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sábado, 7 de septiembre de 2013

Chica a la espera.

Estaba de muy buen humor, hasta silbaba. Le gustaba tener su pequeña casita limpia, y disfrutaba cocinando, dentro de sus posibilidades, limpiando y sacando brillo hasta que hubiera podido verse reflejado en las superficies, si aún conservase esa posibilidad. Desgraciadamente, hacía ya muchos años que Alfonso Vladimiro, el conserje de noche del instituto, a quien los estudiantes llamaban "Vladi dos veces" porque solía repetirlo todo, no podía ver su imagen reflejada en ningún sitio normal, como espejos, superficies pulidas o agua, y tenía que servirse de otros objetos para comprobar si los que limpiaba, estaban tan brillantes como él quería que estuvieran. Vladi, era un vampiro. Ya no recordaba exactamente la edad que tenía, ni le importaba demasiado. Cuando fue atacado, porque no provenía de familia de vampiros, ya le dijeron que eso acabaría sucediendo, y entonces no se lo creyó, pero se había dado cuenta que no le mentían: pasado un tiempo, perdías la cuenta, nada más. 

Vladi pertenecía a la casta más baja de los vampiros, los Chupacabras, y como tal, era despreciado por todo el mundo vampírico, como cualquier miembro de esa casta… y lo cierto, es que tampoco le importaba gran cosa. Sabía que cualquier vampiro que se cruzase en su camino, le mataría sin más, con la misma indiferencia que los humanos aplastan cucarachas, pero, ¿qué vampiro iba a acercarse por un instituto lleno de humanos? Ningún vampiro que se preciase de serlo, se acercaría tanto a los humanos, salvo para alimentarse de ellos, sólo un Chupacabras se rebajaría a tener un oficio remunerado a cambio de serles de alguna utilidad. Entre los vampiros, alguien como Vladi sería una deshonra, una vergüenza… pero el anciano conserje vivía tranquilo y razonablemente satisfecho. Le gustaba su trabajo, y lo hacía bien. Los jóvenes le divertían, aunque no los veía mucho. Nunca veía mucho a nadie, era otra ventaja de trabajar de noche, uno pasaba el tiempo muy tranquilo. Es cierto que casi no hablaba con nadie y se sentía un poco solo, pero siempre había sido bastante solitario. 

Hasta no hacía mucho, Vladi había vivido con su hijo, Bartolomeo, a quien llamaba Tolo. No era su hijo legítimo, y tampoco él era un vampiro de familia, sino un niño cuya madre había sido infectada por otro vampiro y ésta y su amante se alimentaron de él y lo abandonaron en casa de Vladimiro después. Ellos, también eran Chupacabras. Tolo había crecido lentamente, eligiendo cada puñado de años si quería cumplir uno más, y hacía cosa como de siete u ocho, se había ido de casa a "buscar su propia independencia". Vladi sabía qué quería decir… que quería tener un sitio privado para llevarse a las chicas sin que éstas tuvieran que oír los ronquidos de su padre en el cuarto de al lado, y lo comprendía. Cuando se cansara, ya regresaría. Tolo no era como sus padres, él deseaba una familia, aunque no lo supiera aún, y volvería cuando se hubiera cansado de follar a lo loco, que, como lo de no recordar la propia edad, es algo que ocurre tarde o temprano. 

Vladimiro tenía la apariencia de un hombre normal de unos sesenta años. Bastante alto, de espaldas anchas y en buena forma, pero ya con sus añitos. Tenía el abundante cabello todo blanco ya, pero sus ojos verdeazulados seguían brillando en su rostro amable. En general, tenía pinta de bueno, y entre eso y su manía de andar repitiéndolo siempre todo, muchos estudiantes decían que estaba gagá y le tomaban un poco por el pito del sereno… a Vladi no le importaba tampoco eso. Pero sí le importaba mantener un poco el orden, al menos, dentro de los límites del instituto.

-Venga, tonta… 

-Jijiji… basta… para, no…

-Anda… si te va a gustar… 

Vladi estaba sacando brillo al sable. A un viejo sable que tenía desde hacía años, que había comprado en el mercadillo del Instituto y le habían dicho que perteneció a un pirata, cuando oyó aquello en el jardín, y se asomó a la ventana. Allí estaba otra vez, la chica de los ojos verdes y otro chico, a éste no lo conocía. La joven siempre se traía a sus novios a la zona de árboles que había cerca de la vivienda del conserje, porque quedaba oscuro, pero estaba razonablemente cerca de zonas de luz y gente, no como el bosquecito que había en la zona de la Universidad, separando las residencias masculina y femenina. Daba la intimidad necesaria para un encuentro, pero la seguridad precisa si se hacía necesario pegar un grito o salir corriendo. Vladimiro lo sabía, pero eso no hacía que le molestara menos, ¿qué clase de autoestima tenía esa chica para andar haciendo cosas así, cada dos días con uno distinto? Y siempre montándoles el mismo numerito de buena chica tímida "sí, pero no". ¿Y qué clase de respeto le tenían los chicos, la misma tarde que se conocían, para meterla mano en un sitio oscuro? Siempre que los veía, solía darles una voz para que se largaran, pero ya estaba harto, hoy los iba a escarmentar. 

