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miércoles, 30 de octubre de 2013

Luna de Miel y sorpresas



     Eran casi las seis de la tarde, y todo estaba silencioso. A Kostia no le gustaba nada la biblioteca, porque no se podía hacer nada: ni correr, ni saltar, ni jugar a nada, ni pedir merienda… ¡era un rollo, sólo se podía pasar el rato mirando libros y libros, ¿qué había de divertido en ellos?! Menudo rollo… Su gemelo, en cambio, adoraba estar en la biblio y mirar libros. No le importaba no saber leer todavía, ya le parecía muy importante ser capaz de distinguir la A, y adoraba toquetear los libros, ver dibujos, oler las tapas y oír el crujido de las páginas al pasarlas… Kostia no entendía cómo Román podía encontrar tantas cosas interesantes en los libros, y Román no entendía cómo Kostia podía no ver nada interesante en ellos… En cuanto a la hermana pequeña de ambos, Olivia, a la que llamaban Tercero, era todavía demasiado pequeña para sostener un libro sin romperlo, pero le encantaba mirar a los estudiantes de la biblioteca. La pequeña tenía sólo tres años de edad, todavía hablaba con lengua de trapo y a veces aún llevaba el chupete, pero ya había estado en la biblioteca muchas veces. En su pequeña cabecita llena de porqués, había llegado a la conclusión de que la biblio, tenía que ser un sitio mágico… toda llena de gente, hasta los topes de niños mayores, pero siempre en el más absoluto silencio. Sólo de vez en cuando el susurro de una página, una tosecita o algo similar. La gente grande siempre hablaba mucho, muchísimo. Y hablaban alto. Así que si un lugar era capaz de tenerlos callados a todos, ese lugar, tenía que ser mágico. Y su padre, era el rey de ese sitio mágico… porque era el bibliotecario. Ella era todavía muy pequeña para tal palabra, pero ya sabía lo que era un rey, y su padre era uno. El rey de la biblio. Se le quedó mirando. Ella también sabía hacer magia, cuando miraba fijo a una persona, ésta persona le devolvía la mirada, y esa vez tampoco falló: su padre levantó la mirada del ordenador y la miró. La sonrió y le acarició la mejilla, y la niña se rió, sentada en su silla, y luego continuó mirando a los estudiantes, era muy entretenido…

    
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     Mi hija pequeña me dedica una de esas sonrisas que le dejan el chupete a punto de caerse, y luego vuelve a mirar a los estudiantes. Creo que le divierte hacerlo, o por lo menos, la entretiene… para ella, debe ser como mirar la tele: ver gente que hace cosas y se mueve… o como mirar la pecera que hay en el vestíbulo del Instituto, donde trabaja mi mujer, Irina. La ponemos frente a la pecera y se queda extasiada viendo a los pececitos nadar, la primera vez que los vio puso unos ojos de sorpresa que casi nos mata de risa, como si dijera “¡ahí va, cómo mola, ¿qué será eso?!”. Los mayores, aunque eso de mayores sea un decir, teniendo en cuenta que apenas tienen cuatro años, Román y Kostia… bueno, Román está encantado trasteando con los libros, coge uno y pasa páginas, mira las letras, finge que lee y le oigo murmurar por lo bajo, como si inventase historias…. Kostia se aburre como una ostra. Le he dado papel y lápices de colores, pero se limita a hacer borrones y a hacer pelotas con el papel para pasárselas de una mano a la otra, porque sabe que no las puede tirar a nadie. No quiero dejarle el ordenador de mi despacho porque yo tengo que estar aquí, y si lo usa, Román se le irá detrás, y ya tendremos pelotera, porque uno querrá ver una cosa, el otro otra distinta, los dos querrán usar el ordenata a la vez… Si mi ayudante estuviera aquí, sería más sencillo, pero no está, Arnela ha pedido el día libre por enfermedad, y no me extraña. Ayer estuvo aquí y se pasó vomitando toda la tarde, la pobre. Miro el reloj, y ya pasan de las seis de la tarde.

     -Kostia… - mi hijo mayor me mira, con carita de fastidio – ánimo, chico, te queda poco que sufrir. Mamá vendrá a buscaros en un ratito.

     Kostia resopla con evidente alivio, y sigue dándole vueltas a la pelota de papel. Irina está haciendo un examen de recuperación, lo tenía de cinco a seis… vamos a darle cinco minutos más para los últimos rezagados en entregarlo, y un cuarto de hora para llegar aquí con el coche. No es la primera vez que los dos acabamos tan tarde, y generalmente, en estos casos, mis primos Beto y Dulce recogen a nuestros niños y los tienen en su casa hasta que podemos ir, pero hay días, como hoy, que no pueden. Y hoy en concreto no pueden porque están haciendo el equipaje. Esta noche, se van de Luna de Miel.

      La semana pasada se casaron, una ceremonia muy sencillita, y lo pasamos muy bien, y en un principio, no pensaban hacer viaje de novios… llevan viviendo juntos pronto hará cinco años, pero decidieron que era un buen momento para tomarse unas vacaciones ellos dos solos (siempre han ido con nosotros), y se marchan a Venecia unos días. Nos dejan aquí a René, su hijo…. El niño es adoptado, y para mi desgracia, sé bien quién es su padre biológico, aunque ese mismo padre no sepa ni que tiene un hijo suelto por ahí. Y recemos todos porque no lo sepa nunca, por si acaso. En ese preciso momento, la puerta se abre. Kostia alza la cara, esperanzado, pero no es Irina. Es… bueno, es un impermeable negro y un paraguas oscuro. Me temo que sé de quién se trata, y no me equivoco. Cuando el impermeable cierra el paraguas y se quita la capucha, aparecen unos cortos cabellos de color a mechas entre rosa y violeta. Es la señorita Anastasia Cerezo, profesora de Bellas Artes, y ex mujer del Decano, hablando del ruin de Roma… La mujer mira a todas partes en la biblioteca, con expresión de ansiedad. Ya sé lo que va a pasar. Cuando por fin se asegura que ni el Decano, ni tampoco Iván, el secretario del mismo, están por allí, se acerca a mi escritorio, caminando con dificultad.

