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jueves, 15 de agosto de 2013

Mímame, Irina.

-Señor Oliver…. Señor Oliver... ¡señor Oliver!

-¡Ah, llaves del coche, canastilla, voy, voy! – Arnela, mi ayudante pegó un brinco del susto, y todos los estudiantes se volvieron a mirarme, muy extrañados. Algunos se rieron, y yo deseé que me tragase la tierra. Y no tanto por haber pegado una voz en medio de la biblioteca, sino por haberme quedado frito en mi trabajo. Me llamo Oliver, soy bibliotecario, y llevo tres semanas draconianas sin apenas dormir… desde que llegaron los bebés. 

Así son las cosas: hace apenas dos años, yo vivía tranquilo y feliz en mi soltería y en mi virginidad, y mi mujer, Irina, vino a descabalar todo mi mundo, y ahora no sólo era esposo, sino padre. Lo que al principio me había emocionado hasta casi las lágrimas, ahora me producía llanto también, pero de pura impotencia, en casa no había quien durmiera, quien mantuviera el orden o la limpieza, o quien pudiera simplemente descansar dos minutos, sólo dos minutos… 

Irina se puso de parto la noche del primero de noviembre, y desde entonces, no sabíamos lo que era dormir cuatro horas seguidas. Ella había solicitado la baja por maternidad, pero a mí me habían rogado que no lo hiciera, que no dejara la biblioteca… y lo comprendo. Soy el bibliotecario jefe, todas las biblios de la Universidad dependen de mi gestión, no tengo a nadie en quien delegar más que en universitarios o posgraduados que, siendo amables, lo único que se puede decir de su profesionalidad, es que no son todo lo escrupulosos que deberían… de modo que, sobre todo los primeros días, me tocó trabajar dentro y fuera de casa, porque Irina, agotada por un parto de gemelos, apenas podía moverse de la cama. Ahora, también ella limpia, cocina y recoge… pero da igual que lo hagamos los dos, podríamos ser veinte y no daríamos abasto igual. Kostia y Román necesitarían un ejército de criados. Toman el pecho cada hora y cuarto, y hay que cambiarles de pañales más o menos con la misma frecuencia (y… comer, comerán miel, pero, con perdón, cuando cagan, cagan MIERDA, ¡qué olor….!), y tenerles en brazos, y bañarles, y vigilarles todo el tiempo… 

Yo pensaba que, al menos siendo tan pequeños, lo único que harían sería comer y dormir, que no darían mucha guerra, que nos darían unos días para acostumbrarnos antes de que empezaran los verdaderos problemas… pero no hemos tenido esa suerte, sobre todo con Kostia. No deja de llorar, no hay quien lo calle, lo hemos llevado al pediatra, convencidos de que se quedaba con hambre o que estaba enfermo… pero está completamente sano. Gana peso de forma normal y no le pasa nada más que quiere llamar la atención y estar todo el día pegado a Irina. En cuanto lo retira de su pecho, comienza la serenata. El pediatra le aconsejó que, una vez terminada la toma, lo acostara sin más y no hiciera caso a lloros "para no mimarlo en exceso", pero cuando se le ocurrió hacerlo, casi tiró la casa abajo con el llanto, hasta que vomitó por los sollozos, e Irina dijo que le importaba un pimiento si salía con mamitis o si se le despellejaban las tetas, que ella no hacía que su hijo volviese a pasar semejante berrinche. Así que ahora lo deja dormirse pegado a su pecho, y sólo cuando se ha dormido, lo acuesta, con un cuidado tremendo y a dos centímetros por minuto, porque si se despierta y no está Irina cerca, otra vez la serenata. Se duerme como media hora, y otra vez a pedir el pecho. 

Y esto durante el día, pero por la noche, es lo mismo. Román duerme casi seis horas seguidas por la noche, pero Kostia pide comida apenas tres horas después de dormirse. Irina me dice que me duerma, y lo intento, pero apenas logro quedarme en duermevela y el sueño no me alimenta. Estamos destrozados los dos. Así las cosas, no es de extrañar que, mirando las fichas de devoluciones, haya apoyado la cabeza en el puño y, antes de darme cuenta, me haya quedado completamente sopa, pero no por eso me da menos vergüenza ni menos rabia. Estoy en el trabajo y pienso que Irina está sola en casa, agotada, bregando con los dos y sin mí para ayudarla. Estoy en casa y pienso que la biblioteca no está al día, que no hago bien mi trabajo… vamos, que no rindo ni en un sitio, ni en otro. Y por si todo eso fuera poco, desde que nacieron Kostia y Román, Irina y yo... nuestra vida sexual se ha resentido. Bueno, ¿para qué mentir? Seamos sinceros, no es que se haya resentido, es que directamente, no existe. No podemos ni con los párpados, menos aún pensar en… intimar. La verdad es que me canso sólo de pensarlo. 

