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jueves, 9 de mayo de 2013

Dos tajadas de orgullo.



     -¡No entiendo por qué no quieres…!

     -¡Pues porque no, cojones! ¡Porque yo no soy ningún desesperado de la vida, que tenga que ir mendigando por un puto polvo, ¿te enteras?! – contestó el joven cabo Pérez, poniéndose de nuevo la camisa. Le costaba, le costaba Tankian y ayuda, pero él tenía su orgullo. A veces, pensaba que ese orgullo era lo único que tenía en realidad, y aunque no dejase de meterle en problemas y privarle de cosas buenas, precisamente por ser lo único, tenía que conservarlo. Costase lo que costase. Y bien caro que le estaba costando. 

      -No tienes que mendigar, ¿no lo comprendes? Te lo concedo con mucho gusto… - la joven se levantó del sofá donde habían estado jugueteando, y no se molestó ni en ponerse el sujetador otra vez.

     -¡NO! – gritó él de nuevo - ¡No comprendo que igual que me lo concedes con mucho gusto a mí, se lo concedas con el mismo gusto… al primero que pase por tu puerta, sea uno, o sean cincuenta, no lo comprendo! ¡Será tu religión y lo que te dé la gana, pero conmigo eso, no! – El joven se metió la camisa verde por dentro de los pantalones y se colocó la gorra, estaba de auténtica mala leche, y entonces le pareció que se calmaba de forma inmediata, como si le inyectasen un sedante… y eso le sentó todavía peor. Taladró a ‘Alurí con la mirada – No te servirá conmigo… ¡no me tires ondas tranquilizantes encima, he dicho que no y ya está! ¡Y ponte una camisa de una puñetera vez!

     La joven retrocedió un paso. No temía que Pérez la pegara, sabía que no lo haría, pero cuando se ponía así, aún sabiéndolo, daba miedo. Zacarías Pérez era pequeño y bajito, narigón y moreno, pero cuando sacaba la mala leche, hacía temblar a hombres mucho más altos y fuertes que él. No en vano era el cabo de su batallón en Fuerte Bush III, y el Sargento Higgings ya le había dicho que, de seguir así, la plaza de sargento segundo que pronto quedaría libre, bien podría ser para él. Zacarías provenía de una familia de refugiados humildes, unos de esos escasos colonos que, después del Cataclismo, habían ido dando tumbos, buscando un hogar y un futuro. Ni sus padres, ni abuelos, ni bisabuelos habían logrado encontrarlo y habían terminado superviviendo más que viviendo, en condiciones poco menos que míseras, dedicándose a la agricultura itinerante, a las tierras arrendadas, y a las labores peor reconocidas y menos cualificadas, en aquéllos planetas o lugares en que éstas no habían sido aún mecanizadas. Zacarías había comprendido muy pronto que su destino, sería enterrar la cabeza en la tierra y partir terrones, como lo habían hecho su padre y abuelos antes que él, a no ser que espabilase y se buscase un futuro. Y así, puesto que las escuelas superiores eran caras, al terminar la elemental con doce años, dijo que quería ir al ejército y ser soldado. Era el único modo de continuar estudiando sin pagar por ello, y buscarse una profesión, y sus padres no pudieron sentirse más orgullosos. 

     Así, Pérez había entrado en Fuerte Bush III con doce años, en medio de chicos mucho más altos y fuertes que él, algunos que venían de familias ricas y con propiedades, pero eso no lo achantó. El primer día que uno intentó meterse con él llamándole canijo y nariz de boniato, Zacarías aguantó los diez primeros segundos, no quería buscarse líos… Después, el abusón le soltó un despreciativo empujón, y ya no aguantó más; se revolvió y le sacudió un directo a la mandíbula, que tiró al otro chiquillo de culo al suelo: “¡Canijo tu padre, si sabes quién fue!”, le gritó. El abusón se quedó tan sorprendido que ni siquiera se acordó de llorar o de quejarse. Desde entonces, Pérez era respetado, y a nadie se le ocurría meterse con él. 

     De ese modo, habían pasado más de diez años. Ahora Pérez era Cabo y si todo iba bien, pronto sería sargento. Es cierto que Fuerte Bush III no pasaba por sus mejores tiempos. La última promoción, por ejemplo, era desastrosa, y no pocas veces le había pedido Pérez al sargento Higgings que se los dejase a él, que él sabría enderezarlos, pero Higgings se había negado. Pérez no era amigo de componendas, pero sospechaba que tras esa negativa, se ocultaba el deseo del viejo sargento de hacerle la vida imposible al capitán Dan Stillson. Fuera lo fuese lo que tuviese pensado el sargento, se lo había tenido que comer, porque hacía pocos días había llegado la coronela Slade, a quien llamaban Bragas de Hierro, para poner firme a toda la base. El capitán se había llevado la peor parte con la Slade, pero en menor medida, también él había catado su genio, no mucho, porque cuando la coronela vio las pulgas que se gastaba el joven cabo con sus reclutas, lo encontró todo a su gusto. Pérez se sintió contento de sí mismo, y decidió salir a la colonia esa misma noche para tomarse una cerveza. Allí conoció a ‘Alurí. Y había estado a punto de llegar hasta la cama con ella. 

     ‘Alurí era una lilius, una oriunda del planeta Lilium, con el que colindaba la luna de Amante, donde estaba situado el fuerte y algunas colonias mineras. Los lilius son una raza pacífica y que adora a una Diosa sin nombre que predica el amor por encima de todo. Para ellos, tener sexo es una forma de rezar, desde masturbarse hasta hacer una orgía. La palabra “prostitución” les es desconocida, aunque para ellos, sería algo similar a un sacerdote o sacerdotisa de su religión, si bien la palabra “puta”, no tiene para ellos ningún significado como insulto; una persona que ofrece su cuerpo para el placer y hace felices con él a sus semejantes, no es merecedor de reproches, sino de admiración y respeto. Llaman al orgasmo “el regalo de la Diosa”, y para ellos, la virginidad autoimpuesta es una especie de depravación sádica. Como pacíficos que son, respetan la castidad, pero les parece el mayor acto de egoísmo que puede cometerse… así, cuando ‘Alurí, que trabajaba de camarera en el bar de la colonia, vio entrar a Pérez en el local, la virginidad del joven cabo brilló para ella lo mismo que un faro.

