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jueves, 2 de mayo de 2013

Me siento solo, Mariposa



 No estaba cansado. No estaba agotado. No estaba extenuado, rendido y casi muerto… estaba lo siguiente. Y además de todo eso, deprimido, harto y triste, pensé mientras abría la puerta de la habitación del hotel. No conocía las islas Canarias, pero estar allí en aquéllas circunstancias, era lo mismo que no conocerlas y encima un pretexto perfecto para odiarlas pese a las ganas que en realidad tenía de visitarlas. Me llamo Miguel, trabajo para un banco, y me habían enviado a una gestión de fusión de empresas, nuestro banco daba el apoyo financiero a una de las partes y se encargaba de los aspectos de reparto de responsabilidades y beneficios. Supuestamente, después de eso, tendría un aumento de sueldo, un plus bastante interesante… y los nueve días del puente que había justo a nuestro regreso, pero aquello, aún a dos semanas de distancia, me parecía tan lejano como la luna. 

    Nos levantábamos a las cinco de la mañana, empezábamos a trabajar a las seis y no parábamos hasta las cinco y media… y estaban empezando a apretarnos más las tuercas, ya llevábamos dos días que no parábamos hasta las siete de la tarde, y de lunes a sábado. Todos estábamos hasta las narices, la mayoría estábamos allí solos, sin amigos, sin posibilidad de volver a nuestra casa y regresar al trabajo en el único día libre que teníamos a la semana, y echando de menos… todo. Al terminar la jornada, estábamos demasiado cansados para visitar nada o para pasear, lo único que queríamos era meternos algo caliente al estómago (apenas parábamos media hora para comer un sándwich de plástico; yo estaba tan harto de ese asqueroso pan blanco con sabor a papel, que llevaba dos días alimentándome a base de ganchitos, patatas y chocolatinas), desconectar un rato delante de la tele y dormir como marmotas. 

     Apenas entré en la habitación, me dejé caer en la cama derrengado, de bruces. La colcha olía a jabón y mi cuerpo pareció suspirar de agradecimiento cuando me quité los zapatos con los pies y disfruté del silencio, bendito silencio, que reinaba en el cuarto, y durante unos minutos, me concedí el descanso de no pensar en nada… 

     “Qué envidia me dan los que se han podido traer a sus esposas…”. A pesar de que yo no quería recordarlo, mi cerebro me machacaba con ello. Qué sólo me sentía. Y cómo me torturaban los celos… no podía evitarlo, era odioso pensar que aún en ese momento que mi jornada había terminado, no tenía a nadie, absolutamente a nadie para tan sólo charlar conmigo. Y, no voy a mentir, me hacía falta echar un polvo… acurrucarme contra unos pechos blanditos y calientes… y oírla a Ella llamarme “Imbécil”. 

     Sí. Mi ama, Mariposa, se había quedado en la central, donde trabajábamos los dos habitualmente. Habíamos pasado un fin de semana juntos de lo más delicioso, donde me había sometido a todo tipo de torturas maravillosas, me había usado como juguete sexual, y sobre todo, me había dado su compañía y cariño. Y el lunes siguiente, cuando yo apenas empezaba a saborear el magnífico regalo que había obtenido, me lo quitaron de golpe mandándome aquí. En principio pensé en no aceptar, negarme, podían mandar a cualquier otro… pero mi propia ama me lo quitó de la cabeza y me hizo venir. “¿Porqué, ama?” le pregunté, descorazonado “¿porqué me obligáis a abandonaros….?”. Mariposa me contestó por el correo privado que usaba. “Porque soy tu ama y sé qué es mejor para ti” me dijo “Tú ahora mismo estás cegado por tus sentimientos, pero esos a mí, no pueden afectarme. Si te niegas a ir, la empresa se molestará contigo, no te tendrán en cuenta para otras cosas mejores… si vas, te compensarán. Poco, pero lo harán, o al menos, no te cogerán ojeriza y pensarán que no te importa un cuerno éste trabajo. Por eso, debes ir. Pero también por eso, debo ponerte deberes para el viaje”.

