¿Te ha gustado? Mira mi libro:

sábado, 19 de octubre de 2013

Amar es todo un arte



  -Con exactitud… ¿Qué es lo que usted está buscando, señor Lizarra?

     -Con exactitud… supongo que… un poco de cariño. Un poco de comprensión. Sentirme escuchado… - el hombre, sentado frente a la “gestora en relaciones privadas” de la agencia, algo encorvado en la silla, con las manos entrelazadas y ocultas entre las rodillas, intentó resumir su deseo – Quiero volver a sentir que le importo un poco a alguien.

    La gestora sonrió con amabilidad.

     -Por favor, no se sienta violento. Lo que está haciendo, no es nada malo. Le sorprendería saber cuántos hombres piden nuestros servicios, y no buscan sexo, ni orgías, ni nada parecido… si no lo mismo que usted: que alguien les haga sentir queridos.

    Arturo se sintió más aliviado, porque lo cierto es que se sentía terriblemente culpable. La gestora empezó a tomar sus datos, su nombre, estado civil, dirección completa…

     -Arturo L. Lizarra, viudo, vivo en… perdón, pero... soy abogado, se me exige una cierta, perdóneme por la palabra, respetabilidad… me es precisa discreción absoluta.

     -No tema por eso, señor Lizarra. Somos la Discreción. Vea: nuestros cargos, si decide nuevamente solicitar nuestros servicios, se harán con el nombre de Empresas Facturación; siempre le llamaremos con número oculto, que no puede grabarse en teléfonos y al que no es posible rellamar, y nunca preguntaremos por usted, sino que cuando vea en su teléfono la palabra “oculto”, deberá decir una clave privada que sólo sabrá usted, de lo contrario, no se produce comunicación; cualquier notificación que nos veamos en la perentoria necesidad de enviar a su domicilio, le será entregada siempre a usted personalmente, y sólo a usted personalmente. Nuestra base de datos está encriptada y no se facilitan jamás a terceros bajo ningún concepto. Si llegase a precisar protección, coartadas, excusas fiables y sólidas, sólo tiene que llamar a su número personal y pedir lo que desea, desde un coche y un camuflaje que le saquen discretamente de algún lugar, hasta facturas, testigos y fotos que prueben que usted estaba en un sitio determinado a unas horas determinadas. Lo que sea.

     Lizarra se sintió tranquilizado. Lo cierto era que le había costado muchísimo tomar la decisión de ir a la Agencia, y se había sentido muy mal, pero cada vez se iba sintiendo mejor y con más ganas de que todo comenzase, de modo que no tuvo inconveniente en dar sus datos, pero se sintió de nuevo un poco incómodo cuando la gestora le preguntó por sus preferencias en materia de chicas…

     -¿Más o menos, de qué edad le gustaría? ¿Alguna apetencia por el color del cabello, los ojos, el tamaño del busto….? O si quiere ver el catálogo…

     -¡No! – contestó Lizarra. La idea de mirar fotos de chicas y escoger una, le daba pánico. Le parecía demasiado… frío. Él quería algo… menos esquematizado. – La verdad, me da un poco igual cómo sea la chica… me gustaría que fuese una persona divertida. Y cariñosa. Eso sí, por favor. No me importa si no es muy joven, incluso si es de mi edad, no me importaría, siempre que sea… agradable. Divertida.

     La gestora asintió, pensativa.

     -Encontraremos a alguien especial para usted.


*************



      Desde la entrevista con la agencia, habían pasado ya dos días, y de momento, no había tenido noticias. No tenía prisa, sabía por… conocidos, y opiniones de internet, que podían tardar hasta una semana, pero siempre daban con la persona adecuada para uno. Después de todo, no era como ir a un prostíbulo, ¿verdad? No, no lo era, claro que no lo era. Él había pagado a la Agencia, no a la chica. Es cierto que la mayor parte de las chicas eran profesionales y se llevaban su parte, pero… no se dedicaban a eso en exclusiva. Era más bien un… entretenimiento. Eso es.

    Lizarra estaba repasando acerca de su último caso, pero ponía bien poca atención en sus papeles, porque estaba con la cabeza más bien puesta en su futura cita. Por una parte, tenía unas ganas tremendas de que sonara el teléfono, por otra, tenía un miedo de muerte. “Yo dije que quería cariño, sentirme escuchado… se hará una idea con eso de lo que me sucede… además, no es exactamente prostitución, pero tampoco es exactamente una cita, así que no se reirá de mí porque no…”
 
    ¡RIIIIIIIIIIIIING!

     Sonó el teléfono y Arturo casi se cayó de la silla del bote que dio, agarró el auricular y tiró sin querer todo el aparato en su prisa por contestar.

     -¿Sí? ¿Diga? – al otro lado sólo se oyó un “tuuuuuuuuuuuuuuuu….”. Lizarra miró el identificador, donde se leía “oculto”, y recordó su código – Ochenta y ocho. Diecinueve. Cero cuatro. – se oyó una especie de “clic”, y la voz cálida y amable de su gestora le saludó.

     -Buenos días, señor Lizarra. A pesar de que me ha dado el código, por pura formalidad, ¿puede usted hablar con libertad?

    -Sí, sí, diga.

    -Hemos encontrado a la chica para usted, ¿está libre esta tarde?

    -¡Sí! ¿Dónde he de ir?

    -Ella puede verle de tres a cinco en el Café Royal, ¿sabe dónde está?

    -Sí, junto a la Universidad, ¿verdad?

    -Exacto, ¿podrá ir?

    -Desde luego, estaré allí  a las tres en punto. Pero… ¿cómo la reconoceré?

    -Llevará una chaqueta de color rojo. Usted sólo debe ser natural y comportarse como si todo fuera casual… puede invitarla a una bebida si lo desea, o simplemente darle las buenas tardes y sentarse con ella, comprobará que ella se lo pondrá fácil, pero si por casualidad usted se sintiera inseguro, sólo dígale que es el hombre de la Agencia, ella tomará las riendas. Si por casualidad ella no pudiera ir, se pondría en contacto con usted de ésta misma manera, también tendría que darle el código. ¿Tiene usted alguna pregunta?

    -No, ninguna… sólo gracias. Muchas gracias.

    -A usted por usar nuestros servicios. – se oyó que la mujer sonreía cordialmente - Sólo esperamos que desee repetir, esa es nuestra mejor garantía de éxito. Sé que pasará una buena tarde, señor Lizarra, pero se la deseo de todos modos.

