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miércoles, 22 de mayo de 2013

Nido de Mariposas




(Imbécil ha regresado de un mes de trabajo draconiano en Canarias, y su ama y él recuperan el tiempo perdido. Lee aquí la primera parte)


     Tenía la cara metida en su sexo, estaba empapado de sus jugos hasta la barbilla, apenas podía respirar… y no podía imaginar nada mejor en el mundo, nadie podía ser más feliz que yo en ese momento. Los gemidos de mi ama me derretían los oídos y me hacían girar el estómago, cada vez que emitía uno me parecía subir al cielo y apretaba más mi cara contra su coñito húmedo. Su clítoris travieso parecía temblar,  y yo alternaba las lamidas en él con succiones que hacían gritar y temblar a Mariposa, con metidas de mi lengua en su agujerito, que la hacían gemir y estirarse como una gata perezosa. 

     -Mmmmmmh…. Máaaaaaaas…. Sigue, Imbécil…. Sigue así, ahí…. Ahí… - a mi ama se le escapaban las sonrisas de gusto y ponía los ojos en blanco. Con una mano me agarraba la cabeza, y con la otra se pellizcaba los pezones y abrazaba las tetas, y yo, sin dejar de lamer y sin darme mucha cuenta, me frotaba  inútilmente contra el piso, desesperado de deseo, pensando que Mariposa apenas me daba instrucciones, y eso sólo significaba una cosa: que lo estaba haciendo muy bien, tanto que ella ni tenía que guiarme, lo estaba haciendo a su pleno placer, tal y como ella quería… la sola idea me ponía fuera de mí. Quería darle placer, quería conseguir que se corriera en mi lengua. Le abrí bien los labios con los dedos y torturé su perlita a lametones, deleitándome en sus gemidos musicales y los brinquitos de placer que daba. Sabía que estaba a punto de llegar, podía notarlo… y ansioso por darle el mejor sexo que pudiera, me pesqué de su garbancito jugoso y succioné de él como si fuera un biberón. 

       ¡Mariposa se estremeció de pies a cabeza, gritando de alegría! No hace mucho, me hubiese dado corte que mis vecinos oyesen algo así, pero en aquél momento, si de mí hubiera dependido, hubiera puesto un micrófono con amplificador para que me oyera la ciudad entera, ¡Mariposa estaba gozando gracias a mí! El ama más maravillosa del mundo me había elegido a mí, a mí, un pobre Imbécil, como su esclavo, y yo era capaz de darle todo el gusto que quería… Mi ama me apresó la cabeza contra su sexo con ambas manos y empezó a convulsionarse, dando chilliditos encantadores al tiempo que se le escapaba la risa. La apresé por las nalgas y chupé, aspirando con fuerza, dándole lametones, sintiendo cómo las contracciones empezaban… y al fin, mi ama estalló de placer entre mis labios, gritando y sonriendo, estremeciéndose y dando botes, jadeando, mientras yo sentía que el travieso botón, en medio de las convulsiones, quería escaparse, pero no se lo permití, seguí chupando hasta que mi ama tembló de nuevo varias veces, pareció relajarse y de nuevo sus gritos subieron una vez más y finalmente quedó laxa, relajada, y sólo entonces aflojé la presión. Su coño rosado se abría y cerraba en espasmos, y su perlita, roja como un grano de granada, estaba hinchada y temblaba, escondiéndose del Imbécil que le había dado esa paliza. Me notaba empapado hasta el pecho. Mi ama, antes con la espalda apoyada en el pie de la cama, estaba totalmente tirada en el suelo por efecto de sus convulsiones, sudada y con los ojos cerrados, respirando trabajosamente. Sabía que debía pedirle permiso, pero no pude contenerme y empecé a limpiar a lametones los jugos que habían quedado en su piel, entre sus muslos… 

