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martes, 30 de julio de 2013

La doctora y el coronel

-¡Seguid corriendo! ¡Vamos, muchachos, no os paréis! ¡Adelante! – gritaba el coronel a sus chicos, la mayoría de entre diecisiete y diecinueve años, pero había alguno de sólo catorce, y aún así, saltaban como los que más, entre las peñas, esquivando las piedras flotantes de la superficie de la zona de maniobras, cargando con su arma y mirando el suelo para no pisar ninguna de las minas. El coronel Bonetti, Antonio "Ulises" Bonetti, dirigía las maniobras en Cartago. Era un gran estratega y un hombre muy astuto, por eso le habían puesto el nombre del héroe heleno. Durante su carrera, había llevado no pocas misiones especiales, todas con éxito, había conseguido los mayores logros contra el tráfico de jump, y la que era aún peor droga, el minx, un estupefaciente tan potente que producía adicción sólo con olerlo de lejos y podía matar a la cuarta dosis. Era gracias a él que su cultivo estaba erradicado prácticamente por completo y los capos en prisión, desatomizados o en el exilio. Ahora, con casi sesenta años de edad y sin conflictos bélicos en el horizonte, había solicitado ser destinado al entrenamiento de reclutas, y le había sido concedido. Ulises aún era joven, todavía podía prestar servicios al ejército durante unos cincuenta años más hasta que le llegase la edad de jubilarse, y se hacía querer fácilmente por sus hombres. Para los muchachos, era poco menos que un héroe, una leyenda viva. Estarían dispuestos a seguirle hasta los confines del universo si él se lo pidiese. 

-¡Tened cuidado de dónde pisáis! – gritó, corriendo junto a ellos, agachándose para esquivar las piedras flotantes y saltando sobre ellas - ¡Atentos a la zona minada! – Mirando trotar a los chicos, el coronel no podía evitar recordar a su hija. Ulises se había casado muy joven, con menos de veinte años… todo el mundo lo consideró una locura entre dos chiquillos sin cabeza, pero él y Andrea habían sido muy felices hasta que su prematura muerte se la arrebató, dejándole con dos hijos varones de dieciséis y dieciocho años, y una niña de solamente once. El coronel no había querido que ninguno de sus hijos siguiese sus pasos como militar, y menos aún después de la muerte de su esposa… pero ahí llegó su pequeña hijita, la menor de los tres, la niñita con trenzas, a decir que quería ser soldado. Bonetti se negó. Se lo explicó a su hija por activa y por pasiva, la vida del soldado era ingrata y durísima, ¿quería morir como su madre? ¿Vivir constantemente en peligro, en lucha permanente por conseguir un lugar? Pero la pequeña Sabella era tan terca como él mismo, no dejaba de insistir, y Ulises pensó en convencerla por las bravas, y se la llevó un día de maniobras de entrenamiento, dispuesto a que viese lo duro que era, a que se cayese e hiciese daño y quedase lo bastante agotada para que se le quitasen para siempre las ganas. Sabella corrió, trepó, saltó, se dejó caer, se arrastró, cargó pesos… todo en unos tiempos de pena y con unos resultados miserables, pero no se le ocurrió abandonar, ni siquiera quejarse. El coronel la vio luchando con todas sus fuerzas, con los ojos abrasados de lágrimas de pura impotencia, enfadada consigo misma por ser tan pequeña y débil, pero sin abrir la boca ni para gemir, y sacando fuerzas de su misma terquedad… y supo que no había nada que hacer. Sabella quería ser soldado, y lo sería, con el apoyo de su padre o sin él. Al día siguiente, la inscribió en una escuela militar.

Su hija menor, siempre temerosa de que alguien pudiese echarle en cara que le regalaban la mínima por ser hija de un, entonces capitán, se decidió a esforzarse el triple que cualquiera, y lo consiguió. Entrenaba y estudiaba como una bestia, y fue la primera de su promoción todos los años, muy pronto la nombraron Cabo Estudiante. Ahora, la niña era toda una mujer, ostentaba su mismo cargo, teniente coronel… y estaba casada. Al propio Ulises no le gustaba el tener que haberle elegido un marido, pero los dos sabían que era la única manera… 