    -Igualmente, gracias. – Arturo colgó. Miró el reloj. Quedaban cinco horas.


******************


     Eran las tres menos cuarto y el abogado estaba ya en el Café Royal. Conocía bien el sitio, era un encantador lugar casi oculto en una callejuela, nada más salir de la Universidad. Su Universidad, allí había estudiado… Dios, parecía que hubiese pasado una vida entera desde aquello. El Café Royal era un sitio muy conocido por los estudiantes, en especial por los de Bellas Artes, porque quedaba cerca del extremo de la Universidad donde estaba su facultad, un poco alejada del resto de facultades. El Royal tenía su saloncito público, donde las parejas o los grupos de amigos podían sentarse medio aislados para disfrutar de una conversación privada o de alguna que otra caricia, y más allá, estaban los reservados, con preciosos sillones muy cómodos, donde, por un precio más elevado, podía desde jugarse una partida de ajedrez tomando té árabe y fumando en cachimba, hasta hacer el amor frente a una jarrita panzona de chocolate caliente y una bandeja de pastelitos. Eso Lizarra lo sabía bien, porque había hecho ambas cosas. Es cierto que más la primera que la segunda, pero aún así, cuando había llevado a su mujer, entonces novia, a uno de esos reservados… De eso, sí que hacía una vida entera, pensó con nostalgia.

     Pero Arturo no deseaba ponerse triste, y centró su atención en el café. Eso sí que no cambiaba, seguía siendo denso, fuerte y amargo como él lo recordaba. Llevaba al menos quince años sin tomar ese bendito café, limitándose al insulso descafeinado. Sabía que no hacía bien, pero… ¿acaso hacía bien haciendo… lo que iba a hacer? Ya que iba a ser travieso, podía serlo en todo. Eran ya menos cinco. Respiró hondo y se miró al espejo que el camarero tenía puesto tras él. Es cierto que se acercaba a los cincuenta, que su cabello negro se estaba poniendo gris y en la coronilla había aparecido una zona, de tamaño de una moneda de dos euros, por la que no crecía pelo ya, y mucho se temía que iría aumentando… pero mientras no se agachase, nadie la vería. Era alto, con ojos castaños cálidos y todavía era fuerte y solía vestir bien, por su trabajo… Aquélla tarde se había puesto su traje gris oscuro, casi negro, con la corbata azul marino y el abrigo negro. Había estado a punto de ponerse la capa que tenía, pero le pareció un poco demasiado ostentosa. Había tenido, eso sí, la precaución de dejarse el teléfono móvil en casa, no quería recibir ninguna llamada. En cuanto a su cuerpo, es verdad que estaba algo blando, ya no tenía el vientre tan plano como hacía años, pero aún estaba aprovechable, él lo sabía… Las mujeres le miraban todavía. Si no fuera por su… problema, puede que se hubiese atrevido a algo como esto, mucho antes. Pero le horrorizaba pensar que podía llegar a la cama con alguna y… bueno, estar blando por los brazos, o por la tripa, no era demasiado grave. Lo grave, era estar blando por otra parte…

    Un airecillo frío le recorrió los tobillos y se le coló por las perneras del pantalón cuando se abrió la puerta del Café y entró una mujer. Lizarra apenas la miró, pero entonces se dio cuenta de qué había visto y volvió la cabeza con tal rapidez que estuvo en un tris de tirar el café que se llevaba a la boca. Chaqueta roja. La joven llevaba una chaqueta, bueno, un chaquetón rojo. Un precioso chaquetón rojo con capucha, con cuello y mangas de piel también roja. En un primer momento, Arturo sólo vio aquél chaquetón, hasta que la mujer se quitó la capucha y lo desabrochó, y dejó ver un cabello corto estilo chico de color degradado entre el rosa y el violeta, y una mujer enfundada en un vestido verdeazulado que apenas le llegaba a las rodillas. La mujer se sentó en una de las mesitas aisladas, cubiertas por paredes, y se puso a mirar la carta, para pedir merienda, al tiempo que consultaba su reloj y echaba una mirada general al local, como buscando a alguien… “Es ella”. Pensó Arturo, y se dio cuenta de que estaba sonriendo.

    “Tiene el pelo de colores… rosa, violeta, morado…”. Él había pedido una chica divertida, y aquélla mujer olía a diversión, a que le importaba un pimiento la corrección política o las normas establecidas. Parecía rondar fácilmente los cuarenta y estaba algo llenita, pero desprendía un aura de atractivo increíble, sólo por su forma de ser. Arturo apuró el café y se acercó a ella.

      -Buenas tardes, señorita. – La joven levantó la vista de la carta y le miró por encima de sus gafitas de montura rosada.

     -Buenas tardes. – la mujer sonrió y esperó. No dijo nada más, y el silencio se hizo algo incómodo. - ¿le puedo ayudar en algo, señor…?

     -Eeeh… - no quería hacerlo, hubiera querido ser menos rígido, menos pomposo, pero… vamos, que tiró del comodín – Soy el hombre de la Agencia. – A la mujer se le iluminó el rostro y se levantó, ofreciéndole la mano.

     -¡Oh, encantada, ¿cómo está usted? No le esperaba al menos hasta las cuatro! – Arturo sonrió con alivio, y su corazón latió ligeramente más deprisa cuando ella, además de estrecharle la mano, le dio dos besos.

    -Por favor, tutéame. – pidió él cuando volvieron a sentarse.

    -Ah, yo también lo prefiero. Mi nombre es Ana, supongo que no te lo dijeron.

    -El mío es Arturo… - el estómago le giraba como el programa de centrifugado de la lavadora. – Bueno… debo decirte que es la primera vez que hago una cosa así, yo no… quiero decir que sepas excusarme si me ves un poco nervioso…

     -No te apures… todos se sienten nerviosos, sobre todo la primera vez. Luego les encanta y algunos hasta se dedican a ello profesionalmente.

    -¿De veras? – se asombró.

    -Oh, sí. Al fin y al cabo, es un arte como cualquier otro. Es belleza.

    Arturo se sentía desconcertado. Sabía que sus ideas eran un poco anticuadas, pero esto le resultaba… llamativo.

    -¿Tú… perdona, tú… lo consideras a tu trabajo… un arte? – preguntó con todo el tacto que pudo.

