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miércoles, 7 de agosto de 2013

Jugando más a los médicos.

-¿Le duele si hago esto?

-¡AAy! – gritó Jean, y a mi pesar, pero se me escapó la risa. Después que él se aprovechaba de mí todo lo que quería, después que acababa de jugar conmigo una vez más, me había dado un susto de muerte y hecho que le llevase al hospital… ahora que las cosas estaban tranquilas, bien podía reírme un poquito. A mi jefe le había dado un terrible dolor de estómago con náuseas apenas terminamos de… bueno, de eso, y reconozco que me asusté. Según él médico que le palpaba la tripa (qué puerco, estaba más liso todavía que yo, qué cuerpo tenía el muy cerdo, estaba para comérselo y lo sabía), tenía un principio de úlcera de estómago, "demasiadas comidas picantes", había dicho. Era cierto, Jean no era hombre que se privase de nada. 

-Voy a darle algo para esa úlcera y unos calmantes para el dolor. Será mejor que pase aquí la noche.

-¡¿Qué?! – dijo Jean.

-Ya me ha oído. Va a pasar aquí la noche. – el joven doctor le dio una palmadita amistosa en el estómago y salió del cuarto. Mi jefe resopló, con cara de fastidio. 

-Bueno, no pongas esa cara. Ahora, ya sabemos que no es nada serio, me diste un buen susto. – le traté de animar.
-¿Te preocupaste por mí…? – me contestó, sonriendo pícaramente. 

-¡Yo no he dicho semejante cosa! El susto me vino porque… ¿qué explicación hubiese podido dar si te hubieses muerto encima de mí, por ponernos en lo peor?

-Te hubiese bastado con decir "murió feliz". – Estuve a punto de gritarle que se tomase las cosas un poco en serio por una sola vez en su vida, pero entró de nuevo el médico con dos píldoras y se las ofreció. 

-Con esto, mañana como nuevo. Durante unos días, yogures, y fuera úlceras. – Jean miró las píldoras con mala cara, y aquello pareció molestar al doctor – Vamos. 

-Doctor, ¿el calmante es fuerte…? Es que ya tuve una úlcera hace un par de años, y no me dolió tanto como ahora… 

-¿Qué pretende insinuar? Supongo que conoceré mi oficio un poco mejor que usted, ¿no le parece? Tómeselo, y si le sigue doliendo, entonces veremos… ¡no pretenderá que le inyecte morfina por algo así! – Jean no protestó más y se tomó las dos píldoras, el joven se marchó y nos quedamos a solas. Me senté frente a él en la cama, y, mal que me pese reconocerlo, me sentí tranquila al ser consciente de que todo iba bien ya. 

-Bueno… mañana por la mañana, vendré a recogerte y llevarte a tu casa. Esta noche, procura dormir bien, ¿vale?

-Espera… ¿e-estás insinuando que vas a irte? ¿Qué vas a dejarme aquí, sólo y abandonado, en una habitación de hospital fría y triste, en completa soledad, sin más compañía que los gritos de dolor de los enfermos de los pasillos….? – Yo había estado a punto de contestar algo como "bueno, sí…"…. Pero ya no pude. No después de ese discursito y sus enormes ojazos negros dedicándome una mirada de pupilas dilatadas y cinco parpadeos por segundo. Maldito chantajista…

-Jean… pongamos las cosas en claro: yo me quedo aquí a pasar la noche, sólo con una condición, innegociable: NO va a haber sexo. ¿Entendido?

-Eeh…

-NO… va… a haber… sexo. ¿Queda claro? No vas a poner música bajo ningún concepto. No vas a poner la radio "sólo para oír las noticias", y luego, "¡huy, qué casualidad, si también dan un recital completo de Barry White"! No vas a sacar el móvil "sólo por si alguien te llama", y luego "¡oh, qué fatalidad, se ha quedado atascado JUSTO en la canción "You can leave your hat on", y no puedo pararlo!" ¿Está claro?

-Hmmgh…. Le quitas todo lo divertido. Está bien, vale, cedo, nada de música, pero a cambio… - sonrió. Sonrió mucho, y esa sonrisa no me acababa de gustar.