      -Im… Imbécil… - musitó mi ama. La miré, y el corazón casi se me paró. Sus ojos vidriosos, en medio de su cara enrojecida, me miraban con felicidad. Sin maldad, sin picardía, sin superioridad… Me di cuenta que estaba con la guardia, no baja, sino totalmente anulada, y un pensamiento se coló en mi cabeza como un tiro “en este momento, durante este segundo es Ocaso, y está enamorada de mí”. El pensamiento me emocionó tanto como me asustó, pero no tuve tiempo de analizarlo cuando ella me tendió las manos. – Has… hecho muy feliz a tu ama, Imbécil… muy feliz… - Quizá debí haber aprovechado mejor ese momento, tal vez irrepetible, pero estaba tan aturdido y tan sediento de ella, que en lugar de hablar o decir algo, me refugié entre sus brazos y me dejé recostar sobre ella, abrazándola y disfrutando de su abrazo. Mariposa me apretó, con sus escasas fuerzas, contra sus pechos cálidos y un gemido interminable se escapó de mi garganta… me estaba abrazando, sus manos enguantadas acariciaron mi espalda y mi nuca, mi cabello negro y mi cara, mientras mi boca besaba sus pechos y mi lengua los lamía, lamiendo también sus manos cuando se ponían a mi alcance. Ojalá ese momento pudiese durar para siempre… - No has perdido práctica en comer coños, Imbécil. De hecho, diría que has aprendido muchísimo. – Pero no lo hizo. 

      Mariposa se había recobrado, y con eso, los sentimientos volvían a no tener cabida en su mundo, y para ella sólo existía el sexo. Siendo sincero, me daba un poco de miedo que ella se enamorase de mí como mujer, porque… en el amor, no he tenido nunca demasiada suerte. En el amor, todo es distinto, una palabra fuera de lugar, dicha sin mala intención, pero dicha, puede ocasionar una crisis, o hasta una ruptura… con mi ama, eso era imposible porque prácticamente no conversábamos, sólo teníamos sexo. Yo la adoraba, quería realmente que me amase, quería ser su esclavo para siempre, su único esclavo… pero me aterraba la posibilidad de cometer un fallo de persona a persona y que ella no me lo perdonase. Me di cuenta entonces que había dos personas abrazándome. Una era mi ama, a quien adoraba con todo mi ser. Otra era Ocaso, la “chica invisible” de la oficina, a quien yo prácticamente, no conocía. Con lo feliz que me sentía en ese momento, no tenía ganas de romperme la cabeza con eso, pero con frecuencia, las cosas no suceden como uno desea… 






      Un millón de mariposas de alas negras brillantes revoloteaban en torno a mí. Tenían alas de terciopelo y me acariciaban la piel, pero si intentaba tocar una sola, había cuchillas afiladas bajo el terciopelo y me herían sin piedad. Quería tocarlas, acariciarlas, cogerlas entre las manos, pero no podía; cada vez que lo intentaba, me llevaba de regalo un profundo corte, pero las mariposas seguían acariciándome dulcemente cuando yo no intentaba tocarlas. Finalmente, varias de ellas acariciaron mi miembro con tanta dulzura, que un gemido se me escapó, y desperté. Una luz mortecina, gris, entraba por la ventana de mi alcoba. En la terracita del exterior, estaba mi ama, apoyada sobre la barandilla. Sólo llevaba puesto una batita translúcida negra que le llegaba apenas al pubis, como la barandilla es de ladrillo y nadie podía verla, no se había molestado en cubrirse con nada más, pero yo, desde la cama, a su espalda, veía sus nalgas respingonas y redonditas, y entre ellas, un encantador lugar, en tonos rosados. Pensé, con una sonrisa, que le había lamido el sexo más veces que penetrado, a mi ama no parecía gustarle mucho la penetración, o al menos, no la usaba mucho conmigo. A mí me daba lo mismo… bueno, no es cierto, las escasas veces que me había dejado meterme dentro de ella, había gozado como nunca en mi vida, pero me daba tanto placer con su mero modo de ser conmigo, que podía prescindir de ello. 

