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sábado, 15 de febrero de 2014

Melocotón en almíbar




      
     Aquella mañana, Traviesa paseaba por los terrenos de la universidad lentamente, haciendo jogging como solía todos los días. Ya había terminado de correr, y volvía caminando hacia la residencia docente, donde vivían algunos profesores, y donde ella, en calidad de “sub profesora de teatro-ayudante de todo”, había obtenido permiso para vivir también. Era muy temprano, el aire estaba frío y el sol se alzaba perezosamente en un cielo gris y amarillento. La Universidad se despertaba lentamente, aún faltaba casi una hora para que empezasen las clases, pero las cafeterías ya estaban abiertas, y la joven podía oler el aroma del café recién hecho, que le llegaba desde la residencia… Se detuvo a descansar un poco y a oler todos los aromas que le traía el aire matinal… con la ciudad casi por estrenar, parecía que todo se podía oler desde más lejos. Se puso a estirarse y a hacer torsiones, sintiendo cómo sus músculos se estiraban a placer…

      -¿Te importa…? Me estás tapando el bosque. – dijo una voz no muy amable, y Traviesa se volvió. Quien le había hablado… bueno, no veía quién era, sólo se veía un lienzo cuadrado sobre un caballete bajo. Su interlocutor estaba sentado tras él, pintando. La joven se dirigió hacia él, con curiosidad. Estaba segura de no haber visto a ningún pintor en la Universidad, no por aquélla zona… Bellas Artes quedaba mucho más lejos (el Decano tenía a los artistas por unos vagos, y los quería lo más lejos posible de él), y los estudiantes de por allí, no solían pintar los terrenos, cuando querían pintar paisajes, salían directamente al bosque colindante, no pintaban en el interior. 

     -Buenos días. – saludó. El pintor apenas la miró, siguió trabajando. Hacía trazos suaves en color blanco plateado, sobre un fondo de árboles, aún sin terminar. Los edificios no aparecían en su imagen, sólo se veía el parquecito, que, visto así, podía muy bien pasar por un bosque, pero, ¿qué eran esos trazos blancos que pintaba….? Traviesa no los veía, por más que miraba alternativamente al cuadro y a los árboles.

     -Parece que estés mirando un partido de tenis. – dijo el pintor, y la joven sonrió. Su interlocutor no tenía una pinta muy simpática, pero a ella le cayó en gracia el comentario. El pintor tenía el cabello muy oscuro, con reflejos azulados, sujeto en una coleta que caía hasta más de la mitad de su espalda, y gruesos mechones que le caían sobre la cara, los ojos pardos y vestía de negro, con una camiseta en la que aparecía el dibujo de una Biblia con una curiosa leyenda encima: “Spoiler: Jesús se muere”.

     -Perdón, no pretendía molestar…

     -Entonces, no lo hagas, por favor, márchate. – contestó el joven inexpresivamente. Traviesa estuvo a punto de sentirse ofendida, pero el joven no parecía tener nada contra ella, había hablado sin pasión. No estaba molesto, sólo lo estaría si ella lo distraía, creyó entender, de modo que se quitó de su lado y se sentó a su espalda, un poco alejada, pero lo bastante cerca para mirar cómo pintaba, y guardó silencio. Sabía que tenía que ir a ducharse, que en menos de dos horas empezarían las clases de teatro para los chicos del instituto vecino, y su labor era ayudar a Tony… pero podía quedarse un ratito, sólo para ver qué eran los trazos blancos que salpicaban el dibujo… 

     El pintor no pareció darse cuenta de su presencia allí, o si lo notaba, no dio muestras de importarle, siguió pintando. Su mano derecha, con la que manejaba el pincel, se movía como si aleteara sobre la tela, delicada, pero decididamente. De vez en cuando, se detenía y miraba la tela con expresión pensativa. Traviesa vio a una chica pasar, muy a lo lejos, venía de la residencia femenina, que estaba al otro lado del parque. Sin duda, iba a desayunar algo antes de ir a clases… apenas cinco minutos después, la siguió otra chica, y poco después, también los chicos empezaron a salir, en lento goteo, de la residencia masculina. Primero uno solo, después unos cuantos que iban en par, y finalmente, empezaron a salir en tropel, dirigiéndose a sus clases, o a desayunar rápidamente… o lentamente aquéllos a los que se les haría tarde “por descuido”. Traviesa supo que su tiempo había terminado, tenía que ducharse a toda velocidad y largarse hacia el teatro, pero el cuadro seguía sin terminar, el pintor había dejado aquéllos trazos blancos y se había dedicado a pintar las copas de los árboles, de tres tonos distintos de verde. Se puso en pie, y sin poder contenerse, le abordó:

     -Perdona, por favor, ¿pero qué son…?

     -Sssssssssssssssssh…. – Musitó el pintor, sin ni siquiera volver la cara. 

     -Sólo quiero… - intentó continuar la joven, pero el pintor suspiró con impaciencia y se colocó unos auriculares en los oídos. Traviesa podía oír sin esforzarse la música de guitarra que salía de ellos.

     -Bendito sea el silencio. – manifestó el pintor, y volvió a su trabajo. Traviesa supo que no sacaría nada de él, a no ser que le arrancase un auricular y preguntase, y tenía ganas de hacerlo… pero ella mejor que nadie sabía lo mucho que podía fastidiar que estuvieras concentrada en algo que amabas y el típico pesado viniese a incordiarte, así que se marchó. Ya volvería a encontrarle. 



**************


     El cuarto olía a tierra mojada y a un barullo indefinible de productos químicos diversos, tan intenso que habría hecho lagrimear los ojos, de no ser porque Rob el Perro tenía abierta la ventana, como casi siempre, aún en invierno. Y mejor que fuera así, porque de tenerla cerrada, olería directamente a choto, a esa mezcla de calor, sudor, pies y órganos sexuales recalentados que se da en un cuarto donde alguien ha dormido sin ducharse en varios días, y de postre, se ha masturbado, pero el Perro olía así, y no se podía hacer otra cosa más que tomarlo o dejarlo, y sus amigos le querían, de modo que lo tomaban, si bien procuraban pasar por su cuarto lo menos posible. Eso dejaba al Perro mucha libertad para no tener su cuarto demasiado ordenado, o pasearse desnudo, que era como más le gustaba estar, y como estaba en ese preciso momento, cuando llamaron a la puerta. Rob refunfuñó, pero se soltó la pierna, estiró bien la espalda (siempre se sentía un poco agarrotado después), metió la revista de “National Geographic; Lobos: cortejo en Alaska” bajo la cama, y fue a abrir. No necesitaba preguntar quién era, podía oler que se trataba de Pastor Carvallo.

