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martes, 15 de octubre de 2013

La culpa fue de los vaqueros.

    

     Por los altavoces del centro comercial, sonaba “Dancing in the street”, de los Rolling Stones, y la verdad que me daban ganas de ponerme a ello. Cuando llevo puestos los vaqueros, me siento distinto, me siento con ganas de divertirme… casi siempre llevo pantalones un poco de vestir, o de pana, sólo algún que otro viernes me llevo los vaqueros a la biblioteca. Soy Oli el Bibliotecario. Oli el Perfecto, Oli el Bueno, Oli el Virgen… y dentro de poco, Oli el Papáporsegundavez. Bueno, digo “poco”, pero mi Irina está sólo de algo más de dos meses, aún no se le nota, aunque ella dice que los pantalones ya no le cierran. Ahora mismo estaba en casa, ya estaría acostando a los niños, nuestros Kostia y Román, y yo estaba de camino. Lo cierto es que, teóricamente, estaba de baja por paternidad, pero de vez en cuando, me pasaba por mi biblioteca, sólo para echar un vistazo, ver si todo iba bien… Arnela, mi ayudante, cuidaba de todo, estaba trabajando como una bestia y yo lo sabía. El Decano se había negado a poner más personas al cuidado de la biblioteca, y eso lo dejaba todo para ella. Aún así, se la veía absolutamente feliz, y yo sospechaba que de eso, era responsable el gamberro de Rino el Rompebragas, pero esa era otra historia.

     Al salir de la biblioteca, pensé que a Irina le apetecería no cocinar, y compré comida china para llevar. Me sentía tan contento, que me costaba contenerme, hubiera querido ponerme a menear el trasero en plan Travolta en sus pelis setenteras, y sonreía sin darme ni cuenta. Me sorprendí a mí mismo pensando en que, si Irina quería… bueno, si tenía ganas, tal vez… Vamos, que tenía un antojo tremendo de ella. Es curioso como el llevar una simple prenda, puede hacer tanto por tu sentido del humor. Soy un tímido irredento, y generalmente, siempre espero, nunca pido… no directamente, al menos. Irina suele tener ganas siempre, así que basta que yo la mire un poco fijamente, o me ponga un poquito cariñosón, para que ella sepa de qué tengo ganas, pero esa noche, estaba dispuesto incluso a decirle a las claras que quería que me apretara entre sus brazos y que hiciéramos el amor. El calor subió a mi cara al pensar aquello, y me sentí muy travieso. Había llegado al coche, metí las bolsas de comida en el suelo del asiento del copiloto, y conduje hasta casa, fantaseando…

       Yo sabía que Irina no me esperaba, al menos hasta media hora más tarde, así que entré despacito, quería darle una sorpresa. Sigilosamente, dejé las bolsas de comida en la cocina, y escuché. No estaba en el salón, la tele estaba apagada. Me asomé al pasillo, el cuarto de los niños estaba ya sin luz, pero sí salía luz del cuarto de baño. Me acerqué y la oí hablar en voz baja:

      -Oliverio… Oliver… Olivertito… Oli….Olito… ¿Oli segundo? ¿Junior? No importa. Ya verás, te gustará vivir aquí… Mamá se esfuerza mucho, y cree que no está haciéndolo mal del todo con Román y Kostia… Sí, tienes dos hermanitos… y tu papá es el hombre más bueno del mundo. Cariñoso y muy inteligente…. Ya sé que todavía eres muy pequeñito, sólo una judía en el vientre de mamá, pero aquí fuera todos te queremos ya… pero aún así, tú no tengas prisa, tú sólo tienes que preocuparte de crecer fuerte, pequeño Oli…

     -¿Y si es una niña? – pregunto, apoyado en el vano de la puerta, e Irina respinga en la bañera y se ríe.

    -¡Oli! ¡Me has asustado! – Mi mujer me sonríe. Está estirada en la bañera, con todo el pelo mojado y cubierta de una capa de espuma, acariciándose la tripa. Está un poco roja, no le da corte que yo la mire, pero sí se lo da que la haya pescado hablando con el próximo lanzamiento editorial, y sobre todo, que yo haya oído el nombre que piensa darle... Odio mi nombre, y lo sabe.

