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viernes, 6 de diciembre de 2013

Ocaso y yo: primera vez cara a cara.


 -¿Limpia, o sucia…?

     -…Sucia, amo, me lo hice sucia. – Milady y yo estábamos hablando por chat una vez más. Ella era Milady, Ocaso, Mariposa, ella era mi ama, mi compañera en el trabajo, mi amiga, mi esclava… ella era todo mi mundo. Yo era simplemente Imbécil. El mismo Imbécil que en su día conoció a Mariposa en un chat y gustosamente se convirtió en su esclavo, y como el imbécil que era, se enamoró de ella hasta los tuétanos, y ahora luchaba por conseguir la recíproca… de momento, mi ama me había dado un mes de plazo para conseguir interesarla como persona y no como esclavo, y yo había conseguido llamar su atención como amo. Quizá no fuera lo más adecuado, pero lo había conseguido. Jugar a ser amo, era muy agradable, muy excitante, aunque de momento nuestros encuentros fuesen solamente por Messenger. En nuestro encuentro anterior, le había hecho empaparse con leche y fingir que era otro tipo de leche la que la cubría, y le había dado como orden para después de la conversación, que se masturbase, ella podía elegir entre lavarse primero (estaba empapada de pies a cabeza), o hacerlo tal como estaba. Para mi infinito gusto, lo había hecho estando sucia.

      Milady miraba a la cámara con carita vergonzosa, y yo, desde mi casa, estaba erecto ya, sólo de imaginármela tocándose toda empapada de leche… mi miembro quería salir de su encierro calzoncillero, pero de momento lo dejé ahí, tenía que conseguir pensar con la cabeza de arriba, por mucho que me costara.

     -¿Te gustó? – pregunté - ¿te gustó hacértelo toda sucia y pegajosa…? Cuéntame cómo fue.

     -Oh, amo Athos… - protestó, adorablemente sonrojada, pero continuó – Yo… yo no quise hacerlo sucia, quise ser fuerte e ir a la ducha, pero…

     -¿Pero qué, Milady?

     -Pero… pensé en lo mucho que a vos os gustaría verme así, empapada de leche, de vuestra propia leche, y… y no pude parar. – Vaya si me gustaría, vaya que sí, quería inundarla, quería ensuciarla, ponerla perdida, quedarme satisfecho… No, no, no, tenía que ir más allá del sexo, no podía dejarme vencer por el deseo - Me acariciaba con la mano, y chapoteaba cuando me tocaba… era un ruido tan obsceno… pero me hubiera gustado mucho que vos lo hubierais oído, amo, que me hubierais visto toquetearme y gemir, con una mano en mi sexo y otra en mi pecho, apretándolo… ¡oh, amo, me estoy poniendo caliente…!

     Una vez más, detrás de Milady, detrás de Ocaso, estaba Mariposa dirigiendo el cotarro, intentando ponerme cachondo para impedirme llevar las riendas… y maldita fuese mil veces, que lo lograba.

     -Milady… tengo que verte. – Mi esclava no pudo contener una sonrisa de triunfo, en la que vi claramente lo satisfecha que se sentía de sí misma. Me maldije a mí mismo, pero ya estaba hecho.

     -¿Cuándo, amo? ¿Cuándo? – quiso saber ella, y contesté sin pensar.

     -Mañana es viernes, quiero verte mañana por la tarde. – Milady sonrió con amabilidad.

      -Amo… no pretendo meterme en vuestra vida privada, pero… ¿estáis SEGURO que podéis verme mañana por la tarde….?

     Supe a qué se refería. Ella misma, bajo el papel de mi ama Mariposa me había ordenado ya que pasaría con ella el fin de semana, y eso implicaba, como hacíamos siempre, que se presentaría en mi casa a eso de las seis de la tarde del viernes, aquello representaba un problema, no podía desobedecer, ni quería hacerlo, pero… bueno, en ese momento, yo era el amo, ¿verdad?

     -Tienes razón, Milady, he quedado, pero he quedado para el fin de semana, y el fin de semana comienza a medianoche. Hasta entonces, quiero verte a ti.

     Mi interlocutora me miró con una media sonrisa que yo conozco bien. Una sonrisa que dice “me estás desafiando… pero voy a pasártelo, porque me haces gracia. Y porque te lo haré pagar”. Dios, ¿a quién pretendía engañar…? Si sólo pensar en Mariposa me ponía como un burro, yo no servía para amo, había nacido para ser esclavo, SU esclavo… pero el que ella me permitiese jugar al amo, era también tan cachondo…

      -De acuerdo, amo. Iré. Tengo muchas ganas de que juguéis conmigo… - qué vocecita ponía… no era la voz de mi ama, la voz que me hacía pensar en plomo derretido, era una voz de inocencia pícara, una voz que hacía pensar en cosquillas graciosas que empezaran cándidamente en el estómago, pero que enseguida bajasen al sexo.

      -Muy bien, hasta mañana entonces, Milady.

      -¡Oh…! ¿Y no vamos a jugar hoy, amo…? – Ocaso me miró con profundo desencanto en su carita adorable, y se apretó los pechos para que yo le mirase los pezones erectos – mirad, hoy os he recibido desnuda, como sé que os gusta, y tampoco llevo braguitas, ved… - se levantó y puso su pubis frente a la cámara, depilado por completo, y lo abrió con los dedos, para que yo viese la perlita rosada… canallaaa… - ¿no queréis que juguemos… un poquito, amo? – Ganas me dieron de lamer la pantalla, y estaba casi al borde del llanto cuando contesté:

     -…No. Quiero que conserves tus ganas para mañana, Milady. Esta noche, te prohíbo que te masturbes, ¿de acuerdo…? – mi erección me estaba poniendo de gilipuertas para arriba, pero tenía que ser fuerte, dentro de lo poco que podía, tenía que conseguirlo.

