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jueves, 6 de junio de 2013

Pueden pasar muchas cosas en una Universidad...


      Apenas lo podía creer. Apenas lo podíamos creer. Cada vez que lo pensaba, me daban ganas de ponerme a saltar y a chillar de risa, como cuando lo supimos oficialmente, fue increíble…  Irina y yo estábamos los dos sentados en el sofá, cogidos de las manos, esperando, mirando las ventanitas del test, y ella de vez en cuando respiraba por la boca porque se ahogaba, y a mí me temblaba una pierna… y entonces, apareció la segunda línea, y a mí me dio un vuelco el corazón, los dos nos levantamos, Irina me miró sonriendo a punto de llorar, y yo no podía hablar, no podía hablar aunque lo intentaba, sólo sé que movía los brazos y la cabeza como si quisiera gritar, pero no podía, hasta que al fin la cogí en brazos y los dos nos pusimos a dar saltos en el salón y a chillar como histéricos:
     -¡YIAAAAAAAAAAAAAAAAAA, TENEMOS UN BEBÉ, TENEMOS UN BEBÉEEEEEEEE! – como si ya hubiera nacido, aunque en realidad faltaban más de ocho meses para que aumentáramos el mundo. Fue un momento de alegría salvaje verdaderamente mágico. Ahora teníamos tanto que hacer, decorar su cuarto, comprar muebles, ropa, leer sobre cuidados, comprar juguetes, proteger toda la casa para cuando empezase a gatear… y todo me parecía de lo más emocionante. Admito que por un lado, si soy totalmente sincero, me daba un poco de reparo que nuestra vida sexual se resintiese después de la llegada del bebé, o peor aún, que… que Irina no me quisiese de la misma manera. He sido siempre el hermano menor, el nene pequeñito de la casa, y además el niño dócil, Oli el bueno, el obediente, el estudioso y el perfecto, todo ha sido siempre para mí, no estoy muy acostumbrado a compartir afectos, como se demostró cuando Beto, mi primo preferido, se trajo a Dulce, su novia, para presentárnosla;  mi propia Irina es hija única, perdió a su padre y su madre vive lejos, no tengo a nadie que me dispute su cariño… hasta que llegue el marcapáginas. Irina se rió muchísimo cuando lo llamé así, pero si tenemos en cuenta que ha venido a marcar el antes y el después, creo que es un apodo bastante apropiado. “Un apodo así, SÓLO puede ponerlo un bibliotecario…”, me dijo, y me besó. Y es una tontería, pero a raíz de eso, estoy un poco más tranquilo, porque, ¿acaso yo voy a querer menos a Irina porque esté aquí el marcapáginas? No. Pues sin duda, ella tampoco lo hará. 
     -Irina… ¿y tú no notas que se mueva nada…? – Estamos en el sofá, mi mujer está recostada boca arriba, con los pies apoyados en el suelo, y yo me he dejado deslizar sobre ella, hasta apoyar mi cabeza en su vientre, le he levantado el jersey para escuchar experimentalmente. Todavía tiene el vientre liso, y eso que ahora ya estamos de casi mes y medio. Irina se ríe un poco y su tripa tiembla contra mi oreja. 
     -Oli, ahora mismo, nuestro “marcapáginas” tiene más o menos el tamaño de una lenteja… si lo notase moverse, me iba a preocupar. 
     -¿Ni tampoco tienes náuseas?
     -De momento, no. Pero en cambio, puedo decirte que acaban de abrir el Kebab. – sonríe. El puesto de Kebabs está como a cincuenta metros de casa, pero aún así, con la puerta de la terraza abierta, puede olerlo. 
    -¿Te apetece uno? – pregunto enseguida, pero niega con la cabeza y me acaricia el pelo para que me vuelva a apoyar en su tripa. La sonrisa me llega a las orejas. – Irina… lo de mañana, va a ser muy cansado para todos, pero más para ti… ¿seguro que no vas a preferir quedarte en casa? Podrías dormir hasta más tarde…
    -Claro que no. Te lo agradezco, pero estoy de muy poco tiempo aún para que me afecte realmente el embarazo… si estuviera ya de cinco meses, no te digo que no, pero de momento, ni siquiera se me nota. Me mimas demasiado. – bromea. Me gusta que sea exigente consigo misma, pero admito que también me preocupa. Náuseas no tiene, pero tampoco tiene mucho apetito… de hecho, la veo comer menos que antes, y se queda dormida de pie. Siempre ha hecho mucho ejercicio, clases de baile, y ahora es cierto que los ejercicios abdominales  y los saltos los ha suprimido, por si acaso, pero aún así, creo que se machaca demasiado… pero me siento un paranoico si se lo digo y un irresponsable si no se lo digo. Mañana, en el Instituto donde trabaja Irina y que colinda con mi Universidad, se celebra el Día de la Orientación Profesional. Vamos, que el cuerpo docente escoge a unas cuantas empresas, unos cuantos ministerios públicos y les manda cartas por si quieren venir a dar charlas a los chicos para que vayan eligiendo qué querrán hacer cuando abandonen el instituto… yo mismo, modestamente, voy a tener un stand en el gimnasio grande, que es donde se hace, por si alguien… es poco probable, pero por si alguien se quiere hacer bibliotecario. Y hasta los profesores, mi Irina entre ellos, darán charlas, por si alguno de sus alumnos se quiere decantar por la docencia o por alguna salida profesional relacionada con alguna asignatura en particular.
    Es un día informal, no hay clases, es un poco una fiesta… hasta traerán comida de un cátering, será supuestamente divertido, pero habrá mucho jaleo, e Irina tendrá que estar de pie prácticamente todo el rato. Me preocupa que se canse demasiado, que quiera dar más de lo que puede, por eso le he dicho ya un par de veces que si no quiere quedarse en casa. Hasta le sugerí no ir yo, podía dejar el stand a Arnela, mi ayudante, se lo dije, “tú y yo solitos en casa, Irina…”, y le pareció muy tentador. Pero se negó. En fin… La verdad que estoy tan a gusto así abrazado a ella y con la cabeza en su vientre, y ella acariciándome el pelo que me dan ganas de quedarme dormido aquí… la tele está puesta sin sonido, y el hombre del tiempo enseña un mapa llenito de soles con algunos dibujos de nubecitas blancas en la zona ya de Francia. Habrá que ir pensando en cenar. Estoy a punto de preguntarle a Irina qué va a apetecerle, pero al ir a moverme, me doy cuenta que su mano, apoyada en mi cuello, ya no se mueve. Su respiración es acompasada y lenta. La que ha caído frita ha sido ella. 