     -Hola, Rob… ¡jod… Por Dios, Perro, ¿te es mucho esfuerzo ponerte unos calzoncillos para abrir? – El Perro se miró, y sonrió una especie de rugido, era cierto, que estaba desnudo y además empalmado; como Pastor era un macho también, la verdad que ni se le había ocurrido que pudiese incomodarse. Siempre olvidaba que los humanos tenían ese tipo de prejuicios…. Bueno, como su hermano mayor. En fin, fue al baño, tomó unos calzoncillos medio limpios, y se los colocó, intentando sujetarse bien la tienda de campaña, para que se notase lo menos posible. Cuando salió del baño, notó que Pastor le miraba fijamente a los ojos, y en ningún momento bajó la mirada más allá de ellos.

     -Perro, necesito tu fondo de armario. – Pastor no era amigo de andarse con rodeos. Rob olisqueó, intentando averiguar el motivo, mientras pensaba en el vestuario habitual de su amigo: pantalones de pana, con raya, camisas almidonadas abrochadas hasta arriba y chalecos de punto, y la comparaba con las camisetas negras, con dibujos de esqueletos tocando guitarras eléctricas, de zombis alimentándose, o de Heidi masturbándose que usaba él… y supo porqué quería ponerse su ropa, y sonrió con picardía, dándole un codazo amistoso a Pastor, que intentó no sonreír, pero finalmente, se le escapó. – Sí. Y necesito confiar en tu discreción. 

     El Perro asintió, cerrando los ojos y elevando las palmas de las manos. Podía confiar en él, y Pastor lo sabía, pero de todos modos, se sacó un botecito del bolsillo.

     -Gracias, Perro, eres un amigo. – sonrió, dándole la botellita, mientras iba al armario de Rob. Perro sonrió de oreja a oreja, y se llevó la botellita  a la boca, arrancó el cierre plástico con los dientes, y se la ventiló de un trago, sin respirar ni nada. Era aceite de máquinas de coser, costaba mucho encontrarlo… 


**************


     -Estoy buscando a un alumno de ésta facultad… - preguntó Traviesa aquélla tarde, en la recepción de Bellas Artes. – No sé su nombre, pero quizá lo haya visto. Es un chico moreno, de pelo largo, y ojos marrones… - Repitió aquélla pregunta muchas veces, a todas las personas que vio que entraban o salían de la facultad, pero nadie lo conocía, o conocían a muchos que encajaban en la descripción, pero ninguno de ellos había salido esa mañana a pintar en la Universidad. Traviesa estaba algo desilusionada, pero no se desesperó: sabía que el cuadro no estaba acabado, sin duda al día siguiente, su pintor volvería allí. 

     Y no se equivocó. A la mañana siguiente, salió un poco más tarde, porque no iba a correr, sino a esperarle, y sólo unos diez minutos después, le vio llegar, llevando su lienzo, su caballete y la sillita plegable donde se sentaba, hechos un atado a la espalda. El pintor la miró e hizo una pequeña inclinación de cabeza a modo de saludo, sin sonreír. “Me ha saludado…” Pensó Traviesa, sonriendo abiertamente. El pintor preparó su puesto y se sentó en su sillita, y recomenzó su trabajo, con la joven sentada tras él,  mirándole. Donde ayer había trazos blancos, ahora había una especie de estrellitas, cuya luz parecía ir y venir en todas direcciones, en rayos muy largos. El cuadro estaba casi terminado, por lo que Traviesa pudo ver, pero seguía sin distinguir… y entonces, el pintor sacó un pincelito finísimo, y lo mojó en pintura verde. Y empezó a pintar diminutos puntitos en algunas de las estrellitas blancas. Luego, pintó puntitos azules en otras. E hizo líneas de un plateado más oscuro, para dibujar… bracitos. Y cinturas, y piernas… En realidad, no las dibujaba, sólo hacía alguna línea aquí, otra allí, y eran los ojos de uno los que componían el resto. Dio toques de rosa y rojo, y finalmente, pareció conforme con el resultado. Miró hacia atrás, para comprobar que Traviesa seguía allí, y sonrió por primera vez. 

      -¿Qué te parece? – Preguntó, haciéndose a un lado, para que ella pudiera mirar cómodamente.

      -¡Son hadas! – Se maravilló la joven. - ¡Has pintado hadas en el bosque…! ¡Y yo que pensaba que sólo pintabas los árboles!

     -Son ninfas… - corrigió el pintor. – Son las encargadas, según la mitología griega, de hacer que la naturaleza luzca bonita. ¿Qué te parece? ¿Lo consiguen?

     -¡Sí! ¡Son preciosas! – Traviesa miró al pintor con una enorme sonrisa, pero él parecía decepcionado. - ¿Qué pasa…?

     -No me ha salido bien. 

     -¿Cómo que no? Es un cuadro muy bonito…

    -¡Pero tú misma lo has dicho, “son preciosas”! ¡Son preciosas las ninfas, no el bosque! Las ninfas están sólo para adornar, los protagonistas del cuadro, deberían ser los árboles, no ellas… Si uno se fija en las ninfas, es que no me ha salido bien… No he logrado expresar lo que yo quería. ¡Bah! – El joven agarró el cuadro e hizo ademán de partirlo sobre su rodilla.

     -¡NO! – se escandalizó Traviesa - ¡No lo rompas! 

      -¡Es un asco!

     -No es verdad, ¡es muy bonito! Si tú no lo quieres, dámelo a mí, por favor, quiero quedármelo… - El pintor la miró como si pensara que ella tenía el gusto en el culo, pero se lo entregó - ¡Gracias! 

     -No hay por qué darlas. Y créeme, sé muy bien lo que digo. – el joven empezó a recoger sus cosas, mientras Traviesa tomaba el cuadro por los cantos, para no mancharse ni emborronar la pintura fresca aún. 

     -Por cierto… te busqué por Bellas Artes, pero nadie sabía nada de ti. Yo soy Traviesa, profesora adjunta de Teatro, ¿cómo te llamas?