-¿Qué? – dije con recelo. Jean abrió la cama y se hizo a un lado. Palmeó el colchón y señaló el hueco con la cabeza. - ¿Yo? ¿¿Ahí?? ¡Tú estás delirando!

-¡Thais, por favor…! ¿Qué crees que va a pasar si no tengo música para controlarte…? Lo único que quiero es me des un poco de comprensión, de amistad, de calor humano… ¿vas a negarle algo así a un pobre enfermo? ¿Vas a obligarme a suplicar por ello…? – Qué cara tenía el tío, sería capaz de rajar un diamante, con razón era tan buen abogado, no había manera de negarse a esa forma de argumentar, salvo quedando como una bruja pirula con el corazón de piedra. Resoplé y levanté el dedo índice en señal de advertencia.

-Jean, un intento, un solo intento… y me largo. Una mano fuera de su sitio, y enfermo o no enfermo, te cruzo la cara, y mañana viene a buscarte tu tía la del pueblo. – Jean asintió, sonriendo con cara de bueno, y de nuevo dio palmaditas en la cama para que me tumbase junto a él. Me quité los zapatos y le obedecí. Seguía llevando el traje de chaqueta que tenía esa tarde, pero al salir tan deprisa para el hospital, no había vuelto a ponerme las medias… ni la blusa siquiera, así que reconozco que el meterme en la cama calentita y que Jean me tapara con las mantas y me abrazase por los hombros para que me pegase a él, fue bastante agradable, y sonreí abiertamente. "Eres un sátiro, lúbrico, vicioso, libertino…. Pero a veces, eres encantador, Jean", pensé sin poder contenerme. 

La cara de mi jefe se frotó muy suavemente contra mi cabello rojo, como si me oliera, y me pareció que un gemidito salía de su pecho. Me agarró del brazo e hizo que le abrazara del hombro, hasta casi recostar mi cabeza en su pecho. Apenas sin darme cuenta, le abracé también con una pierna, intentando no llegar hasta su vientre, no le fuera a hacer daño. Me sentía completamente en sus brazos, y lo estaba… y mentiría como una bellaca si no admitiera que se estaba endiabladamente bien. Me sentía a gustísimo, era tan cómodo, tan cálido, tan acogedor… Y, sorpresivamente, Jean se parecía estar portando bien. Mantenía sus manos en mis hombros y en el brazo con el que le rodeaba, sin bajar ni siquiera por mi espalda. Aún tumbado en la cama, muy suavemente, empezó a balancearse de lado a lado, como si me meciera. Qué bien me sentía. Mmmh… me estaba poniendo mimosona. La mano con la que lo abrazaba empezó a acariciarle el cuello, haciendo cosquillas suaves, buscando el inicio de la mandíbula, áspera por la incipiente barba. Mi boca empezó a besarle el pecho, muy quedamente, subiendo con lentitud hacia la garganta… y entonces, noté la vibración en su tráquea y me di cuenta, ¡estaba cantando! Muy bajito, pero lo suficiente para que mi cerebro lo oyera y cayera bajo su control, estaba tarareando algo lento… 

Quise enfadarme, indignarme, gritar… pero ya era tarde, maldita sea, había vuelto a ganarme una vez más. Ya no era capaz de pensar, sólo quería… sólo quería…

-Oh, Jean… Jeanny… quiero esto… - Thais susurró con su vocecita de deseo. El tarareo de su jefe no era lo bastante potente como para desbocarla, pero sí para dejarla sometida a su voluntad. "Acabo de encontrar el punto perfecto" se dijo "el sonido de la música la enloquece de tal modo que no hay forma de controlarla, es ella quien lleva siempre las riendas… pero el tarareo, la vibración simplemente… sólo le pone el punto, dejándola a mi merced". La joven besó la boca de Jean, dejando que fuese la lengua de éste quien explorase su boca, mientras ella gemía como si se estuviera muriendo… de la muerte más dulce que se pueda imaginar. 

Jean estaba cansado y aún le dolía el vientre, en realidad no quería algo tan cansado como follar, pero… unas cuantas caricias sí que le apetecían. Tomó la mano de su pasante y la metió bajo las mantas, llevándola a su sexo, ya casi erecto por completo. 

-Sí, sí, esto… esto es lo que quiero… - susurró ella, con las mejillas tan coloradas como su cabello, y su boca a dos milímetros de la de Jean, acariciándose los labios suavemente. 

