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jueves, 25 de julio de 2013

El amor hace cosquillas (Mariposa y yo)

Lo había hecho. Me había atrevido. Me había acercado a Ocaso, no a Mariposa. Mi ama ya me había dejado muy clarito que nuestra relación era simplemente sexual, que no había nada más y nunca habría nada más.... porque, fuera de nuestros encuentros de dominación, éramos dos desconocidos, y tenía razón. Imbécil adoraba a Mariposa, pero de Ocaso, sólo sabía su nombre. Vistas así las cosas, lo mejor era que Miguel, y no Imbécil, intentase acercarse a Ocaso, y no a Mariposa, de modo que, a la hora del almuerzo, me planté ante ella y la invité a desayunar conmigo. 
Bueno, quizá la palabra "invitar", sea un poco exagerada… me acerqué a su puesto, y le dije exactamente:

-Hola. Se te va a pasar la hora del descanso… yo también me lo tomo ahora, ¿quieres un café?

Ocaso no supo ni qué decir. Sólo se quedó allí mirándome, sentada en su silla, sin saber cómo reaccionar, sin explicarse qué estaba intentando. Yo permanecí esperando, sonriendo. No pensaba moverme de allí. Pasaron casi dos larguísimos minutos, durante los cuales, Ocaso siguió mirándome a través de los cristales oscuros de sus gafas rojas, que protegían de la luz sus ojos fotofóbicos, y sin ninguna expresión en el rostro más que sorpresa… finalmente agachó la cabeza y negó con suavidad. 

-¿No vas a tomar nada…? – dije con amabilidad - ¿Un sándwich, un bollito… un zumo? – Ocaso negó nuevamente, sin casi mirarme. Sacó de una bolsita que tenía en la mesa un termo, y se sirvió en la tapa-taza del mismo una bebida que parecía té. Empezó a tomárselo a sorbitos, intentando ignorar el hecho de que yo seguía allí plantado, esperando alguna reacción por parte de ella, aunque sólo fuese un "¿vas a quedarte ahí hasta echar raíces…?". Cualquier otro tío hubiera dicho una frase de cortesía y se hubiese largado, pero yo estaba dispuesto a conocer a Ocaso, por muchas trabas que me quisiera poner, de modo que ataqué nuevamente. - ¿No vas a la cafetería a desayunar? ¿O sales fuera?

Durante la media hora del almuerzo, muchos compañeros íbamos a la cafetería, o, aprovechando que las oficinas están dentro del centro comercial, salimos a comprar algo… pero ahora caía que nunca creía haber visto a Ocaso en la cafetería, ni fuera. En efecto, mi compañera de trabajo negó ligeramente con la cabeza una vez más. Si estaba dispuesta a no despegar ni los labios, aquello iba a ser aún más cuesta arriba de lo que yo temía… Tomé una silla que estaba cerca y me senté a horcajadas en ella, saqué mi sándwich y me dispuse a tomármelo allí, junto a ella.

-¿No te importa si almuerzo aquí, verdad? – Pregunté. La mano de Ocaso apretó la taza del termo, e instintivamente, cerré los ojos, esperando que me lanzara su contenido a la cara, pero se contuvo. Suspiró y negó con la cabeza una vez más. Mi presencia la molestaba, lo sabía bien, y mi parte de esclavo se sintió miserable por hacerle a mi ama algo semejante y me vinieron ganas de pedir perdón y marcharme… pero me forcé a recordar que aquélla que estaba a mi lado, no era mi ama. Era una chica normal a la que yo deseaba conocer, y por lo tanto, no le debía ningún tipo de obediencia. No obstante, sí era juicioso intentar no explorar el límite de su paciencia, y procuré quedarme calladito. Estaba bien claro que no tenía unas ganas locas de conversar. 