    La joven, como los demás de su raza, podía sentir vibrar en las antenas que tenía en la cabeza, justo por encima de las orejas, la virginidad o experiencia, el estado de ánimo, y hasta un nivel básico de pensamiento de la mayor parte de las criaturas vivientes, de modo que para ella, era lo mismo que si Zacarías hubiera llevado una pancarta luminosa que dijese “VIRGEN DESESPERADO” en la espalda. No podía permitirlo, no sabiendo, como podía saber, que él no se encontraba en ese estado por elección propia, sino sólo porque no le quedaba otra. En Fuerte Bush III no había mujeres, y cuando iba a casa durante algún permiso o en las vacaciones, nunca ninguna chica había querido nada con él. No era especialmente atractivo, ni, en presencia de chicas, demasiado ocurrente o gracioso. En cierta ocasión, se le ocurrió intentar ofrecer dinero a alguna, pero le pareció tan degradante para ella y para sí mismo, que finalmente no se animó. Por eso se sorprendió tanto cuando una preciosa chica de piel color lila, cabellos azules y ojos azul eléctrico, se acercó a él con una dulce sonrisa de simpatía.

      -Buenas noches, cabo. - le saludó la joven, identificando su grado por los galones. El acento de la lilius daba al lenguaje común un sonido extrañamente musical, como si hablase un cascabel - ¿No preferiría que le sirviese su cerveza en el reservado….? 

    La cerveza estaba aún sobre la mesa, intacta. Zacarías no la había ni probado, nada más entrar y ver a la joven en el diván, con los brazos abiertos apoyados en el reposacabezas, y los pechos redondos perfilados por la tela de la fina camisa, se sentó junto a ella y empezaron a besarse. Nunca se le había ocurrido pensar que pudiera ser tan fácil, ninguna chica jamás le había dado facilidades, pero ella lo hizo. Apenas fue capaz de recordar preguntarle su nombre, pero lo logró… ‘Alurí. Zacarías apenas conocía un puñado de palabras del idioma lilio, pero esa en concreto era muy utilizada: dádiva. 

     Para él, lo fue, fue un don, un regalo maravilloso, no podía recordar sensación más deliciosa que la de sentirse abrazado por ella, y cómo ella le enseñó tiernamente a besar. La lengua de la joven tenía un casi imperceptible sabor dulce, que se quedaba después en su boca y labios… los labios le zumbaban cada vez que se separaba de ella, como si aún tuviese su boca pegada a la de la joven. Y sus pechos… no había nada más bonito en el mundo, ni calor que pudiese compararse al que él sintió cuando su pecho se pegó al suyo. La erección le dolía de ganas, pero cuando la joven quiso acariciarle, aún por encima del pantalón, él la frenó. Era su primera vez y quería saborearla. Desde luego que quería penetrarla, y tanto que sí, pero a él nunca le habían besado, ni había tocado unas tetas, y quería probarlo todo, no quería acabar demasiado deprisa. Cuando ‘Alurí le ofreció los pezones y le pidió, así en voz bajita, que por favor los besara, y Zacarías se metió uno en la boca y pudo sentir cómo se ponía duro entre sus labios, a la vez que ella suspiraba y sonreía, y se estremecía entre sus brazos… hubiera podido gritar de alegría. En lugar de ello, gritó de ira cuando la joven, en medio de un gemido de placer, musitó “Dulce Diosa, acepta nuestra ofrenda de gozo…”. 

    Zacarías se dio cuenta entonces que la lilius, no estaba dejándose besar y toquetear por que le encontrase atractivo, ni porque le hubiese gustado de ningún modo, sino tan sólo porque era virgen, y eso iba en contra de sus creencias. Ella tan solo estaba rezando, y le hubiese dado exactamente igual que fuese él, que fuese cualquier otro tío de la base. Eso le molestaba, y por eso se cabreó y volvió a ponerse la camisa. ‘Alurí no podía comprenderlo, ¿porqué de pronto, él se negaba? Si quería, ella podía notar lo mucho que quería, se moría de ganas por unirse a ella, y sin embargo, se negaba… ¿por qué era tan cruel consigo mismo? 

      -¿Si ves que una persona tiene sed, no le darás agua? – preguntó la chica, sin ponerse la camisa, pero sosteniéndola frente a su cuerpo, para intentar apaciguarle en lo posible, pero sin perder las esperanzas. - ¿Si ves que una persona está perdida, no le orientarás? Si ves a alguien que necesita ayuda y tú sabes que puedes dársela, ¿dejarás de hacerlo sólo porque no tienes con él ningún vínculo afectivo? 

    Zacarías, ya con la camisa abotonada y dispuesto a largarse, se dio cuenta de que la joven no había pretendido ofenderle, sólo actuaba así porque era lo que ella había visto desde siempre. 

       -Mira, eres muy amable, pero yo no puedo hacer las cosas así. Yo, seré muy antiguo o muy raro, o muy idiota, pero no puedo acostarme con una chica sólo porque ella piense que me está haciendo un favor. 

     -¿Pero qué hay de malo en aceptar un favor?

     -Pues… ¡que hay determinados favores que no se aceptan, coño! ¡Que para eso, me hago una paja y ya está!

     -Pero es que entre dos, es mejor… es más placentero, más divertido… si vas a hacértelo tú de todos modos, ¿porqué no me dejas que te lo haga yo?

