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lunes, 3 de junio de 2013

Papá: me he enamorado.


    -No te levantes. – Exigió Alan, pero Junior tosió sangre ruidosamente e intentó levantarse y atacar de nuevo. A un lado, Coral los observaba con aprensión. La joven licántropo rugió y se abalanzó contra su padre, buscándole el cuello, llegó incluso a morderle, pero Alan ni se quejó, gruñió y sin deshacerse del mordisco, desgarró el vientre de Junior con sus garras. La joven intentó por todos los medios no quejarse, pero un gemido agudo le quemó la garganta. Su padre le tiró violentamente del pelo para  hacer que le soltara, la alzó en brazos y la estrelló contra el suelo emitiendo un feroz rugido de ira. Junior rebotó contra la tierra, con los oídos taladrados por el chasqueteo de sus huesos al partirse. Jadeó e intentó una vez más incorporarse, pero ya no lo logró. 
    Oyó los pasos de su padre acercándose a ella, y su pesado pie calzado con toscas botas le oprimió el pecho y la hizo escupir sangre nuevamente. Los ojos negros de Alan la miraban con profunda ferocidad. 
    -Me has decepcionado, Junior… me has decepcionado muchísimo. – dijo el licántropo con voz tranquila, y casi por primera vez en su vida, Junior sintió ganas de llorar. Sabía que tenía el vientre abierto, varias costillas rotas, el hombro machacado, una brecha en la cabeza, el hígado reventado, no veía por el ojo izquierdo… pero ninguno de los golpes ni de los salvajes zarpazos, nada de lo que le hubiera hecho su padre, le dolía tanto como esas palabras. – Tus hermanas habrán hecho estupideces, pero tú… has hecho algo repugnante. Has cubierto de vergüenza a toda tu sangre, a todo tu clan. No esperaba de ti algo semejante… Humanofilia… sólo pensar en ello me da ganas de vomitar. 
    Alan se dio media vuelta. Coral supo que tenía que quedarse calladita, ser humilde si quería no seguir recibiendo… pero no venía de una tontería, y abrió la boca.
     -¿Eso… es lo que te decía el abuelo… cuando volvías del burdel…? – Alan no la avisó, simplemente se volvió de nuevo y la pateó en el vientre con tal fuerza que la levantó del suelo. Coral volvió la vista hacia un lado mientras su hija tosía en el suelo. Su padre se agachó y la cogió de la garganta. Junior gorgoteó, pero no opuso resistencia. Vio verdadero odio en los ojos de su padre, “si alguna vez ha podido repetir el matar a alguien de su propia sangre, es ahora”, pensó.
     -Eres mi hija favorita, Junior, siempre lo has sabido, pero te lo advierto… no pretendas explorar el límite de mi cariño. Reza porque ese ser no te haya metido nada en el vientre.
     -Si te refieres a un bebé… - jadeó la joven – eso es… la única cosa… que no me ha metido. – Alan apretó la mandíbula y le aplastó la cabeza contra el suelo en medio de un rugido de indignación.
     -¡BASTA! – gritó por fin Coral. Alan se levantó y permitió a su compañera acercarse. Ésta permaneció un momento de pie, pero enseguida se arrodilló y rodeó a Junior con sus brazos, lamiéndole las heridas, que quedaban casi al instante cauterizadas. – Mi niña… mi pequeña cachorrita… loca, loca, loca… ¿cómo se te ha ocurrido hacer algo así…? 
    Junior ya no hablaba, hacía esfuerzos por retener las lágrimas y murmuró un “lo siento” casi inaudible. Alan no quería dejarse vencer, sabía que él tenía la razón, lo que había hecho su cría favorita no tenía nombre… pero viendo el estado en que se encontraba y recordando lo tercamente que había luchado y con qué decisión le había plantado cara, finalmente le cambió el semblante, se agachó junto a Junior y la tomó en brazos para llevarla a su cuarto. La joven pareció a punto de decir algo, quizá otro “lo siento”, pero Alan la fulminó con la mirada. Más valía que no dijera nada. 
