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lunes, 10 de marzo de 2014

Asuntos de familia



   
      -¿Tienes una hija? – preguntó Alan - ¿Y qué se supone que pasa con ella, es otra blanda de corazón como su padre? ¿Alguien que presume de ser menos salvaje que sus hermanitos y luego los apuñala por la espalda usando humanos….? – Bromeó el licántropo. Bobbie, el hermano pequeño de Alan, aguantó la ironía. Desde su ya lejana niñez, Alan había presumido de ser el más salvaje de los dos, el más animal, el más feroz. Bobbie no se había sentido orgulloso de su licantropía nunca, opinaba que su hermano mayor era demasiado bruto, y era cierto… pero entre licántropos, no se estila la sutileza, prima la fuerza bruta. Alan estaba destinado a ser el heredero de la familia hasta que llegó Coral. Bobbie había mostrado interés en ella, pero Alan, tomándola por una humana que pretendía colarse en una familia rica a base de polvos, intentó asesinarla. Grande fue su asombro cuando descubrió que se trataba de una renegada; una licántropo también, aunque de la familia de las serpientes, que había sido expulsada de su clan. Puesto que el heredero de una gran familia no podía contraer matrimonio con alguien sin familia ni honor, Alan renunció a sus derechos de primogenitura en favor de su hermano pequeño. De eso hacía ya casi un siglo. Un siglo que la pareja había vivido en el incógnito, sirviendo como mercenarios, protectores y asesinos a sueldo, y habían engendrado tres hijas. 

     Bobbie por su parte, se había hecho cargo de la familia, pero muy a disgusto de su padre. El menor de los licántropos sabía que Alan había sido el favorito paterno y lo seguía siendo, renegado  o no. El padre de Alan y Bobbie había hecho saber constantemente a éste que era el heredero sólo porque no quedaba más alternativa, pero no porque lo aprobase realmente. En su lecho de muerte, comido por el sida y convertido en mero pellejo, sólo había pedido por su hijo mayor. Bobbie había intentado cientos de veces permanecer junto a su padre, tomarle de la mano, ofrecerle algún consuelo… el anciano le echaba apenas le veía aparecer y sostenía que él sólo tenía un hijo. Bobbie, mucho más sensible que su padre y su hermano, se tragó las lágrimas de canto. Despreciaba a su padre, pero no podía odiarle. En su recuerdo, siempre sería aquél hombre fuerte que aun teniendo él doce años, era capaz de cogerle del cogote y zarandearle con una sola mano para jugar con él. Tras su muerte, hacía ya cerca de veinte años, Bobbie se hizo cargo de las empresas que su padre había fundado y hecho crecer. Para entonces, también estaba casado y dos de sus hijos estaban ya en el mundo. El tercero, que había hecho que Bobbie pudiera encontrar a su hermano, vendría al año siguiente. 

     -Será mejor que te lo cuente todo. – opinó Bobbie – Sé que vas a reírte, pero no me importa. Necesito tu ayuda. – Coral, la mujer de Alan, quien estaba dispuesta a ayudar a Bobbie… si éste accedía también a dejar que su esposo e hijas recobrasen el apellido familiar y la mitad de riqueza de la familia, llenó de nuevo el vaso de licor de ambos hermanos y el suyo propio. – He tenido tres hijos, Alan. Dos machos y una hembra. Y cada vez que los miro, pienso que Padre tenía razón conmigo: nada bueno se puede esperar de mí… sólo he sido capaz de engendrar abortos. 

     Alan se quedó mirando a su hermano. Si Bobbie esperaba una palabra de consuelo, una mano tendida de su hermano mayor, los dos sabían que esperaba en vano. Pero Alan sabía que su hermano era sensible, afectuoso. Si se refería en esos términos a sus propios hijos, algo grave tenía que pasar con ellos. 

      -Marcus es el mayor. – continuó Bobbie. – No pude sentirme más feliz cuando lo tuve en brazos. Es un joven fuerte, alto... Se parece mucho a ti. – miró a Alan como si él tuviese la culpa – Cada vez que le miro, pienso que eres tú con el pelo claro. Pero se parece sólo por fuera. Por dentro, no es ni como yo. Es débil, pusilánime, cobarde. Tiene un miedo absurdo a recibir heridas o a sufrir dolor. Cuando he intentado luchar con él, me ha rehuido. Me teme. Teme a todo el mundo, no es capaz de enfrentarse a nadie… aún es virgen. No ha tomado pareja, no ha matado. No puede darme herederos. Es ahembrado. Cree que no lo sé.

    Entre los licántropos, la homosexualidad no es algo realmente grave salvo en el aspecto de la fertilidad; si un primogénito no desea tomar pareja con la que procrear, pierde su derecho en favor de su siguiente hermano, a no ser que pueda conseguir un cachorro legítimo de algún otro modo… no era eso lo que preocupaba a Bobbie, sino el hecho de que su hijo mayor fuese virgen con casi cincuenta años de edad. De un modo u otro, tenía que mostrar apetencias sexuales, igual que mostraba hambre o sed. 