    -Claro que sí. – Ana sonrió con gran amabilidad, parecía  que ya le hubiesen hecho antes esa pregunta. Arturo escuchaba con atención – Verás, hay mucha gente que lo considera… “guarradas”, o “puro erotismo barato”, o hasta “fantasías sexuales de reprimidos”… pero mi trabajo, es arte, puro arte. Yo… me alimento de emociones. De sensaciones. De estados. Cuando tienes a un hombre desnudo delante de ti, cuando ves en su cara lo que siente… es increíble. Es algo que hay que ver, para poder sentirlo… porque todos expresan algo en su desnudez. Los hay que presumen, que se sienten poderosos, orgullosos… en realidad, son los que tienen más miedo, se les ve en la cara, están horrorizados, pensando “¿será mi miembro del tamaño adecuado…? Oh, seguro que ella los ha visto más grandes… me está mirando el culo, es porque lo tengo caído, oh, maldita sea, olvidé depilarme, seguro que se me ven un millón de puntos negros…”. Los hay tímidos que no tienen miedo de mostrar su timidez. Los hay curiosos, que quieren ver qué harás con ellos, los que se interesan por saber cómo se hace esto o aquello y quieren aprender para hacerlo ellos mismos, los que empiezan sintiéndose muy cohibidos, y luego empiezan a soltarse y ya no quieren parar nunca… todo eso lo veo yo, me dejan verlo… y es maravilloso – suspiró – Porque, aunque estén desnudos de cuerpo… lo que desnudan para mí, es su alma… No tienes idea de las cosas que me confiesan.

     Arturo asentía. Claro, tenía su lógica, sí… claro que nunca se le había ocurrido que una chica pudiera estar tan orgullosa de ejercer la prostitución, pero por el modo en que hablaba, caray, parecía algo maravilloso, parecía pura poesía cuando salía de sus labios… Ana sonrió. Le gustaba cómo Arturo la escuchaba.

     -Cuando están en mi sillón, en mi taburete, o hasta en mi cama… se abren. Se abren como flores para mí, os abrís como flores para mí. Se crea entre vosotros y yo una intimidad… que va más allá de todo. Muchos me han contado a mí, cosas que no habían contado jamás a sus esposas, o a sus madres. Ver cómo os confiáis a mí tan tiernamente… es mágico. Sí, eso es, es pura magia. Incluso te diré, y, por favor, no vayas a sentirte ofendido, pero la verdad que prefiero mil veces a los hombres como tú, de tu edad, a los primerizos.

    -¿De veras? – Arturo sonrió, visiblemente halagado.

    -Sí, claro que sí. Yo he trabajado con niños de veinte-veintipocos años, con cuerpo de gimnasio, aspirantes a actores, bailarines… y desde luego que son hermosos, una tiene ojos y no lo puede negar… pero… a veces, son cáscaras vacías. Se piensan que van a tener veinte años toda la vida, y sólo cultivan su exterior, pero no se preocupan de… leer, o de formarse, o de tener personalidad… en tanto que los hombres como tú, sois mucho más atrayentes. Puede que os sintáis algo inseguros en vuestra forma física, pero nadie puede echaros la garra en cuanto a interior, porque habéis leído, estudiado, vivido… tenéis conversación, tenéis unos interiores mucho más hermosos, más ricos, y es un placer hablar con vosotros. Es como la fábula, “hermosa cabeza, pero sin nada por dentro, le dijo la Zorra al Busto”.

    -Ana… da gusto escucharte. – sonrió Arturo, embebido de las palabras de su compañera. – Pareces una poetisa. Eres todo sentimiento, y pasión… estás tan… - buscó la palabra, hasta que dio con lo que deseaba expresar - ¡tan viva!

    Ana sonrió, una sonrisa luminosa llena de simpatía y se inclinó ligeramente, con tono confidencial

    -Me parece que “alguien” ha perdido todo el miedo, y está deseando empezar… ¿vamos a mi casa?

    -¡Sí! – sonrió Arturo, se sentía entusiasmado como un niño pequeño al que le ofrecen ir al cine, o al parque, por más que una parte de sí mismo se obstinaba en recordarle que él no podía empezar nada, que hacía mucho que no podía “empezar”… pero de todas maneras, su entusiasmo no decreció en absoluto. Apenas salieron del Café, un joven de unos veintipocos años entró en el mismo y pareció buscar a alguien.


*****************



          La casa de Ana era un ático muy cercano a la Universidad, una buhardilla de dos niveles, aunque no exactamente de dos pisos… en la planta baja había un gran salón, una cocina y un pequeño aseo, que era la única habitación cerrada, el resto estaba dispuesto como un loft. Daba a una amplísima terraza que circundaba tres paredes del edificio. En un extremo del salón, a manera de única división entre éste y la cocina, una escalera llevaba a un nivel superior, donde estaba el dormitorio, también sin paredes. Había una grandísima cama, si bien Arturo no podía verla del todo desde la planta baja. Parecía una cama poco convencional, se trataba de una especie de colchón muy  grande y alto, y con aspecto de ser muy mullido, cubierto por una colcha que, por lo que veía, representaba el mar. Eso era todo. Pero Ana, ni su casa, eran convencionales en absoluto… las paredes estaban pintadas en un estampado de finas rayas diagonales rosas y verdes sobre fondo blanco, la cocina era toda de madera en los muebles, pero la cocina en sí, era una adorable cocina metálica de formas redondas, antigua, parecía la de una bruja… una bruja buena. En un extremo del salón, justo frente a la cristalera que ocupaba toda la pared y daba a la terraza, había un caballete con un lienzo blanco y útiles de pintar, y una sillita elevada para que quien pintase, pudiese sentarse con comodidad. Al lado, había una peluda alfombra color canela que ocupaba gran parte del suelo. Olía muy bien, olía a especias, a te, a incienso, a limpio, y un poco como a castañas asadas, y… y a Ana, por encima de todo, olía a ella, un olor a vainilla y calor…

     -Desnúdate, por favor. – sonrió ella. Y Arturo sintió sus tripas encogidas con tal violencia como si se las hubieran mordido. Miró a Ana casi con gesto de súplica, pero la joven le miró con su amabilísima sonrisa e insistió – Sé que tienes vergüenza, es normal. No te preocupes por nada, yo no miraré si no quieres. Voy arriba a cambiarme, enseguida vuelvo.