       -Buenas tardes, señor Oliver.

       -Buenas tardes, señorita Cerezo. ¿Quiere pasar a mi despacho?

       -Sí, por favor. – La mujer, con evidente gesto de apuro, y estirándose el impermeable abotonado, se dirige a mi despacho, mientras yo observo a mis hijos.

       -Niños, tengo que dejaros solos un momentito de nada. No os mováis de aquí. Kostia, no te levantes de la silla, ¿vale? Aguanta sólo un poco más. – Me meto en el despacho y cierro la puerta. – Ana, esto no puede seguir así.

      -Lo sé. – Por fin se abre el impermeable de un tirón. Debajo de él, no sólo está Nastia, también está ella. Coriza. Zaza, como le dice su madre. Una niña de unos cuatro años de edad, pelirroja como su madre, guapa y con la dulzura de cara de ella… pero con la nariz afilada y los ojos verdes de su… malhadado padre.

       -Buenas tardes, señor Oliver. – dice la chiquilla. Habla con seguridad, me recuerda muchísimo a mi sobrino. Ojalá nunca se vean, con lo listos que son los dos, aunque sean tan pequeños, no me extrañaría que atasen cabos.

      -Hola, Coriza…

       -No quiero caramelos, me quitarán el apetito para la cena. Gracias. – sólo he mirado el bote de caramelos. No he llegado a hablar, pero ella ya sabía que iba a ofrecerle. Siempre tengo la sensación de ser un idiota cuando estoy delante de ésta niña… Mira sin parpadear y no retira la mirada. Es como estar delante de un tribunal de exámenes, delante de… de su padre, el Decano.

      -Sólo va a ser media hora, lo que tardo en ir y volver a mi casa para coger mi maleta y llevármela. Por favor… - me dice Anastasia, con voz apurada. Asiento.

      -Ana… Yo no quiero meterme en su vida, pero… esto, no es ético. Él… tiene que saberlo. – hablo en susurros. Sé que no sirve de nada, porque Zaza siempre escucha, y siempre entiende todo, pero aún así, por mero reflejo, lo hago. Ella me contesta en voz baja también.

      -¿Hablamos de la misma persona, verdad? El hombre que cambia aprobados por encuentros, que me ha traicionado docenas de veces y que ha intentado colarse en mi casa desde que nos divorciamos… - asiento, resignado. – Ella nació ya cuando estábamos separados. Fue pura mala suerte que me quedase encinta justo antes de… pero para cuando me enteré, ya estábamos divorciados. Así que es sólo mía. Él no se enterará jamás de que ella existe. Sobre todo si usted me ayuda un poco a ocultarla. – intento objetar algo, pero ella me interrumpe una vez más - ¿Usted quiere que una niña reciba educación y ejemplos de ÉL…? – tras pensar un momento, niego con la cabeza – Pues yo, tampoco. Mala suerte, él me engañó a mí con otras, yo le engaño a él con ésta. Estamos en paz. – se dirige a Zaza, que está sentada en mi diván, ha sacado un cuaderno y hace caligrafía en él. Caligrafía perfecta. Con cuatro años –Volveré enseguida, cariño; no molestes al señor Oliver. – me estrecha la mano – Gracias.

    Asiento y salgo de mi despacho, ¿Qué otra cosa podría yo hacer....? Sé que esto, por muy desagradable que sea el Decano, no está bien, sea lo que sea, es su padre, y él ni siquiera sabe que lo es. Y esta mentira, tiene los días contados, conforme la niña crezca, será más difícil ocultarla... Ahora mismo, la señorita Cerezo la mantiene oculta en un colegio privado femenino para niñas superdotadas, donde la niña duerme y todo, sólo la recoge los fines de semana, y no todos, y en vacaciones. Cuando la recoge, se la lleva a un hotel y allí pasan los días, medio escondidas.... O se la lleva a otros países, comprando los billetes a nombre de otra persona, igual que las reservas de los hoteles y de los restaurantes donde comen... Todo para impedir que el Decano la encuentre y se entere de la existencia de la niña. Y, con toda sinceridad, me extraña que aun no lo haya hecho.

      Seamos justos: el Decano es un hijo de mala madre, pero además, es un hijo de mala madre LISTO. Muy listo, y con ojos y oídos en toda la Universidad, le he visto enterarse de cosas ANTES de que sucedieran. Me parece muy raro que no sepa que tiene una hija. Es cierto, de René no sabe nada, y es igualmente hijo suyo, pero... Lo tuvo, hace ya cuatro años largos, con una pobre chica a la que le dijo que la marcha atrás, era un método seguro, y luego intento encalomarle el niño al novio de su sobrina, un chico al que detesta... Pero aquí estamos hablando de su ex mujer, la única persona del mundo a la que sé con seguridad que ha querido, y cuya pérdida se tomó más como una afrenta personal, que como un golpe emocional... Tiene a Anastasia casi vigilada, no me extraña que ella tome siempre tantas precauciones. Lo cierto es que, no todos, pero sí buena parte del personal de la Universidad está dispuesta a ayudarla, a encubrirla, aun sabiendo que va a ser inútil a la larga... Es posible que por eso, sí haya logrado esquivarle de momento... Yo mismo, aunque sepa que no está bien… en fin, el Decano es mi jefe, y ella es una madre. Si tengo que elegir, no puedo dejar de ayudar a una madre.