Últimamente, con casi sesenta años, y sin ningún conflicto bélico en el horizonte, el coronel se dedicaba principalmente a logística, pero había pedido su traslado a educación, al entrenamiento de nuevos reclutas. Aún era joven, le quedaban más de treinta años hasta la edad del retiro, y los jóvenes estaban encantados de ser instruidos por alguien como él. En Fuerte Cartago había sido recibido con todos los honores y se pasaba los días trotando con los muchachos, trepando y saltando como el primero, e inculcándoles no sólo esfuerzo, sino también compañerismo, valor… y recordándoles día tras día que aunque sea imprescindible para un soldado ser fuerte y ágil, entre inteligencia y fuerza bruta, vencerá siempre la inteligencia. Los muchachos se dejaron embriagar por su personalidad, aunque estricta, simpática y llena de camaradería, y entrenaban con esmero… si bien Fuerte Cartago era todo un ejemplo de buen hacer, no como otros sitios de la galaxia, y nadie quería decir específicamente "Fuerte Bush III", de donde hacía años que no salía un solo ingeniero y llevaba el mismo espacio de tiempo obteniendo los peores resultados de las Fuerzas Armadas, y parecía ir camino de convertirse más en un correccional militar que en una escuela como Dios manda…. 

El coronel iba pensando en aquello mientras miraba a los jóvenes saltar y esquivar obstáculos. De vez en cuando, saltaba una mina del suelo con estrépito, pero los muchachos sabían reconocer las señales de suelo explosivo que podían encontrar en el exterior, y las esquivaban ágilmente. Un muchacho iba un poco rezagado del grupo, y Ulises aminoró para esperarlo, corriendo hacia atrás. Y entonces, todo pareció ir a cámara lenta. El chico se acercó a una zona explosiva. El coronel pensó que la esquivaría, como hacían todos, pero trastabilló y en su intento de recuperar el equilibrio, empezó a caer sobre ella. Ulises intentó gritar para advertirle, pero el recluta ya estaba cayendo, con ojos desencajados de terror, sobre la zona pelada, apenas la rozó con las manos, y saltó por los aires en medio de un trueno ensordecedor. 

-¡Seguid corriendo! – Gritó el Coronel a los demás - ¡No pasa nada, terminad el ejercicio! – Corrió hacia el muchacho herido mientras pulsaba en su muñeca el llamador de auxilio médico. El niño, tirado de espaldas en el suelo, apretaba los dientes para no gritar de dolor. Tenía enrojecidas las manos y la cara, nada serio, porque sus ropas eran ignífugas… lo serio, era la herida de la pierna. El suelo explosivo es una trampa mortal de las arañas mina, quienes, en lugar de tejer telas, se ocultan bajo tierra y rebozan esta de un producto químico que segregan ellas mismas, de explosión por impacto. Cuando la tierra explosiona porque algún animal se posa en ella, la tierra, endurecida como el cristal, salta en esquirlas, produciendo daños horribles en la víctima. Aquí, entrenando, el producto era de baja potencia, pero aún así, al explosionar, una piedra afilada había herido al muchacho en la pierna, había roto su uniforme y la sangre manaba a borbotones. 

-No es nada, hijo, no te preocupes… - Ulises sonrió animosamente al muchacho, quien le miró intentando contener el gesto de dolor. No obstante, el coronel sabía que sí era serio, la esquirla había seccionado una arteria. Si el médico no llegaba pronto, el chico estaría muerto en pocos minutos. En un intento desesperado por ganar tiempo, arrancó jirones del traje roto y le ató el muslo con él, tan fuerte como pudo, haciéndole un torniquete. Sabía que esa práctica era peligrosa, que podía gangrenar la pierna… "mejor cojo que muerto", pensó, pero siguió dando ánimos al chico y diciéndole que no era nada, que enseguida estaría bien… y sintió un alivio infinito al oír el suave silbido del antigravedad que traía al médico. 

-Médico – dijo la figura delgada que saltó del antigravedad.

-¿Usted? – preguntó el Coronel con cierta sorpresa. Ulises no era ningún antiguo, no le extrañaba la presencia de un médico femenino… lo que le extrañaba, era verlo en Fuerte Cartago. Nunca había habido mujeres en Cartago, era un fuerte masculino. 

-Sí, yo. – contestó la mujer, sin apenas mirar a Ulises. Se arrodilló junto al muchacho y examinó la herida - ¿¡Quién ha hecho éste torniquete, si se puede saber!? – se escandalizó.

-Yo. Perdone que no sepa medicina, no se me ocurrió otro medio para intentar conservarle la vida. – Ulises solía ser amable con todo el mundo, pero no le gustaba que vinieran a enmendarle la plana mientras uno de sus reclutas se desangraba. 

-Dejándole cojo, ¡qué buen sistema! ¿Por qué nadie me dijo que era una urgencia con riesgo de muerte? – la doctora apretó su propio pulsador, para pedir transporte para el herido, no cabría en su pequeño antigravedad. 

-Tal vez, porque no quería asustar a mi soldado más de lo preciso, ¿le parece que hice mal?

