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martes, 11 de febrero de 2014

Con piel de cordero


     -…Y allí estaban todos, mirándome. Y la verdad que me daba un corte espantoso, horrible, pero por otra parte, sentía que todos me estaban escuchando, que lo estaba haciendo bien… que estaba haciendo lo justo. Estaba ganando al matón de clase sólo con palabras. – Guillermo me escuchaba, me escuchaba con verdadero interés. No me miraba los pechos, no intentaba jugar bajo la mesa, ni siquiera tomarme de la mano, sólo me escuchaba con toda su simpatía. Era absolutamente perfecto. Y como era natural, ÉL, llegó para estropearlo. Mi móvil empezó a sonar, era mi jefe, Jean Fidel, miré de reojo al aparato, pero rechacé la llamada y seguí contando – Lo malo fue que el matón decidió pegarme antes de que le ganase del todo, y me tiró al suelo de un empujón, pero entonces, el resto de los chicos empezaron a decir “tenía razón, Thais tiene razón…”, y todos juntos hicieron frente al matón, y empezaron a tirarle barro, y las niñas le tiraron zapatos, y entre todos le hicimos huir, y me felicitaron… Yo tenía sólo ocho años, pero fue entonces cuando decidí que quería ser abogado. Quería defender a los demás, y hacerlo usando las palabras, convenciendo a todo el mundo.

     -Es una gran historia, Thais. Eres una persona fascinante. – me miraba directamente a los ojos, y me sonrojé.

    -Oh, bueno… - sonreí. – sólo es una anécdota de mi niñez.

    -Una anécdota que prueba que eres una persona increíblemente valiente, y que desde niña tuvo muy clara su vocación… - y volvió a sonar el teléfono. Puse cara de incomodidad y suspiré, agarré el móvil y me dispuse a rechazar otra vez la llamada, pero Guillermo me detuvo el gesto – Por mí no lo hagas, contesta si quieres.

     -Pero no quiero. – contesté, y directamente apagué el teléfono y me lo guardé en el bolso. Guillermo me sonrió abiertamente y apoyó la barbilla en las manos. Cada vez me gustaba más. Yo trabajaba para Jean, era un grandísimo abogado, y un grandísimo granuja, que se había aprovechado de mi debilidad… yo era alérgica a la música. Las ondas sonoras producían un extraño efecto en mí, me dejaban embobada, totalmente a merced de cualquiera, y podía sentirme impelida a llevar a la práctica la letra de la canción, y como la mayor parte de las canciones suelen hablar de amor o sentimientos… vamos, que le bastaba con tararear para convertirme en su esclava sexual. Al principio, me había molestado. Luego, lo había tomado como una diversión, porque realmente, era divertido tener sexo con un sátiro vicioso como Jean… pero ahora, había conocido a Guillermo Durán. Él también era abogado, le había conocido en un juicio en el que precisamente le había ganado, y me había dado apoyo en momentos difíciles, sin pedir nada a cambio. Nos estábamos conociendo, y nos caíamos bien… o al menos, él me caía bien, muy bien a mí. Cada vez que le tenía cerca, que me llamaba, o que se me quedaba mirando fijamente, yo sentía un temblor en el estómago verdaderamente agradable, que no recordaba haber sentido jamás.

     Debido a mi problema, había tenido sexo muchísimas veces, y a veces no sólo con una persona, o no sólo con hombres… pero podía decir que nunca, nunca, me había enamorado, ni tonteado con nadie. No daba tiempo a ello, mi parte sexual se comía todo el pastel apenas tenía la menor ocasión, sin dejar nada para después, sin dejar sitio para sentimientos, o ternura… Por primera vez, estaba sintiendo algo más allá del cosquilleo sensual. Estaba sintiendo emociones, y eran estupendas. Me moría de ganas de comérmele vivo, de besarnos, acariciarnos… pero Guillermo era un caballero, y respetaba mi espacio. Parecía como si… como si quisiera hacerme sentir muy cómoda, ir despacio y darnos tiempo. A veces, se quedaba a punto de tocarme, de pasarme un brazo por los hombros o darme la mano, pero en el último momento, como si temiera que yo le rechazase, se frenaba, y me sonreía. Una sonrisa preciosa, la más bonita que había visto jamás.  En esos momentos, tenía ganas de lanzarme en sus brazos y apretarle contra mí, pero yo también me contenía. Era asombrosamente bueno contenerse.

     Una hora larga más tarde, dejamos la heladería donde estábamos, y me acompañó a mi casa. Caminamos despacio, disfrutando de la tarde soleada, y de nuestra… ¿qué era exactamente? ¿Nuestra amistad? ¿Nuestra incipiente relación? ¿Nuestro… enamoramiento lento, dulce y perfecto? Mi corazón saltaba de modo maravilloso cada vez que nos mirábamos, mis rodillas temblaban y tenía ganas de saltar. Había muchos hombres, Jean entre ellos, que me habían dado placeres físicos inenarrables, que habían descubierto puntos en mi cuerpo que podían hacerme aullar de gusto… pero Guillermo me daba placeres sentimentales aún mayores, y había descubierto también puntos mágicos, pero esta vez, en mi corazón. Cuando lo pensaba, me daban ganas de llorar de alegría. Casi inconscientemente, al caminar a su lado, en uno de los movimientos de mi brazo, rocé el suyo, y una descarga eléctrica puso de punta el vello de mi brazo. Nos miramos, y Guillermo me dedicó una sonrisa extasiada, y no fue capaz de sostenerme la mirada cuando me tomó la mano. Yo me quedé sin aliento, literalmente no podía respirar, sólo acerté a apretar sus dedos entre los míos, convencida de que no tocaba el suelo, caminaba entre nubes…

    -Bueno… hemos llegado. – anuncié, tontamente según me pareció, cuando llegamos al portal del edificio donde tenía mi casa. Notaba muchísimo calor en la cara y una sensación de felicidad imposible de describir. Guillermo me miraba, sonriente, sin soltarme la mano, moviendo el brazo de lado a lado, como si quisiera decir algo y no se atreviera. - ¿No quieres… Te apetece… subir, y tomar un café? – Mi parte “normal” es muy tímida, y más aún con un hombre que tenía hacia mí sentimientos amorosos, y no puramente carnales… Guillermo sonrió con una pizca de incomodidad, y temí haber metido la pata.