     -De acuerdo, amo… como vos ordenéis. – Milady bajó la cabeza, contrita y melosa, y yo sentí que iba a estallar de deseo, y rápidamente me despedí de ella y cerré la ventana de chat… Mi polla asomaba fuera de los calzoncillos, pegada a mi tripa y exigiendo ser saciada, no iba a poder bajar “eso” sólo pensando en otras cosas, si quería dormir iba a tener que calmarlo con un solo de zambomba, y evoqué la imagen de Mariposa masturbándose chorreante de leche mientras me decía “soy un cretino, un cretino, un cretino…”. Pero cuando el gusto delicioso me hizo encoger los dedos de los pies y me derramé sobre un kleenex mientras me estremecía, pensé que mañana tendría entre mis brazos a Ocaso, a la verdadera Ocaso, y eso me hizo pensar que valía la pena ser paciente.



***********



     “Qué poco detallista soy, no estoy en nada, ¡en nada!” pensaba la tarde siguiente, poniendo a oscuras toda la casa y pensando desaforadamente en algo que me sirviera para impresionar a Ocaso, además de mi barba, que estaba ya bastante definida y con una perilla ligeramente alargada. Le había mandado un correo esa misma mañana, diciéndole que se presentase a las cinco, lo que era una hora antes de lo que solía quedar con Mariposa, y sólo porque me pareció demasiado agresivo que nos fuéramos del trabajo juntos. Estuve tentado de hacerla venir mucho antes, pero pensé que tenía que comer, y sobre todo, tenía que darle tiempo para desearme, para “ponerse nerviosa”, como lo estaba yo la primera vez que vino a casa como Mariposa. Pero no le había dado instrucciones sobre el atuendo que debía traer, o cómo debía llamar a mi casa, o… o nada. Yo sólo deseaba que viniera, nada más, que estuviera conmigo, y poder hablar con ella cara a cara, mimarla, besarla… y, siendo absolutamente honestos: tirármela.

    La noche anterior, había dormido fatal, con unos sueños eróticos tan intensos que, a pesar de haberme masturbado antes de acostarme, al levantarme tenía el pijama pringando, y había tenido que cambiar las sábanas y dejar la alcoba abierta toda la mañana, mientras me iba al banco a trabajar, para que se fuese la peste a perro en celo. Aún así, al volver, había quemado incienso para asegurarme de que no habría olores agresivos en casa. Repasé todo lo que había comprado, un montón de tonterías y juguetes, velitas, dulces… no dejaba de dar vueltas por casa, estaba hecho un flan, y ni siquiera sabía qué ponerme. Había comprado en un Todo a cien una capa de vampiro, de una liquidación de disfraces, pero la verdad es que me daba una pinta ridícula, y tampoco era plan de recibir a mi esclava con los pantalones viejos del chándal y una camiseta raída de estar por casa. “Necesito algo cómodo, pero elegante…” me dije a la desesperada. Pensé que ojalá tuviera un smoking, pero tampoco quería ponerme un traje del banco, quería estar cómodo… “¿qué llevaría un seductor, un playboy…?”, y al pensar en Playboy, pensé en Hugh Heffner, y estuve a punto de abofetearme, ¡qué tonto soy, lo había tenido delante de las narices, pues claro! El magnate de la revista erótica siempre va en pijama, ¿no? Pues yo podía hacer lo mismo, sabía que tenía algún pijama bonito, de esos que uno en realidad nunca se pone para que no se estropeen…

    Busqué en los cajones del armario, y lo encontré. Me lo había regalado mi madre las navidades pasadas, y ni lo había estrenado, un precioso pijama negro, con botones y bordes rojos, de tela muy suave, y con mis iniciales bordadas en rojo en el lado izquierdo del pecho. Me lo puse y me miré en el espejo. Yo no soy un hombre vanidoso, pero me sentí satisfecho. La chaquetilla del pijama era ligeramente entallada, y me disimulaba la tripa redonda, y los pantalones conseguían, no sé cómo, hacerme parecer también más alto. No sé si mi santa madre estaría pensando en que yo lo estrenara junto a una mujer, pero no había podido elegirlo mejor (y pensar que es la misma madre que me seguía comprando pijamas de corderitos teniendo yo ya trece años…). La verdad es que las pantuflas de cuadros deslucían un poco el conjunto, pero tendrían que pasar, entre otras cosas, porque no tenía nada más, y no pensaba recibirla descalzo ni en calcetines. En esas estaba, cuando llamaron al timbre, y nunca me explicaré cómo, pero recorrí los quince metros de pasillo que separan mi cuarto de la puerta antes de que terminase el timbrazo. A través del videoportero automático, vi la figura familiar de Ocaso, y le abrí.

      Las rodillas me temblaban cuando oí el ascensor detenerse en mi planta, pero me obligué a esperar que ella llamase al timbre de mi casa antes de abrir. Cuando lo hice, mi esclava me miró con algo de susto a través de sus gafas de sol, y me sonrió. No venía con su habitual vestido negro… claro, me dije, porque ese es el vestido de Mariposa, ella es Ocaso. Llevaba un discreto vestido marrón, con el cuello al descubierto, en escote cuadrado, y que le llegaba justo a las rodillas. Nos miramos, y me sonrió, pero no dijo nada… fue su sonrisa de simpatía la que me hizo darme cuenta que estábamos plantados en la puerta, y me hice a un lado para dejarla pasar. Traía, eso sí, su bolsa de deportes, porque a medianoche, sería mi ama.

      -Me alegro mucho de veros por fin, amo… de estar a solas. – susurró, apenas cerré la puerta - ¿Queréis que me desnude ya, o preferís hacerlo vos?