Procuré masticar en silencio, mientras la observaba. Me costaba no pensar en ella como "mi ama", pero intentaba hacerlo. Ocaso parecía totalmente abstraída de mi presencia allí. Tenía los ojos cerrados mientras bebía su té, saboreándolo. Su cuerpo estaba allí, pero su mente estaba increíblemente lejos, donde ni yo, ni nadie podía alcanzarla. Me parecía más inaccesible como chica normal que como ama incluso… siendo Mariposa, no tenía reparo en hablarme, mirarme, atenderme… siendo Ocaso, ni siquiera me hacía la dignidad de notar que estaba allí. Viendo que no iba a haber manera de que ella misma me contase nada de su persona, miré hacia sus cosas, en la mesa, por ver si algo podía darme alguna pista para iniciar una conversación, o cuando menos, atraer su atención de algún modo… 

En el ordenador, sólo tenía abiertos los programas del banco. La mayoría de compañeros, incluso yo, que soy medio jefecillo, tenemos abierto Internet para mirar algo de vez en cuando, las noticias, el tráfico, el correo, o incluso hacer alguna compra… ella no. Su escritorio estaba inmaculadamente limpio y despejado. Qué diferencia con el mío, lleno de tonterías, calendarios, ositos, un cacto, portalápices, notas adhesivas, una bolsa de gominolas a medias, bolis luminosos y migas de galletas. Ocaso no tenía ni una simple foto, ni un mísero detallito personal, nada en absoluto. La llamaban "la chica invisible", pero lo cierto es que ella era la primera que se esforzaba por serlo… En la bolsita donde guardaba el termo, asomaba un libro. No se veía el título, pero casualmente reconocí la edición.

-¡Andá! ¡El Conde de MonteCristo! – dije alegremente, y por primera vez, Ocaso giró la cara para mirarme – Eeh… bueno, es un clásico. Es muy bueno… - casi me disculpé. Ella parecía sorprendidísima, me miró con gesto de sospecha, miró al libro y de nuevo a mí, inquisitiva. ¿Quizá le extrañaba que yo lo hubiera reconocido sin ver el título…? – Tengo esa misma edición, el barco de la portada es el Faraón, por eso sabía que era El Conde de MonteCristo…

Mi compañera me miró como si me estuviera viendo por primera vez. Su boca apenas se movió, pero a través de los cristales oscuros de sus gafas, pude ver algo parecido a simpatía en sus ojos. Estuve tentado de empezar a hacer preguntas del estilo "¿te gusta leer? ¿Por dónde lo llevas? ¿Es la primera vez que lo lees?", pero me contuve. Mi ama detestaba las preguntas, y Ocaso no parecía muy dada a dar respuestas, ni a hablar de temas insustanciales con alguien a quien no conocía. En lugar de eso, sonreí y esperé, mirándola a los ojos, intentando hacerla ver que la estaba escuchando… por si quería decir algo. No dijo nada. Sólo tomó el libro y lo abrió por una página en la que tenía una señal, y me lo acercó ligeramente. Me asomé y leí. Era la primera vez que la Condesa de Morcef, Mercedes, ve al Conde, y al reconocer en él a Edmundo Dantés, palidece y está a punto de desmayarse. Asentí. Ahora, ya sabía por dónde lo llevaba. Ocaso se me quedó mirando unos segundos, luego miró el libro y alzó un poco la mano derecha.

-¿Lo has leído cinco veces…? – creí entender, y ella asintió. Y esta vez, inequívocamente, sonrió. Una sonrisa fugaz y diminuta que duró un segundo… pero había sonreído. 


*********************


-Imbécil, ¿puedo saber a qué estás jugando?

-No sé de qué me habláis, ama… - susurré aquélla misma tarde, desnudo y tumbado en la cama, las manos esposadas al cabecero y los pies atados también.

-No te hagas el tonto. Hablo de tu patético numerito de esta mañana, ¿qué pretendes? ¿Qué buscas de Ocaso?

-Conocerla, ama. – admití. – Vos me dijisteis que fuera de aquí, éramos dos desconocidos y nunca llegaríamos a nada porque no queríamos conocernos, y en parte tenéis razón… pero yo sí quiero conoceros a vos también fuera de aquí. Quiero conocer a Ocaso, y es lo que, en mi humildad, estoy intentando.

-Qué bonito… el bueno de Imbécil cree que puede acercarse a Ocaso y así, por las buenas, convertirse en su amiguito o en su novio, ¿verdad que sí?

-No lo creo, ama…. Lo intento, nada más que eso. 

