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jueves, 3 de octubre de 2013

Sin comerlo ni beberlo.





    El bullicioso mercado se extendía a ambos lados de la calle principal de la aldea, lleno de gente, ruidos, mercancías variadas… en los tenderetes había valiosas telas de oriente, de tacto tan suave como si fueran de agua, y de colores brillantes y bordados caprichosos que reflejaban la luz del sol matinal, había incienso dulcemente perfumado, con todos los aromas imaginables, cuyo perfume llenaba el aire y producía cierto efecto embriagador, había joyas talladas con verdadera maestría, formando figuras de animales o flores, y otras muchos artículos de lujo que sólo la gente rica de la ciudad cercana podía comprar sin pensárselo… en realidad, el archimago tenía razón cuando les pidió que fueran a investigarlo, era extraño ver tiendas con artículos tan caros en una pequeña aldea, junto a puestecitos de comida preparada con muchísimas especias para ocultar cualquier sabor sospechoso, o tiendas de carne llena de moscas…

     En aquello pensaba Yalina mientras caminaba por detrás de Damodar, mirando a derecha e izquierda, para cuidar que no hubiera nadie tan tonto de intentar robarle a él, o tocarla a ella. La vigilancia astuta era tarea que no se podía dejar al cuidado de su compañero y amigo… Damodar el Puro, el alto monje de cabeza afeitada y rostro inexpresivo, seguro de que él era lo más peligroso con lo que nadie podía encontrarse, no se tomaba la molestia de prevenir nada, caminaba mirando sólo al frente. Su calva cabeza reflejaba el sol, y servía como un faro al Pequeño Capullo. En realidad, se llamaba Troli, era de la raza de los medianos, y completaba el trío de aventureros. Yalina era una bellísima hechicera, amiga desde hacía años del monje, sin duda porque era el único hombre del mundo que le hablaba mirándola a los ojos, y no a los pechos que dejaba entrever el generoso escote de su traje. Damodar se había impuesto a sí mismo rígidos votos de castidad y pobreza para conseguir mayor fuerza en su cuerpo y más destreza en la lucha, y para adorar más intensamente a su dios… Yalina respetaba los votos del monje, la idea de tentarle ni siquiera se le pasaba por la cabeza… todo lo contrario que al Pequeño Capullo. El irritante mediano apenas hablaba, pero era el polo opuesto de Damodar en todo: lúbrico, libertino, ambicioso, cruel, despiadado, innoble, cínico, ladronzuelo… en ese mismo momento, paseando por el mercado, el mediano de hábiles dedos, iba distrayendo ágilmente cuanta mercancía quedaba a su alcance, sin importarle realmente que le fuese útil o no. Dulces, pinchos de carne, juguetitos y alguna que otra cartera, caían en los bolsillos de Troli como un lento, pero ininterrumpido goteo. Yalina le recriminaba por esa actitud, pero no se podía con el Pequeño Capullo. 

     -¡Tú! ¡Mi bolsa! ¡Canijo malnacido, te he pescado con las manos en la masa!  - Yalina se volvió, un hombre había cogido del brazo a Troli y le agitaba, éste le mordió la mano hasta que logró soltarle y corrió hacia ella, el robado empezó a gritar llamando a la guardia. - ¡Guardias! ¡Guardias! 

     -¡Troli! ¡Dame ahora mismo lo que has robado a éste hombre! – exigió Yalina, mientras Damodar se volvía y se colocaba junto al mediano y a la joven. Troli puso gesto de fastidio y gruño, y Yalina estuvo a punto de enfadarse, pero se agachó frente a su compañero y le dejó el escote a la altura de la nariz. – Troli… tú no querrás que yo me enfade contigo, ¿verdad, mi chiquitín…..? – canturreó, pellizcando la mejilla del Pequeño Capullo. A Yalina le repugnaba hacer algo semejante, pero la mejor manera de vencer al mediano, era atacándole en su punto débil, y éste era siempre dinero o sexo. De inmediato, el mediano sacó la cartera de su chaleco y se la lanzó a su víctima. 

     -¡Maldito ladrón! ¿Por qué dejamos que entre gente así en nuestra ciudad, en nuestro mercado? ¡Que lo detengan! ¿Para qué pagamos a la guardia? ¿Qué esperan ustedes? – el robado se dirigía a una pareja de guardias, uno de ellos gordito y entrado en años, su compañero era bajito y con la cara llena de forúnculos, gesto de malhumor y ambos parecían haber estado dispuestos a detener sólo a Troli, pero cuando vieron a Damodar a su lado, empezaron a pensar que, en realidad, si ya se había devuelto la cartera, no había un delito propiamente dicho por el que andar molestando a la gente… El monje avanzó hacia el hombre al que el Pequeño Capullo había robado.