     Estuve tentado de decir que ya estaba tardando en desnudarse, estuve tentado de bajarme los pantalones y decir “chupa de aquí hasta que pida socorro”, una parte de mí quería hacerlo, lo quería con todas mis fuerzas… pero me forcé a ser frío, tenía una oportunidad de conocer a Ocaso, no podía desaprovecharla por un calentón, si lo hacía, sólo le daría la razón a Mariposa, que insistía que el amor no existía, que sólo existía mi capricho de follármela…

     -Aún no, aún no… lo que se hace despacio, se hace bien. – Sonreí. Tenía que ponerme en mi papel de caballero, de galán. Tenía que ser elegante, atrayente, tenía que hacerme desear por ella. Iba a ser muy duro, sólo de verla en mi casa mi miembro estaba empezando a pedir fiesta, pero tenía que conseguirlo, sabía que podía. Le tendí la mano para que me diese la suya, y sin inclinarme, la besé, mirándola a los ojos. Por un lado, me sentía algo ridículo haciendo algo tan afectado, pero el rubor que cubrió la cara de Ocaso, me hizo saber que no tenía que sentir vergüenza, que iba por el buen camino. Sin separar los labios de su piel, la lamí ligeramente, y mi esclava tembló un poco. La atraje hacia mí lentamente y miré sus labios entreabiertos, tomándola de los hombros. Ocaso parecía tener miedo y sentirse atraída por mí al mismo tiempo, y muy lentamente, dejé caer mi boca sobre la suya, y la besé con ternura… bueno, al principio fue con ternura, pasados cinco segundos, me encontré metiéndole la lengua hasta la campanilla y apretándola contra mí, mientras mi pene pedía sitio en mis pantalones, y Ocaso abrazándose a mí, cabeceando y gimiendo, devolviéndome las caricias con su lengua, y con sus manos paseándose a placer por mi espalda, bajando peligrosamente, camino del fin de la misma… con evidente esfuerzo, pero me separé poco a poco de su boca, manteniéndola abrazada. La besé con suavidad, sin lengua, y me separé por completo de ella, sólo cogiéndola de la mano. – Bienvenida a mi casa. – jadeé. No era nada fácil hablar con claridad cuando un parte de mi cuerpo hacía ángulo de 90º con el resto del mismo…

     Ocaso emitió un sonidito adorable con la garganta, algo así como un maullido muy suave. Estaba roja y se notaba que tenía tantas ganas como yo mismo, y me resultaba muy cómico verla a ella obedecerme a mí. Llevándola de la mano, le enseñé mi casa. Ya la conocía como Mariposa, pero, como ama, nunca había podido enseñársela, ella sólo la había visto en forma de terreno conquistado, nunca como mi hogar… ahora podía mostrarle mi salón, donde tenía las dos videoconsolas, la colección de videojuegos… la cocina, con la bonita estantería de las especias y los tarritos para las mismas que había comprado en un mercadillo medieval… los libros que tenía por toda la casa, el poster de una de mis películas favoritas, Irma la dulce, que tenía en la habitación del ordenador, el puzle fosforescente de 2.000 piezas que tenía también en ese cuarto y que representaba Manhattan de noche, con todos los edificios brillando en la oscuridad, y que me había costado las tardes de dos semanas terminar… Ocaso, cogida de mi mano, observaba todo con curiosidad, y no sólo curiosidad hacia lo que veía, sino hacia mí. Quizá por primera vez, me estaba viendo no como a un esclavo, no como a un juguete, gracioso y simpaticón, sí, bonachón e infelizote, pero juguete a fin de cuentas… sino como a  una persona.

    No sabía qué efecto podía producir eso en mi ama, pero Ocaso parecía interesada por lo que veía ante ella, o al menos, sabía fingir muy bien el interés. Me escuchaba. No hablaba, apenas hizo alguna pregunta suelta, pero sus grandes ojos verdeazulados estaban llenos de interés, no se distraía ni por un momento. Detrás de su amo Athos, había una persona. Estaba yo, Miguel. Y a Miguel le gustaba ella, pero también le gustaba el cine, leer, hacer puzles, las viejas pelis de amor, y a veces lloraba con las comedias románticas, aunque fuese de envidia cochina… y le gustaba cocinar y creía no hacerlo mal, aunque abusaba de los fritos y las grasas, y creía firmemente que cualquier receta mejoraría si llevaba un buen gratinado por encima… y a veces confundía comodidad con dejadez y cuando leía en la cama o veía una película, se sacaba distraídamente bolillas de los pies, y le gustaba comer en la cama, y luego sacudía un poco la colcha para quitar las migas y si tenía las manos manchadas de grasa, se las limpiaría en la sábana… bueno, esto no se lo dije, porque en una primera cita, no es plan de asustar a la otra persona, pero también entraba dentro del mismo pack de humanidad en el que entraban la fidelidad, la simpatía o la entrega… sólo esperaba que las cosas buenas, le hiciesen disculpar las pésimas.

     Tomados de la mano, llegamos finalmente al “lugar del crimen”. Mi dormitorio. Aquí, no tenía muchas cosas. Una foto mía de cuando tenía cinco años, junto a mi hermano mayor, que entonces ya tenía doce (sí, fui un accidente… pero no puedo quejarme del amor que recibí, por más que mi padre me besara diciendo cosas como “los calendarios, pa mirar los puentes, y ya está”), el espejo de la cómoda, que era de mi abuela, y cuando murió, pensaban tirarlo porque es de un estilo muy rancio y pasado de moda, pero yo acababa de mudarme, me hacía buen apaño y me lo quedé. La descalzadora azul que tampoco casa con nada de la decoración, pero que encontré en un saldo al poco de mudarme, y como era baratita, me la traje, diciendo “ya la tapizaré”, y en realidad me gusta el tono azul que tiene… y finalmente, la cama de matrimonio, que me compré en lugar de una individual, porque tenía la esperanza de que tendría a alguien que motivase el uso de la misma… cosa que finalmente, se había cumplido, dije, y Ocaso se sonrojó.

