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martes, 14 de mayo de 2013

Estudiar puede ser un delito (Segunda parte)




          Ese mismo miércoles, Salieri entró sigilosamente en la biblioteca de la universidad. Como era la hora del almuerzo estaba casi vacía, apenas había un par de estudiantes, y, muy cerca de la estantería de arte gráfico, dos niños sentados, como de unos doce y siete años más o menos, leían ávidamente tebeos. La escena le llamó la atención, porque, ¿qué hacían dos niños en una biblioteca universitaria? Y además, el pequeño, el que debía tener unos siete u ocho años, se notaba que era de los dos, el que llevaba la voz cantante. Como de todos modos quería hablar con el bibliotecario, no pudo resistir preguntar por ellos. 

       -Buenos días – dijo en voz baja – Me preguntaba si podrías ayudarme en una cosa. 

       -Claro, Salieri, ¿qué necesitas? – El bibliotecario, el señor Román, conocía al detective de varios años atrás. 

      -Necesito saber… un libro titulado “Psicología del crimen organizado”, ¿ha sido alquilado por una estudiante llamada Gloria Mateo?

     -Lo vemos enseguida, deja que mire… - Román fue a mirar su archivo, y Salieri mientras observó a los niños. El mayor llevaba unas grandes gafotas y preguntó algo al oído del pequeño, señalando el cómic que leía. El pequeño tomó un diccionario que tenían a mano, buscó lo que fuese y se lo señaló a su vez a su compañero. Quizá fueran hermanos, se parecían bastante… - Sí, aquí está, lo sacó… el lunes por la tarde. 

     -Lunes por la tarde… - susurró el detective, apuntándolo en su libreta de notas - ¿Puedo ver qué historial de entregas tiene esa chica? – Román le entregó la ficha. Gloria prácticamente no había sacado ningún libro desde principios de curso, éste era el segundo. Había sacado otro anteriormente, y lo había devuelto diez días más tarde de la fecha límite. - ¿Esto quiere decir, que se retrasó diez días en devolver el otro libro que sacó?

     -Sí. Y tuvo que pagar una multa por ello. Desde entonces, no ha sacado ningún otro libro. 

     -¿Porqué tardó tanto en devolverlo, si sabía que sería multada?

    -Salieri, esa chica abarca más de lo que puede. Simón sabe que necesita el dinero y se aprovecha de ella, la hace hacer más horas que un reloj, con frecuencia no duerme durante noches enteras, porque tiene que ir a sus clases y hacer su trabajo, así que sólo le queda la noche para estudiar… devolvió el libro tarde porque no tuvo tiempo para leerlo antes. Desde entonces, para evitar que la multen, ya no saca libros, los lee aquí y yo le dejo hacer fotocopias de lo que necesita. Me dan pena los pobres chicos que se desloman como ella, y luego tener que ver a los niños de papá que desperdician los estudios… y que encima, serán quienes mejores puestos tengan cuando salgan de aquí, porque tendrán a papaíto para enchufarles.

     Pero el detective apenas le oía. Gloria llevaba meses sin sacar un libro de la biblioteca, porque sabía que no podría leerlo a tiempo para devolverlo, y de repente, sólo unas horas antes de la explosión, sacaba uno…. “Ella SABÍA que iba a tener tiempo esta vez. Sin duda, ya lo habrá terminado, no me extrañaría que viniese a sacar otro antes del viernes”. Había sido una simple intuición, pero Salieri había tenido razón en quedarse con el nombre del libro que había visto que ella consultaba en su cuarto. Se despidió de Román y ya iba a marcharse, cuando se volvió.

     -Dime… ¿quiénes son esos niños? – el tono del detective era de gran respeto y Román soltó la risa lo más bajo que pudo.

     -Salieri, no son ningún par de niños prodigio si es lo que estás pensando…. El mayor se llamaba Humberto, Beto le dicen, y es el hijo de Simón.

     -¿El de la cafetería?

     -El mismo. Es un niño muy amable, pero es un poco… lento. Entiéndeme, no es retrasado, ni tonto, pero le cuesta un poco, ya sabes. Su padre no le tiene mucho aprecio precisamente por eso, y a mí me da pena el chaval, por eso les dejo entrar a que lean un poco. El pequeño es Oliver, es su primo. Y no te lo creerás, pero ese moco me tiene el corazón robado. Nunca he visto a un chiquillo tan interesado en los libros como él.

     Salieri sonrió y miró a los dos chiquillos mientras se marchaba, pensando en sus cosas.





