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jueves, 10 de octubre de 2013

Belén viviente, 2

Los días de ensayo iban pasando a un ritmo endiablado, llegó el día de NocheBuena y Nazario no nos dejó irnos hasta cerca de las diez, todos estábamos agotados y hartos, pero también curiosamente satisfechos de lo rápido que avanzábamos. Los ensayos al principio, eran muy lentos y tediosos, pero a los pocos días, parece que todos empezamos a cogerle el tranquillo a lo que Nazario quería de nosotros, mi Irina iba corrigiendo los libretos a medida que ensayábamos, demostrando una rapidez de ideas realmente sorprendente, y más teniendo en cuenta que trabajábamos en verso, si bien el jefe de estudios podía ser algo pesadito… 

-¿Pero cómo vas a hacer que un soldado del rey Herodes diga "okey"? ¿De cuándo acá existe un anglicismo en esa época? ¡Hay que respetar la verdad histórica!

-Bueno, era lo que mejor rimaba con "rey", ¡y si vamos a hablar de verdad histórica, no sé porqué los judíos hablan español en lugar de hebreo!

-Irina, no me tientes…. Que podríamos hacer la obra en latín clásico y hebreo y repartir folletos con la traducción a los espectadores, que ganas no me faltan, ¿eh?

Mi esposa se la tuvo que envainar y finalmente suprimió esa rima, y muchas otras. Nazario quería respetar eso de la verdad histórica, y obligó a mi mujer a contar el infanticidio de Herodes, a pesar de que ella quería suprimirlo, o edulcorarlo. "La historia, es la que es, no puede edulcorarse, Herodes ordenó el asesinato de los menores de tres años, y fue un acto cruel, ruin y abominable… pero sucedió, no podemos cambiarlo", decía él. "Nadie dice que no sucediera, pero… estamos en Navidad, ¿no podríamos quitar esa parte y mostrar más el lado amable de la historia….? Vendrán muchos niños a ver la representación, ¿de verdad quieres mostrar algo tan cruel?", pero a Nazario nadie le hacía caer del asno, él tenía su idea hecha, y todo lo que se apartase de ella, no tenía razón de ser. No obstante, a mí, lo que me preocupaba, era otra cosa…

-Señorita Irina, mire qué guapo va a estar el señor Oliver con la túnica… - le dijeron las chicas que se ocupaban de la costura, y que trabajaban, nunca mejor dicho, como descosidas, haciendo trajes para todos, y por mucho que tiraban de reciclaje y sábanas, se estaban dando unas palizas importantes con el vestuario. Irina miró el diseño que habían preparado para mi túnica de Angeluya, el ángel del Belén que, cómo no, me tocaba representar a mí. Miró el diseño. Me miró a mí. Y pude ver su pensamiento con tal claridad que tuve a la vez miedo y ganas de que el traje estuviese listo cuanto antes. A mi esposa, le daba morbo la idea de seducir a un ángel, y debo decir que a mí me daba morbo la idea de dejarme seducir, siendo un ángel. La noche anterior, había soñado con ella vestida de diablesa, y aunque cuando desperté y la vi dormida a mi lado, me tranquilizó comprobar que no estaba vestida de látex negro y rojo, debo admitir que el sueñecito de marras me había colocado una erección tan potente que se notaba bajo el edredón nórdico, y estuve tentado de despertarla, pero no lo hice, sabía que estaba muy cansada…. Y ya está bastante desbocada, como para que yo, la acicate más. 

Desde que Irina se enteró que iba a hacer del Angeluya y me confesó el morbo que le daba la idea, tengo que andar con mil ojos. En cuanto me quedo solo, ahí está ella. Y he de confesarlo, me encanta. Mi mujer es muy apasionada, pero no la veía tan ardiente desde que me dejé barba, y en aquélla ocasión, nuestra lujuria nos llevó a pasar una noche en el calabozo por que nos pescaron teniendo sexo en el coche… algo muy divertido cuando lo recordaba ahora, pero que en aquél momento, me dio una vergüenza tremenda. Fuera como fuese, apenas veía una clarita, mi mujer estaba tras de mí. Cuando nadie miraba, me tiraba pellizcos o me tocaba el trasero… me hacía sentir acosado, me hacía tener "miedo"… y puedo jurarlo: me encantaba. Por primera vez en mi vida, me alegraba tener ese papel que siempre había detestado, y sólo deseaba que mi traje estuviera pronto listo para ponérmelo y no quitármelo, como hacían otros personajes que ya tenían listo su vestuario, para que mi Irina se encendiese más aún, por eso, cuando aquélla mañana de Navidad llegué y me dieron mi túnica blanca, la tomé y busqué a Irina con la mirada, pero me extrañó que ella no me mirase a mí. Estaba hablando con Dulce, y las dos parecía que estuviesen… conspirando. 


************


-¿Es que tú no quieres?

-Pues claro que quiero, Irina, si te soy sincera, cuando me dijiste que otra vez…

-¡Sssssh…! ¡No lo digas en alto, recuerda que aún no lo sabe nadie! No es seguro.

-Bueno, aún así, cuando me lo contaste, te aseguro que me morí de envidia… - sonrió Dulce – Pero me da tanto miedo… 

-¿Miedo, de qué? – quise saber. 

-No sé… de todo. Beto quiere ser padre porque ha visto a Oli que lo es, y… ¿y si luego, no le gusta ser padre? Y yo no sé si estoy preparada para tener niños, no sé si sabré cuidarlos… cuando vi por primera vez a los gemelos… ¡Irina, yo no sabía ni tenerlos en brazos! Cuando lloren, ¿cómo sabré por qué es? Tú puedes preguntar a tu madre, pero yo ya no tengo, ¿a quién le pregunto yo? 

Estuve tentada que no iba a tener necesidad ni de preguntar, que cualquier mujer que pasase por la calle le iba a dar consejos hasta hartarse, pero la tomé de los brazos y sonreí:

-A mí. Dulce, antes de conocerte, yo no tenía amigas de sexo femenino. Mis amigos eran todos hombres, y las mujeres que conocía, sólo eran chicas con las que pasaba tiempo y presumía de mis aventuras… a ninguna de ellas les importaba un comino. Yo era la tía a la que venían a llorar cuando un tío las dejaba, pero cuando salían juntas, no me llamaban, porque yo les pisaba el terreno con los hombres, por mi forma de ser… Por primera vez, me doy cuenta de lo estupendo que es tener una amiga, para mí, eres como una hermana… Quiero ayudarte, podrás preguntarme cualquier cosa que desees – Dulce me sonrió, casi emocionada – Y además, te darás cuenta que muchas cosas, sabrás hacerlas simplemente porque sí… Yo al principio, tampoco me lo creía, pero te darás cuenta que sabes cogerles, mecerles, limpiarles, acomodarles… sin darte cuenta, pero lo sabes. A lo mejor es que es cierto que el instinto existe, porque yo no era precisamente una chica maternal, y sin embargo, sabía hacer cosas que nadie me había enseñado nunca… 

Dulce pareció mucho más tranquila, y me preguntó de nuevo:

-Y… aunque no sea seguro, ¿cuánto llevas de retraso?

-Pues… ya va casi para una semana que debió haberme bajado. 

-¡Una semana! – Dulce no quería sonreír, pero se le escapaba la sonrisa.

