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miércoles, 24 de julio de 2013

Déjame conocerte, Ocaso.

-¿Y cómo dices que te llamas?

-Micaela, pero… verás, es que he venido con otra persona… 

-Sí, ya he visto que has venido con una amiga, no importa, tengo dos brazos para llevaros a cada una colgada de ellos, rubia. – El tipo me sonrió con lascivia y directamente me intentó tomar del brazo, yo sonreí e intenté desasirme, pero antes de poder lograrlo, la voz de mi ama frenó al tontobaba que se ponía pesado.

-Eh, tío… mantente apartado de mi propiedad. – sonrió Mariposa, que llegaba con dos bebidas, las dejó en la mesa y dándome un pequeño cachete, se dirigió a mí con verdadera lujuria destilándole en la voz, que no se molestó en disimular lo más mínimo – Serás golfa, no puedo dejarte ni un momento sola, enseguida te dedicas a andar calentando al personal… - quise objetar algo, pero mi ama me tomó del cuello y me plantó la lengua en los labios, lamiéndome para abrirse paso. Mis ojos se cerraron de gusto y mi propia lengua se asomó para frotar la suya, acariciándonos muy suavemente, y me dejé fundir en la infinita suavidad húmeda, hasta que casi se me escapó un gemido. - ¿Qué pasa contigo, no ves que estamos ocupadas? Puerta. – le dijo al tipo, y éste, con pinta de sentirse violento, se marchó. Sus amigotes se reían de él cuando le vieron volver con el rabo entre las piernas. 

De nuevo Mariposa me había hecho vestirme de chica, y por más que me diese una vergüenza espantosa que me sometiese a aquello, lo estaba encontrando muy excitante y divertido. Y además, era el único modo que mi ama accedía a salir conmigo, jamás salía con Miguel, ni siquiera con Imbécil, pero sí con Micaela. Casi siempre íbamos al mismo pub, y ya nos estaban empezando a llamar las lesbiprincess. No es que a Mariposa le gustase gran cosa bailar o hablar con la gente, pero sí le gustaba ver cómo me miraban. Yo seguía sin entender qué veía la gente en mí como chica. Yo me seguía viendo demasiado alta y grandota vestido de chica, pero mi ama decía que yo tenía tipo de mujerona y que con las falditas que solía llevar, no importaba realmente si estaba un poco llenita. Yo me sentía feliz por hacerla feliz a ella, con eso me bastaba… pero últimamente, cada vez me bastaba menos. 

Quería algo más. Quería lo que Mariposa se negaba a darme, una relación normal, o cuando menos, fija. Me gustaba ser su esclavo, adoraba serlo, no quería que eso cambiase… pero sí quería ser su "esclavo fijo", digamos. Quería ser suyo, pero en todos los aspectos. Quería que se enamorase de mí, en una palabra, pero mi ama ni siquiera creía en el amor, o eso decía. Sin embargo, yo notaba que ella estaba a gusto conmigo, aún cuando no hubiese sexo, y hasta me había dado un collar, un collar de cuero negro con aristas de acero, de perro, como premio, que me ponía cuando iba a verme y se llevaba después… era para mí una condecoración que me llenaba de orgullo, pero ni siquiera me dejaba conservarlo. "No es un regalo, Imbécil, es un préstamo" solía decirme "lo tendrás mientras te lo merezcas".
-Vamos a tu casa, Micaela… hoy, voy a hacerte un viejo capricho. – me susurró al oído, y antes de levantarme de la silla, me puse la cazadora frente al cuerpo, porque estaba presentando armas de forma más que evidente. No tardamos en llegar y apenas entramos, me arrodillé para que ella me pusiera el collar, como hacía siempre. Puede que sea una tontería, pero sentir el roce áspero del cuerpo y el tintineo del broche al cerrarse, me llenaban de felicidad y de ganas, era la señal de que los juegos iban a comenzar y que yo seguía siendo del agrado de Mariposa. 

