¿Te ha gustado? Mira mi libro:

martes, 1 de octubre de 2013

Quiero y no quiero querer.

  -“Quiero y no quiero querer, a quien no queriendo, quiero. He querido sin querer, y estoy sin querer queriendo. Si por mucho que te quiero, quieres que te quiera más, te quiero más que me quieres, ¿qué más quieres? ¿Quieres más?”

     -Muy bonito, cielo – Irina sonrió a Romancito, que le devolvió la sonrisa, agarrado al carrito de la compra donde llevaban a Tercero, que tenía ya tres años, camino de cuatro, pero así se evitaban fugas de niños en el centro comercial donde hacían el pedido. Hoy iba ella sola con los tres, pero ni aún yendo con su marido, era fácil evitar que Román y Kostia, sobre todo Kostia, se largasen por ahí “a explorar”, como decían ellos. Mientras pasaban por el pasillo de los lácteos, Román recitaba por enésima vez el trabalenguas que la profesora, la señorita Charito, les había enseñado esa misma mañana, y él había sido uno de los pocos que había logrado aprenderlo de memoria y recitarlo sin equivocarse. A Kostia aquello, no le llamaba la atención… le inquietaba mucho más otra cosa de la señorita Charito. Recitando aquél trabalenguas y escribiéndolo en la pizarra, a la señorita se le habían humedecido los ojos, y poco más tarde había tenido que marcharse un momento al baño, dejándolos con la otra profesora. Al volver, tenía los ojos rojos, como Tercero cuando había llorado, y había hablado en voz baja con la otra profesora. Kostia sólo entendió un nombre, pero eso le había bastado. El niño era todavía muy pequeño para expresar lo que sentía, pero sabía que estaba muy enfadado con… ¡mírale, si estaba ahí!

     Kostia miró a su madre para asegurarse que ella estaba mirando las cosas que compraba, y tiró de la manga a su hermano, señalando con la cabeza “al objetivo”. Román era un bendito, pero no era tonto, él también sabía que la señorita Charito estaba muy triste y por culpa de quién (su hermano le había contado lo que había oído), así que tiró de la mano de su madre, y se puso a señalar un paquete de cereales con premio:

      -¡Mamá, mamá, mamá, mamá, mira mamá, mira….!

     -¿Qué pasa, Román?

     -¡Mira, mira lo que dan, ¿qué pone aquí? ¿Qué dan, mamá?! ¡Cómpramelo, porfa, porfa….!

     Aprovechando el segundo de distracción, Kostia salió huyendo a todo correr, hacia el pasillo de las latas de conservas… donde había visto a Bruno, el policía. El agente, vestido de uniforme, estaba tranquilamente mirando qué lata de caballa llevarse, cuando oyó un trote hacia él, se volvió y vio a Kostia, a quien conocía por que él era el policía que vigilaba el cruce del colegio, le veía pasar todos los días con su hermanito Román… y la señorita Charito, y le sonrió:

     -¡Hola, Kostia! ¿Cómo…? ¡AY! –su saludo se convirtió en un grito de dolor cuando el niño le sacudió una patada en la espinilla, con todas sus ganas. - ¡¿Pero qué haces?! ¡Ay! ¡Estáte quieto! – el policía saltó sobre la otra pierna, cuando Kostia le sacudió también en la pierna buena, y aquél se agachó para hablar con él, ¿qué pasaba con ése crío, hace dos días le adoraba, y ahora…? - ¿Se puede saber qué pasa? ¿Sabes que es un delito pegar así a un agente de la Ley…?

     -¡Es usted malo! ¡Y yo ya no quiero ser policía! ¡La señorita Charito se ha pasado llorando media mañana, por culpa de usted, ¿qué le ha hecho?! – a Bruno se le cayó el mundo encima. En primera, le dolía que Kostia, el niño que tanto le admiraba, que quería ser policía como él, le saliera con esa, pero sobre todo…

     -¿Que estaba llorando? ¿Media mañana llorando…? – el niño asintió, estaba tan enfadado que le brillaban los ojos y tenía las mejillas muy rojas. – Kostia, yo… yo no le hecho nada.

    -¡Mentira! ¡Ella lloraba, y dijo que era por usted!