     -Thais, quiero realmente subir a tu casa – el tono de su voz me calmó – Pero sé que si subo… acabaré intentando “algo” contigo. Y, sabiendo que has trabajado para ese sátiro libertino que es Jean, no quisiera que pensaras que todos los hombres somos iguales, o que yo soy como él, o… Voy a serte franco, Thais: quiero que nos sigamos viendo, pero no sólo “como amigos”, ni sólo para tener sexo. Y precisamente por eso, creo que sería mejor que evitásemos tentaciones durante un tiempo. No quiero que pienses que “voy a lo que voy”, ni quiero tampoco que tú me tomes a mí por una diversión… ¿qué me dices? ¿Quieres esperar?

     “No quiere sexo de mí… no le importa esperar… quiere esperar…” Mi cerebro me hablaba a través de una cortina de nubes rosadas, flores, arcoíris y música de violín.

    -Digo “Sí, quiero”. – contesté con toda intención, con una sonrisa embobada en el rostro. Guillermo me devolvió la misma sonrisa, y dando un paso hacia mí, me besó en la mejilla. Al separarse, pareció pensárselo mejor, y me dio un rápido beso en los labios, sin abrirlos, y yo no pude dejar de reír mientras subía los escalones hasta el portal. Desde arriba de la escalera le dije adiós, y él me saludó con la mano sin irse. Entré en el portal y le tiré un beso, diciéndole adiós de nuevo, y me volví dos o tres veces hasta que llegué al ascensor y lo llamé, y Guillermo se quedó en la calle todo el rato, con esa deliciosa sonrisa, hasta que llegó el ascensor y finalmente desaparecí de su vista.

     Ya dentro de la cabina, no pude evitar ponerme a dar saltitos y emití un “¡yiiiiiiiiiiiiiiiiiii!” de alegría, ¡era feliz, eran tan feliz! Yo no sabía que era tan maravilloso estar enamorada, en ese momento me sentía capaz de todo, dispuesta a todo, e incapaz de enfadarme, molestarme o entristecerme por nada.

    -¡Ya era AÑO! ¿¡Tienes idea de cuánto tiempo llevo esperando aquí?! – “Está bien, CASI nada”, me dije al ver a Jean en el descansillo apenas se abrió la puerta del ascensor.

     -¿Se puede saber qué haces en mi casa? – mi humor había cambiado con una rapidez increíble.

     -En primer lugar, no estoy en tu casa, sino en el descansillo, y te garantizo que no es precisamente cómodo; no hay aire acondicionado, la moqueta está sucia, y ninguno de tus vecinos tiene copia de tus llaves. ¿Sabes lo irresponsable que es eso? ¿Sabes que si alguna vez, accidentalmente, te dejas las llaves dentro, tendrás forzosamente que pasar la noche fuera o llamar a un cerrajero que te cobrará un dineral? – Él intentaba colarse en mi casa, y al no conseguirlo, mágicamente la culpa la tenía yo; Jean era un buen abogado por cosas así. Pero también era una persona cargante, imposible e inmoral precisamente por el mismo motivo.

     -Jean, corta el rollo, ¿qué haces aquí?

     -¿Qué qué hago aquí…? ¡Venir a verte! Te he llamado unas diez veces esta tarde, no me contestabas, y finalmente apagaste el móvil, estaba preocupado, ¿no puede un amigo preocuparse por su amiga? – Tenía la mano apoyada en el dintel de mi puerta, esperando que yo abriera para colarse enseguida, y había hablado casi con ansiedad, como si realmente su preocupación fuese honesta… pero yo no pensaba abrir la puerta mientras él siguiese allí, y ya tenía tiempo de conocerle para saber que su única preocupación, era saber si esa tarde habría sexo, y si no, propiciarlo aprovechándose de mi secreto.

     -Jean, tu concepto de la amistad, no coincide ya con el mío. – Su estupor le hizo apartarse momentáneamente de la puerta, y aproveché para meter la llave, y de inmediato, se arrimó de nuevo.

     -Thais… - se forzó a sonreír - ¿Qué quieres decir? Cuando estuve en el hospital por mi apendicitis, que tú provocaste con sexo…

    -¿Que yo provo…? ¿Quién se puso a tararear, a sabiendas de lo que eso produciría?

    -¿Quién sabía a ciencia cierta que yo intentaría cualquier cosa para desbocarte, y no tomó ninguna precaución? – intenté protestar de nuevo, pero Jean me tapó con su voz – Thais, cuando una persona sufre un robo, la culpa es del ladrón sin lugar a dudas, pero si esa persona se pone a contar billetes de quinientos euros en plena calle, a la vista de otra persona que sabe que es un carterista profesional, está propiciando ese robo. Y eso fue lo que hiciste tú, tienes que reconocerlo… Pero no es eso lo que importa. Lo que importa, es que en el hospital, tú misma dijiste que éramos amigos. De eso, hace apenas unos meses, ¿puedo saber en qué difiere ahora tu concepto de la amistad?

    -Para empezar, un amigo es alguien que, conociendo mi debilidad, no se aprovecha de ella de una manera tan sucia.

