retorció de gusto sintiéndole dentro - ¡Por fin…. Haaah… oh, la siento tan grande…. Mmmh… qué bien me llena… esto sí es una polla, y no lo de mi marido….! Oooh, ¡párteme con ella! 

     El Vaquero no se lo hizo repetir, empezó a empujar como si quisiera atravesarla, ahora gemían al unísono, el cabecero de la cama golpeaba contra la pared mientras los dos se abandonaban al placer de estar fundidos. Cada embestida les abrasaba, los dos estaban tan sensibles después de sendos orgasmos que no iban a tardar mucho en llegar. La cama protestaba, los dos gritaban y jadeaban sin ningún reparo. El Vaquero se dejó caer sobre la espalda de Potrilla y le amasó las tetas hasta con ferocidad. 

     -¡Sí, así, así…. Más, mi Vaquero…! ¡Oooh… no aguanto más! – Potrilla temblaba, se le escapaba la risa y su sexo picaba de un modo deliciosamente insoportable, el miembro de su amante le calmaba ese picor y a la vez lo provocaba, la traviesa sensación iba a más y más, la gran explosión se estaba gestando y finalmente chilló hasta quedarse sin aire al notar un nuevo estallido nacer en sus entrañas y desbordarse por su cuerpo… y sólo unos segundos después, los jadeos del Vaquero se hicieron más animales y notó que se derramaba de nuevo en aquélla intimidad húmeda y estrecha que le abrazaba dulcemente en las contracciones de su placer, hasta que él también gritó de gozo, satisfecho y agotado, mientras sus nalgas se acalambraban de gusto… se dejaron caer en la cama revuelta, el uno al lado del otro, sudorosos y extenuados, pero felices. 


                                                                                    ***********


     -¿Qué película te va a apetecer ver…? – preguntó Amador a Polita, que se estaba peinando en el cuarto de baño, mientras él terminaba de vestirse. 

     -Había pensado en “La sangre de la tierra”, ya sabes, esa que matan al dueño de una explotación de vinos, y mientras buscan al asesino, empiezan a sospechar que el tío explotaba a sus trabajadores y hasta abusaba de las mujeres que curraban para él y en la familia hay unos líos que no veas… ¿quieres?

     -Bueno… aunque a mí me llamaba más “Asesina como puedas”, esa en la que parodian Psicosis. Tiene pinta de ser divertida. – Polita sonrió y besó a su marido antes de ponerse el carmín. 

     -Podemos ver las dos, sólo son las siete. Nos dará tiempo a eso, y cenar. Y te recuerdo que en casa… 

    -Polita de mi alma, ¿¡No te basta con dos?!

    -Esos dos, eran para Potrilla, a mí me has prometido otro, ¿no irás a faltar a tu palabra, verdad…? Si llegas a casa y yo me insinúo, y me dices que estás muy cansado, puedo sospechar… 

     -Está bien, lianta, tomaré dos postres para tener energías. - Dio un cachetito cariñoso en el trasero a su mujer mientras se terminaba de poner de nuevo el traje blanco, pero esta vez, sin sombrero de vaquero ni espuelas en las botas. 

     “¿Soy yo un tipo muy afortunado o de verdad esto de las aventurillas da buen resultado?” Pensó Amador calzándose las botas, mientras pensaba en cuándo volverían a encontrarse Potrilla y el Vaquero, y si se volverían a encontrar ellos y no otros distintos. Hacía ya algunos años, Amador le había propuesto a su mujer el juego de “ser infieles” con ellos mismos, cada uno adoptando una personalidad, fingiendo no conocerse y desbocándose cuanto quisieran en un sitio donde no tenían que preocuparse de bajar la voz o decir una burrada si les daba la gana. Polita había aceptado encantada, y desde entonces, de vez en cuando, jugaban a conocerse a través de páginas de contactos o de internet, se escribían cartas subidas de tono, se mandaban fotos que se hacían el uno al otro y finalmente quedaban para una sesión de un placer que no podían permitirse teniendo aún a un adolescente en casa y viviendo en un piso donde las vecinas adyacentes eran estaciones de radar. “Sea como fuere, yo sí que me lo he montado bien. A mí no me puede pasar como a Cristóbal, a mí no me pillarán jamás en un marrón. La mejor precaución para una infidelidad, es cometerla con tu propia esposa”.