     -¿Por qué pides a los guardias inocentes que luchen por ti? Eres bastante rico para tener guardaespaldas… sácalos a ellos, y deja en paz a los guardias. – la pareja de guardias se miraron y asintieron con la cabeza, sí señor, así se hablaba, este tipo sabía lo suyo… El elegante robado palideció ligeramente, y luego chasqueó los dedos. Dos tipos a su espalda, se lanzaron contra Damodar, pero el monje sacó la vara que llevaba a la espalda, y golpeó a ambos a la vez, en el pecho, hizo un molinete con su arma y descargó varios golpes a cada uno, sin fallar ninguno. 

    -¡Hey! – gritó Troli, señalando la espalda de Yalina, y ésta se volvió justo a tiempo para ver a dos más, que iban por ella y el mediano. La hechicera lanzó proyectiles mágicos contra uno, y el Pequeño Capullo lanzó una daga que alcanzó el muslo de su atacante. Damodar giró ágilmente sobre sí mismo, llevando la vara consigo, propinando otro golpe formidable  a sus agresores, y cuando cayeron, los agarró al vuelo y les entrechocó las cabezas, dejándoles fuera de combate, mientras corrió a ayudar a sus amigos. 

    Yalina conjuró un cono de fuego para atacar a los dos a la vez, mientras el Pequeño Capullo danzaba entra las piernas de los guardaespaldas, asestando traidoras cuchilladas mientras se partía de risa; los agresores intentaban esquivarle, golpearle… pero el Pequeño Capullo era rapidísimo, como sólo los ladrones de su raza pueden serlo, y cambiaba de sitio con extraordinaria rapidez, aunque a veces se le cayera la daga de las manos o se cortase él mismo en su ansia por herir… El cono de fuego de la hechicera dejó malheridos a los guardaespaldas y Damodar aplicó otra ráfaga de golpes que los hizo salir huyendo, maltrechos… El trío de aventureros ya cantaba victoria, cuando un siseo les alertó. Yalina y el Pequeño Capullo se colocaron instintivamente detrás de Damodar. Y tenían razón. 

     -¡Essssssstúpidos! – El comerciante al que Troli había robado, se había transformado horriblemente en un ser que parecía una especie de serpiente humanoide. - ¿Pensssáis que no sé de parte de quién venis…..? ¡El Archimago tendrá que contratar nuevos mercenariossss… vosotros, seréis passssto de mi criatura! – Una especie de bomba de humo les cegó un momento, el comerciante desapareció en ella, y en su lugar, sólo quedó una grotesca criatura… un ojo gigantesco, del tamaño de un caballo, con tentáculos viscosos y que les miraba con malignidad inimaginable.

     -¡Un Contemplador! – dijo Yalina. La hechicera sabía del terrible poder mental de estos diabólicos seres, pero Damodar no los conocía como ella y tomó al Pequeño Capullo, le cogió uno de los viales de veneno que éste siempre llevaba consigo, y rápidamente lo dejó caer sobre su vara, y se lanzó al ataque, con el arma por delante. El Contemplador lanzó su ataque mental para intentar dominar al monje, pero la fuerza de voluntad de éste, era enorme, y aunque acusó el brutal ataque, aceleró su carrera, y saltó hacia la pupila del monstruo. - ¡Damodar! – chilló Yalina, pero el monje, lanzando un grito de guerra, clavó la vara de veneno en el centro exacto del ojo, mientras el Pequeño Capullo se tapaba los suyos. 

      -…Eeeh. Es crítico. Otra vez. Lo siento, Toñito. – dijo Sofía, que era quien llevaba a Damodar.

      -Pero… ¡que no! ¡Que no puedes haberlo matado!

      -Andá que no… es muerte por daño masivo, míratelo – corroboró Pastor, quien llevaba a la hechicera Yalina, subiéndose las finas gafas. Frente a él, Rob el Perro, quien manejaba  a “Pequeño Capullo” Troli, se reía bajamente, con su risa extraña, que parecía un rugido bajo, mientras chupaba la punta del bolígrafo, lamiendo la tinta. – Crítico, más que pifia la tirada de resistencia al veneno, más crítico por el daño residual del veneno, es el cuádruple de daño… no le hace falta ni tirar el daño, aún cuando saque lo más bajo, que ya sabemos que no lo va a sacar, le ha quitado más de la mitad de la vida de un golpe… es muerte por daño masivo. 