    Y así era. Había tenido que irme lejos de ella, y eso no era lo peor. Lo peor, era que no podía llamarla ni ponerme en contacto con ella de ningún modo si quería al menos poder masturbarme. Esa había sido su condición: podía llamarla a diario, pero por cada vez que me masturbase, no podría llamarla en dos días. Los primeros días fui fuerte y aguanté como un campeón las ganas, la soledad y las erecciones nocturnas… pero después de una semana y media, los picores eran insoportables y cedí. En un primer momento, pensé en engañar a mi ama y ocultarle que me había masturbado, pero enseguida me di cuenta que sería inútil, ella se daría cuenta, mi propia culpa me delataría. De ese modo, ahora la llamaba cada tres días, y con la misma frecuencia, justo después de llamarla, me machacaba ferozmente. Desde luego, después dormía mejor, pero durante los dos días siguientes, me sentía solo como un perro, sin poder llamarla.

    La echaba tanto de menos… después de todo lo que tenía que agradecerle y de lo generosa que, tanto sexual como sentimentalmente había sido conmigo, me dolía mucho estar tan lejos de ella. Mi ama Mariposa me había rescatado de mi depresión por una chica egoísta que me tuvo como pagafantas, me había enseñado a quererme a mí mismo, a cuidar de mí mismo. Me había hecho su esclavo y como tal, me había hecho suplicar, me había humillado, e incluso azotado… pero siempre había premio a cambio. La esclavitud con ella, no era vergonzosa ni me hacía sentir rebajado, sino que era una delicia que me hacía sentir querido y cuidado. Como ella misma decía, “un esclavo es una posesión sobre la cual tengo todos los derechos… pero un buen esclavo es una posesión valiosa, única, y como tal debe ser tratado”.  

     Hoy me tocaba llamarla… una pequeña alegría dentro de lo mal que me encontraba. Me hubiera gustado que fuese ella quien me llamase alguna vez, quien me hiciese sentir que ella también me echaba de menos… pero ni aún en el caso de que fuese así, jamás me hubiese dado Mariposa ese gustazo. Ella era mi ama, mi diosa, mi perfección. Nunca se rebajaría a demostrarme que me echaba en falta, aún en el supuesto de que lo hiciera. No quería pensar en ello, pero me reventaba la posibilidad de que estuviera prodigando sus castigos a otro esclavo. “Mariposa tiene razón, soy un imbécil”, pensé “…pero soy SU imbécil, y quiero seguir siéndolo. No quiero que ningún otro pueda ocupar mi lugar, no quiero que mi ama pueda prescindir de mí porque esté lejos”. Pensando en aquello, tomé el móvil de mi bolsillo y marqué su número. Sonó varias veces, casi empezaba a temer que no contestara, cuando el tono se cortó y oí su voz. Esa voz que quemaba como plomo derretido…

      -Hola, Imbécil. – estaba tan cansado que me parecía que me pesaba hasta el pelo de la cabeza… pero sólo esas dos palabras, hicieron que mi pene se irguiera como un mástil. Hasta me dolió, pero un dolor extrañamente agradable. 

     -Hola, ama… - notaba que en mi boca se abría la típica sonrisa bobalicona, de tonto cachondo que se me solía quedar prácticamente siempre que hablaba con ella. Y en éste caso, separado de ella desde hacía tantos días y con el cuerpo pidiéndome guerra desde anteayer, más todavía. Buscaba palabras, buscaba poder decirle todo lo que sentía, pero  la misma emoción me enmudecía. Oí su sonrisita de superioridad al otro lado del hilo. Ella sabía todo lo que pasaba por mi cabeza con la misma claridad que si lo leyera en un texto - ¿Cómo estáis? Os echo tanto de menos, ama… me siento tan solo sin vos…. 

     -Quieres decir que estás empalmado, ¿verdad? – Cada vez que yo me ponía tierno, ella soltaba algo así. Para mi ama, los sentimientos prácticamente no tenían cabida en su mundo. Para ella, existía sólo el sexo; la ternura, el cariño… eran sólo disfraces para hacer más soportable la necesidad de la reproducción o del placer, pero de vez en cuando, cuando yo era muy bueno y ella quedaba contenta de mí, me hacía alguna que otra caricia. Me daba un poquito del cariño que tanta falta me hacía, además del magnífico sexo que me brindaba. 