-En mi caso, no es concluyente… tengo un período muy irregular, a veces se me ha retrasado hasta quince días, ¡hubo un mes que no me bajó, y luego me tiré menstruando casi ocho días! Y más, después del embarazo, que me dijeron que se me trastocaría más aún.

-¿Oli no sabe aún nada de tu retraso?

-Nada. No quiero decírselo hasta que no lo sepa seguro. Y… no sé cómo va a tomárselo. 

-¡Pues bien, mujer! ¿Cómo se lo va a tomar si no?

-No sé… es tan pronto, después de lo de los gemelos.
-Vamos… Oli está loco con los niños, le encantará ser padre otra vez. Y además, lo mejor es que los niños vengan juntos, que no haya mucha diferencia de edad entre ellos. – Dulce se quedó pensando en lo que acababa de decir, y nos reímos, ¡ella misma me daba consejos, y eso que no tenía hijos!

-Lo sé, pero, ¿y si vienen gemelos otra vez? ¡Cuatro bebés en casa! 

-Irina, no tengas miedo por eso. Uno se apaña. Siempre se apaña. Tú has hecho dos filologías prácticamente al mismo tiempo, y te quedaba tiempo para bailar y salir con tíos; ocuparse de cuatro niños, y con la ayuda de Oli, de Beto y mía, no te será más difícil. 

Sonreí y nos abrazamos. Y al soltarla, vi a Oli, que sostenía una túnica blanca y me la mostraba. Le dio la vuelta para que pudiese ver que llevaba cremallera por detrás, así que necesitaba mi ayuda para ponérsela… me sonrió con esa inocencia tan suya, que parece decir "¿verdad que no vas a aprovecharte de mí, aunque te esté poniendo la ocasión en bandeja….?", me despedí de Dulce y fui hacia él. Mi marido, sonriendo hasta las orejas, parecía luchar contra el impulso de salir corriendo para que yo le alcanzara. A pesar del ritmo de trabajo de la obra, a lo tonto, a lo tonto, éstas estaban siendo unas Navidades estupendas…


*************


El ambiente en el cuarto de baño era excesivamente cálido y opresivo. El olor a lejía era desagradable y quemaba, nadie en su sano juicio hubiera querido encerrarse allí por más de treinta segundos para hacer lo estrictamente imprescindible… "pero yo no estoy sano, soy un puto enfermo y más gilipollas que un submarino en el desierto", pensaba Rino, mordiéndose el puño izquierdo para acallar los gemidos, mientras con la mano derecha se masturbaba furiosamente, ansiando acabar cuanto antes. Le gustaba masturbarse, como a cualquiera, darse placer pensando solamente en su propio disfrute, sin ocuparse de que gozase nadie más… pero cuando lo hacía, era por puro vicio, no porque no le quedase otra más que desahogarse como buenamente pudiera, como en aquélla ocasión.
Desde la pelea con Arnela, varios días atrás, no había vuelto a acercarse a ella más que como actor, sin hablar con ella más que lo puramente imprescindible, que no había sido mucho. Se comportaba con ella con toda frialdad, evitando incluso mirarla a los ojos, de modo que cuando se veía obligado a decirle algo, miraba a su barbilla. La joven ayudante del bibliotecario lo notaba y su cara reflejaba una tristeza infinita, pero no se atrevía a decirle nada… El único consuelo del motero, es que tampoco se consolaba con Pedro, como él había temido. Pedro no dejaba de mariposear a su alrededor, su papel de San José le daba licencia para estar siempre con ella, pero Arnela no le seguía el juego. Cuando Pedro le hablaba, ella apenas le contestaba. Jamás sonreía, y nunca le buscaba. En un primer momento, Rino temió que ella estuviera realmente entendiéndose con él y lo llevase en secreto, como lo había llevado en secreto cuando se acostaba con él… pero después de unos días vigilándola, siguiéndola a la residencia sin que ella lo notase y aguardando bajo la nieve durante horas por ver si la visitaba alguien, tuvo que admitir que Arnela, efectivamente, no se había lanzado en brazos de su antiguo amigo. La única compañía que frecuentaba era la de la Cometíos Coral, la novia de Virgo, el lavandero. 

Rino conocía a Coral, habían sido amigos y era una tía legal, y le gustaba el sexo tanto como a él mismo, era una pedazo de bestia, pero muy buena persona, y también conocía a Virgo, a quien le había dado en su día un álbum lleno de fotos de Coral, cuando el lavandero estaba coladito por ella y no se atrevía a entrarle… Rino le pidió entonces que le devolviera el favor, y le contara de qué hablaban Coral y Arnela. Para su sorpresa, Virgo se cerró en banda. 

-No puedo decirte nada. Arnela me hizo prometer que no te contaría nada, y Coral me dijo que si despuntaba palabra, me arrancaría los pulmones. Y… sinceramente, Rino, ¡a mí, en tu lugar, se me caería la cara de vergüenza!

-¿Qué? ¿¡Pero, qué he hecho yo?!

-Pues si no lo sabes, no te lo voy a explicar. – Virgo se marchó, llevando su barreño de ropa sucia. Desde que se había liado con Coral, apenas tartamudeaba y se había hecho más seguro de sí mismo. El Virgo de antes, aún bajo la amenaza de Coral, se hubiera dejado manipular para contarle algo, por poco que fuese… el actual, no sólo no abría la boca, sino que encima, le hacía reproches. 

Por más que se hiciese el ingenuo, Rino sabía a qué se refería… a Alicia, la chica con la que se había ido, delante de las narices de Arnela, sólo por hacerla daño. Y claro que se sentía mal, pensó, mientras aceleraba el ritmo, porque veía que todavía se le bajaba sin conseguir terminar… pero había sido un pronto, un arrebato, nada más… Le corría el sudor por los sobacos, y apenas sentía nada, más que un vago calorcillo. Se apretó la polla casi con desesperación, tenía que soltarlo o sería todavía peor… El ver a Arnela cada día y ver que ella tan sólo le miraba, con esos enormes ojazos tristes, era una tortura. Le miraba, y sus ojos parecían preguntar "¿Porqué?". Sólo eso. Estaba dolida, tremendamente dolida por cómo él se había portado… ¿pero y él? ¿Es que nadie pensaba que él también estaba herido por ver a Arnela desvivirse por Pedrito? No, claro, él era el Rompebragas, ¿qué más daba lo que sintiera? Él no tenía corazón, se pasaba por el arco de triunfo los sentimientos de quien fuera, porque no tenía sentimientos propios… pues resulta que sí los tenía, y Arnela los había herido. 

Joder, el olor de ella todavía seguía ahí… debajo del pestazo a lejía, pero podía notarlo. Arnela había entrado al baño justo antes, por eso había entrado él, sólo para oler su aroma, el olor de ella, y, por qué no admitirlo, de su sexo… el olor del jabón neutro que usaba… "sin fragancia", decía la etiqueta, pero sí que olía. Olía a limpio. A calor. A ella. Rino recordó las veces que ese olor le había inundado la nariz cuando tenía la cara metida en su sexo, succionando su garbancito, mientras ella temblaba de pies a cabeza y parecía pedir piedad con los ojos… ya le venía, menos mal… un estremecimiento le recorrió el cuerpo y un borbotón de semen le manchó la mano. Pero no sintió nada. Sólo que había terminado, nada más. Su cuerpo se relajaba y recobraba el aliento, pero sin placer, como si en lugar de masturbarse, hubiera estado corriendo. Un orgasmo insatisfactorio era algo que le había sucedido muy pocas veces, pero detestaba cuando le ocurría, y últimamente, su cuerpo parecía negarse a sentir placer. 

