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sábado, 8 de junio de 2013

Pueden pasar muchas cosas en una Universidad.... III


     Oli resopló, nervioso. Y no podía dejar de pensar en que si él estaba nervioso, cómo estaría la pobre Irina, sobrellevando sola la noticia del embarazo… No, no, a ver, tenía que centrarse, hacía ya semanas que Irina lo sabía, y estaba contenta de ello. Tenía que hacerse a la idea de que, aunque de modo inexplicable él tuviera un aspecto adolescente, NO era un adolescente, era un hombre de casi treinta y cinco años, bibliotecario, casado y dentro de algunos meses, papá. Pero no era fácil pensar en todo eso y ver a un crío de menos de veinte años en el espejo mirándole con carita de susto. Él trabajaba en esa misma universidad y sabía que de vez en cuando pasaban cosas raras, pero retroceder en su desarrollo, era lo último que le quedaba por ver. Y entonces pensó si Irina también habría cambiado… Si así era, no había ningún problema, pero si no, ¿querría ella seguir casada con poco menos que un niño…? ¿Y si también se había hecho más joven, y no quería tener al niño, ni estar con él? ¿Y si ya no le quería…? Irina había llevado una vida de diversión y aventuras sin compromiso durante toda su juventud, quien se había enamorado de él había sido una Irina adulta, quizás una Irina adolescente no le quisiese… De haber conservado su madurez, quizá hubiera podido serenarse lo suficiente como para llamarla al móvil, pero su edad pensó por él, el pánico le venció y salió corriendo por la puerta, en dirección al dormitorio femenino. No se le ocurrió pensar en qué haría allí, qué excusa daría si le pescaban, cómo la encontraría… sólo sabía que a nadie se le iba a ocurrir pensar mal de Oli el Perfecto, y que tenía que encontrarla, fuera como fuese. 
      
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     “No, no…. Música no, debo ser fuerte…” pensaba Thais. La joven estaba ya bastante alterada por el hecho de verse convertida en una jovencita de cabellos cortados casi al rape, como para encima ocuparse de unas hormonas exigiendo de inmediato ser atendidas. Su debilidad por la música, que hacía que su deseo sexual se activase y la dejase indefensa al oír prácticamente cualquier pieza musical, se juntaba a su desboque adolescente. Su cuerpo deseaba escuchar música y dejarse llevar por ella con la misma intensidad que una chica de su edad tendría curiosidad por el sexo, los besos y las relaciones íntimas. No podía evitarlo. Casi deseaba que se presentase Jean, el salido de su jefe, a seducirla con música, para así poder pensar para sí que no había sido culpa de ella, sino que él la había incitado… pero para una vez que ella quería, él no se presentaba. Sus pezones estaban erectos bajo la tela de la amplia camisola de dormir que llevaba puesta, pese a que ella ni siquiera los había tocado, pero ahora los rozaba como distraídamente cada poco rato, mordiéndose los labios a cada escalofrío de placer que se procuraba. 
     “Tengo que resistir… si quiero, puedo; si quiero, puedo…. ¡pero es que no quiero, mierda!”, se tiró de los cortos cabellos, llena de frustración, ¡tenía ganas! Era tan torturador como hervir de sed, tener un vaso de agua fresca a tu alcance y luchar por no cogerlo y seguir pasando sed, ¡no era justo! Pero si se presentaba así ante Jean, sería darle una satisfacción enorme, y bastante tenía ya con haber descubierto su debilidad por la música y dominarla con ella, no iba a añadir más leña al fuego… Podía decirle que… que alguna de las estudiantes, tenía puesta música, ella la oyó, y salió a buscarle. Era una excusa burda, pero mejor era eso que nada. En parte arrepentida y en parte hirviendo de deseo, encendió el aparato de radio que había en la mesilla, y buscó una emisora musical. En una cadena estaban poniendo un programa de música de cine, dirigido por un tal Tony Superhot y su encargada de la música, llamada Abrigo Rosa, y cualquiera hubiera pensado que la  dueña de tan peculiar nombre, también estaba al tanto de la debilidad de Thais, porque no pudo escoger canción más adecuada para desbocarla por completo:  
      Thais sintió que la música inundaba su cabeza, anulando todos sus deseos salvo uno, EL deseo. Le pareció que su cerebro literalmente se fundía, se desparramaba por su cuello, espeso y caliente, llegaba a sus pechos, haciéndolos elevarse, y continuaba bajando, como lava ardiente, hasta sus caderas, que ya se mecían solas al ritmo de la canción, mientras sus manos recorrían su cuerpo, su cuello, sus pechos… y el torrente de calor llegó por fin a su sexo, desbordándolo de jugos. Sus bragas quedaron empapadas y notó que no eran suficientes para contener su excitación. Abrió los ojos y fue consciente de que estaba sudada y jadeante, colorada como un tomate y con una sonrisa de vicio en los labios entreabiertos, lamiéndose fugazmente los dedos cuando se acariciaba el rostro. Sin ponerse ni unos pantalones, sólo con la camisola de dormir, salió del cuarto dispuesta a encontrar a Jean, aunque para ello tuviera que derribar todas las puertas de la residencia masculina, una por una. 

                                                                                 **************

     Dulce se sentía traviesa, a la vez que romántica y soñadora. Quería tener a su Culito Mullido cerca de ella, le haría ilusión que él se presentase bajo su ventana para que se vieran… era una lata que Beto fuese tan obediente, a él le habían dicho que no se moviera de su residencia, y no se movería de allí. Claro que… si ella le pedía otra cosa, él sin duda accedería, o al menos, ella sabría convencerle. De modo que cogió el móvil y le llamó. Dulce sí se había dado cuenta de que volvía a ser una adolescente, y claro está que la había impactado, pero, en primera, ella sabía que para su Beto no había demasiada diferencia entre tener ocho años, dieciocho, o treinta y ocho, y en segunda, ella, durante su adolescencia, había maldecido muchas veces ser mona, porque muchos pesados pretendían distraerla de sus estudios. Ahora que tenía la oportunidad de disfrutar sin preocuparse de exámenes, sería una lástima perder la ocasión… 
       -¡Dime, Dulce! – La voz de Beto sonaba sólo un poquito más aguda, siempre le agradaba recibir llamadas de su novia. 
     -Hola, Betito… he pensado, ¿porqué no vienes a verme a mi residencia….? – dejó el final de la frase tan declaradamente en suspenso que hasta Beto entendió qué quería decir, y se rió ligeramente. 
     -Pero, Dulce, nos lo han prohibido… no puede ser. Si nos pescan, no les va a gustar… 
     -Entonces, quedemos a mitad de camino, en el bosquecito, ¿hace? Así, si nos pescan, no podrán decirnos nada.
     -¿Tú crees…?
     -Claro. Nos han prohibido dormir juntos, pero no vernos en el parque. Luego, basta con que… no nos durmamos. 
      Beto se rió con esa risa vergonzosilla que a Dulce tanto le gustaba, y aceptó. Dulce sonrió, y tomó una margarita de plástico de un jarrón que había en su cuarto. Mientras caminaba dando brincos hacia la salida, iba contando los pétalos sin arrancarlos: “sí me quiere… sí me quiere… sí me quiere… sí me quiere…”
   