-Tócalo… - sonrió él – Acaricíame. Suavecito. Así, así…. Hazlo con mimo, que estoy malito… - el cerebro de Thais funcionaba en dos líneas paralelas. Una de ellas gritaba de rabia, intentando que su otra mitad despertase por completo. La otra le chistaba para que guardase silencio y le parecía que esa vocecita de golfo meloso y cachondín que le ponía Jean, era tan deseable y dulce… Con ternura, como él le pedía, metió la mano en el pantalón del pijama de hospital y le acarició el miembro, sin sacarlo de la ropa. 

"Haaaaaaah… qué calorcito…" pensó Jean, sin dejar de darse lengua con Thais. La joven le agarraba el pene con toda la mano y acariciaba lentamente arriba y abajo, sin ninguna prisa, y sin sacar la mano de sus calzoncillos. La idea de que ella ni siquiera se lo sacara del pantalón, le parecía una especie de mezcla entre inocencia y perversidad, como cuando él mismo se lo tocaba de niño sin sacarlo de las ropas, o como los primeros tocamientos que tuvo con chicas, cuando ellas también lo acariciaban sin sacarlo del pantalón… entre otras cosas, porque estaban apoyados en la pared de la facultad o tirados en el parque de la misma, a plena luz del día, y no era plan. Era tan calentito, tan mimoso… 

"Está gimiendo… me gusta cómo gime… No, no es cierto, me da asco, es un baboso… Claro que no, no es ningún baboso, es un hombre que disfruta de la dulce paja que le estoy haciendo…" Thais, con el cerebro ya libre de ondas sonoras, se recuperaba lentamente, pero una parte de ella no quería parar de acariciar, le parecía realmente hermoso darle placer a Jean y quería continuar, quería saciarle, dejarle satisfecho… empaparse la mano de semen y recibir sus gemidos ahogados en su propia boca, y no dejaba de frotar. 

Jean sentía que se derretía entre los dedos de Thais. La joven acariciaba, cosquilleaba sus pelotas, frotaba… Thais se mojó los dedos en el líquido preseminal que soltaba, y pareció a punto de volver a acariciar, pero entonces sacó la mano del pantalón y de debajo de las mantas. Jean profirió un adorable gemidito de protesta, pero Thais le sonrió y cuando vio lo que ella quería hacer, el gemido de protesta se convirtió en gemido de excitación. La joven se lamió los dedos para probar el líquido, y luego se los chupó ávidamente, lamiéndose toda la mano, para humedecerla. Cuando volvió a meterla entre sus ropas, estaba más caliente aún, y tan húmeda, tan resbaladiza… ¡Aaaaah… qué dulce lo sentía ahora! Era maravilloso, qué bien se deslizaba… Jean tuvo que tomar aire para gemir, su cuerpo era una corriente de chispas traviesas, de sensaciones placenteras que se cebaban en su sexo y se repartían por sus piernas, sus nalgas, sus muslos… Se volvió de nuevo hacia Thais, y ella lo esperaba ya con la boca entreabierta y la lengua asomando ligeramente de los labios, para jugar de nuevo. 

Las lenguas de ambos se entrelazaron fuera de sus bocas, aleteando alegremente. Jean la abrazaba y sus manos se crispaban cada pocos segundos, presa de los imparables subidones de placer que le atacaban y que hacían presagiar que el final, el delicioso final, ya estaba próximo. Sus caderas se movían por más que él intentase retenerlas, buscaba más placer, y estaba ahí, ya casi estaba, qué calentito, era como si se fundiese…. Y al fin, su placer se derramó dulcemente en su pijama y en la mano de Thais, en medio de gemidos de gozo que no podía retener, una delicia se expandió por todo su cuerpo, contrayéndole las nalgas y haciéndole dar botecitos sobre la cama, mientras su lengua se frotaba con fuerza contra la de Thais, y los goterones de esperma le robaban el alma… Y entonces, cuando debió sentirse en la gloria, le pareció que algo iba mal, algo iba muy mal. Le dolía el vientre, otra vez el mismo dolor de antes, pero más agudo, se agarró la tripa e intentó contener un grito de dolor, quiso pedir a Thais que… pero no hizo falta. Su pasante, descalza, saltó de la cama y salió por la puerta pidiendo a gritos un médico.