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     -No me aburriré… y no pediré nada… ¡quiero ir con vosotros! – protestó Renecito por enésima vez. Sus padres estaban terminando de hacer las maletas. A él no le había importado que se casaran; casarse, al parecer, no estaba mal, era un poco como un cumpleaños, pero para dos personas en lugar de para una: te hacían una fiesta, te daban regalos y tomabas tarta. Todo eso, estaba bien, sus padres podían casarse siempre que se les antojara… es cierto que luego se habían ido a dormir solos, y a él le habían dejado con el tío Oli y la tía Irina, pero al día siguiente habían ido a por él, eso no tenía importancia, y de vez en cuando, era interesante dormir en otra casa. Los tíos siempre le daban tortitas para desayunar… Pero ahora, decían que iban a irse de viaje “por unos días”. René todavía era muy pequeño para entender eso de “unos días”, y no le hacía ninguna gracia, porque no sabía si era mucho o poco tiempo, sólo sabía una cosa: que a la mañana siguiente, no irían a buscarle. Y a él le gustaba estar con sus tíos, claro que sí… pero además, estaban sus primos. Y claro que los quería, aunque la prima Tercero fuese todavía demasiado pequeña para entender nada, pero… es que eran tres niños. Los tíos tenían que cuidar de todos, y no le escuchaban, no le atendían, no le obedecían… ¡no había manera!

     En su casa, estaba él solito y era mucho más simple: “mamá, tengo sed”, decía, y mamá le traía agua enseguida. “Papá, quiero galletas”, decía, y papá le bajaba el tarro de galletas y se lo abría para que cogiera dos…. En casa de los tíos, si decía que tenía sed, tendría que esperar a que le oyeran. Y luego, tendría que compartir el vaso de agua con Tercero, que era una “culo veo-culo quiero”, como decía su madre. Si decía que quería galletas, tendría que esperar a la merienda, y comérselas deprisa, porque como no anduviese listo, Kostia se las quitaba para comérselas él. Sí, si se quejaba, el tío Oli le daría otra galleta y regañaría a Kostia, pero a él le parecía que regañarle, no era suficiente. No después de haberle quitado una galleta a él, ¿cómo se atrevía….? Por eso quería irse con sus padres de viaje, no quería quedarse más de una noche con los tíos… Su padre le miró con tristeza y miró a su madre.

     -¿Qué hacemos…? – preguntó su padre.

     -Beto, cariño, no podemos hacer nada. Todo está reservado ya. Y lo hablamos, y estuvimos de acuerdo, no podemos echarnos atrás ahora. No nos devolverían el dinero… - su madre se inclinó sobre él y le tomó de las manos – Renecito, cariño… Ya te lo hemos explicado, y sé que lo has entendido: Mamá  y Papá van a hacer un viaje de mayores. Es un viaje que queremos hacer, pero es aburrido para un niño de tu edad, no te engaño…. Sólo serán unos días. Cuatro días. Así – tomó la mano de René y le enseñó cuatro dedos. – Cada día que estemos fuera, bajas un dedo, y faltará uno menos para que volvamos. Cuando hayas bajado los cuatro dedos, estaremos aquí, y te traeremos un precioso regalo. Lo más bonito que encontremos. Pero tienes que prometerme que serás muy bueno, que te portarás bien con los tíos y que no protestarás, ¿de acuerdo?

     El pequeño se miraba los dedos, de pronto muy interesado. Cuatro… y bajando uno, eran uno menos. Y sacando otro, eran uno más… ¿y cómo se llamaría a que no hubiese ninguno? Qué interesante… Su madre se dio cuenta de cómo se miraba, y le tomó la manita.

     -Mira: uno, dos, tres, cuatro y cinco. – contó – No son los nombres de los dedos, cariño. Son números. Y con ellos, puedes contar las cosas que ves. Dos manos, dos ojos, dos pies… cinco dedos, ¿entiendes? – René sonrió abiertamente, y sonrió, ¡qué listísima era su madre! – ¡Muy bien! Así me gusta, mi chico listo, ¡que cuando acabe el verano, ya irás al cole! Y allí te enseñarán muchas cosas, a contar, a leer, a escribir… ¡venga, coge tu maleta, y vámonos! – El niño se levantó del sofá de un salto y recogió su mochilita, encaminándose enseguida hacia la puerta. Dulce lo vio marchar con orgullo, mientras tomaba del brazo a su marido, quien se miraba la mano también, contándose los dedos uno a uno… “juraría que tenía diez dedos, pero ahora sólo cuento cinco…”, musitó, y tenía razón. Porque como se señalaba los dedos de la mano derecha con el índice de la izquierda, no caía en contarse también la otra mano.


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     Tercero emite un alegre balbuceo, y levanto la cara, mi Irina acaba de abrir la puerta de la biblioteca, me mira y nos sonríe. Se acerca al mostrador y empieza a repartir besos, y entonces la sonrisa se le borra de la cara.

     -¿Y Kostia? – susurra. Miro a mi alrededor. Tercero está en su sillita, Román sentado en el alzador, pero la silla que ocupaba mi hijo mayor, está vacía.

     -Román, ¿dónde está tu hermano? – pregunto, mientras Irina recorre la biblioteca con la mirada. El niño se encoge de hombros, pero entonces oigo risas en mi despacho y abro la puerta de golpe.

     -¡Voy a llegar a la luna…! – dice Kostia, pegando saltos sobre el sofá, mientras Zaza le hace coro, saltando también.

     -¡Niños! – dice Irina, y de inmediato, los dos se dejan caer de culo en los asientos, sofocados y riendo. Bueno… al menos, se quitaron los zapatos para saltar en el sofá. – Voy a ir preparando a Román y a Tercero.

    Irina me deja esto a mí, porque, aunque la disciplina la lleva más ella que yo, esto implica a Coriza, y es asunto mío. Intento poner cara severa mientras me acerco a los niños y los calzo.

     -Kostia, ¿no te he dicho que no se entraba en mi despacho? ¿Que no puedes entrar sin permiso al despacho de papá, y menos aún ponerte a jugar en él?