    -¡Porque yo tengo amor propio, y si vas a hacerlo por hacerme a mí un favor, no hace falta que te esfuerces, hace años que sé usar la manita yo! ¡Si quieres hacerlo conmigo, que sea porque te gusto, no por compasión, porque yo no necesito ni tu compasión, ni la de nadie! ¡Yo tengo mucho amor propio! – se caló la gorra, y se dispuso a salir, pero antes se volvió - ¡Aunque esta noche, no vaya a tener ni de eso, mira, porque no pienso darte el gustazo de hacerlo pensando en ti! ¡Me largo a darme una ducha fría!

     Abrió la cortina de un manotazo. Los reservados de los bares de la colonia sólo estaban separados por cortinas, en primera porque la música alta impedía que nadie oyese nada, y en segunda porque eso también daba su morbo. Pérez sabía que nadie había podido oír su indignación, pero su cara de mala leche era suficiente para pregonar que no se había desahogado. Afortunadamente, también era más que suficiente para quitarle a nadie las ganas de reírse o de hacer una bromita. Regresó al fuerte y, efectivamente, se dio una ducha fría que le bajó el calentón de golpe. Tiritando y con los labios morados, se acostó. Por un lado, sabía que había hecho bien, que aceptar tener sexo porque la otra persona siente compasión de ti, era caer muy bajo. Por otro lado, se sentía como un gilipollas. 


**************


     -Papá, ¿por qué los humanos son tan complicados? – Era ya muy tarde, todo el mundo se había ido y el bar estaba ya cerrado. ‘Alurí, vestida con su amplia camisa blanca escotada, sus pantaloncitos cortos y sus sandalias planas de flores, estaba sentada en la barra, con la barbilla apoyada en la mano, pensativa. Su padre, un lilius más alto que ella, fuertote y algo llenito, la miró con una dulce sonrisa mientras terminaba de secar los vasos. 

    -Los humanos en sí, son simples. Como cualquier otra criatura. Todos quieren las mismas cosas, aunque ellos no lo sepan. Creen que quieren éxito, poder, dinero… en realidad, quieren alguien que les amamante. Eso es todo. 

    -¿Y por qué cuando se lo ofreces, se niegan a cogerlo? – preguntó la joven. Su padre se rió y se quitó el delantal por la cabeza, alborotándose los escasos mechones blancos. 

    -Tú has tratado con humanos, y más jóvenes que aquéllos con los que trato yo, hija. Sólo que tú sueles tratar con hembras. Los machos son un poco diferentes. Verás, yo les he visto ir detrás de una hembra, babear por ella, y cuando ella se ponía cariñosa, les he visto negarse diciendo “no me gustan las mujeres fáciles”. Cuando van detrás de una hembra y ésta les pone dificultades, dicen que es una estrecha, una creída, qué más querrá… pero cuando van detrás de una hembra que no les pone dificultades, es una puta, un zorrón, sólo sirve para un desahogo. Los humanos están llenos de miedos. Nosotros estamos benditos por la Diosa, sabemos que el ‘Alurí u Rréh (“orgasmo”, lit. El regalo de la Diosa) es bueno, y es el puente que puso la Diosa entre el Paraíso y el mundo, para que no olvidemos nunca el gozo infinito que nos espera con Ella, por eso, no tenemos miedo. Por eso nos entregamos al amor sin prejuicios, ni vergüenzas. Los humanos aún piensan que pasarlo bien, es insultar a aquéllos que sufren. Que gozar, es pecado. Que han venido al mundo para sufrir y esforzarse, y trabajar con disgusto, porque sólo los que sufran y padezcan alcanzarán su paraíso. Hace milenios, ellos tenían una religión del amor, pero los emisarios de ese dios, sólo promulgaban el odio, la desconfianza, el temor… 

     -Algo he oído de eso… en Antropología Humana. No es algo en lo que esté especializada.

     -Yo tampoco, pero no me hace falta, hija. Con estar aquí y oírles hablar, es suficiente. Ahora tienen muchos dioses, pero en el fondo, sigue presente ese Único. En ciertos aspectos, se parece mucho a la Diosa. Él tampoco tiene nombre, también pide el amor a sí mismo y a todos sus semejantes, pero lo que quiero decirte es eso: durante millones de años, los humanos estuvieron revistiendo de pecado todo lo referido al amor. Tener sexo sin casarse, era pecado. Tener sexo por placer, aún dentro del matrimonio, era pecado. Masturbarse, era pecado, ¡por la Diosa, lo pienso y no sé si quiero reír o llorar! ¡Rezar, para ellos, era pecado! ¡Que una criatura sortee las enfermedades y viva lo suficiente para tomar consciencia de sí mismo y de su cuerpo, que aprenda a disfrutar y a ofrecer su gozo a la Diosa, pecado! Esa manera de ver en su Dios a un demonio, les echó a perder. Ese cabo, se ha negado a que le des placer, por algo similar. Se siente humillado si tú te apiadas de él. Creen que la piedad, encierra superioridad. Si quieres ayudarle, deberás conseguir que confíe en ti. Y los humanos no confían así como así. Siempre piensan que van a engañarles, porque ellos mismos siempre quieren creerse más listos que nadie y engañar en lo que pueden. – emitió una risita sarcástica – Y cuando pienso que tú simplemente podrías obligarle…

     ‘Alurí sonrió. Desde luego que podía. Pero no quería. Sin embargo, había algo que sí quería hacer. 


**************


     -¡Venga, darle garbo, cojones! ¿Qué curso queréis que quede primero de la promoción, el nuestro, o el de Stillson? ¡Pues venga! – Iba diciendo al día siguiente el cabo Pérez, dando la 27ª vuelta al campo de entrenamiento junto con sus reclutas. “A mí me da igual quién quede primero, lo que me importa es quedar vivo”, se iba diciendo el Ardilla, el más joven de la promoción. Se llamaba Estéfano, y era bajito, más aún que el propio Pérez, y encima muy delgado. Es cierto que era ágil y muy veloz, pero la resistencia, era otro cantar. Tuvo que detenerse a recuperar el aliento, y por eso la vio antes que nadie. Y perdió el poco aliento que había logrado recuperar. 

