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lunes, 17 de junio de 2013

De fiesta con las gemelas


     El gusto de los ratones siempre era salvaje y excitante. Jet ya estaba protestando porque Roy, el novio de su idiota hermana pequeña, a quien tenían que seducir, había logrado eclipsarse soltándoles ratones, pero Bet prefería disfrutar del sabor de la sangre cálida y salada que aún se notaba en su boca. Jétzabel era siempre impaciente y algo chillona, Betsabé solía ignorarla. Las gemelas licántropo habían fracasado en seducir al novio de Junior, su hermana pequeña, y sabían que su padre no se lo iba a tomar nada bien… pero además de enterarse, para pagarlo con ellas, tenía que hacer antes otra cosa: atraparlas. Y es cierto que Alan y su madre eran asesinos a sueldo, especializados en encontrar licántropos renegados de sus clanes, las cogerían tarde o temprano, pero hasta entonces, pasaría tiempo, y mientras tanto, no era plan de desaprovechar el suyo.
      -¡Se nos ha escapado por tu culpa, idiota! – le reprochó Jet, a pesar de que las dos se habían lanzado a por los ratones, y por lo tanto, habían dejado libre a Roy para escaparse, exactamente al mismo tiempo… pero para Jet, la culpa siempre era de los demás. 
     -Cállate, estúpida…mmmh… los ratones tienen más gusto que ese insípido humano… ¿qué nos importa que se haya ido… él se lo pierde, si prefiere quedarse con nuestra subnormal hermana, allá él… otros mejores vendrán. – Y en ese momento, una chica se asomó por la ventana.
     -Hola, chicas. – era una joven pelirroja, con el pelo casi al rape. Como ya no quedaban ratones, no se asustó por nada. Hablaba con una voz sensual, y antes de que lo dijera, ya estaba claro lo que quería. - ¿Tenéis una fiesta… privada, o aceptáis a más miembros…? – Jet y Bet despreciaban a los humanos, pero llevaban mucho tiempo sin tener sexo con nadie. 
-Depende... – sonrió Bet - ¿De quién se trata, bombón…? – La joven licántropo se acercó a la ventana y manoseó el pecho de Thais, bajo la camisola. Thais no aparentaba más de dieciocho años, y sufría una especie de alergia a la música, que la hacía quedar a merced de cualquiera… pero esa noche, además, quería subir el ánimo al que, muy a su pesar, pero consideraba su amigo a pesar de todo. 
-De mí… y de mi amigo. – Jean se asomó a su vez, y Jet rompió en carcajadas. 
-¡Qué feo! ¡Eres más feo aún que Drácula!
-¡Qué tonta! – contestó Jean, poniendo su mismo tono de voz – ¡Eres más tonta aún que Abundio! – Lo que Jean no sabía es que cuando Jet decía Drácula, no se refería al vampiro, sino a uno de los perros de su padre, que se llamaban Drácula y Mircea, y con los cuales ella y su hermana habían tenido sexo. 
-Es muy feo, pero me ha hecho reír – contestó Bet. – puede quedarse. Pero que no se haga ilusiones, no pienso dejarme besar por esa boca llena de hierros. 
-Tampoco yo quiero besar esa boca llena de colmillos… - protestó, pero de todos modos, siguió a Thais cuando ella entró por la ventana, Jean era un prestigioso abogado, moreno, atractivo, bien hecho… pero esa noche, bajo el conjuro de las gemelas, volvía a ser un adolescente de pelo grasiento y apelmazado, rostro masacrado por el acné, cuerpo desgarbado y grotesco aparato dental que le hacía cecear. No estaba a gusto sintiéndose feo y en plena pubertad, pero la golosina de tener a su amiga y a dos chicas más, por ende gemelas, para él solito… digamos que le consolaba bastante. 
    Entre risitas, le pusieron de rodillas. Los pantalones gris del traje le quedaban grandes, pero eso daba igual a las tres chicas. Puesto que Bet y Jet no estaban dispuestas a acercarse al aparato, Thais supo que su boca, sería por entero para ella, y quiso lanzarse a besarle mientras las gemelas se disponían a quitarle el pantalón y descubrir su juguete, pero, para su propia sorpresa, Jean la detuvo.