Pero no voy a mentir: lo echo de menos. Tengo ganas, muchas ganas de estar con Irina. No sólo de placer físico (aunque de eso también), sino de… mimos. De poder besarla, abrazarnos, jugar. Todo eso se ha terminado. Y cuando pienso que quizá sea así para siempre, que tal vez no podamos volver a estar juntos nunca más, o al menos hasta que Román y Kostia se independicen, me dan ganas de llorar. Quiero a los niños, los quiero con todo mi corazón… pero a veces, desearía que hubieran tardado un poquito más en llegar… o al menos, que Kostia fuera un poco más tranquilo, como su hermano Román, que sólo come y duerme y apenas llora. 

-Señor Oliverio, ¿se puede saber qué le pasa? 

-¿Perdón? – Uno de los profesores me está hablando, y creo recordar que me ha dicho algo antes, pero no soy capaz de recordarlo. 

-Le he pedido que ponga en depósito "Nueva anatomía cerebral", y ahora que vengo a buscarlo, me da usted esto, ¿es una broma, o qué? – el profesor, con cara de pocos amigos, levanta el libro que le he dado. Es el "¿De dónde venimos?", un libro para niños que cuenta la reproducción humana, con ilustraciones graciosas, pero veraces. 

-Oh… Dios, lo… Lo siento, voy a buscarlo. – El catedrático me miró con cara de reconvención mientras iba hacia el estante de depósitos a buscar el libro que me había pedido, intentando concentrarme. Pero el libro no estaba. El estómago me dio un vuelco, ¿qué había hecho con el libro? Traté de conservar la calma, me froté los ojos y miré de nuevo, quizá me había confundido recordando la signatura, quizá estuviera un par de libros antes o después… pero no estaba en su sitio alfabético, donde debía estar. Cogí la escalera y busqué por toda la estantería mientras el catedrático daba muestras de impaciencia y tamborileaba con los dedos en la mesa. El libro no apareció. 

-¿Y bien, dónde está? – me apremió el profesor, y negué con la cabeza mientras fui al ordenador a comprobar las últimas retiradas… y ante mi horror, ahí estaba: había prestado un libro en depósito. Un error poco menos que imperdonable, y nada peor que lo que yo mismo me decía, podía ser peor que lo que me dijo el catedrático - ¡¿Que lo ha prestado?! ¿Ha dado en préstamo el libro que expresamente le pedí que dejara en depósito para que NADIE lo sacase? ¿Está usted idiota, le han sobornado o qué? 

-Lo lamento, señor Juánez, de veras, me… me distraje, localizaré a quien se lo presté y le pediré la devolución yo personalmente…

-¡Eso, ya no servirá de nada! – el profesor era uno de los de más edad de la Universidad, un hombre excesivamente exigente y difícil de carácter. - ¡Yo, había dejado ese libro en depósito por una razón, para que NADIE pudiera cogerlo un día antes del examen y usarlo para pegarse la panzada! ¿No se da cuenta que ahora, ya no importa? ¡Habrán hecho fotocopias, todo el mundo lo tendrá! 

-Señor Juánez, yo he cometido un error y lo sé, pero, ¿no se le ha ocurrido pensar que si dijera a sus alumnos de qué fuentes pueden estudiar para entender los apuntes a principio de evaluación y no el día antes del examen, cuando les confisca los libros de consulta para prevenir las "panzadas de noche antes", tal vez ellos no usaran ese tipo de subterfugios y estudiasen desde el primer día si les da los medios para ello? – Era lo peor que podía hacer. Plantar cara, era la peor que podía hacer, y me arrepentí al instante de haber abierto la boca, pero ya no podía hacer que las palabras volvieran atrás. 