-¡Ah… mmmh… por ahí, no… no, no toques ahí….! – gemía la joven, la espalda apoyada contra el árbol, mientras su compañero, con un tremendo bulto en los pantalones, había pasado de acariciarle las nalgas a pasar a la zona delantera de la falda, intentando traspasar la barrera de la fina ropa interior. 

-Venga, si te gusta… no digas que no… 

-Por favor… saca la mano… - susurraba ella, pero no le impedía seguir avanzando y movía las caderas para frotarse contra sus dedos. 

-Ahh… qué caliente me pones…. ¡HEY! – el chico dio un brinco y gritó, asustado, cuando el chorretón del agua fría le pegó directamente en los riñones, y se volvió, intentando cubrirse con las manos, empapado de la cabeza a los pies, mientras no dejaba de gritar, y su compañera, riendo, se ocultó rápidamente tras el árbol, arreglándose la ropa. 

-Cuando los perros están muy arrebatados, se hace esto para calmarlos. – dijo Vladi desde la ventana de su cobertizo, cerrando la manguera. 

-¡¿Usted es gilipollas o qué?! 

-Qué. 
 
-¿Qué?

-Soy "qué". Si he de elegir entre ser gilipollas o qué, entonces soy "qué". Este es un truco que me enseñó mi padre, cuando los perros se quedaban trabados o cuando se desmandaban, se les echaba agua fría y se calmaban. Así. – Y accionó de nuevo la manguera, poniendo perdido al joven. 

-¡Bastaaarrglrgrl….! – gritó. Vladi paró la manguera.

-Y ahora, largo de aquí. Y que no te vea yo volver a ponerle la mano encima a la chica, que te estabas propasando. 

-Pero, señor, si he sido yo quien le dijo de venir aquí… - admitió la joven, asomándose tras el árbol, apenas un poco salpicada de agua. 

-Y si él hubiera sido un caballero, se habría negado. – rebatió el conserje. – Pero en lugar de eso, se estaba pasando de la raya, y eso no lo consiento en mi casa. Venga. 

El joven, chorreando agua del pelo y con rostro iracundo, echó a andar. La chica de los ojos verdes intentó darle la mano, pero él apartó la suya con un gesto hosco, caminando muy deprisa en un intento de dejarla atrás. La joven pareció entristecida un instante, luego miró hacia la ventana donde estaba Vladi viéndolos marchar, y le sonrió imperceptiblemente, echando a andar de inmediato. El conserje se la quedó mirando un buen rato, y la vio echar la vista atrás dos o tres veces, hasta que, sin duda por no mirar el camino, se pegó un encontronazo contra un árbol, pero no se hizo nada. El joven ni cuenta se dio, y la chica se rió de su propia torpeza y echó a correr para alejarse.

Vladi sabía que volvería. Que mañana mismo, o dentro de un par de días, estaría allí otra vez, y con otro chico diferente. "Esa chica busca cariño, y sólo encuentra sexo", se dijo el conserje enrollando la manguera y pasando a su casa otra vez, para disponerse a cenar. 

A la noche siguiente, Vladimiro se levantó temprano, como solía. No le gustaba haraganear en la cama, y apenas eran las cinco y media de la tarde cuando salió de la misma. Estaba oscureciendo, pero aún había claridad, y cuando salió de su casita, ya vestido, para ir al Instituto, donde tendría que limpiar y recoger las aulas, se la encontró fuera, esperando, sentada en la barandilla del porche. La chica de los ojos verdes le miró y le sonrió tímidamente. 

-Hola. ¿Qué haces aquí? – le preguntó Vladi. 

-Espero. A mi novio, el de ayer. 

-¿Va a volver por aquí? No creo que vaya a hacerlo después de lo que pasó, ¿va a volver por aquí?

-Eso me ha dicho. Me dijo que si quería que volviese, le podía esperar aquí sentada, y es lo que hago. ¿No molesto, verdad?

Vladi negó con la cabeza, un poco extrañado. Tenía la sensación de que lo que le habían dado a la chica, no era exactamente una cita, pero, ¿quién era él para juzgar? Se marchó a su trabajo y cuando regresó, cerca ya de medianoche, la chica seguía allí. No había cambiado ni de postura. El conserje le dio las buenas noches y ella contestó, con la mirada fija en el camino, esperando ver llegar al chico. Un rato después empezó a llover, y la chica se refugió bajo el porche, pero no se marchó, siguió esperando. Era casi la una de la mañana, cuando Vladi salió con un paraguas y se lo ofreció. 