      -Lo cierto es que sí, ama. – admití, dándome la vuelta en la cama y dirigiendo mi mano libre al cierre del pantalón del traje, para soltar mi erección. Mariposa me permitía masturbarme mientras hablaba con ella, pero después del orgasmo, tenía que colgar de inmediato. Me fastidiaba, me hubiera gustado ser más fuerte y aguantar… pero juro que no podía, oír su voz baja y grave era superior a toda mi fuerza de voluntad. – Me gustaría que estuvierais aquí, para ver cómo me toco pensando en vos…

      -Oh, pero qué guarro eres…. ¿crees que se le dicen esas cosas a una señorita? Y ahora mismo, mientras hablo contigo, seguro que te estás manoseando como un mono… - Dios, me encantaba ese tonito de regañina, me ponía tan caliente el que me colocase en esa situación de “estás haciendo algo malo”. Incluso noté que me sonrojaba - ¿Siempre piensas en mí cuando tiras de tu cosita, Imbécil….? 

      -Siempre, ama… - jadeé. Estaba mucho más excitado de lo que yo mismo pensaba, mi polla supuraba, todo yo me estremecía y sentía mi cabeza dar vueltas, mis piernas temblar y el placer recorrerme en oleadas, no llevaba ni un minuto y sentía que me iba a correr en segundos… no, por favor, no… no quería hacerlo, tendría que colgar… intenté pensar en cosas aburridas o desagradables para bajar mi excitación, pero mi mano no era capaz de bajar el ritmo. 

     -Contente, Imbécil. – el picorcito delicioso que anunciaba mi orgasmo casi me pareció doloroso al oír la orden de mi ama – Contente, y lo pasarás mejor. Contente para escucharme y te dejaré que me llames más a menudo, te masturbes o no. 

      Me mordí el labio inferior hasta hacerme sangre por el esfuerzo que me costó reprimirme, pero aparté la mano casi en el último momento. Pensé que no lo lograba, que iba a correrme sin remedio aún sin tocarme, pero lo conseguí. Mi miembro latía, frustrado, y un latigazo de dolor me recorrió desde las pelotas al estómago, como si me las hubieran golpeado. Mi sexo parecía llorar de indignación al verse privado de su placer, y el sudor me corría por la frente, pero no de gusto, sino de esfuerzo… pero lo conseguí. 

     Jadeé al teléfono y mi ama esperó pacientemente hasta que logré articular que lo había conseguido. Qué tono de dolor y frustración no tendría mi voz, que Mariposa no sólo no dudó de mí un instante, sino que oí su sonrisa maternal acariciando mis oídos:

     -Pobrecito Imbécil… no temas, que podrás terminarte en un ratito, pero antes, quiero que me oigas. Voy a ponerte deberes. Si los haces bien, si quedo contenta, me podrás llamar todos los días, te masturbes o no. Si no los haces como es debido, sólo te dejaré llamarme una vez por semana, y cuando regreses, habrá un duro castigo para ti. ¿Me estás oyendo, Imbécil?

     -S-sí, ama…. Mandad, ¿qué queréis que haga?

     -Sé que te has llevado el ordenador portátil. Vas a comprarte una cámara de vídeo. La colocarás debajo de tu mesa de trabajo, y la dejarás funcionando, de modo que grabe tu entrepierna. Mientras trabajas, te abrirás la bragueta, te sacarás tu juguetito y te darás placer hasta que te termines encima. Y todo eso, lo grabará la cámara. Después, la quitarás de ahí, descargarás el vídeo en el portátil y me lo mandarás por correo electrónico. No me importa cuánto tardas en acabar, me da igual si te corres en medio minuto, pero quiero ver cómo te corres mientras finges trabajar, ¿me has entendido, Imbécil?

     -Eeeh… sí, ama, pero… pero, no creo que se pueda… yo no… no trabajo solo… Esto está lleno de compañeros…

     -Imbécil, ése, es tu problema, no el mío. Yo sé que quieres hablar conmigo a diario, y encima, poder darte gustito. Pues eso, tiene un precio. Si no eres capaz de pagarlo, no mereces tenerlo. ¿Verdad que quieres poder seguir llevando en tu cartera mi foto? – Se refería a una foto que me había dejado tomarle durante el fin de semana que pasamos juntos. En un primer momento, no había querido oír hablar del tema, pero cuando insistí, dijo que me había portado lo bastante bien como para concederme eso, y se dejó fotografiar con un camisón negro y una máscara de alas de mariposa que llevaba entre sus cosas. Pero me había advertido que esa foto no era un regalo, sino un préstamo… me dejaría tenerla mientras me la mereciera. Ella tenía el negativo, yo no podía hacer copias. Si lo deseaba, me la podía quitar, pero yo deseaba seguirla conservando por encima de todo… era la única cosa realmente tangible que tenía de mi ama, lo único a lo que aferrarme. No quería perderlo. 