     -Toma, hijo, bebe. Despacito. - la joven de piel lila y ojos azul eléctrico le sonrió con tanta dulzura que al Ardilla, que llevaba casi un año sin ver una chica, le faltó un tris para arrodillarse y suplicar que le tomase como esclavo para el resto de la eternidad. En su lugar, tomó la botella oscura que ella le ofrecía, se la acercó a la boca para que el calor y la presión de sus labios anulasen el cierre hermético, y bebió a grandes tragos. La fórmula original de aquél refresco se perdió en el gran Cataclismo, pero se fabricaban varios sucedáneos; aquél, que llevaba el dibujo de dos asteroides chocando, era el más famoso: ChocaCola. 

     En éstas, Pérez, que iba a la cabeza de sus hombres, se volvió a mirar, y se dio cuenta que le faltaba uno, el de siempre. Ardilla, con sus pulmones pequeños, no podía seguir el ritmo por mucho que se esforzara, de modo que echó una mirada a su alrededor, y entonces le vio, bebiendo un refresco, junto a… ¡la madre que la parió, ¿qué hacía ahí?! 

     -Bueno, lo dejamos por hoy, ¡a las duchas! ¡Venga, corriendo! – dijo, pero él echó a andar hacia el Ardilla y ‘Alurí. Apenas lo vio acercarse, el chico escondió la botella a la espalda y se cuadró. - ¿Qué? Cojonuda la pausa, vamos, ¡con servicio y todo! ¿El señor no quiere unas patatas también? ¡Suelta esa botella y lárgate a la ducha!

    El chiquillo se azaró tanto que estuvo a punto de tirar la botella como si fuese una bomba, Pérez se la quitó de las manos y le hizo una seña con la cabeza para que se largara, y el muchacho se fue corriendo, recobrado ya el resuello. Zacarías se encaró con la lilius, que llevaba un cajón de doce botellines. 

     -He venido a traer esto del bar. – dijo ella enseguida. – Pero también quería verte a ti.

     -A lo mejor anoche estuve un poco… exagerado. – reconoció Pérez. – Pero si quieres convencerme de que tenga sexo contigo, mi respuesta sigue siendo no. 

      -No quiero convencerte de eso. Quiero convencerte de que salgas conmigo. 

     -¿Qué?

     -Por favor, no te sientas intimidado. Es sólo que tú dijiste que si quería hacerlo contigo, que fuese porque me gustases. Pues bien, quiero ver si me gustas, y que tú veas si te gusto yo. Eso no es hacerte un favor, ¿verdad?

     -¡Joder, no! ¡Eso me parece pero muy bien! – sonrió. Y pareció sentirse halagado. Cuando sonreía así, se ponía guapo. O al menos, a ‘Alurí le parecía que estaba guapo. Quedaron para el día siguiente. 

      En Amante, lo cierto es que no había demasiadas cosas por hacer, prácticamente lo único que había era Fuerte Bush III y las colonias mineras, que sólo consistían en las minas, un puñado de casas provisionales, y algún que otro bar. Los mineros que trabajaban allí, no vivían allí, sino en Lilium-Arcadia, el planeta vecino, y los viernes por la tarde, cuando acababa su jornada, tomaban el trasnbordador, de modo que las colonias no tenían nada demasiado atrayente, pero de todos modos, ‘Alurí llevó al cabo a pasear por los alrededores para charlar. 

     -Sé lo que los humanos pensáis de nosotras. Creéis que sólo vivimos para dar placer, y que eso es malo, y que no podemos tener una familia, porque nos vamos con todos los machos.

     -¿Y no es así? – preguntó Zacarías, con curiosidad, porque eso era lo que también él había oído desde siempre. 

     -No, claro que no. Los lilius creemos en el amor al prójimo, pero también sabemos ser fieles. La fidelidad, no es egoísta, la Diosa la aprueba. Lo que no aprueba, es la fidelidad enfermiza que produce celos y malestar. Entre nosotros, cuando una pareja se une, a ninguno de los dos se le ocurre ser infiel, ni piensa que su pareja lo vaya a ser, porque si esa persona se te ha acercado, es que te quiere, no hay más. - tenía una voz tan dulce, que casi producía somnolencia, pensó Zacarías. 

     -¿Y si el amor se acaba?

     -El amor nunca se acaba. Por eso es amor. ¿Se te ha terminado a ti el amor por tus padres?

    -No, pero no es lo mismo, joder… quiero decir ¿y si conoces a otra persona que te gusta más?

    -No dejas a un amor por otro. Complementas un amor, con el otro. 

     -¿Qué quieres decir?

     -Quiero decir que si un hombre casado se enamora de una mujer, o una mujer casada se enamora de otro hombre, ¿por qué va a dejar a su cónyuge solo y triste, cuando pueden estar muy bien los tres juntos? Lo presenta a su pareja actual, y se quieren los tres, ¡el amor es infinito! Y sucede lo mismo si es una pareja con otra pareja. Yo tengo seis hermanos, porque mis padres amaban a una pareja vecina, que también fueron padres míos; fuimos muy felices, todos nos queríamos. Mis cuatro padres se amaban con amor de adultos, y amaban a los niños con amor materno. – Vio la cara de extrañeza que ponía el cabo. – Sé que no es fácil entenderlo, pero para nosotros es muy natural. A nosotros nos resulta extrañísima la envidia que a veces tenéis. Nosotros pensamos que da igual que otro tenga cosas mejores que las de uno. Eso, no hace que mis cosas buenas, sean menos importantes. 

     -¿Y qué hubiese pasado si… si tu padre, o tu madre, no hubiesen querido  a uno de los dos de la otra pareja? Es un suponer, claro.

     -El otro miembro de la pareja y la otra pareja, hubieran renunciado para evitar su infelicidad. 

     -¿Y eso, no los haría a ellos infelices?

      -Pero el saber que evitan la infelicidad de otro, les hace a ellos felices. 