     -Pero… No es posible que le tenga miedo a todo, es sobrino mío a fin de cuentas, ¿cómo habéis educado a ese chico? – intervino Alan.

     -Siempre intenté hacer que… se sintiera a gusto consigo mismo, que supiese que su fuerza no lo es todo, que tiene otras cualidades… Y las tiene, tiene las “otras cualidades”, pero no parece tener las principales. Sabe escribir poesía, música, sabe tocar el piano y el arpa, sabe dibujar… pero no sabe matar ni cazar. No es capaz ni de cazar un conejo, hasta cerca de los quince no fue capaz de Cambiar – Bobbie parecía desesperado – Pero a fin de cuentas, por débil que sea, por miedoso que sea, es mi hijo primero, y al menos… ¡al menos habla! – se lamentó y se llevó las manos a la frente, avergonzado al continuar – Mi hijo mediano es un sag. 

     -¡¿QUÉ?! – ladró Alan, y se puso en pie de inmediato - ¿Será una coña, verdad? – Hasta Coral ahogó un grito. Bobbie contestó con la voz ligeramente ahogada. 

     -No. No lo es, ojalá lo fuera. – Bobbie pensó en Rob, el que durante tantos años fue su hijo pequeño, y la pena y la vergüenza le invadieron. La palabra “sag” puede traducirse por “perro”. Los licántropos son una mezcla de humano y animal, un capricho evolutivo. Pero las mezclas caprichosas pueden salir bien, como la perdiz al chocolate… o pueden salir más bien como natillas con mayonesa. Un sag es un licántropo incompleto, alguien excesivamente cerca del lado animal, pero no en su variante salvaje, sino doméstica. La mayor parte de sags no hablan o se niegan a hacerlo, y aún en su forma humana tienen hábitos caninos. Los licántropos los tienen muy mal considerados y apenas una cría demuestra estas rarezas, es sacrificada. Se considera que por su propio bien y el de la familia. – Mi esposa me pidió que lo eliminara, que lo abandonara si no podía hacerlo… pero no fui capaz, ¡es hijo mío! 

     -¡Esa sensiblería, no le hace ningún bien a esa criatura hecha a medias! – le reprochó Alan – Si hubiera nacido sin brazos, o deformado, ¿no lo habrías matado por su propio bien? ¡Ahí es donde se demuestra la bondad, haciendo lo que es preciso hacer! Lo contrario, no es bondad ni amor, es sólo debilidad. 

    -Alan… basta – advirtió su hermano, también poniéndose en pie – Te garantizo que no he sido un padre débil. He buscado siempre lo mejor para mi sangre; se me ha dicho siempre que los sags no son conscientes de su propia existencia, que son anencefálicos y no sienten, que no son más que perros con disfraz… te garantizo que mi hijo siente. Piensa. Sufre. Y no voy a asesinarlo. 

     -¿No te das cuenta que lo has condenado a una existencia mísera? ¿Que no habrá hembra que quiera acercarse a ello, que ningún clan va a aceptarlo, que vivirá y morirá siempre solo viendo como todo el mundo lo desprecia?

     -¡”Le”, Alan! ¡No es un animal, no es una cosa! ¡Puede Cambiar, es un licántropo! ¡Puede que sea un sag, pero es mi hijo a pesar de todo! ¡Me llena de vergüenza cada vez que le miro, pero sacaré de él algo de provecho, porque es hijo mío! Aunque me deje la vida en ello. 

    Ambos hermanos se miraron retadoramente, un rugido bajo salía de la garganta de los dos, pero antes de que la cosa pasase a mayores también Coral se levantó y colocó una mano conciliadora en el hombro de su esposo. No es que Alan se calmase al instante, pero algo de juicio sí le devolvió. Coral aprovechó para tomar la palabra mientras se sentaban nuevamente:

     -No sé cómo deseas que te ayudemos con un sag. Sé que es hijo tuyo, pero… Bobbie, ¿no has pensado que es posible que esté cegándote la pasión? ¿Que veas señales de inteligencia dónde sólo hay… donde no hay nada? – Bobbie la fulminó con la mirada. No le perdonaba el que ella hubiera elegido a Alan en lugar de a él, y ella lo sabía – Entiéndeme, cuando mis hijas eran pequeñas, me parecía que decían “mamá” cuando solamente balbucían. 

    -Hablemos claro, Bobbie: te faltan redaños para dar un puñetazo encima de la mesa y quieres que lo demos nosotros en tu lugar, ¿verdad? – El menor desvió la mirada – SABES que hay que darles un zarpazo para que espabilen, pero no eres capaz. 

    -Sé lo que duele que tu propio padre… o tu hermano, te den una tunda, aunque te haga falta. He pretendido educarles sin necesidad de que me teman, pero parece que he fracasado. 

    -No se trata de que te teman, sino de que te respeten. Yo he tenido que enfrentarme a mi hija favorita hasta aplastarle la cabeza contra el suelo, ¡pregúntale si dejó de quererme! 

    -¿Qué hizo…?