    -Sí, ama… quiero seguirla teniendo. 

    -Pues entonces, compláceme, o tendré que castigarte. – intenté aún objetar algo, hacerla ver que me mandaba un imposible, pero Mariposa siguió hablando – Pero ya hemos hablado bastante de esto… ahora, dime con más exactitud en qué piensas cuando te manoseas a mi salud.

     Esas palabras tuvieron el mágico efecto de deshacer cualquier preocupación ante mis deberes futuros y que me ocupara sólo de mi interrumpido placer. De nuevo volví a acariciarme mientras le contaba a mi ama que no dejaba de soñar con lo que me haría el día nuestro reencuentro, con volver a ser su juguete y que ella me usase a su capricho...

                                                                         **********

     -Miguel, ¿no vienes a comer? 

     -No, no tengo hambre… prefiero quedarme, a ver si adelanto con el balance.

     -¿No quieres que te subamos algo?

     -Nada, dejad, de veras que no tengo hambre… tengo las tripas tontas, quizá me sentó mal algo. – Mis compañeros asintieron y bajaron a almorzar, ninguno se extrañó de mi excusa, quien más, quien menos, pero todos andábamos con el estómago en pie de guerra por lo mal que comíamos. Lo cierto es que en realidad, los nervios que me gritaban en las tripas me habrían hecho imposible tragar nada, pero eso de quedarme sin comer, me daba casi media horita de privacidad prácticamente absoluta para… la orden de Mariposa. 

     En la tienda del hotel vendían de todo; postales, tabacos, carga para mecheros, baterías de móviles… y cámaras de vídeo y fotos. Había comprado una no demasiado cara, pero medianamente buena para lo que iba a hacer, y había llegado antes que ningún compañero para ajustarla bajo mi escritorio. Al verme solo, tiré un bolígrafo al suelo (nunca se sabe, si volvía alguien, mejor tener una excusa para estar bajo la mesa), y conecté la cámara. Por la pantalla visor vi que cogía perfectamente la silla, con lo cual, debía grabar bien… lo que Mariposa quería ver, pero también tenía que confiar en la suerte, sólo esperaba que todo saliera bien, mi ama quería el vídeo esa tarde, no tendría otra oportunidad. 

    Siempre me ha dado un pánico espantoso que puedan pescarme “así”. Y para mi desgracia, durante mi nerviosa adolescencia, me había sucedido un par de veces. Siempre procuraba hacerlo cuando me quedaba solo en casa, cuando mis padres ya estaban acostados… pero aún así, en ocasiones me habían descubierto. Cuando las ganas eran superiores a mí, cosa que me sucedía con tanta frecuencia como yo no lo desease, no podía cuidar tanto las precauciones, y eso me había delatado en ocasiones. En mi casa, en casa de algún pariente, o hasta en el instituto, lo que había sido muchísimo peor. Por eso, conforme fui creciendo y pude ir controlando los calentones, me empezó a dar miedo la idea de hacerlo en sitios públicos. Es cierto que me daba morbo, lo reconozco, pero también mucho reparo. Sólo faltaba que no se me levantara, sería horrible. 

     Los de contabilidad, los del banco que nos encargábamos de la parte contable de la fusión de empresas, estábamos separados del resto de compañeros por tabiques. Oía ruido moderado más allá del mismo, pero era indudable que había muy poca gente por ser la hora de comer, y en mi zona no quedaba nadie. Estaba sentado de tal modo que mi lado derecho quedaba hacia la pared, de modo que si movía el brazo, no se notaría demasiado si alguien pasaba por allí. Puse el ratón en el lado izquierdo para manejarlo con esa mano (ver porno por internet da mucha soltura en eso) y tener libre la derecha, con la que era más hábil para los “otros menesteres” a los que iba a dedicarme. 