     -Pero papá, ella sí estaba dentro…

     -Hijo, ella está aquí porque su madre ha tenido que dejarla un momento, nada más. Y tú, Zaza, me extraña que te hayas puesto a saltar en el sofá. No eres precisamente el tipo de niña que no sabe lo que puede y no puede hacerse en un sitio determinado.

    -Lo siento, señor. – dice sin expresión, y cuando voy a acercarle el zapato, me lo quita de la mano. – Puedo hacerlo yo, gracias.

    -Papá, es que tuve que hacerlo… ¡ella no sabía!

    -¿Cómo que no sabía, no sabía qué? – aunque toda la conversación la llevemos en voz baja, noto que no estoy de precisamente buen humor. Zaza me pone nervioso, no me gusta, sé que sólo es una niña… pero no puedo evitarlo.

     -Saltar. No sabía saltar en un sofá, ni en la cama, ni correr, ni jugar; papá, no sabe jugar a nada, así que tuve que enseñarle.

     -Kostia, escúchame. – tomo a mi hijo de los hombros – Tienes que entender una cosa que voy a decirte ahora: Zaza está aquí escondida. Nadie debe saber que está aquí, así que tú no puedes hablarle a nadie de ella, y no tendrías que haberla visto.

     -¿Por qué? – pregunta Kostia.

     -Eso es algo que no importa ahora, ya te lo explicaré. Lo que es necesario que entiendas, es que no debes contar que la has visto, A NADIE, ni siquiera a tus hermanos, ¿me has entendido? – Kostia asiente. – Pues hale, despídete de ella, os vais a casa.

    -Jo, ahora que me estaba divirtiendo… - Salto del despacho con Kostia, fuera, los niños ya están con los abrigos puestos  e Irina lleva a Tercero en brazos, doy besos a los tres y entro en el despacho de nuevo. Coriza está sentada en el sofá, haciendo ahora sumas y restas en su cuaderno. Vuelve a ser la niña seria que nunca sonríe, y me siento culpable por haberla medio regañado, pero ella sabe que no debe hacer ruido cuando está en la Universidad, nadie tiene que saber que está. Y no es una niña como los demás de su edad, ella conoce las consecuencias y entiende perfectamente las cosas. Tiene sólo cuatro años, pero mentalmente, puede tener casi el doble de esa edad.

     -Zaza… - la niña levanta la cabeza del cuaderno, lentamente.

     -Ya he dicho que lo siento.

     -Lo sé, no es eso… Sé que no te gusta estar aquí, ni estar escondida todo el tiempo. Siento haberte regañado. Es sólo que si llegase a saberse que te escondo aquí de vez en cuando, no sólo os meteríais en un lío tu madre y tú, sino también yo mismo. – me siento a su lado. Habitualmente, cuando miro a mis hijos a la cara, o hasta a mi sobrino, puedo saber más o menos qué están pensando. Con ella no se puede. – Quiero ayudaros, y lo hago con mucho gusto. Pero no quiero que nos metamos todos en un lío, ¿lo entiendes?

     -¿Kostia es hijo suyo?

     -Sí.

     -¿Y tiene usted más?

     -Dos más. Román, que es el hermano gemelo de Kostia, y Tercero, que es la pequeña.

     -¿Ha llamado a una niña “Tercero”…?

     -Bueno, en realidad se llama Olivia, pero le decimos Tercero. – Zaza se me queda mirando.

     -No es cierto que tenga amigos en el colegio. No los tengo en ningún sitio, las niñas del colegio son todas idiotas, muchas de ellas no saben ni sumar, pero sus padres son muy ricos. Todas creen que son muy listas, pero ninguna sabe hacer nada. Yo tampoco sé hacer nada. – Estoy a punto de decir que eso no es cierto, que ella sabe muchas cosas y más sabrá cuando vaya creciendo, pero ella continua hablando – Cuando veo a los niños en la calle, o en la tele, nunca sé qué hacen. Se pasan una pelota, la patean, o tiran circulitos de cartón, o bolitas de vidrio, o dan saltos en cuadros pintados con tiza, o hacen bailar esferas con punta, o giran una cuerda y saltan… nunca sé qué están haciendo, ni para qué lo hacen, ni para qué sirve todo eso. Y no me lo enseñan. Ninguna niña lo sabe, y a todas les parece tonto. Me gustaría hablar con esos otros niños, pero si no sé nada, ¿de qué hablaría con ellos, qué haría con ellos? No sé hacer nada de lo que ellos hacen. Kostia ha querido enseñarme. Por favor, no le castigue por culpa mía.

     -Pierde cuidado, Zaza. No lo haré. – No sonríe, pero asiente con la cabeza y vuelve a sus operaciones matemáticas. “¿Qué está haciendo tu madre contigo…? Ella quiere protegerte de tu padre, porque sabe que él querrá utilizarte contra ella, y tiene razón… pero a cambio, te está robando la infancia. No sé qué será peor”. Me levanto y abro la puerta, para echar un vistazo. Todo está tranquilo, los estudiantes están empezando a irse, porque cerramos en hora y media. Vuelvo y saco un libro de la estantería de mi despacho, “Juegos de tablero clásicos”, se titula. Además de contarte la historia y curiosidades de los mismos, hay una copia extensible en papel de cada uno de ellos, el parchís, la oca, las damas, el backgammon… - Coriza, ¿sabes jugar al parchís…? – la niña me mira y niega con la cabeza - ¿Quieres aprender?

     -¿Para qué sirve?