-¿Se atreve usted, un bibliotecario, a cuestionar mis métodos de enseñanza? ¿Pretende usted enmendar la plana a un catedrático, cuando ni siquiera sabe poner libros en los estantes correctos? – intenté disculparme, decirle que yo no pretendía… pero Juánez me cortó - ¡No se moleste con excusas conmigo, explíqueselo al decano!

Hubiera querido golpearme la cabeza contra la pared, era lo que me faltaba para completar el día. El catedrático se fue, y apenas un cuarto de hora más tarde, el decano me llamó al móvil, para que fuera INMEDIATAMENTE.

-No se preocupe de nada, señor Oliver – dijo mi ayudante – Yo me encargo de todo aquí…. – se lo agradecí con un gesto de cabeza, y ya estaba por irme, cuando me llamó – señor… ¿porqué no… porqué no dice que fue un fallo mío, y que usted dijo que se equivocó por encubrirme? Todo el mundo le creerá, y mi tío no será muy severo conmigo… de algo ha de servir ser la sobrinísima del decano. – Me quedé mirando a Arnela con una sonrisa hasta las orejas. Era enternecedora en su adhesión hacia mí. 

-Gracias, Arnela, pero aunque te ofrezcas a ello, sería un miserable si aceptase taparme las espaldas contigo. – mi ayudante asintió, resignada, y una mirada de ánimo salió de detrás de sus enormes gafas redondas. 


*****************


-Al parecer, nuestro bibliotecario, tiene vocación de enseñante, ¿cree usted que daría las clases mejor que el señor Juánez, al parecer?

-Señor Decano, en ningún momento he pretendido cuestionar la capacidad de… 

-¿No lo ha pretendido? ¿No ha pasado por encima de su mando dejando en préstamo el libro que él le había ordenado mantener en depósito, y no ha puesto en duda lo acertado o hasta lo ético de sus medios poco después?

-Yo no… - ¿qué clase de versión había contado Juánez? – Yo no he pasado por encima de él, no di el libro en préstamo a sabiendas, fue un accidente. 

-Un accidente. Y usted, que comete accidentes en su trabajo, se atreve a cuestionar el de los demás, ¿es eso?

-No, señor Decano. No he cuestionado el trabajo de nadie, sólo le he sugerido que podría orientar a sus alumnos hacia los textos de consulta adecuados al principio del semestre, y no dos días antes del examen parcial… 

El Decano asintió con la cabeza. 

-Sugirió. Usted, le sugirió. Dígame, señor Oliverio, ¿tiene usted por costumbre aceptar sugerencias de los estudiantes en su biblioteca?

-Pues, en algunas ocasiones, sí, señor. Me sugirieron que en época de exámenes les dejase permanecer en la biblioteca hasta medianoche, se comprometieron a una serie de condiciones, y es algo que ha dado muy buenos resultados. 

-Ah, hasta la medianoche, ¿y ha comunicado eso a la dirección, es decir, a mí?

-No, señor. – Admití. 

-¿Por qué?

-Porque… no lo consideré necesario. Se trata de mantener abierto unas horas más un centro de estudio… es como… como si un estudiante, diese clases de apoyo a otros estudiantes. No se informa de ello a la dirección.

-Eso es porque los estudiantes, no pertenecen a la dirección, señor Oliverio. Pero la biblioteca, sí. Usted… empezó como ayudante del bibliotecario siendo muy joven, y aprendió mucho y muy deprisa, lo reconozco. Pero no ha aprendido la lección principal: la biblioteca, no es su feudo particular, señor Oliverio. No le pertenece a usted, sino a mí. Y yo soy quien toma las decisiones, todas las decisiones. Y en concreto, que la biblioteca está abierta hasta tan tarde, cuidada sólo por algún ayudante o por los mismos estudiantes, me parece una decisión muy a la ligera. Estoy seguro que no la usan para estudiar, sino para fumar, jugar al rol, estar de botellón calentitos o hasta de picadero. Conozco a los jóvenes, no me trago que se queden a estudiar como santitos. 

-Señor… con el debido respeto, pero si yo hubiera encontrado restos de algo semejante, hubiera prohibido el uso nocturno de la biblioteca al segundo día. 