                                                                                  *************

      -¿Qu-qu-quieres decir que tu-tus p-p-pad….?
     -¡Padres! ¡Por Dios, Roy, arranca de una vez, pareces una moto! Lo has oído bien, mis padres vienen a juzgarte. Es mejor que lo sepas cuanto antes, Conejito… No vienen a conocerte. Vienen a ponerte a prueba. – Junior era la chica que siempre había soñado el bueno de Roy, al que solían llamar Virgo, el lavandero de la residencia femenina de la Universidad. Sólo tenía un pequeño, diminuto, chiquitín inconveniente… que no era humana. Era una licántropo, su padre pertenecía a una larga generación de  lobos, y su madre procedía de las serpientes de los pantanos. Su padre en especial, era bastante reacio a las relaciones humanofílicas, y le había sentado realmente mal que su hija pequeña, su cachorro favorita, se le hubiese plantado delante y le hubiese dicho que estaba enamorada de un humano. La joven había solicitado para él las tres pruebas, si las pasaba (cosa que no era demasiado probable), podrían seguir su relación. Si fracasaba, la frase “Roy, estás para comerte”, adquiriría connotaciones muy literales y muy desagradables… pero eso, era mejor que Roy no lo supiera. 
     -E-en… en el día de la Orientación Profesional… suele haber bastante jaleo… ¿No querrían venir en otro fin de s…semana… más tranquilo? – En un principio, al lavandero le había gustado la idea de conocer a los padres de su chica, pero cuando se enteró que éstos venían con intención de ver si él era realmente adecuado para su niña, le había entrado un poco de… reparo. Junior negó con la cabeza.
     -Conejito, esto no es algo negociable… mi padre no pide, él ordena. Mañana estarán aquí, pasarán la noche aquí, hablarán con el Decano para que les ceda una habitación de la Residencia y te someterán a las tres pruebas. – A Roy le temblaba la boca. Generalmente, tartamudeaba en cuanto se ponía un poco nervioso, pero en este caso, ni siquiera podía hablar. Él estaba al tanto de la condición licántropa de su chica y su familia, y lo había aceptado con gusto, adoraba a Junior, estar con ella era lo mejor que le había pasado en la vida. Pero tenía miedo de lo que podía pasar si fracasaba. No sería capaz de vivir sin ella. Claro que él no sabía que si fracasaba, directamente no viviría, punto. Su chica le agarró del cuello y apretó. A pesar de que le ahogaba, para ella, eso era una forma de abrazo. – Sé que estás asustado. Yo voy a ayudarte en todo lo que pueda. Recuerda, Conejito: fuerza, fidelidad y astucia, eso es lo que tienes que lograr. 
    -Fuerza, fidelidad y astucia. – repitió Virgo maquinalmente. 
      -Eso es. Oh, y… cuando conozcas a mi padre mañana, no le ofrezcas la mano para estrechársela, porque no te la dará, debes arrodillarte y agachar la cabeza, que te vea bien la nuca. Sólo entonces, si adelanta la mano, estréchala con fuerza y bésala mientras sigues de rodillas. Si no adelanta la mano, no hagas nada. Y debes permanecer arrodillado hasta que él te diga que te puedes levantar. A mi madre, debes procurar no mirarla hasta que ella misma se presente, o mi padre puede pensar que intentas ligar con ella. Cuando ella se dirija a ti, sólo contéstala a lo que estrictamente te pregunte. No se te ocurra decir ninguna frasecita de cortesía, ni elogiarla si te parece que va guapa. Si la oyes sisear por lo bajo, le estás cayendo bien. Si silba con fuerza, da un paso atrás, quédate muy quieto, y sostenle la mirada, no parpadees por nada del mundo, y sea lo que sea lo que hayas dicho, no vuelvas a repetirlo. – Junior vio que su Conejito ponía cara de cada vez mayor confusión intentando recordar todo lo que le decía y a la vez no pensar en su propio miedo, y se sintió obligada a decirle algo de ánimo – Pero no estés asustado… entre otras cosas, porque nosotros olemos el miedo y nos hace crecernos… pero, vamos, aparte de eso, aparte de esas dos tonterías, ya verás como mis padres, en el fondo, son normales… y les vas a caer bien, ya verás… Estoy segura de que todo saldrá bien. 
    Y como Junior tenía mucha experiencia en mentir, la nariz no le creció medio metro de golpe y, lo más importante, Roy suspiró con alivio y se dejó caer sobre su pecho, abrazándola con fuerza. 

