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miércoles, 21 de agosto de 2013

Calla y come, Imbécil.

Me sentía estancado. Impotente, desesperado y asustado. No lo conseguía, no hacía progresos en mi relación con Ocaso, y eso me enfadaba conmigo mismo. Después del primer acercamiento, cuando había logrado mantener una escasísima conversación con ella acerca del libro que estaba leyendo, no había habido más avances. Todos los días me sentaba junto a ella a la hora del desayuno, en el trabajo, y la miraba tomarse su té, su fruta… pero no había manera de hablar con ella mucho más que el primer día. Ocaso me toleraba a su lado, me "soportaba"… pero una cosa es que me permitiese pasar el tiempo sentado allí, y otra muy diferente que me diese la mínima confianza. La misma persona, pero bajo el nombre y la identidad de mi ama, Mariposa, se reía de mis esfuerzos cuando teníamos algún encuentro, y el plazo del mes que le había pedido, iba pasando inexorablemente. 

-Te dije que era golpearte la cabeza contra un muro de piedra, Imbécil – me decía esa misma tarde, mientras me esposaba las manos y, poniéndose a mi espalda, las tomaba entre las suyas, enguantadas, para hacer que me masturbase siendo ella quien me guiaba. - ¿Porqué no lo dejas ya? Abandona ahora que aún puedes, y olvidaré el trato del castigo. – Había llegado con ella a un acuerdo, mediante el cual, si en un mes no lograba caerle lo bastante simpático a Ocaso como para que ella me quisiese seguir viendo, ella tendría derecho a imponerme el peor castigo que quisiera. 

-No… no puedo, ama, no puedo dejarlo ahora… - gemí, sintiendo sus manos mover las mías muy lentamente. Yo hubiera querido hacerlo más deprisa, pero Mariposa me refrenaba a cada momento, obligándome a hacérmelo muy despacito. Mi miembro erecto pedía guerra a gritos, pero se tenía que conformar con caricias suaves y lentas.
-Vas a perder… - canturreó. 

-Lo sé… -admití – pero aunque así sea… no puedo simplemente encogerme de hombros, y ya está… tengo que intentarlo… 

-Dime la verdad,… ¿te has masturbado pensando en Ocaso? No en mí, sino en Ocaso. – quiso saber mi ama, y yo deseé que se me tragara la tierra… pues claro que lo había hecho, y no precisamente dos veces, pero eso, ¿cómo se lo iba a tomar mi ama? No tenía sentido decirle que no, semejante bola no se la tragaría nadie, menos aún ella. 

-Eeeh… sí, ama. – musité. – Lo siento. – me apresuré a añadir.

-¿Por qué has de sentirlo, Imbécil? La fantasía, no puede hacer ningún daño a Ocaso. Es la realidad lo que le haría daño. 

-Ama, yo no… yo nunca le haría ningún daño… - protesté, mientras olitas de gusto y ganas me recorrían el cuerpo, dejando regueros de calor por mis muslos. 

-¿Qué querrías hacerle a Ocaso?

-Feliz. – dije sin dudar, y mi ama refunfuñó.

-No es eso lo que te pregunto, y lo sabes. – Dejó de llevarme las manos, y me doblé sobre mí mismo, gimiendo de frustración, mientras mi miembro parecía gritar por que siguiéramos. Intenté mover las caderas para frotarme contra el hueco de mis manos, y Mariposa me pellizcó el culo para que parase, lo que hice de inmediato. – Contéstame. ¿Qué te gustaría hacerle a Ocaso? Imagina que ahora ella estuviese aquí… contigo. ¿Qué le harías, si pudieras?