– No me has preguntado nada, Imbécil, te he dicho que voy a hacerte algo que quería hace tiempo, y no has dicho nada… 

-Ama, yo sé que lo que me hagáis, me gustará, sea lo que sea, sólo estoy deseando que empecéis… - dije sinceramente, y Mariposa me miró con algo que se parecía un poco al desconcierto. Últimamente, me miraba extrañada, como si le chocara mi modo de ser, pero yo no entendía porqué. Yo la adoraba, siempre había sido humilde con ella y dispuesto a todo lo que me pidiera, llevábamos varios meses de relación, cerca ya del año, y yo siempre había sido así, no entendía qué le producía esa extrañeza, esa especie de tristeza con la que me miraba a veces. Me acarició la cabeza y yo me froté contra su vientre. 

-Eres un buen esclavo, Imbécil. Eres tan obediente, tan sumiso para mí… - Dios… había cariño en su voz, lo había, podía sentirlo. Mi sonrisa me llegó hasta las orejas, cómo me gustaba cuando le salía un poco de miel para mí, me abracé a sus piernas y me apreté contra ella. Daría lo que fuera por tenerla así para siempre, pero mi ama se rió y me dio un golpecito en las manos para que la soltara y la siguiera. La seguí a gatas. Ella no me lo había pedido, pero yo notaba que le gustaba, que le excitaba que yo caminase a cuatro patas, y a mí me excitaba excitarla a ella. Llegamos a la alcoba, y ella misma encendió velas. Siempre lo hacíamos a la luz de las velas, jamás dábamos la luz eléctrica, ni siquiera al terminar. Cuando Mariposa estaba conmigo, nunca había más luz que la de las velas, detestaba la luz fuerte, sólo soportaba, más mal que bien, la solar, y aún así, solía llevar gafas oscuras hasta en invierno, pero a fuerza de estar con ella, yo mismo había llegado a acostumbrarme a la penumbra y ahora, aún estando solo, muy pocas veces encendía las luces de mi piso. 

A la luz de las velas, mi ama se despojó del corto vestido negro que solía usar para salir y se quitó el sostén, quedándose sólo en bragas. Mi pene pedía a guerra a gritos, levantándome la falda de cuadritos que llevaba, pero yo permanecía arrodillado en el suelo, sin osar tocarme. Mariposa me miró con su sonrisa de vicio y me tomó del collar, forzándome a caminar hasta el armario de luna. Aquella forma de actuar conmigo, me ponía caliente de un modo increíble, gateé tras ella dejándome llevar, sintiendo que mi excitación crecía a pasos agigantados, deseando y temiendo que me tocara, porque a poco que lo hiciera, me iba a correr como un burro. 

-Mírate. – me dijo. Me daba vergüenza, y ella lo sabía, por eso lo hacía. – Te he vestido de chica, ni siquiera es la primera vez que lo hago, y ahora incluso te divierte hacerlo. No es que me lo consientas, es que incluso me lo pides. ¿Te gusta calentar a los otros tíos, verdad, Imbécil? ¿Te gusta que presuma de ti como he hecho hoy, que te proteja, que haga saber a los demás que eres mío? – Mariposa me conocía mucho mejor de lo que yo suponía, y asentí, jadeando, mientras el miembro me manchaba la ropa de líquido preseminal y mis caderas se movían solas, buscando desesperadamente frotarme contra algo. 

-Sí, ama…. Me gusta que lo hagáis, quiero ser vuestro… hacedme vuestro… - Mariposa se rió de mi petición y se arrodilló a mi lado, me tomó de las manos y las llevó al bulto que hacía la falda. 

-Hace tiempo que quería ver esto. – susurró, con su voz baja y grave, sensual, muy cerca de mi oído, y gemí, con la sensación de que mi cerebro se fundía – tócate. Despacio… - Mi ama se situó a mi espalda y yo no me atrevía ni a mover las manos, temeroso de derramarme. Respiré hondo e intenté pensar en escenas desagradables de pelis de miedo para retrasar lo inevitable, mientras Mariposa empezaba a abrirla la blusa muy despacio. – Vamos, Imbécil… empieza, agárratela y frótate. 