-Señor Oliverio… - en la voz del Decano había condescendencia, como si me tomara por un inocentón – no son tontos. Lo recogerán todo antes de irse, para no quedarse sin sitio. No, señor Oliverio, no puedo permitir que la biblioteca sea usada para esos fines. Desde este momento, queda prohibido su "uso nocturno", como usted lo llama. Si quieren estudiar, tienen tiempo de sobra durante todo el curso, no tienen porqué hacerlo en los días previos a los exámenes. Sé que usted no va a desobedecer, pero le recuerdo que si me llego a enterar que se usa la biblioteca fuera de las horas establecidas, tendré que tomar medidas disciplinarias… - intenté objetar algo, pero el Decano me interrumpió – pasando a otros asuntos más agradables, creo que ha sido padre muy recientemente, ¿verdad?

-Hace tres semanas. – contesté. Ya sabía a dónde quería llegar. 

-Hombre de Dios, ¿y qué hace usted trabajando teniendo en casa a dos criaturas de tres semanas…? Cójase la baja por paternidad, señor Oliverio, quédese en casa con su mujer y sus hijos, y descanse. Se lo merece. Sé muy bien que es usted muy exigente consigo mismo, tal vez demasiado. Se merece descansar y tomarse las cosas con más calma. Deje de pensar que todas las bibliotecas dependen de usted, que todo depende de usted… recuéstese más en mí, que para eso soy el Decano, delegue, señor Oliverio. Pienso en ello cuando llegue a casa. 

Me sentía tan rabiosamente impotente que hubiera querido pegar un puñetazo a la pared cuando salí del despacho. "Descanse… delegue…" me había dicho el Decano. No era más que palabrería bonita, lo que en realidad quería decir es "no piense. Limítese a obedecer. Haga sólo mi santa voluntad, no se le ocurra ni respirar sin pedirme antes permiso". Recogí mi abrigo del perchero y me encaminé, de forma inconsciente, a la biblioteca, pero me frené. No quería entrar de nuevo. ¿Me habían dicho que me tomase la baja por paternidad, no? Pues a ello. Me monté en mi cochecito, y me largué a casa. A pesar de que hacía mucho frío y amenazaba nieve, conduje con la ventana abierta, intentando que el frío que me pegaba en la cara, aplacase un poco mi enfado. Bueno, hablemos con propiedad: mi terrible mala leche y el monumental cabreo que me corroían las entrañas. 

Cuando llegué a casa, respiré hondo antes de abrir la puerta. No quería llevar las iras del trabajo a mi casa. Iba a estar doce semanas con mi mujer y mis hijos, y quería disfrutar de ellos, no estar constantemente pensando en el trabajo y en cómo me habían tratado el imbécil del catedrático y el prepotente del Decano, así que sonreí, y abrí. Y lo que oí, me llenó de asombro. Digo "oí", pero en realidad, fue lo que NO oí. No oí nada. Silencio. No había llantos. Aquello me asustó, ¿qué había pasado? Corrí a la alcoba de matrimonio lleno de miedo, pero allí estaba la cunita, con los dos niños dormidos panza arriba la mar de tranquilos, e Irina sentada en la cama, leyendo tranquilamente un libro, con aspecto de haber dormido doce horas seguidas, y muy sonriente por verme allí tan temprano.

-¡Hola, cielo! – dijo en susurros. - ¿cómo estás aquí tan pronto? 

-Eeh… me he cogido la baja para… ¿qué ha pasado aquí? ¿Has sedado a Kostia?

-Algo parecido – sonrió mi Irina. – Mira. – Levantó un poco la mantita que cubría a nuestros hijos, y vi a Román durmiendo tranquilamente, meneando el chupete, y a Kostia a su lado, tan ceporro como él, y abrazado… a una bolsa de agua caliente. – Estaba tan desesperada porque no parase de llorar, que pensé que entre los innumerables consejos de mi madre, tenía que haber alguno para acabar con ese llanto sin necesidad de atármelo al pecho. Y me dijo que si lloraba cuando lo quitaba de mi lado, es que añoraba mi calor, que lo que tenía que hacer, era darle calor artificialmente para que se sintiera acompañado y así no lloraría, que le pusiera la bolsa tibia a su lado, preferiblemente con alguna prenda mía para que sintiese mi olor, y así se calmaría. Y magia… lleva toda la mañana dormidito, como su hermano. He podido recoger y limpiar todo, ya he hecho la comida y hasta he echado una cabezada. Les he dado de mamar no hace ni cinco minutos, y mira, dormidos que da gloria verlos.