Eso era jugar sucio, muy sucio… yo sabía que mi ama había sufrido abusos sexuales en su adolescencia, por parte de un familiar. Como dómina, como Mariposa, el sexo le gustaba porque siempre era ella la que llevaba las riendas, la que dirigía la función, y la penetración, en sus encuentros sexuales, era más un juego menor que un componente de temperamento… como persona normal, como Ocaso, nadie le conocía ni novios, ni amigos. Prácticamente, no hablaba con hombres, era el prototipo de la timidez, y mi deseo era franquear su barrera, romper el muro tras el cual se escondía, para lo que era preciso tener infinidad de tacto… pero para recordar todo eso, uno tenía que tener libre la cabeza de arriba. En ese momento, yo sólo podía pensar con la de abajo, y mi ama lo sabía, quería que fuese mi pene quien hablase y así poder echarme en cara que mi interés en Ocaso era puramente sexual, que el amor, no existía, como ella insistía siempre… Tenía que contestar, o me reventarían las pelotas, pero no podía decir la verdad, ni podía mentir tampoco.

-El amor… - contesté por fin. Y no era mentira, pero quedaba mejor que si decía algo como "pegarle un polvo que se le queden tres días las piernas temblando". Mi ama comenzó de nuevo a moverme las manos, y un bendito alivio me recorrió de pies a cabeza, al tiempo que ella me permitía acelerar un poquito, y las caricias me daban un gusto cada vez mayor, el calor en mi miembro empezó a crecer dulcemente. 

-Sé más específico. – pidió Mariposa. – Cuéntame lo que le harías. 

-Querría… haaah… querría besarla… primero, por la cara… la frente, las mejillas… acercarme a la boca… y besársela… 

-¿Te gustaría meter tu lengua en la boca de Ocaso…? – susurró mi ama - ¿babearle la cara, dejarle un círculo pringoso de babas alrededor de los labios, escupirle flemas en la garganta y meterle la lengua hasta la campanilla, hasta lograr que ella basquease…? 

Ecs… De golpe, me había quedado sin ganas. No quería seguir, y mi pene perdió fuelle de forma tristemente evidente. 

-Ama… - no sabía cómo expresarle lo que sentía, ¿porqué había tenido que ser tan desagradable? ¿Tan asqueroso le parecía un beso? Ella me había besado en ocasiones, habíamos usado la lengua, había habido saliva, desde luego que sí, pero nada tan asqueroso como lo que ella había descrito… pero como su esclavo que era, no podía decirle algo así. Mi ama miró mi miembro fláccido y se separó de mí, y fue a sentarse en la cama, mirándome con superioridad. 

-No me gusta lo que estás haciendo. – dijo, con los brazos cruzados sobre los pechos. - ¿Tanto asco te da lo que te digo? Pues no es ni más ni menos, que la realidad que esconden tus palabras. Puedes ocultar tus deseos bajo todas las palabras bonitas que quieras, pero tú y yo sabemos que son falsas. No quieres hacer feliz a Ocaso, quieres tirártela, sin más. Quieres ponerte sobre ella y bombear hasta hartarte, quieres que tu sudor caiga sobre ella, que se trague los jadeos de tu aliento pestilente y que te sirva para guardar tu asqueroso semen, en lugar de mojar kleenex. – Aún de rodillas, desnudo, esposado y con la erección perdida, me sentí picado por su forma de hablarme, Mariposa jamás me había tratado así. 

-¡Ama! – me indigné sin poder evitarlo. Busqué algo que decir, boqueando como un pez fuera del agua, ¿por qué me hablaba de esa manera tan cruel, tan retorcida…? - ¡Yo no soy vuestro tío! – dije finalmente. El rostro de Mariposa pareció desfigurarse de odio cuando me oyó decir aquélla frase. Sus ojos despidieron chispas de ira y se levantó hacia mí. Cerré los ojos y volví la cara, esperando la bofetada, pero no la recibí. Abrí tímidamente los ojos y vi a mi ama con la mano alzada, pero no la dejó caer. Ella misma miraba su brazo, y estaba muy roja. Se relajó y tomó la llave de las esposas para soltarme. - ¿Ama…?

Mariposa no me contestó. Abrió las esposas sin mirarme e hizo ademán de quitarme el collar del cuello. El collar de púas de acero, de perro, que me había dado hacía algún tiempo, por ser un buen esclavo… instintivamente, me llevé las manos al collar, ¡no quería que me lo quitara! No si aquello significaba lo que yo temía. 

