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viernes, 6 de septiembre de 2013

Lucha libre en el barro.

El local estaba muy concurrido, la mayoría de los parroquianos eran hombres, eso sí, pero también había buena cantidad de mujeres. Todo el mundo bebía, hacía bromas y reía alegremente, mientras muchas parejas se abrazaban, besaban o hasta sobaban sin ningún reparo. Jean me tenía cogida del hombro, y yo no estaba completamente segura de querer saber qué íbamos a hacer allí.

Después de su afortunada recuperación, yo, no había tenido más idea que admitirle que me gustaba tenerle de compañero sexual… "qué idiota, qué idiota, qué idiota", me repetía sin cesar. Yo había entrado a trabajar en el bufete de Jean Fidel hacía algunos meses, y él se había aprovechado de mi "debilidad" para usarme como juguete sexual. Lo cierto es que yo era hipersensible a las ondas sonoras, tenía una especie de alergia a la música, de modo que las canciones me dejaban como embobada, me provocaban deseo sexual y podía verme empujada a obedecer la letra de las mismas; buen conocedor de ello, Jean usaba esto para llevarme a su terreno, aún cuando él a mí, no me gustaba demasiado. Es decir, me gustaba, pero… no le amaba. Seamos sinceros, NADIE puede amar a Jean Fidel. Puedes tenerle cariño, pero no amarle… él mismo no se dejaba, la sola idea le aterraba, porque eso significa que tenía que decidirse por una sola mujer, con lo cual, perdía de golpe a todas las demás…. Pero volvamos al local.

Tras tener la idea de bombero de sincerarme con él, claro está, Jean se había puesto contentísimo, y para celebrarlo, me había invitado, una vez recobrado por completo, a salir a "uno de sus locales favoritos". Y yo, conociéndole como le conocía, no había tenido más ocurrencia que aceptar, y es que hay veces que me merezco lo que me pasa. Me di cuenta que muchas personas saludaban a Jean, le sonreían, le daban la mano, y le llamaban por una especie de apodo, que no llegaba a entender con el ruido ambiente. Llegamos a la barra y el barman enseguida le puso una copa, y me preguntó qué deseaba yo.

-Para ella, lo mismo. Necesita mantener las ideas claras - dijo Jean, y el camarero sonrió con picardía, colocando otra copa frente a mí, de líquido rojizo con una sombrillita. 

-¿Para qué necesito mantener las ideas claras, Jean? – quise saber. Probé la copa y sonreí, gustosa. Era zumo de frutas, sabía sobre todo a fresas, estaba muy rico. 

-¿No querrás que te estropee la sorpresa, verdad? – le miré con suspicacia. Las "sorpresas" de ese maníaco sexual, iban siempre por los mismos caminos, era de todo menos de fiar. – Relájate, te garantizo que va a ser divertido… muy divertido, de hecho, ¡ya verás…! – y empezó a reír sin poder aguantarse. 

A mí aquello cada vez me daba peor espina, pero admito que sentía curiosidad, de modo que me acabé mi zumo y cuando Jean me tomó del brazo para pasar a otra sala, me dejé llevar por él. No pude evitar darme cuenta que, a medida que avanzábamos por el local para cambiar de sala, los habituales de allí nos hacían pasillo, y empezaron a aplaudir a Jean… ay, Dios mío… ¿dónde me había metido ese sátiro? Cambiamos de sala, y mi horror se convirtió en un impacto físico cuando vi lo último que hubiera querido ver: un montón de hombres y mujeres haciendo apuestas, arremolinados en torno a… un ring. Lleno de barro. Donde dos chicas luchaban por quitarse los sujetadores mutuamente. 

-¡¿Me has traído a ver lucha libre en el barro?! ¿¡Ésta es tu idea de una celebración?!

-¡Claro que no! ¿Cómo puedes pensar que te traería a algo tan vulgar como ver lucha libre en el barro? No vamos a ver lucha libre en el barro… vamos a HACER lucha libre en el barro. – Pasé del alivio a la estupefacción, y pasada ésta, reaccioné:

-Jean, muérete. – sonreí – Por simple curiosidad, ¿qué te hace pensar que yo, voy a subirme a un ring de barro, por favor?