    -Eh, ¿y el “ambiente”? ¿No vais a poner ni un poquito de música…? – Thais sabía por qué lo decía. Teniendo ella la madurez mental de los dieciocho y el calentón que tenía, era poco probable que sucediera, pero si se le pasaba, sería muy capaz de huir… oyendo música, caería presa de su debilidad y no podría escaparse. 
    -Los humanos siempre lo complicáis todo – susurró Jet, tan bajo que no la oyeron – Si quieres música, ponte a cantar. 
     -Bet… no seas grosera con nuestro juguetito… Elige algo bueno de la música de nuestro “cuñado”, y ponla, venga. – Jet estuvo a punto de protestar, pero su hermana se le adelantó – Te prometo que no abriré el paquete hasta que vuelvas. – Dicho y hecho, Jean intentó soltarse él mismo el botón y dejar su erección libre, pero Bet le sujetó las manos – No, no, cachorro travieso… quieto. Tú, chica – dijo, dirigiéndose a Thais. – Ponle las tetas en la espalda y acaríciale… vamos a hacerle sufrir un poco mientras vuelve mi hermana. 
     Thais sonrió y se sacó la camisola por la cabeza, dejando ver sus pechos, menudos y rosados, de pezones rojizos, pero Jean apenas pudo verlos fugazmente, ella le abrazó por detrás y los notó, calientes y puntiagudos, en su espalda. Entre risas suaves, la joven se acarició contra su columna, haciendo círculos con los pezones. Jean sonrió y tembló ligeramente, recordando que con dieciocho años, con la edad que él tenía ahora… era casi por completo virgen, sólo había besado a una chica que le dejó cuando él quiso pasar a mayores, algo como tres chicas para él solito, era algo que entonces, sólo estaba en sus sueños más salvajes… de haberle sucedido en esos años, se hubiera muerto de gusto… más o menos como le estaba pasando ahora, sonrió. 
    Bet se puso en pie y dejó su sexo a la altura de la cara de Jean. “Jet, no te des prisa…” pensó. Aún entre sus labios cerrados, se veía perfectamente la punta de su clítoris rosado, y cuando se abrió el coñito con los dedos, éste quedó al descubierto, erecto y tembloroso, húmedo y tentador… Curiosamente grande. 
    -Saca bien la lengua, feíllo. – ordenó – No quiero que me toques con esos hierros llenos de saliva.
    Jean obedeció, mientras tenía que apretar los puños para no soltar su pene, que gritaba por ser liberado, y Thais no dejaba de frotarse contra su espalda y acariciarle el pecho con las manos, lamerle el cuello en caricias, subiendo hasta las orejas… él sacó la lengua todo lo que pudo y la acercó a la gorda perlita de Bet. 
     -¡Mmmmmh…! – la joven licántropo se dobló sobre sí misma al sentir el intenso latigazo de placer húmedo que pareció electrificar su sexo hasta la nuca, cuando la traviesa lengua de Jean la rozó, y de inmediato empezó a aletear, acariciando el bultito, rodeándolo, hurgando entre los labios vaginales, haciendo cosquillas irresistibles… Sí, el amigo de la chica era feo con ganas, el pobre, pero tenía sus buenas tablas usando la lengua… qué dulce lo hacía… Sería por el tiempo que las gemelas llevaban sin tener sexo, pero le estaba sabiendo a gloria, qué modo tenía de moverse, era como un pececito fuera del agua, aleteando sin descanso, acariciando y dando golpecitos, frotando por la punta, intentando meterse entre sus labios, presionando, dando vueltas… no paraba para tragar, le importaba un pimiento estar babeando si a cambio le daba placer, era un artista… 
     -¡Eh, no empecéis sin mí, cabrones! – gruñó Jet, que ya volvía. Había puesto un disco en el que se oía el susurro del viento en los árboles y trinos de pajaritos… Roy no tenía más música que eso y rock duro, y poner canciones del estilo “violaré tu cadáver frío y putrefacto y me sacaré gusanos del miembro después del acto”, durante una sesión de juegos, era excesivo incluso para Jet.