     Toñito, que masterizaba la partida de rol que estaban jugando los cuatro, sentados en el suelo de la habitación de Pastor, de los dormitorios masculinos de la universidad, revisó su manual de Master desesperadamente, a la búsqueda de una salvación para el monstruo, pero Pastor Carvallo tenía razón: el Contemplador estaba atravesado de parte a parte en un punto vital, y de postre, se había comido todo el veneno.

     -¡Maldita Zorra con Suerte! – masculló Toñito.

     -¡Esa boca! – Pastor le atizó una colleja sin ningún miramiento. Jugar era una cosa, y otra muy distinta, que nadie llamase “maldita” a su hermana… 

     -Pastoooor… - le recriminó ella. En realidad, Sofía, o Zorra con Suerte, a la que llamaban Zcs o Zorra a secas, para acortar, no era su hermana, en el sentido sanguíneo de la palabra… pero se habían criado juntos desde que nacieron, chalet con chalet, y el padre del chico, Don Luciano Carvallo, inspector de Hacienda por más señas, desde muy pequeño le había dicho que cuidase bien de ella, que si era su amiga, tenía que vigilar que no se cayera, que nadie le hiciera de menos por ser niña, y sobre todo, que ningún chico intentase propasarse nunca con ella… y eso, en la mente de Carvallo padre, podía incluir a Pastor, pero en la de Carvallo hijo, él quedaba excluido, de la misma manera y por la misma razón que lo quedaban las plantas o los pececitos de colores: porque con Sofía, no. Pastor y ella se habían acostumbrado mutuamente a verse como hermanos. Ella, le veía como el hermano mayor que nunca había tenido, pues era hija única, y él la veía como la hermanita que tampoco había tenido, pues era el pequeño de tres varones. Así, Pastor, unos tres meses mayor que ella, se había erigido en hermano mayor, guardián y protector de Zcs.

     Siendo adolescente, a Sofía le molestaba la severa paternidad de su amigo, pero ahora, ya se había acostumbrado… a fin de cuentas, ya era mayor de edad, cuando conociese a un tío que le gustara, ya encontraría el medio de dar esquinazo a Carvallo, y… esto, no lo admitiría nunca delante de su hermano, pero lo cierto es que le había librado de muchísimos babosos, y se lo agradecía, por más que, con la extraordinaria suerte que siempre tenía, no le hacía tampoco mucha falta que la protegiera nadie. Desde que con once o doce años empezaran a jugar al rol, Zcs había demostrado una suerte increíble, pero eso no pilló a Pastor de sorpresa, él había visto a su hermana salir ilesa de caídas que hubieran significado huesos rotos, o librarse milagrosamente de reprimendas, o aprobar exámenes sin tener ni idea, simplemente por suerte. Cuando se caía, casualmente, había algo debajo que le amortiguaba el golpe. Cuando llegaba tarde a casa, casualmente sus padres habían salido y no se enteraban. Cuando no había estudiado, casualmente, el profesor se jubilaba y decidía dar aprobado general… Simplemente, Sofía había nacido con suerte, no había más que decir. Pero Toñito, el Master del juego, tenía mucho que decir a la suerte de su amiga:

     -¡No vuelves a tirar dados, se acabó, que tire Pastor por ti, o que lo haga el Perro, pero tú no vuelves a tirar! ¡Y tú trae acá mi bolígrafo! – protestó, quitándole al Perro el boli que estaba dejando seco chupando la tinta, mientras pasaba páginas del libro donde llevaba escrita la aventura, y una página de colores llamó la atención del Perro, que la tomó para verla. - ¡Eh, trae…! – Rob el Perro sonrió, con la boca ligeramente azulada y mostró la página a todos. Se trataba de un folio llenos de dibujos de estrellas y focos, que habían colgado por toda la universidad, promocionando un nuevo grupo de teatro, dirigido por un profesional del mundillo, un tal Tony Superhot, que al parecer era locutor de radio, animador y cantante, y que según todas las chicas, estaba como un tren. Así, en los últimos días, desde que empezaran a aparecer los carteles, un sinnúmero de chicas se habían presentado voluntarias para apuntarse en el grupo, sólo para estar cerca del profesor. 