     -…Para nada. Sólo para divertirse. – Zaza me mira que parece que le haya propuesto matar a alguien, sorprendida, con los ojos muy abiertos… creo que es la primera vez que la veo expresar una emoción. No me sonríe, pero asiente cuando se acerca a la mesa donde he extendido el tablero de papel, como si estuviéramos llevando a cabo una conspiración…


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       -Para dos… ¿es bonito, verdad? – Dulce se volvió a mirar a Beto, éste le sonreía, asintiendo, con los ojos cerrados de lo mucho que sonreía. Qué sonrisa tan preciosa tenía, esa carita de bobo encantador le había robado el corazón años atrás… sonó un pitido varias veces y los dos se sentaron en el asiento del tren, para evitar posibles incidentes por la arrancada. Dulce le tomó la mano y el funcionario la apretó entre las suyas, sin poder dejar de sonreír. “Venecia, allá vamos”, pensó la mujer y besó la dulce sonrisa de su marido. Sí, ahora YA era su marido. Ella y Beto habían vivido juntos varios años antes de casarse formalmente, y lo cierto es que eso de casarse, había sido un poco como el puesto de inspectora de Hacienda que ejercía Dulce, que se había pasado ejerciendo más de dos años y cobrando el sueldo del cargo, sin tener el puesto oficialmente. Había pasado el examen y trabajaba como tal, aunque no tuviera el nombramiento; siempre que preguntaba, le decían que aún no estaba, que preguntase dentro de quince días, o pasado Agosto, o después de Navidad… Con la boda, pasó algo similar. Ellos vivían juntos, hacían vida de casados, se querían, se referían el uno al otro como marido y mujer, y criaban a Renecito como sus padres legales, pero lo de casarse… “bueno, quizá al año que viene… buf, ahora en verano, con todo el calor, qué pereza… huy, en primavera, que tenemos todas las declaraciones en el Ministerio, quita, quita…”, y lo habían ido dejando. Por fin se habían atrevido. Beto había pedido formalmente el divorcio de Cristina, su primera mujer, aquélla mala pécora y pendona que le había utilizado en todos los aspectos y abandonado después, y al fin, se habían casado. Y ahora estaban en el tren, en un compartimento de coche-cama para dos, para ellos dos solitos, y rumbo a Venecia… ¡qué ilusión! Es cierto, era casi día y medio de chipichof-chipichof, pero en primera, el tiempo no les importaba, Venecia seguiría allí, y en segunda, a Beto le daba miedo volar, y no pensaban empezar la Luna de Miel con un mal rato.

     Beto, con su adorable sonrisa de tontorrón, se llevó muy despacito las manos de su mujer a su cara, y las frotó contra sus mejillas, dándoles besitos suaves… Dulce sonrió, pensando en que esa noche, harían el amor en ese mismo coche-cama. Una parte de ella decía “Noche de Bodas…”, otra, pensaba en cuántas “noches de bodas” habían tenido ya, y cuál podía considerarse realmente la verdadera… ¿la primera vez que hicieron el amor, en casa de Beto, cuando ella todavía le consideraba bobo perdido y pensaba que cuando le concediese sexo, él dejaría de rondarla…? ¿O aquélla vez que logró que él se quitase los calcetines, en el jacuzzi? ¿O aquélla otra vez que se enfadó con él, porque pensó que él no quería que vivieran juntos, y cuando él fue a su casa para hablar con ella, ella le echó el polvo de la rabia, y fue tan salvaje y a la vez tan dulce…? ¿O cuando él le dijo que quería que tuvieran niños y ella dejó de tomar la píldora, y, quizá por la idea de poder quedarse en estado, fue tan increíblemente delicioso y los orgasmos estallaban uno tras otro, casi sin darle tiempo ni para respirar….? Cuánto le amaba… Sin apenas darse cuenta, estaban muy cerca, frotándose nariz con nariz, sin dejar de sonreír, mientras el tren iba cogiendo velocidad, aunque dentro del vagón, apenas se notaba.

      Beto besó la nariz de su mujer. Él sólo sabía que era afortunado. Dulce era su segunda esposa, la primera fue Cristina, una chica que conoció en la Universidad, y que se casó con él por conveniencia. Durante once largos años, ella se aprovechó de él, y finalmente le abandonó… dos años después, llegó Dulce. Y Beto no sabía explicar cómo, ni por qué, sólo sabía que la había visto un día llegar a su trabajo, y él había estado convencido que nunca volvería a querer a otra chica que no fuese Cristina, pero ella tenía unos pechos tan bonitos, que no podía dejar de mirarlos. Él no pensaba que hiciese mal con ello, ni pensaba que Dulce quisiese nada con él, pero quería que fuesen amigos. Quería… hablar con ella, quería saber si realmente lo que él había vivido con Cristina, era lo único que había, o si podía haber algo más. Si podía existir algo como lo que salía en las películas, o lo que tenía su primo Oli con Irina. Ellos eran felices, eran amigos además de pareja… a lo mejor, se podía. Y por eso lo intentó, intentó con todas sus fuerzas que ella quedase con él para lo que sea, hasta que un día la hizo reír, la pescó de guardia baja y logró que ella aceptase un helado. Ella le preguntó si le gustaba, y él no supo qué debía contestar,… pero debió contestar bien, porque ella dijo que sí, y fue a su casa, y allí… jijiji… Aquello fue el principio de algo estupendo, pensó Beto, rodeando los hombros de Dulce.

      Dulce se dejó abrazar, recostándose en el pecho de su “maridito”. Ahora le llamaba así, aunque aún seguía llamándole “Culito mullido”, nombre que siempre hacía reír a Beto… éste, empezó a acariciar los muslos de Dulce, las rodillas… la tela de la falda que llevaba era liviana y suavecita, y Beto podía sentir el calor de la piel bajo ella cuando apretó, y su mujer sonrió… Dulce acarició la cara de su marido con ambas manos, provocando que él gimiera un “uhúum…” como un perrito, y enseguida intentó bajar hacia el incipiente bulto que había en el pantalón del funcionario, pero éste se rió, con su risilla vergonzosa y le tomó la mano.

     -No… tú, tú. – sonrió, levantándole el vuelo de la faldita. Dulce sonrió hasta las orejas. Su Beto era un tímido tiernote y a veces, más corto que una cabeza de cerilla, pero tenía su punto de picardía, y como ella decía “le gustaba coger galletas a escondidas”. Se recostó en el asiento, sonriéndole, y se dejó hacer.