                                                                              **************

      -¿Será mucho tiempo? 
     -Claro que no, pasado mañana estaré aquí… podría venir mañana por la noche, pero seguro que acabaremos muy tarde y no me apetece meterme en carretera a las tantas un viernes, seguro que la carretera se pone imposible, por eso mejor duermo en algún hotel, y el sábado por la mañana estaré aquí para el desayuno. – Zorro Carvallo, por mejor nombre Luciano, uno de los más feroces inspectores de Hacienda, también iba al día de la Orientación Profesional. Es cierto que él no tenía demasiada fe en la juventud, pero quién sabe… quizá alguno de los chicos quisiera seguir sus pasos. 
    Lo de no querer meterse en carretera de noche era cierto sólo a medias. El complejo universitario donde estaba el instituto donde se celebraría el día, es cierto que estaba como a una hora de coche, pero él pretendía pasar la noche fuera por otro motivo, un motivo llamado Gema de Blas. Su ayudante iría con él, y hacía mucho que no tenían un encuentro en el que pudieran tomárselo con calma y hasta dormir juntos, sería una pena desperdiciarlo. En eso pensaba mientras ayudaba a su esposa a prepararle el escaso, pero imprescindible equipaje que se llevaría consigo; un par de mudas, una camisa, calcetines, un traje de recambio (nunca se sabe lo que puede ocurrir) y algunas cosillas más. 
     -Luciano, cuando veas al niño, salúdale de mi parte, y dile que coma bien, que seguro que se pasa el día comiendo caprichos. La última vez que le vimos, estaba muy delgaducho… - El hijo menor del Zorro, Pastor, había comenzado la universidad ese mismo año, y su madre lo echaba mucho de menos. No es que el Zorro no quisiera a su benjamín ni que no le doliera el no verle más que una o dos veces al mes,  pero entendía mejor que su señora que, con casi diecinueve que tenía “el niño”, ya iba siendo hora de dejar de llamarle Pastorín. 
     -Se lo diré, no te preocupes. Y le diré que te llame. – completó, antes de que su esposa le recordara eso también. Su hijo menor llamaba casi todos los días, pero aún así, su madre se ponía mustia si pasaba dos días seguidos sin llamar, aunque fuera en época de exámenes. 
      -Gracias, mi amor. Ah, Gloria y Salieri me dijeron que ellos saldrán de aquí a eso de las siete, ¿te va bien? – El Zorro asintió. Los Salieri eran vecinos suyos, y unas de las pocas personas que a Luciano le caían realmente bien. Quizá porque la cosa iba de zorro a zorro, ya que Salieri era detective de la policía, y su esposa, criminalista, si bien había abandonado la profesión hacía más de diez años para dedicarse a escribir. Carvallo jamás había encontrado nada que reprochar en la declaración de sus vecinos, y éstos tampoco habían tenido que presentarle ni una mala multa de tráfico. Entre los dos, se habían hecho como quien dice con la ley de la urbanización donde vivían, y los vecinos vivían tranquilos gracias a ellos, si bien, todo hay que decirlo, también un poco temerosos… no había manera de saltarse una norma. Si alguien intentaba tirar basura al solar, Carvallo pescaría a quien fuera, y si el infractor lograba esquivar al Zorro, no le serviría de nada, porque Salieri sabría quién había sido. 
     Habían quedado para ir juntos, si bien cada quien en su coche, porque Carvallo tenía que pasarse a recoger a Gema de Blas, y a dos personas más: a Beto y a Dulce, que también habían sido invitados. A decir verdad, el Zorro había dado a elegir en el ministerio quién quería acompañarle, y sólo ellos se habían ofrecido, porque eso implicaba ver a sus parientes, Oli e Irina, mientras que para los demás, implicaba pasarse el día prácticamente sin hacer nada porque no estaba Carvallo para achucharles, y salir a la una como muy tarde. Los Salieri tenían una única hija, Sofiíta, que también acababa de empezar la universidad, como el hijo de Carvallo, y también tenían unas ganas terribles de verla de nuevo, porque la última vez que la niña estuvo en casa había sido en Navidad. 

