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lunes, 10 de junio de 2013

Joven Zorro


     El aire de la buhardilla tenía un olor denso y penetrante, pero atrayente. El olor de las acuarelas, del alcohol y del aguarrás de limpiar los pinceles, del barniz incoloro, un olor intenso como a menta que mareaba un poco, pero que gustaba. El joven miraba a su modelo y a su lienzo, y pintaba. La joven intentaba mantener la expresión que él le había pedido, pero no le era fácil… era la primera vez que hacía algo así, se sentía asustaba y cohibida… ojalá hubiera traído a una amiga para que estuviera con ella, pero el que alguien más supiese de aquello, era la mejor papeleta para que se acabase sabiendo, cuanta menos gente estuviese enterada, mejor que mejor.
    -Luciano… -musitó la chica. Al chico le hacía pensar en terciopelo, aquella voz. – Por favor, te recuerdo que nadie tiene que saber esto, ¿vale…? Si mi padre llegara a enterarse, me mataría, y te mataría…
     -Tu padre no me asusta. Tú sí. 
     -¿Qué quieres decir? – Preguntó la chica, de pelo castaño claro, con vetas rubias y anaranjadas. Pero Luciano se limitó a sonreír con picardía, y no contestó. Cuando sonreía, se le achinaban los ojos oscuros, y eso le daba un aspecto… carnívoro. “Tiene cara de zorro”, pensó Purita. La verdad que aunque Luciano estuviese estudiando Bellas Artes y fuese pintor, tenía más cara de diablo que de artista. Tenía el pelo muy negro, ondulado, ojos astutos y casi siempre vestía de negro. Según decía, se notaban muy poco las manchas de pintura en la ropa oscura, pero lo cierto es que parecía un asesino, un personaje ágil y astuto, alguien de quien tener miedo, no alguien que tuviera miedo… y menos de ella, una pobre chiquilla, que por total vulnerabilidad, estaba prácticamente desnuda. Al recordarlo, la sensación de vergüenza volvió. – Aún no sé cómo he permitido que me enredes en esto. – dijo, apretándose más la tela de la camisa vaquera. Estaba arrodillada sobre el colchón que tenía Luciano en el piso de la buhardilla, desnuda, tapada sólo por una amplia camisa de tela vaquera que sostenía contra su pecho y un lado de su rostro, en expresión soñadora… verse, no se veía nada censurable, pero se adivinaba todo, y quedaba al descubierto la ternura de sus hombros, la adorable curvatura de su espalda, y el semicírculo de sus nalgas. Estaba preciosa.
     -Lo has permitido porque eres tan guapa, como presumida. – contestó Luciano, trabajando con el pincel, deteniéndose a mirarla de vez en cuando, con fingida indiferencia.
     -¿Cómo…? – contestó Purita, casi ofendida. 
     -No es malo… - se encogió de hombros él. – Eres guapa, mucho, y lo sabes. La gente se vuelve a mirarte cuando pasas, sobre todo los chicos. Te gusta mirarte al espejo, y te pasas horas arreglándote, o sólo mirándote, porque te gusta lo que ves. – Luciano no la conocía lo bastante como para saber eso, pero lo sabía de todos modos, igual que sabía tantas cosas… le bastaba echar un vistazo a las personas para saber cosas de ellas. – Tener un retrato, o verte pintada, es algo que te encantaría. Podrías mirarte durante horas y ver lo guapa que eres… y cuando seas mayor, envejezcas y seas una abuelita, podrás enseñárselo a tus nietos y decirles “mirad qué guapa era la abuelita”, y sentirte confortada por ver lo guapa que fuiste… y lo atrevida que fuiste al posar así. – Luciano se la quedó mirando, y Purita tuvo miedo de sostenerle la mirada. – Eres la modelo más bonita que he tenido. Creo que ni tú sabes lo guapa que eres, y eso te hace más guapa aún. 
     La joven le miró, inquisitiva… ¿no acababa de decir que ella sabía que era guapa…?
     -Tú te ves guapa. Pero no te crees guapa. Piensas que te gustas, y eso es suficiente para ti, no se te ocurre pensar que al resto del mundo también le gustas. Eso te hace ser aún más bonita…. Purita, me gustaría ser como tú.
     -Bueno, Luciano, tú no eres feo…
     -No hablo de eso. – sonrió él. – Hablo de… las sensaciones. Lo que provocas al andar. La gente te mira, y se te queda mirando, y les provocas emociones. Te desean, quieren tenerte, poseerte… También por eso te pedí que fueras mi modelo, yo también quería poseerte. 
    -¡Luciano! ¡Si sigues hablando así, me marcho ahora mismo!
    -No te enfades, no lo digo en el mal sentido.  – dijo muy deprisa - Lo que quiero decir es… Purita, he visto chicos del instituto mirarte y temblar. Tú quizá no te des cuenta, pero yo sí. A eso me refiero, es lo que me gustaría, ser capaz de provocar en otra persona una emoción semejante. Algún día lo conseguiré. – sonrió, rebajando el color rosa en su paleta – Algún día, la gente oirá mi nombre, y se echarán a temblar de emoción, y me verán y me admirarán, y sentirán miedo al asomarse a mi arte, y dirán: “ése es Carvallo, el que ha hecho tal cosa y tal otra, el que revolucionó esto y aquello, el que ha visto y vivido…”, y seré tan grande que la gente temerá hablar conmigo, se dirigirá a mí con respeto y me dejarán saborear las emociones que les provoco… Pura, estás sudando, ¿hace demasiado calor?
