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lunes, 9 de septiembre de 2013

El hambre con las ganas de comer.

     -Vaya aburrimiento, ¿verdad, Rubio?

     -Concéntrate, Andrés… - le reprendió Bruno. Le decían Rubio por su color de pelo, rubio oscuro, como el oro viejo. También era del mismo color la barbita que lucía, un círculo en su cara, que comprendía bigote y perilla y daba cierta maldad adicional a sus grandes y redondos ojos pardos, del color de la miel. Eran cerca de las doce y cuarto de la mañana y el sol brillaba con fuerza en el cruce donde trabajaban, Bruno en medio de la calle, dirigiendo el tráfico, con su uniforme azul oscuro y sus grandes botas, y Andrés en el coche camuflado, desde el cual podía hablar con Bruno por el intercomunicador que su compañero llevaba en la oreja. La verdad que no había demasiado tráfico, no era una calle principal, pero estaba justo al lado del colegio, y por eso solían poner patrullas allí. No obstante, Bruno, con su habitual mala leche, todo se lo tomaba en serio, aunque fuese dirigir el tráfico en una calle por la que pasaban uno o dos coches cada cinco minutos. Andrés se lo tomaba con mucha mayor calma. 

     -No me digas que no te aburres. 

     -Tú vigila. Cuando menos se espera, salta la liebre. -  Y como si le hubieran oído, Bruno se volvió cuando oyó el motor de un coche, acercándose a lo que era a todas luces, una velocidad excesiva hasta para una autopista. Se trataba de un precioso coche rojo que no parecía tener ninguna gana de frenar en el cruce, pero de todos modo, Bruno alzó la mano para que se detuviera mientras pasaban los escasos peatones (en aquél momento, dos). El coche aceleró más aún. Bruno se llevó el silbato a la boca con la izquierda dando el alto con esa mano, y dirigió la derecha a su cinto. El coche rojo le sobrepasó volándole la gorra por la inercia, su silbato atronó toda la calle, se volvió siguiendo la trayectoria del coche y sacó el arma. 

     -¡Bruno! – Todo había pasado. El coche se había detenido, derrapando, como veinte metros más allá del cruce, con una rueda destrozada de un balazo. Andrés ya debería estar acostumbrado a los expeditivos métodos de su compañero, pero resultaba ciertamente difícil hacerlo. Andrés colocó la sirena en el techo del coche y la accionó, yendo hacia el vehículo, igual que Bruno. El Rubio llevaba tal cara de cabreo que hubiera hecho huir despavoridos a una recua de hooligans rabiosos, ni siquiera oía los aplausos que le dedicaba la pareja de ancianitos que habían cruzado la calle. Andrés llegó a su altura y a la del coche rojo, a tiempo para ver por la ventanilla del mismo a un joven de menos de veinte años que luchaba ferozmente contra el cierre de su pantalón, mientras a su lado, una chica de su edad, se limpiaba la boca, y estaba roja como un tomate. 

      -Señor… por favor… - cualquier orgullo que pudiera tener el joven, se había esfumado al darse cuenta que estaba frente a alguien que había usado un arma de fuego en una vía pública, sin ningún empacho. Bruno no pidió ni ordenó. Simplemente abrió de un tirón la portezuela del coche y sacó al joven cogido de la camiseta. 

     -¡ASESINO! ¿¡Estás loco?! ¡¿Sabes cuántas vidas pones en juego con TU IRRESPONSABILIDAD!? – le gritó, golpeándole contra el coche, su voz era un trueno, su rostro estaba congestionado de furia… Andrés no recordaba haberle visto tan furioso desde hacía al menos una semana.

     -¡Por favor, señor… por favor, no me detenga… pagaré la multa que sea, pero no me detenga, mi padre me matará!

      -¿Que te matará? ¡Debió haberte matado hace mucho, ZOQUETE! – contestó, golpeándole de nuevo contra el coche, para encararse con la chica después - ¿¡Y tú?! ¿Es que no tienes dignidad? ¿Te parece muy divertido el jueguecito que os traíais? ¡Pues la diversión se ha terminado, y dad gracias que se ha terminado CONMIGO, y no con la muerte de una persona, quizá de uno de los niños de éste colegio, PAR DE MEMOS! ¡Qué buena pareja hacéis, los dos igual de gilipollas! – la chica se echó a llorar sin poder contenerse, y el joven sudaba de puro terror. – Venga, los dos al coche de policía, vamos a dar un paseíto hasta la comisaría, a ver qué piensan vuestros padres de vuestra bonita conducta, ¡sin omitir nada! – remató, señalando a la chica, que tenía todo el maquillaje corrido por las lágrimas. Andrés los hizo subir al coche-patrulla. 

     -Bruno… hay que detenerlos, sí. Hay que avisar a sus padres, tendrán que pagar su fianza, sí… se enfrentarán a un juicio por imprudencia temeraria, sí… pero, ¿es preciso contarlo… “todo”?

     -Andrés, esa chica le estaba haciendo una felación a ese imbécil en el coche, a ciento treinta por hora. Si nos lo callamos, ¿sabes qué sucederá?

     -Eeeh… ¿Que la chica no se sentirá tan humillada?

     -Eso es. Ella quedará como la víctima, como la buenecita del cuento, y es igual de culpable que él. Si la tapamos, se va a pensar que puede hacer lo que le dé la gana, porque como es una niña joven y mona, todos los policías sentirán debilidad por ella y la ayudarán a librarse de los marrones… El mejor, el único medio de ayudar de verdad a esa chica, es que sus papaítos se enteren de a qué clase de zorrupia están criando y manteniendo en casa. Ya verás como no lo vuelven a hacer más… ni ella, ni él. – Bruno seguía teniendo la misma expresión de cabreo, quizá algo satisfecho, pero enfadado aún así, hasta que recordó algo. - ¿Qué hora es?

     -Las doce y media – contestó Andrés.

     -Mierda… - masculló. – Esperadme aquí los tres, será cosa de diez minutos. Y ponles las esposas. – susurró – Imprudencia temeraria, resistencia al arresto, intento de soborno a un oficial… tienen que estar esposados.

     -Bruno, ¿intento de soborno? 

     -¿No le has oído? “Pagaré la multa que sea…” ¡Intentaba sobornarme, está claro! – Andrés quiso objetar algo más, pero Bruno se marchó corriendo a grandes zancadas, recogió su gorra del suelo y sacó de su moto una pequeña señal de STOP, al tiempo que se ponía la gorra pulcramente y se colocaba en medio del cruce de nuevo. Ninguno de los tres podía ver su cara ahora, y eso aliviaba muchísimo a Bruno, porque sabía que cualquier vestigio de carácter en ella, se había desvanecido, y ahora su semblante era un prodigio de amabilidad y simpatía, dulce como una tarta de manzana.

    No habían pasado ni dos minutos cuando salieron del colegio un montón de niños, cogidos en parejas de las manos, y alborotando como polluelos, guardados por dos maestras. Una de ellas era espigada, rubia y muy alta, y la otra era más bajita, con el cabello rojo oscuro, casi granate. La profesora rubia pasó llevando de la mano a uno de los niños, quien daba la mano a otro, y a otro… formando una cadena que cruzaba la calle. En penúltimo lugar, iba la profesora pelirroja, llevando de la mano derecha a un niño, y de la izquierda a otro, los dos exactamente iguales, salvo en el color de los grandes ojazos con los que miraban al mundo. Al pasar frente a él, el niño de los ojos verdes le sonrió, el de los ojos azules directamente le gritó:

     -¡Hola, señor poli! 

     -Hola, Kostia – sonrió Bruno. Y entonces, la maestra pelirroja elevó la cabeza para mirarle, y Bruno creyó ver el mundo en violeta. Porque sólo era capaz de mirar los ojos violetas de ella. El tiempo se detuvo por un instante, y no existió nada más. – Buenos días, señorita Charito. – Logró decir, con una sonrisa dulce. 