Obedecí. Apresé el tronco con las dos manos entrelazadas y empecé a acariciarme arriba y abajo, la tela de los calzoncillos y la faldita me daban mucho calor, pero aminoraban un poco las sensaciones, hubiera querido quitármelo todo, pero mi ama quería verlo así. 

-Abre los ojos, Imbécil, y mírate. Mira la carita de gusto que pones… qué guapa estás, Micaela. – Abrí los ojos, y la vergüenza que sentía siempre cuando me miraba en situaciones así, me invadió, pero curiosamente, con mucha menor fuerza… Ahora, no era yo mismo. Era Micaela. Se me escapó una sonrisa de gustito, y vi a una chica rubia sonriendo de placer, y me sentí casi horrorizado al sentir que me gustó mirar aquello. Mi ama me sonrió, notando el cambio en mí, y me despojó del sostén con relleno que usaba, dejando mi pecho al descubierto. Sin pechos y con ese bulto, parecía mucho menos una chica, pero no me sentí tampoco como un travesti, sino como una especie de ser hermafrodita. Mariposa dirigió sus manos a mi cuello y empezó a acariciarlo, haciendo cosquillas muy suaves. 

-Aaah… haaaah… - gemí, era muy dulce sentir esas caricias, y no pude contenerme – Más… seguid, ama… seguiiiiid…. 

Mariposa sonrió muy cerca de mi oreja y sus manos bajaron a mis pezones, y empezaron a acariciarlos con la punta de los dedos. Mis caderas dieron un golpe y me estremecí de pies a cabeza, ¡qué rico! Mi ama empezó a dar pellizquitos de ellos, se quitó los guantes que siempre llevaba, bajo los cuales había finas muñequeras para impedir que yo le mirase las cicatrices, y con los dedos desnudos, me acarició nuevamente, y todo mi cuerpo tembló de placer.

-Estás acelerando mucho el ritmo, Imbécil, ¿no puedes soportar la sensación? Tienes los pezoncitos muy sensibles, ¿te gusta que juegue con ellos?

-¡Sí… sí, ama, por favor, no paréis, os lo ruego, no paréis….! – gemí buscando aire, una de las manos de Mariposa dejó de pellizcar mis pezones y se dirigió a mi cintura, buscando la cinturilla de la ropa interior. Me costó un infierno parar de frotarme, pero lo logré, y mi ama me bajó los calzoncillos hasta la mitad del muslo. 

-No levantes la falda, quiero que empapes la tela de tu sucio semen, quiero ver un manchurrón bien grande en ella, venga… - me susurró, mientras subía de nuevo la mano. La tela de la falda era algo áspera, pero yo ya no podía parar, apreté la tela en torno a mí y froté como un loco. Mariposa se lamió los dedos y los llevó de nuevo a mis pezones, húmedos y calientes, ¡gemí hasta quedarme sin aire! Pude ver en el espejo que mis ojos se ponían en blanco y yo tenía la lengua fuera del gusto, me encantaba. Los latigazos de placer de mis pezones llegaban hasta mis orejas, hasta mi estómago, y me producían unas cosquillas increíbles, era asombroso… mi ama los pellizcaba, retozaba con ellos, me abrazaba el pecho con toda la mano, los excitaba con las uñas… yo apenas podía conservar los ojos abiertos, y mi miembro picaba enormemente, mientras no podía parar de gemir. La mano derecha de mi ama bajó hasta mi vientre y empezó a hacer cosquillas en él. 

-¡Nooo… jijijiji, no, eso no, ama, jajaja, por favor, basta…..! – me doblé, intentando retirar mi tripa, pero la mano juguetona de Mariposa no me dejó escapar. 