                                                                              ******************

          -Dúa… ba-ba-dúa… dubirá-ba-dúa…ba-ba-dú… ye-yé… 
     -Jean, te lo repito, el que cantes, no funciona conmigo. Lo que me afecta, son las vibraciones instrumentales, no la voz humana. – Decía Thais, sentada junto a su jefe, el prestigioso abogado Jean Fidel. Pero el modo en que se estiraba de la falda y le temblaba una rodilla, delataba que lo que decía, no era cierto del todo. 
    Jean, en calidad de abogado, y uno de los más afamados del país, había sido invitado también al día de la Orientación Profesional, y tenía permiso para llevar consigo a alguna de sus pasantes. Obviamente, había elegido a Thais, que no sólo era una gran abogada, sino que además tenía una especie de alergia a la música, que hacía que cuando oía una canción, se desbocase como si estuviera bebida y se viese impelida a llevar a la práctica la letra de la misma. Esto podía ser hasta peligroso dependiendo de qué dijese la canción, pero como la mayor parte de ellas suelen hablar de amor y sexo, su reacción solía quedar restringida a buscar contacto carnal como una desesperada. Jean lo sabía y la chantajeaba, gozando de su debilidad, poniéndole música siempre que le apetecía, para controlarla y disfrutar de lo que le gustaba por encima de todo (aún de su trabajo): el sexo. 
     -Bueno, aunque no produzca el mismo efecto, te va preparando – sonrió. A Thais no le gustaba cuando sonreía con esa cara de listillo vicioso. No le gustaba, porque por un lado, le daban ganas de encajarle un buen guantazo en la boca que le borrase la sonrisa… pero por otro, había que reconocer que Jean era… bastante atractivo. Por no decir ciertamente guapo, el muy cerdo. Su nariz gordita y sus mofletes le daban un aire ligeramente aniñado, socarrón. Cuando estaba serio, era atrayente, podía parecer un tipo formal, muy educado, incluso un poco estirado… pero con esa sonrisita de pícaro, quedaba patente su verdadera naturaleza. Thais se forzaba a sí misma a recordar que su jefe se estaba aprovechando de ella como le daba la gana… pero también hay que reconocer que, desde que había vuelto a ser su pasante, estaba ejerciendo para ella menos como jefe que como mentor. La estaba ayudando sin reservas a conseguirse un futuro, buenas relaciones comerciales, la aconsejaba, la guiaba… Jean sabía que, aparte de la debilidad que la hacía tan interesante para él, Thais era buena como abogada y trabajadora, y deseaba que llegase tan lejos como pudiese, que sería tanto como ella quisiese. La joven se daba cuenta de ello, y, mal que le fastidiase, no podía dejar de sentirse agradecida hacia él…. E incluso, también ligeramente atraída. 
     “No me gusta reconocerlo… pero creo que en el fondo, somos amigos.” Pensó ella, intentando conservar sus manos quietas en su regazo, porque el estúpido ritmillo de su jefe le hacía sentir feroces deseos de acariciarle los muslos y subir hasta la entrepierna, aún mientras él conducía. “Él me protege y me ayuda a hacerme un nombre, lo cual es bueno para mí y a él le produce satisfacción. Y yo le divierto con eso de poder dominarme sólo poniéndome música y le satisfago sexualmente, lo cual es bueno para él, y a mí… digamos… no me importa demasiado, me voy acostumbrando, puedo retener el reflejo del vómito. Podemos hablar de todo, nos llevamos bien, y los dos perderíamos algo importante si perdiésemos al otro. Supongo que eso, es amistad”. 