Suspiré. Era una maravilla que al menos algo hoy, saliera bien. Me quité el abrigo y me senté, o casi me derrumbé en la cama. Irina se sentó junto a mí y me pasó el brazo por los hombros. 

-¿Qué ha pasado con esa baja…? – preguntó, y le expliqué lo sucedido con el catedrático y el decano. 

-Me ha dado una rabia… Te juro que me he sentido como el último mono, me han tratado como si fuera retrasado o bobo perdido, o algo así… 

-Tú sabes que eso no es cierto, cielo. Eres el bibliotecario jefe. Tienes en tu memoria la práctica totalidad del archivo bibliográfico de la Universidad, gestionas todas las biblios de todas las facultades, el programa de gestión universal es idea tuya, tú lo programaste e implantaste, eso les ahorró millones, ¿a que para eso, no te pusieron pegas? ¿A que para la patente del programa, no les importó que las biblios fueran "tu feudo particular", eh? – asentí. Irina me abrazó y me apretó contra su pecho, besándome la sien, y acunándome contra ella. Era lo más agradable que sentía en muchos días, y me dejé mimar, mientras se me escapaba una sonrisa. – mmmh… el primero de mis tres bebés. Y qué poco me he ocupado de él en estos días… 

-Irina, sabes que eso no importa, yo podría decir lo mismo… - susurré, pero me quedé totalmente sin voz cuando mi Irina se sacó el jersey por la cabeza. Intenté decirle que no hacía falta… y que además, estaba cansado, agotado, pero mi mujer me sonrió y siseó para acallarme. Se sentó mejor en la cama y me atrajo junto a ella, recostándome en sus brazos, contra su pecho, como si realmente fuera un bebé. Me daba vergüenza, lo reconozco, y se me escapó la risa floja, pero mi Irina me sonrió con ternura y me abrazó… y pensé "al diablo la vergüenza, me gusta". Y sonriendo de oreja a oreja, me dejé recostar contra sus pechos calentitos, cubiertos sólo por el sostén rosa. 

"Le han crecido desde que da de mamar…" pensé. Qué bien me sentía. Mi mujer me tenía completamente en sus brazos, me acariciaba la cara y el pecho y tarareaba algo lento. Yo sentía las orejas muy calientes, y el lado de la cara que apoyaba en su pecho casi me ardía, sus pezones empezaban a crecer y me hacían cosquillas en la mejilla. Me froté contra ella y su risa hizo temblar sus pechos, que golpearon graciosamente mi cara. 

-El Cielo, tiene que parecerse a esto… - musité, con esa voz temblorosa de tontito que se me pone apenas tengo ganas. Irina sonrió y noté algo húmedo en mi oreja. Miré. Un rodalón oscuro se extendía por la tela del sostén. Mi mujer pareció apurada e intentó apartarse para limpiarme, pero me apreté más aún. No quería que me soltara, el que me tuviese tan abrazadito era justo lo que yo necesitaba, no estaba dispuesto a renunciar a ello sólo por el derrame de un poco de leche… Y entonces, me vino a la mente, una idea muy perversa… "¿a qué sabrá?" Siempre me ha gustado la leche, pero la "leche humana", no la probaba desde que yo tenía la edad de Román y Kostia, y, claro está, no me acordaba de su sabor. Irina me sonreía, contenta de que yo no me apartara. Me mordí los labios de pura tensión, ¿y si le daba asco que yo… quisiera probar? Con la mano temblándome, me dirigí al sostén, y no fui capaz de sostenerle la mirada cuando se lo bajé. Oí por lo bajo la risita traviesa de Irina, y eso me dio valor. Una gotita blanca y tibia cayó de su pezón como una lágrima. Mi corazón parecía querer reventar, y saqué la lengua con prudencia, lentamente, hasta acariciar el pezón con ella. Estaba caliente, húmedo, y lo recorrí en amplios círculos, con los ojos cerrados, oyendo la sonrisa de mi mujer, sintiendo sus dedos en mi cara y mi cuello. Recogí la lengua y paladeé. Tibio y dulce. Apenas noté más, el sabor se extinguió enseguida, así que muy despacito, acerqué la boca. Besé el pezón, y pequeñas gotitas de leche cayeron sobre mis labios, que relamí al instante. Sabía raro, pero… sabía bien. Me sentía una especie de depravado por hacer algo así, pero miré a Irina para ver qué opinaba ella. Mi mujer estaba sonrojada, guapísima con la cara tan roja, y me dio la impresión de que era ella quien sentía vergüenza, esa vergüenza agradable que sientes cuando te hacen algo que te gusta, como cuando ella me acaricia, esas mariposas en el estómago… asintió con la cabeza, y directamente me pesqué de su pezón. 