-Ya es muy tarde. – dijo. - ¿Porqué no te marchas a casa? Es muy tarde para que una chica se quede aquí bajo la lluvia. – La joven le miró. Tenía la piel pálida, muy blanca, y le destacaban mucho los ojos tan verdes y grandes, y tan tristes. 

-No puedo volver a mi casa… Yo no… no tengo casa. 

-¿Te has fugado de casa, hija? ¿Te has escapado?

-Algo así. Usted no lo entendería. – las tripas le rugieron en ese preciso momento, y el conserje sonrió.

-Lo que yo entiendo, es que tienes hambre. Pasa, y cena algo conmigo, estás hambrienta. – la joven pareció dudar. Luego miró la amistosa sonrisa de Vladimiro, y se la devolvió. Agachó la cabeza con humildad y musitó un "gracias" casi inaudible mientras entraba en la casa. 

La casita del conserje no era muy grande, pero era cálida y acogedora, y estaba muy limpia, fruto de las interminables horas que Vladimiro, sin nada mejor que hacer, pasaba limpiando y frotando. Tenía un saloncito con un pequeño televisor que casi siempre estaba apagado, una chimenea pequeñita y una gran librería. Una cocina, un cuarto de baño completo, dos habitaciones, y una buhardilla, que era donde Vladi solía reparar relojes, algo que le gustaba mucho. El conserje preparó enseguida otro cubierto para ella, y le sirvió leche y queso, lo mismo que iba a tomar él. Los vampiros Chupacabras, no sólo se alimentan de sangre de animal, algo que ya es bastante malo a los ojos de las otras castas, que se alimentan tan solo de sangre humana o vísceras, sino que también pueden tomar miel, huevos, o lácteos. La joven sonrió, pero negó con la cabeza.

-Es usted muy amable, pero… soy alérgica a la lactosa. No puedo tomar leche. – Vladi se dio cuenta un poco tarde que, en realidad, él no tenía gran cosa en la nevera, salvo leche, huevos y vísceras, pero nada para cocinarlo. Todo lo tomaba casi siempre crudo, quizá un poco condimentado, un poco presentado, pero nada más. Ni siquiera tenía pan, ¿qué podía darle de cenar? 

-Tengo… ¿te gusta el corazón de vaca? – sabía que era una pregunta tonta, a la mayor parte de los humanos no les gustaban las vísceras, las detestaban, pero la joven sonrió y asintió. – Puedo hacerte un filete en un momentito.

-No…. No se moleste. Verá, soy crudívora, partidaria de los alimentos no cocinados. Con el fuego, pierden la mayor parte de las vitaminas. A lo mejor le parece asqueroso, pero prefiero comérmelo crudo, si no le molesta. – El conserje sonrió, ¿por qué iba a molestarle? Tanto mejor para él. Cortó una porción de corazón en cubitos, la sangre formaba charquitos en el plato y el conserje pensó que la chica tenía un estómago bien extraño, cualquier humano hubiera considerado aquello algo asqueroso, pero apenas le vio llegar con el plato lleno de trozos de corazón sanguinolentos, la chica se relamió. Cuando atacó los pedazos, dejó escapar un gemido de satisfacción, cerrando los ojos con deleite. – Está muy bueno… muy fresco. Se lo agradezco de veras, estaba hambrienta. 

-¿Qué es eso de que no puedes volver a casa? Cuéntame eso de que no tienes casa. – preguntó Vladi, y la joven suspiró. 

-Es una historia vulgar, y sabida. Típica… "chica conoce chico, padres de chica no lo aceptan, chica se escapa con chico… Chico miente a chica, chico abandona a chica, chica asesina a chico y huye…"

-¿Has matado a un chico…? – preguntó el conserje.

-Ojalá lo hubiera hecho, pero ya era tarde. 

-Entiendo… ya lo querías demasiado, y hubiera hecho lo que hubiera hecho, no eras capaz de hacerle daño, ¿verdad?

-¿Eh? Ah, sí, sí, eso es… eso quería decir.

-No obstante… - continuó el conserje, bebiendo un trago de leche. – Si ya no estás con ese chico, ¿por qué no vuelves con tus padres? Ellos te acogerán.

-Los míos, no. Ya… ya lo intenté. Cuando me vieron volver, me echaron de casa. Me dijeron que ya era mayor de edad, y que si había querido obrar a mi antojo, que me las apañara sola. De eso hace ya dos años. He intentado volver, o hablar con ellos, pero no quieren nada conmigo. Dicen que no tienen hija. 