     -¿Vas a apuntarte al grupo de teatro? – preguntó Pastor, que no se imaginaba a Toñito, tan regordete y patoso, subido en un escenario. 

     -¡No lo sé! – protestó éste. – La verdad que me gustaría probar… pero me lo estoy pensando. Sólo hay chicas, y todas son de las “súper o sea…”. No sé si quiero arriesgarme, con esa compañía. 

    -No lo hagas. – le contestó. – El teatro es para estúpidos que no quieren estudiar, es un entretenimiento idiota que llenará de pájaros la cabeza de todas esas bobitas, que se piensan que van a acabar en Hollywood, y que seguramente serán el harén particular de ese gilipuertas con pintas que se dice “profesor”, ¡je! Hace falta ser muy burra para dejarse embaucar por ese cantamañanas de opereta, que lo más que ha hecho en su vida, ha sido cantar en comuniones de niños de nuevos ricos, y en las fiestas de Villarebuzno de Abajo, donde aún tiran cabras del campanario… sólo las cabezas huecas y las estúpidas que se piensen que van a sacar algo de ese sinvergüenza dejándole que se meta bajo sus faldas, serán las que caigan y hagan cola como monas para lamerle el culo. Créeme, Toñito, no te juntes con esa ralea.

    Pastor era muy honesto, pero tenía poca sensibilidad. No se daba cuenta que lo que en realidad quería Toñito, es que le animasen, y él acababa de hacer trizas sus sueños en un segundo…. Claro que, gracias a su poca sensibilidad, tampoco se dio cuenta de otras cosas…. Rob el Perro, sí podía ver que Zcs estaba cada vez más colorada y agachando la cabeza hasta parecer una tortuga, pero, como era costumbre en él, no dijo nada, y se limitó a coger con disimulo la tiza de la pizarra donde dibujaban los planos de los combates, llevársela a la boca y empezar a mordisquearla. No sabía tan bien como la tinta, pero pasaba. 



***********



     Zcs no había pretendido actuar… no lo había buscado. Sólo había sucedido. Es cierto que el tal Tony le llamaba la atención, le había visto de refilón un par de veces, y había que reconocer que era guapo, tenía el pelo muy negro, los ojos oscuros brillantes y pícaros, y una cara simpática, y cantaba muy bien. No tenía una voz pegajosa, sino llena de carácter… precisamente por eso, Zorra sabía que jamás se fijaría en ella. La joven sabía que era bonita, pero nada más. No era guapa, sólo era… bonita. No era femenina en absoluto, y no tenía ningún interés en serlo. Las minifaldas o los tacones le resultaban tan extraños como la física cuántica, la última vez en su vida que llevó un vestido, había sido el día de su Primera Comunión, y ya entonces se había dado cuenta que entre comodidad y belleza, elegiría siempre lo primero sin dudarlo. Solía vestir con pantalones holgados, de tela de camuflaje o de chándal, camisetas más holgadas aún, y botas de montaña o deportivas, su ropa, tal como le pasaba a su padre, se arrugaba instantáneamente en cuanto se la ponía, dándole la impresión desenfadada y cómoda, pero ciertamente desarreglada, de una cama deshecha. Su abundante cabello era anaranjado como el de su madre, pero por lo demás, había salido a su padre también en la manera en que se colocaba. Por mucho que lo peinase, al segundo ya estaba tan revuelto como si alguien se lo hubiera alborotado alegremente con las dos manos. Nunca había aprendido a maquillarse, lo más que hacía era ponerse cacao en los labios para evitar que se le cortaran, y su joyería era inexistente. Cuando algún que otro chico se fijaba en ella, era después de hablar un buen rato, para lo cual primero tenían que superar la barrera de la impresión visual, y después la de Pastor Carvallo… un chico tan guapo y con tanto éxito como Tony, jamás se fijaría en ella. 

    La Zorra con Suerte tenía aquello tan asumido que no le molestaba. Es más, consideraba que ser invisible, tenía sus ventajas… como aquélla mañana, justo ayer. El edificio del teatro de la universidad tenía una cola más larga que las de las reclamaciones de notas en el mes de Junio, y todo eran chicas guapísimas, arregladísimas… Sofía, que no había heredado la estatura de su madre, llegaba apenas por los hombros a cualquiera de ellas, y con su aspecto, nadie la veía tampoco. Chucho, su perro, olisqueaba parsimoniosamente a su alrededor, con los mofletes caídos arrastrándole por el césped. Sabiendo pues, que nadie la veía, se limitó a recorrer la cola hasta el inicio y entrar por la puerta, dejando a Chucho atado, a la sombra. 