-¡No dejes de frotarte, venga, date con fuerza, Imbécil! – me ordenó, mientras seguía haciéndome cosquillas, movió las manos a mis costados y siguió haciéndome cosquillas, en un movimiento reflejo quise tirarme al suelo, levantarme, esquivarla de cualquier modo, pero no podía parar, mis manos no podían detenerse, gemía y reía a carcajadas, los dedos de mi ama en mis costados me estremecían hasta los hombros, el placer en mi polla me acalambraba de gusto, me retorcía entre risas locas, el picor delicioso ganaba terreno, las cosquillas lo hacían aún mejor, parecían rebotar en mi miembro, qué maravilla, sentía hasta ganas de orinar, qué picorcito tan insoportable, qué bueno, no podía más, y por fin, sentí la dulce explosión saliendo a borbotones de mi cuerpo, lo apreté fuerte y me tensé, sintiendo la liberación maravillosa, el ardor que me fundía, el placer que me mordía hasta la nuca y el dulce alivio al soltarlo, mis caderas dando golpes solas, y yo mismo recostándome hacia atrás, cayendo en los brazos de mi ama, que había cambiado sus traidoras cosquillas por suaves caricias… un calorcito delicioso me invadió, me sentía en la pura gloria mientras el alma se me iba por entre las piernas. 

-Mírate, Imbécil. Mira cómo has dejado la falda… - susurró mi ama, y con esfuerzo, abrí los ojos. Mis manos aún apresaban mi miembro, y las tenía mojadas y pringosas. La falda estaba empapada, un par de gotitas blancas aún asomaron por la tela antes de escurrirse y deslizarse por entre mis dedos. Mi ama me movió las manos para que me soltara, y una enorme mancha quedó a la vista, mientras mi pene seguía erecto bajo ella. – Qué travieso eres, Imbécil, parece que lo que te he hecho te ha gustado mucho, te has quedado rendido. 

-Oooh, sí, ama…. – dije desmayadamente. – Me ha encantado. Las cosquillas han sido tan perversas… Ama, ¿puedo pediros una cosa…?

-Depende. Tú pregunta, y ya veremos. 

-Algún día… siempre cuando vos queráis, claro… ¿podríais… podríais hacerme cosquillas durante más rato… por favor? – Lo reconozco. Me había encantado, me había sentido totalmente a su merced, y eso me había vuelto loco de gusto, quería repetirlo. Mariposa se rió con ganas. 

-¡Pero qué Imbécil tan travieso! Eres un pequeño pervertido, ¿lo sabes? No importa qué te haga, siempre vuelves a por más, no te importa que te humille, te torture, todo te gusta. 

-Ama, es que vos lo hacéis todo tan bien… me hacéis sentir tanto placer… me hacéis sentir tan importante, tan querido…

-¿Qué? – la voz de mi ama ya no tenía un tono tan agradable. 

-Ama… - levanté la cara para mirarla directamente a los ojos, tumbado entre sus pechos como estaba, y aún con la peluca rubia, medio de lado sobre la cabeza debido a los frenéticos movimientos del orgasmo – Estoy enamorado de vos. 

Durante un momento, mi ama puso cara de susto. Luego, sin perder la seriedad en su rostro, intentó rehacerse. 

-Imbécil, eso es… normal. – dijo, con un tono paternalista – En una relación de dominación, puedes llegar a sentir una cierta atracción sensible por un amo, porque le ves como a alguien que cuida de ti, que te da placer… 

-No, ama, no es sólo eso. – Tenía la sensación de que me iba a arrepentir si seguía hablando, pero ya no estaba dispuesto a echarme atrás – Estoy enamorado de vos como Mariposa, pero también como persona. Quiero que seamos…

-¿Que seamos QUÉ, imbécil? – No me estaba llamando por mi nombre. – Mira, tú no me conoces. En realidad, no sabes prácticamente nada de mí, sólo conoces a Mariposa, no conoces a Ocaso, y nunca la conocerás. Me gusta que seas mi esclavo, me gusta divertirme contigo, pero entérate que NUNCA vamos a pasar a nada más, por la simple razón de que no existe nada más. El amor no existe, sólo existe la hipocresía de encubrir con una absurda mentira el instinto de reproducción, eso es todo. Fuera de aquí, tú y yo no nos conocemos de nada, sólo somos dos compañeros de trabajo que jamás han pasado más allá del "buenos días", y punto. Y así es como seguirá siendo. 

