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lunes, 20 de mayo de 2013

El regreso de Imbécil


          Apenas podía creerlo, me sentía tan estúpidamente feliz que sentía ganas de gritar y bailar, no podía dejar de sonreír, ¡por fin iba a ver de nuevo a mi ama! El asqueroso mes de trabajo a destajo lejos de ella por fin había terminado, y estábamos en el avión que nos llevaba de regreso desde las islas Canarias, y además con un poco de adelanto. Supuestamente, tendríamos que haber tomado un vuelo de madrugada, pero finalmente cogimos el de medianoche. No me importaba no dormir, todo lo que implicase ver de nuevo a Mariposa me venía bien. Y al parecer, a ella tampoco le vino mal, pues cuando la llamé desde el aeropuerto, a pesar de lo tarde que era, para avisarla que iba de regreso y estaría en nuestra ciudad en pocas horas, oí su sonrisa y me dijo lo que más podía gustarme… que iba a prepararse y se ponía de camino a mi casa, me esperaría en la misma puerta para verme llegar y subir juntos, para dedicarme un buen castigo por haberla dejado sola tanto tiempo… si eso no significaba que me había echado de menos, no sabía qué otra cosa podía significar.

     El vuelo no duraba mucho en realidad, pero a mí, con las ganas de llegar, se me hizo eterno. Sabía que mi cuerpo estaba agotado, que gritaba por una noche de sueño reparador y tranquilo, pensando sólo que al día siguiente no habría despertador, ni trabajo, ni oficina… pero yo estaba hiperactivo, loco por llegar y lamer los zapatos de mi ama. Estaba tan ansioso que no era capaz ni de callarme, y mi compañero de vuelo, Daniel, el tipo de una de las empresas de la fusión que me había caído bien fue tan amable de darme conversación. Por un lado me sentía un poco culpable, porque se le notaba que se caía de sueño, pero por otro, se lo agradecía enormemente porque así el tiempo pasó más rápido. Él también tenía muchas ganas de volver aver a su novia, Matilde se llamaba, Mati le decía él, y me enseñó una foto suya. Una chica con gafas de secretaria del Un, dos, tres, y con aspecto de ratita estaba abrazada a Daniel en un parque. Mi compañero miraba a la cámara y parecía exultante de felicidad, pero ella lo miraba a él como si mirase a un ángel, a alguien que acabase de salvarle la vida… No pude evitar sentir un poco de envidia, no me extrañaba que él tuviese esa cara de felicidad si ella habitualmente lo miraba así.

     Por la confianza que Daniel me daba, acabé contándole la naturaleza de mi relación con Mariposa, cómo ella no era mi novia en realidad, sino mi ama… pero esperaba que algún día llegase a ser mi novia realmente, y le enseñé también la foto que tenía de ella. Hasta entonces, no había querido enseñarla a nadie, nadie de mi entorno conocía la existencia de mi ama, ellos sabían que estaba con alguien, pero no sabían con quién, ni muchos menos de qué modo. Tenía miedo de perderla si la compartía, de que fuera en realidad muy frágil… pero sucedió lo contrario: al hablar de Mariposa y enseñar su foto a Daniel, mi ama pareció volverse mucho más real. Mi compañero no me censuró por ello:

      -Admito que raro, sí me parece – había dicho – No pareces un tío que vaya a dejarse quemar con una colilla encendida por diversión, pero si tú eres feliz con ella, no debe preocuparte lo que diga yo o lo que vaya a decir nadie.

     Me sentí aliviado por sus palabras. Aliviado y feliz, con más ganas que nunca de volver a verla. Finalmente el avión aterrizó y, tras recuperar el escaso equipaje que habíamos traído, nos distribuyeron en furgonetas para llevarnos a nuestras casas. Era más incómodo y se tardaba más que yendo en taxi, pero también era gratis, y tuve suerte que me dejaron de los primeros. Me despedí de Daniel con un apretón de manos casi cinco minutos antes de llegar a mi casa, porque sabía que tan pronto como la viera, sería mi cabeza de abajo la que pensase por mí y sería muy grosero no despedirse adecuadamente. Atisbaba por la ventanilla sin parar, y finalmente vi mi bloque, y en la vertical del portal, junto a la calzada, una figura femenina.

     El corazón me dio un vuelco y noté que al instante mi pene se ponía tontorrón, bordoneado de cosquillas traviesas. La furgo paró y dije unas palabras de compromiso de nuevo hacia Daniel y los otros, y bajé. Por fin… La silueta oscura de mi ama, con su gran bolsa a los pies, me miraba de arriba abajo. Iba vestida de negro, un abrigo corto, medias y botines, guantes del mismo color, un pañuelo también oscuro sujetaba sus cabellos y unas gafas de sol impedían que nadie pudiera verle los ojos. Estuve a punto de arrodillarme frente a ella, pero Mariposa me detuvo el gesto y me ofreció sus manos para que las besara. Lo hice cerrando los ojos mientras oía, como de muy lejos, que la furgoneta arrancaba y me quedaba por fin a solas con ella. Me acarició la cara con sus manos enguantadas, ¡qué suave…!