     -¿Qué me va a hacer mi Culito Mullido…? – preguntó, mirando de refilón la puerta de su compartimento, cerrada y con la cortinilla echada - ¿me quieres hacer cositas…?

     -…Chí. – sonrió Beto, y empezó a pasear los dedos sobre la blanca tela de las bragas, arriba y abajo, disfrutando de las inspiraciones profundas de su mujer, y las sonrisas que le echaba por las cosquillitas que le daba.

     Dulce cerró los ojos, para concentrarse en el cosquilleo tan rico que sentía en su vulva, era algo tan bueno y travieso, mmmh… pudo sentir cómo el flujo empezaba a escurrirse lentamente y resbalaba, mojando su ropa interior y dándole picores calentitos. Se recostó más, separando los muslos, y Beto acarició por abajo, por la zona mojada, sonriendo al notar que ella estaba húmeda. La apretó más contra sí, y Dulce, en medio de un gemido de ojitos entornados, le besó en la cara, con los labios separados, lamiendo ligeramente su mejilla. Beto acercó su sonrisa a la lengua de su mujer, y se le escaparon las risitas sofocadas cuando ella le lamió los labios, y muy despacito se metió entre ellos, y tocó su lengua… Beto tembló, y sus dedos apretaron el sexo de Dulce, que gimió de gustito… ay, qué bueno era… mmmh, Dulce se sentía en la gloria, toda mojada, con los dedos de su marido haciendo pasadas interminables por su vulva, y su lengua acariciando la suya, aleteando dentro de su boca, besándose entre divertidos chasquidos húmedos… La mujer no pudo aguantar más, y llevó su mano a la de Beto, para meterla por dentro de sus bragas.

      -Así… por dentro, por favor… tócame por dentro… ¡SÍ! – se tapó la boca, mientras ambos se reían, intentando acallar los gemidos, mientras los gruesos dedos del funcionario se paseaban a placer por la piel suave y los labios carentes de vello (Dulce solía depilarse de vez en cuando; en esta ocasión, para su boda, lo había hecho. Y aunque le parecía muy molesta la depilación y le picaba mucho cuando el vello crecía de nuevo, reconocía que la sensibilidad de la piel limpia, valía la pena), acariciando, cosquilleando, y mojándose bien. – aaaah… cielito… qué… qué gusto me da cuando… cuando me tocas así…

      -¿Te gusta…? – gimió Beto - ¿Te doy gustito así? ¿Lo hago bien? – Dulce asintió, besándole de nuevo. Sabía que Beto tenía bastante inseguridad en el aspecto sexual. En primera, porque era algo mayor que la media, y lo sabía, y en segunda porque, aun cuando no usase el pene, sus experiencias antes de Dulce, habían sido desastrosas… y su ex mujer le había tratado como a un dildo, le dejaba penetrarla sólo cuando ella ya estaba casi a punto, y apenas ella acababa, le hacía quitarse de encima, sin dejarle eyacular. Apenas le dejaba tocarla, y eso sólo se hacía cuando quería ella, y siempre le estaba insultando, menospreciando y subvalorándole… A pesar de llevar ya seis años juntos, a veces, a Beto le costaba hacerse a la idea que su mujer realmente gozaba con él y con sus caricias. Saberlo, le hacía muy feliz.  Con todo cuidado, con los dedos bien húmedos, Beto acarició en cosquillas hasta llegar al inicio de la rajita, y allí deslizó su dedo corazón.

      -¡Mmmmmh…! –Dulce sonrió, extasiada de gozo, mientras su clítoris temblaba y agradecía la caricia, devolviendo a cambio un placer maravilloso… “si ahora mismo quisiera levantarme, las piernas no me sostendrían…” logró pensar, al tiempo que su Beto empezaba a mover su dedo, haciendo lentos círculos sobre su punto mágico. – Sí… oh, sí… sigue, corazoncito… sigue con el dedo, tu deditoooo….

     Beto besaba la cara de su mujer, mirándola sin parpadear siquiera. Le encantaban las sonrisas que ella ponía por el placer, cómo se le cerraban los ojitos, y cómo daba temblores. Su dedo resbalaba sobre el botoncito, acariciándolo en círculos, deteniéndose en la punta, y acariciándolo de arriba abajo, sólo para verla dar saltitos de placer…. Qué mojada estaba, tenía los dedos empapados hasta la palma, pero aún así, cada poco rato, bajaba otra vez a la entradita para mojarlos bien. Le gustaba mucho hacer eso, porque cuando rozaba la entrada, acariciaba los labios y metía un poquitín el dedo, Dulce gemía mucho y abría las piernas, y se le movían las caderas… Luego volvía a subir al botón y acariciaba suave, tan suave, se deslizaba tan bien… Dulce le miraba con los ojos entreabiertos y le daba besitos, y cuando acercaba la boca, le acariciaba con la lengua, esa lengua tan suave y que sabía tan bien, sabía como a azúcar…

     -Betito… ¿a que… a que quieres que me saque las tetas y te las deje ver y tocar? – sonrió Dulce, y a Beto se le escapó la risa - ¿eh, a que quieres?