   -¿Te lo dijo a ti?

      -No… se lo dijo a la otra profe, yo lo oí. ¡No le vuelva a hacer daño a la señorita Charito!

     -Hijo, pero si yo no le he hecho ningún daño, yo la quiero, como tú… - el policía no entendía nada… Hasta hacía apenas dos días, el pasado viernes, él había mantenido una promesa de virginidad que hizo a su madre, y la había roto deliciosamente con Charito, quien también había roto su promesa de virginidad con él, y hasta el momento, él pensaba que para ambos, había sido la promesa rota más dulce del mundo… El sábado habló con ella y le propuso ir a verla, pero ella dijo que le había bajado la menstruación y no se encontraba bien, y el domingo él no la había molestado… y ahora Kostia, le decía que la había visto llorar, ¿qué sucedía?

     -¡Kostia! ¡Estás ahí, me has dado un susto de muerte! – Una mujer, con los mismos enormes ojos azules de Kostia, se acercaba, llevando de la mano a Román y empujando un carro, que, entre otras muchas cosas, llevaba una especie de duendecillo con gorra de visera sentado en el sitio de los niños, que miraba todo con despiertos ojos verdes. - ¿Cómo hay que decirte las cosas? ¡No-te-separes-de-mamá! ¡Te has quedado sin natillas esta noche! Gracias que usted lo ha encontrado, señor agente… - sonrió la madre de los gemelos - ¡La última vez, lo pescamos intentando meterse de rondón en el cine!

    -Es un placer y mi obligación el ayudar – contestó Bruno, y dirigiéndose al niño, continuó – Kostia es un poco travieso, pero estoy seguro que a partir de ahora, se quedará con mamá, porque su deber es protegerla, cuidarla y no darle disgustos, exactamente como trato yo a todas las mujeres, que las protejo, las cuido, y NUNCA doy disgustos a NINGUNA. Y menos, cuando son tan buenas como su mamá, o como su maestra, ¿a que sí, hijo, a que sabes que yo soy así…?

    -¿Ah, es usted el agente Bruno, el policía del cruce…? – Irina había ido a buscar en ocasiones a los niños a la salida de la escuela, pero no había reparado en el agente - ¡Los niños le tienen a usted todo el día en la boca, sobre todo Kostia, desde que le conoció, dice que quiere ser policía como usted!

     -Para mí, es un orgullo ser un ejemplo para los niños, créame que me esfuerzo todos los días por ser digno de ello… Bueno… Buenas tardes, señora. Hasta luego, Román. Kostia… - sonrió y saludó, llevándose la mano a la frente. Román le dijo adiós con la mano, Kostia volvió la cabeza… pero cuando se alejaba, le miró con arrepentida tristeza en sus grandes ojos.

    -¿Qué pasa, Kostia? – preguntó Irina al pequeño – Ni siquiera le has dicho adiós… ¿es que estás enfadado con el señor policía…?

    -No pasa nada, mamá. Esto son cosas de hombres. – contestó, y a Irina se le quedaron los ojos a cuadros. “Con éste crío, alucino…” pensó.


************



     En su casita blanca, en su diminuto jardincito de la entrada, donde tenía las macetas colocadas unas sobre otras, en el suelo y colgadas de la reja del murete, la señorita Charito regaba las plantas, aprovechando que ya se estaba yendo el sol, arrancaba las hojas muertas, y pensaba sin querer pensar. Las plantas se enredaban en las barras de la reja, y se asomaban a la calle, y las de las macetas del suelo se esparcían por el piso de terraza gris, dando una apariencia de verdor que a ella le gustaba mucho, y cuando regaba las macetas colgadas, el agua sobrante regaba las del piso… el agua caía de las macetas como si fuesen lágrimas, y Charito no quería pensar en ello, ni tampoco en que las plantas se enredaban en los barrotes y trepaban por ellos, abrazándolos… de la misma manera que habían hecho las manos de Bruno  en su cuerpo, en su espalda, en su pelo…