     -Ooooh…cállate y déjame un poquito más, no sabes la lengua que tiene este pervertido…
     -¡Yo también quiero probarla!
     -¡Tú dijiste que no querías saber nada de su boca llena de hierros, así que ahora te aguantas! Aaah, sigue, sigue chupándome… mmmh, así… eh, chica, no me lo desconcentres… - Thais se rió, porque la habían pescado, ella misma estaba desabrochando el pantalón de su jefe y le había sacado el miembro erecto. Jean se estremecía de placer, su pasante sabía acariciar muy bien, lo hacía con toda calma, torturándole un poquito, dándole un gusto maravilloso pero sin acelerar demasiado, para que no se olvidase de lamer a Bet. 
     -No te preocupes, Jean es muy hábil, ¿verdad que sí? – susurró al oído de éste, lamiendo la oreja y jugueteando con el lóbulo. Él asintió, sin dejar de mover la lengua, las manos apretadas en los muslos de Thais – No parará aunque le dé un orgasmo…
     Bet se apretaba los pechos y luchaba contra el impulso de agarrar la cabeza de Jean y embutirle contra su sexo, el repelús que le daba el aparato era poca cosa comparada con el placer que sentiría cuando esa experta lengua se deslizase plenamente al interior de su coñito y presionase los puntos exactos… Pero Jet estaba fastidiada.
     -Jet… no seas tonta, no te enfades… haaaaaaaaaah… - gimió su hermana – yo hubiera querido que chuparas a éste feo, pero… mmmh… la chica ya te ha tomado la delantera… haz algo útil y ayúdame a llegaaaaar… aaaaaah… cuanto antes lo haga… antes podrás probar tú…. 
     -Eres una asquerosa – rezongó Jet, pero se puso de rodillas detrás de su hermana y le abrió las nalgas con las manos, enterrando de inmediato su cara entre ellas. Bet gritó y brincó de gozo cuando la lengua de su hermana se introdujo en su ano, casi con furia. 
     -¡Aaaaaaaaaah… sí, sí, seguid, seguid los dos….! – chilló, mientras se le escapaban las sonrisas y las piernas le temblaban. “El culo… le está chupando el culo…” pensó Jean, con la cabeza que le daba vueltas. Tenía en la punta de su lengua el clítoris más grande que jamás había visto, su pene sentía mil delicias entre las manos de Thais, y a solo unos centímetros, separada por las piernas de Bet, las tetas y el sexo de Jet se le ofrecían… sin poder contenerse, acercó la mano derecha al coñito depilado de la menor de las gemelas. 
     -¡Mmmmmh…! – Jet dejó de lamer por un momento para mirar a Jean, pero éste no pudo devolverle la mirada, no estaba dispuesto a dejar de lamer, quería sentir esa gran perla correrse y vibrar para él, quería sentirla temblar en su lengua y verla contraerse, y estar acariciando otra similar, no era motivo para dejar de mirarla. 
     -¡Jet, estúpida, no pares….! – suplicó Bet, contoneándose, ansiosa por sentir de nuevo la lengua doble, y su hermana volvió de nuevo a su deber, su lengua se introdujo entre los cachetes tibios y acarició la rosada estrella, mojándola, y apretó ligeramente, para lograr introducirse poco a poco, en medio de una indescriptible calidez… ella misma sentía su ano húmedo, pero era por las dulces caricias de Jean, que le frotaba el clítoris con el pulgar y le metía un dedo sin reparo. 
      “Jooo… yo también quiero…” pensó Thais, viendo a las gemelas suspirar y gemir. Una parte de sí misma se avergonzaba por pensar así, pero por otro lado, hoy no quería pensar… se sentía como si estuviera viviendo un sueño, una especie de fantasía de la que al día siguiente nadie recordaría nada y por lo tanto, de la cual nadie podría pedirle explicaciones ni hacerle reproche alguno. Como si Jean se anticipase a sus deseos, llevó hacia atrás la mano izquierda, y como pudo y con bastante dificultad, pero empezó a acariciarle también a ella el coñito. 