     La tarde del jueves, el detective volvió al cuarto de Gloria. No es que le gustase gran cosa ir allí, se sentía… vulnerable por el modo en que ella le clavaba la mirada, pero no había otro remedio, ya que la joven se había encerrado para estudiar y ni siquiera asistía a sus clases, había pedido dispensa a los profesores explicando el motivo, y los compañeros le pasaban los apuntes. La joven se levantaba temprano y se pasaba el día estudiando sin descanso, hasta que caía rendida lo más tarde que podía por la noche. Salieri llamó a la puerta y la joven le abrió. Pensó que quizá ella se molestaría por la interrupción, pero Gloria sonrió abiertamente y con ternura, inclinando la cabeza como hacía siempre, y el detective devolvió la sonrisa.

     -Confío en no molestar…

     -Desde luego que no, es un placer verte, pasa. – contestó ella, invitándole a entrar con un gesto.

     -Gracias. Sólo quería… ¿recuerdas qué me dijiste de Velasco?

     -Sí, claro.

     -Pues quería hablar contigo de eso precisamente, porque… no puedo ni dormir. Son un par de detalles tontos, pero no consigo atarlos, y como tú eres tan despierta, pensé que tal vez verías más lejos que yo, y se me ocurrió hablarlo contigo. 

    “Ni un recién nacido se creería eso… Perro de presa, SABES que he sido yo” pensó Gloria, pero fingió una inocencia perfecta y se sentó en la cama, señalando un sitio junto a ella, que Salieri ocupó. 

     -Si puedo ayudarte, me sentiré feliz de ello, ¿qué sucede? – preguntó la joven, inclinando suavemente la cabeza, de modo que la holgada camisa que llevaba se deslizó por uno de sus hombros, dejando al descubierto casi la mitad del brazo y el inicio de un tentador pecho redondo. Salieri intentó concentrarse de nuevo, a pesar de que la tela rosada casi transparente de la camisa de Gloria se empeñaba en atraer toda su atención. - ¿Salieri…? 

      -Oh, sí, sí… a ver dónde lo apunté… - “Coquetea conmigo” se dijo mientras pasaba páginas de su libreta, buscando sus anotaciones “pretende distraerme, o cuando menos que yo me encapriche lo bastante de ella… porque desde luego, no puede ser que ella… No. Tiene veinte años y yo casi treinta y cuatro, lo único que puede interesarle de mí, es la beca y que no llegue a descubrirla”. – Aquí está. La herida de Velasco.

     -¿No tiene la mano herida? – preguntó la joven, inclinándose ligeramente sobre el cuadernito del detective, intentando leer, y como quien no quiere la cosa, poniendo el desenfadado escote muy cerca de él. 

     -Sí, sí tiene la mano herida… lo raro, es el tipo de herida – contestó Salieri, intentando por todos los medios mirarla sólo a los ojos. Esos ojos enormes y de color verde agua que le miraban con tanta admiración y que parecían relucir cuando se veía reflejado en ellos… - ¿Sabías que Velasco era zurdo?

     -Hmmm… no. No recuerdo haberle visto escribir nunca. – mintió la joven, porque en la cafetería le había visto comer cientos de veces y sabía a ciencia cierta que era zurdo. 

     -Pues hay alguien que sí sabe que es zurdo, y pretende hacerle pasar por culpable a él. 

     -¿De veras? ¿Quién?

     -Eso aún no lo sé, pero si sé que no ha sido él. 

     -¿Cómo que no? – preguntó ella, sonriendo con un punto de picardía, como si pensara que Salieri la estaba poniendo a prueba, que le estaba haciendo una de sus preguntas con trampa.

    -No pudo haber sido él por lo de la herida. Verás, el chico es zurdo, y abre las puertas con la mano izquierda… pero la púa del pomo de la despensa, está en el lado derecho. Cuando Velasco abre una puerta, coloca la palma de la mano izquierda en el lado izquierdo, no en el derecho… y sin embargo, tiene la herida en la palma. No puede ser, ¿no te das cuenta? De haber cogido el pomo de la puerta, se habría herido en los dedos, no en la palma. 

     Gloria permaneció pensativa unos segundos y cruzó las piernas, con lo que la faldita que llevaba se subió por sus piernas casi hasta límites peligrosos; ella pareció no darse cuenta de ello e incluso se rascó el muslo mientras pensaba, pero Salieri sí lo notó y apartó la vista, abanicándose ligeramente con el cuadernillo, porque de pronto le parecía que hacía mucho calor allí. 

     -¿Y qué ha dicho de su herida entonces, cómo se la ha hecho?

     -Dice que algún gracioso le colocó una chincheta en el pomo de su puerta y se lastimó con ella. 

      Gloria levantó una ceja con incredulidad.