                                                                         ********************
   
     Roy estaba asustado, pero aún así intentó pensar. Los gritos de las chicas le habían sacado de su casa, y aunque el joven lavandero no las conocía, supo que esa era una de las pruebas. Una de las jóvenes estaba atrapada bajo una pesada rama. La otra, le miraba inquisitivamente. 
     -Levanta el tronco. – ordenó, y Roy trató de obedecer, pero la rama pesaba demasiado. Se puso en cuclillas y tiró obstinadamente, pero apenas consiguió moverla. 
     -¡Espera, sé cómo hacerlo, no te muevas de aquí! – dijo finalmente. 
    -¿Te parece que puedo moverme, gilipollas….? – gritó la chica atrapada, pero Roy ya se alejaba hacia su casa. - ¡Deja de reírte! – le gritó a su hermana. 
     -Jet, si vieras qué pinta tan ridícula tienes ahí debajo, como una rana aplastada, tú también te reirías.
     -Ríete ahora que puedes, guarra… luego me reiré yo, a mí me ha tocado este papel, y a mí me toca luego su polla, tú tendrás que contentarte con estar de comparsa. 
     -Cómo te gusta restregar. – Pero Betsabé no continuó, porque Roy ya llegaba con una cuerda. La lanzó para pasarla por otra rama de árbol, ató fuertemente un extremo al tronco caído, y tiró del otro con todas sus fuerzas. Los pies le resbalaban en la tierra, la cuerda le quemaba las manos y la respiración le rasgaba el pecho, pero siguió tirando. Notó la cara roja y el sudor le goteaba de la frente, pero oyó el crujido de la madera al moverse, y eso le dio ánimos, continuó, y al fin la joven gritó con alborozo, y se escurrió de debajo de la pesada rama. 
      -¡Al fin! – gritó la chica, y Roy hubiera dicho lo mismo de haber podido hablar. Soltó la cuerda de golpe y la rama cayó al suelo nuevamente con un golpe sordo. Quiso preguntar a la joven si estaba bien, pero vio que las dos le miraban con una expresión que supo reconocer. Era la misma mirada que le había dirigido Junior la primera vez que fue a su casa. Más tarde le confesó que, de no haber quedado prendada de él por su forma de hacer sexo, estaba dispuesta a matarle y devorarle después del acto. Hubiera querido desconfiar, asustarse, pero ya no le dio tiempo, porque un estudiante de pelo oscuro y ojos verdes, de cara redonda y apariencia más asustada aún que él salió corriendo de la residencia como si lo persiguiese el diablo en persona, y se lanzó hacia el bosquecito, en dirección al edificio de las chicas. El lavandero quiso preguntarle a dónde se dirigía, decirle que no podía ir allí, pero apenas abrió la boca cuando cruzó por su lado, el joven le gritó:
     -¡Luego, Virgo, ahora no puedo! – Le había llamado por su nombre… ¿Cómo le conocía ese estudiante, si él no lo conocía a él….? Bueno… ahora que lo pensaba… era imposible, pero… se parecía mucho a… al bibliotecario. Frente a él, más cerca ahora, las dos jóvenes se reían con picardía. 

                                                                               ********************
     Oli corría todo lo que le daban las piernas. Virgo, el lavandero, había intentado detenerle cuando pasó junto a él, y sentía no haber sido más amable, pero en aquél momento, no podía entretenerse. Llegó a la residencia femenina con la lengua fuera. Sabía que el portal estaría cerrado, pero podía colarse por la escalera de incendios, bastaba con dar un buen salto, agarrar el extremo y tirar. No era fácil, pero si un porreta gamberro como Rino el Rompebragas podía hacerlo, él también. Rodeó el edificio y saltó para agarrar la escalera, pero falló, resbaló en la nieve y se pegó una dolorosa costalada. Después de tres saltos y dos resbalones más, que logró salvar sólo por su pericia patinando, decidió que en realidad, no había nada deshonroso en colarse por una ventana de la lavandería… Efectivamente, Virgo no estaba allí al comenzar la nevada y había una entreabierta, se aupó a la repisa a fuerza de brazos y logró colarse dentro. Subió las escaleras y sólo entonces le pareció darse cuenta de dónde estaba. Un chico sólo, tímido, virgen, en un edificio lleno de chicas universitarias sin padres para vigilarlas….
      Sólo a fuerza de voluntad logró contener el grito de pánico que se gestaba en su garganta, mientras a su mente acudían imágenes de un montón de diablesas atándole a una cama y azotándole, quemándole con cigarrillos… incluso en su auténtica adolescencia, aquellas imágenes le producían miedo, no excitación… Así las cosas, no podía llamar alegremente a las puertas y preguntar por Irina, ¿y si alguna chica le hacía entrar en su cuarto por la fuerza? ¿Qué podía hacer, cómo iba a descubrir dónde estaba…? En eso pensaba cuando la puerta de junto a él, se abrió lentamente. “¡Me han descubierto!”, pensó, aterrado, e intentó huir, pero unos brazos se cerraron en torno a su pecho y una voz chillona gritó su nombre. 
     -¡Oli! ¡Hola, chico malo! ¿Vienes a contarle a Irina un cuento de dulces sueños, a que sí, a que sí? 
     -¡Dulce! ¡Ssssssssssssssssssh! – Oli no esperaba encontrarse con la novia de su primo, pero menos aún esperaba encontrarla… así. Resultaba difícil mirarla a la cara. Tenía exactamente los mismos pechos, pero… en un cuerpo mucho menos alto. Y no dejaba de dar saltitos alegres, parecía encantada de verle allí, y aunque en menor medida, Oli también se alegraba de haberla encontrado. - ¿Sabes dónde está Irina?
     -En un cuarto de esta planta. Te daré una pista – se puso muy colorada – “Por el culo te… por el culo te hago una gracia”. – se rió tapándose la boca. A Oli le recordaba mucho a Beto, pero una voz en su cabeza no podía dejar de repetir “por favor, dime que mi primo no es así de tonto….”
     -Gracias… Hasta luego. – Le daban ganas de decir “adiós a todas”, pero se contuvo, y Dulce se marchó entre risitas y brincos, bamboleando sus tetas. “Bueno, cuarto número cinco”, se dijo Oli, concentrándose de nuevo. Llamó a la puerta, pero nadie le contestó. – Irina… - susurró. Nada. Probó el picaporte, no estaba cerrado con llave, y empujó. Lo que vio, le dejó sin respiración. 
     Irina. Era su Irina, pero al mismo tiempo, no lo era. Tenía sus mismos ojos azules, grandes, el cabello claro le llegaba ahora casi hasta la cintura, y su carita de niña le miraba con una tristeza infinita, sacándole casi toda la cabeza. Estaba terriblemente flaca. Oli fue a decir algo, pero la joven que tenía frente a él, empezó a sollozar sin poder contenerse. 
      -Iba a echar el cerrojo… no quería que me vieras así… ¡¿por qué has venido?! – se lamentó, y se echó a llorar, cubriéndose el rostro con las manos frágiles. Sus brazos apenas tenían volumen, eran casi rectos desde la muñeca al codo. Sus caderas eran inexistentes y prácticamente no tenía pechos. Oli negó con la cabeza y la abrazó, apretándola contra él. Una parte de sí mismo tenía miedo de que fuese a hacerla daño si la apretaba, pero su instinto le decía que ella necesitaba más ese achuchón que huesos intactos. 