-Ama, no… no… - rogué. Mariposa negó con la cabeza y se encogió de hombros, pero no me dirigió la palabra, ni siquiera me miró, sólo comenzó a vestirse. Me di cuenta de que la había desobedecido, y le daba igual. Le daba exactamente igual, pasaba del tema… eso sólo quería decir una cosa: que se había terminado. Mi maldita bocaza… la había hecho perder el control, mi ama había estado a punto de soltarme un bofetón, pero no porque ese fuese su capricho, sino porque yo la había provocado. Mariposa no había sabido controlarse, había perdido su status de dominación, se había dejado llevar al terreno de los sentimientos, aunque estos fuesen negativos… había admitido que yo tenía razón al echarle en cara que proyectaba en mí su rabia contra su tío, y eso, no podía soportarlo. Y yo, no podía soportar que ella me dejase. 

Tenía ganas de llorar, y me eché al suelo panza arriba, gimiendo como un perrito, a sus pies. Mariposa me ignoró, hizo como si yo no estuviera, pasó por encima de mí para acabar de recoger sus cosas, pero yo no me di por vencido, gateé por el cuarto y me rebocé contra sus piernas, gimiendo de nuevo. 

-Ama…. Ama, por favor… ha sido culpa mía… castigadme, me lo merezco… soy un bocazas… os lo ruego, no os marchéis… seré muy bueno, seré perfecto, pero no me abandonéis… - Mi ama terminó de vestirse y recogió su bolso, y todo ello sin mirarme, y echó a andar por el pasillo, y yo detrás de ella, intentando cortarle el paso, pero Mariposa pasaba por encima de mí, fingiendo no verme ni oírme. - ¡Ama, por piedad, os lo ruego! ¡Yo ya lo he olvidado, ¿por qué no lo olvidáis vos…?! ¡No me dejéis sin vos, ama…! ¡Sed clemente, vos que sois perfecta! ¡Tened piedad de vuestro esclavo! ¡Permitid que os siga sirviendo! 

Me sentía patético y miserable, mi orgullo quería rebelarse, pero mi corazón no se lo permitió, y me agarré a la pierna de mi ama, que me arrastró por el pasillo hasta la puerta de entrada, mientras yo no cesaba de gritar y suplicar. 

-¡No, no, no os marchéis, perdón, perdonadme….! – las lágrimas se me caían de los ojos sin que pudiera evitarlo cuando ella abrió la puerta e intentó salir, pero me llevó a rastras también por el descansillo, y llamó al ascensor. Le besé los zapatos, sintiendo que ahí se consumía mi última oportunidad, y que mi tiempo con ella se agotaba mientras el ascensor subía – Por favor… - rogué, y sólo yo sé que las palabras me salían del alma – por favor, ama, os lo suplico, no me dejéis. Si me estáis castigando ignorándome, pero pensáis volver, dadme un palabra de consuelo… decid algo, lo que sea, y me conformaré… pero sois mi ama, mi vida sin vos no tiene sentido, no puedo dejar que me abandonéis sin luchar por vos, ama… por lo que más queráis en el mundo, que ya sé que no soy yo, pero dad a vuestro Imbécil una palabra de consuelo… - Mariposa meneó la pierna, pero cuando alcé la vista del suelo, me di cuenta que no lo había hecho para que la soltase… sino porque el ascensor se había abierto, y mis vecinos, una adorable pareja de ancianitos, nos miraba con estupor. Y yo, seguía desnudo. Por un lado, me sentía tan ridículo que pensé seriamente en buscarme otra casa a partir de esa misma noche… por otro… 

-Ama – me coloqué frente a ella, de rodillas, con los brazos en cruz y la cabeza agachada – cuando de vos se trata, no tengo vergüenza, no tengo orgullo, no tengo respeto alguno por mí mismo… porque vos, me importáis mucho más que todo eso. Delante de terceros, o delante de cualquiera, os ruego una vez más, que seáis clemente. Por favor, ama, dadme una oportunidad de redimirme. No tendréis queja de mí.