     -Enseguida saldré, sólo quiero echar un vistazo y buscar un baño. – le dijo. Chucho era un basset hound muy cariñoso y tranquilón, y tenía ya unos añitos, así que no le hizo ascos a quedarse allí un ratito y echarse una siestecita a la sombra, al aire libre. Como Sofía esperaba, nadie la detuvo, porque nadie pensaba que se pudiera estar colando con toda su cara, porque, ¿Qué iba a hacer allí una chica como ella….? No tendría ni media oportunidad. Zorra se escondió en las filas traseras para mirar qué pasaba, quería ver exactamente qué tenían que hacer las chicas para formar parte del grupo de teatro.

     En las filas delanteras, estaba Tony, acompañado del señor Nazario, el profesor de teatro del Instituto vecino. A las chicas no parecía hacerles mucha gracia su presencia allí, conscientes sin duda de lo estricto que era, y absolutamente impermeable a las caras bonitas o las simpatías de cualquier tipo. Para él, lo único que contaba era ser capaz de sentir el papel, lo demás, le importaba un comino… “tal vez le haya traído para demostrar que quiere personas con talento en el grupo, y no solo a niñas monas”, pensó la Zorra desde su rincón, y, puesto que todo el teatro estaba a oscuras y sólo había luz en el escenario, se arriesgó a acercarse hasta la tercera fila, justo detrás de Tony y el señor Nazario.

     -¡Yo voy a cantar! – dijo la chica que en ese momento estaba en el escenario, y que se había vestido de colegiala tontita, con faldita y coletas, y llevaba una gran piruleta.

    -Ah, genial… - contestó Tony con disimulo, pero el señor Nazario fue menos diplomático.

    -Sí, eso no se le había ocurrido a nadie… - se notaba que estaba más que harto de chicas que no tenían talento, pero estaban locas por acercarse a un famosillo guaperas como Tony.

     -Eeeh… necesito que me ayudes. – sonrió la chica.

     -¿Quién, yo? – preguntó Tony, y cuando la chica asintió muy entusiasmada, él negó con la cabeza – No… no puedo, lo siento. – dijo amablemente – yo tengo que estar aquí para ver cómo lo haces, no puedo ayudarte. 

     -¡Pero si no es casi nada… sólo tienes que estar aquí, a mi lado, para ser mi perrito…! – suplicó la joven, pero Tony se negó nuevamente - ¿vas a dejar que pierda la prueba sólo por eso… no me vas a ayudar…?

     Tony vaciló, y el señor Nazario contestó por él:

     -Los aspirantes, tienen que tener un papel aprendido, que puedan representar. Si no puedes hacer tu canción porque te falta alguien a tu lado, o pones a un maniquí, o te vas. Lo sentimos. – la chica miró al profesor con odio, y la Zorra intervino.

    -¡Qué tontería! Yo me ofrezco a ayudarla. – Se puso en pie y se dirigió al escenario. Tony y el profesor de literatura se miraron inquisitivamente, ¿cuándo había entrado esa chica….? La joven del escenario la miraba casi con horror, pero la Zorra no se dio por aludida, ya estaba acostumbrada a que las chicas guapas la mirasen con ese estupor, no parecían entender el concepto de “chica” sin otros como “ropa femenina, pelo bien peinado…” - ¿qué he de hacer?

     -Eeeh… tienes que… ser un perrito. – Pasado el primer asombro, se dispuso a cantar. Sofía se puso a cuatro patas y chasqueó con la boca, intentando poner la misma cara de aburrimiento que tenía siempre Chucho. Tony ocultó una risita, y la chica empezó a cantar “How much is that doggy in the window….?” No cantaba muy allá, pero desde luego, no tenía problemas en potencia de voz. Sofía tenía que ladrar “guau-guau” al final de ciertos versos, y al final de la primera estrofa, ya se había aburrido, la chica cantaba lentísimo… así que, ya que era un perro, se puso a hacer lo que hacía el suyo cuando se aburría, y empezó a olfatear por el escenario, arrastrando la cara y haciendo mucho ruido. Tony se rió más, y la chica la agarró del cuello de la camiseta para atraerla nuevamente. A ningún perro le gusta que le den tirones así, y le lanzó un bocado de advertencia, y se puso a olfatear alrededor de ella, mientras la chica seguía cantando igual de lento y aburrido, e intentaba pegarle collejas. Igual que hacía Chucho cuando alguien no le gustaba, Sofía levantó la pata y fingió mearse en ella. Tony soltó la carcajada sin disimulos, y hasta el señor Nazario no pudo evitar reírse. La chica intentó pegarla con el micrófono, y la Zorra le ladró, y cuando volvió a cantar, se arrimó a ella, se abrazó a su pierna y fingió masturbarse con ella. - ¡Estate quieta ya, so gilipollas! – perdió la paciencia la joven aspirante.