     La joven intentó negar con la cabeza, embelesada en las palabras de su amigo. Cuando Luciano hablaba así de sí mismo y de sus sueños, el estómago le hacía cosas raras, cosas que no le hacía cuando estaba con Pablo. El cabello negro de Luciano brilló en azul añil cuando se acercó al tragaluz de la buhardilla, para abrirlo y que entrase aire, ciertamente hacía mucho calor allí. Cuando lo abrió, se le subió un poco la camisa, y ella pudo medio ver su vientre, liso por completo y con un suave vello, que desde esa distancia no se apreciaba, pero que la joven sabía que estaba allí porque le había visto quitarse la camisa en alguna ocasión. Se acercó a ella para abrir también el tragaluz que estaba junto a ella. Purita quiso decirle que no hacía falta, pero Luciano lo abrió de todos modos, y una agradable brisa con olor a primavera, se coló por la ventana, poniendo de golpe la piel de gallina en la joven…. Aunque quizá ese efecto, no fue conseguido sólo por la corriente. Ahora Luciano estaba cerca, muy cerca de ella, y sólo una fina tela de camisa la separaba de su completa desnudez. 
     -Me alegra que decidieses posar para mí. Cuando te lo pedí, pensé que me abofetearías. – dijo Luciano, colocando en la ventana el palito que impedía que se cerrase. Cuando se volvió, se quedó sin habla. Purita estaba tan colorada que no podía ni hablar, y los pezones erectos se notaban bajo la camisa, a la que se agarraba como a un salvavidas. El joven quiso detenerse, pensar… pero el amor y el deseo que sentía por su modelo, tanto tiempo disimulados, salieron de golpe a la superficie, al darse cuenta que ella también lo quería. Adelantó los dedos y le acarició la cara, y la joven tembló de pies a cabeza, como si le hubieran dado una sacudida eléctrica. Luciano sonrió y bajó sus dedos por el cuello de Purita, por sus hombros tiernos, sus brazos redondos y suaves… se arrodilló frente a ella, y cabecearon un momento, como indecisos…
    -No… - musitó ella, pero al separarse las manos del pecho como para intentar frenar a su amigo, la camisa se deslizó por su piel y dejó al descubierto su cuerpo en pleno. Luciano la abrazó, casi atenazándola entre sus brazos, y la besó, y Purita gimió casi un sollozo y dejó que su boca se abriera bajo la de él, dejó entrar a su lengua, cálida y dulce, y explorar su boca tiernamente. “Sabía que esto iba a suceder, lo sabía… ¿porqué lo he consentido?” Se reprochó la joven, pero aún así, cuando Luciano se dejó caer con ella sobre el colchón, no hizo ninguna resistencia, sino que le abrazó a su vez y una risa escapó de su pecho. 
    Luciano se quitó la camisa por la cabeza, y tomó las manos de su compañera, invitándola a acariciarle el cuerpo, llevándoselas por su pecho… era a la vez suave en las zonas lampiñas y áspero en las velludas, las manos de Purita temblaban al tocar su piel ardiente, pero estaban deseosas de acariciar y tocar, y él la apretó contra sí una vez más, recorriendo su cuerpo ahora, siguiendo con las manos la raya de la columna, provocando que ella se estremeciera de nuevo, de forma deliciosa, entre sus brazos. Apretó las nalgas suaves y duras, y bajó entre ellas… la acarició del muslo, apretando la carne, y la hizo abrazarle con una pierna, mientras Purita apenas podía respirar y se sentía morir de vergüenza, pero no era capaz de oponerse a los deseos de ambos. Carvallo acarició el muslo que le abrazaba, hasta el culo, de arriba abajo, una y otra vez, apretando y haciendo cosquillas alternativamente, acercándose más y más al centro mágico… 
   La joven sabía que estaba húmeda, que tenía ganas, quería que no parase, y al mismo tiempo, rezaba porque se detuviese, porque llegase alguien y los interrumpiese. La mano de Luciano se acercaba inexorablemente, y la aterrorizaba ser tocada “ahí”, pero por otro lado, su cuerpo lo anhelaba, su interior parecía arder de deseo. Pudo sentir la mano de su compañero subir por su muslo una vez más, tocar su nalga, y detenerse, acariciando en círculos, y supo que lo iba a hacer. Bajó lentamente la mano, podía notar su mano, tibia en comparación con el calor que ella tenía ahí debajo, acercarse muy despacio, haciendo caricias que eran casi dolorosas, llegar al vello púbico y hacer unas cosquillas maravillosas al rozarlo y moverlo, y finalmente, tocar su piel húmeda y temblorosa.
    -¡Mmmmmmmmmh….! – Purita gimió sin poder contenerse y se le escapó una sonrisa, mientras Luciano le sonreía con los ojos, esos ojos de zorro que la miraban y le recordaban sin piedad que estaba en la buhardilla de un chico, desnuda y dejándose besar y tocar como una guarra… y le gustaba. Cerró los ojos, muerta de vergüenza, pero no pudo cerrar su cuerpo a las sensaciones. Los dedos de Luciano acariciaron su vulva, produciendo delicias cosquilleantes que le daban aún más ganas, y se detuvieron en los labios, presionando suavemente y los abrieron, produciendo un sonido húmedo. Acariciaron por dentro, muy suavecito, dejándose empapar de humedad, mientras Pura quería preguntarse a sí misma cómo era posible que una chica decente como ella estuviera dejando que le hicieran esto… pero sólo podía preguntarse cómo era posible que el ser humano pudiera gozar de esa manera y hubiera quien lo viera mal. 