Jean sonrió con su cara de pícaro listillo, ¡qué rabia le tengo a esa sonrisa!, y me acercó el brazo, como si fuese a dejarlo en mi hombro, pero rápidamente lo dejó caer por mi espalda para tomarme del trasero, sólo por una centésima de segundo le frené la mano a tiempo, y sonrió más, como siempre que me anticipo a él, y dejó el brazo, esta vez sí, en mi hombro, y contestó:

-Thais – ése es mi nombre – Tú misma me admitiste que yo te gustaba para tener sexo conmigo. Y el sexo conmigo, te gusta porque siempre es diferente, siempre es divertido. Te gusta negarte a cosas como éstas y fingir que te dan vergüenza, porque así, no te sientes culpable por hacerlas… aunque en el fondo-fondo, lo estés deseando – quise negar tajantemente, pero hizo un gesto vago con la mano libre, como para indicar que, en realidad, no tenía importancia, y continuó – Thais, esto puede hacerse de dos maneras, mala, y buena: Una, subes al ring conmigo, y luchas. 

-Y…. ¿cuál es la buena?

-Esa, era la buena. – sonrió más – La mala, es… que puedo pedirle a uno de estos tipos que conozco tan bien, que ponga la canción Bad Reputation, y que te subas tú sola al ring, a luchar contra cinco tíos desconocidos… y lo mejor, es que si pongo la música, no tendré que convencerte, me suplicarás hacerlo. ¿A que es genial?

Inflé los carrillos de indignación, ¿no tenía límites para su caradura? No, no los tenía, me recordé muy bien. Mi única alternativa era… mierda, no tenía NINGUNA alternativa. 


***********


-¿"Sostén contra erección"? – pregunté. Estábamos en el vestuario, cada uno en un cubículo separado, porque los vestuarios eran mixtos. Allí, no había dudas de qué tipo de local se trataba. Me estaba desvistiendo, quedándome sólo en bragas y sostén, esas eran las reglas. Jean se quedaría sólo en calzoncillos. 

-Eso es. Yo intento quitarte el sujetador, tú intentas provocarme una erección, el que lo consiga primero, gana. Si alguien del público intenta tocarte, quéjate, será una falta, pero si te meten billetes en las bragas, te los quedas. 

"Billetes en las bragas…" pensé, horrorizada, ¿en qué cuernos estaba pensando yo al dejarme convencer? ¡No iba a ser capaz! Jean iba a quitarme el sostén en medio de toda aquélla gente, y yo iba a morirme de vergüenza. Con las manos tan temblorosas que no atinaba con ellas, me puse un albornoz de color rosa, y salí de mi cubículo. Jean ya me estaba esperando, con el suyo puesto, de color rojo y una especie de runa bordada en la espalda, algo que parecía una s, una t y una f mezcladas, dispuestas de tal modo que parecían una seta. "El muy puerco, tiene hasta un albornoz propio… ¿cuántas veces habrá venido aquí?" me pregunté. 

-No tengas miedo, verás cómo te diviertes. – sonrió. Parecía tener verdaderas ganas de empezar, y nos dirigimos a la puerta. – piensa esto: si quieres pellizcarme, abofetearme, o azotarme… - Dios, se estaba poniendo caliente sólo de pensarlo, se le notaba al hablar – puedes hacerlo libremente, tómate la revancha. Eh, pero una cosa importante, eso sí: en la cara, no, por favor, ¿vale? Cualquier cosa menos la cara. 

Negué con la cabeza. No sabía de qué sorprendía. Al fin salimos a un pasillo que conectaba directamente con el ring, y oí de inmediato un barullo infernal, coreado a muchas voces, mientras Jean alzaba las manos y saludaba, encantado, y por fin entendí el sobrenombre: SacaTrufas. Me sonrojé violentamente. Tenía su lógica, teniendo en cuenta que su papel en la lucha era el de quitar sostenes, y que además, era medio francés. Y para mí, le estaba bien ganado el nombre por lo… cerdo que era. Apenas llegamos al ring, Jean se quitó el albornoz sin ningún reparo, quedando sólo en calzoncillos de color azul pálido. Yo me agarraba al mío como si fuese un salvavidas, mirándolo todo. Estábamos en una especie de piscina cuadrada, llena de barro hasta un poco más allá de mis tobillos, por encima del borde de la piscina, estaban las cuerdas y el público. Nos estaban vitoreando, y una voz de micrófono me sobresaltó.