-Imbécil… Ocaso ya ha pasado por bastante como para pasar también por ti. Ella no tiene la fuerza de carácter que tengo yo para mandarte a tomar por saco, pero atiéndeme: es mejor que la dejes en paz.

-Pero, ama, si yo… yo no pienso hacerle nada malo… No voy a hacerle ningún daño…

-Qué casualidad, eso mismo le decía el viejo. – Había rabia en su voz. Mi ama había sufrido abusos por parte de su tío abuelo, quien también abusó de su madre, siendo pequeña. Incluso había intentado quitarse la vida para huir de él. No era de extrañar que Ocaso apenas hablara y le costase tanto tomar confianza. Siendo Mariposa, se protegía de todo el mundo; Mariposa era fuerte, era una dómina, era alguien que sólo hacía sus propios deseos, que siempre era la parte potente y siempre mandaba, nunca obedecía. Ni siquiera pactaba. Sin embargo… en esta ocasión al menos, tenía que intentar que pactase conmigo.

-Ama… mi señora… os juro…

-Déjate de juramentos y de palabrerío, Imbécil. No vas a seguir hablando con Ocaso y punto. Si mañana vuelves a mi puesto, aunque sólo sea para decirme "hola", lo nuestro se habrá acabado. Y si persistes, te denuncio por acoso. Tu antigua princesita, estará encantada de ser mi testigo, aunque sepa positivamente que no ha sucedido nada. – Aquello era darme donde me dolía, y Mariposa lo sabía. Nélida, una compañera del trabajo, me había tenido como pagafantas durante más de medio año, para por fin darme la patada… y cuando yo empecé a rehacerme y a ser feliz por haber encontrado a Mariposa, se ofendió y se tomó como una ofensa personal el que yo no estuviera deprimido durante más tiempo porque ella me abandonara. Desde luego, estaría dispuestísima a apuntarse a cualquier cosa que significase hacerme la puñeta, y no digamos hundirme…

-Un mes – dije muy deprisa.

-¿Un mes, qué? – contestó, no de muy buen talante. Me la iba a jugar. Estaba completamente loco, y lo sabía, iba a jugármela.

-Os pido… os ruego un mes, ama, sólo eso. Permitidme tratar con Ocaso, sólo un mes, nada más. Si a ella le caigo lo bastante simpático como para seguir viéndonos, estupendo. Si no es así… casi… casi prefiero que esto se termine entonces. – Mariposa me miró con extrañeza en sus grandes ojos verdes – Sufro demasiado estando con vos y sabiendo que no puedo teneros, ama….

-Imbécil, que esto se acabe o no, no es decisión tuya, sino mía. Si se acaba, yo también pierdo, ¿sabes? Eres un buen esclavo, probablemente, el mejor que he tenido. Pero también eres un tonto. Persigues algo que sólo has soñado. Lo que tú llamas amor, Imbécil, no existe. No es que yo no quiera dártelo, es que NADIE puede dártelo… quien te diga lo contrario, te quiere engañar. 

-Entonces, pensad un castigo. Tan duro como queráis, ama, lo que se os ocurra, todo… y si de aquí a un mes a Ocaso le doy igual y no quiere conocerme, lo cumpliré.

-Eso, es si gano yo… ¿y qué hay si ganas tú?

-Según vos, ama, esa posibilidad no puede darse, porque ni siquiera existe, así que no debe preocuparos. – contesté enseguida. Mi ama me miró de soslayo. Parecía sospechar, pero por algún motivo, también esa sospecha parecía divertirla. Finalmente sonrió, y se sentó junto a mí en la cama. 

-Está bien… pégate de cabeza contra el muro si eso es lo que te entretiene, y regálame una excusa para ponerte un castigo que no olvidarás jamás. Mientras tanto… hoy, vas a sufrir y disfrutar en el jardín de las cosquillas. – sonreí como un bobo cachondo. Mi ama me había hecho extender un par de toallas grandes sobre la cama, y tumbarme sobre ellas. Me había esposado las manos al cabecero y atado los pies a las patas de la cama, para que no pudiese moverme. Estaba desnudo y expuesto, y aunque aún no estaba erecto, mi pene estaba medio alegre, previendo la diversión. Mariposa, sentaba junto a mí, llevaba una corta batita negra transparente, bajo la cual, sólo había piel… sus pezones erectos y su rajita depilada se adivinaban para mí detrás de la tela, pero hoy, nuestro placer iba a basar en hacerme sufrir a mí. 