      -¿De verdad le piensas llamar como yo….? – tuerzo el gesto sin poder evitarlo, mientras me acerco a la bañera y me siento en el borde. - ¿Y si es una niña?

     -Entonces, se llamará Olivia.

     -¡Aaaaaaaagggh….! – Mi mujer se ríe con mis gestos de asco – Irina, ¿sabes la de chistes malos que tuve que aguantar con Oliver Hardy, con Oliver Aton….?

     -¿Crees que Kostia, teniendo un nombre tan parecido a hostia, no los va a tener que aguantar? ¿Y Román? – hago un gesto vago con los hombros, e Irina me toma de la mano. Está mojada, caliente y llena de espuma, y me gusta. – Oli, cielo… los niños, son niños, y SIEMPRE van a encontrar un motivo para meterse con otro niño, ya sea el nombre, o que esté llenito, o que use gafas, o cualquier otra cosa… Quiero ponerle tu nombre. De verdad, quiero.

    Cuando me mira con esos ojos llenos de estrellas, le daría hasta la luna en la mano, no puedo resistirme a ella. Asiento casi con resignación, aunque enseguida niego con la cabeza, sonriendo.

    -Jesús… Oliverio Homobono, Tercero. Y todo por culpa de mi padre… que él se llamase así, pase, pero, ¿porqué tuvo que pasarme el muerto a mí?

     -Porque eres su hijo varón, y te quiere…. A mí me gusta tu nombre, y como yo también te quiero, quiero usarlo. – La mano de Irina acaricia mi brazo, y su sonrisa es tan dulce… Se la devuelvo y asiento con la cabeza. Sea, si le hace ilusión, se llamará Oliverio también. Mi mujer se ríe y bate palmas, y hace ademán de salir de la bañera, pero la freno con mi mano en su hombro. - ¿Qué?

    La miro, y no puedo dejar de sonreír. Me toma de la mano y a través de la capa de espuma, no veo su cuerpo, pero sé que está desnuda, toda mojada, perfumada y suave. Tiene la piel sonrosada por que le gusta el agua muy caliente… si ahora mismo se levantase, una cascada de gotas de agua caería de su cuerpo. Adivinándome el pensamiento, Irina saca lentamente una pierna del agua, estirándola en vertical, y efectivamente, agua y espuma chorrean por ella… Con los pies, me quito las deportivas y me levanto del borde de la bañera, sin soltar su mano.

     -Irina… - busco palabras que expresen lo que siento, y lo guapa que está, pero me tengo que contentar con: - No puedo perder tiempo en quitarme ni los calcetines.

    Mi mujer chilla una incrédula risa alborozada cuando me ve levantar la pierna y meterme en la bañera, sin desvestirme ni nada, y me abre los brazos, sin dejar de reír, tampoco yo puedo dejar de hacerlo, mientras la tela de los vaqueros se empapa hasta media pierna y se me pega a la piel, pero cuando me arrodillo, apenas lo noto. El agua quema, pero me gusta, mi Irina separa las piernas, y yo me dejo caer, el agua desborda la bañera cuando nos abrazamos y la beso… sus labios saben un poquito a jabón, y están calientes, tan calientes… Toda mi ropa está chorreando, y yo estoy a gustísimo entre sus brazos. Mi mujer toma un montoncito de espuma en sus dedos y me mancha la nariz con ella, y cuando la beso, también ella queda marcada de jabón.