-¿Dónde estás viviendo?

-En el campanario.

-¿Y de qué vives…? ¿Qué comes? ¿Trabajas en algo…? 

-Como de los chicos que traigo aquí. Yo me dejo besar, y ellos me dan comida.

El conserje suspiró. 

-¿Cómo te llamas?

-Tatiana.

-Tatiana, ¿y eso, te parece que es forma de vivir? – la joven pareció un poco sorprendida.

-Mi familia, ha vivido así siempre… Mi madre solía atraer a los hombres cerca de donde estaba mi padre, y él… la protegía mientras ella lo hacía. De hecho, ahora que me ha dado de cenar, yo… bueno, estoy moralmente obligada a… 

-¡No! – dijo de inmediato Vladi, dejando en la mesa el vaso de leche. Tenía un grueso bigote blanco sobre el labio superior. Tatiana pareció triste.

-¿Le parezco fea? ¿No le gusto…?

-Claro… claro que me gustas, esa no es la razón… Es… no es bonito, Tatiana, yo te he dado de cenar por amabilidad, no por que quisiera acostarme contigo. 

-¿No te gustaría tener placer conmigo? – musitó sensualmente la joven, pasando a tutearle.

-Sí. ¡No! – se corrigió en el acto – a ver… eres guapa, hija, pero yo soy un viejo, y mucho más de lo que aparento. 

-Yo tampoco soy tan joven como aparento. Ni tan desvalida. Sé bien lo que hago. Vladimiro… ¿te llamas así, verdad? – éste asintió – Quiero agradecerte lo que has hecho por mí, y el mejor modo que conozco de dar las gracias, es dando placer, ¿qué hay de malo en ello? – Tatiana tomó la mano que el conserje tenía sobre la mesa y la llevó a su boca, metiéndose la punta del dedo índice entre los labios, sedosos y cálidos y lamiéndolo muy suavemente, mirándole con los ojos entornados.

-Pues que… que… - intentó decir el conserje, pero no se le ocurría una razón de peso. Podía decir que era inmoral, pero, ¿qué moralidad tenía un vampiro? – No, no está bien… para… - Con evidente esfuerzo, sacó su dedo de entre los labios de Tatiana y negó con la cabeza. – Quédate a dormir aquí esta noche, el cuarto de mi hijo está libre. Pero cuando digo a dormir, es a dormir. Y a dormir tú sola. 

Tatiana se le quedó mirando con sus enormes ojos verdes. Y de pronto, esos ojos temblaron, húmedos, y dos gruesas lágrimas se deslizaron de ellos. La joven ocultó el rostro y sus frágiles hombros dieron convulsiones cuando se echó a llorar sin consuelo. 

-¿Qué…? – dijo Vladimiro - ¿Qué he dicho? – El anciano se agachó junto a la joven y la tomó de los hombros. 

-Haces que me sienta como una inútil… una gorrona que se aprovecha de ti. Me das de comer, y no dejas que te lo agradezca de ninguna manera, como si yo no valiese nada… como si me despreciaras… 

-No llores por eso… - una parte de sí mismo quería simplemente abrirse el pantalón y decir "si esto te va a hacer feliz, adelante", pero otra parte sabía que no estaba bien, que aceptar sexo de una chiquilla a cambio de un poco de comida, era una canallada. – No llores, punto. ¿Si… si te dejo que me agradezcas la comida de algún modo, se te pasará? ¿Eh, se te pasará el disgusto? – Tatiana le miró, con la cara llena de lágrimas, y asintió – Entonces, ayúdame a recoger la mesa y fregar cacharros. Eso, me hace más ilusión que me des placer, prefiero que me ayudes a recoger y fregar.

-¿De veras…? – la joven puso gesto de incredulidad. 

-Claro. El orgasmo sólo dura unos segundos, el recoger esto, nos llevará al menos un cuarto de hora. 

Tatiana sonrió ante la simpleza de su anfitrión y se puso a recoger con él, charlando de trivialidades. Cuando terminaron, entre una cosa y otra, eran ya casi las tres de la mañana. 

-Debes estar muy cansada – dijo Vladi. – Yo me acuesto cuando se acaba mi turno, al amanecer, pero tú, ¿por qué no te vas ya a acostar? Debes estar muy cansada.