"¡Bienvenidos, una noche más a la Charca!" – dijo una bonita voz de animador – "Soy Tony Superhot, en directo para todos vosotros. Y también para todos nosotros, el rey del barro, el príncipe del ring, el emperador de los sostenes, porque todos caen a sus pies en cuanto le ven aparecer: ¡SacaTrufas Jean!" Mi jefe alzó los puños en señal de victoria anticipada, y la práctica totalidad de hombres le corearon… pero buena parte del público femenino, se deshizo en abucheos "¡fuera, tramposoooo! ¡Buuuuuuuuuu! ¡Largo, pirata!", y otras lindezas. "Y en el otro lado del ring, una preciosa aspirante, que no parece muy dispuesta, pero que viene a medirse contra el campeón, ¡un fuerte aplauso de ánimo para T.T.T., Tigresa Tímida Thais!"

"Tigresa Tímida…." Pensé, aún más roja. La primera vez que nos acostamos… o que nos revolcamos, mejor dicho, Jean me había dado ese nombre. Había tenido la desvergüenza de usarlo aquí…. Por un lado, tenía ganas de llorar del corte que sentía, por otro, tenía ganas de aprovechar la coyuntura y sacudirle un par de collejas. El árbitro del encuentro era una chica, la llamaban Traviesa, y me hizo seña para que me quitara el albornoz. Casi temblando, pero me solté la cinta, me lo quité y se lo entregué. Sentí que muchos ojos me miraron, oí silbidos… pero ya no pude pensar más, porque sonó el gong de inicio del primer asalto, y el tal Tony Superhot empezó a narrar el combate.

-¡Los contendientes están en sus esquinas, y empiezan a moverse el uno hacia el otro… bueno, el otro hacia la una, porque nuestra Tigresa parece más bien una gatita asustada, y sólo parece intentar mantenerse lo más lejos posible de Sacatrufas… lo que dicho sea de paso, es una actitud juiciosa! – decía el comentarista con su voz cómica, mientras yo jadeaba de terror, viendo la cara hambrienta de Jean, sus manos adelantadas… mis pies resbalaban en el barro viscoso, no muy espeso, y tenía que hacer esfuerzos para sostenerme en pie mientras me movía. Jean lanzó un amago rápido y me aparté, y tuve que agarrarme a una cuerda para no caerme, mi jefe intentó lanzarse contra mí, y escapé lo más rápido que pude, cruzando el ring, pero eso fue un error. - ¡Oh, creo que ya está, Sacatrufas la ha placado, la inmoviliza, está buscando el cierre, va a…! ¡Hey, eso ha estado bien! 

Había manoteado desesperada, y en mi intento de librarme de él, tomé barro en las manos y se lo lancé a la cara, Jean protestó y me soltó, y aproveché para huir y refugiarme en una esquina del ring, con la espalda pegada a las cuerdas, dispuesta a no ofrecerle los enganches del sostén ni por error. 

-¡Sacatrufas está molesto, se quita el barro de la cara y sonríe amenazadoramente a nuestra gatita… que ha demostrado, que sabe arañar! – seguía narrando Tony - ¡Tigresa Tímida se ha ganado el corazón de todas las féminas del público en un segundo! – y era cierto. Podía oír muchas voces femeninas dándome ánimos, y eso me infundió valor "Si voy a tener que enseñar las peras, aquí, delante de todos… por lo menos, que le cueste su trabajo conseguirlo", pensé. 

-¡Sacatrufas no está dispuesto a cejar, si no puede ganar rápidamente con un placaje, estoy seguro que usará alguna de sus bien conocidas artimañas… y, sí, señores, ahí está el Deslizamiento, para delicia de todos! – Con tal rapidez que no pude esquivarle, Jean se puso en cuclillas y patinó por el fondo de barro, dispuesto a arrollarme con su propio cuerpo. Salté, intentando salvarle, pero me agarró por la pierna e intentó subir por mi espalda, parecía tener diez manos, le pegué cachetes en ellas, pero eso no bastaba, tenía que distraerle con algo, atacar de algún modo, y, aprovechando que estaba tumbado boca abajo en el suelo, sólo se me ocurrió… - ¡GUAU! ¡Eso, es atacar! ¡No había visto esa llave más que a Cammy, en el Street Fighter! – Yo ni sabía de qué hablaba el tan Tony, sólo sabía que me había sentado en la cara de mi jefe, poniéndole todo mi sexo en la boca, cubierto sólo por las bragas empapadas de barro, y apretándole con las piernas… si eso no le distraía, NADA lo haría.

