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jueves, 28 de noviembre de 2013

Milady y yo.


      -Milady, ¿qué hacen esas dos tazas "ahí", por favor…? – de nuevo había quedado con mi esclava por chat, y esta vez, yo también había conectado mi micrófono, no quería tener que volver a parar en lo mejor de la zambomba, para ponerme a escribir. Le había ordenado el día anterior que se conectase con la cámara, y desnuda. Lo había hecho, pero había puesto dos tazas frente a ella, justo en el lugar donde estaban sus tetas, de modo que no se le veían. Ocaso, como mi esclava Milady, me sonreía con apuro. Era la primera vez que veía una sonrisa así en su cara, y me gustaba, pero me estaba desafiando. 

-Eeh… me he tomado dos chocolates, mi amo querido… - "pelota, más que pelota…" pensé, pero no me dejé convencer.

-Muy bien, entonces, sé una niña pulcra, y retira las tazas sucias de la mesa. – Milady suspiró, tímida, al tiempo que su rostro tomaba más color. Me resultaba tan extraño que ella pudiese tener vergüenza… que sólo deseaba ver esa vergüenza más y más, me parecía tan dulce, tan exótico en ella ese sentimiento… No podía dejar de pensar si, cuando finalmente nos encontrásemos cara a cara, y yo le hiciese cosas, ella se taparía la cara colorada y diría cosas como "no, por favor, que me da mucha vergüenza…". Me moría de ganas por que llegara ese momento, y estuve tentado de conectar mi cámara yo también, para que viese cómo la miraba, y poder ver su reacción, pero me contuve. De momento, tenía que guardar las distancias, sólo así me haría inalcanzable, como lo era mi ama para mí. Mi esclava retiró las tazas de la mesa, pude medio ver las curvas de su cuerpo cuando se levantó de la silla y volvió a sentarse, encogida en el asiento, para presentar ante la cámara sólo su cabeza y cuello. Lo poco que se veía del pecho, lo tapaba con sus brazos. – Así, no, esclava. Tienes un cuerpo precioso, ¿por qué te empeñas en esconderlo, y más cuando tu amo te ordena que se lo muestres? 

-Me da cosa que me miréis, amo…

-¿Por qué? Milady, ya sabes qué pienso y qué hago cuando te miro. No hay ningún misterio en eso, ni es nada malo. Cuando te miro, me pongo contento, mi pistolita se pone contenta, y me acaricio hasta que me quedo a gusto, ¿hay algo que no supieras?

-Tenéis razón, lo sé, pero… siempre me da vergüenza cuando alguien me mira. No soy capaz de aguantar una mirada fija, me pongo nerviosa y me da la risa floja, por eso nunca miro a los ojos a nadie. Y me da un poco de apuro el saber que vos… os tocáis mirándome.

-¿Apuro por qué? Si es algo estupendo.... – Milady miró directamente a la cámara, como si me mirase a mí, y se encogió ligeramente de hombros. – Bueno, no importa, no valen más excusas. Yérguete y quítate los brazos del pecho, quiero ver tus tetas. 

Mi esclava cerró los ojos de timidez, pero irguió la espalda, se retiró los brazos y echó hacia atrás los hombros, para que yo mirase sus pechos. Me alegré de que no pudiera ver la sonrisa de bobo cachondo que se me abrió de golpe en la cara. Sin poder contenerme, acerqué dos dedos a la pantalla del ordenador, para fingir que le pellizcaba los pezones rosados.

-Están calmados… tus pezones, quiero decir. – dije – Tócalos, quiero se pongan erectos. – Milady se frotó los pechos con el dorso de las manos, fugazmente, y aunque sus pezones respondieron al instante, chasqueé la lengua repetidamente, para indicarle que no lo había hecho bien. – Así, no, esclava… ¿así te los tocas cuando te masturbas?

-Cuando me masturbo, no los toco, amo… me toco directamente… "abajo".