     -¿Y eso, me lo tengo que creer….? – el detective abrió los brazos – Salieri, me parece que ha pretendido engañarte. Acuérdate que Velasco tuvo una novia camarera de Simón. No me extrañaría en absoluto que conociese la existencia de la púa, la evitase al abrir la despensa y después se hiriera él mismo en un sitio imposible para evitar las sospechas. 

      -¿Tú crees…? ¿Por qué iba a hacerlo? Si sabía que la púa estaba allí, ¿no era más efectivo no tocarla, sabiendo que así Simón, ni nadie a priori, sospecharía de él…?

     -Porque todos le vimos entrar. Aunque no tuviese herida alguna, todo el mundo sospecharía de él, porque le vio entrar en la cafetería y sonó la alarma. Yo creo que eso le asustó, no sólo en ese momento, sino también después, pensó que todo el mundo le señalaría, más sabiendo que tuvo una novia que trabajó para Simón y sabía lo de la puerta, y se le ocurrió herirse para cargar la responsabilidad en un culpable invisible… ¿qué mejor modo hay para desviar las sospechar contra ti, que hacerlas recaer en otra persona? Y mejor aún si ésta persona es alguien que no puede ser encontrado… siembras una duda razonable, y no acusas a nadie en concreto, con lo cual, no pueden acusarte a ti, y nadie sufre daños. Todo queda como que el autor ha sido demasiado listo, ¿no te parece?

     -Hum… sí, puede que sea eso. – El detective sonrió satisfecho y se levantó.

    -¿Ya te vas….? – la pregunta era de lo más inocente, pero el tono tenía más pimienta que los Spaghetti Infierno que ella misma preparaba en la cafetería. Salieri sonrió con tristeza, cualquiera diría que él tampoco tenía ganas de marcharse… pero sabía que debía hacerlo, por el bien de los dos. 

     -Sí… sólo quería preguntarte sobre esto, me has ayudado mucho, gracias. – El detective salió y la joven cerró la puerta y contó hacia atrás para sí: “tres… dos… uno….”, en efecto, al llegar al “uno”, llamó a su puerta de nuevo, y ella le abrió con una gran sonrisa.

      -Casi lo olvido, una cosa más solamente y te dejo seguir estudiando – la joven le sonrió nuevamente, pero casi se le heló el gesto cuando escuchó a Salieri – Mañana sabremos si tienes razón o no, pero aunque el autor haya sido demasiado listo, lo cogeremos de todos modos. 

     -¿Qué? – Salieri le sostuvo la mirada con inocente sorpresa.

     -Parece que te moleste saber quién fue el autor de la salvajada… pensé que te gustaría saber que, a pesar de la explosión, el culpable dejó sus huellas en el pomo de la puerta, y bastará un análisis para comprobar a quién pertenecen. 

    -Oh, sí, sí me gustará saber quién fue… - se corrigió Gloria de inmediato, sonriendo de nuevo, pero su rostro era ahora inseguro – Pero… ¿será fiable? Quiero decir, ¿no se habrá quemado el pomo? Y además, todos los de la cafetería lo tocábamos constantemente, ¿cómo se podrá….?

     -He pensado en eso. – Salieri pegó una tranquila chupada a su puro, saboreó el humo y prosiguió – Fue lo primero que pensé, de hecho, que si se había quemado sería imposible distinguir nada… pero no buscamos huellas en el pomo de la despensa, las buscaremos en la puerta principal de la cafetería, que está intacta. – Gloria intentó objetar algo, pero el detective continuó – Sabemos que el culpable entró por la puerta. No había forzada ninguna ventana, y si alguien hubiera roto algún cristal para pasar la mano y abrir alguna, se habría oído, habría rastros de cristales sin quemar… Quien fuese, sólo pudo entrar allí por la puerta principal, y salió también por ella, y confiando en el sinnúmero de personas que pasan por allí todos los días, sin duda no se puso guantes… 

     -Entre ellas, yo, Salieri, allí estarán mis huellas…. – Gloria estaba visiblemente nerviosa, y el detective le puso una mano en el hombro… intentando obviar el detalle de que tenía que alzar la mano para llegarle al hombro, porque la joven le sacaba casi toda la cabeza, él apenas le llegaba a la barbilla.

    -No te preocupes, he pensado en eso. Lo que el culpable no sabe, es que Simón hizo limpieza antes de cerrar. 

    -¿Simón? ¡Ése no coge un trapo en su vida, para eso me tiene a mí! – dijo ella sin poder contenerse.

    -Bueno, es lo que asegura que hizo… - sonrió Salieri – Dice que limpió la encimera, las puertas… y también los pomos. Lo hace todos los lunes antes de irse, y dice que lo hace él porque se va en último lugar, así se quedan limpios al menos, hasta el día siguiente. Claro está, si lo hace cuando está solo, tú no podías saberlo…

     -¿Qué quieres decir?