                                                                                        ***************

     Contoneándose al son de una melodía que sonaba sólo en su cabeza, Thais recorrió todo el bosque, sin prestar atención a una chica gordita que caminaba dando saltos, hasta llegar a la residencia masculina. La escasa parte de su cerebro que aún podía pensar con algo de claridad, empezó a rezar por encontrar a Jean cuanto antes, porque si daba con algún otro tío con ganas de fiesta, lo más fácil es que cayera sin remedio. De todos modos, entró en el edificio, ignoró los ruidos que provenían de la casita que había junto a él, y empezó a llamar a las puertas, preguntando “¿Jean… Jean…?” en todas ellas. Algunos no contestaban, otros decían “no”, en otras sólo se oían respiraciones acompasadas o jadeos, finalmente, en una, oyó sollozos. 
     Aquello le llamó la atención. Jean era la última persona del mundo que lloraría por nada. Bueno, tal vez si conociera a una chica Playboy, ella lo invitase a una cena íntima en la suite de un hotel de cinco estrellas, y a última hora le dijera que le había bajado la menstruación, quizá se echase a llorar, pero por algún otro motivo… pero si Thais era capaz de reconocer unos gemidos entre un millar, eran los de su jefe, y eran esos. De modo que entró. Todo el cuarto estaba en penumbra, sólo la luz que entraba de las farolas de fuera daba alguna iluminación a la alcoba. Los gemidos salían de debajo de la cama. 
     -¿Jean…?
     -Vete… -suplicó. Lo pronunciaba “fete”. Pero Thais estaba demasiado melosa para renunciar. Se puso a gatas y reptó hasta debajo de la cama. 
     -Jeanny… una compañera tenía la música puesta muy fuerte… me he acordado de ti, tenía que verte… ¿porqué no pones la radio…?
     -No eftoy de humod… - dijo, con esa pronunciación tan rara – no me mides… fete… 
     -Jean, tú siempre quieres… ¿qué pasa? ¿Es que no te gusto ya? – hizo una pausa, pero su jefe no contestó. No quería perder la paciencia, pero su estado era más fuerte que ella – Pues si tú no quieres, me iré a buscar a otros que sí tengan ganas, ¡sosainas! 
     -¡Y feráfs capaz! ¡Efo ef todo lo que te impodto! 
     -¡Tú me acabas de decir que me vaya!
     -¡Fiendo chica, deberíaf faber que guando a´guien  ´e dice que te vayaf, quiere que te quedef y averigüef qué le pafa! – el enfado le hacía pronunciar aún peor, y finalmente salió de bajo la cama - ¿Quieref faberlo? ¡Mira! – Encendió la luz y Thais también salió. Su jefe estaba de espaldas a ella. Parecía delgado, flacucho, sin las atractivas formas que tenía ahora, no había rastro de su esbelto talle, sólo se le veían hombros anchos y unos brazos larguísimos, acabados en unas huesudas manos enormes. El joven tomó aire y habló despacio, para pronunciar lo mejor posible – Te presento a Jeanny Hierros. – Se volvió. Su cara era un rosario de enormes granos rojos con algún trocito de piel limpia esparcida entre ellos, y en su sonrisa triste y forzada, se veía un espantoso corrector dental metálico que recorría todos sus dientes en remaches cuadrados. 
        Thais le miró, inexpresiva. Luego se acercó a él con una extraña sonrisa en el rostro. Parecía reírse de él, pero no de su aspecto… si no de su actitud. 
     -Quiero bailar – dijo sólo. Tomó a Jean del hombro y de la mano y empezó a contonearse, mientras tarareaba. Jean quiso sentirse indignado, incómodo, decir que no necesitaba la compasión de nadie… pero cuando ella le agarró la mano que tenía en su cintura y se la bajó a las nalgas, decidió que quizás ella lo hacía porque quería, no por compasión… y aunque así fuera, el orgullo era una estupidez. Ni siquiera le importó cuando reconoció qué estaba tarareando ella… “Se oye una canción… que hace suspirar… y habla al corazón, de una sensación, grande como el mar…..”