**************


No sabía qué hacer, aparte de llorar. Hubiese querido darme cabezazos contra la pared, de la pura rabia que sentía, y en mi nerviosismo, sacaba y metía cosas de mis bolsillos, una y otra vez, sólo por hacer algo. Entonces vi la tarjeta. La tarjeta de Guillermo Durán, abogado… "si simplemente quiere hablar con alguien, llámeme". Y en mi estado de histeria, le llamé. 

-Jean está en coma. – Sólo me salió eso cuando me descolgó el teléfono. Y de nuevo sólo me salió esa frase cuando Durán llegó al hospital y me abrazó. No me extrañó que lo hiciera. A pesar de que prácticamente ni nos conocíamos, que sólo éramos colegas, yo debía presentar un aspecto bastante lamentable, descalza, vestida con un traje de chaqueta abrochado a medias y sin blusa, y con la cara llena de lágrimas. Su abrazo fraternal me dio media vida y lloré todo lo que quería, ahora que tenía a alguien que me escuchara y no parecía una especie de chiflada llorando sola por los pasillos de un hospital. 

-¿Qué ha sucedido? – me preguntó, los dos sentados en la salita de espera, me acercó un café y me cubrió con su abrigo. Aún así, yo seguía teniendo frío. 

-Le dolía la tripa, y le traje aquí. – expliqué. – Le dijeron que tenía úlcera, principio de úlcera, y le dieron calmantes y algo para la úlcera. Y me pidió que me quedara con él. Y… 

-Tuvisteis sexo. – concluyó. Era indudable que Durán conocía a Jean mejor de lo que yo suponía. – Sólo a ese inconsciente se le puede ocurrir tener sexo estando convaleciente. 

-El caso es que… cuando terminó… le volvió a doler. Y se lo llevaron. Tenía apendicitis. Le han operado. Pero está en coma. Y nadie sabe porqué… ni saben si…. – Las lágrimas se me caían de los ojos sin que pudiera evitarlo, y Durán me tomó por los hombros y me apretó. – Me han dicho que esta noche es crítica. Si sobrevive, puede que se salve y salga del coma… o puede que sólo viva como un vegetal… No sé qué será mejor, no sé si puede ser mejor que se… - intenté seguir, pero se me murió la voz.

-Thais, no es culpa tuya. Tú, no le violaste, él quiso hacerlo, y si conozco un poco a Jean Fidel, estoy seguro que no se arrepiente de ello, y no se arrepentiría aún si se quedase así para siempre. Pero no lo va a hacer, Thais, Jean es un hombre muy robusto, te garantizo que saldrá del coma. – le miré. Los hombros me temblaban, y él… me sonrió. Me sonrió fraternalmente y me frotó los brazos, en un intento de darme calor. – No es culpa tuya. – repitió. – No es culpa de nadie, puede que ni siquiera de él. Yo estoy contigo. – Me apretó contra su pecho y casi me meció, pero afortunadamente, ni sabía de mi debilidad, ni era un sinvergüenza como Jean, así que no canturreó, sólo me apretó – Yo estoy contigo. 

Pasaron muchas horas así. Yo apenas me daba cuenta. Durán se ofreció a ir a mi casa y traerme ropa limpia, algo más cómodo… pero le rogué que se quedase conmigo, no quería quedarme sola en un hospital, me aterraba la idea de que un médico viniese con malas noticias y estuviese totalmente sola para afrontarlas… Amaneció y Jean seguía inconsciente en su habitación. Al menos, no necesitaba respiradores artificiales ni nada semejante, sólo estaba… dormido. Supuestamente, al pasar esa noche, era ya difícil que… que muriese, pero podía ser que se quedase dormido para siempre. Durán intentaba distraerme con conversaciones triviales, o contándome anécdotas del propio Jean… cómo en una ocasión logró subir una pena de dos a cinco años a un condenado haciendo que éste delatase, por sí mismo, sus ideas racistas, o cómo había rehusado en cierta ocasión llevar una acusación porque estaba liado con la juez y dijo que temía que uno de los dos no fuese bastante profesional… Aunque en algunas anécdotas reconocía perfectamente a mi jefe, en otras, resultaba tan íntegro que ni parecía él. 