La mujer le miró por primera vez y suspiró. 

-No te preocupes, hijo. Ya estoy aquí, todo va a salir bien. – sonrió al soldado, le inyectó un sedante y miró al Coronel con cara de desencanto. – El transporte estará aquí en diez minutos. No antes. – Ulises resopló, el joven no tenía tanto tiempo, antes de que llegasen estaría desangrado si aflojaban el torniquete y cojo si lo dejaban en su sitio.
-Se podrá hacer algo… - susurró – Algo, además de ponerle morfina. – la doctora pareció luchar consigo misma y finalmente habló. 

-En su equipo… ¿lleva usted pasta plástica de reparar fusiles? – Por toda respuesta, Ulises sacó el aplicador, la doctora lo tomó y colocó una pequeña cantidad de pasta blanca en la arteria rota. 

-Eso… ¿es seguro? – preguntó él. 

-¿Quiere que le sea sincera? ¡No! Es tóxica, puede morir envenenado, pero nos dará tiempo para llevarle al hospital y curarle como es debido… y entre morir y morir, esto nos da más oportunidades que no hacer nada. – Ulises la miró casi por primera vez. Era joven, más que él, debía ser sólo algo mayor que su hija. Tenía el cabello castaño oscuro, igual que los ojos, era delgada y daba cierta impresión de… fragilidad. De delicadeza, aunque su habilidad y la rapidez de sus decisión diera un mentís a ese aspecto. – No intentaba una curación tan disparatada desde las playas de Xaú-biget.

-¿Estuvo en Xaú? – se asombró Ulises y le sonrió, al tiempo que una creciente sensación de respeto le invadía. La doctora le miró a los ojos para asentir, y algo debió ver en ellos, porque permaneció mirando los ojos verdes del Coronel un segundo de más, y enseguida agachó de nuevo la cabeza, quizá más rápido de lo que hubiera querido. Ulises recordaba bien las playas de Xaú, allí se libraron las más feroces batallas en la guerra contra el jump, prácticamente todo un planeta intentando defenderse de las Fuerzas Imperiales durante varios años, hasta que aquellas playas se convirtieron en el último reducto de los productores y traficantes y durante seis larguísimos días se combatió sin descanso hasta lograr la victoria. "Compañera de armas… tan joven, y conoció Xaú", pensó Ulises.

La doctora limpiaba lo mejor que podía la herida, cuidando de no tocar la zona de pasta para evitar que se abriese de nuevo, pero las manos le temblaban, por más que quisiera ocultarlo. La mirada del Coronel la ponía nerviosa, ¿tanto le asombraba que una mujer hubiera estado en el cuerpo médico del ejército en una batalla un poco señalada…? No había pasado miedo bajo el fuego enemigo, pero ahora estaba experimentando una sensación muy parecida a él, bajo la penetrante mirada de Ulises. "Por favor, que llegue pronto el transporte…" suplicó, y pocos segundos después, llegó el vehículo sanitario. Un joven intentó bajarse para ayudar, pero antes de que pudiera impedirlo, Ulises se cargó al muchacho a la espalda y lo metió en el vehículo, sentándose junto a él y la doctora. Apenas se aposentó, suspiró tranquilo, pero la mujer no compartía su optimismo. 

-No se entusiasme tan pronto, Coronel…. Este chico ha perdido mucha sangre, va a necesitarla para reponerse, y deprisa, y no va a ser fácil encontrarla. No de su grupo sanguíneo. 

-¿Tiene agujas esterilizadas aquí, doctora? – la mujer asintió, y Ulises se arremangó la guerrera – Empiece cuando quiera. 

-No es así de sencillo – sonrió con cierta superioridad – A lo mejor para usted, la sangre es sangre, pero hay diversos tipos, y éste chico no es enteramente humano, mire su piel… - era cierto, la piel del chico era ligeramente azulada – Su padre o su madre no eran humanos, sino lilius. El cruce genético es posible, pero el grupo sanguíneo se altera, es siempre ABC positivo, y ese grupo sólo lo tienen los mestizos como él… como mucho, podría aceptar la sangre de su progenitor no humano, pero no va a ser fácil encontrar ni a unos, ni al otro… Si no le conseguimos sangre pronto… 

-Doctora – Ulises devolvió la sonrisa con la misma vaga superioridad – ahórrese la lección de biología, mi grupo es cero negativo, donante universal receptor único… válido hasta para mestizos, así que cuando usted quiera. 

Ulises casi no había terminado de hablar cuando la mujer ya estaba sacando trastos de su instrumental, dispuesta a empezar la transfusión, efectivamente allí mismo. 