    -Oli, mi vida… - susurra, mientras sus manos se cuelan bajo el polo empapado, con dificultad, porque la prenda pesa. Intento quitármela, y no es nada fácil, se me pega a la cara, pero finalmente lo logro y la arrojo al suelo. Las manos ardientes de Irina acarician mi pecho, ya no me da tanta vergüenza lo peludo que soy, si a mi mujer le gusto así, ¿qué más da lo que opine nadie? Irina intenta colar las manos bajo mi pantalón, pero al estar mojado, es imposible. Yo soy el primero que quiere desabrocharlo, pero mis brazos atenazan a mi mujer, soy incapaz de soltarla, el estar abrazados es tan bueno… que incluso me da un poco de miedo. Tengo verdadero terror a perderla, a que me abandone, a que suceda lo Peor. No podría vivir sin ella, no querría hacerlo…. Mi mujer me rodea con los brazos y las piernas, y busca mi boca para besarme una vez más. Nuestras lenguas se entrelazan, su lengua tan suave, se cuela en mi boca, acaricia mis mejillas por dentro, hace cosquillas en mi paladar, sus dientes dan mordisquitos en mi lengua, mis labios… mi pene quiere reventarme los vaqueros, pero no paro de besarla salvo para tomar aire.

    Irina baja las manos a mi trasero y lo aprieta, con fuerza. Tiene que hacerlo así, porque si no, apenas lo siento, y sólo entonces me separo un poco de ella para desabrocharme el pantalón. El agua me chorrea apenas me incorporo, cayendo como lluvia sobre Irina. Siento frío en la piel por el contraste, y mis manos rozan las de mi mujer cuando los dos nos dirigimos a la bragueta. El agua caliente parece haber encogido la tela, y el antipático botón no quiere desabrocharse. Estoy dispuesto a soltarlo a bocados si hace falta, aunque me parta la columna, pero Irina logra hacerlo pasar, bajar la cremallera, y cuando acaricia mi miembro a través del calzoncillo empapado, todo mi cuerpo tiembla de gusto.

    -I… Irinaa… - balbuceo, y apenas hemos logrado bajar un poco el pantalón, me echo de nuevo sobre ella, dando caderazos, buscando su calor… a cada movimiento, el agua tintinea y se cae un poco por el borde. Mi mujer se mueve, jugando a no dejarse, y me froto sólo contra su tripa, su monte de Venus, pero sin llegar a penetrarla. Sonrío de impaciencia, intentando colocarme de modo que no se me escape, hasta que al fin noto un calor impresionante en mi glande y se me escapa un gemido, e Irina, vencida también por la sensación, se queda quieta, dejando que la penetre. Muy despacito, empiezo a empujar. Bajo el agua, es más difícil, está como más tenso… Irina gime, está colorada, sus caderas se mueven muy ligeramente, intentando ensartarse, y yo no aguanto más y me dejo caer hasta el fondo.

     -¡Haaaaaaaaaaaaaah…..! – Mi mujer gime a media voz, sonriendo, abrazándome con fuerza, y a mí se me escapa todo el aire del pecho en un jadeo que me mata de gusto, ¡qué sensación! Mi cerebro, perdido en un mar de placer, sólo puede pensar tonterías “el regreso al seno materno… me costó nueve meses salir y treinta y tres años conseguir volver… seda, calor, agua caliente, caldo, lava, agradable, gusta, me gusta, me gusta, me gustaaaaa….” – Oliii… - mi mujer me mira con ojos muy pícaros, entornados de placer, y me sonríe, antes de susurrarme al oído. – Oli… fóllame.

     Si Irina pretende que me salga humo de las orejas, lo ha conseguido, ¡ha usado un taco! Yo soy incapaz de decir una palabra semejante, y aunque el uso de las mismas me parece soez, en boca de mi mujer, suena a dulce transgresión, a travesura… mi miembro da un respingo dentro de ella, y a mi Irina se le escapa un gritito de gusto al sentir la convulsión, que parece que le ha pegado en un punto interesante… con la risa escapándoseme de deseo y corte, empiezo a empujar.