-Yo también duermo sólo de día. Soy fotofóbica, no me gusta la luz solar, por eso duermo durante el día. – contestó la joven, sonriendo. Vladi se quedó pensativo. "No toma leche…. Come corazón crudo… Su moralidad sexual es casi inexistente… y ahora resulta que duerme de día. O realmente, es la chica más rara que he visto nunca, o… o no es una chica como tal". Desde luego, si era lo que Vladi se imaginaba, no pertenecía a su casta, dado que no podía tomar leche, pero si pertenecía a otra casta, ¿qué hacía sola… y viva? Un vampiro solo, dado de lado por su propia casta, era un ser condenado, alguien que no duraría ni dos noches, su propia casta querría matarlo, y los vampiros de castas rivales (o sea, todas), se apuntarían a ello, sólo para conseguir méritos o simplemente para divertirse. El conserje se puso en guardia, ¿y si esa niña bonita no era más que un cebo para él? Una carnada para engatusarlo y hacerle tener sexo, y cuando se quedase dormido, que otros vampiros entrasen a matarlo. No era descabellado. Es cierto que él era un Chupacabras, su muerte no importaba un comino a nadie, pero todas las castas consideraban que era muy divertido matar a los de su casta, porque no eran considerados como auténticos vampiros… la casta dominante, los Dementia, creía que era poco menos que un deber moral acabar con los Chupacabras, para conservar la pureza de la raza vampírica. Tenía que saber si Tatiana era realmente un vampiro o no, porque podía ser peligrosa…. Y había un medio muy sencillo para averiguarlo.

-¡Ay! ¡Qué torpe soy, seré torpe! – dijo Vladi, sujetándose la mano que se había herido. Aposta, había golpeado las tijeras que había sobre la mesa y simulando cogerlas, se había pinchado en la mano para conseguir sangrar. Tatiana le miró al oír su grito, y al ver la sangre, su rostro cambió a una expresión hambrienta sin que ella misma se diera cuenta. Su boca se abrió, y sus finos colmillos se alargaron visiblemente, ¡ahí estaba! La joven fue a tomarle de la mano, pero el conserje se la sujetó. – Te pillé. 

¡Qué estúpido había sido! Él pensando que se trataba de una pobre chica necesitada de afecto, ¡y se estaba alimentando de los chicos del instituto que creían aprovecharse de ella! Sin duda, todavía era virgen, lo único que hacía era ponerlos burros y llevarlos a sitios oscuros, y cuando estaban demasiado cachondos para darse cuenta de nada, los atacaba. Quizá ni siquiera estuviese sola, sino que fuese el cebo de otro vampiro, y les pareciese divertido alimentarse del conserje. Tatiana se dio cuenta que se había delatado y su expresión cambió, mientras se tapaba la boca con la mano libre. 

-Me has reconocido… - se extrañó. Ella misma sabía que los humanos no creían en vampiros, no aceptarían su presencia aunque tuviesen uno delante, no lo creerían hasta que ya fuese demasiado tarde… Si el conserje la había reconocido, es porque entonces, él… también era otro vampiro. Y puesto que tomaba leche, sólo podía ser de una casta en concreto.

-Habla, guapa. ¿Sois una pareja, o perteneces a una casta? Si tu macho está ahí fuera, que entre a dar la cara, yo no tengo veinte añitos para perder la cabeza por una chiquilla, como los chicos del instituto.

-¡Vladi…! – se indignó la joven. – No tengo ningún macho, y ya te dije antes que mi familia me ha echado. 

-¿Pretendes que me crea que una vampiresa tan joven, está sola y nadie ha venido a matarla aún? ¿Quieres que me crea eso?

-Es la verdad, Vladi, debes creerme, pero por favor, no intentes atacarme, no quiero hacerte daño… has sido amable conmigo, no te quiero lastimar… Si este es tu territorio de caza, me marcharé, me iré de aquí, no volverás a verme, pero por favor, no me ataques… - El conserje se extrañó. Soltó la mano de la joven y ella sonrió nuevamente. – Sí que han venido a matarme. De mi propia casta, y de otras, pero no lo han conseguido, y dudo que lo consigan jamás. Hace ya casi un año que no viene a por mí nadie. Mira… - La joven buscó con la vista por la habitación, y se fijó en la librería. Estaba tan repleta de libros que algunos estantes se combaban por el peso. Se dirigió a ella y metió la mano en uno de los estantes, y, sin aparente esfuerzo, levantó la librería hasta el techo. Vladimiro no supo ni qué cara poner. Tatiana, con todo cuidado, para no tirar ningún libro, la dejó de nuevo en el suelo. – Desde niña he tenido esta fuerza. Nadie sabe de dónde me viene, pero hasta mi padre me tenía miedo. Creo que fue un alivio para ellos que me escapara de casa. Cuando el chico con el que me fugué… bueno… él no era…

-¿Era humano? ¿Te fugaste con un chico humano? – preguntó el conserje, y Tatiana se sonrojó violentamente y asintió. Él, como Chupacabras, no veía tan importante aquello, pero entre vampiros, liarse con un humano es algo impensable, no digamos enamorarse de él. Tener sexo ocasional con algunos, es tolerado, pero una relación seria… no.