    Salí de la cama y quise entrar en la terraza, pero recordé que era un esclavo, y pensé si mi ama no se enfadaría conmigo si la interrumpía sus pensamientos, de modo que entré andando de rodillas. A Mariposa le gusta verme suplicar, así no habría posibilidad de que se enfadara conmigo. La miré desde abajo. Mi ama me dedicó una fugaz mirada, casi como si no notase mi presencia allí. Tenía el rostro preocupado, o más que preocupado, fastidiado. No pude evitar recordar lo sucedido anoche, y temí que su momento de “debilidad” la hubiese irritado. De ser así, lo pagaría yo. No me importaba que me castigase (de hecho, me gustan mucho sus castigos), pero temí que pudiera querer abandonarme si se encariñaba demasiado conmigo, si temía perder las riendas. Tenía que demostrarle que no era así, que yo iba a seguir siendo su esclavo, su perro… que no me había dado cuenta de lo que le había pasado. Como un perrito cariñoso, empecé a frotar mi cara contra su pierna y a lamer su piel. Finalmente, me miró y sonrió. Era su sonrisa de superioridad, su sonrisa de “qué tontorrón eres, Imbécil”, y me sentí tranquilo. 

     -Buenos días, Imbécil. – me dijo. Seguía habiendo preocupación en su voz, un extraño tono de hastío, de fastidio… sabía que a mi ama no le gustaba que yo anduviera metiendo las narices en sus asuntos, pero aún así, pregunté. 

     -¿Qué os sucede, ama? ¿Estáis disgustada conmigo, he hecho algo mal?  - Mariposa  me miró con cierta sorpresa, y enseguida intenté cubrirme las espaldas – Sé que vuestra vida privada es sólo vuestra, ama, pero… parecéis enfadada por algo. Si es culpa mía, por favor, ama, decídmelo y ponedme un castigo, sea lo que sea, no quiero volver a repetirlo. 

   Mariposa me sonrió con superioridad y me acarició el pelo, rascándome las sienes, haaah, cómo me gustaba…

     -Tienes razón, no tienes derecho a preguntar. Pero no, no es culpa tuya. Es sólo… que esto se ha terminado. 

     -¡¿Qué?! – el corazón me dio un vuelco, y mi ama se rió.

     -…por hoy, Imbécil. – expiré, aliviado. Casi me mata del susto… - Qué cara de terror has puesto, ¿tanto te molestaría quedarte sin tu ama, Imbécil? ¿Te daría pena no tener ya a nadie para jugar con tu cosita?

     -Muchísimo, ama… no querría ni seguir viviendo sin vos. – contesté sinceramente, mientras ella me sonreía. 

     -Por esto, me fastidia tener que marcharme. Has estado fuera un mes, y ahora que vuelves, yo tengo que irme, en lugar de darte un buen castigo. Hoy tenía pensadas tantas cosas… 

     -Mandádmelas aún así, ama… ponedme deberes, decidme, ¿qué queréis que haga? Vos me mandáis, y cuando volváis esta noche, o mañana… lo tendré hecho. – Mariposa se quedó pensativa. Parecía dudar, y volvió dentro de casa, y yo la seguí, aún a gatas.

     -Bien, Imbécil – contestó por fin – Hoy tengo forzosamente que hacer una visita, y tú vas a venir conmigo. Dirás que eres mi amigo, pero no se te ocurra decir que eres mi esclavo, ni mi novio, ni nada por el estilo, eres SÓLO mi amigo, ¿está claro, Imbécil? – asentí – Muy bien. ¿Tienes algún pantalón de chándal, o algo que te quede muy holgado?

     -Eeeh… sí, ama, algo tengo. 

     -Perfecto. Imbécil, hoy voy a hacer que tengas ganas de cortarte tu cosita. – Reconozco que me dieron ganas de temblar, pero cuando Mariposa se agachó, echó mano a mi pene y lo frotó muy suavemente, temblé efectivamente, pero de placer. 