     Bet apenas podía hablar. Sonreía y ponía los ojos en blanco, apoyando las manos en los hombros de Jean, sudaba y se estremecía; Jet gemía audiblemente a pesar de tener la lengua metida en el ano de su hermana y sus manos, agarradas a las nalgas de Bet, se crispaban de placer, mientras sus muslos daban convulsiones; a Thais, que gozaba de las cosquillitas que le hacían Jean en su sexo, le estaban entrando ganas de jalearle, ¡estaba satisfaciendo a dos chicas a la vez, y eso mientras le acariciaban el miembro! Su jefe era un pervertido, pero podía enorgullecerse de serlo, no todos los que se jactan de ello pueden presumir de tener a tres chicas atendidas al mismo tiempo… mmmh, qué bien le estaba tocando, le hacía cosquillas en el clítoris justo con la punta de los dedos, era tan excitante… 
      -¡Más… más… MÁS! – chilló por fin Bet sin poder contenerse, clavando las uñas en los hombros de Jean, de modo que éste aceleró con la lengua, moviéndola a toda velocidad, frotando la puntita con fuerza… y desobedeciendo al sentido común, pero siguiendo el imparable dictado de su ansia, apresó el clítoris en su boca y succionó como si quisiera exprimirlo, mientras metía dos dedos en el coño de Jet y los doblaba por dentro para acariciar el punto mágico. El chillido de ambas gemelas atronó los terrenos de la universidad. Bet se dobló de placer, tiritando, mientras su gorda perlita intentaba contraerse, pero los labios de Jean la tenían presa y las convulsiones se hacían con ello insoportablemente agradables; Jet puso los ojos en blanco y arañó las nalgas de su hermana en su temblor, sus muslos se estremecieron y Jean pudo sentir perfectamente su sexo titilar y abrazar sus dedos mientras gemía y babeaba.
     Suavemente, Jean soltó su presa. Para él, no había nada más excitante que sentir los golpes incontrolables de un orgasmo femenino, y más cuando lo había provocado él. Sabía que acababa de correrse sin poder evitarlo, su pene estaba empapado en jugo blanco, él jadeaba, recobrando el aliento… había sido demasiado bueno para aguantar. Las gemelas respiraban con fuerza, las dos de rodillas, y Bet se daba lengua dulcemente con Thais, acariciándose los pechos. Esta sola imagen bastó para volver a darle ganas. “Es cierto, con dieciocho años era más feo que picio y un fracasado social… pero eso de poder pasarse siete orgasmos empalmado como un campeón y no tener que tomarse ni un descansito de diez minutos, también era una ventaja”, pensó. 
     -Mmmmmmmmmmh… - gimió Bet, jugueteando con la boca de Thais – Gracias por traerte a tu amigo, bombón. Tú, feo, mira en qué estado te has puesto, todo sucio… Jet, vamos a limpiarle, se ha portado bien, ¿no crees?
     -Haaaaaaah… sí, no ha estado mal, se ha ganado que le limpiemos. – Jet gateó y se inclinó, hasta besar muy suavemente el miembro erecto de Jean. Permaneció un segundo con la boca pegada a su piel, y luego se separó lentamente, dejando un hilillo blanco suspendido entre su boca y él. Jean suspiró, echando hacia atrás la cabeza, mientras también Bet se inclinaba, dispuesta a lamerle. 
     -No te distraigas, feo… compensa a tu amiga por haberte dejado entrar, tócala, que veamos cómo le das gustito, venga… - susurró la licántropo. No había nada que ninguno de los dos desease más, Thais se colocó junto a él, y le acarició del cuello, lamiendo sus labios. Jean sacó la lengua y empezaron a lamerse mutuamente, mientras él bajaba las manos sin ningún reparo, la derecha en su coñito, la izquierda por detrás, iba a acariciarla por todas partes. No sabía si Thais había hecho antes sexo anal o no, no importaba, era un buen momento para comenzar. 
    Las gemelas lamían el grueso miembro de Jean, paladeando golosamente el espeso semen que lo cubría, entre los suspiros de su propietario. Cada vez que las pícaras lenguas rozaban su piel, un escalofrío de intenso gusto le recorría de pies a cabeza, era tan agradable que se le escapaban las sonrisas y se le encogían los hombros, pero no por eso dejaba de acariciar a Thais, que le ponía unas caras de placer que partían el alma. Los dedos de Jean acariciaban el clítoris por delante y se mojaban bien por detrás para acariciar el ano, hacer cosquillas que daban a Thais unas ganas tremendas de ser penetrada… Jean asintió y le metió dos dedos de golpe.