-Él pensaba que tendría mi misma fuerza, yo pensaba también que se la pasaría, pero… no fue así. Y el ver que yo podía levantarle con una mano, le hacía sentir inferior. No pudo soportarlo, y me abandonó. Mi familia ya no me dejó volver, y desde entonces, vivo sola. Como puedo…. Más o menos, como tú. – La joven le miró con curiosidad – Nunca había visto a un Chupacabras. Siempre me habían dicho que erais bestias asquerosas, que muchos ni sabíais hablar… 

Tatiana, con una tímida sonrisa en los labios, recorrió el cuerpo del conserje con la mirada, y Vladi no pudo evitar sentirse halagado por la mirada que veía en los ojos de ella. Entre vampiros ocurre una cosa muy extraña, y es que todas las castas, por definición, son rivales y se aborrecen entre sí. Hasta los Chupacabras, tan indiferentes a la mayor parte de las cuestiones vampíricas, coinciden en esto. Cada casta se considera mejor que las demás, y dentro de la rígida escala que las esquematiza, todas piensan que deberían estar un escalón más arriba, o que las otras deberían estar más abajo. Cuando dos vampiros de castas distintas se encuentran, lo más fácil es que luchen entre sí, o, si se encuentran lo bastante atractivos mutuamente, que mantengan sexo y después de éste, intenten matarse o aprovecharse del otro. En el mejor de los casos, cada cual seguirá su camino… pero cuando un vampiro errante, o solitario, o desterrado, se encuentra a otro vampiro, sea de la casta que sea, por una extraña afinidad de género, por haber estado durante mucho tiempo sin contacto con ningún semejante, pero se verán atraídos de manera inexorable.

Esto Vladi, lo sabía. Hacía más de sesenta años que él no veía a una vampiresa, y, trabajando en el turno que estaba, tampoco tenía contacto con mujeres humanas, simplemente se aliviaba a solas cuando tenía necesidad de ello, y como no estaba expuesto a grandes tentaciones tampoco, no lo hacía con demasiada frecuencia. Ahora, por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas. Tatiana lo sabía también. Llevaba más de tres años sin encontrarse con un vampiro, salvo con los asesinos que le mandaba su propio padre y otras castas, los chicos humanos eran sosos y estúpidos, sólo pensaban con el pene, eran incapaces de un poco de sensibilidad, o de pensar en el placer de ella. Vladi tenía el aspecto de ser tan amable… antes de poder darse cuenta, le había tendido los brazos y el conserje le ofreció los suyos, entrelazando los dedos de las manos, hasta abrazarse. Vladimiro le miró a los ojos, y vio su propia imagen en el único sitio donde aún podía reflejarse: en los ojos de otro vampiro. 

La besó, y sintió que su cordura se perdía al notar la lengua cálida y la saliva espesa de la joven, derramarse en su boca, mientras ella, tímidamente, le acariciaba los hombros y los brazos, tanteando en los enganches que cerraban el peto vaquero que vestía. El conserje le acariciaba la cintura de su sencillo vestido negro, tan fino que podía notar el tacto de la piel que había debajo; él sabía que al anochecer, cuando despertara, ella no seguiría allí, se habría marchado, y él se consumiría de celos cuando la viese volver con otro chico a darse el lote a cambio de sangre… pero no podía evitarlo. Su miembro pedía sitio en el pantalón vaquero, exigía ser liberado, no podía detenerse. Tatiana jugaba con su lengua, acariciándola a golpecitos o frotándola con energía, haciéndole cosquillas en el paladar, tanteando sus mejillas… y dejándole a él hacer lo propio. Vladi no recordaba la última vez que había tenido su lengua en la boca de una mujer… (no es que la metiese en la boca de los hombres). Y era maravilloso. 

Las manos de Tatiana recorrían la espalda desnuda, sólo cruzada por los tirantes del peto, de Vladi, provocando escalofríos deliciosos a cada roce, haciendo cosquillas perversas en la raya de la columna, que le subían hasta la garganta, y todo ello sin apartar su boca de la de él, respirando a gemidos apresurados, hasta que la joven ya no fue capaz de aguantar más y bajó sus manos a las nalgas de su compañero, apretándolas, y con su increíble fuerza, le aupó de las mismas. En un movimiento reflejo, Vladi la abrazó con las piernas, cruzándolas a su espalda, y se dio cuenta que ella le tenía completamente en los brazos… y le gustó. 