     -Eso. Que no podías saber que de vez en cuando, él también coge trapos, aunque te haga limpiar siempre a ti – el detective sonrió y Gloria se maldijo a sí misma, pero intentó mantener la calma “sabe que has sido tú, pretende que te delates. No lo hagas, y no podrá hacer nada… al menos hasta que busque huellas”. – Si limpió el pomo de la puerta principal, y sabemos que lo hizo, ese pomo sólo fue tocado por ti, por Velasco… y por el culpable, que puede ser uno de los dos. 

    -¿”Uno de los dos”….? Salieri… ¿no irás a decirme que sospechas de mí, verdad?

    -¿Yo? No, por favor, no he pretendido insinuar… Lo que quiero decir es que si hay huellas de una tercera persona, sabremos de inmediato quién fue el culpable. Si sólo están las tuyas y las de Velasco, tendrá que ser uno de vosotros, pero tú no pudiste ser… Estabas conmigo cuando la explosión se produjo. – Gloria sonrió abiertamente, llena de dulzura, y el detective le devolvió la sonrisa, desde su boca amistosa a sus ojos dispares del color de la melaza. Pero entonces volvió a cruzar un brazo sobre el otro y a llevarse el dedo índice a los labios, pensativo. – Lo que me lleva a pensar otra cosa…. Velasco tampoco estaba allí cuando estalló la cafetería, estaba en su cuarto, varios le vieron. Llevaba en su cuarto más o menos el mismo tiempo que tú conmigo, unos diez minutos. Que es también el tiempo que, más o menos, tardarían el gas y el chispazo de la luz en producir la explosión… ¿Es curioso, verdad?

    -¿El qué?

    -Esto. Todo. Técnicamente, no vayas a enfadarte, sólo voy a hablar en teoría… técnicamente, podrías haberlo hecho tú misma. Tuviste ocasión, tenías motivo… 

    -Vamos, Salieri… si hubiera querido hacerlo yo, ¿te parece que hubiera sido tan obvia? Hubiera buscado un método más rebuscado, más… fino. 

     -Hmm… sí, hablando en teoría, tal vez sí hubieras hecho un plan mejor. Claro está, si hubieras tenido también más tiempo. Porque… - de nuevo se detuvo - ¿Qué motivo tendrías para volar la cafetería?

     -¿Perdón? 

     -Acabo de darme cuenta… te he dicho que tenías ocasión y motivo, y la ocasión es indiscutible porque hemos hablado de ella, pero no has discutido que tuvieras un motivo… ¿qué motivo tendrías para volar la cafetería?

     -Salieri…

     -Hipotéticamente hablando, claro está.

    -Mi motivo, Salieri, está encima de la mesa, y es el mismo motivo que me impulsa a pedirte que abrevies: tengo que seguir estudiando. Lo lamento por Simón, sé que el seguro le va a resarcir de los daños, pero no de los días que no está trabajando… pero no puedo decir que sea una desgracia para mí el tener días libres para poder estudiar. 

    -Lo comprendo, perdona, sé que te estoy molestando… - el detective alzó las manos en gesto de excusa – Sólo quería decirte eso. Y mañana, cuando disponga del polvo, podré tomar huellas y sabremos quién fue el responsable de eso. – Pareció a punto de marcharse, pero antes añadió – Por cierto, ¿cómo llevas el trabajo? He visto que tienes otro libro sobre la mesilla, ¿lo has sacado esta noche…?

     Gloria suspiró y sonrió, divertida. 

     -Salieri, te conozco hace cuatro días, y creo que sólo he logrado callarte en una ocasión, y fue haciendo esto. – la joven le agarró de los hombros, le atrajo hacia sí y le besó en los labios. Le retiró y esperó un segundo, pero en efecto, el detective se había quedado momentáneamente sin habla. - ¡Magia! Buenas noches. 

     Gloria sonrió y cerró la puerta. Salieri se dio la vuelta lentamente, sonriendo, sin saber exactamente qué pensar, mientras echaba a andar. Al otro lado de la puerta, ya sentada de nuevo frente a los libros, la estudiante pensaba… 