     Nos sentamos en la cama, y yo seguía sin soltarle la mano. Qué curioso… Mariposa y yo teníamos una relación estrictamente carnal, dicho en plata, habíamos follado como locos, yo no tenía que tener timidez de nada… y sin embargo, la tenía, y estaba nervioso, y por lo que podía ver, Ocaso también. Me miraba y agachaba los ojos, y tenías las mejillas muy rosas.

     -Milady. – susurré, y mi esclava respingó – Quiero que me cuentes algo de ti. Qué te gusta hacer, qué no te gusta, cómo pasas el tiempo… - especifiqué. Ocaso pareció ponerse pensativa, pero enseguida me miró y sonrió.

     -Amo… a mí me gustáis vos. No me gusta estar separada de vuestra persona. Y paso mi tiempo esperando que por fin llegara éste momento. – se acercó sensualmente hacia mí, y me besó, pude notar el aliento de sus palabras en mis labios y mi rostro, y me derretí… sabía que tenía que ponerme serio con ella, que lo que yo le había preguntado, no era eso… pero, era tan agradable, tenía yo también tantas ganas, que otra vez no pude resistir, la abracé por la espalda y le devolví el beso. Nos besamos lentamente, y Milady me abrazaba por la espalda, levantándome la chaquetilla del pijama para acariciarme la piel… me estremecí como un flan de gelatina al notar sus manos, qué lista era, cómo sabía lo que me gustaba… tengo los costados muy sensibles, apenas me hacen cosquillas allí, y mi ama sabía lo muchísimo que me gustaban las cosquillas, me vuelvo mantequilla fundida. Aquello era algo compartido entre Mariposa y yo, y estuve a punto de susurrar “ama…”, pero me contuve, y sólo por un ejercicio de voluntad, logré que, al deslizarnos en la cama, quedase yo encima, porque mi esclava estaba dispuesta a dejarme debajo, era increíble cómo me sabía llevar…

     Ocaso me acarició la barbita, el fino bigote, la perilla alargada, mirándome a los ojos y los labios alternativamente, y sus dedos eran una caricia de tentación irresistible. Yo me dejaba mimar y agaché la cara para acariciarle con la perilla puntiaguda, y mi esclava sonrió sin poder contenerse. “Me gusta vuestra barbita, amo…”, musitó, muy cerca de mis oídos, y mis piernas dieron un temblor espasmódico tan dulce que me pareció que acababa de correrme… afortunadamente, no lo había hecho, no quería tener semejante pérdida de control delante de ella, pero… el saber que mi barba, que yo me había dejado sólo por ella, le gustaba, me enloqueció de gusto, y de nuevo la acaricié con ella, bajando por la cara, por el cuello…

      -¡Mmmmmmmmmmmmh…..! - ¿Qué había sido eso? Ocaso se había estremecido hasta casi botar en la cama al sentir… ¡al sentir mi barba en su cuello! Me alcé para mirarla, estaba roja como un tomate, y en sus ojos, había una expresión de sorpresa, ni ella misma se lo explicaba. Me miró y en sus ojos vi al mismo tiempo estupor y una advertencia, Mariposa me estaba indicando que ni se me ocurriera, que no lo repitiera… pero yo, en aquél momento, no era Imbécil, era Athos, el amo de Milady, y el respingo tembloroso de gusto que ella había dado debajo de mí, había sido tan precioso, que yo sólo quería una cosa en el mundo: volver a verlo.

      -¡Amo, nooooooooooooo…..! – gritó, en medio de temblores que la sacudían como un terremoto, cuando me dejé caer de nuevo, aprisionándola con mi cuerpo, y me froté contra su cuello, lamiéndolo y mordiéndolo, succionando la piel, y frotándola con mi barba. Ocaso agarraba la colcha con tal fuerza que la sacaba del sitio, y sus piernas, juntas y cruzadas una sobre otra, se frotaban y tensaban debajo de mí, ¡se estaba masturbando con los muslos, el placer que sentía era tal, que no podía contenerse, la había hecho… la había hecho perder el control por primera vez!

    El pensamiento casi me dio ganas de aullar de gozo, pero en lugar de eso, la apreté más contra mí, casi rugiendo mientras lamía su cuello torturado, buscando la zona exacta en la que gritaba más y se estremecía con más fuerza… mi esclava intentaba suplicar, sudorosa y tierna, pero yo no quise tener piedad, no podía hacerlo, jamás había soñado descubrir en ella una debilidad sexual, ¡tenía que explotarla…! Ocaso, en aquéllos momentos en que no se veía agarrada de un subidón de gusto, intentaba vanamente taparse el cuello, sin lograrlo, su vestido tampoco le ofrecía ninguna protección contra mi ataque, y mi lengua se paseaba a placer por su piel, enrojecida por mis caricias… subía desde su hombro a su oreja, y a cada centímetro el cuerpo de mi esclava temblaba y sentía su garganta vibrar por los gemidos, hasta que llegaba más o menos a mitad de camino, momento en que sus miembros escapaban a su voluntad, ponía los ojos en blanco y se le escapaban los gritos de gozo… presioné con la lengua en el punto mágico, sólo con la punta de la lengua, gozando de su placer, mirando cómo se estremecía, cómo deseaba más, aunque dijese lo contrario… y me dejé caer, frotándome, y mordí. Ocaso me abrazó por la espalda, las manos crispadas, tirando de la tela de mi pijama, y chilló, fuerte. Su cuerpo se curvaba debajo del mío, me abrazó con las piernas, pegándose a mi erección, como si quisiera que la taladrara, aún estando los dos vestidos aún. Succioné, como si pretendiera chuparle la sangre, y Ocaso buscó aire, sus caderas temblaron tres, cuatro veces, golpeando mi virilidad, y por fin un temblor de sus muslos y se soltó de mí, quedando laxa sobre el colchón, con la cara roja y la respiración jadeante. Noté algo húmedo a la altura de mi entrepierna, pero resistí la tentación de mirar, en lugar de ello, me dediqué a besar a mi esclava por la cara y el cuello… cada vez que la besaba cerca de la zona mágica, la pobre Ocaso daba un temblor y alzaba las manos, como si quisiera frenarme, así que decidí ser clemente y besarla sólo por la cara. Estaba sudada, los cabellos pegados a las sienes y desmadejada como si hubiera corrido la maratón, y pareció hacer un esfuerzo sobrehumano cuando volvió la cara ligeramente, para ofrecerme su boca, y tiernamente la besé, metiéndole la lengua con suavidad, y deleitándome en sus gemidos satisfechos y suaves, como ronroneos…