    Ana subió por la escalera y sin ningún embarazo, Lizarra la vio desabrocharse el vestido y guardarlo en un ropero, quedándose en sujetador y bragas, sin importarle un rábano que él estuviese abajo y pudiese verla… “¿Y por qué no?”, se dijo el abogado, y empezó a desvestirse. Colgó el abrigo en la percha de la entrada, se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata, y las dejó dobladas en el cabecero del sofá, se quitó los zapatos, y un remusguillo interesantísimo vibró en su estómago cuando se desabrochó el pantalón y se lo quitó dejándolo igualmente doblado sobre la chaqueta. La diferencia de temperatura y los nervios hizo que se le erizasen los pelos de las piernas, pero aquello sólo le hizo sonreír. Se desabrochó la camisa y se quitó los calcetines negros. El suave vello de la alfombra color canela hacía cosquillas entre los dedos de sus pies, y él no podía dejar de reír nerviosamente. Se quitó también la camisa e igualmente la dejó extendida sobre el resto de sus ropas, y miró sus slips azules… ¿quitárselos, o no quitárselos…? Metió los pulgares en la cinturilla de la prenda, y dudó… oh, al diablo con todo, ella había dicho “desnúdate”, ¿no? Dio un tirón, y su ombligo se encogió, pero se encontró desnudo.

    -Oh, Artie, deja… deja que te mire. – susurró una voz dulce tras él. Arturo no se asombró de que ella le hubiese puesto un apodo. Le gustó, pero volvió sólo la cabeza, las manos tapándose la hombría, pese a que estaba de espaldas a ella, y lo que sí le asombró fue que… ella no estaba desnuda. Ni siquiera en ropa interior, llevaba una especie de camisola rosa, de manga corta y que le llegaba a medio muslo, con restos y cercos de manchitas de pintura. – Por favor, vuélvete y retira las manos, quiero contemplarte. Eres guapo. Eres muy sexy, ¿no lo sabías?

     -Eeeh… - bueno, hacía años, su mujer le había dicho que era… atractivo. No guapo. Y desde luego, nunca sexy. Se medio volvió, pero no fue capaz de quitar las manos, cada vez que lo intentaba, volvían ahí. Cerró los ojos y quiso reunir valor, pero era superior a todas sus fuerzas. Sólo su mujer le había visto desnudo, y sólo en sus primeros encuentros había visto aprobación o lujuria en los ojos de ella. Ana sonrió y se acercó. Colocó las manos en sus hombros y apretó ligeramente, después con algo más de fuerza, haciendo pequeños círculos.

     -Estás muy tenso. Cálmate, no te voy a comer. Verás que va a gustarte, sólo relájate. Si te sirve de algo,… yo también estoy un poco nerviosa.

    -¿Tú nerviosa? – Arturo no se lo acababa de creer.

    -Claro que sí. Una siempre está nerviosa en presencia de un hombre atractivo… siempre tengo un poco de miedo de no quedar bien, de no hacerlo bien… de no captar como es debido toda su belleza y todas sus emociones… Ven aquí. Ven, por favor… - Con toda suavidad, Ana bajó las manos por los brazos del abogado para tomarle de las manos, y éste se las ofreció, olvidando por un momento que estaba desnudo. Al tomarle de las manos, le rozó sin querer, pero ella no le dio la menor importancia, fue como si le hubiera rozado un brazo, pero Artie notó un ligero y dulcísimo cosquilleo. Algo que hacía años que no sentía, y eso sí que le puso nervioso, pero… ahora, eran nervios mucho más agradables.

    Ana le separó los brazos con las manos agarradas de las suyas y le contempló. Paseó su mirada por todo su cuerpo sin ningún reparo, mientras asentía con aprobación. Artie se sentía mucho mejor. Sabía que estaba desnudo, pero, curiosamente, ahora se sentía cómodo. Ana le hizo caminar y sentarse en un taburete, y le tomó la cara entre las manos.

     -Artie, eres un hombre muy atractivo. Tienes un cuerpo muy bonito. Tu cara es la de un hombre serio, y responsable, formal, respetado, intachable… pero el que te atrevas a esto, me habla de que hay algo en tu interior que está un poco harto de ser tan formal y seriecito…. ¿verdad? – le miraba con picardía. Artie asintió. – Muy bien… seguro que podemos sacarte una pose que nos muestre a la perfección eso. Esa lucha… Veamos qué es lo que mejor te va.

     “¿Una pose? Espera… ¿Que me va a pintar?”. Aquello Artie no se lo esperaba. No se lo esperaba ni por lo más remoto, pero… bueno, lo cierto es que no le parecía mal. Él había contratado un servicio con una chica, en el que había dicho que deseaba sentirse escuchado y sentir que le importaba a alguien, quería a alguien divertido y cariñoso, y Ana lo era, y le estaba haciendo sentir guapo y rebelde, y le gustaba… es cierto que él había pensado que hubiera… contacto físico, aunque él tuviera “ese problema”, pero podía defenderse con los dedos o con la lengua, pero sabía por lo que había leído en internet, que, en muchas ocasiones, no había sexo en la primera cita, si no sólo conversación y compañía, sobre todo si el interesado no lo pedía expresamente… Se sintió más relajado. No tendría que afrontar su problema hoy. Frente a él, Ana permanecía pensativa.

    -Veamos… Inclínate, así. Apoya la barbilla en la mano… No, no, así no funciona. A ver… ponte de pie, así. Este brazo en la cintura, eso es, y éste otro así, en el aire, como si lo apoyaras en una repisa o cosa así… alza la cabeza… Mmmh… no está mal, pero tampoco… no, no… déjame pensar… - Ana revoloteaba a su alrededor, tocándole, cogiéndole de los brazos, de la cintura, de la cara. Sus dedos hacían cosquillas y dejaban un zumbido de gusto allí donde tocaban. Artie notó que los nervios le volvían, pero… otra vez eran nervios agradables, era… oh, Dios mío… oh, no, aquí no, ¡ahora no! ¡casi tres años sin reaccionar, y tenía que hacerlo JUSTO AHORA!

    Hubiese querido alegrarse, quería alegrarse, tanto tiempo pensando que tenía el deseo muerto, pero… Intento sentarse en el taburete y cruzar las piernas, pero fue peor, porque se daba calor y… “por favor, por favor, que no me mire, que no lo note”, pensaba mientras Ana estaba a su espalda y le levantaba los brazos alternativamente y le hacía doblar la cintura ligeramente a uno y otro lado. Sin querer, tocó una zona sensible de su cintura, y le hizo cosquillas, y Artie se rió.