     -Buenos días, agente Bruno. – contestó ella, con una vocecita tímida encantadora. Generalmente, esa era toda su conversación, pero aquél día, el contacto se prolongó, para gran alegría del Rubio. – Bueno, Román, Kostia, ¿no tenéis nada que decirle al policía…? 

    Román sonrió y se puso colorado, era un niño tan tímido… su hermano, en cambio, habló en voz alta, sin pizca de de vergüenza:

    -¡Queremos que venga a dar la clase de educacionial!

    -¡Educación vial! – le corrigió entonces Román, poniéndose más rojo todavía. Bruno se rió con los niños y miró a la maestra Charito, ella se reía también, y en su risa sonaban campanitas… el Rubio pensó que su corazón latía tan fuerte, que ella debía estarlo oyendo sin esforzarse. Para disimular, se puso en cuclillas para mirar a los gemelos a la cara.

     -¿Una clase de educación vial para vosotros…? Me siento honrado, iré con mucho gusto, ¿cuándo tendréis un hueco en vuestra agenda para recibirme….? – bromeó, y los dos se rieron con risa nerviosa, pero Kostia enseguida contestó:

    -¡Mañana! ¡Yo quiero que venga mañana! 

    -¡Kostia…! Las cosas, no se piden así. – le dijo la maestra, y Bruno se enderezó.

    -Déjele, señorita Charito, si a mí me encanta, puedo perfectamente mañana, ¿a qué hora quiere que esté?

     -¿De veras no le importa? Gracias, agente Bruno, pensé que no podría hacerlo usted, que mandarían a otra persona de comisaría, pero todos queríamos que diese la clase usted, los niños le adoran. Pues… si le viniese bien a eso de la diez…

     -A las diez en punto estaré llamando a la puerta de su aula. 

     -¡Qué amable es usted! ¡Mil gracias! – A Bruno la sonrisa le llegaba a las orejas, ella le había dicho que era amable…. Hubiera podido seguir en ese instante durante toda su vida, pero el sonido de un claxon vino a sacarle de su momento perfecto. No obstante, no perdió la sonrisa al pedirle a la señorita Charito si le daba un minuto. – Oh, Dios mío, sí, claro, perdónenos, estamos interrumpiendo el tráfico…

    -No, no, no se apure… - y dirigiéndose a los gemelos, continuó – Atended, hijos: ése hombre que ha tocado el claxon, está infringiendo la ley, porque aquí, junto a un colegio, la biblioteca de los niños y la residencia de los abuelitos, están prohibidas las señales acústicas y ruidos molestos… así que voy a recordárselo. – Bruno se caló la gorra y se dirigió al coche que pitaba. – Buenos días. – sonrió sin alegría. 

    -Querría continuar, ¿sabe? – contestó de mala manera el conductor. 

    -Buenos días, lo primero. – El tono era aún menos cordial.

    -Buenos días, querría continuar, ¿sabe…? Están parando el tráfico, y yo llevo prisa.

    -Ah, usted lleva prisa, y los niños del colegio, le interrumpen el tráfico… ¿qué pretende insinuar, que por que son pequeños, no tienen derecho a cruzar la calle? ¿Que porque son dos niños y una maestra, puede usted abusar de ellos y hacerse el macho? ¿¡Cree que puede llegar metiendo escándalo con la bocina en una zona donde no se permiten LOS RUIDOS?! – El conductor estaba empezando a palidecer, y balbuceó algo, pero el Rubio le cortó - ¡Mire, a mi cargan mucho los gallitos! ¡En mi cruce, nadie se hace el macho! ¿Qué le parecería si esas dos criaturas, fuesen hijos suyos? Entonces, seguro que querría que tuviesen todo el tiempo del mundo para pasar tranquilamente, y con todas las garantías de seguridad, ¿verdad que sí? Pero como no son hijos suyos, pues que se jod… - recordó que una mujer y dos niños le estaban escuchando y se cortó un pelo – se joroben, ¿no? Mire, amigo… mire a esos dos niños, e imagínese que son hijos suyos mientras saca el carné, los papeles del coche y del seguro, ¡porque lo mismo se lleva usted una receta a casa, suficiente para alimentarlos como si lo fueran durante un mes! ¡Venga!

     -Eeeh… sí, voy… señor agente, por favor… tenga, mire, está todo en orden… mírelo, todo está bien… por favor, perdóneme, llevaba prisa, estaba nervioso… lo siento…

     -Todavía no lo siente, créame, pero lo va a sentir. – contestó, mientras miraba los papelotes. Todo estaba en orden, pero aún así, sacó el bloc y anotó la multa. 

     -¡¿TRESCIENTOS euros…?! Es… es un tercio de mi sueldo…

     -“Prohibidas las señales acústicas y ruidos molestos”. Para otra, seguro que no le importa esperar los treinta segundos que tardan los niños en cruzar la calle. Y ahora, circule, que tengo el tráfico parado por culpa de USTED, si no quiere que todavía le detenga por desobediencia manifiesta, ¡andando!

     El conductor abría y cerraba la boca con cara de desamparo, y Bruno se dio la vuelta para volver a su sitio, en mitad de la calzada. Ya en la acera, la señorita Charito, con Román y Kostia aún de sus manos, le miraba con una gran sonrisa.

     -Román, Kostia, vamos a darle las gracias al agente Bruno por su amabilidad, ¡a la de ya! – y los tres juntos corearon - ¡Muchas gracias, señor policía! – Y los niños le dijeron adiós con las manitas mientras se alejaban. El gesto de los niños hacía sentir orgulloso a Bruno… pero fue la sonrisa de Charito la que le acompañó todo el día, y cuando la vio alejarse y vio su trasero menearse al ritmo de sus piernas, enfundado en su pantalón vaquero, con sus nalgas como melocotoncitos temblorosos, frotándose una con otra… Puffffffffffffh…. Le esperaba una confesión durísima con el Padre César, bien lo sabía… 


************

     La tarde siguiente, Bruno estaba en la capilla, esperando que la señora saliese del confesionario, mientras miraba la imagen del Cristo y el anillo azul de su propia mano, alternativamente. Bruno siempre se había sentido orgulloso de la promesa que simbolizaba aquél anillo, pero, últimamente… se estaba haciendo más difícil que nunca respetarlo en su totalidad. Por fin la mujer salió del cubículo, y Bruno se encerró en el confesionario. 

     -Ave María Purísima. 

     -Sin pecado concebida. – susurró desde el otro lado la voz pacífica y amable del Padre César. 

     -Padre… he pecado. Hace mucho tiempo que no me confieso.

     -Sí, desde el viernes pasado, sigue. – Don César tenía mucha confianza con él, le conocía desde que nació, desde que su madre aún lo llevaba en el vientre, y por eso a veces, sin dejar de ser paciente y cariñoso, le trataba quizá con algo menos de consideración que a otras personas. 

      -Pues… casi lo de siempre, la verdad… eeeh, bueno… soy bastante malhablado… con frecuencia, no soy tan paciente como sé que debería ser… grito y pierdo la calma con los infractores… pero cuando me enfado, es con personas que merecen ser multadas y que me hacen enfadar con su desprecio hacia las leyes y las vidas humanas… y… y el otro día, jugando al dominó con Andrés, hice trampas, cambié las fichas cuando no miraba, para que pagase él las cervezas. Pero como él no lo notó, a lo mejor no cuenta, ¿no?

     -Hiciste trampas, y eso cuenta. ¿Algo más, hijo mío?

     -Eeeh… sí. – siempre se le hacía cuesta arriba contar cosas así, pero tomó valor y lo soltó – El sexto mandamiento, Padre. 