     “Si toma realmente las huellas, me hará trizas. Y lo va a hacer, un besito no va a detenerle… creo que no le detendría ni aunque me acostara con él… por otra parte, no quiero acostarme con él por soborno. Me gusta. Me gustan esas espaldas de buey que tiene, y esa mirada descabalada… y ese pelo tan abundante y revuelto,  no me importa que sea más bajito que yo, es increíblemente inteligente, y me encanta cómo se hace el tonto, el inocentón… Dios mío, casi deseo que me pesque sólo para fantasear en que me ponga unas esposas y me tenga a su merced… Y lo peor es que él, lo sabe. Sabe que me gusta, y es lo único con lo que no cuenta. Quiere pensar que estoy fingiendo, que me pongo coqueta sólo para desviarle, o para caerle simpática y que no pueda delatarme… porque si es verdad, no sabrá como tomárselo, creo que hasta le asusta la posibilidad”. Gloria intentó concentrarse de nuevo, el examen era al día siguiente, dentro de pocas horas… y dentro de pocas horas también, Salieri tomaría las huellas que probarían que sólo ella y Velasco estuvieron allí. Eso no se podía evitar… a no ser que alguien, limpiase el pomo, o le vertiese agua, o hiciese cualquier otra cosa que inutilizase la posibilidad de las huellas. 



                                                                                             ************


     Gloria abrió la puerta de su cuarto, se encerró y saltó a la cama, enterrando la cabeza en la almohada… qué día. Había pasado toda una noche de tortura y pesadillas, tres horas de examen dantesco y una semana estudiando a ritmo maratoniano… pero lo había conseguido. O al menos, se había terminado, “Alea jacta est”, que dijo cierto emperador después de mojarse los pies en el río, pensó, sonriente… Estaba contenta de cómo le había quedado el examen, no podía conjeturar porque no sabía qué sistema de evaluación usarían, pero al menos, creía poder contar con el aprobado. Las últimas horas, a pesar de los nervios, habían sido provechosas aún así, aunque estaba destrozada… eso fue lo último que pensó antes de quedarse dormida, sin desnudarse ni abrir la cama. 

    Unos golpes en su puerta la sacaron de su sueño. Perezosamente miró el reloj de su mesilla: las diez de la noche, había dormido casi cinco horas. Le costó un poco ubicarse y reconocer la voz del otro lado de la puerta. Era la de Salieri. Por un lado, sintió un vuelco de emoción en el pecho. Por otro, se aterró, ¿vendría a detenerla? Sólo había una manera de averiguarlo… 

     -Hola, Salieri, buenas noches… ¿cómo estás? – sonrió la joven al abrir. El detective sonrió con tristeza, casi forzadamente y entró en el cuarto. Parecía fastidiado. 

    -Confuso. – se sinceró el detective. – Estoy confuso. Tengo buenas y malas noticias, y me siento mal por las buenas, y bien por las malas, cuando debería ser al revés…. – Gloria lo interrogó con la mirada. - ¿Cuáles quieres antes?

    -Las malas. – susurró ella. 

    -Sé que fuiste tú quien voló la cafetería. – Gloria intentó hacerse la inocente, pero Salieri alzó las manos para acallarla – Podemos dejarnos de disfraces, Gloria, lo sé. Y puedo probarlo. Cometiste un delito, y deberías pagar por ello. Lo de anoche fue una trampa en la que no caíste. 

    -¿Qué quieres decir?

    -Quiero decir que no hay huellas en el pomo de la puerta. O las hay, pero no son válidas. Desde el momento de la explosión, docenas de personas han toqueteado esa puerta y dejado sus huellas en el pomo, tomar huellas allí no serviría de nada. Esperaba ponerte nerviosa y que fueras a limpiar ese tirador y pescarte con eso, que te delatases tú. Estuve allí esperando toda la noche, pero no viniste. Y ahí empieza mi confusión, porque eso debería ponerme furioso, pero me hizo sentir… aliviado.

    “Viejo perro de presa, me has tomado cariño y eso te molesta… no querrías detenerme a fin de cuentas”. Pensó ella sentándose en la cama, y tuvo la sensación de que Salieri sabía con completa exactitud lo que pensaba, igual que si lo hubiera dicho en voz alta. 

     -Eso, no sería importante. – recalcó el detective – No sé si fuiste astuta, o te quedaste estudiando, o simplemente te dormiste, pero no importa que no vinieras. Porque sé que la culpable eres tú, y te habría hecho delatarte o confesar de una manera o de otra. Lo habría logrado… si hubiera querido, pero no quiero. Ya no. Y ahora vienen las buenas noticias. – Salieri sacó un sobre abierto del bolsillo de su gabardina a medio cerrar – Si te delato, cumplo con mi deber. Pero trunco tu carrera, la beca quedaría anulada, y no podría vivir con eso en mi conciencia, no después de esto. 

      El corazón de Gloria le golpeaba en el pecho a ritmo infernal… eso que tenía Salieri en la mano, ¿eran… eran los resultados de….? El detective asintió y le tendió el sobre. 