-¡Lo ha conseguido, Sacatrufas ha perdido concentración… claro que, ¿Quién no la perdería?! ¡Pero un momento, amigos, nuestra gatita no se ha conforma con defenderse, sino que sigue atacando, se curva hacia atrás y… le está pellizcando los pezones! ¡Sacatrufas se retuerce en el barro mientras Tigresa se refrota contra su cara, oh, Dios, no creo que pueda resistir mucho más sin presentar armas…! ¡Tiene que librarse de ella… y lo consigue, le ha pinzado los costados, Tigresa brinca sobre él, y Sacatrufas la empuja para que caiga al barro! ¡De nuevo intenta colocarse sobre ella y quitarle el sostén! ¡Tigresa intenta hurtar el cuerpo! ¡Se lanza a su bragueta, va a intentar…! ¡Oh, no… eso ha sido astuto, pero no le ha servido de nada! ¡Los perdedores, muerden el polvo; los aspirantes, tragan barro! – tosí ruidosamente y escupí lodo. Había intentado una imbecilidad: chuparle el miembro sin quitarle el bóxer, sin recordar que estábamos empringados de barro de la cabeza a los pies. Jean se rió e intentó de nuevo abalanzarse, pero entonces, sonó el gong. 

-¡El árbitro ha hecho sonar el gong… dice haber detectado una irregularidad, y pide a Jean que se acerque! – Mi jefe puso cara de extrañeza, y se acercó a la árbitro. Les oí discutir, Jean alegaba que no estaba aún erecto, y la chica insistía, señalando sus calzoncillos. Finalmente, Jean resopló y se tiró de la cinturilla, para que ella pudiera mirar. - ¡Y SÍ, hay una irregularidad! ¡Sacatrufas está usando un bóxer que no está suelto por completo, sino que tiene redecilla interior que le sujeta el equipo! – sonoros abucheos femeninos se dirigieron a mi jefe, quien decía que no había ninguna norma que le prohibiera usar ese tipo de prenda, mientras que la árbitro insistía en que, aunque no estuviese explícitamente indicado, puesto que los bóxers que se vendían allí mismo para luchadores aficionados, no tenían redecilla, se sobreentendía que no podían llevarla, porque podían ayudarle a ocultar una erección el tiempo suficiente para hacerse con una victoria. 

-Finalmente, parece que el campeón va a tener que cambiarse de calzoncillos… sí, en efecto, le traen unos bóxers de venta. – Jean se puso el albornoz y se estiró de los calzoncillos para quitárselos y ponerse los nuevos sin que se le viera nada. Cuando se volvió, me miró con ansias sexualmente asesinas. - ¡Se reanuda el combate, y Sacatrufas parece tener verdaderas ganas al sostén de Tigresa! Se miran retadoramente, ahora es nuestro campeón quien esquiva al aspirante, quien mide cuidadosamente las distancias, Tigresa ha demostrado ser merecedora de su nombre, ¡es hasta ahora, la contrincante que más tiempo, y más problemas, le ha dado a Sacatrufas! El campeón intenta rodearla, pero su aspirante es rápida, intenta no resbalar y no le da nunca la espalda… ¡Sacatrufas se ha lanzado a por ella! ¡La tiene abrazada, presa por los brazos, le busca una vez más el cierre, mientras nuestra gatita se debate inútilmente...! ¡Le está acariciando! ¡Tigresa ha doblado las piernas y le está acariciando con los muslos, el campeón intenta hurtarle el cuerpo mientras no deja de tantear en busca del cierre, pero está húmedo y cubierto de barro, no le resulta fácil, y Tigresa no deja de frotarle… la tira al suelo! ¡Sacatrufas se deja caer con su contrincante aún en brazos, en un intento de dominarla mejor! ¡Se ha soltado! ¡Nuestra gatita ha logrado resbalarse, pero Sacatrufas la agarra por las piernas antes de que pueda escaparse, Tigres logra darse la vuelta y ocultar la espalda, pero el campeón le agarra un tirante del sostén y tira de él, descubriendo un pecho! ¡Tigresa intenta taparse con las manos, y el campeón tira de ella, pero nuestra gatita hace escudo con los pies, y… le está acariciando con los pies! 