    Mientras fingía trabajar en la hoja de cálculo, bajé la mano derecha disimuladamente hasta el muslo, echando una nueva mirada a mi alrededor. Todo desierto. Estuve a punto de sacármela de inmediato, pero en lugar de eso, sabiendo lo mucho que le gustaba a mi ama el espectáculo que iba a darle, me acaricié sólo por encima del pantalón del traje. No sé si fue el pensar en Mariposa o si realmente mi cuerpo tenía más ganas de las que yo mismo suponía, pero empecé a reaccionar al instante. El delicioso cosquilleo incitador se expandió dulcemente por mi cuerpo apenas rocé mi pene con los dedos, haciendo que mis rodillas dieran un pequeño temblor. Paseé mis dedos arriba y abajo por el bulto que empezaba a formarse, disfrutando de la sensación, saboreando los escalofríos que me invadían y hacían que se me escapasen las sonrisas. Era dulce, era tan dulce… mi miembro picaba, quería verse libre del encierro de tela y recibir las caricias más intensamente y me dirigí a satisfacerlo, tiré suavemente de la cremallera, recreándome en la lentitud…

     -¡Miguel! ¿No vas a comer? – Pegué un bote del susto, y sólo a pura fuerza de voluntad logré no retirar la mano como un rayo, lo que me hubiese delatado. Quien me hablaba era un tal Mendieta, uno de los tipos de Recursos Humanos que, en calidad de supervisor de personal, llevaba a los trabajadores de una de las empresas que se fusionaban con la otra. Junto a él, iba un tipo bajito y ya algo mayor, con aspecto delicado y que apenas hablaba, un tal Daniel que, quizá por lo tímido que era, me caía muy bien…. Todo lo contrario que Mendieta, que se tomaba confianzas sin que nadie se las diera. Me arrimé más aún a la mesa para que ésta ocultase mi erección, aunque sabía de sobras que desde donde estaban, no podían verla. 

     -Eeh… no, gracias. Me duele la tripa, algo no ha debido de sentarme bien… 

     -Demasiadas patatas, ¿verdad? Nada, hasta luego. – Mendieta se marchó sin más, pero Daniel se me quedó mirando y se acercó a mí. Crucé las piernas e intenté mantener la calma. 

     -No quiero meterme donde no me llaman, pero… aunque te duela el vientre, no es bueno que estés todo el día sin tomar nada, y menos con el trabajo que llevamos. - Hice un gesto vago como para decir que no tenía importancia, pero Daniel continuó, algo vacilante - ¿Sabes? Mi novia dice que para esas cosas, es una maravilla el té. ¿Quieres que te suba uno con miel y limón? Por lo menos, que tengas algo de azúcar en el cuerpo.

     Estaba claro que Daniel se encontraba tan solo como yo, y Mendieta le caía tan mal como a mí, y encima él tenía que aguantarle directamente y durante muchas más horas al día. Estaba loco por hacer amistad con quien fuera y hablar con alguien, hubiera sido casi grosero decirle que no hacía falta.

      -Vale. - sonreí y le acerqué unas monedas de mi bolsillo – Pero no me lo subas ahora, por favor, come tranquilo, me lo traes ya cuando vuelvas.

     Daniel me devolvió la sonrisa y se marchó deseando que me mejorara. Sólo cuando le vi salir por la puerta respiré tranquilo, pero claro está, mi erección había desaparecido por completo. Era necesario volver a empezar, y de nuevo me acaricié, pero el susto que me había llevado me había dejado con pocas ganas y mucho miedo, y no respondía como es debido. “Esto no va bien… si no presento armas enseguidita, lo mismo no me da tiempo a terminar, y Mariposa no aceptará que me haya estado tocando si no me corro para ella”. La preocupación fue peor aún, noté con desesperación que lo poco que había conseguido, se esfumaba entre mis dedos. Necesitaba relajarme, y también un estímulo más directo. 

     Sin pensarlo, me bajé la cremallera y me saqué la polla por completo. Me daba un poco de vergüenza que mi ama fuese a verla tan fláccida y tristona, pero no me quedaba otra. Mientras la meneaba lentamente, intenté relajarme y pensar en cosas agradables. No debía pensar en un posible castigo de Mariposa, sino en la recompensa que me esperaba, en lo contenta que se pondría cuando viera el vídeo, cuando viera que incluso me habían interrumpido, habían estado a punto de pescarme, pero yo lo había conseguido… y entonces, recordé cuando ella misma me masturbó en el Metro. Entonces, también estábamos en público, en un vagón repleto de gente que ignoraba lo bien que yo lo estaba pasando gracias a ella.