                                                                                          ***********

     El silencio dentro del coche era casi físico. Denso, espeso y en realidad molesto, como podría serlo el zumbido de un mosquito por la noche cuando uno intenta dormir, esos torturadores bichos que cuando apagas la luz, vuelan muy cerca de tu oreja, pero cuando la enciendes para buscarlos y pegarles un zapatillazo, paran y no hay quien los encuentre. Mariposa parecía muy tranquila, pero yo sabía mejor que nadie que no lo estaba, le disgustaba la idea de la charla, no por darla, porque sería yo quien la diese, sino porque, en la vida diaria, yo era su superior. Cuando estábamos a solas, ella era mi ama y yo su esclavo, y hasta la fecha, cada vez que nos habíamos encontrado, había sido así, incluso cuando me presentó a los suyos… pero esa es otra historia. Ahora, teníamos que estar un día juntos, como jefe y subordinada. Podía haber escogido a cualquier otro de mis compañeros para que me acompañase al stand de banca y seguros que íbamos a montar, pero la elegí a ella. Quería estar con ella, aunque no fuese para una sesión de dominación. A fin de cuentas, cuando se terminase el asunto, por la noche… Pero mi ama no parecía pensar en posibles castigos agradables para su Imbécil, sino en que tenía que pasar un día conmigo como inferior, y eso le reventaba. Había intentado miles de veces iniciar una conversación, pero todos mis intentos caían en el vacío. Mariposa no quería hablar, no quería oír música, no quería jugar a nada… suspiré y miré por la ventanilla del coche, muerto de aburrimiento… 
     -Imbécil, te estás muriendo por preguntarlo. Hazlo. – me dijo. Y yo sabía que era la peor pregunta que puedes hacerle nunca a un conductor, pero obedecí.
     -¿Falta mucho para llegar….? – Y mi ama me dio la respuesta estándar que todos los conductores, padres y personas responsables de un viaje en general llevan contestando desde que los seres humanos echaron un día a andar:
     -Un poco. – Juro que intenté quedarme calladito y ser bueno, pero estaba tan harto de estar encerrado en el coche sin hablar, ni poder hacer nada más que mirar por la ventanilla, que contesté.
     -¿Por qué siempre se dice “un poco”? ¿Por qué se contesta con una vaguedad, cuando sabes que la otra persona va a insistir? ¿Por qué nadie te dice “falta como media hora”, o “faltan 50 kilómetros”?
      -Porque entonces, protestarías porque falta mucho aún o porque quieres saber cuánto se tarda en recorrer cincuenta kilómetros, y cualquier tiempo te parecería muchísimo, protestarías, rezongarías y te pondrías a llorar y a dar la lata. Contestar con una vaguedad, es la única manera de que te quedes callado un ratito, y si preguntas “¿pero cuánto es un poco?”, se te contesta “Menos que un mucho, y cállate mientras conduzco”. 
     -Ama… lo siento. – dije con sinceridad – pensé que os gustaría venir conmigo a esto, estar juntos y… pasar la noche juntos. Pensé que os gustaría de veras. 
     -Pensaste… ¿y desde cuando a acá, tiene permitido un esclavo PENSAR? – Me di cuenta entonces que había metido el remo mucho más de lo que yo pensaba. – Tú, no has pensado como esclavo, Imbécil, has pensando como Miguel. No se te ha ocurrido pedirme opinión, decirme si yo, como tu ama, quería acompañarte para tener después una fiesta. No, todo lo que has hecho ha sido elegirme como si yo no fuera ya tu ama, sino ni una mujer siquiera, solamente una especie de animal que no cuenta con voto propio para decir si quiere o no quiere algo. – intenté objetar algo, decir que sentía haberme equivocado al obrar, que mi intención no era… pero Mariposa me interrumpió – Imbécil… cállate, es lo mejor y lo único que puedes hacer. Voy a interpretar mi papel de subalterna eficiente y trabajadora leal delante de todos esos estúpidos niñatos. Pero no te hagas ilusiones con que, por la noche, vaya a permitirte que me frotes la espalda. Te has atrevido a pensar por mí, aunque sea como hombre y no como esclavo, y eso, no te lo consiento. Te has ganado el castigo de la ignorancia, esta noche, dormirás solito, y durante una semana no sabrás de mí. Y ahora, cállate. 
     Huelga decir que no despegué los labios durante el resto del viaje… ¿cómo había podido ser tan torpe…? Había dado por sentado que algo de lo que hiciese Miguel, le gustaría a mi ama para disfrutar de mí como su Imbécil, había pensado como Miguel y no como esclavo, a Imbécil nunca se le habría ocurrido invitar a nada a su ama sin preguntarle, no, sin rogarle previamente que aceptara… me merecía ese castigo y más aún. Ya podía considerarme afortunado con que mi ama no hubiera decidido abandonarme definitivamente después de semejante falta de respeto. Sólo me quedaba intentar ser muy bueno, a ver si lograba que ella se lo repensase y rebajase un poco la pena… 

                                                                             ******************

     A la mañana siguiente, me sentí muy feliz cuando vi aparcar el coche del jefe de mi primo y vi a éste y a su novia Dulce, bajar de él. Irina y yo repartimos besos y abrazos mientras también el Inspector, Don Luciano Carvallo, y la ayudante del mismo, Gema de Blas, bajaban de él, saludaban brevemente y abrían el maletero para empezar a sacar bultos y folletos. En otro coche, venían otros invitados, el detective Salieri y su señora, a quienes yo conocía porque su marido suele venir al menos una vez al año a dar conferencias en Criminología. Son una pareja curiosa, porque él es mucho mayor que ella, pero ella es mucho más alta que él, le llega como al pecho, pero se nota que se quieren muchísimo. 
     -¿Cuántos elefantes? – no pude resistirme a preguntarlo. Mi primo Beto, sentarse en un coche y ponerse a cantar los elefantes que se balanceaban sobre la tela de una araña, es todo uno. No puede evitarlo, su padre lo odiaba y solía gritarle y castigarle por ello, pero no había manera, aún llorando después de recibir un revés de su padre, seguía tarareando por lo bajo la canción. 
     -Sólo ciento veinticinco… me quedé dormido un rato – sonrió, y a su espalda Dulce dijo, sólo moviendo los labios: “gracias a Dios”. Les acompañamos al gimnasio grande, que era donde se celebraba el dichoso día, y donde había ya montado algún stand que otro, entre ellos, el de los profesores, donde estaban Nazario, Amador, Viola, Cristóbal… éste parecía algo enfadado, pero era normal; le había tocado a él prácticamente todo el montaje de la casetita, porque Amador se había retrasado y Nazario en esas cuestiones solamente dirigía, jamás arrimaba el hombro. Privilegios de ser el Jefe de Estudios y Director del centro, solía decir. También, muy cerca, estaba el puesto reservado para los estudios de medicina, si bien el médico no había llegado aún. A los que no conocía, era a los encargados de “profesiones alternativas”, que éste año eran guardaespaldas (cada año se escoge alguna profesión poco usual o que se sale de lo más corriente, como actor, cocinero, dibujante de cómics… para aquéllos que tengan inquietudes poco habituales o de esa profesión en particular. Éste año, habían elegido la seguridad privada). Una pareja, un hombre y una mujer, los dos muy altos, él sobre todo, y de una apariencia muy fornida. No me considero un tipo aprensivo, pero lo cierto es que daba miedo sólo con mirarlo. Por si acaso, eché un vistazo a Irina. Ella le echó un ojo al desconocido, pero nada más allá, me miró y al ver que yo la miraba, me sonrió. La tomé de la mano y la arrimé a mí. 
     Irina no me da motivos, yo sé que ella jamás me traicionará, pero aquél tipo alto y fuertote daba la impresión de destilar lujuria, así que lo admito: soy un poquito celoso.