Si a mi ama le gusta algo, es presumir de mí. Hasta ahora, lo había hecho sólo cuando me sacaba vestido de chica, como Micaela, pero ahora, le estaba dando tema para hablar a todo el bloque. Todo el mundo sabría cómo el joven encargado del banco, el chico tan formal del sexto piso, era tenido por una dómina, que le tenía absolutamente bajo su control… era demasiado tentador para su vanidad renunciar a ello, yo lo sabía… pero aún así, cuando colocó su mano en mi nuca, donde yo aún llevaba el collar de púas y tiró de mí para llevarme de nuevo a casa, quise reír a carcajadas del alivio que sentí, y mi pene se volvió a erguir al instante, quedando pegado a mi tripa, mientras mis vecinos casi huían hacia su piso, no me hubiera extrañado que llamasen a la policía. 

-Ama… ¡oh, ama, sois cien veces buena conmigo! – dije, con una sonrisa bobalicona que me llegaba hasta las orejas, apenas entramos en casa. Mariposa me miró, y, sin duda recordando las caras que se les habían quedado a los pobres abuelos, se rió y me tomó de la cara con las dos manos. 

-Eres un exagerado, Imbécil… te estaba castigando ignorándote, sí, pero no pensaba deshacerme de ti, sólo irme y dejarte hasta mañana o pasado sin noticias mías, nada más. Te lo he dicho ya muchas veces: eres el mejor esclavo que he tenido, ¿piensas que iba a privarme de ti, por tan poca cosa como el que seas un poco bocazas? Tienes que aprender a tener en ti mismo más seguridad. – Me acarició el cabello negro y suspiré, ¡qué gustito sentir sus dedos rascando mi cabeza…! Me dejé llevar y me rebocé contra sus manos, besándole los antebrazos. – Ay, qué tontorrón eres… 

-Ama, ¿cómo puedo haceros feliz? – la voz me salía temblorosa de la emoción que sentía, y me daba rabia ser tan sensiblón, pero después de lo mal que lo había pasado y el alivio que sentía ahora, tenía ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Tímidamente, llevé mis manos a las de mi ama y las puse en mis mejillas, apretándome un poquito, mirándola con verdadera devoción. "Eres todo mi mundo…" pensé, mientras ella me miraba con una sonrisa de cierta compasión, dándose cuenta que me tenía completamente en sus manos, y yo no es que estuviera conforme, sino que estaba en el culmen de la felicidad. Su sonrisa se ensanchó y me tomó del collar, cómo me gustaba que hiciera eso… la seguí dócilmente, lamiendo con suavidad el terciopelo del guante, que le llegaba hasta el antebrazo, cuando lo dejaba a mi alcance.

-Imbécil, hoy quiero tu lengua. Has sido un bocazas, así que vas a usar esa boca para algo más positivo – dijo mi ama mientras se quitaba de nuevo el corto vestido negro que solía llevar cuando venía a verme, dejando ver las típicas medias sujetas con el liguero que conocía tan bien, el tanga negro y el sostén que sujetaba sus pechos sin tapárselos. Yo asentí de inmediato, sonrientísimo, me encanta hacerle sexo oral, me maravilla que me permita darle un placer tan lujurioso, me vuelve loco sentir su sexo dando contracciones y a mi ama gimiendo, gracias a mí. Su placer es mi premio, su flujo me pertenece…. Sus orgasmos, son mi recompensa. Mariposa se despojó del tanga también y lo acercó a mi rostro, meneándolo, y yo, como el perrito que era, lo olisqueé, lamí e intenté morderlo, lo quería para mí. Mi ama se reía y lo apretó suavemente contra mi cara, y yo aspiré hondamente… Dios, qué bien olía… un gemido se me escapó y me llevé las manos a la espalda, porque las estaba acercando peligrosamente a mi pene ansioso. 

Mariposa se acomodó en un butacón, arrodillándose en los brazos del sofá y apoyándose en el cabecero, de espaldas a mí. Volvió la cara para mirarme.