    -Entonces, eso debiste habérmelo dicho en ése momento, no tres meses más tarde… - De nuevo intenté contestar, pero Jean cruzó el brazo para apoyarse en el otro lado del marco de la puerta, cerrándome el paso a mi casa, y sonrió. Esa sonrisa tan suya que le marca los mofletes y le resalta la nariz gordita, y le hace entrecerrar los ojos pícaros tan negros… ¡y que detesto! – Thais, soy abogado, he sido tu jefe, sabes cómo trabajo y cómo argumento… No puedes darme una excusa que yo no sea capaz de rebatir y destrozar. Así que… ¿qué te parece si directamente me dejas pasar y lo discutimos más tranquilamente? – amplió la sonrisa para añadir – Llevo mantequilla fresca en el maletín.

    “¡Serás GUARRO!” pensé sin poder contenerme, y estuve a punto, a punto de decírselo… pero me contuve. Eso, era lo que pretendía, hacerme perder el control, sacarme de mis casillas. ¿De modo que era muuyyyyyyyyy buen abogado, verdad? ¿Podía rebatir y destrozar todo lo que yo dijera, verdad? Muy bien, vamos a comprobar esa serenidad de ánimo.

    -Jean, voy a casarme.

    -¡¿QUÉ?! - ¡Funcionó! La sorpresa le hizo moverse y logré abrir la puerta, pero a la décima de segundo se repuso y de nuevo cruzó el brazo, impidiéndome que entrara. – No… no te creo.

     -Pues créetelo. Estoy saliendo con Guillermo Durán, y vamos en serio, acabo de estar con él, puedes preguntárselo.

    -¿Guiller…? No, Thais, no puedes hacer eso. – intenté escabullirme por debajo de su brazo, y él se movió por la puerta, tratando de cortarme el paso, parecíamos dos críos haciendo el tonto.

    -¡Huy que no! ¡Espérate y verás si puedo! – protesté, intentando esquivarle.

    -Pero es que eso significa… significa que… - parecía a punto de echarse a llorar, estaba tan cómico que quise reír, pero me obligué a recordar lo cerdo que era.

    -¿Significa que qué?

    -Pues que… ¡que harás el amor con alguien, sin necesidad de música! – se lamentó, y solté un “¡OH!” de indignación y casi de asco, ¿cómo podía ser tan pervertido, es que sólo era capaz de pensar en eso? Aprovechando su momento de “tristeza”, logré al fin escaparme bajo su brazo, pasé a mi casa y cerré de un portazo, pero aún así le oí detrás de mi puerta - ¿¡Por qué no es conmigoooooooooooooooooooo….?! – “…Voy a tener que buscarme otra casa”, pensé.



****************


     Guillermo oyó el timbre de su teléfono y lo cogió, pero cuando vio el número del que se trataba, sonrió y esperó tres toques más antes de descolgar.

     -¿Si…? – preguntó, retóricamente.

     -Durán, soy yo. – La voz de Fidel destilaba rabia. Y cómo se alegraba. – Dice mi pasante que vais a casaros.

      -Jean, ella ya no es tu pasante… y me alegra que me hayas dado la noticia, yo le dije sólo que quería con ella una relación estable, me encanta saber que la tengo tan en el bote.

     -Guillermo, lo que estás haciendo es una puerca y miserable canallada, que…

     -Ahórrate la retórica, querido enemigo y colega. Lo que estoy haciendo, es exactamente lo mismo que hiciste tú, te recuerdo. Y ni siquiera llego a tu nivel, Thais y tú solamente os acostabais, Elisa estaba prometida conmigo, cuando tú llegaste y me la arrebataste.

     -Escucha, de acuerdo, fui un cerdo, un cabrón, seduje a tu novia sólo porque estaba harto de la envidia que me dabais, de acuerdo. Rompí tu matrimonio antes de que se produjera, Elisa te abandonó por culpa mía, tienes razón en todo… Pero págalo conmigo, no con ella, ¿qué culpa tiene Thais?

    -¿Qué culpa tenía Elisa? Ninguna, igual que Thais, simplemente estaba en medio de ti y de mí. Tú no la querías, pero te la tiraste sólo para hacerme daño. Y lo lograste. Pues lo siento mucho por ella, pero está en la misma situación, en medio de ti y de mí, y voy a hacer exactamente lo mismo: voy a tirármela, sólo para hacerte daño.

    -Durán… ¿no te das cuenta que haciendo eso, sólo te pones a mi nivel? ¿De verdad quieres ser como yo, quieres ser un capullo, un cabrito, un gusano?

    -No te des golpes de pecho, que es inútil, Jean… Con el cuentecito de “no ponerse a tu nivel”, te llevas escaqueando y yéndote de rositas toda la vida. Pues ya va siendo hora que alguien te ponga en tu sitio, y me alegro de ser yo. Si te molesta que haga daño a Thais, piensa quién tiene la culpa de ello. ¿Quién lleva siendo un pervertido desde su primera erección? ¿Quién quería dejar de ser “Jeanny Hierros”, y no por mejoramiento personal, sino sólo para dar por los morros y aprovecharse de todas las tías que se habían reído de su aparato dental, su acné, y su cuerpo desgarbado? ¿Quién ha convertido cada conquista en una pequeña venganza personal contra el género femenino, y ha sido incapaz de querer a nadie…? ¿Quién me quitó a la que ya prácticamente era mi mujer, sólo por quedar por encima? Sólo por envidia, porque era incapaz de darse a nadie, y por lo tanto, sabía que nadie le querría nunca… - Jean guardó silencio. – Exacto. Si tú me hubieras dejado en paz, si hubieras dejado en paz a Elisa, yo ahora sería un hombre felizmente casado.