-Jean es un hombre extraño. Puede hacer verdaderas burradas para conseguir meterse bajo unas faldas, apelar a los más bajos instintos y a los peores subterfugios para ampliar la pena a un condenado, decir convincentemente que le han forzado cuando le pesca un marido celoso, y luego… es capaz de dar referencias maravillosas de la misma chica que intentó demandarle por acoso, o ir él personalmente a ayudarla y dar la cara por ella cuando la encuentran conduciendo borracha. Es extraño. – sonrió. Y yo pensé que había muchas cosas que no sabía de Jean. Conocía su cuerpo a la perfección, sabía de qué lado tenía el antojo, y que su testículo izquierdo era un poquitín más grande que el derecho… y sin embargo, había muchas cosas de su carácter que ignoraba por completo. Yo tenía dos partes, mi personalidad "normal" y mi personalidad "cachonda", de cuando oía música… y me pareció que a Jean le sucedía algo similar, pese a que él, no necesitase oír música.

-Creo que voy a pasar a verle – musité, y Durán asintió. No sé ni qué hora era, sólo sé que ya empezaba a escasear la luz otra vez. El cuarto de mi jefe estaba casi en penumbra. Él estaba tumbado boca arriba, su pecho subía y bajaba casi imperceptiblemente. "Podría parecer que está dormido… salvo porque no sonríe", pensé. A Jean le entraba sueño después de hacer el amor, y solía dormirse con la sonrisa de satisfacción en los labios, así que yo, siempre que le había visto dormido, sonreía, pero ahora no. Me senté frente a él, en la cama, como lo había hecho la noche anterior. Me quedé mirándole durante un rato, sin saber ni qué decir. Sólo sabía que me sentía desolada, como si se me hubiese caído el mundo encima, y no sabía muy porqué. Finalmente, empecé a hablar. 

-Dicen que los enfermos que están en coma, aunque estén inconscientes, pueden oír lo que les dices si te diriges a ellos… ojalá sea cierto – suspiré, me incliné ligeramente sobre él, y mascullé las palabras– Maldito hijo de zorra…. Ca-brón. No se te ocurra morirte, ¿me oyes? No te mueras, Jean, por Dios, no me hagas esto… No sabes lo que estoy pasando… Me han dicho mil veces que esto no es culpa mía, pero yo me siento como una asesina… Ten compasión de mí… Llevo como treinta y seis horas sin dormir, comiendo bocadillos fríos y café de máquina. Usando un lavabo de hospital donde no puedes ni sentarte. Tengo el pelo sucio, huelo mal, y lo único que oigo son buscas de médicos y el altavoz de las urgencias… Y no pienso irme, ¿lo oyes? No pienso marcharme hasta que sepa que estás bien… Jean… Jean, ¿no es cierto que somos amigos? ¿No dices que somos amigos? Pues los amigos, no se dejan abandonados así como así… no me abandones, Jean, por favor, no se te ocurra abandonarme… tienes que volver… tienes que volver y estar conmigo… No es justo que me hagas esto... No es justo… - Las lágrimas, que había logrado contener durante más de diez horas, afloraron de nuevo a mi rostro, y enterré mi cara en el pecho de mi jefe para secarlas. El cansancio cayó a plomo sobre mí, y llorando, noté un sueño dulce, dulce, invadirme, y antes de poder enderezarme, mis párpados, con un peso de toneladas, se cerraron.

Muy vagamente, noté algo cálido en mis hombros. Un chasquido de cerradura. Y luego, como de muy lejos, una voz. Una voz muy familiar, susurrando "ssssssh… no la despierte, déjela dormir".


****************


-¿Qué…..? Ah… eh… ¿cómo… cómo que fue una suerte….? – Sabía que no estaba quedando como la chica más inteligente del mundo, pero lo sucedido, me superaba. Me había despertado, después de casi una hora "lerele" en el pecho de Jean, para descubrir que éste, ¡estaba despierto! De inmediato me lancé a besarle como una loca, mientras él señalaba al otro lado de la sala, donde había un médico que nos miraba sonriente, y me corté. Cómo no, Jean tuvo que hacer la gracia: "Thais, si te pone que nos miren, sólo tenías que decirlo…". Aún en medio de la vergüenza, le pregunté al médico qué había pasado, si ya estaba bien, si ya no había peligro… El doctor Téllez, que así se llamaba el médico, me contó que en efecto, no había peligro ya, que Jean podría volver a casa mañana… y que había sido una suerte que "nos pusiéramos cariñosos" (así lo definió él), porque eso había producido un aumento del riego sanguíneo, y que el apéndice diese la voz de alarma al verse forzado por el ritmo cardiaco. De lo contrario, con los calmantes, no lo hubiésemos notado hasta mucho más tarde. Y desde luego que nadie se muere por una apendicitis, pero… mejor prevenir. 