                                                                          *************


     El autobús olía a sudor y a plástico recalentado. Era apenas primavera, pero ya hacía bastante calor y el sol que entraba por las ventanillas me estaba cociendo la nuca, pero si yo no podía parar quieto en el asiento, no era por la incomodidad del mismo o por el calor… al menos, no por el exterior, sino por el interno. La mano de Mariposa se posó en mi muslo.

     -Quieto… - susurró. La miré, suplicante, ¿cómo esperaba que me estuviese quieto? Tenía una feroz erección y ella no dejaba de tentarla, pero no con las manos, sino con el vibrador. Mi ama me había mostrado una pequeña bala vibradora que podía activarse a distancia, y me la había atado en torno al pene, tocando el frenillo, justo bajo el glande. La sensación de tener algo atado “ahí” ya era bastante extraña, pero cada vez que accionaba el mando a distancia, tenía que morderme los labios para no gritar. Era estupendo, pero me daba bastante corte… el sonido de la vibración no se notaba nada con el ruido del motor, y mi ama había hecho que nos sentáramos en la parte trasera del autobús, se trataba de un vehículo largo, de recorrido interurbano, y de la segunda mitad  para atrás, no éramos ni cuatro monos, pero aún así, algo de corte, sí me daba. Quizá no tanto por la situación en sí, sino por saber que estaba totalmente a su merced, y en plena calle. En la misma parada del autobús, mientras esperábamos, le había dado un par de toques al mando, y yo había tenido que meter las manos en los bolsillos para que no se notase el bulto que me crecía sin parar. Ahora me estaba torturando deliciosamente, accionando la bala para darme gusto y parándola para frustrarme. 

    Al parar, me picaba toda la entrepierna, hubiera querido meterme la mano en el bolsillo agujereado (Mariposa me había hecho hacer un agujero en él, tanto para poder meter la mano ella si se le antojaba, como para que yo pudiera meter un kleenex y limpiarme) y machacarme sin piedad, el ardor era insoportable y hacía que me picase hasta el ano. El sudor me corría por la frente y miré a Mariposa, pidiendo más… por favor, otro poquito más… Mi ama me sonrió con maldad y desvió la vista hacia la ventanilla, mirando tranquilamente el paisaje, ignorando mi terrible deseo. Mis manos se dirigían solas a mi entrepierna, quería tocarme, aunque sólo fuese por encima, pero resistí, e intenté yo también mirar por la ventanilla, disimular… y entonces, lo accionó de nuevo. 

     Me estremecí visiblemente por más que quise evitarlo, ¡qué delicia! La vibración me hacía cosquillas, me producía un picor delicioso justo en el capullo, era una caricia asombrosa, nunca me había sentido así… era un placer travieso, extraño. Yo estoy acostumbrado a acariciarme, a que me acaricien, a la penetración, pero esto eran unas cosquillitas suaves y deliciosas que me tentaban, que me daban más y más ganas, que me subían al cielo… pero no me dejaban llegar. Llevaba sintiendo que estaba a punto de correrme todo el camino, y eso debía ser más de veinte minutos, pero no lo había hecho ni una sola vez. Tal vez, de haber dejado la vibración activada más rato, lo hubiera hecho, pero Mariposa sólo la dejaba un ratito. Unos segundos ahora, un poquito más después, ahora otro poco… de modo que me tenía derretido de gusto, empapado en líquido preseminal y temblando como un flan de gelatina, poco me faltaba para babear… pero sin correrme. Dios, cómo me estaba gustando, qué rico era, qué picorcito… y de nuevo, paró. 