                                                                                       *************
     -Guardaespaldas… ¿no había nada más ridículo?
     -No podía decir “asesinos a sueldo”, corazón… - susurró Coral. Alan y ella presidían el stand de profesiones alternativas. Lo cierto es que ellos se dedicaban a exterminar a licántropos cuyas cabezas habían sido puestas a precio, pero, naturalmente, no podían hacer eco de su actividad en medio de un montón de humanos. Eso de estar rodeado de subcriaturas, como Alan los llamaba, ponía a éste de pésimo humor. A sus pies, oculta en una de las estanterías de su caseta, había una cesta de mimbre que siseaba de vez en cuando, y ese sonido le ponía de peor humor todavía. Y la guinda para su estado de ánimo, llegó cuando vio a su hija favorita acercarse a ellos… llevando del brazo a un muchacho humano, moreno, de nariz aguileña, mandíbula saliente, ojos oscuros y temerosos y andar descabalado, y que apretaba contra su pecho la mano con la que su niña favorita le tomaba el brazo. Coral colocó su mano fría y suave sobre el brazo de su esposo. Por favor, que tuviera calma… 
       -Hola, papá. Mamá. – Junior siempre saludaba a su padre primero, y cuando estaban enfadados, con mayor motivo… era una medida que, si no le aplacaba, al menos, no le irritaba más. Soltó por un momento a Roy para besar a sus padres. Su madre la abrazó y devolvió el beso. Alan apenas si la miró, permanecía con la vista fija en el ser que acompañaba a su hija. – éste es Rodrigo. Podéis llamarle Roy…. Es el compañero que he elegido. 
     Roy, sabiendo que aquella frase implicaba que él era quien movía ficha, se inclinó rápidamente, hincando una rodilla en tierra y agachando la cabeza, como Junior le había dicho. No le hacía demasiada gracia, pero lo hizo. Alan tenía los brazos relajados, a ambos lados del cuerpo, y el joven lavandero vio las garras de su “futuro suegro” crecer casi cinco centímetros en sus dedos. Pero finalmente, volvieron a su lugar original, y Alan se metió las manos en los bolsillos, para sacar de ellos los finos guantes con los que ocultaba sus manos no enteramente humanas. 
      -Levanta la cara. – ordenó. Roy alzó la vista, pero no se levantó del suelo, dado que no se lo había permitido. Alan no pudo reprimir un brillo malicioso y complacido ante la obediencia del muchacho. – Tus ojos están llenos de miedo. ¿Qué te da tanto miedo? 
     -U-usted, señor. – Junior hubiera querido patearle para que se callara, pero Roy se jactaba de ser sincero… y es que no sabía mentir. Alan sonrió con maldad. 
     -No te asustes de mí, no voy a comerte… aún. – cuando se hacía el gracioso, era aún más despiadado, y le gustaba ser así. – Y cuando lo hago, suelo partir el cuello de mis presas de un golpe seco, para que la muerte sea instantánea. No me gusta que mi comida grite, se queje o intente debatirse, así que puedes estar tranquilo. No dolerá. 
     -Alan… - pidió Coral, y el licántropo ofreció su mano enguantada de mala gana. Roy la estrechó con fuerza y la besó, y el padre de Junior le dio por fin permiso para levantarse. 
      -Esta es mi esposa y madre de mis hijas. Se llama Coral, y tú la llamarás señora. – El tono de Alan indicaba aún sin decirlo, que cualquier descuido por su parte en ese aspecto, no tendría un segundo aviso.  Roy, siguiendo las instrucciones de Junior, se limitó a asentir sin mirarla directamente, hasta que ella misma le ofreció su mano y se presentó. 
      -Encantado de conocerla, señora. – dijo sólo, y desvió la vista de inmediato. Junior tenía el pelo negro de su padre, aún con los reflejos rojizos y blancos, pero era un calco del rostro de su madre. Algo más dominante quizá, más agresiva… pero igual de guapa, y parecían de la misma edad, antes podrían pasar por hermanas que por madre e hija. Hechas las presentaciones, Junior volvió de nuevo a agarrar del brazo a Roy. Mientras intentaba ignorar el temblor de éste, preguntó a sus padres cuándo tenían pensado desarrollar las pruebas… 
       -Eso, no te importa. Es parte de las pruebas que tu… que ése, no esté prevenido. – Alan no se molestaba en disimular su disgusto. Junior intentó contar hasta diez y sonrió a Roy. 
     -Roy, Conejito… espérame fuera un momento. – El lavandero asintió, miró a los padres de su novia y estuvo a punto de marcharse, pero antes que diese un paso, Junior lo retuvo y le besó, agarrándole de las nalgas y metiéndole visiblemente la lengua en la boca. Por el rabillo del ojo pudo ver a su padre, con expresión de furia dar un paso hacia ellos, pero su madre le tomó del brazo y le advirtió con los ojos: aquí, no. 
     A pesar del miedo que tenía, Roy no pudo evitar relamerse y sonreír con picardía cuando por fin Junior le soltó y le dio un azote en el trasero para despedirle. El lavandero se marchó casi brincando. Estaba muy preocupado por la posibilidad de perder a Junior, muy asustado por su padre… pero el saber que ella le seguía queriendo y que no se avergonzaba de él delante de su familia, le llenaba de orgullo. 
      De la garganta de Alan salía un bajo rugido de advertencia mientras miraba iracundo a su hija menor. Junior le sostuvo la mirada. Ella quería al Conejito, y siempre había sido apasionada con él, porque esa era su forma de ser, ¿por qué habría de cambiarla sólo porque su padre estuviera mirando…? Más valía que se fuese acostumbrando. Coral los miraba a ambos, tensa. No quería volver a presenciar otra brutal paliza, por más que su rebelde hija se la mereciera por su escaso respeto… pero además, hacerlo en presencia de humanos, sería una locura. Finalmente se interpuso entre ellos con una falsa sonrisa. 
     -Será mejor que nos relajemos todos un poco… La ropa sucia, se lava en casa. Alan, nuestra niña, hace mucho tiempo que creció, y tenemos que darnos cuenta que lo que hace, no deja de ser natural… Y Junior, no va a volver a olvidar el respeto que debe a sus padres, para no hacer ostentaciones estúpidas y escandalosas, que no sólo no vienen a cuento, sino que la perjudican a ella, y a su… - pareció buscar una palabra adecuada, algo que fuese fiel a la realidad y no hiriese los sentimientos de su esposo, pero finalmente se rindió – A ése. 
    Aquello dolió a Junior. Había esperado encontrar una aliada más poderosa en su madre, pero ésta, aunque más razonable y pacífica que su progenitor, tampoco estaba a favor de su relación con un humano. Finalmente, hizo la pregunta que tenía en la cabeza desde que vio el cesto de mimbre:
     -¿Por qué las habéis traído a ellas?
     -Porque nos ayudarán a que te des cuenta de que estás loca por sugerirnos esta farsa. – habló Alan. - ¿Qué sucede, tienes miedo? ¿De pronto, ya no estás tan segura de tu “conejito”? 
    -Alan, por favor… Yo hablaré con ella. Volveré enseguida. – su madre la miró. Parecía pensar algo cómo “¿en qué me equivoqué contigo, hija mía…?”, pero sonrió con ternura e hizo un gesto con la cabeza para que la acompañase. Alan las vio marchar, y sólo entonces su rostro se relajó en una expresión de tristeza. ¿Qué mal había hecho él, para que su hija preferida, su cachorra más pequeña, se fuese a encaprichar de una subcriatura…? Es cierto, él había hecho cosas despreciables en su vida, mató a uno de sus hermanos, había asesinado a precio a muchos licántropos como él, pero eso era algo socialmente aceptado dentro de su sociedad. Quien no era capaz de luchar y conservar su propia vida, sencillamente, no la merecía. Alan no contaba como cosas malas el haber perseguido y asesinado a muchos seres humanos simplemente por alimentarse de ellos o menos aún, por el mero placer de darles caza, de saborear su miedo… porque para él, no eran criaturas dignas de respeto o comprensión, sino simples animales, y animales inmundos. Igual que otras especies a las que también había dado caza en ocasiones, esos asquerosos innombrables hacedores de zombis que él ni siquiera quería tragar. Cuando se trataba de cazar a esos en particular, jamás se los comía; si mordía, escupía, pero no quería tener en sus intestinos algo de esos repugnantes seres… se agachó para  atisbar en la cesta de mimbre y ver si ellas estaban bien. 
     Unos silbidos algo más fuertes le saludaron, silbidos de furia a los que Alan contestó con un rugido corto y seco que acalló los silbidos. Después, abrió una  caja que había un estante más abajo, y sacó de ella un ratoncito blanco. El pequeño animal chillaba, y chilló más aún cuando lo echó en la cesta de mimbre. Pero casi instantáneamente, los chillidos cesaron. A Alan siempre le resultaba entretenido mirar cuál de las dos se quedaría con el ratón. Jamás compartían nada… de lo que alimentarse, pero habían compartido cosas mucho peores. El licántropo olió a alguien por encima de él. Alguna cría humana se había acercado a ver su stand, a pesar de que era muy temprano aún, de modo que se incorporó, y casi por primera vez en su vida, sintió algo muy parecido a un sobresalto. 
      -Hola, señor… ¿es usted guardaespaldas de verdad? – Tres chicas adolescentes le miraban con los ojos muy abiertos y un extraño brillo en ellos. La primera tenía el pelo negro muy largo, pero no sólo en la cabeza, sino también en muchas zonas de la cara. La segunda tenía una bonita cara, pero masacrada por el acné, y la tercera, que era la que había hablado, hubiera resultado guapa de no llevar encima unas ocho capas de pintura, destacando unos labios tan rojos como si acabara de alimentarse y que le hacían una boca  grotescamente grande. 
     “Tranquilo, Alan… sólo son cachorros de otra especie… entienden tu idioma, háblales y se irán”, se dijo el licántropo. 
      -Sí. – dijo escuetamente. Las chicas se rieron tapándose la boca y encogiéndose, más bien parecían dar chilliditos. Alan se fijó que las tres se tapaban el pecho con carpetas llenas de fotos de otros humanos que más bien parecían hembras antes que machos. - ¿Qué queréis? – preguntó, ansioso de ir al grano, fuese el que fuese y que se largaran. Sabía que supuestamente, tendría que darles información por si acaso ellas quisieran ser guardaespaldas, pero no parecía que aquéllas tres tuviesen intención de serlo. 
      -Queremos saber… - siguió diciendo la misma, pero se cortó por una nueva risa, y las otras dos la apremiaron a empujones – Sin duda, para su profesión, se necesitará una gran preparación física, ¿no….? 
     -Sí. 
     -Nos gustaría saber, si…. Si puede… si querría usted, enseñarnos lo… ¡lo fuerte que está! – la cría se sonrojó aún bajo el espeso maquillaje. Con todo el colorete que llevaba puesto, parecía que hubiese sufrido una terrible insolación. Alan las miró alternativamente. Sus ojos brillaban. Le examinaban. Se relamían…
      -¡Coraaal! – gritó sin poder contenerse. 