    ¡Magia! Mi pene comenzó a erguirse ante el recuerdo de aquello. No era difícil, teniendo en cuenta que, además del morbo de la situación, por entonces yo llevaba muchos meses en ayunas, y el toque de la mano de mi ama me supo realmente a gloria. Evoqué la imagen y me dejé llevar, acariciándome lentamente, de arriba abajo, deteniéndome en la punta. Me acariciaba sólo con la punta de los dedos, notando cómo mi respiración se aceleraba, y mi miembro, segundos antes tan desanimado, ahora me pedía que aumentase el ritmo, que usase toda la mano… y lo hice. 

    Me agarré con la mano y empecé a darme apretoncitos, me gusta mucho exprimirme. Subí al glande y apreté, mojándome la mano en líquido preseminal, que esparcí por todo el tronco, gozando de lo calentito que estaba y lo resbaladizo que me dejaba, listo para darme sin piedad. Casi me parecía oír la voz de Mariposa en mis oídos: “no muevas el hombro, Imbécil, sólo la muñeca, y así será más difícil que sospeche nadie si te ve…”. Así lo hice, refrené el movimiento del brazo para mover sólo la muñeca. No era muy fácil, estoy acostumbrado a hacerlo sin ningún comedimiento, pero curiosamente, eso de moverme de forma superficial, aún me daba más morbo; mi polla quería que tirase a lo bruto, pero yo se lo negaba y lo hacía con disimulo, bajando el ritmo cada vez que notaba que me animaba demasiado… y era estupendo ese “sufrimiento” al que me sometía. 

     Mis piernas daban temblores y se me escapaban las sonrisas sin que pudiera evitarlo. Me recliné un poco hacia atrás en la silla, para intentar meter más las piernas bajo la mesa y que la cámara cogiese más parte de mí. La respiración se me escapaba a golpes, y empecé a notar ese dulcísimo picor que anuncia el orgasmo, esa sensación de pequeños golpes de placer previa a la explosión definitiva. Mi mano quería acelerar, pero yo me frené, bajando el ritmo todo lo que pude sin parar. Se me escapó el aire del pecho en un jadeo y miré a mi alrededor por si aún pudiera haber alguien, pero estaba solo. Mi cuerpo temblaba y mi polla parecía casi indignada. Tomé un kleenex con la mano izquierda, y de nuevo subí el ritmo, el placer aumentó una vez más, qué riquísimo era, me picaba todo del gusto tremendo que sentía, podía notar el placer recorrer mi pene en oleadas, anunciando el orgasmo, y quise torturarme una vez más y parar, pero la sensación fue superior a mí, no pude soportarlo y seguí frotándome intensamente, pasé el punto de no retorno, ahora sí que no podría parar, si ahora entrase alguien no podría detenerme, tendría que terminar… el placer estalló en mis testículos y di un bote sobre el asiento, estremeciéndome de gozo, mientras el gustito se expandía por mi cuerpo y sentía mi polla derramándose en el kleenex salvador, el calor maravilloso que se escapaba de mí, la sensación deliciosa de soltarlo… intenté hacerlo en silencio, pero dejé escapar un suspiro de mi pecho mientras arrebuñaba el pañuelito de papel y lo tiré a la papelera. Qué sueño… 


                                                                                            **********


     -Imbécil, la próxima vez que pongas una cámara bajo una mesa, acuérdate de activar el “modo noche”.

     -Lo siento, ama…. – Yo había cumplido, la cámara había grabado, el vídeo estaba mandado… y resulta que se veía fatal. Estaba demasiado oscuro. 

     -Bueno… no puedo castigarte, dado que tú has cumplido tu parte del trato, pero tampoco debería premiarte porque has sido descuidado. No obstante, búscate un programa de retoque para vídeos. Si logras aclarar tu video de forma que se vea lo suficientemente bien, serás premiado. Si no lo logras, no te castigaré, pero tampoco habrá premio, y volverás a pagar con dos días de no poder llamarme por cada vez que te masturbes, ¿está claro?

     ¿Retoque para vídeos….? ¿Y con lo cansado que estaba, que lo último que me apetecía después del trabajo maratoniano, era ponerme de nuevo delante de un ordenador? ¿Qué podía decir?

     -Esta noche lo tendréis, ama, palabra. – exactamente eso, es lo que podía decir.