Cuando estaba cerca de Arnela, en el escenario, tenía ganas de ella. Ganas de besarla sin la máscara, sino con la boca, y meterle la lengua hasta la garganta, acariciar la suya, sentir el calor tímido de su lengua suave… pero su cuerpo no reaccionaba. Por las noches, cuando pensaba en ella, sólo sentía culpabilidad y rabia, y no se le levantaba. Se metía en internet para mirar videos porno, y se sentía peor aún. Se sentía como un gilipollas. "Estás ahí mirando videos guarros para machacártela, cuando podrías estar entre las piernas de la chica a la que amas, pero el señor Rompebragas es demasiado orgulloso para admitirlo y derrotarse, ¿verdad?", se decía… "Ella empezó. No me quiere a mí, quiere a Pedro. Es una puta cobarde, que no se atreve a decir a nadie lo que siente por mí. Hemos estado un año viéndonos en secreto, ¡un puto año!, y no ha sido capaz de decírselo a nadie… No me quiere, punto. No le convengo, se ha dado cuenta, y ya está.", se contestaba. "Claro, quiere mucho a Pedro… tanto, que ni siquiera le mira, y cuando él intenta hablarle, ella siempre se retira un paso. Quiere tanto a Pedrito, que no deja de mirarte a ti". Se decía de nuevo. "Es la sobrina del Decano, y yo un motero gamberro que terminará su ingeniería a los treinta, si es que finalmente la termino. Pedro acabará Derecho éste año, y hará oposiciones para notario, y dentro de un par de años, tres como mucho, estará trabajando en un puesto fijo ganando un pastón. Es un chico formal, juicioso, trabajador… y gusta a la familia de ella. No es lo que ella se merece. Es lo que ella necesita". Y de nuevo, intentó contestarse algo más, pero el propio Rino acalló su voz y salió del cuarto de baño. 

Y entonces, un golpetón de terremoto le hizo dar un brinco en el aire, y corrió, junto con los demás, a ver qué había pasado. 


***********


-¡Dadá! – Sofía se lanzó al escenario como una loca, a intentar levantar la estructura del portal, que Nazario estaba montando con Amador, Oli, Carvallo, Cristóbal y Beto, y les había caído encima. Todos se había apartado, pero el jefe de estudios había intentado sostenerlo él solo, y había fallado. Entre todos lograron levantar de nuevo la pesada estructura, pero Sofía no dejaba de llorar. – Dadá, ¿estás bien?

-Estoy perfectamente, mujer, no ha pasado nada… ¡AH! – Nazario intentó incorporarse, pero al mover el brazo derecho, se le desencajó la cara de dolor. 

-Está roto. – sentenció Carvallo sin dudar. – No lo mueva, espere. 

-No pretendo ofenderle, pero preferiría la opinión de un médico… - jadeó Nazario desde el suelo. 

-Señor, llevo un equipo de fútbol. – contestó Carvallo – Estoy harto de ver lesiones, y créame, sé el ruido que hace un hueso cuando se parte. – El inspector tomó un pedazo de tela e improvisó un cabestrillo para el brazo del jefe de estudios, atándole el brazo al pecho, para que lo conservase inmóvil. – Así. Señora Sofía, creo que debe llevarlo usted a un hospital. 

-¿Hospital? La enfermería será suficiente. – protestó Nazario. Carvallo fue a contestar algo, pero la propia Sofía intervino. 

-Dadá, tanto si está roto como si no, tendrán que hacerte radiografías para verlo, y aquí no hay rayos X. Tiene razón, tú te vienes al hospital conmigo ahora mismo. 

-¡Eso es absurdo, Sofí, no puedo dejar la obra a medias!

-¡No la dejas a medias, Nazario, estamos todos aquí para continuar el ensayo y los preparativos! – dije yo enseguida. – Si yo hago el guión, también puedo dirigir, al menos, hasta que vuelvas. – Nazario intentó protestar, pero Sofía lo tomó del brazo sano y lo sacó de allí. Y debía dolerle muchísimo para que el jefe de estudios pusiera tan poca resistencia. 

-Faltan dos días, dos días para el estreno… ¿Tenía que partirme un brazo JUSTO ahora? – masculló mientras salían. Yo intenté esperar hasta que salieron, para sonreír. Los murmullos crecían, y las miradas se posaban en mí. Di palmadas para hacer silencio.

-Nuestro director se ha ausentado por causas de fuerza mayor, pero eso no significa que vayamos a relajarnos. Todos sabemos nuestro cometido, ¡a trabajar!


***********


Durante aquéllos dos días, las cosas pasaron muy deprisa; los ensayos generales iban a ritmo endiablado, y mi Irina estaba radiante con la idea de dirigir ella, repartió papeles de última hora, revisó los vestuarios, decorados, maquillaje, los guiones… y aún así, tenía tiempo, cada vez que yo me escabullía por detrás del escenario, de buscarme. No importaba dónde me escondiera, ella me encontraba. No necesitaba seguirme, yo me escabullía, me metía en algún rincón, en un camerino sin uso, en un baño, en un armario, o hasta en el segundo piso, desde donde se accionaba el telón y los escenarios móviles, y atisbaba mientras esperaba, y la veía llegar, elevar la cabeza, cerrar los ojos y oler el aire… olía, daba un paso o dos, volvía a oler… y entonces, sonreía, abría los ojos, y venía hacia donde yo estaba, sin dudar un segundo. 

-Mmmh… Irina, me… me vas a volver loco… para, por favor… - mentía aquella vez, la tarde antes del estreno, yo estaba vestido de ángel, con mi túnica blanca, mis alitas de algodón y mi aureola de pan de oro, sujeta con una varilla transparente a la espalda, para que pareciese que flotaba, mientras mi mujer me tenía encajonado contra la pared, me abrazaba con una mano, para acariciarme la nuca, y con la otra, me masturbaba con toda calma, como si no estuviéramos en un sitio donde, en cualquier momento, pudiera pasar alguien y pescarnos. 

-No mientas… mira qué grande se te ha puesto, te encanta que te haga cositas aquí abajo… - susurró en mi oído, mientras hacía cosquillas en mis bolitas, retozándolas entre los dedos y dándoles apretoncitos suaves, y yo sentía que me moría de gusto, pero no tanto como cuando cogió mi mano y la llevó a su sexo, metiéndome la mano por la cremallera lateral de su pesada falda – toca aquí, angelito… sí… así, así, mueve los deditos, mmmmh… 

Su boca se posó en la mía, y su lengua pidió paso dulcemente, mientras yo sentía que, a pesar de llevar apenas un par de minutos acariciándome, ya no aguantaba más… quizá fuera lo excitante de la situación, pero me venía el gustito y no podía evitarlo.