      -¡Suficiente, te quedas! – dijo Tony.

     -¿De veras? – dijo la chica - ¡Gracias, estaba segura…!

      -Eeh… no, lo siento, pero no me refería a ti. – y para asombro de la propia Zorra, la señaló a ella – Tú te quedas. Por favor, dime que quieres actuar. 

      -¿Yo….?

      -¡¿Ella?! – Tony subió al escenario y tomó a la joven de los hombros. 

     -No te enfades. Eres guapísima, eres preciosa, y lo has hecho muy bien, de verdad. Una de las mejores… pero ella, lo ha hecho mejor. Le has dicho que sea un perro, y ha sido un perro. – Sofía, aún de rodillas sobre el suelo, no acababa de creerse lo sucedido… ella ni siquiera quería actuar, sólo había querido curiosear… su hermano la mataría si se enteraba, tenía muy mal considerado todo lo referido al teatro o al espectáculo… maldita fuese su propia suerte. Y maldita fuese ella también, que cuando Tony la miró con esos ojos negros, negrísimos, como el caramelo fundido, y le acarició la cabeza y le dijo en broma “buen perrito….”, se derritió como un chocolatín bajo el sol del mes de Agosto.



***********



     -Mmmmh… ¡haaaaaaaaah….! ¡No muerdas…. Quiero decir, muerde, sí, pero no tan fuerte…! – Gemía Sofía esa tarde, encajonada entre la pared y Tony, con la camiseta levantada y los pantalones algo más bajos de lo que sería su sitio normal, mientras éste le mordía los pezones y le apretaba de las nalgas, los dos escondidos tras el escenario. Todo el mundo ya se había ido, pero la Zorra no podía explicarse cómo había llegado a esa situación… hacía apenas unas horas que conocía a Tony, sólo unas horas… Ella nunca… nunca se había liado con nadie tan deprisa, ni tan ferozmente… Ay, Dios mío, si se enteraba su hermano, los mataba a los dos… ¡pero qué bien sabía chupar el muy mamón… y nunca mejor dicho! Le aprisionaba los pezones entre los labios y succionaba, llenándolos de saliva, primero suave, luego fuerte, otra vez suave… aspiraba como si lo necesitase, Zcs notaba sus pezones poco menos que al vacío, y los latigazos eléctricos de placer le mordían hasta la nuca, las orejas, y le bajaban por la espalda… su sexo estaba inundado y le picaba de ganas… ¿cómo habían llegado a esto?

     “Estoy harto de niñas pavas y “guapísimas de la muerte””, le había dicho Tony “tú… tú eres una actriz. Alguien que no tendría inconveniente en revolcarse por el barro si fuese preciso para un papel, que no piensa que ser actriz sea salir guapísima a escena y enseñar las tetas, y con eso basta y sobra…”. Zcs le había mirado con timidez y gratitud, porque no estaba acostumbrada a que nadie la piropease por su forma de ser, más bien al contrario, la práctica totalidad del mundo le decía que debía cambiar y ser femenina… Tony le había acariciado la cara con el dorso de los dedos, y entonces, aún no sabía muy bien cómo, pero Sofía le había agarrado de la cara con las dos manos y le había besado con fuerza, metiéndole la lengua en la boca, y él la había encajonado contra la pared, como si los dos tuvieran sed el uno del otro… a la Zorra le daba vueltas la cabeza, pero no podía parar.

     Tony le metió mano en los pantalones, bajándolos más aún y descubriendo su sexo, que llevaba sin depilar, pero por algún motivo, eso sólo pareció encenderle aún más. Dejando escapar un sonido hambriento, se arrodilló y metió su cara entre sus piernas. 