    Sólo por pura vergüenza de ser oído, no grité de frustración, sentí hasta ganas de llorar viendo cómo el orgasmo se perdía de mi vista una vez más. Quise agarrar las manos de mi ama y suplicar que me dejara correrme, que por favor tuviera piedad de mí, se me iba a gangrenar el miembro… Mi mirada debió transmitir fielmente lo que sentía, porque de nuevo sentí el delicioso cosquilleo en mi punta. Mis ojos se cerraron de placer, pero miré a mi ama a los ojos para ver si esta vez… y la vi asentir y sonreír, ¡me dejaba… esta vez, iba a dejar que me corriera! El saber que ahora sí podría hacerlo, hizo subir mi placer. Me agarré con una mano al reposacabezas delantero y apoyé en él la frente, para que nadie viera mi cara de placer, mientras cerraba los ojos, disfrutando de lo que sentía… a pesar del ruido exterior, yo podía oír el zumbido del vibrador en mi miembro, e imaginé la pequeña bala azulada atada a mi glande, haciéndolo temblar por efecto de su vibración, moviéndolo y dándole ese delicioso masaje cosquilleante.

    Me mordí el labio inferior y mi cuerpo tembló cuando la bala empezó a vibrar más intensamente; Mariposa había subido el nivel de tortura, decidida a que me corriera ya mismo. Mi mano derecha, que sostenía un pañuelo de papel, lo estrujaba en pura crispación. Ahora la sensación era más fuerte, más enloquecedora aún si cabe, el zumbido hacía vibrar la tela misma del pantalón y mi pene se frotaba contra ella. Mis caderas se movían solas, buscando más sensaciones y el orgasmo empezaba a avecinarse, pero en un jugueteo diabólico que me hacía sentir que estaba cerca, muy cerca… pero que no iba a llegar nunca. Hubiera querido gritar de placer, abrazarme a mi ama, moverme… pero tenía que seguir lo más quieto que pudiera, y quizá esa imposibilidad me dio más placer aún, el morbo porque pudieran pescarnos me estaba sacando de quicio, y la vibración me daba tirones de placer desde el capullo hasta el vientre, me daba la sensación de que toda la mitad inferior de mi cuerpo era agua, mis rodillas temblaban y mis nalgas daban calambres en el asiento, y por fin, ¡por fin!, me estremecí por entero, la mano izquierda agarrada al reposabrazos con tanta fuerza que mis nudillos palidecían; una deliciosa corriente eléctrica laceró todo mi cuerpo, desde mi miembro a los hombros, me encogí en el asiento y disfruté de la explosión… y casi al instante, me embriagó una dulcísima sensación de alivio, mientras mi pene parecía estallar. Sólo por reflejos había llevado la mano del kleenex a él, y podía sentir perfectamente los disparos de semen salir a presión, regalándome éxtasis a cada uno y dejándome poco menos que muerto. “Si no llego a estar vestido, la leche hubiera llegado al techo”, pensé con torpeza, mientras me dejaba caer en el asiento. 

     La cabeza me daba hasta vueltas y notaba que tenía una sonrisa de oreja a oreja. Estaba hecho un guiñapo, pero me sentía como Dios, había sido la pera, con toda probabilidad, el placer más largo de mi vida. Creía que nada podía mejorar aquello, hasta que una boca cálida se posó muy suavemente en mi mejilla. Mariposa me había dado un beso. Se me escapó un “mmmmmmmmmmmmmmmh….”, del fondo mismo del alma y volví la cara hacia ella, con la boca entreabierta, rogando por otro beso. Mariposa me miró con reconvención, pero echó una fugaz mirada hacia el autobús y, viendo que no había nadie cerca, me lo concedió, y por unos instantes maravillosos, su lengua se fundió con la mía. 

     -Ya estamos llegando, componte un poco, Imbécil. Recuerda que debes llamarme Ocaso, y que sólo somos amigos. 

     -Sí, am… Ocaso. 