    -¡Huy, ¿tienes cosquillas?!

    -¡No! ¡No, no, NO, jajajajaja….! – de golpe, los dedos ligeros de Ana le pellizcaron los costados aleteando a toda velocidad, y Artie tuvo que doblarse, encogiendo los brazos, intentando hurtar el cuerpo… y entre risas, quiso que se le tragase la tierra. Ana se colocó frente a él, sonriente, y se le cortó la risa de golpe.  Lo que había en el bajo vientre de su modelo, no era una pequeña reacción. Era una erección en toda regla. De nuevo se quiso tapar con las manos, pero Ana se lo impidió.

    -¡No, quieto…! Artie… - le miró a los ojos, y el citado notó que se sonrojaba como un colegial. - ¡Pero si eres tímido! Creí que sólo tenías vergüenza por esto, y es normal, todo el mundo la tiene… ¡pero tú eres tímido! – bajó de nuevo la mirada a su erección – Oh, Dios mío, es preciosa… es bellísima…

    -Por favor, no me digas esas cosas… - Artie no sabía si reír o morirse de vergüenza, pero las sonrisas se le estaban escapando y él mismo no podía dejar de mirarse, hacía tanto tiempo que no… lo había intentado de mil maneras, hasta con Viagra, pero el médico decía que era psicosomático, que era su cerebro el que se negaba, que tenía que olvidarse… y ahora, mágicamente… se sentía feliz, casi orgulloso de sí mismo, pero al mismo tiempo le daba tanto apuro…

    -No te muevas, estás perfecto así, no te muevas. – Ana corrió al lienzo y Artie la vio dar grandes trazos con carboncillo, mientras le miraba a él y al lienzo alternativamente. El abogado no pudo dejar de fijarse en que ella miraba su erección y a él casi golosamente. – Es perfecto, es justo lo que yo quería… el rubor de tu cara, la timidez de tu expresión… y al mismo tiempo, el orgullo y el descaro de tu erección. Es la lucha perfecta entre corazón y mente, entre juicio y deseo…

     -Bueno, pero… pero no podré “posar así”… mucho rato… - previno Artie.

     -¡No importa, no importa, mantenlo cuanto puedas, piensa en lo que quieras! – Ana pintaba casi con desesperación. – Ahora estoy trazando el boceto, lo que me interesa, es la forma… luego, podrás estar relajado, y si es preciso, ponerte erecto sólo cuando me haga falta… por favor, no cambies la cara, eso sí te lo pido… así… estás guapísimo. Ahora mismo, estoy segura que no hay mujer en la tierra que no te encontrase deseable.

    Artie sonrió con algo de apuro.

     -Ojalá alguien le hubiese dicho eso a mi mujer…

     -¿Eres casado? – preguntó Ana, pintando de pronto con mucha mayor delicadeza, parecía estar abocetando su cara, a juzgar por la altura.

    -No… soy viudo. – pensar en aquello hizo que su erección comenzase a bajar. – Hace tres años que…

    -Lo siento. ¿Quieres hablar de ella?

    -Se llamaba Alicia. Yo la quería, pero… bueno, digamos que éramos el típico matrimonio “viejo”. Ya no hacíamos nada juntos. Dormíamos en camas separadas.

    -¿Por qué…?

    -Fue idea suya. Decía que dormía mejor sola, porque solía moverme mucho y llevarme toda la manta. Yo acepté. De todas maneras, ya no… - el hablar de aquello, tuvo el efecto esperado. Su erección había bajado de manera considerable, hasta volver a la frialdad más absoluta.

     -Qué pena.

     -Lo siento, ya te dije que no podría durar mucho…

     -No, no “eso” – sonrió. – Qué pena lo de tu matrimonio. Pero dime, si ya no había sexo, ni vida en común, ni nada… ¿por qué no os divorciasteis?

      -Por corrección. – admitió Artie. – Nuestras familias eran muy religiosas, no veían bien el divorcio… tampoco estaba bien visto en nuestro círculo social, entre nuestros amigos… donde yo me muevo, es más correcto tener una amante que pedir un divorcio. – Ana le dedicó una larga mirada. Miró al cuadro. Miró el miembro dormido de su modelo. - ¿Qué?

     -Dime una cosa, Artie… ¿yo te gusto? ¿Me encuentras atractiva?

     -…Eres la chica más guapa que he visto en toda mi vida. – Ana sonrió, y por primera vez, pareció ella la apurada. Se acercó más a él. Ahora estaba muy cerca. Le abrazó parcialmente con un solo brazo, y Artie tembló sin poder contenerse, era tan agradable…

     -Artie, voy a serte sincera: necesito que tu cuerpo vuelva a estar como antes, necesito poder capturar esa belleza y terminar éste cuadro, necesito poderlo exponer… pero si quiero volver a verte, no es sólo para pintarte. Me gustas. Me gustas desde la primera vez que te vi, y quiero acostarme contigo. Quiero que seamos amantes.

     Artie notó que su cuerpo respondía nuevamente, y más cuando Ana se puso de puntillas y le besó, jugueteando con sus labios, y metiéndole la lengua en la boca casi de golpe. Quiso detenerse, echarse atrás, pero su erección tiraba de él, “no seas lelo, has venido aquí exactamente para esto, no digas que no… dices que ella está viva, ¡pues vive un poco tú también!”

      Ana se sacó el blusón por la cabeza, debajo llevaba el sostén y las bragas de color negro, y en medio de una risa nerviosa, se reclinó en el sofá, tirando de él por los brazos. Artie se dejó llevar, sonriendo, notando las dulces cosquillas que le producía todo en su miembro erecto: el aire, la tela del sofá, el muslo de Ana al sentarse junto a ella…

     -Bésame aquí, cariño… - musitó ella, recostándose más y señalando su escote. El abogado no se lo hizo repetir, hundió su cara entre los pechos de Ana y beso, metiendo la lengua entre los pechos, tan juntos que apenas le entraba. - ¡Mmmmmmmmmmmmh, sí….. me encanta, sigue, me encanta…! Aaah… dime, Artie… ¿verdad que me dejarás exponer el cuadro?