     -¿Y por qué no hacer que se sacrifique el otro miembro de la pareja, y que sea feliz evitando la infelicidad de tres personas?

      -Porque eso implica que se quedaría sola. Una persona que no es feliz en compañía de otros, debe abandonarlos, por su propio bien, y el de los otros. Esa persona que se sacrifica, sabe que su entrega hace felices a tres personas, pero se queda sola. Los otros tres no podrían soportar que ese otro se quede solo por causa suya, por eso siempre se hace al revés. Nadie se queda nunca solo. – ‘Alurí le tomó de la mano, y a Zacarías le dio un cosquilleo muy raro en la barriga. – Tampoco yo quiero estar sola. 

     El cabo no supo qué contestar, pero por si acaso, no soltó la mano de la joven. 

     El resto del día fue tranquilo, y a veces hasta divertido. Zacarías se puso al corriente de la práctica totalidad de la vida y anécdotas de la vida de la joven; le contó que trabajaba en un colegio para señoritas, y ella se encargaba especialmente de la educación física, estaba allí de vacaciones, ayudando a su padre. El cabo le contó que su familia no era especialmente adinerada, y que él había escogido el ejército para hacerse un nombre, y cuando ‘Alurí le dijo “lo conseguirás”, le dio otro temblor de estómago. Eran raros, pero agradables, y le daban ganas de sonreír. De hecho, no recordaba haber sonreído (con sinceridad, no con ironía ni sarcasmo) tantas veces en un día, desde hacía años. Finalmente, llegaron a la taberna de nuevo, ya cuando anochecía. Pérez se moría de ganas por darle un beso, pero temía que si lo hacía, bueno, la joven acabase “ganando”. 

     -Bueno… - dijo él, ya en la puerta trasera del local. – Yo lo he pasado bien. ¿Y tú?

     -Muy, muy bien. – sonrió ella, sin soltar su mano. Lo cierto es que, desde que se la tomó, no le había soltado ni para rascarse, y Zacarías tampoco lo había hecho. 

     -Entonces, si quieres, podríamos quedar también mañana - Zacarías fue a retirarse un paso, pero la joven no le soltó, y le atrajo de nuevo. 

      -Zacarías… - ay, ay, ay… el cabo vio qué iba a suceder, y esta vez, no iba a tener fuerzas para negarse, no después de haber estado con ella casi todo el día y haberla visto andar contoneándose, botar sus pechos cuando se reía, cómo se le movía el pelito corto y cómo le brillaban los ojos, y cómo se le marcaban los pezones en la camisa cada dos por tres. – Yo… yo mañana no estaré aquí ya. 

     -¿Qué? – el cabo se arrimó a ella de golpe.

     -Mis vacaciones se terminan hoy, mañana cogeré un transporte, tendré que irme a otro planeta, puede que no vuelva hasta dentro de seis meses, ¿vas a dejar que sufra durante seis meses hasta que nos encontremos otra vez? – Pérez intentó hablar, pero sólo fue capaz de boquear como un pez fuera del agua, ¿seis meses? – Tú… tú me dijiste que si tú me gustabas, podíamos hacerlo… Pues me gustas, Zacarías. Hoy, no quiero hacerte ningún favor, al contrario, necesito que el favor, me lo hagas tú a mí. Por favor… - la joven le tomó de las solapas de la camisa abierta, acariciándole la ropa, y Zacarías, que había tenido que pasar alguna maniobra que otra con fuego real, descubrió que no había sabido hasta ese momento lo que era estar nervioso.

       -Ah… bueno, mujer, si es por hacerte un favor… puedo sacrificarme… - Casi no terminó la frase. La joven, en medio de un “¡mmh!” impaciente, le abrazó contra ella y le besó, metiéndole la lengua. Zacarias la abrazó por los hombros, cambiando a cada segundo de sitio las manos. Cualquiera que le viera, podría pensar que la espalda de la chica quemaba, pero se debía a que no sabía bien ni cómo agarrarla, y quería tocarla por todas partes al mismo tiempo. Cuando le agarró las nalgas, la lilius dejó escapar un profundo gemido dentro de su boca, y le abrazó con la pierna. Zacarías notó su erección frotarse contra la entrepierna de la joven, y creyó que iba a morirse de gusto. 

     ‘Alurí manoteó, buscando el cierre de la puerta, y sólo a la tercera logró colocar la mano para que el sensor la leyera y abrir. El “tchlack” de la puerta al abrirse y dejarles paso, le pareció uno de los sonidos más dulces de su vida. Zacarías apenas abrió los ojos, pero cuando ella intentó que se tumbara, miró a su alrededor; estaban el mismo reservado de anoche, y aquello, no sabía por qué, pero le gustó. Se sentó en el divancito rojo, pero casi enseguida se dejó tumbar, con ‘Alurí sobre él, besándole como si no hubiese mañana. Zacarías no quería pensar que en realidad, no lo habría. 

     La joven lilius pulsó el botón simulado que abría el diván, y éste, en medio de un suave zumbido, se desplegó y quedó convertido en una camita para dos. El corazón de Zacarías parecía querer salírsele del pecho, pero aún así, él mismo se llevó la mano al pantalón para abrirse la bragueta. ‘Alurí le besaba el cuello y el pecho, y ella también bajó la mano, para acariciarle, y al notar que él ya se la había sacado, le sonrió más aún. La miró, y al volver a mirarle a él, había una mirada que parecía casi de agradecimiento.

     -Qué precioso tesoro… es tan hermoso… - musitó – y tú me dejas jugar con ello, ¡te adoro! – la joven se tumbó sobre él, llenándole de besos la cara hasta darle un profundo beso en la boca, haciéndole infinitas carantoñas con la lengua. Zacarías le apresó la camisa con los puños apretados, sintiendo cómo ella apretaba las piernas, aprisionándole la polla entre ellas, ¡Cobain bendito, qué gusto… qué placeeeer! Las caderas del cabo se movían solas, buscando frotarse contra ella, aun cuando ella llevaba todavía el pantalón puesto. 