     Aún cuando bajamos del autobús, me parecía ir caminando entre nubes. El bus arrancó y nos dejó en una parada sin marquesina, envueltos en una nube de polvo, entre la tierra suelta. Delante de nosotros, sólo había un muro  que encerraba un edificio de ladrillo blanco, rodeado de jardines. Parecía una especie de hospital. Tuvimos que andar un poco hasta la puerta, y vi un cartel que decía “Residencia geriátrica Virgen Dolorosa”, y no pude evitar preguntarme a quién iba a ver Mariposa allí. Por un momento, temí que fuese a algún otro esclavo, pero enseguida deseché la idea, yo no había hecho nada que motivase un castigo por celos tan tenebroso, y de ser así, mi ama no lo habría mantenido en secreto, me lo hubiese restregado de inmediato. Mariposa apenas habló con la gente, pero fue saludada varias veces. Ella se limitaba a mover la cabeza para devolver el saludo, sin sonreír y casi sin hablar, sólo un celador captó su atención, porque le preguntó algo en voz baja. El celador inclinó la cabeza y negó. Finalmente, llegamos al jardín y bajo una sombrilla, sentada en una mecedora, vimos a una anciana. 

     Mariposa se detuvo de golpe, para echar a andar de inmediato, pero mucho más lentamente, con los ojos fijos en la mujer. La anciana era pequeña, menuda, tenía el cabello blanco, y cuando le vi el rostro, tenía la mirada perdida y una extraña expresión de ausencia, con la boca entreabierta. De vez en cuando, se le escapaba un poco de saliva, y por eso llevaba una especie de babero. Mi ama tomó una esquinita del mismo y limpió la boca de la anciana con mucho cuidado. ¿Quién sería aquélla anciana? Nunca había visto que Mariposa tratase a nadie con tanta ternura.

     -Hola. – dijo con su voz de ratita. La anciana, con mucha dificultad, volvió la cabeza y miró a Mariposa con gesto inquisitivo. Algo parecido a una sonrisa cruzó por su cara... parecía como si no se acordase de cómo se sonreía. 

     -¿Quién eres tú? – preguntó, y al oírla, se me puso la piel de gallina. El rostro de la mujer estaba tan maltratado por la edad, y quizá por la enfermedad, que no había notado el parecido, pero la voz la delataba, era… tenía que ser la madre de mi ama. Ahora entendía la urgencia de la visita y su insistencia en que yo no hablase. 

     -Tú me conoces, soy amiga de tu niña. – el rostro de la anciana se iluminó y tomó la mano de Mariposa, tirando de ella para que se sentase a su lado, lo que mi ama hizo, en la silla contigua. 

      -¿La has visto? ¿Cómo está? ¿Es feliz?

     -Está muy bien. La veo con frecuencia. Es una niña normal. 

      -Gracias a Dios… - suspiró la anciana. No acababa de entender la conversación, ¿porqué mi ama no le decía a su madre que ella misma era su hija? – Ya habrá crecido tanto… debe ya tener casi diez años. Apuesto a que es la niña más guapa de su clase, ¿es guapa?

     -Es guapísima… porque se parece mucho a ti. – Contestó Mariposa, con una mirada brillante que me producía cierta envidia, ojalá alguna vez me mirase a mí así…. Su madre, o mejor dicho, la cabeza de su madre, no vivía en el mismo año que el resto de su cuerpo. Decirle que la chica que tenía delante, era su hija, era perder el tiempo, porque para ella, su hija era una niña; pensaría que intentaban engañarla si le decían lo contrario. 

      -Dile que estudie mucho, por favor, y que no desobedezca en nada al tío, es un poco huraño, pero es bueno… tuvo razón al enfadarse. Y que no se acuerde de mí, que no venga a verme, él se pondría furioso. 

      -YA estoy furioso. – un hombre muy mayor, pero de aspecto vigoroso, se acercaba a nosotros. La madre de mi ama se tapó la boca, como si temiera por lo que acababa de decir, y Mariposa se puso en pie. Ya no había rastro de cariño en su mirada, sólo ira, asco. Por un momento, temí que se lanzara contra aquél hombre, y me resultó muy fácil darme cuenta que había muy pocos motivos por los que se contenía de hacerlo, quizá porque estuviera allí su madre, o porque él fuese un viejo. - ¿Qué haces tú aquí? Creí haberte dicho que no quería ver putas aquí. 