-Pero, ama… si estáis a gusto conmigo… ¿Por qué no….?

-Mira, Imbécil… si quieres ser mi esclavo perpetuo, lo entiendo, y podemos seguirnos viendo, pero llegará un momento que conozcas a otra persona, y no necesitarás a Mariposa. Entonces, me cansaré de ti, y esto se terminará.

-¿Y si nunca conozco a nadie, ama? ¿Y si sólo quiero ser de vos…?

-Serás desdichado. Imbécil, yo no puedo vivir una mentira, así que no puedo amarte, ni a ti ni a nadie. Entiendo que esto te duele, porque tú no lo sabes. Tú crees que existe el amor, tú piensas que dos personas pueden levantarse una mañana después de convivir diez años y pensar que no han desperdiciado su vida. Que sienten amor hacia esa persona… pero ese sentimiento, no existe, ni ha existido nunca. Nos lo han hecho creer así, porque así era menos triste. Porque así, parecíamos más lejos de los animales y más cerca de ser algo mejor, más perfecto, más cercano a un ser superior… no parecíamos simples animales que en el fondo, siguen moviéndose por instintos. Pero es mentira. Tú y yo, solo existimos aquí. Fuera de aquí, no te conozco, ni tú a mí. Y no queremos conocernos. No nos importamos el uno al otro, nos ignoramos, y así están bien las cosas, así es como deben ser. 

-Pero…

-Esta conversación se ha acabado, Imbécil. Y si vuelves a ella, sólo conseguirás que me canse de ti. No puedo tener a un esclavo que persiste en perseguir lo que no hay. No te pongas murrio… hoy, has sido muy bueno, voy a dejar que me masturbes con los dedos, ven aquí. – se subió a la cama y me llamó junto a ella, estuve a punto de acomodarme entre sus piernas para masturbarla, pero palmeó la cama para que me tendiese a su lado. – Aquí. Así podrás darme tu lengua mientras me tocas. Empieza, Imbécil.

Quería sentirme frustrado y triste. Quería sentirme amargado y maldecir mi perra suerte, y quien sabe si hasta llorar… pero me despojé de la peluca por completo y mis dedos acariciaron su rajita suave y cálida, produciendo deliciosos gemidos en Mariposa, al tiempo que me incliné y mi lengua y la suya empezaron a mimarse muy despacio, nuestros labios húmedos se acariciaban y mi ama se apretaba contra mi pecho, moviendo las caderas, y mis dedos empezaban a chapotear en su inundada intimidad…


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Era jueves, hacía frío, pero en la oficina no se estaba mal. La chica se acababa de quitar las gafitas oscuras que llevaba, para frotarse un poco los ojos, eran más de las once e iba a salir a hacer su descanso. Según decían, era fotofóbica, y por eso siempre llevaba esas gafas, no muy bonitas, oscuras y de montura de pasta roja, que sólo dejaban adivinar sus ojos. Cuando volvió a ponérselas, yo estaba frente a ella y respingó del susto. 

-Hola… - saludé, y pude entrever que me miraba de arriba a abajo, como preguntándome qué hacía yo allí. – Se te va a pasar la hora del descanso… yo también me lo tomo ahora, ¿quieres un café?

Ocaso no supo ni qué decir. Sólo se quedó allí mirándome, sentada en su silla, sin saber cómo reaccionar, sin explicarse qué estaba intentando. Yo permanecí esperando, sonriendo. No pensaba moverme de allí. 

(continuará, ¡vuelve mañana!)