     ‘Alurí se incorporó un momento para sacarse la camisa y desabrocharse el pantalón. Un gracioso y fino vello rosado cubría delicadamente la vulva de la joven, y Zacarías vio cómo su mano derecha se dirigía a tocarlo, sin que él mismo fuese consciente de haber dado la orden desde su cerebro… ‘Alurí le sonrió y se quitó el pantaloncito por completo con una mano, mientras con la otra tomaba la que él le tendía y le hacía acariciarla. Qué suavecito… qué vello tan suave, y por debajo, ya no había vello, sólo piel, piel como seda, cálida y ligeramente húmeda. La joven sonrió de placer, y le rodeó con las piernas, frotando su sexo contra el pecho del militar. 

      Pérez fue consciente que una sonrisa tontuela le descolgaba la cara, pero no podía evitarlo, ¡qué calentitaaaaaaa….! Todo su pecho parecía arder, mmmmmmh…. ‘Alurí fue bajando, y llegó finalmente a su pene. Se levantó. Miró a Zacarías. Éste se agarró a las sábanas. Ella se sentó de golpe. 

     El respingo que dio el cabo estuvo a punto de partir las patas del sofá-cama, ¡qué maravilla! ‘Alurí gritó de placer, los ojos cerrados y una gota de sudor cayendo por su frente, hasta sus mejillas de color morado intenso, lo que en ella era rubor. Empezó a moverse en círculos, con los brazos en la nuca, disfrutando intensamente, ¡qué felicidad…! Zacarías veía las tetas de ‘Alurí bambolearse mientras le cabalgaba, y le parecía que no podría volver a retirar la vista de esos pezones color violeta… soltó las sábanas y le agarró los pechos, y la joven gritó nuevamente, cogiéndole las manos a su vez, invitándole a apretarla, ¡SÍ! ¡SÍ!

      -Goza, mi vida… - sonrió ella, haciendo círculos sobre él. Pérez ya no pudo aguantar más. “¡Me corro…!” quiso decir, pero no le quedaba aliento ni para eso, pero de todos modos, ‘Alurí pudo captarlo, y rió a carcajadas de pura alegría - ¡Sí, córrete, córrete dentro de mí….! – La descarga la inundó por dentro, a Zacarías le parecía que un volcán se le estaba tragando la polla, y le absorbía la vida,… con una dulzura inmensa. 

    Cuando los golpes de sus caderas y los calambres de sus nalgas se fueron poco a poco apaciguando, Pérez logró empezar a pensar… ‘Alurí le sonreía, aún moviéndose sobre él, aunque más lentamente, y todavía le sostenía las manos sobre sus tetas… qué bonita era… qué bonita era… Pero era imposible que hubiese gozado con él, no podía haber durado más de un minuto. Un hombre que se llame a sí mismo tal, no puede dejar a medias a su compañera, pensó. 

      ‘Alurí notó que Zacarías quería mover las manos, y retiró las suyas, acariciándole hasta los brazos, y sonrió, muy complacida, cuando él llevó las manos a sus costados y tiró suavemente de ella para que se recostase sobre él, lo que hizo de inmediato, besándole una vez más, gozando de cómo él le acariciaba la espalda, tan suavecito, haciendo cosquillas, y ¡mmmmmmh…! Produciéndole escalofríos tan dulces, tan traviesos…. Entonces, la abrazó por completo y giró, para quedar encima. Y entonces, empezó a moverse. Lentamente, tenía que hacerlo despacio o se volvería a desbocar, y por más ganas que tuviese, tres sin sacarla, no se acababa de ver capaz. 

     “También quiere que yo goce… él también quiere hacerme feliz a mí” pensó ‘Alurí, sintiendo sus entrañas deliciosamente devoradas por el ariete de su compañero. “Oh, Diosa mía, ¡qué bueno es conmigo! De acuerdo, Diosa, yo he intentado seducirle para hacerle feliz, pero no esperaba que él fuese a corresponderme, pensé que una vez se saciase, ya no querría más de mí, como… como los otros humanos”. Llena de felicidad, le apretó contra ella, y Zacarías la besó, acelerando las embestidas poco a poco. 

     “Qué prieta está… ¡qué bien me estrujaaa!” logró pensar él. “Yo no… yo no quiero enamorarme, y menos de una lilius que va a estar seis meses fuera, ¡me va a hacer capricornio hasta con el gato del ujier! Pero es la primera chica que me ha hecho nunca feliz…”. Las endorfinas enloquecidas de su cerebro le exigían enamorarse de ella, por más que él pretendiese contenerlas. ‘Alurí le miraba sonriéndole con dulzura, dando grititos de gustirrinín cada vez que él se movía. La joven bajó las manos por su espalda, lentamente, paseándose a placer por su columna y costillas, regalándole cosquillas infinitas a cada roce, que se reflejaban deliciosamente por su pelvis, y llegó a sus nalgas. La lilius le apretó de ellas, y elevó las piernas dobladas, y Zacarías se mordió el labio inferior, ¡qué gustazo! ¡Qué al fondo llegaba así! 

     -Más…. Por favor, más… - suplicó ‘Alurí con una vocecita que derritió las orejas de Zacarías, y éste empezó a empujar más deprisa - ¡Ooooooooooh, síiiiiiiiiiiii…..! – la joven se estremeció debajo de él, con las manos crispadas en sus nalgas, empujándole. Cada arremetida era una delicia, una corriente de placer, un deslizamiento de infinito gusto que la dejaba rozando el Cielo… frotaba la zona mágica, esa en la pared de su vagina que le daba casi ganas de orinar y le picaba tanto, como chispitas estallando… y cada vez se frotaba mejor, más fuerte, y la dejaba con más ganas de que siguiese, oh, sí, cada vez era mejor… un poco más… sólo otra vez… ¡y estalló! El picor en esa zona estalló por todo su bajo vientre, haciéndola gritar y encogerse de placer, sonriente, mientras el calor y el dulcísimo cosquilleo la hacían dar botecitos y su vagina se contraía, apresando el miembro de Zacarías… éste la vio cerrar los ojos, y enseguida abrirlos, para mirarle con esa expresión de dulce desamparo, esa sonrisa de abandono, esos ojitos en blanco, y esos temblores… y los tirones que le daba en la polla, ay, ay, qué bueno, le tiraba tan suave…. Aaaaaghhh…. Haaaaaaaaaah… se le salió solo…. Qué gusto, madre… 

     ‘Alurí le abrazaba con brazos y piernas, jadeando. Zacarías no podía dejar de sonreír, también abrazado a ella, y se durmió. 