     -He venido a verla a ella. No necesito tu permiso.

     -¿No te parece que le hiciste ya bastante daño? ¿No estás satisfecha aún? 

     -¿Perdona…? Si hablamos de daño, creo que no fui yo quien le estampó la cara contra el suelo  y la dejó senil con treinta años.

     -Eso, lo hiciste tú. Todo se lo hiciste tú el día que naciste. 

     -Haberla dejado usar condones o abortar, muy reverendo tío. – Una sonrisa siniestra cruzó por la cara de mi ama. Sin darme cuenta, yo mismo me había levantado, y no dejaba de mirar el bastón en el que se apoyaba el viejo, temeroso de que atacase a Mariposa. 

     -¿Eso te hubiera gustado, verdad? La hubiese condenado a ella y me hubiese condenado yo, ¡eso es lo que buscas desde que naciste, perdernos a todos, demonio! Pero no lo conseguirás. Ya he desistido de llevarte por el camino recto, si quieres perderte, adelante, pero no te la llevarás contigo al infierno.

     -La policía, pondría muchos reparos a lo que para ti es “llevar a una adolescente por el camino recto”… y no digamos a una niña, viejo asqueroso y repugnante. 

     -Dí lo que quieras, yo sé que hacía bien. ¿No te gustaba, verdad? A ella tampoco, pero sabía que era por su bien, yo sabía hacerlo de modo que no diese pecado, pero se fue a zorrear con chicos… chicos que no sabían hacerlo como  yo, y por eso viniste tú, semilla maldita. ¿Crees que me importa la policía? ¡Ellos, no pueden hacerme nada con sus leyes mortales, sólo Él puede juzgarme! – sonrió con maldad – Curiosamente, ya soy demasiado viejo para que me condenen por hacer lo que era justo. Dios me protege. 

      -Tu dios, no existe. Estás tú más loco que ella. ¿Quién te estrelló a ti la cabeza contra el suelo para que te volvieras tan loco, viejo tío? ¿También en el seminario te “llevaron por el camino recto” a ti, otros hombres fuertes y viejos como tú? ¿Te gustaba a ti eso, tío? ¿Te gustaba que te tocasen y te mandasen tocar?

     -No eres más que una puta, una mujer vil, como todas. ¡El Señor será implacable contigo, y te mandará al infierno al que perteneces y del que nunca debiste salir!

     -Ese señor, nunca podrá hacerme nada ni mandarme a ningún sitio, porque no existe, nunca ha existido, no es más que un desvarío de tu mente enferma. Quizá podrías asustarme con esas memeces cuando yo tenía cinco años, pero ya estoy un poco grande para que intentes hacerlo ahora, viejo loco. Si tu dios existiera de verdad, hace mucho que debió haberte enviado una venérea para hacer que se te cayera el pito a cachos y te comieran por dentro gusanos. 

     -¡Vuélvete con Satanás, tu dueño, zorra! ¡Dios está de mi parte, y Dios te va a castigar! ¡Dios sabe quién tiene aquí razón! ¡Dios te va a fulminar, hará que te atropelle un coche, que te violen y te maten, Dios…!

     -¡Y yo me cago en tu cochino dios!

      Sólo vi un borrón. Mariposa hizo ademán de volver la cara para aguantar el revés, pero cuando abrió los ojos, me encontró a mí en medio, sujetando con la izquierda la mano de su tío. El viejo me fulminaba con la mirada, y temí que me cruzase la cara a mí. Sonreí como pude. 

     -Hola. – susurré – Me… me llamo Miguel, y siento un profundo respeto por los ministros de Dios. – soy consciente que quedó babosamente servil y pelota, pero no se me ocurrió nada mejor. 