     La mano de Luciano se movió de nuevo y acarició… ¡y Pura gritó, dando tal temblor que saltó en la cama, entre las risas de su compañero! La joven se tapó la boca y abrió los ojos desmesuradamente, ¿qué le había hecho…? ¿Dónde había tocado? Había sido tan extraño y tan bueno... había sido como el estallido de un fulminante, pero tan agradable… Luciano le besó la frente y la hizo tumbarse boca arriba en la cama, y fue él quien le abrazó una pierna con la suya, en parte por cariño, y en parte para que no las cerrara. Le acarició el vientre, bajando, hasta su Monte de Venus, lleno de vello rizado de color casi rojizo, y la joven temblaba a cada roce, pero se dejaba hacer, hasta que llegó de nuevo a su vulva, y acarició por fuera una vez más, haciendo hormiguitas de picardía a cada subida y bajada.
    -¿Preparada…? – susurró Luciano. Purita no pudo sostenerle la mirada, volvió la cara hacia un lado, cerrando los ojos… pero asintió. 
      Un profundo gemido se le escapó del pecho y puso los ojos en blanco cuando sintió otra vez los dedos de Carvallo abrirse paso tiernamente entre sus labios cerrados, y llegar al rosado tesoro que protegían… su indefenso clítoris parecía, igual que ella, temeroso y ansioso porque lo tocaran, y cuando el dedo corazón de Luciano lo acarició, Purita tuvo que dejar escapar un gritito bajo de placer. El gusto era maravilloso, era simplemente maravilloso, pensó ella, intentando mantener las piernas abiertas para seguirlo disfrutando… Se notaba que ese sinvergüenza de Carvallo había tocado más de uno ya, sabía hacerlo bien…. Sabía hacerlo muy bien, muy, muy bien. El cerebro de la joven parecía incapaz de pensar, sólo podía deleitarse en las deliciosas sensaciones que la colmaban cada vez que el dedo de Luciano se paseaba libremente sobre su perlita, haciendo círculos en él, círculos lentos… Pura ponía los ojos en blanco y gemía, volviendo lentamente la cara hacia un lado y otro, estirándose en la cama como un gato perezoso, mientras el placer era cada vez mejor, más intenso y duradero, y le parecía que iba a estallar, que todo su cuerpo cantaba de gustito… 
    Los gemidos de la joven, empezaron a hacerse también más intensos, ponía los ojos en blanco y se contoneaba, mientras Luciano la miraba sin parpadear, bebiéndose cada suspiro, cada bamboleo de su cuerpo, cada meneo de sus piernas y cada círculo de sus caderas. Pura clavó su mirada en el techo, una mirada de ojos en blanco y absoluto abandono, y sus gemidos se convirtieron en gritos prolongados, mientras sus manos agarraban la colcha en convulsión, y sus caderas se movían de arriba abajo, deshaciendo toda la cama, frotándose ella misma contra el dedo de Luciano, mientras su cuerpo temblaba, y el joven notó como su sexo se cerraba, sus piernas le apresaban la mano en una convulsión que duró los segundos más largos de la vida de ambos, mientras ella sonreía sin darse cuenta de que lo hacía, y notaba el delicioso calor del placer saciado expandiéndose por su cuerpo, como chocolate derramado… 
     Cuando quiso darse cuenta, Pura ya tenía a Luciano sobre ella, se había quitado los pantalones y se frotaba contra su cuerpo. Quiso recuperar la razón, frenarle… pero, Dios, se estaba tan a gusto el uno en brazos del otro, ¡quería devolverle el placer que la había hecho sentir! Hacerle ahora parar, sería injusto… La joven le apretó contra ella, sintiendo a la vez una inmensa alegría y unas poderosas ganas de llorar, paseó sus manos por su espalda, mientras se besaban intensamente… Luciano era fibroso y duro como el mármol, no tenía un gramo de grasa en el cuerpo, su piel sudada quemaba al tacto, y era tan deliciosa para tocar… las caderas de su amante se movían, frotando su virilidad contra ella, y Pura sintió que sus piernas se abrían, dejándole sitio, albergándole entre ellas, acariciándole con los pies… el ariete de Luciano parecía enorme al tacto, y  se alegró de no verlo. Estaba tan caliente, lo notaba tan dulce en la entrada de su sexo palpitante aún, haciéndose desear, buscado la abertura… Pura gimió bajito al notar la cabeza del miembro de Luciano justo en su entrada, pugnando por abrirse paso. Carvallo sintió que su cuarto daba vueltas al notar la dulce humedad de su compañera resbalar por su glande y mojarlo en su calidez… y embistió sin poder contenerse.