-¡¿Por qué no me lo dijo antes!? – protestó la doctora mientras el ataba el brazo con una goma para resaltar las venas - ¡túmbese!

-No lo necesito, puedo hacerlo sentado. 

-No me venga con machadas, vamos a necesitar una cantidad importante de sangre, ya tengo bastante con una persona inconsciente, ¡túmbese!

-….Hacía mucho que una mujer, no me pedía algo así. – El Coronel había intentado aguantarse. Lo había intentado de veras, pero la doctora era la primera mujer en muchos años que le llamaba la atención. Después de perder a su esposa, había estado convencido de que nunca más volvería a interesarse, ni menos aún volvería a amar a otra mujer, y por primera vez desde entonces, se había sentido juguetón y con ganas de tonteo. La doctora le miró con expresión de regañina, y no se dignó ni en contestarle, todo su semblante le estaba llamando inmaduro. Pero las manos le temblaron ligeramente cuando le inyectó. - ¿Cómo se llama, doctora?

-Randall. – contestó ella. Intentó hablar fríamente, pero cuando le miró a los ojos para decir el nombre completo, se le escapó una minúscula sonrisa que arruinó todo el efecto – Capitán Katherine "Cat" Randall. 

-Randall… conocí a un oficial llamado Patrick Randall, ¿la ha pescado a usted?

-Túmbese, Coronel… y no, no me ha "pescado", como usted dice, es mi nombre paterno, hay muchos apellidos en el universo que se repiten. – contestó la mujer, y mirando la blanca sonrisa de Ulises, le invadió la sospecha de que quizá no le importaba un pimiento saber si el tal oficial era o no su esposo, sino tan sólo saber si tenía un esposo. "No… no puede ser. Es el Coronel de la base, el Coronel Antonio Ulises Bonetti, una leyenda viva… no va a interesarse por mí, sólo quiere vacilarme, ponerme nerviosa, nada más". Pero la doctora Randall no pudo contener una sonrisa al mirarle de nuevo. Es cierto que el oficial le sacaba casi veinte años, pero aún así,… era bastante atractivo. Tenía el cabello casi encanecido del todo, pero abundante y de apariencia suave, con ciertos reflejos claros que delataban que había sido rubio en su juventud. Tenía los ojos de color verde claro, muy brillantes y sabía mirar con picardía. De hecho, no dejaban de mirarla, y se le escapaba una sonrisa cada pocos segundos. 

Ulises sintió sus rodillas dar un ligero temblor, pero no pudo acusarlo a la pérdida de sangre. La doctora le gustaba. Por primera vez en muchos años, en muchísimo tiempo, una mujer volvía a gustarle y despertarle sensaciones. Otro tipo de hombre quizá se hubiera puesto a hablar de sí mismo, a echarse flores, ya que con su currículum, podía hacerlo; o le hubiese preguntado por ella, o hasta le hubiera pedido tomar algo cuando acabase aquél jaleo y el chico estuviese ya fuera de peligro… Ulises, no. Él no esperaba que las circunstancias fuesen favorables o intentaba propiciarlas. Él, directamente moldeaba la realidad a su antojo. 

-Do… Doctora… - musitó Ulises, y la mujer le miró. Se había puesto blanco como un papel y sudaba, parecía a punto de perder el sentido. Cat casi se lanzó sobre él y le agitó. 

-¡Coronel! ¿Está usted bien? – la mujer sabía que la pérdida de sangre podía generar esa debilidad, pero no tan rápidamente ni en tal proporción. El coronel intentó negar con la cabeza y la agarró con la mano libre.

-No…. no interrumpa la… transfusión… salve al chico. – susurró, apenas audiblemente, y perdió el conocimiento. Le pareció oír de muy lejos la voz de la doctora, y se dejó arrastrar a la negrura cálida y agradable que le caía sobre los ojos. El brazo del que le extraían sangre casi rozaba el suelo, y de su mano cayó una ampolla que rodó bajo su camilla. Al chocar contra la pared del vehículo, pudo leerse la etiqueta: Yodocaína. 

************

A Ulises le parecía que lo mecían dulcemente al tiempo que la estancia se hacía más y más clara… pero cuando estuvo plenamente consciente, fue como si le hubieran golpeado la nuca con un mazo y no pudo evitar un gesto de dolor. "El pecado lleva en sí mismo la penitencia", se dijo. La yodocaína era un sedante que además producía sudor y aumento de la temperatura controlados, una especie de fiebre artificial para matar los virus, pero si coincidía que uno estaba donando sangre, lo dejaba totalmente k.o. No obstante, apenas su gemido de dolor fue audible, notó una presencia muy cerca de él, y el aroma de jabón delató a la doctora, así que había valido la pena. Con esfuerzo, abrió los ojos y enfocó la vista. 