Los finos dedos de mi ama se acercaron a mi piel, sin tocarla. Bajó la mano derecha, arrimándose a mi vientre, tan cerca que podía notar su calor, pero no me tocó. Su mano subió muy despacio por mi tripa, mi pecho, hasta casi mi boca, y yo podía sentir su presencia, pero la caricia no se producía, y eso me volvía loco. Tenía muchas ganas. Mi ama hizo de nuevo el recorrido, ahora bajando, y se me escapó un gemido, estaba burro porque me acariciase, pero su piel no caía sobre la mía, estaba imposiblemente cerca, pero lejos… su mano bajó más allá de mi vientre, y se detuvo… no, no se detuvo, siguió avanzando pero con una lentitud increíble, hacia mi sexo ansioso, que, sin necesidad de tocarlo, se estaba empinando con tal rapidez que casi dolía. Dejé escapar un gemidito de súplica y Mariposa me sonrió, pero no se apiadó. Sin tocarlo, recorrió mi pene, como si lo moldease en el aire. Primero con toda la mano, luego con el dedo índice, como si lo acariciase desde la base a la punta. Se detuvo en ella e hizo círculos con el dedo, como si tocase allí… dobló la mano para abarcar mi miembro y la movió arriba y abajo, lentamente, como si me pajease, ¡pero sin tocarme!

-Ama… - supliqué – me… me vais a volver loco… - no pude contenerme y moví mis caderas, intentando rozarme contra su mano, y al hacerlo, efectivamente la toqué. El latigazo de calor me recorrió desde el tronco del pene hasta la nuca y una maravillosa sensación de bienestar me hizo estremecer de gusto. 

-Imbécil, eres un impaciente – me recriminó mi ama alegremente, riéndose. - ¿Ya estás pidiendo piedad y ni siquiera hemos empezado aún…? Reserva tus súplicas, te harán falta.

Mariposa se levantó de la cama y buscó algo en su bolsa. Cuando se irguió, llevaba en la mano una especie de plumero negro y dirigió una elocuente mirada a mis pies. Instintivamente, encogí los dedos, intentando esquivarla a pesar de que ni siquiera se había acercado aún. Sabía que iba a gustarme, yo mismo le había pedido cosquillas, pero aún así, la idea me producía una sensación de indefensión… terriblemente excitante. Mi ama se me acercó y acercó su plumero a mi cara, acariciándome con él. De inmediato, un agradable cosquilleo me picó dulcemente en las mejillas, el interior de la nariz, el cuello…

-¡Mmmh, jijijii…! ¡No, no… mmh… ya, ama… ya! – reí sin poder contenerme, mientras el cosquilleo se extendía por mi cuello, y mi ama bajó el plumero a mis sobacos, y ahí sí que estallé en carcajadas, ¡era bestial! Me contorsionaba en la cama, intentando darme la vuelta para escapar, pero cuando me movía, Mariposa atacaba por otro lado, la tripa, los brazos, la cara… un millón de mordiscos traviesos recorrían ávidamente mi piel, y pronto intercalé las risas con gritos histéricos y mis ojos empezaron a lagrimear, me faltaba el aire y no podía parar de reír, una presión en mi vientre empezó a crecer, mientras Mariposa bajó el ritmo del plumero y convirtió las cosquillas salvajes en una caricia pícara, sensual. Tomé aire ahogadamente y lo solté en gemidos, era asombrosamente bueno… Los mordiscos se habían convertido en un reguero de hormiguitas traviesas, y Mariposa empezó a bajar, paseando las plumas muy lentamente por mi bajo vientre.

-Parece que esto te gusta… ¿qué dices, Imbécil? ¿Te da gustito? ¿Sigo, me paro…?