     -¡Serías un hombre felizmente cornudo! – masculló Jean sin poder contenerse. – Yo la seduje, yo rompí vuestro compromiso, yo te hice daño a ti, y también la hice daño a ella cuando se dio cuenta de qué había hecho y por qué… pero nunca le mentí, nunca le dije que estuviese enamorado de ella, sólo le hice proposiciones de sexo, y ella aceptó, a sabiendas de que no era más que un revolcón. Si lo hizo conmigo a tres días de su boda, lo hubiera hecho con cualquiera, más tarde o más temprano, yo sólo te abrí los ojos, casi deberías estarme agradecido.

     -Si lo hubiese hecho o no, es algo que, “gracias a ti”, ya no podré saber nunca.

     -Durán, escucha… mira, sé que siempre has querido ser socio de la firma de Mendoza y Guzmán, y yo les conozco bien, puedo hacer que te cojan de Consejero de Dirección, dentro de pocos meses, uno de su círculo se jubila, y tú…

     -Dios mío… - sonrió Guillermo. – Esa chica te importa de verdad. No sé qué verás en ella, es mona, pero es muy sosilla, y parece tener una edad mental de quince años, pero… a ti te importa. Nunca soñé con dar con algo así para tomarme la revancha. Te garantizo que lo voy a disfrutar. Cuando me meta dentro de ella y piense que estoy justo donde a ti te gustaría estar, que me estoy llevando yo, lo que te importa a ti… me va a costar horrores aguantar más de un minuto. – Jean intentó aún decir algo más, atacar por otro lado, pero Durán se rió con cinismo – Venga, Fidel, ¿de qué te quejas? De todos modos, te dejaré las sobras. Cuando, después de algún tiempo, le diga que no quiero nada, que he perdido la ilusión o cualquier tontería, la pobre se quedará hecha polvo, y… “alguien” tendrá que consolarla. Te la estoy poniendo en bandeja, casi deberías estarme agradecido. – Jean colgó. Durán tuvo la impresión que, de haberse tratado de un teléfono de mesa en lugar de un móvil, su querido enemigo hubiera colgado estrellando el auricular contra el aparato. Y sonrió.

     No le faltaba razón. Jean contempló el móvil en su mano, cerró el puño, y lo estrelló contra la pared. Y de inmediato, se le desencajó la cara de dolor, y se puso a soplarse la mano, ¡se había hecho polvo…!

     En el pasado, hacía como cuatro años, Guillermo había estado prometido con una chica preciosa, Elisa. Se conocían desde la facultad y siempre habían sido los perfectos tortolitos, siempre haciéndose arrumacos, un besito por aquí y otro por allá, “cuelga tú primero” cuando se llamaban… estar cerca de ellos, era acabar hiperglucémico. Durán le pidió matrimonio de rodillas, en medio de un programa de televisión, y no dejaba de presumir de lo feliz que era, de que el amor era algo maravilloso… qué pena que “otros”, en su búsqueda de sexo como perros en celo, no fueran a catarlo jamás, decía. Jean pensó en darle una lección, y aunque era cierto que las continuas zalamerías que se traían él y Elisa le irritaban, no era menos cierto que les tenía una envidia brutal. Cuando a él le llamaba alguna chica, era para pedirle que le devolviera las bragas. De modo que se propuso seducir a Elisa. Lo cierto es que no pretendía llegar hasta la cama con ella, sólo que ella aceptase salir con él, quizá que se besaran, y demostrarle así a Durán que su perfecto amor, bien podía hacer aguas… pero resultó que Elisa, que sólo había tenido relaciones con Guillermo, tenía el capricho de darse un homenaje con otra persona antes de atarse para siempre, y la cosa fue mucho más rodada de lo que esperaba Jean, y él sabía que debió haberse parado, tuvo que haberse detenido,… pero no fue capaz. En el mismo coche de Jean, aparcados en la calle, aunque de noche, el abogado se había encontrado debajo de la aparentemente puritana Elisa, a quien tuvo que tapar la boca con las manos, porque no dejaba de gritar.

     La joven le confesó que él había sido su primer orgasmo, y Jean se sintió como una mierda. Acababa de romper una pareja, y lo sabía. Elisa, con Durán, fingía ser una recatada doncella, porque eso era lo que le gustaba a él, pero con Jean no tenía por qué fingir nada, y se había soltado… Jean intentó convencerla de que hablase con Guillermo, el sexo siempre se podía mejorar, si lo sabría él… pero Elisa se negó, dijo que, después de haber probado cómo era el sexo con un tío que ya iba enseñadito, no estaba dispuesta a tener que ser ella la que enseñase, que ya había perdido bastantes noches con él. Elisa rompió su compromiso, y, que él supiera, había tenido varios líos en los últimos años. Durán no había dejado de perseguirla, pero ella se negaba a volver.

     Con toda justicia, Guillermo culpaba a Jean de todo lo sucedido, y desde entonces había intentado devolvérsela, y se había quedado con las ganas. Sentimentalmente, Jean no estaba atado a nadie, sus compañeras sexuales eran sólo rollos de una noche. Profesionalmente, era uno de los mejores, era casi imposible robarle una victoria… pero mira por dónde, que había aparecido Thais, y el imbécil de Jean, atraído primero por su extravagante timidez, y casi enseguida por la alergia a la música que la convertía en una tigresa, no había tenido mejor idea que desarrollar una debilidad por ella. Y esa debilidad, la había convertido en el blanco de la venganza de Durán. Sabía que tenía que protegerla, tenía que evitar que Guillermo se aprovechase de ella y le rompiese el corazón, tenía que impedirlo… pero no sabía cómo.