    No podía ser, bien lo sabía, pero eso, ¿cómo se lo decía a él? Bastante tenía con que hubiese sucedido una vez, una sola vez ya era una vez de más, ¿cómo había podido ser tan inconsciente? Tenía que arreglarlo, y pronto. Lo cierto es que la sola idea de lo que iba a hacer, le repugnaba, pero tenía que encontrar una manera, rápida y eficaz de… remendar su cuerpo.  Si no lo hacía, Serafín, su novio, terminaría por sospechar, y si la sometía a un examen ginecológico, se descubriría que ella ya no…

    “¿Por qué tenemos que nacer con himen las mujeres?”, pensó, con cierta rabia. “Nadie puede comprobar físicamente la virginidad de un hombre, nadie se la exigirá para nada jamás… ¿por qué tenemos que ir marcadas las mujeres y que se note si hemos conocido a un hombre antes o no…?”. Ella era la primera que sabía que, el que un himen estuviera en su sitio, no era prueba concluyente de nada, como tampoco lo era el que no estuviese allí. Una chica podía repararse el virgo mil veces, y no era cosa de ahora, se llevaba haciendo desde que la virginidad femenina adquirió un estúpido valor subjetivo y fue asociado a la pureza, a la decencia… como si una chica que se casase virgen, amase más a su marido, o no hubiese posibilidad de que le fuese infiel, o fuese mejor persona o mejor esposa. “Seguro que se hacía tan sólo para que las chicas no tuviesen con qué comparar, para que si su marido era un inútil que no supiera hacerlas disfrutar, pensasen que todos los hombres eran iguales y no se les ocurriese buscar lo contrario… o que si… si no era muy dotado, tampoco se rieran de él. Seguro que fue por eso, para que no comparáramos”. La brisa aumentó de golpe, y una nubecita de polen saltó de una flor. De alguna manera, eso la puso aún más triste.

      Le gustaba Bruno, le gustaba mucho. Ella no había querido que fuese así, cuando le propuso… perder la virginidad juntos, sólo quería darle por los morros a Serafín, pero ahora… no es sólo que se hubiese puesto en peligro de perder su carrera, su empleo y todo, es que… sentía algo muy extraño hacia el Rubio. No sabía si le quería o no… sólo sabía que le era muy simpático, que su estómago giraba cuando le veía, y que cuando estuvieron juntos, cuando le tuvo dentro de ella… nunca se había sentido tan feliz. Era como si a su cuerpo le hubiera faltado algo, algo que sólo Bruno había sabido darle, algo que la había hecho sentir completa por primera vez. Cuando se sentó sobre él, y sintió su cuerpo deslizarse dentro del suyo, en medio de un placer asombroso… había sido como quitarse una carga de encima, una especie de alivio que surgiera desde lo más profundo de su corazón, un peso eliminado que había llevado con ella desde su misma niñez… “se llama “vergüenza”, hija mía, es eso lo que has perdido”, le había dicho el día anterior el Padre César, cuando confesó su pecado. Pero, para don César, no era exactamente un pecado.

     -Hija, el amor, no será nunca pecado. Lo que es pecado, es la mentira, no puedes engañar a otro hombre, ni menos aún a tu propio corazón.

     -Pero, padre… yo no… No puedo decirle a mi novio lo que ha sucedido, ¡sería mi perdición!

     -Y no contárselo, será también tu perdición, la perdición de tu alma. Y de tu felicidad, puesto que acabarías contrayendo matrimonio con alguien a quien no amas. Te harás infeliz tú misma, a tu novio, y al hombre a quien sí amas, y todo por callar, ¿quieres eso? – la suave voz del padre César no tenía ni pizca de reconvención, no la acusaba… simplemente la informaba, y lo hacía con su habitual paciencia. Eso quizá fuese lo peor, porque si don César fuese un cura malcarado, enfadica y regañón, uno podría ampararse en eso para decir “este fósil no me entiende, que se vaya a la porra”, pero siendo tan paciente y calmado… no era igual de fácil.

    -No, padre… - contestó por fin. – No quiero eso. Pero es que no sé qué quiero, padre, la verdad es que no lo sé… Tengo tanto miedo… - Charito había intentado contenerse, pero las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

     -Hija, lo que sientes, es algo normal. A nadie le resulta fácil el terreno de los sentimientos y los deseos, me puedes creer. Equivocarse, es algo aterradoramente fácil… pero si no haces nada, será mucho peor. Debes calmarte, serenarte y pensar. Y debes tomar una decisión, y mejor cuanto antes, porque cuanto más tardes, más sufrirás tú misma y harás sufrir a los demás.