"No le da vergüenza… no le humilla que yo, sea más fuerte que él…" pensó confusamente la joven, llevándole al dormitorio y tirándose ambos en la cama, cuyos muelles protestaron. Tatiana, sobre él, le desabrochó nerviosamente los enganches metálicos del peto, mientras él tironeaba de su vestido para sacárselo por la cabeza. Debajo, sólo llevaba las bragas. Él, nada. Una vez llegaba a casa, no solía usar ropa interior. Tatiana, de rodillas sobre la cama, a horcajadas sobre él, miraba su cuerpo. Sus brazos moldeados y fuertes, a pesar de la edad. Su piel rosada, suave… su tripita, sus redondeces conforme bajaba la vista, y finalmente, su erección. La joven no era virgen, como había pensado Vladi, más de un miembro había visto ya, pero éste le parecía el más hermoso de todos. Quiso tocarlo, pero el conserje la abrazó de los hombros y la tumbó sobre la cama, junto a él, para acariciarla de inmediato, bajando decididamente a la zona aún cubierta por sus bragas. 

Tatiana gimió cuando él la tocó, por encima de la suave tela, rozándole la perlita. Ella misma le tomó de la mano para guiarle a su interior, despojándose de la prenda húmeda, y él acarició los labios, tanteando entre ellos, coqueteando con la humedad de la joven, jugueteando a acariciar muy ligeramente, metiéndose por dentro casi sin querer… Tatiana se estremecía entre sus brazos, moviendo las caderas, buscándole, gimiendo, pidiendo más con todo su cuerpo. 

-Vladi… Vladiii… - gimió, muy bajito – por favor… penétrame… - Vladi sonrió. Lo quería, lo quería de veras, pero llevaba mucho tiempo sin hacer el amor, temía que nada más entrar, su cuerpo no fuese capaz de resistir el placer y eyaculara sin remedio, por eso quería retrasarlo, excitarla lo más posible, dejarla a las mismas puertas del placer, para estar seguro de que no se quedaría a medias, y besándola, siguió acariciando. 

A Tatiana se le escapaban las sonrisas de gusto, ¡era tan maravilloso! Nadie la había hecho sentir así, ni siquiera su novio, aquél por el que había abandonado la casa paterna. Cada caricia de los sabios dedos de Vladi le erizaba toda la piel, notaba su intimidad húmeda y temblorosa, ansiosa de ser atravesada. Le miraba con ojos suplicantes, mordiéndose los labios de deseo, con los muslos dando calambres, loca por saber exactamente qué se sentía cuando aquél ariete cálido se introdujese en su cuerpo… deseosa de que Vladi se rindiera, tanteó torpemente para acariciarle el miembro. Cuando lo tocó, su compañero se estremeció de gozo, ¡qué placer…! ¡Qué manos tan cálidas y suaves! Tatiana sonrió, feliz por darle placer, y empezó a hacer caricias interminables por todo el tronco, deteniéndose en la punta húmeda para mojarse las manos y que las pasadas fueran suaves y dulces… ahora era Vladi el que ponía los ojos en blanco y sonreía. Las caderas de ambos se movían, intentando encontrarse. Una dulzura infinita se expandía por el interior del sexo de Tatiana, que parecía suplicar por ser penetrado… finalmente, no pudieron más, y Vladi se colocó sobre ella, que asentía con la cabeza. 

El conserje se frotó contra su sexo húmedo, toda la entrepierna de Tatiana estaba empapada de jugos, era muy suave… la joven le abrazó por la nuca y le acarició las piernas con las suyas, abriéndose para él. Vladi se dejó caer y empujó suavemente, y su pecho se vació de aire cuando sintió su glande franquear la abertura y quedar atrapado en la suavidad más ardiente y acogedora que podía imaginarse. Tatiana se estremeció, abriendo mucho los ojos, y movió ligeramente sus caderas, para ayudarle a introducirse en ella. Quería reír, quería llorar, ¡se sentía borracha de placer! Vladi se dejó caer por completo, sintiendo la intimidad de su compañera dar temblores y titilar, como si las paredes vaginales besasen su miembro y tirasen de él, como si pretendieran inocentemente quedárselo…. Tatiana gimió quedamente, muy bajito, pero como Vladi estaba sobre ella, gimió directamente en sus oídos. El vaho cálido del sonido de su placer pareció derretir el cerebro del conserje, maldito fuese Drácula por siempre… ¿Qué había hecho tan malo él para que le fuese concedido semejante premio?

Sus caderas se movían sin que él fuera consciente de ello, notando la deliciosa humedad recorrerle de arriba abajo, las dulces sensaciones copar su espina dorsal y tirar de sus nalgas… el placer era excesivo, era demasiado bueno, no iba a poder aguantar mucho más… pero Tatiana estaba en el mismo punto, roja como una cereza, mirándole con expresión de desamparo, con una carita en la que se mezclaban las sonrisas y el terror. 
 