-Vas a ponerte de rodillas entre mis piernas, y vas a lamerme con mucha suavidad. Quiero que lo hagas a conciencia, cuando quiera más, te lo iré pidiendo. Y recuerda, que te estoy mostrando no sólo mi rajita… ¿de acuerdo?

La cabeza me dio vueltas al entender qué quería decir… también me ofrecía su… su culo. También me dejaba besarla allí. Era tan perverso, me daba tanto morbo, que sólo de imaginarme metiendo mi cara entre sus nalgas, estuve a punto de correrme y la polla me dio un espasmo delicioso, pero logré controlarme, y me acerqué, de rodillas. Lo que tenía delante de mis ojos, era lo más bonito, lo más perfecto que podía imaginar hombre alguno. Su sexo era abultadito, de apariencia esponjosa y blandita, y yo, a pesar que me había introducido en ella menos veces de las que hubiera querido, podía atestiguar que efectivamente era tan esponjoso y blandito como parecía. Estaba cerrado sobre sí mismo, ocultando la entrada y el botón por completo, y mi ama lo llevaba siempre depilado por completo. En la penumbra del cuarto, iluminado sólo por las velas, podía verlo, tan rosado para mí… y también su culo, aún cerrado, con unas nalgas de piel suave; las acaricié sin poder contenerme, paseando mis manos por sus muslos, subiendo y bajando en mis caricias, despacio y con suavidad, haciendo casi cosquillas, como ella me había mandado. 

El olor de su sexo, aún cerrado, me llegaba a la nariz. Olía a jabón íntimo, una fragancia muy suave, y a calor… y un poco a sexo, a hembra. Un olor salado, que me recordaba un poco al olor del mar, y me gustaba. Acerqué mi lengua a su intimidad y la rocé, apenas con la punta, y mi ama dio un pequeño escalofrío. "Tiene ganas", me dije, y empecé a lamer sus labios exteriores, muy despacito, recreándome en cada centímetro de la piel, y muy suavemente, acariciándola con mi lengua. Oí a mi ama exhalar un "mmmmmmmmmhh….", y pensé que hubiera dado media vida por poderla penetrar y oírla gemir en mis orejas,… pero el mero hecho de saber que estaba haciéndola gozar, ya era suficiente para mí, y continué, notando un sabor salado en mi lengua. A través de su dulce rajita, estaba empezando a segregar jugos, y los recogía con lengua al pasar por ella. 

-Sigue, Imbécil… lame por detrás… - pidió Mariposa, y obedecí de inmediato. Mi lengua se paseó a placer por su sexo, hasta llegar al perineo, zona que acaricié a lamidas muy suaves, y el sexo de mi ama se estremeció, haciendo que sus piernas temblasen ligeramente… Con las manos, le abrí las nalgas, y vi su ano. Una estrellita de color rosa…. "y es para mí" me dije, aturdido "Mi ama me deja que la bese aquí, me deja jugar con algo tan bonito como esto…". Saqué la lengua y lamí de abajo arriba, muy suavecito, y Mariposa dejó escapar un ligerísimo gritito de gusto, un "a-ah…", que me puso la piel de gallina, y no aguanté más. Metí mi cara entre sus nalgas y lamí, suavemente, como ella quería, pero con ganas. Con pasión. Sabía a jabón, a toallitas húmedas con perfume de niños, y apreté ligeramente, moviendo la cabeza, acariciando sus nalgas con las manos.

-Mmmmh… - Mariposa temblaba bajo mi lengua, su cuerpo se estremecía cada vez que la movía, a cada círculo sobre su ano. Sabía que le estaba gustando, que le encantaba, pero no pude resistirme a cambiar de foco otra vez, me encantaba lamerle el culo, pero yo quería su coñito, quería abrírselo y ver su botón, lamer sus jugos… Bajé nuevamente, a lamidas, besando su intimidad, acariciándole la piel con los labios, y abrí su rajita con los dedos. Un hilillo de flujo, retenido en la misma, goteó hacia el sofá, y yo, sabiendo que mi ama es una maniática de la limpieza, lo recogí con la lengua y subí hacia su sexo. Cuando mi lengua rozó su interior, cálido y viscoso, empapado, yo me sentí morir de felicidad, pero mi ama tuvo que echar atrás la cabeza para gemir, como si realmente se muriera… pero de placer. 