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     -Entonces, en tu casa, a las nueve… Thais, ¿de verdad estás segura?... Claro que yo lo estoy, sueño con ello… pero no quiero que te sientas obligada por mí… De acuerdo, simplemente si sucede, no lo impediremos. Thais… te quiero. – Durán oyó al otro lado un suspiro que casi parecía un sollozo, y colgó con una gran sonrisa. Jean se creía muy listo, un conquistador, pero la verdad que era muy fácil. Habían pasado un par de semanas desde la cita en la heladería, y desde entonces se habían visto casi todos los días. Él se daba cuenta que Thais estaba loca por él, y tenía ganas de él, le deseaba… pero haciéndose esperar, después podría decirle que él no se había aprovechado de ella, que había sido ella quien siempre había querido. No era la primera vez que le invitaba a cenar en su casa, pero hasta el momento, él siempre había rehusado. Ahora, había aceptado. Esa noche, llevaría a cabo su venganza. Con una sonrisa de complacencia, lanzó una moneda al limpiabotas que le lustraba los zapatos, se levantó y se marchó.

     Ni diez segundos más tarde, apareció Jean, se sentó en el mismo asiento que había ocupado Durán y abrió su periódico.

     -Esta noche irá a su casa, a las nueve. Cenarán allí juntos y solos. Le ha dejado caer que habrá sexo, y le ha dicho que la quiere. – La voz del limpiabotas, desde debajo de la gorra gris y sucia, llegó perfectamente hasta Jean, quien no pareció darse por aludido, pero al levantarse, fingiendo estrechar la mano del limpia, le pasó un billete de cien euros. Éste se lo guardó rápidamente… ay, quién le había visto y quién le veía ahora, y pensar que él había sido concejal de urbanismo, director gerente de una empresa y hasta dueño de un equipo de fútbol… Y un día, se cruza en tu camino Luciano Carvallo, Inspector de Hacienda, y todo se va a la mierda…



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     La ventaja de Jean, era que conocía a Guillermo, sabía que sus costumbres eran más o menos fijas, de modo que había ido recorriendo sus itinerarios; restaurantes, kioscos de prensa, a su portero, al limpiabotas, al botones que le subía los cafés… hasta se había expuesto a las iras de su secretaria, con la que se había acostado meses atrás, para que ella también le pasara información. El resultado era que Durán no lo sabía, pero estaba más vigilado que el cuerpo diplomático. A Jean le había costado dos semanas y casi dos mil euros en propinas, pero al fin, sabía cuándo y dónde iba a ser. O cuándo y dónde NO iba a ser, porque él estaba dispuesto a impedir que sucediese, fuera como fuese.


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     Eran las nueve menos cinco cuando sonó el timbre, y Thais, vestida en vaqueros y camiseta, corrió a abrir. En el último momento, se detuvo frente a la puerta, y aguardó que llamase otra vez, y entonces abrió. Durán llevaba un ramillete de flores amarillas, claveles.

     -Buenas noches… - sonrió, ofreciendo las flores. Thais inclinó la cabeza, con una sonrisa extasiada, y tomó el ramillete abrazándole a la vez.

    -Hola, Guillermo, pasa, por favor. – El citado entró y se sentó en el sofá del salón, mientras Thais se llevaba las flores. La verdad que mirándolas detenidamente, más bien parecían repollos pequeños con mantequilla encima, pero ¡qué más daba! Le había traído flores, ¡flores! ¿Cuándo le había traído alguien a ella flores? Recordó que Jean, en una ocasión, se había presentado con lo que parecía un capullo de rosa. En realidad, era un tanga doblado sobre un tallito verde para dar la apariencia de la citada flor. Jean sólo era capaz de pensar en dinero, o en sexo. Pero no era momento de pensar en ese pervertido, regresó al salón y se sentó junto a Durán, quien había puesto los pies encima de la mesita y le miraba con picardía.

     -He preparado una cena fría… - musitó.

     -Eso va a venir bien, porque yo estoy todo lo contrario. – Thais tembló de pies a cabeza cuando notó que Guillermo se acercaba a ella, la abrazaba de la cintura y empezaba a acariciar… “Ay, Dios… a efectos prácticos, es como si fuera virgen…”, pensó la abogada, y no era del todo mentira. Siempre que había tenido sexo, había sido bajo el influjo de la música, nunca sin ella, y después de que sucediera lo que sucedía, le recordaba todo a ráfagas, como un sueño… De modo que ahora, en éstas, apenas sabía qué tenía que hacer y todo le daba un poco de miedo.

     “Relájate, Thais”, se dijo “Él es bueno, y te quiere… te enseñará, tu sólo déjate llevar”. Durán la apretó contra él, y empezó a besarle la frente, luego las mejillas, y casi enseguida llegó a la comisura de sus labios, y cuando su boca se posó en la suya, el estómago de Thais… No, no se encogió. Sorprendida, ella misma le besó de nuevo, pero su cuerpo no le respondía. Estaba nerviosa, pero no propiamente excitada. ¿Qué sucedía? Tenía ganas de besarle, quería que hiciesen el amor, ¿por qué su cuerpo no se emocionaba…? Y en ese momento, llamaron a la puerta.

     -¿Esperabas a alguien? – preguntó Guillermo, y ella negó con la cabeza. Quiso besarle de nuevo, averiguar qué le estaba sucediendo, pero quien fuese que hubiera en la puerta, insistió.

     -Será mejor que vaya… - suspiró, y fue a abrir.

     -¿Ha preparado su alma para el Más Allá? – apenas le dio tiempo a abrir la puerta, un hombre muy alto y barbudo puso un libro frente a su nariz, “Yo soy Jehová”.

     -¿Qué? – Thais intentó retirar el libro para mirar al hombre a la cara, pero éste movía el mamotreto para que ella no pudiera hacerlo.

     -¡Nunca se sabe cuándo puede llegar el momento, el fin puede estar muy cerca, es preciso prepararse, deje entrar al Señor en su vida y olvídese para siempre de sus miedos!