    Pura le clavó las uñas en la espalda y gritó de dolor, sus ojos se arrasaron en lágrimas y el sollozo le quemó el pecho, mientras Luciano se sintió explotar de gozo al introducirse en una cueva tan estrecha y apretada, y aunque se sintió culpable por causarle ese dolor, la idea de haber derribado una virginidad le hizo ponerse a las puertas del orgasmo en un segundo… sabía que a ella le dolería, pero no podía parar, fue incapaz de detenerse, sus caderas tiraron de él y le obligaron a seguir a empujones, hasta saciarse… apenas a la tercera embestida, sintió que su cerebro se desenchufaba y un placer inimaginable colmó sus entrañas y le robó la vida cuando se derramó dentro de ella… sentía los dedos de los pies encogidos y sus piernas dando sacudidas, mientras la exprimía entre sus brazos, debajo de él, y sus lágrimas le mojaban el pecho… 
     
     La joven era vagamente consciente de que Carvallo le besaba la cara y le acariciaba el pelo. Ella no podía responder. Estaba literalmente tirada bajo él, con las piernas y los brazos flojos sobre el colchón, y un dolor palpitante en su bajo vientre. Se sentía sucia, usada. Sabía que ella también lo había deseado, pero ahora se sentía violada, como si Luciano le hubiera robado algo, la hubiera ensuciado de un modo espantoso, la hubiera insultado y escupido… 
    -Por favor… - musitó – Quiero lavarme. – Luciano sonrió y la abrazó con más fuerza, no quería levantarse, pero ella insistió. – Déjame, por favor. Suéltame, ¿quieres? Necesito lavarme. 
    El hastío de su voz, sorprendió a Carvallo, ya no tenía la voz de terciopelo, y, preocupado, se quitó de encima. Hasta él estaba manchado, Pura se había quejado con razón. La joven no quiso mirar hacia abajo, ni hacia él. Se levantó y caminó hasta el cuarto de baño como una autómata, mientras Luciano la seguía. Ella se sentó en el bidé y dejó correr el agua tibia. La sensación la alivió, al menos ahora estaba libre de sangre, y de restos pringosos, aquélla asquerosidad que se salía de su sexo y le resbaló por el muslo… Carvallo empapó en agua tibia una toalla y se limpió también él. Pura miraba al vacío, dejando correr el agua, simplemente, intentando no pensar en nada. 
     -Eh… ¿todo bien? Es normal si te has asustado – sonrió Luciano, junto a ella – La primera vez suele doler, no importa… cuando volvamos a hacerlo, ya no te dolerá. – el joven fue a tomarla del hombro, pero Pura se apartó con brusquedad. - ¿Qué pasa?
     -No pienso volver. Voy a vestirme y me voy a casa. No se lo diré a mi padre, ni a nadie, pero no pienso volver aquí.
   Luciano se extrañó.
    -Pura… no te he hecho nada que tú no quisieras… 
    -¡Te dije que no, yo te dije “no”!
    -¡Ah, sí, claro, me dijiste “no”, al mismo tiempo que dejabas caer la camisa, y me ponías la tetas delante de la cara! – Pura se echó a llorar y se levantó, golpeando el pecho de Carvallo con las manos abiertas. 
     -¡Te odio! ¡Y me odio! – Sollozó, Carvallo intentó abrazarla, pero la joven gritó su negativa y escapó del baño, recogiendo su ropa, doblada sobre una silla, de la cual cayó un periódico. Cuando Luciano intentó de nuevo acercarse a ella, la joven, sólo con las bragas y la blusa puestas, le amenazó con el diario enrollado - ¿Crees que ahora Pablo querrá casarse conmigo? ¿Que mi padre me dejará entrar en casa? ¡Me has deshonrado! ¡Soy una…. Soy una puta por culpa tuya!
     -¿Pero qué tonterías dices, mujer…? – sonrió Luciano – A ti ya no te hace falta que el subnormal de Pablo te mire siquiera, ni tienes que tener miedo a tu padre, yo soy tu novio ahora, ¿no lo comprendes? – Pura le miró, sorprendida - ¿Qué pensabas? ¿Que yo quería solamente un desahogo? Cuando es así, siempre lo advierto a la chica con la que esté, yo jamás engaño a nadie… Anda, cálmate… 
    Pura tenía ganas de abrazarle, de dejarse querer, pero su irreflexiva forma de conducirse ya le había producido bastante dolor y desprecio por sí misma, primero tenía que pensar…
    -¿Qué va a ser de mí, Luciano…? He perdido la honra… 
    -No has perdido nada, no seas boba… estamos en los años setenta, ya no es como en los tiempos de nuestros padres… ¿Que qué va a ser de ti? Pues que no le dirás nada a tu padre, ni a nadie, ¿o te figuras que llevas un cartel en la espalda que dice “ya no soy virgen”? Dejarás a Pablo, no se hundirá el mundo por ello, y cuando quieras, vendrás aquí a vivir conmigo. 
     -Luciano… ¿tú te casarías conmigo?
     -No. – contestó sin vacilar. 
     -¡¿Y dices que eres mi novio, que no era un desahogo?! ¡Eres un maldito canalla, aprovechado! – gritó Pura, sacudiéndole con el periódico. 
     -¡Tú sabes que yo no me caso, ay… soy contrario al matrimonio, pero quiero que vivas conmigo! ¡Ay! ¡Suelta eso ya!
     -¡Vivir en pecado! ¡Y me sueltas eso, y te quedas tan ancho! ¿Esperas que grite de contento? ¡Me estás pidiendo que sea tu concubina!
    -¡Te estoy pidiendo que seas mi compañera!
    -¡Amancebados como dos animales, a espaldas de Dios! ¡Y te parecerá tan bonito!
    -¿Qué falta hace legalizar el amor? ¿Por qué te hace tanta falta que un estúpido cura rancio, engordado a base de robar al pueblo, nos dé permiso para querernos?
    -¿Para qué…? ¡Pues para que nadie me señale con el dedo ni me llame golfa! ¡A lo mejor tú no lo entiendes, porque tú eres un hombre, tú lo haces y eres un machote y un ejemplo, pero yo soy una mujer, y lo que hemos hecho me convierte en una zorra asquerosa, a la que nadie querrá arrimarse con buenas intenciones! ¡Todo el mundo pensará que me acuesto con todos, nadie querrá una relación conmigo, sólo vendrán a ver si les doy sexo….!