     -Hipólito. Y no estoy en Bellas Artes, no me encontrarás allí. 

     -Entonces, ¿qué estudias…?

    Hipólito la miró como si ella le hablase en chino. Como si eso de estudiar, fuese una pérdida de tiempo, algo propio sólo de vagos o de calaveras.

     -Yo no estudio. Hago. – concluyó, echándose sus cosas a la espalda, y se marchó. Traviesa le miró como quien mira a una leyenda viva.

    -¡Espera! – corrió hasta su altura. - ¿Cómo… dónde te encuentro?

    -¿Para qué? – preguntó. No era desagradable, había preguntado con amabilidad.

    -Pues para… cualquier cosa. ¡Eh, si eres pintor, seguro que nos resultas útil en Teatro, puedes ser escenógrafo, nos vendrías muy bien! – Hipólito se detuvo. 

     -Oye, eeh… 

     -Traviesa.

     -Eso. Mira… yo no soy escenógrafo, ni siquiera soy “pintor”. No como ahora se entiende. Yo puede que sea un artista, pero ante todo, soy un trabajador, no puedo perder el tiempo en la Universidad como se pierde hoy día. Si no trabajo, no como. No puedo ir. 

     -Te pagaríamos. – sonrió ella. – Nadie pretende que trabajes gratis. – Hipólito dudó. – Mira, ven esta tarde, cuando puedas, a la residencia docente, es esa de allí – señaló el edificio. – Y preguntas por mí, por Traviesa me conocen todos. Te estaré esperando, y te diré las condiciones, si no te gustan, no pasa nada, pero si te gustan… no pierdes nada por venir, ¿no crees?

      El pintor hizo una especie de asentimiento-encogimiento de hombros, y se marchó definitivamente. Traviesa le miró marchar, camiseta negra, pantalones vaqueros anchos y zapatos de piel, con cordones. Sonrió.


*****************


     -Está bien que hayas decidido cambiar a las lentillas, verás qué cómodas son… Al principio, quizá te resulten raras, pero cuando vuelvas dentro de dos horas, me lo dirás, “ya no las siento”… - decía el óptico. – Vale, aquí tengo tu graduación…

      -Eeeh… las quisiera también… marrones. 

     -¿Marrones? – El óptico se volvió, mirando los ojos azules del chico que estaba sentado en la silla, vestido con vaqueros viejos muy anchos para él, una camiseta negra con abundantes salpicaduras rojas que decía “No te preocupes, no es mi sangre”, y llevaba un poncho doblado sobre las rodillas, que recordaba al de Clint Eastwood.

     -Sí. ¿No habrá ningún problema, verdad? Quiero decir, ¿pueden ser coloreadas aunque estén graduadas, no….?

      -Sí, sí, claro, no hay ningún problema con eso. Es sólo que suele ser al contrario, la gente quiere dejar de tener los ojos pardos. No hay muchas personas que pidan lentillas marrones, teniendo los ojos azules.

      El joven se limitó a sonreír y encogerse ligeramente de hombros. 


**************

     Esa misma tarde, Traviesa esperaba en la salita de estar que había en la planta baja de la residencia docente. Estaba impaciente y nerviosa, ¿aparecería él….? Había llegado a eso de las seis, y según le habían dicho, nadie había preguntado por ella. De eso hacía ya casi una hora, y desde entonces, no se  había presentado. La joven ya empezaba a temer que no vendría, cuando le entrevió, a través de la puerta de la sala, desde donde se veía la entrada de la residencia, ¡allí estaba! Casi saltó del sillón y corrió al vestíbulo, con las manos extendidas. 

     -¡Hola, Hipólito! ¡Me alegra que hayas venido por fin! – El joven le sonrió. Una sonrisa breve, pero amistosa. Traviesa le dedicó una sonrisa luminosa, y le estrechó la mano. El pintor casi parecía esperar que ella le diese dos besos, pero ella no lo hizo, no obstante, sin soltarle la mano, le condujo hasta la salita, donde estaban sólo ellos dos. - ¿Te has decidido? ¿Querrás trabajar con nosotros? Es la primera vez que se hace teatro de verdad, seriamente, en el instituto y no digamos en la Universidad, hasta ahora, sólo habían sido cosillas de aficionados, nada serio, y la verdad que precisamos todas las manos que podamos reunir…

     -Bueno… - empezó Hipólito – He estado haciendo números… cálculos, para ver cuánto tiempo tenía, y creo que podría colaborar… pero necesito ganar dinero, eso sí. 

     -Del dinero no te preocupes. Mañana te presentaré al profesor titular, y él mismo te dirá, pero se cobra bien. Bueno, no es para comprarte un chalet con piscina, pero sí para ir tirando. 

     -Traviesa, eso es importante para mí. Yo no puedo tirar de nadie, nadie me va a prestar ni para una barra de pan, si no pago mi alquiler, me veré en la calle… necesito seguridad. No puedo dejar mi trabajo por completo, estaré con vosotros sólo un par de horas por las tardes… y quizá no todas las tardes. Los fines de semana, no tengo problema, eso sí, puedo estar todo el día si os apetece. 

     -Entonces, no habrá problema. Lo que no se pueda hacer durante la semana, se hará durante el fin de semana…. – Traviesa se inclinó ligeramente hacia él y le tomó la mano. – Gracias. 

     -¿Gracias, por qué? 

     -Por venir. Por ayudarnos…. Por todo.  – los ojos le brillaban, y al joven le temblaron las piernas imperceptiblemente. 

     -Vale… entonces, mañana, estaré en el Teatro, por la tarde, y así conoceré también a tu novio.

     -¿Qué novio?

     -Pues, el profesor titular de quien me has hablado…

     -¡Tony no es mi novio! – se rió Traviesa. – Yo no tengo novio. Estuve… detrás de una persona. Pero me despreció. 

     -¡Él no te…! Él, no pudo despreciarte… estoy segurísimo. – afirmó.

     -Lo hizo, me puedes creer. Fue tan humillante… Yo… yo le quería. O creía que le quería. Pensé que él era diferente… Verás, yo soy una de esas chicas que suele enamorarse de los malos, de los canallas, y por eso, he recibido infinidad de bofetones. Todos, merecidos, por tonta. Pero mira tú, que me enamoro de un chico bueno, de un estudioso y pacífico,… y resulta que él también me da el bofetón. ¡No es justo! ¿Es que mi sino es que todos los hombres se rían de mí….? ¿Es que nadie se da cuenta que, aunque sea muy alegre, aunque sea un poco infantil, también yo tengo sentimientos, y me siento herida cuando se ríen de ellos…? 