     -Sigue dándote problemas, ¿verdad? – Bruno asintió desde su lado de la rejilla – Hijo… prometiste a tu madre que llegarías virgen e intacto hasta el matrimonio, y yo sé que es muy duro cumplir una promesa así, pero la entrega de tu sacrificio, tiene gran valor a los ojos de Dios. No obstante, tú siempre has sido de hierro para eso. Cuando tenías tentaciones siendo adolescente, salías a correr y hacías deporte para vencerlas, y eso te ayudó a entrar en el Cuerpo y ser policía, ¿qué ha pasado para que ahora, eso ya no te funcione?

     -Ella. Ha pasado ella, padre. La llevo viendo varios meses, desde que estoy en ese cruce… la veo todas las mañanas, y todas las tardes, y esta misma mañana fui a su clase, a dar a los niños un curso de educación vial, y… no se lo va a creer, Padre, pero, ¡ella ha hecho la misma promesa que yo! 

     -¿Cómo lo sabes?

     -Esta mañana, cuando fui a dar la clase… yo ya le había visto el anillo, pero no le había dado importancia, pero me acercó las tizas para dibujar en la pizarra, y vi que era igual que el mío: azul, de plata, el más bonito que he visto. Y luego le pregunté por él, en el recreo, y me dijo que sí, y cuando le enseñé que yo también llevaba un Anillo de Pureza… si la hubiese visto sonreír, Padre… pero eso, no fue lo peor. 

     -Hijo, ¿a qué te refieres? Que te guste una chica, y más una chica que parece tan buena como cuentas, no es nada malo, todo lo contrario… 

      Bruno suspiró. Sí era algo malo. Al menos, por el modo en que su cuerpo se comportaba… no le iba a ser nada fácil contar aquello a don César. Era cierto que cuando vio su Anillo de Pureza, se puso muy contento, y ella también, los dos estaban hartos de que el resto del mundo les tomase por idiotas sólo por no practicar el sexo, pero cuando ella le dijo “¡qué felicidad encontrar a alguien como tú, un hombre que no piensa sólo en eso las veinticuatro horas del día… adoro a mi novio, pero a veces puede ser tan estresante!”. El Rubio se sintió avergonzado, porque él se aguantaba, ni siquiera se había tocado nunca, desde luego que no, pero eso no quitaba para que SÍ estuviese pensando precisamente en eso, durante las veinticuatro horas del día, y sobre todo con ella delante, que desde que le había echado la vista encima, sentía unas cosquillas “ahí abajo”, que todas las tardes, en cuanto llegaba a su casa, se ponía a hacer flexiones hasta que los brazos ya no le aguantaban, sólo para estar seguro de que, por muchas ganas que tuviera, no correría peligro de caer en ellas, porque tenía los brazos hechos gelatina y no podía moverlos para acariciarse… pero de todos modos, el que ella le admirase, era tan agradable, que no pudo sacarla de su error, por más que le hubiera dado la peor noticia imaginable, y es que ya tenía novio. 

       Esa mañana había sido tan agradable dando la clase para los niños, estando cerca de la señorita Charito todo el tiempo… ella le miraba y le sonreía, y a veces se le quedaba mirando, de ese modo que miraba ella, como cuando esperaban en el cruce que él les cediera el paso (a veces Bruno les había hecho esperar un poquitín, sólo para disfrutar de la sensación de ser mirado por ella). Y en el recreo, habían hablado tan amigablemente, como si se conocieran de toda la vida, y Bruno tenía la sensación de que era así. Nunca se había sentido tan cómodo hablando con una mujer, tenía la sensación de que a ella podía contarle todo, o preguntarle todo… y parecía que ella también, porque adoptó un tono confidencial y le preguntó con mucho tiento si él, además de ser virgen, respetaba la promesa en su totalidad, es decir que no… no se tocaba. Bruno se rió ligeramente y contestó que no, no se tocaba tampoco, y ella le miró con auténtica admiración, y le confesó que no lo habría creído posible de un hombre. Con las mismas, Bruno le preguntó a ella si ella tampoco… y Charito se puso encarnada como una cereza, y confesó que tampoco lo hacía. Que había días que le costaba más que otros; que a veces, cuando se ponía un pantalón un poco ceñido, sentía cosas muy raras que le hacían temblar el estómago, pero se contenía. “No me siento mejor que nadie por mi promesa, ni tampoco más desgraciada, ni nada así… simplemente, elegí la virginidad”, había dicho, y él asintió, entendiéndola. 

     A la hora de la salida, otras dos profesoras habían acompañado a los niños, porque él había venido de uniforme para que los niños le vieran de policía (sobre todo Kostia, que había dicho como doce veces que quería ser policía cuando fuese mayor), y tenía que cambiarse, no estaba de servicio, y Charito propuso esperarle. En un principio, él se negó, pero ella insistió, ya que había sido tan amable de venir y quedarse con los niños todo su día libre, qué menos que esperarle y acompañarle hasta la puerta… 

     -Y… y cómo sólo era cosa de quitarse el uniforme y ponerme los vaqueros y un jersey, pues… - estaba explicando Bruno en el confesionario.

    -¿Pues qué, hijo mío?

    -Pues… que le dije que no hacía falta que saliera. Que con que se volviera de espaldas, bastaba. No caí en el espejo, Padre, le juro que no caí que había un espejo… pero creo que ella me estuvo mirando mientras… 

     -Estáis jugando con fuego. Los dos. Y cualquiera diría que tenéis doce años…. – el Padre César se rió por lo bajo, pero el Rubio estaba pesaroso por aquello. Estaban en el baño de profesoras, porque era el que quedaba más cerca del aula de infantil, y como a esas horas, ya no lo iba a usar nadie… y él se sintió como una especie de depravado cuando le dijo que no hacía falta que saliera, y ella debió sentirse más o menos como lo mismo cuando simplemente se volvió, y se quedó mirando al espejo. Bruno no pudo evitar preguntarse, ¿qué habría sentido ella al verle quitarse la guerrera y la camiseta de manga corta, y los pantalones, y quedarse sólo con los calzoncillos de cuadros rojos…? Ella le estaba mirando, lo sabía bien, porque lo había notado, se había sentido observado, y había girado la cabeza por instinto, y se había sentido relajado cuando la vio de espaldas… pero le dio un vuelco el corazón cuando vio su reflejo en el espejo, y el rostro de ella, sonrosado y con una sonrisilla de pícara curiosidad. La joven volvió la cara de golpe, mucho más roja ahora, y él también se dio la vuelta, para que no viera que también estaba sonriendo. Los dos fingieron que no había sucedido nada. 

     Y lo peor llegó entonces, cuando salieron juntos de la escuela. Bruno iba ya de paisano, pero conservaba la placa en el bolsillo del vaquero y el arma en la funda sobaquera, jamás se desprendía de una o de otra, ni siquiera cuando dormía. Llevaba en una bolsa de deportes su uniforme, y Charito caminaba junto a él, mientras el Rubio pensaba lo maravilloso que sería poder tomarla de la mano, o hasta echarle el brazo por los hombros… y luego atraerla hacia sí, y sentir su aliento en la cara, y besarla… estaba tan ensimismado, que ni oyó al tipo, hasta que fue demasiado tarde. El atracador pasó por el lado de Charito, agarró el bolso y metió un tirón, casi la arrastró al suelo, y salió corriendo. Bruno reaccionó por inercia, corrió tras él y le gritó: 

     -¡ALTO, POLICÍA! ¡ALTO! – su voz atronó la calle, pero el tipo no se detuvo, y Bruno no se lo pensó, ni dio un segundo aviso, directamente sacó el arma y abrió fuego. 

