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martes, 6 de agosto de 2013

Jugando a los médicos

-Señoría, mi defendido se estaba limpiando las gafas.

-¡¿Durante siete minutos?!

-¿Y cómo sabe la demandante con tantísima exactitud el tiempo, y cómo puede aseverar con tanta rotundidad que mi defendido se estaba masturbando? ¿Tal vez porque ella, cuando sospechó que era objeto de miradas obscenas, en lugar de marcharse o cuando menos cubrirse, como hubiera correspondido al comportamiento decente del que dice presumir, se quedó allí, exhibiéndose….?

Mi rival, el abogado de la acusación particular se quedó por un instante sin palabras, momento que aproveché para dirigirme a la sala con cierta pasión. 

-La verdad es que esto se reduce a un simple caso de palabra contra palabra. La demandante asegura que ella tiene derecho a pasearse desnuda por su casa, aunque el patio sea perfectamente visible desde otras viviendas, y desde luego tiene razón, pero si eso es cierto, no lo es menos que mi cliente también tiene derecho a limpiar sus gafas cuando crea oportuno y durante el tiempo que considere preciso. Mi defendido está siendo acusado de atentar contra la intimidad y privacidad sexual de ésta mujer, presuponiendo que la estaba mirando, pero lo cierto es que está siendo acusado casi sólo por ser hombre… mi defendido apenas ve sin sus gafas, y ya se ha demostrado que no las llevaba puestas, puesto que las estaba limpiando. De haber sido una mujer la que estuviera asomada a la ventana y de quien la demandante hubiera observado el "sospechoso movimiento rítmico", ¿estaría siendo juzgada? ¿O estamos dando por presunto culpable a un ser humano sólo por el hecho de ser de género masculino? ¿No es que "todos somos iguales ante la ley"….?

Pude apreciar que el jurado popular, compuesto en su mayoría por hombres, asentían imperceptiblemente. El mismo juez también lo hacía. El abogado de la acusación particular sonreía, negando con la cabeza… y sentado entre el público, en primera fila, mi jefe, Jean Fidel, me miraba sonriéndome, lleno de orgullo. 


*********************


-¿Que no hay condena? ¡Señoría, se la estaba cascando como un mono! ¡Se lo aseguro! – protestó la joven cuando el juez dio el veredicto de inocencia.

-Usted nos lo asegura, pero no puede probarlo de ningún modo. La defensa ha establecido que el acusado estaba limpiando sus gafas, y no podemos probar lo contrario. No hay cargos. – pegó en la mesa con su martillito – Caso cerrado. 

-¿¡Y eso es todo?! – se quejó la joven a su abogado - ¿Y qué hago yo ahora?

-Pues… le sugiero que salga al patio con una bata. - Contestó, y mientras su cliente se marchaba bastante enfadada, esperó hasta que el mío me dio la mano y me agradeció efusivamente mi trabajo (veremos si estaba igual de efusivo cuando recibiese la minuta…), y se acercó a mí. - ¿Señorita Tonada? – Me volví. Guillermo Durán, mi rival, era un hombre moreno, no muy alto, pero sí muy ancho de hombros, me sonreía con sinceridad. – Sólo quería felicitarla por su gran defensa. – me ofreció la mano y se la estreché – Unos argumentos infantiles y torpes, llevados con la profesionalidad y valentía más absolutas, creyéndose realmente cada palabra que decía. La felicito, no todo el mundo consigue tener tanta cara dura. 

-Usted me ve con buenos ojos. – respondí – Yo solamente he expuesto la verdad, esa ha sido toda mi defensa. Sólo un necio intentaría oponer algo a una verdad tan clara como la de éste caso. – Me di cuenta que acababa de responder con ironía, desarmando a mi oponente al dejarle por tonto si se le ocurría objetar algo… era una de las respuestas que mi jefe, Jean Fidel, le gustaba oír de sus pasantes, el tipo de respuesta que indicaba que siempre estabas con la escopeta cargada, y que, sin perder la cordialidad, no sólo implicaba defensa, sino también ataque a tu interlocutor. Y Jean debió oírlo y sentirse orgulloso de mí, porque me rodeó los hombros con el brazo y me apretó a su costado, mirando a Durán con cierta frialdad en su sonrisa. 