-Entonces, tendré que enseñarte yo. Primero, acaricia tus pezones con las palmas de las manos – mi esclava obedeció – Eso es… ahora, cógete las tetas con las manos. Así, muy bien, apriétalas un poquito, muévelas. Y ahora, pellízcate los pezones… ¿estás sonriendo?

-S…sí, amo… me da corte, pero… me gusta. – Mi ama abrió ligeramente los labios, no para suspirar, sino como si quisiera decir algo más, pero no se atreviera. Y casi se me paró el corazón del susto cuando me di cuenta que no necesitaba preguntarle qué era. Ya lo sabía. Quería decirme algo como "me gustaría que me los tocaseis vos"… Una vez más, Mariposa emergía a la piel de mi esclava, quería dominarme, ser ella quien dirigiese la función, y no se lo permití; si le preguntaba qué quería decir y me contestaba eso, sería incapaz de guardar la compostura, ella lo aprovecharía y me usaría a su antojo. "Qué difícil es ser amo" pensé "Cuando soy Imbécil, me basta con obedecer, dejarme llevar, no necesito pensar… cuando soy Athos, tengo que estar alerta todo el rato, porque Mariposa siempre quiere estar encima". Pero tenía que seguir. Yo sabía qué me apetecía ver, me apetecía verla sucia. 

-Milady, ¿tienes leche en la nevera? 

-Sí, amo Athos. 

-Bien, ve a buscar un par de cartones, y un mantel de plástico. – Mi esclava miró a la cámara con gesto de extrañeza, pero obedeció. Ocaso era una mujer pulcra hasta el extremo, una de sus primeras órdenes como Mariposa, cuando nos conocimos, había sido que yo le recibiera siempre limpito y aseado… hoy, me iba a llevar mi pequeña revancha, ella me había hecho darme cuenta de lo desastrado que era, y yo quería hacerle ver que un poco de suciedad, podía ser muy divertida…

-Ya lo tengo todo, amo. – contestó. Se tapaba con el mantel de hule, decorado con florecitas.

-Extiende el hule en suelo, y arrodíllate sobre él. Siéntate de rodillas… separa los muslos. ¿Te gusta la leche…? – dejé el final de la frase tan declaradamente en suspenso, que Milady me miró casi con horror.

-Amo… ¿no querréis…? Amo, por favor, no… por favor, es una lástima, habiendo tantos niños que pasan hambre en el mundo, desperdiciar la leche…

-¿Desperdiciar? ¿Quién ha hablado de eso…? La vas a utilizar, y puedes creerme, que vamos a darle muy buen uso. – Me sentía travieso, me sentía taimado, y me encantaba. – Coge el cartón, ¿está abierto? – mi esclava asintió, casi temblorosa – Bien… echa la cabeza hacia atrás, y vuélcalo en tu boca. De golpe, quiero que te chorree por la cara. – Milady miró el cartón de leche. Miró a la cámara. Sus ojitos parecían suplicar, estaba tan guapa así, desnuda, con los muslos abiertos… - Vamos, ¿esperas que te mande una invitación escrita en pan de oro? Vuélcatelo encima, Milady. 

Mi esclava cerró los ojos con fuerza, echó hacia atrás la cabeza y se volcó la leche encima. Chilló de sorpresa y se rió, enderezándose de nuevo, con los hombros encogidos, mientras goterones de leche le caían de la cara y le escurrían por el cuello y el pecho, ¡ahora sí que tenía los pezones durísimos, hasta desde la cámara se veían! 

-¿Está fría? – pregunté, intentando contener la risa.

-¡Muy fría, amo, está helada! – Milady sonreía… y yo conocía esa risa. Era su risa de niña, su risa alegre, bajo la cual sólo había simple contento, nada más. Era la risa que se le escapaba cuando se olvidaba de todo, de que era una dómina, que había sufrido abusos, intentado suicidarse, sus fobias, sus miedos, su otra personalidad… entonces, era simplemente Ella, aunque todavía no supiésemos bien quién o cómo era Ella. Adoraba esa risa.