     El rostro de Hipólito reflejaba una tristeza infinita. Parecía sentirse tan avergonzado, como si él mismo hubiera maltratado a Traviesa. La joven sorbió por la nariz, bajito, sin llegar a llorar. 

     -Lo siento… ¡siento que te hayan tratado así! Quizá… deberías haberle dicho a ese chico, cómo te sentías… 

     -Yo le decía que me gustaba. Si eso no basta para que quiera conocerme y saber cómo soy, no quiero que sepa nada más…. No quiero que salga conmigo porque le dé penita. Pero me hizo sentir así de todas maneras, me hizo sentir como si me estuviera haciendo un favor si salía conmigo. 

     -Bueno… no creo que hiciera nada tan grave… ¿qué hizo?

     -Puso… reglas a la cita. 

     -Oh, seguro que lo hizo con buena intención. – Traviesa le miró con tal incredulidad, que al pintor se le trabaron las palabras. – Seguro que lo hizo…. Porque…. Para que… ¡seguro que tenía una razón honrada y justificable para eso!

     -No hay nada que justifique reglas sobre qué tipo de conversación es aceptable, o el número de veces que puedes reírte, o que no estás autorizada a tomarle de la mano, ni a tocarle de ninguna manera. 

     -Pero… ¿no te dijo por qué puso esas reglas?

     -Sí, dijo que “para protegerse a él mismo, y protegerme a mí”. Que no quería que yo pensara que él era un fresco metemano, ni que yo pensara que él se iba a dejar tocar por cualquiera… - Hipólito estuvo a punto de decir “mira, ya ves, tenía buena intención”, pero Traviesa continuó y le calló – Eso casi me dolió más aún. En primera, me considera a mí una especie de estúpida que no sabe defenderse, y luego, me considera una… violadora, alguien que sólo buscaba su cuerpo. ¡Si hubiera tenido idea de lo mucho que me gustaba! No sólo por guapo, por interesante, sino como persona… ¡El primer hombre que no me mira los pechos! ¡El primero que no quiere ir a la cama en cuanto muestro interés en él! ¡El primero que… que piensa que los estudios, son lo más importante de todo, más importante que el sexo, que las chicas, que cualquier diversión! Yo… yo sólo quería demostrarle que me gustaba, que yo también era responsable, estudiosa, trabajadora, y que quería una relación estable, no un polvo y adiós… Pero no me dio esa ocasión. Me prejuzgó. Pensó que, por trabajar en el teatro, era una… “cascosligeros”, y que sólo buscaba sexo. No me dio ocasión de demostrarle que se equivocaba, y lo lamento… 

      -Tal vez… es que haya tenido alguna mala experiencia anterior, y no se fíe de las chicas. 

     -Todos hemos tenido malas experiencias. El que encuentra el amor a la primera, tiene más suerte que el que le toca la lotería… ¡pero no por eso dejamos de tener fe! ¿Cuántas malas experiencias he tenido yo? Si te cuento las buenas, acabaré antes: NINGUNA. Pero siempre pienso que hay alguien para mí, tiene que haberlo… Si por culpa de una sola mala experiencia, ya es incapaz de confiar en nadie, es un cerrado, de mente y de corazón. – Hipólito quiso hablar, decir alguna otra disculpa, pero Traviesa sonrió de nuevo. - ¡Pero, bah, que se vaya al cuerno, él se lo ha perdido, ya encontraré a otro que me sepa querer! ¿No crees tú….? – preguntó, mirándole con ojos entornados y sonrisa arrebatadora. El estómago del pintor pegó un violento vuelco. 


*************


     -Negra. ¿Y de pelo tan largo? – Preguntó la peluquera, mirando el corto cabello rizado de color anaranjado clarito, casi rubio, del joven de ojos pardos que hablaba con ella. 

      -Sí, por favor. Que me llegue al menos a la mitad de la espalda. Y necesitaré saber bien cómo se coloca, cómo se sujeta, cómo hay que lavarla… Y también voy a necesitar algo para las cejas. Para oscurecerlas. 

     La peluquera se le quedó mirando casi con desesperación, y le tomó un mechón entre los dedos, comprobando la suavidad del cabello.

     -¿De verdad quieres tapar un pelo tan bonito? – preguntó – Si es para alguna fiesta, o para algo semejante, y quieres impactar, yo puedo peinarte, puedo hacerte algo increíble, y sin necesidad de que tapes éste color... o, no sé, si quieres cambiar de loock, yo puedo ayudarte, podemos ver juntos cómo quieres… 

     -Es para una obra de teatro. Tengo forzosamente que ser moreno y de pelo largo, y me pareció mejor una peluca, que teñirme.

      -¡Ah, sí, entonces sí, desde luego! – La cara de la mujer reflejó un inmenso alivio. – Ven por aquí, y te enseñaré los modelos, puedes cogerla negro puro, negro nocturno, negro sueño…

      -¿”Negro sueño”?

      -Negra, con reflejos azules. 

      -Ésa me va a gustar. 


***********


     -¿Y…. no se te ocurrió pensar que tal vez, sólo tal vez…. Le intimidaste un poquitín? ¿Le asustaste? – preguntó Hipólito, sentado en la cama del cuarto de Traviesa. Varios profesores se habían instalado en la salita de estar, habían puesto la televisión, y se habían puesto a hablar en voz alta, y ellos dos habían decidido ir a otro sitio donde pudieran charlar con más tranquilidad. 

     -¿Asustarse? ¿De mí? Pero, ¿quién iba a tener miedo de mí?

     -No de ti como persona, no digo que fueras a comerme; vamos, ni a mí, ni a él, ni a nadie. No digo miedo de que le pegues, o cosa así… Pero sí miedo de tu actitud, de que seas tan… expansiva. 

     -¿Expansiva? – preguntó la joven, sentándose junto a él y ofreciéndole un zumo de frutas, de melocotón. - ¿Qué quieres decir?