     -¿Quién es éste cretino? ¿Algún inconsciente al que también estás perdiendo? – Mariposa me miraba como si fuera la primera vez que me viera. Había un extraño asombro en sus ojos, como si me preguntase qué estaba haciendo, quién me daba vela, porqué me metía… pero alcancé las ciento ochenta pulsaciones en un segundo, cuando contestó:

      -Es mi amigo. 


                                                                    ************************

     Mariposa no me había contado nada, pero ahora lo sabía todo. Había nacido de madre soltera, su madre era sólo una adolescente cuando se quedó en estado, y le habían forzado a tener el bebé para quitárselo después y entregarlo a su tío abuelo, un sacerdote que daba misa en un colegio de huérfanos. El viejo había abusado de mi ama como había abusado de su madre años atrás. Engañándola con que lo hacía por amor, porque la quería mucho, para protegerla y también para castigarla por ser “fruto del pecado”, había logrado que ambas guardasen silencio, hasta que Mariposa debió hartarse o creerse demasiado lo de que ella era un pecado e intentó quitarse la vida cortándose las venas… cuando su madre se enteró, poco menos que enloqueció y se encaró con su tío abuelo por vez primera en su vida. Éste la atacó y de la paliza que le metió, la dejó incapaz para siempre. La madre de Mariposa apenas tenía cincuenta años, pero aparentaba más de ochenta. Al parecer, no le quedaba mucho de vida.

     No sabía ni qué pensar. Mariposa tenía razón cuando decía que su tío estaba más loco que su madre, durante los pocos minutos que tardamos en irnos, no dejó de decirme que su sobrina nieta era un demonio, que me alejara de ella ahora que aún podía, porque me destruiría, que mirase lo que había hecho con su propia madre, que salvase mi alma de ese pecado viviente que era Ocaso… Yo sólo entendía que era bastante comprensible que Mariposa hubiera intentado suicidarse  para escapar de una vez de él. Hasta yo lo hubiera hecho, y sólo tuve que aguantarle un ratito. 

     -Imbécil. – mi ama me llamó y yo acudí, de rodillas. Estábamos de nuevo en mi casa, en mi alcoba, y mi ama pareció muy pensativa durante todo el regreso, ni siquiera había querido jugar de nuevo conmigo y el vibrador. Al llegar a casa, me había hecho desnudarme y quedarme fuera del cuarto, y por la puerta entreabierta la había visto abrazar la almohada y mecerse ligeramente, como si precisase sentirse segura… ojalá me abrazase a mí cuando lo necesitase. Después, había rebuscado algo en su bolsa negra, ya no pude ver qué, y me llamó. Entré en el cuarto a gatas, sonriente, y ya erecto, a pesar de que ni siquiera me había tocado. Mariposa elevó la mano, haciendo gesto de que me levantase, y obedecí, quedando de rodillas, pero erguido, con las manos hacia delante, como un perrito que pide. 

      -Imbécil… No hagas preguntas. – asentí. – Tengo un regalito para ti. – Mi ama sacó las manos de la espalda y me mostró un collar negro, con púas de metal. Suena estúpido, pero me sentí emocionado y acerqué la cara, Mariposa sonrió ante mi simpleza y me colocó el collar, dejándolo poco ajustado y acariciándome el cabello. – Te queda bien, Imbécil…. Quiero que sepas, que esto, tiene un cierto valor. No cualquier esclavo, se gana un collar propio. Vamos a pasearte, perrito. – Mi ama sacó una larga correa de metal de su bolsa y la enganchó al collar. Dio un tirón y me hizo seguirla a cuatro patas por toda la casa, por la terraza, lamerle los zapatos, las piernas… más tarde se subió a mi espalda y me hizo pasearla, y yo me sentía reventar de felicidad. “¿Será esto lo que sienten las chicas, cuando el chico de sus sueños les da un anillo….?”