      -Señor, es muy amable, pero… - intervino Guillermo, acercándose a la puerta - …ahora mismo, nos pilla que no podemos atenderle…

      -¡Oh, ya veo, hombre, mujer, y no hay anillos en vuestras manos! ¡Os disponíais a pecar, insensatos, gracias a Él que he llegado a tiempo de impedir que vuestras almas puedan perderse en un torbellino de lujuria! Señorita, déjeme pasar para hablar con usted unos instantes, y me lo agradecerá toda su vida.

     - ¿Quiere largarse antes de que llamemos a la policía? – insistió Durán.

     - Tú, demonio, que pretendías arrastrar a tus garras a una buena chica pura, no puedes amenazarme con la policía humana, dado que yo estoy protegido por un Poder Superior…

     -¿Jean…? – el nombre salió de los labios de Thais casi como si tuviera la esperanza de que, por favor, no fuese él. El segundo de vacilación del supuesto testigo de Jehová, fue la confirmación. La joven pegó un manotazo al libro para mirarle a la cara. Aquéllos, eran los ojos de Jean. – Serás… - de un zarpazo, agarró la barba gris del abogado y pegó un tirón de ella, para arrancarla de cuajo.

     -¡AUH! – se quejó éste - ¡Estaba pegada, eso duele!

     -¡Y más que te va a doler! – Thais le arrebató el librote y lo levantó contra él.

     -¡La cara no, en la cara no…! – suplicó Jean, pero antes que ella pudiese dar el golpe, Durán la sujetó.

     -Jean, en serio… sabía que eras ruin, envidioso, lúbrico y mala persona en general, pero esto, ya clama al cielo.

     Fidel se le quedó mirando unos segundos, y después miró hacia Thais.

     -Thais, éste hombre no quiere de ti nada más que sexo, sólo pretende aprovecharse de ti, tienes que creerme.

     -Oh, claro, porque como tu conducta con las mujeres, y conmigo, ha sido siempre intachable, y nunca te has aprovechado de ninguna ni has ido detrás de nosotras para conseguir sólo sexo, tu palabra es absolutamente fiable…

     -¡Recuerda que yo, nunca te he mentido! – al ver la cara de Thais, se corrigió. – Sólo en alguna ocasión, me he servido de subterfugios para conseguir sexo, pero, nunca, nunca, te he engañado… ¡Pregúntale por Elisa!

     -¿Qué Elisa? – quiso saber Thais, y Durán sonrió.

     -¿Nos perdonas un segundo? Sólo va a ser un momentito, voy a tener dos palabras con éste cretino, y vuelvo.

    -Pero…

     -Thais, te garantizo que no volverá a  molestarnos en toda su vida. Espérame, cariño. – Se besó los dedos y le pegó el beso en los labios. Salieron del apartamento.

     -Guillermo, te prevengo, si hace falta que esté toda la noche aporreando esa puerta, lo haré.

     -No, no lo harás. No si quieres ser concejal – sonrió Durán.

     -¿Qué? – Jean había pensado en presentarse para concejal del ayuntamiento, pero hacía falta una buena cantidad de dinero para presentar candidatura, o… amigos dentro del ayuntamiento.

     -Tengo muchos amigos, personas que me deben favores, que podrían hacerte concejal, y… dentro de dos o tres años, podrías ser candidato a alcalde. Tienes labia y carisma, no sólo podrías conseguirlo, sino que de aquí a diez años, puede incluso que tuvieras la puerta abierta a… algo más.

     -¿Porqué me ofreces esto? Se supone que quieres vengarte de mí…

     -Y lo quiero, pero si tú le cuentas a Thais lo de Elisa, ella atará cabos, desconfiará, no podré hacerlo… y, sinceramente, tengo curiosidad por acostarme con ella. Si tú, que eres Mr. Perversión, te has encariñado tanto con ella, tiene que ser la pera, quiero probar algo así.

     -¿”Probar”? ¡No es un helado!

     -Jean, no te hagas el puritano, tú no. Mira, llama a éste número esta misma noche, en cuanto salgas de aquí. Pregunta por d. Ernesto y di que vas de mi parte, él sabe que tú quieres ser concejal… díselo, y presenta tu candidatura mañana mismo. A cambio, sólo quiero una temporada de sexo fácil con ella, ya está… - Jean se quedó mirando la tarjeta. – Sabía que tomarías la decisión adecuada. Nos veremos el lunes en el ayuntamiento.

    Durán entró de nuevo en el apartamento, dejando a Jean en el descansillo.

    -¿Qué ha pasado? ¿Y quién era Elisa? – preguntó Thais apenas le vio aparecer.

    -Elisa es una chica que conocimos los dos, y por la cual nos peleamos. No ha podido perdonármelo. – sonrió con tristeza – Pero en fin, hemos hablado y creo que por fin ha entendido lo que pasa entre nosotros… Thais…

   La joven sonrió y se metió entre sus brazos, ilusionada, pero algo preocupada. Durán se inclinó levemente sobre ella y la besó, acariciando sus labios, y casi enseguida notó su lengua… “Me gusta… me gusta, pero… ahora mismo, podría estar en los brazos de cualquier otro tío, y me daría igual… ¿Qué me sucede?”, pensó Thais, y sintió ganas de llorar, pero entonces, se separaron, miró a la terraza, y sintió ganas de chillar de miedo, cuando vio en ella a Jean, que se envolvía el brazo con la chaqueta, ¿¡qué hacía allí!? ¿Y cómo había llegado a la terraza de un noveno piso?

     -¡No quería hacer esto, pero me han obligado! – le oyó, su voz ahogada por el cristal. Jean pegó un puñetazo a la puerta y  la partió, Durán quiso lanzarse a por él, pero entonces Fidel, con la otra mano, accionó un archivo de sonido del móvil.