     Ya en su cama, Coral la arropó y dejó en su mesilla un cuenco lleno de vísceras crudas y coágulos. Eso la ayudaría a ponerse fuerte otra vez. Entre licántropos, ese tipo de luchas son casi comunes, nada serio… mañana estaría restablecida y apenas se notarían las cicatrices, que desaparecerían sin dejar rastro muy poco después, pero aún así, el castigo había sido terrible y doloroso. Junior sabía que su padre tenía mucha razón y no le reprochaba su dureza. Lo que había hecho era similar a la zoofilia para los humanos. Su propio padre, en su lejana juventud en Nueva Inglaterra se había acostado frecuentemente con prostitutas humanas… pero eran eso, putas. Él les pagaba y ellas le daban un servicio, no había sentimiento alguno allí. Y desde luego, el abuelo jamás tuvo que enterarse de que su hijo acudía a ellas… o al menos, Alan no le había llegado y le había dicho “Papá, tengo una amante humana”. Y desde luego, nunca, jamás, ni Alan ni ningún licántropo que se respetase a sí  mismo, había admitido haberse enamorado de un humano. 
     -Junior, pequeña… - susurró su madre, sentada junto a ella, acariciándole el espeso cabello negro. - ¿Cómo has podido hacer algo así? No sé… ¿de verdad pensaste que tu padre aceptaría algo semejante? Antes preferiría vernos perseguidos por campesinos y nuestras cabezas puestas en picas, que verte junto a un humano, y lo sabes… 
     -Madre… lo amo. – Junior sacó una mano débil e hinchada de las mantas y su madre la estrechó. – Tú sabes que nunca he querido a nadie. He conocido a muchos hombres, pero ninguno supo darme lo que yo quería… salvo él. Es humano, lo sé… pero lo quiero. Vuestro amor, también fue imposible, tú eras una renegada, no tenías clan… Padre renunció a todo por ti.
     -No es lo mismo, hija. Los dos éramos licántropos…. Esto, es como pretender emparejar un pájaro con un pez… Sé que esto te va a sonar muy duro, pero… debes olvidar a ese humano, Junior. No es para ti, no puede serlo, hija mía. Aún eres muy joven, sólo tienes setenta años, es normal que te parezca todo maravilloso y perfecto, que creas que has encontrado al amor de tu vida… pero eso es porque te falta aún un poco de madurez. Con el tiempo, verás que hubiera sido un error, conocerás a otra persona, a un licántropo que sea capaz de entenderte y te quiera como eres… 
     -Madre, no. He conocido ya licántropos. Sé que tú piensas que habrá uno para mí, como tú estuviste ahí para Padre… pero en mi caso, no. Sé que he encontrado a mi compañero. Mi cuerpo lo ha elegido. Nunca me sentí con nadie como con él… fue mágico, Madre, te lo aseguro… por primera vez en mi vida, me sentí realmente hembra, quise tener cachorros con él, quise ser suya… y que él fuese mío, solamente mío. No quiero emparejarme con otro que no sea él, no quiero que me cubra ningún otro que no sea él. 
     Coral acarició la frente de su hija. Sabía bien lo que decía, porque ella había sentido lo mismo cuando Alan la poseyó por primera vez. Y al propio Alan le sucedió lo mismo… pero esto, era distinto, no podía ser, ¿cómo iba a hacerla suya ese chico? Los licántropos, cuando hacen el amor con la que va a ser su compañera, lo saben porque su cuerpo la elige… sin que puedan ejercer control sobre él, su pene se hincha hasta taponarles el sexo por completo, hasta quedar trabados e inundarlas de semen, de modo que ningún otro macho pueda fecundarlas si viene detrás. Pero eso no puede hacerlo un humano, ¿cómo va a marcarla como suya, cómo va a saber que es para él…?
     -Solicito las tres pruebas, Madre. Díselo. – Coral sintió un escalofrío en su espalda. Si había tenido alguna duda de la cordura de su hija menor, ya no le cabía ninguna: estaba completamente loca… o eso, o realmente amaba a ese humano. 

                                                                                    *********

     -…Está loca. 