-¡No, no paréis….! – supliqué enseguida – Seguid, ama… se-seguiiiiid…. – Era delicioso, simplemente delicioso… las plumas se paseaban a placer por mi bajo vientre, rozando ligeramente mi miembro, dándome un gusto delicioso a cada roce. Cada vez que las sentía, una gran sonrisa de vicio y placer se abría en mi cara, y un travieso cosquilleo se extendía desde mi polla a mi espalda. Las plumas empezaron su bajada, y creí que se detendrían en mi erección, pero Mariposa siguió descendiendo, acariciando mis muslos, deteniéndose entre ellos, deleitándose cada vez que yo gemía, a medio camino entre el suspiro y la risa… cuando llegó a las corvas, de nuevo reí a carcajadas, noté que rompía a sudar y mis piernas se balanceaban, intentando librarse del ataque, tan suave como devastador, de las crueles plumas, mmmmh… Mi ama siguió bajando, y por fin, llegó a mis pies. Se sentó en la descalzadora, a los pies de la cama. Yo, con la cabeza apoyada en la almohada doblada, podía verla desde donde estaba, podía verla mirarme con superioridad, con ojos traviesos… y brillantes de deseo.

"Le gusto" pensé, en aquél respiro que me concedía "Le gusta darme placer y jugar conmigo, pero además le gusto físicamente, le… le hago gracia." Era difícil poner palabras a lo que veía en los ojos de Mariposa, pero no era mera dominación, yo lo sabía bien, porque la había visto ir cambiando lentamente. Le había pedido cosquillas, y me las estaba dando. Al inicio de nuestra relación, no me hubiera dado ese gusto ni de lejos, no porque no le apeteciera, sino porque yo, un esclavo, se había atrevido a pedirlo, pero ahora, sí me lo daba. Mariposa no ponía barreras en el sexo, pero sí en su corazón… sólo aspiraba a ser lo bastante inteligente como para saber derribarlas… pero entonces, sus dedos acariciaron las plantas de mis pies, y fui yo quien se derribó por completo.

-¡Mmmmmmmh… no, no… ahí no, ama….! ¡Eso no, los pies no, los pies no! – supliqué inútilmente, entre risas, pero Mariposa me contestó con una sonrisa y siguió moviendo su dedo índice, arriba y abajo, muy suavemente… mi piel se puso de gallina y encogí los pies, intenté hurtárselos, moviéndolos, pero estaba atado, era imposible… de golpe, los dedos de mi ama aletearon sobre mis pies, y mi estómago giró, una carcajada chillona salió de mi garganta a golpes y unas feroces cosquillas recorrieron todo mi cuerpo.

Mariposa se reía al verme así, retorciéndome en medio de risas agudas y súplicas de piedad, y no dejaba de mover los dedos, haciendo cosquillas en las plantas, en los tobillos, me cogió de los dedos e hizo cosquillas en ellos, y chillé de risa, ¡yo mismo no sabía lo sensible que era! Me debatí con violencia, la presión en mi vientre apareció de nuevo, más intensa, y el miembro me picó de forma insoportable…

-¡Ama! –grité, casi con desesperación, viendo qué iba a sucederme - ¡parad… jaaaajajajajaja… parad, por favor…. Por favor, me meoooo….! – me lloraban los ojos y reía sin parar, pero tenía miedo, ¡no quería orinarme encima… y delante de ella! Mariposa bajó lentamente el ritmo y me dejó respirar, pero no se detuvo del todo. Siguió acariciándome con suavidad, haciéndome dar pequeños respingos cada vez que sus dedos tocaban el centro de las plantas de mis pies.

-Tranquilo, Imbécil,… relájate, tu ama se ocupa de todo. – susurró con su voz más sensual, y suspiré. Me dí cuenta que tenía la boca abierta y la lengua fuera, mi barbilla estaba húmeda de babas. Cuando la miré, vi mi pene, erecto como un mástil, casi pegado a mi tripa, con todo el capullo empapado de líquido preseminal, que se deslizaba suavemente por el tronco, calentito y viscoso. - ¿Para qué crees que te hice poner las toallas en la cama? Para que puedas estar tranquilo. Relájate y disfruta de tu tortura, si tienes un accidente, no mojarás la cama. 