     -Pues… demasiado extrovertida. Efusiva. Ahora mismo, conmigo… estoy en tu cuarto, sentado en tu cama. Yo sé que no va a pasar nada censurable, pero mucha gente podría pensar mal de ti. Muchos tíos podrían pensar mal en ésta situación, querrían… querrían pasar a mayores – susurró. 

     -No me importa lo que la gente piense de mí. Y si un chico intenta pasar a mayores sin mi permiso, se encontrará con un agudo dolor de huevos… pero si los dos quisiéramos, ¿qué tendría de malo? – quiso saber Traviesa.

     -¡Pues que… no puedes decir que te gusta una persona, y acostarte con cincuenta!

     -¡Yo no me acuesto con cincuenta! ¡Jamás he sido infiel a nadie, aunque más de uno se lo hubiese merecido! Lo que pasa es que… cuando me gusta un chico, cuando me gusta tanto como él… - dijo, descalzándose y subiendo los pies a la cama. – sencillamente, no me puedo contener, quiero tenerle, y enseguida. Quiero demostrarle que le amo, y me gusta, quiero hacer efectivos mis sentimientos, quiero darle un millón de besos, de abrazos, de mimos, quiero hacerle sentir la misma alegría que siento yo al verle, darle placer y dejarle rendido de gusto y felicidad… ¿Eso, es malo?

     -Malo, tal vez no… pero intimida, a eso me refería. Si ese chico tuvo ya una mala experiencia, el que tú te mostrases con tantas ganas, pudo inducirle a pensar que lo único que querías de él, era… su cuerpo. Tal vez eso le asustó y quiso probarte. Quiso comprobar hasta dónde tenías interés en él. Tal vez, pensó que, de haberle querido de verdad, no te hubiera importado esperar un poquito, hasta que estuviera listo para… entregarse. 

     Traviesa pareció pensativa. 

     -Y si eso fuese así, ¿por qué no me lo dijo? – le miró fijamente. Una lágrima redonda, brillante, temblaba en su ojo derecho. Hipólito apuró el zumo de un trago y dejó el vaso en la mesilla de noche.

     -Porque tenía miedo. Miedo de equivocarse, y de tener razón. Porque si tenía razón, volvería a pasar el mismo dolor de la otra vez. Volverían a hacerle daño, y volvería a sentirse usado como un kleenex… pero si se equivocaba, si ibas en serio, eso le colocaba en una situación que no podía controlar, que no había vivido nunca antes, y para la que no sabía actuar. No sabía cómo comportarse con una chica, cómo hablarla, qué decirle, o cómo tratarla. Y el que te dejen en la cuneta porque se han aprovechado de ti, está mal y hace sufrir, pero al menos da el consuelo de pensar que no ha sido culpa tuya, sino del otro… pero que te rechacen por cometer un error, por ser un ignorante, es aterrador… porque entonces, la culpa será sólo tuya.

     -Ojalá me lo hubiera dicho así. Hubiera sido capaz de esperar por él, si hubiera sido sincero conmigo… Yo le quiero. – musitó Traviesa, acercándose más a él, mientras Hipólito se recostaba en el cabecero y sus manos parecían luchar contra el deseo de abrazar a la joven y estrecharla contra su pecho. – Ojalá hubiese confiado en mí, me hubiese confesado sus sentimientos… no me hubiese importado ser paciente, si él me hubiese dicho porqué debía serlo.

      -Si él hubiese sabido que tú te sentías así, seguro que se hubiera sincerado… ojalá hubieras hablado con él tranquilamente, como ahora. Ojalá él te hubiera escuchado, en lugar de juzgarte…

     -Ojalá yo hubiese aceptado su cita, en lugar de tirársela a la cara, para que pudiese hablarme…

     -Ojalá él no hubiese puesto tantas estúpidas reglas…

      -Ojalá le tuviese ahora mismo entre mis brazos… así… - susurró la joven, y le besó. El pintor la apretó por los hombros, abrazándola, y un suspiro se le escapó del pecho cuando notó una suave caricia húmeda en sus labios… la lengua de Traviesa, con infinita ternura, rebasó la frontera y se hundió dulcemente en su boca, acariciando lentamente…


****************



     -Tenemos… lienzos, pinceles, un caballete, veintidós tubos de témperas de colores variados, alcohol, un bloc, carboncillo… total…. 

      -Sí, vale, lo que sea… apúntelo a ésta dirección, pero es preciso que me lo traigan mañana por la mañana sin falta, ¿de acuerdo?

     -No faltaría más. – contestó el hombre de la papelería especializada donde tenían de todo para dibujo y pintura. - ¿A nombre de quién ponemos la entrega?

     -De… Hipólito. Alberto Hipólito Van Velásquez.  – contestó el joven de ojos pardos, larga coleta negra y ropas oscuras.


************


     Al joven pintor le empezaba a sobrar ropa, pero cada vez que sus manos lograban pensar lo suficiente como para apartarse del cuerpo de Traviesa para dirigirse al suyo propio, se encontraba que la familiar fila de botones, no estaba allí, sólo había tela… recordó vagamente que llevaba una camiseta, pero no era fácil pensar con la lengua de Traviesa metida en su boca, paseándose a placer por el interior de la misma, haciendo deliciosas cosquillas en su paladar, que provocaba que le picasen los labios y tuviese más ganas aún de besarla, mmmh… La joven le abrazaba por la cintura, levantándole el borde de la camiseta y metiéndole allí las manos, acariciando la piel de los costados, y cada vez que lo hacía, cada vez que movía las manos, se le ponía la piel de gallina hasta en los brazos, qué manos tan suaves y calentitas… aaah, hacía cosquillas… Dios, tenía que quitarse la maldita camiseta ahora mismo, ¡quería que ella le acariciara toda la piel!

     Logró separar las manos de la espalda de Traviesa y llevarlas a la camiseta, y la joven se retiró, para dejarle sitio, el pintor se tiró de la prenda, y ésta se atascó en su cabeza… ¡demoniooos…. Jolín, fuera! Ya estaba… jolín, cómo pesaba… y entonces, notó el fresquito en su nuca y se dio cuenta. La peluca había salido junto con la camiseta. Pastor miró hacia el suelo, donde estaba efectivamente la peluca. Miró a Traviesa, que le devolvía una mirada difícil de definir. Y el estómago le dio un vuelco muy desagradable.