-¿Fidel? ¿Jean Fidel…? – más o menos la misma frialdad que apareció en el rostro de Durán al reconocerle, por más que sus palabras pudieran parecer amistosas. - ¡Casi no puedo creer que seas tú! Ya veo que siguen gustándote éste tipo de casos, viejo granuja… 

-Hola, Guillermo. Es curioso que eso, lo digas precisamente tú. – Durán sonrió con falsedad y se llevó un dedo a los labios, siseando, y me miró de nuevo. – Si trabaja para él, señorita Tonada, yo ya debería saber que es usted terreno conquistado, o cuando menos, que va acabar tan harta de tíos que lo más fácil es que reconsidere sus propias apetencias sexuales… no obstante, si alguna vez desea tomar un café, o simplemente hablar… nada más que hablar con una persona, no dude en llamarme. – Me acercó una tarjeta y la tomé. A fin de cuentas, Jean y yo tan sólo éramos amigos, no había nada más que sexo ocasional entre nosotros y una cierta simpatía. Si él quería salir con otras mujeres, y suponía que lo hacía, no me importaba, y si yo quería salir con otros hombres, no tendría por qué importarle a él… 


*************


Una agradable pieza de música clásica salía del hilo musical y recorría la habitación. Yo sabía que debería relajarme y hacerme sentir bien, pero lo cierto es que torturaba mis sentidos, no soporto la música… es más fuerte que yo, y me deja indefensa, me hace hacer cosas que no deseo. O lo que es indefiniblemente peor: me hace hacer cosas que sí deseo, pero que no quiero reconocer que me gustan. Me llamo Thais, y soy una especie de alérgica a la música. Cuando la oigo, mi cuerpo se desboca, mis rodillas se vuelven mantequilla tibia y mi cuerpo se vuelve todo placer y deseo. Yo pretendía ignorar este hecho y vivir tranquila reprimiendo mi naturaleza como buenamente podía, pero el salido de mi jefe, Jean, descubrió mi debilidad y se dedica a explotarla. Y además de eso, siempre que voy al médico, me siento mal y me enfado, así que se han juntado las dos cosas que más me irritan… o al menos una que me irrita y otra que me gustaría que me irritase más, pero que no puedo evitar que me guste. 

-¡Siguiente! – dijo una voz muy cordial, una voz que yo conocía muy bien… pasé al despacho de mi jefe, que estaba vestido con una bata blanca de médico y un espejito en la cabeza. Puesto que estaba descalzo, era poco probable que debajo de la bata hubiera nada más, pero aún así, intenté no pensar en ello. – Buenas tardes, señorita Tonada… ¿ha venido a su revisión ginecológica? – sonrió con hambre. Me reventaba esa sonrisa… Hubiera querido salir de allí, gritarle, decirle cuatro frescas y largarme dando un portazo. Pero no podía. A Jean se le había antojado jugar a los médicos hoy, hacía tiempo que me chantajeaba alegremente para "explorar mi particularidad", decía… vamos, que hacía su antojo de mí gracias a mi debilidad por la música. La música me mantenía allí. Yo podía querer marcharme, pero mi cuerpo estaba cachondo y deseaba a Jean ardientemente, por más que yo no quisiera reconocerlo, así que allí me quedé, y asentí, sintiendo cómo una estúpida sonrisita de ganas se abría en mi rostro.