      -¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! – gritó, sonriente, aferrándose a Jean y temblando de gusto, ¡qué bueno! Su sexo mismo pareció aplaudir de placer, la maravillosa caricia tórrida se expandió por su cuerpo, produciéndole una sensación dulcísima de plenitud… que enseguida se transformó en un picorcito travieso y calentito que exigía que los invasores se movieran en su interior, lo que empezaron a hacer de inmediato. 
     Jean suspiraba, mirando a Thais sonreír y a las gemelas lamer su pene alternativamente. Su miembro estaba ya limpio por completo, sonrosado y brillante de saliva. Bet y Jet le lamían hasta las pelotas, se metían su miembro en la boca, una cada rato, y de vez en cuando las dos jugueteaban con sus lenguas en la punta del mismo. Jean sentía los hilillos de saliva resbalar pícaramente por su tronco, acariciando y haciendo cosquillas, era irresistible, insoportable… deliciosamente insoportable. Si seguían así, iba a correrse otra vez, no podría remediarlo… Thais casi brincaba sobre sus dedos, sus manos volaban en su interior, su mano izquierda apretaba cada vez más su culito, se estaba metiendo en él… y la joven suspiraba entre sonrisas, gimiendo su felicidad, incapaz de soportar el placer… como él mismo era incapaz. 
      -Señor, esto compensa lo de la lotería… ¡gracias! – murmuró en medio de gemidos entrecortados, sintiendo que un nuevo orgasmo se avecinaba y no podía hacer nada por retenerlo. 
     -Se va a correr… no aguanta nada, otra vez que se va a derramar… - musitó Jet, haciendo pasadas interminables con su lengua.
     -Oooh… ¡esperad, esperad! – casi a manotazos, Thais las quitó del miembro de Jean y lo apresó en su boca, succionando como si pretendiese arrancarle la vida por él… y casi lo consiguió, porque al ver aquello Jean se dejó derrotar y una poderosa descarga de esperma le fue arrebatada por la boca de su pasante, sintió su sexo aspirado dulcemente, en medio de contracciones que le acalambraban el cuerpo y daban tirones de su polla embriagada de sensaciones indescriptibles… se descubrió a sí mismo tirado de espaldas, vencido por el placer, mientras sentía que su sexo aún daba empellones, metido todavía en la dulce boca de Thais.
     -¡Tragona egoísta! – protestó Jet.
     -Venga, vosotras tuvisteis la anterior… 
    -Y tendremos la siguiente… la tuya. – dijo Bet, y se lanzó a por el sexo húmedo de la joven abogada, metiéndole dos dedos hasta los nudillos. Thais rió y gritó de placer, agachándose hasta tocar el suelo con la cara, para dejar su coñito expuesto. Jet, riendo perversamente, se colocó junto a su hermana y acarició el ano de la joven. Jean, tirado en el suelo, no sabía si advertir de su presencia allí, o limitarse a disfrutar del espectáculo e intentar que su sangre volviera al resto de su cuerpo, porque llevaba no sabía cuánto rato agolpada en su miembro. 
     Thais le miró, sonriente, y a gatas y como pudo, se acercó a él, y empezó a lamerle la cara y los labios… Jean sacó la lengua para que ella no tuviera que tocar el corrector dental y empezaron a acariciarse mutuamente mientras las gemelas la masturbaban sin cesar. Apenas unos minutos más tarde, la joven empezó a gemir con más fuerza, sus mejillas se pusieron rojas y su cuerpo temblaba. Bet la taladraba sin piedad, metiendo y sacando sus dedos a toda velocidad, y Jet introducía su dedo índice en el ano de Thais, lentamente, haciendo círculos y presionando por dentro, produciendo subidones extraordinarios de gusto, pequeños estallidos que presagiaban el Grande en el cuerpo de la pasante. 