-Así, así… - pidió, bajo su voz podía oír la sonrisa de gustito – Sigue… sigue, méteme la lengua… - Ah, Dios, era demasiado… el hacerlo tan lentamente me estaba volviendo loco, mis muslos daban convulsiones, intentando apretarme las pelotas, que me dolían por no poder soltar mi excitación, pero en aquél momento, no hubiera parado por nada del mundo. Acerqué mi boca hasta pegarla a su rajita y saqué la lengua. Exploré su interior, lamiendo. Ahí estaba la perlita… la lamí, haciendo círculos en ella, y a cada giro mi ama movía las caderas y gemía para mí. Retrocedí un poco, lamiendo, y encontré el agujerito, parecía muy pequeño… lamí y apreté. Apreté suave, pero firmemente, hasta que mi lengua se abrió camino en su interior.

-¡Sííííííí….! Haaaaaaaah…. Imbécil… no pares… usa… usa los dedos… en mi perlita, y detrás… úsalos lentamente… - Mi ama se derretía como mantequilla, y yo me sentía en el cielo, ¡le estaba dando un placer inmenso! ¡Yo! Obedecí. Seguí lamiendo su interior, podía notar mi lengua casi aspirada por su sexo, y no dejaba de pensar en cómo lo notaría cuando se corriera, al tiempo que llevé una mano a su garbancito y otra a su ano, empapado de mi propia saliva, y empecé a acariciar, muy despacio, como ella quería. Quería que la hiciera sufrir, quería un orgasmo lento y largo, y yo estaba dispuesto a dárselo. Mi mano derecha hacía círculos en su botón, y el dedo corazón de la izquierda masajeaba con toda calma su ano, haciendo cosquillas y giros torturadores.

Mariposa se estremecía a cada roce, y por los sonidos ahogados que emitía, creía poder decir que estaba mordiendo el respaldo del sillón. No aceleré, seguí haciéndolo igual de despacito, a pesar de que los movimientos de sus caderas eran un ruego precioso para que la diera sin piedad, ¡era tan divertido torturarla un poco…! Me dolía el cuello y se me cansaba la boca de tenerla abierta tanto rato, pero no iba a parar aunque se me desencajase la mandíbula. Mi lengua seguía moviéndose dentro de ella, haciendo círculos como si rebañase un tarro de mermelada, dando convulsiones, apretando por dentro, jugando a salirse ligeramente… y cuando hacía esto, Mariposa se pegaba más a mi boca, intentando que no sacara la lengua, ¡y me encantaba!

"Quiero que se corra, quiero notar cómo se contrae alrededor de mi lengua, quiero que me empape de flujo hasta el pecho, venga, venga…" pensaba, desesperado. Mi polla gritaba por un poco de atención, y yo la ignoraba, intentando tan sólo hacerlo con la misma lentitud. Mariposa había cambiado los gemidos por gritos y quejidos sordos, necesitaba correrse, quería hacerlo… pero ella misma no me dio órdenes de acelerar, así que se tendría que aguantar hasta que le viniese, si bien no parecía faltar mucho, pero con esa estimulación en sus tres zonas, cada segundo de placer era una tortura devoradora. Apreté un poquito más, lamiendo más intensamente, haciendo círculos más pequeños en su ano, y rozando la punta exacta de su garbancito jugoso, y las piernas de mi ama dieron un temblor más fuerte… ahí estaba, ya no iba a aguantar más, se iba a correr… seguí, notando cómo Mariposa temblaba y sus gemidos se hacían más agudos, más cortos y seguidos, y por el rabillo del ojo, vi que sus pies daban una convulsión, y entonces, estalló. 