     -¡Aaaaaaaaaah…! –gimió Sofía sin poder contenerse, al notar su clítoris apresado entre unos labios por primera vez… Físicamente, no era virgen, debido a un accidente infantil (en clase de gimnasia, con apenas nueve años, haciendo estiramientos, se había caído de piernas abiertas, y su himen se había roto. Había sentido un dolor terrible y su hermano corrió hacia ella, a taparle las piernas con la chaquetilla de su chándal para que no viese su propia sangre, mientras la profesora la tomó en brazos y la llevó a la enfermería. No fue más que el susto), pero a efectos prácticos, no había hecho nunca el amor… pero eso, Tony no tenía porqué saberlo ahora, Zorra temía que si se enteraba, fuese menos apasionado, y ella lo quería como ahora, salvaje y sin pensar. 

      Tony succionaba de su perlita jugosa, mientras se sacaba el miembro de los pantalones y se masturbaba febrilmente, hasta que no aguantó más y se levantó de nuevo, dio la vuelta a Sofía y ésta, adivinando qué se proponía, se agachó, recostándose en la pared, para dejarle paso. Sentía su sangre hecha lava dentro de su cuerpo, y su corazón bombeando pasión, su piel sudada y su sexo empapado y deseoso. Tony se frotó en la entrada, gimiendo por el calor, y Sofía suspiró de gozo, ¡qué calor…! ¡Qué dulce era….! Sin más miramientos, empujó, y la joven gritó de dolor y placer.

     -¡Haaaaaaaaaaaaaah…. Qué estrecho….! – gimió su compañero, asombrado, sintiendo su miembro exprimido en el interior de Zorra, ardiente y suavecito… la joven estaba colorada como un tomate por el esfuerzo y el gusto. El dolor le había recordado su accidente, y eso había ocasionado que su sexo se cerrase más aún, apretando en latidos el pene de Tony, pero ahora el dolor había pasado… su cuerpo se acostumbraba al invasor que abría sus entrañas, y el calor le empapaba el cuerpo de sudor, le hacía sentir una delicia maravillosa desde su coño titilante, hasta las puntas de su pies… Tony intentó moverse, y cuando el miembro le rozó puntos increíbles al salir y volver a entrar, Sofía gritó de placer sin poder contenerse, ¡picaba…! Era el picor más dulce que había sentido en su vida, era una quemazón deliciosa, una sensación traviesa y adorablemente insoportable… 

     -Sigue… sigue, sigue… - pidió, mientras manoteaba, intentando agarrar la mano de su compañero, que se la ofreció, y entrelazaron los dedos. Sofía le apretó la mano, mirándole por encima del hombro. Tenía los ojos vidriosos, con hambre en ellos… quería más, quería que le diera más fuerte, pero le daba corte pedirlo de viva voz, por eso rogó con los ojos… su compañero entendió y empezó a bombear sin contención alguna. ¡Aaaaaaaaaaah….! Sofía tuvo que gritar, agarrada con la mano libre a una de las cuerdas del telón, con los nudillos crispados, ¡era increíble! El placer le subía en oleadas cálidas desde su sexo a la nuca, le hacía temblar las piernas y pensar que pronto no podría sostenerse en pie, el orgulloso ariete que tenía en su interior le regalaba placeres inimaginables cada vez que se movía… era como si la atravesara, pero cada empujón la llevaba al Cielo… puso los ojos en blanco, y notó que le lloraban… sus caderas se movían solas, embistiendo a su vez a Tony, quien ya no podía más, ¡estaba tan tensa, era tan apretado….! Tenía que lograr que ella acabara, no podía más…

     -¡Oh, Dios mío, ¿qué me hacees….?! – Casi se asustó Sofía cuando su compañero le echó mano al clítoris y empezó a frotarlo despiadadamente, ¡ella nunca se había sentido así! Con el recuerdo de lo que le sucedió de niña, había cogido cierto miedo a su sexo, y cuando se masturbaba, era siempre por encima de la ropa, jamás se había tocado en su interior húmedo y palpitante, no había explorado su sensibilidad para ver dónde daba más gustito… se había perdido muchas sensaciones, que estaba descubriendo todas de golpe. Tony se rió  al ver su genuina sorpresa, y le separó bien los labios con los dedos, para frotar la puntita exacta del botoncito juguetón, ¡Sofía pensó que se orinaba encima, el placer eléctrico era asombroso…! Le pareció que iba a desmayarse, ¡pero no podía parar, quería más! Gimió casi con desesperación, con la voz entrecortada, notando una explosión increíble gestarse en sus entrañas… el calor subía, el placer picaba más que nunca, y entonces, no pudo conservar los ojos abiertos, una oleada de placer maravilloso estalló a la vez en la pared interior de su sexo y en su perlita temblorosa, y se le escaparon los gritos cuando sintió su vagina cerrarse como una ostra, casi con violencia, atrapando el pene de su compañero y dando palpitaciones… Tony se abrazó a ella con desesperación, apoyándose ambos en la pared, mientras también él llegaba, sintiendo que se le iba media vida por entre las piernas, derramándose dentro de Sofía, que temblaba adorablemente entre sus brazos, y en su cabeza se colaba la imagen de un rompeolas al que llegaba un furioso oleaje de tres metros que lo salpicaba todo, y paulatinamente se calmaba, hasta dejar unas suaves olitas que bañaban las rocas con suavidad durante varios minutos… aaay, qué delicia… 