     -¿Dulce…? – Beto estaba sorprendido. Siempre le habían gustado los pechos de su novia, siempre le pasaba que, cuando los miraba, ya no podía apartar la vista de ellos… pero esto, era asombroso hasta para él. Su novia ya no parecía su novia, sino dos pechos, y Dulce detrás. Era más bajita, más llenita, tenía las caderas más anchas, los muslos más gorditos, los brazos más rollizos, la cara más mofletuda… 
     -¿No te gusto…? – preguntó ella, algo temerosa. Se llevó las manos a la cara, y sus pechos se juntaron. A Beto le hubiera gustado contestar, pero Dulce soltó la risita, porque su cuerpo estaba contestando por él. Una erección asombrosa crecía en sus pantalones de chándal, y hasta él se había dado cuenta. Con gesto tímido y sonrisita de apuro, se acercó más a Dulce y acercó un temeroso dedo índice a su pecho. Ella se irguió y Beto apretó en el pezón, hundiéndolo ligeramente, y se puso erecto al instante bajo la camiseta de ella. La joven le agarró las manos y las llevó a sus tetas, invitándole a apretarlas. Beto sonrió y la abrazó sin más miedo, y Dulce le apretó entre sus brazos y empezó a cubrirle la cara de besos. 
     -Dulce… espero que no te enfades si te digo esto, pero… me gustaría que cogieras un poco de peso. – Y a ella no debió disgustarle la observación, porque de pronto Beto se encontró que la tenía totalmente en brazos, con las piernas alrededor de su cintura, y frotándose contra su erección. 
      -Culito Mullido, mi vida… vamos a mi cuarto para que te deje seco… Quiero decir, para hacerte el amor de todas las formas posibles durante un buen rato. – especificó, buena conocedora de que su Beto, era incapaz de entender las metáforas o frases hechas. 

                                                                  ***********************
    Le había costado llegar sin ser visto, pero lo había logrado. Imbécil había tenido que preguntar puerta por puerta, pero lo había logrado. No, no preguntaba por Ocaso, ni siquiera por Mariposa… sino que tocaba y preguntaba por Micaela. Como esperaba, sólo su ama reconoció ese nombre y se acercó a la puerta al instante, abriendo con la cadena puesta. Lo que vio, la dejó sin aliento. Miguel, mucho más gordito, con una cerrada barba negra con bigote que le cubría la cara casi por completo, melenas hasta los hombros… y vestido de chica. El travestirle, era una debilidad para ella, no podía resistirle así, y él lo sabía. 
     -¿Imbécil…? – susurró. 
     -Ama, era demasiado bizarro para no que no lo vierais. – la joven pareció dudar, luchar consigo misma… pero finalmente cerró de nuevo la puerta. Quitó la cadena y abrió. 
     -Pasa. – musitó. Imbécil obedeció al instante. Su ama tenía un aspecto en general triste, los grandes ojos verdes con enormes ojeras, el pelo lacio y pobre y vendas rosadas en las muñecas. Imbécil sabía ahora que la adolescencia no había sido una época muy feliz para ella, también por eso había acudido, junto a él, ella no se sentiría peor. 
     -Sé que no estáis muy de humor… pero supuse que os gustaría verme así. He venido así casi todo el camino… - Mariposa se le quedó mirando con una sonrisa triste. Parecía sentir pena de él, pero finalmente sonrió. 
     -Lo has hecho muy mal, Imbécil, tendrías que haberte recogido el pelo, así, mira… - Le quitó la peluca y le ató el pelo con una goma, para que no sobresaliera bajo la peluca rubia. Le miró y se rió con ganas. – Con ese pelo y esas barbas de náufrago, pareces la mujer barbuda, Imbécil… 
     No era su habitual risa de superioridad, cargada de fuego y deseo, no era su risa de ama… era una risa aguda y chillona, una risa pura, de simple alegría, de… de niña. A Imbécil le pareció el sonido más hermoso que había oído en su vida, y empezó a poner voz aguda y a contonearse como una señora repipi por todo el cuarto. 
      -¡Tengo que apurarme, que tengo cita con la modista! ¡Déjenme paso, que llego tarde a la peluquería…! – Mariposa se mataba de risa. 

                                                                        *********************

     -Has sido muy amable con nosotras… has salvado a mi hermana, podría haber perdido las piernas… - Betsabé y su hermana, en la pequeña casita del lavandero, estaban poniéndose muy amables con éste. Virgo no sabía dónde meterse, las chicas sólo llevaban encima un camisón y no cesaban de intentar arrimarse a él, le acorralaban entre las dos, cercándole. No importaba lo rápido que se moviera, siempre estaban ahí, parecían deslizarle sobre el suelo como si tuvieran patines en vez de pies. 
      -Por favor, déjanos agradecértelo… - Jétzabel se acercaba por un lado, su hermana por otro, y entre las dos lo flanqueaban. El lavandero intentaba esquivarlas como podía, les había dicho que era ya muy tarde, que estaba cansado, y ellas se ofrecieron a llevarle a la cama. Él se negó, pero no dejaban de insistir. 
     -Mi-mi-mirad, y-yo… os… agradezco que queráis… ag-agradecérmelo, pero no… no tiene importancia… ¡de veras!
    -¿Perder las piernas, te parece que no tiene importancia…..? No soy ninguna ingrata para ignorar cuánto te debo… 
     -Pe-pe-pero… yo… ¡tengo novia! – No quería decir aquello. No quería escudarse detrás de Junior, quería defenderse él solo, pero visto que los argumentos normales no surtían efecto en ellas, esperaba que ese sí lo tuviera. 
     -No nos importa, no somos celosas. – Sonrieron, e hicieron lo que Virgo se temía. Se quitaron las camisetas, y bajo ellas, no llevaban nada. Cuatro pechos turgentes y de pezones erectos, dos perfectas vulvas depiladas, sendas rajitas graciosas e incitantes se dispusieron para él. Virgo se había dado con un canto en los dientes cuando tenía a una sola chica, y ahora se le presentaban dos para él solito, y gemelas… su cuerpo reaccionó sin que él pudiera evitarlo. 
    -Mira, tu pobre cosita tiene ganas de jugar con nosotras… no seas malo, déjala salir a jugar…. – La voz sibilante de las gemelas tenía un toque de lujuria concentrada absolutamente irresistible… ¡pero él tenía que resistir, tenía que hacerlo!
    -No… no, por favor… - Virgo, reculando, había llegado a la puerta de la nevera, no podía retroceder más. Jet se arrimó a él, acariciándole por el cuello, sus pechos cálidos tocaron el cuerpo de Roy, y éste suspiró sin poder contenerse, sintiendo la lengua fría de la joven, que subía por su cuello buscando su boca. Roy volvió la cara, ocultando la boca, pero al otro lado tenía a Bet, acariciándole el pecho, el estómago, bajando peligrosamente, y también con la boca entreabierta, lamiendo su cara. El miembro del lavandero gritaba de ganas, sus caderas se movían solas, las manos de las gemelas reptaban por su cuerpo como culebras, acariciando, cosquilleando, hasta que agarraron su hombría y Roy gimió una negativa. -¡No… no seáis crueles… por Dios, tengo novia, y la quiero! ¡Tengo novia! – Estaba a punto de llorar, pero las gemelas se sonreían, Virgo caía. Jugueteaban con sus lenguas en su cuello y su cara, y durante unos segundos, el lavandero pareció mirar un inexistente partido de tenis, moviendo su cabeza hacia uno y otro lado, intentando ocultar su boca, hasta que finalmente la lengua de Jet consiguió rozar fugazmente la suya, y Roy se derrotó. – De acuerdo… habéis… habéis ganado, cedo… pero… ¿puedo… puedo sacar una botella de champagne que tengo en la… nevera…?
    Las gemelas se dedicaron una risita de triunfo, y asintieron, soltándole momentáneamente para dejarle abrir la puerta del frigorífico. Roy abrió la puerta de la nevera, pero no salió luz de ella. Cuando se volvió, llevaba una jaula en las manos, abrió el cierre y echó a correr, no esperó a ver qué pasaba. Un grito alborozado salió de las gargantas de Bet y Jet. Ratones blancos. 
     Roy logró ganar la puerta, salir, cerrar y echar la llave. Quiso echar a correr y refugiarse en la residencia femenina, donde estaba Junior pero los gritos que oyó en su casa, le hicieron mirar por la ventana, y lo que vio le llenó de horror. Había preparado aquello para la prueba de fidelidad, sabedor de que la mayor parte de chicas de la tierra tiene miedo a los ratones,… pero no esperaba encontrarse con que a éstas, les gustasen tanto. Tantísimo… les encantaban. Los daban caza y se los comían, sin masticar ni nada… 