No sabía ni cómo lo hacía, sólo que no quería que me quitase el sostén, y me estaba defendiendo con uñas y dientes. Notaba su virilidad cálida, en mis pies, y le froté, presionando, intentando que respondiera rápidamente. Jean cerró los ojos con fuerza y le oí musitar "Margaret Tatcher, mi madre, Ernst Borgnine….".

-¡Sacatrufas está teniendo que tirar de todo su autocontrol para dominarse… Tigresa, si te sirve de consuelo, a mí no me habrías puesto a presentar armas, me habrías dejado con el pantalón empapado! ¡Nuestra gatita va a escaparse una vez más… no… no va a escaparse! ¡Ha aprovechado el descuido del campeón en concentrarse para tumbarle, se tumba encima de él, aprisionándole los brazos, y le planta el pecho en la entrepierna, y empieza a frotarse sin piedad! ¡Sacatrufas intenta debatirse, pero ya no le quedan fuerzas… presumimos que tal vez, sólo tal vez… esté demasiado a gusto para poner verdadero empeño en librarse! ¡Y sí, señores, ahí está…! ¡Por primera vez en toda su carrera, Sacatrufas no ha logrado hacerse con un sostén antes de presentar armas! ¡Sólo falta que lo certifique nuestra encantadora árbitro, Traviesa!

Me levanté. Y me di cuenta de que estaba sonriendo. Todo el público, incluso los hombres, me coreaban y me aplaudían. Sentía la cara ardiendo, pero me sentía feliz. Me sentía traviesa, juguetona, y también ganadora y audaz. Jean se levantó, con una erección que hacía ángulo de 90 grados con su cuerpo y me tendió la mano en señal de deportividad, con una sincera sonrisa. Se la estreché, casi emocionada… y entonces, me atrajo velozmente contra sí, y con la mano libre, desabrochó mi sostén y lo soltó, levantándolo en el aire como si fuera un trofeo. Se me escapó un chillido y me cubrí con los brazos, mientras los hombres se reían y las mujeres le abucheaban, "¡traicionero, tramposoooo!"

-¡Sacatrufas ha hecho de las suyas una vez más! – gritó Tony – ¡Al haberse hecho con el sostén antes del juicio del árbitro, ha convertido su derrota en un empate! ¡Puede que nuestro campeón no sea muy ortodoxo, pero que detesta perder, eso nadie puede negarlo! 

Sentí que la ira crecía en mi interior, una rabia infantil producida por su injusticia y su mal perder, ¿¡es que no podía admitir una derrota limpia, por una sola vez?! Se merecía… se merecía… ¡iba a ver!

-¡Arrea! – A Tony le salió del alma. Todos los espectadores ahogaron un grito. Jean se puso como un tomate. Yo grité "¡JÁ!". Y de pronto, todo el mundo, comenzó a reír. Le había agarrado los calzoncillos y se los había bajado de un tirón…. Las risas parecían no querer acabar nunca, mientras mi jefe se dobló sobre si mismo intentando ocultarse y se subía la prenda como podía, echándose a reír él también, y uniéndose a los aplausos que me brindaban todos, incluido el comentarista – Caray… qué calladito se lo tenía…


**************


En las duchas, el agua caliente caía sobre los cuerpos de los dos, quitándonos el barro, mientras nos besábamos como si mañana se fuese a acabar el mundo, al ritmo del hilo musical, que tocaba música de saxo, me recordaba a la banda sonora de las pelis porno hortera de los setenta. "Esto, no es besarse…" me decía una parte de mí "esto, es exploración de amígdalas y batalla de lenguas". Jean y yo estábamos abrazados con tanta furia como si quisiéramos atravesarnos, yo misma le agarraba del pelo y de vez en cuando le tiraba de él para hacerle echar hacia atrás la cabeza y besarle el cuello, el pecho… le tenía abrazado también con una pierna y él no dejaba de frotarse contra mí, jugueteando en la entrada, retrasando el momento de penetrarme, por más que los dos lo deseáramos. 