    -Eso no viene al caso – Si Bobbie se enteraba que Alan había transigido con un humano y lo habían convertido en licántropo, no podría dejar de reír en un año. - ¿Qué pasa con tu tercer cachorro, con la hembra?

    -Ella…. Eeh… Alan, antes de hablarte de ella, tengo que pedirte una cosa. – Alan cabeceó para animarle a continuar – Mi hija pequeña se llama Dolly. Por favor, no le digas a mi esposa por qué la quise llamar así. 

    Dolly había sido la prostituta humana con la que Bobbie se había desvirgado; Alan cerró los ojos y negó con la cabeza. 

     -Qué ganas tienes de complicarte la vida tú solo, hermanito…  Sea, no diré nada. ¿Qué pasa con ella?

     -Es tú con tetas. 

     A Coral se le escapó la risa sin poder contenerse, y muy pronto su marido la acompañó. ¿Qué tenía de malo que su sobrina, se pudiese parecer a él? Junior también era parecida a él, y salvando que había ido a encapricharse de una subcriatura (aunque luego hubiera demostrado valía), no tenía nada que reprocharle…

     -Suponía que lo tomarías así, pero no es tan bueno como suena – dijo Bobbie – No se trata de que sea feroz, dispuesta o tenga iniciativa… se trata de que no es la primera vez que la pesco intentando matar a alguien de los suyos. 

    -¿Eso te parece tan terrible? – Alan bebió un sorbo de licor – Yo no era más que un mocoso y creo que tú aún mamabas, cuando maté al mediano. Son cosas que pasan en familia. Quien se deja matar, no merece vivir. 

     Bobbie asintió mirando a otro lado. Sabía que había tenido otro hermano además de Alan, pero éste le había matado siendo poco más que cachorros; durante una lucha habitual entre hermanos, el mediano se había rendido a la superior fuerza física de Alan, colocándose panza arriba delante de él. En lugar de dar por terminada la pelea, el pequeño Alan destripó a su propio hermano y lo decapitó. El mediano había tenido un nombre, pero su muerte había hecho que fuese borrado de los libros de familia, de los retratos y su nombre cayese en el olvido, igual que si no hubiese existido nunca. Alan no presumía de éste hecho, se trataba de algo que, si bien no era la norma general, tampoco era tan extravagante, podía pasar. Pero la difunta madre de ambos le contó a Bobbie algo de lo que Alan presumía menos aún. Su hermano mayor se había peleado con el mediano en muchas ocasiones, eran rivales pero también camaradas, su diferencia de edad era corta… Pero qué casualidad, la pelea mortal sucedió poco después de que Alan pescase al mediano intentando ahogar a Bobbie con una almohada. 

    -Ya. Pero es que no va solo contra sus hermanos. – puntualizó Bobbie – Mi hija pequeña pretende matar a su madre y tener hijos conmigo. 

   Alan se atragantó con el whisky. 

    -¿Qué? 

    -No es algo que haya leído en su diario. Es algo que tuvo la sangre fría de decirme a la cara. Con su madre delante. No es un caprichito de cachorro inocente, fue hace menos de tres meses; mi esposa se había quedado dormida en el sofá, y cuando llegué a casa, la pesqué intentando atravesarle la cabeza por las orejas con una aguja de tejer. Cuando la frené, me dijo que con ella sólo había engendrado hijos malos, salvando ella misma. Que si la tomaba a ella, tendría hijos mejores para la familia… Mi mujer se le lanzó a la cara e intentó arrancarle los ojos, tuve que pararlas antes de que se mataran la una a la otra… 

    -Mal hecho. – intervino Alan - ¡Debiste dejar que le dieran un buen revolcón! 

   -¿Me dejas terminar, por favor? El caso es que quise enviar a Dolly a un internado, pero me asusta que mi hija se ponga a matar chicas humanas, es muy capaz de ello. Pensé en ponerle un tutor privado y enviarla lejos con él, pero tiene que ser alguien muy fuerte o…

    -Yo, vamos. ¿Es eso? ¿Quieres que sea el tutor de la Electra que tienes en casa hasta que se le pase el calentón? 

    -…Sí. – A la vista estaba que Bobbie se sentía ridículo y avergonzado por tener que pedir a su hermano algo semejante, por haberle tenido que confiar algo tan embarazoso, pero no le habían quedado más opciones. Coral y Alan se miraron. Es cierto que era una estupenda ocasión para que tanto él, como las niñas, recobrasen su apellido y sus derechos, pero por encima de todo… era su hermano.