     -¡AH! – un chillido de miedo, y una sirena policial. Aunque él libraba aquél día, había otra patrulla allí mismo, Bruno sacó la placa, con el corazón acelerado por la breve persecución, y sobre todo, por el disparo. Él había disparado siempre contra coches, JAMÁS contra una persona. En otro tipo de situación, pensó para su propio asombro, no lo hubiera hecho, le hubiera alcanzado corriendo y le hubiera tumbado sin ningún problema, él podía alcanzar corriendo a cualquiera… “Pero le ha quitado el bolso a la señorita Charito, y casi la tira al suelo”, pensó. Se volvió, y la vio. Charito estaba agachada en el suelo, con las manos en los oídos y mirándole con carita de espanto. 

      -Hijo… ¿me estás diciendo que, en mitad de la calle, trotando, sin mirar si había gente inocente por medio y sin pedir más explicaciones que “no se detuvo cuando se lo ordené”, le pegaste un tiro a una persona? – quiso precisar el Padre César.

     -Eeeh… bueno, sí, ¡pero era culpable, padre, llevaba ya cincuenta y dos detenciones por robo, asalto a mano armada, atracos, conducir bebido…! ¡Y además, yo sé dónde apunto, y cómo tiro! La calle estaba vacía del todo, y sólo le rocé el hombro, sólo quería que se detuviese, nada más… Ahora le garantizo que antes de volver a pegar un tirón, se lo va a pensar… pero es que lo peor, no es el disparo, padre.

      -Ah, ¿lo peor que hiciste, no fue pegarle un tiro a un hombre, condenarle sin juicio y correr el riesgo de matarle? ¿Lo peor, no fue dejarte llevar por la pasión y la ira hasta el punto de atentar contra la vida de un semejante? ¡Explícoteate!

     -Pues… lo peor es que cuando me volví, y la vi allí… agachadita en el suelo, tapándose los oídos, toda asustada, y mirándome con… con esas chispas que tenía en los ojos… como si le hubiera salvado la vida, padre… parecía… parecía tan pequeñita, tan pobrecita, tan frágil… como un pajarillo caído del nido… Bueno, el caso es que a mí nunca nadie me ha mirado así, y… bueno, pues… en fin, me sentí muy bien, la verdad… fue… fue alucinante, fue… bueno, pues….

     -“Bueno, pues”, ¿qué?

     -Bueno, pues, que…. Que me trempé como un burro. 

     -¡Pero bueno, hijo! – se indignó, escandalizado, el padre César - ¡¿Pero qué manera de llamar a las cosas es esa, y en la casa de Dios!? ¡Sólo esa burrada te va a costar veinte avemarías, a ver si te limpias la boca! No puedo creer que besaras a tu madre con la boca tan sucia…. – don César sacó un momento la cabeza del confesionario, comprobó que la iglesia estaba desierta, y susurró – Bruno, esto ya no te lo digo como sacerdote, sino como... ese secreto que sólo tú yo sabemos… ¡qué bruto eres, hijo mío!

    -Lo siento, papá… - susurró Bruno, de forma casi inaudible. – Es que, no sé decirlo de otra manera…

    -¡Pues se dice “reacción involuntaria de tu cuerpo… tentación visible…”! A las malas-malísimas, que has tenido una erección espontánea, pero no esa expresión tan soez… - Don César miró la cara de Bruno, compungido y dolido por el deseo que le atormentaba, y se calmó, recordándose a sí mismo que también a él le correspondía doblegar el genio y mostrarse caritativo y clemente. – Hijo… podría decirte lo que me dijeron a mí. Que te alejes de esa mujer que te empuja al pecado… pero no sería cierto. Esa joven no tiene ningún interés en empujarte al pecado, eres sólo tú quien desea pecar, ella nada más que ha sido puesta en el mundo por Dios, igual que tú, yo, y que todos. Podría decirte que rezaras mucho y atormentaras tu carne para hacer penitencia, pero eso no sería más que esconder la cabeza en la arena… tu penitencia, para esa chica en concreto, que las trampas al dominó, la ira y la boca sucia van aparte, consiste en que te enfrentes a ella. Tienes que ir, y decirle claramente lo que sientes por ella. 

    -¿Que me… me está diciendo que me tengo que declarar?

    -Sí, eso es exactamente lo que te estoy diciendo. 

    -Pero, padre… ¡ella ya tiene novio!

    -¿Y su novio, es un buen chico?

    -¡NO! – contestó Bruno, casi sin dejar a Don César acabar la frase – Es un cretino, un machista, un retrasado mental y un gilipollas. 

    -Pues tú mismo te has contestado. Bruno, hijo… tú no eres alguien que dé la espalda a los problemas, sino que los encaras, siempre lo has hecho. Siempre has sido muy valiente, pero hasta ahora, has probado tu valor con delincuentes, granujas, ladrones y criminales, pero nunca con el amor. La promesa que le hiciste a tu madre, te ha servido para ocultarte tras ella, para no enfrentarte nunca a una mujer, a una relación y a todo lo que conlleva… es posible que el Señor quiera que pruebes tu valentía también en ese aspecto. Y yo sé que no le vas a defraudar, como no lo has hecho nunca. – Bruno resopló. No se tenía por un cobarde, pero sólo pensar en hablar con la señorita Charito hacía que le temblasen las rodillas. Sin duda don César tenía razón, tenía que ser valiente también en esto. El párroco despachó el resto de pecados con severas advertencias hacia el mal genio y la ira, una disculpa formal para el hombre al que había disparado, admisión de la trampa delante de Andrés e invitación a dos rondas de cervezas, y cincuenta AveMarías. Cuando Bruno salió del confesionario, don César salió con él y miró una vez más que no hubiese nadie cerca. – Y de paso, a ver si te acercas un poco más a ver a tu viejo… que sólo te dignas aparecer cuando quieres una absolución.

    Bruno asintió, incómodo. No le hacía gracia que le recordasen que era el hijo bastardo del cura, pero la verdad que tenía un cariño bastante aceptable por don César, tanto como padre espiritual, como biológico. Ojalá hubiera sacado él sus ojos azules, en lugar de los marrones de su madre…

    -Bueno… - quiso decir que iba a cumplir su penitencia, pero las palabras no le salían, y de todos modos, don César no necesitaba tampoco oírlas.

    -Bendito seas, hijo mío. – susurró el sacerdote, con una sonrisa paternal, y Bruno se agachó para que le besara con cariño en la frente. – Que Dios te acompañe.  – Bruno abandonó la iglesia retorciendo la gorra de puros nervios, mientras su padre le veía marchar con orgullo.



************



     Bruno conocía bien la casa. El pueblecito de la sierra donde vivían no era grande, todo el mundo se conocía, y la policía más aún, así que sabía bien donde vivía la señorita Charito, en una casita blanca con rejas, que tenía un jardín muy chiquitito en la parte de atrás, lo justo para poner una tumbona y una mesita con dos sillas, y la casa tampoco era muy grande, pero como era para ella solita, no era preciso más. Había comprado un ramo de rosas rojas. La verdad que no tenía muy claro para qué, pero tuvo la impresión de que harían buen efecto. Iba vestido con el uniforme de gala, con guerrera de botones, pantalones muy bien planchados con la raya negra los costados, y la gorra blanca, y los guantes, y sus galones de sargento. Bueno, no era más que doblar la esquina y echarle valor al asunto… dobló la esquina y quiso morder el guardacantón. Su novio estaba con ella, frente a la puerta, y ella lo abrazaba con fuerza, casi con desesperación. 

    Bruno se ocultó de nuevo, y se sintió estúpido y rabioso. ¿Qué cuernos hacía él allí, si ella no le quería, si ella estaba ya con otro? Con rabia, destrozó las flores y las arrojó al suelo, pero no se marchó, se quedó oculto en la esquina, para ver qué les oía decirse….