Irina echó hacia atrás la cabeza y ahogó un gemido de gusto. Yo había oído que la lactancia puede provocar placer, pero no creía que fuese cierto, hasta ese momento. Succioné, y estuve a punto de gritar de sorpresa cuando sentí el líquido calentito derramarse dentro de mi boca. Era más dulce que la leche de vaca, y también como más espeso. Paladeé y tragué, y sólo en ese momento, me di cuenta que era un estúpido celosón, había temido que mis propios hijos me robasen el afecto de Irina, sólo porque uno de ellos era especialmente protestón. Lo reconozco, he sido siempre el niño pequeño de la casa, el niño perfecto, bueno y dócil, todos los afectos han sido siempre para mí, no estoy acostumbrado a compartirlos… pero ahora, me sentía bien. Sabía que Irina NUNCA podría dejar de quererme, aunque tuviéramos diez hijos. Ella siempre tendría tiempo para "su primer bebé". Me sentía tan en la gloria que apenas me di cuenta de la reacción de mi cuerpo, pero mi miembro se elevaba dentro de mis pantalones casi dulcemente. Irina sí se dio cuenta de ello y empezó a acariciarme, aún con la ropa puesta, mientras yo no dejaba de mamar y disfrutaba de sus mimos. Mi mujer me soltó el botón del pantalón y bajó la cremallera para dejar salir mi erección y me acarició con pasión. Tuve que soltarle el pezón para tomar aire, entre gemidos de gusto. 

-Irina… - susurré – Esto… ¿esto, no es nada malo, verdad? – notaba mi cara tan caliente que hubiera podido tostar castañas en ella. 

-Claro que no, tesoro. Esto, es como la masturbación o el sexo en sí… mientras no se convierta en algo enfermizo, nada es malo. 

-Me alegro… porque me gusta. – Quería contenerme, pero casi sentía ganas de llorar de emoción por lo querido que me sentía en aquél momento. Irina me miró con tanta ternura, que me pareció que ella se sentía igual, y era para ello, llevábamos más de tres semanas sin ni siquiera tocarnos, sin darnos más que un besito fugaz… era tan hermoso disfrutar de nuevo un poco el uno del otro… Irina se recostó hacia atrás, llevándome con ella, y se bajó las mallas que llevaba. Mis manos se dirigieron solas a sus caderas, a la suave piel de sus nalgas, y creí morir de felicidad… el tacto de su piel, tan suave, parecía saludarme después de tantos días de abstinencia. Irina me tomó del miembro y lo dirigió hacia ella, no quería más preliminares, quería que la saciara. Y yo lo iba a hacer de mil amores. 

Me costó Dios y ayuda contener el grito de placer que surgió desde mi bajo vientre cuando me sentí dentro de ella… todo mi cuerpo tembló, y mi mujer me abrazó, gimiendo en voz baja, frotando su cara contra la mía… "me abraza con los brazos, con las piernas y con… y con su sexo, me abraza con todo su cuerpo", pensé confusamente, apretándola contra mí, mientras mis pies se movían solos y mi cuerpo temblaba, forzándome a moverme, a que empujara. Irina me besaba el rostro, animándome, y empecé a embestir, sintiendo, como aquélla primera vez juntos, que mi pene era aplastado por su cuerpo, me exprimía, me derretía con su calor inmenso. Mis caderas daban golpes convulsos, incapaz de hacerlo de forma más comedida o lenta; las ganas me gritaban en las entrañas y tenía que saciarlas… y saciar las de Irina, que gemía entre mis brazos, mirándome con los ojos brillantes de deseo y placer. Pude ver cómo se empezaba a poner roja, roja hasta el pecho, me miró con los ojos casi desencajados y me apretó con fuerza, los puños cerrados en mi camisa, mientras su cuerpo temblaba, se curvó debajo de mí y una sonrisa se abrió en su cara… y las sentí, las contracciones que tiraban de mi miembro, que anunciaban que ella había alcanzado su clímax… gracias a mí. 