    -¡Escúchame! Yo soy un artista, no puedo renunciar a mis ideales, ni a mis convicciones, pero sé cómo funciona el cerebro de la gente. Todos son idiotas, y más cuanto mejores se creen. Nadie critica a nadie por su decencia, sino por su dinero. Si eres pobre, sí, te dirán que eres una golfa… pero cuando me haga famoso, cuando empiece a vender de verdad, entonces, Pura, nos iremos de aquí, dejaremos la buhardilla por un ático con vistas al Retiro, y te pasearás en un mercedes con chofer… y entonces, mágicamente, serás una librepensadora, una mujer liberada, y todo el mundo se pegará por hablar contigo… 
    -¿Y mi padre…? 
    -Tu padre, cuando te vea llegar a casa del brazo de un pintor renombrado y famoso, llevando un abrigo de visón y sabiendo que tienes el riñón cubierto, se deshará en halagos para ti, y no se le ocurrirá decirte una mala palabra. Tendrá esperanzas de que le hagamos regalos, de poder arañar una peseta, y eso le hará ser la persona más amable de la tierra. 
    Pura sabía que el único amor de su padre, muerta su madre hacía años ya, era el dinero y las apariencias. Su padre vivía de presumir lo que sacaba en la barbería y de los éxitos de su hijos, de los estudios que habían hecho, de los trabajos que tenían, de cómo uno era fontanero, el otro le ayudaba en la barbería y pensaba reformarla en peluquería de señoras, y de cómo su hija pequeña, Purita, era la universitaria de la familia, estudiaba Historia del Arte, tenía novio formal, y a pesar de tener casi veinte años, no llegaba nunca más tarde de las nueve a casa, ni aún en verano; jamás había dado que hablar en el barrio, y nunca la habían visto besarse con su novio, Pablo, que era un muchacho buenísimo que iba para ingeniero… quizá Carvallo tenía razón. Su padre adoraba lucir lo que tenía, cuando se compró el seiscientos, se pasó tres días nada más que dando con él vueltas por el barrio, sólo para que lo vieran los vecinos. Estuvo a punto de ceder… y entonces, recordó que Luciano también estaba aún estudiando. Quizá algún día, fuese efectivamente un pintor renombrado y famoso, y ganase mucho dinero y tuviese el ático del Retiro, el mercedes y el visón… pero hasta entonces, pasaría mucho tiempo, muchos años viviendo en la buhardilla, trabajando llevando las cuentas del bar de abajo y de la portera a cambio de alquiler y comida gratis, y haciendo caricaturas en mitad de la calle para sacarse unas pesetas. Muchas noches sin calefacción, sin luz a partir de las diez, sin comodidades de ningún tipo… y soportando a la gente. Negó con la cabeza, mientras se ponía los vaqueros.
     -No puedo, Luciano. Te quiero, pero… no me convienes. No me quieres. Búscate un empleo, ten una vida normal, con los pies en la tierra, cásate conmigo, y me tendrás. No puedo mudarme con un hombre que no tiene ningún porvenir, sólo pan para hoy y hambre para mañana. – Luciano intentó protestar, pero ella le cortó – Todo es muy bonito, de veras… pero eso, ¿cuándo será? ¿Dentro de cinco años, diez….? No puedo esperar tanto, no puedo renunciar a todo por ti, compréndeme… - Pura tenía la voz ahogada, pero no se detuvo. Luciano intentó retenerla, pero ella prácticamente huyó de la buhardilla, lanzándole el periódico, y se marchó dando un portazo, reteniendo las lágrimas. Carvallo salió al descansillo y la hubiera seguido hasta la calle, de no recordar que seguía desnudo. Oyó que un vecino abría su puerta y se tapó con el periódico, mientras volvía a meterse en casa. 
    Se sentía mal. Quería a Purita, la quería desde que la conoció, casi cinco meses atrás, en la facultad, y le propuso posar para él. Al principio, sólo en retratos y bocetos, y más tarde, desnuda. Quería que fuese suya, desde luego que sí… pero no quería casarse ni dejar su carrera de pintor. Si se tratase de algo a vida o muerte, tal vez, pero… no nos engañemos, ya habían pasado los tiempos en que se echaba de casa a la hija deshonrada, aunque Pura creyese que no. 
    “Ya volverá”, se dijo. Volvería  a verla en la facultad, hablarían, y la acabaría convenciendo, como la convenció de que posase. Todo el mundo se lo decía, “eres un zorro, Luciano, siempre acabas saliéndote con la tuya”. Distraídamente, miró el periódico, estaba en la sección de “demandas”, y un gran anuncio ocupaba media página, era una academia de oposiciones, que decía preparar para una próxima convocatoria para funcionarios de Hacienda. “Funcionarios… menuda profesión de ineptos”, sonrió.

     Pero Pura no volvió. Jamás regresó a la buhardilla. No volvió por la universidad, y Luciano fue a buscarla a su casa, pero nunca contestó al telefonillo, sólo consiguió que su padre y hermanos le amenazaran. 
    -Sólo quiero verla. – dijo una tarde, con su calma habitual, pero al padre de Purita no tenía su frialdad, bajó a la calle y le sacudió una bofetada. 
    -Eres un hijo de mala madre que ha engañado a mi hija, y si vuelves por aquí, te denunciaré por violación. 