     -Piénsalo bien, y sobre todo, piénsalo pronto, ¿vale? – le decía él. Serafín, creía que se llamaba – No es nada del otro jueves, no significó nada… contigo, será distinto. Pero no puedo estar esperándote toda la vida, tienes que ponerte en mi piel. Piénsalo, y… ya sabes que no soy muy paciente, cariño. Puedo esperar dos, tres días… pero no dos meses, ¿vale? – se oyó un chasquido, un beso sin duda, y Bruno tuvo ganas de estrangular a alguien. El tal Serafín echó a andar, y le vio alejarse, sin mirar hacia él. El Rubio le miró con odio, si las miradas matasen, el novio de Charito hubiera caído fulminado en aquél mismo instante. Bruno hubiera querido marcharse de allí, meterse en su gimnasio y liarse a guantadas con el saco de arena sin ponerse los guantes, hasta destrozarse los nudillos… pero los sollozos que oyó, le hicieron hacer exactamente lo contrario, esto es, que sin pensar ni qué iba a hacer o decir, dobló la esquina y corrió a la puertecita metálica de la casa de Charito. 

    La profesora estaba sentada en los escalones blancos de su casita, llorando, tapándose los ojos con una mano, vestida con una blusita blanca salpicada de florecitas azules y unas mallas de color azul celeste. Tan bonita y tan triste, parecía un hada, o… o un ángel. 

     -¿Señorita Charito? – musitó, y la joven se sobresaltó, limpiándose de inmediato la cara, los ojos violetas llenos de estrellas. – perdóneme, no pretendía asustarla… sólo quería verla, ¿ha sucedido algo malo?

     Charito se acercó a la verja y la abrió, negando con la cabeza. 

    -No… bueno, dependiendo de cómo se mire. Mi novio y yo hemos discutido. 

     -Lamento enterarme de eso – mintió Bruno con tanta convicción, que la joven le miró con agradecimiento. - ¿Puedo hacer algo yo por usted? 

    La joven pareció a punto de negar con la cabeza, pero entonces le miró y se quedó pensativa unos segundos. Y luego sonrió. Una sonrisa con un puntito de malicia, que a Bruno le pareció muy atractiva. 

     -Agente Bruno… eeeh… yo sé que no nos conocemos mucho, pero… tengo una extraña confianza hacia usted, no sé si le pasa lo mismo, pero…

     -¿Le da la sensación de que puede contarme cualquier cosa, y que es como si nos conociéramos de toda la vida? – sonrió él, y la joven le devolvió la sonrisa, encantada.

     -¡Exacto! Por eso… quisiera pedirle un favor. Quiero que sepa que puede negarse, que no me sorprenderá si lo hace, pero, ¿podría pedirle un favor… muy íntimo, y personal? 

    Bruno sonrió, confidencial, y se llevó la mano derecha al cinto, donde tenía su arma. 

      -Sólo pronuncie su nombre – susurró – mañana, ya no existirá. – la joven se rió con ganas. 

      -Es usted muy amable, pero lo que deseo pedirle, es algo... distinto – dijo, al no encontrar un adjetivo que la convenciese del todo. Bruno la miró, expectativo. – Lo que deseo pedirle, es… sin ánimo de ofenderle, y con todo el respeto, es… que pase conmigo a mi casa… - la joven se puso de pronto muy roja, y tuvo que agachar la cabeza para continuar – que nos tomemos juntos un cacao… ¡y luego hagamos el amor!

       “¡CLONC! - ¿Eh, Bruno, muchacho, has oído eso….? Era tu cerebro estampándose contra el suelo, y se acaba de hacer pedazos… aunque la verdad es que nunca tuviste gran cosa dentro, pero ahora, sólo quedo yo, me llamo Deseo Lujurioso, ¡y hace treinta años que estaba deseando tomar el mando, maldito pringado!” 

       Bruno era incapaz de hablar. Había oído la voz dentro de sí, realmente la había oído… con tanta claridad como la había oído a ella. 

      -Agente… debe de odiarme… sé que le he pedido algo horroroso, romper su promesa, destrozar su voto, renunciar a su ideal… pero por favor, no se enfade conmigo… - Bruno se dio cuenta que estaba boqueando sin decir nada, como un pez fuera del agua, y se dio un bofetón para reaccionar.

     -Espera…. – logró balbucir - ¿Quieres esperar un momento? Nada más que un minuto, ¿vale? Enseguida vuelvo, no te marches, no te muevas de aquí, espérame, ¿quieres? No tardo nada, espérame. – La joven se le quedó mirando, mientras Bruno caminaba como a sacudidas, salía del porche, daba la vuelta a la casita y, oculto tras la esquina se oyó - ¡YAHOOOOOOOOO-UAU! – Acto seguido, Bruno apareció de nuevo, sonriendo con dulzura, y llevando en las manos tres capullitos de rosa roja. – Para ti. Acepto. 

     -¡Oh, Bruno, ¿harás eso por mí?! – contestó ella, pasando también a tutearle. - ¡Gracias! Todo es culpa de mi novio… ¡me ha sido infiel! Dice que… dice que está harto de que sea virgen, por eso se va con otras, para desahogarse. Dice que si no consiento en acostarme con él, me abandonará… le quiero, ¿sabes, Bruno? Por eso, voy a ceder… pero ya que él se ha acostado con otras, ¡también yo voy a hacerlo! Si está harto de mi virginidad, que no se preocupe, que no la catará, serás tú quien te la lleves… - El rostro de Bruno no podía contener el desencanto, pero la joven continuó – Y la verdad… me alegrará que seas tú. Mi novio siempre dice que no significa nada cuando se acuesta con otras, pero yo… yo sí quiero hacerlo con alguien que sí signifique algo.

     “Significo algo…. Significo algo para ella…”, se dijo Bruno mientras pasaban al interior de la casita, y el policía subía las escaleras hacia la alcoba… hasta que se dio cuenta que ella iba camino del salón, y la siguió corriendo, sin que ella se diera cuenta de su equivocación. “No seas tan ansias, puto gumias, has esperado más de treinta años, puedes esperar media hora más”, se dijo. Charito colocó los tres capullos de rosa en un platito con agua, y se sentó en el sofá del saloncito. Bruno la imitó, quitándose los guantes, y se dio cuenta que le picaban las manos, y sentado ya, se encogió un poco sobre sí mismo, cruzando los brazos en el regazo, para disimular que otra vez… ¿cómo se decía…? Sí, “tenía una reacción involuntaria del cuerpo”, eso. 
 
     Charito le miraba de reojo, con la cabeza gacha y sin dejar de sonreír. Estaba colorada, y eso la hacía muy bonita, pero estaba muy tensa, y se le notaba, no dejaba de retorcer el vuelo de su blusa blanca. 

     -Creo que tú… tú… puedes entender el… “miedo” que tengo a éste momento, porque estás en la misma situación que  yo… - balbució ella. 

      -Claro que sí. – admitió el Rubio. Él también tenía miedo, se dijo a sí mismo, por más que le reventase reconocerlo. Pero él tenía miedo de correrse encima y que se le desinflase. Tenía miedo de que no se le pusiese dura por los nervios, de no dejarla bien, de no hacerla disfrutar… ella, tenía miedo de que le doliera.  Bruno se dio cuenta de que estaba respirando a golpes, y que ella estaba sentada a un cojín de sofá de distancia y cada vez parecía irse recogiendo más… si no hacía algo pronto, ahí se iban a quedar toda la noche sin tocarse, ella era demasiado tímida para atreverse a dar primeros pasos… Con cuidado, se arrimó a ella y le pasó el brazo por los hombros. Charito tembló del susto, pero no se apartó, le sonrió con timidez. - ¿E-empezamos…? – musitó Bruno. Y ella pareció tomar coraje, y asintió. Cerró los ojos y arrimó la cara. “Rubio: ¡AL ATAQUE!”, se dijo.