-Doctora… - intentó hablar, pero ella siseó suavemente para que no hablase y le tomó el pulso. No le pasó desapercibido al coronel que en lugar de usar el medidor automático, ella simplemente le tomó de la mano y buscó los latidos en su muñeca. 

-No haga esfuerzos. El chico está bien. – Ulises sonrió. Ahora también podía estar tranquilo por la suerte de su recluta. - ¿Qué hace? ¿No irá a intentar levantarse?

-Doctora Cat, sé que usted lo hace todo por mi bien, pero yo he dicho siempre que el día que pasase una noche en la enfermería, sería la última de mi carrera, y ya me perdonará que no quiera jubilarme mañana. – dijo mientras intentaba incorporarse y retirar las sábanas de la cama. 

-Ni se jubilará mañana, ni va usted a salir de aquí. – contestó ella de forma terminante, poniéndole una mano en el hombro y presionando. – A lo mejor se piensa, coronel Bonetti, que no sé tratar con militares cabezotas como usted. 

-¿Qué quiere decir…?

-Quiero decir que ya me conocía esa frase idiota antes que usted me la dijera, y las estúpidas machadas que ha hecho más de una vez, ¡fugarse de la enfermería estando herido, en una ocasión de un disparo láser que casi se le lleva medio costillar…! Debería darle vergüenza hacer cosas semejantes. 

-Es curioso, no suelo considerar como digno de vergüenza el interponerme entre un láser y uno de mis hombres y tener tiempo aún, mientras caía con un lado del cuerpo abrasado, de abatir al tirador. 

-No hablo de eso, y lo sabe. Hablo de su irresponsabilidad por negarse a recibir cuidados médicos adecuados y preferir volver al barracón de soldados a correrse una juerga. 

-Doctora, ya me habían injertado, cosido, vendado y demás… lo de hacerme pasar la noche en la enfermería como si fuera un colegial, no era más que una pequeña tontería. Si a esas alturas no me había muerto, era difícil que lo hiciera ya curado, y si lo hacía, prefería que me viniese la muerte estando borracho perdido celebrando la victoria con mis hombres, que solo como un perro en la cama de un hospital. Y sintiéndolo mucho, pero es lo mismo que voy a hacer ahora. Si es tan amable de quitarme la mano del hombro, no tendré que agarrarla, tumbarla en la cama y atarla a usted a ella. 

-¡Coronel…!

-Bueno, mejor aún, deje ahí la mano, de hecho, la idea de atarla a la cama, me resulta bastante atrayente…

-Coronel Bonetti, técnicamente, podría denunciarle por hablarme así. 

-Y yo a usted por retención indebida. Créame, deje que me marche. No es culpa suya, se lo aseguro, si fuera usted otro médico cualquiera, también me iría. 

-No escucha usted cuando le hablan, ¿verdad? Le he dicho que ya le conocía, he tomado mis medidas. 

-Que así, a botepronto, yo diría que son…. Ochenta y cinco, sesenta, y…. 

-¡Coronel! A lo que me refiero, es que he dado órdenes de que no dejen salir a nadie de la enfermería esta noche, he cerrado todo con llave electrónica cuyo código sólo yo conozco y todas las puertas, incluida la de ésta habitación tienen doble sistema de seguridad. Al menos por esta noche, puedo estar segura que va a reposar, tomarse su cena tranquilamente para recuperar sangre y dormir como un bendito. 

Por un momento, Ulises pareció derrotado. No se esperaba aquello. Y con voz de profunda consternación, contestó:
-Vaya… es usted astuta. Me está diciendo…. Que estamos encerrados aquí, sin modo de salir hasta mañana, donde nadie puede ni entrar ni salir para molestarnos. Los dos solos. – A Cat le temblaron las rodillas casi con violencia cuando vio que la mano derecha de Ulises se había cerrado en torno a la mano que ella todavía conservaba en el hombro de él. - ¿Es eso lo que me está diciendo….?

-Coronel… no… ¿no irá a….? – pero Ulises la tomó del brazo con una rapidez prodigiosa y la tumbó sobre sus rodillas, plantándole un beso en los labios. Cat desorbitó los ojos, cogida en su propia trampa, y sólo tuvo sensatez para intentar conservarse fría, para no devolver el beso… para no cerrar los ojos y dejarse derretir. - ¿Se supone que esto, es un ataque viril directo? ¿Debo sonrojarme y pedir auxilio? – Cat no quería ser consciente de que le temblaba la voz.

-Eso, depende. – susurró Ulises, con su nariz casi rozando la de la doctora

-¿De qué depende?