       -Mmmmfff.. fí, cariño… ¡No! – dijo de golpe, dándose cuenta de lo que significaba la palabra “exposición”.

       -Oh, ¿por qué no, mi vida…? – susurró Ana, quitándose el sostén y dejando ver sus pechos, redondos y turgentes, tiesos y orgullosos,… y que parecían suplicar “apriétanos”. Le llevó las manos a sus tetas y le hundió de nuevo la cara en ellas – Por favor…

      -Puef porque… ef que… - pero a Artie se le hacía muy difícil encontrar excusas sólidas con su cara metida entre las tetas de Ana, mientras ésta las movía para darle cachetitos con ellas, ofreciéndole los pezones… Artie no pudo aguantar más y besó uno de ellos, aspirando, lamiéndolo, mientras ella gemía y le buscaba la polla con las manos. - ¡Mmmmmmmmmmmh….! – la encontró. – Aaaaaaaaah… no… no, cariño… no me pidas eso cuando… cuando me acaricias….

      -Pero ninguno de tus conocidos lo verá. Te lo prometo…  será una exposición pequeña, sólo diez o doce cuadros… mmmmmh… No, no hables, Artie, usa la boca para estoooo… - le ofreció el otro pezón, y el abogado obedeció, ¿qué otra cosa podía hacer? Aaaaaaaaaah, qué agradable, qué agradable era, las cosquillas le subían desde el miembro por toda la espina dorsal, y con la otra mano, Ana le acariciaba el pelo, la nuca, la cara, la oreja… mmmmh, no, no, las orejas no, las orejas no, cualquier cosa menos las orejas…

      -¡Haaaaaaaaaaaaaaaaaaaah, sí! ¡SÍ! – gimió sin poder contenerse al notar el lóbulo de su oreja entre los dedos índice y pulgar de Ana, siendo suavemente acariciado… no sabía por qué, pero tenía las orejas más sensibles que cualquier otro punto del cuerpo. Hubiera podido resistir estoicamente besos en los pezones, cosquillas o hasta un orgasmo… ¡pero las orejas, eran intocables!

      -¡Oh, Artie, sabía que me dejarías! ¡Gracias! ¡Ven aquí! – su compañero quiso protestar, aclarar que él sólo había gemido, que no había dicho que sí en realidad,… pero entonces Ana se quitó las bragas y dejó al descubierto una vulva depilada casi por completo, sólo había vello en el Monte de Venus, depilado para dar la forma de un capullo de rosa, teñido de ese suave color. Era lo más bonito que Artie veía en mucho tiempo. En demasiado tiempo. Su bajo vientre prácticamente tiró de él y un gemido le vació el pecho de aire.

     -¡Mmmmmmmmmmmmmmmmh…. Aaaaaaaaaah, Dios…! ¡Había olvidado lo agradable que era esto…! – dijo sin poder contenerse. Sabía que tenía una sola pierna apoyada en el sofá, la otra estaba en el suelo por que no era lo bastante ancho, que acababa de decir que un desnudo suyo podía exponerse como si tal cosa y que acababa de admitir que llevaba mucho tiempo sin sexo de ningún tipo… pero la sensación de plenitud y placer que le colmaba el cuerpo, era tan maravillosa, que podía pasar por alto todo eso.

     -No… te… muevas… - sonrió Ana, debajo de él. Una sonrisa temblorosa y preciosa. Toda ella temblaba. – Bésame las tetas otra vez, por favor… por favor… - Artie obedeció con gusto, apretó aquellas hermosas tetas contra su cara y lamió, besó, se alzó ligeramente para chupar los pezones y sorber audiblemente de ellos, dando pequeños mordisquitos. – Oh, sí, oh, sí… muerde… muerde suavecito… así…. – Ana no dejaba de sonreír, y Artie empezó a moverse lentamente… ¡Qué placer! Un delicioso reguero de chispas de gozo hizo estragos en su bajo vientre y le hizo temblar las piernas, mientras se introducía y retiraba del interior de su amante, entre los gemidos de ésta. Muy pronto Ana le abrazó con fuerza y tensó las piernas, y le enterró la cabeza con tal fuerza entre sus tetas que le impidió respirar - ¡Así… así… ASÍ! – Ana ahogó un grito y gimió, gimió de nuevo, tembló bajo él y se estremeció dulce, deliciosamente…

    “¿Se ha…? No, no puede ser…” pensó Artie, confundido, pero entonces sintió contracciones rítmicas en torno a su pene, dulces espasmos que tiraban de él y le apretaban de forma traviesa y le daban cosquillas y placer, como si le chupasen a besitos…

     -¿Cómo lo he hecho? – sólo atinó a preguntar. Su esposa JAMÁS había gozado con él. O al menos, no con él dentro, sólo podía hacerla llegar a veces con caricias, nunca con el coito. Pero Ana, embriagada de placer, creyó que preguntaba otra cosa.

     -Mmmmmmmmmmmmh…. De maravilla. Lo has hecho de maravilla, cariño… Ven aquí, que mami te dé también a ti gustito… - Artie dejó escapar un gemido y empezó a embestir con las caderas, gozando del dulce calor, del infinito hormigueo cosquilleante que se cebaba en su miembro cada vez que entraba y salía de ella. Ana le hizo recostarse sobre ella, y con un sonido de “ah-umh” casi hambriento, le mordió levemente la oreja.

        ¡Artie tembló de pies a cabeza y un grito de placer se le escapó sin remedio! Cerró los ojos y se tapó la boca, pero se le escapaba la risa, sus caderas aceleraban solas, y puso los ojos en blanco de gusto cuando sintió la traviesa lengua de su amante acariciar el sensible lóbulo y dar mordisquitos.

     -Aaaaaaaah… Ana… ¡No puedo más! – gimió, dejándose derrotar por el placer. El infinito gusto que sentía en su oreja pareció reflejarse con una intensidad atronadora en su miembro, recorriendo toda su columna vertebral en una tortura deliciosa. Sus nalgas se contrajeron y su virilidad estalló de placer, quemándole de dentro a fuera, haciéndole dar convulsiones, deliciosas convulsiones que le robaban la vida y le devolvían a cambio placer, inconmensurable placer, olvidado y recordado placer…

     -Mmmmmmh… mmmmh… mmmmmmh… - Artie gemía, con una sonrisa soñadora en los labios y los ojos entornados, recostado sobre el pecho caliente y acogedor de Ana, que se movía acompasadamente, recobrando también ella la respiración y las fuerzas. – Eres lo mejor… lo mejor que me ha pasado en años…

      -Digo lo mismo, cariño… - Artie elevó la cara y quiso decir algo más, pero la joven siseó – ssssssssh… recuéstate, eso es… Déjame atesorar éste momento… éste instante ideal y perfecto, donde todo está bien… y nada puede estropearlo.