     No sé cuánto tiempo la estuve mimando, dedicándome sólo acariciarle el rostro, a besarnos, a dejar que ella me acariciara, pero si de mí hubiera dependido, aún seguiría en ello. Era tan agradable… en los ojos de mi esclava había una mirada extraña, en la que se mezclaban ahora la ternura, ahora el estupor, ahora el miedo… Me hubiera gustado decirle que no tenía que temer nada de mí, que yo no iba a aprovecharme de ella, ni a forzarla a nada, sólo a darle placer, y… y amor. Casi me asusté yo mismo al pensar esa palabra, pero, ¿acaso no era cierto? Al retirarme suavemente de encima de ella para acariciarle el cuerpo, aún vestido con la ropa arrugada, vi en la zona de su regazo y entre sus muslos, una enorme mancha oscura. Ocaso se tapó la cara con las manos, pero yo le sonreí y la besé la sien, y cuando vio la aprobación de mi mirada, pareció más relajada… ¿cómo me iba a molestar que hubiese tenido uno de sus fabulosos orgasmos húmedos bajo mis caricias? ¡Eso, sólo me halagaba! Pensar que se había corrido sólo a base de darle mordiscos y mimos en el cuello… me sentía un maestro del sexo, un tipo habilísimo, un… un amo, por vez primera, me sentía un amo de verdad.

     -Amo… debería lavarme. Limpiarme un poco, aunque sólo fuese… - musitó Ocaso, con una adorable sonrisita tímida. Y la verdad que no me apetecía soltarla, pero no quise que se sintiera incómoda, así que la tomé de las manos de nuevo y la llevé al cuarto de baño de mi alcoba, sin soltarla. Mi esclava intentó quitarse ella misma el vestido, pero negué con la cabeza y me coloqué a su espalda para desabrochárselo yo. Si desnudarla como esclavo, cuando me daba la ocasión, ya me encantaba, hacerlo como amo me enloquecía. Ocaso tenía la espalda más bonita que había visto jamás. Hoy traía un sostén blanco, no el negro que le sostenía los pechos sin tapárselos, éste si era entero, y las bragas eran blancas también, aunque ahora estaban chorreantes… no me contuve y me arrodillé y le besé los muslos, las nalgas, acariciándole el vientre y las piernas, y mi ama gemía suavemente, contoneándose bajo mis manos, disfrutando de mis caricias… era indudable que el orgasmo sin penetración, le había dado muchas ganas de jugar…

     Tititití-tititití-tititití-tititití…. ¿Una alarma digital? Mi esclava paró la alarma del reloj que llevaba en su muñeca, y volvió la cara para mirarme, con deliberada lentitud, y la sonrisa que un tigre de hambre atrasada dedicaría a una gacela tullida. ¿YA era medianoche…? De golpe aparte las manos de su piel, levantándolas como si me hubiera encañonado con un revólver, y me hice hacia atrás tan rápido que me caí de culo.

     Me miraba como si temiera que fuera a devorarlo vivo allí mismo. Mi esclavo no sabe lo deseable que es su miedo, y le miré sonriéndole con superioridad, hasta que una sonrisita de “si te digo “guapa-guapa-guapa-por favor”, ¿arreglo algo…?” apareció en su rostro, y, puesto que aún no le había colocado su collar, le tomé del cuello suave de su bonito pijama.

     -Ahora, vamos a ajustar cuentas tú yo… Imbécil. – “Y lo primero de todo, va a ser… ¿porqué nunca te pones esos bonitos pijamas para mí…?”. Casi me avergoncé de pensar aquello, pero admito que lo pensé. Mi Imbécil siempre me recibe limpio, pero nunca con nada especial, porque yo no se lo había pedido. A lo sumo, alguna vez me había recibido desnudo, cosa que me encantaba, aunque nunca se lo decía. Llevábamos viéndonos ya casi dos años, y en todo ese tiempo, nunca se le había ocurrido vestirse de un modo especial para mí, pero con Ocaso llevaba menos de un mes, y se ponía guapo para ella… ¿y yo, qué?

     Había un punto de… frustración, quizá, en la mirada de mi ama cuando me agarró del cuello del pijama y me llevó de nuevo al dormitorio, haciéndome andar a cuatro patas, como le gustaba. Acarició la suave tela de mi ropa y la miró, como con nostalgia, con… codicia. Por un momento pensé si mi ama no tendría… pero lo descarté, era imposible, ¿cómo iba ella a tener… bueno, celos de sí misma…? Pero si no era así, ¿qué motivaba esa mirada entonces? Mi ama pareció darse cuenta que yo estaba notando que algo pasaba por su cabeza, y me agarró de los mofletes con una sola mano, y apretó, se inclinó sobre mí, y… no me besó, más bien me mordió la boca. Rápidamente sacó del cajón de mi cómoda el collar de púas, me lo colocó, y apretó de un tirón. Por un momento me dejó sin aire, mi garganta dio un quejido y dirigí mis manos al collar, mirando a mi ama con los ojos muy abiertos… Mariposa pareció saborear mi ahogo unos momentos, y luego aflojó. Tomé aire con fuerza, estaba casi asustado, mi ama jamás había hecho algo semejante… Pero entonces sus manos de seda acariciaron suavemente mis mejillas, y vi algo en sus ojos que no supe descifrar, pero me pareció comprender que Mariposa no había pretendido hacerme daño, sólo… marcar su territorio.