-I-Irina… me… me voy a manchar el traje… - le avisé, y mi mujer, riendo, se agachó y se la metió en la boca, ¡fue más de lo que pude soportar! De inmediato un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, se me escapó un "¡u-uaaauuu…!" tartamudeado, noté que mis ojos se desencajaban de placer, ¡qué calorcito tan delicioso!, mi cuerpo se derritió y la descarga pareció nacer en mis tobillos, subir, ardiente, por mis piernas, y derramarse como oro fundido por mi miembro, en su boca… Las rodillas me dieron un temblor, hubiera querido dejarme deslizar por la pared y caerme de culo del gusto, qué bueno, qué bueno… - Irinaa… - gemí, agotado. - ¿E-estás segura de que lo que pretendes, no es acabar conmigo….?

Mi mujer me sonrió, dándome besitos en el glande, y le tendí las manos para ayudarla a incorporarse. Entrelazó sus dedos con los míos y al ponerse de pie, me besó… y un ruido nos hizo botar del susto. Empujé a Irina contra un montón de rollos de telas apoyadas en la pared, para que se ocultara en el hueco, a pesar de que yo mismo tenía todavía el miembro fuera, y me metí tras ella. 

-¿Qué has hecho? – sonrió mi mujer, hablando muy bajo. – Ahora sí que no podemos salir, antes podíamos haber dicho que estábamos hablando, ahora que nos hemos escondido… cualquiera que nos vea, sabrá qué hacíamos… 

Quise maldecirme a mí mismo, Irina tenía razón… pero ya no cabía lamentarse, sólo confiar en que el hueco quedase bastante oscuro desde fuera. Así parecía al menos, ya que Amador y su mujer, no repararon en nosotros, ni en las telas… ni en nada. Parecían bastante ocupados, de hecho… 

-¿No crees que estoy gorda? Quiero decir, ¿tú crees que aún tengo cuerpo para salir como concubina de Herodes… en bikini? – decía su mujer, que, finalmente había cambiado el papel con Viola, y que llevaba un bikini sospechosamente parecido al de la Princesa Leia. 

-Y si por mí fuera, salías en top-less… - la voz de Amador tenía el mismo tono que la de un tigre hambriento, y me costó Dios y ayuda aguantarme la risa. Irina, a mi lado, se tapaba las orejas y tenía los ojos cerrados, y una sonrisa de apuro en la boca - …si no fuera porque se me echaría toda la junta de padres encima, y por el cachondeíto que iba a tener que aguantar de mis alumnos, vaya si salías en top-less… 

Y ahí, yo también me tapé las orejas y cerré los ojos. Y a pesar de que no montaron mucho ruido, el chirrido rítmico de la mesa donde se apoyaron, me perseguirá toda la vida…. Sólo espero volver a ser capaz de mirar a los ojos a Amador o a su señora, sin partirme de risa nerviosa ahí mismo. 


**********


"¿Qué prefieres perder, tu orgullo… o a él?", le había dicho Coral. Arnela nunca hubiera creído que Coral fuese tan simpática, ni tan lista. A su familia le daría un patatús si supiera que frecuentaba la compañía de Loba Coral, pero lo cierto es que la joven le había hecho un bien indescriptible al escucharle, y le había dado consejos valiosos… sólo faltaba que ella fuese lo bastante valiente como para llevarlos a cabo. Rino Rompebragas la seguía con los ojos, y ella lo notaba, igual que sabía que él notaba cómo ella no dejaba de mirarle. Igual que lo notaba Pedro, pobre Pedro… No se lo había tomado bien cuando ella habló con él, un par de días atrás. 

-¡Él no te respeta! ¡Te trató como a una mierda! – le dijo. 

-Pedro, ya sé que esto suena a disculpa barata, pero él, no es así. Si me habló así, es porque estaba dolido, si me tratase así de corriente, no estaría con él. Estoy con él, porque es bueno… tú deberías saberlo, érais amigos desde niños…

-Claro que sí, y desde niños que le he visto tratar a las chicas como a los kleenex: usar y tirar. Y a ti te hará lo mismo, ¡no seas estúpida, Arnela, no te dejes engañar por él!

-No me engaña, llevamos un año juntos, Pedro, ¡un año! Y te aseguro que… bueno, que "me ha usado" bastante… si sólo quisiera sexo de mí, hace ya mucho que me habría abandonado. – Pedro aún intentó objetar algo, y ella le cortó, algo que antes, nunca había hecho, ni con él, ni con nadie – Pedro, lo que cuenta, es que le quiero. Quizá debí habértelo dicho antes, no dejar que te enteraras así… pero no cometeré ese error de nuevo. No te dejé por él… bueno, en cierto modo, sí que lo hice, pero no fue SÓLO por él… Él, fue el detonante, eso es todo. Yo, no te quería. O te quería, pero no te amaba. Me gustas como amigo, Pedro, eres una excelente persona, eres bueno, amable… pero no siento por ti ningún tipo de atracción. Te estaba mintiendo. Salía contigo porque eso te hacía feliz a ti, hacía feliz a mi familia… pero no me hacía feliz a mí. No habría salido bien, no habría sido una buena esposa, la esposa que tú mereces… Y sé que soy culpable, que debería habértelo dicho, pero tú eras tan feliz, mi familia era tan feliz, y todo el mundo parecía tan contento, que pensaba que sería egoísta decir la verdad… hasta que me hizo darme cuenta que era mucho más egoísta callármelo y reventar cuando llevásemos diez años de matrimonio infeliz. – Pedro la miró con malhumor, como si ella pudiera enamorarse de él sólo con desearlo y no le diese la gana. – No siento el no estar enamorada de ti… pero sí lamento haber sido tan cobarde para no decírtelo al segundo día. 

A pesar de todo, después de aquello, se había sentido mejor. Ahora, apenas faltaban unas horas para la función, y tras ella… todo se arreglaría. Para bien o para mal. 


***********


-¿Vas a poner a Kostia…? – Le pregunté a mi mujer. Uno de los niños tenía que hacer de Niño Jesús, claro está, y yo había pensando de inmediato en Román. Todos habíamos pensado de inmediato en Román, el niño bueno, que nunca llora, porque siempre está dormido, salvo cuando come, pero mi Irina había decidido poner a Kostia. - ¿Y si se pone a llorar?

-No va a llorar, Oli, ¿no te has dado cuenta que, desde que estamos aquí, no llora nunca? Se pasa las horas muertas mirándolo todo sin abrir los labios, ¡le encanta el jaleo! Todo el mundo verá a un Niño Jesús despierto y curioso, y Kostia no llorará nada, porque le encantará que todos le miren y estar en un sitio desde donde puede verlo todo.

Apenas quedaba media hora para empezar, y la verdad, estaba nervioso. Veía a Irina intentando atender a diez cosas a la vez, a todo el mundo correteando de acá para allá, mi primo dejando que le untaran maquillaje en la cara para ponerlo de rey negro, a Dulce sacándole fotos, al señor Carvallo vistiéndose de recaudador de impuestos, a los extras vestidos ya de pastorcillos y atisbando por la calle, para ver acercarse a la gente… y finalmente, nos metimos todos tras el escenario, y abrimos las puertas. 

-Oli… tengo un poco de miedo… - me dijo Irina, al ver entrar, los primeritos de todos, a Nazario con su mujer y el brazo en cabestrillo, y al señor Decano. La tomé de la mano y le dije la frase que siempre decíamos en las obras de teatro que había hecho o visto hacer:

-Mucha mierda, Irina. – mi mujer me sonrió, y a mí (quién sabe porqué), se me coló en la cabeza la imagen del Joker diciendo "And here we… go". 