-Del tipo de rollo que te guste. – el coronel la besó nuevamente, y en esta ocasión, la doctora le golpeó torpemente el pecho, intentando apartarle, pero al tercer golpe, su mano pensó sin ella y reptó por el cuello de Ulises hasta abrazarlo. 

-¿Qué estamos haciendo…..? – musitó, con la voz casi ahogada por el llanto, mientras Ulises la acomodaba mejor sobre la cama y él salía de entre las sábanas para pegarse a ella. – Por Dios, ¿qué estoy haciendo yo….? Esto no está bien, no está bien…

-Mujer, antes de decir eso, espera a ver cómo lo hago… -bromeó el Coronel. 

-¡Hablo en serio! – se lamentó la doctora, intentando ignorar cómo su cuerpo se humedecía vertiginosamente al notar el de Ulises, ya erecto, frotarse contra ella, aún con la ropa puesta. – Eres mi paciente, yo tu doctora, esto es poco menos que un delito por el que podrían denunciarme y perder mi licencia, mi currículum hundido, mi carrera perdida… 

-¿Y quién te va a denunciar, si estamos solos? – las manos de Ulises se habían perdido bajo la camiseta blanca de la doctora, acariciando la suave espalda, cuya piel se erizaba de sensaciones increíbles bajo el roce mágico de sus dedos – Y lo mejor, ¿a quién te va a denunciar… si el Coronel de la base, soy yo? 

Cat no parecía haber reparado en ése detalle y por un momento, se quedó desconcertada… en el acto, le abrazó con las piernas y le apretó contra ella, entre la sonrisa de Ulises. "Estoy loca, completamente loca", se dijo, notando que le sacaba la camiseta por la cabeza y sus pechos, libres de cualquier sostén quedaban al descubierto. Aquello era una irresponsabilidad terrible, el Coronel estaba débil, acababa de perder mucha sangre y ella estaba cediendo a tener sexo con él, ¿qué clase de profesional era ella…? Una profesional que acababa de perder la cabeza, pero desde que era una adolescente había estado platónicamente enamorada del mítico Coronel Bonetti, el gran Ulises, el héroe militar… Cat sólo había tenido dos novios en su vida, y con el primero solía cerrar los ojos e imaginar que a quien tenía encima, era a Ulises. Ahora que realmente le tenía sobre ella de verdad, no era capaz de renunciar, no podía… oh, Dios, qué bien besaba… 

En menor medida, pero también el coronel pasaba sus pequeños apuros. Desde la muerte de su esposa, se había negado tajantemente a buscarse una nueva compañera, ni siquiera había tenido aventuras o líos, por más que ocasiones, se le habían presentado. Sus desahogos habían sido siempre en solitario, ninguna mujer le había vuelto a llamar la atención, hasta ahora. Cat no se parecía en nada a su mujer, de hecho era casi su opuesto, tan modosita, tan tímida, tan miedosa… pero le gustaba, le gustaba mucho. Y quizá fuera que llevaba muchos años sin una mujer o el que ella fuese la única mujer soldado que él conocía, y además tan joven, que había compartido una batalla de las suyas y tan emblemáticas, o que simplemente se hubiera tragado el anzuelo y la caña de su plan, pero le gustaba más de lo que podía imaginar, y no iba a echarse atrás. Se despojó de la chaquetilla de su pijama, dejando ver un pecho prácticamente lampiño, con sólo algunas trazas de vello rubio y la misma doctora le acarició bajo la cinturilla del pantalón blanco, gimiendo adorablemente mientras lo bajaba. 

Ulises, más ansioso que ella, metió la mano en el pantalón de su compañera y bajó éste y las bragas apenas lo justo para acariciar su sexo, húmedo. Cat se tapó la boca con ambas manos para reprimir el gemido de placer que llenó la habitación, mientras Ulises se reía, deseoso, y apretó su sexo con muy poco cuidado. 

-¡Auh….! Con… con cuidado, despacio… - pidió la doctora. También en eso, era distinta a su mujer, pensó el coronel, y acarició más suavemente, casi haciendo cosquillas. Cat suspiró, cerrando los ojos. 

-Ahora, sí que te has puesto colorada… - dijo él, en un susurro hambriento, y Cat le sonrió, ofreciéndole la boca. Ulises jugueteó con su lengua en los labios entreabiertos de la mujer, franqueándolos con mucha suavidad mientras su mano derecha no cesaba de acariciar los labios vaginales y su dedo corazón, con la misma ternura que su lengua, hacía leves incursiones, esparciendo la humedad, convirtiendo cada caricia en una dulce tentación. El clítoris tembloroso parecía esperar ansioso sus mimos, y cada vez que lo rozaba, parecía que Cat perdía el alma de los gemidos que se le escapaban. 