¡Mariposa estaba dispuesta a hacer que me mease de risa…! No supe si el pensamiento me gustó o me pareció perverso, pero no pude analizarlo, porque mi ama tomó una brochita de maquillaje, y empezó a torturarme con ella. ¡Mmmmmmmmmh….! Aquello no eran cosquillas alocadas como las de hace un momento, era algo… aaah… era enloquecedor, daba risa, pero también era agradable… no quería que parase, eran unas cosquillas muy suaves, y me llegaban por todas partes… Mariposa me sujetaba de los dedos y paseaba la brocha por la planta, por los dedos, por entre ellos, y yo temblaba como si tuviera fiebre, sintiendo las diabólicas cosquillas extenderse hasta mis nalgas. Mi polla erecta palpitaba, deseosa, tenía ganas de tocarme, de masturbarme sin piedad mientras sentía las cosquillas, pero por otra parte, quería que durase más, era tan divertido, tan agradable lo que sentía…

Me retorcía en la cama, inútilmente, mientras mi ama pasaba al otro pie y lo sometía al mismo tratamiento, paseando la brocha por él, deteniéndose en el centro, haciendo círculos interminables, mientras yo ya gemía más que reír, agarrando convulsivamente el barrote del cabecero al que estaba esposado y que había crujido ya dos veces. Mi cama protestaba en chirridos agudos y mi ama tenía la cara muy cerca de mi pie, casi parecía a punto de besarlo… "si lo hace, me corro como una mula. Lo sé", pensé, desesperado, mientras mi sudor me empapaba la cara y se escurría por mi cuello, y mi pie intentaba escapar, por más que yo no quería que lo hiciera… Dios, qué gusto, qué perfecto era lo que sentía… mi ama subió con su brocha a mis tobillos, a mis dedos de nuevo, y entonces sentí otra brocha en mi otro pie, ¡me estaba haciendo cosquillas en los dos a la vez! Grité de puro placer, mis caderas daban golpes inútiles y mis dedos se extendían, ya no se encogían, quería dejar sitio a las brochas, querían ser acariciados y cosquilleados por mi ama, y ella… ella lo hizo. Mi ano se encogió de gusto y sentí que me iba a correr sin tocarme siquiera, pero muy despacio, Mariposa paró. 

La miré con ruego, con intensa frustración, pero no fui capaz de articular palabra, estaba agotado. Jadeaba como un perro, boqueando, mi cuerpo temblaba y me sentía desmadejado, como si no tuviera ni un solo hueso en su sitio, la tripa me dolía de tanto reír y mi pene gritaba por estallar. Mi ama se rió. Era su risa de superioridad, pero también había simpatía en ella. 

-¡Si pudieras verte ahora como yo, Imbécil…! Sudado, tembloroso, con cara de estar drogado… - apoyó una mano en mi pecho y se agachó hasta casi tocar mi oreja con su boca, y eso me hizo dar otra profunda convulsión, un nuevo subidón de placer me agarró desde los riñones a la nuca, pero de nuevo no me corrí. Necesitaba una caricia en mi miembro, sólo eso… solamente una caricia y estallaría como un volcán y me quedaría a gusto… Mi ama susurró en mi oído - ¿Tienes muchas ganas de correrte, verdad….? – Asentí, incapaz de hablar, moviendo las caderas como un desesperado, mientras su vaho ardiente parecía perforar mi cerebro – vamos a hacerte cosquillitas también por aquí, para que te corras… - sus dedos aletearon por mi bajo vientre y rozaron mi miembro, arrancándome un gemido derrotado, y Mariposa se alzó, tomó el plumero, y arrancando una de las plumas, empezó a acariciarme con ella.

-¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaah…. Amaaaa…! – fue demasiado para mí. El hormigueo cosquilleante que se extendió por todo mi miembro, casi me hizo llorar de frustración, ¡querría correrme, no podía esperar más… pero con esas cosquillitas, no iba a conseguirlo tan deprisa como yo necesitaba…! Pero Mariposa, aún sabiéndolo, no tuvo compasión, y sólo me concedió el mover la pluma un poco más deprisa, centrar las cosquillas en el glande… hizo atrás la piel ligeramente y cosquilleó el frenillo, y puse los ojos en blanco de placer, los cerré con fuerza… estaba en las puertas, en las mismas puertas del orgasmo, pero no podía abrirlas aún, era una tortura absoluta. El bordoneo travieso, el picorcito tan rico, se cebaba en mi polla, la recorría de arriba abajo, se agolpaba en mis pelotas, pero no acababa de estallar… las hebras de la pluma hasta se metían por el agujero de mi pene, y yo sacudía la cabeza frenéticamente, tenso como un cable de acero, deseando descargarme… Mariposa soltó la pluma y tomó la brochita en su lugar, y empezó a frotarme más intensamente… ¡SIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII….! No aguanté ni un segundo, con un profundo gemido de alivio y placer, sentí que mis pelotas estallaban, mi ano se contrajo y mi frenillo pareció palpitar, anonadado de gusto, cuando un poderoso géiser de esperma salió a presión de mi cuerpo. Oí la risa de Mariposa, que se había apartado lo más que podía sin dejar de rozar la brocha en mi sexo… el espeso chorretón me cayó en el pecho, en la tripa, y finalmente goteó por mi pene, que daba convulsiones para expulsarlo completamente…. Me había quedado en la gloria.