*************



      No había muchos edificios tan altos como ése en la ciudad, y más de la mitad de las plantas estaban destinadas a un hotel, el Lunadorada, más lujoso aún que el Maravillas, y a tiendas de lujo de todo tipo. En la zona más alta del edificio, Bobbie y su familia tenían su vivienda. Tres pisos de ático de más de doscientos metros cada planta, más el jardín privado, arriba de todo, con piscina y sauna. Al lado de aquello, la casita de campo que él y Coral poseían, parecía poco más que una chocita. Alan vio cómo suspiraba su esposa mirando el inmenso lujo, y pensó que si podía conseguir la mitad de su herencia, le faltaría tiempo para conseguirle una guarida así… “Debe haber sido una pasada criar niños aquí, con tanto espacio para… todo. Acostar a las niñas en un cuarto grande lleno de ventanas y plantas, y no en una litera triple dentro de un cuartito con un solo ventanuco que daba a un patio de vecinos, que olía a marihuana y a pastel de oveja revenido…” pensó Alan, recordando los lejanos tiempos de los primeros años de sus hijas, en un piso enano en lo peorcito de Londres. Les costó mucho ocultarse y ahorrar, ahorrar como urracas para conseguirse una vivienda decente con un poco de sitio para que las niñas pudieran jugar y correr, y Cambiar en paz. Tomó de la mano a Coral. 

     -¿Te imaginas…?

    -Sí – contestó su esposa. La mirada que intercambiaron, lo decía todo. En una casa así, no sería preciso mandar a las niñas a jugar fuera para tener una pizca de intimidad, ni esperar a que estuviesen dormidas para salir al bosque a retozar un poco… Era una verdadera lástima que en una casa tan a propósito para criar a una familia, sólo se respirase resentimiento y temor. 

    -Buenos días, padre. – dijo una voz clara. Alan ya sabía que estaba allí, le había olido nada más entrar, y también sabía que estaba la pequeña, y que los espiaba, pero no sabía desde donde. Bobbie sonrió, un poco forzadamente, y se dirigió a su hijo mayor.

    -Hola, Marcus. Quiero presentarte a alguien. Alan… - tendió la mano hacia su hermano – Este es tu sobrino. Marcus, éste es tu tío Alan. Y su esposa, tu tía Coral. – Coral se adelantó y besó la mejilla, redonda como la de su esposo, del joven licántropo. Marcus tenía el cabello castaño claro, casi rubio cuando le daba la luz, pero por lo demás, era un calco de su tío Alan. El joven pareció estudiarlos, ¿qué hacían allí de pronto? 

    -Parece ser que alguien necesita un empujoncito en la buena dirección… - dijo Alan, tendiendo la mano al joven. Éste la estrecho, pero miró con nerviosismo a su padre.

   -¿Qué les has contado?

     -Nada serio, hijo, son parientes y pretenden ayu…

    -Sólo nos ha dicho que un castrato tendría más huevos que tú. 

   -¡Papá!

   -¡Alan! – padre e hijo habían hablado a la vez y casi con el mismo tono de avergonzado reproche, y Coral no pudo evitar reírse.

    -¿Es la verdad o no? 

   -No… considero que sea preciso usar la violencia constantemente, si a eso te refieres. – argumentó el joven. 

    -“No consideras que sea preciso usar la violencia constantemente…” – se burló Alan, y apenas había terminado de hablar, cuando Marcus se desplazó un metro hacia atrás por efecto del zarpazo. Bobbie  quiso frenar a su hermano, pero no llegó a tiempo. Marcus, con gesto espantado y blanco como un papel, vio como la sangre le goteaba en cuatro surcos, del hombro hasta casi el ojo izquierdo. - ¿Y ocasionalmente?  - El joven titubeó. Alan dio un paso hacia él y Marcus retrocedió – Acabo de atacarte, ¿no vas a responderme? 

    -Pero… ¿Por qué me atacas? – el joven miraba a su padre en busca de auxilio, y Bobbie no le mantuvo la mirada. - ¡Yo nunca he querido usar la fuerza! ¡¿Por qué no se puede ser pacífico, por qué no se puede dejar a la gente en paz?! 

    Alan miró a su hermano con reproche. 

    -¿Cómo les has enseñado? ¡Este chico no tiene orgullo! 

    -Alan, tú sabes que Madre también buscaba la coexistencia pacífica entre humanos y licántropos, y yo estoy de acuerdo con ello. Es lo que he intentado inculcar en mis hijos: la palabra, el diálogo… ¡No somos fieras!

    -¡Ahí es donde te equivocas, hermano, SÍ somos fieras! Es posible que seamos más inteligentes que un lobo o un león, pero somos fieras. – se volvió hacia Marcus, que respingó – El pacifismo sólo sirve para envalentonar al enemigo. Para que piense que le tienes miedo, que es más fuerte que tú, y que puede abusar de ti como se le antoje. La Naturaleza te ha dado fauces y garras, y tú pareces sentirte avergonzado de esos dones. ¡Úsalos! – Alan lanzó otro bofetón, pero Marcus esquivó, aún asustado. Alan atacó con la izquierda, y golpeó de nuevo, Marcus se quejó y siguió esquivando, pero cuando le acertó el tercer golpe, sus ojos brillaron, y su rugido atronó el cuarto. Alan sonrió – Bien. 

    Marcus se quedó pensativo y la furia desapareció de sus ojos. 

   -¡No, no está bien! – se lamentó - ¡Yo no quiero ser así! 