      -Hola, Imbécil… ¿me has echado de menos?

     -Sí, ama. – contesté sin vacilar. – muchísimo.  – Mariposa se me acercó y echó mano a mi entrepierna. Mi pene se irguió al instante.

     -¿Y tu cosita, me ha echado de menos también…?

     -Hah… sí… sí, ama, también… los dos os hemos echado tanto de menos… - La risita de mi ama quemó mis oídos y echó a andar hacia mi casa, tirando suave pero firmemente de mi pene para que la siguiera, lo que hice sonriendo como un bobo cachondo.

     -He preparado unas cositas para ti, Imbécil. Vamos a tomarnos el desquite de tu ausencia… - susurraba muy cerca de mi oído mientras abría la puerta, y me costaba Dios y ayuda atinar con la llave y reprimirme, porque estaba loco por abrazarla, por arrancarle la ropa, tirarme sobre su cuerpo y penetrarla como un animal… por follarla.

     Subimos en el ascensor. Inconscientemente, yo intentaba arrimarme a ella y abrazarla, aunque sabía que no me lo permitía. Efectivamente, ella me echaba hacia atrás con la mano izquierda, pero la derecha la mantenía agarrando mi miembro, que ya estaba mojando mi ropa interior. Fueron seis pisos de tortura, pero al fin llegamos a mi casa, abrí, pasamos y cerré de nuevo con llave. Mi piso olía a cerrado, pero a mí me pareció el aroma de mi hogar… y sobre todo, el pensar que Mariposa y yo estábamos separados del mundo, hacía de aquello la bienvenida más agradable del mundo.

      Mi ama no podía dejar de sonreír, estaba claro que ella también estaba contenta de verme, y excitada por el reencuentro. Por fin soltó mi miembro y se quitó el pañuelo y las gafas de sol. Quise encender alguna luz, pero no me lo permitió.

    -Vamos a tu alcoba, Imbécil. Allí te dejaré encender algunas velas. – La seguí por el pasillo mientras ella se quitaba el abrigo y lo dejó colgado del pomo de la puerta de la habitación pequeña. Hasta entonces, yo había pensado que llevaba el vestido negro de la otra vez, pero al verla, estuve a punto de eyacularme encima sin remedio… iba directamente en ropa interior. El borde que asomaba de su abrigo, era sólo un pedazo de tela cosido al dobladillo, de modo que pareciese que había un vestido debajo, cuando en realidad no había nada… Llevaba el sujetador que le sostenía los pechos pero sin cubrírselos, y tenía los pezones erectos por el fresco de la noche, el tanga negro y el liguero. Me había quedado literalmente sin habla. - ¿Te gusta cómo voy vestida, Imbécil?

     -Sí, ama…. – asentí. Mariposa dejó su bolsa de deportes en el suelo y la abrió. Dentro había ropa, juguetes…

      -Bueno, no te quedes ahí como un bobo, desnúdate. – Sonrió, y parecí recuperarme un poco, empecé a quitarme la ropa, todavía un poco atontado, me parecía estar dentro de un sueño, casi siempre me pasaba eso con Mariposa, siempre temía despertar… en este caso, en el hotel de Canarias para enfrentarme a otro día de trabajo titánico. Prendí las velas, y me deshice de la chaqueta, me quité los zapatos y calcetines… Mariposa me miraba con su sonrisa de vicio, y me di cuenta que tenía que tener verdaderas ganas de jugar conmigo, porque no dijo nada acerca de que yo dejase la ropa tirada por el suelo, con lo pulcra que es. Por fin me quedé en pelotas, tiritando de deseo y con una erección supurante que pedía a gritos que alguien le dedicase mimitos hasta que no pudiera más.  – De rodillas, Imbécil.

     Me hinqué. Estaba sonriendo con la boca abierta, mirándola con ojos desorbitados, jadeando de ganas, y hasta tenía ganas de ladrar como el perrito que era, su perrito, su fiel esclavo, su pequeño Imbécil… Mariposa se rió. Yo debía ofrecer un espectáculo bien ridículo, pero a ella pareció gustarle. Se me acercó con algo en las manos, parecía un collar. Me acarició el pelo y cerré los ojos soltando un suspiro, sintiendo que mi columna se erizaba con algo tan simple como eso… una leve presión en mi cuello y un clic. Tenía puesto un collar negro con dos esposas que colgaban.