       La apretó entre sus brazos y la besó, primero presionando su boca contra la de ella mientras le acariciaba la espalda, y casi enseguida, su lengua intentó torpemente acariciar sus labios…

    -¡Espera…! ¿Qué has hecho? – Charito no parecía disgustada, sino divertida.

     -Te iba a… - estuvo a punto de decir “a meter la lengua en la boca”, pero un instinto le dijo que eso no era lo más adecuado para una situación así - … a dar un beso francés. 

     -¿Pero de verdad se dan besos… con la lengua? Yo pensaba que eso, sólo era cosa de pelis guarras… - Bruno abrió mucho los ojos.

     -¿Tú has visto pelis guarras? – sonrió con curiosidad, porque él nunca lo había hecho. Había leído mucho, eso sí, había visto algunas fotos de chicas desnudas… pero cine nunca. Sólo con el texto y las fotos ya sus ganas se desbocaban bastante, temía que con el estímulo visual, no fuese capaz de soportarlo y cayera, por eso, nunca las había visto. 

     -No… no enteras. – se excusó ella, rojísima, incapaz de mirarle a los ojos, por más que Bruno agachase la cabeza para conseguirlo – sólo una secuencia, una vez… no podía dormir, puse la tele, y en un canal… me entró curiosidad y vi como cinco minutos, pero luego lo quité, y nunca más he vuelto a verlo… casi era desagradable. Pero sí usaban mucho la lengua en los besos, muchísimo. Directamente, se acariciaban las lenguas, sin besarse, por… por fuera de la boca.

    Eso, no lo había hecho nunca. Bruno, en su adolescencia, se había besado con un par de chicas o tres… había sido bastante extraño, porque era él el que les frenaba las manos a ellas, pero aún así, sabía más o menos besar, y sin embargo eso de acariciarse las lenguas, le pillaba de nuevas.

      -¿Cómo lo hacían? 

      -…Saca la lengua. – Charito parecía una niña traviesa, alguien que ha dicho “bah, al diablo con todo”, y que empezaba a pasarlo bien. Bruno obedeció y sacó la lengua como quien se la enseña al médico. La joven sonrió y se acercó a él. No era como en la película, pero, quizá saliera bien… con cuidado y cerrando los ojos, acercó su lengua a la de Bruno y la acarició, lamiéndola muy suavemente.

     Un poderoso escalofrío recorrió la espina dorsal del Rubio y tembló de pies a cabeza, ¡Dios, qué agradable era…! Hacía más de quince años que nadie le besaba, y su lengua tomó el control, empezando a aletear y devolviendo las caricias. Charito musitó un gemido de sorpresa y placer, y se dejó llevar. Bruno se dio cuenta que la estaba apretando de los brazos con tal fuerza que tenía que estar haciéndole daño, pero la joven tenía los ojos entornados, y ahora no era de vergüenza ya, y no se le ocurría protestar. 

     Sus lenguas se entrelazaban, se acariciaban y daban golpecitos, y las pasadas eran más intensas, más largas cada vez, hasta que Bruno se encontró tocando de nuevo los labios de ella, y la apretó contra él, metiéndole la lengua en la boca, casi con desesperación, y Charito lo abrazó por la cintura y le apretó contra ella, dejándose explorar la boca, gimiendo dulcemente cada vez que la lengua del Rubio le acariciaba las mejillas, hacía cosquillas en el paladar o frotaba su propia lengua. La joven maestra se sorprendió al descubrir que, si eso era besar, sabía hacerlo, aunque no supiese cómo sabía… y era increíble. Su estómago giraba, su corazón palpitaba con fuerza y… y le aterraba reconocerlo, pero estaba húmeda. Más húmeda de lo que había estado en su vida, y eso que la vez de la película acabó incluso temblando de excitación y sólo a fuerza de rezar atropelladamente había sido capaz de contenerse… pero lo de ahora era distinto, notaba las bragas empapadas… y le gustaba. Quería saber qué más había, si sólo un beso era capaz de hacer sentir tantas cosas, ¿cómo sería… lo demás?

     Una parte de Bruno creía firmemente haber muerto y estar en el Cielo. Era imposible que el ser humano pudiera ser tan feliz como él en aquél momento, frotando su lengua contra la de ella… aaaah… Charito estaba cerrando los labios, le abrazaba la lengua en su boca… qué suavecito lo hacía… mmmh, le acariciaba la lengua con los dientes, con esos dientes pequeñitos y blancos… Bruno empezó a sacar lentamente su lengua de la boca de Charito, y, tal como esperaba, ella le siguió, no quería perder el contacto… y a la boca de Bruno le tocó recibir caricias. Charito gimió como una gatita cuando se dio cuenta de que tenía su lengua en la boca de un hombre por primera vez, y tuvo que poner los ojos en blanco de placer, ¡qué pícara se sentía…! Mmmh, a Bruno le ardía la boca, aún más que la lengua… y aún así la tenía tan fresca, parecía que acabase de tomar caramelos de menta, y la joven pensó que probablemente así era… tímidamente, acarició como él lo había hecho, dando golpecitos en las mejillas, rozándose contra los dientes, tocando el paladar y haciendo círculos con su lengua… Por un momento, y con todo el dolor de su corazón, Charito hubo de separarse para tomar aire. Bruno tenía los ojos brillantes y la cara colorada, y sonreía como si estuviese bebido. Y a Charito le pareció el hombre más deseable del mundo. 

      Sin apenas darse cuenta, bajaron del sofá y se instalaron en el suelo, y cuando volvió a besarla, Bruno lo hizo con una sola mano… porque con la otra, empezó a aflojarse la corbata del uniforme hasta que se la sacó, y a desabrochar botones de su guerrera. “Ay, Dios mío… se… se está desnudando…” pensó confusamente Charito “¿deberé hacer lo mismo yo? ¿O debo dejar que me desnude él? Si me desnudo, lo mismo piensa que soy una guarri desesperada… y si no lo hago, quizá piense que soy una comodona…”. Pero cuando Bruno llegó al tercer botón de la guerrera y la joven vio su vello, rubio como el de la cabeza, quizás un poquitín más claro incluso, se olvidó hasta de respirar y tuvo que tomar aire de golpe. El Rubio tenía ya la guerrera suelta, y, notando el miedo de ella, le tomó una mano y la llevó a su pecho, invitándole a que le tocara. 

    Bruno tuvo que morderse los labios para no gritar de gusto, ¡qué manos tan calentitas…! Charito temblaba, acariciaba con torpeza, pero no se detuvo. Los pezones de su compañero estaban erectos entre los rizos claros, aquél vello suave y fino que hacía cosquillas entre sus dedos cuando lo acariciaba, y la joven dejó de apoyarse en la mano izquierda para acariciar con las dos, recorrer el pecho de Bruno, acariciar sus costados y finalmente abrazarlo por debajo de la ropa, mientras éste notaba que se derretía al contacto con las manos mágicas de Charito, y empezó a inclinarse decididamente, para dejarse caer sobre ella, pero antes metió también él las manos bajo la amplia blusa… qué piel tan suave… Charito, casi llorando, se quitó la blusa por la cabeza, dejando ver un sujetador blanco, con fresitas. Fue más de lo que Bruno pudo soportar, y se abrazó a ella, metiendo la cara entre sus pechos, haciéndola gritar de gozo. 

    -¡Aaaaaaah… eres… eres muy apasionado…! – soltó ella - ¡Tu barba… mmmmh…. Tu barbita hace cosquillas….!

     -¿Puedo hacerte una pregunta? – Bruno la tenía completamente en sus brazos, inclinados, casi a punto de tocar el suelo. La joven asintió – Esta mediodía, cuando… cuando me cambié en el cuarto de baño… ¿me estabas mirando? – Charito agachó la cabeza, y asintió con timidez. - ¿…Te gusté? – La joven maestra alzó la cara y sus ojos brillaron húmedos.