   -No haber nacido. – Marcus estuvo a punto de protestar, pero Alan le acalló – Escucha, hijo… Si quieres hacerte la ilusión de que eres mejor que alguien, de que eres bueno y noble, puedes hacerlo si te place. Si quieres soñar con una utopía pacifista, por mí adelante. Pero tienes que saber que en el mundo, hay gente… como yo. - Sonrió, mostrando los afilados colmillos -  Gente que intentará quitarte lo que tienes, que intentará matarte, hacerte daño a ti y a los tuyos, gente a la que el pacifismo, le importa un cuerno y a quienes no podrás convencer hablando. Forzosamente tendrás que atacarlos, te tendrás que defender, o te matarán. 

     -Pero yo creo…

      -No es lo que creas, es lo que ES. – Un repentino cambio en la atmósfera, como si hubiera caído al suelo una pluma, indicó a Alan que alguien más estaba en el cuarto, y se volvió para verla. Allí estaba la pequeña, Dolly. No parecía pasar de los dieciocho, si es que llegaba a ellos; tenía el cabello largo y negro y los ojos muy azules. Su cara parecía porcelana, su rostro el de una muñeca. Sus ojos, los de una asesina. Vestía de negro y miraba a Alan con gran interés. 

    -Hola, Alan. – sonrió y mostró dos afilados colmillos felinos. – No pierdas el tiempo con Marcus, no vale la pena. Lo mataré cualquier día. 

    -Dolly, ¿cuántas veces he de decírtelo? Deja en paz a tus hermanos – abogó su padre. La joven emitió un ronroneo y se contoneó hacia su padre, se frotó contra él, rebozándose como un gato, acariciándole la barbilla con su espesa melena. Bobbie pareció incómodo. 

    -Lo siento, papaíto. – musitó con voz melosa – No lo diré más delante de ti. Pero… - se acercó a Alan – Cuando le haya matado, su nombre será borrado de los registros, y yo no tendré hermano, así que no será como si lo hubiese matado, sino sólo como si él no hubiese vivido. ¿Verdad que sí, Alan?

   Dolly se quedó mirando a su tío con los labios entreabiertos, recorriéndole con ojos de deseo. Alan estuvo a punto de mirar a Marcus y decirle “¿Ves lo que te decía?”, pero antes de poder hacerlo, Coral estaba junto a él y le había tomado de las caderas. 

    -Hola, pequeña – recalcó – Soy tu tía Coral. Estoy segura que quieres que nos llevemos muy bien. 

    -Eres una renegada – sonrió con superioridad – No puedes darle verdadero honor, yo sí puedo; vuestros hijos serán todos bastar… - Dolly no llegó a acabar la frase; Alan la cogió del cuello y la alzó, casi al mismo tiempo que Coral le escupió veneno a los ojos. 

    -¡No! ¡Alan, suéltala! – la defendió Bobbie mientras la joven pataleaba inútilmente e intentaba Cambiar, sin conseguirlo. Alan apretó la garra, sonó un chasquido y entonces la dejó caer. Dolly gorgoteaba en el suelo y Bobbie corrió hacia ella - ¡Le has roto la tráquea! 

    -Qué lástima… - bromeó Coral.

    -Aparta, papá. – Marcus se acercó, llevaba en las manos un canuto de bolígrafo, se agachó junto a su hermana y le atravesó el cuello con él en el lugar preciso. Una especie de silbido indicó que los pulmones de Dolly se llenaban nuevamente. – Escucha, hermanita, el sonido de tu respiración. Y cada vez que lo hagas, recuerda que lo sigues haciendo gracias a mí. 

    Bobbie miró a su hijo mayor como si fuese la primera vez que lo veía. El joven se alzó y miró a su tío. 

    -Opino que se cazan más moscas con una cucharada de miel, que con un litro de vinagre. – dijo, y sonrió. – Nunca se me ocurrió que nadie pudiera plantarle cara  a Dolly. Me gustaría que me enseñases a pelear… tío. 

    Alan dio una cariñosa bofetada a su sobrino.

    -Eso está hecho. 

    -¡No veo nada… no veo! – Con voz ronca y gangosa, Dolly se quejaba en el suelo, y no era para menos. El veneno de Coral le había quemado los ojos. Su padre la tomó en brazos para llevarla al sofá, pero Coral se interpuso. 

    -Para. 

    -Coral, me parece que ya has hecho bas…

    -Ni he empezado todavía. – sonrió - Esta niñata se piensa que puede conseguir a cualquier hombre que desee, que puede conseguir TODO lo que desee y menospreciar a todo el mundo, porque es muy fuerte y guapa… y porque papaíto siempre va a estar ahí para mimarla. 

    -¿Qué quieres decir? 

    -Bobbie, quizá no te hayas dado cuenta, pero has hecho muchos favoritismos entre tus hijos. No te culpo por ello, Alan también tiene su cachorro favorito, pero cuando ha hecho falta poner los cojones sobre la mesa y pararle a alguien los pies, lo ha hecho. Esa es la diferencia, que tú no lo haces; has dejado que Dolly haga siempre lo que ha dado la gana. Ahora está empezando a sufrir las consecuencias, déjala sufrirlas. Si piensa que siempre vas a estar tú para protegerla, no haremos nada.