***********


Todo el mundo aguardaba, ya sentado. Un par de pastorcillos habían acomodado a los espectadores y repartían caramelos a los niños, que había muchos…. Y también a los adultos, que no por ser mayor deja uno de ser goloso. Irina dio la señal a Cristóbal, que además de ser Gaspar, era el tramoyista, y éste tiró de la soga que abría el telón. El decorado mostraba una noche llena de estrellas, y en el centro del escenario, estaba el Rompebragas, vestido con un pantalón gris, descalzo y con la máscara de V, y los brazos en cruz, y cómo no, las blancas alas que le arrastraban por el suelo. Como él, a diferencia de mí, no tenía que "volar" en ningún momento, se las había hecho muy elaboradas (y yo sospechaba que eso, tenía algo que ver también con que las encargadas de vestuario, eran todas chicas, y se habían explayado con el actor más guapo… "Él puede estar molón hasta de ángel, a mí me toca siempre ir de gilí", pensé), muy grandes y con plumas de verdad, no con algodón. El cabello negro le brillaba, y se lo habían peinado de forma que hiciese ligeros rizos, recordaba un poco al peinado de Supermán, pero no le quedaba pretencioso. Pude notar que el público le devoraba, desde los niños a los que llamaba la atención, porque rompía el arquetipo de angelito, hasta las mujeres, pasando por las chicas de casi cualquier edad. Se acercó un paso hasta el borde del escenario, las alas que le arrastraban por el suelo, sisearon cuando se movió. 

-Nunca se le ha hecho ningún reproche – recitó, con su voz untosa y algo ronca -, pues es perfecta e inmaculada/dulce, atenta, y educada/ a la que busco esta noche. – los versos continuaban hablando de la perfección de María, hasta que Cristóbal y Viola movían el escenario, y la noche estrellada pasaba a convertirse en un pueblecito del desierto, mientras el Rompebragas, en el escenario, con un simple gesto, fingía volar sin mover siquiera los pies del suelo, y debo admitir que ese gamberro tenía gracia para actuar: cualquiera hubiera creído que iba a echar a volar como David Copperfield. En un extremo del escenario, estaba Arnela, vestida con su túnica blanca y su velito azul, de rodillas y con las manos en el corazón, como si rezara, con el pelo suelto que le llegaba hasta el suelo y los ojos muy abiertos y temblorosos… no es tan guapa como Irina, pero tengo que reconocer que estaba muy bonita. El Rompebragas le hablaba, y ella no contestaba, no decía nada aquí, pero su mirada era más que explícita, estaba devorando a su compañero con los ojos.

-De ti nacerá/ el Hijo del Hombre/sin contacto carnal, /y Jesús, será su nombre – dijo el Rompebragas, manteniendo a Arnela cogida de los brazos. La mano derecha del chico se deslizó a los hombros de Arnela y se inclinó, para que ella besase la máscara, pero ante la sorpresa del propio Rompebragas, mi ayudante le tomó de la cara, y declamó con voz clara:

-Yo, María, acepto el Don,/ con gusto ofrezco mi vientre/ para que el Hijo de Dios / en él se engendre. – Tomó la mano del Rompebragas, y la colocó en su estómago, y ante el asombro de todos, levantó ligeramente la máscara de V, ¡y besó a Rino en los labios…! La mitad del reparto nos tapamos la boca para no gritar de asombro, pero Irina sonreía con las manos juntas, con expresión de profunda satisfacción, con aspecto de ir a echarse a llorar de emoción… emoción que no compartía el Decano, a quien le temblaba un músculo de la cara, y Nazario, que no parecía saber dónde meterse… pero Sofía, la mujer de Nazario, se arrancó a aplaudir sin poder contenerse, y el público la siguió enseguida. 

-Irina…. – susurré, mientras yo mismo sonreía, ¡qué toque más bonito! - ¿Ya sabes lo que has hecho? ¡Nazario, te va a matar!

-Lo sé… - siseó ella, profundamente satisfecha – pero cuando Arnela me dijo de darle éste giro, de modo que María no parezca un simple títere, sino alguien que tiene voz y voto, que podía haberse negado, y subraye su aceptación con el beso, me pareció tan dulcemente rebelde… que no pude resistir. Por eso, no avisamos a nadie, quisimos que fuese una sorpresa para todo el mundo. 

El telón se echó para pasar a la siguiente escena, entre los aplausos del público… y las risas de todos, porque Rino y Arnela aún no se habían separado el uno del otro, y los pastorcillos hubieron de darles prisa, para cambiar la escena, y aún así, se quedaron mirándose durante un segundo, los dos con una sonrisa que yo reconocía sin problemas: era la misma que se me quedaba a mí las primeras veces que veía a Irina y me hablaba, y a mí me gustaba, pero aún no sabía qué sentía ella por mí… ni siquiera estaba seguro de lo que yo sentía por ella. 


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-Sí, señor Nazario, me dijo usted que se había tomado algunas licencias, pero no pensé que fueran… tantas. – dijo el Decano, mientras se cambiaba de escena, y el jefe de estudios, aunque no dependía directamente de él, porque su cometido era del instituto y no de la universidad, sintió un poco de temor. 

-Es cierto, señor, pero… ¿qué sería del arte sin renovación?

-Sí… lo único, que, para próximas "renovaciones", le agradeceré si no toma en consideración a mi sobrina.

-Bueno, señor Decano, eso ya no podrá depender de nosotros… si no de si ella, decide actuar o no, ¿no cree…? – intervino Sofía, muy sonriente. El Decano se la quedó mirando, sonriente. Sonreía con una mezcla de paternalismo y estupor, como si le estuviera hablando una deficiente mental que, por un extraño azar, había construido una frase coherente, pero privada en absoluto de lógica. Finalmente, sonrió más y remató:

-Lo lamento, pero… siempre me he negado a hablar con las esposas. – Y miró de nuevo al escenario. Sofía ya debería saber cómo era el Decano, pero aún así se sintió molesta, y Nazario estuvo en un tris de soltar una grosería, pero su mujer le apretó la mano para pedirle prudencia de todos modos. Detrás de ellos, había un par de chicos, un chico muy alto, de aspecto estirado, y pelo entre rubio y anaranjado, que aparentaba cerca de treinta años, y una chica desgarbada, vestida con pantalón de tela de camuflaje y camiseta, arrugada como una cama deshecha y mucho pelo color naranja, casi zanahoria, que comían palomitas. 

-Vaya tío machista… - susurró la joven, y el chico se llevó un dedo a los labios. Pastor, que así se llamaba, compartía su opinión, pero opinaba que los superiores, siempre y cuando llevaran bien su labor profesional, debían recibir una educada indiferencia hacia sus ideas personales. 


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Mientras en el escenario, los pastorcillos cantaban un villancico que ilustraba la concepción virginal de María y la estupefacción de José ("¿Qué milagro ha sucedido…?/ Eso no lo entiendo yo…. /San José, al fin le pregunta, no sin miedo y turbación/ a María los motivos de su extraña situación…/")Carvallo respiraba y contaba hasta cuatro antes de soltar el aire, para intentar relajarse, le tocaba salir y, mal que le pesase reconocerlo, pero estaba nervioso. 