-Vierte más leche en tus pechos, empápalos… algún día, si te portas bien, quizá sea yo mismo quien te inunde con mi propia leche… ¿eso te gustaría?

-¡Oh, amo…. Ojalá eso sea pronto! Quiero vuestra leche, vuestro semen… seguro que estará muy bueno y calentito, y será espeso, no como esto, tan frío y aguado… Por favor, amo, decidme que nos veremos pronto… - Se había acercado a gatas hasta la cámara, con los pechos bamboleándole, goteando leche, y la cara sucia. Mi pene quiso reventar ahí mismo, y me puse a frotarme con las dos manos, y tuve que recordar sacarlo de los calzoncillos, mientras los ojos se me cerraban de placer, y yo me esforzaba por pensar, porque mi primer impulso era el de saltar de la silla y correr a su casa, tal como estaba, en bata y gallumbos, aunque ni siquiera sabía aún dónde vivía… el placer me hizo doblarme en la silla, convirtiendo mi columna en agua tibia. 

-Eso… dependerá de muchas cosas, dependerá de que sigas siendo buena y obediente… venga, vuélcate la leche en las tetas… - saboreé las palabras, estaba perdiendo el control, pero no podía evitarlo, ¡era demasiado para un pobre ex pagafantas! Milady se lamió los labios y sonrió, una sonrisa cariñosa, llena de esperanza, y volvió al mantel, tomó el cartón de leche y se lo derramó en las tetas, poniendo cara de sorpresa, y la tripa se le encogía por el frío… gotas de leche rebotaron en su piel, saltando… hilillos de líquido blanquecino le resbalaban por el cuerpo, por el entreseno, la tripa, y bajaban hasta su rajita depilada, caían entre sus muslos abiertos… aaaah, Dios, me iba a correr como un burro…. – Acaríciate… - apenas podía hablar, y Milady sonreía al oír mis esfuerzos. Se acarició las tetas empapadas, y agachó la cabeza para lamérselas, intentando mirarme a la vez. Mis manos en mi polla aceleraban más y más, apretándome, y cada pocos segundos, un temblor de placer me hacía tiritar en la silla. Era como si mi esclava estuviera haciéndome burla, jugando conmigo en lugar de yo con ella, Milady era tímida, pero la mujer que se acariciaba, que estaba bajando las manos peligrosamente a su intimidad, ya no era tímida en absoluto, y había en ella más de Mariposa que de Ocaso… ¡pero qué me importaba eso a mí a estas alturas!

"Me da igual si me desafía un poquito… si a cambio, me da este placer y me deja hacerme la ilusión de que soy yo quien manda…" pensé confusamente, en medio de un placer dulcísimo. Milady se hacía cosquillas en la vulva, veía aletear sus dedos, y con la mano libre, se volcó otra vez el cartón de leche, en la boca, abría y cerraba la boca, tragando parte de la leche, mientras la mayoría se derramaba por su cuello, sus tetas, temblaba y goteaba en sus pezones, y caía entre sus muslos, formando un charquito, mientras ella me miraba con los ojos entornados… Mi cuerpo empezó a temblar, las patas de la silla golpeteaban en el suelo, y fue como si un terremoto tuviera lugar en mi estómago.