     ¡Tengo que morderme los labios para no gritar! ¡Es celestial….! Mi miembro está sumergido en el calor más inhumano que se pueda concebir, ¡pero me encanta, me enloquece! Irina se ríe y da gemiditos de gusto, abrazada a mí, acariciándome la espalda, en la raya de la columna, y bajando al hueco de los riñones, aaaah… no, ahí no, ahí no… mmmmh… es peor que en la nuca, no puedo resistirlo… ¡haaaaaaaaah…! Apenas me roza en ese punto de la espalda, pego una embestida que provoca un tsunami casero, y mi mujer se convulsiona de placer… al moverme espasmódicamente, le vuelvo a rozar la zona de antes… canalla, por eso lo hace, no sé dónde le está frotando mi pene, pero a ella le encanta cuando doy la embestida, y se propone repetir la broma, aunque eso implique que no dure nada…

    -Por favor… por favor, Irina, no lo hagas… - suplico sin dejar de empujar, y el placer me vuelve loco, chispitas de gusto recorren todo mi cuerpo, de los tobillos a los hombros, cebándose en las nalgas, y en mi pene abrasado. - … ¡no quiero acabar tan pronto!

     Mi mujer me sonríe y asiente… y yo, contrayéndome desde la tripa, pego otra convulsión a mi miembro al penetrar. ¡Irina tiembla de la cabeza a los pies! Pone hasta los ojos en blanco y tartamudea los gemidos, sus caderas se mueven solas, buscando otra vez la sensación… yo sé que goza conmigo, Irina no es mujer que finja en el sexo, es muy liberal, pero… nunca le había visto esa reacción. Quiero que le guste mucho, tanto como a mí, y a cada embestida, hago que mi pene se mueva, como si quisiera pegármelo a la tripa. Irina se ríe de gusto, tiembla debajo de mí, el agua chorrea de la bañera cada vez que nos movemos, mi esposa se derrite de gusto, no aguanta más… y besándola, le tomo de las manos, para que me acaricie la espalda de nuevo.

    -¡Mmmmmmh….! – Irina gime como si le acabara de conceder el premio gordo, sus dedos hacen cosquillas en mi espalda, y yo siento como si me fuera a desmayar de puro placer, mis caderas más que moverse, se estremecen, y entonces sus manos bajan a mis nalgas, suben haciendo cosquillas y me acaricia de nuevo en el hueco de los riñones, mis ojos se abren desmesuradamente mientras toda mi columna parece agarrotarse de placer, un incendio se declara en mi bajo vientre, y mi miembro respinga con tal fuerza que parece que quiera romper la pared vaginal de Irina… quien me muerde el cuello para ahogar sus gritos de placer, mientras se estremece debajo de mí, dando botes, y su sexo se contrae con fuerza, tirando del mío, que no aguanta más, y estalla dulcemente, dando sacudidas para liberar el semen, mientras mis piernas se tensan, mis nalgas titilan y mis brazos apresan a mi mujer entre ellos, como si quisiera exprimirla… Irina gime ruidosamente, tomando aire, y yo toso. Mi pene da una última sacudida y los dos gemimos al unísono… mmmmh… puedo notar cómo palpita su interior… me encanta cuando lo hace… un escalofrío me hace tiritar los hombros. El agua de la bañera, que antes nos cubría perfectamente hasta los hombros, ahora ya no nos llega ni por las nalgas… oh-oh…


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     -Cielo, me encanta cuando eres apasionado… y lo de hoy, ha sido increíble, me encantaba cada vez que la movías dentro de mí, era fascinante…

     -Sí… pero otra vez, me acordaré de que el apasionamiento, me dé lejos del baño… - digo, mientras recojo la tercera toalla empapada y la escurro lo más que puedo dentro de la bañera, antes de echarla al cesto de la ropa sucia, mientras Irina pasa el mocho para recoger el agua. Mi mujer me mira con su sonrisa dulce. No está enfadada. La verdad que es muy difícil hacer enfadar a Irina, y menos aún cuando ha tenido un orgasmo, pero yo me siento un poco torpe por la que he armado con mi idea de hacerlo en la bañera. Llevo unos calzoncillos secos y el albornoz, y en el cesto, lo más escurridos posible, están mis vaqueros, que al salir de la bañera, me costó Dios y ayuda quitármelos, se me habían pegado como si fueran de velcro, y se habían encogido dos tallas por lo menos… Es cierto que me dan más atrevimiento, pero aún así… creo que va a pasar un tiempo hasta que vuelva a ponérmelos. Lo que no quita para que, el truco de dar espasmos a mi miembro, me lo apunte de todos modos.