     -¡Aaah, no me mires! – gritó Pastor, cubriéndose la cabeza con las manos, intentó recoger la peluca, se escurrió de la cama, y cayó al suelo, y se tapó la cabeza con la camiseta, encogido en el suelo, colorado como un tomate - ¡No me mires!

     -Me preguntaba cuándo te confesarías, Melocotón… - sonrió Traviesa. Pastor no quería alzar la cabeza, no se sentía capaz de mirarla. 

     -¿Qué…? – preguntó aún así.

     -Tenía curiosidad por ver lo lejos que llevarías el asunto. Si tendrías el cinismo de acostarte conmigo como Hipólito, y no el valor de decirme quién eras realmente. – Pastor se ocultó más aún dentro de la camiseta, tapándose también toda la cara. 

      -Traviesa, lo… lo siento.

      -¿Qué sientes exactamente? ¿Haberme mentido, ser un cobarde, haberme intentado seducir con engaños, tomarme por idiota pensando que no lo iba a notar, haberte puesto en ridículo, o qué?

      -¿Te refieres a que lo sabías? – Pastor emergió de las profundidades negras de la camiseta. - ¿desde cuándo sabías que era yo…?

      -Desde que te vi, empecé a sospecharlo. Fue mucha casualidad que apareciera un artista, justito después de cantarte las cuarenta, que no estuviese matriculado en Bellas Artes y que, teniendo un hermoso bosque fuera de la Universidad, pintase la arboleda de dentro… pero me dieron la pista tus pies.

     -¿Perdón…?

     -Mira tus zapatos, bo-bo. – Pastor los miró, y cerró los ojos de pura humillación, ¡era cierto! ¿Qué clase de pringado lleva mocasines de piel, con cordones, combinando vaqueros anchos y camisetas de heavy metal? “Me paso un día entero revolviendo la ropa putrefacta del Perro, gastándome un pastón en lentillas, líquido para limpiarlas, una peluca,… y no caigo en comprarme unas simples deportivas… es lo que siempre dice mi padre “los detalles pierden a los defraudadores, los detalles los delatan”…. Soy gilipollas”. Se dijo, y tenía razón, porque su padre era inspector de Hacienda, y sabía lo crucial que podían ser, simplemente, las letras de una matrícula.

      -Yo… yo no quería engañarte. – Traviesa puso cara de “¿Ah, no….?”, pero Pastor continuó - ¡De veras…! Te lo hubiera dicho, antes de llegar al final, no sé cómo, pero te lo hubiera dicho, pero es que… - bajó mucho el tono de voz y volvió a ocultarse en la camiseta - …es que besas tan bien, y hace tanto que nadie me besaba… Yo sólo quería hablar contigo, explicarme, pero si venía a hablar contigo como Pastor, temí que no quisieras escucharme…

     -¿Y no se te ocurrió probar antes de concluir que no te escucharía?

     -…me asustaba que de verdad lo hicieras, o que te rieras de mí. – Traviesa emitió un gemido impaciente con la garganta, y Pastor se sintió avergonzado de sí mismo. Hizo de tripas corazón y se retiró la camiseta de la cabeza, y la dejó en el suelo. Pero mantuvo los ojos cerrados. – Supongo que lo he estropeado… 

     -Más bien. – Pastor suspiró y se puso en pie, dispuesto a marcharse, pero Traviesa, tendida en la cama, le abrazó por la cintura. – Me has estropeado todas las bromas que pensaba hacerte, todas las trampas que te quería tender… quería hacer que Pastor viniera a Teatro también, quería ver cómo te las apañabas para venir como Pastor y como Hipólito, quería contarte cosas que no sabe Pastor y ver cómo reaccionabas siendo Hipólito, quería meterte en aprietos con tu otra personalidad, y me lo has chafado todo… Pero no puedes estropear lo que siento por ti, Melocotón… 

     A Pastor le temblaron los labios en una sonrisa encantada. 

     -¿Aún te gusto? – Traviesa asintió - ¿De veras… no me quieres sólo para… un revolcón?

     -¡Claro que no! ¿Te parece que si sólo quisiera un revolcón, habría aguantado tu pantomima, en lugar de tirarte de la peluca nada más verte pintando? Ya te lo dicho, me gustas, Melocotón, me gustas mucho… - Pastor se sentó en la cama de nuevo, sonriendo, y se dejó acariciar el pecho por Traviesa, que subió en sus caricias por su estómago, su pecho, y sus hombros… aún le dio tiempo a agradecer que no se había puesto la camiseta interior de tirantes que solía usar, poco antes de que ella le besase de nuevo. Se dejó recostar en medio de un tierno gemido de abandono que partió el corazón de Traviesa, y le pareció que se desmayaba cuando ella empezó a bajar por su pecho a besos.

      -Ooh… Traviesa… - tartamudeó – Yo nunca… nunca… qu-quiero decir, sólo una maldita vez y deprisa… por… por favor, sé… gentil conmigo, ¿vale?

      La joven descolgó la cara en una sonrisa de ternura infinita, ¡un hombre pidiéndole gentileza…! Ella, harta de encontrar, por su forma de ser y entregarse, a hombres que sólo querían pasar un rato divertido con ella, que consideraban que acompañarla a su casa eran suficiente como juego previo y que lo único que querían oír de su boca eran gritos, oír algo así la hacía derretirse de alegría… Quería hacerle feliz, muy feliz, quería que entrase en órbita de placer. Asintió y le acarició suavemente la cara y el pecho mientras seguía bajando a besos cálidos y lentos, recorriendo la línea del vello, castaño más oscuro que el de la cabeza, y que se oscurecía más conforme bajaba a la frontera del vaquero. 

     Pastor no podía dejar de sonreír. Quería acariciarla él también, quería abrazarla, mimarla y jugar con ella… pero estaba demasiado arrobado por lo que sentía, no sólo en su cuerpo, sino también en su corazón. Recordaba qué distinto había sido con Susana, ella le había dicho “me gustas”, y esa había sido casi su única conversación, le llevó a su coche y allí tampoco hablaron, le sobó el pantalón, le abrió la bragueta y se montó sobre él, poniéndole las tetas en la cara. No sabía cuánto había durado, pero suponía que poco… después, se había sentido sudado y sucio, y cuando ella le dejó claro que no quería nada más de él, se sintió más sucio todavía, y cuando llegó a su casa, se duchó con lejía en lugar de con gel de baño, e hizo una raja en la camisa para tener un pretexto para tirarla, porque olía mucho a ella. Qué diferente estaba siendo ahora… Traviesa le dedicaba tiempo, le estaba besando y dando lamentocitos suaves entre los besos, subía y bajaba… acariciaba sus costados, besaba, daba tironcitos del pelo, lamía entre él… aah, su lengua quemaba de un modo tan delicioso… ¡Oh, sí…! ¡Aaaaaaaah, mmmmmmmmmmh….! ¡Le había pescado un pezón entre los labios, y succionaba de él….!