     “Ten cuidado, Imbécil, te estás metiendo en un terreno muy delicado…” me dije, y no me pareció raro llamarme a mí mismo Imbécil, en lugar de Miguel. En aquél momento, mi nombre era Imbécil, simplemente. “Mariposa dice que no cree en el amor, pero sabe que tú sí lo haces, y si ella llega a pensar que tú quieres más a Ocaso que a Mariposa, se cabreará y perderás a ambas”. Decidí que más valía hoy ser muy obediente y atento, si quería que mi ama quedase contenta de mí. Con una sonrisita cariñosa, froté mi cara contra su pierna y disimuladamente, besé sus rodillas. Mariposa se dio cuenta de mi peloteo, naturalmente, pero pareció complacida por mi sumisión. Tomó su bolsa de deportes y buscó algo en ella.

     -Puede que Ocaso se dé por satisfecha con mordisquitos en el cuello, como una adolescente… pero yo, Imbécil, necesito algo más. – dijo, mientras buscaba, y dio con lo que quería. Sacó las esposas y un dildo de color rosa sujeto a una correa, y la sospecha de lo que pretendía hizo que mi estómago diese un vuelco de pavor.

    -Ama…. ¿no… no querréis… verdad que no…? – balbucí, y mi ama se rió, con su risa de superioridad.

    -Imbécil, no habías dicho una sola palabra hasta ahora, y te aseguro que callado, estás casi guapo. Por eso, vamos a hacer que sigas callado. – Mariposa se me acercó con el arnés y me tapó la nariz, para que abriese la boca, y me embutió el consolador en ella. – Chupa. Lámelo, quiero que quede muy húmedo y calentito…

    No es que me hiciese demasiada gracia, no me gustaba pensar que estaba chupando una polla de plástico, pero… la idea de para qué iba a usarla Mariposa, pese a darme mucho miedo, estaba empezando a hacerme sentir… curiosidad. “Adiós, virginidad anal”, pensé. Mi ama movía el dildo dentro de mi boca, introduciéndolo y retirándolo, haciendo círculos, para que quedase empapado. Se arrodilló junto a mí y me esposó, y mientras seguía moviendo el aparato, empezó a acariciarme la cara, el cuello, los brazos… gemí sin poder contenerme, y un hilillo de babas cayó del consolador, mucho más húmedo ahora. Mi ama fue bajando la mano sin ninguna prisa, hasta llegar a mi sexo, y apenas lo rozó, todo mi cuerpo tembló de gusto y me estremecí entre sus brazos, dando cabeceos contra ella, moviendo las caderas y gimiendo tiernamente, rogando con todo mi cuerpo porque me acariciase un poquito más y me dejase a gusto… Pero mi ama sonrió de nuevo.

     -Parece que ya estás en el punto que yo quiero. – musitó, justo en mi oreja, y me mordió suavemente. Sacó el dildo de mi boca produciendo un chasquido, y descubrí que ahora lo echaba de menos, me gustaba tener algo en la boca… Mariposa le dio la vuelta al juguete, pero no se puso ella el arnés… me lo puso a mí, lo sujetó en mi cara, de modo que mordía la base del mismo y la cinta se cerraba en mi nuca. Me hizo darme la vuelta y mirarme en el espejo del armario. – Mírate… ahora, tienes dos pollas, ¿qué te parece?

    No me parecía nada, no lo entendía… ¿Mariposa no quería penetrarme por detrás? Mi mirada de extrañeza debió reflejar mi pensamiento  con mayor claridad de lo que yo pensaba, porque mi ama se rió con ganas.

    -No, Imbécil, hoy no voy a jugar en tu trasero, aunque quizá un día lo hagamos… eso te gustaría, pequeño vicioso, ¿verdad? – susurró, haciéndome cosquillas en la tripa con su dedo índice, y yo no quería asentir, no quería… pero lo hice. – Qué chico tan malo… pero no, hoy vas a servirme para sostener mi placer. Túmbate.

     Como pude, me dejé caer de lado y luego boca arriba, el dildo apuntaba hacia el techo como un mástil, y Mariposa se arrodilló, conmigo entre sus piernas. Entonces, entendí que no quería que yo hiciera nada, más que estar ahí, iba a divertirse con la falsa polla, y a mí que me zurcieran. Quise sentirme celoso, molesto… pero entonces mi ama me acarició suavemente el cabello, las orejas, y tuve que cerrar los ojos de gusto. Los abrí cuando oí un gemido. Mi ama estaba empalándose suavemente en el consolador.

    “Es más grande que la mía…” pensé, descorazonado, mientras mi ama empezaba a brincar sin reparos. Como Miguel, me sentía dolido, una de las pocas veces que mi ama quería penetración, y se sacaba las ganas con un dildo, ¿por qué no me usaba a mí…? De acuerdo, la mía no era tan grande, pero… estaba ahí, dispuesta a hacerla gozar todo cuanto ella quisiera… Como Imbécil, sólo era capaz de extasiarme en el bendito aroma de su coño que inundaba mi nariz cada vez que ella bajaba, y pensar “sí, ama, daos placer, utilizadme, tened otro de vuestros orgasmos húmedos, empapadme de vuestro gozo, sí….”. Y por más que me dolía, esa segunda parte iba ganando terreno a la primera conforme las bajadas de mi ama sobre el miembro de plástico se iban haciendo más aceleradas y sus gemidos más evidentes.