                                                                                 ********************

     -Para mí siempre estás guapa, Irina. No me importa que ganes peso con el embarazo, no me importa si no adelgazas después. ¿Tú dejarías de quererme si yo tuviera un accidente que me desfigurase horriblemente?
    -No. – contestó ella sin dudar. 
    -Entonces, ¿por qué piensas que yo podría dejar de quererte a ti? – Irina se quedó pensativa, pero volvía a sonreír. Según le había contado, en el último curso de instituto se hizo un ballet de Peter Pan, pero a pesar de que Irina tenía buena figura porque siempre ha ido a clases de baile, pensaron que no estaba lo suficientemente delgada para hacer de Campanilla. Eso, unido a la depresión que tenía por la muerte de su padre poco tiempo atrás, la hizo caer en desórdenes alimenticios. Según ella, no fue tanto como anorexia, porque logró recobrarse sin mucho problema, pero le anduvo cerca.
     -No lo sé… - confesó – A veces… tengo miedo de que no quieras hacer el amor conmigo si soy una gorda…. O que temas hacerlo con “una madre”, que pierdas el deseo por mí… - Oli se rió suavemente. Y él que pensaba que era el único inseguro en la relación, que Irina vivía sin miedos, sin dudas… 
     -A mí también me pasa. – admitió – Me da miedo que te niegues a estar conmigo por tu embarazo. O que pienses que soy un vicioso si quiero estar contigo mientras estás en estado… - La flaca mano de Irina acarició su rostro. 
     -Oli… es cierto que, durante al menos los dos primeros meses, dicen que no es bueno tener mucho sexo, o en según qué posturas, porque puede perjudicar al emb… al marcapáginas. Pero aún así, hay muchas cosas que podemos hacer, aunque no me penetres… - Oli reconocía esa mirada y ese tono de voz, y sus rodillas dieron un temblor involuntario. Pero quería hacerlo. Quería darle cariño a su Irina, y al mismo tiempo, sentirse querido él, tener esa complicidad, placer y cariño que sólo puede dar la intimidad, así que se dejó hacer, se recostó en la cama y se dejó besar, abrazando a Irina por su escasa cintura. La joven le hizo girar en la cama, para quedar ella debajo. – Ponte de rodillas. 
     El bibliotecario obedeció, apoyándose también sobre los codos. Irina empezó de inmediato a acariciarle la entrepierna, y le llevó una mano a la de ella, para que le dedicase caricias también. “Masturbación mutua…” pensó Oli, sonriendo de placer “Estoy de extranjis en la habitación de una chica, y nos estamos masturbando mutuamente… ahora sí soy capaz de creerme que soy un adolescente”. 