   -¡Cállate, zorra venenosa! – chilló la chica - ¡te mataré! 

   -Bobbie, tú sabes que ha estado mal lo que ha hecho. Lleva estando mal mucho tiempo. No la abraces, no la consueles, no la apoyes cuando hace mal. Castígala. ¿Quiere matarme? Muy bien, que lo intente. Déjala en el suelo. 

    Dolly quiso protestar, aferrarse al pecho de su padre cuando notó que éste la bajaba, y a Bobbie se le partió el corazón al dejarla de nuevo en el suelo sabiendo que estaba ciega y que no podía respirar bien… pero lo hizo. Coral se sacó de la espalda los dos estiletes llenos de veneno que solía usar y se situó cerca de ella. La joven lanzó un zarpazo y erró. Cambió, sin duda pensando que en forma animal tendría ventaja. Era una bellísima pantera, pero seguía ciega. Saltó hacia donde olía a Coral, pero ésta se apartó ágilmente, y la pantera cayó mal, chocó contra la cristalera y se hizo daño, pero se levantó, se sacudió y olfateó de nuevo, rugiendo. Coral se acercó, caminando tranquilamente; Dolly saltó hacia ella, y Coral se limitó a agacharse y alzar el brazo derecho, apretando el pomo del estilete para soltar el veneno; la pantera se desgarró las tripas de arriba abajo ella sola y el veneno le quemó los intestinos, cayó al suelo hecha un ovillo, en medio de un agudo gemido de dolor, y de nuevo volvió a su forma humana.

    -¡Hija! – Bobbie intentó de nuevo ir hacia ella, pero Alan le frenó. Dolly estaba tendida en un charco de sangre y su cuerpo emitía un olor detestable al quemarse con el ácido veneno de su tía. Se estremecía de dolor y lloraba. El canuto del bolígrafo cayó de su garganta, con la tráquea ya regenerada y sus ojos recuperaban lentamente la visión, pero la profunda herida que prácticamente la abría en canal tardaría más en cerrarse. 

    -Duele… duele… - gimió. Parecía mucho más pequeña ahora. Coral se acercó a ella, a distancia prudente. 

    - Puedes creerme: no he disfrutado. – Dolly, con gran esfuerzo, levantó los ojos para mirarla. Estaban llenos de odio – Ahora, puedes esperar a recobrarte e intentar vengarte, y volver a recibir otra tunda similar, y otra, y otra, hasta que aprendas que debes tener un cierto respeto a tus mayores… O puedes empezar a hacerte a la idea de que siempre, SIEMPRE va a haber alguien más fuerte que tú. Más despiadado que tú. Con peor leche que tú. No puedes ir por el mundo como si éste te perteneciera, sé que es lo que tu padre te ha hecho creer, pero no es así, y te conviene darte cuenta de ello, de que no eres el centro del mundo, que… - Coral se quedó pensativa unos momentos y miró a su esposo. Alan en un principio pareció molesto, pero casi enseguida sonrió. ¿Acaso no estaban buscando un nuevo cachorro…? 

    -Bobbie, tu hija se viene con nosotros una temporada. 

    -¿Qué? – Bobbie no fue quien lo preguntó, ni Dolly. Un gato de color negro, salido de nadie sabe dónde, también lo había hecho. El gato saltó al sofá y tomó forma humana, una mujer elegantemente delgada, que los observaba con brazos y piernas cruzadas, muy erguida. – Creo que eso es algo que también se me debería consultar a mí. 

    Bobbie sonrió y besó la sien de la mujer. 

    -Elisabeth, te presento a mi hermano Alan y a su mujer. – la mujer se limitó a asentir. 

    -Encantados. – dijo Alan – Vuestra hija necesita estar un tiempo sin vuestra protección, en especial sin la de su papi, que le deja hacer todo lo que le sale de los hocicos sin más consecuencias que decirle “no mates a tus hermaaaanos…”. 

    -Entiendo, pero tengo que pensarlo. Pensado, lleváosla.

   -¡Madre! – se lamentó la joven. Elisabeth le dirigió una mirada de hielo sin mover la cabeza un centímetro. 

   -Dolly lleva muchos años pidiendo a gritos un buen rapapolvo, y su padre parece pensar que es perfecta, puesto que no la corrige jamás, y nos hace callar a los que intentamos hacerlo. Es posible que ahora, los dos se decidan a ser un poco razonables. 

   -Mamá… mami… - Dolly, aún con las heridas tiernas, se arrastró hasta el sofá y se frotó contra las piernas cruzadas de su madre – por favor, no me eches… Sé que soy rebelde, pero seré mejor… ¡no quiero ir con ésta gente!

    Elisabeth la miró con desprecio. 

    -Ese truco sólo te funciona con tu padre. Irás. 

   -Elisabeth… Me parece bien, pero... – intentó protestar Bobbie.

   -Ira. O me marcho yo. 