     -Padre, haga lo que haga, saldré perdiendo… no sé si estoy enamorada del hombre que me desfloró, pero siento algo por él que jamás he sentido con mi novio… Pero si le elijo a él, perderé mi empleo, mi carrera, mi casa… todo. Igualmente, no sé si quiero a mi novio, pero él me da tranquilidad, estabilidad, un porvenir seguro, y si le elijo a él, perderé lo mejor que me ha pasado en mi vida. A uno lo quiere el cerebro, al otro lo quiere el corazón… ¿qué hago, padre?

    -Eso, hija, sólo puedes decidirlo tú. Tomes la decisión que tomes, deberás hablar con aquél al que no elijas y darle una explicación.

     -Padre, y… ¿y qué hago con este fuego que me arde dentro del cuerpo? – Charito se puso tan colorada, que don César pudo notar, al otro lado de la rejilla del confesionario, el calor que desprendía su rostro, y sintió verdadera compasión por ella. Muchos años atrás, siendo él más joven aún que ella misma, una jovencita le había hecho una pregunta similar, por un fuego que había provocado él mismo, sin quererlo, y que también sufría él. Sabía que ahora, ese fuego de Charito lo provocaba Bruno, su hijo ilegítimo, y pensó que debía ser una marca de la familia o cosa parecida…

    -Hija, podría decirte que reces mucho y mortifiques tu carne cuando te tiente el diablo, pero eso no serviría de nada, salvo para que acabaras odiando tu propio cuerpo y a tus deseos. Lo que debes hacer, es descubrir a quién amas, y entregarte a él, pero en cuerpo y alma. No sólo a escondidas, no sólo teniendo pasión una noche, sino mostrándote con él al mundo entero, sin ninguna vergüenza, ni ningún temor… el diablo sólo puede tentarte, mientras sea un secreto y lo lleves a oscuras, a la luz del día, no hay ninguna tentación que valga.

    Charito se puso a pensar en poder pasear tranquilamente con Bruno, cogidos de la mano, en poder darse un beso a la luz del sol, sin temer que nadie la viera y le fuera con el cuento a Serafín… y, efectivamente, pensó que entonces, ya no podría ser malo lo que sentía por él. Pero eso, implicaba hablar con Serafín cara a cara y decirle que le dejaba, y eso no podía ser… De todos modos, prometió pensar en ello, el padre César le dio la absolución y le impuso unas cuantas AveMarías por el resto de lo contado, que desde luego, no había sido gran cosa.

     Charito pensaba en ello mientras regaba las macetas del jardín, aunque no quería pensarlo. Si se rehacía el himen, Serafín jamás sabría nada, aunque la hiciera examinar, no habría modo de probar que la habían reconstruido, y sus amenazas no tendrían ya valor… pero ella tendría que dejar a Bruno. “Es lo mejor…” se decía la joven maestra “Es lo mejor para todos. Él es muy impetuoso, no querrá entender que no puedo dejar a Serafín, tratará de buscar soluciones, y yo sé que no las hay… ojalá no le hubiera conocido nunca… ojalá no le hubiera visto nunca, tan guapo con el uniforme, tan formal, tan protector, tan servicial, tan viril…”

     -¡Charito! – La joven, que se había quedado de pie, con la regadera inclinada, sin darse cuenta que estaba empapando el suelo, dio un respingo del susto, pero cuando vio quién la había llamado, estuvo a punto de gritar, ¡era Bruno! Su primer impulso fue dejar caer la regadera y encerrarse en su casita, pero se contuvo, llegó a la reja de un salto y agarró el barrote que también tenía cogido él, de modo que sus manos se tocaron, y un escalofrío delicioso recorrió todo su brazo hasta la nuca. Los dedos de Bruno no se quedaron quietos, y empezó a acariciarle la mano, acercando su boca a la reja, dispuesto a besarla por entre los barrotes. La joven no pudo contenerse y ella misma se acercó, y sus labios se juntaron en un húmedo chasquido suave. – Bruno… ¿qué… qué haces aquí? ¡No deberías estar aquí…! – susurró, en medio de besos apresurados.