-Tenga la bondad de desnudarse para que la examine, permítame… - Jean se me acercó y empezó a desabrochar mi blusa. "¿Por qué te consentiré que me hagas esto…?" pensé, frustrada a la vez que deseosa. Pero la respuesta la sabía bien. Jean se había convertido en mi mentor. Me estaba haciendo alguien gracias a él, me había protegido y, en cierta manera, "rescatado" cuando lo necesité… a cambio, quería sexo. Bueno… qué menos que dárselo, aunque me sintiese mal por ello. Las manos de Jean, grandes y cálidas, desabotonaron mi blusa, dejando al descubierto el sostén negro que me había puesto. Lo había elegido él mismo y me lo había regalado, pidiéndome que lo usara con él, y yo había obedecido. Y cuando vi la lujuria pintada en sus ojos al ver la prenda, me sentí estúpidamente satisfecha de mí misma. Jean, abrazándome con suavidad, desabrochó la falda, rozándome muy ligeramente las nalgas, y cuando la prenda cayó al suelo, devoró la visión de mis bragas a conjunto. 

La pieza de música clásica parecía un rondó veneciano, algo alegre y lleno de adornos. Al no tener letra, yo no me veía empujada a seguir sus órdenes, pero la mera cadencia de la música me estaba poniendo mucho más caliente de lo que yo misma deseaba, apenas era ya capaz de pensar correctamente, mi deseo pensaba por mí, por eso cuando Jean se arrimó un poco más a mí en su abrazo para desabrochar el sostén, me recosté contra él con descaro y exclamé:

-Oh, doctor… creo que tengo fiebre… ¿Porqué no me mete su termómetro para averiguarlo… por favor? – Thais, dominada por la música, era completamente básica, desinhibida y todo deseo y capricho. Su único objetivo era ser satisfecha, colmar sus ansias, y sabía que tenía frente a ella a un hombre dispuesto a lo mismo. En su estado normal, Thais sólo sentía una cierta simpatía por Jean… en su estado cachondo, Thais había llegado a adorar a Jean. Cuando la música la dominaba, apenas se daba mucha cuenta de con quién estaba, sus ansias la dirigían de tal modo que le importaba un pimiento si estaba con un hombre u otro, con una mujer o con varias personas, sólo le importaba gozar. Pero Jean era tan desbocado, tan ansioso, tan lujurioso como ella misma… y eso hacía que se distinguiera de cualquiera y que la joven lo adorase con todo su ser. 

Thais sintió que la bata de su compañero se abultaba considerablemente, en medio de la risita cachonda de éste, e intentó bajar la mano al ariete que exigía atención, pero Jean la frenó, fingiendo dignidad:

-Por favor, señorita, ¿pero qué hace…? Tiene razón, está usted febril, deje que la examine. – El abogado la tomó en brazos mientras ella gemía como una gatita y la llevó a la camilla que había preparado en su despacho, con sendos reposapiernas para que ella quedase abierta, y se sentó frente a la camilla. Jean se frotó la tripa al dejarla, le había dado un latigazo de dolor, pero cuando las bragas empapadas de Thais, a tal punto que la humedad se salía por los lados de la prenda, todo se le olvidó. – Vamos a ver qué le sucede… 

-Mmmh, doctor, ¡qué frías tiene las manos! – sonrió Thais. Jean ahora tenía las manos frías y un poco sudorosas, y a la joven se le puso la piel de gallina cuando él soltó las cintas laterales de las bragas y retiró la prenda, dejando ver un coñito depilado, de labios abultados por la excitación, y empapado en flujos. 

-Por aquí, todo parece ir bien… dígame, ¿siente cuando hago esto? – Jean empezó a acariciar con dos dedos los labios vaginales de su pasante, produciendo un cosquilleo maravilloso.

-Si… ¡Sí….! Puedo sentirlo… y me gusta… hágalo más… 

Jean apenas podía aguantar la risa, y su vaho cálido pegaba en el sexo de su compañera. Suavemente, abrió los labios del coñito de Thais y empezó a acariciar, mojándose los dedos, de arriba abajo. La joven gimió sin reparos y sus caderas empezaron a contonearse, buscando encontrarse con los dedos de Jean, que hacía caricias, casi cosquillas en su sexo húmedo. 