                                                                          *************************

     -¿Esto, es porque te masturbabas sin parar…? – sonrió Thais, muy cerca de la oreja de Jean. Sus labios acariciaban dulcemente los granos rojos de su cara. 
     -No fsé… - esforzándose, pronunciaba casi normalmente pese al aparato, pero tenía que hablar lentamente. – Eso me decían entonces… pero no creo que yo lo hiciera más que los demás. 
    -¿Cuántas veces al día lo hacías? – preguntó, bajando descaradamente la mano, que hasta entonces había tenido en su cuello, hacia su trasero, para pasar de inmediato al terreno delantero. - ¿Eh? ¿Cuántas veces al día le dabas gusto a tu cosita… cuántas veces la agarrabas así, y empezabas a apretarla y moverla…?
    -Hmmm… pues… depende… - sonrió él, cachondo, tirando de ella hacia el suelo, arrodillándose a su vez, disfrutando de las intensas cosquillas y olas calientes que le recorrían el cuerpo cada vez que ella le frotaba. 
     -¿De qué dependía?
     -De si estaba solo en casa… o no. Si no estaba solo… - se detuvo para gemir, porque Thais le había metido la mano en el pantalón sin desabrochárselo y estaba acariciando directamente su miembro dispuesto. – Si estaba solo… a veces cuatro o cinco. Si no, sólo dos o tres… 
     -Pero qué chico tan guarro, ¿cómo podías hacerlo tanto?
     -Porque tenía ganas siempre… las chicas me ignoraban o me insultaban… y yo soñaba con que algún día, no tendría acné, no usaría aparato, mi cara terminaría de encajar en su sitio y yo sería un tío guapo y con dinero que podría tener a cualquier chica… creo que lo logré. ¿Y tú?
    -¿Yo, qué…? – la mano de Jean estaba remangando la camisola que llevaba Thais y sus dedos acariciaban ya la bragas empapadas, haciendo cosquillas que erizaban la espalda de la joven.
    -¿Cómo llevabas tu… particularidad? ¿Te acostaste con muchos tíos? 
      -Nooo… - gimió dulcemente ella cuando él acarició más intensamente y retiró la tela para tocar la piel – Sólo dos… o tres… tenía… tenía mucho cuidado. Pero cuando… mmmmh…. 
     -¿Pero cuando… qué? – preguntó, bajándole las bragas y metiendo los dedos; ahí estaba el travieso clítoris, temblando, húmedo y tibio, alegre por recibir sus mimos.
     -Cuando… cuando me sentía muy caliente… hacía cosas… 
     -¿Te masturbabas…? ¿Te acariciabas aquí… justo aquí… - aah, cómo le resbalaban los dedos, qué suave – y te metías los dedos en éste agujerito… aquí, jugabas a meterlos y sacarlos hasta que no podías más…?
      -Parecido… hacía eso… pero a otras chicas… 
      -¡Haaaaaaaaaah….! ¿¡Cómo has dicho?! 
     -¡Jeanny….. cariñito, si te acabas de correr! – Thais sonrió, alegre, y se llevó la mano, manchada de semen a los labios, y lamió cerrando los ojos. Jean tomó aire, algo avergonzado, pero no había podido evitarlo: imaginarse a Thais con otra chica, había sido superior a todas sus fuerzas. 
     -Lo… lo siento… pero… ¿de veras tú…?
     -¿Yo y otra chica…? Sí, muchas veces, y con más de una a la vez. Te sorprendería saber cuántas chicas lo hacen. Da placer y no puedes quedarte en estado. Cogí mucha experiencia en saber cuándo una chica podía querer, tanto que casi podía olerlo… de hecho… creo que… - Thais olfateó el aire. El olor a sexo era potente aún por encima de lo que acababa de hacer Jean, y sonrió con picardía. – Jeanny… ¿alguna vez has tenido a tres chicas para ti solito…?

                                                                                       ********************
     -I…Irina… me encanta… - Oli apenas podía hablar, las rodillas le temblaban y el único codo en que se apoyaba amenazaba con ceder de un momento a otro. Irina, muy sonriente y algo colorada, le acariciaba y hacía cosquillas en el miembro, sin acelerar, muy despacio, haciéndole sufrir de un modo maravilloso. Oli la acariciaba como podía, con sus dedos haciendo cosquillas en el clítoris húmedo, acariciando la vulva sin depilar, porque de adolescente, su Irina no se depilaba el sexo… pero sabía que distaba mucho de estar haciéndolo bien, porque el placer que sentía era demasiado fuerte y no le permitía concentrarse. 
      -Me gusta que te guste… - Sonrió ella y sacó la lengua para que Oli la besara, lo que hizo de inmediato, entre gemidos suaves, esos gemiditos que a ella tanto le gustaban, y que con esa edad, eran incluso un poco más agudos, ¡qué lindo!
     -Por… porfa, Irina… un poquito más deprisa… sólo un poquito… - Pero Irina sonrió y negó con la cabeza – Haaaaah… me vas a mataaar… - y de pronto, Oli puso cara de desamparo, su boca se abría por la sorpresa y empezaba a curvarse en una sonrisa. - ¡Irina… Irina… si… si sigues así… me… me…! – temblaba, pero no llegó a acabar la frase, ni el acto, porque la puerta del cuarto se abrió de golpe. 
     -¡AH! – Cuatro gargantas gritaron lo mismo, la de Oli, la de Irina, la de Beto y Dulce. Estos dos últimos se habían equivocado de cuarto, y a juzgar por cómo llevaban la ropa, lo raro era que hubiesen llegado a un cuarto, cualquiera que fuese. Beto se tapó la boca, y con la mano libre, tapó los ojos a Dulce. Irina agarró un almohadón, con el cubrió las pelvis de ambos, mientras sentía un deseo terrible que la tierra se la tragase. Oli boqueaba como un pez fuera del agua, y parecía al borde de la histeria. 
     -Ah… eh… yo… aah… eeeh… Beto, ¡no pienses mal, no es lo que parece! – Pero de pronto, miró a Irina, y por primera vez en toda su pastelera vida, Oli el Perfecto se sintió salvaje y rebelde. Oli el Virgen se sintió en la cima del éxito– Un momento… ¡SÍ QUE LO ES! – dijo con una desorbitada sonrisa de ojos chispeantes. 
      -Vale… ¡adiós! – Beto estaba colorado como un tomate con insolación, y parecía a punto de llorar cuando cerró la puerta. Adoraba a Oli, tenía en mucho cariño a Irina… pero aún así, había cosas de ellos que podía vivir feliz sin conocerlas. 
      -Bueno… - musitó Irina con una risita vergonzosa - ¿cómo se siente el seductor al que acaban de pescar metido de polizón en la cama de una de las chicas más guapas de la clase…?
     A Oli no le gustaba decir tacos. Ni siquiera estando muy enfadado o dolorido, o muy harto, los decía; lo más fuerte que llegaba a decir era un “¡jod…lines!” o cosa similar. Así que nos hacemos una idea de lo extraordinariamente exótico que se encontraba a sí mismo cuando, con una  traviesa sonrisa hasta las orejas, contestó:
     -De puta madre. – Irina soltó la risa y recuperó las caricias donde las había dejado. 