     -Tenía que verte… me han dicho que estabas llorando esta mañana, y que era culpa mía… ¿qué pasa, Charito…? Ábreme… hablemos… - Bruno pasó todo el brazo por entre la reja y empezó a acariciarle el cuello, la espalda… “Por Dios, que se pare… que se pare…”, pensó Charito.

     -No, no podemos… no puedo abrirte, no podemos vernos más, esto tiene que acabarse.

     -¿Qué? ¿Por qué? – Bruno no se detuvo, pasó el otro brazo también por la reja, y la apretó contra sí, bajando más las manos, camino a sus nalgas… - Por favor, Charito, cuéntame qué pasa… déjame pasar y hablemos… - susurraba, mientras le llenaba la cara de besos, mientras sus manos intentaban colarse bajo su blusa amplia y tocar su espalda…

     -¿Hablar…? – Charito quería resistirse, aún cuando ella misma le acariciaba y hacía cosquillas en el cuello y no era capaz de frenarle las manos, pero… si sólo quería hablar…

     -Sólo hablar, palabra, hablemos… déjame entrar… déjame entrar… - Bruno estaba directamente dando golpes de cadera en la puerta metálica, pero es que a Charito le temblaban las piernas y sentía su ropa interior empapada, como… “como la otra vez”, pensó.

     -Está bien… ve por detrás, te abriré allí… ¡no tardes! – Bruno sonrió y la besó una vez más, antes de salir corriendo tan deprisa como si el mismo diablo le pisara los talones. Una parte de Charito quiso esconderse en la casa, subir al piso de arriba y no abrir, pero esa parte casi ni llegó a nacer, cuando la joven maestra atravesó corriendo la casa de lado a lado y llegó a la puerta trasera de la cocina, donde se encontró la silueta del Rubio, mirándola con deseo. Había saltado la verja trasera y estaba directamente esperando que le abriera la casa. “Esto es una locura, esto es… ¡exactamente lo que me dije que NO haría!”, pensó ella, pero abrió. Apenas giró el pomo, Bruno empujó la puerta y se lanzó a besarla… y ella no se lo impidió, le abrazó por la cintura, sintiendo su pecho cálido y acogedor sobre el suyo, y sus pezones poniéndose duros al instante… Bruno se quitó la gorra y empezó a desabrocharse la guerrera del uniforme, mientras caminaba, haciéndola andar hacia atrás, sin dejar de besarse, sin dejar de tocarla…

      -Bruno, no… no pares…. ¡que pares, quiero decir que pares! – se corrigió de inmediato la joven, colorada como un tomate, pero Bruno sonrió y se desabrochó la camisa, ya casi al pie de la escalera que llevaba al dormitorio. Charito ahogó un grito y cerró los ojos, ¡no quería verle así, medio desnudo…! Estaba tan guapo, el cabello y la barbita de color rubio oscuro, con el pelo claro del pecho, rizado, entre los pezones y su piel medio morena… “parece que esté hecho de azúcar moreno y miel”, pensó la joven, mientras Bruno la encaminaba al primer escalón, y ella intentaba no subir, sabiendo que arriba, sólo estaba su dormitorio… pero entonces, el Rubio metió las manos bajo su blusa y descubrió que no llevaba sostén, y casi gritó de alegría. ¡Mmmmmmmmh….! ¡Qué escalofrío le erizó la piel y recorrió su columna cuando Bruno le amasó los pechos…! Aaaah… recordó que la vez anterior, lo había hecho sin ningún cuidado, había apretado como si tocase una bocina y le hizo daño, pero ahora… oooh, había aprendido muy bien, lo hacía con pasión, pero sin brutalidad, ¡aay, los pezones no…. Mmmmh…! Charito se agarraba al pasamanos de la escalera, llamando en su auxilio a todos los recursos de su decencia, de su sensatez, recordando la confesión con el Padre César… pero ya estaba en el tercer escalón, y su pierna subía hacia el cuarto, porque Bruno no dejaba de empujar, forzándola a seguir subiendo…