-¡Haaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhh….! – un dulce gemido salió de su garganta, y mi lengua quedó presa en su interior, ¡las contracciones tiraban de mi lengua! Me dio la risa, y al moverme, mi lengua también lo hizo y mi ama gritó de nuevo, mientras yo no dejaba de acariciar su perlita y su ano… su sexo temblaba, y no dejaba de estremecerse, rebozándose contra mi cara… "no ha terminado… se ha corrido, pero no ha terminado". Mi polla dio un espasmo sin que yo pudiera contenerla, y los gemidos se agolparon en mi pecho, aaaah… ¡me estaba corriendo! El pensar que podía darle a mi ama más de un orgasmo, había sido demasiado para mí, e intenté seguir acariciando a pesar de que se me estaba saliendo el alma… sabía que no debía, pero no pude evitarlo: aceleré. Mariposa chilló de alegría, y noté su botón temblar, su ano contraerse, atrapando mi dedo, y todo su cuerpo estremecerse de gustito, y un pesado borbotón de jugos me cayó en la cara, y lamí como un loco, bebiendo, moviendo la cabeza, oyendo los gemidos satisfechos de mi ama, y cuando noté que bajaban de tono, de nuevo metí la lengua, lo más hondo que pude, y aceleré con los dedos una vez más, enloquecido, y siendo sólo capaz de pensar que quería otro más, quería que se corriese otra vez más… Mariposa se rió a gemidos, temblando como si tuviera fiebres, tensando el cuerpo, y sus gemidos volvieron a subir de tono.

-¡Oh, sí… sí, Imbécil… SÍIIIIIIIIIIIIIIIIIIII! – Su cuerpo, tenso como una cuerda de guitarra, se estiró de golpe, dando caderazos, y un nuevo espeso chorretón de flujo salió a presión de su sexo, que lamí, bebí, y recogí con las manos, hechizado de placer, lamiendo su rajita palpitante, que se cerraba en convulsiones, como si quisiese esconderse de mí… lo besé una vez más, tiernamente, lamiendo con suavidad los restos de sus jugos, hasta que Mariposa se dejó deslizar al sofá, y con esfuerzo se dio la vuelta para mirarme. Tenía una gran sonrisa en los labios, y las mejillas coloradas como tomates, los ojos vidriosos, y una expresión de felicidad absoluta en su carita adorable. Yo estaba empapado en sus jugos, y me lamía los goterones que había recogido con las manos, mirándola a los ojos. Había eyaculado sin tocarme, y tenía el miembro empapado, y la tripa manchada, y también había manchado el sofá… pero me sentía satisfecho. Nada me daba más placer que darle placer a ella. Mariposa me abrió los brazos, como hacía cuando le daba tanto placer que bajaba la guardia, y yo me aproveché, claro está, refugiándome en ellos cariñosamente, gimiendo como un gatito, sintiendo sus pechos cálidos bajo el mío, eran tan blanditos y calientes… 

-Cada vez… cada vez lo haces mejor, Imbécil… - admitió mi ama. – Eres un encanto… de esclavo. – Me hubiera gustado más ser un encanto a secas, no un encanto como esclavo, pero en aquél momento, me sentía en la más absoluta gloria, no iba a poner pegas. La sonrisa me llegaba a las orejas, mi ama me tenía abrazadito, pegado a ella, estaba contenta de mí… No había nada mejor, no podía haber nada mejor en todo el mundo, que pertenecer a una ama tan buena como ella. Cómo me gustaría poder sentir algo así, pero con Ocaso, con ella como persona, no como dómina. ¿Por qué no nos dejaba probarlo? ¿Por qué no me daba una oportunidad….? Y entonces, se me ocurrió.


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El lunes, no dejaba de mirar a Ocaso. Sabía que lo había visto, TENÍA que haberlo visto, era el programa de correo interno del trabajo, y yo conocía su dirección, tenía que haberlo recibido por fuerza, pero no daba ninguna muestra de nerviosismo, ni de espera, ni de impaciencia, ni de nada. Era la chica más fría de la tierra. Pero yo sabía que había recibido mi correo, que sabía que era mío, y lo habría leído… y ahora, tenía que darme una respuesta. Lo que había puesto en el correo, era en realidad, una proposición bastante simple… "Amo busca sumisa. Cretinas abstenerse".