-¿Todo bien, Carvallo…? – le preguntó Dulce, viendo que el feroz inspector no podía parar quieto.

-¿Qué? ¡Sí, sí, todo estupendo, estupendo…! 

-¿No estarás nervioso….? 

-¿Yo? Vamos, niña, además de Zorro, me llaman Carvallo el frío, he declarado en el Tribunal Supremo, ningún abogado logró achantarme, le he puesto las peras al cuarto a la práctica totalidad de los contribuyentes del país… no voy a ponerme nervioso por un poquito de gente. 

-Claro que no, yo lo sé… ¿verdad, Beto? – preguntó a su novio, que estaba a su lado, y éste asintió. – Yo sé que estás pensando que esos de ahí, son sólo un par de defraudadores más… por mucha cara de santitos que pongan, sólo son un par de defraudadores, que pretenden cotizar en una ciudad que no les corresponde, para ahorrarse impuestos, ¡ja! Pero el Zorro Carvallo no va a permitírselo… no son más que dos caras, Carvallo, que pretenden ofender a la Hacienda Pública. Es por culpa de gente como ellos que tenemos calles sucias y parques poco cuidados, porque los defraudadores incumplen sus obligaciones cívicas y roban el dinero de todos, que debería ir a cuidar la ciudad, a sanear la educación con buenos medios y a poner a la Sanidad pública a la cabeza de Europa, y el Zorro Carvallo no va a permitirles algo semejante, por mucho hijo de Dios que lleven a cuestas, ¡ve y destrózalos!

-Sí, - resopló Carvallo, elevando los puños como un boxeador entrenándose - ¡Sí, voy a destrozarlos! – y salió a escena. Dulce sonrió, satisfecha. Era bonito hacer buenas obras siempre, pero más en Navidad.

En escena, estaba Carvallo, sentado a su mesa, con cara de malhumor, mientras Arnela, luciendo panza de embarazada y montada sobre un burrito (dentro del cual estaban Luis y David, profesores de Francés e Inglés respectivamente) y Pedro, esperaban para decir sus versos, explicando que eran de Belén, y Carvallo, con una voz llena de crueldad, les mandaba allí a empadronarse, y mientras el burro traqueteante se llevaba a una Arnela con cara de no tenerlas todas consigo acerca de la estabilidad de su vehículo. Afortunadamente, no pasó nada grave, y la escena cambió de nuevo. Era el turno de Amador y su mujer, o sea, Herodes y su concubina. 


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Debo admitir que me maravillaba ver lo bien que estaba saliendo todo, ¡qué rapidez en los cambios de escena, qué bien nos sabíamos todos el papel, qué buena voz poníamos, qué bien recitábamos…! Habíamos hecho ensayos generales para aburrir durante los dos últimos días, pero siempre parecía que fallaba algo: alguien se olvidaba una frase, un decorado se caía, algo salía mal… hoy, todo estaba saliendo a pedir de boca. El señor Carvallo, el jefe de mi primo y de Dulce, nos había sorprendido a todos con su actuación, ¡lo bordaba…! Además de Recaudador de impuestos, era también el narrador, y su voz nos llevó a todos al palacio de Herodes:

-En un enorme castillo/ vivía el cruel Herodes/ y a sus enemigos/ echaba a los leones./ No conoce la piedad/ este hombre malcarado/, se cree divinidad/, y tiene un plan malvado.

Amador se había puesto una barba postiza y llevaba una túnica blanca, con capa verde y muchos collares y anillos para reflejar ostentación ("todo lo que tú quieras, pero se pinta de negro, y es M.A.", pensaba yo, pero desde luego, le quedaba bien…). Herodes recorría el escenario de un lado a otro, con las manos a la espalda, mostrando preocupación, y explicaba al público que un oráculo le había dicho que iba a nacer un rey más poderoso que él, que le quitaría el trono. Hablaba poniendo exageradas caras de malo y echando cómicas miradas asesinas al público, que, compuesto en su mayoría por sus alumnos, y por niños, se empezaron a partir de risa… Entonces, hablaba su mujer, la concubina, que se acercó a Herodes, y haciéndole carantoñas y poniendo cara pícara, le dijo:

-Nadie quitará su trono a mi rey/ porque ahora, dictarás una terrible ley./A los niños pequeños, ordenarás matar,/ y así tu corona, no te podrán quitar. – Polita, la mujer de Amador, acariciaba la cara de su esposo, poniendo cara más de… mujer de afectos negociables, que de villana, mientras todos los niños los miraban en asombrado silencio.

-¡Mala, mala! – se levantó una niña del público sin aguantarse.

-¡Sííííí, es muy mala, por eso es mi concubina, jajaja…! – Le contestó Amador, abrazando y acariciando los brazos de su mujer, soltando una "Risa de Villano tm.", mientras los niños los abucheaban, y yo me partía de risa en mi rincón, e Irina hacía lo propio, aplaudiendo, y el narrador Carvallo, fuera de escena, intervino de nuevo:

-Pero los soldados, con mucho disimulo/ al rey supieron darle/ su patada en el culo. – Y aparecieron en escena un montón de soldados con pancartas que decían "Herodes, no jorobes"; "Yo soy muy fino para ser asesino", y otras lindezas similares, y los niños rompieron a aplaudir y a gritar "¡BIEEEEEN….!", mientras Nazario se pegaba un guantazo en la frente… sí, Irina había aprovechado su ausencia para introducir unos cuantos cambios, sin importancia, en el guión… como me había dicho: "Verdad histórica, en los libros, toda la que quieras; pero ésta es la primera Navidad de mis hijos, el primer Belén que ven, y no quiero que vean un infanticidio, hombre ya".

Ahora en escena, salían de nuevo José y María, buscando Posada, y en todas les decían que no. Uno de los posaderos, era Luis, otro David, y el último, que les permitía quedarse en el establo, era Dulce. Arnela y Pedro estaban estupendos, sobre todo ella, que consolaba a José como si de verdad él precisase consuelo por algo, aunque Pedro estaba algo frío, pero eso quedaba bien para su papel. Finalmente, el escenario se movió para revelar el pesebre, donde había dos figuras de cartón recortado de la mula y el buey, y Arnela se tendía en el suelo, para simular que daba a luz. Se cerró el telón, había que cambiar el decorado, ya me tocaba salir a mí… y aunque no quería reconocerlo, estaba nervioso. 

-¡Rómpete una pierna, Oli! – me dijo Irina y me besó la nariz mientras me ataban al arnés que me elevaría, y yo no quería pensar que las posibilidades de que el deseo de Irina se hiciese realidad del modo más literal, eran más elevadas de lo que a mí me gustaría… Se abrió el telón. Yo estaba suspendido a un par de metros del suelo, y llevaba en las manos la Estrella, y el fondo se movía, para simular que volaba llevándola. Al fondo del teatro, los pastores gritaron señalándome:

-¿Veis, como yo, aquél fulgor/ que relumbra por los cielos?

-¡A mí, me causa pavor!

-¡Y yo, me caigo p´al suelo!