      -Como miembro de la policía, puedo ver los resultados antes de que sean oficiales. Debería sentirme contento, pero siento que estoy faltando a mi deber, y sin embargo, no puedo cumplirlo. Léelo – Gloria tenía las manos tan temblorosas que estuvo a punto de dejar caer el sobre, el detective se lo acercó y sus manos se rozaron por un instante. La joven tomó los dedos de Salieri entre los suyos, pero éste le señaló el sobre y se escurrió de entre sus manos, sentándose en la cama junto a ella.

    Apenas podía abrir el sobre, temió romperlo, pero lo logró. Con la respiración golpeándole el pecho, leyó unas palabritas tipo de felicitación y finalmente la nota: 9.8. Sabía que había aprobado, pero no esperaba sacar algo semejante. Miró  a Salieri con la boca abierta, no podía ni hablar, ¿lo había conseguido…? ¡Lo había conseguido! 

     -Es la nota más alta que nadie saca en seis años. – dijo el detective, sonriendo a su pesar. – Y es la primera vez en mi carrera que dejo que se escape un culpable aún sabiendo que lo es. Debería ser íntegro y detenerte, pero si lo hago, te destrozaré, y si te doy la oportunidad de seguir adelante… es mucho más probable que hagas cosas demasiado buenas para que yo pueda maltratarte. 

     Gloria estaba emocionada casi hasta las lágrimas, apretando la carta arrugada contra su pecho y mirando con una enorme sonrisa a Salieri, hasta que ya no pudo aguantar más, se lanzó sobre él y le besó largamente. El detective se sorprendió e intentó frenarla con las manos, pero éstas, colocadas frente a su pecho, se posaron en el de ella, y pudo sentir los pechos de Gloria, blanditos y muy calientes. De inmediato separó las manos aunque no pudo reprimir llevarse en ellas el tacto de lo que acababa accidentalmente de tocar. Gloria se abrazó a él e intentó tumbarle sobre la cama, pero Salieri se resistió, aquello era demasiado. 

    -No… - se le escapaba la sonrisa por el apuro que sentía cuando por fin logró separar su boca de la de la estudiante – Gloria, no… esto no. Esto sí que no puedo. 

    -Salieri… me gustas. – ronroneó Gloria, abrazada a él – Y sé que yo a ti también… ¿por qué no? ¿Eres casado, o…?

    El detective estuvo a punto de mentir y contestar que sí, que estaba casado, pero antes de poder echar una mentira convincente, su cabeza estaba negando sola.

    -No, no estoy casado, pero… No tienes que hacer esto. Y no debes hacerlo, soy tu profesor, mucho mayor que tú, mucho más bajito que tú… si esto llegase a saberse, todo el mundo diría…

    -Que le den a todo el mundo. – murmuró la joven casi roncamente – Me importa un cuerno tu edad, tu estatura no va a notarse cuando estemos tumbados, y quiero hacer esto porque me gustas, no porque tenga que agradecerte nada… no es un soborno, quiero hacértelo… ya me has dicho que no piensas detenerme, no lo hago por gratitud, lo hago porque… porque me tienes fantaseando contigo desde que me felicitaste por las judías pintas. 

    Salieri intentaba resistir, llamaba en su auxilio a todos los recursos de su sentido de la responsabilidad, de su profesionalidad y su frialdad… pero Gloria le cubría de besos la cara, le acariciaba el cuello y le tomaba de las manos para llevárselas a su cintura, para invitarle a tocarla. Él mismo tenía que admitir que la joven estudiante le había deslumbrado con su inteligencia… y también con su fogosidad, él había tenido varias novias, pero no recordaba haber provocado semejante reacción en ninguna… la boca y manos de Gloria desabrochaban su camisa e intentaban bajarle la chaqueta. El detective ahogó un grito de pasión cuando sintió los labios húmedos y la lengua suave de la joven rozar su pecho velludo, y un poderoso escalofrío de satisfacción pareció estallar en los poros de su piel. 

     Gloria gimió sin contenerse al sentir las manos del detective colarse bajo su camisola y acariciar su espalda, y elevarle la barbilla con las manos, besarla y apretarla contra él fuertemente, mientras sus lenguas se acariciaban primero con ternura, y enseguida con fiereza. “Sabe a tabaco…” pensó la joven, paladeando el beso, frotando la lengua áspera de Salieri. Ella no fumaba y el fortísimo sabor a humo casi la hizo toser, pero le pareció también tremendamente sensual, prohibitivo… morboso. De nuevo intentó tumbarle en la cama y en esta ocasión él ya no hizo resistencia. Se dejó deslizar de lado en la cama medio revuelta de Gloria, mientras ella pensaba jovialmente en que el aspecto del detective le recordó precisamente a eso la primera vez que lo vio: a una cama deshecha, un sitio calentito, acogedor y cómodo. 