     ¡Ding-dong!

     El timbre de la puerta sonó casi estrepitosamente, pero lo peor, fue lo que se oyó al otro lado de la puerta:

     -¿Nastita…? ¿Estás en casa, verdad? ¡Ábreme, cielo, soy yo! ¡Vamos, cariño, seamos amigos, ¿eh?!

     Ana se levantó tan bruscamente que golpeó a Artie y éste se agarró la nariz.

    -¡Escóndete, deprisa, métete en el baño! – gritó en susurros, lanzándole la ropa, mientras ella se ponía la camisola.

    -¿Qué pasa?

     -¡Escóndete y calla! ¡Es mi marido!

     -¿¡Tu QUÉ?!

     -¡Te lo explicaré luego, confía en mí! - ¿Qué podía hacer Artie, si no obedecer? Cogió toda su ropa y se encerró en el aseo, mientras oyó cómo se abría la puerta.

     -Hola, Zato. ¿Qué quier…? Bueno, pasa, por favor… - oyó que decía con disgusto, como si su… “invitado” hubiera entrado por las buenas. Zato… es nombre, le resultaba familiar.

     -¿Que qué quiero? ¡Verte! ¿Acaso necesito una razón para visitar a mi mujer?

     -Tú y yo ya no estamos casados, Zato.

     -Está bien, para mi ex mujer…. Pero no me digas que sigues enfadada… después de tanto tiempo, y tan poquita cosa…

     -¿Poquita cosa? ¿Llamas “poquita cosa” a serme infiel doce veces en cinco años?

     -Mmmmh… mi gatita celosa siempre será la misma… ¡pero tontina, yo, ¿con quién estaba casado, eh?!

     -Con una estúpida.

     -Es cierto, pero una estúpida a la que yo sigo amando… Nastita… no me hagas suplicar. Mira, esta vez hasta te he traído flores.

     -Sabes de sobra que odio los ramos de flores, son flores muertas, cortadas y asesinadas para satisfacer una estúpida vanidad.

     -Bueno, mujer, pero tú eres una artista, ¿no conoces el lenguaje de las flores? Estas flores dicen “te quiero, lo siento, dame una oportunidad”…

     - ¡Un puñado de dientes de león del descampado, lo que dicen es “SOY TACAÑO”, y no te van a abrir el paso a mi cama! ¡Largándote!

      -Nastita… - el tono era cada vez menos meloso.

     -¡No me llames “nastita”! – masculló Ana – Lárgate de mi casa, ¡te dije que no quería volverte a ver mientras viviera!

     -¿Ah, no? No quieres verme a mí, pero curiosamente, sí que quieres ver el dinero de mi pensión. Pues te lo advierto: estoy cada vez más harto de tener todas las obligaciones del casado, pero ningún derecho, ¡si pago por ti, puedo tenerte cuando me dé la gana, y me da la gana ahora!

    -¡Zato, suéltame! ¡Te prevengo, no me toques! ¡Ay!

    -¿¡No oyó a la señora?! ¡Haga el favor de largarse! – Artie había intentado obedecer, esconderse y quedarse calladito, pero ese “ay”, había sido el límite de su resistencia. Desnudo y con la entrepierna manchada, había salido del baño, pero cuando salió, quiso que se le tragase la tierra. Agarrando a Ana de la muñeca y tirando de su camisola, estaba el tal Zato. Y Artie supo de qué le sonaba el nombre. Evaristo Zato. Decano de la Universidad.

      -Pero qué co…. Señor Lizarra… qué agradable sorpresa. – La cara y la voz del Decano habían cambiado en un segundo. Tenía la misma cara que un gato frente a una escudilla de nata, y ya no había rastro de cariño alguno en su voz. – Anastasia… pese a que te presumía con mucho mejor gusto, dime:  ¿Te estás tirando a Arturo Lizarra, abogado?

    -No digas estupideces, claro que no, ¡pero debería haberlo hecho! Es mi modelo. Sabes perfectamente que pinto desnudos.

    -Claro, ¿y por qué tiene la entrepierna húmeda? Déjame adivinar, le has puesto un vaso de leche, y se la derramó encima, ¿no es eso? Qué pena no haber llegado a tiempo para ver cómo se la lames.

    -Señor Zato. No insulte a la señora. – de buena gana hubiera querido Lizarra partirle la cara al Decano, pero perder los estribos era la última tontería que no tenía que hacer. Conocía al Decano, sabía bien que eso, era exactamente lo que pretendía, montar un escándalo. – Es cierto que me pintaba desnudo. Mi cuerpo reaccionó involuntariamente, y ella fue tan amable de cederme su cuarto de baño para que me aliviase. No había tenido tiempo de limpiarme cuando entró usted, les oí discutir, y, temiendo que la pegara, salí para defenderla. Eso es todo.

     El Decano le miraba con sus ojos de sospecha. No se tragaba una sola palabra, estaba más que claro, pero tampoco tenía pruebas de lo contrario, y el cuadro estaba efectivamente allí, empezado.

    -Por ésta vez… me lo creeré. Pero, Lizarra, no quiero volver a verle en posición sospechosa con mi mujer.

    -Ex mujer. – corrigió Ana.

    -Estás guapísima callada, Nastia. ¿Hum? Eso es. Señor Lizarra, cuando el cuadro esté terminado, voy a permitirme pujar por él. Y sabe que puedo pujar fuerte. Hágase a la idea de que será mío. Y a usted no le gustará que salga de mi despacho, ¿verdad que no? – Arturo asintió – Quiero que el cuadro quede perfecto. – continuó el Decano, dirigiéndose a su mujer – quiero que le hagas el mejor retrato de tu vida, que no haya posibilidad de error, de confundirle con otra persona o de que no se le reconozca. Si es necesario, pinta su dni. Vendré a verlo con frecuencia, así que no se te ocurra venderlo a escondidas ni intentar ninguna tontería, ¿de acuerdo, gatita? Oh, y… hazte a la idea de que, si quieres seguir cobrando la pensión que te permite pagarte este ático y tus pinceladas, y tus exposiciones, y tus caprichos, vas a tener que darme algo a cambio. Y ya sabes qué es ese algo, terroncito de azúcar… - Ana puso expresión de intenso asco – Vamos, no te hagas la puritana… antes te gustaba mucho. Seguro que aún te sigue gustando, ¿hum? Seguro que todavía puedo hacerte maullar… - masculló con ansia, como si quisiera comérsela allí mismo, y Ana dio un paso atrás, haciendo un sonido de repugnancia. – Resístete… eso me gusta.