    -¿Estás loco…? – preguntó Guillermo, pero vio cómo Jean sonreía, mirando a Thais, que estaba tras su rival. Durán se volvió, y vio a Thais con una sonrisa embobada en el rostro, meciéndose lentamente al compás de la música. Jean metió la mano por el cristal roto, y abrió la puerta. Él sabía que la alergia de su antigua pasante a la música, no sólo consistía en verse vencida por las ondas sonoras, sino impulsada a seguir la letra… En ese momento, Thais sólo era capaz de seguir a Jean hasta el fin del mundo. - ¡Thais!

     -Quita de aquí… no puedes alejarme de él… - murmuró, lánguida, mientras se disponía a abrazar a Jean. Al tratarse de una canción de misa, Thais sólo sería capaz de pensar en amor a Dios en las próximas horas, hasta que se le pasara.

     -¡Jean, esta ha sido la jugada más sucia que…!

     -No, Durán, la jugada más sucia, ha sido dar aviso a la grúa de que tu coche tapaba parte del vado del paso de peatones, ¡se lo están llevando!

     -¿¡Qué!? Thais, escucha, ahora tengo que arreglar eso, pero tan pronto como pueda, volveré, ¿vale?

     -No… no vuelvas – canturreó la abogada, abrazada a la espalda de Jean, con la mirada fija en el teléfono de donde salía la música. – Guille, mi cuerpo no te quiere… Quizás a mi cerebro le intereses, pero a mí, no.

     -Eeh… mira, ahora no estás para… ahora no estás. Ya hablaremos de esto, ¡hasta luego!

     -¡Y el puesto de concejal, me importa un bledo! – gritó Jean, mientras Durán se largaba. Quitó la música, y agitó a Thais por los hombros. – Thais,… ¿me oyes…?

     -Jeanny… - sonrió ella, una sonrisa que él conocía muy bien, y que le gustaba mucho, pero por una vez, tenía que conseguir ser frío – Te he echado de menos, pichabrava, ¿dónde estabas, que no venías a ponerme música…? – ronroneó, y echó las manos  a la bragueta del abogado; Jean puso los ojos en blanco, sólo la vocecita que le ponía y el brillo de su mirada, ya eran suficientes para levantarle… el ánimo, pero que encima le empezase con caricias… ¡no, no, tenía que ser fuerte, tenía que hablar con Thais, no con su otra personalidad!

     -No, espera… esperaaa...

    -He esperado mucho… vengaa… ¿es que quieres hacerte el duro hoy? ¿Por qué no me tumbas… por qué no me empotras contra la pared…? – la boca tórrida de Thais acarició el cuello del abogado, que él recordara, nunca había hablado tanto con la parte tigresa de Thais, apenas ella despertaba, pasaba a la acción de inmediato. Hoy, al haber usado una canción religiosa, la tigresa parecía haber despertado, pero no tan feroz como otras veces.

     -Eeeh… es que hoy quiero hacerlo en la ducha, ¿vamos a la ducha? – tenía la esperanza de que un buen chorretón de agua fría, la ayudase a despertar.

     -¡Mmmmh, sí! – Thais saltó a sus brazos, abrazándole con las piernas, y le besó, metiéndole la lengua en la boca. Jean sintió que su resistencia se esfumaba, de verdad quería hablar con Thais, explicarle lo que sucedía… pero, caray, aquello era más de lo que un hombre que se preciase de serlo, podía aguantar. – Mmmh… ESTO, es un beso… oh, Jean… contigo, siento tantas cosas.

     -¿Qué cosas? – quiso saber el abogado, dirigiéndose al cuarto de baño.

     -Hormigueo… impaciencia… mariposas… cosquillas… todo. Jean… Jean, quiero ser tu favorita, quiero estar siempre contigo. No me importa si tienes a otras, llámame cuando tengas a otras y haremos trío, pero yo quiero gozar contigo, quiero tener mis orgasmos contigo… nadie me los da tan buenos como tú…

     Jean palideció. Thais se estaba… ¿se le estaba… declarando?

     -Thais, ahora mismo no piensas con claridad… - dijo, ya en el baño, dejándola en el suelo. La joven intentó desatarle la corbata, pero él le tomó las manos. – Tú me odias, soy un cerdo y te doy asco.

     -No es verdad… Yo te adoro, eres divertido y me das placer… lo que sucede es que a veces soy demasiado cobarde para admitirlo… - Thais se relamió sensualmente, y elevó ligeramente la pierna para acariciar con ella la entrepierna abultada de Jean. Al inclinarse de gusto por la caricia, Thais aprovechó para besarle, su lengua estaba tan calentita y sabía acariciar tan bien… Antes de poder darse cuenta, se estaba quitando la camisa y accionando la ducha, pero no precisamente con agua fría. Sin siquiera desvestirse del todo, se metieron bajo el agua.

     -Mmmh… oh, Jean… ¡Jeanny, te he echado de menos! – suspiró Thais, y se lanzó a la entrepierna del abogado. Éste hizo aún un último intento de frenarla, pero entonces ella enchufó la pera de la ducha, con el agua tan calentita, justo sobre su erección, y el cerebro de Jean se contentó con mantenerle de pie. Thais, con los pantalones en los tobillos y la camiseta empapada puesta aún, lamía el miembro de Jean por un lado del tronco mientras le enchufaba agua por el otro, arriba y abajo, por la punta, por los testículos… ¡qué gracioso bote dio Jean cuando sintió el agua tibia golpear sus bolitas!

