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martes, 10 de diciembre de 2013

Desahogo


     -¿Y le mató…?

     -¡Sí, se lo carga dándole con el mármol del velador, porque había descubierto las cartas del amante!

     -¡No jorobes! ¿Y Sarita, qué hace cuándo se entera que le han matado a su marido…?

     -¡No lo sabe aún! La vieja le dice que le llamó su hermana, porque el cuñado ha vuelto a pegarla, y que se ha largado corriendo a ayudarla.

     -¡Qué veneno de tía, qué asco la tengo! – dijo Dolores, la más joven de las dos limpiadoras del colegio, mientras ambas frotaban y sacaban brillo a los pomos de la escalera principal. Dolores no había podido ver el culebrón la tarde anterior, porque había tenido reunión con el tutor del instituto de su hijo, y su compañera, Rocío, la estaba poniendo al día. Las dos estaban tan enfrascadas en su conversación, que no oyeron acercarse al bedel hasta que éste carraspeó, y las dos dieron un bote.

      -Muy bonito. Pero precioso, sí, señoras. Ustedes dos hablando como dos cotorras, y la escalera de entrada llena de barro, ¡precioso! – el señor Valmayor, el Bedel, era un hombretón alto y corpulento, moreno, de grueso bigote, cabello con entradas y mirada severa. Le gustaba presumir de su escasa posición en la cadena de mando de la escuela, que a pesar de estar sólo un escalón más alto que las limpiadoras, cocineras o ayudantes, le llevaba a considerarse a sí mismo como una especie de supervisor del mantenimiento y la buena marcha del colegio elemental, algo así como un “director” del personal que comprendía la espina dorsal del centro. Tenía mucho tiempo de experiencia y el Director le apreciaba, su palabra tenía mucho peso delante de él, de modo que tanto niños como empleados, solían tratarle con bastante respeto, aunque a sus espaldas le llamasen Don Vinagrón o el Vinagrón, por su talante siempre avinagrado.

      -Pero, señor… - se atrevió a protestar Dolores. – Usted nos dijo que sacáramos brillo a la escalera principal, que el Director se había quejado que los pomos no lucían…

       -Eso, no es motivo para dejar la escalera de entrada llena de barro, ¡cuando llueve, hay que fregarla enseguida, antes que el barro se reseque  y se llene todo el pasillo de tierra! ¡No hay motivo para que estén aquí las dos, y menos de comadreo!

      -Entendido, señor. Rocío, quédate aquí, yo haré la escalera. – Dolores se ofrecía a ello porque sabía que su compañera estaba medio acatarrada y no le apetecía nada fregar la escalera de entrada, por donde se colaba todo el frío, y menos aún tener que dar un manguerazo a los escalones de piedra de la entrada, pero el bedel la frenó.

      -No tan rápido, señorita, no va usted a quedarse hora y media papando moscas, haciendo como que conecta la manguera y abre la llave del agua, porque “va muy dura”. Voy con usted a abrir yo la llave, y aprovechando, va a dar un repaso al cuadro eléctrico, porque los interruptores están pegajosos del polvo que tienen. Ayer saltó el diferencial, y al subirlo, se me quedaron los dedos negros, va a limpiarlos delante de mí, hasta que reluzcan.

      -¡Pero….!

      -¡No se atreva a replicar! ¡Estoy harto de que, siempre que vengo a vigilar, me las encuentre de cháchara, y el colegio hasta arriba de porquería, venga! ¿No querrá que dé parte al Director, verdad…?

      Dolores resopló de pura impotencia, y echó a andar delante del vigilante. Rocío los miró marchar sin atreverse a abrir la boca, y alegrándose de no ser ella la que estuviese en el punto de mira del iracundo bedel.