-Más… po…por favor, más…. Un poquito más rápido… - qué linda estaba, era como si suplicase, como si le diese una vergüenza tremenda sentir placer, como si fuese una tímida adolescente virginal. Ulises sentía su erección reventando los pantalones del pijama blanco, pero quería hacer que ella terminase primero, quería ver cómo se corría, quería verla estremeciéndose de gusto entre sus brazos, poner los ojos en blanco y gozar hasta que no pudiera más, hacía mucho tiempo que no veía el orgasmo femenino, quería saborear la visión, y le dio lo que pedía, subió su dedo al clítoris y centró las caricias en la rosada perlita, haciendo círculos breves, rápidos… su dedo resbalaba en la dulce pepita y la doctora empezó a temblar. 

Ulises sonrió, acariciando sin cesar, viendo como Cat gemía, se le agarró del cuello y empezó a ponerse tensa, con los ojos cerrados y las piernas juntas, apresando entre ellas la mano de su compañero. Las caricias maravillosas la estaban sacando de quicio, ¡qué placer! Cada roce la electrizaba, produciendo un cosquilleo delicioso que se expandía por todo su cuerpo, cebándose en las corvas y los riñones, y tenía un feroz deseo de ser penetrada… ¡pero ahora, no quería que parase! Era como si le rascase de forma maravillosa un picor insoportable, era tan gratificante, tan rico, aaaaah… sus gemidos subían de tono por más que ella intentase contenerlos, y el placer se iba volviendo deliciosamente insoportable, le ardía todo el sexo, pronto no podría soportar más esa sensación, el estallido estaba próximo… su clítoris parecía borracho de gusto y calor, las cosquillas le subían más y más, sus caderas daban golpes y sus piernas se tensaban, y entonces una oleada larga de placer le laceró el cuerpo y pareció estallar en la base de su columna. 

Ulises quiso estallar en carcajadas cuando Cat gritó. La doctora apretaba la boca, intentando contenerse, pero el placer fue superior a todas su fuerzas y finalmente gritó de gusto, entre convulsiones, curvando la espalda, mirándole con ojos entre inquisitivos y ahítos, como si quisiera preguntarle qué le estaba haciendo. La explosión de gozo se expandió de forma dulcísima por su sexo y su cuerpo, como una corriente de cosquillas hormigueantes que llegaron hasta los dedos de sus pies, hasta su nuca, y la hicieron temblar como si tuviera fiebre, y finalmente relajarse entre sonrisas, mientras su sexo aún latía, y cada latido era una suave caricia que recorría su cuerpo, proporcionándole un bienestar indescriptible. 

Cat recuperaba la respiración cuando Ulises se despojó de los pantalones y, en medio de gemidos ansiosos, le retiró por completo los suyos, la deseaba ahora mismo, ya no era capaz de esperar más. La doctora le abrió los brazos y el coronel se dejó deslizar sobre ella. Apenas su miembro erecto rozó la piel, cálida y húmeda, del sexo de la mujer, se creyó desmayar de placer, pero cuando al recolocarse, su miembro pensó por él y él solito encontró la entrada y conquistó el interior, introduciéndose en aquella cavidad estrecha y tórrida, Ulises sintió que su pecho se rasgaba por el gemido de gusto que se le escapó del cuerpo, y estuvo a punto de irse de golpe como un primerizo… ¡Dios…! ¡Qué sensación! Era la maravilla suprema, hacía más de veinte años que no estaba dentro de una mujer, y casi se le había olvidado lo delicioso que era. Durante unos segundos no se movió, sólo disfrutó de la dulzura de sentirse abrazado por dentro y por fuera, su respiración chocando agitadamente con la de Cat, que lo mantenía pegado a su pecho, apretándolo, y su pene siendo aplastado, exprimido, por su delicioso coñito palpitante.