Entre las risas de los niños, los pastores se acercaban, y me tocaba a mí. Y me di cuenta que se me había olvidado todo, de golpe no me acordaba de nada… pero entonces, se me abrió la boca, y fue como si alguien hablase por mí:
-Nobles pastores, nada temáis de mí/ no es para haceros daño por lo que estoy aquí./ Venid conmigo, todos, tú también/hacia una pequeña cueva de Belén./ Cantad con alegría siguiendo al resplandor,/ ¡pues esta noche, ha nacido el Redentor! - ¿Qué era aquello que sonaba…? Eran… ¿aplausos? Sí… los niños me aplaudían… Miré de reojo a Irina. Las lágrimas le corrían por la cara, ¿tan bien me había salido? Yo mismo no me había reconocido mi propia voz, era como si… como si alguien hubiese hablado por mí… Atrás del todo del patio de butacas, un hombre muy alto, moreno, aplaudía y me miraba sonriendo, y levantando el pulgar, me guiñó un ojo en señal de complicidad. "¿Quién eres tú?" pensé. No era de la universidad, no le conocía… pero entonces, el fondo volvió a moverse, y volví a fingir que volaba, hasta que echaron de nuevo el telón, ya sólo faltaba la escena final, cuando llegaban los Reyes Magos. 

-¡Oli, has estado increíble! ¡Estupendo! – Irina daba saltos de felicidad, y corrió al cochecito para coger a Kostia y dejarlo en el pesebre, junto a Arnela y Pedro. Todo el mundo me felicitaba, y me alegraba, pero…

-¿Quién es el tipo moreno que está atrás del todo? – pregunté a los pastores que habían venido desde el fondo del escenario, y sin duda le habían visto. 

-¿Qué tipo moreno, señor Oliver? – preguntó uno de ellos. 

-Un tipo muy alto, que está sentado al final, está él solo en la última fila, justo al lado de los lavabos… - los pastores se miraron, extrañados.

-No hay nadie en la última fila, señor. 

-Venimos de allí, está vacía… hay gente a partir de la cuarta fila, no hay nadie detrás. 

Qué tontería, me habría confundido, sin duda… me habría equivocado. Quizá no fuera nadie más que un conserje o cosa así, y los focos me daban en la cara, me había equivocado. Sólo eso. 

El telón se alzó de nuevo, y yo estaba "posado" en el techo del pesebre, con la Estrella, mientras los pastores, junto a Arnela y Pedro, cantaban villancicos y traían regalos para el Niño Jesús, que era mi hijo Kostia, quien miraba todo, encantado y hacía muecas de sonrisa, supongo que asombradísimo de ver tanta gente a su alrededor dorándole la píldora, y a mí me hacía gracia. Y entonces, llegaron los Reyes, Cristóbal, Carvallo (nos habíamos quedado sin actores y hubo que repetir) y mi primo Beto, con sus respectivos pajes, Viola, otro de los pastorcillos, y Dulce.

-¡Al loro, que traemos oro! – dijo el señor Carvallo.

-¡Me pirra, si traemos mirra! – intervino Cristóbal.

-¡Yo pienso, que traigo incienso! – remató mi primo, y los niños se partieron de risa y rompieron a aplaudir, y ese fue el momento que Román, desde su carrito, eligió para ponerse a llorar. Sin duda todo el ruido le había asustado, o cuando menos, le había interrumpido la siesta. Mi primer impulso fue volverme y cogerle, pero me di cuenta que no podía, e Irina, desde el otro lado del escenario, tampoco podía, salvo cruzando éste de lado a lado, y estaba dispuesta a hacerlo, cuando mi primo, con toda su inocencia, se bajó del escenario y cogió en brazos a Romancito, llevándolo con él de nuevo, dándole besitos. El público le aplaudió, pero reventó de risas cuando a Beto, viendo que el público notaba que los dos niños eran iguales, no se le ocurrió más que soltar:

-¡Es que éste, es Brian! – Para qué queríamos más, la práctica totalidad de la sala se puso en pie a aplaudir mientras se partían de risa, sólo los niños más pequeños no entendían a qué se refería mi primo, Dulce le besó ahí mismo, y se bajó el telón. Había salido estupendamente. Mejor de lo que yo mismo suponía. 


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El toque del beso le había dejado por completo en orsay… Rino sabía que ella le quería, claro que sí… o por lo menos, podía figurárselo. Pero, joder, le había besado. Le había besado delante de toda esa gente. Delante de su tío el Decano. Le había cogido la cara con las manos, le había levantado la máscara y le había besado… y aunque desde fuera no se había notado, ella le había llegado a acariciar muy ligeramente los labios con la lengua. "Le dijiste que era una paradita, que no se atrevía a nada. Ahora, se acaba de atrever. ¿Qué más quieres?". Su voz interior, tenía razón, se dijo. La niña perfecta le tenía pillado por ahí mismo, y no podía evitarlo, así que se dirigió al camerino de Arnela. Quería ir despacio, pero sin darse cuenta, empezó a sonreír. Empezó a acelerar, y acabo corriendo hasta la puerta… donde estaba Pedro, con un ramo de flores, a punto de llamar. Pedro le vio y se miraron de malhumor. Rino avanzó hacia él. 

-He venido a por ella. No me vas a impedir que entre. – dijo Pedro cuando le tuvo a su altura. 

-Tampoco me lo vas a impedir tú a mí. No quiero volver a pegarte, pero voy a hacerlo si no te quitas de en medio. 

-Rino, ¿por qué no la dejas en paz? Es una buena chica, y tú vas a conseguir que se enemiste con su familia…

-Por que la quiero. Ya sé que no me consideras capaz de eso, pero la quiero, y es mía. 

-"Es mía", ¡como si fuera una moto o un botellín de cerveza…! ¡Tú, no la respetas!

-Y tú confundes el respeto con la idolatría. Respetar a una persona, no es tenerla en un pedestal tan alto que ni tú puedes tocarla, ni la dejas a ella descender, ¡es una chica y quiere ser querida, quiere que la besen, que la toquen, y que la follen!

-¡Para ti, ella no es más que un cuerpo, no la aprecias en lo que vale, yo sí! ¡Lárgate de aquí!

-¡Sí, la aprecias tanto que no eres capaz de verla como un ser adulto, sino como alguien que necesita estar pegado a las faldas de su familia todo el día! ¡Lárgate tú!

-¡¿Y no se os ha ocurrido pensar que YO, puedo tener algo que decir?! – la chillona voz de ratita de Arnela los hizo callar a ambos. Había abierto la puerta, alertada por los gritos que se daban. – A lo mejor, no quiero quedarme con ninguno de los dos, ¿no se os ha ocurrido? 

Para Pedro, eso significaba quedarse igual que estaba. Y por eso, agachó la cabeza y respetó la decisión de Arnela. Para Rino, eso significaba tener que volver a pasar otra vez por el proceso de conquistarla, de demostrarle que no era un pedazo de ladrillo sin corazón, que ella volviese a acostumbrarse a él, que le permitiese lentamente tomar confianza, que se diese a valer de nuevo… no estaba dispuesto a eso. Y por eso, se agachó, tomó a Arnela a cuestas en su hombro y echó a andar sin más, entre los gritos de ésta.

-¡Rino! ¡Bájame ahora mismo! ¡Esto pasa de broma, suéltame, déjame en el suelo, bájameeee….! – chilló, intentando inútilmente pegarle en la espalda. 

-Ahora mismo te dejo en el suelo, en cuanto vea a tu tío el Decano y le diga que eres mi novia formal. 