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     Cinco meses más tarde.

     -¡Venga, más brío, cojones! Ardilla, tú verás lo que haces, pero el último que llegue, se queda sin cenar, así que espabila si no quieres ayunar. 

     -¡’í, mi ‘arhento…! – tosió el muchacho. Hacía relativamente poco que le habían recetado medicinas de no-sé-qué-coño de porquerías genéticas que hacían desarrollarse hasta lo normal sus pulmones inmaduros. Fuera lo que fuese, estaba funcionando. Al menos, el chico ya no tenía que pararse a cada tanto medio ahogado. Ahora podía correr todo el camino medio ahogado, pensó Pérez en medio de una risita amarga. Sargento Pérez. Qué bien sonaba. Hacía sólo un par de meses que tenía el cargo, y no podía sentirse más contento. Sus padres le habían mandado mil felicitaciones y hasta se habían acercado a verle, y eso que el viaje interplanetario era caro; y ‘Alurí… bueno, ella también se había puesto muy contenta. Contentísima.

     A la mañana siguiente de que sucediera “aquello”, Zacarías se despertó solo en el sofá cama, tapadito y con una bandeja a los pies del sofá, donde había café y dulces, y con un mensaje en su ordenador de pulsera. En él, ‘Alurí le decía que por favor, le escribiera y que no la olvidara. Le daba una dirección privada para hacerlo, y le prometía serle fiel sin reservas, y… y quererle. “A nosotros nos llaman superficiales, porque podemos enamorarnos de una persona apenas la vemos o hablamos con ella” decía la joven en el mensaje, con su dulce voz de campanillas “…pero no es así. No somos superficiales, somos directos. Entre vosotros, os podéis mentir, pero a nosotros, no podéis mentirnos. Yo he visto cómo eres, Zacarías. Sé que no te gusta que te lea la mente, pero es algo que me cuesta evitar. Y he visto que eres bueno, noble… me gustas, soy feliz contigo y me das placer de una forma maravillosa, así que, ¿por qué habría de esperar, o hacerte esperar a ti? Ya sé que te amo. Es lo que nos pasa a los lilius: no somos superficiales, simplemente sabemos reconocer el amor, y lo tomamos cuando se nos presenta, porque quién sabe si mañana, va a seguir ahí, ¿verdad?”.

    Zacarías quiso hacerse el duro, decirse a sí mismo que había sido un lío de una noche, pero ese mismo día se derrotó y contestó, y así habían seguido mandándose mensajes durante todo aquél tiempo. Ella le decía siempre que pronto se volverían a ver, que había un proyecto en ciernes que les permitiría pasar más tiempo juntos. Él le contestaba acerca de las ganas que tenía de verla, y le pedía detalles sobre ese proyecto, pero como ella no se los daba, al cabo dejó de preguntar, y pasaron a hablar de otros asuntos: “no te me vas de la cabeza. Pienso en ti, y me derrito recordando los gemiditos que dabas, y los achuchones que me metías al culo para que te la metiera más al fondo… cuando volvamos a vernos, quiero tenerte mucho más rato, quiero lamer cada poro de tu piel, quiero hacértelo tan despacito, que me supliques que pare”.

     El sargento había estado leyendo y viendo cosas sobre “el tema”. Antes de ‘Alurí, él había visto holografías eróticas, pero no eran lo mismo; las chicas siempre estaban ya desnudas y abiertas para uno, no había besos ni nada, simplemente metías el ciruelo, con perdón, en la lata, lo enchufabas y ahí te las den todas. La pornografía, no era lo mismo que hacer buen sexo, así que se había documentado, usando la conexión cifrada para que no le pescaran, sobre lo que se podía saber, de modo que tenía bastantes ideas para hacer con la joven cuando por fin regresase. Ella estaba de acuerdo: “Sí, por favor, cuando vuelva, yo tampoco quiero un desahogo, querré algo muy elaborado y dulce, querré chuparte suavemente, hasta que te derritas entre mis labios, querré hacerte caricias y cosquillas por todo el cuerpo, por los brazos, las manos… esas manos anchas y fuertes…”

     Si no se habían escrito ciento ochenta correos sobre esa segunda vez, no había sido ninguno, Zacarías lo sabía bien, porque había ido a gallarda por mensaje. Teóricamente, apenas faltaba un mes para que ella estuviese de vuelta, y el sargento ya había comprado para ella un precioso conjunto de lencería (que había tenido que pasar de contrabando, haciendo que desde la tienda se lo envolvieran en una caja gris precintada y se lo entregasen sin marcas ni leyendas de ninguna clase, porque como se corriera por ahí la voz de que él, un sargento soltero y a quien no se le conocían relaciones, y de quién había quien decía que había follado una sola vez y pagando (y lo de una sola vez pase, pero lo de pagando, ni soñarlo), recibía lencería pícara, vete a saber lo que podían pensar por ahí. Y también había comprado velitas perfumadas, de esas mágicas, que cambiaban el color de la llama cada pocos segundos, y chorraditas así. Quería que todo fuese perfecto. 

     Zacarías vio cómo el Ardilla apretaba la mandíbula con fuerza, echándole narices a la carrera, forzándose por  mantener el ritmo, y aflojó un poco el paso, para que el chico le pasara por fin. 