      Thais intentó hablar, decir que le venía, pero de su boca sólo salieron gemidos desamparados. Sin importarle un pimiento el aparato, dejó caer su boca sobre la de Jean y le metió la lengua con desesperación, mientras su sexo estallaba en una fuente de sensaciones maravillosas, expulsando tibias gotas espesas de placer, al tiempo que se cerraba en convulsiones, apresando los torturadores dedos de las gemelas, que reían a carcajadas viendo los temblores incontrolables del cuerpo de Thais, cómo sus esfínteres se cerraban en espasmos rítmicos, al compás de sus gemidos de placer.
     El aparato dental era frío y de sabor metálico. No era precisamente agradable, sin embargo, Thais, en medio de su orgasmo, lo recorrió con la lengua, tranquilamente y con pasión “esto es como besar a un androide…” pensó, jadeando. Ese fue su último pensamiento coherente antes de dejarse caer junto a Jean. Tenía la sensación de que la fiesta había seguido, pero no recordaba nada más allá. 

        A la mañana siguiente, la despertó una sensación áspera sobre su piel. Algo rascaba ligeramente su brazo, y cuando abrió los ojos, descubrió que era una manta marrón, de tela basta. Estaba en la casa que recordaba de anoche, tendida en el suelo y desnuda, pero le habían echado una manta por encima, y tenía su camisola junto a ella, bien doblada. Estaba caliente y olía como si alguien la hubiera lavado, secado y planchado en esa noche. Fue a incorporarse, y descubrió a Jean a su lado, sonreía dormido, como le pasaba cuando había tenido sexo (lo cual quiere decir que sonreía dormido la práctica totalidad de las veces que dormía). Él también estaba dormido, pero ya no era Jeanny Hierros. Su acné había desaparecido, su cabello estaba bien peinado, ligeramente hacia arriba, dándole ese aspecto de erizo aseado que le caracterizaba. Su cuerpo estaba moldeado como ella lo conocía… los pantalones de su traje también estaban junto a él, y también planchados y doblados con mimo. Las gemelas habían desaparecido. Por la ventana, apenas salía el sol aún… podía ponerse la camisola y llegar hasta su cuarto sin que nadie la viera, no quería que Jean se despertase y empezase a hacer bromitas estúpidas sobre lo sucedido la noche anterior. Se puso la camisola e intentó salir de debajo de la manta, pero una voz casi la hizo saltar medio metro del susto. 
     -¿No quiere un café? – Un chico alto y de mandíbula saliente estaba sentado en la encimera de la cocina, mirándola. Sostenía una taza en las manos y la miraba con afabilidad. 
     -¿Quién eres tú?
     -Soy Virgo, el lavandero. Vivo aquí. – Thais se sonrojó hasta las rodillas, y Virgo sonrió con amabilidad. – Parece que anoche pasaron algunas cosas raras, no se preocupe, lo suyo no ha sido lo peor. El conserje de noche me ha contado que ha encontrado a una pareja de profesores en el gimnasio, él encima de ella, sin calzoncillos y dormidos como dos troncos, él roncaba y todo. Y otra pareja, en un coche. Yo he visto volver a un tío vestido de mujer, y hasta el bibliotecario salió de la residencia de chicas hace como una hora… iba escondiéndose, hasta que su mujer salió al balcón y se puso a gritar “¡Oli, te quiero! ¡Oli! ¡Te quiero!”, y luego el primo del bibliotecario se asomó también y gritó que él también le quería, pero que era muy temprano aún y despertaron a media residencia femenina… creo que el bibliotecario volvió a meterse allí. Lo suyo, no ha sido lo peor. Por lo menos de lo suyo, no se ha enterado nadie. 
     Thais no sabía ni qué cara poner. Pero el lavandero tenía razón, al menos nadie se había enterado, no parecía que el tal Virgo le fuese a ir con el cuento a nadie, y aunque lo hiciese, ¿qué más iba a dar…? Su caso no sería más que otro entre tantos.
      -Creo que sí me tomaré ese café… - susurró y se levantó, estirándose bien la camisola. La entrepierna le escocía y le quemaba. 
     -¿Le apetece que ponga un poco la radio…?
      -Por Dios… todo, menos eso.