     Coral estaba hablando con su hija acerca de las pruebas, e incluso le ofreció la posibilidad de echarse atrás ahora que aún estaba a tiempo. 
       -Junior, hija… no puede pasar las pruebas. Tú sabes qué va a pasar, te va a destrozar el corazón… los humanos son así, todos. Los machos son predecibles, pero los machos humanos más aún. No pueden evitarlo, y él tampoco podrá, no será culpa suya, sólo… su naturaleza. Pero cuando lo haga, quedarás rota. Tu padre no tiene otra manera de decir las cosas, pero él, igual que yo, sólo quiere ahorrarte ese dolor. Hija… no es preciso que rompas con ese humano si no quieres. Tenle como amante, diviértete con él, pásate el capricho. Cuando lo gastes, te darás cuenta que intentar otra cosa, hubiera sido un error… si sigues adelante, hija, te harás mucho daño. Desde luego que él lo pagará, tu padre mismo le sacará las entrañas si tú no quieres hacerlo, pero, ¿por qué sufrir…?
      -Porque le amo, madre. – Coral intentó objetar algo, pero Junior insistió – Sé que lo haces con buena intención, pero… voy a arriesgarme porque es mi compañero, y sé que puede conseguirlo. Él se arriesgaría por mí si fuese al contrario, y yo confío en él. Lo logrará, madre, lo sé. – la joven licántropo quiso añadir algo más, pero entonces se oyó el grito de su padre, y su madre corrió junto a él, seguida de ella, de Roy, que estaba algo apartado. Apenas entraron al gimnasio, los tres ahogaron un grito. 