    Luciano se tragó la rabia que sentía. Le daba igual que el resto de los vecinos mirasen la escena, pero el que se atreviesen a tocarle, le humillaba como nada. 
    -Tu hija, no es tu propiedad – silabeó. – sólo la tienes en préstamo hasta que la des a su hombre, y ése seré yo. Puedes ir haciéndote a la idea. – El padre de Pura se puso rojo de ira y le quiso sacudir un empujón, pero uno de los hermanos de la joven, el mayor de ellos, salió en aquél momento y fue él quien echó a empujones a Carvallo. Luciano no opuso resistencia, ni huyó. Miró a los ojos al hermano de Pura, clavándole el desprecio, y se marchó a pasos pequeños. Cada vez que le empujaba, aminoraba más el paso, hasta que se detuvo frente a una carnicería, a mirar el escaparate. Andrés, el hermano de Purita, sintiendo que Luciano se reía de él, le empujó una vez más, tratando de tirarle al suelo, pero el joven le esquivó, Andrés no pudo frenar su impulso y dio con las costillas en la acera. – Ten cuidado, podrías caerte. – bromeó sin humor. – Te las das de muy digno conmigo, ¿cómo está Teresita? 
     Andrés se puso pálido y no osó levantarse. Teresa había salido con él, se había quedado en estado y él, que no quería casarse con ella ni responsabilizarse de nada, la había forzado a abortar tomando unas supuestas pastillas que la habían hecho caer en coma y despertar estéril para siempre y con una pierna paralizada. Aquello nadie lo sabía, ni siquiera Purita, sólo el propio Andrés… y Teresita, que, porque la pobre le seguía queriendo, no le había denunciado a sus padres, ni a nadie, pero si la cosa llegaba a saberse, podían muy bien detenerle, dada la más que dudosa procedencia de las pastillas y los medios por los que las había conseguido. Por no hablar que la familia de la chica, cuyo padre era Guardia Civil, lo iban a tullir de una paliza, si no lo dejaban en el sitio allí donde lo encontraran. 
    Luciano pareció crecer diez centímetros, mirando a Andrés que seguía sentado en la acera, con ojos suplicantes y temerosos. Carvallo tenía forma de enterarse de cosas, no era un cotilla, pero le gustaba escuchar a las personas y observarlas, y, casi sin querer, se hacía con secretos. Es cierto, no solía utilizarlos, y menos cuando eran tan dolorosos… pero ahora, lo había hecho. Y se dio cuenta que podía saborear el miedo de Andrés, como antes había saboreado la timidez de su hermana en el estudio. Y el miedo, sorprendentemente, era una sensación mucho más gratificante. Te hacía sentir poderoso, intocable, superior… Era salvaje y picante como una guindilla en la boca, y satisfactorio como un trabajo bien hecho. Tenía la sensación de haber puesto el corazón de Andrés en una tabla de picar, y haberlo abierto de parte a parte con un cuchillo de carnicero, dando un golpe seco en la madera. Le gustó. Andrés se levantó, pero permaneció encogido, pasó junto a él sin mirarle a los ojos y huyó como si tuviera detrás al demonio. Luciano no podía dejar de sonreír con maldad, mientras pensaba “se le han puesto de corbata… se los he puesto de corbata”. Se rió solo durante todo el camino hasta su buhardilla, y hasta que se durmió, siguió evocando la cara de pánico de aquél desalmado. Sólo lamentaba no haber podido compartir con alguien su travesura. 

     Desgraciadamente, al día siguiente se le acabó cualquier gana de reír. Era muy temprano, apenas estaba amaneciendo, y él estaba ya trabajando en el cuadro de Purita; en realidad no le hacía falta que ella posase, se conocía de memoria su cuerpo y podía terminarlo sin mirarla… y entonces, llamaron a la puerta. 
     -Hola, Luciano. 
     -¡Pura! – al joven se le cayó el alma a los pies. Purita tenía la cara marcada de moretones, y estaba muy flaca. La tomó de los hombros y la hizo pasar y sentarse en su cama. En realidad, no quería que ella recordase lo que había sucedido allí dos meses atrás, pero es que no tenía sillones, ni sillas en su casa, sólo el colchón para sentarse. - ¿Qué ha pasado…?
     -¿Tú… tú puedes conseguirme algún empleo? Conoces a mucha gente… ne…necesito trabajar. Y… si me ayudas a buscarme una pensión, te lo agradeceré. 
     -Pura, ¿qué ha pasado? – insistió - ¿Quién te ha pegado? Dímelo, sea quien sea lo lamentará. – No era una bravata. Era un hecho consumado. 
     -Mi… mi padre. Y Pablo. Y mi hermano. Sólo Lorenzo me defendió – se refería a su otro hermano, el fontanero. – Pero no pudo impedir que mi padre me echara de casa. Hace dos días que no como… tengo miedo de perderlo. 
     -Perder… ¿el qué? 
     -El niño. – Un rayo que hubiera caído a los pies de Luciano, no le hubiera espantado tanto como ésa revelación. – Soy idiota. Confié… confié en Pablo. 
     -¿Es de…? ¿Te acostaste con Pablo?
     Pura parecía drogada, sin duda por el hambre y la sed, y por la fatiga… pero Luciano no podía dejar que se durmiera, tenía que saberlo.