     -Sí, Alan, loca por él. – Coral miraba a su compañero, esperando que diera la aprobación. Pero para Alan no era fácil aprobar algo semejante. Le dio la espalda, pensativo; las tres pruebas eran una tradición prácticamente abandonada, estúpida, sin sentido alguno ya… Muchos siglos atrás, cuando se producían luchas entre clanes, en muchas ocasiones se utilizaba a los humanos como carne de cañón; se les concedía el don de la licantropía para luchar con fuerzas superiores en número, y terminada la batalla, eran eliminados por el propio clan que los había creado… salvo aquéllos que lograsen pasar tres pruebas, cuyo contenido sería escogido por el jefe del clan. La única condición es que representasen fuerza, fidelidad y astucia. Ningún humano pasó jamás esas pruebas, porque aún en el caso de que lo consiguieran, los licántropos les permitían seguir existiendo, pero no tenían derecho a entrar en el clan. Eran licántropos renegados… y serían perseguidos por el clan al que habían vencido, y por aquél al que habían ayudado, por considerar que un humano que intentase igualarse a un licántropo, los estaba insultando. No se sabía de ninguno que hubiera vivido lo suficiente para montar un clan y pasar sus genes. 
   Lo que ahora le estaba pidiendo su hija, es que pusiera a prueba a ese humano que la había seducido. Lo ponía en sus manos… Junior sabía que si Alan quería, podía matarle nada más echarle la vista encima y decir simplemente “no ha pasado la prueba de fuerza”, y acabar con esto para siempre… pero no lo iba a hacer. Debería hacerlo, podía hacerlo… pero eso significaría perder a su hija por su falta de ética. Debía al menos, darle la oportunidad… conocerle, tratar con él. La sola idea le repugnaba, pero había que reconocer que su hija era astuta: si le conocía, tendría que ver a la fuerza cómo se portaba con ella, y cómo ella lo miraba, tendría que ver el amor, la felicidad en los ojos de su hija… y arrebatárselos para siempre después. 
     -Alan, sé que no te gusta la idea… pero Junior siempre ha tenido más juicio que Bet y Jet. Y también ha sido más desconfiada que ellas, ha tenido siempre más fe en su sensatez que en su fuerza… tú sabes que no es alguien que elija las cosas por mero capricho, o al azar… tal vez debamos dar una oportunidad a ese chico. Para decir que no, siempre hay tiempo, ¿no crees?
     El licántropo detestaba que su compañera se pusiera de parte de Junior, le hacía sentir el malo de la película. Detestaba que su niña preferida hubiera crecido y se propusiera querer a otro hombre que no fuera su padre. Detestaba la idea de verse desplazado por otro… y encima, un humano, esa subespecie maldita de degradados, borregos de dos patas, reses miserables llenos de doble moral… Había golpeado a su hija favorita por culpa de uno de ellos, ¿y ahora tenía que soportar conocer a uno y que tuviera la insolencia de pretender equipararse a un licántropo? Alan rugió con fuerza suficiente para hacer temblar la casa y lanzó un terrible zarpazo al pecho de Coral, pero ella se deslizó con imposible rapidez a su espalda y le mordió en el hombro, inyectándole su ácido veneno. 
     Alan reprimió el gemido de dolor mientras sentía el fuego corroer sus venas. Se lanzó de espaldas contra la pared para aplastar a su compañera y ella al fin soltó su presa con una risita venenosa. Le lamió la herida y con sus agudos colmillos le pinchó el lóbulo de la oreja, sabía que eso molestaba a Alan. 
     -Esto, es por esa última patada que le has dado. – Murmuró con voz ahogada, aún presa entre la pared y su compañero. – Te ha faltado al respeto, se la merecía… pero no ha dicho nada que no fuera verdad. 
    El licántropo rugió, furioso, y le propinó un codazo con todas sus fuerzas, clavándole las garras en el muslo de inmediato. Coral emitió un gemido que acabó en una risa y directamente se carcajeó cuando Alan la agarró de los brazos y la tumbó sobre la enorme cama matrimonial de un feroz empellón. Ella le miraba con deseo, adoraba su brutalidad… Alan estaba irritado y preocupado por su hija pequeña, pero no podía resistirse a su mujer. Entre los licántropos, la lucha física es tanto una forma de conversación, como de preludio sexual, y en este caso, ninguno de los dos era amigo de sutilezas. Él sonrió, mostrando sus afilados colmillos mientras Coral se deshacía de la bata oscura, bajo la cual sólo había un camisón sin ropa interior. Alan se soltó el cierre del pantalón, única prenda que llevaba, y dejó que se deslizase hasta el suelo, descubriendo su erección. 