     -¡SÍ! – admitió, abrazándole, y Bruno supo que ella se sentía culpable por ello, culpable e infiel, ¡pero para él, era lo más maravilloso del mundo, y la atenazó contra sí, tumbándola en el suelo! Dispuesto a hacerla suya… Sin dejar de besarla, se desabrochó el pantalón y lo bajó lo más que pudo hacerlo sin soltarla, luego pataleó hasta despojarse de ellos por completo, mientras acariciaba la suave espalda de Charito, peleando con el cierre del sostén… ¿aquello era un sujetador, o una coraza, cómo carajo se abría? Temió que ella se enfadase o riese de él por su torpeza, pero Charito estaba tan a gusto entre sus brazos, que no notaba sus denodados esfuerzos abrir la testaruda prenda, o si los notaba, no les concedía importancia. Las manos de Bruno hacían pasadas deliciosas por la raya de la columna, haciendo que ella se estremeciera a cada caricia… finalmente, viendo que no era capaz de abrir el sostén, bajó a las mallas, que, sujetas con elástico, fueron más fáciles de quitar de en medio.

         Charito se sujetaba las bragas, temblorosa, llena a la vez de deseo y miedo… Bruno, apenas la liberó de las mallas, hubiera querido quitarle también las bragas, y mejor a bocado limpio que a tirones, pero viendo su temor, se contuvo, y la besó de nuevo, acariciándole los muslos, los brazos, intentando bajar el sostén, ya que no podía quitarlo… Charito sonrió y llevó la mano derecha a su propia espalda. Un “clic”, y el sujetador quedó flojo, suelto sobre sus hombros. Bruno quiso gritar de felicidad  al ver aquellos dos hermosos pechos, aquéllas tentadoras bolas de carne, coronadas por sendos pezones de color rosado, casi rojos… los primeros reales que veía. Bueno, supuestamente había visto los de su madre también, pero esos no le interesaban… Sin contenerse, llevó las manos a ellos y los apretó sin miramientos.

    -¡Auh…! – se quejó Charito, alborozada - ¡Con… cuidado, por favor, son muy sensibles!

    -Lo siento… 

    -Acarícialos… aprieta, pero flojito… - susurró, poniendo su mano sobre la de él, para que los masajeara… La mano de Bruno los apretó, movió… sintió el pezoncito ponerse duro bajo sus caricias, míralo cómo se abultaba, qué bonito era… ¿cómo podía estar tan buena? Charito gemía, le gustaba que le tocase las tetas, estaba roja, pero ahora era más de placer que de vergüenza. También el Rubio quería que le tocase, y la tomó de la mano, llevándosela a las nalgas, aún cubiertas por el calzoncillo, que se había puesto limpio antes de venir, lo que se había revelado como buena idea… no es que los rojos estuvieran sucios, pero después de una persecución, una erección, y una confesión, era más saludable cambiarlos para pasar una declaración. La mano de Charito temblaba como una hoja, pero cuando notó las nalgas, a la vez firmes y tiernas de Bruno, emitió un gemidito desmayado y también ella las apretó, sobándolas, acariciándolas, moviéndolas…

     “Me está tocando… Charito me está tocando el culo… me… ¡me está metiendo mano!” pensó Bruno, con los ojos en blanco de placer, cada caricia que ella hacía, parecía comunicarse a su Magnum, tan deseosa como él mismo… al pensar en su miembro, recordó que era… era la única arma que llevaba ahora mismo, la reglamentaria estaba en el suelo, en la funda del cinto… sólo cuando se duchaba estaba tan lejos de ella, pero ahora mismo… ahora mismo, no le importaba no tener la seguridad de tener cerca su otra arma, tenía a Magnum lista, y eso bastaba. Y de nuevo tomó a Charito de la mano y se la llevó al frente, para que acariciase precisamente eso. 

     -¡Hah…! – la maestra ahogó un grito de sorpresa, y estuvo a punto de retirar la mano.

     -¡No, no te quites….! – suplicó el Rubio. Y detestaba la idea de saber que estaba suplicando, pero lo estaba haciendo, su voz no dejaba lugar a dudas… ¡pero qué placer, qué inmenso placer! Sólo el roce de la mano de Charito contra su Magnum, le había puesto en la Luna, un tórrido subidón de placer le estaba recorriendo el cuerpo entero, Dios, qué calorcito, estaba a punto de correrse… si ella quitaba la mano, lo arruinaría, pero si la movía, se acababa encima, sólo podía seguir si la tenía ahí, quieta, sólo unos segundos, nada más…  Haaaaaaaaaaah… apretó la mano de Charito contra su miembro, mmmmmmmh… qué bueno… - Aaah, Charito… Charitoo… 

    Le gustaría decir algo más inteligente, pero no era capaz, no con toda la sangre agolpada abajo. La maestra le sonreía, un poco más segura ahora… ¿eso era… un pene? No lo veía, todavía con la ropa interior puesta y su mano y la de él encima, pero parecía enorme, y estaba muy caliente, ardía, y estaba como mojadito por arriba, y parecía redondo y muy ancho, y era como si latiera, se notaba tan vivo al tacto… Estaba tan centrada en cómo se sentía en su mano, que no vio que Bruno movía la suya, hasta que sintió las cosquillas, y tembló de gusto. 

     -¡Ah… no me toques ahí…! – dijo instintivamente, a pesar de que le gustaba… le gustaba muchoooo… Bruno estaba acariciándola, por encima de las bragas, hacía cosquillas, y se sentía tan dulce… “se… se le van a mojar los dedos, qué vergüenza”, pensó, recordando que tenía las bragas empapadas, pero eso pareció gustarle mucho… “Qué mojada está… le está gustando… se estremece cuando le acaricio… la entrada… debe estar aquí abajo, donde está más mojada, pero cuando toco por aquí delante… aquí, mira, mira qué grititos da… ay, Dios mío, ¡le estoy dando placer a una chica!”. Bruno no aguantaba más, le iban a reventar los huevos, tenía que endilgársela dentro, no podía más… afortunadamente, ella parecía con las mismas ganas. Se despojó de la ropa interior, y dio un tirón a las bragas de Charito, que se tapó el coñito con las manos, pero enseguida las retiró y separó las piernas. El Rubio estuvo a punto de tirarse sobre ella y embestir como un perro en celo, pero se retuvo. 

     -Espera, así no… así mejor, ven… - se sentó en el suelo, y se palmeó el vientre, invitándola a sentarse sobre él. A que lo montara. 

     -¿Qué? – se espantó la maestra - ¿yo… yo tengo que estar encima….? – Ahora sí se estaba tapando, las tetas y el coño. 

      -Sé que te da corte… - Bruno retiró las manos de su propia hombría, porque él mismo se había tapado al incorporarse. – A mí también me lo da… pero he leído mucho sobre esto, y dicen que si tú estás encima… controlas el asunto, y… y duele menos. 

    Charito tenía pavor pintado en la cara. Pero pareció darse ánimos en plan “ya he llegado demasiado lejos para echarme atrás ahora”, y, cerrando los ojos, para no ver la lujuria en los de él, se puso a caballito sobre él, y empezó a frotarse contra su erección. ¡Qué calor…! Los dos gimieron al unísono, ¡qué maravilla….! La maestra sentía un placer increíble, como no había sentido en su vida, las delicias le colmaban el cuerpo, era una sensación indescriptible, estupenda… Bruno temblaba como si tuviera cuartanas, luchando contra el feroz deseo de empujar, pero qué buenísimo era… Charito se dio cuenta de los dientes apretados de su compañero, y sus puños crispados sobre la alfombra, y, con una vergüenza terrible, pero sobreponiéndose a ella, llevó la mano al pene de Bruno y lo orientó con cuidado, temerosa incluso de tomarlo con demasiado fuerza… Bruno podía atestiguar que no, era la caricia más suave que había sentido en su vida. Aaah… ahí estaba… era… era la entrada… “Ánimo, Charo…”, pensó la maestra “puedes hacerlo…”, y se dejó caer. 