     Tony le lamía el cuello y las orejas. Con un gemidito, Zorra le lamió la cara, la nariz que tenía a su alcance, y él le ofreció la boca, entrelazaron las lenguas y disfrutaron de estar unidos… entre otras cosas, porque Sofía estaba tan cerrada, que él no podía salirse. “Espero que no tengamos que echarnos agua fría, como los perros…” pensó torpemente Sofía. 

     -Estás tan prieta… tan estrechita… - jadeó Tony, abrazándola por las tetas, acariciándoselas. – Es como si fuera tu primera vez, como si fueras… - pero se detuvo de golpe cuando vio la mirada tímida y la sonrisita apurada de Zorra. Y entonces, entendió que SÍ lo era. Sus caderas dieron un golpe sin que él se diera ni cuenta, y un jadeo ronco le rasgó el pecho, abrazándose a su compañera con más fuerza - ¡Haaaaaaaaaaaaaah… haaah….! Ay… uuuh… mmmmmmmmmmmmmh… - Sofía sonrió cuando notó otra explosión de su amante en su interior. La idea de que acababa de hacerlo con una primeriza, al parecer había sido demasiado para él. – Eeh… creo… que he tenido un “accidente”. 

      Zorra sólo podía sonreír, no era capaz de hablar, de lo puramente feliz que se sentía… qué calentito notaba la descarga de Tony, escurriéndose de su interior, tan espesa y caliente, qué dulce… Después de correrse otra vez, ya no tuvo problemas para sacarla, pero aún así, se quedó dentro de ella un ratito más. 



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     Eso, había sido ayer por la tarde. Todo había sucedido tan deprisa, que Sofía no acababa de digerirlo. Sólo sabía que no había sido un simple desahogo, Tony quería verla de nuevo, y ella lo quería también… pero tenía que decírselo a su hermano, y ella sabía de sobra que Pastor no lo aprobaría. No aprobaba a ningún chico para ella, pero al profesor de teatro, menos aún. Todavía andaba poniéndole verde, entre pausa y pausa de la partida. 

     -Todos los del teatro, son gente de moral ligera… por no decir que son unos degenerados y que todos se acuestan con todos. ¡Qué asco… después se extrañan de que avancen las venéreas! ¡No tienen ningún tipo de… sentimiento por nadie, sólo piensan en satisfacer su vanidad, eso es todo! ¡Hasta a mí me quisieron pescar! 

     -¿A ti? – Sofía no estaba extrañada por el hecho en sí, su hermano no era el no-va-más de la belleza masculina, pero era atractivo, y, nadie sabía por qué, pero tenía un extraño gancho con las chicas, solía gustar a todas, y casi siempre a las más guapas… ella pensaba que debía estar relacionado con el modo en que Pastor pasaba de ellas, pero sí le interesaba saber qué había pasado.
    -Sí. Ayer mismo, por la tarde, estaba de camino a la biblioteca, y una chica me preguntó por el teatro, andaba buscando al tal Tony, y cuando le indiqué el camino, me contestó “gracias, Melocotón” – Pastor parecía tan ofendido como una mujer a la que un obrero le hubiera soltado una perla al estilo de “¿dónde vas sin ordeñar?” o “cómete una manzana y te como el coño hasta sacar sidra”, pero el Perro, Toñito y Zorra se rieron sin poder contenerse. 

     -¿”Melocotón”….? – dijo ella. 

     -¡No tiene gracia! – Pastor estaba un poco ruborizado – Sí, esa idiota dijo que con mi color de pelo, parecía un melocotón, ¡y tuvo el descaro de decir que parecía igual de dulce! ¡A mí, que no la conocía de nada! ¡Os repito que no tiene ninguna gracia! ¡Parad de reír los tres! ¡Perro, deja de beberte mi limpiacristales….!