     El policía no tenía quieta la lengua un segundo, de modo que aunque Charito quería débilmente protestar, no podía, era incapaz, sólo conseguía devolver las caricias que le prodigaba la lengua del Rubio, haciéndole cosquillas en los labios… Bruno, a la altura ya del séptimo escalón, la tomó de la mano con que se apoyaba en la pared, y la llevó a su entrepierna, para que sintiera cómo le tenía, para que palpara su propio deseo. Charito cerró los ojos, ¡qué grosería…! Pero no podía apartar la mano de aquél miembro palpitante, que le quemaba la mano aún con el pantalón puesto. Bruno gimió sin poder contenerse al notar la mano de la joven en su hombría, y cómo ella le acarició lentamente, como si no quisiera en realidad mover la mano, pero no fuese capaz de evitarlo… y él mismo dirigió la mano al pantalón elástico de ella y lo bajó hasta casi medio muslo, para acariciar su perlita mojada.

    -¡NO! ¡Ahí no, nooooooo….. haaaaaaaah….! – Charito se estremeció de placer, mientras notaba que llegaba al décimo escalón, la escalera había terminado… y toda su resistencia también, su clítoris sólo deseaba recibir caricias, su agujerito clamaba tiernamente por ser penetrado, lo deseaba como si rogase por ello… Era la primera vez que un hombre, veía su dormitorio. La segunda planta, la buhardilla de la casa, no tenía habitación alguna, sólo era la alcoba-despacho de la maestra, y junto a la ventana de una de las paredes, estaba la cama, de metal pintado de blanco, con boliches dorados y colcha rosa, con motivos de flores y un osito azul sobre ella… le invadió una extraña vergüenza, como si Bruno estuviera viendo de ella una nueva desnudez, pero el Rubio no pareció prestar atención a esos detalles, simplemente tomó a Charito en brazos y la tiró en la cama, lanzándose detrás, en medio del grito alborozado de ella.

    Los muelles de la cama protestaron, pero aquello pareció música a los oídos del agente, “es la primera vez que hago chirriar una cama…”, pensó, divertido, mientras se aflojaba el cinturón y se soltaba el pantalón, empujándolo con las piernas, y a Charito le sucedía algo parecido con el tintineo de la hebilla, era un sonido que había oído en películas, pero era la primera vez que era consciente de que lo oía para ella, el sonido de un cinturón al desabrocharse, le parecía tan erótico, tan sensual… ella misma, sin darse mucha cuenta de que lo hacía, terminó de quitarse las mallas y las bragas, y gimió sin poder contenerse cuando el impetuoso cuerpo de Bruno se dejó caer sobre el suyo y la abrazó con fuerza… “como si me estrujara…”, se dijo, profundamente feliz. El Rubio se frotaba con ella, dándole un calor maravilloso que, desde su entrepierna, se extendía por todo su cuerpo, como un río delicioso de chispas juguetonas que se cebaban en sus nalgas, en su nuca, en sus hombros… “penétrame, por favor… mmmh… métemela…” pensó la joven, avergonzada de sus propios pensamientos, pero terriblemente deseosa. El pensar en el placer, el inmenso placer que le esperaba cuando él por fin la atravesara, la volvía loca. Y Bruno estaba igual, no podía dejar de sonreír, sentía su miembro acariciado por el cuerpo suave de la maestra, su vientre tibio, los rizos cálidos de su sexo, el interior de donde salía tantísimo calor, y que parecía llamarle con tanta tierna pasión… finalmente, no aguantó más el jugueteo, se colocó y movió lentamente sus caderas, recreándose en la dulce sensación, sin darse apenas cuenta que, pese a ser sólo la segunda vez de ambos, sus cuerpos conocían ya el camino y empezó a deslizarse sin dificultad, en medio de una deliciosa caricia húmeda…. Ooooh…. Qué calentito y suave… Charito se estremecía de un modo adorable, sonriendo con los ojos en blanco, mientras él se introducía más y más, temblando de gustito, hasta que quedaron unidos.