     -Dame las manos. – ordenó y se las acerqué. Mariposa me apresó las manos al collar, de modo que no tenía libertad para moverlas, tenía que tener los brazos doblados. Mi ama se arrodilló a mi lado y me acarició la espalda, gemí sin poder contenerme. – Te has masturbado mucho durante éste mes. – no era una pregunta, y asentí, dándole la razón. Su voz me quemaba la piel, tan cerca y tan lejos… mis caderas se movían solas inútilmente, buscando algo que no encontraban – Eres débil, dejas que tu cosita piense por ti. Si hubieras sido fuerte, hubieras podido hablar conmigo mucho más, pero preferiste sobarte como un animal. Eso sí, tu obsesión me dio oportunidad de conseguir un buen vídeo tuyo… me gustó ver cómo empapabas el pañuelo, cómo estuvieron a punto de pescarte… todo eso, te pasa por ser un calentón, un salido… - como cada vez que me decía esas cosas, yo gemía, me encantaba que me hiciera pensar que estaba haciendo algo malo, prohibido…

      -Sí… sí, ama… - admití, notando que me ardía el pene y que un hilillo de saliva se escapaba de la comisura de mi boca abierta – no podía evitarlo… me sentía tan solo sin vos… tenía que aliviarme de alguna manera…

     -¿Te gustaba hablar conmigo mientras te tocabas…?

     -¡Muchísimo….!

     -¿Y ahora, tienes ganas de tocarte?

    -¡Sí, ama!

     -Pues hazlo. – La miré, en medio de mi calentón, suplicando piedad con los ojos… ¿cómo iba a hacerlo, si tenía las manos apresadas? – Sé inventivo. – sonrió, acercando su boca a mi cara. Puse los ojos en blanco de excitación – Me has contado que empezaste a masturbarte siendo niño, y desde entonces has sido un guarro asqueroso incapaz de controlar a sus hormonas… seguro que has experimentado medios de hacerlo sin manos. Y si no lo has hecho, es un buen momento para comenzar.

      Yo jadeaba sin saber muy bien qué hacer. Intenté torpemente agacharme, doblarme para intentar llegar, pero no era posible. Mariposa se rió de mis intentos mientras se estiraba los pezones y se bajaba el tanga. Su presencia allí, su modo de desnudarse y acariciarse sólo me ponía más caliente. Tenía ganas de llorar de impotencia, ¡quería poder tocarme, quería correrme, y no podía hacer nada! Mi cuerpo se tensaba, intentando rozar mi miembro ansioso de alguna manera. Mis muslos apretados dieron calor a mis pelotas, y aquello me dio la pista. En una ocasión lo había hecho así, siendo adolescente. En lugar de hacerlo sólo con las manos, metí mi polla erecta entre mis muslos y apreté con ellos mientras me frotaba. Las sensaciones habían sido mucho más intensas y el placer asombroso, pero no fui capaz de parar a tiempo y la eyaculación me puso perdido hasta las rodillas, por eso no lo había repetido.

    Intenté frotarme, pero de rodillas sobre el suelo, no podía. Me dejé caer de lado y crucé las piernas, atrapando mi miembro entre los muslos, y apreté con fuerza, ¡qué calor… que calorcito más rico sentí de golpe! El placer se adueñó de mi cuerpo dulcemente, mis manos tiraban inútilmente de las esposas mientras me retorcía de placer en el suelo, apretando los muslos y moviendo las piernas para frotarme más intensamente. Jadeé. Mariposa, de rodillas junto a mí, se tocaba lentamente, se acercó y me montó por el pecho. Tenía su sexo rosado y húmedo a pocos centímetros de mi rostro y mi lengua pensó sin mi permiso, saliendo de mi boca intentando lamerlo con desesperación. Mariposa se rió casi con ternura.

    -Vaya, qué sed tiene mi Imbécil… - haaah… el tonito cariñoso. Sin dejar de usar su voz grave y sensual, estaba usando el tono cariñoso, eso me ponía de modo increíble, no iba a aguantar mucho más. Mis piernas apretaban mi pene como si quisiera reventármelo, el calor era inmenso, y la presión tan dulce… - Tócame. Pero sólo el clítoris, y hazlo suavecito.

     Tenía las manos atadas a la altura perfecta para su orden, y obedecí. Le abrí los labios y vi la perlita rosada, húmeda y temblorosa. Hubiera dado media vida por metérmela en la boca y succionar de ella hasta matar de gusto a mi ama, pero ella deseaba caricias, y yo hacía su capricho. Con el dedo índice empecé a acariciarlo en círculos, lentamente, como me había pedido. Mariposa tembló y gimió de placer, y yo tenía la sensación de ir a explotar de un momento a otro.