-¡Milady… me corro….! – sólo atiné a decir, y mi esclava tomó el segundó cartón, y lo agitó entre sus manos, le quitó el tapón y se lo lanzó de golpe a la cara, manchándose incluso el cabello; entendí qué quería que imaginase, y lo consiguió… un escalofrío delicioso me estremeció todo el cuerpo, y mi polla estalló como un volcán, soltando un potente chorretón de esperma, mientras yo tiritaba, y mi culo se contrajo con tal fuerza que me dolieron las nalgas, y los dedos de mis pies se encogieron, ¡qué placer…! Jadeé, desmadejado en la silla, con la polla dando espasmos que me hacían sonreír de gustito, y viendo como el manchurrón de mi tripa se escurría lentamente… también mi polla estaba manchada, notaba las pelotas mojadas, y unas cosquillitas muy dulces al escurrirse el lefazo por entre mis piernas… qué bien me había quedado. Milady se reía, era una risita con un cierto punto de superioridad, pero aún así, amable. 

-¿Os ha gustado, amo? Os he oído gemir mucho… 

-Milady… has hecho muy feliz a tu amo… si ahora estuvieras aquí, te premiaría dejando que lamieras mi pene…

-¡Oh, sí, amo, eso me gustaría mucho! – batió palmas. Y yo reí con sorprendida incredulidad… mi ama poco menos que detestaba los fluidos corporales, si a alguien le tocaba lamerlos, era a mí, y me hacía lavarme poco menos de pies a cabeza cada vez que me corría. La idea de verla lamiendo despacito mi pene, recogiendo los restos de mi corrida y dejándome limpio a lengüetazos, me puso a presentar armas de nuevo, pero aún así, decidí que era mejor despedirme de Milady por esa noche, había que saber ser gradual.

-Bueno, esclava, te has portado muy bien. Te dejo con una sola orden, y es que te masturbes, pero… tú decides si vas a masturbarte después de haberte lavado, o así, empapada de leche. La próxima vez que me apetezca divertirme, ya me contarás cómo lo hiciste. Adiós. – Cerré la ventana, pero cuando mi esclava oyó mis palabras de despedida, me lanzó un beso a toda prisa. Yo tenía la mano en el ratón y no fui capaz de moverme. Un beso. Me había lanzado un beso. Mariposa, los gestos de cariño los daba con cuentagotas, pero Milady… mi esclava sabía que su amo tenía una debilidad, y era la necesidad de sentirse querido, y lo aprovechaba para sí. Yo sabía que un amo no debía tener sentimientos, si yo me hubiera atrevido a lanzarle un beso a Mariposa, ella me lo hubiese reprochado como una falta de respeto y me hubiera castigado por ello… pero a mí me daba vueltas el corazón, no podía dejar de sonreír, y tenía ganas de ponerme a pegar gritos de alegría, ¡había sido un éxito! Mis primeras sesiones de dominación como amo, ¡estaban saliendo bien! Mariposa tenía muchas tablas como ama, pero cuando era Ocaso, era sólo una mujercita tímida, una chica gris que se ocultaba tras sus gafas oscuras aún en la oficina, porque era fotofóbica, que apenas hablaba, y en la que nadie se fijaba… y ahora, era Milady. Mi esclava. Cuando pensaba en ella de ese modo, tenía muchas ganas de abrazarla, apretarle la cabeza contra mi pecho y decirle cosas como "mi chuchita, cuchirritina"… me daba la impresión de que se trataba de alguien muy pequeño y frágil, alguien que necesitaba de mi protección y mi cariño. Yo era el primero que sabía que no era así, tanto como Ocaso, como Mariposa, mi ama sabía componérselas muy bien sola, pero a mí me daba esa impresión aún así. 