                                                                  ******************

      -¡No las he tocado, Junior, te lo juro, huéleme las manos, no las he toca…! 
      -Lo sé. 
      -¡Te aseguro que no las toqué, ellas querían, pero me resistí, yo no…! ¿Qué? – Cuando estaba nervioso, Virgo tartamudeaba, pero cuando pasaba la frontera del nerviosismo al terror, se le olvidaba hasta el tartamudeo. No había dado ni un paso para alejarse de su casa, cuando Junior estaba frente a él, y se llevó un susto de muerte, pensando que ella podía pensar que él…. 
     -Os vigilé. No podía intervenir en la prueba, pero sí mirar. Has pasado la prueba de fidelidad y astucia a la vez. Eres el primer ser viviente que se resiste a ellas y logra engañarlas…. Lo de los ratones, ha sido brillante, ¡una serpiente no puede resistirse a una presa! – Los ojos de Junior parecían relucir, brillar… toda ella resplandecía. Roy sabía que ella le deseaba, pero lo que veía en sus ojos, iba más allá del deseo físico, de la mera atracción, o de los amagos de cariño que ella había podido enviarle alguna que otra vez… “Si alguna vez ha podido tener vulnerable el corazón, es ahora”, pensó el lavandero. – Roy… confiaba en ti, esperaba que fueras capaz de resistir a mis hermanas, pero no imaginaba de ti un golpe de astucia como el que has tenido, fuiste capaz de atar cabos, sabiendo que mi madre era una mujer serpiente, era muy probable que ellas lo fueran, y que por tanto, los ratones para ellas eran una golosina a la que no serían capaces de resistir… Oh, Conejito… ¡estoy tan orgullosa de ti! 
     Junior le miraba emocionada hasta las lágrimas, le abrazó y le metió la lengua en la boca hasta la campanilla. “¿Le digo ahora que yo traje los ratones sólo para intentar asustarlas, tomándolas por chicas comunes, que ni siquiera se me había ocurrido pensar que eran sus hermanas, y menos aún que fueran serpientes….? Na, no es tan importante, mejor se lo cuento luego”. 
     (Tomando como “luego”, “cualquier momento del tiempo en los próximos cincuenta años, y en realidad si se me olvida, tampoco pasa nada”). 

                                                                            ***************************

        -¡Se nos ha escapado por tu culpa, idiota!
       -Cállate, estúpida… mmmh… los ratones tienen más gusto que ese insípido humano… ¿qué nos importa que se haya ido… él se lo pierde, si prefiere quedarse con nuestra subnormal hermana, allá él… otros mejores vendrán. – Y en ese momento, una chica se asomó por la ventana. 
     -Hola, chicas. – era una joven pelirroja, con el pelo casi al rape. Como ya no quedaban ratones, no se asustó por nada. Hablaba con una voz sensual, y antes de que lo dijera, ya estaba claro lo que quería. - ¿Tenéis una fiesta… privada, o aceptáis a más miembros…? – Jet y Bet despreciaban a los humanos, pero llevaban mucho tiempo sin tener sexo con nadie. 
     -Depende... – sonrió Bet - ¿De quién se trata, bombón…? – La joven licántropo se acercó a la ventana y manoseó el pecho de Thais, bajo la camisola. 
     -De mí… y de mi amigo. – Jean se asomó a su vez, y Jet rompió en carcajadas. 
    -¡Qué feo! ¡Eres más feo aún que Drácula!
     -¡Qué tonta! – contestó Jean, poniendo su mismo tono de voz – ¡Eres más tonta aún que Abundio! – Lo que Jean no sabía es que cuando Jet decía Drácula, no se refería al vampiro, sino a uno de los perros de su padre, que se llamaban Drácula y Mircea, y con los cuales ella y su hermana habían tenido sexo. 
     -Es muy feo, pero me ha hecho reír – contestó Bet. – puede quedarse. Pero que no se haga ilusiones, no pienso dejarme besar por esa boca llena de hierros. 
     -Tampoco yo quiero besar esa boca llena de colmillos… - protestó, pero de todos modos, siguió a Thais cuando ella entró por la ventana, y entre las tres lo pusieron de rodillas, dispuestas lamer a su juguete. 

                                                                    ******************************

     -Imbécil… Esta noche, no. – Mariposa se había reído hasta hartarse con Miguel, pero no le apetecía tener sexo. 
     -No importa. – dijo él enseguida. Estaba conforme con lo que fuera. Al inicio del viaje, su ama ni siquiera quería saber de él, le había amenazado con un castigo de ignorarle varios días… ahora estaba de buenas con él y la había oído reír como persona y no como ama. Para él, era más que suficiente. Mariposa le dedicó una larga mirada. Parecía querer ver algo en él, algo que encontraba y que no esperaba encontrar, que no comprendía. 
     La joven tenía ganas de llorar. Se sentía demasiado expuesta, y eso le molestaba. Quería humillar a su esclavo, despreciarle, abandonarle, hacerle sufrir y reírse de él. Pero no podía, y eso la preocupaba. No quería hacerlo. Imbécil era demasiado buen esclavo para deshacerse de él. Era demasiado bueno, punto. Le hubiera gustado preguntarle “¿por qué te quedas aquí pese a que no haya sexo y yo no te lo haya ordenado? ¿por qué quieres estar conmigo simplemente por estar? ¿Qué quieres de mí? ¿…qué sientes por mí?” Pero la respuesta la aterrorizaba. Por eso, en lugar de hacer ninguna de esas preguntas, extendió un pie hacia su esclavo y le dio una orden:
     -Dame un masaje. 