   -Papá. – sonrió Dolly, tendiendo un brazo hacia su padre – Deja que se vaya. No nos hace falta… yo puedo hacerte feliz, yo puedo…

   -Irás. – concluyó Bobbie. – Y que te entre en la cabeza: eres hija mía, te quiero, pero no te amo. Estoy enamorado de tu madre, no de ti. Jamás me emparejaré contigo, ni abandonaré por ti a tu madre. Nunca.  

   Dolly pareció herida, frustrada como si le dijeran que los preciosos patines que ha visto en la juguetería serán para otra niña y no para ella. 

    -No eras más que el segundón de la familia, padre. – murmuró, venenosa – Y no me haces falta. – Miró a su tío y sonrió, pero Alan, bastante menos diplomático que su hermano, tomó a Coral del brazo e inclinándose sobre ella la besó lujuriosamente. Marcus se sonrojó, Bobbie pareció molesto y Elisabeth sonrió con picardía. 

    -No le llegas ni a los talones a tu tía. Si se te ocurre intentar algo contra ella, lo que te ha hecho, te parecerán cosquillas. – Contestó Alan tras soltar a su mujer con una sonrisa de placer. 

   -Pues está dicho. Te vas con ellos. – concluyó Bobbie. Marcus no pudo evitar dar una palmada y sonreír de oreja a oreja. 

    -No eches al campanas al vuelo, tú – le advirtió Alan. – Mañana vendré a intentar sacar de ti un poco de furia. 



*****************



     -¡Ah… sí, mi bestia… más… más! – Alan no era muy dado a gritar cosas así durante el sexo, lo suyo era más rugir y aullar, no las palabras con sentido, y mucho menos pedir… Pero los dos sabían que Dolly les estaba oyendo, y era preciso que le quedase bien claro que eran una pareja unida y feliz; no iban a separarse porque un cachorro malcriado pretendiese meterse por medio. Coral estaba encantada. Su marido no la dejaba nunca estar encima, sólo un par de veces había consentido quedarse debajo, le molestaba profundamente adoptar un papel pasivo… Ni tampoco era dado a romanticismos ni cariñitos, salvo en algunas ocasiones y muy a la chita callando. Lo suyo era ponerse encima o detrás de su mujer, y empujar, pero hoy, estaban haciéndolo sentados, cara a cara, y, dentro de un orden, lentamente. Coral, sobre el regazo de su marido, se deslizaba en círculos lujuriosos sobre su hombría mientras le acariciaba la cara, la áspera barba y le hacía mimos en el cuello y las orejas. Alan gemía a cada movimiento de su pelvis y le besaba o mordisqueaba los dedos cuando los ponía al alcance de sus fauces. 

     -Aaah… mi animal odioso… - sonrió Coral, y Alan gimió y le apretó un pecho, fuerte. - ¡Aay! Mmmh… sí, sí, apriétame… - Coral intentaba contenerse un poco, porque sabía que Alan podía desbocarse por la pendiente del salvajismo y arruinar la ternura pero, ¡era tan bueno lo que sentía! El propio Alan la atrajo hacia sí y la besó, acariciándole la lengua, y Coral vertió dentro de su boca su veneno cálido. Las piernas de Alan dieron un temblor, y sus caderas empujaron, aún debajo de ella; el veneno caliente que le quemaba dulcemente la boca y la garganta, bajando suavemente hasta el estómago, parecía resonar en su miembro, era demasiado agradable, era insoportablemente dulce… 

    -Ah… eres el Paraíso… ¡Tienes el Paraíso entre las piernaaaas…! – musitó el licántropo, estremeciéndose de gusto, notando cómo el calor le estallaba con una lentitud deliciosa en la base del miembro y se expandía por su bajo vientre y enseguida por todo su cuerpo, sumiéndole en el placer más delicioso que podía existir… su ano se cerraba solo, su frenillo palpitaba mientras se le escapaban a la vez el esperma y media vida, y Coral le mordió el cuello, clavándole los colmillos, vertiendo veneno. Alan puso los ojos en blanco y agarró con mayor fuerza a su mujer, clavándole las garras en la espalda y rasgándola de los hombros a los costados mientras ella gemía. 

    -Más… Cabrón, dame MÁS. – musitó ella en las orejas de Alan, y éste rio bajamente y, con ella abrazada, se tumbó de lado para ponerse encima de inmediato, y emitió un rugido cariñoso que hizo que su mujer soltarse un gemido desmayado. Su nudo animal, en la base de su miembro, se hinchaba a voluntad, y se apretó contra Coral, que sonreía, abrazándole con las piernas. Alan jadeó mientras lamía la cara de su mujer y la bola se abría paso en el cuerpo de ella. Se retiró ligeramente y embistió. Un poco más… un poco más… ¡ya! - ¡Aaaaah… Sí! 

   Coral tembló de gusto, y Alan le mordió la boca más que besarla. El nudo palpitaba dentro de ella, como si la polla de su esposo se moviese sola. Era la segunda vez en dos días; generalmente, no solían copular como animales con tanta frecuencia, hacían sexo humano, sin nudo… sólo de recién casados solían usarlo más, precisamente por la posesión y entrega que implica, y porque favorece el embarazo. Hoy, buscando dar por los morros a su sobrinita, era una buena idea hacerlo así. Coral empezó a apretar el bulto de su esposo, y éste cerró los ojos en un rugido satisfecho.