-¿¡Qué?! – en la voz de Arnela se adivinaba una risa - ¡Pero te matará! Rino, te… ¡te va a expulsar…! ¡Te denunciará! 

-Que lo haga, ya me llevarás tabaco a la cárcel… siempre me ha dado morbo la idea de hacerlo en una celda. – contestó Rino, y no se detuvo. Y Arnela empezó a reír, a reír, y no podía detenerse.


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El teatro ya estaba oscuro cuando salieron Dulce y Beto, ya cambiados, y dedicándose mutuas sonrisas. 

-Mi rey de chocolate, mi Betito… ¡qué guapísimo estabas de árabe!

-Tú también estabas muy guapa con las mallas de paje… - sonrió Beto, y era verdad, con esas mallas que le ceñían tanto los muslos, estaba tan bonita… le había puesto muchas ganas de hacer cositas, estaba deseando llegar a casa, dentro de apenas un par de horas, comenzaba el Año Nuevo, y él sabía que daba buena suerte empezar el año con momentos felices y risas, y ¿qué más feliz que un orgasmo…? Se inclinó sobre Dulce para besarla, pero ésta se retiró un momento. 

-Espera, se me ha olvidado una cosa… - se acercó a una papelera, se abrió el bolso, y sacó una cajita que contenía pequeñas píldoras, todas con un día de la semana encima de su sitio. "Por un tiempo, ya no voy a necesitar esto", se dijo, y tiró la cajita al cesto de papeles. Luego corrió hacia su Beto, y le abrazó con fuerza, sonriendo. 


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-Haah… sí, sigue… sigue, por favor…. Mmmmmh… - mi Irina se estremecía entre mis brazos, cómo me gustaba ver aquello. Román y Kostia estaban ya dormidos en su cochecito, se habían cogido de la mano el uno al otro, estaban abrigados y cómodos… y nosotros, estábamos dándonos el último homenaje antes de abandonar el teatro, tenía a Irina abrazada junto a mí, y le metía la mano por la cinturilla de la falda, acariciándole la perlita mientras le besaba la cara, el cuello, y nos dábamos lengua cuando me acercaba la boca. Estábamos contentos de lo bien que había salido todo, a la vuelta de vacaciones nos preocuparíamos de las represalias de Nazario, y yo quería darle placer a mi directora-guionista preferida. 

-Lo siento tan… tan… ¡tiernooo….! – gimió mi mujer, mientras mi dedo corazón resbalaba sobre su punto mágico, regalándole placeres a cada roce, y ella me regalaba a mí sus deliciosos gemidos, sus brinquitos cada vez que le daba una subida de placer… su mano se apretó en mi camisa de cuadros y sus ojos me miraron, ebrios de placer, ya le estaba llegando, y en lugar de acelerar, bajé el ritmo, seguí acariciando, pero lentamente. Irina gritó sin poder contenerse, me miró sonriendo, pude notar que el placer le venía muy despacito, en una lentitud que la debía estar partiendo de gusto, sus caderas se movían, y finalmente dieron un temblor, gimió sobre mi piel y me apretó contra ella, sonriendo, con los ojos en blanco, dando sacudidas cada pocos segundos, hasta que estas cesaron lentamente y quedó recostada sobre mí, satisfecha… nos dejamos caer sobre el piso de tarima del escenario, donde estábamos sentados, y nos besamos.

-Oli… he de decirte algo importante. – empezó Irina, y sonreí. – No sé si vas a enloquecer de alegría cuando lo sepas, pero es que… ¿de qué te ríes? – me preguntó, risueña.

-Irina, eso que quieres decirme, lo sé ya hace días. – mi mujer me miró con extrañeza, y se lo solté – Estás en estado otra vez. – Tenía que hacer esfuerzos para aguantarme la risa, la sonrisa me llegaba a las orejas, y mi mujer puso cara de asombro.

-Pero… si todavía no es seguro… ¿¡Cómo lo sabes tú?! – Irina se tumbó sobre mí, con expresión de alegre sorpresa.
-Irina, pero si me lo has dicho… tú no te das cuenta, pero me lo dijo tu nariz. 

-¿Mi nariz?

-Claro. Cuando me buscabas, por ahí dentro, para… - sonreí – No me buscabas con los ojos, me buscabas con la nariz, me olías… me seguías el rastro como una tigresa. Sólo tenías el olfato tan desarrollado cuando te quedaste en estado de Román y Kostia. 

-¿Y tú lo sabías…. Lo sabías, y me has dejado guardar el secreto? 

-Quería ver cuándo te animabas a decírmelo… Irina, admito que hemos tenido los niños como los orgasmos, todos seguidos… pero me gusta. Estás muy guapa cuando te quedas en estado… - Irina no me dejó seguir hablando, se tumbó del todo sobre mí y me besó, metiéndome la lengua hasta la garganta.

-Vámonos a casa, cielo. – susurró. – Acostamos a los gemelos en la habitación, y tenemos el salón para nosotros solitos - Asentí, y salimos. Cuando íbamos hacia el coche, me fijé en un grupo de chicos que estaban en la hierba, pasándose una botella y fumando en narguilé. A pesar del frío que hacía, ellos parecían estar muy a gusto, y uno de ellos… desde donde estaba, no podía asegurarlo, pero era alto, moreno… se parecía al hombre que yo había creído ver al fondo del teatro. Tenía un vaso en la mano, pero no bebía. Se metía la bebida en la boca, y escupía otra vez en el vaso. – Ahora cuando lleguemos, tengo que pasar antes de nada por el trono, me llevo aguantando toda la obra… - dijo Irina, y sentí como si me pegaran en la cabeza con un mazo. 

"El trono… estaba cerca de los lavabos… cerca del trono...". Aquello me recordaba una estupidez, el nombre de un ángel, Metatrón, literalmente "El que está cerca del trono"… 

-No. – dije. 

-¿No, qué, cielo?

-Nada, Irina. Estupideces que se me ocurren. 


***********


Uno de los chicos de los que estaban allí, era Pastor, el hijo de Carvallo, a quien no le gustaba cómo su hermana miraba al tipo moreno que escupía la bebida, pero, por alguna razón, sentía que no tenía sentido enfadarse por ello. Sería como enfadarse porque ella quisiese mirar… al muñeco Ken, por ejemplo. En una de éstas, se levantó para hacer un pipí, y Sofía aprovechó para acercarse al hombre moreno. 

-Hola. Mi hermano necesita una novia. Por favor, consíguele una novia. 

-¿Perdona? ¿Me has tomado por un Rey Mago?

-Claro que no, no soy tonta. – contestó la chica desgarbada, y el tipo sonrió, pero la sonrisa se le borró de la cara cuando la joven señaló a tres tipos que quedaban algo alejados y dijo – Los Reyes Magos son aquéllos tres, que dicen que se llaman Melquíades, Gastón y Baltimore, pero te lo pido a ti, porque si vuelve y no me encuentra, monta la de Troya. Y además, porque hace falta alguien especial, no valdrá cualquier chica… - pero el tipo moreno, aunque la escuchaba, apenas la oía, se tapaba los ojos con una mano, en expresión desconsolada.

-Estoy harto, ya estoy harto de este tipo de encargos. La próxima vez que quieran que supervise un Belén, le digo que lo mire por conexión vía satélite…