     “Me va a matar, me matará por esto, no lograré que me crea ni en un millón de años… pero no puedo parar ahora, no puedo… dejar… de… ¡aaaaaaaaaaaah, Dios qué gustooo…!”, lograba decirse el abogado en medio de su placer. El agua de la ducha le golpeaba el glande tan dulcemente… mmmh, Thais le lamía los testículos, y el agua le producía como un picor, un picor celestial… no podría aguantar mucho más, y menos si ella… ¡ooooooooooooh…! Menos si ella le enchufaba el agua directamente al glande, como estaba haciendo en ese instante. Thais le sonrió, una sonrisa de vicio, y empezó a acariciarle rítmicamente, y entonces sí que no aguantó más, el placer le estalló sin previo aviso, las caderas de Jean dieron un empellón, y sintió sus muslos acalambrados cuando una deliciosa explosión de bienestar le picó en la punta del miembro y expandió su dulzura por todo su cuerpo, haciéndole tiritar y gemir hasta vaciarse de aire, sintiendo en cada escalofrío un gustito maravilloso, y quedándose a gusto, increíblemente a gustoooooooooooooh….

     -Me toca… - canturreó Thais, sentada en el suelo de la ducha. Jean también estaba sentado, aunque no recordaba haberlo hecho. Sin duda su cuerpo, se había sentado solo. La joven le ofrecía la pera de la ducha, y se abría la vulva con los dedos. “De perdidos, al río”, se dijo Jean “Si de todos modos, ya me la he cargado, al menos, podré decir que le encantó”. Tomó la alcachofa y se tumbó en el suelo, para lamer su clítoris al tiempo que dejaba caer el agua sobre ella. Thais le acarició el cabello negro y empezó a gemir, pero directamente gritó de placer cuando Jean pegó la ducha sobre su sexo y dio toda la potencia al agua.

    El agua se le metió en los ojos y empezó a salpicar de forma exagerada, pero Thais sonreía mirándole con ojos maravillados y las mejillas coloradas, así que bajar la intensidad, no entraba a consideración. Empezó a mover la pera sobre la perlita de su compañera, y ésta a dar grititos de placer a cada movimiento, asintiendo con la cabeza.

     -¡Sí…. Sí…! – sonreía – Oh, Jean… ¡Cuánto me alegra que hayas venido…! Prométeme… que seré tu favorita… ¡que siempre querrás que juguemos… promételo! – Jean, sin separar la ducha del clítoris de Thais, se incorporó y la besó, sorbiendo su lengua frenéticamente, mientras ella le abrazaba del cuello y le buscaba el miembro con la otra mano.

     -Prometido, Thais. Siempre serás mi favorita, yo vendré a ponerte música y nos divertiremos como antes, seremos buenos amigos… - Aquello se estaba desbordando, y no precisamente por el agua, la expresión de intensa felicidad del rostro de la abogada, no era sólo por lo bien que lo estaba pasando. Gimió desmayadamente, echando su aliento fresco en la cara de Jean. Éste miró sus labios entreabiertos, su polla acariciada por la mano de la mujer, recordó los intensos celos que había sentido, que había sido capaz de salir por la ventana del pasillo de un noveno piso para colarse en la terraza… y supo que no había remedio. Se mordió los labios, él no… no podía decirlo, no podía admitirlo.

    -Sí, Jean… Amigos… amigoooooooooooos... – Jean asintió. Ella asintió, gimiendo cada vez más alto, mirándose a los ojos, y finalmente, Jean estalló:

     -¡Thais, TE QUIERO….! – Thais gritó con pasión, cerrando las piernas y aprisionando la pera de la ducha entre ellas, una descarga eléctrica subió por su clítoris tembloroso y derritió su columna, haciéndole dar espasmos con las piernas y sentir cómo su vagina se contraía, y cada contracción era una bomba de placer, un gusto inexpresable, gemidos que se escapaban de su garganta… pero no eran comparables al terremoto que había en su corazón. Jean la estaba besando, cabeceando, abrazándola con fuerza… la ducha se escapó de entre sus piernas y la fuerza del agua la hizo revolverse hasta quedar boca arriba, como un surtidor. Era como besarse bajo la lluvia.

     “Mañana, no se acordará de esto. Quiera Dios que no se acuerde de esto. Yo no puedo enamorarme, amar es sufrir, yo sólo tengo sexo, nada más que sexo…” pensaba Jean, tirado sobre ella, besándola casi sin respirar, acariciando su cuerpo, sintiendo que en pocos segundos, estaría dentro de ella sin poder evitarlo, y saboreando por anticipado el delicioso placer que sentiría cuando se metiera dentro de vulva empapada y caliente…

     “Esto, no ha sucedido… por favor, que no se le ocurra pensar ni atar cabos; mi parte salvaje prácticamente no habla… La música, al ser religiosa, apenas me afectó en realidad… he sido yo misma casi por completo la mayor parte del tiempo, pero eso él no debe saberlo… Sé que no quiere enamorarse de nadie… yo tampoco quiero enamorarme de ÉL… pero tenía que saber si es que mi parte normal no puede emocionarse, y sí que puede. Pero con él, no con Guillermo… Pero no importa, esto no ha sucedido, Jean nunca sabrá que estoy consciente, y Durán nunca sabrá lo que ha pasado.” Pensaba Thais, debajo de Jean, su lengua jugando con la suya, sintiendo que su estómago se encogía a cada caricia, a cada movimiento de sus manos en su piel, abrazándole con las piernas, disfrutando del roce de su miembro contra ella, hasta que sus propias caderas se colocaron y… no se separaron para tomar aire. Se estremecieron uno sobre el otro, abrieron los ojos y se miraron para ver el placer recíproco, gimiéndose en la boca. Durante un segundo, permanecieron quietos, unidos por la boca, el sexo… y quizás por algo más. Pero entonces Thais le acarició con los talones, Jean comenzó a moverse, y el placer les inundó de nuevo…. Pero durante ése segundo, los dos habían compartido algo que iba más allá del sexo, incluso del amor. Habían compartido el mismo pensamiento.


     Y era : “No sé a quién coño queremos engañar”.