     -Yo… le conté que no era virgen. Le dije lo que había pasado… y me dijo que, para fiarse de mí, de que le quería, que me acostara con él. Que si no lo hacía con él, no le quería… y lo hice. Me hizo hacérselo todos los días. Quise parar, pero dijo que se lo contaría a mi padre si me negaba. Pero cuando le dije que estaba en estado, me pegó, y se lo contó de todos modos. Mi padre se enfadó, y también él me sacudió. Me dijo que era una puta, que Pablo había hecho bien en pegarme… y Andrés también me pegó.… Lorenzo me defendió, dijo que iban a matarme, y les paró…. Mi padre me echó de casa a empujones, me tiró un poco de ropa por la ventana y dijo que no volviera nunca, que no me había criado para traer a un casa un bastardo. De eso hace dos días. He dormido en un banco, he comido pan duro del que le echan a las palomas… he intentado volver a casa, pero Andrés me vio y me volvió a pegar, dijo que era una zorra chismosa, que contaba lo que no me importaba, y que por eso me pasaban las cosas.... No quiero ser una molestia, Luciano… sólo búscame algún trabajo, y saldré adelante. 
     Carvallo la apretaba contra sí. Sentía una rabia inmensa crecer dentro de él, una rabia que le cegaba, un odio como no había sentido jamás… lentamente se levantó de su lado, se dirigió hacia el cuadro y acarició la tela. Agarró el lienzo entre las manos y lo partió contra la rodilla, desgajó el lienzo brutalmente, hasta hacer jirones toda la tela, hasta que no dejó más que tiras de tela coloreada, con los colores mezclados y corridos. Tenía las manos manchadas, como si hubiera destripado a alguien, y en realidad, tenía ganas de haberlo hecho. Miró al cabecero del colchón, donde estaba su Carlota, su guitarra, y también tuvo ganas de hacerla mistos a ella, pero ya no fue capaz de tanto. De nuevo se sentó junto a Purita y la apretó, él estaba más calmado, pero ella, ni parecía darse cuenta de qué acababa de suceder.
    -No te preocupes de nada, Pura. No necesitas volver a casa, estás conmigo. Y nadie te va a avergonzar nunca más. Vas a mirar a tu familia con la cabeza muy alta. Me voy a casar contigo.
    Aquello sí despertó a Purita. Le miró como si le viera por primera vez. Tenía los ojos arrasados en lágrimas, y se abrazó a él, llorando de emoción, y llenándole el pecho de besos. Luciano la abrazó con cariño, pero sin pasión, y aceptó los besos sin devolverlos. “No me quiere.” Se dijo. “Ella no me quiere, sólo quiere la estabilidad, que no la señalen por la calle, salvar el pellejo. Le importa un pimiento si a mí me llaman cornudo por cargar con el hijo de otro, le da igual si renuncio a mis ideales, e incluso a ser pintor. Sólo se importa ella, yo le doy lo mismo… tal vez tampoco la quiera yo, pero no puedo soportar la idea de saber que puedo evitarle sufrimientos, que acabe hecha una perdida, y no hacerlo. Pura no es fuerte. Si la dejo a su suerte, antes de dos meses habrá caído con algún sinvergüenza que se aproveche de ella y quién sabe si la harán tomar drogas o prostituirse. ¿Y qué será del bebé, cómo piensa sacarlo adelante…? Lo más fácil es que acabe muerto, si llega a nacer. ¿Puedo vivir con eso en mi conciencia? No. Tengo que evitarlo, y éste es el único modo.”
     Luciano había deseado intensamente conseguir a Purita, habría dado cualquier cosa por tenerla… ahora que por fin la tenía de verdad, le daba la sensación de haberla perdido en realidad, y haber pagado un precio demasiado alto por ello… Pero mira qué feliz se la veía ahora. Pura le cuidaba con todo el mimo del mundo, estaba atenta a sus menores deseos, puede que no le amase, pero le tenía un gran cariño, y a fin de cuentas, él también le tenía cariño a ella… tal vez eso, fuese querer. En eso iba pensando Carvallo, cuando, tres semanas después, a las siete de la mañana, se casaron, ella vestida de marrón. Su padre había tenido el pésimo gusto de asistir a la ceremonia, junto con sus hermanos, a Luciano no le hacía ninguna gracia verlos allí. 
     “Viejo asqueroso y miserable” pensaba “Realmente fuiste capaz de echarla de casa, en lugar de defenderla contra el que realmente se aprovechó de ella. Pero claro, él es un ingeniero en ciernes, y yo un miserable pintor sin futuro… y tú, su propio hermano – pensó, mirando a Andrés – te vengaste en ella del secreto que te escupí yo, cuando sabías que ella no podía habérmelo contado, que no tenía idea de nada… y todavía te llamarás a ti mismo “hombre”, pedazo de alimaña… No os interesa más que el dinero, el maldito dinero y las putas apariencias, vivís para juntar cuatro duros con artimañas y fingir que sois lo que no sois, y habéis sido capaces de…” entonces, una chispita iluminó su cerebro. Y una sonrisa empezó a aparecer en su rostro. Sabía que necesitaba un empleo serio para poder mantener a Purita, no bastaría con dibujar caricaturas en las calles, y recordó un anuncio, un anuncio de una academia de oposiciones, para funcionarios del ministerio de Hacienda… Cualquiera que le hubiera mirado en aquél momento, le hubiera tomado por un novio ansioso de mimos que estuviese saboreando anticipadamente la noche de bodas.