     -Exprímeme – ordenó, mientras su nudo presionaba los puntos sensibles de la vagina de su compañera de un modo maravilloso. Coral se estremecía y no tardó en sentir el picorcito que anunciaba su placer. Miró a los ojos a su Alan, mientras los hombros se le encogían y sus mejillas se ponían muy coloradas. – Ah, eso es… eso es, córrete, córrete con mi bulto… - Coral no podía hablar, sólo se le escapaban sonrisas abandonadas mientras apenas atinaba a acariciar los brazos de Alan; el placer le subía, caliente y dulce, desde el vientre hasta el cuello, en olas que estallaban con más fuerza cada vez, hasta que al fin tembló de gusto, se estremeció y gimió, notando el delicioso cosquilleo que zumbaba en su coño hasta los dedos encogidos de sus pies. Alan la besó, violándole la boca con la lengua, mordiéndole los labios, mientras su nudo, dentro de ella, se vaciaba lentamente de esperma. 

    Coral sabía que el bulto seguiría palpitando al menos durante veinte minutos más, y con lo sensible que estaba, al menos tres o cuatro orgasmos no se los quitaba nadie, y lo mismo servía para Alan, que estaba empujando de nuevo, como si quisiera hacer mete-saca, a pesar de saber que, estando trabados, no podía… terminarían empapados en sudor, extenuados y ligeramente doloridos… pero le encantaba tenerle dentro de ella. Le agarró las nalgas y se las apretó con fuerza, y Alan gimió sonoramente y una sonrisa de placer se abrió en su cara; Coral notó que el semen empezaba a desbordarse de su interior, y aunque eso implicaba que terminaría antes, que luego le dolería menos… casi le dio pena. 



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     En su cuarto prestado, Dolly no podía dormir de la indignación que sentía. ¿¡Cómo era posible que su padre la hubiera echado de casa a ELLA?! ¡Era su hija favorita, y lo sabía bien! ¿Por qué no echaba de casa a ese cobarde de Marcus? El sag estaba en la Universidad, era como si no estuviera, ¡pero Marcus! ¿Por qué él podía quedarse en casa, y ella no? No había derecho, madre sólo era un gato, ¿cómo podía preferirla? Hasta la mujer del tío era más digna, al menos era una serpiente, ¡pero un gato, por favor! ¿Cómo había podido su padre enamorarse de ella? Era vergonzoso, asqueroso, sencillamente asqueroso. Así habían salido sus hermanos, Marcus cobarde y el sag… era un sag. Le daba igual lo que dijera padre, pensaba matar a ambos, no tenían derecho a vivir. Y si él persistía en preferir a su esposa, también lo mataría a él. “Mataré primero a madre, le dejaré verlo. Y luego a él, si no entra en razón.”. En la habitación cercana, los gemidos y el golpeteo empezaron de nuevo, y la joven se cubrió la cabeza con la almohada. En su casa, jamás había oído nada, pero aquí, oía demasiado. 


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        El “pop” que producía el nudo al salir por fin, era ciertamente liberador. Alan se dejó caer sobre el pecho de su esposa, en medio de un gemido de alivio, mientras ella lo abrazaba con un solo brazo. Alan le tomó la mano libre, entrelazando los dedos. Entre ellos, notaba el latido, apresurado aún, de la sangre de su esposa. Era muy bueno cuando lo hacían de modo animal, con el nudo, pero… caray, ambos quedaban agotados. Por no hablar de la cama; era comprensible que Coral sólo quisiera hacerlo así cuando follaban fuera, ahora tenían que cambiar la cama de todas-todas, las sábanas estaban empapadas de sangre, jugos, esperma…

  -Alan, mi vida… - jadeó su mujer. - ¿No te has dado cuenta de una cosa?

   Con esfuerzo, Alan se alzó sobre los codos y retiró suavemente varios mechones de cabello, empapados de sudor, de la frente de su compañera. 

    -¿De qué?

    -El sag. No estaba en la casa… 

    -Sí. Y teniendo en cuenta que mi querido hermano no ha sido capaz de encontrarnos durante ciento cincuenta años, y de golpe lo consigue… 

    -Creo que yo también sé dónde está. 

   -Con la niña, en la Universidad. 

   -Sí. – Coral suspiró – Alan, sabemos que la niña está bien, si el sag nos ha delatado y tu hermano vino por nosotros, no creo que a ella le suceda nada. Y recuerda que no está sola. No la hagas abandonar sus estudios.

    -¿Quién, yo? No, mujer, no pensaba eso… Pensaba que, ya que el sag ha sido tan listo para descubrirnos y tan leal a los suyos para delatarnos, podemos hacer que Junior le demuestre que nosotros, también somos fieles a los nuestros…

    Coral sonrió abiertamente.

    -Me parece muy adecuado… cariño mío.