     “Esto es una locura” pensó Salieri, pero su cuerpo y su mente no estaban de acuerdo. Mientras él tenía remordimientos y pensaba que él era casi un profesor y por lo tanto aquello era casi un delito, sus manos se habían perdido dentro de la holgada camisola rosa de la joven, bajo la cual no había sostén alguno y acariciaban los pechos de Gloria, que gemía dulcemente a cada presión, a cada roce. La propia estudiante le sacaba a camisa a tirones del pantalón, sin dejar de cubrirle de besos, e intentaba desabrocharle el pantalón, bajo el que se escondía una erección ansiosa. Es cierto que eran los años locos de la revolución sexual, que la propia Gloria había admitido haber tenido más de un novio, pero para Salieri, casi quince años mayor que ella, aquella soltura en una joven de veinte era algo revestido de desvergüenza, de pecado… y le gustaba. Era la primera vez en su vida que se encontraba con una mujer sin ningún complejo, que no sólo admitía abiertamente que le gustaba, sino que le importaba un pimiento la diferencia de estatura o edad. Se había sentido querido muchas veces… pero muy pocas se había sentido deseado, y menos tanto como en ése instante. 

     Gloria se desabrochó el vaquero y se deshizo de él y de los zapatos bajos que llevaba. Salieri tiró de ella hacia la cama de nuevo, y de pronto se dio cuenta que lo estaban haciendo muy deprisa. Gloria casi se tiró junto a él y rodaron por la cama. Salieri llevaba las ropas flojas, pataleaba para librarse por completo del pantalón y tenía la camisa abierta, con la corbata sobre el pecho. El detective intentó abrirse camino en el cuerpo de la joven, pero ella lo abrazó con brazos y piernas y rodó media vuelta, para quedar encima. Uno de los ojos del detective se puso en blanco. Gloria sonrió con lascivia y se dejó empalar, no  muy deprisa, quería saborearlo…

     “Es muy ancho… es como él, quizá no sea muy alto, pero es ancho, es robusto… es corpulentoooo…” Gloria tiritó de placer al sentirle dentro de ella, y Salieri se mordía el labio inferior para no gemir. Su piel morena estaba empapada en fino sudor y la joven se inclinó sobre él para lamerlo. Salado. El detective la abrazó por la cintura y la apretó de las nalgas mientras empezaba a bombear, ambos gimiendo al unísono. 

     -Qué… qué rico…. Me gusta, qué rico…. – Empezó a gemir Gloria, con sus largos cabellos esparcidos sobre la cara y el pecho de Salieri. La joven se incorporó y el detective le apretó los pechos con verdadera alegría, estrujándolos, entre las risas de ella, que pronto se convirtieron en carcajadas. Salieri, riendo a su vez, le hizo gesto de que no chillara, no era conveniente que aquello se supiera, pero Gloria le miró con expresión derrotada, ¡era demasiado bueno, no podía contenerse!

    “Qué estrecha es…” se maravilló Salieri, pugnando por embestir, pese a que no podía hacerlo bien al estar debajo. No controlaba su placer, era ella la que llevaba la voz cantante y eso le excitaba más aún. Su pene, de longitud sólo mediana pero muy grueso, casi siempre tenía esa sensación de estrechez, pero Gloria no es que fuera sólo estrecha de cuerpo, es que su vagina abrazaba, se cerraba dulcemente en torno a él, tiraba de su polla y la masajeaba… el detective tenía ganas de embestir, de bombear como un loco, pero no podía. Ella estaba encima y controlaba la función… pero él no tenía nada que oponer, pensó mientras le temblaban las piernas al sentir aquél delicioso coñito succionando de su miembro, subir y bajar cada vez más rápido.

      -Mmmmh… Salieri…. Cómo… cómo me… - Gloria estaba colorada como un tomate y se tapaba la boca con una mano, intentando contenerse mientras brincaba sobre su compañero. Salieri la rompía, pero le encantaba. A cada bajada sobre su pene una oleada intensa de calor y placer la laceraba y hacía temblar de pies a cabeza. Las manos del detective le apretaban los pechos, le pellizcaron los pezones, y por fin no pudo aguantar más - ¡CÓMO ME GUSTAAAAAAAAAAAH…! 

     Salieri casi se asustó por el grito y la chistó, pero Gloria estalló en carcajadas y tembló, estremeciéndose de gusto, sintiendo el placer estallar en su sexo palpitante y expandirse como lava por su cuerpo, dulce y abrasadoramente… sus piernas apretaron los costados de su compañero que la miraba con una sonrisa incrédula, olvidado momentáneamente su placer para mirar el de ella… ¿es así cómo se corría siempre? 