     -Aaah… así… qué quietecito te estás, Imbécil… mmmmh, eso es, no te muevas, qué bien te portas…. – sonreía mi ama. Y conforme su excitación crecía, su risa iba perdiendo superioridad para ganar en naturalidad y ternura, como siempre le sucedía; el goce sexual le hacía bajar la guardia. Mi respiración estaba desordenada y me costaba cada vez más quedarme quieto, pero obedecí, intentando incluso respirar más suavemente para no estorbarla en lo más mínimo. Mariposa llevó su mano derecha a su sexo, y empezó a acariciarse también el clítoris… ¡Dios! ¡Qué precioso era! Me estaba ahogando en mi propia saliva de las ganas que tenía de chupárselo, de sentir, como otras veces, cómo esa pequeña perlita se estremecía entre mis labios en el momento mágico… pero ahora, sólo podía mirarla fugazmente cada vez que mi ama pasaba sus dedos por encima.

    El coño de Mariposa subía y bajaba de mi cara, yo tenía los ojos fijos en él, ni siquiera parpadeaba, no podía dejar de mirarlo… arriba, abajo, arriba, abajo… ahora daba círculos… la humedad de mi ama resbalaba por el dildo, pero yo no miraba la falsa polla ya, sólo su sexo, acercándose y alejándose de mí alternativamente, y aunque hubiera querido mirarla a los ojos, ver su placer en su rostro, me era imposible. La oía ya no gemir, sino directamente jadear, y sus movimientos eran más veloces cada vez, sus penetraciones más profundas, y sus dedos volaban sobre su garbancito jugoso… y mi polla gritaba por atención, la notaba palpitar de ganas, pedir a gritos su parte en la fiesta, pero, ¿qué más daba, si esos gritos tan sólo los oía yo… y les hacía el mismo caso que quien no lo oía, es decir, ninguno? Me iban a reventar los huevos y no me importaba, quería seguir mirando, quería verla correrse sobre mí… los jadeos de mi ama eran música en mis oídos, y noté cómo subían de tono… Mi ama gritó, detuvo de golpe sus movimientos y por el rabillo del ojo, vi sus muslos dar un temblor de placer, ¡se había corrido…! Elevó su coño y lo abrió bien con la mano con la que se acariciaba, y gemí con tal fuerza ante la visión, que me pareció que mi pecho ardía por dentro… ¡se cerraba…. Me dejaba verlo, quería que yo mirase cómo se cerraba sobre sí mismo, y me bebí las graciosas contracciones que hacían sus carnes, embriagadas de placer, el tierno agujerito cerrándose y abriéndose, como si…! “Como si me tirase besitos…” pensé estúpidamente, pero el pensamiento me sacó de quicio una vez más, y el dolor de mis huevos y mis ansias por recibir placer me hicieron morder la base del dildo y revolverme dando rugidos, intentando ferozmente frotarme contra la maqueta, con los muslos o con lo que fuera, pero tenía que descargarme de alguna manera.

      -Imbécil… te has portado muy bien. – musitó mi ama, sonriéndome con dulzura, mientras me desabrochaba la cinta de la nuca que sujetaba el dildo a mi cara. Tenía sus brazos tan cerca que sentí el feroz deseo de besárselos a mordiscos, realmente barajé la idea de tirarme sobre ella y hacerla mía, sólo yo mismo sé lo que me costó tirar de mi propio deseo y cobrar un poco de lucidez… aún en el caso de que lo consiguiera, ni Ocaso ni Mariposa querrían volver a verme. – Levanta.

   Mi ama me tomó de las manos esposadas y me ayudó a ponerme de pie. Estuve a punto de rogarle que por favor, por favor me dejara al menos masturbarme, pero entonces me quitó las esposas y un grito ahogado salió de su garganta.

    -¿¡Imbécil, qué te has hecho?! – me miré. Tenías las muñecas rojas y despellejadas. Las esposas estaban afelpadas, sí, pero yo había pegado tales tirones de ellas y me había revuelto tan salvajemente, que aún así me las había arreglado para hacerme daño. Estuve a punto de contestar que no era nada, que ni me dolía siquiera, pero Mariposa tiró de mí al cuarto de baño y me lavó suavemente las muñecas con agua tibia y jabón, sacó la crema hidratante y la aplicó, acariciándome dulcemente… Me miró a los ojos - Imbécil.

    -¿Sí….?

    -Babeas. – cerré la boca al instante, y Mariposa sonrió, y me besó las muñecas, sin dejar de mirarme… gemí como un perrito, otra parte de mi cuerpo también estaba babeando, y esa sí que no la podía parar sólo cerrando la boca. Mi ama se dio cuenta y de nuevo me llevó a la alcoba, pero esta vez, me agarró de mi erección. Muy suavemente… me sentía caminar entre nubes, mi erección se había bajado un poco con el susto de Mariposa, pero apenas ella la tocó, volvía a tener unas ganas tremendas de correrme.

     -Dime, Imbécil – preguntó mi ama, sentándose en la cama, dejándome a mí de pie frente a ella – Si Ocaso, Milady, estuviera ahora aquí, ¿qué querrías que te hiciera?

     ¿Por qué Mariposa tenía que preguntarme siempre esas cosas JUSTO cuando yo tenía activado el cerebro de la entrepierna? No hay quien pueda ser romántico con una erección de caballo…

     -Querría que… querría que ella también me diese gusto a mí… un poquito. – confesé. Mi ama sonrió con superioridad y le dio una tobita juguetona a mi miembro, haciendo que me doblase de gusto y ganas.

     -¿Te gustaría que ella te chupase esta cosita…? – preguntó, mientras paseaba su dedo índice por mi glande empapado, y yo ya no podía casi hablar, así que asentí, jadeando más que hablando.  - ¿Y te gustaría que se tragase tu semen? Contesta, ¿querrías que ella se tragase tu semen?