    Al funcionario le hubiera gustado decir que sí, que por favor lo hiciera, pero no pudo, y tuvo que contentarse con asentir con la cabeza mientras besaba la cara de su mujer. Dulce, gimiendo bajo las caricias de su esposo, que no se detenía ni por un momento, se llevó las manos a la blusa y desabrochó varios botones; se bajó el sujetador rojo con dibujos de cerezas que llevaba, y dejó al descubierto sus pechos, de pezones rosas y erectos. A Beto se le escapó un gemido que más parecía un sollozo y dejó caer su cara sobre ellos, ¡qué calentitos estaban…! Dulce, entre sonrisas de gusto, le ofreció un pezón, y su marido lo besó, succionando de él, y Dulce tuvo de nuevo que taparse la boca, ¡qué placer…! Oh, era buenísimo… el placer de su clítoris y el del pezón a la vez… haaaaaaaah…. Más, por favor…

     Beto empezó a acelerar las caricias con el dedo, pero al notar que Dulce se emocionaba y empezaba a contonear las caderas, soltó el pezón para mirarla a la cara, y bajó el ritmo drásticamente, acariciando lo más lento que podía, sin llegar a detenerse. Dulce le miró con una cara de asombro tan tierna, que al funcionario casi se le escapó la risa, pero no se paró. Su dedo acariciaba el punto máximo del placer de Dulce en círculos torturadoramente lentos, mientras su mujer se derretía de gozo, saboreando el placer al máximo, notando que el picor del orgasmo le llegaba, pero a paso de tortuga… aaagh, por favor, quería correrse… más, un poquito más… Se agarró a la camisa de palmeras de su Beto, y notó el cosquilleo rabioso extenderse por su vulva, cebarse en su guisantito travieso, rebotar en su vagina, que nadie tocaba, y expandirse por sus muslos, sin llegar a estallar… Sus caderas daban golpes y su botón escocía, ¡pero con qué maravilloso escozor! Sudaba y sonreía, y de nuevo, su cuerpo se puso tenso, los golpes de placer la hacían temblar sin poder contenerse, y esta vez la dulzura fue superior a su resistencia, y sintió su perlita estallar en un escalofrío de gozo indescriptible, un golpe eléctrico que la hizo elevar los pies del suelo y que sus piernas se agitaran sin que ella fuese consciente de ello, mientras el placer, el cosquilleo en olitas deliciosas, la recorrían el cuerpo entero y se cebaban en golpes en su clítoris, que se contraía… su vagina daba contracciones, todo su bajo vientre se cerraba, y su perlita temblaba, como si quisiera esconderse…

      -Se… se mete para dentro… - musitó Beto, aún con el dedo corazón en la vulva de Dulce, mirando sin parpadear la sonrisa de abandono que ponía su mujer. – Qué guapa estás. Qué guapa… - pero no pudo acabar la frase, porque Dulce tiró de él para tumbarse ambos en el asiento, dispuesta a que la penetrase, decidida a darle placer. Beto sonrió y le dieron escalofríos cuando su mujer le acarició el bulto y le bajó la bragueta, y él mismo buscó el calor de ella, sin molestarse en quitarle ni las bragas, sólo haciéndolas a un lado.

    -¡Oh…. Jooo… está… aún está apretándose…! – gimió Beto, sintiendo que no iba a aguantar ni al final de la frase, mientras su mujer le sonreía y acariciaba. El meterse dentro de ella mientras aún le duraban las contracciones, le había encantado, ¡le masajeaba toda la… la tita! ¡Le daba tirones y le apretaba…! Empezó a moverse, pero hubo de parar, ¡se derramaba, si seguía, acababa sin remedio! Dulce le sonrió, y empezó a mover las caderas. Beto cerró los ojos y apretó la mandíbula, ¡no podía más! Un latigazo eléctrico le recorrió desde las bolitas a la nuca, y soltó todo el aire, derrotado, y empezó a empujar, ¡era demasiado agradable para parar! A la segunda embestida, el calor delicioso le estalló en el pene y sus nalgas dieron un pellizco, cerrándose sobre sí mismas, mientras el placer se liberaba y le dejaba satisfecho…. Su descarga inundó el cuerpo de Dulce, y ella gimió al notarla… Beto se dejó caer sobre su pecho, y ella lo abrazó. Aaay… huy… había dolido un poquitín. Siempre, al entrar, Beto le dolía un poquito, por su tamaño. No mucho, y enseguida se acostumbraba, pero hoy, al hacerle entrar cuando ella aún se estaba contrayendo, el dolor había durado algo más, y ahora podía sentirlo… Pero no era lo único que sentía… Lo que sentía, era hambre.

     -Betito, corazoncito…

    -¿mmmh….?

    -No te me duermas ahora, Culito Mullido, venga…

    -Es que estoy a gustitoo… déjame un ratito, anda… cinco minutoos…. – cuando lo pedía con esa vocecita sonriente, era muy difícil negarle nada, de modo que le dejó allí, con la cara apoyada en sus tetas, y ella misma llevó la mano al bolsillo del pantalón corto de su marido. Ajá. Las chocolatinas que habían comprado antes de salir; Dios, qué antojo de dulce tenía, era como si le hiciese falta azúcar, no recordaba haber tenido tanto antojo de azúcar desde la última vez que hicieron entrenamiento de fútbol con Carvallo, el jefe de Inspectores de Hacienda; al dar el primer mordisco, Beto levantó la cara - ¡Eh, ¿no me vas a dar ni un poquito…?!

    Dulce estuvo a punto de protestar que apenas la había probado, pero Beto le dedicó una mirada de “último cachorrito de la tienda al que nadie ha comprado porque es cojo”, con barbilla temblorosa incluida, y suspiró. Le ofreció a él el primer bocado, y Beto le dedicó una adorable sonrisa de tontorrón con la boca llena de chocolate. Cuando Dulce mordió, el “crac”, le pareció asombrosamente satisfactorio, y el delicioso sabor azucarado derritiéndose por su lengua y bajando suave por su garganta, fueron como si… como si alguien le estuviera poco menos que dando las gracias por aquél bocado. Entonces, fue cuando empezó a sospecharlo.