      -Los dos estuvimos con humanos antes de conocernos – susurró Coral – Ven aquí, animal, y muéstrame por qué eres mejor amante que ellos…
     Alan emitió una risita ronca y baja, parecida más a un rugido que a una risa y se abalanzó sobre su compañera con las fauces abiertas. Coral emitió un grito de pasión cuando su esposo le cayó encima y sus colmillos atravesaron su piel, desgarrando su garganta. Las uñas afiladas de la mujer serpiente dejaron regueros púrpuras en la espalda de Alan, quien se curvó hacia atrás de placer al sentir la quemazón deliciosa del rasgado y la suave caricia viscosa de su propia sangre. Agarró a su mujer por las piernas, y ella intentó resistirse entre risas, dando patadas; en medio de rugidos su esposo la golpeó, hasta lograr que ella juntase las piernas y apoyase los pies en su pecho, dejando así su sexo expuesto, que penetró de golpe. 
     Un profundo aullido de placer vació de aire el pecho de Alan, mientras su esposa silbaba, con los ojos en blanco de gusto… un segundo antes, un observador cualquiera hubiera dicho que se trataba de una violación y que luchaban enconadamente, incluso ahora, fusionado, con ella teniendo los pies en el pecho de Alan, cualquiera podía decir que intentaba echarle hacia atrás de una patada… pero tenían las manos entrelazadas y se sonreían, lanzándose el vaho de los jadeos el uno al otro. Sin apenas un momento de respiro, el licántropo empezó a empujar furiosamente. 
   Los jadeos quemaban los pulmones de ambos. Alan mantenía las nalgas de Coral sobre sus muslos y ambos se movían al unísono, ella apoyándose en los hombros, él embistiendo sin piedad. A ella se le escapaban las sonrisas, Alan le producía un placer maravilloso, golpeaba hasta su útero y le parecía que la rasgaba por dentro. Aún después de tantos años y dos partos, uno de ellos de gemelas, las sensaciones eran tan intensas como en la primera vez, Alan, aún en parámetros licántropos, era una bestia… pero para ella, era apasionado. 
     Alan miraba los pechos de su compañera botar a cada embestida, a cada vaivén, y sentía su sexo aplastado, deliciosamente exprimido dentro del cuerpo de su compañera, que al tener las piernas juntas, se notaba aún más estrecho que de costumbre. El sudor le recorría la frente y el placer reinaba en su cuerpo, los jugos de la vagina de Coral, espesos y cálidos, le bañaban maravillosamente de calor y le daban latigazos de placer a intervalos irregulares que le hacían temblar de pies a cabeza… no quería terminar antes que ella, era cuestión de honrilla hacer que ella terminase antes, pero hoy era tan bueno, tan dulce y apretado, tenía tantas ganas de sentir placer después de lo sucedido, que no estaba seguro de conseguirlo. En un intento de hacerla llegar lo antes posible, le abrió las piernas, penetró más hondamente y pellizcó el clítoris de Coral sin ningún cuidado. 
     Coral se agarró a las sábanas hasta sacarlas del colchón y lanzó un agudo grito de placer, todo su cuerpo pareció chillar de gozo, estremeciéndose entre los dedos de su compañero, que frotaba sin piedad su punto débil, entre carcajadas de superioridad. Ella botó sobre el sexo de Alan, le apretó entre los muslos, cruzando sus piernas a su espalda mientras sus caderas se movían solas y sus ojos se ponían en blanco, disfrutando del intenso placer que la laceró desde el clítoris al cuello e hizo que su sexo se estremeciera, masajeando en apretones el pene de Alan, que bombeó más fuerte aún, dispuesto a cubrirla una vez más… no quería simplemente terminar, quería llenarla… su cuerpo respondió de inmediato, su pene empezó a hincharse notablemente y él apretó más, metiendo su gran bola en la vagina de su esposa.
     Coral le miraba con deseo, con temblores en las piernas… Después del orgasmo, su sexo se cerraba por las contracciones, pero eso no era impedimento para Alan, que simplemente empujó hasta que logró abrirse camino. Ella estaba tan sensible después del orgasmo, que aquél nudo que tocaba y latía en el interior de su vagina sólo le producía placeres enormes. Su compañero jadeaba, inclinándose sobre ella, con el sudor goteándole y el gozo orgiástico extendiéndose en su cuerpo, mientras el placer le hacía ahora temblar a él en olas intermitentes que le ponían la piel de gallina mientras se derramaba en el interior de su mujer. 