                                                                                  ************

      Casi se me salió el café por la nariz al ver aquello, Irina gritó “¡Ay, Dios mío!”, se le escapó una risita que no me acabó de gustar y se puso colorada. Beto se tapó los ojos, mirando entre los dedos, mientras Dulce abrió la boca con asombro, y mientras su gesto se iba transformando en una sonrisa sin que ella misma se diera cuenta, musitó “…cómo está la primavera…”, mientras lo miraba de arriba abajo. Viola, una de las profesoras, se puso a silbar con los dedos metidos en la boca, mientras Cristóbal puso cara de asombro y se puso frente a ella, se quitó la bata y empezó a sacarse el jersey por la cabeza, y Amador se partía el pecho de risa. El tipo del stand de Profesiones Alternativas, el supuesto guardaespaldas, se había quitado la camisa negra que llevaba, dejando ver unos hombros anchísimos, unos brazos insultantes y un pecho estúpidamente modelado. Lo único que me consolaba es que el tío era todavía más peludo que yo. Irina y Dulce parecían a punto de morir de risa, y yo no sabía ni qué cara poner. 
       -¡Nazario! – gritó Amador entre carcajadas - ¿Eran guardaespaldas los de este año, o strippers….? – Nazario, el jefe de estudios, se puso casi pálido al ver aquello, y no era el único. El jefe de mi primo, el señor Carvallo, tenía los brazos cruzados sobre el pecho con expresión de fastidio, y tamborileaba con los dedos de una mano sobre el brazo, mientras su ayudante no parecía saber a dónde mirar. En otro stand, el de banca y seguros, el encargado parecía no darse cuenta que había partido en dos el bolígrafo que tenía entre las manos mientras miraba a la chica que le acompañaba, que se dirigió al guardaespaldas con un billete de veinte euros en la mano y se lo colgó del cinturón con una gran sonrisa. Los Salieri se habían vuelto de espaldas los dos, hasta la mujer, y otra pareja, colocada en un stand de “contabilidad y empresariales”, a quienes no conocía, él parecía estar haciendo comparaciones y no quedaba muy contento con el lugar que le correspondía, pero su acompañante, una chica con grandes gafas y colorada hasta el cuello, le sonrió y besándole la oreja, le dijo algo en el oído. Y debió ser interesante lo que le dijo, porque el tipo recuperó la sonrisa en un instante. 
      -¿¡Se puede saber qué hace usted?! ¡Póngase ahora mismo la camisa! – masculló irritado el jefe de estudios. 
     -Solucionar las dudas de los jóvenes. Ellas me lo pidieron. – Sólo entonces, Nazario, y todos los demás miramos a otra parte: tendidas en el suelo, desmayadas de la impresión, como si no hubieran visto un hombre en toda su vida, había tres chicas adolescentes. Maldita edad del pavo….

(continuará, ¡vuelve mañana!)