"¿Será eso lo que siente por mí Mariposa?" Me pregunté al día siguiente, por la mañana, mientras me duchaba sin prisas. El festivo del miércoles, lo habían movido en el banco al viernes para juntar tres días, así que no trabajaba y podía pasarme una hora bajo la ducha si quería. Mariposa vendría esta tarde, quería estar bien presentable. "¿Cuando soy Imbécil… me verá mi ama como a un ser pequeñito y desamparado?" En ocasiones, ella me había dicho que soy un infelizote, y tiene razón… tal vez, ella me viese así realmente. Pero Mariposa, sin dejar de ser también ella, era distinta. No llevaba gafas nunca, era segura de sí misma, hablaba más que nadie, ponía los brazos en jarras… "Me gustaría hacer algo que me diese más seguridad…. Algo que… me distinguiese. Algo que me dé pinta de amo, que me haga parecer otra persona más fuerte…", pensé, mientras me daba jabón en la cara, tengo un espejito dentro de la ducha para afeitarme dentro, me resulta muy cómodo. Y mientras me enjabonaba la cara, sonreí. Sin duda, a Mariposa, no le haría demasiada gracia, ella que es tan pulcra… pero a mi esclava, tal vez le gustase la idea. "Mariposa me verá así cuando venga mañana… pero Milady tardará más tiempo, cuando ella lo vea, ya tendrá forma", me dije. Y me afeité, sólo en parte. 


*********


-¿Puede saberse, Imbécil, qué te has hecho en la cara….? – No podía evitar sonreír. Mi esclavo se estaba dejando barba. Se había afeitado las mejillas, pero se había dejado la línea de las patillas hasta la mandíbula, y un bigote que se juntaba con la perilla. Sólo se veía la silueta, se notaba que la barba era de hoy, pero el dibujo ya estaba ahí, y pensé que le daba aspecto de conspirador de la corte, de secretario de los rumores, pero no se lo dije. 

-Quería… bueno, cambiar de look. ¿No os gusta, ama…? – Tenía el aspecto de un niño que le ofrece a mamá un pastel de barro por el Día de la Madre, presintiendo que para esas ocasiones, se regalan otras cosas, pero a sabiendas que eso, es lo mejor que tiene a su alcance. Acaricié la suave perilla, aún sin formar, y mi esclavo cerró los ojos de gusto, como siempre que le hago alguna caricia.

-¿Esperas impresionar a Ocaso con una barbita de cabra filósofa…? – le hice cosquillas en la garganta, y mi Imbécil sonrió con su risilla de tonto cachondo, mientras su ropa interior se abultaba considerablemente. Me encanta ver cómo puedo hacer que se ponga erecto sólo con una atención… pero en esa ocasión, en su risita de tonto cachondo, había algo más. Un tono que yo no le conocía. Apenas lo oía, pero estaba ahí, podía intuirlo… era como si estuviese guardando un secreto.

-Impresionarla, no, ama… No pretendo impresionarla. No con la barba, al menos. Pretendo sólo… bueno, tener otro aspecto menos cándido. Vos siempre me decís que tengo cara de demasiado bueno. – Me sonrió, y en su sonrisa, lo vi claramente. Estaba convencido de que ya me tenía, que a Ocaso le gustaba tanto ser su esclava, que no sería capaz de dejarlo pasado el mes, y yo perdería la apuesta… una parte de mí se sintió furiosa al ver esa expresión marisabidilla en su cara, pero otra, me recordó nuestro jueguecito de anoche "Ten calma, eres siempre TÚ quien manda", me dije. Eso de fingir que era su obediente esclava, había sido muy divertido. Bueno, no tanto, había sido curioso, más bien. Eso es. Sólo curioso, interesante. Paseé mis dedos por su incipiente bigotito.

-¿Sabes cómo llaman a estos bigotes finos, Imbécil…? ¿Lo sabes? – Mi esclavo negó con la cabeza mientras me besaba los dedos cuando se los ponía a su alcance, e intentaba lamérmelos o apresarlos en su boca. – Los llaman "el placer del conejito", porque hacen cosquillas… ¿Te apetece hacerme cosquillas con tu bigotito, Imbécil?