-Oh… Doctor, ¿no es verdad que tengo fiebre…? Mire qué caliente estoy por dentro… - Thais intentó tomarle de la mano para que le metiera los dedos, pero Jean se resistió. En su lugar, se levantó, y cogiendo la mano de Thais, se metió dos dedos en la boca, lamiéndolos con suavidad, dándoles mordisquitos juguetones. Jean sabía que su pasante, una vez desbocada, era muy difícil de controlar, los juegos suaves o eróticos no le bastaban, necesitaba perentoriamente pasar al último acto, por eso había elegido música clásica hoy, para intentar controlarla en lo que pudiera. Visto lo visto, no estaba mal, pero para otra, tendría que escoger música muy lenta, pensó mientras Thais se pellizcaba los pezones con la mano libre y ponía los ojos en blanco de gusto cada vez que él le succionaba los dedos. – Doctor, examine también mis pechos… Mire, mis pezones se ponen erectos apenas los toco, ¿cree que es malo…?

Thais le acarició la cara e intentó que él se agachara para besarle los pechos, y esta vez, Jean no opuso resistencia. Hubiera querido empezar a besos suaves, hacerlo más calmadamente, pero fue superior a sus fuerzas, y se lanzó a lamer el entreseno, golpeándose la cara con las tetas de Thais, entre los alegres gemidos de ésta, que le apretó contra ella. Jean pellizcó los pezones de su pasante, mientras su cuerpo se frotaba enérgicamente contra el de ella, con sólo la fina tela de la bata entre medias de los dos… a la que Jean maldecía mil veces, pero que no retiró. Quería jugar con Thais, no sólo follar con ella, lo quería de veras. A pesar de que ella protestó, pero logró recobrar un poco de cordura y levantarse, para sentarse de nuevo, con el coño de la joven justo enfrente de su cara. 

-Sus pechos… están perfectamente, señorita. Ahora, veamos esto. 

-Sí, sí… eso, mírelo, doctor, mírelo bien… - sin ningún reparo, Thais se abrió el sexo con dos dedos y empezó a penetrarse con la otra mano, no muy deprisa – Míreme… quizá sea alérgica a algo, porque me pica mucho… tengo unos picores terribles, y tengo que rascarme… me rasco así todas las noches, y lo hago pensando en usted… me rasco cada vez más deprisa, así, así… y cuando me calmo, grito su nombre… Jean, Jeaaaaan…. – De acuerdo. No había manera de llevar la voz cantante con ella, y puede que así, no fuera tan divertido como él imaginaba, pero… ¡qué demonios! ¡Su estrecha pasante, en medio de su ataque, le acababa de confesar que le dedicaba a él sus momentos de amor propio! Ni un castrato se hubiera resistido a aquello. 

-Tiene razón, señorita, tiene usted fiebre, muchísima fiebre. La Fiebre de la Insatisfacción, pero yo tengo la medicina para eso. – Se subió la bata, sólo lo justo para dejar asomarse su erección, y se dejó caer sobre ella, que le abrazó con las piernas y se sujetó con las manos al cabecero de la camilla, mientras asentía, entusiasmada. "Yo quería hacer de esto un juego erótico… y se ha convertido en una peli porno barata de los setenta… ¡pero me gusta, me gusta cómo logras ganarme hasta a mí en lujuria!" pensó Jean, mal apoyado en el suelo, de puntillas, mientras empezaba a bombear. 