      -Mmmh… ¿esto te gusta, Melocotón…? Te has puesto muy colorado… - sonrió Traviesa, soltando su pezón por un momento. Pastor tiritaba y tenía un terremoto enorme en el estómago, y asintió con la cabeza, porque era incapaz de hablar. Su pantalón se abultaba como si debajo de él tuviera una barra de acero. Aprovechando que le quedaba tan ancho, la joven metió la mano bajo el vaquero y tocó el bulto con suavidad, aún por encima de los calzoncillos.

      -¡Haaaaaaaah….! – Pastor se encogió sobre sí mismo, preso de un placer inmenso que le mordió todo el bajo vientre. Traviesa supo que no sería capaz de aguantar mucho más, y se tumbó junto a él, besándole la cara y la oreja, quemándole con la lengua.

     -Melocotoncito… ¿quieres hacerlo dentro de tu Traviesa, o prefieres que te acaricie dulcemente hasta que te derritas en mi mano, ahora que estás tan a punto…? 

     “Haaaaaaaaaah… está saboreando las palabras, maldita sea, se recrea en la suerteee…” pensó un muy desesperado Pastor, porque no quería elegir, quería todo… quería acabar, estaba tan cerca… pero no quería hacerlo fuera, no teniéndola a ella allí, junto a él, después de todo lo que… 

      -Dentro… - balbució. – Deprisa, por favor, deprisa… - rogó, y Traviesa sacó la mano, divertida, y se quitó atropelladamente la blusa blanca y las bragas; la falda no perdió tiempo en quitársela, ¿para qué? Pastor, a su vez, había logrado atinar a desabrocharse el vaquero y bajarlo junto con los calzoncillos de cuadros, no mucho, poco más que hasta los muslos, no hacía falta más… lo que Pastor no sabía es que él, no era el único que estaba deseando fundirse con la otra persona de la habitación, Traviesa estaba goteante de excitación, sólo por verle tan deseoso. “Mmmmmh…. Vas a empaparte del jugo de mi pasión, Melocotón… jiji, Melocotón en almíbar”, pensó, divertida, e intentó montarle, pero Pastor puso de pronto gesto casi de asco. - ¡Ah, espera, debajo no…!

     -¿Qué pasa…?

     -Nada, de veras… sólo que… prefiero estar yo encima, si no te molesta… - Traviesa sonrió, y se tumbó, abriendo brazos y piernas para su Melocotón, y éste se giró sobre ella, y empezó a frotarse, recordando un poco tarde que, con su nula experiencia, no sabía bien por dónde… haaaaaaaaaah… pero casi que daba igual… mmmmmh, qué rico era frotarse así… qué calentita estaba, y qué humeda… 

     -Oh…. Oh, cielito… Melocotóooon…. Aaaaaaaah, sigue así… sigue moviéndoteee… mmmmmh… me estás acariciando tan bieeeeeeen…. – Pastor se sintió en la gloria, ¡le gustaba, le estaba dando placer a pesar de estar fuera! Traviesa sonreía y ponía los ojos en blanco, y lo cierto es que estaba descubriendo un placer nuevo para ella… estaba tan acostumbrada a la penetración sin miramientos, que aquél juego de frote la había cogido desprevenida, ¡y le encantaba! Era tan calentito, tan tierno… oooh… el miembro de su Melocotón hacía círculos en su sexo, le estaba rozando la perlita, y cuando se movía… ¡ah, sí! Mmmh, le tentaba la entrada, ay, qué dulce…. Qué tortura, qué delicioso… se sentía arder, arder por dentro de un modo maravilloso… gemía entre sonrisas de gusto… se sentía tan feliz, tan dichosa, que… que… - “Detrás de ese inceeendio que te mueveeee… se esconde una ciudad de dos mil aaañoooos… detrás de ese incendio, diceeeen… que sólo existe el maaar….”

      -¿Eh….? – Pastor, hecho agua y sintiéndose flotar e invadido por un millón de chispitas traviesas desde su sexo a su nuca, se extrañó… ¿Traviesa se había puesto a cantar? La joven le sonrió, y le animó a que siguiera moviéndose, acariciándole la espalda, bajándole más los pantalones con los pies… Pastor entendió que ella lo estaba pasando, como poco, tan bien como él, y se sintió tan feliz que quiso llorar o reír a carcajadas… reír en aquél momento, le pareció poco apropiado, y llorar le daba corte, así que se dejó caer del todo sobre ella para abrazarla con fuerza, y siguió moviéndose.

     -“Presiento que me aguarda ya, el final del tieeempo griiis…. Hoy, he visto arder París… sobre el fuego de tu espaldaaaa….” – Traviesa se contoneaba debajo de él, abrazándole con intensidad, acariciándole la columna y cantando bajito en su oído, y entonces, Pastor echó hacia atrás las caderas, y al recolocarse, notó que su miembro no era empujado hacia arriba como las otras veces, sino que notaba un calor mucho más intenso en la punta… “lo he encontrado” se dijo, y empujó hasta el fondo - ¡Aaaaaaaaaaaah…. Arde París! – gimió Traviesa sin poder contenerse, curvando la espalda, y vaciándose de aire, ¡había entrado! ¡Le tenía dentro, y la llenaba de una manera maravillosa…! 