Mi esclavo puso cara de intensa felicidad y se arrodilló de inmediato, frotando su cabeza contra mi muslo, besando mis piernas, para que yo me sentara enseguida y le dejase darme placer. Es cierto que no era más que un imbécil, pero era MI Imbécil, y me gustaba que fuera tan solícito. Me senté en su cama y abrí las piernas, para dejarle sitio entre ellas, y se lanzó a besarme la cara interior de los muslos, frotando su recién estrenado vello facial en mi piel, haciendo, efectivamente, cosquillas, muy dulces y traviesas… "¿Te he enseñado bien, o eres tú un buen alumno?"… pero cuando estoy recibiendo placer, no me apetece pensar, de modo que simplemente, disfruté de sus besos, y cuando empezó a lamerme, acercando cada vez más su lengua a mi intimidad, me invadió un gusto tan intenso que… el deseo que se coló en mi cerebro, me avergonzó. 


*************


El lunes por la mañana, yo estaba en mi puesto, silbando alegremente mientras trabajaba con muchas energías. Había pasado un finde estupendo con Mariposa. Mi ama había tenido unos altibajos extraños, tan pronto estaba fría como el hielo, como me dejaba apoyar la cabeza en su vientre y me acariciaba el pelo y la nuca, pero yo no le daba demasiada importancia. Estaba conmigo, eso era todo lo que yo precisaba para ser feliz. Ocaso estaba también en su puesto, ignorándome por completo, como yo a ella. Los dos fingíamos no conocernos, pero yo, como el gilipollas irredento que soy, no podía dejar de mirarla furtivamente, o de quedarme colgarrón cuando la veía pasar. Ricardo, mi mejor amigo, estaba empezando a sospechar que era ELLA la misteriosa chica por la que sabía que yo estaba colgado, pero viendo la enfermiza timidez de Ocaso, tuvo el buen juicio de no hacer ningún comentario. Quien sí lo hizo, fue Nélida, mi ex princesa. La chica que me había tenido como pagafantas durante más de medio año, sin ser capaz de decirme que no, mientras se zumbaba todo lo que quería, y yo sopitas… afortunadamente, su comentario, no fue sobre Ocaso, sino sobre mi cambio de aspecto.

-¿Y esa barba? – me dijo cuando se acercó a mí, para darme unos certificados que sólo puedo mandar yo. Mi barba había crecido durante los tres días festivos, y aunque aún distaba mucho de ser tupida y espesa como yo la quería, ya era mucho más que una sombra, estaba definida y decididamente oscura. El bigotito fino no me hacía nada viejo, la barba arrancándome de las patillas me hacía parecer menos carirredondo, y la perilla me daba un aire… casi arrogante, me encantaba. 

-Me apetecía cambiar. – sonreí, tomándole los papelotes que me traía y sin darle más importancia. Hacía tiempo que Nélida no me importaba, igual que yo no le importaba a ella, pero mi reciprocidad, era un golpe para su orgullo. Me miró con una sonrisa paternalista.

-No te favorece nada, afeitado estás mejor. – Hace apenas dos años, esa misma frase me hubiese hecho sentir ridículo y miserable, y hubiera aprovechado el descanso del curro para ir a comprar una maquinilla y afeitarme en el cuarto de baño. Hoy, me hizo devolverle la sonrisa paternalista y contestarle:

-Nélida, no me la he dejado para que te guste… a ti. – No podía decírselo más claro, y puso cara de princesita ofendida, y de sorpresa, lo último que podía esperarse, era que yo le contestase algo así.

-Qué borde eres. – dijo muy deprisa, y se largó. Me encogí de hombros, ¿qué quería que le dijera, que mi vida ya no estaba supeditada a sus caprichos…? Eché una mirada a Ocaso, se sentaba muy cerca, quizá lo había oído. Mi esclava estaba colorada y totalmente quieta en su puesto. No tecleaba, no se movía, y creo que ni respiraba. La miré fijamente, hasta que notó que la estaba mirando, y medio vi sus ojos moverse, bajo las gafas oscuras, y al ver que, en efecto la estaba mirando, de golpe miró de nuevo al monitor, y tomó rápidamente un pañuelo, como si fuese a sonarse… pero a mí no me engañó. Se estaba riendo.