      La limpiadora caminaba hacia el cuadro eléctrico, con las piernas temblándole y un terremoto en el estómago. El rostro del bedel reflejaba un tremendo enfado, y no dejaba de mirar a Dolores, que al fin llegó al cuarto del cuadro eléctrico, un cuartito poco más grande que un armario ropero, sin ventilación ninguna y sólo iluminado por una débil bombilla que estaba medio fundida y daba más parpadeos que luz propiamente dicha. Dolores se hizo a un lado para que el bedel abriera, y Valmayor sacó la llavecita del llavero que siempre llevaba en el cinturón y abrió. La limpiadora le miró antes de entrar. Y sólo entonces, se le escapó una sonrisa. Penetró en el cuartito y el bedel miró a un lado y a otro, sólo para asegurarse de que el pasillo estaba desierto, y casi saltó dentro del cuartito y cerró de un portazo. Dolores apenas le dio tiempo a echar la llave por dentro cuando ya estaba abrazándolo y lamiéndole las orejas entre gemidos.

      -¡Bésame, por Dios…! – rogó la limpiadora, y Valmayor se dio la vuelta para quedar frente a la joven y abrazarla, apretándola contra sí, tomándola de las nalgas, arremangándole la batita azul que usaban las limpiadoras.

     -Dolita… si tu hijo o el director nos descubren, nos matarán a los dos… - sonrió Valmayor, ya con las manos bajo la bata azul, palpando la fina enagua que llevaba bajo ella, y las bragas blancas caladas de la mujer.

     -Y si no me besas, me muero de todos modos. – contestó ella, feliz de estar entre los brazos del bedel. Aquél ruego era superior a todas las resistencias del vigilante, si es que hubiera querido en realidad oponer alguna, y metió las manos bajo la fina prenda íntima de Dolores, ¡qué suave era su piel…! La limpiadora reprimió un gemido de placer y abrazó con más fuerza a su amante, bajando la mano derecha a la entrepierna del mismo.

     -¡Mmmmmh…! – Valmayor rompió a sudar de inmediato, él estaba ya erecto, pero el enérgico roce de la mano de la joven, le había dado una descarga de placer que le había recorrido desde las corvas a la nuca en un segundo. Tuvo que echar hacia atrás la cabeza para tomar aire, cuidando de no gritar ni gemir en voz alta, y Dolores aprovechó para lamerle el cuello, mordiéndole, aspirando del pellizco… no, no, ¡le dejaría señal! ¡Pero era demasiado agradable, no podía parar! La tomó del muslo para hacer que ella le abrazara con la pierna, y acarició la tierna entrada húmeda.

      Dolores le mordió con más fuerza, riendo en voz baja, los gruesos dedos del bedel sabían muy bien dónde tocar y buscar, sí, ahí… la humedad los hacía resbalar y producía caricias muy traviesas y dulces; un ligero y tentador picorcito le recorría los labios vaginales hasta ya dentro de su cuerpo cada vez que él la rozaba, y ella no podía dejar de mover las caderas, buscando ensartarse en esos deliciosos dedos que tan bien la conocían ya, mientras no dejaba de acariciarle el ariete, con algo de torpeza ahora debido al placer, pero con muchas ganas…

     …Tantas ganas que Valmayor ya no podía aguantar más, necesitaba estar dentro de ella, necesitaba saciarse; tenía que unirse a su querida, tenía que calmar sus ganas… intentó hacer a un lado las bragas de Dolores, pero ella, besándole, bajó la pierna para quitárselas con una sola mano, porque la otra seguía teniéndola ocupada, acariciándole el miembro sin cesar, sin molestarse en sacárselo de las ropas, y por más que el bedel temía seriamente acabarse en los pantalones y mancharlos hasta medio muslo, no era capaz de pedirle que se detuviera, ni siquiera para franquear la barrera de la ropa y gozar aún más del tacto con su piel, su carne…. Pero entonces Dolores se levantó el vuelo de bata azul, el conserje vio su sexo, depilado casi por completo, y la misma lujuria le hizo actuar, por puro instinto.

      Se bajó la cremallera y casi no necesitó ni sacarla, su miembro erecto salió prácticamente solo, impulsado como un resorte por el deseo. Se abrazó a Dolores, dando golpes de cadera, luchando por bajarle la bata, por verle también las tetas, mientras la joven no dejaba de reír sofocadamente y de nuevo le abrazó con la pierna, casi colgándose de él, para intentar ensartarse… Valmayor la embistió contra la puerta del cuartito, y tuvo que frenarse y apretar la boca con fuerza, temblando como una hoja… porque se encontró dentro de ella.