    Mis manos querían acelerar las caricias, hacerlas al mismo ritmo que las mías, pero tenía que hacerlo como ella quería, tenía que concentrarme en llevar dos ritmos, el suyo y el mío… y no era fácil, porque yo no podía aminorar, si lo hacía más lento me moría de frustración. Todo mi cuerpo temblaba. El placer era asombroso, imprevisible… al contrario de lo que sucedía con la mano, entre mis muslos no controlaba igual las presiones y los frotes que me daba, de modo que los golpes de gusto me cogían de sorpresa, era tan bueno… A cada subidón de placer, el calor me recorría entero y me estremecía de pies a cabeza, las convulsiones eran indefiniblemente agradables.

     -Mmmmh… qué bien acaricias, Imbécil… sigue, sigue… aaah… me encanta cómo te mueves por el gusto que te das… - Mariposa gemía, con las mejillas coloradas. Me miraba a los ojos todo el tiempo, y eso me aceleraba el pulso más y más. Una violenta sacudida me hizo jadear y brincar sobre el suelo, y supe que ya no podía retenerme más, el orgasmo me venía y yo ni siquiera podía controlar cuándo, sólo que sería a la siguiente oleada.

     -A… ama… - la respiración casi ni me dejaba hablar – no puedo…. ¡no puedo más! – Mi ama me sonrió y me tomó la mano con la que la acariciaba, para que la frotase con ella y no sólo con un dedo, y asintió. Me dejaba hacerlo. Creí morir de felicidad y me froté más intensamente. El placer jugueteaba conmigo y mis ganas, estaba a punto de caer por el abismo orgiástico, pero el momento cumbre se hacía rogar, un poquito más, sólo un poquito más… y al fin estallé, grité de placer mientras mi pene explotaba lujuriosamente encerrado entre mis muslos y mi mano acariciaba el sexo de Mariposa a toda velocidad, mi cuerpo se sacudía y el delicioso gozo se expandía por mi cuerpo, agarrándome hasta los hombros y contrayéndome hasta las nalgas, para soltarme dulcemente después en una caricia maravillosa…

     Gemí, recuperando el aliento. Me sentía tan bien, tan a gusto… qué buenísimo había sido. Mi ama también hacía sonidos de gusto, y al mirar, vi que su sexo daba pequeñas contracciones, cerrándose sobre sí mismo. Ella también se había corrido, y yo ni me había dado cuenta, perdido en mi propio placer. Reconozco que me sentí un poco culpable por haberme abandonado de tal modo a la sensación, pero Mariposa no parecía enfadada por mi descuido.

     -¿Estás mojado por ahí abajo, Imbécil? Vamos a ver… - Mariposa, sin dejar de mirarme, llevó atrás su mano y me tocó entre las piernas. Un delicioso escalofrío me recorrió al sentir su mano en mi entrepierna encharcada y mis muslos empapados. – Mmh… Sí, has tenido una buena descarga, chico malo, te has puesto perdido de tu semen. Y apuesto a que aún así, sigues teniendo ganas, ¿verdad que sí?

    Asentí. Estaba sonriendo de oreja a oreja. Estaba agotado, sin fuerzas, derrengado, quería dormir… pero llevaba un mes separado de mi ama, había algo que necesitaba más urgentemente que todo eso.

     -Ama… - susurré, meloso – Vuestro placer… también a vos os ha dejado húmeda… ¿No queréis… no queréis que vuestro Imbécil os limpie?

     -Eres muy diplomático para decirme que me quieres chupar. – Sonrió - ¿Qué te hace pensar que voy a concederte algo que me pides tú a mí?

     -Nada… sólo que llevo un mes sin practicar el satisfaceros. Vos… ¿no querréis que pierda práctica, verdad?

    Mariposa sonrió más abiertamente y se dejó caer a mi lado, sentada y con las piernas abiertas. Me agarró del pelo y sin tirar demasiado, me llevó la cara hacia su sexo. Dejé escapar un suspiro de satisfacción mientras apresaba su perlita entre mis labios y empezaba a succionar.

     -Haaah… Imbécil… no quiero que te creas nada estupendo por decirte esto, pero… he tenido varios esclavos en mi vida… mmmmh, tú eres el mejor de ellos… Chupa, Imbécil, eso es….

     Yo tampoco quería volverme vanidoso, sabía que sólo era su esclavo, su perro, mientras que ella era mi ama, mi diosa… nunca estaría a la misma altura, siempre sería su posesión. Pero admito que sentí ganas de llorar de emoción al oírla decir aquello y mi lengua acarició su clítoris apasionadamente, arrancándole gemidos de placer a cada roce.

 

(continuará)