-¿Entonces, si no fue…. "eso", qué causó el coma? – pregunté. 

-La medicina para la úlcera. El señor Fidel ha resultado ser alérgico a ella, según las pruebas. Al mezclarlo con los anestésicos para la operación, produjeron el coma. Conforme el cuerpo de su novio los fue eliminando de forma normal, se recobró. No era un coma profundo, señorita Thais. – sonrió – Pero es normal, la gente oye "coma", y todos pensamos en la película, o en El misterio Von Bulow… - Me sentí tan aliviada que me dieron ganas de besarle. Entonces me acordé de Durán y quise salir a buscarle, pero el doctor me frenó el gesto. – Si va a por el hombre que estaba con usted, se marchó. En cuanto supo que el señor Fidel estaba despierto, dijo que usted ya no le necesitaba. Me pidió que se lo dijera y que le diera un abrazo de su parte. 

El doctor Téllez nos deseó buenas noches y se marchó. Me sentía un poco dolida porque el pobre Durán se hubiese marchado así, me hubiera gustado despedirme de él… pero lo cierto es que me alegraba tanto de que Jean estuviese bien… sólo porque ahora ya sabía que no era culpa mía, claro está, no por nada más… me senté de nuevo en la cama. Jean tenía una sonrisa triunfal. 

-¿Qué? – sonreí. En ese momento, por más que me molestase su sonrisita, me sentía incapaz de enfadarme. 

-Nada… sólo que si vas a reprocharme algo, no puedes. Mi idea de tener sexo, me salvó la vida. Si no hubieras estado aquí para ayudarme, quizá no lo hubiera contado. 

-Qué perro eres, siempre has de llevarte la antorcha a tu terreno… - entonces me quedé pensativa… y fui yo quien sonreí. – Eso quiere decir… que me debes la vida. Si estás vivo, es gracias a mí. – Jean me miró con terror, aquello ya no le gustaba – Jean… ¡estamos en paz! Ya no te debo nada, si tú me protegiste y me ayudaste, yo te he salvado la vida, ¡estamos en paz!

-No… ¡no, no, no, ya has oído al médico, nadie se muere por una apendicitis! Ha sido un detalle por tu parte, pero no te debo la vida, no estamos en paz, sigo teniendo derechos, sigo… - yo le sonreía con superioridad, negando con la cabeza, no tenía razón y lo sabía, y finalmente gimió, casi llorando - ¡No quiero dejarlooooooooo….! 

-Jean, no seas bobo. Si yo quisiera dejarlo, hace mucho que lo habría dejado. Podemos seguir teniendo sexo, si tú también quieres. 

-¿De veras? – sonrió con ilusión, y casi enseguida le cambió la cara a lujuria - ¿De modo que te gusta, eh….? – susurró, lascivo.

-Jean, a veces tu lujuria es de lo más inoportuna… pero en el fondo-fondo… admito que me gusta. He estado a punto de perderte, Jean, mereces saber que me gusta tenerte de compañero sexual. Y sólo de compañero sexual. La primera vez que lo hicimos, cuando te dije "te quiero" y tú te asustaste tanto… he comprendido que tienes razón. Si sólo somos amigos, es divertido. Si pasamos al siguiente escalón… duele demasiado, me he dado cuenta con esto. Estamos mejor así, como amigos. – le ofrecí el puño y lo chocó con el suyo.
 
-Como amigos – repitió. Nos miramos a los ojos, sonrientes. Y entonces, no sé porqué, los dos gemimos a la vez como si nos fuéramos a echar a llorar y nos abrazamos el uno al otro, fuerte, muy fuerte, apretándonos hasta casi estrujarnos.