     Dolores gemía lo más bajito que podía, pero sin poder reprimir un débil gritito cada pocos segundos, un “¡ah…. Hah…!”, que convertía en gaseosa la columna del bedel. Éste notaba su miembro envuelto en seda, seda ardiente y deliciosamente húmeda; su miembro estaba de fiesta, y enviaba dulcísimos calambres a su ano, maravillosas cosquillas a sus muslos, riquísimos golpes eléctricos a toda su columna…. Haaaah, qué gusto…. Se movía lentamente dentro de ella, mientras Dolores le hacía cosquillas en la nuca y el cuello, y con el otro brazo le apretaba contra él, la mano metida bajo la chaqueta, chaleco y camisa, haciendo mil delicias en su costado y su espalda, mmmmmh, qué dulce era….

     El deseo de Dolores estaba desbocado, cada arremetida del bedel la elevaba del suelo, tanto real, como figuradamente, no podría aguantar mucho más, el cosquilleo travieso se expandía por su interior, amenazando con estallar de un momento a otro, le apretó más contra ella, y notó que su pierna se crispaba, los dedos de sus pies se contrajeron sin que ella misma pudiese controlarlos, y tuvo que taparse la boca, ¡ahí! ¡Ahí! ¡Ahí….! El estallido la hizo doblarse de placer entre los brazos de Valmayor, un calor delicioso, un picor saciado, una satisfacción absoluta…. Aaaah, qué a gusto se había quedado… El bedel, aún en la oscuridad del cuarto, no podía dejar de mirarla, ¡qué delicia penetrarla contemplando cómo se corría! Parecía tan frágil, tan a su merced…. ¡haaaaaaaaah, síiiiiiiiiiiii…..! Un escalofrío de electricidad, de chispas picantes, se expandió desde sus testículos, estallando en la punta de su miembro de un modo maravilloso, llevándole al Cielo, dejándole tocar la Gloria y trayéndole después de vuelta…. Mmmh… las rodillas le temblaban, el cuerpo entero le tembló varias veces, en estremecimientos que le dejaban desmadejado, deliciosamente indefenso… y pleno de bienestar.

      Dolores, aún jadeando, sintiendo cómo las gotas de sudor le hacían cosquillas en la espalda, le abrazó contra ella, acariciándole la espalda, húmeda también de sudor limpio y tibio. Valmayor jadeaba contra ella, apretándola, besándole a su vez la cara y el cuello… qué gusto darse mimos. El bedel no era un hombre muy dado a sonreír, porque le gustaba mantener su reputación de severo e impenetrable, pero en aquél momento, la sonrisa le llegaba a las orejas.

     -Boni, tenemos que encontrar una solución… no soporto más vernos a escondidas como dos extraños, como si hiciéramos algo malo… Tenemos que decírselo a mi hijo. Y al Director.

     -¿Tú estás loca? ¿Pretendes que tu hijo me castre? Mira que sin eso, no te serviré ya… - Dolores estuvo a punto de protestar, pero la bromita de Valmayor, cuyo nombre de pila era Bonifacio (sólo ella misma lo sabía, aparte del Director, y sólo ella podía llamarle así), la hizo reír y olvidar por un momento que quería tener con el bedel una relación normal, para recordar sólo lo bien que lo pasaban juntos, y el morbo que tenía el tener que esconderse de todos…

     Dolores terminó de limpiar la escalera de fuera, quitando el barro con la manguera, y barriendo después el agua de los escalones con el cepillo, para arrastrarla hacia el desagüe y evitar que por la noche se formase escarcha, cuando salió Rocío con un bocadillito para ella; en la cafetería les solían dar los picos de los bocadillos, porque nadie los quería.

     -Toma, reina, ¿fue muy duro el bestia del Vinagrón?

     -¡Ay, Rocío…. Él siempre es duro, y es una bestia…! – y sólo por la rabia que le tenía Rocío al bedel, no notó el verdadero tono con que habla Dolita.