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     Arnela lloraba. Le hubiera gustado que aquello, fuese motivo de alegría, supuestamente, debería serlo, pero ella sólo podía estar asustada. ¿Qué iba a pasar? A Rino no le molestaría. Esperaba que no le molestase, al menos, pero… ¿y si no quería? ¿Y su tío? ¿Qué iba a decir su tío, el Decano, en cuanto se enterase? ¡Dios, Dios, qué lío…! ¡Qué lío, ¿qué podía hacer?! Tenía que contárselo a Rino, él lo tenía que saber… era su novio, llevaban juntos cuatro años. Vivían juntos. No muy bien, no muy holgadamente, pero sí felices. Arnela trabajaba como ayudante del bibliotecario, pronto tendría una biblioteca para ella sola, la de Ciencias Políticas… lo cierto es que ella había estudiado Derecho y había pretendido ser procuradora o notario… pero la verdad que cuando empezó a trabajar en la biblioteca, descubrió que ese trabajo, la llamaba mucho más. Era abogado, podía ejercer, pero prefería trabajar como bibliotecaria. Rino había sacado una ingeniería en telecomunicaciones, con más o menos sudor, pero la había sacado… o eso le gustaba decir, porque le faltaban dos asignaturas. ¡Sólo dos! Arnela no dejaba de insistirle que se las sacara, pero él se negaba. Había encontrado un buen trabajo en una empresa, o lo que él llamaba un buen trabajo; era vendedor de recordatorios para empresas, recorría hoteles y despachos ofreciendo desde tarjetas de visita, hasta cestas navideñas. No ganaba mal, el mes que vendía, que eran los que más… pero los que no se daba bien, tenían que apretarse mucho el cinturón, porque Rino vivía al día y no ahorraba nada. Apenas tenía dos euros en el bolsillo, los gastaba. Siempre tenía algún nuevo capricho, algún regalo para ella, algún homenaje para los dos… algunas noches, tocaba la batería en un pequeño local de jazz, y eso les daba también algún dinero, pero rara era la noche que les quedaba algo, porque no solían pagarle mucho, y lo que recibía, Rino se lo gastaba con ella esa misma noche.

     Y ahora, esto. Su tío, el Decano, siempre había pensado que la relación que mantenían ella y el rompebragas (a Rino aún le llamaban así), era cosa temporal, algo que no duraría para siempre. Primero les dio seis meses. Luego, dijo que no cumplirían el año. Más tarde, dijo que no llegarían al segundo aniversario… ahora estaba diciendo que no superarían la crisis del quinto año. Quizá tuviera razón. En cualquier caso, esta noticia sería la puntilla… Oh… otra vez sentía náuseas… Se levantó del lavabo y apenas le dio tiempo a abrir la tapa cuando soltó bilis, porque no le quedaba nada en el estómago ya. Rino volvería pronto, eran más de las seis de la tarde, y sólo muy rara vez volvía más tarde de las siete, y cuando lo hacía, avisaba… Pensó en tirarlo. Podía tirar la prueba, y fingir que no pasaba nada, y dejar que quizá él se diera cuenta, o preguntara…

    Se limpió la boca y se enjuagó. Agh, tenía la garganta quemada y la boca le sabía a ácido puro, pero no se sentía capaz de tragar ni un poco de té. Miró la prueba…. No. No sería cobarde otra vez, había sido cobarde muchas veces en su vida, y eso sólo le había traído dificultades. Es cierto que, el ser valiente, la había metido en muchos líos, pero de todos había salido… porque Rino había estado con ella para ayudarla. De todos modos, hubiera sido fantástico que la prueba estuviera equivocada, o que al mirarla, hubiera sólo una rayita… Miró. Dos rayitas. No cabía duda. Estaba embarazada.


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     -¿Papá?

     -¡Hola, cielo mío! ¿Cómo estás? ¿Pero no te ibas de Luna de Miel…?

     -Sí, papá, te llamo desde el tren…

     -¿Y cómo es que te acuerdas de tu viejo en medio de tu viaje de bodas?

     -Pues… la verdad, quería preguntarte algo… ¿Recuerdas… recuerdas una cosa que nos contaba mamá? – a Dulce le sabía mal tocar ese tema con su padre; desde que su madre había muerto, más de diez años atrás, su padre estaba siempre tristón con eso…. Aunque, en su boda, había conocido a la madre de Irina, viuda también, y parecía que hubieran hecho buenas migas. - ¿Lo que decía que cuando se quedó en estado de mí…?

      -Claro que sí, hija… - sonrió su padre – Tu madre no era nada golosa, todo lo tomaba sin azúcar, el café que se tomaba ella, hubiera dado arcadas al tío del anuncio del Saimaza, amargo como la madre que lo parió; nunca la vi tomarse ni un caramelo… y de pronto, una mañana, “Nacho, ¿dónde está el azúcar? ¡Esté café no hay quien se lo tome! ¡No, miel, mejor miel!”, y se puso un chorretón de miel en el café, que aquello era miel con café, no café con miel, y así con todo. Durante nueve meses, hubo postre y pasteles en casa todos los días, y se tomaba azucarillos a escondidas, jejeje… Por eso te llamamos Dulce. ¿Pasa algo, hija?

    -No, papaíto… - sonrió Dulce - ¡todo va fenomenal! ¡Hasta luego! ¡Mil besos!
 
    -Adiós, hija… - sonrió Nacho, su padre, y colgó. A su lado, un bulto en la cama se dio la vuelta perezosamente, e Irene, la madre de Irina, salió de entre las mantas, con cara soñolienta.

    -¿Qué pasa…?

    Nacho la miró, sonriente. Él había querido a Tea, la madre de Dulce, con todo su corazón. Cuando la perdió por aquél maldito cáncer, hubiera preferido morirse él cien veces, y nunca se le ocurrió la posibilidad de encontrar a otra persona. A Irene le pasó lo mismo cuando perdió a su marido en el accidente de coche. No se puede decir que “se amaran”, pero… tenían mucho en común, se caían bien, y la compañía, era mejor que la soledad. El hombre apagó la colilla del cigarrillo que había estado fumando, y se abrazó de nuevo a ella.

     -Que soy abuelo. – contestó.



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