"Parecemos animales… aquí, en las duchas públicas de un local de lucha libre en el barro, y enrollados como perros, ¿qué diría cualquiera si ahora entrase alguien…? Bueno, lo más probable es que dijera algo como "¿es una fiesta privada o admitís a uno más?", tratándose de éste sitio…". Jean sacó la lengua y yo hice lo propio, acariciándonos por fuera, lamiendo el agua caliente, jadeando con pasión. Mi estómago giraba, y me encantaba la sensación, por más que no quisiera admitirlo. Pero qué más daba que lo admitiera abiertamente o no, si mi cuerpo estaba claro que sí lo admitía. Dios, qué guapísimo estaba Jean bajo el agua… qué guapísimo había estado todo lleno de barro, hubiera dado algo por que nos hubieran puesto música en el ring y habérselo hecho allí mismo, en la piscina de barro viscoso, delante de todos… me di cuenta que era mi parte alérgica a la música la que pensaba aquello, yo sería incapaz de algo así… 

-Mírame… no cierres los ojos… - me pidió Jean, y dando un golpe de cadera, me embistió por fin. Al intentar no cerrar los ojos, los abrí desmesuradamente de placer, ¡qué gustoooo….! El calor maravilloso recorrió todo mi cuerpo, mi columna vertebral pareció derretirse, y me agarré más a Jean, convencida de que las piernas no iban a poder sostenerme. Mi jefe me sonrió, tampoco él cerró los ojos y se estremeció de gusto. Estaba claro que el que yo le mirase mientras ponía caras de placer, le sacaba de quicio también a él. Empezamos a movernos… los dos intentábamos hacerlo despacio, pero no nos era posible, estábamos demasiado excitados con la peleíta y con el refroteo anterior, y literalmente brincábamos el uno sobre el otro, jadeando sin cortarnos. 

-Aaah… Je-Jean…. Jean… me… me voy a terminar dentro de nadaaa… - le avisé, y él asintió, le pasaba lo mismo, y aceleró más aún, pegó su boca a la mía, y no cerró los ojos. El placer empezó a gestarse en la pared de mi vagina, un picor delicioso que su miembro rascaba sin cesar, que iba a quedar satisfecho de forma maravillosa de un momento a otro… mis ojos querían cerrarse de gustito, pero hice todos los esfuerzos por conservarlos abiertos, mientras mi lengua acariciaba la de Jean… un poquito más… mis piernas daban convulsiones y mis nalgas se cerraban solas, buscando frotarse más intensamente contra él, y entonces una descarga eléctrica laceró mi espina dorsal y grité, con mi boca pegada a la de mi jefe, mientras mis ojos querían cerrarse y yo no se lo permitía, noté que se pusieron en blanco cuando el placer me estalló en mi rajita y ésta se contrajo, apretando el miembro de Jean en ella, que no dejaba de moverse, prolongando el gustito delicioso que se expandió por mi cuerpo, haciendo que rompiese a sudar y que una sonrisa de viciosa se abriese en mi cara… Jean estaba jadeando como una bestia, sólo entonces noté que estaba terminando de empujar… se había corrido al ver mi orgasmo… pude sentir su descarga en mi interior… una gotita se salió e hizo cosquillas por mi muslo, deslizándose suavemente, hasta que el agua de la ducha se lo llevó. 

Me dejé recostar sobre Jean, y éste me apretó, bajando sus manos a mis nalgas y apretándolas, moviéndolas… mmmmh… estuve por prevenirle que si seguía así, me iba a poner ganas de nuevo, pero no hacía falta que se lo dijera. Él lo sabía de sobra, por eso lo hacía. 

-Has sido la primera chica que ha estado a punto de vencerme. – me dijo. 

-Lo había conseguido, de hecho si no hubieras sido tan tramposo de aprovecharte de mi deportividad… si yo fuera mala ganadora, no lo hubieras conseguido. – sonreí. 

-Lo sé… es la ventaja que tenemos los malos, sabemos cómo pensáis los buenos. Aún así, el golpe de bajarme los calzoncillos, no me lo esperaba. Ha sido horrible… - se rió – me has hecho pasar la peor vergüenza de mi vida, me sentí humillado, expuesto, con el estómago dándome un vuelco y el corazón a cien por hora, la cara me ardía, podía sentir que todo el mundo miraba mi erección, los ojos de todos clavados en mí… 

-Me puse furiosa… Jean, lo siento…

-¿Eh? ¿Y por qué vas a sentirlo? ¡Me gustó!