Thais puso los ojos en blanco y pareció morirse de gusto, ¡qué bien…! Cuando entraba en uno de sus ataques, no estaba para jueguecitos, para él puede que fuese erótico, para ella, no tenerle al instante era una tortura china, cada momento que oía música y no tenía dentro a un hombre, no tenía dentro ALGO que la saciara, era un dolor abrasador en las entrañas. Cuando Jean empujó hasta el fondo, ese dolor se fundió en un gozo inexpresable; arrastró frustraciones, timideces, miedos e impotencias y las aniquiló, dejando sólo un placer salvaje, una satisfacción increíble… Jean se sentía abrazado, superado por aquélla criatura de deseos aún mayores a los suyos, mientras un torrente de lava parecía extenderse desde su miembro, por todo su ser. Notó que sus caderas empezaban a moverse, y de pronto, un gusto maravilloso le invadió, aún mejor que el de hace un momento, ¿qué sucedía…? Y entonces, se dio cuenta.

Thais había dejado de abrazarlo con las piernas para volver a apoyar éstas en las guías de la camilla, y era ella quien movía las caderas, embistiéndole pese a estar debajo, ensartándose en él con verdadera ansia. Jean desencajó la cara de gustito, era la primera vez que, estando encima, no necesitaba moverse. Se sentía ligeramente… "violado". Y le gustaba. Thais movía las caderas en círculos, de arriba abajo, lo más velozmente que podía, apoyándose en los hombros, la piel empapada en sudor, mirando a Jean con lascivia… éste se dejó caer plenamente sobre ella para besarla, también la lengua de la joven le violó la boca. Thais sentía su famoso picor crecer y crecer, a punto para estallar, y en ese momento, los dientes de su jefe se cerraron en torno a su lengua, y succionó de ella. Y sin poder articularlo, un grito de placer salió de su garganta. El placer se extendió por su cuerpo como un río de cosquillas eléctricas, mientras no dejaba de mover las caderas, saboreando hasta la última gota del ansiado orgasmo, que en sus palpitaciones, pareció exprimir la polla de Jean… éste sintió un feroz pinchazo en el costado derecho, quiso parar, no quería correrse, pero había pasado del punto, y su cuerpo interpretó las órdenes al contrario, en lugar de detenerse, empezó a empujar, y al segundo, por más que quiso retenerse, se derramó dulcemente dentro de ella… un bienestar delicioso le invadió, pero apenas duró un segundo antes de que el dolor ganase terreno. Se agarró el costado, con el rostro contraído de dolor, y quiso hablar, pero Thais le lamía la cara, buscándole la boca, sin notar nada más. Con un esfuerzo sobrehumano, sacó del bolsillo de la bata el mando a distancia del equipo de música y lo apagó. 

El silencio atronó mis oídos de forma casi dolorosa. No me extrañó estar desnuda y tener a Jean sobre mí, ya sabía qué había pasado… pero había pasado algo más, estaba segura. Además de tener sexo, algo había sucedido, no sabía qué, pero recordaba como… imágenes, detalles de algo que no estaba bien. 

-¿Jean…? – Mi jefe me miró. Estaba pálido, pero sonreía. 

-Ah… ya eres otra vez tú… menos mal… ¿puedes conducir?

-Sí, claro… ¿qué pasa?

-No lo sé… me duele la tripa, me duele mucho… ¿quieres acercarme al hospital? 

-¡Jean, no me asustes, ¿qué te pasa?! – mi voz transmitía más ansiedad de la que yo quería, me incorporé en aquélla humillante camilla y ayudé a Jean a hacer lo propio, pero tuve que sentarle, apenas se tenía en pie.

-No te preocupes… no será más que un empacho, seguro… - se puso verde, agarró el orinal que había bajo la camilla y vomitó hasta la primera papilla. "Alguien va a jugar a médicos, pero de verdad", pensé, mientras me vestía a toda velocidad y le acercaba los pantalones y le ayudaba a ponérselos. Lo cierto es que, por un momento, me invadió el deseo de dejarle allí y que se las apañara como pudiera… pero él me había ayudado a mí cuando lo precisé, a pesar de que se aprovechase de mí más tarde. Y en el fondo, éramos amigos. Uno tiene que ayudar a sus amigos. 


(Continuará, ¡vuelve mañana!)