Aquél pensamiento fue demasiado para mi resistencia, pude notar la dulce explosión gestándose dentro de mi cuerpo, en la base de mi miembro hasta la punta que se frotaba en el interior de Irina, en todo el tronco deliciosamente abrazado; el calor aumentaba más y más, yo sonreía sin darme cuenta, y entonces mis testículos parecieron estallar, llevándose mi vida de una manera maravillosa, y derramándola por la punta de mi miembro, en el interior de mi mujer, que gimió con cariño cuando la notó dentro de ella… mi cuerpo dio convulsiones, soltando la descarga a golpes, abundante por todo el tiempo que llevaba sin eyacular, dejándome exhausto, pero satisfecho… con una embriagadora sensación de ingravidez, de cosquilleo por todo mi cuerpo, de calor delicioso y de paz… qué dulcecito había sido… 


*************


Irina y yo pasamos unos días de relajamiento maravilloso, disfrutando de los niños casi por primera vez desde que nacieran. Kostia, sin dejar de ser un protestón, estuvo mucho más calmado gracias a la idea de la bolsa de agua caliente, y a Román no le hacen falta aditivos para ser bueno: come, duerme, come, duerme… Pero por más que nosotros pasamos una semana tranquila, parece que en la universidad, no lo fue tanto… Apenas ocho días después de mi marcha, recibí una llamada de la última persona que hubiera esperado que pudiera llamarme jamás: Rino el Rompebragas. 

-¿Señor Oliver?

-¿Rino? ¿Quién te ha dado éste número? – Rino Rompebragas es el gamberro institucional de la Universidad, un pinta que se divierte montando números y que se cree muy gracioso, y que ya me ha echado varios pulsos en lo que se refiere a normas de comportamiento en mi biblioteca, de los que no ha salido victorioso, y que, por lo que creo, anda medio interesado en Arnela, mi ayudante, por más que la chica sea un ratoncito de biblioteca y su absoluto opuesto. 

-Eso no importa ahora, señor Oliver, tiene usted que venir a la Universidad, ¡todos queremos… todos quieren que usted vuelva! 

-Mira, no sé de dónde habrás conseguido el número de mi casa, ni me importa, pero yo, estoy de baja por paternidad, no voy a volver ahora. 

-No, señor Oliver, no está de baja por paternidad, todos sabemos que el Decano le dio una patada en el culo de mala manera, y no estamos dispuestos a consentir algo así. Tiene que volver a su puesto. Si se va de baja a jugar a papás y mamás, váyase, pero con todos los honores, no de extranjis y a escondidas por haber alquilado un puto libro de un profesor del cromañón. – intenté objetar algo más, pero Rino elevó un poco la voz – Si quiere entenderme mejor, ponga la tele, que lo están retransmitiendo en las noticias en directo. 

¿Que estaban retransmitiendo…..? Casi asustado, cogí el mando de la tele y la accioné, mientras Irina despertaba y los niños hacían lo propio, pidiendo su desayuno. Salieron las noticias y hubiera necesitado que alguien me cerrase la boca, que tenía abierta de la sorpresa… en las noticias, estaba… La Universidad, mi… mi biblioteca. Y delante de ella, había parapetados, no menos de cien alumnos, encadenados a las puertas de la misma, impidiendo el paso a todo el cuerpo docente, sólo dejaban pasar estudiantes, y a la cabeza del piquete, sosteniendo el centro de una pancarta que rezaba "Decano, marrano. ¡Biblioteca libre, horario sostenible!", estaba Arnela. 

-¿¡Pero qué hace esa chica ahí?! – grité.

-¡Su tío, va a lincharla! Oli, tienes que ir allí y parar esa locura… - me dijo Irina, pero había cierto orgullo en su voz… Y no podía negarlo, yo también me sentía importante. Cuando llegué a la Universidad, el propio Decano estaba frente a su sobrina y el resto de alumnos, discutiendo a voz en grito, y cuando me vieron, los estudiantes rompieron a aplaudir. Creo que me sonrojé de vanidad, aunque intenté no sonreír. 

-¿Quiere hacer el favor de controlar a su ayudante y al resto de esta caterva, por favor? – me gritó el Decano. 