Ulises empezó a mover las caderas, y un escalofrío de gusto recorrió su espina dorsal en un calambre juguetón que le hizo contraer hasta las nalgas y empujar con los pies sobre la cama, ¡qué increíblemente bueno era! Cat se rió al ver la cara de inmensa satisfacción de él, la sonrisita tonta y los ojos en blanco, mientras le acariciaba las piernas con las suyas, animándole a que siguiera moviéndose, a que terminase y se quedase a gusto, tan a gusto como ella. Ulises no se hizo rogar, y aceleró, sintiendo que su bajo vientre se derretía a cada movimiento. Su miembro estaba en la gloria, aprisionado en una inmensa suavidad y un calor enloquecedor. Apoyado sobre los codos, sus caderas se meneaban como una tuneladora, y la doctora se retorcía entre risas debajo de él, encantada con su manera de penetrar, mmmh, acababa de correrse y estaba a punto de hacerlo otra vez, oh, sí, qué bien le rozaba el punto exacto, ahí, ahí…. Más, más…. Ulises estaba extasiado, sus testículos parecían arder y le picaba hasta el agujero del culo de lo bien que lo estaba pasando, adoraba el modo en que a ella se le escapaba esa risita tímida, mira qué tensa se estaba poniendo, iba a acabar otra vez… no podía aguantar más, no podía, iba a estallar….

El coronel sintió que su cuerpo se preparaba para la explosión, pudo sentir su semen ardiente recorrer todo el tronco, incapaz de contenerlo, y en ese preciso momento, las manos de Cat se crisparon sobre sus hombros y sus piernas se entrecruzaron a su espalda, tensa como un cable de acero, y mirándole con expresión desmayada, mientras su sexo se cerraba violentamente, tirando de su polla, y Ulises gimió, notando que su semen era literalmente aspirado por el cuerpo de su compañera… una sensación ardiente se apoderó de él, una explosión que le hizo vibrar desde los pies a los hombros, y el estallido le hizo dar escalofríos y estremecerse dentro de ella, mientras todo su cerebro parecía un castillo de fuegos artificiales y sus manos se cerraban, crispadas sobre la colcha, y su ano se contraía, ayudando a expulsar la descarga que le dejaba sin fuerzas, exhausto… y en la gloria. Un bordoneo de cosquillas traviesas le recorría el pene mientras él gemía, con la cabeza apoyada en los hombros de Cat.


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-Debes pensar que soy una guarra que me lo hago con cualquiera… pero te aseguro que no es así, te lo aseguro… - le decía Cat, con la cabeza apoyada en su pecho, los dos dentro de la cama, cubiertos por la colcha térmica, mientras Ulises se encendía un cigarro. No es que fumase mucho, pero un purito de vez en cuando, le gustaba. – Esto ha sido… excepcional. Ha sido un error, de hecho, no creo que estuviese bien que lo repitiéramos. 

-Claro que no. Se repite lo que se ha hecho mal. Lo que se hace bien, simplemente, se hace otra vez. Y mientras tú y yo estemos de acuerdo en hacerlo, no estará mal que lo hagamos siempre que nos dé la gana. 

-Pero, Coronel… No… ¿no se da cuenta que si alguien se entera, puede denunciarnos?

-De nuevo, ¿a quién van a denunciarnos, si yo soy el Coronel de la base? ¿Y de qué nos van a denunciar? Tener una aventura, no es delito.

-Pero… pueden acusarme a mí de… 

-El amor… o si lo prefieres, el pasar de vez en cuando un rato agradable, no es delito ni motivo para que te acusen de nada. – Cat intentó replicar, pero Ulises la cortó – Escúchame, no eres ninguna guarra, ni una trepa. Mi mujer y yo nos conocimos teniendo yo apenas veinte años y ella diecisiete, y ninguno de los dos llegó virgen a los brazos del otro. No éramos unos degenerados, simplemente sabíamos que éramos soldados, teníamos una profesión de riesgo, y si encontrábamos algo bueno, lo sensato era agarrarlo cuanto antes, porque mañana podía no seguir ahí. Puede que de críos fuéramos un poco cabezas locas los dos, pero cuando nos casamos, no hubo matrimonio más fiel que el nuestro. No voy a pensar mal de ti porque te hayas acostado conmigo. Si así fuera, no lo habría… - se cortó, y sonrió. 

-¿No lo habrías qué? – preguntó ella con mirada de sospecha, pero Ulises se limitó a sonreír más, con el puro en un lado de la boca. Cat pensó y ató cabos rápidamente – Oh… no… yodocaína, me faltaba una ampolla de yodocaína en mi maletín… no le di importancia, pensé que la habría gastado y no lo recordaba, o que se me habría caído cuando salí deprisa por la llamada… y sabías que yo intentaría hacerte descansar por todos los medios, y como conocía tu fama, intentaría retenerte y vigilarte… te has drogado con un anestésico que produce fiebre sólo para engatusarme… ¡y yo, caí en la trampa como una idiota!

-Bueno, no tan idiota, lo has descubierto tú sola… - sonrió, mientras Cat ponía un cómico gesto de indignación, con las mejillas brillantes de enfado. Estaba tan adorable, que Ulises la apretó contra sí, por más que ella intentaba resistirse – ¡Es genial ver que la astucia, nunca pierde!