      -¡AAAAAAAAAAAAAAAAaaaaaaaaaahhhh….! – el grito combinado de los dos atronó las paredes de la casita, ¡era increíble! Bruno daba respingos sobre el suelo, retorciéndose como una culebra, agarrándola de los hombros como si la quisiera atravesar, sumergido en la dulzura más placentera que pudiera imaginar un ser viviente… “Madre… si me hiciste prometer que nunca haría esto hasta casarme, creo que debías odiarme….”. Charito se sentía muy rara, llena por dentro, atravesada, llena de calor y picores muy divertidos, y una extraña sensación de “por fin”, de… pero… pero… 

     -Pero… ¿esto no debía doler….? – logró preguntar la joven, empezando a menear las caderas involuntariamente. Bruno sonrió. 

    -¿No… no te duele…?

    -No… No duele… - y empezó a brincar sin contención, echando hacia atrás la cabeza de puro gusto - ¡No duele nadaaaaaaaaaaaaaaaa…..! – Bruno soltó la carcajada, de simple contento, sin poderse aguantar, ¡tanto mejor si no le dolía! Separó las piernas, y Charito llegó aún más abajo, en su regazo, haciendo círculos con las caderas, mientras el Rubio la acariciaba la espalda, las tetas que se le bamboleaban, los hombros que se le estremecían… su carita preciosa de niña. – Estás dentro… te… te tengo dentro de mí… ya no eres virgen… - sonrió con picardía, y Bruno, más a gusto de lo que había estado en su vida, la besó. 

     -Tú tampoco…  te estoy taladrando con mi Mágnum…

     -Mágnum significa “grande”…. Le pega muy bien el nombre, ¡qué vergüenza! – se rió, y entonces empezó a poner unas caras muy raras, se le abría la boca y se estremecía. - ¿qué… qué me pasa….? 

     “Ay, Dios, se corre… se… se va a correr, y yo voy a verlo… ¡y es por mí, la estoy haciendo que se corra!” Bruno tenía más experiencia por las veces que tenía sueños verdes y se despertaba con el pijama pringoso, pero ella no tenía orgasmos en sueños, le pillaba de nuevas… El Rubio la soltó para apoyar las manos en el suelo y empezó a empujar como un loco, dejándose ir sin miramientos, ¡por fin iba a saber lo que era un orgasmo estando despierto…! Al segundo envite, el placer se hizo insoportable, le agarró desde los hombros a los riñones, como si le mordiera, un bienestar delicioso le invadió, y entre temblores, pudo notarlo… notó perfectamente que sus huevos se elevaban ligeramente, que estallaban desde dentro y que su leche ardiente le recorría todo el miembro y que su Mágnum se descargaba, entre contracciones deliciosas que le daban un placer inenarrable, dentro de ella… 

    -¿Hah….? Aaaah… algo… aaaaah… muy caliente…. – Charito tenía los ojos desorbitados de sorpresa y de placer. – mmmmmh… aaaah… quema… escuece… ¡me gustaaaa! ¡No te pares ahora, por favor, no te detengas…! – suplicó, abrazándose a él, y Bruno se maldijo por no haber durado un poquito más, pero ahora sí la tumbó, se puso encima de ella, y bombeó, moviendo el culo, embistiéndola, notando cómo ella se ponía tensa, quería mirarle a los ojos, pero éstos se le cerraban a cada momento, los jadeos de ella le bañaban la cara y, muy bajito, en su oído, la oyó susurrar “no pares… sigue…. Sigue… sigueeee…. Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii….”. Charito le apretó con las piernas, con los ojos cerrados muy fuerte, hasta que los abrió, poniéndolos en blanco, y con su sexo, le apretó el miembro. 

    “¿Ah…? Me… me abraza por dentro… ¡le tiembla! Mmmh… cómo me aprieta, me… me la va a poner dura de nuevo… huy… huy, qué gustazo… aaah… ¿esto, es que se ha corrido….?”. Bruno estuvo a punto de preguntárselo, pero la miró la cara, y no fue necesario. En lugar de eso, la besó de nuevo, metiéndole la lengua en la boca una vez más, saboreando sus gemidos, y se dejó caer plenamente sobre ella, abrazándola con fuerza… Qué feliz se sentía. 

     Charito frotaba su cara contra el hombro de Bruno, absolutamente feliz, encantada de la vida. Todo su cuerpo cantaba de bienestar, aunque su cerebro persistía en recordarle cosas incómodas respecto a lo sucedido y las consecuencias que podría acarrearle, pero lo mandó callar. A su nariz llegaba el olor del sudor de Bruno, agrio y salvaje, pero tan agradable…. En ese momento, se sentía satisfecha, mimada, querida, deseada, llena de amor. Era el momento más feliz de su vida, de la pasada y probablemente de la venidera… por eso susurró, tan bajito que Bruno ni siquiera lo oyó:
      -Me gustaría morirme en éste momento…



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     El lunes siguiente, en el cruce, Bruno dirigía el tráfico como era su costumbre. Bueno, como era su costumbre, no, pensó Andrés. Dirigía el tráfico, pero en contra de sus costumbres, estaba de un humor excelente, no le había gritado a nadie, no había soltado ningún taco y sonreía a todo el mundo. 

     -Bruno, tú estás… raro. – le había dicho.  Y Bruno se limitó a sonreír y decir que se había levantado de buen humor, Andrés estuvo a punto de contestar “seas quien seas, ¡sal del cuerpo de mi amigo!”, pero se contuvo, y se limitó a mirar a aquél Bruno tan amable y paciente con alguien que no fuesen los niños o la señorita Charito. Y al pensar en aquello, no pudo evitar preguntarse si… No, qué tontería, Bruno llevaba su Anillo de Pureza, presumía de él y de la promesa que simbolizaba, era imposible que su compañero hubiera estrenado esa otra pistola con la que sí había nacido. Le sacó de sus pensamientos un silbatazo infernal, y vio un precioso coche rojo detenerse bruscamente frente al Rubio. 

    -¡Ah, Dios mío! ¡No me pegue, señor agente, no me pegue! – el chico del coche era el mismo que el de la vez anterior, sólo que esta vez, sin chica. 

    -Calma, hijo… - sonrió Bruno, ante el estupor del muchacho - ¿Pero qué has pensado, que te iba a pegar?

     -Ah… ¿no va a … no va a sacarme del coche a tirones, y a golpearme contra el coche, y a meterme a empujones en el coche patrulla, y a hacerme recorrer todo el camino a la celda a patadas en el culo, señor…?

     -¡Claro que no! – Sonrió Bruno, paternal – Andrés, ¡se creía que le iba a pegar! Hijo, a mí, a la policía, no hay que tenernos ese miedo, ¡pero si yo no soy un monstruo! Sólo quería decirte que te has saltado un stop, pero no hay nadie en la calle, no ha pasado nada grave… puedes seguir circulando, sólo sé prudente. 

     -Eeh… ¡de acuerdo, señor! – asintió el joven y arrancó. Bruno sonrió más, y anotó la matrícula.

     -Saltarse un stop… no señalizar en cambio de carril… exceso de velocidad… y falsas acusaciones a un agente de la ley. Total, novecientos de multa. Andrés, localiza esa matrícula y mándale la receta a casa. – inspiró - ¡Me siento bien conmigo mismo! Cumplo con mi deber, y no tengo necesidad de andar asustando a la gente, como si fuera un coco. Haaaah… qué día tan precioso.

     Andrés prefirió no indagar, pero una cosa resultaba tranquilizadoramente clara: de buen o de mal humor, el Rubio iba a seguir siendo siempre el mismo cabrón.