      “Éste, es el único momento en que parece vulnerable…” pensó Coral en medio de su placer. Cada borbotón de esperma que inundaba sus entrañas venía acompañado de una convulsión que la hacía estremecer de gozo, y cada pocas, el placer subía de nuevo de forma imparable y la hacía estallar nuevamente. No podía dejar de sonreír, sintiendo cómo el picor delicioso empezaba a crecer poco a poco en la pared de su sexo, anunciando un nuevo orgasmo, mientras alzó la mano para acariciar la cara y la boca entreabierta de su compañero. Alan no podía hablar, casi ni pensar, sólo se retorcía de gusto entre las piernas Coral mientras sentía que su pene tiraba de él, vaciándole a intervalos, dejándole sin fuerzas, pero devolviéndole a cambio un placer indescriptible. 
    Al fin, entre jadeos esforzados, Alan se dejó caer totalmente sobre Coral, quien le abrazó, siseando suavemente. El sonido de su silbido podía tener un efecto casi hipnótico, adormecedor, sobre su compañero, y aunque le parecía un signo de debilidad dar muestras de cariño o dejarse vencer por las zalamerías de su esposa, en ésta ocasión se dejó vencer y arrastrar al terreno de mimos sin dar la resistencia que solía. Coral sentía su vagina zumbar por dentro por el enorme placer que había sentido y durante tanto rato… le encantaba esa sensación. Alan se sentía indefiniblemente bien, con una extraña sensación de dulzura en sus genitales vaciados. A pesar de haber quedado trabados, él sabía que no daría fruto, él podía oler el período fértil en el olor corporal de su compañera, y sabía que no estaba dentro de sus días… aunque él mismo no era un hombre precisamente paternal, y que no le había hecho mucha gracia la idea de tener hijos, y menos aún cuando todos resultaron ser hembras, a pesar de todo eso… se descubrió a sí mismo pensando que le haría ilusión un nuevo cachorro. Debajo de él, también Coral pensaba algo parecido. “Betsabé y Jetzabel ya se marcharon de casa. Nos quedaba la pequeña Coral Junior, pero cuando decidió ir a la universidad, supe que ya la habíamos perdido también, y esto lo confirma. Pase lo que pase con ése chico, nuestra pequeñita ya no será como antes… Vamos a quedarnos muy solos Alan y yo. Me gustaría darle el hijo varón que ha deseado siempre.”
     Pensando en aquello y dedicándose mimos mutuamente, la pareja de licántropos se rindió al sueño. Fuera, en el patio de la amplia casa, Drácula y Mircea, los dóberman de Alan se sentían excitados por el olor a sangre y sexo que había en el ambiente. Ladraban y se revolvían como desesperados, y Junior, desde su cama, podía oírlos. “Bestias estúpidas… ellos tienen más derecho que Roy según mi padre, y mis hermanas hicieron con ellos algo peor aún.”, pensó, notando que su ojo izquierdo ya apenas le dolía y recobraba la voz. 
     Muy lejos de allí, en su pequeña casita de la Universidad, Virgo leía tranquilamente en su cama, mientras de vez en cuando miraba la foto que tenía sobre la mesilla de noche: era una foto de Junior con él. La joven le mordía la oreja muy sonriente y él intentaba sonreír también… o al menos, que no se le notase mucho el gesto de dolor, porque la joven le mordía con todas las ganas. En una de esas, sonó el teléfono y el joven lavandero descolgó:
      -¿Diga?... ¡Hola, Junior, ¿cómo estás?!... ¿Si me gustaría conocer a tu familia…? Bu-bu-bueno, y-yo…. Si… si ellos qui-quieren…. ¿El sábado? No, no tengo nada que hacer el sábado, puedo dejar toda la colada lista el viernes… Junior, pues claro que te soy fiel… No soy tan to-tonto, que una vez que me pasa una cosa bu-buena, la arriesgue, y no tengo ta-tan-tanto éxito como para serte infi-fiel… ¿Fuerte? Bu-bueno… puedo cargar con un barreño tan pesad-sado como quieras, y la ropa húmeda pesa bastante… ¿Qué quiere decir si soy astuto…?