     Pastor sintió un gusto delicioso, un deseo irreprimible de moverse, quiso permanecer quieto unos segundos, disfrutar de esa maravillosa sensación de sentirse abrazado, apretado y calentito, y que ya casi había olvidado… pero no pudo, el deseo le gritaba, y tuvo que moverse, aún sabiendo que eso significaba que iba a aguantar nada y menos… pero Traviesa alivió cualquier temor a dejarla a medias, cuando susurró en su oído:

     -Por favor, Melocotón… ¡no te pares ahora! – Parecía a punto de llorar, con esa vocecita que ponía, y Pastor le dio marcha a las caderas, empujando con pasión, saliéndose casi del todo y entrando de nuevo, ¡ah, era magnífico! ¡Era tan suave, se deslizaba tan bien! ¡No aguantaba más, no podía, no podíaaaa….! Traviesa cruzo los pies a su espalda y gritó una sola vez, tembló y brincó sobre la cama, y Pastor sintió que se derretía, que todo su bajo vientre se fundía como mantequilla al calor de un soplete… Traviesa pegó un golpe de caderas en medio de un gemido, y Pastor tuvo que tomar aire, ¡qué apretón!.... ¡era como si quisiera arrancarle la polla… pero qué gustazo….! Haaaaaaaaaaaah…. Sintió que se derramaba, que la vida entera se le escapaba, absorbida por su compañera, que seguía tensa, con los pies cruzados en su espalda… Pastor pensó que ella no había acabado aún, y a pesar de estar rendido, empujó de nuevo. 

     -¡Síiiiiiiiiiiiiii…. SÍ! – gimió la joven, y ocultó la cara en el hombro de Pastor, temblando de nuevo, más tensa aún, y pegó otro golpe de caderas que exprimió de nuevo el miembro de su Melocotón, éste no se detuvo, y llegó un tercer brinco, Traviesa gimió, y por fin sus piernas, dando otro temblor, empezaron a soltarse… la joven exhaló un suspiro interminable y todo su cuerpo se relajó, quedó laxa en la cama. – Mmmmmmmmmmmmh…. Mmmmmmmmmh…. Oh, Dios mío…. Oh, Dios mío… 

      -¿Te encuentras bien…? – Pastor puede que no fuera un amante experimentado, pero había visto mucho porno, y no recordaba que las actrices quedasen así después de… Traviesa tenía la mirada perdida y sonreía de oreja a oreja. Con dificultad, volvió la cara para mirarle.

     -Mmmmmh… Melocotón…. Melocotoncito mío…. Puede que ésta sea la primera vez que tengo tres orgasmos seguidos, y no soy yo misma quien me los doy…. Te adorooo…. – Logró musitar antes que su cabeza cayese de lado nuevamente y quedarse totalmente frita. 


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     Damodar, el feroz monje guerrero de cabeza afeitada, sudaba copiosamente, mientras transportaba el enorme fardo de leña sobre sus espaldas desnudas. Todo su torso estaba bañado en sudor, pero su rostro no delataba la menor emoción. Yalina y Pequeño Capullo Troli, sus compañeros, permanecían con él en el monasterio, intentando averiguar algo más del misterioso archimago Pontius que había colocado a su amigo en aquél aprieto. La mascota del mago, una súcubo llamada Delice, había seducido al monje con un hechizo y le había forzado a tener sexo con ella, aunque el monje podía darse por satisfecho: aunque había roto su voto de castidad, no había perdido por completo su virginidad, porque Yalina había logrado despertar del conjuro de sueño que la súcubo les había impuesto a ella y al Pequeño Capullo, antes de que se consumara, de modo que Damodar había practicado sexo oral a Delice, pero no la había penetrado. No obstante, su voto de castidad estaba severamente dañado, y habían decidido ir al monasterio para aliviar la conciencia del monje… hay que tener en cuenta que, buena parte de su fuerza y sus capacidades, venían del voto de castidad, si lo quebrantaba, no sería ya tan buen guerrero. Por eso, se había impuesto severas penitencias de entrenamiento y concentración, dispuesto a purgarse y recuperar el favor de su dios. 

      -Me da pena verle así. – dijo Yalina. Pequeño Capullo asintió, pero hizo una serie de gestos muy elocuentes que delataban que él sentía pena por Damodar, no por que tuviera que hacer penitencia, sino porque su amigo le había comido el coño a una súcubo que estaba para comerle eso, y todo lo demás que llevaba pegado, y justito cuando iba a calzársela, se habían despertado, y le habían dejado sin el premio gordo. Yalina no se lo tomó en cuenta, el Pequeño Capullo sólo pensaba en comer, robar, o follar. Y sus preferencias, no irían en ese orden. 

     -También a mí me apena ver así a un gran guerrero – dijo una voz, Yalina se volvió, y vio a Pontius. Troli estuvo a punto de lanzarse a él con la daga por delante, pero la hechicera le frenó. No era Pontius, era una imagen suya, proyectada mágicamente desde vaya uno a saber dónde. - ¿Por qué insistís en enfrentaros a mí, cuando podemos ser aliados? Hacedme caso, vuestro contratante piensa mataros tan pronto acabéis el trabajo, si no me creéis, preguntad en el monasterio por otros grupos de aventureros como vosotros… Y yo preciso vuestra ayuda y estoy dispuesto a pagaros bien. Pensadlo. Adiós. – Y la imagen, desapareció. 

     -Creo que tiene razón, debemos aceptar su ayuda – manifestó Yalina.


     -¿Qué has dicho…? – Preguntó Zorra con Suerte, la hermana de Pastor, que llevaba a Damodar. Rob el Perro, que llevaba al Pequeño Capullo, se había quedado igual. Pastor jamás confiaba en nadie, y menos en alguien que tenía como mascota a un súcubo que había estado a punto de violar a un compañero… 

      -Bueno… nadie dice nos hermanemos con sangre, caray… - contestó Pastor. – Pero, creo que éste tipo, puede ayudarnos… puede tener razón… creo que debemos ser un poco más abiertos, todos, y no prejuzgar a la gente… - Pastor, sentado en el suelo, como los demás, encogió las rodillas, y apoyó la cara de lado en ellas, con expresión soñadora. Zcs no podía saberlo, pero miró al Perro con expresión interrogativa. Éste no necesitó cerciorarse, llevaba oliendo el aroma del sexo desde que entrase Pastor, y asintió con disimulo. Toñito, el máster de la partida, no podía ni creérselo, y ocultó la cara en el libro de reglas para que nadie le viese reír, al tiempo que Zorra hacía lo propio, pero tapándose con la ficha de personaje, mientras se preguntaba cuándo le diría su hermano la verdad… y el Perro tenía la conciencia tranquila: él había prometido no decir nada… acerca del disfraz de Pastor, no acerca de si éste, tenía sexo o no.