-Excelentísimo señor Decano, yo sólo he venido a informarle de que he visto esto mismo por televisión, y a transmitirle que tome usted, como responsable máximo que es de la universidad y de las bibliotecas, las medidas oportunas. Yo no puedo hacer nada, como usted bien me indicó, no es competencia mía, sino suya.

El Decano se pellizcó el puente de la nariz. 

-Lo que piden, es absurdo. No se pueden mantener las bibliotecas abiertas hasta la medianoche, sería de mal efecto.

-No lo comparto, pero lo comprendo, señor, pero eso, no me lo diga a mí. Dígaselo a ellos. Yo sólo puedo hacer lo que usted me mande. 

-Señor Decano – intervino Arnela – Tío. No hay ningún mal efecto en estudiar hasta tarde en un sitio silencioso, dedicado a ello y donde tienes los libros de consulta que te hagan falta, a mano. 

-¿Piensas que me lo voy a tragar? ¿Después de los actos vandálicos que se han cometido aquí? 

-Nuestros piquetes son pacíficos, Decano – se apuntó el Rompebragas, que sostenía un cartel que decía "Decano, no seas tigre, permite el estudio libre". – No tenemos la culpa de que algún exaltado se haya salido de madre. Nosotros no nos hemos movido de aquí, véanos, estamos encadenados… 

El Decano me miró casi pidiendo ayuda, pero me limité a mirarle de brazos cruzados. Él me había pedido que no pensara, que fuera un robot, en el peor sentido de la palabra, ¿no? Pues el robot, lo es todo el rato, no sólo cuando al mandamás le conviene. 

-Señor Oliverio. Yo soy el Decano de esta universidad. No puedo ocuparme de estas pequeñeces, como usted comprenderá, tengo otras obligaciones más allá de las rabietas de cuatro estudiantes revoltosos. Así que… le hago a usted cargo de esto. 

-Pero señor, yo no puedo aceptar eso. – dije con toda sencillez. – Compréndalo, es una gran responsabilidad que un pobre funcionario como yo, no puede asumir… Para hacerme cargo de una situación de crisis como ésta, necesitaría tener conocimiento exacto de todas las biblios de todas las facultades, en todo momento. Necesitaría basar mi experiencia en la gestión y el mando – recalqué la palabra – de todas ellas, sin obstáculo alguno. Si no tengo pie en qué apoyarme, no puedo tomar el mando de esta situación. – Si el Decano quería que le sacase las castañas del fuego para luego volver a echarme a un lado con el pie, estaba muy equivocado. 

-Entiendo… - El Decano me miró taladrándome, pero sonrió – Muy bien. La gestión en particular de las bibliotecas de la Universidad, queda a su cargo. 

-Me limitaré a cumplir con mi deber… como bibliotecario jefe. – Aquello era "la carrera de la Reina Roja", pensé. Correr, para conseguir permanecer en el mismo sitio. Pero los estudiantes ya estaban pegando gritos de júbilo, y dándome palmadas en la espalda. De verdad que no sabía que me apreciaran tanto… Rino tomó una horquilla del pelo de Arnela y desató las esposas que le encadenaban, mientras Arnela sacó las llaves de las cadenas de la mochila que tenía a la espalda, y empezó a desencadenar a todos, para dejar libre el acceso a la biblioteca a todo el mundo. Yo mañana volvería a mi baja paternal, pero hoy, sólo hoy… podía disfrutar de mi victoria y volver a entrar en mi querida biblioteca de Filosofía y Literatura, por la puerta grande. Claro que el ver al Rompebragas soltarse las cadenas con tanta facilidad, me recordó algo. 

-Aguarda, hijo - le dije, cogiéndole del cuello de la cazadora (para lo que tenía que alzar la mano, porque es más alto que yo) – Oye, por casualidad… ¿tú no sabrás quien ha hecho la GAMBERRADA de echar azúcar en el depósito del coche del señor Juánez, verdad?

-¿Yo….? A iglesia me llamo. – levantó las manos y me sostuvo la mirada con tanta fijeza, que realmente me hizo dudar. Le solté y se marchó, sonriendo a Arnela, que le devolvió la sonrisa. Su mirada se cruzó con la mía. Y la bajó al instante, poniéndose muy roja. "No…" Me dije "No… no puede ser que ella… No la creo tan loca… Dios mío". Y me reí, recordando una frase que suele decir mi tío, "los calladitos, son los peores…".