     “¿Podrás perdonarme algún día, cariño mío? ¿Podré perdonarme yo?” Pensaba Purita “Siento haberte mentido, lo siento de todo corazón, pero era el único modo de conseguirte… Si te decía la verdad, no habrías querido casarte conmigo, sólo vivir juntos y seguir con tus sueños, hermosos, desde luego, pero que nadie nos asegura se vayan a hacer realidad…. Tenía que decirte que el bebé que llevo dentro, nuestro precioso bebé, era de Pablo, y decirte un montón de mentiras. En realidad, nunca me acosté con Pablo, tan sólo le dije que estaba embarazada, y me repudió, y se lo contó a mi padre, y por eso me pegaron y me echaron de casa… sólo poniendo a Pablo de malo, querrías defenderme y casarte conmigo, y buscar un trabajo de verdad. Luciano, ojalá algún día me anime a confesártelo… Hacer el amor contigo, fue lo mejor que me ha pasado nunca, ahora lo sé. Fue el principio de mi nueva vida.”

35 años después.

     -¿No llegarás tarde, verdad, Luciano? – dijo Purita al teléfono. 
     -No, claro que no, estaré ahí para la hora de cenar. 
     -Estupendo, te he dejado perdiz escabechada del mediodía. 
     -Mmmmh… cómo sabes lo que me gusta. 
     -Eeeh… Luciano… 
     -¿Si?
     -Mi hermano Andrés… quiere saber si podías recomendarle para ese puesto de…. en la clínica veterinaria, ya sabes…
     -¿Mamporrero? 
     -¡No digas esa palabra, bastante asco me da sólo pensar en ello…! Bueno, que si podrías recomendarle. Tu sabes que acaba de salir de la cárcel, que no tiene dinero después de pagar la multa de fraude que tú mismo le pusiste… si tú, que le metiste en la cárcel por fraude, le recomiendas, lo tendrá más fácil…
     -No estoy seguro, Purita… yo sé que es tu hermano, pero es que no deja un billete tranquilo, tiene una habilidad sorprendente para distraer subvenciones, camuflar beneficios como pérdidas… 
     -Sí, cielo, pero también di conmigo que no le has dejado tranquilo un segundo desde que nos casamos.
     -Qué él se porte como un contribuyente honesto, y yo le dejaré en paz. ¿Acaso crees que no me dolió a mí cuando tuve que cerrarles la peluquería y meter a tu padre y tu hermano en chirona? Pero llevaban diez años sin pagar un mal impuesto, era mi obligación, triste y dolorosa, pero obligación… Pero en fin, nadie dirá que el Zorro Carvallo no cree en las personas. Que se pase mañana por el ministerio y tendrá preparada mi recomendación. Ese veterinario me conoce más de lo que querría, en cuanto vea mi firma, no se negará a darle el trabajo.
     -Gracias, cariño. ¡Hasta la noche!
     -Hasta luego… - Carvallo colgó el móvil, y dejó que Gema de Blas soltase el pedazo de sábana que había estado mordiendo para no gritar de placer. La joven ayudante del Zorro estaba desnuda en la cama, apoyada sólo en los hombros, con el resto de la espalda apoyada sobre el pecho de Carvallo, éste de rodillas sobre la cama, con la cara asomada entre las piernas de ella, y acariciando el clítoris de la joven, y no había dejado de frotárselo durante toda la conversación con su mujer. 
     -Haaaaah… ¡creí que no ibas a terminar nunca! – sonrió ella, con las mejillas encarnadas de deseo, y Carvallo soltó su baja risita de carnívoro, mientras inclinó la cara sobre el sexo de su colaboradora, y metió la lengua en su agujerito tórrido y pringoso, sin dejar de frotarle la perlita con dos dedos. - ¡Síiiiiiiiiiiiiiii….! ¡Más… por favor, más! – Esa misma tarde, Zorro y Gema habían pescado a un defraudador. No había sido nada grandioso, pero cada triunfo era importante, era algo más que evitaban que fuese robado al tesoro público… y a Carvallo le alimentaba el miedo de los demás. Le encantaba saborear el respeto, el miedo, el terror, el pánico en los ojos de aquéllos que inspeccionaba. Le encantaban las caras que ponía cuando pedía ver las libretas de ahorro, y las escrituras del piso y revisar los titulares de coches y propiedades. Muchas veces se creían a salvo, pensaban que lo tenían todo en orden, y entonces él se daba cuenta de un detalle que no cuadraba… un adorno demasiado valioso. Un televisor demasiado grande. Una vajilla demasiado fina. Y entonces, apretaba. Y se desmoronaban. Para él, era casi orgiástico, era dominar, dominar a los demás, llevar sus cuerdas, y provocar en ellos sensaciones, que le dejaban saborear. Era saber que oían su nombre, y muchos se echaban a temblar, y muchos otros, le admiraban. Le veían, y todos trataban de estar a buenas con él, temían dirigirse a él y molestarle, y a nadie dejaba indiferente, y le miraban y decían “es el Zorro Carvallo, el que descubrió este fraude y aquél, el que metió en la cárcel a Fulano y Mengano, el que vio y protagonizó…”, y todos se dirigían a él con respeto, y le temían. Puede que no fuese un pintor, que ya sólo pintase a escondidas, pero cuando su lengua se introdujo más hondamente en las intimidades de Gema y sus dedos cosquillearon el clítoris de la joven hasta que ésta estalló de placer en medio de convulsiones y los jugos le mojaron hasta la barbilla, la señorita de Blas le dijo uno de los mayores piropos que él podía soñar:
      -¡Oooooooh…. Carvallo, eres un artistaaaaaaaaaaaaaa….!


(Nat963: éste va dedicado a ti, que tantas veces me has pedido saber la historia de Zorro Carvallo y su esposa. Espero que te haya gustado )