                                                           *************************
    
     A Gema de Blas le hubiera gustado que Carvallo hubiese ido a verla. Pero no había venido, así que se fue a dar una vuelta por los alrededores, no tenía sueño. Ella no lo sabía, pero en ese momento, Oli estaba eyaculando entre las manos cálidas de Irina, y enseguida sería él, apenas se repusiera, quien la hiciera gozar; Beto y Dulce estaban haciendo el amor salvajemente de pie, recostados en la pared, en parte porque nunca lo habían hecho de pie, en parte porque después de lo que había visto en el cuarto de su primo, Beto no quería hacerlo en la cama, porque se lo recordaba; Thais estaba siendo masturbada a dos manos, por delante y por detrás, por su jefe, mientras se daban lengua intentando evitar el aparato, mientras él repetía mentalmente artículos del código penal para no acabar enseguida, porque Jet y Bet le estaban lamiendo el miembro a la vez, paseándose desde las pelotas hasta el glande, y jugueteando con sus lenguas cuando se juntaban… de vez en cuando, Jean ponía los ojos en blanco, y murmuraba algo como “Señor, esto compensa lo de la lotería. ¡Gracias!”; Imbécil estaba dando un masaje en los pies a su ama, y había empezado con las manos, pero cada vez con mayor frecuencia, los subía a su boca para besárselos suavemente… darles algún lamentoncito… un mordisquito juguetón… y ella se lo consentía; Roy quería ponerse cariñosón con Junior, pero ésta, pese a lo feliz que se sentía por que su novio hubiera pasado las pruebas, quería hacerse un poco la difícil, porque pronto serían iguales, pronto convertiría al Conejito en licántropo, y no estaba bien que un novio formal fuese pensando que tú te acostabas así, a las primeras de cambio… y finalmente, el detective Salieri había hecho valer sus derechos como “casi profesor” de la universidad hablando con el Decano, hasta que éste por fin le permitió llevarse a su esposa al cuarto de la residencia de maestros donde él mismo se alojaba cuando venía a dar una conferencia y su esposa y él se acostaron pasando por la puerta grande. 
      No estaba pensando en nada en particular, cuando oyó un rasgueo de guitarra. Un chico de negrísimo cabello rizado estaba tocando, sentado en el suelo. Tocaba muy bien, era una melodía muy triste. Gema se acercó lentamente y se sentó junto a él, y sólo entonces se dio cuenta… ¿Luciano Carvallo, sabía tocar la guitarra?
     -Hola, Gema. – Dijo, sin dejar de tocar. – Si alguna vez le cuentas esto a alguien, no volveré a acostarme contigo. 
     -¿Y qué tal si te acuestas conmigo ahora, o de lo contrario, se lo cuento a todo el mundo?
     -No, gracias, Gemita, mi cabeza no está para sexo… - suspiró. – Hace treinta y ocho años. Tal día como hoy… mi amor verdadero se perdió para siempre. 
     -¿Te dejó por otro? – Luciano negó con la cabeza y suspiró. 
      -Me casé con ella. 

                                                                 *********************

     -Ha ganado. Tienes que reconocerlo, Alan, el chico vale. Puede que sólo sea un humano, que no sea muy despierto, que no tenga un gran porvenir… pero si ha sido capaz de ser más fiel que tus malditos perros, desde luego, el chico vale. Fue lo bastante fuerte para mover la rama, lo bastante fiel para resistirse a nuestras hijas, y lo bastante astuto para librarse de ellas. Ha pasado las pruebas. 
      Alan resopló. Estaba rabioso, iracundo. Tenía entre sus manos una pesada esculturilla de metal que había en el cuarto y lo apretó hasta doblarlo completamente, retorciéndolo. Tenía que ceder, no le quedaba más remedio, esa asquerosa subcriatura se había ganado el derecho a…. con su hija. No podría soportarlo. Conceder a un humano el don de la licantropía… se le revolvía el estómago sólo con pensarlo, pero tenía que hacerlo. Le dolía el orgullo. Daría el poco honor que había logrado obtener para su pequeño clan a cambio de hacer pedazos a ese repelente ser…. Y quizá lo hiciera. Es cierto, había pasado las pruebas. Eso le daba derecho a ser un licántropo. Pero no se trata  tan sólo de adquirir una condición, sino de ser capaz de mantenerla… sonrió. 
     -Mala bestia… - susurró su esposa, muy cerca de él. 
     -¿Qué? – el rostro de Alan era la perfección de la inocencia. Dentro de los límites licantrópicos, claro está… 
     -Con un suegro como tú, ese chico no sabe que sus problemas acaban de empezar, ¿verdad? – Alan intentó objetar algo, pero su esposa le hizo “ssssssssh…” con la mano – Vamos a quedarnos muy solos sin Junior, ¿no crees? El jefe de éste clan es un licántropo cabezota que se empeña en no querer tener un corazón, pero yo… voy a echar mucho de menos a mis niñas. Y sé que él también aunque no quiera reconocerlo. 
     -Sé entender las indirectas. – olfateó. Ella estaba en el buen período, era probable que si lo hacían ahora, se quedase en estado. – Voy a hacerte un nuevo cachorro. 
    -Qué galante, vas a hacérmelo, ¿vas a quedarte embarazado tú, vas tú a parirlo, a amamantarlo…? – sonrió. 
    -Coral... rollos feministas después de lo de Junior, y a estas horas, no, por favor… pero mira, si quieres, por una vez y sin que sirva de precedente… me pongo yo debajo. ¿Quieres?
     Coral se sorprendió y luego sonrió más y más…. 

                                                                      ****************

     En la biblioteca, Rino y Arnela, desnudos, tendidos sobre sus mismas ropas, se dedicaban mimos. En el gimnasio, Cristóbal y Viola se arreglaban y sacaban colchonetas de los armarios y viejas mantas de camping para dormir a gusto… aunque quizá se dieran el gusto antes de dormir. Y encerrados en un coche, tapados con la manta que tenía siempre en el maletero y viendo como la nieve se fundía cada tanto más rápidamente, estaban Daniel y Mati, muy abrazados, con los asientos reclinados, para dormir un rato. Ante la posibilidad de dormir separados, habían preferido el coche. 
     -Daniel… estee… cuando hemos salido del gimnasio, ¿ha sido cosa mía, o la pareja de profes, estaban… así como muy cariñosos?
     -Vaya, ya creí que era yo el que tenía la mirada sucia – confesó él. – Porque no es que estuvieran cariñosos, es que el tío se estaba poniendo tibio tocando teta, con perdón. 
     -Es verdad, porque la tenía cogida así… - tomó el brazo de Daniel y se lo pasó por los hombros – y con la otra mano, la tenía aquí, muy cerca… - le cogió la otra mano y la llevó a su pecho, y empezó a moverla suavemente. – …y no dejaba de rozarse…. Así, todo el rato… - sonrió. Daniel le devolvió la sonrisa, y se acercó más a ella, la besó, y alzó la manta hasta que les tapó por completo, entre las risas de ambos. 
     Sólo una persona que pasaba por allí le vio, y sonrió tiernamente. El conserje de noche, Alfonso Vladimiro, al que llamaban “Vladi DosVeces”, porque siempre solía repetirlo todo, y en ese momento particular, le repitió la cena. 
     -¡Burps! Rh negativo, me repite siempre – dijo, limpiándose el hilillo de sangre que le goteaba de la boca, sus colmillos ya volvían a su tamaño normal – Es lo que tiene, me repite siempre, el dichoso factor Rh… siempre me repite.
    Y es que Vladi llevaba casi doscientos años al servicio del instituto y la universidad. Era un anciano vampiro, sí, pero todo el mundo tiene sus rarezas, también era un trabajador excelente…. 




(Y fin... ¡pero vuelve mañana de todos modos!)