     -¡Chicos, seguid, enseguida os alcanzo! – Voceó Pérez arrimándose al borde del camino - ¡Ardilla! – el chico le miró – Bien. – El joven rubito y delgaducho sonrió, y siguió corriendo con sus compañeros.

     Zacarías se arrimó a un árbol y se bajó la bragueta para orinar. De pronto, se volvió. Le había parecido oír algo… bah. Se volvió de nuevo e hizo lo que quería hacer. Se la sacudió, y cuando ya se la guardaba, alguien le puso las manos en los ojos.

      -¡¿Quién soy?! – preguntó una voz muy alegre a su espalda, pero antes que terminase de hablar, él sabía ya de quién se trataba, y se volvió de golpe, casi sin creerlo. Allí estaba ella, ‘Alurí, toda guapa, sonriente, y en traje de chaqueta y faldita, y… y Zacarías no pensó, la agarró y más que besarla, le mordió la boca, inclinándose sobre ella como si quisiera comérsela ahí mismo. La joven emitió un gemido divertido, abrazándose a él, y antes de poder darse cuenta, estaban en el suelo, entre los arbustos, Zacarías se frotaba contra ella, y ‘Alurí le abrazaba con las piernas - ¡Aquí no…! – logró decir ella, entre risas sofocadas - ¡Pueden vernos… el satélite!

     -¡Que le den MORCILLA al satélite! – voceó Pérez sin poder contenerse – Tú no te escapas, ya no… ¡ya no! – la joven lilius soltó la carcajada, feliz, ¡lo decía por él, ella no tenía inhibiciones; si a él no le importaba, a ella menos! Devolvió los besos y se abrió la guerrera, provocando que sus pechos botaran fuera de la combinación. Zacarías se retiró el calzoncillo, porque ni se había vuelto a cerrar la bragueta, y se sacó el miembro, mientras le subía la falda a empellones, y ella misma se hacía a un lado las bragas, y de golpe, se encontró dentro de ella. - ¡Jo-odeeer….!

    El sargento hubiera querido detenerse, parar sólo unos segundos y saborearlo, pero no fue capaz. ‘Alurí se reía, debajo de él, y no dejaba de darle besitos en la cara cada vez que él se ponía a su alcance, estaba tan guapa… ¡tenía que bombear, no podía contenerse! La joven emitió un suave gritito de placer y alegría, era tan dulce tenerle dentro de ella, mmmh, qué picor… qué… qué picorcitooo… Estaba muy excitada, ¡no pensaba que su Zacarías fuese a recibirla asíiiiiiii….! Gozando del dulce mete-saca, se abrazó a él, espoleándole con las piernas, notando cómo el placer la dominaba por segundos… y Pérez que estaba en el mismo punto, ¡qué rico! ¡Qué guapísimo estaba con esa sonrisilla y los ojos en blanco…! ¡Ay, Diosa, ahí, AHÍ! Fue fulminante, ‘Alurí no sintió, como otras veces, el orgasmo acercarse y ganar terreno, esta vez, simplemente estalló, bum, el placer se desbordó en su vagina y sintió su flujo gotear hacia fuera, escurrirse dulcemente, y su sexo se cerró en contracciones tan fuertes que casi dolieron un poquitín, pero… oooh… enseguida el placer ganó de nuevo terreno y el maravilloso cosquilleo la hizo suspirar, mientras Zacarías jadeaba y se dejaba ir… había intentado contenerse, sabiendo que no podría, y al verla correrse, sintió un alivio infinito y su orgasmo llegó casi al mismo tiempo que el de ella.

     ‘Alurí cabeceaba contra él, abrazados y jadeantes… Pérez logró alzar la cara para mirarla y besó su sonrisa. Otra vez, ahora metiendo la lengua, dedicándose caricias, mmmmmmmh… “sí, sí “lento, íbamos a hacerlo lento, lo íbamos a saborear…” ya, ya”, pensó el sargento, divertido y satisfecho. Ya habría tiempo para hacerlo lentamente otro día. O esta noche, por ejemplo, si se quedaba… y entonces, sólo entonces, reparó en lo que ella llevaba puesto. Una guerrera. No era un traje de chaqueta, era un uniforme militar. Ella se dio cuenta de que él miraba los galones, y sonrió con un poco de apuro.

     -Eeeh… yo no… no te he mentido, mushmush… (el mushrosí es un dulce típico lilio; se trata de una semilla aromática y dulce parecida al chocolate, sólo que de color rosado; a efectos prácticos, ‘Alurí le está llamando algo así como “bomboncito”). – sonrió ella, aún debajo de él – Es cierto que trabajo con chicas adolescentes y estoy especializada en Educación física.

      -Brigada… - suspiró el sargento.

      -E-estábamos en un fuerte femenino, en otro planeta, pero… ahora quieren abrir un nuevo fuerte en Amiga, la luna vecina a ésta… así que estaremos juntos…. O por lo menos, más cerca…

     -Brigada. 

     -Podremos vernos todos los fines de semana, y quién sabe, dicen que quieren abrir un fuerte mixto, chicos y chicas… una especie de Colegio Mayor Militar… 

     -Brigada. – “Me estoy tirando a un cargo SUPERIOR” Pensó Zacarías, y no fue el único que fue consciente de aquello. En su retorcido modo de pensar, eso le hacía a él, el débil de la relación, y eso no acababa de gustarle…

     -Bueno… piensa que eres quizá el único sargento que puede decir que tiene a su brigada, debajo de él. – bromeó la lilius. Y Zacarías no pudo evitar echarse a reír.




Hoy nos ha dejado un Grande del Cine Español. Y me importa un pimiento que me digan que tengo mal gusto, a mí me hacía reír y me gustaba tanto como actor, como físicamente. Por eso, le dedico éste relato. Estés donde estés, gracias por todo lo que me has hecho reír, y llorar. Te queremos, Alfredo Landa, musa de mi Zacarías Pérez.