      “No quiero… pero te quiero”, pensó la joven, mirando la cara de placer infinito que ponía el Rubio, y gritó de pasión sin poder aguantarse cuando él empezó a bombear. Los jadeos de ambos subían de tono a cada segundo, la cama se movía, chirriando agudamente, y las manos de Charito agarraban, crispadas, los hombros de Bruno, que creía morirse de placer a cada embestida. Hubiera querido hacerlo más lentamente, pero las ganas tiraban de él inexorablemente; si le hubieran dicho que se moriría si no lo hacía más lento, no hubiera sido capaz de frenarse… Charito no quería gritar tan fuerte, pero su placer era tan inmenso, que pensó que se ahogaría si no lo dejaba salir así… el Rubio se salía casi por completo y penetraba hasta que sus pelvis chocaban a cada embestida, y cada vez que se introducía en su cuerpo, una explosión de alegría y gozo parecía nublarle el cerebro, ¡qué maravilla…! Podía ver las caderas de su compañero moviéndose desesperadamente, y pensó cuánto le gustaría verlo desde arriba, ver sus preciosas nalgas redondas contrayéndose a cada empellón, y se puso colorada, ¡¿pero qué estaba diciendo, qué clase de guarra era…?! Como si le hubiera leído el pensamiento, Bruno la tomó de las manos, y se las llevó a sus nalgas. Charito tomó aire en un gemido infinito, con los ojos muy abiertos, y apretó. Fuerte. Bruno se agarró a la colcha hasta que los nudillos le palidecieron, y apretó los dientes, ¡qué placer…!

      No podía aguantar más, sencillamente no podía, ella ya había acariciado a Bruno del culo la vez anterior, pero como… “juego preliminar”, no en medio de “el acto principal”, y menos justo después de tener esos pensamientos tan indecorosos… Bruno había tocado el cielo cuando ella le apretó las nalgas, y se notaba, y el saber que le había dado placer, la fulminaba de gusto… cada embestida era una tortura deliciosa, le estaba llegando, el picorcito travieso que ya apareció la vez anterior, ahí, en su pared vaginal, otra vez estaba picándole, y el miembro ansioso del Rubio no hacía más que prolongar ese picor, como si a la vez lo produjese y lo calmase… una sonrisa de gusto apareció en el rostro de Charito, el bienestar era inexpresable, Rubén supo qué le sucedía, y su cuerpo estalló como un fulminante, notó la descarga titilar y explotar en la base de su miembro, una descarga de lava recorrer su pene y soltarlo en medio de una delicia infinita, mientras Charito gritó de placer y se estremeció en sus brazos, apretándole más de las nalgas, cuando el picor pareció estallar, y un cosquilleo maravilloso se cebó en todo su cuerpo, haciéndola brincar sobre la cama, debajo de él, y apresarle el miembro en convulsiones… Rubén se encogió ligeramente sobre sí mismo al notar el dulcísimo masaje del coñito de la maestra al tener su placer, dándole apretones y succionando de él, extrayéndole hasta la última gota de su descarga, mientras sus propias contracciones le tiraban del ano y le dejaban satisfecho, y Charito gemía, con las piernas en alto y los dedos de los pies encogidos, relajándose suavemente… no recordaba haber alzado las piernas.

     Rubén todavía jadeaba, derrotado, panza arriba, con los ojos entornados y la piel sudorosa, tan feliz como un gato después de un plato de nata. Apretó a Charito contra él, notando las cosquillas que le hacía su pelo en los brazos y el pecho, y la joven le acarició el vello del pecho, y los pezones, también gimiendo, casi ronroneando. El policía le tomó la mano y le besó los dedos, uno a uno, mientras oía la risita de ella.

     “¿Cómo se lo digo? ¿Cómo le digo que esto, no puede continuar, que si alguien se entera que yo ya no soy virgen, perderé mi empleo, porque en mi contrato, está escrito que para dar clase a niños tan pequeños tenemos todas las profesoras que ser solteras y vírgenes, y no podemos tener novio salvo que éste esté aprobado por el consejo escolar, ni siquiera podemos estar fuera de casa más tarde de las siete en invierno y de las nueve en verano, ni tan sólo comer ostras….? ¿Cómo le digo que Serafín está aceptado por el consejo escolar porque es hijo del director, y que si mi relación con él se acaba, me echan a la calle, y de ésta casa, porque también pertenece al colegio? ¿Cómo se lo digo, Señor, si por mucho que no le quiera querer, le quiero con toda mi alma…?”