    El Decano dedicó a ambos una sonrisa nada amistosa y salió de allí por la puerta grande.

     -Artie, lo… lo siento. Estamos divorciados desde hace casi cinco años… a veces viene, pero llevaba ya cuatro meses sin molestarme, lo último que pensé es que justo hoy…

     Artie hubiese querido que se le tragase la tierra. Un día que empezó tan bien… Pero de todos modos, abrazó a Ana e intentó sonreír.

     -No te preocupes. Algo se nos ocurrirá. Seguro que algo se nos ocurre.



****************



     -Buenas noches, cariño.

     -Hm… - dijo Elvira. Arturo suspiró. Lo cierto es que no era viudo, su mujer aún vivía, pero vivir con Elvira, era como vivir solo. De joven, había sido una mujer viva, divertida, cariñosa… pero poco después de casarse, habían ido… aburriéndose. Artie había intentado muchas veces dar vida a su matrimonio, llevarla a cenar, a bailar, de viaje, o simplemente hacer cosas nuevas, cosas juntos en casa… siempre había chocado contra un muro. Elvira siempre tenía muchas cosas que hacer, cosas muy importantes en las que no figuraba él.  El ropero para los pobres, la tómbola de los huérfanos de la Policía, el torneo de canasta… hacía ya años que habían separado las camas y que no tenían sexo. Artie había pedido durante algún tiempo, pero Elvira siempre tenía dolor de cabeza, y una vez que cedió, él empezó con su problema y no hubo nada que hacer. Su esposa se rió de él y le dijo que para qué empezaba lo que no era capaz de acabar… En eso, no había quien la tosiera, ella siempre lo acababa todo, hacía unos años se le antojó hacer su segunda carrera, y ahí estaba, sacándosela casi a curso por año… para su desgracia, porque era por culpa de eso que Zato lo conocía… y que sabía que estaba casado.

     “Es preciso que no se haga con ese cuadro. Tengo que impedirlo a toda costa, si consigue el cuadro, me tendrá atrapado por los… me tendrá cogido en una situación terrible para toda la vida. Tengo que impedírselo… pero no sé cómo.” Pensó, mientras se metía en su cama y su esposa releía sus apuntes.

    -Buenas noches, Ana.

    -¿Qué me has llamado…? – preguntó Elvira.

    -Ana..an..ann… ¡andá, los dientes, he olvidado lavarme los dientes!


****************


     -Buenas tardes, ¿hablo con la agencia de modelos Pasarela? Sí, mi nombre es Zato, Evaristo Zato, soy Decano de… ah, me conoce, estupendo… Verá mi profesora de Bellas Artes, la señora Anastasia Cortés, contrató uno de sus modelos para ésta tarde, pero al parecer ha perdido el número, y me ha pedido si se lo puedo conseguir… ¿Podrían? Oh, gracias, señorita, es usted amabilísima… y tiene una voz preciosa… Preciosa de veras… Sí, apunto… ajá… muy amable, gracias otra vez.

     “Parece mentira, Nastia, que después de cinco años de matrimonio, aún no sepas con quién te juegas los cuartos… ¿no sabes que a mí, no se me puede mentir?” pensó el Decano, con la dirección en su mano. Dirección que no coincidía para nada con la de Arturo Lizarra, y que, cuando fue a la misma para hablar con el modelo, tampoco era en absoluto el abogado. Se trataba de un chico joven, de veintipocos años, abundante cabello y estúpida cara sonriente de anuncio de dentífrico.

     -Buenas tardes. Soy de la Agencia de Modelos Pasarela,- dijo cuando el joven le abrió la puerta – y tenemos una queja contra ti. Al parecer, tenías una cita esta tarde, y no te presentaste.

     -Sí me presenté. – se defendió el joven. – lo que sucede es que la chica con la que quedé, no era pintora… pero sí que era una “artista”, no sé si me entiende.

     -No. No entiendo nada. – contestó el Decano que, el detalle, sí lo había entendido, pero a él le importaba lo general – Explícate.

     -Verá… yo llegué al Café, donde habíamos quedado. Y un rato después llegó una chica con un abrigo rojo. Vio que yo miraba a todo el mundo y me dijo “Tú eres el hombre de la agencia, ¿verdad? Temí no encontrarte, te llamé para decirte que iba a llegar tarde, pero tu móvil me daba apagado todo el tiempo”. Yo le contesté que la estaba esperando, y nos pusimos a hablar, me llevó a su casa, y… bueno, de todos modos, quería que estuviese desnudo. Y me dio su número, me dijo que si quería volver a quedar con ella, la llamase a ella directamente y no a la agencia. No sé a qué se referiría, si en cualquier caso, sería ella quien tendría que llamar a la agencia, y no yo, pero en fin…

     -A ver si lo he entendido… una chica te dice “eres el hombre de la agencia”, te lleva  a su casa y hacéis el amor, y luego te dice que, para volver a quedar, la llames a ella, y no a la agencia, ¿es eso?

    -Eso es.

    -Muchas gracias, hijo. Me has sido de gran ayuda. – El Decano salió de allí sonriendo, sin hacer mucho caso de las palabras del modelo acerca de su petición de retirar la queja, que no quería buscarse un bollo… “Era una puta… Lizarra había quedado con una puta, y por error, se fue con mi mujer… y la imbécil de Nastia creyó estar con un modelo, y más tarde, creyó que le había gustado, que ella le había gustado tanto que… y resulta que él había pagado por tirársela… Oh, Dios mío, esto es demasiado bueno para que sea verdad… Voy a conseguir arruinar a Lizarra, y recuperar a mi mujer, o cuando menos dejarla lo bastante deprimida para que no le importe refugiarse en mis brazos, y todo de un solo golpe… soy muy grande”.