     -Sólo… oooh… sólo si ella quiere, ama, ¡sólo si ella quiere…! – Tenía que morderme los puños, un reguero de cosquillas insoportables se expandía por el capullo cuando ella lo rozaba. De golpe paró, y cuando la miré, vi que la pregunta seguía en sus ojos, porque no había contestado con sinceridad completa. – Pero… admito, ama, que me haría ilusión… - Mariposa sonrió abiertamente, y ante mi estupor, se metió mi polla en la boca. - ¡Ooooooooooooh, Dioooooos…..!

     Grité sin poder contenerme, mis piernas temblaron y tuve la sensación de que no tocaba el suelo, ¡me estaba chupando! ¡Mariposa me estaba chupando por primera vez, ella jamás… ella nunca… aaaaaaaaaaaaah, me mataba de gustooooo…!

     -Ama…. ¡Ama, me volvéis loco, amaaaAAAAAAAAH…! – Todo mi cuerpo temblaba, sentía que me iba a desmoronar, mis piernas parecían gelatina, y mi ama sonreía, el vaho de su risa me cosquilleaba la piel, haah, era estupendo, oooh, Dios, qué bien lo hacía… mi glande estaba empapado de saliva, su boquita se deslizaba por mi polla, haaaah, qué suave, qué calentito y suave, me encantaba… las manos de mi ama me acariciaban la piel, el tronco de la polla, los huevos… mmmmh, qué rico… las nalgas, donde daban apretones, las piernas, las corvas… ¡ah, cosquillas no, cosquillas no, ama, que me caigo, no me aguanto de pie….!

     Mmmmmh, era delicioso, absolutamente perfecto… mi ama se sacó el capullo de la boca y le dio lamentoncitos, mirándome a los ojos… y no supe si quien me miraba era Ocaso, o Mariposa… o ambas. Sea quien fuese, estaba disfrutando con darme placer, no lo hacía por compromiso, lo hacía porque quería, y le gustaba ver lo bien que yo lo pasaba… eso ya fue demasiado. Me maldije por ser rápido, yo quería seguir disfrutando más, ¡lo hacía muy bien…! Pero lo hacía TAN bien, que me venció por completo, noté la dulzura cálida de la descarga tirar de mis huevos hasta mis nalgas y contraerlas cuando mi polla explotó dentro de la boquita de Mariposa, quien succionó y tragó con fuerza, chupando para dejarme seco, y el placer se expandió, cálido, dulce, por todo mi cuerpo, dejando desmadejado, pero feliz, a gusto… y con todo el cuarto dándome vueltas. Sentí vagamente que alguien tiraba de mis caderas y me dejé caer, aterricé de lado sobre la cama. Durante unos segundos, no vi nada ni oí nada. Ni siquiera era muy consciente de donde estaba, sólo sabía que el amor de mi vida acababa de hacer de mí el hombre más feliz del mundo, todo lo demás, no era importante. La risa de mi ama me devolvió a la realidad.

      -Creo que te has mareado un poco, Imbécil. – me sonrió – Sin duda, llevabas demasiado tiempo con la sangre agolpada “ahí”, y respirando muy deprisa. – La oía, pero no la escuchaba… Me había chupado. Mariposa me había hecho sexo oral, el más dulce de mi vida, el más placentero, el más… el mejor. La acaricié de los brazos, mirándole los labios, quería que me besara…

     -Ama…. Gracias, gracias… me habéis hecho muy feliz, gracias…

     -Imbécil, para. – se rió, era su risa dulce, cariñosa. – Sólo te he hecho una mamada, no te he salvado la vida, ¿tanto te ha gustado?

     -Me ha encantado ama, soy muy feliz, estoy muy contento… - la garganta se me atascaba, detestaba ser tan sensiblón, pero es que… ¡me sentía tan bien en ese momento, me había hecho tanta ilusión…! Mi ama me besó la nariz, y pareció a punto de retirarse, pero se lo pensó mejor y me concedió su boca, metiéndome la lengua dulcemente… no me impidió que la abrazase por la nuca y le acariciase la espalda.

     -Cuando tú te portas bien, yo me porto bien, Imbécil. No te acostumbres, pero te merecías un regalo por ser bueno. Y ahora, ya va siendo hora de dormir. – Asentí. Estaba roto, y nos metimos en la cama. Mi ama suele dormir boca arriba, con la cabeza de lado, y cuando está de buen humor, me deja abrazarme a ella, y si está de muy buenas, me pasa un brazo por encima. Esa noche lo hizo. Y yo me sentía tan afortunado, que hundí mi cara en su pecho, sonriendo, y… y vi el reloj de mi mesilla.

     -¡Ama! – respingué – ¡Pero si AHORA son las doce!

     -¿Mmmh…? ¿Y qué con eso, Imbécil? – Me sonrió. Una sonrisa cínica y de diablesa. Una parte de mí quería dejarse seducir por su truco, pero Miguel se sintió indignado.

     -¡Ese, no era el trato, se… se suponía que yo tenía a Ocaso hasta ésta misma hora, ¿a qué hora sonó vuestro reloj?!

      -Creo recordar que lo puse a eso de las diez. – quise protestar de nuevo, pero Mariposa retiró el brazo con el que me abrazaba para amonestarme – No pretendas poner pegas. La culpa ha sido tuya, como amo, ¿quién te manda fiarte del reloj de un esclavo? Es tu obligación llevar el tiempo, debiste confirmar en ese momento la hora que era, Ocaso se ha reído de ti, tienes mucho que aprender como amo.

     No me quedaba otra que derrotarme, no podía discutir con Mariposa, estaba en lo cierto… agaché la cabeza y me acurruqué de nuevo junto a ella, esperando mostrarme lo suficientemente sumiso y buenecito para que ella… sí, de nuevo me abrazó y suspiré de felicidad. Sobre todo al recordar que, puesto que Ocaso me había engañado, se había hecho acreedora a un castigo…