Quise tomar aire para recuperarme, pero mi ama me atacó a traición, pellizcándome los costados, con rapidez y fuerza, de arriba abajo, a toda velocidad. Negué con la cabeza, mientras empezaba a partirme de risa y a estremecerme entre sus manos, quería disfrutar del orgasmo, saborearlo… pero, curiosamente, aquéllas cosquillas, ¡sólo lo acentuaban más! Quise hablar, decir "basta", pero de mi boca, sólo salieron carcajadas y balbuceos, la presión en mi tripa se hizo insoportable, las propias carcajadas empujaban la presión hacia abajo, sólo podía salir por un sitio, miré a Mariposa con ojos desencajados de sorpresa y miedo, negué con la cabeza mientras no podía parar de reír, y mi ama, con expresión traviesa, asentía sin dejar de pellizcar… el pene me ardía, el estómago me reventaba, tenía que soltarlo, no podía más, tenía que… 

-¡Aaaaaaaaaaaaayyy….! ¿Oh…ooh…? Ha-aaaaaaaaaaaaaaaaaaah….. – Había sido más fuerte que yo. Mi pene se vaciaba, pero esta vez, de orina, y en medio de la terrible vergüenza, sentí un alivio infinito, que pareció convertirse en un segundo orgasmo… mis caderas empujaban para soltarlo todo, y el dorado chorro brilló, describiendo un arco, para caer en las toallas, entre mis piernas abiertas, en varios chorros… el alivio recorrió toda mi columna, haciéndome gemir suavemente… haaaaaaaaah... qué gusto… y entonces, una boca caliente y de labios suaves se posó en mi mejilla, muy cerca de mi oreja, y me besó, lamiendo quedamente la piel. Solté un último gemido. AHORA, sí que estaba en la gloria. 

-Así me gusta, Imbécil, que lo sueltes todo. Ahora, voy a dejar que reposes un poquito, y luego, quitarás esas toallas sucias de la cama y te lavarás bien. Porque para la segunda parte, te toca darme gusto a mí, y te quiero limpio. ¿Te ha gustado tu sesión de cosquillas? ¿A que querrás repetirlo?

Como pude, notando aún tibias gotas de orín resbalar de mi sexo por entre mis piernas, pero asentí. Mi ama me miraba con simpatía, agachada junto a mí, la cabeza apoyada en mi pecho. Hubiera dado diez años de mi vida por tomar entre mis manos esa carita con forma de corazón y llevar su boca a la mía, para meterle la lengua hasta la garganta… pero no hizo falta que yo diese nada. Mariposa misma leyó mi deseo en mis ojos y sacó la lengua, para que yo la lamiera. Nuestras lenguas juguetearon unos segundos, y enseguida mi ama puso su boca en la mía, explorándome, lamiéndome por dentro, y haciendo en mi paladar las últimas cosquillas de aquél juego delicioso. "Un mes…" pensé, encantado "Tengo un mes para intentar que quien me haga esto, sea Ocaso, y no sólo Mariposa… no sé si voy a lograrlo, pero voy a dejarme hasta la piel por conseguirlo, palabra. Yo nunca he sabido realmente lo que era querer hasta ahora, Ocaso. Tengo que conseguir enseñarte a ti también a hacerlo. Se puede, ya verás cómo se puede… os amo, Mariposa. Te quiero, Ocaso… te quiero…".