   Gloria exhaló aire y se dejó caer sobre el pecho de Salieri, desmadejada de placer. Pero apenas un segundo después, le miró y empezó de nuevo a moverse, para hacerle terminar. El detective aprovechó su cansancio y la hizo rodar para quedar él encima y satisfacerse el deseo de empujar. Gloria rió con coquetería y se dejó hacer, espoleándole con los talones mientras Salieri se colocaba sobre ella y embestía con pasión. 

    Estaba tan estrecho que le costaba esfuerzo, cada arremetida le quemaba la entrepierna de un modo maravilloso, y Gloria no dejaba de mirarle arrobada y acariciarle. Le apresaba de los costados, le recorría la espalda con suavidad torturadora, casi haciéndole cosquillas… el placer no cesaba de aumentar, las nalgas de Salieri se acalambraban y todo su cuerpo se removía de gusto, no iba a aguantar más… la estudiante le colgó los brazos en la nuca y le atrajo hacia sí para besarle. El detective se dejó llevar y la presión de sus labios y la dulce caricia de su lengua fue el detonante que apretó el gatillo y la joven se tragó los gemidos de pasión de su compañero, mientras éste sentía que se moría dulcemente, que la fuerza se le escapaba por entre las piernas en medio de exquisitas convulsiones que le cubrían de un placer indescriptible… se dejó caer por completo sobre su compañera y ésta lo abrazó, casi meciéndole, apresándole con brazos y piernas, apretándole contra ella y lamiéndole quedamente el cuello… 


                                                                                          *********


          -Tenía tu edad, o algo menos. – decía Salieri, aspirando su puro, mientras Gloria permanecía abrazada a su pecho, escuchándole, los dos desnudos dentro de la cama deshecha – Casi acababa de entrar en el cuerpo cuando, en una manifestación que nos mandaron a disolver, una granada de humo me estalló muy cerca de la cara. Durante dos días no vi ni oí nada por éste lado. El oído lo recuperé, pero la visión no. La perdí casi en un noventa por ciento, y temí quedar inútil para el servicio por estar tuerto… pero sacaron un examen para la división de detectives, estudié como un tigre, y… logré quedarme. Más o menos como has hecho tú, pero yo no volé ninguna cafetería en el camino. 

    Gloria se rió y le besó el pecho. Salieri pensó que tenía razón… estando tumbados en la cama, no se notaba que ella fuese más alta. 

      -Salieri… 

      -Dime.

      -Yo… sé que en parte tenías razón, que todos van a sospechar que me has regalado el examen después de esto… pero me da igual. Me gustas, y no quiero que esto se acabe por lo que puedan pensar los demás. Quiero que nos sigamos viendo, y no sólo para hablar de estudios, ni sólo para tener sexo. Quiero una relación contigo. Una relación formal. ¿Qué me dices? – La joven se alzó para mirarle a los ojos y vio en ellos una sorpresa llena de agrado. Era la tercera vez que Gloria le cogía desprevenido. No era, desde luego, una chica típica… pero es que, para empezar, una chica típica no se hubiera puesto a estudiar Criminología. La sonrisa del detective se ensanchó más y más y de nuevo la apretó contra su pecho. 

     “Me encanta cómo abraza… me estruja”. Pensó la joven. 

      -¿Sabes? – dijo Salieri – Hay una cosa que creo que sólo saben unas tres personas en el mundo. Mi nombre de pila. Lo conocen mi superior y mis padres. El cura que me bautizó lo conocía también, pero ya se murió hace mucho. Ya que vamos a ser novios formales, tienes que saberlo… pero prométeme que no vas a reírte.

      -Bueno… si me lo pones así, no sé si seré capaz, pero sí te prometo que haré lo que pueda por no reírte. 

     Salieri sonrió y se lo dijo al oído. Gloria abrió mucho los ojos y le miró con incredulidad. El detective asintió con la cabeza y la joven no supo qué cara poner, mientras empezaba a morderse los carrillos por dentro intentando aguantar… 

     -Está bien, puedes reírte si quieres… - consintió Salieri y Gloria soltó una risa sofocada. Qué cosas tiene el tener antepasados italianos, pensó mientras se alzaba para besar de nuevo al detective, y ahora fue él quien intentó tumbarla en la cama, lo que consiguió enseguida.

     -¿Quieres que te llame por tu nombre de pila…? – preguntó la joven.

     -¡Ahora mismo, no! Cuando hagamos el amor, prefiero Salieri… bastante es que toda la universidad sepa lo que hemos hecho, como que para postre, se enteren de mi nombre también… - sonrió.