Tatiana estaba en el Séptimo Cielo, pero un Séptimo Cielo aterrador, ¿qué sucedía? No controlaba su cuerpo, éste daba convulsiones, sus piernas se movían solas, sus muslos ardían, todo su sexo cantaba de gozo, pero éste no se detenía como otras veces, sino que… crecía. Crecía y crecía, sin parar, cada vez era mejor, cada vez era más salvaje, más devastador, la joven empezó a creer que iba a estallar, que iba a morirse, que su cuerpo iba a explotar sin remedio, ¡pero no podía parar! El calor en su sexo aumentaba, sus manos se apretaron en los hombros de Vladi, su propia respiración agitada la ahogaba, y el placer no dejaba de aumentar, en oleadas que la recorrían de los pies a la nuca, a cada embestida del cuerpo de su compañero, y finalmente, el placer fue demasiado fuerte, y pareció hacer explosión en la pared interior de su sexo. 

Tatiana ahogó un grito hasta quedarse sin aire, y Vladimiro sonrió y siguió empujando, dispuesto a que a ella saborease el orgasmo. La vio boquear, estremecerse, temblar, con los ojos en blanco y una adorable expresión de confusión en su carita de niña.

-¿¡Qué me pasa…. Qué me pasa?! – gimió, apenas audiblemente, mientras el estallido delicioso de gusto se expandía por su cuerpo, hasta los dedos encogidos de sus pies, sus manos crispadas en los hombros de Vladi, y el delicioso calor recorría su cuerpo en estallidos, como fuegos artificiales concéntricos, uno tras otro, hasta que la tormenta se fue calmando, y el calor y el gusto la recorrieron suavemente, dejándola calmada, satisfecha… y anonadada. 

Embriagado por el espectáculo de verla gozar, tampoco Vladi había resistido, y había empezado su orgasmo con apenas un segundo de diferencia, notando sus nalgas contraerse y su miembro dar una violenta convulsión para soltar la descarga, que inundó el vientre de Tatiana, mientras él sentía que se le escapaba el alma, si aún la tuviera… su piel quedó empapada en sudor en un instante, mientras sus caderas daban golpes para soltarlo todo y el sexo de su compañera parecía absorberle, ansiosa… Vladimiro se dejó deslizar al pecho de Tatiana, abrazándola, y ella le apretó contra sí, aún confundida.

-¿Qué… qué me has hecho? – preguntó muy bajito, casi con miedo. 

-El amor. – contestó sencillamente. 

-Nunca… yo nunca me había sentido como hoy… Vladi, yo… - El conserje, tumbado sobre ella, con la cara vuelta hacia el otro lado, de modo que ella no podía verle la cara, escuchaba. Bajo la voz de la joven, se adivinaba una sonrisa - …Yo pensaba que los orgasmos, era… eran lo que pasaba cuando el hombre terminaba, nada más. Yo… cuando he tenido sexo, yo lo pasaba bien, gozaba, sí, pero… pero esto es distinto… es muy distinto. – lo apretó más contra ella. El conserje sonrió, y cualquiera que hubiera podido ver su sonrisa, hubiera sabido que él, sabía más que ella misma de lo que acababa de sucederle, pero como era un hombre inteligente, se lo calló. Se calló que él sabía que los vampiros fuertes, al igual que presentar otras cualidades, como una sensibilidad psíquica muy poco usual, son también muy sensibles físicamente y pueden experimentar orgasmos muy potentes, pero es preciso saber excitarlos antes, y esos mismos orgasmos, los harán atarse sentimentalmente a la persona que se los ha ofrecido por primera vez, convencidos de que sólo podrán gozar así con esa persona en concreto. Así, Tatiana, sin duda se habría besado o toqueteado con aquél chico humano, y sorprendida por la intensidad de lo que sintió, fue capaz de abandonarlo todo por él, pero el estúpido joven no había sido por fin capaz de satisfacerla, y ella, convencida por su naturaleza de que los humanos eran los únicos que podían darle el mismo placer que él, había buscado entre ellos su satisfacción, hasta que accidentalmente, había caído en brazos de Vladi…. De donde ni ella iba a querer despegarse, ni él la iba a dejar escapar. 

"Lo siento, chicos. He cambiado de opinión". Pensó Tatiana, acariciando la espalda del anciano vampiro y besando muy suavecito sus hombros, mientras su cerebro luchaba por no llamarle cosas como "mi cuchirritín, bocadito de sangre de lactante, viborita mía…". "No puedo traicionarle…". El chico víctima del manguerazo y sus amigos, le habían prometido a Tatiana una buena cantidad de dinero a cambio de seducir al conserje y abandonarle después, sólo para reírse de él, y en principio, aquélla había sido la idea de la joven, pero al descubrir que se trataba de un igual, ya había desterrado la idea, y después de aquél maravilloso placer que la había hecho descubrir… es posible incluso que los chicos pagasen caro su intento de querer reírse de un vampiro tan bueno como él.